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31 diciembre 2009 4 31 /12 /diciembre /2009 18:56

XXI

      Para cumplir con su parte del trato con el tío de Kurt, Balduino envió a Karl a Vallasköpping a comprar un barril de sal, otros dos vacíos y elementos de curtiembre. También le pidió que indagara acerca del estado de la catapulta en construcción, pero Karl no trajo novedades al respecto.

 

      Balduino tenía a disposición un bote más bien pequeño, que contaba con una vela que podía desplegarse si el viento era favorable, pero también con remos en caso de que no lo fuera. Parecía una embarcación de paseo, no muy apta para transportar cargas y con capacidad para tres personas con mucho optimismo y voluntad, y tal vez hasta a cuatro, suponiendo que todos los ocupantes fueran delgados y menudos.

 

      Esto implicaba que para cumplir con los requerimientos de Thorstein el Viejo serían necesarios varios viajes a Eldersholme, y para aligerar el peso del bote convenía que sólo fueran dos tripulantes. Balduino decidió que él sería uno; como acompañante escogió a Ulvgang. Se verá después que sólo en uno de estos viajes prefirió el pelirrojo quedarse en tierra y ser sustituido por Andrusier.

 

      Lógicamente, Hansi seguía dando vueltas en torno a Vindsborg, y quiso formar parte de la expedición a Eldersholme.

 

      -Malo-sentenció condenatoriamente cuando Balduino se negó.

 

      -¿Has visto cuánto? Así soy yo-gruñó Balduino-. Vigilad de cerca a este granuja-recomendó a Thorvald.

 

      Balduino odiaba matar animales, aun cuando la cotidiana subsistencia lo obligara a ello una y otra vez; de modo que Anders no entendía por qué no dejaba la matanza de focas en manos de otro. De hecho, cuando en Vindsborg era necesaria carne fresca, el pelirrojo encabezaba por aquel entonces las cacerías, como si fueran para él una verdadera pasión.

 

      Tal vez fuera una forma sutil de hacerles saber a sus hombres que, si tenía que ser cruel, lo sería; que si la situación lo requiriera, sería capaz de luchar y matar, y que no convenía meterse con él. Llamativamente, había ido en busca de depredadores en dos ocasiones, abatiendo a un lobo y a un grifo como por mero placer, sólo para dejar en claro que no sólo podía abatir a herbívoros, sino también a bestias peligrosas. Nunca más volvió a cazar por simple deporte, y después de aquello, en las cacerías iría rezagándose cada vez más, salvo para matar a fieras cebadas o extremadamente peligrosas.

 

      Ulvgang y su pandilla no se intimidaron por estos mensajes implícitos de Balduino, ni éste había esperado que lo hicieran. Dio la impresión de que estaban satisfechos de hallarse al menos bajo el mando de un verdadero hombre, de alguien rudo y valiente. Sin embargo, el pelirrojo no veía en sus miradas garantías de sumisión. Simplemente, les complacía el comportamiento de Balduino, porque así debía conducirse un hombre que se preciara de tal... Sin importar que ese hombre fuera amigo o enemigo.

 

      Podría pensarse que Balduino decidió participar de la matanza de focas para demostrar una vez más su rudeza. Nada que ver: quería estar a solas con Ulvgang para sondearlo a su antojo y saber a qué atenerse con él, y por eso lo escogió como acompañante y no a otro de los Kveisunger, aunque los conocimientos marineros de éstos no fueran inferiores a los de su viejo Capitán.

 

      ¿Supo Ulvgang que eran ésas las verdaderas intenciones de Balduino? Sin duda. Durante esos viajes, muchas veces quedó mirando con fijeza al pelirrojo, con esos temibles ojos saltones y glaucos suyos, tan inescrutables como de costumbre.

 

      -¿Qué...?-preguntaba Balduino al verlo así.

 

      -Nada-respondía Ulvgang-. Te observo, eso es todo.

 

      Sin duda que lo observaba, pero no sin motivo. Evidentemente esperaba, alerta como un centinela que aguarda un ataque, la primer tentativa de asalto por parte de Balduino a sus más oscuros y sólidos bastiones de intimidad.

 

      Durante los primeros viajes nada ocurrió. Balduino no podía evitar volver sus ojos, una y otra vez, a la superficie del mar. Bajo la misma, tal vez, acechaba Jormungand, la serpiente marina... Balduino no podía sino estremecerse ante la idea de que el monstruo emergiera súbitamente y se tragase de un solo bocado barquichuela y tripulantes. En tierra, pocas cosas lo arredraban, pero en el mar estaba indefenso: ni nadar sabía, y las profundidades oceánicas le inspiraban a la vez terror y fascinación, como todo lo prohibido y misterioso. Temía, en caso de que Jormungand atacara, ni siquiera atinar a defenderse. Para que ello no ocurriera, intentaba imaginar la apariencia del monstruo, prepararse mentalmente para el horror que podía surgir de los abismos oceánicos;  pero las pavorosas imágenes que acudían a su mente lo perturbaban en grado sumo.

