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27 abril 2010 2 27 /04 /abril /2010 00:06

      Dos días más tarde, Maarten Sygfriedson, ya de regreso en Drakenstadt, se enteró de aquel suceso en todos sus detalles. Desde el mismo, Edgardo de Rabenland y Hreithmar Dunnarswrad se detestaban más que antes: el primero reprochaba al gigante, con sólo algo de fundamento, que la manifiesta hostilidad que le profesaba, imitada por otros, hubiera provocado la inicial inacción que había bastado a Hodbrod Christianson para escapar. Dunnarswrad se defendía alegando, también con sólo algo de fundamento, que él había apoyado en la taberna la orden de Edgardo y que no tenía la culpa de que a éste se le obedeciera con renuencia.

 

      En cuanto a Ignacio de Aralusia, aparte de lo estrictamente necesario, no se dejaba ver ni conversaba con nadie desde aquella noche.

 

      Maarten reunió a Edgardo de Rabenland y a Dunnarswrad y los reprendió con dureza.

 

      -Nosotros somos oficiales; nos corresponde dar un ejemplo de unión y cooperación que pueda y deba ser imitado por nuestros subordinados-dijo-. Estar divididos no hará sino facilitar la victoria a los Wurms, nuestros enemigos. ¿Recordaís como el tal Leif Leifson, delirando en su lecho de muerte, dijo ver bandadas de cuervos sacándoles los ojos a los Wurms? Pues esos cuervos bien podríamos ser nosotros; no nos saquemos los ojos entre nosotros, compañeros.

 

      Muy a regañadientes, los otros dos tuvieron que darle la razón. Más tarde pidieron disculpas a Ignacio de Aralusia por su actitud y cuando, por la noche, ambos se reunieron en la taberna con Maarten y el propio Ignacio, parecían firmemente decididos a no romper la paz. El aralusiano, sin embargo, se mostraba sombrío y silencioso, y enseguida se dispuso a retirarse con alguna excusa; pero los demás lo retuvieron y le preguntaron qué ocurría.

 

       Entonces Ignacio narró los tristes detalles de la triste muerte de Gylv Helmson.

 

       -Era casi un niño y fue mi culpa que él terminara así. No debí ordenar que disparasen contra él, que además estaba desarmado-concluyó-. Jamás podré olvidar cómo me miró a los ojos, pidiéndome que lo ayudara.

 

       -Eres demasiado sensiblero-gruñó Dunnarswrad-. El terminó así porque eligió un mal camino, y un mal camino termina en un mal final; no porque tú ordenaste disperar, que fue lo correcto. Era casi un niño, dices; pero en el Zodarsweick  hay muchos jóvenes de su edad que no delinquen. Si él lo hizo fue, te repito, por elección suya. Y en cuanto a que estuviera indefenso, ¿qué importa?

 

       -Se supone que un Caballero no ataca a quien no puede defenderse, Hreithmar-explicó Maarten.

 

       -¿Por qué no? Christianson y sus secuaces no son muchachos, son víboras traicioneras. ¿Y acaso ellos, durante cierto tiempo, no apaleaban a gente indefensa antes de robarle cuanto podían?-replicó Dunnarswrad.

 

       -Mataron y se comieron a un montón de gente. Personas así no son redimibles-opinó Edgardo de Rabenland.

 

       -Si lo hicieron realmente, cosa di scutible-opinó Maarten-. Además, y que sepamos, todavía no mataron sino a otros peores que ellos.

 

       -¿Estamos seguros de que realmente Christianson y sus cómplices no son peores que todos ésos a los que mataron?-objetó Edgardo.

 

      -La verdad es que el papel de asesino de niños no me sienta. Podríamos ofrecer a Christianson y sus secuaces, con el consentimiento del Duque Olav, una amnistía...

 

      -Estás delirante-protestó Dunnarswrad.

 

      -La vida en el Zodarsweick es dura, Hreithmar.

 

      -Yo sobreviví allí sin caer en el crimen, Maarten.

 

      -Sí, pero tú eres distinto, más duro que nada que haya conocido. Casi nadie puede ser como tú. Nacer en el Zodarsweick equivale a ser un descastado; yo lo he sido sin ser de allí, y te aseguro que duele. Entiendo que esos muchachos deseen hacer daño, entiendo su rabia...

 

      -¡Daño a sus convecinos, que nada les hacen!... ¡Daño del que luego se aferran los bastardos de siempre para decir que los del Zodarsweick somos escoria y nada más! ¡Daño que es como un estandarte que nos identifica ante quienes nos desprecian!

 

      -Hagamos al menos el intento. Propongamos al Duque conceder un mes de plazo para que Christianson y sus chicos se presenten ante las autoridades, reciban el perdón y...

 

       -¡Un mes!-exclamó Edgardo de Rabenland-. Estás loco. Diez días, como mucho. Sigo creyendo que ni eso merecen esos desgraciados y que desaprovechamos una oportunidad única para atraparlos ahora que los Wurms nos dejan en paz. Cuando los reptiles nos ataquen de nuevo, ya no dispondremos de tiempo para atrapar a Hodbrod Christianson y su cáfila de inadaptados. Diez días, y recemos para luego tener tiempo de capturarlos, si rechazan la amnistía que se les ofrece.

 

       Era una idea sensata. Maarten consultó con la mirada al recalcitrante Dunnarswrad, quien permaneció un rato vacilante. La propuesta iba contra sus principios, pero le pesaba el papel de malvado que normalmente se le atribuía al pasar revista a sus palabras y acciones. Tal vez entonces ya se sentía solo y triste, aunque no lo confesara; sólo al final de la guerra aquella inmensa mole se permitiría derrumbarse a ojos vista.

 

      -Pero si en esos diez días no se presentan para ser amnistiados, cuando se los capture, que se pida para ellos pena de muerte-dijo-. Esa es la condición que exijo para apoyarte ante el Duque.

 

      -Pero si Christianson y los demás rechazan la amnistía, por favor no digas que ya nos lo habías advertido, y que fuimos unos in genuos al ofrecerles clemencia-intervino Ignacio de Aralusia-. Por favor.

 

      -No lo diremos, ¿verdad Hreithmar?-dijo Edgardo, mirando al interrogado, que meneó negativamente la cabeza-. Quedamos en que debemos mantenernos unidos contra los Wurms, ¿no?

 

       -Tal vez ya no vuelvan-sugirió Ignacio, esperanzado.

 

      -Ni lo sueñes. Tengo la impresión de que ni siquiera podemos decir que ha pasado lo peor-dijo Dunnarswrad, sombrío y pesimista-. No importa-añadió con una sonrisa cruel-. Allí estaremos esperándolos para arrancarles los ojos... Como cuervos. Luchemos-y colocó su enorme diestra en el centro de la mesa.

 

       -Venzamos-dijo Edgardo de Rabenland, colocando su propia diestra sobre aquella descomunal manaza, un segundo antes de que Maarten e Ignacio hicieran lo propio.

 

       Así nacía una extraña cofradía, cuyos miembros, pocos días más tarde, ya se llamarían a sí mismos Cuervos, y cuyo número de miembros iría variando con el correr del tiempo. Nunca desdeñaron a nadie que quisiera unírseles, pero años más tarde Ignacio de Aralusia escribiría que la mayoría de quienes se agregaron después resultaron decepcionantes en grado sumo. Los Cuervos bregaban más por la tolerancia que por la amistad, algo que muchos no pudieron entender. Querían mantenerse unidos aun cuando muchos de ellos se odiaran, y buscaban el bien común antes que el propio.

 

      Al término de la guerra contra los Wurms, muchos de los Cuervos habrían muerto intentando picotear los ojos de los gigantescos reptiles. Otros habrían abandonado la bandada transformados en rapaces águilas excesivamente orgullosas y solitarias y compitiendo entre sí para ver quién llegaba más alto. Y los restantes estarían demasiado malheridos física, psíquica y espiritualmente, y los horrores de la reciente guerra los acosarían sin cesar en sus pesadillas.

 

      Y entonces, según se verá a su tiempo, una ráfaga de aire soplaría desde Freyrstrande; un viento bienhechor que sanaría las heridas de los Cuervos, echándolos de nuevo a volar.

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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 22:58

      Tal probablemente el joven que en aquella taberna despertara las sospechas de Ignacio de Aralusia, a quien daba la espalda, y de cuyos movimientos se mantenía al tanto gracias a Gylv, el cómplice con quien compartía la mesa.

 

      -Están discutiendo... Los tres... Dunnarswrad y el pelirrojo tuerto se miran como si fueran a morderse...

 

      -Entonces deben habernos olvidado. Perfecto. Es momento de irnos-murmuró Hodbrod, levántándose; en lo que de inmediato lo imitó Gylv.

 

      La mujer del tabernero, tras evaluar que Dunnarswrad y Edgardo de Rabenland estaban muy ocupados en decirse de todo ante la mirada atónita y consternada de Ignacio de Aralusia y que, por lo tanto, quizás no fuera momento adecuado para preguntarles qué iban a servirse, se acercaba a Hodbrod y su secuaz.

 

       -No, gracias, linda-dijo este último-. Ya nos cansamos de esperar-y le dio una palmadita en las nalgas, para horror de Hodbrod Christianson y extrañeza de la propia mujer.

 

      Cuando aquélla hubo quedado atrás, mirando a ambos con recelo, preguntó Hodbrod, en un murmullo:

 

       -¿Qué haces, idiota? ¿Quieres hacerte notar, o qué?

 

       -¡Ah, vamos, Hod!-susurró el otro-. Todos los soldados hacen esas cosas.

 

      -Sí, imbécil, ¡pero no los del Leitz Korp!... Esos son campesinitos tímidos que se cagan encima nada más de ver a Dunnarswrad, no son tan atrevidos como para tocarle el culo a una mujer que no les dio confianza para ello. Para la próxima vez, si es que la hay, recuerda-se volvió hacia su cómplice, sin dejar de caminar-: somos del Leitz Korp... y no nos dedicamos a tocar traseros de hembr... de mujeres-y en ese momento chocó con alguien-. Oh, perdón-se disculpó; y entonces, confuso y aterrado, advirtió que el hombre a quien acababa de atropellar se apoderaba de él y lo llevaba consigo a la rastra. ¡Lo habían reconocido!

 

      Pero el que lo había capturado, un soldado, reía sin malicia.

 

      -Ah, estos chicos del Leitz Korp están tan verdes que me enternecen. Son un encanto-dijo, para alivio de Hodbrod y Gylv-. ¿De dónde sacaste que por ser del Leitz Korp, muchacho, no puedes ser tan hombre como todos los demás?... ¡Claro que puedes tocar traseros y tetas, que para eso los tienen las mujeres!... ¡Pero cambia esa cara de susto!...

 

      -Sí... Eh... Bueno-tartamudeó Hod, cohibido, esforzándose por sonar natural-. Nosotros... ya nos íbamos.

 

      El soldado soltó otra carcajada.

 

      -Sí que se acuestan temprano estos provincianitos-dijo-. Pero esta noche os quedaréis aquí los dos, que os vamos a enseñar lo que es la buena vida-y empujó a Hodbrod hacia unos cuantos de sus camaradas, que lo rodearon en círculo. 

 

      Hodbrod estaba cada vez más preocupado. Cualquier demora incrementaba el riesgo de ser descubierto.

 

      -No, lo siento-balbuceó-. Tengo que irme; mañana me levanto temprano, porque tengo guar...

 

      -¡Qué guardia ni qué guardia! ¡Ven acá!-exclamó otro soldado, entre risas.

 

      -¡Vamos a conseguirte un par de putas, para que las custodies toda la noche, la espada todo el tiempo entrando y saliendo de la vaina!-dijo un tercero.

 

      -¡Eh! ¡Dunnarswrad!-gritó otro más, volviéndose hacia el medio ogro-. ¡Exime de la guardia de mañana al chico! Parece que cree que lo quieres miedoso y castrado, vamos a demostrarle lo contrario.

 

      A Hodbrod el corazón se le había encogido de horror, pero Dunnarswrad  estaba demasiado ocupado gruñéndose con Edgardo de Rabenland; de modo que, con un gesto de su poderosa y temible manaza, dio a entender que hicieran lo que quisieran, pero que lo dejaran a él en paz.

 

       -Pero es que yo...-comenzó Hodbrod.

 

       Pero era inútil. Las tropas villanas de Drakenstadt eran muy protectoras con los cachorros de monstruo, como eran llamados a veces los jóvenes del Leitz Korp por hallarse bajo el ala de Dunnarswrad. Les encantaba arrastrarlos a sus parrandas y ayudarlos a curtirse; de modo que todo indicaba que no soltarían a Hod hasta fin de año cuando menos. Sin darle tiempo a terminar su última frase, lo aferraron por brazos y piernas; y a la cuenta de tres, lo hicieron volar por el aire una, dos, tres, cuatro, cinco veces... Pronto ya ni supo cuántas. De repente se detuvieron, pero no lo soltaron. Alguien le vació un jarro de cerveza en la cara.

 

      -¡Los machos beben, compañero!-oyó decir Hodbrod, mientras el líquido se le escurría a través del cuero cabelludo. Y entre un nuevo aluvión de risas, lo hicieron volar de nuevo por los aires unas cuantas veces más.

 

      Parecía que ya no había peligro, que en ese momento todos estaban demasiado ocupados con otras cosas para reconocerlo o siquiera acordarse de él. Y tal vez entonces Hodbrod, por aquellos días muy tenso, se permitió relajarse, fingirse a sí mismo que realmente era miembro del Leitz Korp al que se estaba sometiendo a una especie de iniciación. Quizás se dio cuenta entonces de que tres o cuatro nobles despectivos que lo miren a uno desdeñosamente desde lo alto del caballo no hacen un mundo; quizás se dio cuenta de que un mal día en que todos le tuerzan la cara no hace una eternidad. Y entonces probablemente se sintió feliz por el solo hecho de estar en paz, o porque casi se lo había forzado a integrarse a un grupo, nada menos que a él, que tanto sabía de exclusiones y tan poco de inclusiones... Y sin duda, en los días inmediatos iba a extrañar penosamente aquel breve fragmento de dicha.

 

      Edgardo de Rabenland y Dunnarswrad no parecían muy convencidos de deponer las armas; su áspera disputa se acrecentaba. Cuando por fin Ignacio logró tomar la palabra, ninguno de los otros dos quería escuchar posturas conciliatorias. Ignacio habló igual, pero ellos le prestaron escasa atención. Fue así que la mirada de Edgardo se desvió hacia el grupo de soldados que hacían volar por los aires al adolescente. Estaban un tanto alejados; sin embargo, petrificado casi de la sorpresa, Edgardo estuvo seguro de reconocer aquella misma cara que ese día se había cruzado tres veces en su camino, y que otras tantas había conseguido escapársele.

