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13 enero 2010 3 13 /01 /enero /2010 19:55

      Los siete Kveisunger estaban congregados a cierta distancia de Vindsborg, tan próximos al mar que las olas llegaban a lamerles las suelas de las botas. Era evidente que no había acuerdo entre ellos, porque se gritaban unos a otros. Al ver a Balduino acercarse seguido por Thorvald y, más a lo lejos, por Karl, esos gritos fueron apagándose hasta convertirse en murmullos hasta que, paulatinamente, incluso éstos se acallaron, cediendo paso a un mutismo glacial y lúgubre. Aparte de los acostumbrados sonidos de viento y de mar, del graznido de las aves marinas  y de escandalosas fonaciones de la colonia de focas de Eldersholme, sólo otra cosa profanaba la quietud: un ruido como de frutos secos quebrándose, el cual provenía de los nudillos de Andrusier. Este, maquinalmente, hacía crujir una y otra vez sus nudillos. Fue obvio que no intentaba asustar, sino que realmente lo invadía una furia negra y deseaba golpear a alguien, porque en cuanto Balduino estuvo junto al grupo interrumpió el gesto, que sólo reanudó por momentos, mientras reflexionaba sobre lo que se iba hablando.

 

      El grupo en general se mostraba hosco y hasta siniestro, pero al menos dispuesto a oír lo que Balduino quisiera decirles; así que, por más que Adler los definiera como en pie de guerra, íntimamente la razón debía dictarles que les convenía más la mesa diplomática que el campo de batalla. Al fin y al cabo, su terreno no era del todo firme y esto debían saberlo al menos Ulvgang y Gröhelle, los más sensatos del grupo. Porque Einar, desde luego, no lamentaría que liquidaran a Balduino; pero eso no necesariamente significaba que luego los tres rehenes de Kvissensborg quedarían impunes. Al contrario, era buen pretexto para eliminarlos, y esto argüiría Balduino llegado el caso. Pero sólo en última instancia; le parecía chocante y contraproducente recordarles que toda su autoridad sobre ellos dependía de tres rehenes.

 

      -¿Qué ocurre aquí?-preguntó Balduino, en tono pacífico pero resuelto; y añadió, dirigiéndose sólo a Ulvgang esta vez:-. ¿Qué pasó con lo que conversamos ayer?

 

      -En lo que a mí respecta, ahí sigue-contestó Ulvgang, con aire sombrío. Comparado con algunos de sus hombres, él sólo parecía levemente malhumorado o disgustado, pero igual tétricos augurios revoloteaban en torno a su mirada-, pero luego de esto, no sé qué valor le das tú.

 

      -Por lo visto, muy poco en tu caso, si por comparación con ello un cinturón, un prendedor y un collar parecen el tesoro perdido de Sundeneschrackt-dijo Balduino.

 

      -Ningún tesoro, ¡el gesto es lo que roe el hígado!-aclaró Ulvgang, y la expresión de sus saltones ojos verdiazules valía por mil amenazas-. Aprovechas tu situación para abusar de tu poder. No te creíamos así. Estamos junto a ti porque así lo ha querido el destino, no por elección nuestra; y aun así, hasta aquí te hemos respetado. Trabajabas a la par de nosotros, hacías guardias junto a nosotros, comías la misma bazofia que comemos nosotros y odiabas a Einar tanto como nosotros. Eras más un compañero que otra cosa. Pero lo que haces ahora, entre compañeros no se hace. Que Thorvald haya incautado esos objetos es una cosa: está bajo tu mando y sólo por órdenes expresas tuyas puede permitirse ciertas acciones. Pero luego tú podrías haberle dicho que nos los devolviera; lo que por otra parte hubiera redundado en beneficio para ti también. Esos objetos, con tu autorización, iban a ser el pago para  la puta del pueblo: si ella los aceptaba, todos hubiéramos podido ir a revolverle un poco el caldero. Todos, tú inclusive, pues así se hace entre compañeros. Luego de un abordaje, lo primero es la paga para los que quedaron mutilados en combate. El resto se reparte entre partes iguales, ¿me oyes?: i-gua-les... Se lleva lo mismo el capitán que el grumete.

 

      -Bueno-dijo diplomáticamente Balduino-, aclaremos primero que nada sabía yo de este compañerismo que honra a los Kveisunger- e inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto. 