 

      Pronto comprendió, por la forma en que Ulvgang lo miraba, que éste lo adivinaba debatiéndose contra aquel terror viscoso e inconfeso que lo envolvía. Esto no era conveniente, así que redobló sus esfuerzos por imponerse sobre sus temores. Finalmente razonó que al menos el ataque de un monstruo marino lo liberaría en forma harto drástica de sus problemas, mientras que éstos se acrecentarían si Ulvgang y sus Kveisunger lo caratulaban como cobarde. Sólo entonces pudo mirar a Ulvgang a los ojos. Casi ni se reconoció al verse reflejado en ellos: ahora su melena  desgreñada, su profusa y descuidada barba y las ropas de confección basta que vestía, se combinaban para conferirle un aspecto a medio camino entre el de un pordiosero y el de un salvaje de los bosques. En sus momentos de abatimiento se parecía más a un pordiosero; en los de cólera y rebeldía, al salvaje. Freyrstrande y Vindsborg lo curtían lentamente.

 

      Balduino enseñó a Lambert a adobar las pieles según el procedimiento tosco que él conocía. Era un método desaconsejable si las pieles tendrían un destino ornamental, pero en aquellas soledades agrestes nadie pensaba en usar su vestimenta para lucirse.

 

      Ahora bien, el día que teóricamente tendría lugar el último viaje a Eldersholme, quedaron aislados allí a causa de un violento vendaval. Ulvgang había anticipado que así ocurriría, pues antes de partir vieron en el horizonte unas nubes de apariencia engañosamente inocente, pero que eran sutil presagio de una violenta y traicionera tempestad de esas que, en el mar de Nerdel, se desatan con frecuencia durante el verano. Se lo dijo a Balduino, pero éste fingió desestimarlas; y Ulvgang, a su vez, fingió creer que el pelirrojo las desestimaba.

 

      Cuando llegaron a Eldersholme, el cielo estaba por completo encapotado; y el viento, que últimamente venía concediendo alguna relativa tregua a Freyrstrande, volvió a abatirse sobre aquellas costas. Imposible hacer lo que, supuestamente, habían venido a hacer; tendrían que limitarse a buscar una cueva lo bastante confortable para guarecerse en ella.

 

      Rápidamente tomaron el bote y lo llevaron tierra adentro, adonde el mar no pudiera llevárselo, y alborotando a la colonia de focas de la playa; y luego corrieron en busca de un refugio. Por encima de sus cabezas, el volcán vomitaba fumarolas sin parar, y Balduino se sintió como si él y Ulvgang, mortales comunes, estuvieran invadiendo los dominios de un viejo dios colérico y temible pero afortunadamente dormido. Era de desear que no eligiera precisamente ese momento para despertar de su prolongado letargo.

 

      Por suerte, cuando las primeras gotas empezaron a caer, ambos habían encontrado ya una cueva adecuada en las estribaciones del volcán. Entonces la tempestad, terrible y fascinante, se desencadenó con todo su alucinante fragor  y su despliegue de rayos cegadores y resonantes truenos.

 

      -Más vale que nos pongamos cómodos-aconsejó Ulvgang-. Tenemos para rato aquí.

 

      -Lamento haber desoído tus advertencias-dijo Balduino.

 

      Pero, por supuesto, no lo lamentaba en absoluto. Tenía al fin la oportunidad de estar a solas con Ulvgang y llegar a conocerlo lo suficiente... O eso creía él.

 

      -No quise insistir; pero ten en cuenta que hasta el Capitán, el líder, debe inclinarse ante la autoridad de otro en algunas cuestiones-respondió Ulvgang en la oscuridad.

 

      -Tendré que aceptarlo, si tú lo dices-convino Balduino; y preguntó, como por azar:-. ¿Durante cuánto tiempo fuiste capitán?

 

      Ulvgang hizo un rápido cálculo y contestó:

 

      -Creo que doce años. ¿Y tú? ¿Cuánto hace que eres Caballero?

 

      -Apenas dos años-replicó Balduino.

 

      Se tendieron en la caverna sin decir palabra, mientras afuera la cellisca daba rienda suelta a su enfervorizada locura. Pasados unos minutos, preguntó Balduino:

 

      -¿Y cómo se llega a capitán entre los Kveisunger?

 

      -En mi caso, matando al que fue capitán antes que yo: Bleitzinenauken-repuso Ulvgang, riendo-. Y a Caballero, ¿cómo llegas?

 

      -En mi Orden, normalmente a los veinte años. Pero puedes ser armado antes, si tus méritos son excepcionales.

 

      -¿Y qué edad tienes ahora?

 

      -Veinte.