 

       Todavía hablaba Ignacio cuando, sin entender qué ocurría, vio incorporarse al pelirrojo, con aire torvo y movimientos felinos, acechantes. La espada de Edgardo salió de su vaina... Y de repente, toda duda desapareció de la mente del joven Caballero de la cara quemada.

 

      -¡HODBROD CHRISTIANSON!-gritó sin poder contenerse, indignado ante el supremo descaro de aquel ratón que osaba pasearse ante las narices de los gatos y danzarles ante sus mismos bigotes, y arruinando toda posibilidad de tomarlo por sorpresa.

 

      El alarido había sido terrible. Casi todo el salón se paralizó y, de hecho, durante un segundo nada se oyó, ni el vuelo de una mosca. nadie entendía qué estaba ocurriendo, excepto dos adolescentes que, tras aquel segundo de inmovilidad estatuaria, huyeron a toda la velocidad que les permitían sus piernas, y dos Caballeros, uno de melena rojiza y más de medio rostro quemado, y otro de mirada de poeta, los cuales salieron en pos de los primeros.

 

      -¡Haced algo, idiotas! ¡Se escapa!-bramó Edgardo de Rabenland.

 

      Hubo entonces algo de movimiento entre el resto de los presentes, pero muy poco. Tal vez no lograran reponerse de la sorpresa pero, como la mayoría eran hombres de Drakenstadt, también estaba la posibilidad de que se negaran a obedecer a Edgardo, quien por arrastre había caído en desgracia junto a su desconocido hermano Balduino.

 

      -¡Moveos, imbéciles!-bramó Dunnarswrad, dando el ejemplo; y esta vez todos se pusieron en marcha, sin duda aterrados por eventualmente tener que enfrentarse a la cólera del gigante.

 

        Se habían perdido instantes preciosos, la noche sin luna favorecía a los fugitivos y Hodbrod Christianson y sus muchachos se habían vuelto, en su mayoría, consumados maestros en el arte de la fuga. Sus persecutores se dividieron en grupos para darles caza, pero al cabecilla no se lo pudo hallar. El cómplice fue otra cosa. En algún momento, ambos se habían separado, y Gylv Helmson se topó a la vuelta de una esquina con una partida que los buscaba, a él y a su líder. Para desgracia de Ignacio, él estaba al mando de la partida y a él le tocó dar la orden que desató una implacable y tupida lluvia de flechas y otros proyectiles. Acribillado por ellos, Gylv cayó al suelo, asustado y acongojado.

 

      Los hombres de la partida lo rodearon en segundos; con ellos, de muy mala gana, venía también Ignacio de Aralusia. Tenía el presentimiento de que iba a presenciar algo triste y horrible; algo más apto para corazones duros de verdad que para el suyo.

 

       A la luz de las antorchas vio el cuerpo ensangrentado por cuyas heridas se esfumaba la vida. Eso era lo de menos. Ignacio había visto escenas mucho más terribles luchando contra los Wurms, y otras mucho peores en esas pesadillas que lo asaltaban a veces, en las que los monstruos resultaban vencedores y arrasaban Drakenstadt.

 

       Lo terrible era la angustia del moribundo: alguien que recién comenzaba a vivir, que había desperdiciado sus pocos años y que ahora, en la hora de su muerte, advertía qué enorme error había cometido. Miraba los rostros silenciosos en torno a él, y en cada uno de esos semblantes se sentía condenado a muerte en esta vida y al Infierno en la otra.

 

      Entonces sus ojos se cruzaron con los de Ignacio, y allí vio algo distinto: caridad, y una pena infinita.

 

      -Ayúdame-suplicó-. No quiero morir.

 

      Ignacio se despojó de su capa y se inclinó sobre el agonizante.

 

      -Pronto vendrá el médico-dijo-. Voy a quitarte las flechas. Te va a doler. Luego voy abrigarte para que no pases frío.

 

        Gylv supo tan bien como Ignacio, tal vez, que los médicos no vendrían, que no habían sido llamados, que incluso estando ahí nada habrían podido hacer; pero asintió y dejó que Ignacio le extrajera las flechas que sólo se habían hundido superficialmente. Otras quedaron donde estaban, pues quitarlas habría servido sólo para aumentar los sufrimientos de Gylv, aunque se les cortó la punta; y luego, en silencio, envolvió el cuerpo del agonizante en su capa.

 

        Menos de cinco minutos más tarde, el desdichado secuaz de Hodbrod Christianson entregaba su alma a Dios. Y un joven Caballero de alma de poeta, que no entendía por qué alguien que lo superaba en juventud estaba muerto y él, en cambio, vivo,  lo despedía como a un hermano o a un amigo, con un beso en la frente.  

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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 21:26

      Sólo unas pocas mesas separaban a Ignacio de Aralusia y sus compañeros de Hodbrod Christianson, aquel joven delincuente sobre el que pendían incluso sospechas de canibalismo. Nosotros, en cambio, estamos separados de Hodbrod por un abismo de más de mil años, y nunca sabremos con certeza cómo pensaba o sentía; pero entre quienes han estudiado su figura existe en la actualidad un amplio consenso.

 

      El Zodarsweick, el barrio más pobre de Drakenstadt, era un auténtico semillero de marginados. La mayoría de sus habitantes descendían de los antiguos andrusianos o de mestizos entre éstos y otras razas y eran, por consiguiente, notoriamente feos. En aquella época la pobreza no alcanzaba en el Zodarsweick niveles alarmantes, al menos hasta la llegada de los Wurms; lo cruel era la exclusión social. Muchos habitantes del Zodarsweick eran duros y sobrellevaban con filosofía su condición de excluidos ya que, al fin y al cabo, en otros lugares de Andrusia habrían sido tratados aún peor. Otros probablemente pretendían ser duros y replicaban con violencia a la marginación de que se los hacía objeto, y éste era el caso de Hodbrod Christianson.

 

       Quizás hoy diríamos con acierto que tenía complejo de inferioridad a causa de dicha marginación, y sin duda lo humillaba el trato que recibía de parte de los miembros de las clases altas; sin embargo, sobre sus pares del Zodarsweick  ejercía un obvio liderazgo y esto debió aumentar su estima personal. Luego de un tiempo en que él y sus compinches se dedicaron a zurrar y robar a sus convecinos, Hodbrod Christianson al parecer tuvo que admitirse hasta a sí mismo que no estaba bien lo que hacía, de que aquellas personas no eran enemigos suyos. Tal vez ello coincidió con la tan mentada reunión de las diversas bandas delictivas del Zodarsweick para fijar límites territoriales estrictos. Christianson y su pandilla no fueron invitados, lo que a él debió humillarlo y enfurecerlo mucho más allá de lo que podamos imaginar. No sabemos si, como se dijo después, llevó su venganza al extremo de convertir en embutidos a las bandas rivales que sí participaron de aquella reunión, pero sí que mataron a la mayoría de sus integrantes, si no a todos. Esto nos da una idea del resentimiento que lo asaltaba cuando se lo ignoraba o se lo dejaba de lado.

 

      Eliminada aquella competencia, muy pocas bandas delictivas sobrevivían en el Zodarsweick, aparte de la suya. No sintiéndose quizás lo bastante fuerte para atacar barrios más ricos y mejor defendidos, optó por ofrecer una cuestionable protección a sus convecinos. Estos aceptaron, hasta que un hecho los estremeció e hizo a muchos reconsiderar la conveniencia de hacer tratos con Christianson: el macabro hallazgo de ciertos huesos humanos prolijamente pelados, a los que se relacionó con aquellos embutidos que él había repartido entre la gente del Zodarsweick tiempo atrás. Fue entonces cuando se denunció enérgicamente a Christianson y su banda ante las autoridades. Hacía de ello unos pocos días y desde entonces, aprovechando que los Wurms les daban un respiro, las tropas acosaban a Hodbrod y los suyos con más empeño que los sabuesos a la liebre y muy escaso éxito. El Zodarsweick era un complicado dédalo para los no nacidos allí, particularmente los Caballeros. Lo curioso era que buena parte de las tropas villanas procedía también de ese barrio, y no obstante, también ellas se mostraban exasperantemente ineficaces a la hora de atrapar a Hodbrod Christianson y sus secuaces. Hoy se supone que la soldadesca impidió a Christianson y los suyos continuar delinquiendo, pero se mostró muy renuente en su captura, porque lo comprendían y compadecían, aun desaprobando sus acciones.

 

      De cualquier manera, el resentimiento de Hodbrod aumentaba, extendiéndose en primer lugar hacia quienes lo habían denunciado. Ni por un momento pensaba él que lo que hacía fuera delito encubierto bajo otro nombre;  su punto de vista era que él luchaba por hacer del Zodarsweick un sitio más seguro y a cambio se lo había traicionado denunciándolo a sus enemigos. Dunnarswrad era nativo del Zodarsweick y Maarten Sygfriedson tenía sangre andrusiana; hacia estos eminentes personajes que, lejos de defenderlo, habían priorizado su captura, Hodbrod extendía también su rencor.

 

       Paralelamente, su autoestima y seguridad tambaleaban. Trataba de persuadirse a sí mismo de que era muy astuto, de que una y otra vez burlaba a sus perseguidores. Pero según se ha explicado ya, muchos de éstos al parecer hacían la vista gorda cuando de atraparlo se trataba, y quizás él lo supiera y procurara negárselo a sí mismo. Tal negación le permitía, por el momento, mantenerse tranquilo. Pronto regresarían los Wurms -pensaba- y las tropas tendrían que volver al Norte de la ciudad para combatirlos. Cuando esto sucediera, aquellos con quienes se había mostrado benevolente y que tan mal le habían pagado, conocerían de él un aspecto mucho menos amable... Pero mientras tanto había que sobrevivir, y eso era lo difícil. El y sus muchachos vivían ahora en el alcantarillado, subsistiendo a base de ratas, como los harían siglos más tarde los celebres Rattensjäcktern, y asomándose poco al exterior. Algunos soportaban mal esta nueva vida, temiendo que se volviera casi permanente, aunque ya en otra oportunidad habían pasado un tiempo en las cloacas. La verdad era que el temor a ser capturados y ejecutados los ponía pesimistas; y Hodbrod, buen líder más allá de cualquier cosa que pueda reprochársele, sufría por ellos. 

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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 20:39

       Tiempo atrás, y aun sin conocerlo, Ignacio no había podido evitar sentir celos de la celebridad que a Balduino de Rabenland reportara haber ideado el exitoso rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, llevado sin embargo a la práctica  por el propio Ignacio. Muy pocos recordaban entonces la hazaña de este último, ni que a causa de ella se había grabado su nombre en el Muro de los Inmortales.

 

       Recordando todo aquello, a Ignacio ahora le venían ganas de reír y llorar a la vez. He ahí de qué valían la fama y la gloria: al mismo que meses atrás era glorificado y elevado a lo alto de los pedestales ahora se lo vituperaba y maldecía, tan veleidosos son hombres y azares.

 

       Consecuencia de ello era que ya no le interesaba gran cosa el renombre, ni descollar más que otros. Le bastaba con que la maldita guerra terminara y con el compañerismo que, no hacía tanto, unía por igual a los Caballeros de las dos órdenes con los villanos que luchaban junto a ellos. Pero ese compañerismo estaba en vías de derrumbe, y él buscaba apuntalarlo.

 

        -Cuéntanos qué has estado haciendo-dijo a Edgardo.

 

       -Me ofrecí de voluntario para ayudar en la captura de Hodbrod Christianson y sus cómplices-respondió Edgardo-. Me crucé tres veces con ese mocoso bravucón, pero siempre se me escabulló. No sé orientarme en el Zodarsweick, me pierdo en ese laberinto de calles redondas todas iguales unas a otras-añadió en tono quejumbroso.

 

       -Bueno, ya que tocas ese tema...-comenzó Ignacio, tratando de atraer la atención de Edgardo sobre los adolescentes que estaban unas mesas más allá; pero antes de poder continuar, se vio interrumpido por Dunnarswrad:

 

       -¿Y para qué quieres meter en prisión a Christianson y sus secuaces?-preguntó el coloso, agresivamente-. ¿Para que luego venga tu hermano y los libere, como hizo con lo que queda de Sundeneschrackt y su banda? ¿Y cuánto tendrán que pagarle para ello esta vez? Dile que sea considerado con el precio. Christianson es más pobre que una rata, que no por nada vive en el Zodarsweick.

 

      Edgardo de Rabenland se enderezó en la silla y miró a Dunnarswrad, furioso, desafiante y casi con odio. De haber tenido tiempo para replicar, tal vez allí mismo habría retado a combate singular a Dunnarswrad, pero se le adelantó Ignacio de Aralusia:

 

      -Eso estaba de más, Hreithmar. Edgardo es mi invitado.

 

       -Bah, no te gastes-masculló Ignacio, en tono cansado y deprimido, poniéndose de pie-. Me voy. Sé dónde no soy bienvenido.

 

      -No, por favor. No te vayas-rogó Ignacio, aferrándolo por la muñeca.

 

      -Me iré yo. No hago buen papel entre la nobleza-gruñó Dunnarswrad, incorporando su gigantesca humanidad.

 

      -Tampoco, Hreithmar-suspiró Ignacio-. Sentaos los dos, por favor.

 

       En ese momento cometía por primera vez aquel joven de corazón puro e idealista el que sería el mayor error de su vida, el de asumir el papel de intercesor entre bandos en apariencia irreconciliables, revelando dotes de mediador que luego le serían constantemente requeridas.

 

        Mediar entre bandos antagónicos es tarea ardua y difícil, y a menudo muy poco gratificante. Con excesiva frecuencia se está dispuesto a la reconciliación sólo si la otra parte es la que cede. Durante muchos años Ignacio se prestaría a este amargo, indeseable papel, cada vez con mayor frecuencia. En los primeros años de la Guerra Civil, estando ya muy anciano, se le pediría que hiciese de mediador una vez más. Su ácida, sarcástica negativa sería muy reprochada por sus contemporáneos. Porque más se perdonan al malvado sus villanías o la abulia a las masas que las flaquezas al virtuoso.

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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 20:05

      Edgardo de Rabenland sabía, desde antes de ingresar en la taberna, que no sería muy cordialmente bienvenido allí; pero él tenía la garganta seca y su turno había concluido, por lo que entró con aire muy digno y sin mirar especialmente a nadie.

