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3 mayo 2010 1 03 /05 /mayo /2010 17:45

      Había ocurrido cuando Balduino tenía dieciséis años y recién acababan de promoverlo a bachiller. Y estaba bajo sospecha, aunque él ni lo imaginara, de espiar para los enemigos de la por entonces clandestina Orden del Viento Negro: la seguridad con que había deducido, acertadamente, que el señor Benjamin Ben Jakob, a quien servía, era El Justo de los relatos del Monte Desolación, lo hacía acreedor a dichas sospechas. En realidad Balduino, para sus adentros, había vacilado al exponer su conclusión, y durante años no tendría certeza absoluta de haber dado en el clavo, aunque -tal vez para desorientarlo un poco- le aseguraran que sí; pero no fue ésa la impresión que dio. 

 

      La Orden del Viento Negro dependía por ese entonces del secrfeto y el anonimato para sobrevivir, y Balduino acababa de demostrar, inadvertidamente, que ambas cosas eran en extremo precarias y que hasta un mocoso de dieciséis años podía ponerlas en jaque. Su sagacidad despertaba preocupación y admiración a la vez. Ahora era imprescindible asegurarse de que tal sagacidad estuviera al servicio de la orden, y no contra ella.

 

      Así que, para comenzar, le habían asignado a un criado que en realidad, tendría secretamente la misión de espiarlo: un muchachito de doce años y ojos verdes. Pero tal vez eso no fuera suficiente.

 

      Un día, en uno de los tantos campamentos secretos y temporales de la Orden, Balduino fue llemado a la presencia del señor Ben Jakob.

 

      -La Orden, más que nunca, está en peligro, y su subsistencia depende de que un mensaje llegue a manos correctas-dijo el hombre de facciones semitas y rostro reflexivo-. francamente, preferiría que otro se ocupara de este asunto, pero todos los Caballeros bajo mi mando son necesarios aquí en este momento; tú sigues en el orden de mis preferencias. ¿Que qué dice el mensaje?... Eso no es asunto tuyo, no debes leer su contenido ni hacer preguntas o desviarte de las instrucciones. Ahora bien, yo, en tu lugar, quizás desconfiaría de este encargo. Es prudente hacerlo en casos así. Yo podría estar mintiéndote, y el mensaje tal vez ayude a la ejecución de actos egoístas o ruines. Te digo todo esto porque se te podría ocurrir lo mismo a ti más adelante, de modo que mejor piensa en ello ahora. O confías ciegamente en la Orden, aceptas la misión y te ciñes estrictamente a estas instrucciones, o desconfías y mandamos a otro, sin que tu negativa te acarree consecuencias nefastas.

 

      ¿De verdad en ese momento la Orden corría tanto peligro como quería hacerle creer el señor Ben Jakob?... Luego de más  de cuatro años, Balduino creía que no, pero en aquel entonces ni se le ocurrió que todo el asunto tal vez fuera apenas una impostura para probar su lealtad; que tal vez el mensaje tuviera información falsa destinada a tender una emboscada al enemigo, si Balduino traicionara a la Orden y entregase el mensaje a manos hostiles.

 

      No meditó mucho antes de aceptar. Quizás toda la reflexión del mundo sería inútil para garantizarle que la Orden no estaba involucrada en asuntos sucios; pero si no podía confiar en el señor ben Jakob, no podía confiar en nadie. Era una leyenda viviente y, para Balduino, todo un orgullo el que alguien como él le confiara una misión importante.

 

      -Yo llevaré el mensaje-dijo, y en su semblante adolescente alboreaban ya la petulancia y el desdén hacia el resto de los mortales que lo  acompañarían durante los siguientes cuatro años.

 

       -Me alegra oír eso, porque deberás viajar de noche y a través del bosque por territorios plagados de lobos, y tu experiencia anterior en este tipo de situaciones te será útil-contestó Benjamin Ben Jakob-. Irás a caballo, de otro modo no llegarías a tiempo, pero por eso mismo no debes dejarte ver: llamarías la atención y te harían preguntas.

 

       Balduino empalideció al enterarse de que reviviría la horrible experiencia por la que había pasado tres años antes, pero no se echó atrás por ello, aunque la idea de hacerlo se le cruzó fugazmente por la cabeza. Con sorprendente madurez comprendió que, si quería ser Caballero algún día, tarde o temprano tendría que enfrentar aquel temor y superarlo; y eligió que fuera temprano, porque pretendía ser armado lo antes posible... Pero nada de ello hacía que tuviera menos miedo.

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3 mayo 2010 1 03 /05 /mayo /2010 17:41

       Balduino dejó atrás el matorral y regresó al bosque, adonde había visto adentrarse a Gudrun. Temió que su aturdimiento le impidiera rastrearla adecuadamente, pero dio con ella en breve tiempo; no estaba tan lejos. En su mano izquierda sostenía un manojo de distintas hierbas, pero la diestra era libre de esgrimir la temible honda, de ser necesario.

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡os dije que os quedarais quieto!-exclamó ella, con el disgusto de una enfermera ante un paciente rebelde.

 

      -No podía dejarte sola en el bosque-contestó Balduino.

 

       -Sé defenderme de las fieras-alegó innecesariamente Gudrun.

 

      -Me consta...-gruñó Balduino-. Y es por las fieras que me preocupo. Ven. Te enseñaré cómo pedir a los lobos que no te ataquen.

 

        Gudrun torció el gesto y alzó los ojos hacia el Cielo, como pidiendo al Señor paciencia para soportar ese tipo de comentarios absurdos. ¡Todavía la tiene con eso de parlamentar con los lobos!, pensó. Probablemente la pedrada lo había dejado medio loco.

 

       -Muy bien, vamos-refunfuñó. No tenía sentido protestar, porque se veía que él era bastante obstinado. Contra los lobos, ella confiaba más en su honda que en cualquier pedido de clemencia, fuera en el idioma que fuere; pero mejor que lo intentara, así luego la dejara en paz-. Pero rápido. Tengo que seguir cuidando de mis ovejas.

 

      -Entiendo eso, pero los lobos tienen el mismo derecho a la vida que nosotros y, por consiguiente, debemos tratar de arreglar nuestras diferencias con ellos pacíficamente, mientras sea posible. Luego puedes enseñarle a Kurt y a Heidi; yo se lo enseñaré a Hansi, y de a poco todos los demás irán aprendiendo de ellos.

 

        Gudrun asintió y acompañó a Balduino a buscar a Svartwulk, ya que los dominios de los lobos estaban muy bosque adentro y tardarían mucho yendo a pie.

 

      -Entre más os conozco, más extraño me parecéis, señor Cabellos de Fuego-confesó ella, ya en la grupa-. otro en vuestro lugar exterminaría a todos los lobos de la región para darse aires de valiente, y vos queréis protegerlos, como haceís también con los grifos. Tal vez améis demasiado a los animales.

 

      Balduino vaciló un instante antes de responder. Encontraba algo impúdico exhibir una debilidad ante una mujer dura como Gudrun; no obstante, dijo por fin:

 

      -Hubo un tiempo en que los lobos no gozaban de mis simpatías. Eso fue cuando erraba por los bosques tras abandonar mi hogar, a los trece años. No es que mi estado anímico por entonces fuera el mejor, pero aun así anhelaba vida y felicidad, aunque soy consciente de ello sólo ahora que realmente poseo ambas cosas. Así que pasé muchas noches en vela, temblando en la oscuridad, mientras escuchaba en las lejanías el aullar lóbrego de los lobos. Me parecía que en cualquier momento saltarían sobre mí para devorarme, y además, como me sentía muy triste, ese ulular melancólico me hacía mal. No sé cómo, pero logré sobrevivir hasta que me hallaron los Caballeros del Viento Negro, a quienes precisamente quería encontrar; pero el temor y el odio hacia los lobos me duraron tres años, hasta que... Lo siento, te estoy aburriendo.

 

      -No lo haceís, señor-dijo Gudrun-. Al contrario. Como ya os dije antes, me parecéis muy extraño... Y me gustaría saber qué os hizo así.

 

      -Entonces te contaré todo. 

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3 mayo 2010 1 03 /05 /mayo /2010 17:10

      Hasta donde entendía Balduino, Thorvald era hombre de palabra, que jamás dejaba incumplidas sus promesas; de modo que, a fin de no terminar incrustado de cabeza en el arenal tras llegar allí propulsado por un puntapié del viejo, el pelirrojo ensilló a Svartwulk y cabalgó al paso hasta las inmediaciones de las dehesas contiguas al Duppelnalv, en el punto donde el bosque cedía paso al matorral antes de convertirse en meras pasturas. Todo estaba ya cubierto por una ligera capa de nieve, pero eso no era problema para las ovejas de Gudrun, que se valían de sus pezuñas para desenterrar su alimento. Balduino distinguió desde la distancia tanto al rebaño como a su pastora, pero no se animó a acercarse inmediatamente; su timidez y la seguridad de que ella lo rechazaba se lo impidieron. En vez de eso, desmontó y dejó a Svartwulk un tanto atrás, y caminó agazapado, oculto por arbustos y pastos altos. Miraba a Gudrun desde lejos y sentía que su pulso se aceleraba; y se soñaba abrazándola con fuerza y besándola con pasión. Pero a la hora de intentar algo concreto, todo su cuerpo parecía invadido por una inexplicable parálisis.

 

      Tal su estado cuando oyó en su entorno gruñidos amenazadores. Giró su cabeza y vio que se hallaba rodeado por un grupo de lobos. No tuvo miedo. No traía más arma que el puñal de mango de armas que le habían obsequiado los Kveisunger meses atrás, y que de poco serviría contra diez bestias como ésas que ahora lo rodeaban; pero ni de aquella defensa necesitaba. Tiempo atrás, un enigmático individuo, identificado por Balduino como un licántropo, le había enseñado el lenguaje aullado de los lobos. Nunca había tenido ocasión de ponerlo en práctica, pero ésta era buena ocasión para empezar.