 

      Este reconocimiento de la nobleza y justicia en una costumbre pirata pareció relajar un poco a algunos  Kveisunger que hasta  ese momento continuaban mirando a Balduino como listos para asesinarlo en cualquier momento. Ulvgang, sin embargo, desconfiaba. Balduino podía ser joven, pero no por ello menos astuto; y aunque pareciera tan trasparente que su corazón ofrecía pocos secretos, la transparencia casa mal con la astucia.

 

      -Sin embargo, ni comparación con lo que ocurrió ahora-prosiguió el pelirrojo-, porque no se trata de que me haya llevado una parte superior a los demás, sino de que retengo objetos para devolvérselos a su legítima propietaria.

 

      -Pero ella no sabía que nosotros los teníamos, y sigue ignorándolo. Todavía puedes rectificar el rumbo-contestó Ulvgang-. Lo que tú has hecho es desleal, porque preferiste favorecer a una forastera antes que a nosotros, tus compañeros.

 

      -Además-terció Honney, mirando siniestramente a Balduino con sus escalofriantes pupilas de gato-, me gustaría saber con qué pautas os manejáis vosotros, los que os decís honrados, cuando de hacer justicia se trata. Se nos quitaron nuestros tesoros en el momento de ser apresados, pero no precisamente para ser devueltos a sus legítimos propietarios, ¿no? Se los quedaron Arn y sus secuaces... Y ahora que encontramos objetos en la playa, tampoco podemos quedarnos con lo que hallamos. Parece que si eres Kveisung la justicia siempre fallará en tu contra, hagas lo que hagas.

 

      -¡Justicia!-exclamó burlonamente Balduino-. Por favor, Honney, cuando hables de justicia piensa bien lo que dices. Ya he oído bastante de la supuesta justicia de Thorhavok, y hasta la probé en carne propia en Kvissensborg. No fueron jueces quienes fallaron contra vosotros, sino piratas más hábiles y menos escrupulosos. Piratas disfrazados de jueces todos ellos, desde el tal Arn hasta el último de sus corruptos cómplices, pasando por todos los que dejó apostados en Kvissensborg.

 

      ’Ahora, en lo que concierne a mí, no es porque vosotros seáis Kveisunger, sino porque yo soy Caballero. Habría procedido igual con Anders, con Hansi o con quien fuera-replicó Balduino-. Entre los Kveisunger, justicia y camaradería son cosas muy simples, porque conciernen sólo al grupo. Los demás son sólo vuestras víctimas, vuestras presas o incluso vuestros enemigos. Pero no estamos en Broddervarsholm, ni yo soy un Kveisung. Soy un Caballero; y para quien se precie de serlo, la justicia y la camaradería no siempre pueden ir de la mano. Manzanas podridas hay en todos lados. En las Kveisungersholmene serán los Pfadwater y los Bleitzinenauken y aquí son los Einar, los Arn y muchos otros. Y aunque sea legendaria la amistad que une a los Caballeros, personalmente la considero nefasta en parte. Porque los Caballeros tenemos deberes que los Kveisunger no tienen. Debemos proteger al inocente, a la viuda y al huérfano, tenemos que velar poque la justicia siempre se cumpla. Tampoco esto último es fácil, porque a veces cuesta discernir qué es justo y qué no lo es. La regla básica sería dar a cada uno lo que le corresponde. Ahora bien, también hay manzanas podridas entre los Caballeros; de lo que Arn es un buen ejemplo, aunque por suerte no milite en mi Orden. La suya, la de los Caballeros Custodios de la Doble Rosa, supo conocer días de gloria, pero hoy está en decadencia y ello debido en gran parte, creo, a que en ella se dio demasiada importancia al compañerismo, a la camaradería.