 

      Apenas había avanzado unos pasos, que aquí y allá se oyeron graznidos parodiados y comentarios venenosos, la mayoría provenientes de hombres nacidos de Drakenstadt, aunque algunos otros les hacían coro. El eco deformado de lo que sucedía en Freyrstrande repercutía en Edgardo como si éste, y no Balduino, hubiera afrentado a Drakenstadt codeándose con los piratas que años atrás habían saqueado la ciudad o bautizando a un perro con el nombre de uno de sus máximos héroes. Casi nadie le hablaba si no era estrictamente necesario; y Edgardo, sociable por naturaleza, sufría por ello. Pero tenía la certeza de que la Providencia lo estaba poniendo a prueba. En su infancia, muchas veces se había plegado a los escarnios con que sus amigos hostigaban a Balduino. lo había hecho para gozar de la aceptación de ellos. El resultado: se había quedado sin hermano y sin amigos. Al primero no lo había vuelto a ver; los segundos no valían la pena.

 

       Las cosas que oía acerca de Balduino lo inquietaban un poco. No podía defenderlo a capa y espada, porque no sabiendo qué había hecho él de su vida durante aquellos años, ni cuánto de cierto había en las villanías que se le imputaban; pero era sangre de su sangre, y se resistía a lapidarlo sin averiguar bien primero cómo eran las cosas, ni quería renegar de él sin antes cerciorarse de que hubiera fundamento para ello. Mas el precio de no repudiar a su hermano era su propia caída en desgracia.

 

      Tal era su situación anímica aquella noche de octubre de 959, mientras avanzaba entre las mesas de la taberna, a la luz trepidante e insuficiente de las antorchas, que iluminaban mal su rostro. El lado derecho y todo el mentón estaban surcados de cicatrices, en tanto que el ojo correspondiente había perdido la visión, consecuencia todo ello de un baño de brea de Talorcan el Jarlwurm sobre aquellas zonas de su semblante.

 

      El ocio sentaba mal a los guerreros. los Wurms los dejaban en paz por el momento, y esto hacía que buscaran otras cosas en qué ocupar el tiempo. Hostigar a un indeseable eraun entretenimiento como cualquier otro, y al parecer así lo decidió uno de aquellos hombres, que se incorporó con la intención de interponerse en el camino de Edgardo y mostrarse insolente con él; pero se le adelantó Ignacio de Aralusia, quien en cuanto lo vio fue a su encuentro.

 

      -Quedaríamos muy honrados, señor, si os sentarais a nuestra mesa-dijo con mucha amabilidad, haciendo una inclinación de cabeza.

 

        No estaba de acuerdo con el trato que se dispensaba a Edgardo, y consideraba que su deber, como líder, era tratar de ponerle fin con el propio ejemplo, especialmente ahora que Edgardo había sido ascendido a la oficialidad. De ahí que se mostrara tan ceremonioso frente a todas aquellas personas, aunque en privado ambos se tuteasen.

 

        Lo malo era que Dunnarswrad no estaba de acuerdo con que Edgardo se les uniera, y miraba como queriendo matar tanto a Edgardo como a Ignacio. Pero como tampoco Edgardo sentía la menor simpatía por Dunnarswrad, contestó:

 

      -Os agradezco, señor; pero mejor en otra ocasión.

 

       -Insisto. Por favor-dijo Ignacio.

 

        Era difícil resistirse a tanta gentileza, aunque la consecuencia fuera tener que sufrir al monstruo malvado. Edgardo asintió y lo siguió, de mala gana, hasta la mesa adonde aguardaba Dunnarswrad, con quien se miraron con algo más parecido a exhibiciones de amenazantes dientes que a sonrisas. Alrededor, muchos observaban la escena como buitres que aguardan la carroña, aunque otros habían vuelto a lo que hacían antes de la llegada de Edgardo.

 

      -Se sentaron con Dunnarswrad. Los dos-explicó en voz baja Gylv a Hodbrod Christianson.

 

      -Bueno, nos quedamos un poco más y luego hacemos como que nos hartamos de esperar a que nos atiendan, y nos vamos-dijo Hodbrod en el mismo tono-. Este lugar se está poniendo insalubre para nosotros.

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26 abril 2010 1 26 /04 /abril /2010 19:05

      La enorme cabeza de Dunnarswrad descansaba sobre su hipermusculoso brazo izquierdo. Si por lo general sus facciones recordaban las de un monstruo malo -y de hecho se decía de él que tenía sangre de ogro en sus venas-, ahora ese monstruo malo parecía además extramadamente irritado. Sentado a la mesa que empequeñecía bajo la sombra de tal coloso, tamborileaba los dedos de su diestra contra la tabla.

 

       -¡Mierda!-rugió-. ¿No atienden nunca en esta puta taberna?

 

      Ignacio de Aralusia, sentado frente a él, pegó un respingo ante este horrendo y blasfemo vocabulario. El era todo un príncipe, correctamente educado, amantes de la música, la poesía y las artes en general; que una grave crisis como la guerra contra los Wurms lo urgiera a despertar su costado guerrero y que ese costado guerrero por el momento mantuviera muy en alto su honor, era otra cosa por completo distinta.

 

      -Hreithmar, por Dios, cálmate, que esto no es el cuartel ni el tabernero es uno de los muchachos del Leitz Korp-imploró en susurros, lleno de vergüenza ajena, mientras dos o tres cabezas se volvían hacia el gigante. No la del tabernero, claro. Tal vez la única razón de Dunnarswrad para no degollarlo a él y a otros taberneros fuera que los necesitaba vivos para que se ocuparan de que hubiera siempre disponibles vino, aquavit y otras bebidas pero, aun así, era una excelente razón. Por lo tanto, el propietario podía tomarse impunemente el tiempo que fuera necesario para atender en su debido orden a toda la clientela.

 

       Y la verdad era que su demora era comprensible, porque el lugar estaba abarrotado de gente, mayormente Caballeros y soldados que venían a distraerse un poco. Grupos de lo más heterogéneos jugaban aquí y allá a las cartas o a los dados, acusándose mutuamente de hacer trampas y sin parar de beber ni de reír; las rameras se paseaban entre las mesas ofreciendo su comercio carnal, que algunos aceptaban.

 

      A este sitio había Dunnarswrad prácticamente arrastrado a Ignacio de Aralusia, quien se  sentía muy fuera de lugar en semejante ambiente y no sabía con qué pretexto huir. Así es la mayoría de la gente: siempre busca excusas tras las que ampararse o justificarse, en vez de esgrimir las verdaderas y válidas razones.

 

      -Podría estar haciendo algo útil-murmuró-. Podría estar buscando a ese tal Hodbrod Christianson que tanto está dando que hablar en el Zodarsweick.

 

      -Enanito, relájate al menos por una noche. Divirtamonos antes de que vuelvan los Wurms-contestó Dunnarswrad sonriendo con ironía.

 

      He ahí el problema: Dunnarswrad e Ignacio eran una pareja muy despareja, y lo que para Dunnarswrad era diversión, Ignacio lo veía como pasatismo y vulgaridad. A través de su común amigo Maarten Sygfriedson, habían aprendido a respetarse y apreciarse, pero pretender que compartieran algo más era demasiado. Esto Ignacio lo tenía muy claro, mas no Dunnarswrad. A juicio de éste, Ignacio se estaba perdiendo de cosas formidables, de lo mejor que tenía la vida: borracheras, pujtas, pendencias... Había que remediar eso.

 

      Lo peor era que, ahora que Maarten no estaba con ellos (se hallaba en Ramtala, llamado por el señor Thorstein Eyjolvson, pero de todos modos ya no pasaba tanto tiempo con sus amigos ahora que estaba enamorado y era correspondido) las diferencias entre ambos tendían a pronunciarse. Los silencios entre los dos eran cada vez más largos y más incómodos; las conversaciones, más forzadas. Ignacio habría preferido estar tañendo un laúd o un arpa e intercambiar melodías con los juglares del Duque Olav; Dunnarswrad se habría sentido más a gusto en compañía de alguien como el ahora difunto Príncipe Gudjon, un gigantón mucho más apuesto que él pero no menos tosco y primitivo.

 

      -Demasiados guerreros... No me gusta este lugar, Hod.

 

       De aquella frase, venida de quién sabía qué dirección, Ignacio captó sólo la última palabra, pero basto para hacerlo pegar un respingo. Se puso de pie, mirando hacia todas direcciones.

 

      -¿Y ahora qué pasa?-preguntó Dunnarswrad, intrigado.

 

      -Alguien dijo Hod, estoy seguro-murmuró Ignacio-. ¡Hodbrod Christianson está aquí, frente a nuestras narices!

 

        -Ignacio, él no es el único Hod que hay en Drakenstadt. ¿Por qué no te calmas un poco? ¿De veras piensas que Hodbrod Christianson se animaría a venir aquí, donde hay tantos de nosotros?

 

      Ignacio meditó las palabras de Dunnarswrad. Sí, tenía algo de razón: nadie imaginaría a un proscrito como Hodbrod Christianson en aquella taberna atestada de gente armada y dispuesta a darle caza. Sin embargo, de todos los presentes, con suerte uno o dos estaban lo bastante familiarizados con su rostro, si bien se contaba con una descipción física bastante llamativa de su persona. Por añadidura, casi nadie estaba atento a lo que pasaba a su alrededor; de modo que a Ignacio no le parecía imposible que Hodbrod Christianson hubiera decidido ocultarse en aquel sitio adonde nadie habría pensado encontrarlo... Como realmente ocurría.

 

       En efecto, dos adolescentes, que bien podían ser miembros del Leitz Korp de civil, se movían entre la gente, que no les prestaba atención. Uno de ellos acababa de mandarse una metida de pata al hablar demasiado alto y llamar a su líder por el diminutivo de su nombre; y aun sin saber que Ignacio lo había escuchado, el instinto les advertía que corrían peligro, pese a lo cual charlaban locuazmente y sonreían con muy poca sinceridad, en un intento por parecer serenos y no despertar sospechas.

 

      Finalmente se sentaron en la primera mesa que hallaron libre, luego de que un par de soldados se pusieran de pie para retirarse.

 

      -¿Todo bien?-susurró Hodbrod Christianson a su compañero. Este ya ni fingía sonreír, y Hodbrod Christianson tampoco pudo ya ocultar su preocupación, aunque lo inquietaba más el nerviosismo de su cómplice que cualquier otra cosa.

 

      -El Caballero que estaba sentado junto a Dunnarswrad se paró y mira mucho hacia aquí. Se dio cuenta, estoy seguro. Tenemos que largarnos.

 

      -¡No seas idiota!-exclamó Hodbrod, irritado ante el tono plañidero de la última frase de su secuaz, capaz de ponerlos en evidencia-. Sólo puede verme la espalda, y tu cara es menos conocida que la mía, Gylv. No hagamos estupideces, que a una orden suya nos detendrán o nos matarán antes de que alcancemos la puerta... Eso sí, si viene para acá, lo matamos y nos vamos corriendo como alma que se lleva el Diablo. Con un poco de suerte, en la confusión que siga tendremos tiempo de huir.

 

      Ignacio miraba a los dos adolescentes. Uno de ellos lo observaba con miedo, y esto era sospechoso, pero no probaba nada; de tratarse de uno de los chicos del Leitz Korp, tal vez no lo mirara realmente a él sino a Hreithmar, a quien algunos aún temían sobremanera. pero deseaba que el que estaba de espaldas se volviese, porque aquella melena tupida y pajiza podía pertenecer a cualquier persona, pero Hodbrod Christianson era muy reconocible por su nariz, que tenía el tabique partido a causa de alguna vieja riña callejera, y por una cicatriz que partiendo de la comisura izquierda del labio inferior, bajaba hasta el mentón y volvía a subir circundando el rostro hasta casi llegar al nacimiento de la oreja.

 

       -No sigas mirándolo, o sospechará más-aconsejó Hodbrod a su cómplice-. Mírame a mí. Pon cara de sorpresa. Ahora sonríe, como si te estuviera diciendo algo gracioso.

 

      Los ojos brunos de Hod traspasaban a su compañero, sometiéndolo a su voluntad y guiándolo como un titiritero a su marioneta.

 

       -Dime, para el caso de que fuera necesario huir, qué tan despejado tenemos el camino hacia la salida-continuó.

 

      El otro muchacho miró en la dirección indicada y empalideció de espanto.

 

      -¡Dios!...-exclamó; y añadió a continuación, en un hilillo de voz:-. Está entrando uno de los que venía persiguiéndonos... ¡El pelirrojo tuerto!

 

      -Gylv, ¿quieres calmarte de una buena vez?-se impacientó Hod-. Tal vez no tenga la menor idea de que estamos aquí. Tranquilo. Además, a ese tipo no lo quiere nadie, o casi nadie: es el hermano del que soltó a Sundeneshrackt y su banda, dicen. Eso le dará otras cosas de qué preocuparse.

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24 abril 2010 6 24 /04 /abril /2010 20:36

       A mediados de octubre, Thorstein  Eyjolvson, Gran Maestre del Viento Negro, recibía en Ramtala a Maarten Sygfriedson, venido de Drakenstadt aprovechando que hacía varios días que los Wurms se hallaban extraña y sospechosamente inactivos. No era una visita inesperada: el propio Eyjolvson había pedido a su antiguo escudero que viniera a verlo en cuanto tuviera oportunidad.

 

      -Me asombró vuestra llamada-confesó Maarten, ya sentado frente a Eyjolvson en la intimidad del despacho de éste.

 

      -Hay cosas que no se pueden tratar por carta-replicó el Gran Maestre.

 

      Todo el mundo conmenzaba a referirse a Thorstein Eyjolvson, con más respeto del que parecía, como el narigón. Su apéndice nasal era efectivamente recto y prominente, pero daba la impresión de que una nariz más pequeña le hubiera conferido una apariencia ridícula. La Naturaleza sabe lo que hace mucho más de lo que imaginamos los seres humanos.

 

      -Maarten-dijo Eyjolvson, yendo directamente al grano-: ¿te interesaría ser Segundo Maestre de la Orden?

 

      -Para seros sincero, no-respondió Maarten Sygfriedson.

 

      -Está bien-contestó el Gran maestre, con palpable decepción.

 

      Bajó la mirada. Maarten Sygfriedson quedó esperando. No podía creer que todo el motivo de la entrevista fuera formularle tan simple pregunta.

 

      -¿Eso es todo?-inquirió.

 

      -Casi todo, al menos-conmtestó Eyjolvson-. No quise preguntártelo a través de una carta que pudiese ser interceptada y caer en manos,  por así decirlo, poco amistosas.

 

       -Y decidme, señor, si no es muy impertinente... ¿Qué hay del Segundo Maestre que tenemos ahora?

 

       -Lo sabes mejor que yo, puesto que lo ves en acción muy de cerca, allí, en Drakenstadt. Cipriano de Hestondrig no tiene entrañas para dirigir la Orden.

