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14 marzo 2010 7 14 /03 /marzo /2010 23:20

      El camino que llevaba hacia la desembocadura del Viduvosalv era sinuoso, bordeando colinas muy suaves al principio, pero cada vez más pronunciadas y bravías a medida que se iba más hacia el Este. Tales colinas, pedregosas y tachonadas de matas de pasto y arbustos duros y retorcidos, más alguno que otro raquítico arbolillo, no ofrecían mayores atractivos para el ser humano, salvo quizás para algún pastor de cabras. Su declive era relativamente leve en todas direcciones excepto, en el caso de las más septentrionales, que caían en picada sobre el mar, desgastadas por el transcurso de miles de siglos de furiosos embates de iracundos vientos e impetuosas olas, formando un murallón infranqueable incluso para los poderosos Wurms.

 

      Cerca de la desembocadura del Viduvosalv, las colinas se convertían en cerros bajos y erosionados, algunos de ellos cubiertos por frondosos bosques. De tanto en tanto se veía alguna cabaña o choza.

 

      En su anterior visita, Balduino se había alarmado un poco, ya que buscar allí a cuatro solitarias personas no parecía tarea fácil; pero de inmediato había optado por ser lógico. Puesto que esas cuatro personas, tres de ellas enfermas, estaban allí con un propósito determinado y por una cantidad de tiempo imposible de preestablecer, su escondrijo debía ser relativamente fácil de localizar. Tenía que tratarse de un sitio junto al río y que reuniese varias condiciones fundamentales. Debía ser estratégico lo mismo por su proximidad a los bosques,  los que proporcionarían caza abundante, que por su estructura, la cual tendría que permitir un accionar veloz en caso de que los Wurms intentasen remontar el río. También tenía que estar lo bastante aislado para no contagiar a nadie la enfermedad, pero no tanto para que tal aislamiento impidiese alertar a los pobladores en caso de invasión. Tendría que hallarse en -o cerca de- un sitio elevado que funcionara a modo de atalaya natural, desde el cual se pudiese divisar con anticipación la llegada del enemigo por vía marítima, y preferentemente cercano también a un pastizal adonde pudieran pastar los caballos. Todo esto redujo mucho las posibilidades, y la guarida resultó ubicarse en el punto en el que Balduino pensó primero, unas grutas socavadas casi en la cúspide de un cerro. La pared oriental de éste, junto con la occidental del cerro que estaba al otro lado, formaban una especie de cañón estrecho, ideal para combatir a los Wurms con tácticas similares a la utilizada por Hipólito Aléxida en el Lilledahl. La entrada a esas cavernas, a la que se llegaba por un angosto desfiladero cuya angostura permitía sólo el paso de un caballo a la vez, quedaba hacia el Este, muy a resguardo de los vientos boreales.

 

       -Qué raro que la comarca no esté más densamente poblada-observó Wjoland-. No parece feo lugar.

 

      -Es que muchos lo creen embrujado-explicó Balduino-. Según cierta leyenda, por estas tierras merodea el fantasma de la Viuda que da el nombre al río: una loca que tuvo varios maridos y amantes a los que fue asesinando uno tras otro y por los que guardaba luego riguroso luto antes de elegir a su siguiente víctima, hasta que ella misma murió y su alma fue condenada a penar errabunda hasta el fin de los tiempos, llorando y con las manos empapadas en sangre-rió, pensando que semejante esposa era todavía peor que la famosa Helga, la difunta mujer de Lambert-. Dicen que se aparece sobre todo en noches de invierno.

  

      -Gracias por lo que me habéis contado-murmuró Wjoland, riendo nerviosamente-. No suelen asustarme los espectros, les temo más a los vivos; pero éste en particular no parece muy agradable.

 

      -Los Príncipes Leprosos creen que esa historia es una patraña... Aunque supongo que, no teniendo más remedio que permanecer aquí, tratarían de todos modos de persuadirse de que no hay motivos para temer, aun creyendo lo contrario. Pero tienen razón: esas cuevas que les están sirviendo de refugio no parecen del todo naturales, y el desfiladero que lleva a ellas tampoco, puesto que no conduce a ningún lugar práctico, sino sólo a esas cavernas, y sin embargo está demasiado allanado. En otras palabras, antes que a los Leprosos, esas grutas posiblemente sirvieron de guarida a malhechores que difundieron la leyenda de la Viuda, inventada quizás por ellos mismos para mantener el lugar a salvo de curiosos. El aspecto de los Príncipes Leprosos, más el hecho de que nadie los viera llegar aquí (sucedió en plena noche) hizo que hasta hace poco a ellos mismos se los tomara por apariciones.

