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7 diciembre 2009 1 07 /12 /diciembre /2009 19:20

      Seguir adelante no fue, sin duda, la mejor idea que Balduino pudo tener. En aquel cañón umbrío, los juegos de luces y sombras no eran buenos para la imaginación pero, además, los caballos empezaban a ponerse nerviosos, sobre todo Slav, y los excrementos eran ahora tan abundantes que difícilmente pudiese tratarse de un solo grifo. Vieron a uno de estos animales en lo alto del murallón rocoso de la izquierda: estaba arreglándose las plumas de las alas con su gran pico córneo. Luego vieron una cola leonina desapareciendo tras un grupo de rocas en el fondo del cañón y un enorme ejemplar lanzándose al vacío, alas desplegadas y patas encogidas, desde lo alto del murallón de la derecha. Más adelante, un par de machos se desafiaban mutuamente, desplegando también ellos las soberbias alas y tirando picotazos al aire; y más allá, otro roía el fémur de alguna presa, fémur que por último se partió con un ruido seco y desagradable.

 

      Estaban, evidentemente, en medio de una colonia de grifos, no en los cotos de caza de sólo un ejemplar. Las fieras se hallaban por todas partes. Aquí un gran ejemplar desaparecía en el interior de una caverna, más allá otro se echaba ociosamente sobre una gran losa. El plumaje de celo de las alas de los machos, verdeazulado y resplandeciente como metal recién pulido, tenía como hechizado a Balduino, quien la belleza de estos animales cortaba la respiración.

 

      A una orden suya, Anders le pasó la lanza. Balduino se mantuvo atento, mientras él y su escudero hacían avanzar sus cabalgaduras a paso lento por aquella especie de inmenso cubil de depredadores. Svartwulk se había calmado, pero Slav parecía a punto de desbocarse en cualquier momento, y tras ordenar dos veces a Anders que lo tuviese bajo control, tomó él mismo las riendas del blanco con la mano izquierda, mientras blandía la lanza con la diestra.

 

      -Más parezco yo tu sirviente que tú el mío-dijo fríamente a Anders-. Aprende de una vez por todas a imponerte sobre tu caballo.

 

      -Tiene miedo-contestó Anders con sequedad.

 

      -Claro que lo tiene, se contagia del tuyo-contestó despectivamente Balduino-. Domínate tú en primer lugar.

 

      Para ti es fácil decirlo, pecoso imbécil, porque manejas a la perfección las armas que a mí apenas si me dejas tocar, pensó Anders, resentido. Había soportado a Balduino durante cuatro años, y de repente se le ocurrió que no estaba muy seguro de poder tolerarlo más tiempo.

 

      Encaramado en lo alto de una roca, un grifo seguía los movimientos de los jinetes. Se mantenía acechante, con la vista penetrante de las aves de presa y meneando la cola de un lado a otro, a la manera de los gatos dispuestos al ataque, con todos sus músculos tensos como las sogas de una catapulta próxima a dispararse. Por un momento pareció que saltaría sobre los cabalgantes, pero Balduino volvió grupas y lo miró en son de desafío, lanza en alto. Este gesto disuadió al grifo, quizás por la seguridad con que fue hecho, cosa nada habitual en presas indefensas.

 

      Media hora más tarde dejaban atrás Balduino y Anders aquella descomunal madriguera de grifos. Ahora sabía el primero que no quedaba demasiado trecho que recorrer: el Gran Maestre Thorstein Eyjolvson le había dicho que cerca de Freyrstrande se había instalado recientemente toda una colonia de aquellas bestias, la cual no podía ser sino ésta. El corazón le latió aceleradamente al comprobar cuán cerca estaba del punto de partida de la consumación de sus sueños de grandeza.

 

      Pero la emoción no tardó en trocarse en fastidio al caer en la cuenta, un poco más adelante, de que por fuerza tenían que haberse extraviado y llegado a quién sabía qué otro sitio muy diferente al que pretendían alcanzar. El camino los había llevado hasta las cercanías del mar, que ahora tenían a la vista. El paisaje, cada vez más desolado y perturbador, se había trocado por lo demás en un desasosegante páramo fustigado por vientos inclementes que en el océano levantaban grandes olas, las cuales venían a estrellarse en el inmenso, agobiante arenal de la playa tachonada de rocas. Las ráfagas arremolinaban cabellos y capas de ambos jinetes, como también las crines de sus caballos.