 

      -Pero tenía entendido que lo nombrasteis vos mismo-alegó el joven Maarten-. Algo habréis visto en él.

 

       -Nada en absoluto-contestó Eyjolvson-. Tuve dos razones para nombrarlo. Una fue que, al asumir el sumo Maestrazgo, lo hice pasando por encima de Caballeros de más antigüedad que yo. Quise compensar eso buscando a mi segundo al mando entre los más antiguos, pero no había demasiado para elegir. Todos eran más o menos buenos luchando, pero como líderes dejaban mucho que desear. Y me decidí por Cipriano que no era, hasta donde veía, ni mejor n i peor que cualquier otro. La segunda razón por la que lo escogí fue que el más apto parael cargo, en ese tiempo, me parecía Dagoberto de Mortissend. Pero mi mejor amigo era Gudjon Olavson, y él quizás se habría ofendido si yo hubiese preferido a Dagoberto y no a él. No se me ocurría ningún pretexto para justificar tal preferencia. No tenía corazón para decir a Gudjon: Disculpa, pero serías un desastre dirigiendo la Orden, por muy amigo mío que seas. En cambio, la mayor antigüedad de Cipriano pareció a Gudjon un motivo razonable.

 

      -Bien; pero vuestra elección inicial, decís, habría sido el señor de Mortissend, que hasta donde sé sigue perfectamente vivo. ¿Por qué no lo nombráis ahora?

 

      -Porque fue con Méntor al Sur, a proteger a los Drakes, y no sabría dónde hallarlo. De todas formas, encontrarlo es una cosa y que acepte, otra. La verdad, ahora pienso que Benjamin Ben Jakob está todavía más capacitado, pero le ofrecí el cargo y rehusó, pues dice, con algo de razón, que un Gran Maestre judío se enajenaría muchos apoyos. Puede ser, pero igual lo preferiría a él y no a Cipriano. También le ofrecí el Maestrazgo a Erlendur Ingolvson. No quiere saber nada. Dice que ya demasiado tiene dirigiendo la defensa de Ramtala, la que también, gustosamente, dejaría él en manos de otra persona. Tú eres mi tercer candidato. Entre las mejores opciones, no me quedan más que dos pero, la verdad, preferiría que no se tratara de ninguno de ellos. Uno es Hipólito Aléxida. Tengo entendido que, en fin, que le ha tomado el gusto a la sodomía. Acabada la guerra, los enemigos de la Orden podrían aprovecharse de ellos para crucificarlo a él y para desprestigiar de paso a todos nuestros Caballeros; sin contar que Hipólito dio ya unos cuantos dolores de cabeza. La otra opción es ese tal Balduino de Rabenland, pero luego de aquel escándalo que se armó en Drakenstadt, tampoco él me tienta demasiado, aparte de que no me cae bien. A propósito, ya que estamos, explicadme bien ese asunto, que no entiendo del todo. La idea que permitió el rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg fue de Balduino. Debido a ello en Drakenstadt, según tengo entendido,  durante un tiempo se lo encumbró hasta lo más alto de los pedestales; ¿qué hizo entonces que ahora se pronuncie su nombre con rencor y aversión? ¿Cómo en tan poco tiempo pueden cambiar tanto los sentimientos hacia alguien a quien ni siquiera se conoce personalmente?

 

      -Señor, vos sabéis mejor que yo hasta qué punto es orgullosa la gente de Drakenstadt, y qué poco dispuesta está a perdonar las ofensas-contestó Maarten Sygfriedson-. A su juicio, el señor Balduino de Rabenland ha cometido dos vejámenes contra ellos. En primer lugar, rechazó un puesto de mando que le ofreció el Duque Olav, lo que se interpretó como un gesto desdeñoso hacia la ciudad; pero esto vaya y pase. Lo otro es lo que lo convirtió en persona no grata. Un mensajero del correo de postas, muchacho de Drakenstadt, dice que en Fristrande fue amenazado y escarnecido por hombres al mando del señor Balduino de Rabenland: nada menos que Sundeneschrackt y su banda pirata, Kehlensneiter incluido...

 

      -¡Pues ésos son los hombres que le proporcionó ese vasallo del Conde Arn que se comprometió a ayudarlo en la defensa del lugar!-exclamó indignado Thorstein Eyjolvson, asestando un puñetazo a la mesa.

 

      -No sé, señor, no es ésa la visión que me he hecho a partir del relato de este mensajero. Luego, afrenta suprema, parece ser que Balduino de Rabenland tiene un perro muy feo al que ha llamado Gudjon. Sabiendo cómo es la gente de Drakenstadt, ¿necesito deciros cómo reaccionó al enterarse de que el señor Balduino enloda el nombre de su difunto y más admirado y amado príncipe, poniéndoselo a un vulgar chucho pulguiento? Hreithmar casi estalla de furor al enterarse.

 

      -Hreithmar... Hreithmar... ¡Ah, sí! Dunnarswrad, ¿no?-consultó Eyjolvson; y al asentir su interlocutor, añadió:-. Bueno, a ése no es muy difícil sacarlo de sus casillas.

 

      -Pero esta vez su reacción fue también la de la mayoría de la gente, señor.

 

      -¡Pero es increíble!-exclamó el Gran Maestre, dando a la mesa un segundo puñetazo antes de ponerse de pie y empezar a pasearse de un lado a otro-. No entiendo cómo un sitio tan ridículamente pequeño que ni figura en el mapa puede dar tanto que hablar, y menos aún entiendo que se arme tanto alboroto por una intrascendencia como el nombre de un perro, teniendo problemas infinitamente más graves. Que gente ociosa y sin preocupaciones ponga ewl grito en el cielo por estas frivolidades es una cosa, ¡pero estamos librando una guerra contra dragones grandes como montañas, mierda!

 

      -Precisamente de eso se trata...

 

      -¿Qué quieres decir?

 

      -Creo que nunca hemos visto ni veremos nada tan horrible como esta guerra. No hay tiempo de llorar debidamente a los compañeros caídos: se llora sin dejar de combatir. Es una guerra sin esperanzas de gloria ni siquiera de supervivencia y, como a menudo en ella se muere envuelto en llamas y brea candente, tampoco hay esperanzas de Paraíso: la última imagen con que se abandona este mundo es un anticipo del Infierno. Se lucha por inercia o porque es lo que hay que hacer, pero la convicción general es que sólo estamos posponiendo un poco un final inexorable. En estas circunstancias, señor, uno quisiera soñar al menos; pero conscientemente, sabe que no puede permitirse siquiera el fantaseo. Entonces surge una discusión banal sobre, por ejemplo, el nombre de un perro, y todos participan con ánimos muy encendidos. ¿Sabéis por qué?: porque por un momento esa fruslería les hace olvidar que quizás no sobrevivan al día de mañana, les hace olvidar a los compañeros muertos o mutilados, les hace olvidar los chorros de fuego de los Jarlewurms y las sonrisas burlonas de los Thröllewurms que tanto nos recuerdan la Matanza del mar en Sangre. En una palabra, esas frivolidades se convierten en un mal sustituto del sueño. Es como estar hambriento y anhelar un banquete, pero tener que conformarse con restos medio echados a perder. Os he oído decir muchas veces que el chismorreo vano no es propio de hombres, y menos de guerreros. Básicamente sigo estando de acuerdo. El cotorreo sienta mejor a viejas chismosas que a nosotros. Pero se hace lo que se puede. Al guerrero fresco se le puede exigir que avance a paso marcial; al que lleva mucho tiempo combatiendo se le debe tolerar que se arrastre, aunque la suya no sea una imagen muy gallarda.

 

      -Es verdad, Maarten, y lamento que hayas tenido que decirme todo esto-dijo el Gran Maestre, pensativo y avergonzado-. Creo que será mejor que pase más tiempo en el frente de batalla que sentado frente a este escritorio. Empiezo a parecerme a esa gente que critica el desempeño de los altos oficiales en tal o cual batalla, pero que ella misma no está dispuesta a tomar un arma ni aunque se la amenace con la horca.

 

      -Señor, no os expongáis al peligro. Si alguien es capaz de brindar todavía algún aliento a las tropas, ése sois vos. En Drakenstadt todavía recordamos y pedimos que nos relean en vos alta aquella carta vcuestra en la que sosteníais que si se está en paz con Dios, la lucha entre David y Goliath tiene sólo un resultado posible.

 

       -Ya nadie cree en eso. 

 

      -¿Por qué pensáis así

 

      -Porque soy el primero que no se lo cree... Aunque, pensándolo bien, ya tengo experiencia en eso de escepticismos avergonzados por milagros. Pero igual tendré más fe si yo mismo participo de la batalla. Dios rara vez concede la victoria a los que no se esfuerzan al máximo. Y le vendrá bien a Erlendur descansar del mando.

 

      -¿Por qué  no lo suplanta León de Cernia, ese muchacho de la Orden de la Doble Rosa enviado a secundarlo? Ignacio de Aralusia me habló muy bien de él...

 

       -Pues yo le tengo mucha desconfianza. Es valiente y pelea bien, pero desde el principio me inpiró cierto rechazo, aunque tardé en entender mis propios motivos. Creí que se debía a que rara vez sonríe, pero el mismo Erlendur es terriblemente serio y, sin embargo, jamás tuve más que elogios para él. La verdad es que León tiene tendencia a secretear con sus adláteres en vez de hacernos partícipes a todos de la información de importancia. Gusta del mando, pero en cambio es muy renuente a obedecer.  Ultimamente sonríe más, pero eso no lo hace más simpático; al contrario, su sonrisa es a veces sobradora y otras veces falsa. Tengo entendido que es el niño mimado de Tancredo de Cernes Mortes, lo que me gusta menos todavía.

 

      Maarten asintió.

 

      -El señor Tancredo nos trae problemas también en Drakenstadt. Cuando Balduino de Rabenland aún era popular allí, el señor Tancredo hablaba de él con menosprecio. Trató de llenar de ideas raras la cabeza de Ignacio de Aralusia quien, como recordaréis, dirigió el restace de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Pero por suerte, Ignacio de dejó llevar poco en esa dirección, y ya está de vuelta.

 

      -Sí, ese Ignacio parece buen muchacho. Hay buena gente en la Orden de la Doble Rosa; de hecho, la mayoría de sus Caballeros lo son... Pero Tancredo de Cernes Mortes y León de Cernia me dan mala espina... Y pronto vendrá a sumárseles Miguel de Orimor.

 

      -¿Y ése de dónde salió? En mi vida oí hablar de él...

 

      -Ni yo, bajo ese nombre. Es mejor conocido por su apodo: El Toro Bramador de Vultalia.

 

      -Ah. Sí, oí rumores al respecto en Drakenstadt-murmuró Maarten, quien no necesitó seguir preguntando.

 

      Había oído antes a Thorstein Eyjolvson, siendo escudero de éste, mencionar a El Toro Bramador de Vultalia: un líder militar a quien tiempo atrás se había encomendado la destrucción de la por entonces clandestina Orden del Viento Negro. Se decía que le habían ofrecido dinero para ello, pero que él no había aceptado por copnsiderarse suficientemente remunerado con el fragor de la batalla y los alaridos agónicos y la sangre del enemigo. Tanta crueldad  tal vez fuera exagerada, pero sí que había estado a punto de lograr su objetivo hasta que, durante un combate singular a punta de lanza, lo habían derribado de su caballo, quedando convaleciente e imposibilitado de dirigir personalmente las operaciones y dando así un respiro a los Caballeros del Viento Negro.

 

      Pocos meses más tarde estallaba la guerra contra los WurmsEl Toro Bramador de Vultalia no pudo participar en ella desde el principio; su herida demoró mucho en sanar del todo. Pero ahora, completamente curado, había anunciado que vendría a ayudar.

 

      -¿Qué pensará al combatir del mismo lado de los que antes persiguió con tanto ahínco?-preguntó Maarten.

 

      -No sé, y es lo que me tiene preocupado-respondió Thorstein-. He oído que, de todas sus heridas, ninguna más grave que la sufrida en su orgullo, ya que fue la primera vez en casi veinte años que lo derriban de su montura. Algunos piensan que buscará al autor de la hazaña para vengarse de él, aunque no sabe quién es.

 

      -Y por lo que me contasteis de él, astuto como es, si lo buscara no tardaría en hallarlo ...

 

      -Temo que precisamente eso podría suceder. Uno pensaría que no es tan sencillo: Andrusia es muy vasta. Sería como buscar una aguja en un pajar. Pero nuestras tropas, tan habituadas al sigilo y el disfraz si no estaban de armadura, le temían. Al parecer tenía un raro olfato que le permitía identificar a nuestros hombres aun cuando éstos no lucieran como Caballeros. Eso estuvo a punto de perdernos... Eso, y su maldita, endiablada red de espionaje, por supuesto.

      -Tal vez la cosa se solucionaría averiguando dónde se encuentra el hombre que lo derribó, y enviando a El Toro a la otra punta del mapa.

 

      -Buena idea, pero por el momento imposible de llevar a la práctica: no sé quién fue el que lo bajó de la montura. Se lo he preguntado por carta a Benjamin Ben Jakob, pero no contestó. No haremos otra cosa: pretextando la experiencia del señor de Orimor en este tipo de operaciones, le encargaremos el exterminio de los Lanskveisunger. Es una tarea necesaria, y tendrá a Miguel de Orimor de aquí para allá, sin deternerse mucho en ningún lado. No creo que Tancredo de Cernes Mortes o el mismo Miguel de Orimor pongan reparos, si se les mete en la cabeza que se trata de una importante misión que él y sólo él puede llevar a buen término... Lo que por otra parte es bastante cierto: sí que tuvo a maltraer a nuestros hombres cuando estaba encargado de acabar con ellos.

 

      -Con todo respeto, señor, no sé si es prudente. Tenerlo recorriendo toda Andrusia le permitiría husmear en más lugares en busca del que lo hizo caer del caballo.

 

       -No, no, Maarten. Sí, tal vez lo vería cara a cara, pero no tendría tiempo para descubrir de quién se trata. Admito que en unos pocos lugares adonde sólo hay un Caballero a cargo de la defensa local, Miguel de Orimor tendría menos  opciones, caso por ejemplo de Balduino de Rabenland en Freyrstrande, ya que de él hablánamos; pero ni a nosotros, con toda nuestra consabida suerte negra, podría ocurrirnos que justo alguno de esos Caballeros solitarios fuese el que  tiró de la montura a El Toro Bramador de Vultalia. Además, después de todo, nunca llegó a verle el rostro; ¡improba tarea sería tratar de identificarlo!