 

       Guiado por Balduino, Svartwulk  marchó hacia el desfiladero que conducía a las grutas; en la cima del cerro los observaba una figura hierática que montaba guardia, paseándose cada tanto de un sitio a otro.

 

      -¡Apolonio!-saludó Balduino, alzando la mano a modo de saludo, el cual le fue inmediatamente retribuido por el hierático centinela.

 

      -¿Cómo lo habéis reconocido desde aquí?-preguntó Wjoland, perpleja.

 

       -La postura y la forma de caminar-respondió Balduino, haciendo avanzar a Svartwulk por el desfiladero-. Apolonio mantiene muy alta la vista, como todos sus compañeros, pero mueve mucho los brazos al andar. Es útil prestar atención a esos detalles en este trabajo, así desde la distancia puedes reconocer al que se te acerca si lo has visto antes, y saber si es amigo o enemigo.

 

      -Es raro... Parece que hubiera, más adelante, una especie de cuerda tendida de lado a lado sobre el río-comentó Wjoland, luego de mirar atentamente en cierta dirección.

 

      -La hay. La tendieron ellos mismos para poder cruzar más fácilmente de un lado a otro.

 

      -¡Ah, pero entonces no están tan enfermos todavía!...

 

      Balduino rio.

 

      -Ingenua mujer, claro que lo están, pero eso no los detiene-respondió.

 

      Wjoland quedó atónita unos segundos, como tratando de resolver un problema muy complejo; luego aclaró:

 

      -Me refiero a que todavía les quedan dedos en las manos...

 

       -Evaristo tiene sólo muñones.

 

      -Puede ser, pero seguramente él quedará de este lado o tomará un camino más largo. No usa la cuerda para cruzar.

 

       -La usa. Lo he visto con mis propios ojos.

 

      Wjoland volvió a quedar silenciosa unos segundos, enmudecida por el panorama que le describía Balduino.

 

      -¡Pero eso es imposible para alguien sin dedos!-dijo luego, casi a gritos.

 

      -Ya lo sé, Wjoland. No me preguntes cómo hace, pero cruza usando la cuerda, es todo cuanto puedo decir.

 

      Las voces de Balduino y Wjoland resonaban en el estrecho cañón. Atraída por ellas, una figura apareció ante la entrada de las cavernas. Era Gabriel.

 

      -¡Eh!-exclamó, sorprendido y sonriente, agitando una mano en gesto cordial y entusiasta-. ¡No esperábamos verte por aquí tan pronto de nuevo!

 

      -Qué manera tan sutil de decirme que soy un pesado...-bromeó Balduino, sonriendo a su vez.

 

      Tuvo que aguardar a hallarse frente a la boca de la cueva principal para poder desmontar, porque no había espacio suficiente para hacerlo en otro punto del desfiladero, verdaderamente muy estrecho, en especial para un corcel de guerra de tan poderosa estampa como Svartwulk. Este resoplaba como indignado de que se lo obligara a salvar un trayecto más digno de una mula que de él.

 

       -Así que has vuelto-dijo Gabriel, tras intercambiar un abrazo afectuoso con Balduino-. Y veo que traes compañía. ¿Esta es Gudrun?

 

       -No, Gabriel, no vengo de paseo, sino a pediros un favor-contestó Balduino. Se volvió hacia Wjoland con intenciones de ayudarla a desmontar, pero ella ya lo había hecho sola, poniendo de inmediato prudente distancia entre Svartwulk y ella. Ahora miraba a Gabriel con mucha solemnidad y cierta emoción-. Permíteme que te presente a Wjoland...

 

      -Sigisnandsdutter-precisó ella, acercándose algo nerviosa-. Wjoland Sigisnandsdutter.

 

      No era habitual que nadie, y menos aún tan bella mujer, se acercara tanto a uno de los Príncipes Leprosos. No obstante, Gabriel de Caudix había sido instruido cuidadosamente para casos como aquel, y pretendía hacer gala de las más exquisitas de cortesía que se hallaban en boga; de modo que tomó la mano de Wjoland con intenciones de besarla... Y a cambio de tal intento de caballerosidad fue premiado, como Anders la noche anterior, con un puñetazo en la nariz, que la joven le propinó inintencionalmente con el dorso de su diestra.

