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16 marzo 2010 2 16 /03 /marzo /2010 18:15

     -Realmente, estás mejorando mucho-aprobó Balduino una tarde, luego de cruar espadas con Anders durante una práctica-. Dime: ¿te gustaría venir conmigo a navegar el domingo que viene?

 

      -¿Navegar? ¿Hacia dónde y para qué?-preguntó Anders, intrigado, mientras se secaba el sudor de la frente con el brazo derecho.

 

      -Exploraríamos un poco los canales. Quiero encontrar algo capaz de asustar a los Wurms-explicó Balduino.

 

      -¡Asustar a los Wurms!-rió Anders, pensando primero que Balduino bromeaba; pero al advertir que no era así, añadió:-. Hermano, disculpa que te lo diga, pero creo que estás algo chiflado, peor aún que Thomen, lo que no es poco decir. Para empezar, las probabilidades de que esos monstruos lleguen hasta aquí son prácticamente nulas. Secundariamente, ¿con qué crees que asustarías a monstruos como ellos, grandes como montañas?

 

      -Anders, tal vez sea un trabajo inútil, ya lo sé; pero después de todo fuimos enviados aquí, supuestamente, para defender Freyrstrande de los Wurms; de modo que eso es lo que pienso hacer, aun a sabiendas de que en realidad estoy aquí castigado. Siempre existe una remota posibilidad de que los Wurms vengan aquí y, si lo hacen, más vale que estemos preparados para recibirlos debidamente. De todos modos: hay otras cosas de por medio: el orgullo, la oportunidad de demostrar que no somos unos inútiles e incluso la simple ejercitación, tanto física como mental. En cuanto a tu otra duda, el tamaño nada tiene que ver. Te recuerdo que al señor Benjamin Ben Jacob se le ponía la piel de gallina cuando de golpe y porrazo veía aparecer ante sus ojos una araña no mayor que una uña, no obstante ser de buena estatura, porte atlético y capaz por lo demás de enfrentarse a tres hombres a la vez.

 

      -Es un caso muy específico el que citas como referencia. De todos modos, dudo que a los Wurms logres asustarlos con arañitas. El señor Ben Jacob les temía, pero los demás mortales por lo general no nos inmutamos ante ellas. Habrá quien las pise a manera de precaución un tanto exagerada, pero nada más.

  

      -El caso del señor Ben Jacob era un simple ejemplo.

 

      -Y también yo te estoy dando un ejemplo. A menos que consigas una fórmula mágica que te permita superarlos en tamaño, te será imposible asustar a los Wurms.

 

      -Qué poco conoces del arte de la guerra, Anders-observó Balduino-. Un castillo, correctamente construido, puede repeler, defendido por sólo treinta hombres, una fuera de asalto cien veces superior. Tres mil hombres, si lo prefieres. Nosotros ni siquiera somos treinta; en combate cuerpo a cuerpo, los Wurms nos eliminarían en un santiamén. Pero correctamente preparados, podríamos asestarles un duro revés. Si no fuera por las inevitables pérdidas humanas, casi desearía que los Wurms, a su debido tiempo, nos atacaran; así sabrías hasta qué punto digo la verdad.

 

      -¿No te sobreestimas, Balduino?

 

      -No-la respuesta sonó decidida y apasionada-. Razono. El ataque frontal y valiente es muy noble, muy caballeresco; pero son las estratagemas y tretas más sucias y astutas las que ganan guerras, Anders. Recurriendo a ellas, si los Wurms nos atacaran, lograríamos vencerlos; pero prescindir de una sola de ellas podría invertir el resultado de una eventual batalla. Ahora bien, un enemigo muerto de miedo está ya medio vencido; de modo que es mi intención que, de llegar aquí  los Wurms, lo hagan embargados por tanto miedo como nos sea posible insuflarles. El temor impide pensar con claridad, paraliza los músculos lleva a la muerte.

