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4 enero 2010 1 04 /01 /enero /2010 19:38

      -Nadie que no haya estado alguna vez en Broddervarsholm en los buenos tiempos tiene cabal idea de lo que era entonces ese sitio-continuó Ulvgang, y su añoranza era la de un ángel rebelde por el Paraíso que ha perdido para siempre-. Para un Kveisung, ser de Broddervarsholm era un privilegio. Cuando por primera vez llegué allí, me sentía a la vez cohibido y orgulloso de saber que era un puerto reservado sólo para los que eran más machos que los machos, más marinos que el propio mar y más feos y sanguinarios que todos los monstruos del Mundo Bajo las Olas juntos, y que aun así se regían por estrictísimos códigos y leyes, trasgredidos por muy pocos...

 

      -¿Cómo se manejaba la justicia allá?-preguntó Balduino.

 

      -Cada barco tenía un representante, por lo general el propio Capitán, en el Thing, el Consejo que gobernaba el puerto. Este se reunía sólo en casos excepcionales, como una amenaza común, una venganza poco usual contra alguien de otro puerto o la votación y aprobación de nuevas leyes. Por aquel tiempo quien presidía el Consejo era Thorben.

 

      ’Luego estaban los Mannershantern, los Cazahombres, que eran dos por barco. La identidad de uno de éstos era reservada y rotativa para que los infractores no pudieran huir al reconocer de lejos a quienes venían a aprendeherlos. Cada tanto, el Capitán bajo cuyo mando se hallaba lo reemplazaba por otro de sus hombres.

 

      -Y una vez aprehendido el supuesto infractor, ¿se lo juzgaba, o se lo condenaba sin juicio previo?

 

      -Había un Juez que era la máxima autoridad de Broddervarsholm, pero los procesos eran rápidos tratándose de traidores y cobardes ampliamente conocidos como tales, quienes por lo general no hallaban a nadie que hablara en defensa de ellos. Por otra parte, solían delatar su propia culpabilidad ya al ser arrestados: nadie suplica piedad y que no se lo envíe a la Schulternsgrabe si nada en su conciencia le hace pensar que allí desea enviársele...

 

      ’La autoridad del Juez  era en general incuestionable. Es más, yo sólo vi que Thorben, y una sola vez,  la desafiara, cuando se me quiso prohibir la permanencia en Broddervarsholm por tener menos de quince años de edad, el mínimo permitido. El Juez quiso convencer a Thorben de que me llevara de regreso por donde me había traído, y él se negó. La cosa se solucionó finalmente modificando la ley para que la edad mínima de admisión se redujera a doce años. Pero hasta donde sé, yo fui el único beneficiario de esa modificación, y tres años más tarde la edad mínima volvió a fijarse en quince años.

 

      -¿Había mujeres en Broddervarsholm?

 

      -Sólo en el Guddernesweick, el Barrio de las Rameras... Ningún Kveisung se casa y muy pocos se enamoran. No obstante, el que lo hace es tan apasionado para el amor como para lo demás; pero es algo que suele evitarse, porque los camaradas rara vez entienden el sentimiento del enamorado. Los que se enamoran, lo hacen por lo general de mujeres para ellos inalcanzables, como princesas o altas damas de la nobleza vistas durante algún saqueo. Más exitosos suelen ser quienes se enamoran de alguna de las putas del Guddernesweick, pero hasta esas uniones son casi siempre temporales.

 

      ’El Barrio de las Rameras está habitado por antiguas montañesas de las Andrusias que prefirieron vender el cuerpo en Broddervarsholm a seguir con la vida dura que llevaban hasta entonces y con la posibilidad de ser raptadas por piratas de otros puertos. Porque en las Kveisungersholmene hay decenas de barrios parecidos al Guddernesweick de Broddervarsholm, pero en ellos las pocas hembras que están allí voluntariamente son feas como un cachetazo a Cristo, y el resto fueron compradas o secuestradas. Las del Guddernesweick, en cambio, están allí por su propia voluntad.

