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10 enero 2010 7 10 /01 /enero /2010 16:35

      Durante un buen rato permanecieron callados los dos, como intimidados por el rabioso bramar de la tormenta que fustigaba Eldersholme. Balduino aprovechó esos instantes para reflexionar acerca de la increíble historia que acababa de oír.

 

      Historia magnífica, sin duda. No le faltaba nada: un pirata legendario, predicciones de videntes medio chiflados, una mujer misteriosa y tal vez bruja o diabla venida de la nada y desvanecida en la nada, traiciones, abordajes surtidos, barcos fantasma, monstruos marinos y por último una historia de amor imposible entre un hombre y una sirena, todo salpimentado con crueldad y nobleza en las dosis exactas. Pero, ¿qué había de cierto en semejante mosaico de excentricidades? Tal vez Adam alucinara cientos de historias similares a aquélla después de aspirar nutridas dosis de Fuego de Lobo.

 

      Y sin embargo, la última parte de la historia tenía que ser auténtica al menos hasta cierto punto. Aparte de lo que Balduino sabía o creía saber acerca del origen de Tarian, Ulvgang había narrado ese tramo del relato con creciente dolor, como si una vieja y semiolvidada herida volviese a quedar en carne viva, palpitante y atroz. Era difícil, si no imposible, fingir hasta ese punto un sentimiento.

 

      Súbitamente odió la realidad, en la que ningún malo lo era totalmente. Cuando la maldad aparece con cuernos y rabo, sin dudas se arde en deseos de condenarla; pero  rara vez se presenta así en la vida real, y en la medida en que los cuernos y el rabo tienden a desaparecer -al menos a ojos vista- se intenta buscar excusas o justificaciones para los malvados.

 

      Peor todavía, como acertadamente dijera Ulvgang, el corazón no razona; ésa es tarea de la mente. Cuando ésta no se impone sobre el sentimiento, se tiende a buscar disculpas hasta para los actos más aberrantes.

 

      No cabía duda de que Ulvgang y sus Kveisunger habían hecho cosas espeluznantes, aunque infligiendo daños físicos irreparables sólo a otros guerreros. Tal vez de vez en cuando algún loco sin experiencia en el manejo de las armas hubiera intentado hacerles frente, pero ello no debía ocurrir con gran frecuencia. Más de una década de tropelías había hecho de las huestes de Sundeneschrackt una pesadilla capaz de estremecer a Andrusia de punta a punta, y tan siniestra fama sin duda dejaba poco lugar para audacias imprudentes.

 

      Pero, de cualquier modo, en esa lucha entre dos bandos armados, el de Ulvgang había sido el bando malvado. Para un guerrero, la muerte en combate era un final lógico y hasta glorioso; pero por desgracia, los muertos a menudo dejan atrás viuda y huérfanos para llorarlos. Visto desde esta perspectiva, el daño causado por los Kveisunger se convertía en algo execrable e inexcusable.

 

      Y aun así, Balduino no podía evitar sentir simpatía y cierta piedad hacia ellos. Sus crímenes, en el fondo, les habían reportado escasos beneficios y ninguna felicidad. Hasta en el siniestro Kehlensneiter veía atisbos de infrecuente nobleza.

 

      Y esta forma de pensar, muy  poco conveniente para un Caballero, lo dejaba confuso y espantado a él mismo. En su mente y en su alma, las fronteras del Bien y el Mal, que él siempre había tenido por estrictas, se desdibujaban de una forma alarmante. Era menester que tales fronteras existiesen; se necesitaba algo con qué determinar las diferencias entre lo bueno y lo malo. Y no obstante, a él no sólo se le hacían borrosos dichos límites, sino que había discrepancias entre la voz de su mente y la de su alma. Su mente le decía que aquellos Kveisunger eran malvados; y su alma, que eran buenos. Por ahora era su mente quien tenía la última palabra, arguyendo que tal vez Ulvgang hubiera fraguado buena parte de la historia, si no toda, precisamente para que Balduino viese alterados sus valores habituales. Pero su alma replicaba que no todo podía ser un invento, y él temía que, de escucharla, terminara viendo todo al revés y opinando, como los Kveisunger, que no eran ellos los malvados, sino los otros.

 

      -¿Duermes?-preguntó a Ulvgang, y cuando éste replicó negativamente, añadió:-. Einar se quedó con tu tesoro, ¿no?

 

      -Sí, bueno...-dijo Ulvgang, tras un largo y sonoro bostezo-. Con parte de él, en realidad, pero...

