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20 diciembre 2009 7 20 /12 /diciembre /2009 19:05

XIV

      Gilbert tenía la manía de torturar a quienes estuvieran cercanos a él con un nutrido repertorio de canciones marineras berreadas con voz ronca y desafinada y un entusiasmo digno de mejor causa. Debido a su avanzada sordera, que para colmo le impedía medir el volumen de su propia voz, inevitablemente gritaba al cantar, y entonces era probable que en varias leguas a la redonda se informasen de la anatomía íntima de tal o cual damisela, o de las aventuras sexuales del anónimo autor de la canción de turno.

      En este momento, geográficamente, sus víctimas más próximas eran Snarki y Adler; pues se había sentado en el rellano de la escalinata. Allí seguía cuando volvieron Balduino y Anders.

 

      En ese preciso instante salió Karl del interior de Vindsborg, hecho una furia.

 

      -¡Gilbert, deja de graznar esas inmundicias!...-rugió-. ¡Un niño entre nosotros, y tú cantando esas cosas, si es que a eso puede llamársele cantar!

 

      -No te hagas el mojigato, viejo-gritó Gilbert, incorporándose y frunciendo las narices-. Además, ese mocoso debe estar más avispado que todos nosotros juntos.

 

      -¡Cállate y sube de una buena vez! ¡Vamos a almorzar!... ¡Y deja pasar primero al señor Cabellos de Fuego y al señorito Anders!

 

       -Viejo lamebotas, escúchate nada más hablar-gruñó Gilbert a gritos-. Además, ni que me perdiera de algo fabuloso al quedar en ayunas. Este Varg, en el fondo, sigue siendo lo que solía ser en Broddervarsholm, sólo que cambió de métodos.

 

      -¿Y qué era Varg en Broddervarsholm?-preguntó Anders, intrigado.

 

      Pero medio sordo como era, Gilbert no escuchó la pregunta. Adler, quien se hallaba lo bastante cerca para escucharla, fue quien la respondió:

 

      -Tengo entendido que  verdugo...-murmuró, con una sonrisa irónica en su rostro salpicado de cicatrices de viruela.

      -¿Y para qué quieren verdugo los Kveisunger, si viven fuera de la ley?-preguntó Anders.

      -Supongo que hasta ellos necesitan de sus propias leyes y, en consecuencia, de castigos para sancionar a los infractores-dijo Balduino-; pero no me imagino a Varg aferrando un hacha que sería, tal vez, más grande que él.

      -Los verdugos de los Kveisunger, al menos los de Broddervarsholm, no matan por decapitación-aclaró Adler.

      -Pero no preguntéis qué métodos de ejecución emplean esos animales-sugirió Snarki en tono de súplica-. Es algo espantoso. Son unos carniceros...

      -Ya, ya, gordo, cállate o al menos baja la voz-lo reprendió Adler-. Después te mueres de miedo pensando que podrían haberte oído... Y además, contigo no son tan malos, después de todo...

      -Bueno, subamos de una vez; me muero de hambre-gimió Anders.

      -Recuerda que luego del almuerzo entrenamos. No te atiborres de comida-dijo Balduino, y Anders se puso a resoplar de furia.

      Subieron seguidos de Gilbert. Karl dejó pasar a los tres y entró el último.

      Adentro, todos esperaban en fila, tazón en mano, frente a la puerta de la cocina, para que Varg les sirviera las raciones. Había en ello un riguroso orden jerárquico, por lo que Thorvald, quien estaba en cabeza, dejó pasar a Balduino y Anders antes que él. No era un gran privilegio. En realidad, equivalía a ser el primero en subir a una horca... O eso sintió Balduino a la vista del potaje horroroso que le sirvió Varg. Ya se sabía que las dotes culinarias de éste dejaban bastante que desear, pero lo de ese día superaba ya toda descripción. Nadaba en grasa, estaba quemado, mal sazonado y casi frío. Para asombro de Balduino, Anders, sentado a buena distancia de él (para dejar en claro que seguía sin deseos de tratarlo más allá de lo imprescindible) dejó limpio su tazón en pocos segundos, y enseguida volvió a la fila para hacerse de una segunda ración.

      -¿Dónde está Snarki?-preguntó en un susurro Thorvald quien, sentado junto a Balduino, buscaba con la mirada al obeso.