 

      Maarten Sygfriedson no quiso discutir; pero por lo que sabía, Miguel de Orimor era de esas personas para las que nada es suficientemente difícil. Por algo había sido tan temido: la Orden del Viento Negro había estado a punto de sucumbir a sus trampas y ataques.

 

      -¿De veras Kehlensneiter está en libertad? Porque la información de que dispongo dice otra cosa-dijo de repente Thorstein Ejyolvson, preocupado.

 

      -Así parece, señor. Yo repito lo que dijo aquel mensajero que pasó por Fristrande.

 

      -Y para empezar, ¿cómo que Fristrande? Tenía entendido que el lugar se llama Freyrstrande.

 

       Maarten Sygfriedson vaciló. Recordaba que el topónimo también en Drakenstadt había suscitado debates, pero a esta altura de los hechos no recordaba bajo cuál forma lo había oído nombrar por vez primera.

 

      -Casi todos lo llaman Fristrande-respondió.

 

      -Bueno, Fristrande ha de ser-gruñó Thorstein Eyjolvson-. La cosa es así: según Balduino de Rabenland, cierto vasallo del Conde Arn de Thorshavok, un cierto Einar, puso bajo su mando a Sundeneschrackt y casi todo lo que queda de la hueste pirata de éste para que lo ayudasen a organizar la defensa de Fristrande. Ese era el pretexto; veladamente, Balduino da a entender que se pretendía traerle complicaciones. Al parecer se las ingenio para ganarse a los Kveisunger, sin embargo. Me envió sucesivos mensajes en los que me pedía que lo ayudara a liberar de las mazmorras de Kvissensborg a un tal TorianTarian Turian, no recuerdo bien el nombre y el apellido menos todavía. Se trata, supuestamente, de alguien a quien se condenó siendo inocente. Le envié varias respuestas, pero da la impresión de que varias de ellas no llegaron al destinatario... Obra sin duda de ataques de grifos o de Landskveisunger. No tuve tiempo de ayudarlo como él me requería, aunque reconozco que también me hubieran paralizado los escrúpulos, ya que el prisionero en cuestión era aparentemente un antiguo y muy joven secuaz de Sundeneschrackt. Más tarde recibí otra misiva suya en la que, entre otras cosas, decía ya no necesitar mi ayuda: él solo se ocuparía del asunto. Pero decía también otras cosas más alarmantes. Hablaba de una fuga de Kvissensborg, de que liberaría a Kehlensneiter y a otro antiguo Kveisung además de  a aquel otro muchacho que, según él, era inocente...

 

      -¿Se volvió loco, o qué?-preguntó Maarten Sygfriedson.

 

      -¡Si yo supiera, Maarten, si yo supiera!... De todos modos, y aunque le escribí prohibiéndole liberar a nadie que no fuera probadamente inocente, no recibí respuesta; y si de verdad Kehlensneiter está suelto, tal vez  Balduino de Rabenland haya desobedecido mis órdenes, en cuyo caso se le vendrá encima una tormenta que ni él mismo imagina.

 

      -Bueno... Pensándolo bien, señor, y más allá de la desobediencia de este tal Balduino... Parece ser que estos Kveisunger lo respetan y le obedecen. No dan la impresión de ser peligrosos para nosotros, aunque lo hayan sido en el pasado.

 

      -Quién sabe, Maarten. Cabe la posibilidad de que el propio Balduino de Rabenland sea para nosotros un peligro, y uno mayor del que imaginamos. No me cayó bien cuando lo conocí. Era soberbio y estaba lleno de sueños ambiciosos y delirantes. En parte me dio pena, o tal vez lástima; pero indudablemente alguien así puede convertirse en una grave amenaza. ¿Qué sabemos si no proyecta usar a esos Kveisunger en su propio beneficio? Tiene reconocidas habilidades y desafortunados sueños de gloria; si bien por carta parece mucho más humilde. Puede que esté fingiendo... En fin, como sea, es preciso asegurarse de que no se vuelva un problema. No me gusta nada eso de que me haya desobedecido en lo tocante a Kehlensneiter. La verdad, muy pocas cosas me gustan en este momento... Y menos que nada, que los Wurms estén tan inusualmente calmos.

 

      Thorstein Eyjolvson se puso de pie y Maarten Sygfriedson hizo otro tanto. Ante aquel muchacho calvo y alto como una torre, el Gran Maestre se sentía un enano, pese a que él mismo tenía una estatura cuando menos normal. Dunnarswrad era todavía más alto y mucho más corpulento; Thorstein Eyjolvson recordaba que estar junto a él era casi desaparecer.

 

      -Piensa en la oferta que te hice-dijo-. Me allanarías muchas dificultades aceptando el cargo.

 

      -Señor, no me sentiría cómodo dirigiendo la Orden; pero os debo demasiado para no aceptar en condiciones normales, sólo por el deseo de ayudaros-respondió Maarten-. Lo que ocurre es que algo en mi vida ha cambiado-hizo una pausa, algo incomodado, y agregó:-. He encontrado una compañera. Alguien que me quiere.

 

      Thorstein Eyjolvson se sintió sorprendido. Maarten era bastante feo y nadie, él mismo en primer lugar, lo hubiera imaginado yaciendo más que con rameras. El joven, solitario por crueles dictámenes del destino e íntimamente afligido por su condición de tal, siempre había fingido que no le importaba; pero nadie creía de verdad en su disimulo.

 

      Por un  instante, en la mente de Eyjolvson se desvanecieron la guerra y la política, y quedó solo la felicidad silenciosa de aquel muchacho que ya no estaba solo.

 

      -Me alegro mucho por ti, Maarten-dijo, sonriendo con sinceridad-. De veras que me alegro.

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24 abril 2010 6 24 /04 /abril /2010 18:21

       Sin embargo, la promesa de Balduino tuvo un efecto positivo: Hansi no sólo no volvió a tener celos de Thommy  sino que, además, en lo sucesivo se mostró muy protector con él. Era evidente que en la fantasía de Hansi su carrera en la Orden del Viento Negro se aceleraba mucho. Ese mismo día, cuando todos volvieron a almorzar, Hansi pidió disculpas a Thommy y luego, estrechándole los hombros con su brazo derecho, le dijo confidencialmente:

 

      -Yo voy a ser escudero del señor Cabellos de Fuego.

 

      -¿Tí?-preguntó Thommy, asombrado. Ni siquiera sabía qué era un escudero, pero el tono empleado por Hansi, como si fuera a ser enviado a una peligrosa y secreta misión, lo persuadió de que debía tratarse de algo importante.

 

      -Sí, y cuando yo sea armado Caballero, tú podrías ocupar mi lugar como escudero del señor Cabellos de Fuego. O mi escudero; porque necesitaré uno.

 

      Anders y Balduino estaban cerca, oyendo aquel diálogo; y dijo el primero, en broma:

 

       -No me gusta nada que estos dos enanos codicien mi puesto cuando todavía no lo he dejado vacante...

 

      -Y como por lo visto el tiempo pasa más rápido de lo que imaginamos, me parece que es hora de ir pensando en un escudero para Thommy-contestó Balduino, también jocoso.

 

      Durante el resto de la tarde Hansi se mantuvo constantemente junto a Thommy, jugando con él y cuidándolo para que nada malo le sucediera. Hacia el crepúsculo, cuando todos abandonaban sus labores, los vieron a los dos construyendo un gran castillo de arena y jugando con conchillas. Dos de ellas representaban a Hansi y Thommy, Caballeros del Viento Negro que defendían el Castillo contra un enemigo numéricamente superior, representado por el resto de las conchillas. Entre divertido e indignado, Honney constató que los enemigos imaginarios eran, supuestamente, Kveisunger.

 

      -Conque Caballeros, ¿eh?-gruñó, sonriendo burlonamente-. Esto es lo que hacemos los Kveisunger con los Caballeros-y aplastó con su bota la mayor parte del castillo de arena.

 

      Thommy estuvo a punto de estallar en llanto, pero lo detuvo Hansi:

 

      -No te preocupes, Thommy-dijo, popniéndose de pie. Y acto seguido se plantó desafiante ante Honney, mirándolo con gesto atrozmente despectivo, y señaló lo que quedaba del castillo de arena-. Esto sigue en pie, forajido. No pudiste destruirlo-y de inmediato arremetió contra Honney, en lo que en seguida se le unió Thommy.

 

      Honney intentó resistirse, pero los dos mocosos atacaban con tantas ganas que no pudo hacer más que mantenerlo a raya lo mejor que le fue posible mientras ellos se lanzaban a la carga una y otra vez, atacándolo a diestra y siniestra, desoyendo sus protestas en el sentido de que la cosa no valía si eran dos contra uno.

 

      Cuando más tarde regresaron las barcas pesqueras y Friedrik vino por su hijo, éste prácticamente arrastró a Balduino para que hablara con aquél. Friedrik quedó un tanto perplejo de que Balduino eligiera a Hansi como futuro escudero, pero no se opuso. Alzó las cejas, asombrado, y miró a su hijo.

 

      -Bueno... Parece que te has salido con la tuya-murmuró; y sonrió con orgullo y algo de pena. Sabía que no había sido el padre que Hansi hubiese necesitado-. Quién lo hubiera dicho: tú, un humilde hijo de pescadores...

 

      Y esa noche Balduino tuvo un extraño sueño, en el que no pensó demasiado al principio, pero que más tarde regresaría a él persistentemente, como si fuera un mensaje importante que algo o alguien intentara transmitirle.

 

      En ese sueño él, los hombres de Vindsborg y muchas otras personas que supuestamente eran conocidos suyos pero a quienes en realidad jamás había visto, construían castillos de arena en la playa, cuando se vio una implacable tormenta avanzando en el horizonte. Al parecer Vindsborg y el torreón, en el sueño, no existían, y todo el mundo buscaba algún otro sitio donde guarecerse cuando los castillos de arena, como por arte de magia, crecieron y se convirtieron en auténticos castillos de piedra. Pero entonces la tormenta se transformó también, convirtiéndose en  una entidad a la vez amorfa y multiforme, inmaterial pero concreta, que cambiaba de aspecto constantemente, pero con resultados siempre siniestros; un ser hecho de oscuridad, viento y arena.

 

      El ser se transformó en un gigante y, bajo esta forma, empezó a pisotear los castillos, que fueron cayendo uno a uno. Balduino, impotente, no podía hacer otra cosa que mirar. No sabía por qué, pero el derrumbe de aquellos castillos construidos con tanto esmero era una auténtica tragedia.

 

       Al fin pisoteó el gigante el castillo donde se hallaban refugiados Hansi y él mismo junto con otras personas. La enorme estructura se vino abajo, matando a mucha gente; una torre, no obstante, se mantuvo firme.

 

      Hansi corrió hacia la torre en cuestión, desoyendo los gritos de Balduino, quien lo llamaba para que no se expusiera al peligro. No hubo caso. Con Balduino a la rastra, Hansi subió los escalones hasta llegar a lo alto de la torre. Allí se irguió ante el gigante, tan desafiante y desdeñoso como aquella tarde se había mostrado ante Honney.

 

      -Esto sigue en pie. No pudiste destruirlo-dijo.

 

      Y ante la mirada perpleja de Balduino, el gigante se deshizo en jirones de inofensiva bruma y puñados de arena que cayeron al suelo. Y luego el pelirrojo despertó creyendo, erróneamente, que sólo se trataba de un absurdo sueño más.

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21 abril 2010 3 21 /04 /abril /2010 15:56

      Si bien Ljod todavía mirada a Balduino con embobamiento adolescente y eso a él no lo ponía muy cómodo, fue muy otra la razón que lo llevó a abstenerse ese día de las prácticas de lucha y boxeo. Balduino, Anders, Adler y Snarki estaban ya lo suficientemente duchos en la materia, aunque todavía quedaban unas cuantas técnicas y triquiñuelas que aprender; pero en cambio se acercaba la estación fría, que con frecuencia paralizaría los trabajos, y por consiguiente era mejor acelerarlos para al menos tenerlos bastante avanzados cuando no fuera posible proseguirlos diariamente.

 

      En consecuencia, dejó a Karl en Vindsborg impartiendo a Ljod y Osmund sus habituales lecciones de jabalina, y a los gemelos Björnson de guardia; y él se fue con el resto de su gente al bosque a hachar unos cuantos árboles, algunos de cuyos troncos irían a parar a la segunda empalizada, en tanto que otros se usarían para las nuevas catapultas y otros, en fin, servirían de leña. Hansi solía recibir también lecciones de jabalina, pero ese día Balduino prefirió llevarlo consigo, con la esperanza de que lo ayudara a vigilar a Thommy. El ya muy resentido Hansi sintió, en consecuencia, que Thommy no sólo lo sustituía en el corazón de Balduino sino que, además, por su culpa se veía privado de algo que le gustaba.

 

        Apenas había comenzado la labor en el bosque cuando empezaron también los problemas. Hansi, debido a la aversión que le tenía debido a los celos, intentaba esquivar a Thommy tanto como éste lo buscaba a él, inocentemente, siguiéndolo a todas partes. En verdad, Hansi siempre había sido muy cariñoso con Thommy, pero ahora una violenta tempestad fustigaba su corazón, ya que se sentía cruelmente menospreciado.

 

      Poco menos de media hora habrá durado esta situación: el más pequeño siempre yendo detrás del mayor y éste esquivándolo una y otra vez, taciturno y malhumorado. Por último, Hansi se hartó y, gruñendo de disgusto, empujó a Thommy, quien cayó sentado. No se había hecho daño y probablemente no sintiera el menor dolor físico; pero aquel contundente e inesperado gesto de rechazo lo hizo palidecer de sorpresa y susto antes de romper en desconsolado llanto.

 

      -¡¡¡HANSI!!!-tronó la encolerizada voz de Balduino, quien había visto todo y acudía a alzar en brazos y consolar a Thommy.

 

      Hansi quedó petrificado de horror. No era la primera vez que Balduino le gritaba, por supuesto, pero esta vez se veía terrible de verdad.

 

      -¿Cómo te atreves, desvergonzado, a usar tu fuerza de ese modo tan cobarde y propio de villanos?... ¿Y puede saberse desde cuándo te has vuelto así de dañino? ¡Vuelve a intentar algo parecido, y te curaré de la costumbre a fuerza de cachetazos!... Ya está, deja de llorar-suplicó a Thommy, quien lloraba a gritos, forzando a Balduino a subir el volumen de su voz aun cuando no fuera su intención gritar.

