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11 enero 2010 1 11 /01 /enero /2010 19:42

      La mayoría de los aldeanos no tardaron en volver a sus habituales actividades. Gudrun fue la primera en marcharse, pese a las protestas de Kurt. Al parecer éste no le había mencionado sus intenciones de presentarla (por no decir entregarla) a Balduino, porque cuando sacó el tema Gudrun se enojó mucho. Luego Kurt trató de retenerla con otros trucos. De creer en sus palabras, probablemente había un fabuloso tesoro enterrado bajo la arena, y si Gudrun se marchaba antes de encontrarlo, se perdería de tener su parte. Ella no le hizo caso,  y se fue. Otros la siguieron poco más tarde; en cuanto a Kurt, no le quedó más remedio que continuar con la reparación del terreón en cuanto lo llamó su tío Thorstein el Viejo.

 

      Al final quedó en la playa sólo un aldeano, un viejo de estatura baja pero fornido, de ojillos pequeños y astutos. Era calvo casi por completo, pero conservaba las patillas y el cabello de la nuca, que llevaba largos.

 

      -Ni se te ocurra acercarte a ése. Todos saben que es un viejo ladrón-advirtió Gröhelle a Anders.

 

      La verdad era que el personaje, ladrón o no, no inspiraba mucha simpatía, pero admiraba la inagotable capacidad de la mayoría de aquellos convictos para ver la paja en el ojo ajeno sin distinguir la viga en el propio.

 

      -¿Y eso? ¿Será del viejo?-preguntó Anders, señalando una carreta tirada por bueyes detenida a cierta distancia.

 

      -Sí-contestó Gröhelle; y pareció a punto de decir algo más, cuando una explosión de algarabía entre un grupo más cercano al mar despertó su curiosidad, y él y Anders fueron a ver qué ocurría.

 

      En el momento en que ambos llegaron al sitio de los hechos, Andrusier y el sordo de Gilbert salían del mar, desnudos hasta la cintura y empapados más o menos hasta la misma, trayendo un arcón de medianas dimensiones que habían encontrado flotando entre las olas. Un cierto número de espectadores, todos ellos de la dotación de Vindsborg, los aplaudían y vitoreaban.

 

      En cuanto el arcón llegó a tierra firme, varias cabezas se arracimaron en torno a él. Estaba resguardado por un cerrojo; sobre el mismo, grabada en la madera, había una inscripción en caracteres rúnicos, que Anders tradujo para los demás:

 

                                                    U R S U L A    

 

      -Ah, qué bien-aprobó Andrusier-. Si este cofre era de una hembra rica, estará lleno de joyas. 

 

      En seguida abrieron el cerrojo; pero pronto llegó la desilusión. El cofre contenía tres o cuatro vestidos enormes,  confeccionados en telas carísimas.  De haber correspondido  a una talla más normal, habrían podido venderlos en el barrio judío de Vallasköpping, pero la propietaria de aquellas prendas obviamente había sido una verdadera giganta.

 

      -Esa Ursula habrá sido alguna parienta rica de mi mujer- refunfuñó Lambert, a la vista del tamaño de aquellas prendas. 

 

      -Un momento... Aquí hay algo más-dijo Andrusier, hurgando debajo del último vestido que había en el cofre y extrayendo un cinturón metálico cuya hebilla en forma de calavera estaba hecha de oro-. Esto debió pertenecer a un guerrero... Algún  macho de la tal Ursula. Esto podríamos echarlo a suertes; es una lástima deshacernos de un objeto tan espléndido.

 

      -¡Imbécil!-exclamó Honney-. De ti me desharía, si alguien me pagara siquiera un céntimo por tu persona. Quiero coger, Andrusier, estoy harto de fregar todas las noches mi mascarón de proa. El cinturón o tu culo, Andrusier: elige lo que estés dispuesto a entregar.

 

      -¿Y para qué querría la puta ésa, la tal Erika, un cinturón como éste?-preguntó Andrusier-. Además, Honney, si fuera una buena hembra valdría la pena, pero parece Adler disfrazado de mujer. Y su concha debe ser un guiso podrido en el que deben faltar sólo los gusanos... Eso si es que faltan. Haremos negocio quedándonos con el cinturón.

 

      Anders sonrió. ¿Así que en Freyrstrand había una prostituta? No era una desolación tan completa como aparentaba, si hasta allí habían llegado los vicios del mundo civilizado...

 

     -Hay algo más aquí...-murmuró Gilbert, excepcionalmente en un volumen de voz normal, revolviendo en el fondo del arcón.

 

      Y alzó triunfante un collar de oro y un prendedor enjoyado.

 

      -Perfecto-dijo el potente vozarrón de Thorvald-. Ahora, entregadme todo eso.

 

      Honney lo miró, indignado y sorprendido.

 

      -¡Un momento, viejo!-exclamó-. ¡Estas cosas son nuestras en buena ley!

 

      -Lo serían, ciertamente-admitió Thorvald-, siempre y cuando no hubiera sobrevivientes del naufragio. Pero parece que  los hay.  

 

     -¿Por qué dices eso?-preguntó Gröhelle

 

      -Porque allí regresan Balduino y Ulvgang-replicó Thorvald, señalando hacia el mar-, y no vienen solos. Alguien los acompaña.

 

      Estas palabras desataron una furiosa andanada de juramentos y blasfemias en el pintoresco léxico de los Kveisunger

 

      -Mira, viejo, mejor no te metas. Deja que nos quedemos con las cosas que encontramos-sugirió Honney-, porque dices que serían nuestras si no hubiera sobrevivientes. Pues bien, en el peor de los casos, podemos asegurarnos personalmente de que no los haya.

 

      -Ten mucho cuidado con lo que dices, Honney-respondió Thorvald, sin inmutarse-. Deja tranquila a la gente respetable. Tres de tus compañeros han quedado de rehenes en Kvissensborg, y si no sabes controlarte, ellos pagarán las consecuencias, lo quiera yo o no. Y aunque más no fuera por Tarian, no lo querría.

 

      -¡Eres un puerco y un miserable!-rugió Honney, fuera de sí, con sus verdes pupilas destellando amenazadoramente-. ¿Por qué no decidimos esto como hombres y entre nosotros? 

 

      -También eso ocurriría, Honney . Claro que habría lucha entre nosotros, pero eso no tengo ni que decirlo. Lo otro es lo que conviene que tengas en cuenta. 

 

      -No entreguemos nada-propuso Andrusier a sus compinches, tan encolerizado como Honney. De tu gente respetable ya sabemos bastante, Thorvald. Son tan ladrones como nosotros, pero además hipócritas.

 

      -Es inútil. No tenemos más remedio que obedecer...-concluyó sombríamente Gröhelle-... Por ahora.

 

      Anders se sintió muy inquieto. Gröhelle parecía ser el que pensaba con más claridad en aquel grupo, pero se sometía muy renuentemente. Además, lo suyo parecía menos una capitulación que un cambio de táctica. Aunque por fuerza los Kveisunger debieran de momento controlar sus violentas naturalezas, el furioso intercambio de miradas entre ellos era mal indicio. Más tarde o más temprano, hallarían la forma de vengarse.   

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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