      -¿No está afuera, montando guardia?-preguntó Balduino, perplejo, también en susurros.

      -No sé, puede ser-gruñó Thorvald-. Sin embargo, juraría que una parte de él está aquí-añadió, señalando su propio tazón, que contenía pura grasa.

      -¿Por qué no ponemos a otro en la cocina?

      -Porque si hacemos eso, ya no tendremos de qué quejarnos.

      Balduino no supo cómo tomar la desconcertante respuesta, si en broma o en serio, o si Thorvald no quería dar la verdadera razón y ponía pretextos. Tal vez los otros cocinaran aún peor, o quizás nadie se animara a sustituir al viejo Varg, quien sentía por la cocina una pasión no muy acorde con las dotes demostradas en tal actividad.

      -Vamos, come que se enfría-dijo Thorvald a Hansi.

      -¡Si ya está frío!-exclamó el niño con rotunda sinceridad.

      -Pues come. Ya sabes que aquí no podemos ser muy remilgados. ¿No querías almorzar con nosotros a pesar de todo?-insistió suavemente Thorvald.

      -Sí, pero estoy esperando a que empiecen los demás. como me enseñó mi papá.

      -Entonces esperarás hasta el Día del Juicio Final-gruñó Ulvgang, contemplando su tazón mientras decidía dónde sentarse.

      -Estamos comiendo-dijo Thorvald aunque, si era así, lo disimulaban muy bien. hasta ese momento, salvo Anders, los demás no hacían sino mirar consternados sus propias raciones.

      Hansi se volvió hacia Balduino con expresión interrogante.

      -Puedes empezar. ¿Desde cuándo eres tímido?-dijo Balduino, sonriéndole amablemente.

      El rostro de Hansi se iluminó. Difícil discernir si porque al fin podría empezar a comer, o porque Balduino, a quien idolatraba aunque casi nunca le hiciera el menor caso, le había sonreído y hablado como con afecto, cuando por lo general sólo lo reprendía furioso y a gritos. De cualquier modo, engulló con el mismo apetito de Anders y, como éste, fue por un segundo tazón.

     Ellos y Lambert, quien no mostraba particular deleite ni glotonería pero tampoco hacía muecas de disgusto, eran los únicos que parecían cuando menos medianamente conformes con el menú. Los demás ingerían con minúsculos bocados, como dudando de que comer aquello  no fuera a matarlos, o comían a bocados normales pero con expresiones sufridas, o bien, sencillamente, no comían. Era obvio que Varg sabía que su reciente y más siniestra creación sería desaprobada en forma unánime, pues se demoraba en la cocina más que de costumbre.

      No obstante, allí estaba Anders engullendo como si fuera la última vez que comería. Balduino no lo conocía tan tumbaollas, y se admiraba de la capacidad del estómago de su escudero y que dicho estómago, además, estuviera tan curtido. Apetito propio de la edad, quizás, o abierto por el trabajo y el aire de Freyrstrande... O todo ello junto, quién sabía. Balduino lo miraba entre asombrado y enternecido, y se dio cuenta de que no era el único, aunque los demás tal vez tuvieran sus propios y distintos motivos.

      En efecto, las miradas de todos los presentes, abierta o disimuladamente, convergían una y otra vez en Anders, y luego se cruzaban entre sí, hablándose sin palabras, como era frecuente en Vindsborg. Llamativo era también que Ulvgang no se hubiera sentado sino hasta después de hacerlo Anders, y que entonces eligiera hacerlo a la izquierda del muchacho, lejos incluso de sus propios secuaces Kveisunger que, no obstante, guardaban hacia su fiero líder la lealtad de siempre. Tras meditarlo un poco, se le ocurrió a Balduino que la elección de Ulvgang era posiblemente simbólica y significativa. Tras sentarse él, Anders ocupaba en una imaginaria mesa el sitio a la diestra del Capitán, el sitio de honor.

      La verdad era que lo miraban de una forma en que nunca lo habían hecho hasta entonces, particularmente Ulgang y su banda pirata. Parecían estar evaluando qué posibilidades había de hacer de él un buen Kveisung.

      En eso apareció Varg, receloso, trayendo su propio tazón. Gilbert se irguió como para arremeter contra él a puñetazos.