 

      Se puso en cuclillas, echó la cabeza hacia atrás y aulló como se le había enseñado en caso de ataque de lobos. La manada, desconcertada, escuchó con atención. Aquel ser no era de los suyos, pero conocía su idioma; por lo tanto, parecía importante oírlo. Los lobos irguieron las orejas, ladearon las cabezas, algunos se miraron entre sí y gañitaron. Balduino continuó aullando. Pronto los lobos estaban coreándolo.

 

      Para desgracia de Balduino, no eran las fieras las únicas que lo oían. Gudrun permanecía siempre alerta ante cualquier depredador que amenazara su rebaño. Le bastó escuchar aquellos aullidos para cargar su honda y avanzar decidida hacia el punto de donde provenían. Sabía que los lobos estaban todavía lejos de la majada, pero ella tampoco estaba dispuesta a dejarlos aproximarse más.

 

      En medio de su desgracia tuvo Balduino la suerte de que un arbusto amortiguara el impacto de la piedra, la cual, de todos modos, siguió viaje hasta su cráneo. El pelirrojo perdió el sentido y cayó al suelo mientras los lobos, asustados, huían hacia la espesura. Cuando recobró la conciencia, lo primero que vio fue el rostro asustado de Gudrun inclinado sobre él.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, ¡gracias al Cielo!-suspiró la joven-. Supongo que os salvé de esos lobos, pero no sé si no fue peor el remedio que la enfermedad.

 

      -Yo sí-gimió Balduino con rotunda sinceridad, sintiendo su cabeza próxima a partirse-. Esos lobos no me estaban atacando, sólo parlamentaba con ellos.

 

       Gudrun no estaba segura de cuántas tonterías y de qué magnitud podían decirse luego de recibir una pedrada en la cabeza, pero en su opinión, se hallaba próxima a descubrirlo, y la respuesta podía ser a la vez asombrosa y desalentadora.

 

      -Claro-convino. A un delirante no vale la pena contradecirlo, ni aun si asegura haber visto chanchos voladores-. No os mováis de aquí. Kurt fue a buscar ayuda; Vindsborg está a buena distancia de aquí, pero él corre rápido.

 

       -Pero si mi caballo está cerca de aquí...-protestó Balduino.

 

      -Sí, pero no permitió que nos acercáramos a él.

 

      -¡Qué novedad!... Lo que trato de decir es que estoy en condiciones de ir a Vindsborg yo mismo.

 

      -Sí, sí, sí. Y de parlamentar con lobos, y de enseñar etiqueta a los jabalíes y quién sabe cuántas cosas más, seguramente-se mofó Gudrun-. Igual os será más saludable quedaros aquí mientras busco unas hierbas que os alivien. Tenéis un feo golpe en la cabeza, señor Cabellos de Fuego.

 

       -No me imagino por qué-gruñó él, indignado por las ironías de Gudrun; pero ella ya se alejaba, y aún no había regresado, que ya Balduino intentaba ponerse en pie.

 

      Todo a su alrededor se mecía como en la peor de las borracheras, y un poco más arriba de la nuca le dolía hasta lo indecible. Se llevó la mano hasta ese punto y descubrió con desagrado que la sangre se le había pegoteado a los cabellos. Además, y esto le agradó menos todavía, en ese punto de la sesera parecía haber un agujero no menor que el cráter del volcán de Eldersholme. Pero aturdido y todo, se mantenía en pie perfectamente.

 

      Por lo visto había permanecido inconsciente mucho tiempo, ya que casi enseguida escuchó un ruido de cascos. Eran Anders y Kurt que venían a lomos de Slav. Kurt había sido bastante dramático en su relato, pintando a Balduino casi como un moribundo. Al ver a éste, si no en estado óptimo, al menos mucho mejor de lo que había imaginado, Anders suspiró de alivio y comentó con sorna:

 

      -Pobre piedra, ésa que impactó contra tan duro cráneo...

 

       -Qué golpe, amigo-dijo Kurt, desmontando y menando la cabeza-. Mejor te acuestas y te quedas quieto.

 

      -Hermosa idea, pero mejor me pongo en movimiento antes de dejarme tentar por ella-respondió Balduino-. Tengo quehacer.

 

      -No, no, no-protestó Anders; y entre él y Kurt  lo forzaron a acostarse de nuevo, lo que no les cosató mucho, ya que era difícil resistirse a la tentación, doliéndole a Balduino la cabeza como le dolía-. Cualquier cosa que tengas que hacer, puedes posponerla o encargársela a otros. Esta pedrada te viene que ni pintada.

 

      -¿Eh?-exclamó Balduino, no muy seguro de haber oído bien-. Por Dios, Anders, siento que se me parte la cabeza y, según tú, es lo mejor que podría pasarme. ¿Se puede saber por qué?

 

      -Como te darás cuenta, Gudrun se siente culpable de lo ocurrido...

 

      -Sólo un poquito. En realidad, cree haberme salvado de morir devorado por lobos.

 

       -...y a las mujeres les encanta cuidar de hombres fuertes que han sido heridos. Las pone románticas y mimosas...

 

      -Pues ésas serán las mismas que en las justas sonríen como pescados cuando el Caballero vencedor les acerca la lanza con la sortija en la punta... ¡Y pensar que Arn me recomendó participar en ese tipo de deportes!

 

      -Balduino, eres más prosaico que un ladrillo-gruñó Anders; y añadió, entusiasta:-. Por supuesto, lo ideal hubiese sido que Gudrun te hiriera en el pecho. Así tendrías una excusa para desnudarte de la cintura para arriba y ella tendría ocasión de admirar tu físico. Que no, hombre-puso una mano sobre el pecho de Balduino, quien intentaba de nuevo ponerse de pie, y lo obligó de esa manera a permanecer acostado-. Mira que eres porfiado. ¡Que te quedes así, te digo!

 

      -Anders, por Dios...

 

        -¿Has notado lo mucho que invocas al Todopoderoso, teniendo en cuenta que no crees en El?

 

      -¿Y has notado que ello por lo general ocurre cuando estoy hablando contigo?-observó sarcásticamente Balduino-. No pierdo la esperanza de que sí haya un Dios allá arriba y que, aunque no crea en El, me conceda fuerzas para no gritar de espanto y desesperación luego de oírte hablar de ciertas cosas o, mejor aún, me privilegie en esas ocasiones con una sordera temporal.

 

       -¡Muchas gracias!-exclamó Anders-. Con amigos como éstos...

 

       -No te ofendas, por favor, que no es ésa mi intención-contestó Balduino amablemente, retirando de encima de su pecho la mano de Anders e incorporándose acto seguiido-; pero en primer lugar, y aun cuando tuvieras razón en eso de que a las mujeres les gusta cuidar de hombres heridos y qué sé yo, el problema es que me siento estúpido y ridículo haciendo por padecimientos físicos, cualesquiera sean éstos, más alaraca de la debida...

 

      -No sé, amigo, esa herida se ve bastante fea-intervino Kurt.

 

      -El hombre, el varón, se ve mejor de pie y listo para la lucha que en cama y magnificando heridas al estilo de un niño que reclama atención especial. Sobre todo-y aquí el pelirrojo puso cara y acentos de ironía-si te llamas Balduino de Rabenland y en tu niñez solías fingirte enfermo para llamar la atención de tus padres, sin que a éstos les importase un bledo... Ahora me voy. Iré a buscar a Gudrun; no es conveniente que ande sola por el bosque.

 

      -No me hagas reír. Eres tú quien necesita protección contra Gudrun y su honda, no ella contra las fieras-se burló Anders-. Mira nada más cómo te dejó la cabeza. Otro encuentro con esa mujer  y ya se encargará ella de magnificar tu herida merced a otra pedrada.

 

       -Eso si me deja vivo-bromeó Balduino, aunque no sonrió por su propia chanza; le dolía demasiado la cabeza para ello.

 

      Tampoco Kurt sonreía. Tal vez, en aquel momento, Balduino bordeaba una escalofriante, estremecedora revelación, la clásica nota de horror que, igual que un condimento a una vianda, termina se saborizar la historia de todo pueblo pequeño. En sus escritos, Hansi Friedrikson omitiría mencionar el hecho, sepultándolo bajo demasiados testigos falsos. Pero casi diez siglos y medio más tarde, un hallazgo arqueológico y un análisis de ADN sacarían aquel asunto a la luz, despojándolo para siempre del aura siniestra que a veces envuelve a lo secreto.

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2 mayo 2010 7 02 /05 /mayo /2010 23:14

      Privado de su Fuego de Lobo, Adam iba a volverse un tipo cada vez más amargo, por razones que nunca se comprendieron del todo, aunque muchos trataron de adivinarlas y alguno quizás haya acertado. Si era porque, como se decía, había traicionado a la poderosa Hermandad y creía que en cualquier momento ésta daría con él y se vengaría asesinándolo bárbaramente, Balduino no entendía que no buscara el apoyo del resto del grupo. Era verdad que se decía que La Hermandad era invencible y no era menos cierto que ni siquiera Ulvgang  y sus Kveisunger creían ser rivales para ella ni estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por Adam; pero esta última renuencia seguramente habría desaparecido si el larguirucho hubiese sido un buen compañero. A un camarada se lo apoyaba a muerte, pero nadie estaba dispuesto a jugarse por Adam, excepto el propio Balduino, quien no recibía por ello gratitud alguna de aquel.

