Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
14 marzo 2010 7 14 /03 /marzo /2010 23:41

XCV

        Balduino se fue poco después y retornó al día siguiente para alcanzar a Wjoland un sayal viejo cedido para la ocasión por Fray Bartolomeo. Aunque le quedaba grande, ella dijo que lo arreglaría sin tardanza. Vestida con él, y cubiertos su rostro y sus manos con vendas hechas a partir de sábanas viejas, la joven no se vería diferente de los Leprosos.

 

       Durante bastante tiempo Balduino no volvería a  saber mucho de ella, y de igual manera vería poco a Hrumwald aunque a éste lo tenía más cerca. Pero pensó mucho en ambos, porque llamaba demasiado su atención que dos personas tan excéntricas llegaran a un lugar solitario como Freyrstrande el mismo día. No podía hallar nada que los inculpara, pero temía cometer un gran error al protegerlos; y una voz interior le decía que no era casualidad que hubiesen llegado ambos en tan insólitas circunstancias casi al mismo tiempo.

 

      Por lo demás retornó a su rutina habitual, que ahora distaba de encontrar aburrida. Era extraño que en un lugar donde por lógica casi nada podía suceder ocurrieran tantas cosas, si bien la mayoría de ellas muy ligadas a lo cotidiano.

  

       Entre otras cosas, tuvo que empezar a pensar en renovar el guardarropa de su dotación. La vestimenta de algunos de éstos prácticamente se caía a pedazos, aunque él odiara admitirlo. No sabía a quién encargarle el trabajo. Curiosamente, podría haber pensado en Wjoland como primera opción, ahora que ella tenía cierta deuda con él; en cambio, su atención (¿y asombrará ello a alguien?) se centró en Gudrun. Así que fue a verla a las dehesas donde ella solía llevar a pastorear a sus ovejas. Y precisamente, verla fue lo único que hizo, y para colmo desde bastante distancia, ya que más no le permitió su timidez, para gran irritación de Anders, quien gruñía por lo bajo al verlo regresar con cara larga.

 

      -Si vuelvo a preguntarte y no me das la respuesta que quiero, te ahorco; de modo que mejor no te pregunto más nada-terminó diciendo, para no acabar, como siempre, rumiando maldiciones surtidas.

 

      -De todos modos, no sabría cómo pagarle el trabajo-respondió Balduino-; así que para qué tomarme la molestia de hablarle.

 

       -Como vas a verla sólo porque necesitas que alguien nos haga ropa nueva...-se burló Anders-. Y trabajo, lo que se dice un trabajo de veras arduo, sería darte todas las patadas en el culo que mereces.

 

       Oivind continuaba haciendo viajes regulares a Vallasköpping, ahora acompañado por el joven Osmund Osmundson, muchachito todavía mucho más tímido que Balduino y del que no se sabía si aceptaba de buen grado su nuevo trabajo o se se cohibía ante el pelirrojo y no era capaz de negarse a cualquier orden que éste le diera.

 

       -Y pobre de ti si le enseñas alguna de tus malas artes-recalcó Balduino al viejo Oivind cuando éste se disponía a emprender uno de los primeros viajes con su nuevo ayudante.

 

       -Es fundamental que entendáis algo, señor Cabellos de Fuego-dijo muy serio Oivind-: lo que es, es; lo que no es, no es.

 

      -Correcto; pero más vale que lo que fue, no sea de nuevo. Si no, será un trasero molido a puntapiés, viejo charlatán.

 

      -Ten cuidado con ese tipo de comentarios. Mira que me haces recordar cierta tarea que aún tengo pendiente...-terció Anders.

 

       La vieja Herminia continuaba cubriendo a pie el largo trayecto que separaba su hogar de Vindsborg y trayendo huevos para canjearlos por velas. Seguía tan hosca y antipática como siempre. Balduino se esforzaba por ser amigable, por romper el hielo con ella; en suma, por domesticarla un poco, tal como había prometido a Kurt que lo haría. Pero al parecer era causa perdida.

 

      -Sólo consígueme velas y déjame en paz-era la sempiterna réplica de la malhumorada anciana, cada vez que Balduino intentaba intercambiar dos palabras de más con ella.

 

      Karl fue suplido de la tarea de enseñar a Osmund, a Ljod y a Hansi (agregado al alumnado para complacer a su petición) a manejar la jabalina. En esa tarea fue reemplazado por Thorvald, pero sus dotes de instructor no quedarían desaprovechadas, sino que se les daría otro empleo.

 

      -Ahora que Slav sanó de su pata, te llevas a Hundi y le enseñas a montar-le ordenó Balduino.

 

       Hundi abrió tamaños ojos; era conocida su manifiesta aversión por los caballos, si bien toleraba medianamente a Slav.

 

      -¿Por qué yo?-inquirió, molesto.