      -Deberíamos enviarte con el enemigo, Varg, para que lo fulmines cocinando para él-gritó-. ¿Por qué no abres una posada? Especialidad de la casa: envenenar clientes. Buen negocio para ir a medias con el sepulturero.

     -¡No comas, si no quieres!-bramó Varg-. ¡Todos los demás lo están comiendo, excepto tú, el delicado! ¡El mocoso lo está comiendo, el muchacho lo está comiendo, Lambert lo está comiendo!...

      -...y allí termina la lista de tus comensales-dijo burlonamente Gilbert.

      -¡Lista mucho más larga que la de los que te aplauden cuando cantas! ¡Ya quisieran muchos ser tan sordos como tú, para no oírte! ¡Rebuzna mejor un asno de lo que tú cantas!

      -Ah, no sé. Nunca escuché a tu madre, como para comparar.

      -Será que el chiquero estaba lejos del pesebre-farfulló Varg.

      -Ya quisiera yo ser un cerdo. Al menos comería buena cebada. Cómo hacen esos tres para comer eso que has preparado-gritó Gilbert, señalando a Hansi, Anders y Lambert-, es lo que no entiendo. No sé si no comíamos mejor en la cárcel-y frunció las narices, en su tic habitual.

      Lambert sonrió sardónicamente, guiñando de modo compulsivo su ojo izquierdo.

      -Yo sobreviví a casi veinte años de matrimonio-dijo-. Luego de eso, nada me asusta.

      Echando espumarajos de rabia, Varg retornó a la cocina; y Gilbert, habiendo desaparecido el único cuyos gritos furibundos escuchaba con claridad, volvió a callar.

      Qué día atípico, pensó Balduino. Todos estaban más comunicativos que de costumbre; hasta el rutinario cruce de insultos entre cocinero y comensal se había prolongado más de la cuenta.

      De repente, Anders dejó a un  lado su tazón, faltándole poco para dejarlo limpio, y para regocijo de los perros de Hundi, que empezaron a disputarse el derecho a lamerse los restos. Entre tanto, el joven empezó a rascarse su ahora desgreñada cabellera, casi con desesperación. Balduino supo enseguida por qué, ya que él mismo llevaba entre sus propios cabellos una desagradable fauna.

      -Ve acostumbrándote a ellos-sugirió Gröhelle, mirando a Anders con su único ojo-. Tus nuevos huéspedes no se irán así nomás...

      Por la forma en que Anders le devolvió la mirada, se hubiera dicho que el joven recién ahora tomaba nota de la existencia de Gröhelle. No obstante, más asombrado se mostró cuando Ulvgang le rodeó los hombros con su brazo. Era un gesto protector, paternal casi; algo así como el lengüetazo afectuoso de un lobo hacia su todavía indefenso cachorro, al que instintivamente defenderá con garras y dientes, hasta verlo tan bravo y temible como él...

      -El mejor remedio para los piojos-apuntó Ulvgang, recalcando sus palabras con el índice de su mano izquierda-, es una mezcla de grasa derretida de foca, vinagre y tu propia orina. Te pones eso en el pelo durante unas dos horas, lavas bien y te aplicas nieve durante media hora más. Infalible.

      -Seguro, nuestro Capitán habla por experiencia propia-se burló Andrusier-. Puedes ver que ya no lleva encima ni un solo piojo... Tampoco pelo, claro, pero todo tiene un precio en la vida.

      -Hay quienes, para sacarse los piojos, se ponen en la cabeza mierda de distintos animales-comentó Gröhelle.

      Hundi, quien en ese momento alimentaba a uno de sus perros con el contenido de su propio tazón, se volvió hacia Gröhelle, mirándolo con sus maliciosos ojillos grises.

      -Y tú probaste con la mierda de grifo, ¿no?-preguntó, burlón.

      -¿Y a ti que te importa?-fue la réplica-. Además, yo que tú, no sería tan  sobrador. Tienes pelos sólo de muestra. Se ve que probaste con la mierda de tus perros. la mierda de grifo al menos tiene su utilidad, como es sabido.

      -¿Cuál?-preguntó Balduino, interesado.

      -No le creas una sola palabra, señor Cabellos de Fuego-dijo Hundi, cuando Gröhelle iba ya a responder-. Está más loco que una cabra. ¿Sabes cómo se hizo las cicatrices en su rostro?: el muy imbécil se internó en nidales de grifo para buscar una cría y domesticarla, lo que no llegó a hacer porque volvieron los padres y a duras penas logró salvar su vida. Todo el mundo sabe que es imposible amansar a esos monstruos, pero él fue igual. Tuvo suerte de escapar con sólo algunos garrazos y un ojo menos.

