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18 enero 2010 1 18 /01 /enero /2010 18:48

      En tanto Balduino lidiaba en Freyrstrande con contratiempos de diversa índole, los Wurms continuaban haciendo de las suyas en Andrusia Occidental. A veces fingían retirarse. Nadie confiaba ciegamente en que se dieran por vencidos tan pronto, pero muchos albergaban esa insensata esperanza; y les costaba mucho mantener la calma cuando veían reaparecer en el horizonte las siniestras siluetas, similares a drakkars, de los Jarlewurms, precedidas por las de los Thröllewurms, menos visibles. Estos últimos no preocupaban por el momento a los defensores, porque parecían mucho más fáciles de matar y no resultaban tan espectaculares como sus sanguinarios amos. Pero en noches sin luna eran difíciles de detectar cuando intentaban remontar los ríos; y por otra parte, según se verá después, en algunos momentos de la lucha se mostraron todavía más despiadados que los Jarlewurms, por lo que algunos llegaron a temerles más que a éstos.

 

      Norcrest y Ulvergard se afanaban día a día por mejorar sus condiciones defensivas. Entre otras medidas, se promulgaron bandos que obligaban a cada familia de las ciudades, villas y aldeas de tierra adentro a poner al mayor de los hijos varones, o en su defecto al padre de familia, a disposición del ejército. La mayoría de ellos eran adolescentes que sufrían lejos de sus hogares y tan próximos al frente de batalla. En general cumplían simplemente tareas de logística o servían como zapadores, pero trabajaban con sólo el mínimo descanso, e incluso cuando se les permitía cierto reposo, debían mantenerse tan cerca del combate como fuera posible sin que sus vidas corrieran riesgo ni estorbaran a los guerreros. La idea era que asimilaran, aunque más no fuera en teoría, estrategias, técnicas de combate y manejo de armas. En caso de que toda defensa fuera inútil en las ciudades atacadas por los Wurms, aquellos jóvenes tendrían que volverse guerreros y retornar a toda prisa a sus respectivas aldeas para llevar la noticia y organizar la resistencia o en su defecto la huída. Eran el Leitz Korp, el Ultimo Cuerpo, aquellos de quienes se pretendía que se erigieran en esperanza cuando ya no quedara ninguna.

 

      No era divertido para aquellos campesinitos hacerse a la idea de la enorme responsabilidad que, tal vez, podría asignarles la Desgracia; pero era imprescindible que la asimilaran. En Ramtala estaban nominalmente bajo las órdenes de Thorstein Eyjolvson, pero a él casi nunca lo veían. Sin embargo, a falta de tiempo para encargarse personalmente, Eyjolvson delegó el mando del Leitz Korp en guerreros jóvenes y comprensivos que entendían el miedo de aquellos adolescentes por padecerlo ellos mismos y, por lo tanto, les hablaban con calma y tratando de infundirles confianza.

 

      No tuvieron esa suerte los miembros del Leitz Korp de Drakenstadt. Estos se hallaban, en teoría, bajo las órdenes de un  guerrero de origen plebeyo al que más tarde, al término de la guerra, se concedió el honor de la Caballería. Hreithmar Hjalmarson, que tal era su nombre, tenía una talla gigantesca, que en su momento había llamado la atención del no menos gigantesco y ahora difunto príncipe Gudjon Olavson, quien lo hizo su compañero de juergas y elevado al tope de las milicias de extracción villana. Su rostro era horrible, de rasgos andrusianos, aunque había quienes aseguraban que por sus venas corría sangre de ogro; su cuerpo, en el que no era posible diferenciar el cuello, estaba deforme de tanta musculatura, la cual, para colmo, ni de lejos se hallaba trabajada en forma pareja. Poseía dosis inmensas de coraje y un temperamento extremadamente irascible que le valía el apodo de Dunnarswrad, Cólera del Trueno.

 

      En la práctica, Dunnarswrad no se dejó ver ante el Leitz Korp de Drakenstadt muchas veces más que Thorstein Eyjolvson ante el de Ramtala; pero cada una de esas escasas apariciones dejaba recuerdos imborrables y terroríficos en los desdichados y jóvenes campesinos. A gritos furibundos les describía sin pelos en la lengua las funestas consecuencias que podrían acarrear a Drakenstadt, Norcrest, el Reino y a ellos mismos sus propias torpezas, demoras e ineptitudes. Si alguien se movía mientras él estaba hablando, podía suceder que Dunnarswrad le arreara un puntapié como para que no se sentara en meses; pero esto era lo de menos. Lo terrible era tenerlo inclinado frente a uno como un gigante preparado para hacerlo añicos, bramando insultos y amenazas con las facciones descompuestas de furor en un rostro que iba pasando del carmesí al violáceo.

 

      -Y esto os lo digo de guerrero a guerrero-solía concluir, palabra más, palabra menos, cuando ya calmo se disponía a retirarse-. Os lo digo de compañero a compañero. Os lo digo porque os quiero bien y porque, si para manteneros a salvo debo hacerme odiar, eso es exactamente lo que haré.

 

      Y se retiraba tras entregar nuevamente el mando, igual que Thorstein Eyjolvson en Ramtala, a un subordinado suyo. Pero éste en casi nada se parecía a aquel que quedaba a cargo del Leitz Korp de Ramtala, salvo en el temor. Pero mientras el de Ramtala temía a los Wurms, el de Drakenstadt temía sólo a Dunnarswrad: su propio superior le resultaba más terrorífico que los gigantescos reptiles y, por lo tanto, no daba tregua ni cuartel a los muchachos a su cargo, a quienes sometía a muy exigentes pruebas físicas, si de momento no estaban ocupados en tareas necesarias, e instruía con mano dura, rigor y disciplina. El resultado práctico fue que Drakenstadt contó con el mejor Leitz Korp de aquella guerra, pero muchos de sus jóvenes integrantes se volvieron resentidos y sin humor, aunque al menos no temían al futuro, porque creían que ya nada podía ser peor que lo que estaban viviendo. Pero aunque Dunnarswrad, en la leyenda, llegó casi a convertirse en un temible monstruo de ésos con los que se amenaza a los niños para que se porten bien, parece que, a la larga, la mayoría de los chicos del Leitz Korp acabaron sintiéndose orgullosos de su terrorífico mentor, y muy unidos a él, de una forma en la que nadie entre la población no combatiente hubiera podido entenderlo.

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Published by EKELEDUDU
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