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5 enero 2010 2 05 /01 /enero /2010 19:23

      Ulvgang hizo una pausa, que Balduino aprovechó para meditar en la oscuridad acerca de lo que estaba escuchando.

 

      Entendía perfectamente la fascinación del tal Thorben por Schwummelinbrud. Ni los Caballeros gustaban de las princesas ñoñas de las que a menudo se presentaban como protectores, aunque ellos mismos lo creyeran así; lo que les gustaba era sentirse importantes ante mujeres bellas, pero éstas, si descerebradas, los aburrían soberanamente. Casi dos décadas atrás, la leyenda de la Doncella de los Infiernos, la mujer guerrera del Monte Desolación, había subyugado a muchos hombres antes incluso de que éstos hubiesen podido ver su rostro, lo que de alguna manera venía a confirmar que buena parte de las preferencias masculinas se dirigían a las mujeres de carácter.

 

      Pero entendía  un poco, también, el temor delatado por la voz de Ulvgang, del que al principio le había costado no reírse... ¿El temible Sundeneschrackt acobardado ante una simple mujer más enérgica o decidida que el resto?

 

      La verdad era que se trataba de un temor muy común. Remontándose más atrás en la Historia, Nerdelkrag había conocido otra figura femenina fuerte, Grimhild Gullinhorn ("Cuernodorado"), la Mujer de Hierro de Thorsbjorg: una princesa guerrera fría y despiadada que combatió contra el Rey Federico II, el gran conquistador, quien se hallaba irremisiblemente enamorado de ella. Federico la venció por la fuerza de las armas, pero la insensible Grimhild jamás se dejó conmover por el amor del monarca, haciendo todo lo posible por perjudicarlo y vengarse de la derrota que él le había infligido. Lo logró en parte, pero su mayor venganza consistió en ser inmune a sus constantes súplicas de amor; en tenerlo humillado, sin responder a sus ruegos siquiera con una palabra benévola, y hasta burlándose despiadadamente de él. La voluntad del monarca, a la postre, se desgastó mucho a causa de este rechazo.

 

      El dominar está en la naturaleza del varón, y usualmente hay otros hombres disputándole ese dominio. Que la competencia venga de una mujer, ser frágil y pasivo por excelencia, admira, divierte y excita al hombre al principio; pero sólo se mantiene así en tanto él salga vencedor de la contienda. Rara vez admite que lo derrote una mujer; para él es como una especie de castración, una situación anómala en la que un ser supuestamente inferior a él le arrebata la virilidad y lo relega a un segundo plano. Esto ocurre aunque se trate de una buena mujer.

 

      Schwummelinbrud ciertamente no parecía haberlo sido. En la mente de Balduino, era un personaje que se movía en medio de misterios siniestros a los que no podía vinculársela directamente, pero que resultaban sospechosos. Tal vez fueran coincidencias. Tal vez, después de todo, ella nada hubiera tenido que ver con el barco lleno de cadáveres, ni con la desaparición de la vieja tirana de mano de hierro del Guddernesweick, aunque la hubiese sucedido como Reina, pasando por encima de muchas otras rivales. Pero esto último, que hubiera logrado imponerse sobre otras candidatas, revelaba una voluntad enérgica, y las circunstancias que rodeaban su llegada a Broddervarsholm y su ascenso al poder se combinaban con esa voluntad para volverla una figura un tanto escalofriante.

 

      -Thorben y otros, cada uno por su lado, visitaron el Guddernesweick para ver qué podían averiguar-prosiguió Ulvgang, alzando la voz para que ésta fuera audible pese a la tormenta que recrudecía fuera de la cueva-, pero no hicieron preguntas directas. Thorben no quería parecer asustado; los otros no querían delatar su temor. Las rameras guardaron silencio absoluto y se las veía más temerosas que bajo Fredegund. En cuanto a Schwummelinbrud, había sustituido la máscara por una caperuza de verdugo. Una vez más, dijo a Thorben que se la quitaría si él se lo pedía, pero Thorben permaneció fiel a su respuesta anterior: no hacía peticiones a mujeres.

 

      ’Durante casi cuatro años se vieron poco los dos. Era obvio, cuando se encontraban, lo mucho que se atraían mutuamente; pero cada uno de ellos esperaba que el otro fuera quien se rindiese ante el otro. Jamás se aclaró el misterio de la desaparición de Fredegund, y todos preferían no recordarlo. A mí no me afectó tanto el hecho por haber visto muy poco lo mismo a Fredegund que a Schwummelinbrud pero, aun así, tengo que admitir que los comentarios cada vez más espaciados que oía sobre aquel incidente me impresionaban un poco.

 

      ’Fue entonces cuando Thorben entusiasmó a todos los capitanes de Broddervarsholm al proyectar un ataque contra Drakenstadt para el que los quería como aliados. El ataque nunca se llevó a cabo por varias razones. En primer lugar, al principio todos se peleaban por el liderazgo. En medio de esas disputas olvidaron a Schwummelinbrud; creo que eso acrecentó el furor de ella, que no aceptó que al menos por un breve lapso se dejase de admirarla y temerla. De cualquier forma, cuando parecía que todos aceptarían que Thorben comandara el ataque, dos hechos dieron al traste con el plan.

