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20 abril 2010 2 20 /04 /abril /2010 19:50

      Creyendo cándidamente que la cuota de complicaciones del día estaba cubierta, Balduino respiró profundo y observó la mañana fría, nublada y ventosa, e intentó relajarse, cosa que Thorvald, por cierto, no estaba logrando en lo que a él mismo se refería mientras intentaba calmar a Ulrike.

 

      Así estaban las cosas cuando se vio llegar la carreta de Thomen el Chiflado, arrastrada por el jamelgo de costumbre y cargada de gente.

 

      -Ten después el coraje de decir que Thom no está de remate-murmuró Anders, lapidario-. Sólo a él se le ocurriría llamar Kamper, luchador, a ese animalejo que ya debía ser viejo cuando Noé lo invitó a subirse al Arca.

 

      -Bueno, Kamper seguramente conoció tiempos más gloriosos, por viejo que esté ahora, y entonces habrá recibido su nombre-razonó Balduino-. Además, todavía conserva sus buenas fuerzas. Mira cómo consigue arrastrar pese a todo esa carreta tan cargada.

 

      Sin embargo, era muy difícil defender la cordura de Thomen con la debida contundencia, toda vez que Balduino advertía ahora la veracidad de un detalle que Anders le había señalado en otra ocasión: Thomen traía puesto su descomunal y absurdo sombrero de paja si y sólo si, como en esta oportunidad, venía en carreta. Nublado como estaba el día, no había razón para que trajera puesto aquel mamotreto, como era el caso. Aún más: Thom se veía obligado a aferrar las riendas con sólo una mano para poder sujetar con la otra el sombrero en cuestión a fin de impedir que el viento se lo arrebatara.

 

      Además de su esposa y sus hijos, lo acompañaban Freidrik y Hansi, quien fue el primero en bajar.

 

      -No te demores mucho, que ya bastante retrasados estamos-gruñó Freidrik a Thomen. En efecto, los compañeros de pesca de ambos los esperaban desde hacía rato en el malecón y ahora, al verlos, les lanzaban denuestos desde lejos.

 

      Thomen respondió algo y acto seguido volcó toda su atención a su familia. Balduino se detuvo a contemplarlo, ya que le resultaba querible cuando, tierno y protector, se ocupaba de su mujer y sus hijos. A la vez, claro, le producía un lejano dolor, como de una herida ya cicatrizada pero que molesta con cada cambio de tiempo. Ojalá hubiese tenido yo un padre así y una familia como ésta, pensaba. A él no lo habían mimado como Thom y Thora a Ljod y Thommy. Sin embargo, le hacía bien ver a su alrededor y ver que había familias de verdad felices, aunque a él ese privilegio no le hubiera tocado.

 

      No podía decirse que Thomen y Thora fueran muy románticos. La verdad, Balduino jamás los había visto besarse ni hacerse arrumacos; pero tampoco los había visto reñir, ni circulaban chismes acerca de reyertas conyugales entre ambos. Y de alguna manera se demostraban amor a través de gestos. Thora siempre preparaba la cesta del almuerzo de su esposo y, si había en ella algo que agradara especialmente a éste, lo informaba al respecto. Era, sin duda, su forma de decirle que lo amaba, como la de él hacia ella era el darle la mano para ayudarla a bajar de la carreta aunque Thora, mujer curtida y vigorosa, no necesitara esa ayuda. Balduino, quien opinaba desde hacía tiempo que el amor más pasional, desenfrenado e impetuoso no era para él y prefería los afectos más tranquilos, sonrió melancólicamente al verlos, y se preguntó si algún día Gudrun y él llegarían a una relación similar.

 

      Thomen se había quitado su absurdo y enorme sombrero, subiendo a hombros a su hijo, el pequeño Thommy, mientras ayudaba a bajar a la joven Ljod tras haber hecho otro tanto con Thora. Fue en ese momento que, por azar, desvió su mirada hacia Balduino y devolvió la tímida sonrisa de éste.

 

      Thommy, encaramado sobre los hombros de su padre, se había apoderado del gigantesco sombrero de su progenitor.

 

      -Zoy Papá-declaró a quien le interesara oírlo, con sonrisa desvergonzada, desapareciendo acto seguido bajo el sombrero en cuestión mientras reía cómicamente. Pero el viento se lo arrebató, y Ljod tuvo que correr como loca para recuperarlo.

 

      Arrobado con aquellas escenas familiares, no se le ocurrió a Balduino preguntarse la razón por la que venía Thomen, además acompañado por toda su prole, ni aun cuando los vio avanzar a todos juntos hacia él. En ese momento sintió el pelirrojo que alguien tironeaba de su brazo y, para su total consternación, se vio de nuevo inmerso en su más reciente pesadilla.

 

      -¡Os lo suplico, señor Cabellos de Fuego, devolvedme a mi pobre Thorstein!...-gimoteaba Ulrike cual llorona profesional, sin soltar el brazo de Balduino-. ¡No seáis malo, tened piedad de una desconsolada madre!...

 

      Balduino, desesperado, se volvió hacia Thorvald y éste, alzando sus colosales brazos, dio a entender que no había caso, que no podía hacer nada. Pero Thora oyó los lamentos de Ulrike y se irritó. Mujer de estatura más bien baja, cabello rubio entrecano y ojos castaños, a Balduino siempre le había parecido muy tranquila... Hasta ese día.

 

      -Pues mira que ha tenido piedad de ti el señor Cabellos de Fuego, que te libró de ese zángano malcriado-sentenció en tono gélido.

 

      Aunque los calificativos estuvieran ampliamente merecidos, esas cosas no se le dicen a una madre que imagina que se ha enviado al hijo de sus entrañas a un inenarrable castigo en algo muy parecido al mismísimo Infierno... Todo el mundo empezó a maliciar desastre en puerta.

 

      -¿Pero qué estás diciendo?... ¡No hables de lo que no sabes!...¡Si precisamente vengo a reclamar por Thorstein, porque lo necesitamos para los quehaceres más pesados!-exclamó Ulrike, lívida y azorada, saltando en defensa de su vástago.

 

      -¡Ja!-se burló Thora-. Mejor reclama por la vuelta de los que en el cementerio duermen el sueño de los justos, que más posibilidades tienes de que te ayuden ellos, que ese bueno para nada que tienes por hijo.

 

      Ulrike, indignada, enrojeció ligeramente; comenzaba a enfurecerse de verdad.

 

      -¿Y puede saberse a cuento de qué vienes a denigrar a quien no está para defenderse?-espetó.

 

       -Presente o ausente-alegó Thora, sarcástica-, tu Thorstein ni con palabras se dignaría defenderse, que para él sería algo demasiado fatigoso.

 

       El semblante de Ulrike pasó del tinte suavemente rojizo al más violento carmesí. No pudiendo atacar la holgazanería de Thomen, trabajador como el que más, ni de los hijos de Thora, demasiado pequeños para ser tildados de irremisiblemente perezosos, al menos podía hacer nefastos vaticinios y al mismo tiempo desenterrar la pereza de algún ancestro que llevaba varios años enterrado:

 

       -Mira, no mires tanto la paja en el ojo ajeno-dijo burlonamente-, que si las piedras y los árboles hablaran, qué no dirían de tu laborioso abuelo, vago hasta el escándalo, que pedía permiso a cada pie antes de moverlo, ¡y mejor reza para que Thommy no salga igual, que bien que se le parece de cara!...

 

      -¿Eh?-preguntó Thora, indignada, llevándose las manos a la cintura y avanzando en son de guerra-. Un momento, un momento, que si hablamos de perezosos, aquel tío tuyo, ¿cómo se llamaba?...

 

     -¡No se llamaba, porque jamás hubo perezosos en mi familia!-gritó Ulrike, saliéndole al encuentro con aire igualmente belicoso.

 

      -¡Salvo Thorstein, que vale por cincuenta!-bramó Thora.

 

       -¡Mentirosa! ¡Calumniadora! ¡Embustera!

 

       -¿Embustera yo? Y por casa, ¿cómo andamos?

 

       Las dos mujeres se insultaron durante sólo medio minuto más, lapso durante el cual sus coléricos alaridos atrajeron a los seis perros de Hundi, que al principio irguieron orejas desde la distancia y evaluaron la situación, y nada más. Pero cuando Thora y Ulrike, ya violáceas de rabia, se acometieron  una a la otra a empellones y puñetazos, los seis animales decidieron que no podían perderse de tal diversión, y también ellos se unieron a la contienda, ladrando y mordiéndose entre ellos o hincando sus dientes en los ruedos de los vestidos de las dos boxeadoras de ocasión.

 

      Balduino se interpuso entre ambas, pero éstas no se calmaron, de modo que también él se llevó unos cuantos golpes y rasguños. Thomen, que había dejado en el suelo a su hijo, sujetó muy alarmado a Thora. Thorvald hizo otro tanto con Ulrike; y las dos mujeres, resoplando cual toros enfurecidos, se observaron desde la distancia, asesinándose mutuamente con sus miradas.

 

      -Me voy-anunció de pronto Ulrike con mucha dignidad-. Gracias por todo, señor Cabellos de Fuego.

 

      Parecía persuadida de que el pelirrojo había hecho lo imposible por devolverle a su hijo y que las calumnias de Thora, mala vecina si las había, lo habían impedido.

 

      Hansi se había acercado a Balduino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego...-reclamó.

 

      -Ahora no, Hansi-fue la cortante respuesta. Cálmate, Balduino, nada más va a ocurrir. Estáte tranquilo...

 

      Hansi se sintió decepcionado y herido por la poca atención que le prodigaba Balduino. En eso vio, a la distancia, que Honney, doblado en dos de risa por la reciente exhibición de lucha femenina, se estaba acercando mucho a un sitio adonde él no quería que nadie se acercara; de modo que corrió hacia allí, desesperado.

 

      -¡No pises ahí!-gritó.

 

      -¿Eh?-preguntó Honney, haciendo un esfuerzo por recobrar la seriedad y mirando en derredor-. Oh, lo siento, Hansi-añadió. Había unos signos raros trazados en la arena húmeda de la playa que Honney estaba pisoteando. Era evidente que los había hecho Hansi.

 

      El chico tragó saliva. No eran ciertamente signos sin importancia los que él había trazado en la arena, sino letras y, más concretamente, una frase: Isch leibe dir, Meisser Brunsharn ("Te quiero, señor Cabellos de Fuego"). Con tales palabras, pensaba, lograría sorprender al señor Cabellos de Fuego y recobrar su cariño. El señor Cabellos de Fuego no sabía que él había aprendido a leer y escribir, aunque todavía en forma muy vacilante. Le había enseñado fray Bartolomeo, con quien se había quedado los domingos, después de las misas, para que él diera lecciones; y en poco tiempo ya había logrado enormes progresos.

 

      El señor Cabellos de Fuego-pensaba- vería aquellas palabras escritas en la arena y se asombraría. Hansi le diría entonces que las había escrito él. Le diría que si al señor Cabellos de Fuego le parecía importante saber leer y escribir, también se lo parecía a él, a Hansi. Y el señor Cabellos de Fuego, asombrado y conmovido, le perdonaría todas sus travesuras y lo querría de nuevo.

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20 abril 2010 2 20 /04 /abril /2010 15:25

      Al día siguiente las cosas no empezaron bien. Ni para Balduino ni para Hansi.

 

      Herminia había comenzado a confeccioar ropas nuevas para Balduino y su gente, y a este trabajo se entregaba concienzudamente. La materia prima no era el problema, porque venía  la estación fría y por lo tanto se requería vestimenta abrigada, de modo quese aprovechaban para la labor las pieles de animales cazados que Lambert se encargaba de curtir. Herminia tomaba las medidas necesarias y se ponía al trabajo casi sin decir palabra. Miraba a todos con algo similar al odio,  y a Balduino con especial veneno; y sólo para el convaleciente Tarian tenía alguna pizca de misericordia. Al menos era muy poca la que demostraba; Balduino sospechaba que, para sus adentros, a la vieja le partía el alma vez así al muchacho; que su rabiosa actitud era un simple cascarón en el que se había encerrado para no sufrir, algo de lo que él sabía bastante por experiencia propia. Al fin y al cabo, a la anciana le había ido muy mal en el querer: su esposo la había abandonado, y su hijo había muerto siendo todavía un bebé. Esas son pruebas duras para cualquiera; y a veces, quienes pasan por ellas u otras semejantes, jamás se atreven a querer de nuevo.

 

        Pero por aquello de que nadie experimenta por cabeza ajena, a Balduino se le hacía muy difícil explicarle todo esto a otros; y a Hrumwald, ahora particularmente expuesto al mal genio de la vieja, más todavía. Aquella mañana, completamente descorazonado, se explayó, desde lo alto de su caballo, en sus amargas tribulaciones vividas en los escasos cuatro días que llevaba con ella. Balduino y algunos de sus hombres lo escuchaban atentamente.

 

      -No la entiendo. No sé cómo tratarla-se lamentaba Hrumwald, desolado-. Cuanto hago parece molestarla. No le gusta que coma mucho pues, según ella, soy un asqueroso glotón, y si en cambio como de menos, me censura porque dice que enfermaré si no me alimento bien; y si cepillo a mi caballito, según ella pierdo el tiempo en tonterías pero, si no lo hago, es porque soy un mal nacido que no se ocupa de los animales a su cargo. Si estoy parado, me grita que la pongo nerviosa y, si me siento, es porque vivo con el trasero pegado a la silla... Y si...

 

      -¡Por Dios!-exclamó Ulvgang, harto de tan amargo panorama, sus saltones ojos glaucos destellando indignación-. He visto que tienes algo de dinero, y sospecho que en realidad es una montaña. Liquida a la vieja y cómprate un castillo.

 

      -Más respeto con Herminia-dijo Thorvald con firmeza.

 

      -¡Cómo se nota que no eres tú quien debe sufrirla, campeón!-ironizó Ulvgang, son una sarcástica sonrisa de dientes podridos.

 

      Per y  Wilhelm asintieron en silencio. Recordaban cómo ellos habían ayudado a recoger monedas caídas del morral de Hrumwald e incluso pretendido quedarse con alguna, astucia esta última desbaratada por la mirada atenta y censora de Balduino. La forzada honradez había sido para ellos un suplicio indescriptible. De cualquier manera, podían dar fe mejor que nadie de las inexplicables riquezas de aquel provinciano prognato. Suspiraron al unísono. Sospechaban que Hrumwald no había obtenido tales riquezas mediante fechorías, o habría tenido menos escrúpulos en lo relativo a liquidar a Herminia; y lamentaban no haber sido bendecidos ellos con idéntica suerte.

 

       -Si nosotros tuviéramos el dinero que tú tienes...-comenzó Per.

 

      -...¡justo íbamos a estar cuidando los cerdos de esa vieja bruja!-concluyó Wilhelm.

 

      -Aguanta sólo un poco más, Hrumwald-pidió Balduino-. En cuanto no necesite más de Herminia, ella podrá regresar a su vida normal. Cuando eso suceda, la ayudarás sólo con sus cerdos y, pretextando cualquier cosa, por ejemplo que te necesitan en casa de Kurt, podrás dejar de vivir en el hogar de ella.

 

      -Ahora que la autoridad de Einar en la región es sólo nominal; ahora que te has hecho amigo del Conde Arn; ahora que, en suma, ni uno ni otro son peligrosos, ¿es necesario que Hrumwald pase por este Vía Crucis?

 

      -Lo es-contestó Balduino, dando a Anders un disimulado puntapié para que se callara-, porque Einar no es poderoso ahora, pero puede volver a serlo, y mi supuesta amistad con el Conde Arn admite muchas objeciones. Sigue siendo, después de todo, el hombre del que Wjoland tuvo que huir para no verse forzada a ceder a sus exigencias amorosas; el mismo que ordenó a Einar hacerme la vida imposible. Yo echaría al olvido esto último si se hubiese disculpado conmigo, pero  no lo hizo. Y tanto Arn como Einar tienen derecho a exigir dinero a Hrumwald para permitirle establecerse en estas tierras. Arn está lejos, pero no Einar; de modo que mejor que no se entere de que tiene un nuevo súbdito- y en parte creía en lo que decía pero, además, necesitaba que Hrumwald suplantara por un tiempo a Herminia en los quehaceres de ésta-. Oficialmente, Hrumwald no está afincado aquí, sino sólo de paso. Para cuando se establezca en forma oficial su rostro será archiconocido y nadie lo identificará como nuevo súbdito, pues ni recordarán cuándo llegó.

 

        -Bah. Ni ahora tienen muy en claro los hombres que quedaron en Kvissensborg quién es súbdito nuevo y quién súbdito viejo-insistió Anders, recibiendo por ello un segundo puntapié, al que luego seguiría un tercero y un cuarto-; no ahora que quedaron vivos y libres casi únicamente los nuevos reclutas. Y, Balduino, ¿quieres dejar de moverte tanto? Me estás pateando sin parar desde hace unos minutos.

 

         -Hmmm... Pichón...-murmuró Thorvald, a quien bastó una mirada al rostro de Balduino para comprender que no faltaba mucho para que éste asesinara a su escudero-. Mira, ahí viene alguien, una mujer... ¿Qué tal si vas a atenderla?

 

      Si una mujer era bonita, Anders nunca desdeñaba atenderla, siempre con miras a brindar posteriormente una atención más íntima y fogosa, a puertas cerradas. Así que, creyendo ingenuamente que hasta podía tratarse de Lyngheid Einarsdutter, alzó la cabeza. Balduino hizo otro tanto, deseando que fuera Gudrun; y los demás hicieron lo mismo, pero por pura lascivia y ya sin que les importara siquiera que la mujer fuese bonita o no aunque, por supuesto, aprovecharían para primero ponderar su belleza.

