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26 diciembre 2009 6 26 /12 /diciembre /2009 19:43

      Las hachas se consiguieron en Vallasköpping, y Balduino tomó la suya y se fue al bosque junto con los otros a tumbar los árboles necesarios para iniciar sus proyectos. Sin embargo, la madera tardaría mucho en secarse y poder ser utilizada; y el pelirrojo, autoconvencido a estas alturas de la inminencia de un ataque de los Wurms, no estaba dispuesto a esperar tanto. En consecuencia, envió a Karl nuevamente a Vallasköpping.

 

      -Quiero un presupuesto por una catapulta que pueda ser manejada por sólo dos o tres personas, y que tenga un alcance de tiro de al menos cincuenta pies; pero no toleraré que se me robe-le dijo al enviarlo-. Busca a los constructores de catapultas de la ciudad, y pídeles que te hagan un presupuesto. Como parte de pago daríamos troncos, aprovechando que disponemos de los mejores leñadores de la región-miró a sus hombres, que adoptaron poses pretendidamente fatuas al ver que se hacía referencia a ellos de modo tan halagüeño-. Pero no importa qué precio te digan, quéjate mucho y no cierres trato. Di que, a ese precio, tienes que consultarlo conmigo. Y ve al barrio judío de Vallasköpping y pregunta a qué precio pagan el oro en bruto. Y a los constructores de catapultas, para obligarlos a rebajar sus precios, házles creer algo así como que si nos satisfacen en calidad y precio encargaríamos al menos cincuenta.

 

      Aparte de que ahorraba tiempo, al disponer de una catapulta construida por profesionales solucionaba otro problema surgido de su inexperiencia. En Ramtala, él había echado un vistazo a las gigantescas catapultas de la ciudad para estudiar detalles de su construcción y funcionamiento. Pero él necesitaba versiones más pequeñas de aquellas colosales máquinas, y dudaba de salir airoso en un primer intento, si él mismo ideaba las adaptaciones. Al tener ya un modelo fabricado por entendidos, dispondría de mucho tiempo para estudiarlo y poder reproducirlo con ayuda de sus hombres. Ni hablar de encargar una segunda catapulta; cuando tuviera que pagar la primera, los constructores lo dejarían tan desnudo como Adán.

 

      Balduino empalideció al ver las tarifas que Karl trajo de Vallasköpping; pero tenía aún un as bajo la manga. Y así el siguiente domingo, después de la misa, retuvo a Fray Bartolomeo y le dijo:

 

      -Necesito que me acompañéis a Vallasköpping, hermano, para persuadir a esos bribones de que preciso una catapulta a precio de costo.

 

      -¿Y qué tengo que ver yo en eso?-protestó Fray Bartolomeo.

 

      -¡Mucho!-contestó Balduino con vehemencia-. Diréis a esos canallas que la vida humana es sagrada y que con ella no se juega; que deberían avergonzarse de cobrar esos precios, tanto más cuanto que la vida humana no tiene ninguno, y por otra parte más dignos de los mercaderes a los que Nuestro Señor Jesucristo echó del templo, que de hombres de bien; y que, si me venden la catapulta a precio de costo, seguirán siendo igualmente ladrones, pero como Dimas, el Buen Ladrón, irán directamente al Paraíso. Así los convenceremos.

 

      -Tú eres quien debería avergonzarse, descreído. ¡Citar las Escrituras para fines tan terrenales y prosaicos!... ¡Esto lo has aprendido de tus amigos herejes!-exclamó Fray Bartolomeo, indignado.

 

      -¡No, de un judío! ¡De un Caballero judío!

 

      -¿Un Caballero judío?-preguntó el cura, escéptico.

 

      -¡Claro! Nuestra Orden no puede darse el lujo de rechazar a nadie, en principio. El señor Benjamin Ben Jakob fue, de hecho, el primer judío al que la Orden admitió entre sus filas. Lo serví durante cinco años. Siempre le oí decir que, para un Caballero, la Justicia debe ser la primera religión; la fe que cada uno profese debe venir después. Para hacer cumplir la Justicia, aseguraba, puede uno hacer de la lengua una filosa espada. Conoce de los Evangelios no menos versículos que de la Torah y el Talmud, y me recomendó hacer otro tanto para coaccionar por igual a cristianos y judíos y persuadirlos, sin necesidad de armas, de obrar correctamente.

 

      -Hermosa Orden de Caballería ésta que acepta entre sus huestes a judíos como tu Benjamin y ateos como tú-gruñó Fray Bartolomeo-. Pero te acompañaré a Vallasköpping, con tal de que dejes de fastidiar.

 

      -¡Magnífico!-exclamó Balduino-. Voy por los caballos.

 

       Fray Bartolomeo lo miró estupefacto.

 

       -¡Pero no dije que iría hoy!-dijo-. ¡Es domingo, día del Señor... y tengo todavía otras misas que celebrar!

 

      -En tiempos de Jesús, el día del Señor era el sábado. Ello no le impidió...

 

      -Al Infierno, y no a Vallasköpping me arrastrarás con tus citas evangélicas-rugió Fray Bartolomeo-. Tengo misas que oficiar aún, nos vemos después del mediodía, pero deja la Biblia en paz.

 

      ¡Y pensar que cuando llegó a Freyrstrande, este desfachatado me dio pena y me tomé el trabajo de consolarlo!, pensó. Pero, fiel a su palabra, volvió pasado el mediodía y acompañó a Balduino hasta Vallasköpping. Entre ambos, lograron obtener de los fabricantes de catapultas la promesa de hacer el trabajo a precio de costo; y Balduino, astutamente, consiguió también sonsacarles algunos secretos de su oficio, objetando la eficacia del producto que ellos, como es lógico, salieron a defender. Luego, a fuerza de citas de la Torah, el pelirrojo obtuvo de los mercaderes del barrio judío un precio relativamente justo por su oro, y con el dinero que le pagaron por él entregó un adelanto por la catapulta.

 

      Los constructores pusieron manos a la obra. Pero el trabajo no les reportaría ganancia alguna, de modo que fueron rezagándose cada vez más, hasta que la obra se paralizó por completo semanas más tarde. Balduino tuvo que enviar nuevamente a Fray Bartolomeo, esta vez para amenazarlos con los suplicios infernales por promesas incumplidas, para que el trabajo avanzara otro poco, antes de detenerse de nuevo.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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