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14 marzo 2010 7 14 /03 /marzo /2010 23:27

      Evaristo y Sergio llegaron poco después. También ellos parecían cambiados. Balduino los notó menos cascarrabias que la vez anterior. Igual que Gabriel, se asombraron de tenerlo de regreso tan pronto. Balduino explicó que él nada tenía que ver con cualesquiera extrañas versiones, difundidas entre los lugarelos, identificando a los Leprosos como seres ultraterrenos, y se le creyó. Sin embargo, cuando explicó que lo traía por allí, Evaristo demostró cierta renuencia a la hora de complacerlo. Miró a Wjoland en silencio e indicó al pelirrojo, con una seña, que se apartase.

 

      -Acércate, muchacha-dijo, mientras Balduino regresaba junto a Gabriel, quien se mantenía a cierta distancia.

 

      Wjoland obedeció con una disciplina casi militar. Si le ordenaban que se acercara, ella se acercaría. De hecho, tanto se aproximó, que quedó a tan solo un paso de distancia de Evaristo, para asombro de éste, quien quedó un tanto descolocado. Prefería no tocar a la gente sana, pero cuando ésta se le ponía tan cerca consideraba su deber seguir la etiqueta habitual; por lo que tomó la mano de Wjoland para besarla como se estilaba. Olvidada de las instrucciones de Balduino, la joven alzó, muy ufana y toda ella colaboración y brutalidad en dosis iguales, el dorso de su diestra. Esta vez el puñetazo no llegó a consumarse, en parte porque Wjoland tuvo en cuenta a último momento que no era así como debía proceder, y en parte también porque Evaristo previó el golpe y echó hacia atrás la cabeza, sobresaltado. Pero no primera impresión parecía un desastre.

 

      -Ay-gimió Balduino con desesperación, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos como no queriendo ver más nada; lo que era bastante cierto.

  

      -¿Está bien de la cabeza esta chica, Balduino?-susurró confidencialmente Gabriel.

 

      -No sé. Puede que no. Me pregunté muchas cosas sobre ella, pero no eso.

 

      Evaristo, sin embargo, no pareció molesto. Al contrario, sonrió ante la expresión horrorizada y confusa de ella, y luego le hizo una serie de preguntas que Wjoland contestó sin demoras ni vacilaciones.

 

      -¿Qué opinas tú, Gabriel?-preguntó finalmente Evaristo, mirando al mentado.

 

       -Confío en Balduino-contestó decididamente Gabriel.

 

      -Pero, ¿qué pruebas tenemos de que esta joven esté diciéndonos la verdad? Balduino podría ser el primer engañado en este asunto. ¿Cómo sabemos que detrás de esta fuga no hay algo mucho más grave que un desaire a un noble inescrupuloso? Mira que si así fuera, al protegerla estaríamos comprometiendo nuestra reputación.

 

       -Pero si estuviera diciendo la verdad y no la ayudásemos, quedaríamos como cobardes; de modo que cualquier cosa que hagamos o dejemos de hacer pondrá nuestra reputación en riesgo. Mientras que si estuviera mintiéndonos, al menos no seríamos los únicos engañados, dado que Balduino le creyó antes que nosotros.

 

      Wjoland, aparentemente sin conmoverse demasiado porque se dudara de la credibilidad de su versión, decidió intervenir:

 

      -Está bien, señor-dijo a Evaristo, sonriendo cortésmente-. Entiendo vuestra desconfianza, pero como no tengo cómo demostraros que cuanto digo es cierto, mejor me voy. Ya me las arreglaré sola.

 

       -No. Olvídalo-replicó Evaristo-. Sólo quería probarte. No creo que alguien con la conciencia realmente sucia renunciara así nomás a una buena guarida como acabas de hacerlo. Tampoco estaba de más probar el sentido común de Gabriel. Puedes quedarte con nosotros, pero aquí correrás los riesgos que ya conoces; de modo que, si eres sensata, te quedarás el tiempo justo y necesario, y nada más... Por tu propio bien.

 

      -No viene desprovista-terció Balduino-. Le hemos llenado un morral de provisiones, y le traeremos otro semanalmente.

 

      Evaristo lo miró con rabia e irritación.

 

      -Nadie te pidió nada-replicó-. Te llevas de vuelta tu morral de provisiones. Vuelve a hacer algo así y tu presencia aquí ya no nos será grata.

 

      Balduino quedó cortado ante tan dura respuesta, y aguardó por parte de Sergio y sobre todo de Gabriel una defensa que no llegó. Al contrario, también ellos tenían cara de pocos amigos.  En cuanto a Wjoland, no sabía dónde meterse al ver que su probable estadía en aquella caverna suscitaba tan feas  reacciones.

 

      -Es que quisiera aliviaros la carga que...-comenzó Balduino.

 

      -Si esta joven fuera para nosotros una carga, ya mismo te estaría exigiendo que volvieras a llevártela contigo-interrumpió Evaristo, implacable-. En cambio será nuestra huésped, y sabremos tratarla debidamente nosotros mismos. Sé que tu intención no fue ofender, pero lo has hecho, y no toleraremos que vuelvas a hacerlo. Somos los Príncipes Leprosos; más vale que lo recuerdes en lo sucesivo.

 

      -Ahora mismo lo recuerdo perfectamente-repuso Balduino, un poco harto de que, sin que hubiera hecho nada manifiestamente malo, igual se lo fustigara con dureza, como si fuera autor de un delito inconfesable-; pero la supuesta huésped es una fugitiva cuya presencia aquí podría traeros problemas, y que vino sin invitación previa, sólo porque yo la traje. Desde el primer momento vine aquí como amigo, y he oído decir que de la amistad no hay que abusar. No hago más que tratar de compensaros por las molestias que yo mismo os ocasiono-se aproximó a Evaristo con aire desafiante-. Si vosotros sois los Príncipes Leprosos, yo soy Balduino de Rabenland, Caballero de la Orden del Viento Negro; y más valdrá que también vosotros lo recordéis en lo sucesivo.

 

      De inmediato se arrepintió de hablar así a hombres que eran verdaderas leyendas vivientes, pero Evaristo no se mosqueó.

 

      -Por supuesto que recuerdo quién eres, mejor de lo que tú mismo crees, y aprecio que valores nuestra amistad-respondió-. La tuya nos honra. Pero esto no es cuestión de amistad, sino de deberes. Nos incumbe tanto como a ti proteger a inocentes en la medida de nuestras posibilidades; de modo que aquí nadie está haciendo un favor a nadie. Entiéndelo-ya más suavizado, posó el muñón en que remataba su brazo derecho sobre el hombro de Balduino-. No vale la pena que nos peleemos entre nosotros, ¿eh?

 

      El gesto conmovió y halagó al pelirrojo más que si viniera del propio Rey de Nerdelkrag.

 

      -Siempre será para mí un honor y un privilegio la amistad de quien tiene tan elevado concepto del deber, señor-respondió.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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