 

      -¡Es la tía Ulrike!-exclamó Hrumwald.

 

      -Eh... Sí, Anders, ve a ver en qué podemos serle útil-suspiró Balduino, feliz de desembarazarse por un rato de los poco oportunos comentarios de Anders.

 

      Ulrike, esposa de Thorstein el Viejo y madre, por lo tanto, de Thorstein el Joven, rara vez venía a Vindsborg, y nunca por problemas personales, al menos hasta ahora. Era una mujer de cabello crespo y entrecano que recogía en un pañuelo, igual que Herminia; pero era bastante más alta que ésta (y en verdad, tampoco se necesitaba demasiado para serlo) y más joven.

 

      Anders le salió al encuentro murmurando palabras de saludo y preguntando en qué podía servirle. Ulrike retribuyó el saludo, pero no se detuvo a oir el resto, sino que pasó de largo hasta detenerse frente a Balduino.

 

       -¡Ay, señor Cabellos de Fuego!-gimió, a gritos casi-. Mi esposo no quería que viniera, pero yo no le he hecho caso... Llevo ya cinco noches sin dormir-y dijo esto último en el momento en que Honney, Andrusier y Hundi, este último con su séquito de perros tras él, se acercaban con intenciones de averiguar qué impedía que iniciaran sus labores diarias de una vez por todas.

 

      No era lo mejor que podía pasarle a Balduino.

 

      -Sobrelleváis muy bien el insomnio-observó burlonamente Honney. Ulrike estaba fresca como una lechuga y lo más probable era que su insomnio fuese imaginario.

 

      -No como ciertos blandengues que conocemos-añadió Andrusier. Era una pulla contra Balduino, muy popular últimamente, aludiendo a una dilatada siesta de Balduino el día de la llagada de Tarian a Vindsborg.

 

      Hacía cinco días que Thorstein el Joven faltaba en su hogar; el mismo número de noches que Ulrike, según sus propias palabras, llevaba sin dormir. Esto no debía ser fortuito, pero a Balduino no le interesaba confirmarlo, especialmente porque temía lo que pudiese ocurrir si efectivamente no lo fuera. Y sin embargo, al principio no pudo menos que sonreír, ya que el tono de voz y las palabras de Ulrike sonaban tan exageradamente trágicas, que fue inevitable pensar que la mujer le tomaba el pelo.

 

      -¡Devolvedme, os lo ruego, a mi hijo!... Ya sé que lo necesitáis aquí, me lo ha dicho mi sobrino; pero es que en casa también nos hace gran falta. La vejez se acerca, una ya no tiene el vigor de la juventud, disminuyen también las energías del esposo, y entonces se vuelven imprescindibles los fuertes brazos de un joven hijo...

 

      -¡Humpf!-gruñó Balduino-. Fuertes brazos que estaban ociosos la mayor parte del tiempo...

 

      -¡No seáis malo!...-exclamó plañideramente Ulrike.

 

      -Un desalmado. Un canalla de la peor especie-dijo Andrusier en tono lapidario y con rostro haciendo juego.

 

      -Ni nosotros hubiésemos tenido corazón para arrebatarle a una madre el hijo de sus entrañas-añadió alevosamente Hundi, y sus ojillos grises se veían más taimados y alevosos que nunca.

 

      Balduino miró con rencor a Honney, Andrusier y Hundi, prometiéndose a sí mismo destriparlos más tarde; luego armóse de paciencia y dijo a Ulrike:

 

      -Señora, comencemos por el principio: vuestro hijo no está aquí...

 

      -¡Oh!-gimió Ulrike, horrorizada-. ¿Qué habéis hecho con él?

 

      -Un villano como Adler es un vulgar secuestrador pero, por el mismo delito, la nobleza queda impune, sobre todo un Caballero como quien yo sé...-comentó Honney en tono sepulcral.

 

      -¡Y a esto le llaman justicia!-exclamó enfáticamente Hundi.

 

      -¡Terminad, vosotros tres!-rugió Balduino, colérico.

 

      -¿Terminar?-preguntó Honney, afectando desdén; y agregó, agitando un índice para recalcar sus palabras:-. ¡Recién empezamos, señor mío, recién empezamos!...

 

      -Vuestro hijo, señora, se encuentra en Kvissensborg-aclaró Balduino, en un vano intento por lograr que la situación recobrara algún matiz de cordura.

 

      Ulrike gimió, y a punto estuvo de prorrumpir en sollozos.

 

      -¿Lo encerraron también al pobre Thorstein? ¡Qué cosa!...fingió deplorar Hundi-. Nada que hacerle: a prisión sólo vamos a dar la gente buena...

 

      -¡THORSTEIN NO ESTÁ EN PRISIÓN!...-se apresuró a aclarar Balduino, luchando por reprimir su ira y fulminando a Hundi  con la mirada-. Está recibiendo entrenamiento militad. Por fin hará algo útil de su vida. Se convertirá en un hombre de provecho.

 

      -Eso suponiendo que sobreviva al entrenamiento-intervino malignamente Hundi.

 

      -He oído que la instrucción comienta sumergiendo al recluta durante tres días y tres noches en agua helada y privado de alimento-dijo Andrusier.

 

      -Sí, y siguen otros tres días en que te arrojan a un zarzal, atado de pies y manos, y luego vienen los cuervos y te picotean las heridas... Creo que algo así sólo los más bravos Kveisunger lo resistiríamos-añadió Honney .

 

      -Y eso que ésa es sólo la instrucción común, la menos rigurosa-observó Hundi-. Pero no nos preocupemos... Seguramente, el señor Cabellos de Fuego sabe lo que hace al exigir terminantemente que a Thorstein se lo haga pasar por la instrucción especial, la más implacable.

 

      Balduino se volvió hacia Ulvgang y Thorvald en busca de apoyo, pero comprobó indignado que ambos estaban demasiado ocupados reprimiento sus carcajadas para advertir siquiera que les mendigaba ayuda.

 

      En cuanto a Ulrike, tras oir los comentarios de los tres Kveisunger, que tomaba muy en serio, parecía casi al borde del desmayo.

 

      -Venid, hablaremos en privado-gruñó Balduino; y se volvió hacia el trío de entrometidos:-. El que me siga, puede darse por muerto.

 

      -Y pensar que el destino del pobre Thorstein está en manos de este hombre cruel y violento-dijo Hundi, meneando la cabeza con aire de desgracia, mientras Balduino se llevaba a Ulrike casi a la rastra.

 

      Subieron la escalinata que llevaba al interior de Vindsborg, pasando junto a Adler, quien montaba guardia al pie de la misma. Adentro no estaban más que la vieja Herminia, ocupada en su costura, de la que alzó un minuto la vista para mirarlos a ellos en forma avinagrada, y Tarian, algo repuesto físicamente, pero cuyo ánimo abatido lo tenía postrado en un rincón, resultando tan engañoso en ese sentido que le confería apariencia de moribundo.

 

      Durante varios minutos, Balduino trató de explicar a Ulrike, una y otra vez, su punto de vista respecto a Thorstein el Joven. Al parecer Ulrike amenazaba sospechar del pelirrojo que era una especie de despiadado señor feudal que disponía con suma frialdad de la vida y la muerte de sus súbditos y que, sin la menor vacilación, había enviado a Thorstein, su pequeño e indefenso hijo, a un fin horrible. Ante alguien así, los súbditos sólo podían implorar clemencia, cosa que hizo de inmediato la llorosa Ulrike.

 

      -Señora: os hago notar que, si vuestro hijo se hallara aquí, estaríais avergonzándolo; pues, siendo él hombre adulto, lo estáis haciendo quedar como un niño o un afeminado-dijo Balduino-. Y os hago notar también que Kurt, por ejemplo, continúa haciendo su vida normal. A él lo dejé en paz porque es laborioso. Pero Thorstein, amén de ser un parásito, colmó mi paciencia pretendiendo holgazanear aquí mismo, en Vindsborg. Si lo recluté por la fuerza, él se lo buscó. ¿Que si corre riesgos en Kvissensborg? Por supuesto. En cualquier lugar y ocupación los correría; y en su caso, el más grave es el de ser molido a patadas por sus instructores si demuestra pereza, negligencia o renuencia a obedecer órdenes. Por lo demás, Kvissensborg no es seguramente la mejor de las fortalezas, pero aun así, allí estará resguardado de muchos riesgos, incluyendo, y lamento seros tan franco, esa sobreprotección vuestra que lo ha convertido en un mequetrefe de pura cepa. Un día veremos a Thorstein regresar de Kvissensborg transformado en un  hombre honorable y digno. Entonces, si él así lo desea, podrá dejar la milicia y dedicarse a otra cosa.

 

      Estos fueron los argumentos que, palabra más, palabra menos, repitió Balduino una y otra vez ante una estólida y gimoteante Ulrike, quien insistía en que al menos le permitiese ver a Thorstein en Kvissensborg para llevarle consuelo. En salvaguarda del orgullo viril del muchacho, Balduino, naturalmente, se negó. Parecía empero haber alguna esperanza de que Ulrike terminara aceptándolo todo con resignación, cuando un gemido de Tarian la hizo reparar en éste por vez primera y en muy mala hora. Siendo Tarian la imagen misma de la desolación, Ulrike  relacionó su mísero estado con la vida militar que, de allí en más, llevaría su hijo. A partir de ese momento perdió Balduino, en primer lugar, la oportunidad de razonar con ella; y en segundo lugar, los estribos. De haber sido Ulrike hombre, gustosamente la habría molido a trompadas, pero hete aquí que no lo era. Ahora bien, se supone que un Caballero ha de defender a los débiles y desamparados, mujeres inclusive. Está muy mal visto que muela a palos a dichos débiles y desamparados, aun tratándose de una mujer pesada como ella sola.

 

      El infortunado Balduino, por consiguiente, se vio obligado, para no ceder a tan salvajes impulsos, a dar la espalda a Ulrike y poner pies en polvorosa tan velozmente como pudo en un inútil conato de huída estorbado por los bulliciosos perros de Hundi que, tomando aquello por un juego, rodearon al pelirrojo ladrando descomedidamente. Y tras Balduino y su cortejo perruno iba Ulrike, esforzándose por no quedar atrás, entre lamentos plañideros y amagos de llanto que no pasaban de la etapa de proyecto.

 

      Así bajaron la escalinata, ofreciendo un espectáculo sumamente ridículo, para regocijo de casi todos los presentes. El gigantesco Thorvald, quien se hallaba a la sazón distribuyendo hachas entre los hombres, fue uno de los pocos que, considerando que el asunto ya se pasaba de la raya, no le encontró tanta gracia. Por lo tanto delegó tareas en Karl y se interpuso entre perseguido y persecutora, golpeando a los perros y deteniendo a Ulrike con un gesto de su enorme mano.

 

      -Ven aquí, Ulrike-dijo-, vamos a hablar tú y yo...

 

      Balduino parecía a punto de desfallecer. Anders, un tanto preocupado, dejó de reir y se le acercó, y le preguntó si se encontraba bien.

 

      -Es cómico...-suspiró el pelirrojo, en cuyo rostro no había ni la sombra de una sonrisa-. Uno va a la batalla lanza en mano o espada en mano y en ese momento se cree muy macho y muy duro, y luego sucede, por ejemplo, que se ve obligado a lidiar con una mujer como ésta... Y ahí advierte que recién ahora se está probando su reciedumbre, y que lo otro era nada más para entrar en calor.

 

     

 

 

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19 abril 2010 1 19 /04 /abril /2010 20:58

      Por esos días falleció la tía de Hansi, a la que Balduino había visto sólo una o dos veces. Su muerte no sorprendió a nadie, y menos al propio Hansi: había sido una mujer enfermiza y con que siempre tenía unos cuantos achaques. Cuál de ellos se lo había llevado al otro mundo, difícil saberlo.

 

      Hansi nunca había sentido gran afecto por su tía. No lo alegró su muerte, pero tampoco la lloró. No obstante, durante los primeros días de duelo estuvo muy misterioso, como si con la difunta quedase sepultada también una etapa de su propia vida y comenzara otra, mucho más abrumadora e incierta. Y la razón para ello fue cierta breve conversación mantenida con su padre luego del entierro, y que por varios días no comentó con nadie.

 

      -Ha llegado el momento de que empieces a acompañarme en la pesca-había gruñido Friedrik-. Ya no es algo que se pueda postergar más tiempo.

 

       -Pero tengo que ayudar al señor Cabellos de Fuego a...-comenzó Hansi.

 

      -¡Ayudar!-se burló Friedrik-. Mira, puede que el señor Cabellos de Fuego no te lo diga, pero por lo general un niño de tu edad que quiere colaborar es un estorbo, no una ayuda.

 

       Aquella respuesta hirió a Hansi. Imposible pedirle tacto a Friedrik, hombre directo, práctico y rudo. Todos los varones de su familia habían sido así, tal vez, desde hacía generaciones; pero probablemente todos ellos habían gozado, en su niñez, de la presencia de una madre, de alguna otra mujer o de un solidario hermano mayor, que mitigara de alguna forma esa rudeza paterna. Hansi no tenía a nadie en su hogar que le explicara las razones de la brutalidad de su padre o lo escudara contra los arrebatos de ira de aquél o, como ahora, de sus respuestas duras e hirientes.

 

      -Si sólo estorbo, ¿para qué quieres llevarme a pescar?-preguntó.

 

      -Porque es hora de que, de a poco, vayas aprendiendo el oficio, de modo que sepas cómo ganarte el pan cuando yo ya no esté. La muerte podría sobrevenirme en cualquier momento, porque los riesgos del mar son muchos, aunque ya estoy hecho a todos ellos.

 

      Eso a Hansi se le había ocurrido ya muchas veces, y siempre había temido quedar solo en el mundo... Hasta la llegada de Balduino a Freyrstrande. Antes de ese momento había pensado que, en caso de quedar sin padre y sin tía, tal vez Fray Bartolomeo lo aceptara consigo; pero tal protección era igualmente precaria, puesto que el cura ya no era joven.

 

      Una vieja y secreta pesadilla de Hansi, el temor al desamparo, renacía ahora con renovado vigor. Puede que el señor Cabellos de Fuego no te lo diga, pero un niño de tu edad que quiere colaborar es un estorbo, no una ayuda... Las palabras de su padre resonaban en su mente, implacables, señalándolo como a un inútil que sólo provoca molestias.

 

      -Pero es imposible que el señor Cabellos de Fuego no me quiera-murmuró, más para sí mismo que para su padre.

 

      No era posible. El señor Cabellos de Fuego era pelirrojo y pecoso, como él. Era el hermano mayor que había anhelado toda su vida y muchas veces pedido a Dios en sus oraciones.

 

      Se recordó a sí mismo en Kvissensborg, colgado del cuello de Balduino. Dame un abrazo, Hansi, ¿no sabes que al señor Cabellos de Fuego no es tan fácil eliminarlo?, había dicho Balduino. Se recordó a sí mismo guarecido varias veces, aquella misma noche, entre aquellos brazos protectores.

 

      -Hansi, no es eso lo que digo-señaló Friedrik-, pero el señor Cabellos de Fuego es un Caballero y tiene deberes y responsabilidades que atender, y sólo está de paso en Freyrstrande. Un día él se irá y te olvidará. No sólo a ti: a todos nosotros... Si luego de que él se marchara yo muriese, ¿qué harías tú?... No, Hansi. Esperaremos unos días y luego empezarás a salir de pesca con nosotros.

 

      -El señor Cabellos de Fuego no me olvidará-porfió Hansi.

 

       Pero no estaba seguro; recordaba ahora que ante el Conde Arn se había  referido a él con la palabra sirviente.

 

       -Lo hará-contestó Friedrik, con mayor rudeza.

 

        -¿Por qué?-preguntó Hansi, entre el escepticismo y el dolor.

 

        Friedrik no sabía cómo explicar ciertas cosas a su hijo, ni disponía de la paciencia necesaria para hacerlo. Y cuando se encontraba en situaciones como ésta se sentía impotente, y su propia impotencia lo encolerizaba.

 

        -¡Porque lo digo yo!-exclamó autoritariamente, asestando un  fuerte puñetazo a la mesa.

 

       Hansi, sobresaltado, juzgó prudente callarse: ya sabía que esas cuatro palabras eran recurrentes en su padre, y significaban que el oscuro misterio de turno acerca del cual el niño quería informarse debía ser aceptado sin cuestionamientos. Ya estaba habituado a ello; pero esta vez le era muy difícil resignarse a no hacer preguntas sobre algo para él tan importante. ¿Cómo era posible que el señor Cabellos de Fuego, alguna vez, llegara a olvidarlo siendo que él, Hansi, nunca podría olvidar al señor Cabellos de Fuego? ¿Que lo quisiese tan poco?

 

         Se acurrucó en un rincón fuera de la vista de su padre, y durante varios minutos el llanto lo devastó, silencioso y cruel, hasta que finalmente creyó encontrar la solución  a su problema. Sí, pensó: tal vez el señor Cabellos de Fuego no lo quería... Y tal vez por culpa suya. Había cometido demasiadas barrabasadas, había sido muy desobediente... Quizás incluso era tan inútil como su padre decía. Pero, pensó sin achicarse, todo eso todavía tenía arreglo. Guardaba un as bajo su manga, un as obtenido con ayuda de Fray Bartolomeo... Y pensaba emplearlo al día siguiente.

