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23 diciembre 2009 3 23 /12 /diciembre /2009 16:52

XV

      Aunque luego de ese día hubo más comunicación entre la heterogénea dotación de Vindsborg y Balduino hacía esfuerzos sobrehumanos por triunfar sobre su ánimo hecho pedazos, siguieron tiempos duros. Cada cosa que emprendía se venía abajo o se interrumpía apenas empezada, lo que, sumado al hecho de no haberse recobrado aún de la amarga sorpresa que Freyrstrande había sido para él, amenazaba una y otra vez con precipitarlo a un tenebroso abismo de desesperación.

      Cuando en ocasiones recordaba el suceso en las Gröhelnsklamer, interpretado por él como un aciago presagio, lo llenaba de zozobra la idea de haber desperdiciado su vida en vano y llegado allí respondiendo a una funesta convocatoria de la mismísima Muerte. Tal vez, pensaba, tendría en aquella tierra ignota y casi deshabitada un túmulo similar a muchos de los que él y Anders habían visto en Andrusia, un vulgar y conmemorativo montón de piedras que terminaría desmoronándose después de pocos años; y eso si alguien se dignaba sepultar sus restos. En todo caso, nada dejaría atrás que fuera digno de ser recordado, ni nadie que lo llorara, y luego de algunos años sería como si no hubiese existido.

 

       Dos de sus proyectos, tal vez los más accesibles o lógicos, dependían de un mensaje que debía enviar al gran Maestre Thorstein Eyjolvson: la liberación de Tarian y el traslado de Anders a un sitio un poco menos deprimente que aquel. pero los mensajeros del correo de postas ni se dignaban detenerse en Freyrstrand, considerando sin duda que no valía la pena; de modo que Balduino no podía enviar la condenada misiva. Tenía la mala suerte de que estos mensajeros pasaban cerca estando de guardia los menos avispados de sus hombres, quienes ni los veían. A veces él mismo permanecía al acecho para interceptar al próximo correo que pasara, pero no podía  pasar el resto de su vida en esta actitud vigilante, y a menudo bastaba que le diera la espalda al camino y se alejara lo suficiente para que el mensajero esperado apareciera  y volviera a desaparecer en lontananza antes de poder alcanzarlo. Así de negra era su suerte.

      Sus relaciones con Anders no contribuían a levantarle el ánimo. Deprimidos como estaban ambos ahora, habían descuidado mucho su aseo personal, y estaban sucios y barbudos como osos u hombres salvajes. Trataban de ocultar su depresión durante el día, tanto mutuamente como a los demás; pero por la noche, tras cenar y acostarse, la voluntad de ambos se desmoronaba.

       En Vindsborg quedaba encendida una antorcha durante toda la noche. En cierta forma era un desperdicio de aceite, pero éste no era difícil de conseguir y por otra parte no había otro remedio: ya se había intentado quedar a oscuras, y todo fue bien hasta el cambio de guardia. Cuando los centinelas salientes vinieron a despertar a sus relevos tropezaron con los durmientes, los pisaron y por error despertaron a relevos equivocados. Ante semejante caos, que Balduino había previsto pero al que a priori había optado por hacer caso omiso, ordenó que se dejara una antorcha encendida durante las horas de oscuridad.

      A la trémula luz de esa antorcha, el pelirrojo pasaba buena parte de la noche mortificándose inútilmente. Oía los estrepitosos ronquidos de Snarki, oía el curioso silbido que emitía Adler al exhalar el aire mientras dormía; advertía que alguien se masturbaba aquí y otro más allá. Pero sobre todo, escuchaba el lóbrego ulular de las potentes ráfagas de viento, semejantes a lobos en noche de luna llena, burlándose de su abatimiento y su sensación de soledad.

 

       Constantemente tenía la seguridad de que alguien estaba a punto de fugarse.  A veces Varg, el cocinero, salía en medio de la noche sin decir a dónde iba, ausentándose durante mucho tiempo. Luego se enteró Balduino de que simplemente salía a hacer sus necesidades. Algo maniático en ciertas cuestiones de higiene, el viejo cocinero opinaba que el retrete estaba demasiado próximo a Vindsborg, y se negaba a usarlo; por lo que lo mismo para defecar que para orinar se alejaba tanto como fuera posible.

