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21 enero 2010 4 21 /01 /enero /2010 18:42

XLV

      Drakenstadt se desmoronaba en el desánimo, y sólo unos pocos puntales de practicidad y valor evitaban que terminara de colapsar el coraje de los defensores. Dos hechos habían provocado que se llegara a tan precario estado anímico, y uno de ellos era ya cosa del pasado: la muerte del Príncipe Gudjon Olavson, caído en combate junto a Diego de Cernes Mortes cuando ambos combatían ante la Konniggeidur, la Puerta Regia, defendiéndola de Talorcan el Negro y otro Jarlwurm que desde allí pretendían acceder al interior de la ciudad.

 

      De alguna manera, Gudjon Olavson había estado más allá del bien y del mal, a lo que indudablemente había contribuido su apariencia física, pues era un coloso forzudo de rostro agraciado. Además, había sido extraordinariamente valiente, siendo siempre el primero en lanzarse a la batalla, lo que motivaba en grado sumo a sus tropas. Nadie olvidaba que, durante el ataque  Kveisung de 946, Sundeneschrackt se había visto obligado a pedir expresamente al temible Kehlensneiter que eliminara a Gudjon de una vez por todas, porque nada más por el sólo hecho de estar allí, intrépido, carismático y harto visible para todos sus hombres, les complicaba mucho las cosas a los piratas. Kehlensneiter lo hirió entonces tan gravemente, que su nadie se explicó cómo pudo sobrevivir.Tal vez sólo gracias al veloz accionar de su guardia personal, que se interpuso entre él y Kehlensneiter  como un sólido escudo humano y lo retiró a toda prisa del campo de batalla, no fue muerto allí mismo. Varios miembros de esa guardia pagaron su valentía y su lealtad con sus vidas en aquella sangrienta contienda.

 

      Gudjon había sido también un gran fanfarrón, lo que teniendo en cuenta las circunstancias era más bien inevitable; y según la mayoría de sus amigos, un estúpido como pocos en muchos aspectos. Pero al menos admitía tarde o temprano su propia estupidez, y a veces incluso era el primero en hacerlo, con una sonrisa encantadora y descaradamente franca; en cuyo caso dejaba a otros la tarea de pensar, y ponía sus enormes músculos al servicio de esos otros que tenían más cerebro que él.

 

      Aun teniendo enormes riquezas y un linaje ancestral, la vida palaciega no era nada para él. La etiqueta no le sentaba a aquel gigantón que no vacilaba en eructar y tirarse pedos frente a quien fuera, y que prefería irse de parranda con la soldadesca, que lo adoraba, antes que asistir a ceremonias oficiales.

 

      Solía ser, no obstante, muy despreciativo con algunas personas, aunque en su desdén había más estupidez dañina que auténtica maldad. Defendía a los desprotegidos, pero éstos, por su mera condición de tales, le parecían insignificantes, aunque de ellos dependiese la elaboración del pan y las bebidas alcohólicas que consumía en cantidades prodigiosas. Con la mayor parte de la gente de Drakenstadt hacía una excepción, pues entendía que todo hombre de Drakenstadt era un guerrero en potencia; los demás le parecían unos pobres infelices. Algunos de éstos le habían demostrado a veces hasta qué punto se equivocaba, pero su limitado intelecto no le permitía asimilar la lección; y aun reconociendo en su momento el error, reincidía más tarde en el mismo con otras personas.

 

      De cualquier manera, su inmenso carisma, su descollante estatura y su constitución hercúlea habían sido el orgullo de Drakenstadt. Su muerte estremeció a la ciudad hasta sus cimientos. Gudjon siempre había parecido más próximo a los viejos dioses paganos que a los hombres comunes; tenía la imagen de un legendario héroe que hubiese arrebatado la mismísima inmortalidad a las más ancestrales deidades.

 

      Y no obstante, estuvo entre los primeros en sucumbir ante los Wurms. Su padre, el Duque Olav, jamás lograría reponerse de la pérdida de su hijo favorito; y los demás se preguntaban qué quedaría para ellos, si su colosal y jactancioso paladín ya no estaba para  protegerlos.

 

      Muerto Gudjon, otros intentaron asumir el liderazgo sin que, en general, hubiera discordia entre ellos. Los más idóneos eran sin duda el colérico Dunnarswrad y un antiguo escudero de Thorstein Eyjolvson,  el ahora Caballero del Viento Negro Maarten Sygfriedson. Ambos eran feos hasta la exageración, pero muy carismáticos a su manera, y se habían hecho amigos. Como se complementaban muy bien, no tardaron en atraer la atención de un joven oficial de la Orden de la Doble Rosa, Ignacio de Aralusia, que les brindaba su aliento y a quien sometían a juicio sus ideas. Podía decirse que, entre los tres, tenían en sus manos el destino de Drakenstadt; pero era muy evidente que al menos Dunnarswrad y Maarten Sygfriedson, cada uno por sus propias razones, habrían preferido que fuera el difunto Príncipe Gudjon quien siguiera al mando.