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19 abril 2010 1 19 /04 /abril /2010 19:46

       Balduino ya no podía soslayar el hecho de que sus hombres y él mismo estaban en harapos y que, de seguir así, terminarían más desnudos que Adán. Andrusier lo llamó un día y no dijo una palabra más, sino que procedió a mostrarle, con una mirada cargada de tácito reproche y sorna, la innecesaria ventilación de su atuendo, que tenía más agujeros que un colador. Balduino compuso una sonrisa de circunstancias, pero comprendió que el asunto reclamaba urgente solución. Y como era rápido para relacionar ideas, no tardó en encontrarla, un jueves por la mañana, muy temprano.

 

      Los jueves era el día que sin falta iban Oivind y Osmund a Vallasköpping para trocar los productos de los aldeanos por otros que ellos necesitaran. La gente seguía trayéndole las cosas a Balduino para que éste fiscalizara el buen proceder de Oivind; pero tenían costumbre de dejarlo para último momento, por lo que el jueves se levantaban más temprano de lo habitual, obligando a Balduino y su gente a ponerse activos mucho antes de lo previsto a fin de atenderlos. En esto la mayor parte de la gente no tenía remedio. Más de una vez, cuando ya la carreta de Oivind, arrastrada por bueyes, estaba arrancando con su carga hacia Vallasköpping, tuvo que detenerse para esperar a algún rezagado. Era, en suma, una pésima costumbre, que Balduino detestaba, pero a la que ya estaba resignado; reprender a los aldeanos era inútil. Ellos alegaban que sus quehaceres nunca terminaban y que no les dejaban tiempo libre para venir antes; lo que en parte era cierto. De modo que Balduino y su tropa los jueves debían levantarse antes, les gustara o no, para atender a aquellas personas que temían que Oivind se fuera sin esperarlos.

 

      Sucedió que un jueves entre los rezagados estuvo Kurt, quien vino en compañía de sus primos: el prognato y feo Hrumwald, cortés y laborioso, y el bien parecido pero irritante Thorstein el Joven. A Hrumwald, Balduino no lo veía más que de lejos desde su llegada a Freyrstrande. En cuanto a Thorstein, el reputado calavera de la comarca, era para el pelirrojo una figura más vista, pero siempre también de lejos, y siempre estaba holgazaneando o trabajando  a desgano. Era de esas personas que ni bien encaran algún trabajo se detienen a quejarse del calor y del cansancio y en ello pasan las siguientes tres horas antes de poner de nuevo manos a la obra. El, no obstante, se tenía por muy afanoso; los continuos reproches de su padre le parecían ora calumnias, ora exageraciones. Ambos, padre e hijo, eran sumamente verborrágicos, y al menos el setenta por ciento de su charla solían ser las quejas que cada uno tenía del otro.

 

       Otra cosa que resultaba exasperante en el joven Thorstein era un  vicio suyo, el de mascar resina de abedul y no dejar de hacerlo mientras hablaba con una persona; costumbre que hacía pensar en un rumiante. El hábito de mascar resina de abedul no era exclusivo de él; a decir verdad, estaba bastante extendido en todo el Reino e incluso Hansi lo hacía a veces. Pero en Thorstein el Joven parecía algo continuo, ininterrumpido, como si hubiera nacido mascando resina de abedul y pensara morir con ella. El no era él si no tenía en la boca una pequeña bola de resina de abedul, viscosa y ya sin gusto a fuerza de ser masticada y remasticada.

 

      Pues bien, fue este individuo, oveja negra de su familia, el que aquella mañana, tras una sucesión de contagiosos bostezos, arrinconó a Balduino y se puso a quejarse de su padre en el mismo momento en que el pelirrojo ponderaba el problema de la andrajosa vestimenta de sus hombres. Sus primos, que habían tenido la amabilidad de acercar a Vindsborg también los productos de algunos de sus vecinos carentes de medios de transporte propios, descargaban entre tanto la carreta; y Kurt, por lo general bondadoso y paciente, esta vez no pudo evitar irritarse contra Thorstein.

 

      -Primo, ven a ayudar, que para eso te trajimos-refunfuñó.

 

      -Un momento, un momento, que estoy hablando con el señor Cabellos de Fuego-respondió Thorstein, entre mascadas de resina de abedul. Y acto seguido continuó perorando en tono plañidero acerca de su según él abusivo padre, que lo hacía trabajar como un esclavo.

 

      Balduino estaba harto: el insustancial monólogo le hacía doler la cabeza. No lograba entender cómo aquella región de gente de trabajo había producido semejante parásito holgazán, ni cómo su padre no lograba corregirlo aun que más no fuera a fuerza de puntapiés.

 

      -Concluye-suspiró pacientemente-: ¿qué quieres de mí? ¿Que hable con tu padre?

 

       -No, señor Cabellos de Fuego. El es muy testarudo, siempre quiere tener razón; no lo convenceríais así nomás-replicó Thorstein el Joven, sin dejar de masticar su bendita resina de abedul-. Pero si vos me tomarais como uno de vuestros hombres, él nada podría hacer u objetar.

 

       -Ni hablar-gruñó Balduino-. El trabajo aquí es más duro que en casa de tu padre. Y te lo diré sin rodeos, Thorstein: él tiene razón, eres un zángano.

 

      Ante estas palabras, que hicieron sonreír a Kurt, Thorstein fue a ayudar a sus primos; pero con semejante cachaza, que lo suyo no alcanzaba a ser siquiera simbólico, sino más bien paródico.

 

      Dado que Thorstein el Joven parecía desconocer la vergüenza o el amor propio, pensó Balduino, quizás no le importara hacer trabajo de mujeres; quizás incluso lo prefiriera antes que faenas pesadas y más viriles. En cuyo caso, tal vez podría ocuparse de confeccionar ropas nuevas para él y para sus hombres.

 

      En seguida, él mismo rechazó su propia idea. En primer lugar, era casi seguro que Thorstein sería tan holgazán con la aguja y el hilo como para cualquier otra tarea. En segundo lugar, sin duda sería más ignorante en la materia. Y en tercero, resultaba incongruente encargar a un muchacho fornido como aquel una tarea tan femenina.

 

      Pero a la vez, si no hallaba  la forma de poner a trabajar en algo a Thorstein el Joven, él, Balduino, se vería condenado a soportar las reiterativas quejas del otro Thorstein, el Viejo, cada vez que se cruzara con éste; lo que sucedía con relativa frecuencia.

 

      Estaba tratando de hallarle solución al asunto, cuan do apareció la figura menuda de la vieja Herminia trayendo, como siempre, una cesta con huevos.

 

      -Yo quiero velas-gruñó hoscamente, como siempre, tendiéndole la cesta a Balduino.

 

      ¡Pero claro!... ¿Cómo no se me ocurrió antes?, pensó el pelirrojo. Y componiendo su más encantadora sonrisa, dijo a la mujer:

 

      -Señora, me llegáis caída del cielo. Vos...

 

      -¡Sólo consígueme velas y déjame en paz!-exclamó Herminia, dando media vuelta con toda la intención de irse.

 

      Balduino, chocado una vez más por el sempiterno mal humor de la anciana, la observó alejarse por la playa durante unos segundos; luego miró a su alrededor, todavía atónito. Pero en derredor suyo, todas las caras decían, muy elocuentemente, que no había de qué asombrarse ante una reacción así, tan típica de Herminia; lo que por otra parte, él mismo sabía de sobra.

 

      Por último corrió tras ella a grandes zancadas y, cargando con ella a hombros, volvió caminando tranquilamente hacia Vindsborg. Herminia al principio quedó muda de estupefacción ante semejante trato; luego se encolerizó y empezó a patalear, a rasguñar, a tirar de los cabellos de Balduino, exigiendo a gritos que la bajara; pero él no hizo más que inmovilizarle las piernas, cerrar los ojos cuando las uñas de la vieja les pasaban cerca (lo que, por la posición en que ella se encontraba, no ocurrió muchas veces) y seguir caminando impertérrito. Siempre con ella a cuestas, subió la escalinata de piedra y entró en Vindsborg, adonde sentó a la anciana en la única silla del mobiliario.

 

      Atraído por el ruido de pasos seguido por un largo silencio, Varg salió de la cocina y pasó a la sala principal, adonde vio a la anciana más diminuta y con más cara de malvada que pueda imaginarse, mirando a Balduino como para explotar de rabia, tiesos los brazos al costado del cuerpo y las manos aferrando los lados de la silla.

 

     -No te entrometas, Varg, estamos a punto de declararnos nuestro amor-bromeó el pelirrojo.

 

      -Historias de amor así son de lo más románticas-replicó Varg, dando media vuelta y volviendo a la cocina-. La de Lambert y Helga, por ejemplo.

 

       En cuanto quedó de nuevo a solas con Herminia, dijo Balduino:

 

       -Señora, ya no me miréis con esa cara de odio, que todo cuanto deseo es haceros una propuesta. No es mi intención molestaros...

 

       -Y entonces por qué lo haces-interrumpió Herminia en gruñidos.

 

        -Tengo un problema, y vos podríais ayudarme a resolverlo y yo, a cambio, intentaría ayudaros a vos. Mis hombres y yo estamos andrajosos; nuestra ropa está que se cae a pedazos. Como imaginaréis, somos unos asnos en materia de costura. No obstante, estoy seguro de que vos algo entendéis del tema...

 

      Afuera, la dotación de Vindsborg, ocupada en distintos quehaceres, lanzaba ocasionales miradas hacia el interior de Vindsborg, preguntándose cuánto tardaría la volcánica anciana en entrar en erupción..

 

      Todavía seguía hablándole Balduino, cuando se oyó una tos en un rincón. Herminia, quien por lo visto no había creído que hubiera nadie más allí, pegó un respingo y miró por encima de su hombro hasta vislumbrar a Tarian, quien yacía postrado en un rincón, todavía muy débil físicamente y aún más espiritualmente.

 

      -No pasa nada. Es un amigo-la tranquilizó Balduino.

 

      La vieja Herminia volvió su vista al frente e intentó encerrarse de nuevo en su costra de vinagre y mal humor mientras el pelirrojo seguía hablándole. Pero al oir que Tarian gemía se dio vuelta otra vez, muy nerviosa.

 

       -De veras no hay nada que temer-insistió Balduino, preguntándose qué la inquietaba tanto-Venid, os mostraré-añadió, tendiéndole la mano.

 

      La por lo común antipática Herminia se puso de pie, tomó la diestra de Balduino y se dejó conducir por éste hasta el rincón donde Tarian, con mirada vacua y sufrida y tendido de lado, miraba hacia la nada. A  la vista de aquel cuerpo contuso y enflaquecido, la dureza de la anciana se estremeció de piedad. Empalideció de súbito y Balduino, temiendo que fuera a desmayarse, se acercó a ella de un salto y la sostuvo.

 

      -Suéltame-ordenó ella ásperamente, y Balduino obedeció con no menos presteza que a un mandato del gran Maestre del Viento Negro.

 

      Se encaminaba ya Herminia hacia la puerta en algo que semejaba una huida, cuando el pelirrojo se le adelantó y le salió al paso.

 

      -Aceptad, os lo ruego, la oferta que os propongo. Aceptadla, y os proveeré de velas gratis durante todo el tiempo que yo permanezca aquí, y además os las haré llegar a vuestro hogar-dijo-. Si en algo más os pudiera ayudar, o desearais otra cosa a cambio, decídmelo.

 

      -Déjame en paz-graznó acremente la vieja-. No necesito nada ni a nadie.

 

      -Tal vez vos no de mí, pero yo sí  necesito de vos. os estoy suplicando, si es que esto halaga vuestra vanidad.

 

      -Tengo demasiado quehacer para ocuparme de ayudar a nadie. Déjame pasar.

 

      -Os asignaré un ayudante que se ocupará de todas las faenas en tanto estéis trabajando para mí, y que luego continuará colaborando durante cierto tiempo con las tareas pesadas.

 

      -No puedo pagarle.

 

      -Trabajará sólo a cambio de casa y comida.

 

      -No puedo darme el lujo de alimentar otra boca.

 

      -Sólo a cambio de casa, entonces.

 

      -Jamás conseguirás a nadie que acepte-dijo la vieja, triunfante; y sonrió con cierta sorna y malignidad.

 

      -Pero si lo consiguiera, ¿aceptaríais?

 

      -Msé-gruñó Herminia.

 

       -Qué bien... Porque entonces os lo voy a presentar de inmediato.

 

      Herminia se quedó de una pieza ante tales palabras, ya que había aceptado sólo para que Balduino dejase de importunarle, y muy segura de que jamás hallaría al ayudante prometido.

 

      Balduino descendió la escalinata, seguido de Herminia. Al pie de la misma lo esperaba Thorstein el Joven, con una sonrisa obsequiosa que dejaba muy atrás las de Oivind.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, ya está hecho-anunció con gran prosopopeya-: las cosas fueron bajadas de la carreta.

 

      -Bueno, sí, ¿y?-preguntó Balduino, aparentando todavía más indiferencia de la que, en realidad, sentía.

 

      Thorstein  puso cara de dolido asombro y continuó mascando conm mucho nerviosismo su bola de resina de abedul. Balduino meneó la cabeza. De no haber ido contra sus principios, podría haber enviado a Thorstein junto a Arn de Thorhavok para que sirviese a éste como bufón.

 

      -Ven aquí, Hrumwald-llamó; y el prognato primo de Kurt se acercó velozmente, más el propio Kurt-. Hrumwald, comenzaremos a poner en práctica lo convenido el día que llegaste a Freyrstrande, pero necesito de ti un favor. Herminia trabajará para mí durante unos días. Precisaría que durante ese tiempo te ocupes de todas las tareas en casa de ella, y no sólo de los cerdos. Temo, además, que ella no esté en condiciones de costear tu alimentación; de modo que tendrías que ocuparte tú de eso.

 

      -Amigo, no hay problema-se entrometió Kurt, asomándose por detrás de Hrumwald-. Nos ayudas, te ayudamos.

 

       -Kurt, ¿quieres dejar que sea Hrumwald quien conteste por sí o por no? Pues por si no lo has notado, le pregunté a él-dijo Balduino, exasperado.

 

      -¡Eh! ¡Amigo!-protestó Kurt, indignado, fluctuando entre el gesto ceñudo y la sonrisa.

 

      -Acepto, señor, claro que acepto-dijo suavemente Hrumwald-. Comeré de la misma cebada que los cerdos. Pagaré mi ración.

 

       -Yo no doy de comer cebada a mis cerdos; los alimento con sobras-farfulló furiosa Herminia, quien se sospechaba parte de un plan preconcebido del que convenientemente no la habían puesto al tanto y mucho menos consultado; de lo que infería que se tramaba algo en su contra.

 

      -Bien, bien, comerá otra cosa-dijo Balduino, para cortar de raíz la discusión-. He aquí pues, señora, a vuestro nuevo ayudante, Hrumwald... 

 

       -Erikson. Hrumwald Erikson.

 

      -Ajá-dijo Balduino-. Y la señora es Herminia...

 

      Pero la vieja ya daba media vuelta, bullendo rabiosamente cual crisol de alquimista en el que por error se hubiesen mezclado elementos tan disímiles como peligrosos, y que estuviese próximo a estallar. Balduino, ofuscado, la siguió hasta alcanzarla y volvió a cargar con ella a hombros. Herminia pataleó y resistió mucho más que la primera vez.

 

      -¡Canalla! ¡Cobarde! ¡Desgraciado!...-gritaba.

 

      -Sí, así soy yo. El bastardo más cruel que haya parido el Infierno. Ni viudas, ni huérfanos, ni afligidos saben realmente qué es sufrir, hasta que se encuentran conmigo-replicó Balduino, irónico y tratando de poner algo de humor para que su paciencia no cediera.

 

      Subió a la anciana a la carreta de Kurt, desoyendo sus rabiosas quejas e insultos a voz en cuello.

 

       -Madre mía. No conocía a esta parienta de Helga-murmuró para sí el viejo Lambert, con un típico guiño de ojo violáceo.

 

       -Kurt, llévala a su casa. Y, Hrumwald, mañana la traes a lomos de tu caballo, ¿me oyes? No dejes que venga caminando, a menos que quiera, en lo sucesivo, hacer todo el trayecto de ida y vuelta sobre mi hombro.

 

      -Sí, amigo-dijo Kurt, en tanto que Hurmwald se limitaba a asentir.

 

      Thorstein el Joven observó a sus primos subir a la carreta, y se disponía él mismo a hacer otro tanto, cuando lo pensó mejor y se plantó con firmeza frente a Balduino.

 

        -Centinela, señor Cabellos de Fuego; yo sería un excelente centinela-dijo, entre rumiadas de resina de abedul-. Vos no creeríais hasta qué punto llega mi capacidad de observación.

 

      Seguro... Si no te quedas primero dormido en el puesto, pensó Balduino, conteniendo un resoplido. Era imprescindible quitarse de encima aquella peste... y acababa de ocurrírsele la mejor forma para ello.

 

       -Pues mira qué bien. Por ahí debiste haber empezado, hombre. No te conocía yo esas cualidades marciales-dijo, sin poder ocultar el sarcasmo, que afortunadamente Thorstein no advirtió-. Te pondré a prueba, entonces, y ya veremos si lo que dices es cierto. Espera un minuto, que ya estoy contigo-se volvió hacia Hrumwald-. Mañana empiezas en lo de esta encantadora mujer; y vos-miró a Herminia, que se había callado, pero cuyos ojos seguían echando chispas- empezáis mañana aquí, también. No olvidéis vuestros elementos de costura... Y marchad, que Thorstein quedará unos días a mi cargo.