  

      -Porque eres de corta estatura y, por lo mismo, liviano-contestó tranquilamente Balduino-. Si vinieran los Wurms, necesitaríamos pedir refuerzos de Vallasköpping, y si bien ya tengo designado a Karl para esa tarea, debemos prever una eventualidad que pudiera impedírselo y obligarnos a reemplazarlo por otro jinete. Y cuanto menos peso lleve el caballo, más rápido llegará a destino.

 

      -¡Pues que vaya Hansi!-exclamó Hundi.

 

      -Aparte de que Hansi es un niño aún, no está a mis órdenes. Tú sí lo estás, de modo que obedece. ¡Vamos, Hundi!-dijo Balduino, impaciente-. ¿Quieres que se diga que los Kveisunger son unos cagones que no se animan a montar a caballo?

 

      Desde luego, lo último que quería Hundi era que se dijera cosa semejante; de modo que tuvo que capitular. Pero las lecciones de equitación eran un auténtico y lamentable caos. Existía cierta camaradería entre Karl y Hundi aunque éste, más de una década atrás, había dejado manco al primero. Pero dicha camaradería sufría muy duras pruebas durante tales lecciones. Karl, jinete experimentado, no podía comprender que Hundi recelara tanto de un simple caballo. Una vez encaramado sobre la montura, el Kveisung se ponía nervioso y se quejaba sin parar. Aunque por lo general era hombre bastante flemático, tanto lloriqueo más de una vez hacía que Karl perdiese la compostura.

 

      Los perros no ayudaban. Era casi proverbial la estupidez de aquella jauría, pero a veces había motivos para ponerla en duda, porque parecían tener singular olfato para las oportunidades de armar jaleo y aprovecharlas a fondo, alevosamente. Y aunque desde hacía tiempo iban con más frecuencia tras Balduino o Hansi, quienes los mimaban más que su mismo dueño, a la hora de las lecciones de equitación de éste iban todos tras él como uno solo; con lo que el entrenamiento del bisoño jinete terminaba de asemejarse poderosamente a un anatema lanzada por una oscura y vengativa deidad pagana. Cada tanto, Karl perdía los estribos después de un rato de oírlos ladrar incesantemente, y los espantaba tirando puntapiés al aire y a veces no tan al aire; a lo que seguían furibundas amenazas a Karl por parte de Hundi mientras los perros gañitaban como heridos de muerte durante un rato, antes de regresar con entusiasmo digno de mejor causa, lenguas afuera y meneando rabos. Acto seguido  se ponían a ladrar de nuevo y, de vez en cuando, se acercaban a Slav y mordían sus patas, gruñendo cual feroces lobos. El pobre y paciente Slav, mucho más dulce que Svartwulk, soportaba ese trato con estoicismo de mártir, hasta que incluso para él los perros se pasaban de la raya y procedía a espantarlos, aunque era mucho menos contundente en esa faena que el formidable flumbrio negro de Balduino.

 

       El trabajo, ahora que se había iniciado la construcción de una segunda catapulta, era más duro que nunca. Ursula trabajaba a la par de los demás hombres, no desdeñando ninguna labor y sintiendo predilección, incluso, por las más pesadas. Al término de cada jornada, hallaba todavía tiempo para masajear la espalda de Thorvald. Era ésta una atención que reservaba exclusivamente para él y que, por otra parte, tal vez nadie más hubiese aceptado: las manazas de Ursula parecían más destructivas que máquinas de guerra, y no resultaba tentadora la idea de tenerlas posadas sobre la espalda de uno. Se tenía la impresión de que, aun sin mala intención, rompería varios huesos. Pero los grandes músculos de Karl se relajaban ante los masajes de Ursula; y es que ella ponía en esa labor mucha delicadeza y una inmensa devoción. Cariñosamente, llamaba viejo guerrero a Thorvald y le hablaba con gran ternura.

 

      Pocos días después, una mañana, apareció tirada en el centro de la sala principal de Vindsborg una prenda íntima femenina ensangrentada.

 

      -¿Esa cosa es tuya?-preguntó Honney, con el desconcierto ablandando sus siniestras pupilas verdes.

 

       -¿A ver?...-preguntó Ursula mostrando inmenso interés, alzando la prenda en cuestión y examinándola desde todos lados-. No, mía no es; se ve que ha de ser tuya-respondió muy seria; y cuando Honney puso cara muy poco inteligente, la giganta se impacientó-. Por supuesto que es mía, imbécil, ¡mira las preguntas que haces!...-tronó, burlona-. ¿Cuántas personas más hay en Vindsborg, aparte de mí, que tengan una concha que se les pueda poner en sangre, eh? 

  

       -Ese lenguaje, princesa...-gimió Karl.

 

       -¡Yo que sabía! Primera vez que me consta que se te ponga la concha en sangre-dijo maliciosamente Honney para escandalizar a Karl.

