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5 diciembre 2009 6 05 /12 /diciembre /2009 17:49

XI

      Andrusia es una región eminentemente llana, con algunas cumbres de poca altura e infinidad de lagos, todo ello debido, según sabemos hoy, a la poderosa, devastadora acción de antiguos glaciares que, en tiempos pretéritos, se abrieron desde el Norte, confiriéndole esa topografía.

 

      En línea recta, la distancia que separa Ramtala de Freyrstrande es de casi treinta y seis leguas, pero a caballo es imposible cubrir esa distancia en línea recta, se vaya por donde se vaya, porque si no son lagos los que se interponen entre el viajero y su destino, será el mar o algún otro accidente geográfico. Añádase a esto la inexactitud de la cartografía del siglo X y se comprenderá por qué un viaje que en línea recta y con esfuerzo hubiera demandado no más de dos días y medio o tres días se transformó, para Balduino y Anders, en una semana completa.

 

      Además estaba el hecho de que, al partir, no llevaban ni remotamente provisiones suficientes para toda una semana; por lo que, cuando se agotaron, Balduino tuvo que cazar, actividad que, dicho sea de paso, no era muy de su agrado.

 

      Los primeros días, Balduino trató a Anders con relativa amabilidad, hablándole sólo lo necesario y en tono más indiferente que agresivo, sin usar palabras a modo de venablos. estaba demasiado ensimismado en sus sueños de gloria para maltratar a nadie. Incluso hubo un par de veces en que se ofreció a hacer la primera guardia nocturna, lo que en él era un gesto de increíble magnanimidad. Verdaderamente se comportaba como un compañero un tanto hosco pero leal. Era inevitable en esos momentos que Anders sintiera una oleada de afecto hacia él; pero rápidamente reflexionaba que aquello no se prolongaría demasiado, y entonces le venían ganas de trozar a Balduino y darlo en alimento a los muchos lobos cuyos aullidos, en las lejanías, rasgaban la quietud de la noche en los bosques que atravesaban.

 

      En los lugares por donde pasaban,  preguntaban a la gente por Freyrstrande. nadie había oído mencionar ese lugar. Sin embargo, cuando Balduino arriesgaba tentativamente un punto geográfico donde creía se encontraban él y Anders, resultaba ser que estaba en lo cierto o se equivocaba por muy poco; así que al menos estaban en el buen camino.

 

      Después del segundo día, Anders estaba exultante. Era difícil no estarlo cuando se contemplaban paisajes de ensueño como aquellos que se abrían ante la vista de los viajeros. La primavera avanzaba, la nieve se derretía, todo reverdecía, los bosques parecían hervir de vida; un aire fresco, embebido en mil fragancias silvestres, llenaba los pulmones, y no parecía haber nada más puro que el agua de los lagos, arroyos y ríos que hallaban a su paso. Se escuchaban los cantos de la alondra  y del ruiseñor; resonaban los bramidos de grandes bestias en celo. Era algo mágico e imposible de describir.

 

      A veces pasaban por tierras de labranza o pequeñas aldehuelas, y las campesinas hacían momentáneamente a un lado sus labores para observar a los dos forasteros. Sus miradas iban de la armadura de Balduino a la sonrisa agradable y seductora de Anders. Este se erguía en su caballo y respondía con un entusiasta saludo de su mano a los besitos que ellas le tiraban o a los gritos alocados con que trataban de llamar su atención. Balduino observaba a las rústicas y a su escudero como si todos ellos no fueran más que sabandijas guarecidas bajo un gran montón de leña, pero nada decía.

 

      En la mañana del cuarto día atravesaban una amplia pradera de hierbas abundantes que el viento acamaba y donde pacían manadas numerosas de bestias de considerable talla. Era un día soleado, espléndido, con un cielo azul profundo casi totalmente libre de nubes. Balduino y Anders enfilaban con sus cabalgaduras hacia unas colinas muy bajas, ondulaciones apenas, cuando de repente unas formas lejanas y levemente sin iestras se alzaron al cielo desde detrás de las distantes lomas, poniendo en movimiento a una manada de alces que pastaba al pie de las mismas.

 

      Balduino sofrenó a Svartwulk y Anders, automáticamente, hizo lo propio con Slav. Había peligro más adelante.

 

      En las llanuras abiertas de Andrusia, ciervos, renos y alces se mantienen relativamente serenos y unidos en la seguridad de la manada frente a la mayoría de los depredadores, pero pierden toda calma y valor frente a uno en especial: el grifo. En tanto se vean amenazados por sólo un ejemplar de estos temibles cazadores aéreos, mantienen al menos cierto orden en la huída; pero acosados por dos, enloquecen al punto de arrollar cuanto se les ponga adelante, y si son todavía más, su reacción no puede describirse.

