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12 enero 2010 2 12 /01 /enero /2010 19:46

      Ursula era de verdad una auténtica giganta: en Vindsborg, muy pocos alcanzaban una altura similar a la suya, y sólo Thorvald la superaba en el tamaño de los músculos y la anchura de hombros. Su semblante, de magnéticos ojos azules, rasgos enérgicos y melena áurea, resultaba demasiado duro para una mujer; parecía más propio de un muchacho apuesto. El conjunto de su persona se veía más viril que femenino, incluido ese andar de trancos largos y decididos que conservaba aun ahora, semiderrumbada por la pulmonía.

 

      -Nada de princesa-había dicho a Balduino cuando éste se dirigió a ella usando ese tratamiento-. Sólo Ursula.

 

      Y repitió esa aclaración a Karl cuando éste, tras improvisar para ella un camastro de paja, le habló llamándola por su elevado título nobiliario y no por su nombre.

 

      Mejor así, porque lo último que parecía Ursula era una princesa; un príncipe guerrero, tal vez, pero decididamente no una princesa. De hecho, al principio Balduino se sintió inclinado a no creer que lo fuera. Pero no encontró motivos válidos para explicar que estuviese asumiendo una identidad ajena y además, por rudos que fueran sus modales, sus ojos azules rebosaban altivez, franqueza y lealtad, y esa expresión acabó de disipar las dudas del pelirrojo.

 

      Se veía que Ursula estaba seriamente enferma, porque estornudaba y tosía casi sin parar. Había tenido que nadar hasta Eldersholme para salvar su vida, sin tener luego forma de secarse adecuadamente, aunque al menos encontró una cueva donde guarecerse. Pasar la noche mojada no le había sentado nada bien.

 

      Además, estando todavía en Eldersholme, unas aves marinas extraordinariamente abundantes y a las que Ulvgang llamaba caradrios observaron a Ursula con mucha atención, nerviosas casi. Al parecer, esto era preocupante.

 

      -Mala cosa-sentenció Ulvgang-. Los caradrios huelen la enfermedad como otras aves al gato que las acecha... Si se ponen así es que lo de Ursula, sin ser grave todavía, es muy serio, al menos... Si es pulmonía, más vale que volemos a Vindsborg para cuidarla debidamente.

 

      Balduino admiró el valor y el orgullo de Ursula quien, pese a sentirse realmente mal, se esforzaba en mantenerse erguida y majestuosa. Deseó poder llegar a conocerla mejor pero, por desgracia, las perspectivas en ese sentido eran muy inciertas.

 

      Fue a verla cuando ella ya estaba instalada en el camastro de paja, literalmente sepultada bajo una montaña de mantas.

 

      -Llama a quien mande aquí-jadeó ella entre los sacudones provocados por la tos.

 

      -Soy yo. ¿Qué necesitas?-preguntó Balduino con gentileza.

 

      -Hablo en serio. Llámalo, por favor.

 

      -Ursula, ¿a quién voy a llamar, si aquí el que manda soy yo?-replicó Balduino, impaciente-. Soy el comandante de Vindsborg. No será un  título muy glorioso, pero eso es lo que soy.

 

      Ella frunció el ceño y lo evaluó con la mirada. Tras este examen puso tal cara de asco que, más que cuidar de ella, Balduino de buena gana le hubiera dado el golpe de gracia.

 

     -Tienes que alertar de algún modo a Kaldern; allí no se sabe nada de esta invasión de Wurms-dijo Ursula-. Envíale de mi parte un mensaje a Svend Svendson; él se encargará de organizar la defensa.

 

      Balduino y Ulvgang le habían hablado de la guerra y de cómo Freyrstrande se preparaba para un eventual ataque de los Wurms. El pelirrojo se maravilló de que Ursula,  enferma como estaba, se tomara el asunto tan en serio, cuando tantos altos señores de Nerdelkrag lo creían una bufonada.