 

      Hansi temblaba como una hoja y parecía, él también, a punto de echarse a llorar, a medio camino entre la humillación, el arrepentimiento y la rabia. Lo humillaba ser amonestado a gritos frente a los demás por el señor Cabellos de Fuego y se arrepentía de haber empujado a Thommy; pero a la vez rabiaba al ver al niño usurpar un trono que hasta no hacía tanto había sido exclusivamente suyo. El pequeño príncipe preveía para sí un futuro en el exilio de todo afecto y en el que su nombre sería recordado sólo cada tanto y siempre ignominiosamente, por haber abusado de alguien más débil que él.

 

      De cualquier manera, contuvo el llanto como pudo, aun sintiendo que se hallaba en los albores del fin del mundo, de su mundo privado; y dos o tres veces intentó esfumarse, pero Balduino le ordenó quedarse en su sitio y continuó reprendiéndolo a gritos con furia desmedida y entre inútiles intentos de calmar a Thommy.

 

      Pasados unos minutos, los involuntarios testigos de aquella desagradable escena en su mayoría se miraban unos a otros con aire de conspiradores y asesinos. Hansi era para casi todos la mascota de Vindsborg; maltratarlo, aunque más no fuera verbalmente, era pésima idea, y tal vez Balduino se salvó de ser degollado sólo por ser él. Los Kveisunger eran absolutamente pasionales, y en ese momento el pelirrojo se estaba haciendo odiar por todos ellos debido a aquella violenta y desmedida reacción.

 

       Pero siempre que Balduino se apartaba de la senda recta, acababa siempre encogiéndose ante la llamada al orden de un implacable guardián de su conciencia: el potente vozarrón de Thorvald que no le perdonaba ni el menor desliz. El gigantesco anciano se tomó su tiempo para intervenir; pero cuando lo hizo, por primera y única vez no esperó a estar a solas con Balduino sino que lo amonestó ante todo el mundo, como él había hecho con Hansi.

 

      -¡¡¡BALDUINO!!!-vociferó, y sus fríos ojos azules eran como hielo que helara y quemara al pelirrojo de pies a cabeza-. ¡Deja de torturar a ese chico, o te rompo la cabeza! Ha obrado mal; impónle un castigo y  luego déjalo en paz en vez de hacerlo sentirse como un criminal. El no tiene la culpa de que hayas tenido un negro comienzo del día; de modo que en eso de no comportarse de forma cobarde y villanesca, más vale que des el ejemplo, ¡o te rompo el culo a patadas!...

 

      -Sí... A patadas... o de otra manera-gruñó Ulvgang, con una expresión muy poco amigable en sus saltones ojos verdiazules.

 

      Con los oídos martirizados por los llorosos alaridos de Thommy, Balduino resopló y miró en su entorno. Todos habían dejado de trabajar, y hasta Snarki, incondicional suyo por deberle la libertad en más de un aspecto, lo miraba como para fulminarlo.

 

      -Se nota que nunca os tocó intentar que este crío deje de llorar-masculló.

 

      En tal sentido se respetó su justificado mal humor. Improba tarea, si las había, la de poner fin a los descomedidos, potentísimos y llorosos gritos de Thommy, probablemente audibles incluso en Drakenstadt, muy por encima del estrépito de la guerra contra los Wurms. Mientras él lo intentaba, Snarki y Anders observaron a Hansi, quien se había apoyado a espaldas contra el tronco de un  abedul y permanecía pálido, rígido y silencioso como un muerto, deseando que la tierra se lo tragara o, tal vez, cerrar los ojos como para dormir y, al volver a abrirlos, verse transportado mágicamente a un lugar adonde nadie lo conociese ni supiera de su vergüenza y todos se ocuparan de él o, al menos, le prestaran atención cuando quisiera decirles algo.

 

      -¿Nos ayudas, Hansi?-preguntó bondadosamente Anders, enternecido; pero Hansi meneó la cabeza y bajó la vista.

 

     Anders se encogió de hombros y atacó un enorme abeto a golpes de hacha. Snarki, quien en esta oportunidad trabajaba en pareja con él, se apoyó sobre su propia hacha y bostezó perezosamente, aguardando su turno para sustituírlo, lo que podía demorar una eternidad. Anders, en otro tiempo tan remiso para cualquier tarea, estaba ahora muy orgulloso de sus músculos y muy dispuesto a demostrar que Sansón y Hércules, a su lado, no eran sino un par de anémicos; de modo que sólo se detendría cuando se hallase casi a punto de derrumbarse de fatiga.

 

      Aun siendo hombre libre, Snarki ni siquiera cuestionaba su permanencia en Vindsborg. No tenía ningún lugar adonde ir, y Vindsborg era, después de todo, tan bueno como cualquier otro o incluso mejor, pese al trabajo duro. Allí, por primera vez en su vida, podía decir que tenía amigos. Y Balduino necesitaba hombres, por lo que la deserción de Snarki no le vendría bien. De hecho, el pelirrojo ni había tocado el tema, porque entonces tendría que reconocer que Snarki era ahora dueño de hacer lo que quisiese e ir adonde le viniera en gana, lo que a él no le convenía en absoluto. Pero por suerte, aunque lo sabía de todos modos, irse no figuraba en los planes de Snarki.

 

       El sobrepeso perdido hacía que pareciera flotar dentro de sus toscas ropas. Se hallaba pensando que pronto tendría que hacer un nuevo agujero a su cinturón, cuando su atención se vio de nuevo acaparada por Hansi. Este había alzado la vista y mirado en dirección a Balduino y Thommy. Al volver a bajar los ojos, su mirada apenas si se había alterado, pero para un ser sensible como Snarki era suficiente. Una vida signada por la exclusión social lo había entrenado cruelmente para detectar muchos síntomas invisibles para otros.

 

      -¡Hansi!-exclamó-. ¡Hacer como que no te importa o no te duele, no servirá de nada!

 

      Anders dejó de hachar, intrigado, y se volvió a observar a Hansi. Al niño le brillaban los ojos con la tristeza del océano hacia el ocaso, y el dolor que trataba de guardar en secreto le hacía palpitar la nuez de Adán, en tanto que todo su cuerpo estaba tenso, como el del que aguarda a que se le cure una herida y sabe que en ese proceso sufrirá todavía mucho más.

 

      -Hansi, ven...-murmuró Anders, compadecido.

 

       -Deja. No hay caso-sugirió en voz baja Snarki ante la firma reticencia de Hansi-. Sólo el señor Cabellos de Fuego puede arreglar esto. Ya hablaremos con él.

 

      Unicamente ellos dos continuaban pendientes del niño de cabellos rojizos. A su alrededor, el ruido seco del acero mordiendo la madera se mezclaba con las conversaciones, las bromas, las risas de los hombres y el llanto ya más tranquilo y en vías de extinción de Thommy. Todo parecía volver a la normalidad; todo, a excepción de un niño triste que bregaba por persuadirse a sí mismo de que era insensible y que hubiera dado todo por hallarse en cualquier otro sitio.

 

       Ni Balduino entendía por qué había montado en tan gran cólera contra Hansi. Ahora sabía que de verdad se había excedido, pero dudaba de que fuera sabio disculparse con el chico que, a fin de cuentas, había procedido mal. Sin embargo, tendría tiempo de meditar sobre todo ello durante el resto del día.

 

       -Quédate adonde pueda verte, ¿de acuerdo?-dijo Balduino a Thommy, cuando al fin logró que dejase de llorar y lo depositó en el suelo.

 

      -Tí-contestó el niño rubio, mirando a su alrededor con grandes e inocentes ojos azules llenos de maravilla por el mundo que iba descubriendo de a poco-. Zeñod Cabellos de Fego, ¿pada qué... ehm... ehm... eztáiz codtando ádbolez?-preguntó, con esa forma de hablar vacilante y encantadoramente torpe, tanto como su mismo andar, de los niños pequeños.

 

      -Porque necesitamos los troncos para la empalizada-contestó Balduino. Era una respuesta incompleta, pero él tenía otras cosas que hacer que responder interrogatorios infantiles, y a Thommy le bastaría.

 

      -¿Pada la empalizada?...-repitió Thommy, pestañeando como con asombro.

 

      -Sí, para la empalizada-confirmó Balduino, tomando un hacha y disponiéndose a suplantar a Gröhelle, quien se había tomado un descanso tras arremeter contra un abedul-. Y tienes que tener cuidado de no alejarte mucho, para que no te caiga un árbol encima.

 

      -¿Pada que no me caiga enzima?

 

      -Ajá...

 

      Gröhelle se hizo a un lado para permitir a Balduino trabajar más cómodo. No supo el pelirrojo si sería su imaginación, pero le pareció que el Kveisung lo miraba con severidad, como recomendándole comportarse correctamente con Thommy si no quería tener problemas. Thommy era, en Vindsborg, mucho menos popular y querido que Hansi, pero el mero hecho de ser un niño le granjeaba el apoyo casi unánime de toda la dotación contra cualquiera que quisiera hacerle daño, incluso el propio Balduino. Era extraño pensar que individuos tan peligrosos y con reputaciones siniestras pudieran subyugarse con tanta devoción y arrobamiento ante un ser frágil y cándido como lo es un niño.

 

      Balduino se sentía cada vez más molesto consigo mismo. Cuanto más pensaba en Hansi, más se lamentaba de haberse excedido tanto al regañarlo y menos entendía qué lo había llevado a reaccionar así.

 

      Suspiró de alivio al empuñar el hacha, que le permitiría descargar tensiones; pero no había dado el primer hachazo, que lo detuvo la voz de Thommy:

 

       -¿Y pada qué... ehm... ehm... pada qué ez la empaluzada?

 

       -Para defendernos de los Wurms-contestó pacientemente Balduino.

 

      -¿Tidan fego?-preguntó Thommy, pestañeando una y otra vez.

 

      -Los Jarlewurms, sí.

 

      -¿Po’ qué... ehm... ehm... eztá nublado?

 

      -Porque estamos en otoño-contestó Balduino, nuevamente deteniéndose cuando iba a dar el primer hachazo.

 

      -¿Y despéz del otoño... ehm... ehm... viene el inviedno?

 

      -Ajá-musitó Balduino, sintiéndose a punto de desfallecer.

 

      -¿Y po' qué... ehm... ehm... en inviedno ziempde hay nieve?

 

      -No aguanto más-susurró Balduino para sí-. ¿Qué hice para merecer esto?

 

       Gröhelle lanzó una breve y espontánea carcajada y miró a Balduino con algo semejante a la ternura, un sentimiento que restó fealdad a su rostro tuerto y plagado de cicatrices.

 

      -Pobre señor Cabellos de Fuego-dijo, meneando la cabeza-. ¡Tan buen muchacho... y con tanta mala suerte!

 

      -Lo peor-jadeó Balduino, aprovechando que había hallado a alquien que se compadeciera de su desgracia-, es que si le digo que se calle, lo tendré de nuevo llorando a los gritos.

 

      -Zeñod Cabellos de Fego-volvió a la carga Thommy, antes de que Gröhelle pudiera responder-: ¿po' qué... ehm... ehm... vino el élming?

 

      -¡Por Dios!-gimió Balduino, cada vez más consternado y agobiado-. ¡Ni siquiera sé qué es un élming!

 

      -Lemming-corrigió Gröhelle.

 

      -Lemming-repitió sumisamente Thommy.

 

      Balduino siguió con sus ojos el índice de Gröhelle. Al principio no vio otra cosa que unos mechones de pastros duros moviéndose mucho, hasta que de ellos emergió una especie de pequeño roedor rechoncho y rabón.

 

     -Ah-murmuró el pelirrojo-, ¿esa especie de rata sin cola se llama lemming?

 

      El único ojo que le quedaba a Gröhelle adoptó una expresión dura, y el azul zafiro de su iris pareció echar chispas.

 

      -¡Rata!-exclamó, indignado-. ¡Más respeto con los lemmings, que...!

 

     Pero en ese momento se acercaron Anders y Snarki, y la conversación sobre los lemmings cayó al olvido. Anders preguntó con cara de preocupación si Balduino sabía dónde estaba Hansi.

 

      -Hará cosa de media hora estaba cerca de nosotros-añadió-. No le prestamos atención y ahora no lo vemos más.

 

      -Oh, andará por ahí-respondió Balduino, despreocupado-. Debe estar jugando.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, te aseguro que no está jugando-aseguró Snarki-. Ese chico está que se muere de celos.

 

      -Hombre... Celos...-sonrió Balduino, desestimando la cuestión.

 

      -¡Sí, sí, celos!-insistió firmemente Snarki-. Cree que ahora lo quieres más a Thommy y no a él. Puede que haya querido estar solo y se haya internado más en el bosque, lejos de nuestra vista. De ser así, podrían devorarlo los lobos u otras fieras.

 

      Fue entonces que Balduino, como en una revelación, supo por qué había reaccionado como una tempestad al ver a Hansi empujando a Thommy. Seguidamente, se vio asaltado por recuerdos de los días de su temprana adolescencia cuando, tras abandonar el Palacio Condal de Rabenstadt, se había aventurado por los bosques. recordó su miedo y su incertidumbre, su amargo sentimiento de soledad; recordó noches de llanto, aflicción y desamparo... Y volvió a sentirse espeluznado y angustiado, como entonces. Nuestras evocaciones más funestas son como viejos enemigos muertos y sepultados mucho tiempo atrás, y súbitamente revividos para intentar, una vez más, destruírnos.

 

      -No pasa nada-afirmó. Gröhelle, Snarki y Anders lo habían visto ponerse blanco como un cadáver-. Busquemos a Hansi.

 

       Balduino, Anders, Snarki y Gröhelle recorrieron los alrededores llamando a gritos a Hansi. A medida que cundía la noticia de la desaparición del niño, los demás dejaban también sus hachas a un lado y se sumaban a la búsqueda. Al parecer, los últimos en verlo habían sido Anders y Snarki; qué se había hecho de él después, era un misterio.

 

      Al principio la búsqueda no fue muy sistemática, pensando que Hansi debía hallarse cerca. Para cuando cayó en la cuenta de que no era así, Balduino estaba ya muy nervioso. Desoyendo a Anders y a Thorvald, que iban tras él gritando quién sabía qué, el pelirrojo, imaginando con horror y angustia a Hansi desayunado por lobos, osos u otras fieras, se internó corriendo en la espesura, voceando el nombre del chico con toda la fuerza de sus pulmones. Finalmente, ya enloquecido de miedo, se detuvo en cierta abra, donde al fin lo alcanzaron Anders, Thorvald y otros que se habían unido a la búsqueda.

 

      -Balduino...-murmuró Anders, mientras Thorvald, cuya edad y amplio aunque firme vientre no lo favorecían para carreras como aquélla, se esforzaba por recuperar el aliento.

 

      -Ahora no, Anders-contestó Balduino-. Tengo que pensar adónde pudo haber ido Hansi...