      Otra cosa sucedía con las furtivas escapadas del larguirucho Adam. Siempre regresaba tambaleante y sonriendo estúpidamente. Sus compañeros lo consideraban una piltrafa humana, y la mayoría de ellos se desinteresaba de él, aunque unos pocos, como Adler, lo detestaban por su desagradable hábito de contagiar a los demás su cínica visión de la vida. A Snarki trataba de asustarlo vaticinándole la horca, y aparentemente  aquél había sido su pasatiempo la vez que Adler, sin  poder contenerse, acabó agarrándolo por el cuello como para estrangularlo. A su manera era un mal bicho, alguien que no vivía ni dejaba vivir a los demás. Esto Balduino lo admitía sin problemas; y sin embargo, el andar vacilante de Adam cuando regresaba de esas escapadas suyas tras consumir aquel Fuego de Lobo  obtenido quién sabía de quién y de dónde, decididamente le hacía mal. Era como si a través de aquella miseria se acentuase la propia.

      -Con Fuego de Lobo o sin él, Adam es de todos modos un caso perdido-sentenció Thorvald cuando Balduino le planteó la cuestión-. Además, tendrás derecho a censurarlo cuando tú, el líder, des el ejemplo. Mírate: pareces un pordiosero... y te advierto, muchacho, que no te lo toleraré eternamente.

      Balduino no insistió: el viejo resultaba demasiado intimidante.

      No menos deprimido que Balduino, también Anders lo disimulaba bastante bien durante el día, salvo en su desaseo, pues trabajando su mente se distraía. A veces, es cierto, de noche el cansancio lo vencía, y se dormía de inmediato; pero bastaba que un pensamiento amargo se cruzara fugázmente por su cabeza para que no pudiera conciliar el sueño, y se pasara las horas dando vueltas y más vueltas sobre sí mismo acostado en el piso de Vindsborg. En una ocasión su mirada se cruzó con la de Balduino, y ambos se observaron durante un buen rato, unidos por la desventura en común.

      Una noche, las guardias de ambos coincidieron.  Balduino no había querido que él y Anders quedaran exceptuados de esa obligación; hasta esa vez  sin embargo Karl, quien programaba las guardias, nunca los había puesto juntos.

      Durante un buen rato durante aquella vigilia, los dos permanecieron silenciosos. En cierta forma, eso era mejor: muchos de sus diálogos concluían en furibundos chispazos de cólera de Anders, y Balduino empezaba a admitir que como probable la idea de que su escudero nunca lo perdonara. Pero esa noche, con el frío transiéndolo a través de su tosca manta, el pelirrojo intentó otro acercamiento:

      -Si seguimos así nos volveremos locos, Anders-dijo-. Ambos necesitamos un amigo.

      -Ya lo sé-respondió Anders con tristeza-, pero no se olvidan fácilmente cuatro años de desdén y vejaciones. Yo te admiraba, ¿sabes? Durante un tiempo te idolatré incluso. Habría dado cualquier cosa por un gesto amable de tu parte.

      -Y ahora sé qué se siente no recibirlo cuando se lo espera con tanta ansiedad-suspiró Balduino con amargura-. No espero que me disculpes, Anders, pero ¿y si sólo por una noche fingiéramos que somos amigos? Sólo tomémonos de la mano con fuerza. No pienses que es la mano de Balduino de Rabenland, el que te despreció durante cuatro años y al que con toda justicia detestas. Piensa que es la mano de otro, de alguien que te quiere como si fueras su hermano.

      -Está bien-convino Anders, y por la rapidez con que aceptó la propuesta y le extendió la mano entendió Balduino que se sentía todavía más solo que él. Eso tenía lógica: siempre había sido el más sociable de los dos.

      Pero a los pocos minutos de aferrarse fuerte de la mano, Anders retiró la suya.

      -No puedo, lo siento-se disculpó con amargura-. Quisiera no tener tanto rencor encima. De veras, creéme. 

      Balduino no contestó. Le dio unas palmaditas en la espalda, afectuosas y doloridas; y Anders pasó el resto de la guardia reprimiendo el llanto que le habría proporcionado el necesario desahogo y devuelto la anhelada paz.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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