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7 enero 2010 4 07 /01 /enero /2010 21:03

      Hubo un breve silencio, durante el cual resaltó más el fragor de la tormenta que se abatía afuera, bravía e inclemente.

 

      -La espesa bruma nos obligó a detener la marcha. No fue muy alentador comprobar que además se levantaba una tormenta, algo más benévola que esta otra que nos obligó a refugiarnos aquí, pero de todos modos muy amenazante teniendo en cuenta el lamentable estado del Leviathan. Cada tanto, el vigía creía divisar un barco viniendo a nuestro encuentro. Le preguntamos cómo podía verlo entre la niebla; a lo que contestó que era un punto luminoso cuyo tamaño aumentaba a cada instante. En ese momento no cupieron ya dudas acerca de la naturaleza del enemigo al que enfrentaríamos, y algunos tuvieron miedo; pero una encendida arenga de Thorben los volvió feroces e invencibles de nuevo.

 

      ’La tormenta ya se había desatado cuando la nave enemiga estuvo a la vista de todos nosotros. Confirmando las palabras del vigía, era fosforescente, y a medida que se nos acercaba advertimos que las manchas opacas que se veían en su silueta las producían algas y percebes adheridos a la madera, producto de largos años bajo el mar. El velamen casi no existía, lo que no era obstáculo para que el Holmenesheld, que de él se trataba, se desplazase a velocidades prodigiosas y en contra de la dirección del viento, según  advertimos. Por supuesto, el velamen del Leviathan había sido arriado, para que las ráfagas no destrozaran los mástiles.

 

      ’A la luz de los relámpagos pudimos distinguir también a la cadavérica tripulación del Holmenesheld, silenciosa y lúgubre, aprestándose para el inminente combate. Nos contemplaban con la vacua mirada de los muertos, sus huesudas manos empuñando espadas y dagas medio oxidadas. Sus capas hechas jirones flameaban al viento; muchos llevaban casco. Se veían magníficos y terribles, y hubieran acobardado a muchos.

 

      ’No obstante, la arenga de Thorben había enardecido nuestra sangre guerrera. Eramos demonios a la orden del Diablo del Mar, y no habría espectro capaz de ponernos en fuga. Sólo nos asustamos un poco cuando advertimos la fosforescencia fantasmagórica entre nuestros mástiles y jarcias. Esa fosforescencia  es propia de los barcos próximos a hundirse; por lo tanto, la nave estaba condenada... Pero Thorben rio, y gritó que la muerte nos haría inmortales y más temibles que nunca; que la aparición del Leviathan, en los tiempos venideros, aterraría hasta a los más bravos marinos de Drakenstadt, y que nuestra nave tenía esa extraña fosforescencia porque se estaba transformando ya en barco fantasma.

 

      ’Esas palabras fortalecieron nuestro coraje; pero cuando estaba a punto de comenzar la lucha, Snack apareció detrás de mí, y me susurró:

 

      ' -Nos reuniremos en Drakenstadt. Rescatados el segundo día, libres antes de los tres años.

 

       'Quise preguntarle a qué se refería, pero no hubo tiempo. Nuestros enemigos estaban ya casi sobre nosotros. Les dimos una bienvenida anticipada con insultos, fanfarronerías y escupitajos; y ellos pronto ganaron nuestra cubierta, y eran una hueste sombría y fantasmal. Luchamos con denuedo, pero a mi alrededor mis compañeros caían uno tras otro a medida que los vencía el cansancio. No era fácil combatir porque, en primer lugar,  había que esforzarse por mantener el equilibrio sobre cubierta, y además, ¿cómo se mata a quien ya está muerto? Nuestros oponentes parecían muy materiales, de huesos recios, sólidos; se notaba que en vida habían sido muy robustos... Y pese a ello, nuestras armas nada les hacían, hallaban sólo aire a su paso. Sólo sus espadas parecían consistentes y letales, tanto al entrechocarse como al hundirse en nuestras carnes. ¿Cómo se empareja una lucha con enemigos como ésos?

 

      ’Aún trataba de descubrirlo cuando escuché, por un lado, el grito de Gröhelle, quien acababa de quedar tuerto; por otro lado, el de Thorben, mortalmente herido. El que parecía el líder  de los guerreros fantasmas le había hundido la espada en el vientre. Thorben estuvo a punto de caer, pero tambaleó hasta el palo mayor, contra el cual se afirmó. A mí acababan de desarmarme y tenía tres puntas de espada contra mi cuello, por lo que pude ver la escena en todos sus detalles.

