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11 diciembre 2009 5 11 /12 /diciembre /2009 17:58

XV

      El valor, sin embargo, habría de durarle poco.

 

      Cuando Anders y Thorvald regresaron a Vindsborg, Karl estaba al pie de la escalinata de piedra, conversando con Hundi, rodeados ambos por los perros.

 

      -Entremos, Karl-propuso Thorvald-. Presentemos al chico a los demás.

 

      -Sí, Thorvald-aprobó Karl. Y mientras subían, su mano izquierda aferró el brazo derecho de Anders-. No os asustéis,  joven señor, por lo que veáis-dijo, mirándolo con sus ojos azules por encima de los mostachos-. Ese con el que estaba hablando fue el que me arrancó el brazo; y allí nos teníais a ambos, hablando como si fuéramos camaradas de toda la vida.

 

      Hasta ese momento, sin embargo, Anders no estaba asustado. Incluso halló algunos detalles jocosos: la pequeñez de Karl acentuada por la tremenda mole del corpachón de Thorvald, unos ronquidos portentosos que venían del interior de Vindsborg; y también, viniendo de allí, los roncos berridos de Gilbert quien, desafinando horriblemente, cantaba algo que, según se supo luego, pretendía ser una canción marinera.

 

      -¡De pie!-bramó Thorvald, al entrar. Hubo lentos y renuentes movimientos de cuerpos humanos que se incorporaban, incluyendo a un hombre gordo que hasta ese momento roncaba plácidamente, siendo necesario despertarlo a puntapiés, luego de los cuales se levantó muy asustado-. ¡Varg, ven aquí!

 

      -¿Para qué rayos me mandas a la cocina, si no me dejas trabajar en paz?-refunfuñó alguien en otra habitación, con voz de anciano, tan cascada y malhumorada que apenas si se entendían las protestas.

 

      Anders no lo advirtió. Otra vez se sentía intimidado. Se hallaba en una habitación toscamente construída en piedra, que en invierno debía ser un auténtico ventisquero a juzgar por el frío que se colaba por las rendijas. No había decoración; sólo la piedra pelada, sucia de hollín, de musgo y de grasa, con telarañas viejas y polvorientas aquí y allá. Viéndola, a Anders lo invadió el mismo desconsuelo que lo había asaltado un  poco antes, al ver Freyrstrande por primera vez.

 

      Pero lo que en verdad lo cohibió fue ver la cáfila de presidiarios con la que él y Balduino convivirían de aquí en adelante y quién sabía por cuánto tiempo. Todos ellos vestían unos toscos, gruesos y pesados abrigos de piel, que por ahora llevaban abiertos, y que les daban un aspecto miserable. Por lo demás era obvio, nada más ver al grupo, que apenas salidos de prisión, unos se habían puesto bastante al día con el aseo, ya que estaban pulcramente afeitados, aunque al parecer, de baño, nada; mientras que otros permanecían en el más irremisible estado de abandono. Flotaba en el ambiente un desagradable hedor a rancio y a sudor, a cuero e inmundicia. Era, en una palabra, un nauseabundo olor a canalla humana; y eso que, se supo después, en medio de su tosquedad, algunos de aquellos hombres, y entre ellos varios de los más feroces, hacían gala de una higiene notable.

 

      Todo esto, quizás, hubiese sido lo de menos. Pero verse convertido en el centro de todas las miradas en medio de instrantes de glacial silencio resultó sumamente incómodo para Anders, quien intentó recordar, por lo que había dicho Thorvald, quién era quién en el siniestro grupo. Se encontró con los ojos violáceos de un individuo desaliñado, que lo observaba con curiosidad: "...ése nada más mató a su mujer..." Más allá, a la izquierda y en medio de otras personas, las pupilas saltonas y glaucas de El Terror de los Estrechos obligaron a Anders a bajar la vista. En torno a éste se hallaban otros sujetos igualmente perturbadores, sin duda los otros Kveisunger, mirando fijamente al joven con ojos entre torvos, malignos y sardónicos.

