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8 diciembre 2009 2 08 /12 /diciembre /2009 18:25

XIV

      Anders no pudo menos que aceptar la sugerencia. Dijo su nombre a Thorvald y agradeció a éste las molestias que se tomaba por él; y el anciano nada dijo, pero le estrechó los hombros con más fuerza.

 

      Caminaron en silencio durante un buen rato, alejándose de Vindsborg sin rumbo, dando vueltas. Caía el crepúsculo, con toda su impronta de melancólicos claroscuros resaltando la asfixiante soledad del paisaje. Las poderosas ráfagas ni amagaban amainar, y sus bramidos inclementes herían el corazón de Anders.

 

      Allí donde mirara, el joven veía cosas perturbadoras. Al Norte, el furioso y desolado océano con lejanas islas de aspecto inhóspito y una más próxima que las otras, Eldersholme, con su volcán arrojando fumarolas que se alzaban hacia el cielo como negras y funestas advertencias. Al Nordeste, la ruinosa Vindsborg, antigua y deteriorada, con sus moradores de tétrico pasado. Al Noroeste, el viejo torreón estremecido por el constante graznar burlón de las aves marinas, y ese malecón que Anders veía recién ahora, con unas pocas barquichuelas meciéndose en el amarradero, sin  que se notara otro movimiento, alguno que diera realmente la impresión de actividad humana. Y al Sur, un vasto arenal reemplazado luego por un llano de pastos duros, con alguna ondulación aquí y otra allá, y contadísimas viviendas en las que tampoco se veía movimiento, antes de que se alzase el bosque, de aspecto tétrico también, pero aun así más gratificante que todo lo anterior. Anders se sentía como desterrado a un feudo vasallo del mismo Diablo, a una tierra muerta y olvidada. Incluso los dos deteriorados puentes que cruzaban el Duppelnalv, inutilizables y añejos, eran la imagen misma del abandono.

 

      Iba ya Anders a proponer que volvieran, cuando Thorvald comenzó a hablar:

 

      -El verdadero nombre de Sundeneschrackt es Ulvgang Urlson-dijo-. Ulvgang. Conviene que lo recuerdes para tener en cuenta que, tras su negra leyenda, hay un hombre como tú o como yo. Pero hace quince años, él era El Terror de los Estrechos; y yo, un guerrero que servía en Helmberg y que, sin ánimos de darme aires, había conquistado cierta fama local. Era bueno en lo mío, incluso mejor de lo que yo mismo me daba cuenta. Tenía cuarenta y cinco años, sin embargo, y mi estrella empezaba a declinar; pero todavía era capaz de vencer a hombres mucho más jóvenes que yo. Y a diferencia de muchos de esos jóvenes, yo y varios de mis camaradas, ya que no todos, creíamos en cosas hoy olvidadas para muchos. Sentíamos que nuestro valor, fuerza y destreza con las armas eran verdaderos dones, y que nuestra obligación era ponerlos al servicio de la comunidad. Pero tales sentires son inútiles si para ser llevados a la práctica precisan sortear primero una lenta burocracia adormecida en glorias pasadas y escéptica ante peligros que acechan desde las lejanías. Así que, cuando mis camaradas y yo tomamos conciencia de hasta qué punto era Sundeneschrackt peligroso para Helmberg, planeamos su destrucción. Pero para ello necesitábamos una gran flota, y tuvimos que librar antes otra lucha contra los burócratas para conseguirla. Nos daban un barquito aquí y otro allá. No gran cosa pero, poco a poco, comenzamos a lograr algo bastante consistente. Pactamos alianzas con guerreros y marinos de otros puertos y libramos algunas escaramuzas contra Ulvgang y sus hombres. nada muy serio, sin duda, pero empezamos a ser tenidos en cuenta. Entonces, Ulvgang y sus hombres saquearon Drakenstadt; nadie los hubiese creído tan osados, no pensaban que llegarían a tanto. Eso fue el acabóse. De repente recibimos mucho más apoyo del que pedimos, obtuvimos una flota enorme. Con ella acosamos sin tregua a los Kveisunger, hasta que sólo les quedó una nave, la nave capitana, que se llamaba Zeesteuven, "Diablo del Mar". Finalmente, hasta a ésa vencimos en Svartblotbukten. Los piratas lucharon como fieras, con una bravura que jamás volvía a encontrar desde entonces; pero cuando sólo quedaban entre ellos una veintena de hombres en pie, Ulvgang presentó la rendición e incluso trató de comprar su libertad y la de sus hombres con parte de su botín. Mas yo tenía el honor de capitanear a los valientes que lo habían vencido, y acepté  la rendición pero no el soborno. Aparte de los años que Ulvgang llevaba azotando las costas de Andrusia, los cuales ameritaban la horca para él y sus hombres, yo quería ese destino para ellos porque mis mejores amigos habían perecido combatiéndolos. También luchando contra ellos fue que perdí mi mano izquierda y Karl su brazo derecho.