 

      A veces Adam gruñía entre dientes algo acerca de una vida de fracasos. Tampoco esto justificaba que fuera tan resentido. Casi todos los convictos de Vindsborg, en el fondo, sentían que el balance de sus vidas arrojaba números negativos, pero seguían luchando para revertir eso. Adam no. Para él, la vida no era sino un gran cúmulo de mierda; y desde esa perspectiva, nada había en ella que valiera la pena.

 

      Más progresos se lograron con Tarian. El siguiente domingo, como lo había prometido, Balduino decidió obligarlo a salir de su abulia, para Balduino también inexplicable, pero que en la actualidad se atribuye a una especie de lavado de cerebro, producto de años de maltrato en Kvissensborg. A una tortura sicológica especialmente cruel haría vagas referencias años más tarde el propio Tarian en Mei Heim ("Mi Hogar"), una obra tan extraña como él mismo cuya autoría se le atribuye y que hasta el día de hoy es motivo de controversias. No obstante, otras fuentes citan la tortura en cuestión, particularmente relatos posteriores de Hendryk Jurgenson y, en menor medida, de Kehlensneiter. Aparentemente los carceleros de Tarian habían dicho a éste que Ulvgang y el resto de los Kveisunger asignados a Vindsborg lo habían olvidado y abandonado a su suerte, porque era malo. Y él terminó persuadido de ello, porque le habían mostrado imágenes de diablos portando tridentes, instrumento del que él se había valido en otro tiempo  como arma y cuya imagen tenía tatuada en uno de sus bíceps. Todo esto lo convenció de ser un demonio y de hallarse en el Infierno, castigado por su maldad. Fue en ese período que enflaqueció de manera alarmante y comenzó a orinarse y defecarse encima; y sin la oportuna intervención de Balduino, casi seguramente se hubiera dejado morir.

 

      Esto es lo que hoy sabemos, o creemos saber. Por desgracia, en aquel tiempo Tarian no había escrito aún su libro ni sabía siquiera escribir, no podía expresarse oralmente porque se le había cortado la lengua y no se había hablado con testigos oculares de aquel período, por lo que la apatía del muchacho resultaba incomprensible y exasperante para los demás. Aunque a veces comía con voracidad, en otras ocasiones, precisamente cuando más alicaído se veía, no probaba bocado, lo que podía prolongarse durante días. Al parecer, cuando ello sucedía era síntoma de que cuestionaba su propio derecho a existir.

 

       Ahora bien, Balduino precisaba de los servicios de Tarian en Kvissensborg; para qué, no quería aclararlo, pero este silencio suyo, como se verá, inquietó a los Kveisunger, quienes más tarde hicieron al respecto averiguaciones por su cuenta.  De cualquier manera, ese domingo el pelirrojo había planeado precisamente ir con Tarian a Kvissensborg. El problema era persuadirlo siquiera de que se moviese. los esfuerzos conjuntos de Balduino, Anders, Hansi y Ulvgang fueron, el principio, inútiles. El último de los nombrados se debatía entre el furor indignado y una angustia sin nombre pues, aunque le parecía increíble y bochornoso que su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre, se abandonara a semejante postración, era evidente que Tarian le recordaba demasiado a Margyzer, su misterioso amor de las profundidades oceánicas; y en consecuencia, vacilaba entre hartarlo a patadas o abrazarlo protectoramente.

 

      Balduino mismo quería evitar el uso de la fuerza contra Tarian, pues demasiado ya había padecido éste en prisión; y no obstante, al final pareció que no quedaría otro remedio. Pero entonces Hansi tuvo una inspiración. Sin decir nada fue por una cubeta y la llenó de agua de mar, y volvió con ella junto a Tarian, quien por primera vez en mucho tiempo pareció reaccionar positivamente ante un estímulo que no fuera el de las necesidades básicas: el olor del agua salada.

 

      -Mocoso, no sé cómo se te ocurrió, pero ¡eres un genio!-exclamó Balduino, radiante, al ver a Tarian estirando el cuello hacia el balde. Qué desconocidos mecanismos se ponían en marcha en el cerebro del atormentado joven, imposible saberlo, pero una cosa era indudable: en ese momento se estaban pulverizando insospechadas cadenas interiores-. Retrocede, dificúltale un  poco las cosas.

 

      Hansi, obediente, caminó hasta la puerta en el preciso instante en que una anhelante diestra se dirigía hacia el agua de la cubeta. Tarian protestó gruñendo y persiguió a Hansi en cuatro patas, como un animal; era la primera vez que se movía por voluntad propia del rincón donde permanecía postrado. Hansi llegó al patio y bajó los primeros peldaños de la escalinata con sumo cuidado, siempre cargando con la cubeta. Siguiéndolo, Tarian traspasó la puerta y, encandilado, protegió sus ojos de la mezquina luz del más bien tétrico día.

 

      -Hay que cubrirlo con algo. Ese chico va perdiendo los harapos a cada paso que da-observó Balduino, buscando con los ojos alguna manta olvidada.

 

      -Hmmm... Por eso no te procupes, señor cabellos de Fuego-dijo Ulvgang-. Tarian nunca pareció muy sensible al frío durante el año que navegó con nosotros, y creo que se vestía sólo porque nos veía vestidos a nosotros.

 

      -Pues yo me congelo sólo de verlo a él-terció Anders.

 

       Tarian, aferrado al muro de piedra que bordeaba la escalinata, había pasado primero a una postura semierecta y luego a otra totalmente erguida. Parecía ser cierto que las bajas temperaturas no le afectaban; el viento daba de lleno contra su pecho lampiño, pero no le hacía mella.

 

      -Dios le da pan al que no tiene dientes-gruñó Anders-. Con esa cosa que tiene entre las piernas y pudiendo respirar bajo el agua, yo ya habría arponeado a la mitad de las sirenas del océano.

 

      -No digo que no hayas seducido a muchas, Anders, pero todavía te quedan unas cuantas mujeres para cortejar aquí, en la superficie; de modo que deja en paz a las de las profundidades-contestó Balduino.

 

      La verdad era que a él otra cosa muy distinta le daba envidia en Tarian, y era que éste, pese a su larguísima cabellera dorada, no tenía un solo piojo. Alguien había comentado que tal vez se debiera a su sangre de pez. Pensando en ello, Balduino sentía ahora recrudecer la picazón en su propio cuero cabelludo. Rápidamente hundió el pulgar y el índice entre sus cabellos y mató a uno de aquellos execrables chupasangres pero, por desgracia, no era una baja importante en los populosos rebaños de parásitos capilares que llevaba a cuestas.

 

      -Sí... Bueno... Ya se sabe que mejor pájaro en mano...-dijo Anders, sonriendo feliz y soñador, pensando en Lyngheid, a quien había visto secretamente varias veces desde la noche del motín de Kvissensborg.

 

      -De todos modos, supongo que ya podrá Tarian recuperar el tiempo perdido-dijo Balduino.

 

      -Podrías tú hacer otro tanto-sugirió Anders con picardía-. Ni El Toro Bramador de Vultalia se te rindió con las ganas que tiene Gudrun.

 

      -Lo disimula muy bien.

 

      -Balduino, por Dios, escucha a un experto: Gudrun está que se muere porque la tomes en brazos y le partas la boca de un  beso y le hagas el amor. Coquetea un poco y se hace la difícil por deporte, eso es todo.

 

      -Pues que se vaya a coquetear y hacerse la difícil con otro, que esas cosas no van conmigo-gruñó Balduino, de mal humor-. Además, hay cosas que hacer aquí. De sobra sabes que los Wurms llevan bastante tiempo sin dejarse ver por Drakenstadt, Ramtala y las otras ciudades que estaban atacando. Lo que significa que podrían estar dirigiéndose hacia otro objetivo.

 

      Miró a Tarian, quien a lo lejos observaba en derredor suyo como sin entender; como si recién, tras una larga y espantosa pesadilla, despertara de nuevo al mundo real. Tras descender la escalinata, caminaba por la arena, atrayendo las miradas a su alrededor. Algunos de los Kveisunger se le acercaban de uno en uno.

 

      -Déjate de pretextos, Balduino, que te conozco-dijo Anders, en el momento en que se oían pasos ascendiendo la escalinata-. le tienes miedo a Gudrun, ¡a una mujer!... ¿Tú? ¡Increíble! Tus queridos Wurms no se dejan ver por Drakenstadt ni por Ramtala, ¡pero tampoco aquí ni en ningún otro sitio, si vamos al caso! Nada indica que se nos estén acercando. Y aunque así fuera, ¡no creo que por tomarte un día libre o privarte de él vayas a condenar o salvar a Freyrstrande! Ve con ella, Balduino, en serio. Cuando descubras qué hermoso es estar junto a una mujer, cuerpo a cuerpo con ella, me darás las gracias.

 

       -¡Ja!-exclamó la sarcástica voz de Lambert, a espaldas de Anders. este se volvió y vio al viejo subiendo los últimos peldaños de la escalera, seguido de Thorvald-. Eso mismo me dijeron una vez a mí. Fueron casi veinte años de una gratitud que ni te imaginas. Y cuerpo a cuerpo eran los combates que libré contra mi esposa en defensa propia-e hizo uno de sus involuntarios guiños de ojo violáceo, para luego desaparecer en el interior de Vindsborg, riendo burlonamente.

 

       -Ah, no le hagas caso a ese viejo chocho y amargo-gruñó Anders-. ¿No tengo razón?-preguntó, volviéndose hacia Thorvald en busca de apoyo.