 

      De este modo Balduino no supo ocultar, en un momento de orgullo,  que se le había juzgado digno de ser armado Caballero antes de tiempo, pero de inmediato se arrepintió de haberlo dicho. No convenía que Ulvgang supiera demasiado sobre él.

 

      -Entonces tus méritos son excepcionales-dijo Ulvgang-. Imaginaba eso. Creo que eres astuto... Y esa astucia te servirá contra tus enemigos, pero muy poco para hacerte de amigos. El problema con una persona astuta es que nunca se sabe cuándo está siendo franca... Y nadie quiere por amigo a alguien que no es franco.

 

      El pelirrojo entendió el mensaje.

 

      -Tampoco yo-dijo-. Tienes razón, es difícil confiar en alguien astuto-añadió, esperando que Ulvgang entendiera tan bien como él.

 

      -He ahí un punto en el que estamos de acuerdo. Claro que te llevo una cierta ventaja: por lo general me doy cuenta de cuándo la gente no es sincera conmigo... No siempre, por supuesto.  Con Einar me equivoqué por completo... Claro que él era casi mi última esperanza, y no podía detenerme a analizar su aparente franqueza.

 

      -Yo...-murmuró Balduino; y se detuvo, confuso. Yo también advierto cuando me tratan de engañar, estuvo a punto de decir. Pero no era cierto, y no le convenía hacer alardes cuya falsedad pudiera detectar Ulvgang, pues sólo lograría quedar en ridículo, perder respeto.

 

       -Es bueno... muy bueno, de hecho... pensar antes de hablar- dijo el Kveisung, como si le hubiera leído los pensamientos. Balduino empalideció-. Pero dime: si tu Orden está integrada por villanos mayormente, si os llaman forajidos... ¿Cómo es que tú, hijo según tengo entendido de un barón muy poderoso, formas parte de ella?

 

      -Prefiero no hablar de eso. Mejor habla tú. Cuéntame más acerca de tu vida.

 

       -¡Hmmm!... No vendo al fiado, señor Cabellos de Fuego. Tendrás la mercadería una vez que pagues y haya visto que el oro es bueno...

 

      Luego de un breve pero intenso silencio entre ambos -si silencio se le puede llamar al estrépito de la tempestad, dijo renuentemente  Balduino:

 

      -De acuerdo. Te contaré mi historia y luego oiré la tuya.

 

      Y habló durante largo rato, sin que Ulvgang lo interrumpiera. Contó cómo, siendo niño y el menor de once hijos, había comprendido ya desde muy temprana edad que, pese a ser de sangre noble y familia rica, Rabenland le depararía negras perspectivas de progreso. Eran sus hermanos mayores quienes se llevaban los mejores regalos, y a ellos iría la mayor parte de la herencia familiar. Balduino entendió enseguida que tendría que buscar fortuna en otra parte, y a medida que adquiría conciencia de sus aptitudes crecían sus ambiciones, y también el desprecio hacia el resto de la gente. Imaginaba cuán alto llegaría, y cuán pequeños e insignificantes se verían los demás desde semejantes alturas.

 

      Se esperaba de él que ingresara en la Orden de los Caballeros de la Doble Rosa o bien que tomara los hábitos. También podía elegir una opción intermedia, porque las Milicias de San Leonardo eran una Orden de Caballería religiosa. Pero a los doce años supo de una opción más cuando un príncipe de tierras muy alejadas de su hogar, llamado Thorstein Eyjolvson, se alojó en calidad de huésped en el Palacio Ducal de Rabenstadt, y mencionó en determinado momento, como al pasar y entre medio de otras cuestiones, a los Caballeros del Viento Negro.

 

      -El era su Gran Maestre pero, lógicamente, no lo dijo, ni nosotros lo adivinamos-prosiguió Balduino-. Un año más tarde mi padre y yo tuvimos una gresca. había proyectado para mí un matrimonio  de conveniencias. De conveniencias para él, pero no para mí. Le dije que yo estaba para otras cosas, que daba para más. Mi padre se burló...

 

      Hizo una prolongada pausa.

 

      -Y dijo que le obedecería, o me echaría de su casa-dijo.

 

      -De su palacio-corrigió Ulvgang.

 

      -Lo que sea... Y me fui antes de que él me echase. Le grité que llegaría a ser más grande que nadie, y me fui en busca de los Caballeros del Viento Negro.

 

      Continuó relatando las vicisitudes de su ingreso en la Orden y cómo, vertiginosamente, fue ascendiendo en forma sucesiva a los rangos de escudero, bachiller y Caballero.

 

      -Y quién sabe, quizás hubiera podido seguir escalando-dijo-. Pero se decidió castigar mi soberbia y entonces me enviaron aquí, pues ¿quién querría venir a un sitio como éste?... He fracasado. Luego de tanto empeño, he fracasado.

 

      Y con esta amarga conclusión resumiendo lo que había sido su vida hasta entonces, Balduino calló.

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Published by EKELEDUDU
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