      -¡Monstruos!-exclamó Gröhelle, indignado-. Más monstruo eres tú, aunque uno bastante patético. El grifo es un animal espléndido y fascinante. la especie, en sí, no es tan peligrosa como se dice, aunque de vez en cuando algún ejemplar enloquece y empieza a matar sin causa lógica. también es cierto que se tornan más agresivos en épocas de cría o de escasez de alimento. Sin embargo, en general atacan sólo por la espalda, así que con sólo mirarlos de frente se está a salvo de ellos-y añadió, respondiendo por fin a la pregunta de Balduino:-. La mierda de grifo es un  combustible excelente y barato.

      -Es bueno saberlo-contestó Balduino-, porque cuando Anders y yo veníamos hacia aquí desde Drakenstadt, pasamos por un lugar poblado por decenas de grifos. No está muy lejos.

      Bastó ese comentario para que todos enmudecieran de golpe, los rostros ensombrecidos. ¿Qué habré dicho de malo?, se preguntó Balduino, perplejo.

      -¿Hay más?-preguntó Anders, al parecer todavía famélico; y antes de que Balduino pudiera impedirlo, Ulvgang le había alcanzado su propio tazón, cuyo contenido se hallaba intacto.

      Anders parecía dispuesto a seguir tragando hasta que la comida le saliera por las orejas, pero luego tendría entrenamiento con la espada. Balduino habría impedido que continuase engullendo, de no haber sido porque, cuando iba a hacerlo, Thorvald se inclinó sobre él.

      -El lugar que tú dices tiene muy mala fama; se dice que está embrujado o maldito-susurró-. La gente evita incluso nombrarlo. Es más, ni nombre tenía, hasta que  hace relativamente poco se instalaron allí los grifos. Entonces lo llamaron las Gröhelnsklamer: las Torrenteras de los Grifos...

      Ahora entendía Balduino que ningún topónimo señalizara el cañón en el mapa.

      -...De cualquier modo, la gente de aquí sigue temiendo ese sitio. Lo creen poblado por espíritus de antiguos andrusianos, e imaginan que los grifos han venido en respuesta a una llamada de ellos-prosiguió Thorvald, siempre en susurros-. No sé decirte qué hay de cierto en todo ello. La verdad es que las Gröhelnsklamer son misteriosas, y ocurren allí hechos inexplicables; pero a veces siento que son preferibles todos los espíritus que pudieran pulular por ahí, que muchos de los vivos. habrás visto que nuestros hombres también sienten temor, y sé lo que estarás pensando. No les pidas mucha lógica a ninguno de ellos, y menos a nuestros Kveisunger, en materia de miedo y coraje sobre todo. Para empezar, si no están en su elemento se achican un poco. Lo que no los asusta en el mar, tal vez sí los asuste en tierra firme. otras cosas que los aterran tal vez los hagan meditar demasiado para su gusto. Nada los hace estremecer tanto como la visión de un ataúd, por ejemplo, y pienso que tal vez los haga reflexionar sobre el misterio de la muerte, o les recuerde las muchas vidas que pesan sobre sus conciencias.

      Balduino no estaba tan seguro de que fuese una tontería sentir temor de las Gröhelnsklamer, como Thorvald en el fondo parecía pensar. Recordaba con demasiada nitidez aquel cráneo humano cayendo imprevistamente a sus pies y desde lo alto del muro rocoso. Nuevamente, se preguntó si habría sido producto del azar, o un presagio de muerte. El hecho de hallarse en un sitio frío y ventoso, sin siquiera un amigo a su lado y rodeado mayormente por malhechores, sin duda no favoreció que sus pensamientos fueran optimistas.

      -Vamos, Anders, hora de tu práctica-dijo, incorporándose.

      -Dijiste que podría hacer primero la digestión-protestó el joven de ojos verdes.

      -También te dije que comieras liviano;  y sin embargo, te veo con ganas de zamparte todo lo que los otros no hayan comido-replicó Balduino.

      Y Anders, de muy mala gana, se levantó también, y lo siguió.

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Published by EKELEDUDU
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