 

      -Disculpa, me expresé mal. me refiero a tu mayor tesoro, tu joya más preciada. Una que, si no me equivoco, de alguna forma te fue entregada por la propia Margyzer, muchos años después de los hechos que me narraste...

 

      Si alguna vez el por lo general imperturbable Ulvgang se mostró nervioso como una bestia acorralada, fue aquella. Su inquietud rersultaba palpable incluso en aquella oscuridad.

 

      -¿Qué sabes tú de eso y quién te lo dijo?-preguntó.

 

      -Sé lo que debo saber y no viene al caso quién me lo dijo-replicó Balduino, muy satisfecho. Al menos ese nerviosismo de Ulvgang era cien por ciento auténtico-. Lo que importa es lo que a ti te falta saber...

 

      -Deja de hacerte el misterioso y habla claro-replicó Ulvgang, cada vez más alterado.

 

      -Me propongo recobrar esa joya y traerla a Vindsborg. Demostrar que Einar no tiene derechos sobre ella y arrebatársela para siempre.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, mi paciencia tiene un límite. Tus palabras son ambiguas-dijo Ulvgang, ahora hecho un  manojo de nervios y con un dejo siniestro en su voz-. ¿Qué joya es ésa de la que hablas?

 

      -¿Cuál crees?... ¡La espada de empuñadura de oro y con diamantes incrustados del Príncipe Gudjon de Drakenstadt!

 

      -Ah-gruñó inexpresivamente Ulvgang, en tono desconcertado.

 

      Balduino aguardó a que dijera algo más, pero ello no sucedió, de modo que fue él quien tuvo que reiniciar el diálogo:

 

      -Eres muy buen guardián de tus secretos, Ulvgang. ¿Crees de veras que me tomaría cualesquiera molestias por una simple espada?-dijo, en tono de chanza-. No, me refiero a ya sabes quién... A Tarian-agregó.

 

      Ulvgang pegó un  respingo.

 

      -Ten mucho, mucho cuidado, señor Cabellos de Fuego-advirtió con voz de hielo-. Ese no es tema para jugar con él o tomarlo a la ligera...

 

      -Lo sé, Ulvgang, tranquilo. Sólo que, como tú mismo dijiste antes, es difícil confiar en la amistad de alguien astuto. Tú has sido amable conmigo, pero nuestra convivencia es obligada. No me cabe la menor duda de que algo has estado tramando todo este tiempo y si no actúas es, creo, porque estudias el mejor modo de llevar a cabo tus planes, los cuales incluyen la liberación de Tarian. Quise ver al menos un rostro tuyo al que pudiera llamar verdadero y ya lo tengo, el de un padre secretamente angustiado por su hijo. Por lo demás, me tomo muy en serio cuanto se refiere a Tarian. Sé que es inocente y que vive de golpiza en golpiza en las mazmorras de Kvissensborg. Yo fui golpeado traicionera y brutalmente por hombres de Einar, así que me siento muy solidarizado con Tarian. Te aseguro que haré cuanto esté a mi alcance para liberarlo...

 

      Ulvgang bufó como un todo que se prepara para embestir.

 

      -Todo suena muy noble, muy altruísta de tu parte, pero ¿sabes qué?: no sé si confiar en ti. De tu relato sobre tu vida veo que tiendes a engañarte a ti mismo. Y me pongo en tu lugar: un Caballero en misión oficial que tiene bajo su mando a un grupo de presidiarios de quienes debe asegurarse de que no se fuguen y le obedezcan en todo. ¿Cómo lograrlo?: mediante una promesa. Promesa hecha, tal vez, irreflexivamente, con toda la intención de cumplirla, pero sólo en principio. Pues en el fondo la cosa es tan complicada, que si te examinaras a ti mismo sabrías que no harás nada. Todo eso suponiendo que realmente tengas esa sincera y superficial intención; cosa factible pero no indiscutible. Ahora bien, si me haces una promesa, sincera o no, y luego no la cumples, ¿cómo piensas que reaccionaré yo?

 

      -No es difícil imaginarlo. Lo que me has dicho acerca de la Schulternsgrabe y del destino de los que se amotinaron contra ti me dejó ideas muy claras respecto a la suerte que corre quien traiciona a un Kveisung...

 

      -Bien. Veo que nos vamos entendiendo. ¿Qué me dices ahora?