 

      ’Se dice que un Kveisung se siente a gusto con mujeres sólo en el lecho y con hombres en cualquier otra parte. Los Mannershantern estaban obligados, teóricamente, a hacer rondas por el Barrio de las Rameras; pero las únicas rondas que hacíamos, bribones nosotros, era del lecho de una puta al lecho de otra puta, ya que cuando nos tocaba esa función las mujeres nos agasajaban con sexo gratis.

 

     ’Era, sin embargo, peligroso descuidar así la vigilancia en el Guddernesweick, un sector muy misterioso de Broddervarsholm y sujeto sólo en parte a la autoridad del Juez y el Thing, aunque nosotros no supiéramos verlo. La hembra es por naturaleza seductora, astuta y traicionera. Una sola ya resulta inquietante; en grupo son, o pueden ser, peligrosísimas, y más lo eran éstas, que por tradición se encontraban regidas por una Reina. Se la llamaba la Reina de los Kveisunger, pero no la reconocíamos como soberana nuestra, ni tenía la menor autoridad sobre nosotros. Con las putas era otra cosa. Ellas eran sus súbditas y, llegada al poder, dejaba de prostituírse y vivía del tributo que le daban las otras putas, que no pasaba de ser una especie de impuesto. La Reina solía ser muy bella y temperamental, y eso la hacía muy deseada; pero como ya no dependía de la prostitución para vivir, podía rechazar a todos los hombres que se le antojasen y, que yo sepa, nunca Reina alguna tomó amante. Los más viejos de Broddervarsholm decían haber conocido a tal o cual jactancioso que aseguraba ser el amante secreto de alguna Reina, pero esos mismos viejos de burlaban de tales relatos.

 

      ’A las Reinas por lo general se las forzaba a abdicar, según he oído decir, cuando se hacían viejas y feas, si no eran destronadas antes. Pero se les daba la oportunidad del suicidio, y habitualmente elegían esta alternativa, que les permitía morir con dignidad, como Reinas, tal como habían vivido sus últimos años. La vuelta a la prostitución no les hubiera sido dulce ni satisfactoria en lo económico.

 

      ’Sin embargo, a mi llegada a Broddervarsholm la Reina era una tal Fredegund, de quien se decía que tenía más de cincuenta años y un séquito de consentidas con el que subyugaba a sus rivales, imponiendo un régimen de terror. Parece que ni de joven había sido especialmente bonita, pero su personalidad y carisma la llevaron al poder, que retuvo con mano de hierro. Ante el Juez se mostraba sumisa y por eso no podía acusársela de nada; pero viejas historias sobre sus predecesoras hacían que la figura de la Reina fuese temida en cierto modo. Bajo la Reina Gunilla, por ejemplo, las putas se sublevaron contra los hombres y, apoderándose de las armas, mataron o castraron a unos cuantos mientras les hacían el amor. Se dijo de Gunilla que tenía la loca idea de fundar una nación insular de mujeres piratas. Sofocada la revuelta, se prohibió a las rameras trasgredir los límites de su propio barrio, con el resultado de que éste se volvió tan misterioso que tal vez fue peor el remedio que la enfermedad. Los Mannershantern, encargados de velar para que no se repitiera aquel incidente, hacían todo menos eso, como ya te dije. De esa forma, el Guddernesweick se fue convirtiendo en terreno propicio para intrigas de todo tipo.

 

      ’La verdad, nadie creía que pudiera repetirse lo ocurrido bajo Gunilla, y de hecho no ocurrió; no al menos de esa manera. Pero Fredegund desapareció misteriosamente, asesinada tal vez por su siniestra sucesora. No se investigó el hecho por considerarse, de manera muy imprudente, que concernía únicamente a las putas; lo que fue un enorme error. Cinco años más tarde, la sucesora de Fredegund desaparecía también en circunstancias igualmente enigmáticas, tras un atentado contra Thorben del que aparecía como posible instigadora. Luego de eso, se suprimió el cargo de Reina y se endurecieron las leyes que regulaban la vida en el Guddernesweick... Pero de ese incidente debo hablarte en detalle, porque es importante.