 

      Se hallaban en una especie de caleta a la que iba a dar un riacho cruzado por dos puentes: uno de piedra, inutilizable, semiderrumbado y cubierto de musgo, y otro de madera, tampoco muy digno de confianza en cuanto a firmeza.

 

      La caleta tenía forma de herradura y se veía solitaria hasta el espanto, sensación acentuada por el lóbrego ulular del viento que levantaba la arena de la playa, haciendo por momentos  imprescindible protegerse los ojos. En el extremo Noroeste se levantaba una especie de torreón de dudosa solidez, en lo alto del cual por lo visto anidaban abundantes aves marinas. También había allí, según se vio después, un pequeño malecón medio carcomido por la broma y con lapas adheridas a la madera, pero en uso; por el momento estaba fuera de la vista de los recién llegados. En el extremo Nordeste había una construcción de aspecto arcaico y lastimoso, que databa quizás del tiempo de los andrusianos.

 

      A una cierta distancia de la costa, particularmente hacia el Noroeste, se veían algunas de las Andrusias Orientales; la más cercana, hacia el Nordeste, era un islote que contaba, como máxima elevación, con un volcán que humeaba en forma inquietante, aunque estuviese lejos de entrar en actividad.

 

      ¿A  dónde rayos habremos ido a parar?, se preguntó Balduino, fastidiado. Tierra adentro, ni remotamente había algo que pudiese llamarse aldea o villa. Desperdigadas aquí y allá se veían tres o cuatro cabañas solitarias, y bastante más lejos empezaba el bosque.

 

      En la playa había al menos un niño construyendo castillos de arena. Curiosamente, era pelirrojo, como Balduino, aunque éste ni lo notó. Lo único que le interesaba era descubrir dónde estaban.

 

      -Anders, pregunta a ese mocoso cómo se llama este río, y no te demores-ordenó a su escudero.

 

      Y Anders fue, y en un santiamén volvió con la respuesta:

 

      -Duppelnalv, señor.

 

      -No puede ser...-gruñó Balduino, entre la estupefacción y la ira, tras consultar el mapa. Según éste, el Duppelnalv pasaba por Freyrstrande. 

 

      Miró alrededor y vio, algo más lejos, a una pastora conduciendo sus ovejas hacia algún sitio, tal vez un redil, aunque no parecía haber ninguno cerca.

 

      -Preguntemos a aquélla. Debe saber-dijo.

 

      Anders se mostró encantado de tener un pretexto para acercarse a una joven. Pero la pastorcita, que contaría con dieciocho o diecinueve años, no le resultó demasiado apetecible porque, si bien su cuerpo estaba bien desarrollado, su cara no era delicada, sino más bien dura y curtida, y tenía una descomunal dentadura que parecía obligarla a mantener la boca medio entreabierta.

 

      También esta joven era pelirroja. Anders se preguntó si los lugareños no tendrían cabellos de otro color que no fuera aquel.

 

      -¿Qué río es éste?-le preguntó, al tenerla cerca.

 

      -Duppelnalv, señor-contestó la pastorcita.

 

      A Balduino, que había ido tras su escudero, se le vino el alma al piso. No puede ser, pensó.

 

      -¿Qué isla es aquélla?-preguntó, señalando hacia el volcán humeante.

 

      -Eldersholme-contestó la muchacha, tras un instante de titubeos. Recién ahora se fijaba en Balduino, y evidentemente algo en él la había impactado, aunque Anders fuera mucho más apuesto.

 

      Anders, quien hasta ese momento no había entendido la preocupación de su señor, empezó de golpe a temer estar comprendiendo.

 

      -¿Y este lugar?-preguntó a la pastorcita.

 

      -Freyrstrande-contestó la joven, solícita.

