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22 enero 2010 5 22 /01 /enero /2010 18:49

      En Ramtala, por decisión de Thorstein Eyjolvson, Gran Maestre del viento Negro, las tropas estaban bajo el mando de Erlendur Ingolvson: el mismo joven oficial que había sido el primero en avistar a los Jarlewurms  en el Hammersholmsunde. No tenía más que veintidós años al comenzar la guerra, y muchos se preguntaban si no sería una locura confiar tamaña responsabilidad a un simple muchacho. Una parte de sus antiguos mandos militares le tenían celos, envidia y hasta odio debido a su rápido ascenso, pero poco podían contra él ahora que Eyjolvson lo había armado Caballero.

 

      Ingolvson era un joven de mirada engañosamente dura y altiva, bajo la cual se ocultaba un espíritu leal y sensible; eso,  más su capacidad para evaluar el peligro y su coraje para tomar decisiones en momentos cruciales pesaron mucho en su ascenso. Pero aunque halagado por el honor que se le había conferido al armarlo Caballero, lamentaba el puesto de mando que ocupaba ahora; lo que, por otra parte, le ocurría a muchos otros oficiales, dado que cuando se trataba de los Wurms hasta la decisión más responsable podía desatar la catástrofe. A principios de junio había presentado ya tres veces su renuncia a Eyjolvson, que éste rechazó en otras tantas ocasiones.

 

      Erlendur no exponía a sus hombres al riesgo sin necesidad y, cuando era posible, se exponía junto con ellos al peligro. Cada vez que los Wurms se replegaban, él iba de aquí para allá visitando a los heridos y dándoles ánimos, organizando la rápida reparación de los sectores dañados y arengando a las tropas, sin permitirles ni por un segundo confiar en que cada aparente retirada de los reptiles fuese real. Por todo ello, Thorstein Eyjolvson estaba conforme con él, y no tenía la más mínima intención de reemplazarlo.

 

      Ingolvson no tenía tiempo de visitar además a los deudos de los caídos en combate y llevarles consuelo. Fue León de Cernia, un joven oficial de la Orden de la Doble Rosa, quien asumió esta tarea como propia. Se presentaba en los funerales revestido de armadura, como si el difunto fuera alguien importante y a quien no se pudiera despedir debidamente de este mundo sin la debida etiqueta. Erlendur sentía gratitud íntima hacia este gesto de León de Cernia, que le quitaba una responsabilidad de encima; pero se verá después que le habría valido más desconfiar de esa ayuda.

 

      Thorstein Eyjolvson, por su parte, se ocupaba de coordinar la defensa de toda Andrusia Occidental, de organizar el desplazamiento de tropas de un sitio a otro según las necesidades del momento, de analizar y resolver cada problema que fuera surgiendo y, a veces, sustituía a Erlendur Ingolvson para que éste dispusiera de algún momento de respiro.

 

      A mediados de marzo, algunos representantes de la Banca Haraldssen se habían entrevistado con él para ofrecerle apoyo. Los Haraldssen habían estado entre los primeros en huir hacia el Sur, mucho antes incluso de que la guerra estallara, pero sin retroceder mucho. Su avaricia era proverbial, pero en este asunto mostraron un desinterés que dio qué pensar al propio Eyjolvson, quien intuyó que se traían algo entre manos. Sin embargo,  no estaba en condiciones de vacilar demasiado, y aceptó la ayuda que le ofrecían los poderosos banqueros, consistente sobre todo en provisiones. Pero, además, ofrecieron a Thorstein equipar a una parte de las tropas con un arma que ya le habían ofrecido anteriormente, pero que él rechazó entonces por motivos muy diversos: la ballesta. Era cara, impráctica (disparaba pocas flechas en el mismo lapso en que un arco lanzaba muchas más) y, de alguna manera, desagradable: un certero tiro de ballesta podía tronchar a un Caballero dentro de su armadura, y algo que produjera tan espectaculares daños  en un enemigo no estaba bien visto en aquella época. Pero la capacidad de penetración de sus flechas la convertían en el arma más idónea para traspasar el grueso cuero de los Thröllewurms, y por eso Eyjolvson terminó aceptándola, aunque luego de la guerra el arma volvió a desaparecer por siglos.

 

      Eyjolvson adquirió treinta ballestas, y reservó diez para Ramtala; otras diez las envió a Drakenstadt y el resto las despachó a otros puertos menos atacados por los Wurms. Seguidamente, separó a treinta de los mejores arqueros, a quienes dio cabalgaduras frescas y envió a una fortaleza hasta aquel  momento semiabandonada situada más al Sur, con instrucciones precisas acerca de lo que esperaba de ellos. Acababa de crearse el Ballitzenernsreidernskorp, el Cuerpo de Jinetes Ballesteros de Ramtala. 

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Published by EKELEDUDU
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