 

      -Digamos, Balduino, que tienes dos opciones-masculló severamente el gigantesco anciano-: o vas a buscar a Gudrun y vuelves habiéndola conquistado o desechado de tu mente, o...-dejó la frase en suspenso, rodeó con su enorme brazo los hombros de Balduino y lo atrajo hacia sí, como para contarle un secreto-...o te arrojo a la playa de cabeza desde aquí mismo; porque todos los enamorados tienen cara de idiota, es cierto, pero la tuya supera todo los conocido en la materia. Es una cara de idiota trágico, y sumamente absurda, pues no hay tal tragedia. Es una cara de idiota que no estoy dispuesto a soportar, porque me aburre e irrita. Tú decides. Quién sabe, si te catapulto con la suficiente fuerza y en la dirección correcta, tal vez llegues igual hasta Gudrun; pero, creéme, te verás más garboso montado sobre Svartwulk.

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2 mayo 2010 7 02 /05 /mayo /2010 21:13

      Poco después de la visita de Gabriel, Ulvgang terminó hartándose d e la postración de Tarian; y una mañana, antes del inicio de labores, todos lo vieron arremeter furiosamente contra él.

 

      -¡Te vistes ya mismo!-rugió-. ¡No serás una piltrafa humana como este otro!

 

      Este otro era Adam, quien la noche anterior había vuelto a burlar la vigilancia impuesta por Balduino y se hallaba bajo los efectos tóxicos del Fuego de Lobo. Por consiguiente, el larguirucho, embotados sus sentidos, festejó las palabras de Ulvgang con las risotadas de hiena que tan propias le eran hallándose en ese estado.

 

      Tarian no se amedrentó en lo más mínimo ante la furia de su padre, y volvió a tenderse en el suelo, dejándose caer prácticamente en cuanto Ulvgang lo soltó.

 

       -Pero, ¿qué rayos haré contigo?-rugió Ulvgang, exasperado.

 

       -¡Dejadlo en paz!-intervino a gritos la vieja Herminia.

 

       Por cómo la miraba Ulvgang, se lo notaba tentado de asesinarla. Thorvald, con mucha paciencia, se la llevó aparte para explicarle que nadie quería hacer mal a Tarian, sino todo lo contrario.

 

      -Espera hasta el domingo y entonces yo me haré cargo-aseguró Balduino a Ulvgang; y éste, no viendo otra opción, manifestó su acuerdo con uno o dos gruñidos.

 

      La verdad, no sabía el pelirrojo quién lo sacaba más de quicio, si Tarian o Adam. Ese día hubo que exceptuar a este último de trabajar, ya que se lo veía hecho un guiñapo; pero, ¿por qué tenerle tantas contemplaciones? Era justo que se ganara su pan como lo hacían todos los otros. Si por tratárselo con indulgencia a él los demás empezaban a fingirse enfermos para gozar también de trato preferencial, Balduino no tendría derecho a indignarse.

 

      Ese día el pelirrojo trató con frialdad a Adam, pero no le hizo el menor regaño, como si ya se hubiese dado por vencido. Dos noches más tarde, cosa previsible, su impunidad animó a Adam a reincidir. Se levantó cuando creyó que todos estaban dormidos y, una vez más, fue a intoxicarse con Fuego de Lobo sin darse cuenta de que, esta vez, Balduino lo seguía con intención de descubrir de dónde obtenía el polvo estupefaciente. Resultó ser que Adam lo tenía escondido en una cuevita oculta por una piedra, cercana a otra, mucho más grande, en la que los pescadores guardaban por lo general la pesca del día ya conservada en sal. Una y otra estaban enclavadas en las adyacencias rocosas del malecón y el torreón. No era difícil deducir que el propio Adam debía haber ocultado allí la reserva de la prohibida sustancia en la época en que se encargaba de comercializarla y, tal vez, hallándose a punto de ser capturado; en efecto, Balduino tenía entendido que lo habían atrapado en Freyrstrande, lugar con escasas posibilidades de salida del mortal producto pero en el que, por eso mismo, nadie esperaría encontrar reservas semejantes.

 

      Algunas horas después regresaba Adam a Vindsborg, tambaleante, con la mirada vidriosa y sonriendo estúpidamente como era de rigor en él tras aspirar Fuego de Lobo. Entonces Balduino, quien había regresado mucho antes, fue despertado por Gröhelle, quien estaba de guardia y había recibido instrucciones del pelirrojo al respecto. Balduino salió de nuevo de Vindsborg y no dijo a dónde iba, pero Gröhelle lo imaginó. En cambio Adam, en su embotamiento, no malició nada; y su rabia no tuvo límites cuando la noche siguiente halló incineradas sus queridas reservas.

 

       Regresó a Vindsborg hecho una furia como no volvería a vérselo nunca más. En ese momento todos dormían, excepto Snarki y Adler, de guardia en el torreón y al pie de la escalinata respectivamente, y Balduino, quien aguardaba sentado en la única silla. Adam irrumpió en Vindsborg impetuoso como el más violento de los vendavales, abriendo la puerta tan bruscamente que despertó a la mitad de los durmientes. Snarki, desde luego, ni se mosqueó.

 

       -Fuiste tú-espetó a Balduino.

 

      -Por supuesto que fui yo, ¿qué esperabas?-confirmó tranquilamente el pelirrojo.

 

      -¿Por qué? ¿Por qué mierda?-rugió Adam.

 

      -¡Adam, cállate, duerme y deja dormir!-tronó Thorvald, malhumorado, alzando la cabeza.

 

      -¡Cállate tú, si quieres, que lo que es yo, recién empiezo!-gritó Adam, cuya iracundia iba amoratándole el rostro; y se volvió de nuevo hacia Balduino-. ¿Qué derecho tenías?

  

      -¿Puede saberse qué mierda pasa?-preguntó Hundi, que había despertado el último.

 

      -¡Este desgraciado bastardo destruyó mis reservas de Fuego de Lobo, eso pasa!-vociferó Adam, fuera de sí.

 

      -Si no bajas la voz ya mismo, te abro al medio y te amordazo con tus propias vísceras-gruñó Ulvgang.

 

      -Sí, creo que es suficiente, Adam. Hablaremos mañana-suspiró Balduino, poniéndose de pie.

 

      -Mañana no, ¡ahora mismo! ¡Yo...!-exclamó Adam; y antes de que pudiera continuar, Balduino le dirigió un directo al mentón. Nada muy impresionante; pero enclenque como era Adam, quedó de inmediato fuera de combate, cayendo al suelo cual largo era, inconsciente.

 

      -Muy bien, señor Cabellos de Fuego, era exactamente lo que yo me disponía a hacer-aprobó Ursula, acomodándose para dormir de nuevo.

 

      -Ya sé. Te adiviné la intención y por eso me adelanté. Al menos conmigo quedó entero-contestó Balduino, tendiéndose también para dormir.

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29 abril 2010 4 29 /04 /abril /2010 20:14

      Salvo ese día, y durante aquella visita de Gabriel, Balduino no tuvo con él otro diálogo tan largo como ése. Tal era el laconismo del Leproso que, de haberse tratado de otro, el pelirrojo habría pensado que no se hallaba a gusto en Vindsborg. Sin embargo, sin mirar a nadie en especial ni decir palabra, Gabriel a menudo sonreía de manera tanto más misteriosa cuanto que no parecía mediar causa alguna para ello. Viéndolo, Balduino sonreía también por contagio, y se preguntaba en qué pensaría en esas ocasiones. Desde luego, por aquellos días Gabriel le parecía tan inescrutable como Tarian, con la diferencia de que a éste, con el tiempo, llegaría a conocerlo mejor, mientras que Gabriel siempre iba a conservar, a sus ojos, buena parte de su aura enigmática.

 

      Ya no sentía Balduino curiosidad con conocer el verdadero rostro tras aquellos vendajes: Gabriel había dejado bastante en claro que, precisamente, su rostro auténtico era el que tenía las vendas puestas. Era la mentalidad del joven Leproso lo que hubiera deseado desentrañar. Tal vez lo hizo sin darse cuenta, tal vez llegó a captar lo esencial: que Gabriel no le pedía mucho a la vida, porque le bastaba con estar vivo. Y quizás eso resumiera todo, porque Balduino pensó mucho en ello; y luego de un tiempo, la misma extraña y humana sonrisa que había notado en Gabriel fue visible también en su propio semblante. Era una sonrisa maravillosa y difícil de describir, que inspiraba amor e invitaba a acercarse; y cuando dos años después muchos se acercaron, de hecho, a la sonrisa de Balduino, que parecía capaz de mitigar un poco todas las penas y horrores de la Guerra, indirectamente quedaron en deuda con Gabriel de Caudix, que sin proponérselo moldeó esa expresión en los labios del pelirrojo con el propio ejemplo

 

      Durante aquella visita de Gabriel tuvo lugar otro hecho que involucró a Ursula y del que Hansi Friedrikson se enteraría cabalmente recién diez años más tarde: él sería una de las tres personas a las que Balduino relataría lo ocurrido entonces.Todo comenzó con una fuerte, violenta nevada; la primera de muchas que anticiparían los rigores invernales de Freyrstrande, ya que las neviscas caídas hasta entonces no contaban.

 

      Balduino suspendió los trabajos del día, un tanto malhumorado, comprendiendo que era mejor perder una jornada que un hombre. justificó su decisión alegando, con cierto fundamento, que tenía poca gente bajo su mando, y no podía arriesgarse a perderla exponiéndola innecesariamente.  Cuando se le dijo, también con lógica, que ahora podía disponer también de los hombres de Kvissensborg, él replicó que éstos no estarían eternamente bajo su autoridad, sino que en algún momento volverían a depender de Einar; cuándo, imposible saberlo, por más que él diera largas al asunto. Este argumento, no obstante, era un tanto endeble, como muchos se dieron cuenta: sabían que, en caso de ser necesario, Balduino se esforzaría por mantener bajo su mando a la dotación de kvissensborg y casi seguramente lo lograría. El verdadero motivo era que estaba tomándole mucho afecto a su grupo de presidiarios, y no quería perder a ninguno; si bien ni a sí mismo se lo confesó.