 

      -Muchacho-jadeó Thorvald, algo más repuesto-, en este momento mejor que piensen otros, que tú estás hecho un idiota. Y haz el favor de limpiarte la cera de los oídos. Nos has tenido corriendo como locos gritándote que el pichón encontró las huellas de Hansi, y se dirigen hacia la playa, hacia Vindsborg quizás.

 

      Ante estas palabras Balduino se sintió confuso y sumamente estúpido por haber dado por sentado, en vez de usar sus habilidades de rastreador, que Hansi se habría adentrado más en el bosque y echar a correr hacia allí sin ton ni son, dominado por el pánico. Pero su orgullo apenas si sufrió menoscabo, ya que seguía siendo prioritaria la seguridad de Hansi, y no había tiempo para lamentarse de su propia imbecilidad.

 

      Arrastrando casi a Anders consigo para que le enseñara dónde había hallado el rastro del chico, Balduino volvió al punto de partida. El temor a que algo le ocurriera a Hansi ponía alas en sus pies, y estuvo a punto de atropellar a Honney quien, con Thommy encaramado sobre sus hombros, iba tras Ursula intentando en vano de que lo supliese en la tarea de cuidar al blondo crío.

 

      Anders, cosa no muy frecuente en él, había usado la cabeza: ¿de dónde podían partir las huellas de Hansi, sino de donde se lo había visto por última vez? Las suelas de las toscas botas del niño habían dejado un rastro en la tierra húmeda del bosque, rastro medio borrado por pisadas más grandes y que a veces se volvía poco claro o desaparecía en medio de la hojarasca, pero que reaparecía cada tanto y seguía siendo lo bastante visible para que Balduino pudiera hallarlo de nuevo.

 

      La pista llevaba hasta la escalinata de Vindsborg; al pie de la misma, Wilhelm hacía guardia.

 

      -¿Está Hansi aquí?-preguntó Balduino; innecesariamente, porque Hansi ni se había sacudido las botas antes de subir, y dejaba un rastro barroso en los peldaños.

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego, llegó hace un rato-contestó Wilhelm; pero ya Balduino subía la escalinata a los saltos.

 

      Halló a Hansi sentado en la única silla que había en Vindsborg, los brazos apoyados sobre la mesa, y en su rostro una expresión a la vez taciturna, enfadada y triste, aunque al principio no reparó en ella.

 

      -Que sea la última vez que nos dejas a todos con el corazón en la boca yéndote a cualquier parte sin antes avisar-dijo secamente-; ¿quedó claro?

 

      Hansi se puso de pie, desafiante y obstinado.

 

      -Yo hago lo que quiero-declaró.

 

      Jamás antes había respondido a Balduino ni a nadie más en Vindsborg en semejante tono altanero y desdeñoso. Balduino se quedó de una pieza. La desaparición de Hansi lo había hecho pasar instantes angustiosos, y aquella respuesta venía a ser la gota que desbordaba el vaso. En segundos, el furor tiñó de carmesí su rostro mientras sus puños se crispaban. Hansi, previendo una reacción terrible, empalideció.

 

      Balduino profirió un alarido de rabia y aporreó la mesa con tanta fuerza, que la madera crujió y se agrietó. Su puño derecho estaba adolorido, su cólera más violenta estaba saciada, pero todavía no se hallaba del todo satisfecho; de modo que en un santiamén se apoderó de Hansi, se sentó con él sobre sus rodillas y le dio tres fuertes nalgadas.

 

      -Ahora me siento mucho mejor-gruñó, dejando a Hansi en el suelo y apoyando el mentón sobre su mano izquierda, con la vista baja.

 

      Balduino tenía la mano pesada, pero en ningún momento se llevó Hansi la mano hacia sus posaderas. Estaba más pálido que antes de la paliza. Otra vez era el pequeño príncipe que veía perdido su trono pero ahora, además, era como si le acabaran de leer su sentencia de muerte y se preguntara qué había hecho para merecerla.

 

      -Me... Me pegaste-reprochó en un murmullo, aún sin poder creerlo.

 

      Balduino alzó la mirada. Ante aquella carita triste, súbitamente se sintió un canalla y se alegró de que le doliera su propio puño.

 

      -Ven aquí, Hansi-rogó bondadosamente.

 

      -No-contestó el niño, tozudo-. Me pegaste.

 

      Durante una fracción de segundo se miraron y se adivinaron mutuamente las intenciones, la de Hansi de salir huyendo y la de Balduino de impedírselo; pero fue Balduino el más rápido. De un salto se puso de pie y se apoderó de Hansi en el momento en que éste trataba de escapar. Ya entre los brazos de Balduino, Hansi pataleó y aporreó a su captor, esforzándose por recobrar su libertad.

 

      -¡Me pegaste! ¡Me pegaste!-gritaba, impotente. Balduino soportaba en silencio los golpes y puntapiés; volvió a sentarse con Hansi en brazos-. Me pegaste...-murmuró por último el chico, estallando derrumbado en un océano de lágrimas sobre el hombro de Balduino. Este exhaló un suspiro.

 

      -Ay, Hansi-dijo-. Sí, te pegué, pero seamos justos. Dime: ¿cuántas veces antes esquivaste ese castigo? Te amenacé tantas veces... Pero siempre me quedaba en amenazas. No des a esta paliza más importancia de la que tiene. Debes entender que lo que has hecho no es simplemente una travesura más. Lejos de nuestra vista, pudo haberte ocurrido algo, pudiste haber caído a un pozo, ser atacado por animales salvajes, romperte una pierna... Y todo sin que nosotros supiéramos siquiera dónde estabas, ni que necesitabas ayuda y de qué clase. Ni Ulvgang se aleja sin decirme adónde va y yo mismo siempre digo adónde me dirijo cada vez que salgo; y espero de ti que hagas lo mismo. Si no, seguiré dándote todas las palizas necesarias, y más, hasta que aprendas que debes hacerlo. ¿Por qué? Porque es preferible una paliza, aunque te duela un poco, y no que termines devorado por las fieras.

 

      Había hablado con un afecto del que él mismo se sorprendía. Hasta ese momento no había advertido la fuerza de su cariño por Hansi, quien hacía mucho tiempo había dejado de ser, para él, sólo un mocoso desobediente y entrometido. Balduino nunca podría olvidar que el primer rostro que había visto en Freyrstrande había sido el de Hansi; es más, lo recordaba en este mismo instante. Estaba haciendo castillos de arena, pensó con ternura, sonriendo y estrechando aún más el abrazo. Salió corriendo delante de mí hacia Vindsborg, llamando a Thorvald, avisándole que yo había llegado. Muy pocos recuerdos del tiempo que llevaba en Freyrstrande excluían totalmente a Hansi, quien por lo general estaba siempre presente aunque más no fuera como figura de fondo. En aquella tierra agreste y dura, él comenzaba a sospechar qué era realmente ser feliz, y si lo era imposible no amar a Freyrstrande pese a la naturaleza poco hospitalaria del lugar, más imposible aún le era no amar a Hansi pese a las continuas barrabasadas y desobediencias de éste.

 

     Hansi advirtió ese amor, y su llanto se fue tan rápido como había llegado. El señor Cabellos de Fuego no permitiría que nada malo le ocurriera, el señor Cabellos de Fuego lo quería; ese pensamiento bastó para tranquilizarlo. Se secó las últimas lágrimas y, mirando a Balduino, preguntó:

 

      -¿Por qué quieres más a Thommy que a mí?

 

      -No lo quiero más-contestó Balduino-. El es más chiquito y precisa más protección, eso es todo-súbitamente recordó algo y se sintió incómodo-. Sobre lo que sucedió hoy, Hansi... Que no se repita, ¿de acuerdo? Nadie debe abusar de alguien más débil... Pero no tendría que haberte gritado como lo hice; te pido que me perdones. Lo que ocurrió fue que, cuando te vi empujar a Thommy, recordé algo feo. Te contaré-hizo una pausa y vio que hansi lo miraba atentamente, y entonces prosiguió:-. Cuando yo era niño y tenía la edad de Thommy o un poco más, quería mucho a uno de mis hermanos, Edgardo, el que me antecedía inmediatamente en años. Estando solos él y yo, se mostraba cariñoso conmigo; pero si había alguien más, sobre todo nuestros padres o los amigos de él, me dejaba de lado, y entonces yo me sentía muy, muy solo. Un par de veces quise ir tras él, y Edgardo terminó rechazándome a empujones. Cuando te vi empujar a Thommy me acordé de aquello; por eso, creo, reaccioné como reaccioné...

 

     Calló. No le gustaba desempolvar aquellos recuerdos para él tan desagradables, imágenes de una niñez más bien amarga. Tampoco tales recuerdos eran cosa de todo los días; al contrario. Pero cuando acudían a su mente, el efecto era el de fantasmas condenados a arrastrar cadenas por toda la eternidad... ¡Qué no hubiera dado por dejar de oir aquel ruido de cadenas arrastradas, por conceder el descanso eterno a aquellas ánimas en pena que vagaban en su interior y con las que tenía que vérselas de tanto en tanto! Pero ni siquiera sabía por dónde empezar.

 

      Se preguntó qué habría sido de Edgardo. Recordaba que éste había declinado el dudoso honor de entrar al servicio de Eduardo, el mayor y más estúpido de sus hermanos; pero había aceptado, si bien a regañadientes, servir al que le antecedía en edad entre los varones, Everardo. Este, por aquel entonces, acababa de ser armado Caballero y tenía unos humos difícilmente superables. Balduino creía que tales humos debían ser contagiosos ya que, con el tiempo, el mismo Edgardo pareció infatuado por su cargo de escudero... ¡Como si fuera un privilegio estar al servicio de un asno cuyos méritos eran pura fanfarria! Eso ya se había visto en el último torneo presenciado por Balduino en Rabenstadt. Tras darse muchos aires de gran campeón, Everardo había sido derribado de su montura en la primera vuelta. Nadie le había dicho que en boca cerrada no entran moscas... Balduino siempre sentía cierto maligno placer al evocar estas pequeñas desgracias y grandes humillaciones de sus hermanos mayores, que nunca le habían sido simpáticos: Eduardo, Ricardo, Everardo... La excepción era Edgardo. El fantasma que arrastraba las cadenas era él.

 

      Balduino recordaba muy bien aquel último torneo en Rabenstadt, porque al final del mismo su padre el Duque había anunciado la inminente boda de Edgardo y el compromiso matrimonial del propio Balduino, quien fue el primer sorprendido por el anuncio. Ya ni recordaba el nombre de su prometida o si era bonita o fea. Su perro Argos, su único amigo de infancia, llevaba un mes muerto; durante el torneo, la mirada de Balduino había hallado la de Edgardo sin que éste delatase afecto alguno; y su padre le concertaba un matrimonio de conveniencias sin siquiera avisarle primero a él en privado. En suma, ya no tenía motivos para quedarse en su hogar. Al día siguiente, tras un violento intercambio de palabras con su padre, Balduino abandonaba Rabenstadt para siempre. Nada había vuelto a saber de Edgardo ni de ningún otro de sus hermanos desde entonces, y a esta altura de los hechos, tampoco deseaba recibir noticias de ellos. La verdad era que sentía más hermanos a Anders, Gabriel, Kurt o Hansi, que a quienes lo eran por nacimiento.

 

      -¿Amigos de nuevo, Hansi?-preguntó, saliendo de sus recuerdos. Hansi no contestó y bajó la mirada-. ¿Te molesta algo más? Cuéntamelo.

 

      Hansi, obstinado, meneó la cabeza.

 

      -No. No pasa nada-murmuró, casi inaudiblemente.

 

       -Hmmm... Disculpa, pero no me convences. Yo también, a tu edad, bajaba la cabeza y contestaba que no me pasaba nada. Y sí me pasaba. Cuéntame-y Balduino, recordando por qué motivo él mismo, de niño, contestaba que nada le ocurría, aladió:-. No me burlaré. Lo prometo.

 

      Hansi no le creyó enseguida, y Balduino tuvo que insistir mucho, hasta que por fin el niño se convenció.

 

      -Te tenía una sorpresa esta mañana, pero a ti no te importó. Cuando estuvimos en Helmberg con el Conde Arn, me presentaste llamándome sirviente. Y mi padre dice que aquí estorbo, aunque intente ayudar. Señor Cabellos de Fuego, ¿de veras me quieres?

 

      -Claro que te quiero, Hansi-contestó pacientemente Balduino-. Cuando estás frente a un posible enemigo, y ése era el caso de Arn, conviene mantener en secreto los afectos, porque ahí uno es más vulnerable y por ahí será atacado en primer lugar. Si dije frente a Arn que sólo eras mi siervo fue para que no se les ocurriera tomarte de rehén; pero de todos modos, hasta los Caballeros somos sólo siervos de prestigio y categoría, aunque a veces las ínfulas se nos suban a la cabeza. En cuanto a eso de que eres un estorbo, la verdad es que me diste unos cuantos dolores de cabeza, pero también fuiste de ayuda a tu modo.  Te quiero, Hansi, de veras; pero no necesitas ser útil para hacerte querer a tu edad. En cuanto a lo de esta mañana... Bueno, Hansi, la verdad es que tuve un comienzo de día bastante agitado. Hrumwald quejándose de Herminia; Ulrike lloriqueando por su hijo Thorstein; Ulrike y Thora boxeando como dos Kveisunger; Thomen el Chiflado trayéndome a Thommy para que yo lo cuide-rio burlonamente. Teniendo en cuenta que se trataba de un lugar en teoría pequeño y aburrido, en Freyrstrande sucedían demasiadas cosas, muchas de ellas tiradas de los pelos-. No tuve tiempo entonces para sorpresas, pero me gustaría que me la dieras ahora.

 

      Hansi vaciló; temía que la sorpresa preparada no fuese más que una tontería. A Balduino no le cabía duda alguna de que lo sería pero, por supuesto, no pensaba decírselo a Hansi.

 

      -Por favor-añadió con ternura; y eso decidió al chico.

 

      -Espera aquí, señor Cabellos de Fuego-dijo; y desapareció por un rato, hasta que volvió y dijo:-. Ahora puedes venir.

 

      Balduino siguió a Hansi escaleras abajo y ambos caminaron por la playa hasta un sitio donde alguien había escrito en la arena húmeda: Isch leibe dir, Meisser Brunshaarn.  Era una incripción obviamente reciente y Balduino, perplejo, se preguntó quién la habría hecho para Hansi. Hasta donde entendía, sólo Anders y él sabían escribir en Vindsborg y, entre los aldeanos, la escritura era ciencia conocida sólo por Fray Bartolomeo.

 

      -Muy lindo... ¿Quién lo escribió?-preguntó.