 

      -Wjoland, por Dios, ¿qué haces?-exclamó Balduino.

 

      -Estoy tan avergonzada-dijo ella, en un hilo de voz, mirando con horror y embarazo a Gabriel, que se aferraba la nariz dolorida.

 

      -¡Dijiste haber recibido educación cortesana! ¿Acaso no te instruyeron sobre cómo debe proceder una dama ante un hombre que se dispone a besar su mano?

 

      -¡Claro! Pero siempre me impacientó tanto protocolo. Además, no tenía demasiada ocasión de ejercitarlo, y los pocos nobles a los que traté, en vista de que a mí no me gustaba, optaron por obviar esa... cortesía.

 

      -¡En vista de que a ti no te gustaba!-exclamó sarcásticamente Balduino-. Lo que en realidad querían era evitar que los tumbaras a golpes, mujer, ¡qué desastre!... Ahora entiendo que hayas llegado soltera a los veintisiete años, pese a ser tan bonita.

 

      -¡Yo no soy bonita!-exclamó Wjoland.

 

      -No digamos estupideces, que si no lo fueras no tendrías que huir del Conde Arn. Aunque no sé de qué huyes: lo que tendrías que hacer es permitirle tres o cuatro veces besar tu mano. En salvaguarda de su integridad física, renunciaría luego de, como mucho, el cuarto puñetazo. No importa, te enseñaré cómo se hace. Dame tu mano-dijo Balduino, y ella obedeció. En el momento en que él la tomó y comenzaba a levantarla, Wjoland, automáticamente, la alzó con gran energía-. ¡Así no!-exclamó él, esquivando a tiempo el temido y previsible puñetazo-. Déjala reposar en mi mano, fláccida... Así, eso es... Muy bien-aprobó, cuando ella siguió magistralmente sus instrucciones. Y Balduino, soñando por un momento que era la mano de Gudrun aquella que descansaba sobre la suya, la besó con la mayor ternura y delicadeza del mundo.

 

      La voz quejosa de Wjoland lo arrancó brutalmente de sus ensoñaciones:

 

      -¿Y yo no hago nada? ¡Me siento pasiva y estúpida! ¡Es absurdo este ceremonial!

 

       -El gesto en sí nada tiene de malo-rebatió Balduino-. Lo absurdo sería concederle más significado del que realmente tiene, básicamente una cortesía. Lo demás varía según la persona de quien venga. Estará quien obre por formalidad, quien lo haga para seducir y el que conceda al gesto un significado más noble y profundo: el varón inclinándose sumisamente ante la mujer, la fuerza poniéndose al servicio de la ternura, lo rudo tributando reverencia a lo delicado... Qué sé yo en qué pensarán los afectos a tal ademán, pues yo no lo soy en demasía. Pero los hay, y en honor a su gentileza, intenta por favor no romperles las narices. Tiempo para hacerlo más adelante a quien por lo demás demuestre luego ser un cretino, sin duda no te faltará.

 

      -Bueno, cálmate-rió Wjoland, tuteándolo por primera vez-. Trataré de recordar tus instrucciones, pero será difícil deshacer el hábito de toda una vida-se volvió hacia Gabriel-. Lo siento mucho.

 

      Gabriel asintió en silencio.

 

      -Vine a solicitar vuestra ayuda. Tarian sigue encerrado en Kvissensborg, pero ahora resulta que es Wjoland a quien hay que ocultar-explicó Balduino; y tras explayarse en los detalles del caso, concluyó:-. Caso de que accedierais, trataría de conseguiros a la brevedad algo con qué disfrazarla. La haríamos pasar por uno de vosotros.

 

      -Evaristo es quien tiene, como en todo, la última palabra, pero no se encuentra aquí en este momento. Tendréis que esperar a que regrese. Por cierto, yo soy Gabriel de Caudix-dijo el joven Leproso, volviéndose hacia Wjoland, a quien guiñó un ojo y preguntó:-. ¿Es seguro besar esa diestra?

 

      -Ahora sí-contestó Wjoland, y volvió a colocar su mano sobre la de Gabriel para que éste repitiera la cortesía, con más éxito esta vez.