 

      -Haré lo que pueda. No es mucho lo que puedo prometerte-replicó-. Por el momento, Vindsborg está fuera del servicio de postas, pero tendré el asunto en mente. Tú ocúpate de ponerte bien.

 

      Otro acceso de tos hizo retemblar a Ursula.

 

      -Usando tus propias palabras... Haré lo que pueda-contestó.

 

      Balduino se volvió hacia Karl, quien se hallaba presente, tratando de terminar de poner cómoda a Ursula.

 

      -¿Donde está Hansi?-preguntó-. Dile que entre. No quiero que esté afuera, lejos de mi vista.

 

      -Hoy no ha venido, señor Cabellos de Fuego-contestó Karl-; y la verdad, nos tiene un poco preocupados...

 

      Balduino empalideció, temiendo que algo malo le hubiera sucedido al niño. Con su costumbre de andar solo por ahí, cualquier cosa podía ocurrirle.

 

      -Que Anders se ocupe de averiguar-ordenó.

 

      Karl asintió, y fue a transmitir la orden a Anders mientras Balduino, traspirando frío, se preguntaba si finalmente habría ocurrido lo que tanto venía temiendo, y si en ese momento grifos de las Gröhelnsklamer hundirían sus picos córneos en el cuerpo de Hansi para devorarlo. La horrible imagen lo estremeció.

 

      Se preguntó también cómo proceder en caso de que Ursula muriera. Decidió que, en el mejor de los casos, levantaría en memoria suya un túmulo inevitablemente humilde, poco acorde con su condición de princesa, y eso sería todo. Nada más estaba en condiciones de hacer. Kaldern estaba demasiado lejos y él tenía demasiadas preocupaciones para encargarse de avisar a los deudos o hacer que trasladaran el cadáver. Y como los kaldernianos eran gente muy rara según se decía, y la suerte negra de Balduino era única, podía perfectamente ocurrir que sus buenas intenciones fueran premiadas acusándolo de asesinar a Ursula, si daba a conocer la muerte de ésta. Por lo tanto, mejor mantener el asunto en secreto. Lógicamente, en Kaldern darían por muerta a Ursula cuando pasara el tiempo y no volviera, pero no tendrían forma de conocer su destino.

 

      De cualquier forma, lo de Ursula era lo de menos. Le caía bien de algún modo, pero no la conocía; lo de Hansi, en cambio, le resultaba estremecedor. En ello influía sin duda que se trataba de un niño que además, en cierta forma, estaba a su cargo. Y aunque le molestara admitirlo, la pérdida del niño, aunque éste no hiciera más que fastidiar, sería para él un dolor personal. Se estaba acostumbrando mucho al mocoso.

 

      -Muchacho, tenemos problemas en puerta-dijo a sus espaldas el atronador vozarrón de Thorvald-; y será mejor que hagas algo para que de allí no pasen.

 

      -¿Qué ocurre ahora?-preguntó Balduino, suspirando y volviéndose. Detrás de Thorvald tenían Adler y el gordo Snarki.

 

      -Los Kveisunger, ya sabes. Siguen... algo molestos.

 

      -¿Algo molestos? ¡Están en pie de guerra!-exclamó Adler.

 

      -Por esos objetos que ellos encontraron y Thorvald les retuvo-precisó Snarki.

 

      Balduino se volvió hacia Thorvald.

 

      -¿Y entonces?-preguntó-. Si tú provocaste el problema, resuélvelo.

 

      -Ah, pero yo actué en tu nombre; y si hice mal, es el momento de decirlo-replicó Thorvald, muy tranquilo y muy serio.

 

      -Devolvedles los objetos, señor Cabellos de Fuego, si en algo estimáis vuestra vida-gimió Snarki.