 

      Ni Balduino ni Anders sabían estas cosas. Ellos sabían sólo que decenas de enormes alces venían hacia ellos, estremeciendo la tierra con el rítmico golpeteo de sus pezuñas. Y tras los alces, revoloteando como presagios fúnebres, venían al menos cuatro o cinco grifos, lanzando sonoros chillidos comparables a los del halcón pero, con todo, distintos. Anders quedó petrificado de espanto.

 

      -¡La lanza, dame la lanza!-exclamó Balduino-. ¡Y corre!

 

      -¿Hacia dónde?-preguntó Anders, desesperado, dándole el arma solicitada. Por momentos, la despavorida manada de alces amenazaba desbandarse en todas direcciones.

 

      -¡Aquí, conmigo!-gritó Balduino, alejándose a lomos de Svartwulk; y Anders lo siguió apurando a Slav.

 

      La manada en estampida estaba cada vez más cerca, pero no era posible predecir qué rumbo tomaría, porque por momentos los grifos se adelantaban, obligándoles a cambiar de dirección. En ningún lado de aquel llano interminable se estaría completamente a salvo en tanto no concluyera esa infernal cacería.

 

      Balduino parecía más fascinado que asustado. Contemplaba maravillado a los grifos, especie nueva para él. Los cuatro o cinco ejemplares que veía en acción se desplazaban con extraordinaria gracia, casi ingrávidos, estirando los poderosos cuellos hacia adelante y las patas hacia atrás, y valiéndose de las largas colas a modo de timón y para mantener el equilibrio.

 

      Anders dejaba la fascinación para su señor. Al fin y al cabo, éste tenía una larga lanza y sabía usarla. El estaba simplemente asustado. Sólo dudaba acerca de a qué temía más, si a los alces en estampida o a los grifos,

 

      Balduino se adelantó hacia la manada a lomos de Svartwulk, gritando como un demonio, agitando la lanza y dando órdenes al caballo. Svartwulk, amenazante, se incorporó sobre sus patas traseras y relinchó, golpeando el aire con sus cascos delanteros. Jinete y corcel se veían magníficos y terribles, con el viento agitando la roja melena de uno y las espléndidas crines negras del otro. El halcón bicéfalo bordado en escarlata en la capa de Balduino parecía a punto de querer escapar de la tela y alzarse hacia el cielo.

 

      Una manada de alces en estampida no es precisamente un rebaño de vacas al que se arrea hacia donde se quiere, y Anders dudaba de que el intento tuviera éxito. Pero ya antes el pelirrojo había salido airoso y sacado a Anders mismo de situaciones comprometidas, así que más valía confiar en él. Por lo tanto fue a su lado y también él encabritó a Slav, lo que en otras circunstancias habría sido difícil, dada la natural mansedumbre del blanco. Pero ahora Slav estaba asustado y quizás también él, como su amo, intuía que la mayor seguridad se hallaba junto a Balduino y Svartwulk.

 

      Fue un momento feo cuando los alces estaban ya a una ínfima distancia de ellos y ni miras daban de desviarse pero, a último momento, los que iban adelante se abrieron en una mínima V y los demás los siguieron. Eso los que al menos iban en una dirección coherente; porque verdaderamente, la manada se desperdigaba. Los alces sentían que los grifos bajaban hasta rozarles los lomos con sus garras, y eso terminaba de enajenarlos. Anders, quien escuchaba el batir de alas y los agudos chillidos de los grifos a muy poca distancia de donde él estaba, se hallaba igualmente aterrado.

 

      -¡Sígueme, pase lo que pase! ¡Trataremos de alcanzar las colinas!-gritó Balduino, por encima del pandemónium.

 

      Un grifo cayó sobre un alce joven, abatiéndolo, pero no se animó a aterrizar sobre su víctima para rematarla, ya que detrás venían otros alces que en su huida ni veían por dónde iban. Un poco más lejos, otros dos grifos habían acorralado a otra víctima, y uno de ellos trataba de alzarla entre sus poderosas garras de águila. Por dos veces estuvo a punto de lograrlo. Mejor ni imaginar la fuerza que debía haber en aquellas robustas patas.

 

      Finalmente, uno de los dos grifos se precipitó sobre el alce y con un simple abrir y cerrar de su poderoso pico córneo, quebró el pescuezo de su víctima.

 

      Para entonces Balduino y Anders, montados en sus caballos, habían dejado el peligro atrás. Desde la distancia, observaron cómo la calma volvía a la manada mientras los grifos hundían sus picos  en el cuerpo del alce, en tanto a su alrededor la hierba se teñía de rojo.

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Published by EKELEDUDU
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