 

       Ursula se puso muy gruñona al enterarse de que ese día no se trabajaría, porque no le gustaba la inactividad y comenzaba a aburrirse de cocinar. Balduino trató de convencerla de que un día más o menos no sería nada, pero ella era muy terca y, sabiendo que en eso el pelirrojo no se quedaba muy en zaga, no intentó hacerlo variar de opinión; pero en cambio se marchó por su cuenta de cacería. No se le pudo impedir; al fin  y al cabo era una princesa, aunque a veces costara tanto recordarlo. De ese manera recuperó Varg su dominio sobre la cocina y preparó el almuerzo y la cena de ese día, lo que luego dio lugar a muchos chistes acerca de la rápida partida de Gabriel al alba siguiente, aunque el leproso ya se había quedado veinticuatro horas más de lo previsto y tenía cierto apuro por volver con sus compañeros.

 

      Poco después de mediodía dejó de nevar. La temperatura había descendido mucho, y hubo que abrigarse bien al salir afuera. La nieve blanqueaba el paisaje, y Balduino temió primero por Gudrun, pensando (como efectivamente sucedía) que tal vez hubiera ido a pastorear a sus ovejas pese a la inclemencia climática. Fue hasta las dehesas aledañas y, desde la distancia, se cercioró de que tanto ella como Kurt y Heidi, la novia de éste, se hallaran bien. Ya estaba bastante avanzada la tarde cuando regresó a Vindsborg y se enteró de que Ursula aún no había vuelto, por lo que empezó a preocuparse también por ella. La joven había partido muy temprano y jamás demoraba tanto; por lo que el pelirrojo decidió salir a buscarla montado sobre Svartwulk. Anders y gabriel se ofrecieron a ayudarlo, aprovechando sus propias monturas. Se convino que quien la hallase primero regresaría a Vindsborg y avisaría al guardia del torreón para que diese con el cuerno una señal que se acordó allí mismo, y acto seguido los tres partieron.

 

      La nevada, como es lógico, había borrado las huellas de la joven, dificultando la búsqueda. De poco valían a Balduino, Anders y Gabriel sus habilidades de rastreadores en tales circunstancias, y sólo podíoan cabalgar cada uno por su lado llamando a gritos a Ursula y examinar en busca de alguna pista reciente.

 

      Después de la fuerte borrasca, los cielos se habían abierto en parte, de modo que el sol bordaba sus negros atavíos con hebras doradas y carmesíes, y la delirante melancolía cromática del firmamento se reflejaba en la nieve, por lo que cada abra del bosque parecía bañada en sangre, aunque la espesura se veía amenazante y oscura. Donde los reayosimpactaban de lleno se levantaban columnas de vapor que se desvanecían en la nada cuando rafagas de un viento frío y todavía constante fustigaban la zona.

 

       Puede pensarse que Balduino, bajo el influjo del extraño paisaje, imaginó lo que no era, o bien que diez años más tarde, cuando narrara la historia, retocase un poco los años, si no lo hizo luego el propio Hansi. De cualquier manera se dice que, en cierto punto del bosque, Svartwulk se negó, por primera y única vez, a seguir el rumbo impuesto por su amo, y enfiló por su cuenta en otra dirección. Balduino se enfadó con el animal y lo aguijoneó suavemente con las espuelas, itrando al mismo tiempo de las riendas para obligarlo a desviarse; pero Svartwulk no hizo caso y, como guiado por la mano del Destino, continuó avanzando en la dirección escogida por él. Que, increíblemente, llevó a Balduino hasta un claro donde halló a Ursula y donde el caballo se detuvo por propia voluntad.

 

      Superado por el prodigio, el pelirrojo miró alternativamente a Ursula, quien se hallaba de rodillas y no reparó en la presencia del jinete, y a Svartwulk. Al comprender que jamás sabría exactamente lo ocurrido, se sintió un poco frustrado, y lamentó no poder prestar su voz al animal para que éste le explicase si un instinto natural o sólo la casualidad lo había guiado hasta allí. Tras desmontar, lo premió con unas cuantas palmaditas afectuosas en el cuello. Svartwulk relinchó y lo olisqueó, llenándole de baba el hombro.

 

      -Ursula...-llamó Balduino con suavidad. Todavía estaba demasiado aturdido por el incidente con Svartwulk y le costaba entender nada más. Contra sus primeros temores, había visto primero sólo que Ursula estaba viva e ilesa. Ahora captaba además que, de todos modos, algo no andaba bien. la joven giganta se encontraba de rodillas frente a una loba muerta, y cuando alzó el rostro, mirando sin ver, sus ojos húmedos y enrojecidos delataron que había llorado mucho por algún motivo. Esto descolocó al pelirrojo, quien hasta ese momento no hubiera creído a ursula capaz de llorar, pues la suponía tan dura como Thorvald o Ulvgang.

 

      Balduino echó un vistazo a la loba muerta y comprendió todo, aunque su asombro de descubrir a Ursula tan inesperadamente vulnerable no disminuyó un ápice.

      -Ven, Ursula-dijo Balduino, ofreciéndole su mano; y Ursula tomó aquella mano, se incorporó y, ya de pie, se estremeció y rompió a llorar de nuevo, cubriéndose el rostro con sus palmas. Balduino la abrazó, en la medida en que le era posible abarcar entre sus brazos la corpulenta mole de la gigantesca joven, y ésta hundió su rostro en el hombro del pelirrojo y siguió desahogándose.

 

      La loba muerta estaba preñada. ursula sin duda no se había dado cuenta de ello al disparar la flecha; por otra parte, la temporada de cría ya había quedado atrás, y nadie imaginaba una preñez fuera  de época. De cualquier modo, Ursula había quebrantado uno de los más antiguos y sagrados tabúes de los cazadores: el de no dar muerte a una bestia preñada sin permitir primero que de su vientre saliera la nueva vida, a menos que fuera en defensa propia. Era difícil explicar por qué la involuntaria trasgresión la trastornaba tanto. Nunca había parecido muy emocional. Pero allí estaba, por fin aparentando lo que en verdad era pese a su apariencia colosal, hombruna y poderosa: una jovencita de dieciocho años, también ella con un costado sensible.

 

      -Tengo que regresar, Ursula, para avisar que te he encontrado y que estás bien-dijo Balduino, después de un rato-. Luego regresaré. La loba ya está muerta y, por lo tanto, mejor aprovechemos la piel. De despellejarla me encargaré yo. Y daremos un destino especial a esta piel, de modo que algo bueno salga de todo esto; y te prometo que, cuando la veas, ya no te dolerá tanto.

 

      Y así lo hizo; y al óir dos breves toques de cuerno seguidos de otro más prolongado, Anders y Gabriel, cada uno por su lado, volvieron a Vindsborg. Pero Balduino y Ursula regresaron mucho más tarde, cuando ya todos estaban acostados; y ni entonces ni en los días siguientes dijeron una palabra acerca de lo ocurrido. Se respetó el silencio de ambos, pero todos se dieron cuenta de que se habían perdido de algo importante, porque el trato de Ursula hacia Balduino cambió mucho de allí en adelante. Hasta entonces, ella había encontrado un tanto absurdo que alguien como Balduino, de respetable talla pero de ningún modo un coloso, ocupara un puesto de mando. En lo sucesivo, sin  embargo, no olvidaría que, en un momento de flaqueza, había obtenido apoyo y consuelo de alguien que bien hubiera podido tomarla en solfa para desquitarse de que antes ella hubiera hecho otro tanto con él.

 

      La preñez fuera de época de la loba muerta por Ursula no sería un caso único. Se sabe, en efecto, de al menos otro animal que tuvo cría a fines de diciembre de ese año o principios de enero del siguiente. Imposible precisar si fueron dos casos aislados o si algo, tal vez alguna inusualidad climática, alteró ese año las temporadas de celo en las especies, ya que no se dispone de suficiente información al respecto. El propio Hansi Friedrikson, pensando en esos dos casos, expresaría su desconcierto al respecto al comentarlos en las Freyrstrandeskroniks. Leemos también en éstas que, en los días siguientes al de la muerte de la loba -suceso del que por supuesto él ignoraba la verdadera historia cuando tuvo lugar- a menudo se asombró al descubrir que Ursula lo miraba con una sonrisa en la que se mezclaban el afecto y la melancolía por partes iguales, como dos sabores disímiles confluyen en lo agridulce. Hasta su regreso a Kaldern, ocurrido al año siguiente, Ursula muchas veces siguió mirando así a Hansi, lo que no podía menos que sorprender a éste, porque nunca antes ella se había mostrado cariñosa con él. Pero cuando más de una década más tarde Hansi desempolvó una ajada y apolillada piel de lobo que Balduino le había regalado y que él guardaba en un arcón como una reliquia después de concluida la vida útil de la misma, Balduino quebrantó su silencio y contó la historia que había tras la piel en cuestión. Aparte de al  propio Hansi, sólo se la refirió a Gudrun Heimriksdutter y a Tarian Morv Mwyalch.

