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28 diciembre 2009 1 28 /12 /diciembre /2009 18:56

XIX

      Entre otras complicaciones anexas estaba la firme reticencia de Hansi a respetar la prohibición que Friedrik, su padre, le había impuesto en lo referente a acercarse a Vindsborg cualquier otro día que no fuera el domingo. Todas las mañanas, al alba, el niño acompañaba a su tía-una mujer flaca, amarga y rezongona- a despedir a Friedrik, quien se hacía a la mar en la pequeña barca pesquera, propiedad suya y de dos o tres aldeanos más. Se suponía que Hansi quedaba bajo el cuidado de aquella tía hasta el regreso de Friedrik al final de la jornada; pero fuera porque la mujer era negligente en cuanto al cuidado del niño, fuera porque estaba harta de dar órdenes que constantemente eran desobedecidas, fuera, en fin, por el motivo que fuere, el caso era que el sabandija pelirrojo terminaba a media mañana vagabundeando a su capricho y casi siempre por las cercanías de Vindsborg, para horror y desesperación de Balduino, quien ya no sabía cómo alejarlo de aquel sitio y se estaba acostumbrando a sobresaltarse y mirar hacia todos lados en busca de Hansi cada vez que oía el agudo chillido de un grifo en el firmamento. Caudno comentó en Vindsborg que no entendía cómo la tía del niño desatendía tanto a éste, recibió de Honney una respuesta verdaderamente memorable, que lo terminó de descolocar:

 

      -Es que, señor Cabellos de Fuego, la gente es una verdadera lacra, no son como tú o como yo. A nadie le importa una mierda lo que le pase al que tiene al lado.

 

      Ante semejante perla de sabiduría, enunciada por Honney con absoluta convicción y (detalle alarmante en un feroz Kveisung) los verdes ojos relampagueando de ira por encima del bigote negro, Balduino instintivamente buscó la mirada de Anders, quien con sus propios verdes ojos abiertos cual platos soperos contemplaba atónito al autor de la sentencia. Pero como nadie más parecía asombrado o escandalizado por lo que acababa de oír sino que, muy por el contrario, el resto de los hombres asentían con la cabeza o estaban inmersos cada uno en sus propias reflexiones, no quedaba más remedio que rendirse ante la evidencia: he aquí que descuidar a un niño era un crimen atroz, merecedor probablemente de una condena a siete estadías en los infiernos; mientras que andar de puerto en puerto saqueando y destripando gente era, al parecer, un asunto muy bendito, y quién sabía si no sería incluso un deber de buen cristiano.

 

      Balduino y Anders escucharían muchas veces frases de esa índole a lo largo de los tres años siguientes y dispondrían, por lo tanto, de muchas ocasiones para meditar sobre ellas. Por el momento, era más importante la seguridad de Hansi que el aura de santidad que aparentemente se atribuía Honney.

 

      Las relaciones entre Balduino y Anders entraban por esos días en su fase más crítica. No pasaba día sin que tuvieran ambos una áspera discusión, cuyo origen era generalmente el entrenamiento de Anders. A éste, Balduino no le hablaba ahora, naturalmente, con el tono despectivo de antaño; sin embargo, si en las prácticas cometía fallas, no podía dejar de señalárselas, con suavidad primero, y ya en tono más firme si reincidía. Pero Anders, mal dispuesto de antemano y como a la defensiva después de soportar durante cuatro años todo tipo de ofensas y epítetos denigrantes, se tomaba a pecho incluso la más leve censura, si era planteada en un tono más elevado del habitual, y también protestó cuando Balduino ató una improvisada pesa a la espada con que practicaba su escudero.

 

      -Anders, por Dios, has estado conmigo durante cuatro años, ¡sabes perfectamente que así es también como yo entreno!-exclamó el pelirrojo, impaciente-. ¿Tienes idea de lo que es esgrimir una espada habiendo entrenado agregándole peso adicional? ¡Si por eso es que yo la manejo como si fuera una pluma! ¡Por favor, deja de sentirte morfificado por cuanto hago o digo!

 

      Esa vez, Anders admitió que Balduino tenía razón, y se disculpó con él, aunque con semblante hosco y muy pocas ganas; pero finales relativamente felices como aquel eran escasísimos. Lo común era que la paciencia de Balduino se agotara al fin, y terminaran ambos a los gritos. Lambert, ante la conducta de Anders, decía irónicamente que era obvio que su difunta esposa había dejado atrás un discípulo antes de morir y que, aunque no resultaba tan insoportable como ella, con el tiempo y mucho esfuerzo incluso podía llegar a superarla. Como Anders no escuchó este comentario del viejo Lambert, cuando éste le dijo que siguiera esmerándose y alcanzaría el éxito, pensó que se refería a sus prácticas con la espada, y se molestó ante las sonrisas burlonas de los otros.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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