 

      El otro hecho que minaba las reservas de valor de los defensores de Drakenstadt era el sitio impuesto por los Wurms a Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, las dos fortalezas erigidas sobre sendos peñones a la entrada del fiordo sobre el cual se levantaba la ciudad. Había sido un gran error no evacuarlas de inmediato tras el incendio de la barquichuela en la que el infortunado Luciano de Escevolina había ido a pactar, sin éxito, la paz con los Wurms. Los hombres apostados allí estaban reducidos a la inacción y a un cruel compás de espera, pues no había nada que ellos  pudieran hacer. No disponían de medios con los que combatir eficázmente ni por largo tiempo a los Wurms, y sí disponían, por desgracia, de excesivo tiempo libre para torturarse a sí mismos con pensamientos nefastos. En Drakenstadt, por su parte, angustiaba la imposibilidad de socorrer a aquellos camaradas sitiados por los reptiles.

 

      Por un  hado funesto, una de las tantas falsas retiradas de los Wurms, más prolongada que otras, fue tenida por cierta. Hubo entonces festejos en toda la ciudad, y se despacharon mensajes a los principales puertos de Andrusia Occidental e incluso a Danzig, en la lejana Christendom, anunciando que al menos en Drakenstadt se daba por terminada la guerra; mensajes que luego dieron lugar a amargas retractaciones.

 

      A todo esto, Maarten Sygfriedson se opuso a tanta algarabía anticipada, porque algún centinela, aun sin estar totalmente seguro, había creído divisar aquí y allá movimientos en la superficie del mar, que podían atribuirse a Thröllewurms tomando aire antes de volver  a sumergirse en las profundidades. Sus argumentos no fueron escuchados. Se lo tildó de pesimista y escéptico. Al mismo tiempo, dos naves de la Armada de Guerra de Norcrest, que habían sido llevadas río arriba junto con otras de la flota para evitar que las destruyeran los Wurms, fueron cargadas con provisiones y tropas de relevo. Era el 11 de junio de 958; luego de cinco meses de estancia forzosa en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, las dotaciones de ambas fortalezas podrían regresar al continente. Llevaban alrededor de un mes de hambruna.

 

      Cuando las dos naves estuvieron lo bastante alejadas de la costa, y más cerca de las fortalezas que de Drakenstadt, sus horrorizadas tripulaciones advirtieron ruidos bajo el casco de cada una de las embarcaciones; y aun antes de investigar qué sucedía, se advirtió por fin que Maarten Sygfriedson había tenido razón, y que los Wurms seguían en la zona, ocultos en alguna parte la mayoría de ellos y dejando atrás unos pocos Thröllewurms montando guardia, acechando los movimientos en la ciudad y a la espera de que en cualquier momento se despacharan naves de rescate a Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg. Y ahora que las tenían allí, las atacaban a golpes de lomo, abriendo boquetes en los cascos.

 

      El pánico estuvo a punto de cundir, pero los capitanes lograron, mal que bien, imponer su autoridad y mantener la cordura. Ordenaron lo único que, en tales circunstancias, podía hacerse: tratar de alcanzar ambas fortalezas, encallar contra los peñones en que estaban construidas y abandonar rápidamente las naves luego de retirar de las mismas cuanto pudiera ser de utilidad, y fundamentalmente las provisiones. Todo tendría que ejecutarse en forma ordenada: mientras unos bajaban la carga, otros vigilarían que los Thröllewurms se mantuvieran lejos.

 

      Pero los Thröllewurms ni se acercaron, porque ya habían cumplido con su misión: imposibilitar el regreso a Drakenstadt de ambas naves y hacer que fueran aún más los guerreros condenados a la inacción en aquellas fortalezas, y menos los disponibles para defender la ciudad. Los hombres apostados en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg disponían ahora de alimento, pero tendrían que racionarlo extremadamente porque para colmo ahora más bocas se sumaban a las suyas. Y estaban famélicos y desesperados, y no tenían otro deseo que el de reunirse con sus familias en Drakenstadt y, si debían morir, que fuera en combate, dando lo mejor de sí mismos; de modo que este fracaso de las naves enviadas para relevarlos fue para ellos un golpe brutal.

 

      En la superficie del océano, los ojos de los Thröllewurms se asomaron todavía un poco más, burlones, antes de desaparecer en las profundidades.

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Published by EKELEDUDU
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