 

      -Os voy a presentar a... ¿Cómo te llamas, pichón?-preguntó Thorvald; y cuando Anders, emergiendo con dificultad de su estado de perturbación, dijo su nombre, añadió:-. Anders de Onfahlster, escudero... Eh...-se dio cuenta de que no recordaba el nombre del pelirrojo, ni qué había hecho con los papeles que éste le entregara. Casi seguramente se los había devuelto. No había forma, pues, de consultar la documentación en busca del nombre-...del nuevo comandante de Freyrstrande.

 

      Un brevísimo pero horrible silencio cayó entre los asistentes, antes de que fuera roto por el desagradable graznido de Gilbert:

 

      -¿Y dónde está el otro, Peters?

 

      A la derecha del que había matado a su esposa, un sujeto desgarbado, de cabellos negros y pajizos ligeramente encanecidos y muchas arrugas en la frente pese a ser uno de los más jóvenes del grupo, prorrumpió en una desagradable risotada de hiena.

 

      -Adam, ¡basta!-amonestó Thorvald al de la risa disonante-. Anders, Gilbert, no Peters. El otro es nuestro nuevo comandante, recordadlo, y ha ido a Kvissensborg.

 

      -Amigo de Einar, ¿eh?-se burló Gilbert, con su desdentada sonrisa más maliciosa que nunca.

 

      Ante dicha observación, miradas silenciosas y desagradables cruzaron aquí y allá. Dime con quién andas, y te diré quién eres. Era obvio que a Balduino no le estaba haciendo mucha fama su hipotética amistad con el señor de Kvissensborg.

 

      -Por ahora no da esa impresión. Ya veremos-respondió Thorvald-. Pero basta de charla. A presentaros todos, de uno en uno.

 

      -¿Cómo se llama el nuevo comandante?-inquirió un hombre picado de viruelas y de nariz prominente, mientras todos aquellos individuos se movían formando una fila ante Anders.

 

      -Ya os lo dirá él-replicó Thorvald, para salir del paso.

 

      Gilbert bajó la cabeza y trató de mover inaudiblemente los labios. Su sordera no le permitió mucha discreción. Sus palabras llegaron hasta Anders: Cara de Bosta Colada, decía burlonamente.

 

      -Thorstein Sigurdson.

 

      -¿Eh?...-preguntó Anders, estúpidamente. Ante él, un hombre obeso y calvo, de ojos azules y lagañosos -es decir, el mismo a quien habían despertado a las patadas-, le tendía su fofa mano. Detrás estaban todos los demás, en fila.

 

      -Llamadlo Snarki ("ronquidito")-sugirió Karl-. Hay demasiados Thorsteins aquí.

 

       -Un placer conoceros-murmuró el gordo Snarki, estrechando la mano de Anders.

 

      Su mirada parecía mendigar algo, y Anders se preguntó qué. Pero no tuvo tiempo de responderse él mismo a su pregunta. Ahora estrechaba la mano de alguien debía ser uno de los Kveisunger. Era feo como el pecado, de cara redonda y mal afeitada, rostro pálido y nariz de fosas nasales parecidas a ollares de caballo. Los ojos eran  malvados,  y tan duros y negros como su larga cabellera, que parecía hecha de alambre.

 

      -Georg Georgson-gruñó el individuo-, pero me dicen Andrusier.

 

      El apodo le venía como anillo al dedo, tenía la fealdad típica de la raza andrusiana. Anders notó que a este sujeto, que rondaría los treinta y cinco años, le faltaba un pedazo de la oreja derecha. En la izquierda llevaba un arete.

 

      Este hombre era uno de los más altos del grupo, pensó Anders.

 

      -Gilbert Johanson, ya nos conocimos afuera.

 

      La voz ronca que hablaba a gritos sobresaltó a Anders. Gilbert se apartó enseguida, dejando paso a otro de los más altos del grupo y también uno de los de aspecto más estremecedor: un siniestro Kveisung de bigote poblado, tan negro como su desprolija melena. Tenía una cicatriz en la mejilla izquierda y ojos verdes y refulgentes como los de un gato, de expresión maligna y traicionera.