 

      ’Antes de seguir con mi relato debo aclarar que  yo odiaba a Ulvgang y sus piratas debido tanto al dolor de las ciudades que habían sufrido sus saqueos como a mis camaradas caídos en combate contra ellos; sin embargo, hasta el momento de su rendición, les guardaba cierto respeto. Asustaban mucho a mujeres y niños, pero jamás hallé testimonios de que lastimaran a inocentes y, de hecho, se enorgullecían de ser harto contemplativos con éstos. Sí mataban, y con mucha saña y derramamiento de vísceras y sangre, a quienes intentaban detenerlos. Parece que al principio, cuando sólo saqueaban barcos, algunos de éstos se rendían sin combatir, y entonces Ulvgang perdonaba las vidas de los tripulantes. Eso sí, no les dejaba ni un alfiler. Más tarde, con los puertos, fue otro cantar, porque jamás hubo puerto que se le rindiera sin oponer previa y dura resistencia. Pero esa actitud suya tuvo mucho peso cuando, en Svartblotbukten, tuve que decidir entre exterminarlos allí mismo, a él y a sus hombres, o llevarlos a juicio. Hasta el día de hoy Ulvgang dice que fui un imbécil al rechazar el soborno que me ofreció; pero tengo motivos para pensar que no siente del todo lo que dice y que, en lo más íntimo de su corazón, guarda hacia mí cierta deferencia por no haberme dejado comprar.

 

      ’Lo que a mí me asombró fue que se rindieran La experiencia indicaba que Ulvgang y sus hombres lucharían hasta vencer o morir. Cuando entregaron sus armas, no pude evitar sentir cierto desprecio por ellos... hasta que me di cuenta de que no lo hacían por cobardía. Querían proteger a alguien. Y aquí viene la parte más increíble de mi relato.

 

      Thorvald hizo un pensativo silencio, y el acallar de su portentoso vozarrón permitió a Anders oír con toda claridad el fragor del impetuoso oleaje rompiendo contra la escollera, y el ulular del viento.

 

      -Cuando Ulvgang y sus piratas se rindieron-continuó el viejo-, nos soprendió hallar en el Zeesteuven a un grumete: un muchachito de doce años tan extraño como su nombre, Tarian Morv Mwyalch. De dónde salió, no me lo preguntes: ni sabíamos que existiera hasta ese momento, máxime cuando los Kveisunger creen que trae mala suerte tener niños a bordo de sus barcos. Era un jovencito de bella pero rara apariencia. En qué se habría convertido de haber crecido con los kveisunger, no lo sé, pero hasta ese momento no era mucho más que un niño travieso y charlatán. De inmediato se hizo querer por mí mismo y por mis compañeros, porque incluso bromeaba con nosotros, sus captores. Lo que nos sorprendió fueron ciertas conversaciones que escuchamos furtivamente entre nuestros prisioneros. Los Kveisunger, y particularmente Ulvgang y otro pirata muy feroz del que tal vez hayas oído hablar, Kehlensneiter, reprochaban a Tarian que no hubiera escapado durante la lucha. Pero el combate final tuvo lugar a buena distancia de la costa, demasiada para que un niño como Tarian pudiera alcanzarla a nado, y esto era lo que no me cerraba. Me enteré de la verdad tiempo después: que la costa estuviera cerca o lejos no le hacía, porque Tarian no moriría ahogado. Puede respirar bajo el agua. Tarian es hijo de Ulvgang y de una sirena.

 

      Anders quedó boquiabierto, incapaz de discernir si el viejo se burlaba de él, aunque bien serio se lo veía.

 

      -De veras-dijo Thorvald, advirtiendo tal incredulidad-. Al ver a Tarian te das cuenta de que no es del todo humano: tiene un par de orejas puntiagudas, y su cara es... Es difícil explicarlo... agradable a la vista, pero con rasgos que no ves a menudo. De Ulvgang heredó sólo el color verdiazul de sus ojos, y nada más. Por suerte para Tarian, porque Ulvgang es bastante feo.