 

      -Ulvgang, la cosa es más complicada de lo que imaginas. Más que de promesas, tendríamos que hablar de intenciones, y éstas pueden llegar a buen puerto o no. Por el momento, no me he quedado sólo en las intenciones, pues tengo listo un  mensaje para el señor Thorstein Eyjolvson, el Gran Maestre de mi Orden, en el que le expongo precisamente el tema de la liberación de Tarian, Solamente a él puedo recurrir; no tengo contactos más altos. El primer problema que se me presenta es que no puedo enviar el maldito mensaje pues, como sabes, hasta el momento ningún correo se ha detenido en Freyrstrande. Todos nos ignoran y pasan de largo...

 

      -Esto es cierto. Prosigue.

 

      -Supongamos, sin embargo, que un correo se detuviera y yo le encomendara el mensaje. Luego hay que ver si éste llega a su destinatario; porque el camino es largo y lleno de peligros. Supongamos también que el mensaje llega a manos del señor Thorstein Eyjolvson. Tal como creo conocerlo, y admito que casi no lo conozco, el problema le interesaría: hizo mucho hincapié en que sus Caballeros hiciéramos lo correcto, lo que incluye proteger a inocentes. Pero, ¿se convencería de la inocencia de Tarian? Pues éste fue juzgado y hallado culpable... Pero supongamos que sí, que se convence. Está la guerra: no sé si una catástrofe de semejante envergadura le dejaría tiempo al señor Eyjolvson para ocuparse del problema de una sola persona. Imaginemos también, por último, que sí dispusiera de ese tiempo; ¿dispondría además de la suficiente influencia para ordenar la liberación de Tarian? Es dudoso. Hasta no hace mucho tiempo, ser un Caballero del Viento Negro era ser un  malhechor y un fementido, y muchos tendrían interés en que volviéramos a ser proscritos... si no lo somos todavía. Sobre tantos azares, Ulvgang, es poco lo que me atrevo a prometer. Otra posibilidad sería liberar a Tarian por la fuerza pero, por lo que sé, eso sería peligroso hasta para él.

 

      -Sí. Día y noche hay junto a él un hombre armado preparado para asesinarlo al menor indicio de rebelión o fuga por parte de los demás convictos-admitió sombríamente Ulvgang-. Veo, de cualquier manera, que realmente tienes las intenciones que dices tener, porque has ponderado todas y cada una de las dificultades, y no dudas en exponérmelos. Si quisieras engañarme, harías que las cosas se vieran mucho más sencillas, buscando luego excusas para justificar las demoras... Tratemos, entonces, de resolver para empezar el primero de esos inconvenientes: el envío del mensaje-hizo una pausa-. ¿Qué me pides a cambio de la libertad de Tarian?

 

      -No puedo exigirte nada. Tarian no es un prisionero mío por el que pueda pedir rescate, sino un inocente a quien yo mismo deseo ver libre-contestó Balduino-. No obstante, su eventual liberación es un problema entre muchos otros que tengo; de modo que me prestarías un gran servicio y contribuirías a que pueda dedicar más tiempo a este asunto no creándome más inconvenientes y cuidando que ninguno de los otros me los genere, al menos hasta que Tarian esté libre.

 

       Instintivamente, en la oscuridad, Balduino estiró de forma un tanto tímida su diestra. Se sorprendió al toparse con la de Ulvgang. Amó el apretón de manos entre ambos, ese simple gesto por el que sellaban su acuerdo empeñando su patrimonio más valioso: su honor. Ultimamente, Balduino se asombraba al descubrirse disfrutando de pequeñeces como aquélla; tal vez porque, al sentir que lo había perdido todo, era como un hambriento que procura saciarse aunque más no sea a fuerza de migajas.

 

      - Así será. Y si lo logras, señor Cabellos de Fuego-aseguró Ulvgang-, ten por seguro que contarás con mi protección y mi lealtad hasta mis últimos días. Te tendré por hermano de Tarian, y estaré dispuesto a dar la vida lo mismo por ti que por él.

 

      -No digas tonterías-gruñó Balduino, molesto. ¿Qué necesidad tenía Ulvgang de exagerar así?

 

      -Ninguna tontería. Ya te tocará ser padre y entonces me entenderás-dijo Ulvgang

 

      -Puede que jamás llegue a ser padre... Pero te recuerdo que sí soy hijo, o lo fui al menos durante trece años. Ve a decirle a mi padre que dé la vida por mí-replicó Balduino con sarcasmo.

 

      Y Ulvgang pensó en la historia que le había contado el pelirrojo; y reprimiendo la primera respuesta que se le ocurrió, dijo simplemente:

 

      -Como tú digas-y ya no continuaron hablando.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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