 

      ’Todo comenzó, hasta donde entiendo, con la llegada a Broddervarsholm de quien sería la sucesora de Fredegund, una temible bruja o un espíritu maligno hecho carne. Sucedió esto en ausencia de Thorben, estando éste en el viaje durante el cual me integré a la tripulación del Leviathan. Apareció de la nada; dijo ser la única sobreviviente de un naufragio ocurrido cerca del Vindulsviken, un cabo cercano a  Broddervarsholm. Supuestamente, allí su barco había chocado contra un témpano. Más tarde, todos coincidieron en que por su vestimenta y sus modales, aquella mujer parecía una gran dama de la nobleza; y aunque se la autorizó a vivir en el Guddernesweick respetando las leyes de Broddervarsholm, no se creyó posible que sobreviviera mucho tiempo entre aquella manada de forajidas que eran nuestras putas.

 

      ’Alguien, sin embargo, advirtió algunas incoherencias en el relato de la mujer: si había llegado a nado hasta la costa, ¿por qué sus ropas no estaban mojadas? ¿Qué hacía un barco navegando tan cerca de Broddervarsholm, un puerto muy evitado por todos los capitanes y marinos del continente? Se envió gente a investigar el hecho y, con un poco de espanto, se descubrió que en las cercanías del Vindulsviken una nave se había visto efectivamente en problemas, pero no zozobrando, sino encallando contra las rocas. Su cargamento estaba intacto, pero los tripulantes habían sido asesinados, excepto uno que se había vuelto loco y no hacía más que pronunciar una sola palabra: Schwummelinbrud... La Novia Que Se Sumerge. Por piedad, se le dio muerte; y la tétrica historia dejó a todos muy pensativos.

 

      'Lejos de Broddervarsholm, en el Svaldsholmsunde, hay un gran remolino entre muchos otros. adonde vive un demonio femenino al que se le llama Schwummelinbrud. En noches de tormenta, lanza legiones de diablos marinos contra las naves que atraviesan sus dominios, atacándolas hasta hundirlas; pero en noches de luna llena y relativa calma es la propia Schwummelinbrud quien aparece ante los ojos de los navegantes, enloqueciéndolos con su asombrosa belleza. Circulaba en Broddervarsholm una historia acerca del sombrío y enigmático final del Dodsheullinsang, hallado a la deriva una mañana de abril en el Svaldholmsunde. Ni rastros de sus tripulantes: ni cadáveres, ni hombres vivos, ni indicios de lucha. Al revisarlo se vio que la mesa estaba dispuesta para la cena, pero que ésta no llegó a servirse. Se concluyó que la tripulación había caído bajo el embrujo de Schwummelinbrud, arrojándose al mar para ir tras ella.

 

      ’Todos concordaron en que, por alguna razón, Schwummelinbrud había abandonado sus dominios acuáticos y era aquella extraña nueva residente del Guddernesweick. Tal vez lo dijeran en broma al principio, pero fueron tomándolo cada vez más en serio y lo comentaron con Thorben a nuestra llegada a Broddervarsholm. El, al principio, también pareció tomar la cosa en serio, así que le dieron más detalles. Dijeron que, cuando aquella mujer (y ya se la llamaba Schwummelinbrud, tan seguros estaban de lo que decían) llegó a Broddervarsholm, su belleza no parecía nada del otro mundo, pero que se estaba volviendo cada día más hermosa; que esa belleza se intensificaba en noches de luna llena pero que, cuando no había luna, sus cabellos se transformaban en serpientes y entonces se encerraba para que nadie la viera así. Pese a tal encierro, dos testigos la habían visto con esa apariencia. No se dio crédito al primero porque vivía siempre más borracho que sobrio, y efectivamente había bebido cuando dijo haber visto los cabellos de la mujer convertidos en serpientes; pero luego apareció un segundo testigo, al que más tarde seguirían otros. Los informantes de Thorben añadieron que la nueva residente del Guddernesweick no se estaba dedicando a la prostitución, y que se ignoraba de qué vivía; pero comentaron que hacía el amor con demonios que la visitaban de noche, y que posiblemente de éstos obtenía comida y vestidos... Y tal vez habrían dicho muchas cosas más, si Thorben no se hubiera echado a reír, seguro de que le estaban jugando una broma. Cuando al fin se persuadió de que le hablaban en serio, los llamó gallinas; y convino en ir a ver a la misteriosa forastera al día siguiente y sacar sus propias conclusiones.