 

      Hoy también nosotros la conocemos. La Historia, debido al papel que Ursula jugaría más tarde, involuntariamente, en los sucesos que desembocaron en ala Guerra Civil, la ha juzgado con excesiva dureza, llamándola mala madre y mujer fría y dura. Pero las pequeñas historias probablemente arrojen imágenes más fidedignas del carácter de las personas que la mera crónica histórica. ursula de ningún modo fue una persona insensible, por más que tal sea la imagen que su nefasto matrimonio haya legado a la posteridad. En otras circunstancias, su imagen seguramente nos sería más favorable; y no obstante contamos ahora, para endulzarla al menos un poco, con la anécdota de aquella cazadora que por un tiempo vivió en Freyrstrande con Balduino Cabellos de Fuego y sus Lemmings cuando éstos aún no se llamaban a sí mismos así, sino que eran simplemente la dotación de Vindsborg; la historia de una mujer que lloró por unos lobeznos que ya nunca podrían nacer y halló consuelo en la certeza de que, lo que a ella le parecía un crimen, hallaría redención aportando un granito de arena para un niño sobreviviera al frío y creciera hasta hacerse adulto.

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29 abril 2010 4 29 /04 /abril /2010 18:38

       -Déjame en paz; tengo que seguir trabajando.

 

      Habéis vuelto a ser la bruja de siempre, pensó Balduino, apartándose de la silla adonde estaba sentada Herminia. Bien, mejor así... Supongo. Buscó con la mirada a Gabriel, quien se hallaba inclinado junto a Tarian. Los dos se observaban mutuamente, ambos igualmente misteriosos e insondables, tan silencioso uno como el otro.

 

      Más tarde, cuando se hallaban trabajando en la segunda empalizada y acababan de afirmar allí unposte, Gabriel comentó:

 

      -Dices que parece que Tarian no puede respirar bajo el agua, como te han hecho creer. El puede tener otros motivos para no regresar al mar. Tú y yo morimos por saber qué esconde el océano, pero si él nadió allí, para él no se ningún secreto; de modo que no debe tener el atractivo del misterio. Tal vez en el mar estaría solo por rechazarlo o haberse extinguido la raza de la que desciende por parte de su madre.

 

      -¿Y por qué habrían de rechazarlo?-preguntó Balduino.

 

       -No sé. Tal ver por tener piernas en vez de cola de pez. Hay circunstancias que lo aíslan a uno. Cuando es así, te sientes más solo que si no tuvieras a nadie alrededor. Recién ahora lo pienso, pero marginar no es difícil. Creo que nada malo hay en Tarian, pero me resulta extraño, y por eso para mí su pueblo es el de los tritones y las sirenas. Pero tal vez entre éstos sean extrañas las piernas de Tarian. Tal vez ellos consideren que el pueblo al que Tarian pertenece somos nosotros. En ese caso, él sería extraño para todos y se sentiría extraño entre todos; pero tal vez se sienta menos raro con nosotros. Quizás por eso no regresa al mar.

 

      -Los tritones y las sirenas efectivamente están desapareciendo, según dice Ulvgang; pero se te ocurrió una posibilidad distinta, quizás porque se parece a una historia muy cercana a ti-dijo Balduino; y añadió, sin poder contenerse:-. La tuya, de hecho.

 

       -¿Qué quieres decir?

 

      -Tú no tienes lepra, aunque pretendas lo contrario. Puede que te persuadas a ti mismo de que la tienes porque, por ejemplo, de verdad parecías temer que Herminia se contagiase. Pero cuando ella se echó a llorar con desesperación creyendo que tu destino era morir de lepra, noté que luchabas contigo mismo. Creo que estuviste a punto de decirle que en realidad estás sano, pero lograste contenerte y decirle algo parecido, pero no idéntico.

 

      Gabriel no contestó. Se miró los pulgares descubiertos, sin duda intuyendo que ellos lo habían delatado.

 

      -No puedo culparte por ser tan enigmático-prosiguió Balduino-. Ya sé que las reglas de Caudix te obligan al silencio en muchos asuntos. Sin embargo, a veces es difícil estar con alguien así. Es inevitable preguntarse, por ejemplo, hasta qué punto eressincero acerca de Wjoland.

 

       -Bastante-repuso Gabriel-. Temo su cercanía porque podría enamorarme de ella; eso fue lo que no te dije. Lo hago ahora. pero eso no quita lo otro: de verdad Wjoland se lastima a menudo y nos preocupa la posibilidad de que sufra un daño grave y no podamos ayudarla. Dime, Balduino: ¿me tratarías diferente si yo realmente tuviera lepra?

 

      -No lo sé. Creo que no. Tus compañeros sí están enfermos. Tú me has visto tratarlos; quizás sepas responder a tu pregunta mejor que yo. Pero sospecho que nunca lo sabremos, porque tal vez tú mismo tendrías otro carácter si realmente tuvieras la enfermedad.

 

       -De acuerdo. te contaré lo que, tal vez, me es lícito contarte sin traicionar nuestra regla de silencio y secreto. Dices que no tengo lepra. Esto es cierto ahora, pero parecí una de las formas más dolorosas de la enfermedad, aunque al mismo tiempo una de las más curables. Otras no causan dolor, incluso insensibilizan contra él, pero por lo general ésas concluyen con la muerte.

 

      ’Cuando el médico de mi aldea me diagnosticó lepra, tenía yo trece años, edad funesta si las hay. El mío era el único caso conocido en varias leguas a la redonda, e inspiró pánico. Se me ofrecieron dos opciones, una de las cuales fue ir a vivir solo en una vivienda construida especialmente en un sitio desierto donde todos los días se me dejaría algo de comer y de beber. La otra era tratar de llegar por mi cuenta a Caudix, el Castillo de los Príncipes leprosos; pero se me advirtió que quedaba muy lejos y que era dudoso que lo consiguiese. La verdad, no quedaba tan lejos, aunque sí teniendo en cuenta el concepto de las dimensiones que podíamos tener simples aldeanos como nosotros. Opté por Caudix porque allí al menos estaría en contacto con otros de mi clase y llegaría, tal vez, a gozar de cierto respeto. El viaje demoró un año. Sería largo detallarte el viaje...

 

      -Imagino cómo fue-lo interrumpió Balduino-, porque también yo tuve que abandonar mi hogar a esa misma edad. Sé el desamparo y la incertidumbre que se siente. Sólo que en tu caso duró más.

 

       -Sí... Desamparo, incertidumbre, soledad... Muchas cosas. ninguna de ellas agradable. Estuve un año viajando porque iba a pie, estaba enfermo y no conocía el camino. Fue más rápido a la vuelta, porque los Príncipes Leprosos me proveyeron de una montura.

 

      -¿En cuánto tiempo te curaste?

 

      -También más o menos en un año. Pensé en quedarme en Caudix una vez curado, pero el Consejo de los Grandes, al enterarse de que lo hacía sólo por creer que era mi obligación, me ordenó abandonar el Castillo. Y volví a mi aldea.

 

       -Pero luego tú mismo llegaste a ser uno de los Príncipes Leprosos. ¿Cómo...?

 

      -Era una tontería pensar que todo sería como antes. Cuando se te diagnostica lepra, por lo general te mantienen aislado hasta que te consiguen un sitio donde vivir o hasta que te marchas hacia Caudix según tu decisión. En cualquiera de los dos casos, cuando abandonas la ciudad o la aldea en mi caso, se te recitan una serie de prohibiciones. Tienes permitido respirar, pero no creas que mucho más, y el deber de hacer sonar las castañuelas para avisar de tu proximidad. Fue realmente tonto de mi parte tratar de olvidar que mi gente me había expulsado de la aldea por considerarme impuro, fue tonto suponer que me hallaría a gusto entre la gente sana. La mayoría de sus problemas me parecían bobadas; la cobardía con que muchos los encaraban me resultaba irritante. Creo que hay cosas que te marcan para toda la vida; la lepra es una de ellas incluso cuando, como en mi caso, te curas. Yo no sabía, en el momento de partir hacia Caudix, que mi lepra era curable. Suponía que no llegaría vivo a los treinta años. Mi curación, para mí, fue un  milagro. Las pequeñas fruslerías de la vida cotidiana no me afectaban como a los otros. Por otra parte, no en todos lados me dieron una cordial bienvenida. Una vez que se te diagnostica lepra, para muchos serás leproso aun cuando te cures, y huirán despavoridos de tu presencia. Otros trataban de convencerme de asumir una postura egoísta y, tal vez, cobarde. Una y otra vez volvía con mis pensamientos hacia Caudix, hacia quienes me habían recibido cuando todos los demás me rechazaban. Me decía a mí mismo que mi partida había sido como volverles la espalda, pero mis antiguos conocidos me instaban a no pensar así. Decían que yo estaba sano y los Leprosos enfermos, y que debía buscar la compañía de gente normal. Cuando oía esas cosas y otras parecidas sentía extraños a quienes me hablaban así, por queridos que me hubieran sido en otro tiempo. En suma, mi corazón seguía perteneciendo a Caudix. Mi lugar estaba allí.

 

      -¿Y te aceptaron?

 

       -Sí, porque esta vez deseaba quedarme por elección, y no por sentir que debía hacerlo. me dijeron que es raro que alguien que sane regrese pero que a veces, como en mi caso, sucede. me siento Leproso, Balduino. No soy ni deseo ser otra cosa. Los que no estaban dispuestos a aceptarme cuando la lepra carcomía mi rostro jamás me tendrán de otra forma. Merezco mejores compañías.

 

      Gabriel calló y quedó pensativo, perdido en quién sabía qué lejanas remembranzas. Balduino y él no habían seguido trabajando luego de apuntalar el poste que estaban colocando al inicio de la conversación, y ya iba el pelirrojo a sugerir que continuaran con la labor, cuando vio que la mirada del joven Leproso se había posado en un punto del firmamento sobre el mar.

