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19 enero 2010 2 19 /01 /enero /2010 21:17

      En cuanto al frente de batalla, era un auténtico infierno, una pesadilla sin precedentes. Se lograba mantener a raya a los Wurms, y eso era todo; y para llegar a ese logro eran necesarios esfuerzos casi sobrehumanos. ¿Diezmarlos? Ni en sueños. Los Thröllewurms trataban  a veces de remontar el Duppelnalv  en una especie de formación bastante compacta, y entonces las catapultas daban cuenta de algunos que no disponían de suficiente espacio para maniobrar y esquivar los proyectiles. Si no era así, como eran veloces nadadores y buceadores, también ellos por lo general salían ilesos. En cuanto a los Jarlewurms, avanzaban muy dispersos unos de otros; por lo que acertarles era cosa de milagro. Sin embargo, junto a las grandes catapultas se habían dispuesto otras más pequeñas y que demoraban menos tiempo en ser recargadas luego del primer tiro. Estas se usaban sobre todo para apuntar a las grandes alas que los Jarlewurms desplegaban a modo de velamen. Con las alas dañadas, no podían aprovechar el viento favorable en el ataque ni en la huida; y era entonces más fácil apuntarles con las otras catapultas, las grandes, y matarlos o infligirles heridas de consideración aunque no se hiciera un blanco perfecto. Pero poco más tarde, los Jarlewurms, precavidos, aprendieron a plegar sus alas cada vez que se les venían encima los proyectiles; con lo que se perdió una importante ventaja sobre ellos.

 

      Cada vez que los Jarlewurms lograban acercarse lo suficiente a su objetivo, los corazones se encogían de terror. Los monstruos empujaban  los muros de las ciudades con toda la fuerza de sus enormes cuerpos acorazados. Dichos muros se estremecían ante tal embestida; y tal era la remezón que, si en ese momento algún centinela se movía por los adarves, por lo general caía al vacío. En esos instantes podía hacerse muy poco, aparte de rezar para que las paredes resistieran. Afortunadamente, estas acometidas provocaban lesiones internas incluso a los más poderosos Jarlewurms, que tras dos o tres intentos debían resistir; pero cuando creían haber hallado un punto débil en la muralla, pronto acostumbraron turnarse para atacar allí y sólo allí.

 

      Otra cosa sucedía  con las grandes puertas de las ciudades, en general metálicas o de madera revestida con láminas de metal. Los Jarlewurms lograban derribarlas fácilmente cuando se lo proponían; pero luego hallaban detrás un rastrillo, y éste ya no les era tan fácil de abatir debido a la posición del mismo, protegido bajo el arco de la abertura de la puerta derribada. Los largos cuellos de los monstruos quedaban muy por encima del dintel; por lo tanto, la arquitectura y su propia anatomía impedían a los Jarlewurms aprovechar eficazmente su apocalíptica fuerza empujando con toda la mole de sus inmensos cuerpos esos rastrillos. A veces, intentaban valerse de sus garras para destruirlos, y entonces había que combatir contra ellos cuerpo a cuerpo, atacando con todas las armas disponibles aquella temible garra que forcejeaba con su  último obstáculo hacia el interior de la ciudad. Una vez que aquella garra se retiraba era imprescindible y urgente ponerse a salvo, porque casi seguramente la testa reptiliana miraría a través del rastrillo y vomitaría aterradores chorros de fuego y brea candente. Cuando esto sucedía, arqueros consumados podían, desde prudente distancia o desde un ángulo donde las llamas no los alcanzaran, tratar de hacer blanco en dos de los tres puntos más vulnerables de los Jarlewurms: los ojos. No era sencillo atinarles y, a decir verdad, durante mucho tiempo no se supo de nadie que tuviera éxito en tal propósito, hasta un resonante caso, que se describirá más adelante, en el que un Jarlwurm de nombre desconocido quedó tuerto; a los demás, las flechas se les hundieron muy cerca de los ojos en abundantes ocasiones, pero sin causarles daños reales. Sin embargo se vio que, cuando las flechas les zumbaban cerca de los ojos, los Jarlewurms se aterraban casi tanto como lo estaban los defensores cuando los veían aparecer a ellos en el horizonte. Por lo visto no estaban acostumbrados a la indefensión;  no entraba en sus cálculos que los humanos pudieran dañarlos seriamente y los llenaba de espanto la posibilidad de que sus enormes cuerpos no pudieran protegerlos de seres tan ridículamente pequeños.

 

      En base a ello, Thorstein Eyjolvson, el más sólido sostén anímico de la resistencia, dictó en uno de sus ratos libres una carta con idéntico texto a distintos destinatarios. Puede cuestionarse hasta qué punto fue útil su recomendación, dirigida a los aqueros de las ciudades costeras de Andrusia Occidental, de concentrarse en  dañar los ojos de los Wurms. Creía que con el tiempo la puntería de los arqueros se tornaría fulminante y dejaría ciegos o tuertos a muchos de los monstruos pero, como ya se ha dicho, en este aspecto no se tuvo mucho éxito.  Pero Eyjolvson añadía al final de la carta un párrafo en el que declaraba enfáticamente su opinión, tal vez no del todo sincera, de que cuando había valor y se estaba en paz con Dios, la lucha entre David y Goliath tenía sólo un resultado posible.

 

      Durante los momentos de respiro, esa carta fue leída una y otra vez a las tropas, y sirvió para infundirles el coraje necesario para aguantar siempre sólo un poco más que, de otra manera, tal vez no hubieran hallado. Cada vez que se lo releía en voz alta, el mensaje de Thorstein Eyjolvson era ampliamente ovacionado lo mismo por nobles que por villanos, lo mismo por Caballeros del Viento Negro que por las Milicias de San Leonardo y, más importante aún, por los Caballeros de la Doble Rosa; y el Gran Maestre de esta última Orden, Tancredo de Cernes Mortes, comenzaba a experimentar furiosos y secretos celos y envidia de su par de la Orden rival. 

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Published by EKELEDUDU
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