 

      -Balduino-murmuró Anders, sorprendido por la seguridad con que  hablaba el pelirrojo-: aun cuando tuvieras razón, ¿qué sabemos de lo que asusta a los Wurms?

 

       -Lo sabemos-contestó Balduino con firmeza-. hasta donde nos consta, esos reptiles sienten y piensan más o menos como nosotros. Sus temores, en distinta escala, básicamente deben ser más o menos los mismos que los nuestros. Frente a una situación de peligro, el hombre analiza, antes de enfrentarla, qué posibilidades tiene de salir airoso. Esto es lo que separa a prudentes, cobardes, valientes y temerarios. Tal vez se considere cobarde al prudente, pero su presunta cobardía no es tal, sino simple razonamiento. A él le gustaría enfrentarse al peligro, pero comprende que no está preparado para hacerlo exitosamente. El cobarde tal vez esté preparado para hacer frente al riesgo, pero el temor lo domina y doblega, le impide razonar. El valiente, tras evaluar el peligro, sabe que tiene buenas posibilidades de vencer. También puede que fracase, pero igual se arriesga porque, por una razón o por otra, le conviene intentarlo, y porque está preparado para ello. Por último tenemos al temerario. Este se cree invencible. No analiza el riesgo, se lanza hacia él a ciegas y aunque al principio coseche una serie de éxitos, lo más probable es que su temeridad lo lleve a la ruina más tarde o más temprano. ¿Me sigues hasta ahí?

 

      Anders asintió en silencio.

 

      -Nosotros no sabemos qué tan valientes son los Wurms, porque no los hemos visto combatiendo a enemigos que los igualen o superen en talla-prosiguió Balduino-. Sabemos que luchan entre sí por las jerarquías, pero no el grado de valor que exhiben en estos combates. Por otro lado, podemos suponer que cualquier hombre de Drakenstadt o Ramtala será más valiente que el Wurm más osado. Los Wurms disponen de tremendos corpachones acorazados, y eso les infunde la suficiente seguridad para atacar una y otra vez; pero acaban retrocediendo siempre ante enemigos mucho más vulnerables, diminutos como hormigas comparados con ellos, pero animados por un coraje y un sentido del deber extraordinarios. No obstante, vuelven una y otra vez, porque su razón les dicta que es absurdo que los venzan esas simples hormiguitas. Eso podemos inferir de su conducta. Una vez te dije que quien depende de una espada mágica para vencer, desprovisto de ella es un completo inútil. Este es un caso parecido. Los Wurms dependen demasiado de sus chorros de fuego y brea candente, de sus fauces llenas de colmillos, de sus colas semejantes a gigantescos látigos, de sus colosales cuerpos acorazados; de un poderoso armamento del que nosotros carecemos. Nuestras mayores armas serán el valor y la astucia, de lo que ellos carecen. Y para vulnerarlos debemos imbuirles un miedo muy especial. Debemos hacerles creer que aquí los aguarda tal peligro, que contra él de nada les valdrán sus colas, zarpas, chorros de fuego y brea y todo el puto resto.

 

      -¿Y hay un miedo así?-preguntó Anders, cuyo desconcierto iba in crescendo.

 

      -Sí-contestó Balduino-: el miedo a lo sobrenatural.

 

      Anders quedó boquiabierto.

 

