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18 enero 2010 1 18 /01 /enero /2010 19:05

XL

      Como era de esperarse, la guerra no llegó sola, sino con todo un séquito de diversos males adyacentes, de los cuales los peores eran la suba de precios, el hambre, la desocupación y la delincuencia. Todos ellos se hicieron sentir con mayor intensidad en Drakenstadt; por un lado, porque  la parálisis en las actividades, al ser la ciudad más atacada por los Wurms, fue allí mayor; y por otro lado, porque como si no hubiera suficientes calamidades, no pudo evitarse una fuga masiva de la Lumpenshaas, la cárcel adonde iban a dar vagabundos, rateros y otros delincuentes menores.

 

      El Ducado de Norcrest, del cual justamente la principal ciudad era Drakenstadt, disponía de recursos abundantes, en general sabiamente explotados antes y después de la guerra. Las primeras en paralizarse fueron, como es lógico, las actividades relacionadas con el mar: la pesca marítima, la caza de ballenas y focas y la navegación. El incremento en la delincuencia,  el hecho de que no era posible ocuparse de combatirla por estar todos los hombres de armas abocados a repeler a los Wurms y la escasez de clientes, provocaron el cierre de los pocos talleres de orfebrería que aún continuaban funcionando: la mayoría habían cerrado al comienzo de la guerra, cuando sus asustados propietarios embalaron sus cosas y huyeron más al Sur. Puesto que ya no había orfebrería, quedaron desempleados los trabajadores de las minas de oro, plata y piedras preciosas. Y cerrando esta cadena, quienes vivían de actividades relacionadas con la minería, como los transportistas del metal en bruto, los que abastecían de víveres a los mineros y algunos talleres de fundición se vieron igualmente afectados.

 

      Es cierto que en teoría buena parte de estas personas al menos seguiría teniendo qué comer, dado que eran siervos de los nobles de Norcrest, responsables de su sustento. Pero esos altos señores no podían hacer nada. En primer lugar, se hallaban todos en el frente de batalla, y sin duda algunos ya habían caído en combate. Sus horrorizados mayordomos, administradores de sus ancestrales fortunas, no tardaron en descubrir que, en la práctica, los amos estaban tan empobrecidos como los siervos, porque las riquezas son inútiles si no pueden pagar necesidades básicas como alimentos y ropas, que ahora escaseaban o estaban encarecidos a niveles exorbitantes. Ante esta crisis se intentaron diversas soluciones, de las cuales la más simple y extendida fue reservarse un selecto grupo de siervos, y dar a todos los demás un puñado de monedas y la libertad. Pero los siervos de las regiones del Norte de Nerdelkrag carecían de la absoluta sumisión de sus pares del Sur, quienes se hubieran resignado a tal suerte sin dudarlo. Ellos reaccionaron con alarma y encono ante lo que consideraban una injusta recompensa por muchos años de fiel servicio a sus amos; y en la mitad occidental de Drakenstadt, adonde tenían sus palacios la mayor parte de los nobles, se propagó una ola de creciente violencia durante la cual algunos de estos palacios fueron saqueados y pasados por el fuego y sus habitantes, muchas veces, muertos, aunque en general se respetaron las vidas de mujeres y niños. Los ancianos eran perdonados sólo si no se entrometían. Desafortunadamente, muchos de ellos estaban muy encariñados con los amos a quienes servían, y la mayor parte de los cuales, después de todo, estaba cumpliendo con su deber en el frente de batalla; de modo que trataron de detener a aquellas hordas descontroladas, y sus vidas fueron el precio de su lealtad.

 

      Los Böderthrölle ("Siervos Malvados"), como se conoció a los violentos alborotadores, tuvieron suertes muy disímiles. Da la impresión de que la mayor parte de ellos detuvo su destructivo furor apenas comenzado éste. Crónicas y poemas de aquel tiempo o de otros ligeramente posteriores los describen llorando, amargamente arrepentidos de su explosión de locura, y con frecuencia en medio de la noche iluminada por los incendios provocados por ellos mismos, mientras más al Norte otras llamaradas, causadas éstas por los Jarlewurms, parecían responder a las otras, como deseosas de reducir a cenizas todo aquello que éstas hubieran respetado. No cabía duda de que el futuro se anticipaba sombrío también para estos Böderthrölle arrepentidos. Algunos de ellos, tal vez, marcharon hacia el Sur. Otros se unieron al ejército, según se dijo, para intentar compensar el mal que habían causado, aunque seguramente influyó también el hecho de que, incluso en la peor etapa de la crisis, los soldados siempre dispusieron de al menos una ración diaria de comida, por reducida, insulsa y mal preparada que estuviera. Que un cierto número  de estos reclutas acabara desertando tras enfrentarse al horror del frente de batalla, es otro tema.