 

      ’El primero fue una invitación a cenar que Thorben recibió de Schwummelinbrud, invitación que le trajo un Mannershanter. El aceptó, creyendo que Schwummelinbrud  finalmente se quitaría la capucha ante él, pues era evidente que no podría probar bocado llevándola puesta. No obstante, había peligro en aceptar aquella invitación. Schwummelinbrud había aparecido en Broddervarsholm en circunstancias tétricas e inexplicables, y llegado al poder en circunstancias aún más tétricas e inexplicables. Así que Snack vaticinó desgracia a Thorben si aceptaba esa invitación, algo para lo que no se requería ser Witz aunque, quizás, tampoco conviniese rechazarla.

 

      ’-No es más que una mala hembra insatisfecha-replicó Thorben, tozudo; porque ella lo había hechizado, y nada de lo que pudiéramos decirle le haría variar de opinión, además de que estaba en juego su honor.

 

      Por lo tanto, Thorben fue a esa cena, que fue tan siniestra como todo lo que rodeaba a Schwummelinbrud. Los siervos habían dispuesto la cena e indicado a Thorben su sitio en la mesa, que era larga (le tocó sentarse en uno de los extremos), y la perra seguía sin aparecer. Thorben, práctico como siempre, se sirvió varias tajadas de carne de foca, un poco de consomé y una copa de buen vino, y empezó a cenar sin esperar a la anfitriona, que apareció pocos minutos más tarde, vestida con un traje negro y ceñido, y con el rostro oculto como siempre bajo la capucha de verdugo. Este último detalle enfadó a Thorben apenas unos segundos, antes de decidir que la cena estaba demasiado deliciosa y que no valía la pena malograr la velada por fruslerías.

 

      ’-Bienvenido, Zeesteuven-saludó, tomando su sitio a la cabecera de la mesa-. Disfruta de mi hospitalidad y excusa mi tardanza. Espero que te agrade la cena.

 

      ’-Sí, está muy bien sazonada-respondió Thorben, sin dejar de comer.

 

      ’-En efecto, en efecto... Tiene un condimento especial.

 

      ’Ante estas palabras, pronunciadas con acento burlón, Thorben se inquietó por fin, temiendo que la comida estuviese envenenada. Pero por otra parte,  su sabor era espléndido;  de modo que si no estaba envenenada era un crimen no hacerle honores y si lo estaba, era demasiado tarde, pues Thorben había llegado con buen apetito y comido ya como para morir al menos dos veces. Así que siguió disfrutando de la cena, y más de lo habitual, ya que tal vez fuese la última. Mejor morir como un hombre y como un Kveisung, despreciando el peligro y sin dar a Schwummelinbrud el gusto de verlo alterado.

 

      ’La anfitriona no se quitaba la capucha y por lo tanto tampoco comía nada. Se mantenía silenciosa e inmóvil, con los dedos de sus manos cubiertas de guantes negros entrecruzados, como una fugitiva sombra del Infierno. Era una imagen lúgubre, pero el vino estaba excelente y Thorben, tras beber una buena cantidad, se hallaba de inmejorable humor, y no se habría asustado ante nada. Eso irritó a Schwummelinbrud, quien finalmente salió de su silencio:

 

      ’-¿No vas a pedirme que me quite la capucha?-preguntó, tratando de parecer simplemente curiosa, aunque ya hubiese insistido antes con esa pregunta.

 

       ’-Si quieres quitártela, allá tú-contestó Thorben, riendo-, pero por mí, déjatela puesta. Te sienta muy bien-y continuó comiendo y bebiendo.

 

      ’No volvieron a decirse palabra durante un buen rato. Ni la comida ni la bebida resultaron estar envenenadas; pero quien sí lo estaba, de rencor y despecho ante la indiferencia de Thorben, era Schwummelinbrud.

 

      ’-¿Se te apetece algo más?-preguntó ella, pensando en su propia persona, cuando Thorben quedó ahíto.

 

      ’-No, muchas gracias-contestó él, poniéndose de pie-. La cena estuvo exquisita, pero tengo asuntos pendientes.

 

       ’-Como quieras-replicó ella, furiosa.

 

      ’Y Thorben regresó al Leviathan y relató lo sucedido, y todos admiramos el valor y el dominio de si mismo de Thorben. Pero Snack desaprobó su conducta, y se puso a agorar consecuencias funestas, que era lo que mejor hacía.

 

      ’-Es increíble que no te des cuenta de a quién estás desafiando-dijo-. Vas a arrepentirte de haberte comportado así con Schwummelinbrud.

 

      ’Pero Thorben, quizás por primera vez en su vida, se burló de él, sin tomarlo en serio en lo más mínimo; y Snack acabó callándose, aunque conservando sus presentimientos pesimistas

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Published by EKELEDUDU
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