      -Lo sobrenatural, lo desconocido, es inaprehensible e irracional-continuó Balduino-. Se encuentra en la frontera entre lo posible y lo imposible. Puedes creer o no creer en ello. Pero si crees, lo pasarás muy mal, pues verás ahí un peligro que no puedes evaluar igual que a otros. Tus cinco sentidos son insuficientes para medir qué riesgo corres, ni si estás preparado para enfrentarte a él. Sabes, no obstante, que esa armadura que suponías te haría invulnerable no te protegerá de ese demonio que lucha por poseerte; que esa espada de leyenda que esgrimes de poco servirá contra esa legión de cadáveres vivientes que te ha rodeado en la soledad del cementerio; que toda tu destreza en combate será inútil frente a las más oscuras fuerzas infernales invocadas contra ti por siniestros hechiceros; que tu fuerza será impotente si una maldición te ha condenado a morir en medio de horribles sufrimientos. Creerás que el espantapájaros te espía y que los árboles del bosque se mueven cuando no los observas. El miedo a lo sobrenatural empieza cuando, con razón o sin ella, encuentras algo que parece aterrador, que desafía tu lógica y que te impresiona hasta avasallarte. Puede que el temor sea infundado; que en realidad no haya motivos para temer. Aun así, temes. Y no es un miedo fácil de vencer, porque contra él de nada te sirven las armas en cuyo manejo estás ducho. Tienes que recurrir a otras. El escepticismo ayuda, pero no es posible mantenerlo en toda circunstancia. Una conducta recta también es fundamental porque, si tienes sucia la conciencia, no pensarás en enemigos sobrenaturales contra los que debes luchar, sino en verdugos ultraterrenos que vienen a castigarte con toda justicia y a los que no puedes enfrentar o eludir. Si no eres escéptico, tal vez te salve lo opuesto: la fe. En Dios, en ti mismo, en fórmulas de magia blanca para la autoprotección, en talismanes. Por último, está la comprobación. Cuando el temor es infundado y constatas que lo es, dejas de temer.

 

      -¿Cuánto hace que llevas reflexionando sobre todo esto? Pareces tenerlo muy meditado...

 

      -Pensé en ello toda mi vida, pero sobre todo después de los trece años, cuando me marché de casa. Siempre fui temeroso, y en mi familia nadie se preocupó jamás por librarme de mis temores, excepto y sólo en parte uno de mis hermanos, Edgardo; pero hasta ahí conté siempre al menos con la protección del techo familiar. Luego, ni eso. Ser tan joven y estar solo en los bosques, escuchando el ulular del viento y el aullido de los lobos, viendo fantasmas y monstruos en todas partes, es algo que no le deseo a nadie. No obstante, el impulso de sobrevivir me obligaba a hacer de cuenta que no había nada de lo que yo creía ver. Y casi nunca lo había. En algún momento vi a la distancia algo que estoy casi seguro de que eran hombres-lobo y en otra ocasión oí rumores que no confirmé jamás acerca de un muerto viviente, pero eso fue todo. Más tarde, ya siendo parte de la Orden, noté que los hombres más fornidos y preparados para el combate eran los que más temían a lo ultraterreno. Esto me hizo reflexionar que quizás se preparaban tanto para el combate precisamente por ser unos miedosos en todo sentido, pero se les notaba más en el ámbito de lo sobrenatural, porque a eso no sabían cómo enfrentarse. De cualquier forma fue aquí, en Freyrstrande, donde mis ideas sobre el tema terminaron de tomar forma. La calavera que cayó desde lo alto de las  Gröhelnsklamer el día que llegamos aquí y que yo tomé por un mal presagio; algunas historias que Ulvgang me contó una noche en que una tormenta nos dejó varados en Elderholme; cierta charla que escuché con motivo de un espantapájaros que una vez armaron Per y Wilhelm; incluso la forma en que Lambert nos asustó el otro día con su relato acerca de las propiedades siniestras de la sangre menstrual de Helga; todo me ayudó a sacar conclusiones. Tal vez no sea casual. Tal vez haya sucedido de esa manera porque aquí me veré obligado a llevar esa teoría a la práctica... O quizás no, pero no me arriesgaré.

 

      -Y concretamente, ¿qué harás?