 

      Una parte de los Böderthrölle, no obstante, pareció tomarle el gusto a la violencia. Apoderándose de unos cuantos botes, abandonaron la mitad occidental de la ciudad y se dirigieron en primer  lugar a Justizesholmele, el islote en medio del Duppelnalv donde se ejecutaba a los malhechores. Tras destruir el patíbulo, remontaron el río, desembarcaron en la margen derecha e ingresaron en la mitad oriental de Drakenstadt por el Sur, cayendo como fieras sobre los desprevenidos habitantes del Zodarsweick, el barrio más meridional y más pobre de la ciudad. Pero la gente del Zodarsweick estaba muy endurecida y, superada la sorpresa inicial, se armaron con lo que tuvieran a mano y pasaron al contraataque. Los agresores acanzaron entonces hacia el centro de la ciudad, adonde continuaron haciendo daños. No siguieron más allá, porque en el Norte se hallaba la  mayor parte de las tropas, y éstas los aniquilarían sin piedad en cuanto los tuvieran a la vista; pero tomaron por asalto la por entonces mal defendida Lumpenshaas y, tras matar a los guardias, liberaron a los prisioneros; así se produjo la fuga masiva antes mencionada.

 

      Probablemente entre los fugitivos de la Lumpenshaas se hallaba uno que luego sería muy célebre en Drakenstadt, un  vigoroso adolescente de tal vez dieciséis o diecisiete años como mucho. Al principio era sin duda un individuo dañino, pero un mal menor en medio de tanto desastre; quizás sería posible caratularlo como un rebelde sin causa. Dado que no era un rabioso y malvado asesino sino apenas el líder de una pandilla juvenil que ingresaba por la fuerza en los hogares, zurraba a la gente y se llevaba todo lo que tenían, no resultaba lo bastante importante como para que las crónicas de entonces se dignaran siquiera mencionarlo; fue más tarde, cuando cambió de bando, que se transformó en leyenda. No obstante, por lo que se dijo después, podemos imaginarlo como uno de los tantos muchachos de orígenes humildes del Zodarsweick que por una circunstancia u otra iban por mal camino. Casi seguramente se trataba de un mozo de cuerdas desempleado; sus hábitos de fanfarronear mucho, poner a prueba su fuerza o resistencia física  en formas improductivas y de intercambiar puñetazos con todo aquel que  estuviera dispuesto a hacerlo -y a veces también con otros que no mostraban esa disposición-, como asimismo su ostensible desprecio por la autoridad y particularmente por las fuerzas del orden, lo hacen encajar perfectamente en esa categoría. Los mozos de cuerda, fornidos, malhablados y pendencieros, eran los estibadores de su época, y todos ellos se hallaban desempleados por aquella época en Andrusia Occidental, puesto que debido a la guerra ni siquiera se practicaba la navegación de cabotaje. Consecuentemente, los que no habían conseguido otros trabajos ponían sus músculos al servicio de actividades a menudo desagradables, y éste era el caso de aquel muchacho en cuestión y de su fiel pandilla. En aquel entonces, como ya se ha dicho, era prácticamente un desconocido para todos, salvo para sus seguidores y para sus todavía escasas víctimas. Pero el destino da a veces giros muy extraños, y cuando en uno de los momentos más críticos de la guerra en Drakenstadt aquel joven, como despertando de un profundo letargo, asumiera inesperadamente el papel de héroe, nadie en la ciudad volvería a ignorar su nombre: Hodbrod Christianson, el fundador del Elderswarderskorp ("Cuerpo de Guardianes de Fuegos").

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Published by EKELEDUDU
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