 

      ’La Orden de los Caballeros de la Doble Rosa nació junto con el Reino en el año 744, bajo el reinado de Valentiniano, con la consigna de defender a la justicia y al Rey. Ya en esto hay una gran contradicción, porque no siempre los reyes son justos. Cuando no lo eran, venía la inevitable elección entre defender a la justicia o al Rey. Muchos resolvieron ese dilema decidiendo, de modo simplista y estúpido, que cuanto viniera del Rey tenía que ser justo por tratarse del Rey y porque el poder real proviene de Dios. Otros optaron por hacerse Caballeros Andantes, lo que al menos les otorgaba cierta independencia. El Caballero Andante,como cualquier otro, debe acudir al llamado del Rey cuando éste lo requiera; pero nunca se sabe dónde encontrarlo, porque siempre está de un lado a otro, libre y vagaroso, reparando las injusticias que encuentra a su paso. Así que no es posible hacerle llegar un mensaje directo, y debe confiarse en que le llegue la convocatoria de manera indirecta, por ejemplo a través de una proclama. Pero en principio el honor de un Caballero jamás se pone en entredicho. Si él dice no haberse enterado, no se duda de su palabra, y eso le permite "ignorar", convenientemente, cualquier convocatoria tras la cual se escondan motivos mezquinos o injustos.

 

      ’En los primeros tiempos de la Orden, se suponía que el del Caballero era un camino de sacrificio. Debía anteponer los intereses de otros antes que los suyos, no desviarse nunca de la senda recta y ambicionar honor antes quue honores o recompensas materiales. Los Caballeros de aquella época no siempre eran de origen noble. Quienes sí lo eran, por supuesto, tenían dinero de sobra y se casaban para asegurarse descendencia. Los de origen villano por lo general no tenían casi nada más que lo puesto y no se casaban, un poco por carecer de medios con los cuales sostener económicamente una eventual familia y otro poco para consagrarse de lleno a su actividad. La Caballería era todo un honor, pero sus severas exigencias no tentaban a muchos; y sin embargo, muchos la llevaban en el alma.

 

      ’Eso fue hasta que se hizo hincapié en otros beneficios que reportaba el ser armado Caballero. Se habló de aventuras, de camaradería, de noches de taberna, mujeres y vino. Entonces aumentó el número de los aspirantes a Caballeros, tanto que tuvo que restringirse el ingreso a la Orden. La Caballería acabó siendo, de allí en más, privilegio exclusivo de la nobleza.

 

      ’Ahora bien, fueron numerosos los factores que atentaron contra la Orden. Los largos períodos de paz le fueron perjudiciales. Con la mejor intención del mundo, muchos reyes recompensaron los servicios de sus Caballeros concediéndoles tierras, lo que dio lugar a codicias y envidias y a querellas entre aquellos que hasta entonces se decían amigos y hermanos en las armas. Los impostores tampoco ayudaron. llevar armadura entrañaba un innegable prestigio y algunos beneficios como el de, si se era pobre, poder comer, beber y hospedarse en las posadas y tabernas sin pagar. En tanto fueron los paladines del Reino, los Caballeros gozaron de este agasajo que se les concedía de buen grado, no por ley sino por mera costumbre. A la misma no adhirieron todos los posaderos y taberneros, siempre hubo tacaños que cobraban a los Caballeros como a cualquier otro cliente, pero al principio eran pocos. Sin embargo, empezaron a abundar falsos Caballeros que no habían sido legítimamente armados, pero que querían hacerse notar, ser admirados por las mujeres y frecuentar gratis posadas y tabernas. Tanto proliferaron, que finalmente ningún Caballero era admitido si no podía pagar su comida, bebida y hospedaje. La medida perjudicó sobre todo a los más idealistas, los Andantes.

 

      ’Tampoco ayudó que se prohibiera el ingreso en la Orden a los villanos. Los nobles terminaron más interesados en defender sus posesiones que en cumplir con su deber y mantener en alto el honor de la Caballería. Es cierto que en determinado momento, también los plebeyos, antes de que se les prohibiera ser caballeros, ingresaban en la orden más por la fortuna que esperaban amasar que por sustentar elevados ideales. No obstante, de éstos se acordaban todavía algunos,  sobre todo los Andantes, y los hubieran defendido hasta su último aliento; y éstos, siguiendo el ejemplo de Andrés de Glaituria, el primer Caballero, a veces adoptaban huérfanos, por lo general de baja cuna, a quienes inculcaban sus mismos valores al tiempo que les brindaban protección. Estos hijos adoptivos de los Andantes compartían la vida dura de sus protectores y heredaban sus principios. La prohibición de ingreso a los villanos fue, entonces, otro duro golpe contra los ideales caballerescos.