 

      Balduino y Anders se miraron, horrorizados, sin poder creerlo. Luego observaron con desconsuelo el entorno agreste, y por último Balduino señaló con su índice la construcción arcaica del extremo nordeste de la caleta.

 

      -¿Y eso qué es?-preguntó.

 

      -Vindsborg, señor-contestó la chica, inclinando deferentemente la cabeza-. ¿Venís a protegernos de los grifos? Yo soy Gudrun... Para serviros.

 

      Balduino no contestó. Miró indignado hacia Vindsborg.

 

      -¿Ese es mi castillo? ¿Esa, mi comandancia? ¿A qué sitio me mandó el Gran Maestre?-gritó, furioso.

 

      Su cólerada desairada habría divertido a Anders en otra ocasión, pero lo cierto era que él mismo estaba desalentado. Aquel lugar se veía tan inhóspito y solitario que daban ganas de llorar.

 

      -Vamos-dijo resueltamente Balduino. Ya estaban aquí, después de todo, y no quedaba más remedio que acostumbrarse.

 

      Salvaron el Duppelnalv por la parte menos honda que encontraron; de todos modos, se veía que el río no era demasiado profundo. Luego enfilaron hacia aquello que algún optimista había llamado Vinsborg,  Castillo del Viento. Vaya si había viento; pero llamar castillo a aquella cosa era como llamar palacio a una cabaña.

 

      Por su estructura se veía que sí, que pretendía ser una construcción defensiva, pero erigida en tiempos en que las guerras eran simples conflictos tribales.  Dominaba un promontorio rocoso detrás del cual, al Este, había una colina cubierta de hierba verde algo cubierta de restos de nieve, y esto era lo único positivo del asunto: al menos hasta el próximo invierno los caballos no tendrían problemas con el alimento.

 

      El chiquillo pelirrojo  de la playa  había dejado sus castillos de arena. Corría por delante de Balduino y  Anders como alma que se lleva el Diablo, dando voces y llamando a  un tal Thorvald. De inmediato, media docena de perros salió a su encuentro, todos ellos meneando la cola y ladrando furiosamente, bajando la escalinata de piedra por la que se llegaba al interior de Vindsborg. Tras ellos iban dos hombres que en apariencia estaban apostados de guardia: un individuo  bajito, de ojos grises y nariz respingona, de gesto burlón y cabello escaso y raído, que por lo visto era el dueño de los perros, puesto que los llamaba para que acudieran a él; en tanto que el otro era un sujeto picado de viruelas, de ojos penetrantes, calvo y  con una enorme nariz aguileña.

 

      -Señor-murmuraron casi al unísono inclinándose un poco ante Balduino, aunque el que supuestamente era el dueño de los perros no sonaba muy respetuoso sino más bien insolente.

 

      No sabiendo qué hacer, Anders desmontó, como su señor; pero a diferencia de él, prefirió devolver el saludo a aquellos sujetos. Fue a estrechar sus manos y al mismo tiempo dijo su nombre.

 

      -Adam Maartenson-dijo el hombrecillo de nariz respingona, el dueño de los perros-, pero me dicen Hundi (perrito).

 

      -Per Gustavson. Llamadme Adler-dijo el otro. Adler significaba águila, y se comprendía el apodo, a la vista de tamaño naso.

 

      Adler no fue muy del gusto de Anders, pero Hundi le agradó menos todavía. En aquel individuo menudo había algo indefiniblemente malicioso que no lo hacía simpático.

 

      Balduino, como hechizado, miraba su entorno sin comprender mientras acariciaba a los perros que le hacían fiestas, locos de alborozo. Cuando se encaminó hacia la escalinata de piedra, los perros lo siguieron, como un séquito ebrio y bullicioso, ladrando como para quedarse roncos. Hundi fue tras ellos, llamándolos, pero en vano. Aparentemente, Balduino les había caído en gracia, lo que venía a confirmar la ya deplorable opinión que Anders tenía del cerebro perruno.

 

      Un viejo gigantesco, de cabellos largos y totalmente blancos, lo mismo que su barba, aguardaba a Balduino en lo alto de la escalinata. Era verdaderamente enorme, y aunque lo precedía un considerable vientre, éste daba la impresión de ser duro y no fláccido. De toda su persona emanaba una sensación de fuerza descomunal.