 

      -Del todo no sé, Anders. Es decir, tengo una idea general de lo que pretendo, pero todavía no de cómo lograrlo. El plan es el siguiente: caso de que los Wurms nos atacaran, deben llegar aquí, sí o sí, con la moral baja, con funestos presentimientos de muerte obnubilando sus cerebros. En esta etapa, suponiendo, y hay motivos para hacerlo, que actúen como lo hacemos los seres humanos, seguirán adelante con la invasión, porque los líderes no querrán quedar como cobardes ante sus subordinados. Es probable que algunos desierten, pero no podemos confiar en eso. Al llegar a Freyrstrande, su primera impresión, antes aun del inicio de la lucha, debe confirmar sus peores temores, haciendo que vacilen todavía más. También aquí puede que algunos retrocedan, pero tampoco podemos confiarnos. Sin darles la menor oportunidad de ponerse escépticos, los atacamos por sorpresa y producimos unas cuantas bajas entre ellos. Aquí sí que habrá huida; puede que incluso fuga en masa, no sé.

 

      -Eso sí que se llama optimismo-ironizó Anders.

 

      -No menosprecies el poder del pánico sembrado en una masa desmoralizada-repuso Balduino-. No trato de ser jactancioso, pero de no haber sido por la energía y firmeza con que actué en los bosques de Hallustig, aquellos aldeanos a los que nos tocó poner a salvo, por su propio pánico, habrían sido muy fáciles dee matar. Se habrían comportado de forma muy similar a aquella manada de alces que huían en estampida de unos grifos, y que casi nos arrollan en aquella pradera en Führinger, ¿recuerdas?

 

      -Claro que lo recuerdo, Balduino, pero los Wurms no son hombres ni alces, sino algo mucho más poderoso...

 

      -Yo podría hacer de ellos algo mucho más insignificante que hombres, alces e incluso que lauchas.

 

      -¿Y dices que no estás siendo jactancioso?

 

       -¿Por qué? No exagero en lo más mínimo. No digo ser el único capaz de hacerlo, ni poder hacerlo ahora. Si los Wurms atacaran aquí mañana, en un mes, en dos meses, entonces olvida todo lo que dije. No estamos preparados aún. Pero desde que tengo uso de memoria, y te consta, mi sueño era transformarme en un héroe sin igual, en un guerrero ante el que se prosternara todo el Reino. Tuve que luchar contra mis propios temores; leí libros de caballería; leí libros de estrategia militar; leí relatos analíticos de cuantas batallas se hayan librado desde los comienzos de la Historia; entrené duramente; observé la conducta humana; hice muchos análisis de casi cualquier cosa y saqué conclusiones. Anders: si después de tanta preparación no soy capaz ni de tener medianamente en claro de qué soy capaz y de qué no lo soy, mejor me arrojo por ese cráter que ves ahí-Balduino señaló hacia el volcán de Eldersholme, que lanzaba en silencio sus tétricas fumarolas habituales-, pues sería un completo inútil. No digo que soy invencible; no digo que soy un héroe sin parangón; no digo que tengo sólo ideas geniales ni que éstas no pueda tenerlas cualquier otro. Sí digo, ¡gran puta!, que a menos que sufriésemos una racha de muy mala suerte, en más o menos un año estaríamos en condiciones de combatir a los Wurms y darles una paliza única. Bueno, quizás un poco más de un año...

 

      -Te hago notar que ya estás estirando el plazo-se burló Anders-. Pero no te preocupes: creo que tendrás toda la eternidad antes de que los monstruos lleguen hasta aquí. Igual, prosigue con ese relato tuyo de nuestras futuras, gloriosas y heroicas hazañas, que me tiene fascinado. Aunque con los Wurms huyendo despavoridos, supongo que ya no nos quedaría demasiado por hacer. Victoria cómoda, fácil y absoluta. Qué lástima, ni oportunidad tuve de lucirme.