 

       -Amigo...-murmuró Kurt, dubitativo; pero Balduino le indicó por gestos que podían marcharse.

 

        Seguidamente, el pelirrojo se volvió hacia sus hombres.

 

      -Thorvald queda a cargo hasta mi regreso-anunció.

 

      Lo vieron sacar a Svartwulk de las caballerizas, sin decir una palabra. Ni se tomó la molestia de ensillarlo; montó a pelo y subió a Thorstein a la grupa.

 

      -No hagas ni una pregunta ni digas nada hasta que yo te hable-ordenó el pelirrojo; y el joven asintió entre más rumiadas de resina de abedul.

 

      La cabalgata no conlcuyó precisamente como Thorstein imaginaba. Balduino, sin decir una palabra, lo llevó hasta Kvissensborg y, traspasado puente levadizo y rastrillo, indicó que todavía no volvieran a subir el primero ni bajar el segundo, pues la suya era una visita muy breve, al punto que ni descabalgó; pero Thorstein, quien no maliciaba nada, se apeó en cuanto el palirrojo le indicó que lo hiciera. Y en ese momento apareció Hildert Karstenson, y Balduino y él se saludaron con mutuas inclinaciones de cabeza.

 

      Entonces dijo Balduino:

 

      -Te faltan hombres, Hildert. No es que lo que te traigo valga gran cosa, pero veamos qué puedes sacar de bueno de este gandul. Quiero que lo transformes en un guerrero hecho y derecho, y me importa un bledo si para ello tienes que castigarlo con azotes o tres días de cepo, ¿me oyes?

 

       Thorstein el Joven empalideció; la bola de resina de abedul cayó de su boca sin que él lo advirtiese; su rostro se contrajo en una mueca de sorpresa y desesperación.

 

       Durante unos instantes, su única reacción fue ésa. Luego intentó huir, pero dos soldados lo aferraron  por los brazos, inmovilizándolo, hasta que por fin le permitieron zafarse.

 

      -¡Señor Cabellos de Fuego, no me hagáis esto!...-gritó, aferrado a las rejas del rastrillo ya bajo tras la partida de Balduino, quien se alejaba al galope más allá del puente levadizo-. ¡Señor Cabellos de Fuego, ¡volved!...

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19 abril 2010 1 19 /04 /abril /2010 16:03

      Balduino estaba demasiado cansado para preocuparse por otra cosa que dormir tan profundamente como un oso en invierno.  Al despertar halló las cosas como siempre, para su gran alivio, aunque lo había previsto al comprender que por el momento la indefensión de Tarian mantendría a los Kveisunger atados de pies y manos.

 

      Siguieron varios días tranquilos, lo que es, por supuesto, una forma de decir. Para Balduino, ningún día era realmente tranquilo; siempre surgía alguna cuestión nueva que atender, lo que era notable, teniendo en cuenta la poca importancia de aquella tierra agreste que era Freyrstrande. Pero él estaba feliz de volver a su rutina en Vindsborg, donde podía mostrarse tal como era y prescindir de aquella adulación tan necesaria para tratar con Arn y de los rígidos formalismos militares de Hildert y sus tropas. Retomó sus lecciones de lucha y boxeo, prosiguió con sus proyectos defensivos y de vez en cuando se permitió, entre suspiros, pensar en Gudrun. Una vez por semana, según había convenido con Hildert, debía ir a Kvissensborg para atender ciertas cuestiones; pero si podía, delegaba esa tarea en Thorvald, Karl o Anders, aunque a veces no le quedara más remedio que ir él mismo a hacer acto de presencia para recordar a la dotación del castillo que, por el momento, él era allí la máxima autoridad, y Einar sólo una figura decorativa.

 

      Una de las primeras cosas que hizo al volver a su actividad normal fue hablar con Ljod, la hija de Thomen el Chiflado. La joven continuaba asistiendo a Vindsborg para entrenar con la jabalina, lo mismo que el joven Osmund, el ayudante de Oivind. la muchacha estaba hecha un manojo de nervios desde que Kniffen, uno de los Landskveisunger fugados de Kvissensborg, había entrado precipitadamente en su hogar, amenazando a su madre con un  cuchillo para obligarla a refugiarlo y alimentarlo. Thora, la esposa de Thomen, era una mujer endurecida para muchas cosas, pero no estaba preparada para una situación así, y fue su hija de doce años quien reaccionó atacando y dando muerte al criminal. Cómo lo hizo, Balduino no se enteró nunca. La flacucha muchachita de ojos marrones y cabello castaño claro intentó explicárselo pero, como estaba estremecida por sollozos, su relato no se entendió.

 

      Con Ljod, Balduino se comportó de una forma muy especial. La abrazó, la besó, le ofreció su hombro para llorar como a toda mujer de protección; pero a la vez alabó su valor  y la arengó como a un guerrero tras su primer combate, aun cuando más tarde Lambert opinase que estaba gestando, tal vez, a una nueva Helga.

 

      -¿Sabías que ocurriría esto, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Ljod, secándose las lágrimas sólo para volver a sollozar de nuevo.

 

      -¿Qué, que un malhechor entraría a tu hogar y amenazaría con un cuchillo a tu madre? No, Ljod, ¿cómo podía imaginar que ocurriría algo así?

 

      -Pero por algo me obligaste a entrenar con la jabalina-dijo Ljod, o interpretó Balduino, en medio del nuevo acceso de llanto.

 

      -Y no mataste a Kniffen con la jabalina-dijo Balduino, destacando aquel único hecho que tenía claro del incidente.

 

      -Pero así aprendí que no era tan indefensa como imaginaba... Que era capaz de defenderme sola en caso necesario-dijo Ljod entre dos torrentes de lágrimas-. Señor Cabellos de Fuego, ¿tienes esposa, novia, prometida? Porque si no la tuvieras yo... yo...

 

      Balduino, quien hasta entonces estaba conmovido y enternecido por la gratitud emocionada de Ljod y que nada sabía de amores infantiles, pensó que a Ljod no le faltaba tanto para hacerse mujer, y se estremeció. Salió del paso con evasivas y sonrisas de circunstancia y se alejó con quién sabía qué pretexto; pero inmediatamente llamó a su presencia a Osmund, quien tenía exactamente la misma edad que Ljod, y le dijo:

 

      -Dos compañeros de armas deben ser leales y solidarios entre sí. Ljod tiene un problema, está atravesando tiempos malos; que ella quiera hablar de ello o no, no hace diferencia, lo que cuenta es que te necesita a su lado. Así que estarás con ella el tiempo preciso. No le hagas preguntas, pero sé para ella una roca firme en la que apoyarse; ¿de acuerdo?

 

      De esta manera esperaba él acercar a Osmund y a Ljod para reencauzar los sentimientos de la jovencita y, en una palabra, oficiar de Cupido. Por otra parte, era casi seguro que a la larga terminarían comprometidos en matrimonio, porque no había en Freyrstrand otros jóvenes de la edad de ellos; quien les seguía era Hansi, y el resto eran mucho mayores o mucho menores.

 

      Osmund puso una cara como si hubiese bebido un sorbo de leche agria.

 

      -¿Por qué yo?-exclamó con disgusto.

 

      Balduino quedó boquiabierto. ¿Hasta en aquel asunto surgían complicaciones? Osmund solía ser dócil y hasta tímido. ¿No podía elegir otro momento para objetar una orden?

 

      -Porque si no, te rompo la cabeza-gruñó Balduino con expresión feroz.

 

      -S-S-Sí, señor-tartamudeó Osmund, cuyo conato de rebelión no había durado ni un minuto, y que desapareció de inmediato hacia la práctica del día.

 

      Más tarde, Balduino confió lo sucedido a Thorvald quien, para su consternación y enfado, se echó a reír a mandíbula batiente. Era una reacción totalmente sorpresiva, porque el pelirrojo no recordaba jamás haber visto reír al gigante, y menos con tantas ganas.

 

      -Ah, vamos, muchacho, ve adaptándote a tu nueva futura situación-exclamó, palmeando la espalda de Balduino como para hacérsela pedazos-. Ya es tiempo de que dejes de llamar por su nombre a Thomen; de que él empiece a ser para ti el querido suegro...

 

      -No pensé que te tomarías esta crisis con tanta ligereza-le reprochó Balduino, furioso.

 

      -¡Crisis!-exclamó Thorvald, recobrando la seriedad con algunas dificultades-. No digas tonterías. Parece que nunca hubieras sido adolescente... Bah, pensándolo bien, jamás lo fuiste de verdad. Te aseguro, muchacho, que lo de Ljod es un embobamiento pasajero y muy natural, dadas las circunstancias.

 

      Balduino ignoraba hasta qué punto podía tener razón Thorvald pero, en cualquier caso, no tenía tiempo ni para ponerse a pensar en ello. El viejo Oivind, asombrosamente diligente, había cumplido con el encargo de Balduino de averiguar los precios de los pigmentos necesarios. Interrogado por el pelirrojo, empezó a recitarlos de memoria. Balduino empalideció ante las tarifas.

 

      -¿Estás seguro de no haberte equivocado?-preguntó, compungido; y ante el gesto ofendido de Oivind, se apresuró a añadir:-. Disculpa, sé que no te equivocas. Es que no esperaba tener que pagar tanto.

 

      Y ya empezaba a preguntarse si Oivind no habría aumentado los precios por su cuenta, cuando aquel añadió:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, tal vez os convendría procuraros vos mismo esos pigmentos-respondió Oivind-. Muchos de ellos no sabría deciros dónde obtenerlos; pero entre las colinas del sur hay una antigua mina de ocre ya abandonada. Su explotación no es rentable, pero estoy seguro de que queda ocre de sobre para vuestras necesidades. Sería cuestión de averiguar.

 

      -¡Magnífico!-exclamó Balduino, más exultante por haber obtenido una fuente de provisión de pigmento rojo que preocupado por no saber dónde y cómo conseguiría los restantes sin acabar arruinado.

 

      Acto seguido, fingió pensar en otra cosa. Oivind quedó allí, exhibiendo una sonrisa zorruna y desdentada que intentaba ser cortés. Al ver aquella cara, Anders, presente hasta ese momento, tuvo que irse para reír a carcajadas a su antojo en otro lugar; y a Balduino mismo le costó reprimirse.

 

      -¿Y, señor Cabellos de Fuego?... ¿No olvidaís algo?-preguntó el viejo, tras esperar un rato en silencio.

 

      -¡Ah, sí!-fingió recordar Balduino. Oivind, naturalmente, quería su regalito-. Ordenaré ya mismo que te den una buena porción de jabalí conservado en sal.

 

      El viejo puso cara de desolación.

 

       -¿Jabalí?-gimió.

 

       -No sé. Si prefieres ciervo...-murmuró Balduino.

 

        -Eh, esteee... Bueno, es que yo... En fin...

 

       -Sí, sí, sí. Ya sé-Balduino sonrió burlonamente-. Tu preferirías, sin duda, un barril de aquavit; también eso tendrás. Es decir, no te lo daré yo directamente, pero tendrás unas cuantas pieles debidamente curtidas que podrás trocar en Vallasköpping por tu querida bebida: Pero eso será en pago de otros servicios. Por lo demás, dado que tú me provees de sal, tendrías que saber que no es un pago pequeño el que te hago. Y necesitas alimentarte. No olvides que tú eres mi mano derecha y que dependo de ti en todo.

 

         Anders ya no pudo contenerse y se alejó lo bastante para que su risa medio sofocada pasase inadvertida. No sabía quién era peor, si el pedigüeño lamebotas Oivind o el propoio Balduino, descarado y adulón, casi tan zorruno como el viejo.

 

      -¡A vuestro servicio, señor Cabellos de Fuego!-exclamó Oivind, impactado por aquellas palabras que tan imprescindible lo hacían sentirse-. ¡Y si algo más necesitarais de mí, ni por un momento dudéis en llamarme!...

 

       -Naturalmente, como que eres mi hombre de confianza-replicó Balduino; y Anders, ya prácticamente doblado en dos de la risa, tuvo que alejarse aún más. ¿Hombre de confianza, aquel viejo ladrón?-. Necesito dos servicios más de ti. Primero, que vayas a Kvissensborg a evaluar los daños sufridos en el castillo luego de cierto motín que hubo allí. Segundo, que lleves a Vallasköpping a alguien a quien designaré, todavía no sé a quién, pero posiblemente algún guerrero de Kvissensborg. Me consta que en los muelles y sus alrededores pululan jóvenes ociosos que fueron en otro tiempo mozos de cuerda y que ahora se encuentran desocupados. Pues bien, en Kvissensborg hacen falta hombres; veremos de reclutarlos entre esos jóvenes.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, mirad que esos muchachos son unos delincuentes-previno Oivind, dubitativo.

 

      -¿Delincuentes? Qué va. Son sólo vagos, pendencieros y excedidos de energías. Disciplina mediante, haremos de ellos formidables soldados. Sólo lamento que casi seguramente los tendremos de adorno.

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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 19:26

      No hizo ninguna gracia a Balduino que, conforme a las instrucciones impartidas por él mismo, se lo despertara al poco tiempo de haberse ido a dormir; pero intentó tomárselo con humor.

 

      -¿Así es como se me obedece aquí?-fue su "queja" ante Hildert Karstenson, con quien se cruzó en un pasillo. Hildert se encargaba en ese momento de los relevos y lo seguía casi toda la guardia entrante, más algunos hombres de la guardia saliente-. ¿No ordené acribillar al sol a flechazos?

 

       Pero al parecer la risa era algo completamente desconocido para Hildert. Alzó orgullosa y señorialmente la cabeza y contestó, tremendamente serio, en tono de frío reporte militar:

 

       -Y me complace informaros que vuestras órdenes se han cumplido al pie de la letra. Hoy no tendréis sol, os lo garantizo-y no había forma de discutirle, porque estaba nublado.

 

      Algunos hombres, a espaldas de Hildert, bajaron la cabeza para ocultar inevitables sonrisas. Si también él ocultaba alguna bajo su pétrea máscara, imposible saberlo.

 

      Buena parte de lo que siguió fue, para Balduino, intolerablemente aburrido aunque necesario. Pasó revista a las tropas, visitó personalmente a los guardias heridos, hizo una última evaluación de daños y pronunció arengas y exhortaciones cuyo efecto en los hombres de Hildert no pudo estimar adecuadamente, pero que a él mismo le parecieron soporíferos, en parte por llevar varios días descansando mal y en parte porque ya no estaba acostumbrado a semejante protocolo. Visitó de nuevo las mazmorras, adonde habían ingresado alrededor de una treintena o poco más de amotinados sobrevivientes; impartió instrucciones diversas y llegó luego, ¡al fin! el anhelado momento del regreso a Vindsborg. Slav fue enganchado nuevamente a la carreta y Karl, Hansi y un extrañamente exultante Anders subieron a la misma luego de alzar a Tarian y colocarlo en la caja del vehículo. Por último el propio Balduino montó sobre Svartwulk y todos juntos abandonaron Kvissensborg.

 

      Balduino seguía exhausto, su único deseo era dormir varias horas a rienda suelta, pero le quedaba por resolver un último y urgente problema, el cual tomó forma ni bien el grupo llegó a Vindsborg. Todos allí sabían desde el día anterior que cuanto el pelirrojo venía haciendo la última semana apuntaba prácticamente a un único objetivo: la liberación de Tarian. Si había mantenido mucha reserva al respecto hasta último momento era para asegurarse de no crear falsas esperanzas; pero al tener seguridad casi absoluta de lograrlo, había admitido abiertamente sus intenciones.

 

       Como es lógico, Ulvgang había insistido en ir con él a Kvissensborg, pero Balduino se negó pretextando que tal vez algo saliera mal a último momento y que la impulsividad del Kveisung podía llevarlo a hacer alguna tontería. La verdadera razón era parecida pero, aun así, diferente: era casi seguro que, en cuanto Ulvgang viera en qué estado se hallaba su hijo, allí mismo quisiera vengarlo con sangre. Tendría a los culpables muy a mano, y en su rabioso dolor no sopesaría los inconvenientes que pudiera ocasionarle a Balduino.

 

      Obviamente, reinaba mucha expectativa en Vindsborg mientras se esperaba a Tarian, y Ulvgang estaría más impaciente que nadie. Sin duda imaginaban al joven muy maltratado; pero una cosa era imaginar y otra muy distinta, verificar. Balduino temía que la cólera volviera incontrolables a los Kveisunger.

 

        Cuando Balduino y sus acompañantes llegarona Vindsborg, vio que todos se hallaban abocados a la excavación de una larga zanja para colocar allí los postes de la segunda empalizada planificada por Balduino. A la vista de la carreta, los trabajos fueron abandonados de inmediato y la dotación entera, salvo quienes estaban de guardia, corrió hacia los recién llegados.

 

      Los gemelos Björnson parecían divertidos por algo. Miraban a Balduino con sonrisa irónica.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, si la armadura no os resulta útil...-comenzó Per.

 

      -...todavía estamos a tiempo de convertirla en otras cosas-concluyó Wilhelm. Era una forma de recordarle a Balduino cómo en otro tiempo había insistido en fundir la armadura para emplear el metal en la forja de objetos que en Vindsborg fueran más útiles; de lo que acabó desistiendo por la reticencia de los gemelos y de Anders.