 

      Hansi se impacientó: ¿para qué iba a anunciar a Balduino que le tenía preparada una sorpresa, si esa sorpresa era obra de otros?

 

      -Yo, señor Cabellos de Fuego-contestó.

 

       -Pero si tú no sabes...

 

      -Aprendí, señor Cabellos de Fuego. Me enseñó Fray Bartolomeo.

 

      -Pero, ¿para qué?...

 

      Hansi quedó tan azorado como Balduino, y empezaba a temer que su sorpresa no fuera bien recibida.

 

      -Para parecerme más a ti, señor Cabellos de Fuego. Tú sabes leer y escribir. Me dejaría el pelo largo como tú, pero mi padre quiere que lo tenga corto.

 

      Recién en ese momento advirtió Balduino hasta qué punto le tenía adoración hansi. Era un afecto puro e inmenso, como el de Argos o Svartwulk. Se inclinó sobre el niño y le besó la frente. Luego sintió gran embarazo: no sabía qué decir, porque lo embargaba la emoción y temía que de su boca salieran sólo tonterías. En tales circunstancias conviene no decir nada, pero Balduino no lo tuvo en cuenta. Volvió a besar a Hansi y lo abrazó en silencio, y estos silenciosos gestos de amor valieron para el niño más que mil palabras. Sin embargo, Balduino no se dio cuenta, y por eso habló:

 

      -¿Sabes, Hansi?: un día, Anders recibirá sus espuelas de Caballero y dejará mi servicio, y yo necesitaré otro escudero. He pensado que podrías serlo tú.

 

      Un segundo después de terminar de hablar ya se había arrepentido de sus propias imprudentes palabras. Demasiado tarde. Hansi estaba desbordante de entusiasmo y felicidad, como si ya hubiera sido ascendido al cargo.

 

      -¡Señor Cabellos de Fuego!-exclamó-. ¿Podré? ¿En serio?

 

      -Pues...Sí... Supongo que sí... Si tu padre te deja...-balbuceó Balduino, consternado, tratando de imponer escollos entre Hansi y la promesa hecha.

 

       -¡Me dejará! ¡Tú se lo pedirás y me dejará!

 

      -Mira que es una tarea aburrida. Pulir armaduras, afilar espadas y...

 

      -¡No me importa! ¡Gracias, señor Cabellos de Fuego! ¡Muchas gracias!

 

      Hansi se arrojó impetuosamente sobre Balduino como hacía tan a menudo. Balduino, que hasta ese momento lamentaba haber abierto la boca, quedó desarmado ante esa brutal pero espontánea y dulce muestra de afecto, y mandó de paseo todas las objeciones que se agolpaban en su mente. ¡Hansi sería su escudero! ¿Por qué no, después de todo?

 

      -¿Y cuándo seré tu escudero, señor Cabellos de Fuego?

 

      -Cuando Anders sea armado Caballero.

 

      -¿Y si te marchas antes de que él sea armado Caballero?

 

      -Pues vendrás conmigo como paje.

 

       -¿Y cuándo será armado Caballero Anders?

 

       -Dentro de tres o cuatro años, cuando él tenga veinte.

 

      -¿No puedes armarlo ahora?

 

      -Hansi, ¡yo no puedo armar Caballero a Anders ni a nadie más! ¡Eso sólo puede hacerlo el Gran Maestre o alguien en quien él delegue esa función!

 

      -Bueno, pero ¿pueden armarlo antes?

 

      -Sí, suponiendo que en alguna batalla demuestra un valor excepcional, gran destreza en el manejo de las armas o...

 

      -¡Ya lo demostró, ya lo demostró! ¡En Kvissensborg, señor Cabellos de Fuego, durante el motín! ¿Por qué no le dices al Gran Maestre que lo arme Caballero?

 

      -¿Y por qué tenía que ocurrírseme hablar de más?-gimió Balduino.

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20 abril 2010 2 20 /04 /abril /2010 20:00

        Hansi volvió a escribir la frase como pudo; todavía le costaba un poco recordar qué letra venía después de otra en una palabra. Cuando terminó, volvió junto a Balduino en el momento en que éste suspiraba de alivio viendo alejarse a Ulrike.

 

      Thomen alzó al pequeño Thommy, como si fuera lo más natural del mundo, lo puso en los brazos de un atónito Balduino.

 

      -Tomad, os lo he traído para que pase el día con vos-dijo, y Balduino reprimió una sarta de palabrotas. ¿Este me ha visto cara de ayo, o qué?, pensó, indignado. Estaba a punto de cantarle cuatro frescas a Thomen, cuando éste añadió:-. Y cuidádmelo bien, que ya he perdido a tres. Condenada tierra que se lleva a los hijos antes de que uno pueda verlos crecer... Mirad lo que es éso-y volvió hacia el océano su semblante tosco, curtido y prematuramente arrugado por viejos dolores. Allí el firmamento se veía negro como la muerte, lo que en aquella época del año no necesariamente presagiaba tormenta-. Maldita tierra implacable que se lleva a los que uno ama...

 

      Balduino miró también en esa dirección. Ante aquellas tenebrosas cerrazones, en comparación a las cuales las fumaroles del volcán de Eldersholme parecían blancas, se sobrecogió, asaltado nuevamente por la curiosa sensación de que Freyrstrande lo retaba a un duelo del que él tenía pocas probabilidades de salir vencedor.

 

      Algunos de los hombres de Vindsborg se habían echado a reír tan discretamente como pudieron al viendo que al parecer Thomen suponía que Balduino era una especie de niñero. Para disimular, algunos se habían alejado un poco, y éste era el caso de Hundi quien, sin darse cuenta, había pisoteado la inscripción hecha por Hansi en la arena. Cuando lo vio, al niño lo asaltó una mezcla de incredulidad y amargura, y corrió hacia Hundi.

 

      -¡¡¡NO PISES AHÍ!!!...-gritó, casi al borde del llanto. Le parecía, aun sin poder expresarlo, que eran sus sentimientos los que eran pisoteados e ignorados ahí, en la arena.

 

      Ulvgang, quien se encontraba cerca de Balduino y de Thomen, estaba haciendo esfuerzos por controlarse. Le molestaba la gente complicada, y le parecía que Thomen era una persona de ésas.

 

       -Y siendo así la situación, ¿por qué no te marchas a otro lugar?-preguntó, tratando vanamente de no sonar muy sarcástico.

 

       -Es que es como si esta tierra tuviera garras que lo atraparan a uno cuando intenta irse-replicó Thomen.

 

      -Pero hombre, tratándose de la vida de los hijos...-observó Anders.

 

      -Hay cosas más importantes que la vida o la muerte-dijo Thomen, recibiendo de manos de Ljod su absurdo sombrero de paja, que acto seguido comenzó a hacer girar nerviosamente entre sus propias manos-. Abandoné Freyrstrand hace unos años, siendo todavía soltero, y me fui a Helmberg, adonde si te enfermas al menos tienes médicos que te atiendan... Pero una vez a una mujer encinta la asaltaron los dolores del parto en plena calle, mientras su esposo se inclinaba a su lado... Parecía que sería un parto difícil...

 

      Miró otra vez hacia la cerrazón encima del océano.

 

      -Quise ayudar... Busqué médicos... Comadronas... Pero viendo de quién se trataba, nadie quiso ayudar a la mujer-murmuró, sombrío-. Ni la madre ni el hijo sobrevivieron al parto... Y luego me enteré de que nadie la quiso ayudar porque aquélla era la mujer del verdugo... Y que si eres verdugo, enterrador o qué sé yo, o mujer de alguno de ellos, nadie querrá saber nada contigo... Tal vez los verdugos en algunos lugares sean necesarios, no sé...

 

      -No, señor: ¡no lo son!-bromeó Andrusier a quien, como a cualquier otra persona fuera de la ley, decididamente los verdugos no le convenían; y hubo algunas sonrisas, pero Thomen permaneció serio.

 

      -...y aquí cada uno de nosotros sepulta a sus propios muertos, si es que no lo hace el cura-continuó-. Pero no entiendo a la gente de la ciudad. ¿Qué es éso de que a éste sí porque es molinero pero a éste  no, porque es verdugo, y a éste también porque es panadero pero a éste tampoco, porque es enterrador?... ¡Yo no entiendo, señor Cabellos de Fuego!...-exclamó, y miró a Balduino con sus ojos azules, como si el pelirrojo tuviera el deber de conocer todo aquello que él ignorara e instruirlo a su vez-. ¡Me parece cosa de locos!... ¡Aquí todos nos ayudamos unos a otros, porque si no lo hacemos, no sobrevive nadie!... ¡Y no quiero vivir en un lugar donde deba enseñar a mis hijos que a la gente se la ayuda o deja de ayudar según su oficio!..

 

      Friedrik, cansado de esperar en el malecón, vino bramando hacia Thomen:

 

     -¡Thom! ¡Deja de decir estupideces y ven acá de una buena vez! ¡Hace un año que te estamos esperando!

 

       -¡Ya voy, ya voy!... ¡Deja de gritar como un animal!-replicó Thomen, ofuscado, para luego despedirse lacónicamente e ir corriendo tras Friedrik.

 

      En cuanto lo vio lejos, dijo Ulvgang:

 

      -De buena gana lo hubiera hecho callar aunque más no fuera cuchillazo de por medio. Qué tipo deprimente, poniéndose a hablar de muertos, verdugos y enterradores.

 

      -Cállate-replicó secamente Thorvald-. Sabes que hay mucha sabiduría en lo que dijo.

 

       Balduino no los escuchaba. Observaba sombríamente los tenebrosos nubarrones encima del océano, y se estremecía ante ideas nefastas que atravesaban su mente.

 

      Thora había subido de nuevo a la carreta y se hallaba próxima a partir cuando Balduino, con el pequeño Thommy en brazos, salió corriendo tras ella.

 

      -Yo...-balbuceó en cuanto logró alcanzarla-. Mira, Thora... Ya habéis perdido a tres y... Quiero decir, es mucha responsabilidad...

 

      Thora asintió.

 

      -Entiendo, señor cabellos de Fuego-dijo-. Puedo entender también a Ulrike, quien perdió dos hijos; pero, sabéis, sobreproteger no es una solución. Thommy es tan feliz cuando viene aquí-hizo un gesto de dolor-. Cuando perdéis a un hijo, señor, no queréis pensar que fue culpa vuestra. Culpáis a vuestra pareja. Cuando perdéis al segundo, la culpa se la echáis a la suerte. Cuando perdéis al tercero, ya no culpaís a nadie... Es el destino-apretó los dientes para no llorar-. Fray Bartolomeo dice que los tres que perdimos son angelitos en el Cielo. No importa cuánto cuide uno a un hijo, si tiene que suceder, sucederá. Lo sé porque me ha pasado y me he preguntado de qué valió privarlo de jugar afuera para protegerlo del frío, si igual murió.

 

      -Pero...

 

      -Ya sé-interrumpió Thora-. Vos tenéis otras cosas en qué pensar. Hallaréis, estoy segura, a alguien que cuide de Thommy. Entended que me es muy difícil negarle siempre venir aquí, cuando casi no pasa día sin que él me lo pida. Se aburre en casa, y al menos aquí está Hansi para jugar con él. Prometo no traerlo demasiado seguido. Sé que lo cuidaréis bien y que, si a pesar de todo, algo malo le ocurriera a Thommy...-apretó nuevamente los dientes, pero esta vez no pudo reprimir unas lágrimas-...será que Dios quiso tener a su lado un cuarto angelito. El os envió para cuidarnos. Lo estáis haciendo muy bien. Sabéis, dice Ljod que aquel día en que ese Landskveisung entró en nuestro hogar, de no haber sido por lo que aprendió aquí, ella no habría tenido el valor...-volvió a sollozar y, viendo muy turbado a Balduino, concluyó:-. Soy una tonta. Adiós, señor Cabellos de Fuego-y partió en la carreta.

 

      Balduino tardó en reaccionar. Hacía tiempo sospechaba que aunque no estuvieran todo el tiempo rasgándose las vestiduras, sino todo lo contrario, Thomen y Thora habían sufrido enormemente. Ver con cuánto valor y con cuánta filosofía sobrellevaban su dolor lo cohibía un poco; pero no tanto como la tarea que le habían encomendado. Sabía que, si algún daño le ocurriera a Thommy teniéndolo a su cargo, nunca podría perdonarse a sí mismo. Lo abrazó con fuerza contra su cuerpo.

 

      Hansi llegó en ese preciso momento. Se estremeció al ver a Balduino mostrándose tan afectuoso con Thommy; se sintió como un pequeño príncipe derrocado que presencia involuntariamente la coronación de un usurpador. pero hizo un último intento por llamar la atención de Balduino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, quiero mostrarte algo...

 

      -Luego me lo muestras, Hansi, ahora no tengo tiempo-contestó Balduino; y lo decía porque era menester ponerse por fin a trabajar, pero Hansi vio las cosas de otra manera. Para el pequeño Thommy sí había tiempo; para él, no.

 

      Thommy, quien inevitablemente había oído la conversación más bien amarga entre su madre y Balduino y temía seguir los pasos de aquellos tres desconocidos hermanos que ahora estaban en el Cielo, preguntó, asustado:

 

       -Zeñod Cabelloz de Fego, ¿me voy a modid?

 

      Ojalá que sí, pensó Hansi, atormentado por los celos y el dolor, mientras Balduino respondía obviamente que Thommy moriría sólo cuando fuera viejo. De inmediato, Hansi se horrorizó de su propio deseo y luego se angustió, seguro de haberse hecho merecedor del Infierno. Por eso no te quiere el señor Cabellos de Fuego, porque eres malo-pareció susurrarle la maligna voz de un demonio errante-. No travieso, sino malo. Su horror y repugnancia de sí mismo fue en aumento. Seré bueno-pensó-. No seguiré siendo malo. Seré bueno.

 

      Pero allí estaba Thommy, en brazos de Balduino. A Thommy el señor Cabellos de Fuego sí lo quiere-pensó-, porque es rubio y más pequeño que yo. Thommy, si su familia muriera, no quedaría desamparado porque era un chiquitín precioso, reflexionó Hansi, envenenado. Amén, claro, de que tenía un padre, una madre y una hermana que gozaban de perfecta salud, y era improbable que murieran todos a la vez. Hansi tenía sólo un padre, saludable también, pero muy expuesto a los riesgos del mar.

 

      Y cuando él no esté, quedaré solo, pensó una vez más, con silenciosa amargura, acurrucándose sobre sí mismo ante la amenaza que su infantil visión de la realidad le hacía sentir inminente, un oscuro monstruo cerniéndose sobre él para fagocitarlo. 

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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