 

      ’-Vencí otra vez-jadeó Thorben, sonriendo con crueldad en su agonía; y extrañamente, el líder de los espectros pareció compartir esta convicción en apariencia desmentida por los hechos, porque se le acercó y, tras entregarle su espada, se arrodilló ante él.

 

      ’Tuve la sensación de que, en ese momento, Thorben tenía en sus manos la suerte de todos aquellos guerreros espectrales, y por eso éstos no me mataron. Uno tras otro fueron arrojando las armas, y en sus calaveras ya no se veían las malvadas sonrisas con las que habían saltado a nuestra cubierta; las expresiones eran de completa derrota, de  temor casi.

 

      ’-Idos-gritó entonces Thorben-. ¡Idos!-gritó, más fuerte.

 

      ’El líder de los espectros se puso entonces de pie, inclinó reverentemente la cerviz ante Thorben y le apretó el hombro, como con afecto; y luego el Diablo del Mar expiró. A mí, uno de los espectros me estrechó la mano; y apenas podía yo creer lo que estaba sucediendo, ni lo creería hoy mismo, tal vez, de no ser porque sentí entre mis dedos aquellas falanges y las oí crujir con toda nitidez pese al ímpetu de la tempestad. Otras manos esqueléticas me palmearon la espalda, y me apretaron con fuerza los hombros... Y en seguida todos retornaron a su nave, que hasta entonces se mantenía a la par del Leviathan.

 

      ’Durante unos segundos permanecí inmóvil, sin salir de mi estupor. Sólo tres de mis compañeros habían sobrevivido a la batalla, y no estaban ellos menos atónitos que yo. En eso, algo que todo el tiempo había estado rodando de aquí para allá sobre la cubierta del Leviathan vino a estrellarse contra una de mis botas. Era la cabeza desprendida del cuerpo de uno de mis camaradas, Kveldulv; y advertí con un poco de horror que los ojos muertos se movían y me miraban con una sonrisa un tanto burlona.

 

      ’-Mejor abandona la nave, valiente-dijo; y varios de los cadáveres, el de Thorben entre ellos, comenzaron a moverse, saludándonos con la mano antes de quedar inmóviles de nuevo-. El coraje nunca muere, Ulvgang-añadió la cabeza cercenada de Kveldulv,  antes de sumirse de nuevo en el silencio de la muerte.

 

      ’Me arrojé al agua, y Gröhelle y los otros dos me imitaron; pero aunque la costa  no se veía muy lejana, sólo tres logramos alcanzarla, porque el mar estaba demasiado revuelto. Para llegar, recordé aquello de El coraje nunca muere. Sin ese aliciente endureciendo mi voluntad, creo que hubiese muerto ahogado. Dijo luego Gröhelle que al cuarto de nosotros, el que no logró alcanzar la costa, uno de los cadáveres le había aferrado la mano con fuerza, en un intento de impedirle que se fuera con nosotros; así que éste estaba predestinado a morir allí.

 

      ’Ni bien lo dejamos atrás, el Leviathan se hundió. Desde entonces es una nave fantasma más entre tantas otras que se ven en el Mar de Nerdel. Dicen que al principio se reconocían aún las faucciones de nuestros compañeros muertos, medio comidas por los peces; pero cuando yo la encontré más tarde, entre el botín obtenido de Drakenstadt, ya sólo quedaban los huesos. Por cierto, en aquella ocasión  conduje a la flota por la ruta tomada por el Leviathan en su último viaje con tripulantes vivos, y pasamos por Gestinholme, pese a las protestas de varios de mis hombres. Alcancé a ver a los centinelas del Castillo de los Muertos, y los saludé con la mano, tal como hacen los marinos de Drakenstadt al pasar frente a esas costas; y los centinelas me respondieron el saludo. Tal vez entre ellos se encontraban los hombres del Holmenesheld, porque un par de veces me crucé con una nave fantasma que se parecía mucho a la que encontramos en aquel viaje del Leviathan, y si a sus tripulantes saludar desde lejos. Todavía no me explico bien el extraño final de aquella última batalla, por qué los espectros se rindieron. Se me ocurre, sin embargo, que los Kveisunger tenemos un Cielo propio, muy distinto del que describen los curas, y que en él todo es pasional y desmesurado, y que los combates son más duros allí que en ninguna otra parte del mundo. Pienso que aquella batalla tal vez no tuviera otro fin que ponerlos a prueba, a Thorben y a los demás, para cerciorarse de que fueran lo bastante dignos para ser dignos de ese Cielo... Pero esto es sólo lo que creo, o me parece que ocurrió.

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Published by EKELEDUDU
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