 

      Balduino esbozó una sonrisa e iba a responder algo, cuando un atronador bramido de dolor animal hizo astillas la quietud del ambiente. Los perros de Hundi salieron disparados  en todas direcciones, gañiotando aterrados; Anders, que en ese momento bajaba de la carreta y tenía la mente perdida en sus románticos ensueños, estuvo a punto de caer del susto; Hansi, a la sazón en la caja de la carreta, escapó de un salto por encima de las cabezas de los Kveisunger; y éstos, por instinto, retrocedieron un paso, como ocurría siempre que al habitualmente tranquilo Ulvgang un súbito acceso de inhumano furor lo convertía en una especie de demonio o monstruo, como ahora.

 

        -¡Malditos bastardos! ¡Hijos de puta!-resonaban los gritos de quien en ese momento volvía a ser, quién sabía si no definitivamente, El Terror de los Estrechos, a la vez que una temible, peligrosa fiera dispuesta a vengar al cachorro malherido-Tarian, ¿qué han hecho contigo?-añadía implorante, inclinándose sobre su hijo, antes de convulsionarse nuevamente de cólera y estallar en maldiciones y juramentos de venganza.

 

        Los mermados restos de su fiel tripulación, superado el sobresalto inicial, iban también colmándose de ira y sus semblantes se volvían torvos: de modo que incluso Gilbert, cuyo aspecto solía ser más bien trivial y casi cómico, tenía ahora la traza de un asesino despiadado. Y ni hablar de los más temibles secuaces de Ulvgang, como GröhelleHundi Honney.

 

       Mientras tanto, otro grupo se congregaba en torno a Balduino. Hansi, por supuesto, había sido el primero en ponerse a su lado, aunque en su caso en busca de protección, ya que desde su punto de vista parecía venirse el Fin del Mundo; le siguió Anders, no mucho menos asustado que Hansi, pero fiel amigo y fiel escudero hasta las últimas consecuencias. Casi enseguida se sumaron Thorvald, Karl y Snarki. Siguió Ursula, con cara de preocupación,  la que tal vez se debiera menos a una eventual inminencia de lucha que a que ésta tuviera lugar entre dos facciones de sus propios compañeros. Por último se unió al grupo Lambert, con expresión aburrida, como si tanto jaleo le pareciera cosa de nada luego de sus casi veinte años de matrimonio. Los gemelos Björnson se hallaban junto a los Kveisunger, pero al parecer no del todo a gusto, como obligados por viejas alianzas. Todavía más titubeante estaba Adler, quien apreciaba de corazón a Balduino, pero mucho más todavía su propio pellejo, y consideraba que sólo lo salvaría poniéndose del bando más fuerte. Tal vez esto fuera de alguna utilidad, ya que Adler contaba co  n cierta confianza por parte de los Kveisunger, y ya había hecho antes de soplón para Balduino. Quizás aceptara volver a serlo si las cosas se pusieran complicadas.

 

      Adam Thorsteinson, por supuesto, no se había alineado en un bando ni en otro. Se mantenía aparte, tan cínico y desagradable como de costumbre, cruzado de brazos y a la espera de que sobreviniera una gran matanza, sin importarle contarse entre los caídos. Snarki, uno de los que creía conocerlo mejor, tenía la impresión de que en el fondo el larguirucho soñaba con que alguien degollase a Balduino, por quien en el fondo no sentía el más mínimo aprecio. Si así era, se vio ampliamente defraudado. Había una gran tensión en el ambiente, los Kveisunger se mostraban violentos y amenazaban empeorar, pero Balduino no era el objeto de su odio, y el único peligro que corría derivaba de la posibilidad de que Ulvgang, en su furia, se olvidara de él, de las promesas intercambiadas entre ambos o a los momentos compartidos juntos.

 

      Balduino no estaba dispuesto a permitirlo. Se adelantó, seguido de su séquito de incondicionales. Ulvgang lo miró hostilmente. No era nada personal, pero estaba elucubrando venganzas y le molestaba que el pelirrojo interrumpiese sus planes.

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego...-gruñó. Ulvgang sonaba fiero y escalofriante, pero se notaban sus esfuerzos por ser amable. Después de todo, por el momento Tarian estaba vivo y fuera de la cárcel, y se lo debía a Balduino.

 

       -Me ha costado bastante liberar a Tarian para que ahora muera o lo encierren de nuevo-dijo el pelirrojo-. Ahora bien, ante la ley, él continúa siendo parte de la banda de Sundeneschrackt. Esto significa que se le considerará cómplice de cualquier eventual violencia por parte vuestra. En otras palabras, Ulvgang: posterga por un tiempo tus desquites. Puedes ver que Tarian no está en condiciones de luchar ni de huir si trataran de matarlo o de arrojarlo a prisión otra vez. Espera al menos hasta que haya sanado; haz luego lo que te plazca-hizo una pausa para resoplar, y dijo-. Me voy a dormir. Tomaos el resto del día libre excepto, naturalmente, para las guardias; pero pensad muy bien qué haréis.

 

      Adam vio con cierta decepción, pero a la vez resignado, que Balduino subía las escalinatas de Vindsborg, seguido por Anders, quien sin duda le ayudaría a quitarse la armadura. Qué lástima-pensó--. De nuevo te salvas, nadie me ha hecho el favor de eliminarte. Balduino siempre estaba encima de él fastidiándolo a causa del Fuego de Lobo que Adam no podía consumir más que a hurtadillas y en forma cada vez más esporádica. Por otra parte, algo que ni él mismo podía explicar, pero que tal vez fuera su casi total apatía para cuanto no fuera el consumo de sustancias prohibidas- le impedía liquidarlo él mismo. Igual el pecoso me sentaría de sólo un tortazo si lo intentara, pensó.

 

       Por un momento, su mirada se cruzó con la de Ursula, que lo miraba con cara de pocos amigos, como si le adivinara los pensamientos. En realidad, era cosa normal entre ellos. Se detestaban; se habían desagradado uno al otro nada más verse por primera vez.

 

        Los Kveisunger, una vez acomodado Tarian en Vindsborg, regresaron afuera a decidir qué harían.

 

      -Tiene razón el señor Cabellos de Fuego. Precipitarnos sería una tontería-opinó Gröhelle, frotándose la barba con la diestra y mirando profundamente a Ulvgang con su único ojo.

 

      -Y tú me hablas de prudencia... ¡Justo tú, que te metiste en nidales de grifo en busca de una cría para domesticar, sin reflexionar en el peligro que corrías!-replicó airadamente Ulvgang.

 

      -Bueno, y así me fue, ¿no? La experiencia deja a veces algo más que una cara tuerta y llena de cicatrices, capitán. Además, pensándolo bien, ¡a qué tanta venganza! Andrusier perdió media oreja; yo, un ojo; Thorvald, una mano, Karl, un brazo. Y para todos nosotros la vida siguió adelante porque fuimos más duros que el destino que nos tocó en suerte. ¿Por qué Tarian, quien lleva tu sangre, tiene que ser diferente? Una lengua cortada no es la muerte de nadie. Por lo demás, ya lo tendrás de nuevo robusto y saludable.

 

      -Pues en este caso una lengua cortada puede ser la muerte de aquellos que la cortaron-murmuró siniuestramente Ulvgang-. Además, una cosa es ser mutilado en combate, y otra muy diferente serlo mediante cobardes torturas.

 

       -Todo lo cual no quita que el señor Cabellos de Fuego tenga razón: debemos esperar a que Tarian esté sano-concluyó Gröhelle.

 

       No hacía gracia a Ulvgang posponer su venganza. Desde hacía algún tiempo tenía la impresión de que tanto él como sus hombres se habían ablandado en forma alarmante. Envejecían-pensaba-; el tiempo del pillaje quedaba muy atrás, y la vida en Vindsborg, qunque físicamente exigente, era agradable y pacífica. Todo indicaba que ni de lejos verían a los Wurms allí. Y hasta las fieras más sanguinarias se relajan a veces junto a un manantial de aguas plácidas. Recién, un arrebato de cólera había encendido en llamaradas a los Kveisunger; ahora, las palabras de Balduino y de Gröhelle dejaban en ellos simples rescoldos. Ulvgang se veía obligado, efectivamente, a postergar la venganza anhelada; pero temía jamás concretar tal venganza por extinguirse el espíritu necesario para llevarla a cabo.

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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 01:16

      Los últimos elementos rebeldes fueron rápidamente sometidos por las tropas de Hildert Karstenson, quien había perdido entre quince y veinticinco hombres según las primeras estimaciones. Cuántas eran las bajas sufridas por el otro bando no se sabía aún, pero cálculos iniciales hablaban de una cantidad  casi diez veces superior; lo que luego se reveló algo exagerado. Aún así, la diferencia en el número de muertos era apabullante, porque los amotinados no habían tenido a su favor la sorpresa, ventaja con la que, ingenuamente, habían contado, y además habían debido improvisar en pocas horas un alzamiento que Balduino mismo había favorecido, planeando una réplica inmediata y contundente.

 

      Por lo demás, nadie estaba exento de rasguños y moretones, pero al parecer, extrañamente, casi no había términos medios: los combatientes habían terminado muertos o casi ilesos; los heridos graves eran muy pocos. 

 

      -No envidio la tarea a quien tenga que sepultar a todos éstos-observó Anders, ante el poco regocijante panorama que se insinuaba a la luz de la luna y de las antorchas, consistente en cadáveres y más cadáveres.

 

      -De enterrar a nuestros enemigos que se encargue la guardia personal de Einar-dijo Balduino; porque en un rapto de sensatez, Einar había prohibido a los diez hombres bajo su mando plegarse al motín, a menos que ellos hubiesen decidido abstenerse-; o bien, si tenemos que ocuparnos nosotros, los incineraremos para ahorrarnos tiempo y molestias. Ni hablar de que se encarguen los amotinados sobrevivientes; a ésos, una vez que hayan entregado sus armas, los quiero en prisión, y que no salgan de allí si no es como cadáveres o como galeotes-ordenó a Hildert, quien había venido a pasarle un primer reporte oficial de bajas y daños.

 

       -Como ordenéis, señor-replicó Hildert, siempre hierático y disciplinado, mirando con su sempiterna expresión inescrutable.

 

      Anders lo miró con gran curiosidad. ¿Este tipo será humano? ¿Sabrá reírse?, se preguntó a la vista de aquellas facciones no desagradables a la vista, pero inexpresivas.

 

       -Otra cosa-añadió Balduino-: si la guardia personal de Einar decide sepultar a sus antiguos camaradas, que lo haga, pero que los nuestros despojen primero a los cadáveres de cuanto objeto de valor tengan encima. Lo que encuentren, es para ellos. Fueron leales, lucharon bien y a ellos se les puede permitir esa rapiña; no así a la guardia de Einar, que no luchó contra nosotros pero tampoco a favor. En cuanto a las soldadas de los difuntos, y hablamos siempre del bando contrario,  una vez separado el monto de los daños repartíos el resto, pero que las familias de nuestros caídos entren también en el reparto, ¿de acuerdo?

 

      -Así se hará, señor-contestó Hildert-. Temo, no obstante, que ninguno de nosotros entiende demasiado de dinero.

 

      -Bueno, ése no es problema, ya te enviaré a todo un experto-dijo Balduino, pensando en el viejo Oivind-. El problema será mantenerlo a él lejos del dinero para que no robe por su cuenta.

 

      -Y me veo obligado a haceros notar-continuó Hildert, en tono firme y digno-, que la dotación ha quedado un tanto mermada después de lo ocurrido esta noche. Hasta los hombres más duros terminan derrumbándose si no descansan un poco, y a los que quedan bajo mi mando, por ser pocos, deberé de ahora en adelante exigirles más allá de lo racional y humano.

 

       -Ya te conseguiré gente nueva. dame un poco de tiempo. Habrá que instruirlos y manejarlos con firmeza, pero sacarás de ellos excelentes soldados. Tened paciencia hasta entonces... ¿Cuánto crees que falte para que amanezca?

  

      -Diría que no más de un par de horas...

 

      -¡Por Dios!-exclamó Balduino, que estaba que se caía de sueño-. Vámonos todos a dormir. Que se me despierte al alba. Dispón una guardia lo más reducida posible para que nuestros muchachos puedan descansar.  Y ya que hablamos de guardia-añadió en broma-, que quede apostado de centinela, en el punto oriental de la fortaleza que mejor se preste para la consigna, el mejor arquero de que dispongas. En cuanto el sol se asome por el horizonte, que lo acribille a flechazos por inoportuno para obligarlo a esconderse de nuevo y no le queden ganas de asomarse otra vez.

 

      -Así se hará, señor-replicó Hildert, sin que su expresión se conmoviera un ápice, lleno él de una obediencia marcial difícilmente alterable. Balduino, que había esperado arrancarle cuando menos una sonrisa, quedó mirando el vacío con cara de tonto y Anders, viendo a uno y a otro, les dio a ambos la espalda y reprimió como pudo una carcajada, amoratándose casi del esfuerzo que ponía en ello.

 

       -Eh... Esteeee... Eso es todo, capitán... Quiero decir, Hildert... Que descanses-concluyó Balduino, confuso. Hildert devolvió respetuosamente el saludo y el pelirrojo se quedó pensando si Hildert habría entendido la última orden, impartida tan en solfa y que él parecía tomar con gran seriedad-. Bueno, vayamos a dormir también nosotros-dijo a Anders, quien todavía lagrimeaba de la risa. Balduino sonrió por contagio-. Pero antes, ¿qué tal si me aclaras eso de que Ljod Thomsdutter mató al tal Kniffen? ¿No era que tú lo habías hecho?

 

      -Balduino, me atribuí ante todos la hazaña sobre todo para tranquilizar a Ljod. Lo que hizo la dejó asustada y nerviosa, y temía además que el cómplice del difunto, Daudensgraber, volviera para vengarlo, aunque Fray Bartolomeo consideró poco probable que ocurriese una cosa así. Pero le hice ver además que Daudensgraber seguramente no sabe que Kniffen fue asesinado. Caso de enterarse, no la buscaría a ella para vengarse, sino a mí, que oficialmente fui quien acabó con Kniffen.

 

       -Muy bien, Anders, fue muy noble de tu parte. Pero dime: ¿me parece a mí, o estabas algo nervioso cuando te atribuiste  el hecho? Mira que me parece que Fray Bartolomeo tiene razón, y que Daudensgraber estará más preocupado por irse lo más lejos posible de  Kvissensborg que por vengar a nadie. 

  

      -No es eso, Balduino; me dio vergüenza atribuirme una hazaña que no es mía.

 

       Balduino sonrió, preguntándose si aquello sería cierto.

 

      -Si es así, te he juzgado muy, muy mal-dijo-. Siempre pensé que como escudero eras el tipo de muchacho que para impresionar a las chicas se jacta ante ellas de proezas que no le pertenecen.

 

       -¡Claro que lo hago!-exclamó Anders-. ¡Pero cuando no hay forma de que se sepa la verdad! Aquí, además de la propia Ljod, están enterados de lo que sucedió Thora, Thom, Fray Bartolomeo, Gudrun y quién sabe cuántas personas más. Y puede que el resto de Freyrstrand acabe enterándose también, a la larga... Y así yo quedaré como un mentiroso.

  

         -¿Gudrun sabe de esto? ¿Y ella qué tiene que ver?

 

        -No sé, pero allí estaba, consolando a Ljod. Thommy no estaba presente cuando ocurrió todo, pues su padre lo había dejado con nosotros en Vindsborg... ¡Menos mal! Igual, no sé cuánto podrá ocultársele.

 

        -Ya se verá... De todos modos, Anders, ya no necesitas robarte hazañas ajenas. Esta noche estuviste magnífico... Y ahora sí, vayamos a dormir de una vez por todas.

 

       -Dormiré más tarde, si me dejas algún momento libre; ahora estoy desvelado.

 

      El pelirrojo asintió y se fue a dormir, y en las pocas horas que gozó de ese descanso tuvo un raro sueño, que al despertar tomaría de alguna manera por un augurio favorable, en el que en medio de un  cielo ligeramente tenebroso refulgían al mismo tiempo muchos soles a la vez.

 

      Para Anders, en  cambio, la noche terminó de manera bien distinta. Los acontecimientos de aquella noche, particularmente la satisfacción de haber debutado como combatiente, lo tenían demasiado excitado para irse a dormir así nomás. En cuanto se separó de Balduino se quitó la armadura, soñador, y comenzó a vagar sin rumbo por el patio con sólo una camisa protegiéndole el torso, pese a que estaba haciendo frío; y así lo halló uno de los guardias de Einar que le hizo señas de que se acercara.

 

      -Venid-le dijo-. Pronto, que he abandonado mi puesto de guardia por buscaros, y si me descubren me veré en un lío tremendo.

 

      Le dio a Anders mala espina que lo llamara aquel sujeto, que siendo hombre de Einar no debía simpatizar en absoluto con Balduino ni con nadie que estuviera bajo las órdenes de éste. Pero él conservaba la espada al cinto y, tras lucirse en aquel primer combate, se tenía por poco menos que invencible; así que siguió al hombre hasta la torre del homenaje y luego escaleras arriba hasta una sólida puerta de roble. Allí el guardia dio dos golpecitos discretos, y la puerta se entreabrió. Acto seguido asomó por ella una delicada mano femenina que dejó caer una moneda de oro en la palma del guardia.

 

      -Y si oyes pasos, me avisas con un golpe en la puerta, ¿de acuerdo? Y si es Thorkill, le dices de mi parte que esta noche mejor que no nos veamos, pues mi padre empieza a sospechar-susurró una voz de mujer joven.