 

      -La verdad, señor Cabellos de Fuego, estáis en una situación por lo menos comprometida, no quisiera estar en vuestros zapatos-dijo Adler, con su semblante picado de viruelas ensombrecido por el temor-. Por el momento, a los demás no nos han forzado a tomar partido, y eso nos deja en libertad a Snarki y a mí para avisaros; pero llegado el caso, tendríamos que ponernos de su lado. Andrusier y Honney están diciendo a los demás que, puesto que Einar no os tiene simpatía, ellos pueden hacer lo que quieran con vos, sin perjuicio para Tarian, Hendryk ni Kehlensneiter.

 

      Balduino no respondió: eso ya se le había ocurrido a él también. Los tres Kveisunger de rehenes bien podían ser un simple subterfugio de Einar para cubrirse contra eventuales acusaciones.

 

      -¿Y Ulvgang? ¿Está con ellos?-preguntó.

 

      -Está, sí... Pero ahora que lo mencionáis, parece más moderado que el resto-contestó Adler-. Claro que Ulvgang, con mucha flema, podría destripar a alguien. Ya sabés, rara vez se exalta, pero es temible de todos modos.

 

      -Dadles lo que piden, señor Cabellos de Fuego-insistió Snarki en tono cada vez más plañidero.

 

      Pero para Balduino, esa sugerencia era la única inaceptable sin discusión. Si por temor cedía tan solo una vez a las exigencias de los Kveisunger, estaría animando a éstos a tratar de imponer su voluntad por la fuerza, y ya no lograría controlarlos.

 

       -Volved afuera vosotros dos-dijo a Snarki y Adler-. Por las dudas, mejor que no os vean conmigo; que interpreten que trato de reunir partidarios contra ellos, es algo que no me conviene ni a mí.

 

      Ellos no se hicieron rogar.

 

      -¿Y tú? ¿Vas a lavarte las manos en este asunto?-preguntó Balduino a Thorvald-. ¿Ni un consejo, ni una idea aportarás?

 

      El gigantesco anciano no se alteró en lo más mínimo por los acentos hostiles del pelirrojo.

 

      -No-declaró-. El comandante eres tú, después de todo, y tengo un gran interés por verte en acción dominando situaciones peliagudas.

 

      -Una orientación mínima, algo, ¡por favor, Thorvald!...-exclamó Balduino, en tono frustrado-. Ya no resisto más. Cuanto emprendo me sale al revés.

 

      -No, muchacho, arréglatelas-respondió Thorvald, terminante-. No es que no tenga ideas; las tengo, y varias. Pero son mis ideas, no las tuyas, y pueden fracasar tanto unas como otras. Y no las necesitas. Piensas con el cerebro, no con los puños... Y eres lo bastante hombre para no necesitar de otro a quien echarle la culpa de tus propios fracasos. En cuanto a eso de que no resistes más, eso es lo que tú crees. Te sorprendería descubrir cuánto más eres capaz de resistir. Siempre cree uno estar en el límite, y siempre soporta un poco más... Y quiero que descubras todo eso. Quiero que aprendas que no eres un ser lastimoso necesitado de una guarida en la que refugiarse, ni de otros a quienes usar como bastón y descartar cuando ya no sirven, sino un hombre que enfrenta las cosas erguido y con la cabeza en alto... Y a propósito: mírame cuando te hablo.

 

      Balduino, obediente, alzó la vista. Los temibles, helados y pétreos ojos azules del coloso, trituradores y avasallantes, lo miraban ceñudos y como deseosos de hacerlo pedazos. Era una mirada intimidante;, y ante ella, en otras ocasiones, Balduino se había visto achicado; pero en esta ocasión el efecto fue el contrario. Fue como si las implacables pupilas redujeran a polvo las flaquezas del pelirrojo en busca de algo más recio, que ahora su magnetismo y carisma lograsen sacar a flote.

 

      -Tienes razón-convino-. Iré a ver qué ocurre. Dando la cara ahora antes de que sigan conspirando a mis espaldas, quizás todavía domine la situación.

 

      La única, enorme mano del viejo se abatió sobre el hombro de Balduino, pesadamente.

 

      -Así se habla, muchacho. Y me tendrás contigo, suceda lo que suceda.

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Published by EKELEDUDU
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