 

      Allí un solitario grifo surcaba los aires a buena altura para los de su especie, majestuoso y grácil. No estaba claro que Gabriel contemplase al animal o estuviera, tal vez, admirando los sorprendentes y tenebrosos contrastes de las nubes, de blanca albura unas y siniestramente negras otras. De cualquier manera, el muchacho sonreía maravillado, como si estuviera contemplando al Salvador. Quizás Balduino nunca estuvo más cerca de volverse un fervoroso creyente que en ese momento en que vio a Gabriel sonriendo tan beatíficamente, como conversando en silencio con Dios.

 

     -Sigamos trabajando, Balduino.

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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 18:32

CXL

      Había ya transcurrido un tiempo razonable desde la liberación de Tarian, pero éste no hacía más que seguir tirado en un rincón, lo que suscitaba diversos comentarios reprobatorios. El consenso era que no hacía bien al muchacho permitírsele esa actitud pasiva; y se esperaba que Balduino o Ulvgang lo obligaran a abandonarla.

 

      La primera en manifestar abiertamente su opinión en tal sentido fue Ursula, un domingo en que por azar ella y Balduino se encontraron a solas, salvo por el propio Tarian, en el interior de Vindsborg. Ursula se había hartado, una vez más, de los mejunjes de Varg, a quien había sacado a empujones de la cocina, de la que por un tiempo hizo su dominio, para alivio de unos cuantos sistemas digestivos maltrechos. Precisamente al salir por casualidad de la cocina alrededor del mediodía, ursula encontró a Balduino y, creyendo que quería saber cuándo estaría lista la comida,  dijo:

 

      -Ya falta poco-y entonces se dio cuenta de que el pelirrojo tenía la vista clavada en Tarian, y comentó:-. ¿Quién creería que este idiota abúlico es hijo de Ulvgang? Linda porquería inútil has traído de Kvissensborg, enanín... ¿Y esto es un híbrido de pirata y sirena? ¿O será un nuevo embuste de esos majaderos siempre dispuestos a creer hasta en lo más increíble?

 

      En su voz había menos intención insultante que extrañeza ante una realidad que no podía comprender.

 

      -Hay que tenerle paciencia. La pasó muy mal en la mazmorra-contestó Balduino.

 

       -Pronto hará una eternidad que salió de ella, pequeño. Muélele el culo a patadas, a ver si se pone en movimiento. Estoy segura de que duelen menos tus puntapiés que los de Ulvgang... Y éste lo mira con tantas ganas que creo que, si lo agarra por su cuenta, Tarian no podrá sentarse en un mes.

 

      Efectivamente, el alivio de Ulvgang por la liberación de su hijo se había enfriado mucho. Ya no se mostraba cariñoso con Tarian, en parte porque éste parecía insensible a su afecto. Y si al principio se hubiera vengado de quienes le habían cortado la lengua al joven, por la forma en que lo miraba ahora daba la impresión de que sus prioridades habían cambiado y que su máximo anhelo era moler a golpes al propio Tarian.

 

      Balduino nuevamente empezaba a dudar de que la madre del muchacho hubiera sido una sirena, o al menos que él pudiera respirar bajo el agua, como se le había dicho. Tarian no hacía el menor intento de regresar al mar. Parecía inconcebible que alguien que gozara del privilegio de moverse a su antojo por aquel mundo vedado para la inmensa mayoría de los mortales no hiciese uso de él, aunque podían existir otras explicaciones para ello, como la que sugirió Gabriel de Caudix durante una breve visita que hizo a Vindsborg.

 

      Gabriel, en efecto, decidió aceptar la invitación de Balduino para pasar unos días con él, aunque anticipó que no se animaba a quedarse mucho tiempo por temor a que algo malo sucediera a sus compañeros durante su ausencia. Balduino trató de hacerle ver que Wjoland Sigisnandsdutter podía cuidar de ellos, pero Gabriel se mantuvo firme, aunque el pelirrojo logró persuadirlo de quedarse un día más de lo pensado. El joven Leproso fue recibido con mucha deferencia por la dotación de Vindsborg, aunque luego muchos de éstos descubrieron, incómodos, que no sabían cómo tratarlo. No era que se mantuviera aparte; al contrario, se puso enseguida a trabajar a la par de los demás, pese a las protestas de Balduino. Dijo que se aburría y se sentía estúpido quedándose sin hacer otra cosa que ver trabajar a los otros; pero su laconismo hacía pensar que se encontraba a disgusto allí, aunque esta suposición parecía desmentida por una soñadora sonrisa que rara vez lo abandonó durante su estadía.

 

      Recién llegado, le fueron presentados todos y cada uno de los moradores de Vindsborg, y último de todos quedó Tarian. Gabriel había oído hablar de él, por supuesto: recordaba cómo Balduino había preguntado a Evaristo, líder del grupo de Leprosos, si accedería a mantener oculto en las cavernas de la desembocadura del Duppenalv a un inocente que llevaba muchos años soportando maltratos en las mazmorras de Kvissensborg, aunque finalmente quien terminó buscando asilo en dichas cavernas fue Wjoland. Evaristo, para dar su consentimiento en lo referente a proteger a Tarian, había querido formarse primero una idea de la personalidad de éste, haciendo a tal fin muchas preguntas a Balduino. Por lo tanto, Gabriel tenía curiosidad por conocer al muchacho-pez del que tanto había oído hablar.

 

       Todavía no habían subido la escalinata de piedra, que Gabriel preguntó a Balduino cómo se las había ingeniado para liberar a Tarian; y al enterarse, dijo

 

      -Si te las ingeniaste para someter al Conde Arn a tu voluntad haciéndole creer que eres su leal sirviente,  y si tu amigo Einar ya no es una amenaza para ti, supongo que eso significa que Wjoland ya no corre peligro y, por consiguiente, puede volver aquí, ¿no?

 

       -Gabriel-contestó Balduino, impaciente-, ¿por qué no te sinceras conmigo?

 

      -¿Qué quieres decir?-preguntó Gabriel, sin entender-. Siempre te he sido franco.

 

      -No del todo. Evidentemente Wjoland os estorba y, por consiguiente, mi respuesta es que puedes traerla cuando quieras; pero me gustaría que al menos me digas de veras qué ha hecho esa mujer, porque eso de que no para de lastimarse, como dijiste la última vez que nos vimos, me parece increíble. Es obvio que se trata de una excusa; quiero conocer el verdadero motivo por el que te la quieres sacar de encima.

 

      -No seas tonto-gruñó Gabriel-. No hay más motivo que el que ya te he dicho. Wjoland se lastima tan seguido que lo suyo ya no parecen accidentes, sino burdos y malogrados intentos de suicidio; y nosotros, que tenemos lepra, no podemos tocar sus heridas, pues éstas son vías de contagio. Sé que suena increíble eso de que alguien se lastime tanto; recuerda, sin embargo, que no estamos hablando de una mujer cuya mano puedas besar sin que te aporree la nariz por torpeza. Piensa en ello y dime, con una mano en el corazón, si de una persona así no puedes esperar cualquier cosa.

 

      -Tienes razón, disculpa-dijo Balduino,  aparentemente convencido.

 

      Pero no estaba del todo satisfecho con el argumento, ni persuadido de la absoluta sinceridad de Gabriel, quien continuaba callando el hecho de que él no tenía en realidad lepra.

 

      -Y ahora, dime: ¿puede volver Wjoland, o no?-preguntó Gabriel.

 

      -No sé. Todavía ignoro cuánto puedo fiarme de Arn, si es eso lo que preguntas.

 

       -De acuerdo; seguiremos teniéndola con nosotros, entonces.

 

      Al llegar a los peldaños superiores de la escalinata asombró a Gabriel escuchar un ruido súbito, como el producido por alguien que hace algo a espaldas de otros y teme estar a punto de ser descubierto. Para Balduino, sin embargo, nada tenía de sorprendente; sabía que tal ruido lo había producido Herminia sentándose muy de prisa. La vieja sentía compasión por Tarian, y lo llenaba de mimos y atenciones cuando creía que nadie la veía; pero volvía de inmediato a sus labores de costura si escuchaba acercarse a alguien, como ahora.

 

      -Herminia renueva nuestro guardarropa-explicó el pelirrojo, al efectuar las presentaciones pertinentes-. El Príncipe Gabriel de Caudix-dijo a la anciana.

 

      La diminuta y arrugada Herminia se levantó de la silla con pausados movimientos de mujer vieja y miró con curiosidad la cara de gabriel, cubierta de vendas.

 

      -¿Habéis sufrido un accidente, señor?-preguntó.

 

      -Oh, no. El vendaje es por la lepra-contestó gabriel, indicándole por señas que no se acercara.

 

      -¿Lep....?-balbuceó Herminia, tomada por sorpresa por aquel dato para ella insólito. Para la mayoría de la gente de Andrusia, la lepra era simplemente una desconocida maldición bíblica más.

 

      -Lepra, sí.

 

      Herminia permaneció unos instantes mirando al vacío, aturdida, tal vez tratando de recordar las referencias que en la Biblia se hacía a la terrible enfermedad.

 

      -¿La gente muere de lepra?-preguntó.

 

       -Sí, a veces. Bueno, casi siempre-contestó gabriel, sonriendo con algo  de tristeza, producto tal vez del recuerdo de compañeros ya partidos para siempre.

 

       Los ojos de Herminia se llenaron a lágrimas.

 

       -Lo lamento tanto, señor-dijo, avanzando hacia Gabriel con su andar de pasos cortos pero rápidos.

 

       -Quedaos en vuestro sitio. Os podría contagiar.dijo Gabriel, retrocediendo algo asustado.