 

      Miraba a Balduino con  ojos azules y duros como zafiros. Cosa rara, Anders tardó en advertir que al viejo le faltaba la mano izquierda.

 

      -Estoy a cargo-declaró el anciano gigantón-. Me llamo Thorvald Hanson.

 

      Tendió la mano a Balduino. Aturdido como estaba, éste devolvió el gesto sin quitarse la armadura, de modo que fue hierro lo que halló la gran mano de Thorvald. Luego fue el turno de Anders, y éste lamentó no tener también un guantelete cubriendo su mano: la diestra del viejo por poco no la tritura.

 

      -Lo lamento-se disculpó cortés y sinceramente Thorvald, cuando Anders logró retirar lo que quedaba de su mano derecha, literalmente hecha papilla.

 

      Balduino entregó a Thorvald los documentos que le había dado el gran Maestre y que probaban que estaba desginado Comandante de Freyrstrande. Hacía una semana que llevaba esos papeles bajo su cota de mallas.

 

      -Os explicaron algo, me imagino, acerca de los hombres que  tendréis a cargo, ¿verdad?-preguntó Thorvald, mientras examinaba los papeles.

 

      -Nada-contestó Balduino.

 

      Thorvald carraspeó ligeramente y miró al joven a los ojos.

 

      -Temo, señor-dijo-, que salvo Karl, que es mi segundo, y yo mismo, tendréis a vuestro cargo a hombres reclutados en las mazmorras de Kvissensborg.

 

      Anders se puso más blanco que los cabellos de Thorvald, y el color que abandonó sus mejillas pareció afluir, reconcentrado, a las de Balduino, quien se puso loco de furor.

 

      -¿Qué?-rugió-. ¿Presidiarios?

 

      -Ajá-respondió calmosamente Thorvald-. Siete son Kveisunger. Piratas de la flota de Sundeneschrackt.

 

      -Siete piratas-masculló Balduino, con una sonrisa torcida, como queriendo resignarse; pero ya estaba en abullición, y sabía Dios cómo manifestaría su cólera cuando estallase de verdad.

 

      -Sí, y dos salteadores, los gemelos Per y Wilhelm Björnson, de la banda de Njall Blotinhand Kurtson.

 

      -Gemelos. Salteadores. Sí. De la banda de Blotin Thorfinn.

 

      -No. Blotinhand.

 

      -¡Lo que sea!-bramó Balduino-. ¿Qué otras celebridades tengo a mi cargo?

 

      -Un asesino, Lambert Alarikson. Ese nada más mató a su mujer. Lo identificaréis por su extraño color de ojos, violeta prácticamente. Después está Adler, a quien ya conocisteis, que es un secuestrador... ¿Quién más? ¡Ah, sí!... Adam Thorsteinson, involucrado en algún turbio asunto Sales de las Brujas. Vendía y consumía. Y por último está Snarki, el gordo, que supuestamente violó a una niña, pero afirma ser inocente y yo le creo.

 

      Anders se sintió morir ante esta detallada enumeración de la "buena gente" con la que convivirían él y Balduino. Desde el tal Lambert Alarikson (el que apenas había liquidado a su esposa) en adelante, todos le parecían beatos y monaguillos, pero el resto daban miedo nada más oyendo sus "honrados"  oficios, y eso sin detallar gajes de los mismos, como decapitaciones, vísceras al aire y alguno que otro río de sangre. Particular espanto le producían los siete primeros, los Kveisunger. El Terror de los Estrechos había dejado  estigmas imborrables en la costa de Andrusia Occidental, donde se decía que el reciente azote de los mares, Blotin Thorfinn, era un triste aprendiz comparado con el primero, que había hecho doblegar por vez primera hasta a la indómita Drakenstadt, la más poderosa metrópoli guerrera del Norte.