 

      -Qué va, Anders-gruñó Balduino, algo molesto por la sorna con que eran recibidas sus palabras-. Supongo que incluso entre los Wurms habrá temerarios; ésos nos darían menudo trabajo. También estarán los que se contagian del valor de otros, con lo que las cosas se nos complicarían más aún. Tendríamos que luchar con un coraje de los mil demonios, y unos cuantos de nosotros pereceríamos. Tal vez, incluso, yo mismo. El problema estribaría en que, en la medida en que sobreviviesen esos Wurms que siguieran luchando, los otros podrían constatar que sus lúgubres presagios carecerían de fundamento, y dejarían de tener miedo; y esto los haría volver a la carga. Por eso tendríamos que planificar cuidadosamente hasta el más ínfimo detalle para que eso no suceda. Aunque no lo creas, Anders, no me he transformado en un iluso soñador; sigo siendo un guerrero. En cuanto al tiempo que demorarían los preparativos, imposible calcularlo con exactitud, sobre todo porque no sé cuánto tarda un grifo en alcanzar su máximo desarrollo.

 

      -¿Y eso qué tiene que ver?-preguntó Anders, quien entendía cada vez menos.

 

      -Obviamente, si los Wurms llegasen hasta aquí con los malos presagios de los que hablábamos antes, pero encontrasen que tienen que enfrentarse a simples catapultas y jabalinas, no tardarían en recobrar su valor. Así que tendríamos que atacarlos usando armas o estrategias que ellos no esperen ni imaginen... Por ejemplo, con cinco o seis jinetes montados en grifos.

 

       -¡Jinetes montados en grifos!... Díos mío, Balduino, ¡estás delirante!

 

       -¡No! Se entiende que hablamos de grifos domesticados-dijo Balduino-. Habría que criarlos desde pequeños, entrenarlos...

 

      -¡El grifo no es domesticable! ¡Lo sabe todo el mundo!

 

      -Sí, ¡como sabe también que la sangre menstrual de la mujer convierte el vino en vinagre!

 

      -¿Y cómo sabes que eso no es cierto? Lo único que nos consta sobre ese asunto es que Lambert aseguraba haberlo comprobado personalmente, pero mintió.

 

       -No importa. Ahora hablamos de los grifos, no de la sangre menstrual.

 

       -¡Mira nada más lo que le pasó al loco de Gröhelle por querer robar crías de grifo de un nidal! ¡Terminarás como él, con la cara llen a de cicatrices!-Anders estaba cada vez más burlón-. No importa. Supongamos que lo logras. Hay un problema: el mismo Gröhelle, que conoce mucho del tema, admite que son animales cobardes. Tú mismo demostraste que no es tan difícil mantenerlos a raya. ¿Y ahora quieres usarlos para asustar a los Wurms?

 

      -Vayamos por partes, Anders-sugirió Balduino-. Respecto a los Wurms, sí, creo que con cuatro o cinco hombres jineteando grifos y atacando desde el aire lograríamos asustarlos. Reduce la situación, proporcionalmente, a nuestro mundo; verás entonces que no es una idea tan descabellada. Suelta cuatro o cinco abejas entre un gentío y tendrás a todos dominados por el pánico. Revolotean murciélagos en torno a las personas, y éstas enloquecen de miedo; y eso que son animales de lo más inofensivos, diga lo que diga la gente. Nosotros seríamos para los Wurms  mucho más dañinos que abejas o murciélagos para las personas; y estarían menos familiarizados con jinetes de grifos de lo que estamos nosotros con abejas y murciélagos. En cuanto a la cobardía de los grifos, todo es relativo. Se los puede envalentonar. En estado salvaje o a cargo de otro amo, Svartwulk podría ser un animal cobarde, pero sé transmitirle seguridad. le demuestro que en tanto esté conmigo, él y yo podemos lanzarnos al ataque sin temor. Tan buenos resultados he logrado que, sin proponérmelo, he logrado que no deje que nadie sino yo lo monte, ¡y pobre del que lo intente!... Puedo lograr resultados similares con un grifo.

 

      -¿Sí?-preguntó Anders, escéptico.