 

      -Y ese Tarian, ¿está allí?-preguntó Anders, señalando hacia Vindsborg.

 

      -No-contestó Thorvald.

 

      Anders se mostró primero decepcionado, y luego volvió a preguntarse si el viejo no le tomaba el pelo.

 

      -No-repitió Ulvgang, apesadumbrado-. Tarian Morv Mwyalch fue uno de los tres rehenes que quedaron en Kvissensborg para garantizar que ninguno de los hombres enviados a Vindsborg intentase escapar. Aun así, conozco bien a estos Kveisunger, y no me cabe duda de que traman algo... Pero volvamos a lo que te estaba contando. Como te dije, y aunque no lo he visto, da la impresión de que Tarian, como su desconocida madre, puede respirar bajo el agua. He oído que tiene ocultas las agallas tras las orejas: su largo cabello impide vérselas. Por lo tanto, en Svartblotbukten Tarian sí pudo haber huído, pero se quedó; y cuando Ulvgang comprendió que tenía perdida su última batalla, ordenó la rendición para protegerlo a él. Se supone que el padre de Tarian fue un tal Mwyalch, pues Morv parece que significa "hijo de". Pero es mentira. Ulvgang jamás reconoció ante nadie, hasta donde sé, su paternidad sobre Tarian; pero creo que también esto es otro intento de protegerlo.

 

      -¿De qué?-preguntó Anders.

 

     -En parte, de su mala fama-explicó Thorvald-. En el juicio de Tarian, no pudo atribuirse a éste crimen alguno. No obstante, se consideró que, si estaba entre piratas, algo habría hecho; y recibió la misma pena que los otros. Pero Ulvgang, aunque no lo diga, tiene la esperanza de que algún día Tarian sea indultado o algo así. Si Tarian quedara libre, podría elegir no regresar a los abismos marinos de los que procede; en cuyo caso, ser reconocido como el hijo de El Terror de los Estrechos no lo favorecería en lo más mínimo. Existe otro motivo por el que Ulvgang, tal vez, no reconoce ante todos a Tarian como su hijo; pero todo a su tiempo.

 

      Thorvald hizo otra pausa, y algún recuerdo desagradable volvió a endurecerle la mirada.

 

      -Nada hubo tan vergonzoso como los juicios que siguieron a la rendición de Ulvgang y sus piratas-prosiguió-. Tarian, quien era inocente, fue hallado culpable; el resto, que merecía pena de muerte, compró la indulgencia de los jueces. Pues algunos de los hombres a mi cargo, a mis espaldas, hicieron las veces de mediadores entre las autoridades y los piratas prisioneros, y aceptaron también sobornos. Uno de ellos fue un joven bastante apuesto, que se llamaba Einar, y que se llevó buena parte de la gloria por el triunfo sobre Ulvgang y los suyos. Es lógico: la gente prefiere héroes jóvenes y guapos, no viejos mutilados como Karl y yo. Este Einar fue a lamerle las botas al Conde que teníamos entonces, y que se llamaba Arn, igual que el actual. También le llevó buena parte del botín de los piratas. El se quedó con otra parte, los jueces con otra parte y así. De todos modos, muchos sospechamos que Ulvgang no les entregó ni la décima parte de lo que él y sus hombres habían robado, y que el resto del tesoro de Sundeneschrackt aún está oculto en algún lugar de las Islas Andrusias... Pero ésa es otra historia.

 

      ’De que Einar se había dejado comprar igual que los jueces, me enteré mucho tiempo después. La verdad es que estaba demasiado dolido por no obtener el más mínimo reconocimiento por parte de las autoridades para pensar en otra cosa. En ese tiempo eso aún me parecía importante, aunque ahora sé que lo único que interesa y debe interesar es el deber cumplido. En cuanto a Einar, es cierto que nunca me había caído del todo bien, y no sabía por qué. Creo que se le olía la vileza que llevaba oculta.

 

      ’Einar, tan inesperadamente promovido a héroe, recibió del Conde Arn, como premio, el señorío de Kvissensborg. De señorío no tenía más que el nombre, era en realidad un castillo convertido en una prisión entonces ya de muy mala fama, donde los presos no estaban engrillados sino sueltos en las celdas en su mayoría. Allí se mataban y violaban entre ellos. De vez en cuando, alguno intentaba escapar, sin éxito hasta donde sé. A Kvissensborg mandaban por lo general convictos peligrosos que, por algún motivo, se habían salvado de la horca. Los gemelos Per y Wilhelm, por ejemplo, ya estaban allí desde antes de la llegada de Ulvgang y su gente, que también fueron destinados a Kvissensborg. Los gemelos esquivaron su final en la horca gracias a un cura que intercedió por ellos, el actual párroco de Freyrstrand, debido a un honroso gesto humanitario que mostraron al final de sus criminales carreras.