 

      -Muy bien. señora-dijo el guardia, apartándose de la puerta-. Entrad-dijo a Anders, con expresión irónica.

 

      Este no se hizo rogar. Todavía se mostraba algo cauteloso, pero estaba demasiado intrigado para no seguir adelante.

 

       Lyngheid Einarsdutter estaba allí, cubierta  del cuello para abajo con un amplio manto que le tapaba todo el cuerpo.

 

       -Cerrad la puerta detrás de vos-dijo a Anders; y éste le dio la espalda al cumplir con la orden y, al mirarla de nuevo, el manto estaba a los pies de ella, descubriendo un bellísimo cuerpo femenino medio oculto por un camisón de tul-. Bienvenido a mis aposentos, señor; y permitidme confesaros que desde que os vi, languidezco de amor por vos.

 

      Anders sonrió, a la vez deleitado y medio incrédulo. Otro, en su lugar, tal vez hubiese desconfiado más... Pero Anders era  Anders, y toda prudencia quedaba subyugada de inmediato cuando una beldad como aquella se rendía ante sus encantos y a la vez le ofrecía los suyos.

 

      -Languidez mutua, señora-contestó, disponiéndose a hacerle honores a tan hermosa damisela.

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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 01:09

CXX

      Cuando Balduino y Anders llegaron a sus aposentos, había ya un centinela frente a la puerta, y adentro estaba Karl esperándoles. Tarian estaba dormido profundamente y lo mismo Hansi, quien no había bajado a cenar.

 

      Karl dijo que Hildert consideraba probable que casi dos terceras partes de la dotación de Kvissensborg se plegaran al levantamiento, caso de que éste se produjera realmente. La verdad, el viejo no veía las cosas tan fáciles como Balduino y éste tuvo que admitir que, por inútiles que fueran los sublevados, su furia y su desesperación podrían incrementar notablemente sus bríos en el combate. Pero no quiso seguir hablando del tema ni de ningún otro. Si no descansaba un poco, nadie sería tan inútil como él cuando finalmente estallara el motín; de modo que luego de que Karl se ofreciera a hacer la primera guardia, él y Anders se fueron a dormir. 

 

      Más tarde lo despertaron las insistentes súplicas de Hansi:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego...

 

      -¡Hansi! ¡Te dije que lo dejes en paz!-exclamaba Karl, disgustado.

 

      Balduino se sentó, aturdido y lagañoso.

 

      -¿Qué ocurre aquí?-preguntó.

 

      -Tengo hambre-se quejó Hansi.

  

      -¡Pues debiste bajar a cenar cuando te despertamos para ello! ¡Aguántate ahora!-refunfuñó Karl.

 

      Balduino gustosamente hubiera coreado aquella reprimenda, pero Hansi lo miraba, silencioso, esperanzado y con un crujir de estómago reforzando su ruego. Daba la impresión de que tal crujido fuese un enérgico reproche contra Balduino por proponerse matar  de hambre al chico.

 

      -Bueno, veamos qué se puede hacer-decidió resignadamente, tras un interminable desperezo-. Fue culpa nuestra, también. Debimos prever algo así y traer cuando menos algunas sobras. Bien, Hansi, vamos a la cocina-añadió, incorporándose-. Seguro que algo encontraremos, pero no pretendas nada muy elaborado. Si sólo una hogaza de pan encontramos, con eso deberás conformarte, ¿de acuerdo?

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego-contestó Hansi; respuesta por otra parte muy obvia viniendo de un niño de familia humilde como él.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, pensad si es prudente esta aventura nocturna, dada nuestra situación-sugirió Karl.

 

      -Esta gente tiene toda la noche para amotinarse, si así lo desea; de modo que esperemos que no elijan, para su propósito, este único y preciso instante en que nos ausentaremos de nuestros aposentos-respondió Balduino, en gesto indiferente.

 

      Entre castillo y castillo podía haber, en aquella época, ligeras diferencias en cuanto a la disposición de ciertas cámaras o compartimientos, pero algunas cosas permanecían invariables por motivos prácticos. En el centro del patio y dominando el mismo se erguía una gran torre, llamada del homenaje, que en caso de que el castillo fuera tomado por asalto se convertía en el último reducto de los defensores. Allí estaban siempre las habitaciones de los señores y de los huéspedes distinguidos, la sacristía y la capilla y, fundamentalmente, la cocina, la despensa y el salón comedor. De ese modo, en caso de asedio por parte de fuerzas enemigas, la torre no corría el riesgo de ser vencida por hambre más que después de cierto tiempo.

  

      Esta disposición tenía también la ventaja de que, por grande que fuera un castillo, un visitante no tardaba mucho en orientarse si se disponía a ir a misa o bien a cenar; y por eso alguna vez Balduino, sin haberse hallado nunca antes en Kvissensborg, había podido abrirse camino hacia el comedor en busca de Einar en muy poco tiempo y espada en mano.

  

      El cuarto que ocupaban ahora Balduino, Anders, Hansi, Tarian y Karl estaba ubicado también en la torre del homenaje; de modo que no sería un gran trecho hasta la cocina, que se hallaba en la planta baja. Balduino tomó una antorcha y fue adelante, seguido por Hansi. Descendieron la escalinata sin decir nada, precedidos por sus sombras, que se agigantaban como monstruos voraces a la luz de las teas y que, por momentos, parecían deseosas de engullirse la escalera de caracol que llevaba a la planta baja. En el silencio resonaban el metal de la armadura y los ayes apagados del todavía adolorido Hansi.

 

      Incluso las mentes más sagaces pasan a veces por alto detalles muy obvios; y Balduino, quien había previsto con gran acierto en sus cálculos que aquella noche explotaría un motín y la forma en que el mismo se desarrollaría, pasó por alto un punto fundamental. En todo castillo existían pasadizos secretos, y los de Kvissensborg eran sin duda conocidos por los viejos hombres de Einar, pero no por los de Hildert y los otros soldados nuevos. Y evidentemente, los descontentos aprovecharían esta circunstancia en caso de motín.

 

      Balduino pensó en ello cuando una sospecha lo hizo detenerse en cierto peldaño y sin embargo, continuó oyéndose ruido metálico que venía de las zonas inferiores de la torre del homenaje. Todo un grupo de gente ascendía la escalinata de caracol. Por su andar torpe y desordenado pero a la vez brutal, más semejante al avance destructor de una horda bárbara que al avance firme, tranquilo y altivo de guerreros disciplinados, supo Balduino que aquellos hombres eran hostiles. Por lo visto habían accedido a la torre por uno de esos pasadizos secretos que él había excluido de sus cálculos, omisión que ahora lo hacía sentirse soberanamente estúpido. El plan probablemente consistía en atacar al pelirrojo y sus compañeros arrinconándolos en sus habitaciones y darles muerte; a la vista de sus cabezas cercenadas, cesaría toda resistencia contra los amotinados.

 

      También Hansi advirtió el peligro en aquel grupo que subía por la escalera.

 

      -Señor Cabellos de Fuego...-musitó.

 

       -Todo está bien, Hansi. Sólo asegúrate de quedar diez escalones por detrás de mí-lo tranquilizó Balduino.

  

       -¿Y si volvemos a nuestra habitación?

 

      -Mocoso, me despertaste porque tenías hambre; de modo que no te irás a acostar de nuevo sin cenar como es debido-bromeó Balduino; pero luego, pensando que las escenas que seguirían tal vez fuesen poco aptas para los ojos de un niño, agregó-. Si quieres, ve a buscar a Anders y a Karl, y al centinela apostado frente a nuestra puerta. Estarás seguro con ellos.

 

       A Hansi lo dominó de repente la espantosa seguridad de que energúmenos armados hasta los dientes matarían a Balduino allí mismo, y el horror literalmente lo petrificó; no atinó a seguir la recomendación. Balduino, sin embargo, no estaba preocupado en lo más mínimo por su pellejo; por ahora, no había motivos para estarlo.

 

      En determinado momento, la sombra de Balduino, que a éste le fue imposible ocultar del todo, se colocara como se colocara, lo delató ante sus enemigos cuando éstos se hallaron muy próximos, fuera de su vista sólo por la mera curvatura de la torre. Un grupo de quince hombres que eran todo lo energúmenos que Hansi imaginaba y que estaban efectivamente armados hasta los dientes, quedó inmóvil a la vista de aquella sombra, preguntándose a quién pertenecería.

 

       -¿Contraseña?-preguntó Balduino, en un tono tan exageradamente cortés que le costó no reírse de sí mismo.

 

      El grupo hostil reconoció consternado la voz del pelirrojo, a quien no habían esperado hallar de pie y listo para el combate como sin duda debía estarlo. Pero todavía les quedaba algo de orgullo, y la teatral amabilidad de Balduino les resultó más insolente y afrentosa que un cachetazo o el peor de los insultos concebibles.

 

       -Rendíos de inmediato y respetaremos vuestra vida y la de vuestros compañeros-exigió un fornido y barbado veterano-. No tenéis escapatoria. No podréis contra nosotros: somos quince.

 

       Muy extraño este nuevo santo y seña, pensó Balduino, sonriendo.

 

      Siguió un silencio interminable, durante el cual el grupo imaginó que Balduino estaría meditando la oferta, y al cabo del cual lo vieron  aparecer con la espada casi colgando, como dispuesto a rendirse. Pero a último segundo, en una fracción de segundo, el acero se afirmó en su mano.

 

       -Respuesta equivocada-dijo, lanzándose al ataque.

 

      No era precisamente la reacción esperada por el grupo que, para empezar, había imaginado un campo de batalla muy distinto: los aposentos de Balduino. Una vez derribada la puerta, los quince hombres se habrían desplegado por la habitación, con lo que la fuerza del número sí hubiera servido de algo; si bien tan bello planeamiento tenía un talón de Aquiles, la suposición de que Balduino permitiría que los quince accedieran a sus aposentos en vez de reducir un poco tal número, espada mediante, cuando aún bregaran por entrar.

 

      Al encontrarlo, no en su cuarto, sino en la escalera, habían contado con que la abrumadora superioridad numérica lo forzara a rendirse. Balduino no era temerario ni estaba loco, pero sabía que en el reducido espacio de aquella escalinata nada era tan inútil como la fuerza de los números. Así irrumpieran mil atacantes, sólo un máximo de tres podría avanzar simultáneamente y presentar batalla en semejante estrechez, y hasta ésos posiblemente se estorbaran el uno al otro. 

 

      Aquellos enemigos no tardaron en descubrirlo personalmente. Razones de espacio permitían a Balduino luchar con un desembarazo del que ellos no gozaban, y esquivar con abrumadora facilidad las estocadas y golpes, de modo quje tanta espada, hacha y mazo erizado de púas se revelaba por completo ineficaz. Se movía con gran agilidad pese a la armadura, esgrimiendo su espada con la diestra y la antorcha con la siniestra, de modo que tenía guarecidos ambos flancos; y no era lerdo para conservar la ventaja.

 

       La verdad, tanta destreza hubiera merecido un desafío mayor; porque en lo concerniente a aquel grupo enemigo, en contados minutos se vio atrozmente diezmado por el pelirrojo. Al caer los primeros, el resto recobró la cordura y, disolviendo la impráctica masa en la que se habían aglutinado, tomaron distancia unos de otros. Eso les concedió mayor libertad de movimientos, pero allí terminaron sus ventajas. Los más competentes eran impetuosos en el ataque, pero previsibles hasta el aburrimiento; la finta parecía una técnica desconocida para ellos. Es cierto que unos cuantos la aprendieron allí mismo, luchando contra balduino, pero desafortunadamente no vivieron lo suficiente para demostrar lo aprendido. A unos cuantos, el pelirrojo los mató con su espada; a otro, que de manera cobarde y desleal intentó atacarlo por su izquierda aprovechando que estaba enzarzado en otro combate, le dirigió el fuego de la antorcha directamente al rostro. El sujeto, cegado, retrocedió bramando como fiera herida, chocando contra sus propios compañeros, que lo apartaron cubriéndolo de insultos. No faltó quien tomara envión para derribarlo y en cambio pasase de largo y cayese él mismo con cierto estrépito antes de que la espada de Balduino lo neutralizase definitivamente. De cualquier modo, tras eliminar a nueve o diez hombres, los sobrevivientes pusieron pies en polvorosa, aunque la rendición seguía lejos de figurar en sus planes.

 

      La guardia de la torre, naturalmente, había entrado en acción, alertada por el chischás y los alaridos; pero alguien, en el exterior, hacía sonar un cuerno suyo sonido congregaba refuerzos enemigos tanto como alertaba a las tropas leales a Balduino como reacción a los movimientos de los amotinados. En suma, el castillo entero era ahora un auténtico pandemónium. Un toque de trompeta se elevó por encima de cualquier otro sonido o ruido, y Balduino lo identificó como una señal de Hildert a las tropas leales, que a partir de allí, siguiendo órdenes expresas del propio Balduino, debían moverse con deliberada lentitud; si bien el mero hecho de que estuvieran listas para intervenir era para los rebeldes un imprevisto amargo y preocupante.

 

      Entreviendo todo esto, Balduino retrocedió en busca de Hansi.

 

      -Bueno, por el momento el camino está despejado-anunció-. Vamos a la cocina, Hansi...

 

      Se interrumpió. El chico se había arrellanado en un escalón, y allí permanecía, hecho un tembloroso ovillo, su cara oculta entre las piernas. En tal posición no veía ni aparentemente oía nada.

 

       Balduino se le acercó, preocupado. Inclinado sobre él, hizo a un lado la espada manchada de sangre, sosteniendo aún la antorcha en la mano izquierda y mirando de vez en cuan do a sus espaldas para que ningún enemigo lo pescara inerme. 

 

      -Ya está, Hansi. Podemos seguir adelante-dijo, posando su diestra en el hombro del niño.

 

      De a poco, Hansi se animó a alzar la vista. Balduino quedó perplejo al verlo arrasado en lágrimas.

 

      -Pero Hansi, muchachito, ¿qué pasa?-preguntó.

  

       -Tuve miedo-fue la respuesta.

 

       -¡Pero Hansi!... ¿Por qué no fuiste con Anders y Karl, como te dije? ¡Con ellos habrías estado a salvo!

 

      El llanto de Hansi, silencioso hasta ese momento, redobló de golpe.

 

       -Tenía miedo de que te mataran-sollozó-. No quería dejarte solo. Hubiera querido ayudarte, pero no sabía cómo. Tuve mucho miedo de que te mataran.

 

       Ante aquellas palabras, Balduino quedó a la vez estupefacto y conmovido. No se le había ocurrido que Hansi pudiese estar preocupado por él, que sabía defenderse perfectamente solo. Tampoco podía Balduino entender qué pasaba por la mente de Hansi, ni éste hubiera sabido expresarlo.

 

      La verdad era que Balduino representaba, para el niño, la más firme garantía de que a él nunca le ocurriría nada malo, de que jamás quedaría desamparado. Confiaba más en él que en su mismo padre; lo quería mucho más a él que a esa tía enferma y cansada que tan poca paciencia le tenía a sus travesuras y a sus constantes preguntas. De morir Balduino, Hansi sentiría al mundo derrumbarse bajo sus pies, y desesperantes incógnitas respecto a su propio futuro si muriera además su padre.

 

      -Dame un abrazo, hansi-dijo Balduino, sonriendo con ternura. De inmediato se arrepintió. Las efusividades de Hansi solían ser más brutales que el ataque del enemigo más feroz, pero lo recordó sólo cuando ya lo tenía colgando del cuello-. ¿No sabes que al señor Cabellos de Fuego no  es tan fácil eliminarlo?...

 

      Escuchó pasos mucho antes de que, por el rabillo del ojo, pudiese ver a un par de enemigos acercándose armas en mano. Que se lo interrumpiera de esa forma estando él cortejando a Gudrun ya habría sido bastante malo, pero nadie que viniera a fastidiarlo así mientras ledhacía mimos a su hermanito adoptivo viviría para contarlo; de modo que estuvo a punto de hacer a un lado a Hansi y liquidar a aquellos estorbos, cuando se le adelantaron Anders, Karl y el centinela que estaba con ellos. Estos ya habían sido alertados por el estruendo de los combates en la escalera antes de que la locura se esparciese por todo el castillo, pero al llegar habían hallado sólo a Balduino y Hansi abrazados, y permanecieron en silencio observando la singular escena de amor, enternecidos los tres, irónico sólo Anders.

 

      Fue finalmente Anders quien valientemente se interpuso en el camino de aquellos dos amotinados, cerrándoles el paso. Mientras él luchaba con ellos, Karl dijo a Hansi:

 

      -Ve con el centinela a nuestra habitación.

 

       -No, Karl, vuelve tú solo y defiende a Tarian con tu vida-ordenó Balduino-. De Hansi me ocupo yo. Vamos, mocoso, bajemos. Déjame a mí adelante, y quédate siempre donde te pueda ver. Si te digo que te detengas, me haces caso-concluyó hundiendo el acero en uno de los dos enemigos, el cual  había atacado creyendo, supremo error, que podría tomarlo por sopresa.

 

      Hansi secó sus lágrimas, se puso de pie e hizo como Balduino ordenaba. Tuvo dudas al pasar junto al combate que libraban Anders y el contrincante de éste, pero las exhortaciones de Balduino, quien le cubría las espaldas, lo animaron a seguir adelante, escaleras abajo. Poco después, la espada de Anders determinaba el resultado de la lucha que venía librando, y el joven escudero bajaba tamién las escaleras en pos de sus dos compañeros.

 

       -¡Hansi, no tan rápido! ¡Espera!-exclamó Balduino.