 

      -Thorstein Anderson. Dime Honney.

 

      "Miel"... Apodo obviamente irónico. Nada parecía menos dulce que aquel Kveisung que parecía la imagen misma del crimen.

 

      -Ulvgang Urlson.

 

      Anders juntó coraje y enfrentó los duros y verdiazules ojos de El Terror de los Estrechos. Era todo lo feo que había dicho Thorvald. El cráneo tenía una forma rarísima: muy ancho en la parte superior, estrecho y alargado en la inferior, como si bajo la barbilla llevara pesas colgando, que lo estiraran artificialmente. Estaba totalmente calvo y había muchas arrugas en su frente, lo que hacía pensar en él como un hombre de ya muchos años. Pero su cuerpo delgado se veía tan fuerte, ágil y elástico, que no había forma de estar seguro.

 

      Aun sin saber quién era, se había adivinado en Ulvgang al líder. Su mirada era la de un hombre curtido, duro y sabio; la de la fiera que no necesita demostrar su peligrosidad para hacerse temer. Anders quedó impresionado, y se alegró cuando Ulvgang dejó paso al siguiente de la fila.

 

      -Thorstein Ulvson. Puedes decirme Gröhelle.

 

      Este Kveisung tampoco era una belleza, pero al menos no tenía el aire malévolo de los otros. Su cabello, recogido en una cola de caballo, había sido negro, lo mismo que su chivesca barba; ahora estaban entrecanos. había muchas cicatrices en su rostro, y le faltaba el ojo izquierdo, en cuyo lugar se veía un parche; pero el ojo que le quedaba, de color azul oscuro, miraba a Anders con expresión bonachona.

 

      -Varg Knutson, me vuelvo a mi cocina.

 

      La voz cascarrabias era difícil de entender cuando hablaba. Pertenecía a un hombre de cabello corto, ya entrado en años y tan mostachudo como Karl. Anders dudaba de que este hombre fuera también un Kveisung, ya que parecía inofensivo aunque sin duda malhumorado.

 

      -Per.

 

      -Y Wilhelm.

 

      Anders recordó: éstos eran los gemelos, los salteadores, los que habían escapado de la horca en reconocimiento a quién sabía qué acto humanitario.

 

      -De la banda de Njall Blotinhand Kurtson-añadieron al unísono, como si este dato fuera fundamental en la presentación.

 

      Tenían cabellos castaños y rizados, relativamente cortos, ojos marrones y barbas puntiagudas. Detalle curioso, ambos tenían una  pequeña cicatriz en forma de herradura a la misma altura del labio inferior. Alguna manía los habría llevado a hacérsela ellos mismos, tal vez como una sutil forma de identificación; pues la de Per, según observaría luego Anders, estaba orientada hacia la izquierda, en tanto que la de Wilhelm apuntaba en dirección contraria.

 

      -Adam Thorsteinson.

 

      Era el tipo desgarbado, de cabellos pajizos y risa de hiena. Súbitamente, Anders recordó de él otro dato proporcionado por Thorvald: había ido a parar a Kvissensborg por tráfico y consumo de Sales de las Brujas.

 

      -Lambert Alarikson.

 

      Era el último, el que nada más mató a su mujer. la verdad era que, pese a su desaliño personal, con cabellos y barbas tan crecidos y sucios como los de un salvaje, este hombre, que frisaría los sesenta años, parecía más que nada un inofensivo abuelo algo extravagante. De inmediato, se hizo ver que padecía un extraño tic: cada tanto, movía el ojo izquierdo en algo parecido a un guiño. Anders, creyendo que era un amable gesto de connnivencia, guiñó a su vez un ojo. Lambert, gruñendo inexpresivamente, señaló con su índice su propia pupila izquierda, que volvía a contraerse. El joven no entendió por qué Lambert señalaba aquel globo violáceo hasta que vio que el movimiento continuaba a lo largo de las horas, y se sintió avergonzado al caer en la cuenta.

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Published by EKELEDUDU
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