 

      ’Einar, quien es poco más que un plebeyo, se sintió encantado al tener un castillo propio, fuera cual fuera, y llevó consigo a muchos de sus amigos que habían estado también en Svartblotbukten. También nos llevó a Karl y a mí, Para nosotros fue humillante aceptar su propuesta, porque íbamos a obedecer a alguien más joven que nosotros y con menos méritos que los nuestros. pero pasábamos por un mal momento anímico. Nos sentíamos sólo medio hombres, por haber sido mutilados en la lucha y por haber sido relegados a un injusto olvido.. Además, por aquella época creíamos al menos en la sinceridad de la camaradería que Einar nos demostraba. Y por si esto fuera poco, queríamos asegurarnos de que Ulvgang y sus secuaces no escaparan, siendo que tanto trabajo había costado atraparlos.

 

      ’Einar, para asegurarse de que no se fugarían, hizo algo que en principio no hubiera estado tan mal: encerró a Tarian aparte, y dijo que él pagaría con su vida cualquier intento de rebelión o fuga. pero los carceleros hacían a Tarian objeto de todo tipo de burlas e insultos. El soportó esa situación durante todo un año. Luego le vino la rebeldía de la adolescencia, y empezó a replicar a esas burlas e insultos. Los carceleros decidieron despojarlo de esa rebeldía... a golpes

 

      -Pero, ¿por qué se ensañaban tanto con él, si era inocente?-preguntó Anders, entre el asombro y la indignación.

 

      Thorvald se encogió de hombros.

 

      -Quizás por eso mismo-respondió-. No se metían, en general, con los presos más peligrosos. Creo que lo hicieron por cobardía y por deseos de hacer daño. Pudo haber sido por otras razones. Las orejas de Tarian son muy llamativas. Lo hacen ver distinto de los otros, y los distintos siempre son objeto de agresiones. Además, y como ya te dije, tenía cierta apostura, de la que carecía la mayoría de los carceleros, así que pudo ser también por envidia.

 

      -¿Y vos no hicisteis nada por evitarlo?

 

      Thorvald meneó la cabeza.

 

      -Convence a un gigante de que es un fracasado, y ese gigante será tan inerme como un niño recién nacido-contestó-. En Kvissensborg, todos nos trataban como con lástima a Karl y a mí. Cuando nos rebelamos por el maltrato del que Tarian era objeto, nos llamaron, con mucho desprecio, viejos tullidos y estúpidos. Llegamos a creer que sólo eso éramos. Cinco años soporté esa situación; Karl, sólo tres. Cada uno, por turnos, abandonó Kvissensborg. Nos dedicamos a otras cosas, tuvimos que arreglárnoslas solos en general. El tiempo demostró que no éramos tan inútiles después de todo; que el hecho de que ya no tuviese mi mano izquierda ni Karl su brazo derecho no significaba que estuviésemos definitivamente acabados. Pero sólo mucho tiempo después reflexionamos sobre esto. Hace un mes, Einar nos hizo llamar. Sabía que seguíamos en Freyrstrand. Nos preguntó si queríamos encargarnos de vigilar a los presos que tenía pensado enviar aquí, a Vindsborg, a modo de dotación. Aceptamos, a sabiendas de que sólo quiere utilizarnos. Queríamos saber qué había sido de Ulvgang y de sus hombres, a quienes, en el fondo, terminamos apreciando más que a Einar y sus crueles lacayos. Con pena nos enteramos de que algunos ya han muerto, como Mälermann y Kratzer. Es raro lamentar la muerte de aquellos a quienes uno en su momento quiso enviar a la horca, pero así son las cosas.

 

      -¿Y Tarian?

 

      -Sigue vivo, y aún lo golpean. Nada más sé de él. Es lo que más me duele.

 

      -Yo no creo realmente que Ulvgang sea el padre de Tarian-razonó Anders-. Algo habría hecho, si lo fuera, para defender a su hijo. Habría amotinado a los prisioneros, tomado el castillo...

 

      Thorvald meneó la cabeza una vez más.