 

       Hansi de detuvo en el momento en que otro enemigo aparecía frente a él. Estaba guarecido por una pesada armadura erizada de púas, sin duda muy espectacular y de aspecto temible para quien no fuera muy experto, pero que en Balduino provocó únicamente risas; porque ¿a quién se le ocurría revestirse de semejante caparazón y ponerse luego a subir escaleras? Tal vez Thorvald y Ursula hubieran salido airosos de una prueba así y, todavía más, acorazados por tal armadura se hubieran visto poderosos e intimidantes; pero no muchos más fuera de ellos. El peso de todo aquel metal era un verdadero estorbo.

 

       Aun así, Hansi se llevó un susto mayúsculo y retrocedió, en lo que hizo muy bien. Balduino sostuvo con aquel enemigo una brevísima lucha, que concluyó con el pelirrojo haciendo perder el equilibrio a su oponente y ultimándolo a punta de espada. El cuerpo recubierto de metal impactó contra la piedra de la escalinata provocando considerable estruendo cuando rodó varios peldaños abajo, hasta que al fin se detuvo el chocar contra la curvatura del muro.

 

      Los amotinados dominaban la planta baja de la torre y se estremecieron al oír tamaño estrépito. Acto seguido escucharon un grito desafiante de Balduino, sin llegar a entender qué decía, pero reconociendo perfectamente la voz.

 

        -Maldito pecoso-gruñó alguien.

 

      Recordaban de sobra el trabajo que Balduino les había dado en su primer visita a Kvissensborg y cómo, para vencerlo, habían debido atacarlo todos a la vez y a traición. En aquella oportunidad, Balduino no había matado a nadie, pero esta vez, por lo visto, tenía muchos menos miramientos. Más les valdría a ellos hacer otro tanto.

 

      Intuyendo que abajo lo esperaba un comité de bienvenida de baja estofa, Balduino indicó a Hansi que se detuviera y se quedara quieto y callado. En la penumbra pasaría inadvertido, especialmente porque no lo buscaban a él. Llegando al último tramo de la escalinata, reunió a Hansi, a Anders y al joven centinela originalmente apostado a la puerta de sus aposentos, cuyo nombre era Björn, y les dió instrucciones antes de asomarse él solo al corredor de la planta baja. Al menos veinte enemigos lo estaban esperando allí; demasiados incluso para él, así que salió corriendo por el pasillo en dirección opuesta. Esto no le valdría de nada, y él lo sabía, porque el  corredor circundaba los cuartos de la planta baja de la torre, y por lo tanto, acorde con ésta, tenía forma circular. Lo único que lograría sería que sus enemigos se dividieran en dos grupos que lo atraparan saliéndole al cruce desde ambos sentidos del pasillo en círculo. Eso fue, de hecho, lo que pretendieron hacer, pero para más no daba, al parecer, su imaginación. Anders apareció de golpe tras el grupo que iba en sentido contrario a Balduino con intenciones de encerrarlo, mató a un hombre e hirió a otros dos; y al parecer este nuevo factor les complicó mucho sus cálculos. Tras un instante de vacilación, se lanzaron tras él, todos como uno solo. Anders retrocedió hasta la escalinata y subió unos escalones, con Hansi tras él. Viéndolo en esa posición, ya se sintieron menos seguros, y algunos fueron a tratar de llevar a cabo el plan original de encerrar a Balduino.

 

      Es cierto que en algún momento éste se las vio de verdad negras, porque aunque Anders hubiese distraído a una parte de los persecutores, la mayoría fue tras él. Si no se apresuraba, pronto lo rodearían en una maniobra envolvente y lo matarían. Más que atemorizarlo, la idea lo enfureció: habría preferido mil veces caer bajo la lanza de El Toro Bramador de Vultalia que allí, rodeado de patanes cobardes. Así que volvió a la carga con nuevos ímpetus. Por suerte sus enemigos no terminaban de encontrar sus agallas ni aun atacando en número tan favorablemente dispar: sabiéndolo peligroso, preferían por lo general mantenerse a la defensiva, y raro era que alguno se atreviera a un lance medianamente osado. Cuando éste se producía, uno o dos lo imitaban en un intento por reducirlo mediante un ayaque simultáneo; pero al revelarse infructuoso, todos volvían a su pasiva actitud de defensa. Eso, los que podían hacerlo; porque a unos cuantos Balduino los hirió, y a otro directamente lo dejó boqueando sangre en un espectáculo muy poco edificante para enemigos que incluso sin semejante panorama eran bastante pusilánimes. Y las cosas se les complicaron todavía más cuando el joven centinela de nombre Björn se unió a la contienda, y mucho más todavía cuando tropas leales forzaron su acceso a la torre derribando a golpes de hacha la puerta, atrancada por los amotinados tras eliminar a los guardia. La ayuda de estos bienvenidos refuerzos fue relativa, pues tras ellos vinieron también enemigos más que dispuestos a cortar en trocitos a los primeros. De algo sirvieron, sin embargo; porque crearon buena confusión, que preocupó a los amotinados. Estos tenían múltiples cuestiones que atender: que su levantamiento no fracasara; que si fracasaba, al menos Balduino no viviera para delatarlos ante Arn; que si los delataba, qué dirían ellos para defenderse... No obstante, si el levantamiento no fracasaba, ya no tendrían mucho de qué preocuparse, y por lo tanto ése era su objetivo prioritario. De ahí que estuvieran pendientes de cada novedad que se producía en su entorno. En cambio, a Balduino lo único que le interesaba era seguir vivo. Era consciente que en momentos de gran riesgo no podía preocuparse de nada más que de salvar su vida porque, de todos modos, muerto no sería de ayuda para nadie; de modo que olvidado de Anders, de Hansi y de todo lo que no fuera la preservación de su propio pellejo, atacaba ferozmente a diestra y siniestra aprovechando todas y cada una de las distracciones de sus enemigos. Fue herido unas cuantas veces, pero simples rasguños en comparación con los daños que sufrían sus oponentes.

 

      Cuando Balduino se estaba cansando, un redoble de tambor procedente del exterior de la torre distrajo a sus atacantes. Dicho redoble solía ser indicio de avance metódico sobre un enemigo, algo inusual tratándose de dos facciones enfrentadas dentro de un mismo castillo. No obstante, allí estaba, y provenía sin duda de las disciplinadas tropas de Hildert y no del ala rebelde, cuyo accionar era meramente el disturbio. Fue una maniobra astuta porque, en todo el castillo, los sediciosos oyeron el redoble y se preguntaron si su causa no estaría ya perdida, y si su propio bando sufría atroz y metódico exterminio por parte de los vencedores; y en muchos casos se trató de una distracción fatal. Algunos soldados leales, despojados de sus armaduras para moverse con mayor sigilo, les salieron al encuentro y les dieron muerte. Para cuando los amotinados advirtieron el engaño y reaccionaron, habían sufrido ya incontables bajas, y sus posibilidades de éxito se habían reducido mucho.

 

      También en la planta baja de la torre del homenaje los revoltosos se sintieron perturbados por el redoble de tambor, y Balduino de inmediato sacó provecho de ello. Sin pérdida de tiempo arremetió con renovados bríos y denuedo contra el grupo enemigo, esgrimiendo a la vez antorcha y espada.

 

       -¡Björn!-llamó a su aliado, que había sido malherido. El joven centinela acudió sin demoras-. ¡Adelántate!

 

       El pelirrojo abatió a unos cuantos enemigos, y aunque los demás reaccionaron con presteza, se las arregló bastante bien para abrir un camino entre ellos. Alguna espada le hirió superficialmente el antebrazo izquierdo, una maza le abolló la hombrera derecha y de no haber sido porque la esquivó en parte, tal vez le hubiera provocado rotura de huesos. De cualquier modo, logró abrir una brecha y escapar por ella detrás de Björn.

 

      -Vamos. Nos atrincheraremos y veremos esa herida tuya-dijo.

 

      -Gracias, señor.

 

      En medio del caos, perseguido por unos cuantos enemigos, se encontraron con Anders y Hansi que venían hacia ellos.

 

        -¡A la cocina, rápido!-exclamó Balduino, señalando una puerta. Y ni Anders ni Hansi, el primero siempre con sus ojos y su espada alertas ante posibles enemigos que eliminar, fueron lentos para obedecer, con Björn tras sus talones.  Balduino, en la retaguardia, mantenía en jaque a unos cuantos rebeldes que lo atacaban en forma simultánea. Anders, el primero en entrar en la cocina, vio a su amigo en aprietos y corrió a ayudar. Sin embargo, no llegó a intervenir. Balduino se deshizo de sus atacantes como pudo aunque no llegó a eliminarlos en toda regla, y Anders y él entraron por turnos en la cocina adonde Hansi los aguardaba.

 

      Por desgracia, tras Balduino fueron también unos cuantos sediciosos que pujaron por no quedar afuera. Sus dedos protegidos por guanteletes se retorcían entre la rendija formada por el marco y la puerta entreabierta, y sus cuerpos daban continuos topetazos contra la madera. Del otro lado, sólo Balduino se esforzaba por contenerlos; Anders se había abrazado a un enorme armario y bregaba por trasladarlo hasta la puerta a fin de colocarlo detrás de ésta para contener a los atacantes.

 

       -¡Anders, deja eso y ven a ayudarme!-exclamó Balduino; pero quien acudió en su ayuda con un uslero fue Hansi-. ¡Bien, mocoso! ¡Esa es mi tropa! ¡Dales con muchas ganas!

 

      Hansi no se hizo rogar. Alzó el palo de amasar una y otra vez y lo descargó sin la menor piedad sobre los dedos intrusos, a los que de poco les valió la protección de los guanteletes. Se oyeron enconadas blasfemias mientras los dedos desaparecían y Balduino pudo, por fin, cerrar y atrancar la puerta, aunque como la tranca no estaba en buenas condiciones lo más probable era que no resistiese demasiado.

 

      -Montón de idiotas incompetentes, ¡hasta una pulga es más peligrosa que un lobo si está bajo el mando de Balduino de Rabensland!-alardeó a gritos, con fiera sonrisa.

 

       -Y más de lo que tú mismo imaginas...-murmuró Anders, quien continuaba luchando con el armario, cuyo peso hacía que la tarea fuese más digna de Sansón que de él, aunque ahora Björn pretendía ayudarlo aun sin estar en condiciones de hacerlo-. Porque la verdad es que fue Ljöd quien mató a Kniffen, no yo.

 

      -¿Eh, qué dices?-preguntó Balduino, quien abría frenéticamente las puertas de cuanto mueble encontraba, en busca de quién sabía qué, mientras afuera los enardecidos rebeldes trataban de forzar su ingreso a la cocina-. Anders, deja ese armario. A qué viene tanto esfuerzo, ¡entrarán de todas maneras, si quieren! Mejor examina la herida de Björn. Ajá-aprobó, al hallar un mueble ocupado por trastos de limpieza y a cuyo desalojó procedió de inmediato-. Métete ahí, Hansi-ordenó-, y... a ver... Toma esto-añadió, entregando al niño, que ya se había guarecido en el hueco, una escudilla que tenía restos de jabalí asado-, y esto-y le alcanzó una hogaza de pan que ensartó con la punta de su espada para acceder a ella con la ley del mínimo esfuerzo; tras lo cual, cerró el armario-. Ahí estarás a salvo, por el momento.

 

      Björn, a quien Anders había hecho tenderse en un rincón de la cocina, tenía una herida en el pecho que parecía bastante fea, pero él dijo que estaría bien y que sólo lamentaba no poder ayudar. Tranquilizado Balduino respecto a esta cuestión, un anterior comentario de Anders acudió a su mente con efecto retardado. 

 

      -¿Qué decías de Ljod? ¡Ah, sí!... ¿Que mató a Kniffen, dices? ¿El Landskveisung fugitivo? Estás bromeando, ¿no?-sonrió con escepticismo.

 

       -No. Ya te contaré más, pero ahora parece que...

 

       No sólo pareció: los amotinados, tras atacar tenazmente la puerta, estaban a punto de derribarla. Pero no sólo para que Hansi saciara su hambre había escogido Balduino usar la cocina para atrincherarse. Una lucha puede libnrarse de formas muy poco convencionales, y en este sentido una cocina puede proporcionar excelente artillería.

 

      -Toma todas las cosas arrojadizas que puedas. Haremos trabajo de catapulta-dijo el pelirrojo, echando a los trastos que tenía a su alrededor una larga mirada a la vez feliz y calculadora, no muy diferente a la de un usurero que mira amorosamente su fortuna  y especula con las ganancias que aún ha de obtener.

 

      Anders, sudoroso y fatigado, empezó a acumular proyectiles. Balduino hizo otro tanto.

 

       -Se nota que estos tipos son solteros. Luego de oír los relatos de Lambert sobre sus combates con Helga, el último lugar al que elegiría como campo de batalla sería una cocina-bromeó el pelirrojo-. Les enseñaremos que sólo los Wurms son dignos oponentes nuestros. Les enseñaremos...

 

        Pero Anders no tuvo el gusto de enterarse qué más les enseñarían a los amotinados, pues en ese momento la puerta cedió por fin. Igual estaba de más la explicación. Ni bien entrados a la cocina, los enemigos se vieron bombardeados por una continua granizada de cacharros y escudillas que ellos no esperaban, y que los dejó confusos y aturdidos. Algunos quedaron viendo las estrellas, ya que algunos de los improvisados proyectiles los alcanzaron en pleno rostro. Otros buscaron con qué guarecerse. Muy pocos habían traído consigo escudos. A guisa de tal usaron algunos las escudillas que se les arrojaba. 

 

      La granizada cesó por un momento. Los atribulados atacantes salieron de sus improvisados escondrijos, parapetos y escudos para estudiar el panorama.

 

      Balduino, subido a una larguísima mesa, les dedicaba gestos obscenos.

 

      -Bueno, veníais por mí, ¿no?-exclamó, desafiante.

 

      La andanada de proyectiles se reanudó. Balduino casi no tenía a mano objetos que arrojar, pero sí Anders, a quien ahora se unía Hansi. El chico se había asomado para ver cómo iba todo, y al parecer no quería perderse lo que para él era un juego muy divertido. Balduino lanzó un rezongo para sus adentros: con todo lo que le había costado encontrarle un escondite, lo menos que hubiera podido hacer Hansi era permanecer en él.

 

       Amparados por sus a menudo improvisadas defensas, los hombres, alrededor de ocho, se aproximaron de a poco a Balduino, amuchados. En cuanto los tuvo cerca, Balduino se aferró a una polea que colgaba de una viga, confiando en que ésta resistiera su peso más el de la armadura. Acto seguido, balanceándose, golpeó con  toda la fuerza de sus piernas a los que tenía más cerca. El grupo entero, empujándose unos a otros, acusó el impacto de la maniobra, desestabilizándose. En ese momento  cayó sobre ellos otra granizada de proyectiles, aunque ésta menos nutrida que las anteriores porque, la verdad, ya no quedaban tantos objetos arrojadizos a mano, por lo que sólo Hansi se encargaba de la tarea. Anders, espada en mano, se lanzó a la carga contra el grupo, en tanto Balduino hacía lo propio en el extremo opuesto.

 

      El desánimo ganaba a los amotinados. Algunos no habían terminado de incorporarse, que ya los aceros de Balduino y Anders los ponían para siempre fuera de combate. Dos se entregaron a una inútil fuga que los llevó directamente a manos de los hombres de Hildert Karstenson. Otros dos se quedaron para luchar, y en su desesperación oponían notable resistencia.

 

      Fue entonces cuando una orden detuvo la batalla:

 

      -¡Alto! ¡Soltad vuestras armas... o el chico muere!

 

      Mucho antes de que sus ojos contemplaran a Hansi en poder de uno tercer amotinado, un gigante de aspecto brutal, Balduino había empalidecido. Pero con la misma celeridad reaccionó cuando se le presentó la ocasión en el momento en que un ruido hecho por Björn distrajo al gigante y Hansi, a quien éste sostenía en vilo asiéndolo por las ropas, hundió los dedos en los ojos de su captor, en una acción osada y más bien salvaje y, por lo tanto, impensada en un niño de su edad. El hombre soltó a Hansi, quien cayó sobre la interminable mesa que tenía debajo y emprendió veloz huida a través de la misma, perseguido por una espada esgrimida a ciegas. El niño tragó saliva cuando una grieta hendió el mueble en el mismo sitio donde estuviera una fracción de segundo atrás.

 

       Balduino y Anders volvían a cruzar espadas con los otros dos rebeldes que cruzaban en pie, desesperados por concluir rápido para salvar a Hansi. Este seguía desplazándose en cuatro patas a lo largo de la mesa. Guiándose por el sonido, el coloso fue tras él, arrojando tajos a diestra y siniestra hasta que, sorprendido y rabioso, sintió otro filo partiendo las anillas que en su cota de mallas protegían el vientre, y luego una segunda estocada lo traspasó, infligiéndole una  herida fatal.

 

      -Tocar a Hansi es tocar mi trasero, cerdo-oyó, en algo que le pareció un eco lejanísimo, antes de que la espada de Balduino lo traspasara por tercera y última vez, ahora a la altura de la nuez  de Adán. 

 

       El cadáver se derrumbó pesadamente, con un tintineo metálico algo apagado por la misma mole del cuerpo.

 

       Balduino aún temblaba de nervios, resultado de haber visto en grave peligro a Hansi. Se volvió furioso hacia éste, apuntándole colérico con un dedo acusador:

 

        -Y tú... Tú...