 

       -¡Y a mí qué me importa!-gritó Herminia, sin dejar de llorar-. Ya estoy vieja, da lo mismo de qué muera... Pero vos... Lo siento tanto... Los jóvenes no deberían enfermar y morir-siguió avanzando hacia Gabriel-. ¡Los jóvenes no deberían morir!-repitió, desconsolada, hundiendo su rostro en el pecho de Gabriel, quien parecía aterrado.

 

        Vaya con la vieja podrida..., pensó Balduino. Por más que supiera que Herminia no era tan odiosa e insensible como ella trataba de hacer creer, aquella reacción lo dejaba casi tal pasmado comoa Gabriel. Este pareció como a punto de decir algo a la anciana, pero a la vez obligado al silencio por alguna razón desconocida.

 

       -Calmaos. Hay muchas clases de lepra; la mía no es de las que producen la muerte, os lo aseguro-dijo, y besó a la anciana en la frente.

 

        -Venid, señora-intervino Balduino con dulzura, pasando el brazo derecho, protectoramente, por los hombros de Herminia, en un suave y cortés intento por separarla de Gabriel, cuyas manos en las que sólo los pulgares se veían libres de vendas ella acariciaba sin cesar, besándolas y empapándolas con sus lágrimas.

 

       Finalmente la anciana se dejó conducir de regreso a la silla. Allí continuó llorando unos minutos, pero luego fue calmándose y, poco a poco, su habitual expresión malhumorada fue reclamando su sitio en el semblante rugoso.

 

        A través de Hrumwald sabía Balduino que aquella anciana complicada, los domingos, por lo general agasajaba a su ayudante de ocasión preparándole comidas sabrosas y opíparas en la medida en que su magro presupuesto se lo permitía, y aunque ella tuviera que pasársela sin probar bocado. daba la impresión entonces de que disfrutaba teniendo a quién mimar, pero acto seguido se ponía avinagrada y venenosa por alguna nadería. No era fácil de entender, y menos aún de soportar. De todos modos, pensó Balduino, habría que pensar en conseguirle una compañía cuando Hrumwald abandonara la cabaña de Herminia y regresara junto a Kurt y su familia. No era bueno para ella estar sola. Claro que su carácter de puercoespín enfurecido no facilitaría la tarea de hallar quien quisiese convivir con ella.

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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 16:04

 

      Entre tanto, muchas leguas al Este de Drakenstadt, Balduino había llegado a enterarse, con cierta preocupación, de que hacía tiempo que los Wurms no daban señales de vida en Andrusia Occidental. Esto era algo acorde con la conducta típica de aquellos monstruos, y su aparente retirada, hasta el momento, no estaba durando más ni menos que las anteriores; pero por alguna razón (quizás porque los defensores anhelaban que se marchasen definitivamente) se la pregonó mucho. En consecuencia, Balduino comenzó a temer que los Wurms hubiesen abandonado de veras Andrusia Occidental, y estuvieran camino hacia el Este, en cuyo caso no podía descartarse que arribaran a Freyrstrande.

 

      Reservó sus temores para sí mismo, pero aceleró los trabajos tanto como pudo (muy poco), duplicó los simulacros de invasión y endureció los entrenamientos, de modo que todos sospecharon la posible inminencia de un desastre.

 

      Freyrstrande no estaba todavía ni remotamente preparada para resistir con eficacia un ataque Wurm. Balduino no confiaba en la superioridad numérica pero, en caso de emergencia, un gran número de hombres serviría en el peor de los casos a modo de forraje para los reptiles, que de momento no seguirían internándose en el continente. Por ello era necesario conseguir algún tipo de refuerzo de algún sítio; y conferme a previas conversaciones con Oivind, lo halló en los muelles de Vallasköpping, adonde la interrupción de la nevegación de cabotaje había dejado ociosos a muchos jóvenes mozos de cuerda. No se trataba exactamente de ladrones ni de rateros pero, aun así, no se los consideraba buenos elementos. Bravucones y pendencieros, reñían entre sí y con los podres transeúntes que tenían la desgracia de ponérseles cerca.

 

      Con gran astucia y magnífico descaro, Balduino acompañó a Oivind a los muelles de Vallasköpping, congregó a muchos jóvenes perdonavidas y les habló con palabras que mezclaban adulación, desafío y una respuesta a sus apremios económicos. No cabía duda, dijo, que eran muchachos recios y duros; pero ¿qué tan duros? ¿Resistirían el exigente entrenamiento de los soldados? Los mozos menearon la cabeza ante la propuesta: no les interesaba servir al Reino ni a nadie más que a sí mismos. Además, los soldados y otros hombres de armas se la pasaban molestándolos, de modo que ¿por qué querrían tener algo que ver con ellos? Sonrisa burlona de Balduino: ¿de veras eran ésos los motivos? ¿O sería que tenían miedo de Sundeneschrackt y sus Kveisunger, que en determinados días se harían cargo de entrenar a aquellos que  aceptaran?... No agradaba a aquellos chicos ser tildados de miedosos y, como se tenían por muy malos y muy machos, pensaban que tener cierta relación con El Terror de los Estrechos incrementaría su prestigio. Sumado a ello que recibirían una paga regular que estaban necesitando, unos cuantos aceptaron allí mismo, mientras que otros llegaron más tarde a Kvissensborg, por tandas; y a medida que la noticia se fue extendiendo, los imitaron otros jóvenes en similar saituación económica, provenientes de otros puertos.

 

      Para su desgracia, aquellos adolescentes resultaron no ser ni la mitad de duros de lo que creían. El hielo de las pupilas azules de Hildert Karstenson los conmovía sólo a medias, pero el fulgor verde y cruel de los ojos de Honney era demasiado para ellos, y ante Ulvgang o Thorvald casi ni a pestañear sin permiso se atrevían. Honney era particularmente maligno con ellos; a uno o dos especialmente guapos solía mirarlos con horrible lascivia, del mismo modo que, meses atrás, lo había hecho con Anders; de manera que los desdichados se sentían como si el siniestro Kveisung los hubiera ya violado y se dispusiera a asesinarlos.

 

      A Anders, que tenía más o menos la edad de ellos, lo idolatraban. El desvergonzado había encontrado la forma de presumir sin hacer aspavientos, simplemente mostrándose mucho junto a los Kveisunger. Los jóvenes reclutas, que se espeluznaban cuando Honney, Andrusier o el mismo Ulvgang estaban cerca de ellos, admiraban el aplomo de Anders al tratar con tan célebres y temibles piratas, y lo tenían por temerario al verlo tan confianzudo con individuos de tal reputación.

 

       Al principio los Kveisunger lo dejaron hacer, hasta que la cosa se pasó de la raya; porque en su afán de hacerse notar, Anders comenzaba a ser irrespetuoso, cosa que nunca había sido hasta ese momento. Por lo tanto, en una ocasión en que Honney adiestraba a aquellos muchachos y Anders, al paso, le dio unas palmaditas en las nalgas, el Kveisung se volvió hacia él con mirada escalofriante.

 

      -Vuelve a hacerme eso, grumete, y tendrás que pedirle a Herminia que te cosa la cabeza al cuello-dijo con voz lúgubre.

 

      Anders fingió tomarlo a broma y soltó una risita tonta, pero comprendió cuán en serio era la advertencia, y se le puso la piel de gallina. Nunca más volvió a extralimitarse con Honney ni con ningún otro. De todos modos, el incidente despertó aun más admiración hacia Anders, ya que si los muchachos necesitaban alguna prueba de la peligrosidad de Honney, ahora tenían al menos un nuevo e insinuado indicio. Qué duda cabía, Anders era un valiente como era difícil hallar otro...

 

      De cualquier forma, ahora estaba parcialmente solucionado el problema de la escasez de hombres en Kvissensborg, originado por el famoso motín. Por desgracia, la inexperiencia de aquellos muchachos por el momento no los hacía aptos para contener una evasión masiva y las mazmorras estaban repletas, ya que allí habían ido a parar los amotinados sobrevivientes. Balduino escribió a diversas autoridades ofreciendo galeotes, pero sin muchas esperanzas de vaciar las cárceles de Kvissensborg, ya que los remeros eran innecesarios en estos tiempos en que casi nadie navegaba.

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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 00:26

      El Duque Olav aprobó la idea de la amnistía, pero los diez días de plazo no llegaron a cumplirse. Según se sabría más tarde, Hodbrod Chrstianson se enteró del perdón ofrecido, ya que los heraldos lo pregonaron por toda la ciudad y fue un tema muy comentado; pero temió que se tratara de una trampa, se negó a aceptarlo y disuadió también a sus cómplices de creer en tal indulto. El segundo día del plazo convenido, aprovechando que ya no se los buscaba, perpetraron varios robos. El quinto, envalentonados, Chrstianson y sus secuaces se dedicaron a un saqueo sistemático y organizado, el cual resultó ya inadmisible: la promesa de amnistía quedó sin efecto, y aquellos adolescentes volvieron a ser perseguidos, ahora con mayor ahínco que antes. Por desgracia, habían acumulado suficientes provisiones para no dejarse ver por un tiempo.

 

       -Qué idiotas... Qué chicos idiotas...-se lamentó Ignacio de Aralusia al enterarse-. Ellos mismos se han condenado a muerte y a nosotros, tal vez, a ser sus verdugos...

 

      -Hiciste lo que pudiste, Ignacio-trató de consolarlo Edgardo de Rabenland.

 

      -Tal vez-contestó Ignacio, falto de ánimo-, pero mejor dejo que otros se encarguen de perseguir y matar niños, que eso no es para mí. Y me encantaría, por Dios y todos sus santos,  saber por qué los seres humanos, teniendo todo para ser magníficos, grandes y nobles, somos sólo pequeños, patéticos y viles.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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