 

       -¡HONNEY!-bramó Karl, iracundo a más no poder.

 

       -Ríndete, compañero. La guerra está perdida-le aconsejó sabiamente Balduino.

 

       Hundi miró severa e impacientemente a Ursula.

  

       -¿Qué crees, que estás en tu palacio y que tus criadas vendrán a juntar tus bombachas menstruadas?-exclamó-. ¡No dejes esas cosas tiradas en cualquier parte! ¡Así es como después van mis perros, lamen la sangre y revientan!... Eso si nosotros mismos no contraemos una pudredumbre.

 

        Ursula lo miró con desconcierto.

 

       -Que la mía sea mala costumbre y deba sacármela, es una cosa. Te creo-convino-. Es cierto, estoy acostumbrada a que mis criadas junten y laven mi ropa sucia, y si no las tengo a mano, como es el caso, puedo hacerlo yo misma, pero soy bastante desordenada. Pero no sé por qué esos estúpidos perros tuyos habrían de reventar con sólo lamer sangre menstrual.

 

       -¡La sangre de concha es venenosa! ¡Todo el mundo lo sabe!-gruñó Hundi.

 

       -¡¡¡HUNDI!!!-tronó Karl.

 

        -Ah, entonces ¿es venenosa la sangre menstrual de todas las mujeres?-preguntó Lambert, con sus ojos violáceos colmados de asombro-. Yo creía que sólo la de Helga-e hizo uno de sus típicos e involuntarios guiños de ojo.

 

       -¡Pero por favor!... ¿Tratas de decirme que la sangre menstrual de tu esposa era venenosa?-preguntó Ursula con manifiesta sorna.

 

      -¡Claro! También derretía el hierro, agriaba la leche de la vaca en la ubre, convertía el vino en vinagre y provocaba abortos.

 

       -Lambert, explica eso. No pretenderás, supongo, que crea que experimentaste con la sangre menstrual de tu esposa para ver si realmente hacía todo eso que dices...

 

 

       -Bueno-intervino Balduino, pensativo-, la verdad es que Plinio sostuvo cosas muy parecidas a ésas.

 

      -Pues te felicito, enanito-replicó Ursula, cáustica-. Sigue creyendo cuanto te digan tus ignorantes camaradas de la Orden del Viento Negro, que así te irá.

 

      -¡Plinio el Viejo no es un ignorante camarada de la Orden del Viento Negro!-protestó Balduino, indignado-. Era un sabio, y el autor de la famosa Historia Natural.

 

      -Plonio el Viejo o Plonio el Joven o Thorstein el Viejo o Thorstein el Joven, lo mismo da...-dijo Ursula.

 

       -¿Cómo que Plonio?-preguntó Balduino, escandalizado por la deformación onomástica que le sonaba a ultraje, herejía y blasfemia, todo junto.

 

      -...¡Todos ellos, nada más, unos soberanos ignorantes!-sentenció Ursula-. ¿Quién dice que son sabios?: ¡otros tipos todavía más ignorantes, que repiten las tonterías que escriben los supuestos sabios-se volvió hacia Lambert-. A ver: explica eso de la sangre menstrual de tu Helga.

 

       -La cosa fue así-dijo Lambert-: cerca de casa había una vecina a la que Helga odiaba a muerte. Según ella, esta vecina era una chismosa. Tenía esa mujer, además, la costumbre de robar agua de nuestra poza. Un día, hallándose encinta, hizo precisamente eso, y allí mismo se puso a beber unos tragos, sin advertir que yo estaba espiándola. De inmediato, pese a hallarse en el sexto mes de embarazo, la pobre fue asaltada por dolores de parto y por temblores de muerte: gritaba como una marrana. Fui corriendo a buscar al médico, pero no hubo nada que hacer. Cuando llegamos, la mujer ya estaba muerta a causa, dijo el médico, de un aborto natural que no llegó a buen término.

 