 

      ’Pero en medio de todo esto, que sin duda no será de vuestro interés, la camaradería fue otro factor que atentó contra la Orden; tal vez incluso el principal. Porque, ya lo dije antes, manzanas podridas hay también entre los Caballeros, y en cierto momento abundaron en la Orden de la Doble Rosa. Extirpándolas, tal vez la decadencia de la Orden hubiera podido frenarse. Pero estaba el compañerismo, que en muchas ocasiones pasó a ser complicidad. Caballeros que en otras circunstancias hubieran sido decentes, cobardemente encubrían o apoyaban desmanes y villanías de otros Caballeros porque éstos eran sus camaradas, y creían que delatarlos hubiese sido traicionarlos. Pero habría sido traicionar a traidores, a traidores a los ideales caballerescos. El auténtico Caballero merece camaradas mejores y si no, la soledad.

 

      Balduino hizo una pausa, y sacó de su bolsillo el trozo de ambar hallado entre la arena. Se lo arrojó a Ulvgang, quien lo atrapó al vuelo.

 

      -Deseo ser camarada vuestro, pero no a cualquier precio-dijo-. Yo soy un Caballero, vosotros sois Kveisunger. En Broddervarsholm seríamos camaradas bajo vuestras reglas, aquí lo seremos según las mías, o no seremos camaradas, sencillamente. Aparte de mis armas y mi armadura, ese trozo de ámbar es todo cuanto poseo en lo material; ni el oro que llevo conmigo me pertenece. Quedaos, pues, con ese fragmento, y dadle el destino que os venga en gana. Pero el cinturón, el collar y el prendedor le pertenecen a Ursula, a menos que no sobreviva a la pulmonía, en cuyo caso volverán a vuestras manos, como corresponde. Pero de sospechar que su muerte no fuera natural, me encargaré de que el culpable lo lamente, o moriré yo mismo en el intento de vengarla.  Pues esto es lo que me dictan mi sentido de la justicia y mi honor de Caballero. Decidid entonces. Podemos ser camaradas de acuerdo a estas reglas, o no serlo y luchar entre nosotros.

 

      Andrusier seguía con cara de mal humor, pero hasta él miraba con cierto asombro y respeto a aquel joven que con tanta vehemencia y coraje defendía aquello en lo que creía.  En cuanto a Thorvald, había en sus duros ojos azules un brillo orgulloso, como si el que así había hablado fuera su hijo.

 

      Sólo Ulvgang sonreía burlonamente, atento a aquella invisible romana en uno de cuyos platillos estaba la astucia de Balduino mientras en el otro se hallaba la transparencia o sinceridad de éste. Parecía haber decidido hacia qué lado se inclinaba el fiel.

 

      -Discurso muy acorde con lo que ayer me contaste de ti-observó, y Balduino quedó helado-. Dinos tus órdenes del día, señor Cabellos de Fuego-añadió, ya con más deferencia.

 

       -Ve con Andrusier en el bote y busca otros probables sobrevivientes del naufragio del Valhöll. Luego volved a Eldersholme y completad lo que ayer dejamos pendiente, la matanza de focas. Lambert, ve adentro y cuida de Ursula tan bien como puedas. Los demás seguiremos con la empalizada.

 

      Nada en el rostro ni en la voz de Balduino traicionaba la enorme confusión que lo embargaba por dentro. Evidentemente, Ulvgang no dudaba de la sinceridad del reciente y largo discurso del pelirrojo, dado que ahora volvía a someterse a su autoridad sin la menor protesta.

 

      El que no sabía qué pensar de sí mismo era el propio Balduino. Este había creído notar que al ingresar en la Orden del Viento Negro pretendía amasar una inmensa fortuna, gobernar un poderoso feudo y ganar renombre a lo largo y a lo ancho del Reino. A todos les decía eso; incluso a Ursula.

 

      Y ahora, turbado, descubría que las palabras idealistas y no obstante sinceras con las que se había dirigido a los Kveisunger entraban en rotunda contradicción con esas fidelidades tan prosaicas que, según él, había perseguido siempre. prefirió decirse a sí mismo que Freyrstrand lo había cambiado mucho; que al fracasar en su objetivo de toda la vida no tenía más remedio que conformarse con esta segunda meta menos materialista. Balduino prefería continuar siendo un misterio hasta para él mismo.

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Published by EKELEDUDU
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