 

      -Anders, Aníbal utilizó elefantes para atacar a Roma, y Marciano de Antilonia usó leones para atacar a los Bersiker. ¿Por qué no valernos nosotros de grifos contra los Wurms? Y no valoras debidamente el factor sorpresa. Aníbal cruzó los Alpes con una poderosa fuerza militar. Es cierto, llegó al otro lado con la mitad de su ejército, tal vez incluso menos; pero ganó batalla tras batalla porque los romanos no esperaban que tomase un camino tan ilógico. Que luego él mismo malograra su éxito con su inercia e indecisión, es otra cosa; pero el cruce de los Alpes fue una maniobra astuta.

 

      -Olvídalo. No sé qué es un elefante, no sé quién es Aníbal, no sé qué son los Alpes y no sé de qué estás hablando-rió Anders-. Volvamos al punto de partida: ¿para qué quieres explorar los canales?

 

      -Puesto que, si los Wurms llegaran aquí, deben hacerlo maliciando su ruina, hay que encontrar una forma lógica de meterles esa idea en la cabeza mucho antes de que nos enfrentemos a ellos-contestó Balduino-. De venir hacia aquí, lo harían sin duda por alguno de los canales principales; de modo que tenemos que buscar allí algo que les meta miedo. Tal vez hallemos algo en el propio paisaje, no sé.

 

       -Yo jamás he navegado y tú mucha experiencia que digamos tampoco tienes-señaló Anders-. Tal vez te convendría ir con otro acompañante más veterano en estos asuntos; Ulvgang, por ejemplo.

 

       -Si el mar estuviera muy picado, tal vez; si no, creo que podríamos arreglárnoslas solos. Me agrada tu compañía, y el remo sería buen ejercicio para ti.

 

      -Levantar una montaña sería buen ejercicio para mí. Mira esto-sonrió Anders, flexionando un brazo en el que un bíceps se hinchó como para reventar. Tras unos segundos de mirar con adoración aquel músculo, su cara, repentinamente, adquirió una expresión agria como pocas-. Bah, mejor vé solo. Eso de que te agrada mi compañía es toda una novedad para mí.

 

       Obviamente Balduino no esperaba semejante respuesta, ya que hacía rato que los rencores entre él y Anders parecían haber quedado definitivamente en el pasado. Primero quedó demudado un instante; luego, habiendo examinado su conciencia y notándola por lo demás en orden, pasó a sulfurarse.

 

      -Anders, no sé qué bicho te picó, pero puedes recordarle que es al odioso Cara de Bosta Colada, que te hizo practicar sin desmayo a quien debes esos queridos músculos tuyos gracias a los cuales, según tú, no necesitas de la fe para mover montañas-exclamó-. Ya sé que me porté muy mal contigo en el pasado, pero creí que, a esta altura de los hechos...

 

      -Bueno, bueno, hombre, calma, ni un chiste se puede hacer ahora...-dijo Anders, sonriendo-. Estás más loco que una cabra, Balduino, pero la paso bien contigo. ¿Quieres explorar los canales?... ¡Pues exploremos los canales!

 

      Balduino le devolvió la sonrisa, afectuosa de corazón.

 

      -Pero respecto a encontrar algo que asuste a los Wurms... Ten cuidado de no exagerar, ¿eh?-prosiguió Anders, burlón-. Mira que por lo visto nos están quedando chicos como adversarios... Tendremos que encontrar otros más a nuestra medida si los acobardas demasiado.

 

      -Anders, hablemos en serio...

 

      Pero parecía mal momento para ello. De hecho, lo siguiente que sucedió fue que Anders estalló en estrepitosas carcajadas, y pareció que no iba a parar nunca.

 

      -¡Suerte que tendrán cerca el cráter del volcán!-exclamó con ojos llorosos y colorado de la risa cuando consiguió dominarse medianamente-. Ahí podrán esconderse de nosotros. Los que no desmayen de miedo nada más vernos, claro-y estalló de nuevo en carcajadas.

 

        Balduino lo miró, meneó la cabeza y sonrió también él. Era eso, o estrangularlo... 

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Published by EKELEDUDU
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