 

      ’Luego de que al otro día volviera de su entrevista con Schwummelinbrud, todos le consultaron su opinión.

 

      ’-No me habíais dicho que la perra ocultara su rostro tras una máscara-comentó, sonriendo con dureza; y ante estas palabras, todos se miraron entre ellos, perplejos.

 

      ’-No lo ocultaba hasta ayer-contestaron.

 

      ’-Pues conmigo lo hizo-dijo Thorben-. Hermosa hembra... y una zorra más astuta que las otras, pero nada más. "¿Qué puede querer el poderoso Zeesteuven de una humilde mujer?", me preguntó; pero su tono nada tenía de humilde, sonaba más bien burlón. También me ofreció quitarse la máscara si yo se lo pedía, pero le respondí que el Diablo del Mar no necesita pedirle nada a ninguna mujer. Creo que mi respuesta le sentó como un bien merecido cachetazo.

 

      ’Esa apreciación de Thorben convenció a muchos de que en Schwummelinbrud, aunque así siguieran llamándola, no había nada sobrenatural; pero muchos otros no estuvieron tan seguros. Thorben gustaba del misterio y los desafíos, y era obvio que esperaba que Schwummelinbrud cayera subyugada a sus pies. No estoy convencido del todo de que la creyera una mortal común, como quería hacer creer; pero  en cualquier caso, sabía que él no lo era. Su coraje a prueba de todo lo ponía por encima del resto de los hombres, y Schwummelinbrud lo supo enseguida y deseó tenerlo a su merced, abyectamente seducido. Sin duda urdió algún conjuro contra él, pero esa magia sólo operó a medias, y el hechizo se volvió contra ella; porque Thorben gustaba de las caricias de una mujer, pero mucho más disfrutaba del fragor de la lucha que, como verás más adelante, lo hizo vencer sobre la más poderosa hechicería de Schwummelinbrud.

 

      ’Precisamente en ese entonces ponía poca atención a Schwummelinbrud porque planeaba un ataque que le reportaría gran botín, y para el que necesitaba aliados. En efecto, especulaba con que los banqueros Haraldssen pronto enviarían una gran flota para obtener productos de tierras lejanas, cosa que hacen cada tanto. No sabíamos de qué puerto zarparía, porque los Haraldssen tienen varias factorías en las costas de Andrusia, y sus naves mercantes nunca zarpan dos veces seguidas del mismo puerto; esperan así burlar a los piratas. En los otros puertos de las Kveisungersholmene circulaba el rumor, falso y difundido por el propio Thorben, de que la flota de los Haraldssen esta vez navegaría por una ruta desconocida hacia el Este, y no hacia el Oeste, como ocurría siempre. El rumor se explicaba por el hecho de que los Haraldssen estaban hartos de perder naves y mercadería a manos de los Kveisunger, por lo que fue ampliamente tomado por cierto. Esto, por un lado, nos quitó de encima a la competencia y, por el otro, animó a los Haraldssen a hacerse a la mar cuando hasta ellos mismos  llegó el rumor, viendo que su ruta de costumbre estaba más limpia de piratas. Por lo demás, había un punto de paso obligado para la flota, el extremo más occidental de Norcrest. Sólo las flotas mercantes de los Haraldssen proporcionan un botín de verdad suculento, pero cada vez más son, también, las medidas precautorias que toman para precaverse de los piratas; así que era una oportunidad para no desperdiciar.

 

      ’Contamos con aliados y la flota de presentó en el sitio previsto, aunque demoró más de lo que esperábamos, y hallamos una encarnizada resistencia; pero el ataque nos proporcionó pingües ganancias. Cuando luego de meses de ausencia volvimos a Broddervarsholm, nos enteramos de que la vieja Fredegund había desaparecido inexplicablemente y quizás muerto, y que la nueva Reina de los Kveisunger era Schwummelinbrud.

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Published by EKELEDUDU
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