 

      Luego Gabriel, en tono preocupado, se dirigió nuevamente a Balduino:

 

      -Dime: ¿qué les has contado sobre nosotros a la gente del lugar?

 

      -No entiendo la pregunta. ¿Qué iba a contarles, sino la verdad? ¿Y a qué viene eso?

  

      -A que algunos de ellos vinieron hasta aquí trayendo ofrendas, creyendo aparentemente que somos fantasmas buenos que venimos a protegerlos del espectro de la Viuda...

 

      Balduino se quedó una pieza.

 

       -Gabriel, no sé qué decirte-contestó-; pero puedo jurarte por mi honor que creí ser perfectamente claro cuando dije que veníais a protegerlos de los Wurms. Sin embargo, ellos ya os tomaban por fantasmas desde antes, y se ve que ni toda mi palabrería logró desterrar esa idea de sus cabezas. Y en cuanto a la Viuda, ni la mencioné. Pero si no me entendieron la primera vez, dudo que lo hicieran ahora, si tratara de hacerme entender mejor; de modo que sugiero dejar las cosas como están, no sea que por tratar de aclarar todo, logre sólo enturbiarlo más sin proponérmelo y termineís convertidos, en sus mentes, en monstruos malvados, o algo así. Al menos ahora os identifican como protectores. Tal vez vosotros mismos podáis explicarles todo mejor que yo.

 

      -Puede ser, pero de todos modos, repítele a Evaristo cuanto me has dicho. Está que trina; cree que les has metido ideas raras a la gente, tal vez con buenas intenciones, pero aun así faltando a la verdad... En fin, mientras tanto, ven; te mostraré en qué estoy ocupado. Intento reacomodar las cosas aquí.

 

       Gabriel parecía más animado que días atrás, lo que complacía y tranquilizaba a Balduino, pues si las cosas se pusieran feas, si la enfermedad continuara su implacable avance sobre Evaristo, Apolonio y Sergio, Gabriel tendría que ser el sostén moral y anímico de sus compañeros. No obstante, llamó la atención a Balduino que el joven Leproso pareciera dos o tres veces a punto de decir algo importante, y morderse la lengua otras tantas para callar.

 

       -¿Ocurre algo malo?preguntó finalmente el pelirrojo.

 

      -No, descuida-lo tranquilizó Gabriel-. Algo ocurre, pero nada malo... O al menos creo que no lo es. Pero no me corresponde a mí decírtelo o decidir el momento en que tienes derecho a saberlo. A su debido tiempo te enterarás.

 

      Tanto secretismo habría exasperado a muchas personas; pero no a Balduino. Tanto él como Gabriel se hallaban despersonalizados en gran medida, porque representaban a instituciones antes que a sí mismos. Cuanto ellos dijeran, callaran, hicieran u omitieran grevitaría o podría gravitar sobre dichas instituciones, la Orden del Viento Negro en el caso de Balduino y la Cofradía de los Príncipes Leprosos en el de Gabriel. Y Balduino comprendía y respetaba que éste tuviera que callar muchas cosas por imposición de sus superiores, porque él también se había visto forzado al silencio acerca de muchas cosas.

 

      -No hay apuro-contestó.

 

      Gabriel le agradeció con un esbozo de sonrisa, tan enigmática como el resto de su persona. Balduino le miró las palmas de las manos, en las que sólo los dedos pulgar e índice afloraban libres de vendaje, y luego alzó la vista hacia el rostro. A menudo se preguntaba qué facciones ocultaban las vendas de aquel muchacho que fingía ante el mundo una lepra que no tenía, y que pudiendo llevar una vida perfectamente normal había elegido en cambio una senda de sacrificio y exclusión social incomprensible para la mayoría de la gente. Por supuesto, siempre sería un Príncipe Leproso, alguien honrado y alabado por un temple que jamás hallaría rival en todo el Reino; pero se lo honraría y alabaría desde prudente distancia.

 

      Era rarísimo pero, desde su anterior visita a estas solitarias cuevas, Balduino creía notar que se había operado un cambio en los ojos de Gabriel, en los que antes se advertía una sutil expresión desvalida. Ahora en cambio resplandecían como el azabache, inescrutables y herméticos pero, en cierta manera, sólidos, hermosos... Ojos que despertaban un anhelo de amistad en quien los veía pero que a la vez hacían saber que no aceptarían la de cualquiera.  

 

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Published by EKELEDUDU
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