       ’Estremecido de horror, pues sabía cuánto había odiado Helga a la desdichada, intuí que se trataba de un asesinato por envenenamiento, tanto más cuanto que si yo lo había visto todo fue porque mi esposa me había enviado a buscar agua: la malvada, sabiendo que yo aprovecharía para beber unos sorbos, planeaba deshacerse de mí. Procedí a vaciar la poza, tratando de hallar indicios del tipo de veneno empleado y creyendo que encontraría restos de hojas o raíces de alguna planta; pero al vaciar el tercer cubo hallé en cambio cierto bulto que reconocí, con un escalofrío, como una bombacha de Helga, la cual tenía un gran agujero. Ya me parecía a mí que las bombachas le duraban muy poco tiempo; y es que, amigos (empecé a maliciarlo ahí), la sangre menstrual le horadaba la prenda, se la quemaba. Creí entonces haber develado lo ocurrido, pero necesitaba estar seguro. De allí en más, cada vez que Helga se deshacía de una de sus bombachas, lo que hacía rápidamente tras menstruar, yo iba y la recogía. Cosa horrenda: un gato lamió una, y cayo muerto luego de una horrible agonía. Más tarde, hice que dos vacas lamieran sangre menstrual de Helga. Cuando quise ordeñar a una, comprobé que la leche estaba agria. A la otra no la pude ordeñar: la leche se le había cuajado demasiado en el interior de la ubre, y el pobre animal poco después enloqueció de dolor, y tuve que sacrificarlo. Un excelente vino se transformó en vinagre luego de que le añadiese sangre menstrual de mi esposa. Pero lo peor vino cuando unté un hacha con esa misma sangre, y el hierro se empezó a fundir delante de mis ojos, hasta que sólo quedó el mango... No quise ni pensar en qué estado debía haber quedado el vientre de aquella infeliz mujer, ni el feto que llevaba en su interior.

 

        Lambert calló. Un clima fúnebre, tétrico, había caído entre los presentes.

 

      -¡Increíble!-exclamó el por lo general abúlico e inconmovible Adam.

 

      -¡Esa Helga era hasta peor de lo que yo imaginaba!-dijo Andrusier.

 

      -Tú deberías haber denunciado lo que le hizo a esa pobre vecina tuya...-comenzó Per.

 

       -...¡para que la condenasen a una muy merecida muerte en la horca y no pudiera dañar a nadie más!-concluyó Wilhelm.

 

      -¿Qué sabía yo que lo mismo hace la sangre menstrual de todas las mujeres?-se justificó Lambert-. Creí que sólo la de Helga podía hacer esas cosas. Persuadido de que mi mujer era una bruja aliada a las más tenebrosas potestades infernales, temí su venganza si la denunciaba...

 

       -¡Era un miedo lógico!-opinó Snarki.

 

       -Ahora me explico por qué todas las hembras se ponen como avìspas un poco antes y un poco después de la menstruación-observó Ulvgang-. ¡Como para que no les venga un carácter insufrible!... Esa cosa adentro del cuerpo forzosamente les tiene que causar dolor.

 

       -¡Suerte que nunca le hice el amor a ninguna mujer que estuviera menstruando!-suspiró Anders, muy aliviado.

 

       -¡Imagínate! ¡Se te pudre la verga apenas la pones!-precisó Hundi; y se volvió hacia Ursula, quien contemplaba su propia bombacha ensangrentada con creciente horror-. ¡No te quedes ahí parada!-gritó-. ¡Desházte de esa cosa ya mism...!

 

      No llegó a concluir la frase: en ese momento su mirada se cruzó con la del viejo Lambert cuyos ojos se veían muy brillantes, consecuencia de esfuerzos sobrehumanos por reprimir la risa. La que en ese momento al fin estalló en forma de estruendosas carcajadas. El viejo les había tomado a todos el pelo como había querido; y la expresión aterrorizada de Hundi fue demasiado para que él pudiera seguir conteniéndose.

 

      Los presentes se miraron estupefactos, asombrados de que Lambert, habitualmente una persona seria, hubiera sido tan hábil discurriendo aquella historia para engatusarlos. La más indignada del grupo era Ursula.

 

      -Increíble. Caí como una estúpida-gruñó-. Puedes decirle al tal Plino, chiquitín-añadió, mirando sarcásticamente a Balduino-, que se meta su Historia Natural en el culo, y que hasta que no menstrúe también él, se deje de escribir acerca de qué hace y qué no hace la sangre de mi concha.

Compartir este post

Repost 0
Published by EKELEDUDU
Comenta este artículo

Comentarios

Presentación

  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
  • Contacto

Texto Libre

<td width="44" align="left"><a href="http://www.argentino.com.ar/" rel="nofollow" target="_blank"><img alt="argentino.com.ar" width="43" height="40" border="0"></a></td>

   <td><a href="http://www.argentino.com.ar/" title="directorio argentino" rel="nofollow" style="font-family:Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:10px;color:#1E4F81;text-decoration:none;line-height:12px" target="_blank">estamos en<br><span style="font-family:Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:13px"><strong>Argentino</strong>.com.ar</span></a><br>
     <div style="margin-top:2px;margin-bottom:3px"><a href="http://www.argentino.com.ar/" title="directorio argentino" style="font-family:Arial, Helvetica, sans-serif;font-size:10px;color:#999999;text-decoration:none;line-height:10px" target="_blank">directorio argentino</a></div></td>
    </tr>
   </table>
 </td>
  </tr>
</table>

<iframe src="http://www.thob.org/barra.php?blog=fch7qg3kmpd9w5nv" name="voto" id="voto" width="55" height="200" scrolling="no" frameborder="0" framespacing="0" border="0"></iframe>

Enlaces