 

      -Al primer intento de motín, los carceleros asesinaban a Tarian-contestó-. Ulvgang es duro, y cuenta sin duda con que su hijo sea tan duro como él, y resista hasta límites insospechados, hasta que un día alguien lo libere o logre escapar. Pero las palizas son cada vez más violentas, y lo más triste es pensar en qué se habrá transformado, después de tantos años de maltrato, ese sabandija alegre y bondadoso que era Tarian. Me dicen sin embargo que hace cosa de tres años, quien intentó por su cuenta algo para ayudar a Tarian fue Kehlensneiter. Este es el más temible de la banda, peor aún que el propio Ulvgang; en los puertos todavía se lo menciona con espanto. Pero a Tarian, no sé por qué, lo quiere como si fuera su propio hijo. Intuyo que en torno a ese afecto debe haber una historia que desconozco, porque una fiera cebada como Kehlensneiter no se aplaca así nomás. El caso es que Kehlensneiter, quien no siempre obedecía a Ulvgang -al que no obstante reconocía como líder-  intentó liberar a Tarian. Lo detuvieron algunos de sus mismos compañeros y eso, quizás, salvó la vida de Tarian. Pero a Kehlensneiter, en castigo, los carceleros le cortaron la nariz y las orejas.

 

      Anders se estremeció de horror.

 

      -Y ése es el segundo motivo, creo yo, por el que Ulvgang no reconoce su paternidad sobre Tarian-suspiró Thorvald-: si eso se supiera, los carceleros tal vez  golpearían al muchacho con mayor saña. Es el desquite de todo fracasado, ¿sabes?: triunfar por medios ruines allí donde no lo logró por sus habilidades.

 

      -¿Y Kehlensneiter? ¿Está en Vindsborg?-preguntó Anders.

 

      - No. Iban a soltarlo-contestó Thorvald-, pero yo me opuso. Preferí que viniese Adam, pese a que es un inútil, antes que Kehlensneiter, sobre quien no hubiese tenido control alguno. Es violento, impredecible y medio loco; hasta sus propios camaradas le temían. Dudo que alguna vez llegues a cruzarte con él pero, por si así fuera, no estará de más darte una recomendación-y añadió, tras una breve pausa:-. Puede que alguien te diga, como una estúpida broma, que el verdadero nombre de Kehlensneiter es Hans, y que lo llames así. Ni se te ocurra hacerle caso: Kehlensneiter sería capaz de matarte si lo llamases por su nombre de pila. Que para ti sea sólo Kehlensneiter.

 

      Anders asintió, y Thorvald cruzó nuevamente su brazo por los hombros del joven, protectoramente. Las últimas luces se extinguían hacia el poniente en un fulgurante y multicromático delirio a medio camino entre el Cielo y el Infierno, con tonalidades que iban desde un tímido color rosáceo hasta un furioso y tétrico violeta oscuro. Mirando hacia el Nordeste, Anders, cuyo paseo con Thorvald lo había llevado hasta las cristalinas y susurrantes orillas aguijarradas del Duppelnalv, tenía una magnífica y escalofriante vista de Eldersholme con su volcán apuntando hacia el firmamento, como amenazando a los dioses que allí moraran, y arrojando incesantemente fumarolas cuya negrura contrastaba sensiblemente con las escasas nubes blancas que había a la vista, congregadas justo sobre el cráter. Tenebrosas cerrazones rodeaban esa mancha de vaporosa albura, como temibles fieras cercando un rebaño de ovejas.

 

      Y a los pies del cielo y sin rendirse ante él, el océano con su desoladora, inquietante vastedad; el océano, reflejando en sus aguas la extravagante locura del éter; el océano, fustigando sin misericordia las costas de Freyrstrande, con su bramante oleaje a modo de múltiples látigos; el océano, con su lejano horizonte cual mortal carnada para los aventureros, y sus abismos pródigos en misterios y secretos, en monstruos de estremecedora voracidad y esquivas sirenas de inimaginable belleza. Y Anders miraba con la ansiedad de  un herético dispuesto a arrebatar a las deidades del líquido elemento sus más preciados y ocultos tesoros; como si con su sola mirada pudiera arrancar a las más profundas y negras fosas marinas la verdad acerca del origen de Tarian o la esencia del imprevisible carácter del feroz Kehlensneiter.

 

      -Volvamos a Vindsborg, pichón-dijo Thorvald, sonriendo-. Pronto oscurecerá por completo.

 

      Anders asintió en silencio. Se sentía extraño, como introducido a través de un ritual iniciático en un culto antiguo, prohibido y semiolvidado. Ahora no tenía miedo.

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Published by EKELEDUDU
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