 

      Del interior de Vindsborg salió en ese momento, al pequeño patio al que daba la escalera, otro viejo, éste de rubio cabello entrecano y gruesos mostachos. Detrás venía un individuo que parecía tener cincuenta años pero que, según se supo después, tenía sólo cuarenta y dos. Desdentado casi por completo, de ojos azules y pelado, este segundo individuo tenía un aire aún más malicioso que el mismo Hundi, pero cierta mueca chistosa de su cara y un curioso tic -un continuo fruncir de narices- lo volvían más risible que aquel.

 

      -¿Y éstos quiénes son?-bramó Balduino.

 

      -Karl Sigmundson, mi segundo al mando-dijo Thorvald, presentando al viejo de los mostachos. Anders se acercó a estrechar la mano de Karl, y sufrió el mayor bochorno de su vida al advertir que a éste le faltaba el brazo derecho-. Gilbert Johanson, de las filas de Sundeneschrackt.

 

      -¿Y cuántos guerreros tendré bajo mi mando?-vociferó Balduino-. ¿Cuántos que lo sean realmente, aparte de presidiarios y baldados?

 

      Anders sintió vergüenza ajena y, pese a ser un  simple escudero, estuvo a punto de recriminar a su señor aquella falta de cortesía; pero Thorvald se le adelantó diciendo, con aire muy digno:

 

      -Tendréis a dos auténticos guerreros bajo vuestro mando: Karl y yo. Aun viejos y lisiados, entendemos más de guerra que ciertos jóvenes que bravuconean mucho y están llenos de ínfulas pero que, tal vez, no hayan tomado parte ni en una sola batalla verdadera. Si no os basta, presentad vuestras quejas al señor Einar de Kvissensborg, pues él ha dispuesto así las cosas; pero yo que vos no lo haría.

 

      -Sí, ¡lo haré! ¡Por supuesto que lo haré!-gritó Balduino-. ¿A qué distancia está Kvissensborg?

 

      -Como a una legua hacia el Sudeste.

 

      Balduino asintió y dio media vuelta, echando chispas de cólera, sin despedirse. Bajó la escalinata a la carrera y volvió a montar sobre Svartwulk. Anders fue tras él.

 

      -No, tú quédate aquí-ordenó Balduino.

 

      -Pero, señor...-murmuró Anders- Pero Balduino no lo oyó, y el joven escudero, frustrado, ni intentó reiterar su abortada súplica en voz alta, puesto que la misma caería en saco roto.

 

      No hacía ninguna gracia a Anders quedar solo entre trece presidiarios a quienes sólo controlarían dos lisiados.

 

      -Simpático el cara de bosta colada, ¿eh?-gritó alguien, con voz portentosamente ronca, mientras Anders subía de vuelta la escalinata de piedra.

 

      -¡Gilbert!-rugió otra voz. En ese preciso instante, Anders llegaba al pequeño patio. Karl, que era quien acababa de amonestar a Gilbert, se volvió hacia el muchacho:-. Disculpad, señor. Es bastante sordo-explicó con aire compungido, frunciendo los mostachos.

 

      -¡Si es la verdad!-protestó Gilbert con su voz ronca.

 

      -Adentro, vamos. Nada tienes que hacer aquí-le dijo Karl, empujándolo por delante de él hacia el interior de Vindsborg.

 

      En el patio quedaban ahora sólo Thorvald y Anders. El gigantesco anciano parecía malhumorado. Estaba a punto de entrar, cuando se volvió hacia el muchacho:

 

      -Después de vos, señor.

 

      -No, gracias-respondió Anders, con voz apagada-. Quiero... Quiero estar solo.

 

      -Si me permitís la pregunta, señor-dijo respetuosamente Thorvald-: ¿tenéis miedo?

 

      Anders, que le había dado la espalda, se volvió de nuevo hacia él.

 

     -Sí-confesó.

 

      Los ojos de Thorvald perdieron instantáneamente su fría dureza habitual. Se acercó a Anders y le rodeó los hombros con su poderoso brazo, en un gesto conmovedoramente paternal, que dio al muchacho algo de la calidez que tanto necesitaba en este momento en que tan mísero se sentía.

 

      -Ven, pichón, bajemos y caminemos un rato-propuso-. Te contaré algunas cosas que, tal vez, hagan que al menos no pongas tanta cara de susto...

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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