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5 diciembre 2009 6 05 /12 /diciembre /2009 18:04

XII

      Tal y como Anders lo había previsto, la amabilidad de Balduino pareció obedecer a un simple lapsus. Hacia la cuarta noche, el pelirrojo comenzó a retomar las hostilidades para con su sufrido escudero, y al día siguiente ya estaba convertido en el antipático de costumbre.

 

     De no haberse visto obligado a tenerlo al lado y convivir con él, Balduino probablemente se habría limitado a ignorar a Anders. En el fondo, nada tenía contra éste en particular: todos, o casi todos, le parecían despreciables por igual. Pero al tenerlo tan próximo físicamente, el desdén que le merecía era más difícil de ocultar.

 

      Para colmo, el entusiasmo con que había partido de Ramtala se desvanecía ahora, reemplazado por la impaciencia por llegar. Ni a oír misa se habían detenido, y aun así seguían sin dar con alguien que pudiera darles referencias acerca de Freyrstrande; lo que indicaba que, tal vez, estuviera aún muy, muy lejos, aunque el mapa indicara otra cosa. Todo esto ponía de muy mal humor a Balduino, y Anders era quien servía de adarga para detener los golpes de su ira.

 

      El séptimo día, casi sobre el final de la marcha (ellos aún no sabían que se hallaban en esa etapa), se internaron en un cordón de montañas bajas, una desolación de arbolillos esmirriados y malezas de aspecto marchito; y el camino que seguían fue luego descendiendo hacia una especie de cañón, con murallones acantilados en los flancos. Dichos murallones tenían formas de lo más asombrosas, fantásticas casi. Había formaciones basálticas escalonadas, toboganes veteados como por acción del agua, extrañas terrazas y terraplenes; y se intuía que debía haber  lo mismo cuevecillas pequeñas que profundos socavones. Imposible saber si el conjunto era una estructura natural, u obra de inteligencias humanas o semihumanas.

 

      Tan raro como los elevados murallones laterales era el fondo del cañón, en el que había rocas de tamaño muy diverso, todas ellas de formas muy singulares, de modo que podían pasar por esculturas rudimentarias, aunque existía la posibilidad de que los elementos naturales las hubiesen moldeado así. En conjunto parecía un sitio embrujado, opinión reforzada por el hecho de que no figuraba en el mapa, como si la mera alusión a su existencia pudiera desencadenar eventos terribles.

 

      Los antiguos andrusianos habían tenido gustos muy raros y hasta tétricos en lo referente a arquitectura y estatuaria, y ellos mismos permanecían en la memoria colectiva como una raza abominable, cultora de la más infernal magia negra. Como etnia independiente ya no existían, pero en los individuos de ciertas familias, los rasgos denotaban una marcada hibridación entre los Bersiker y los andrusianos. De tanto en tanto, en algunos de esos individuos la fealdad de los rasgos  se acentuaba, como una siniestra evocación de aquel remoto pasado previo a la invasión de los Bersiker, cuando los andrusianos se obsesionaban por obtener más y más poderes prohibidos para el género humano; y los viejos lugares de culto del desaparecido pueblo, aunque abandonados, seguían asociados a leyendas que inspiraban todavía el mismo horror de antaño.

 

      No obstante, un Caballero es un Caballero, y lo menos que puede esperarse de él es que supere sus temores y afronte cualquier riesgo. Y si un Caballero ordena seguir adelante, su escudero debe ir tras él, por más que uno y otro sepan que en el fondo ambos están muertos de miedo y deseen volver por donde vinieron...

 

      Así que, cuando Balduino dio esa orden, Anders no dijo ni pío; y ya estaban por continuar, cuando algo entre un grupo de rocas al pie de uno de los murallones atrajo la atención del primero, quien de inmediato desmontó. Anders siguió sus movimientos, con sus ojos verdes llenos de sorpresa, y lo vio acercarse a lo que parecía un montón de excrementos secos. A falta de un palo, Balduino removió un poco las heces con la punta de su bota, y le bastó un simple vistazo para advertir que no eran excrementos de herbívoro, ni tampoco de un carnívoro que él conociera bien. Posiblemente fueran de grifo,  animal prácticamente inexistente en Rabenland, su tierra natal.

 

      Iba ya a montar de nuevo cuando algo, desde lo alto del murallón, cayó casi a los pies de Balduino y se partió en varios pedazos. El pelirrojo no llevaba puesto el casco, y llevaba la cofia de mallas metálicas echada hacia atrás; y pensó, tragando saliva, en lo que habría pasado si aquello le hubiera caído en la cabeza. Todavía con esta idea en mente, advirtió estupefacto qué era aquello venido abajo desde tan alto.

 

      Un cráneo humano. Era un cráneo humano, ahora partido en varios pedazos.

 

      ¿Y se había precipitado por accidente, o arrojado por algo... o por alguien? ¿Era aquello una especie de presagio funesto, un mal augurio, una advertencia de que no siguiesen más adelante? ¿O se trataba simplemente de un resto, caído desde lo alto por azar, de la macabra merienda del desconocido depredador?

 

      Lo único seguro era que, en alguna parte del cañón, había un grifo: ahora sus chillidos resonaban muy audibles entre los murallones de piedra.

 

      -Continuemos-dijo Balduino.

 

      Anders se limitó a asentir. El también identificó aquella cosa como un cráneo humano hecho pedazos, y le había parecido, además, ver una figura furtiva en lo alto del acantilado. El grifo ya no lo preocupaba tanto como lo hubiera preocupado días atrás; a lo que más temía ahora era a los malos espíritus, o a cualquier otra cosa peor que pudiera cobijarse en aquel cañón siniestro. Muchos ponían en duda, a veces, que los andrusianos estuvieran realmente extintos; y relataban, en apoyo de tales hipótesis, espantosas historias de inicio misterioso, desarrollo abrumador y final lúgubre e incierto.

 

      Balduino tenía apenas vagas nociones de aquellas historias, a las que Anders era aficionado aunque de noche lo incomodasen para conciliar el sueño; pero la atracción por lo enigmático y el desprecio por el propio miedo lo empujaban a seguir adelante, aunque él mismo tejiera ahora morbosas conjeturas en las que se combinaban la hechicería maldita de los andrusianos y la furia salvaje de los grifos.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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