 

      Hansi, entre cansado, asustado y todavía un poco hambriendo, meneó la cabeza.

 

      -Eso no... Por favor, señor Cabellos de Fuego... Eso no-y ninguna amañada cita de la Biblia acompañó esta vez la súplica. Esta vez, el pedido venía de lo más profundo de su alma.

 

       Mientras Hansi se ponía de pie sobre la mesa y avanzaba hacia Balduino, éste se preguntaba qué castigo imponerle, e incluso si imponerle alguno. Hansi había sido desobediente, y esta vez, esa desobediencia podía haberle costado la vida. Por otro lado, por qué no reconocerlo, había demostrado una valentía extraña en alguien de su edad. Seguía debatiéndose en la duda cuando Hansi, de un brinco, se le arrojó encima, en una de esas manifestaciones de afecto tan suyas, ésas que hacían pensar más en la embestida de un enemigo que en una caricia. Balduino trastabilló y gruñó mientras se esforzaba por recuperar el equilibrio, en tanto Hansi terminaba de prendérsele como una garrapata, rodeándole el cuello con sus brazos en un intento de abrazarlo o, quizás, de asfixiarlo, nunca se sabía...

 

       -Te quiero, señor Cabellos de Fuego.

 

      -Pues menos mal, porque en momentos como éste yo me odio a mí mismo-refunfuñó Balduino. 

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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 01:06

      No quedó más remedio que bajar a comer con los demás cuando se avisó que la cena estaba lista, pero no fue una velada agradable. Einar y su camarilla no podían digerir el verse privados del mando sobre Kvissensborg, y la subordinación a hombres más jóvenes que ellos, como Hildert Karstenson y el propio Balduino, menos todavía. Hildert parecía moverse como pez en el agua en el nuevo cargo; si se sentía incómodo, al menos su sempiterna mirada inescrutable no permitía adivinarlo. Contaba al menos con la fiel adhesión de los mejores elementos de Kvissensborg, pero el grueso de la soldadesca, compuesta sobre todo por veteranos, lo detestaba. En suma, se cenaba en una atmósfera hostil y casi asfixiante. Alguno que otro pequeño grupo se veía alegre, pero lo más abundante eran corrillos pródigos en cuchicheos sospechosos. Balduino, sin embargo, mostró en todo momento un aire muy digno y despreocupado.

 

      En cuanto a Anders, durante la primera mitad de la cena volvió a caer bajo el embrujo de Lyngheid, la hija de Einar, quien desde la distancia le echaba miradas de gata, enredándolo poco a poco en sutiles telarañas de seducción. Balduino seguía sin notarlo; estaba demasiado pendiente de sus propias cuestiones.

 

      En determinado momento, el pelirrojo se inclinó sobre su escudero:

 

      -Anders, escucha atentamente-susurró-: en cuanto terminemos de cenar, irás a la armería y te equiparás lo mejor posible. Dormiremos por turnos y con la armadura puesta. Antes del amanecer, estallará un motín.

 

       Anders, tomando aquello en broma, se echó a reír; pero por la mirada de Balduino, absolutamente, seria, advirtió que no había chiste en el asunto.

 

      -¿Estás seguro?-preguntó desconcertado-. ¿Quién te avisó?

 

       -Nadie. Yo mismo lo estoy provocando.

 

      En ese momento nada más dijo. Anders, aturdido, sin entender nada y bastante nervioso, no pudo ya seguir comiendo, y olvidó momentáneamente a Lyngheid. Balduino se levantó de la mesa, por señas invitó a su escudero a hacer otro tanto y juntos fueron a la armería, de donde Anders volvió a salir protegido por cota de malla, casco y escudo y con daga y espada al cinto.  Fue tras Balduino al amparo de la oscuridad.

 

      -¿Puedes explicarme qué está ocurriendo?-preguntó.

 

       -Seguro-contestó Balduino con  toda tranquilidad-. Karl ha echado a correr el rumor de que me dispongo a licenciar a una buena cantidad de hombres y que lo haré mañana mismo para tomar por sorpresa a quienes sean dados de baja y no darles tiempo a amotinarse. Esa fue, de hecho, mi idea inicial, pero no hay peores forajidos que soldados desempleados: familiarizados con la violencia, persuadidos de que tienen derecho a ejercerla en cualquier circunstancia y sin escrúpulos en emplearla en beneficio propio. En poco tiempo los tendríamos engrosando las bandas criminales de la región. Por otra parte, no quiero a gente así en Kvissensborg, que sería para nosotros un primoroso nido de víboras. Con Tarian libre, es dudoso que pudieran hacernos mucho daño, pero sí podrían complicarles bastante la vida a Hildert y a sus hombres. Ya que éstos han sido tan buenos aliados nuestros, llegó la hora de corresponderles desembarazándolos de la escoria de la que se ha rodeado Einar todos estos años, o de parte de ella al menos.

 

      -¿Y si no se amotinan?

 

       -En ese caso no me llamo Balduino. Estamos hablando de gente arrogante, violenta y cobarde inducida a la desesperación. Es mala época para quedar desempleado, y de hoy a mañana disponen de poco tiempo para planear estrategias, amén de que esa gente no razona y se rige por la fuerza bruta. Todavía más: hay hombres aquí a quienes respeto y que saben que los respeto, pero por otros siento desprecio y éstos también saben que los desprecio. En consecuencia, quienes tengan motivos para temerme, cuando oigan el rumor de que pienso licenciar a varios soldados, sabrán perfectamente que de ellos se trata, y no dudes de que tratarán de impedirlo alzándose en armas. Y lo harán hoy o, como mucho, en las primeras horas de mañana; luego sería ya muy tarde.

 

      -¿Y cuántos hombres nos serán leales?

 

       -No lo sé. Cuarenta, cincuenta, sesenta hombres. Quizás un poco más, no lo sé.

 

      Anders quedó boquiabierto.

 

       -¿O sea-exclamó-que el resto de la dotación de Kvissensborg estará en contra nuestra?

 

       -Baja la voz. No lo sé, cálmate. No nos tomarán por sorpresa, después de todo. Enemigos decididamente declarados han de ser  otros cuarenta o cincuenta, pero entre éstos y nuestros aliados hay un  montón de hombres que no sabemos de qué bando estarán, y muchos de los cuales sin duda decidirán su posición  casi en los últimos instantes. Diez manzanas podridas tal vez se abstengan: los hombres que Einar se reservó para sí. En efecto, si bien es seguro que Einar aprueba secretamente esta decisión y la apoyaría gustoso, una persona inteligente, en su lugar, se abstendría muy bien de aparecer como el cabecilla para eludir represalias ante un eventual fracaso y también para poder presentarse ante Einar como beneficiario renuente de una situación salida de control y que escapaba, sobre todo, al suyo. ¿Qué podía hacer yo, despojado de toda autoridad por aquel pecoso?, diría. ¿Y qué cosa más natural sino que un mal líder como él, empeñado en enajenarse la voluntad de la guardia, lograse que ésta se amotinara y me repusiese en el mando?... Eso alegaría una persona inteligente, cosa que Einar no es. Concedámosle sin embargo la posibilidad de que le sobrevenga un milagroso destello de sabiduría, pero estemos atentos, que también podría lanzar contra nosotros sus diez manzanas podridas, ya que ganas no le faltan, precisamente. Si se abstienen, lamentablemente nada podremos contra ellos; con todo gusto los aceptaría en contra con tal de sacármelos de encima. De cualquier modo, contra quienes se nos pongan en contra, por una vez debemos prescindir de cualquier misericordia, ser despiadados y tratar de hacer la menor cantidad de prisioneros posible. Karl ha arreglado con Hildert los detalles del caso. Aquellos que indiscutiblemente nos son leales, serán apostados a lo largo de la noche, en puestos de guardia que les sean más propicios para protegerse de enemigos internos, y estarán en conocimiento de lo que ocurrirá esta noche. En cuanto a nosotros, haremos guardias por turnos en nuestro cuarto. Frente a nuestra puerta tendremos a uno de nuestros adictos haciendo lo propio; si da la voz de alarma, quien esté de guardia adentro acudirá en su auxilio tras despertar al resto de nosotros-hizo una pausa al ver que Anders estaba sombrío-. ¿Nervioso, Anders?

 

      -No, claro que no-contestó el interrogado; pero la sonrisa de Balduino, sonrisa de quien adivina por experiencia propia que se le está mintiendo, lo decidió a ser franco:-. Bueno, sí... Un poco.

 

      -Es natural. Será tu primer combate. No te preocupes. Ya me las vi antes con estos tipos, y te aseguro que son inútiles hasta la exageración. Sólo por traición o por sorpresa pueden vencer. Tienes suerte de que te toquen enemigos tan poco dignos para comenzar.

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15 abril 2010 4 15 /04 /abril /2010 01:05

  Sorprendía y aterraba a Balduino el ligero peso corporal de Tarian, muy por debajo de lo normal en alguien de su edad. Casi todo en él era pellejo y huesos, producto de desmejoras físicas progresivas, pero probablemente muy aceleradas en los últimos meses. Mientras Balduino, Anders y Hansi lo lavaban en una cuba cuya agua hubo que cambiar varias veces, lo impresionó la extrema delgadez de los brazos y las piernas y las contusiones que presentaba el cuerpo, unas más recientes que otras.

 

      Anders y Hansi, quienes para lavar a Tarian se habían desnudado hasta la cintura a fin de disminuir el riesgo de ensuciarse, se hallaban tan impresionados como Balduino por el estado del muchacho. Hansi, en particular, estaba asustado. Tras quedar unos instantes pensativo, preguntó:

 

        -Señor Cabellos de Fuego, ¿podría ocurrirme esto a mí?

 

       -No, Hansi-contestó Balduino, muy seguro-. Para empezar, a ti nadie te enviaría a la cárcel. Eres sólo un niño.

 

       -Pero Tarian lo era también cuando lo encarcelaron, ¿no?-preguntó Hansi.

 

       -A la cárcel va gente que... Bueno...- Balduino se detuvo, confuso. Ahora sí estaba en aprietos. Decir que a la cárcel iba sólo gente mala era una mentira muy obvia, porque ahí estaba Tarian para probar lo contrario.

 

       Miró a Anders, mendigando su ayuda. Pero aquél no sólo parecía poco dispuesto a ayudar, sino que también él observaba atentamente a Balduino, como muy necesitado de las explicaciones de éste para iluminar su entendimiento sobre el tema.

 

      -Algunas personas tienen muy mala suerte, Hansi-concluyó Balduino-. Ese no será tu caso.

 

       -¿Cómo lo sabes?

 

       -Simplemente, lo sé.

 

      -Ah-murmuró lacónicamente Hansi.

 

       Era evidente que no había quedado muy convencido, pero Balduino ya no sabía qué decirle.

 

      -No dejaríamos que fueras a la cárcel, Hansi-intervino finalmente Anders-. Eres como nuestro hermanito, ¿no, Balduino?

 

      -¡Eso! ¡Eso!-exclamó Balduino, feliz de haber hallado un traductor de sus propias emociones, y recalcando enérgicamente su opinión con su índice derecho.

 

       Ya habían terminado de lavar a Tarian, y Balduino se disponía a rasurarle barbas y bigotes. Tomó unas tijeras para recortarle lo más tupido; pero Tarian le aferró la muñeca y emitió una exclamación gutural en la que se advertía miedo. Era, sin duda, una reacción comprensible en alguien a quien se había hecho tanto daño; pero lo que pasmó y sobresaltó un poco a Balduino, a Anders y a Hansi fue el aspecto de aquella mano, en la que la membrana digital se veía dilatada, confiriéndole apariencia palmeada, como la pata de una rana.

 

       Era la primera evidencia tangible de la procedencia suboceánica de aquel singular ser reducido ahora a un mísero despojo apenas vivo. Balduino quedó impresionado. Una cosa es un conocimiento de oídas y por lo tanto dudoso, y otra cosa la comprobación personal; y Balduino, a la vista de aquella prueba irrefutable, se preguntó cuántos misterios más, de los que no se tenía la menor sospecha, habría en el mundo.

 

      Tarian advirtió cómo se miraba su mano y, asustado, volvió a sumergirla en la cuba. Era evidente que no quería llamar la atención, ni que se lo viera como a alguien distinto de los demás, Tal vez en prisión había advertido cuán poco benévola suele ser la estirpe humana con quienes son diferentes, pues de inmediato se puso a temblar como sorprendido en la consumación de un acto abominable.

 

       -Todo está bien-lo tranquilizó Balduino, hablándole con suavidad y colocándole una mano en el hombro. A cada instante que pasaba a su lado aumentaba la sensación de estar junto a un animalito indefenso y herido, imposibilitado de manifestar su dolor; eso le inspiraba una ternura y una compasión inmensas.

 

       -Me pregunto si será bueno hacerle tantos mimos-objetó Anders-. Quién sabe si no pensará que tenemos inclinaciones raras, si es que me entiendes.

 

      -Te entiendo perfectamente, pero siempre habrá tiempo para aclarar cómo son las cosas-contestó Balduino-. A veces hay que arriesgarse. Lo que importa ahora es mantener a Tarian con vida; y creo que luego de diez años de palizas recibirá agradecido todo el cariño que se le dé. Será para él un incentivo para permanecer en este mundo. El, no creo que malinterprete nada; los demás, que malinterpreten todo lo que quieran, que sean felices y que se vayan al diablo... Mira, un tatuaje-dijo, viendo una figura estampada en uno de los bíceps de Tarian. Este pareció horrorizado de que Balduino hubiese hecho tal descubrimiento, y se revolvió con desesperación en el agua, luchando con un brío increíble para alguien tan debilitado-. Bueno, bueno, ya entendí-dijo Balduino, un poco de mal humor, sin entender qué cosa tan terrible había hecho para provocar semejante reacción.

 

         Había llegado a ver el motivo del tatuaje: un tridente. ¿Sería la figura representada o simplemente el hecho de que lo vieran tatuado lo que horrorizaba tanto a Tarian? Me temo que tardaremos mucho en llegar a entenderlo del todo en vista de que está imposibilitado de expresarse, pensó Balduino.

 

        -Aquí hay otro, parece-dijo Anders, viendo en el otro bíceps de Tarian una figura inidentificable a través del agua jabonosa. Estaba a punto de alzarle el brazo para observarlo mejor, cuando Balduino lo detuvo.

 

        -Ni se te ocurra. Ya viste que está un poco quisquilloso al respecto. Terminemos esto y a otra cosa.

 

        Anders asintió y se puso a observar a Tarian. Notó que éste parecía relajarse cuando Balduino lo tocaba amistosamente; de modo que pronto se vio haciendo lo mismo.

 

       -Por cierto, ¿dónde está Karl?-preguntó.

 

        -Por ahí; le encargué unas cuantas tareas-contestó Balduino, comenzando por fin a rasurar la barba de Tarian.

 

       -¿Lo elegiste para que nos acompañara como pudiste elegir a cualquier otro?

 

       -No; la verdad que no. Pero por el momento no me hagas decir más. Simplemente, tenía que ser Karl. Si ahora te dijera mis motivos, pensarías que estoy loco; de modo que dejémoslo para más adelante.

 

       -¿Y cómo castigarás a los que hicieron esto a Tarian? Ni siquiera sabemos bien quiénes fueron.

  

       -Por el momento ése es otro de los asuntos de los que se está ocupando Karl,  también. La verdad, Anders, nunca me gustó Kvissensborg; pero ahora me gusta menos que nunca. Este lugar es, para nosotros, como un crisol de alquimista en el que bullen entremezclados diversos elementos peligrosos. Si no tenemos cuidados, corremos el riesgo de volar por los aires con crisol y todo.

 

      -Pero el castillo está ahora bajo tu mando.

 

      -Más de la mitad de la gente que hay aquí me obedecerá muy a disgusto. Por lo mismo, serán potenciales traidores.

 

      -Nadie se atreverá a causarte daño ahora que te has hecho amigo del Conde de Thorhavok.

 

      -Yo no llamaría amistad a mi relación con Arn. Hasta hace apenas días, nos detestábamos ambos y, es más, algunos rasgos de su carácter me siguen pareciendo odiosos. Como amistad, la nuestra es una relación bastante artificiosa. Diría más bien que hemos iniciado un diálogo diplomático. Cara a cara hemos visto que no somos tan repugnantes como cada uno creía del otro, después de todo; pero aun así las hostilidades pueden reanudarse en cualquier momento-dijo Balduino en susurros-. Pero por suerte, entre Einar y sus adictos no reuniríamos suficiente cerebro para que se darse cuenta de estas cosas, al menos en lo inmediato. Eso me dará un margen de tiempo para tratar de neutralizar los elementos del crisol... Con todo el cuidado necesario para no volar por los aires.

 

      Despojado Tarian de barbas y bigotes, lo secaron, y Balduino hizo que le trajeran algo de comer y mantas con qué abrigarlo. También hizo que se cambiara el agua caliente de la cuba y que se consiguiera una muda de ropa de la talla que usaba él. La que tenía puesta había quedado emporcada con orina y excrementos, y hedían en forma espantosa. Anders y Hansi se contentaron con lavarse los brazos y las manos, pero para Balduino fue un alivio desnudarse y sumergirse en la cuba a disfrutar de aquel imprescindible baño.

  

       -Me pregunto qué necesidad teníamos de hacer esto. Podíamos haberle encargado este trabajo a los siervos-dijo Anders.

 

       -No, Anders, debíamos ser nosotros. Te lo digo por experiencia propia. De niño anhelaba que mis padres se ocuparan un poco de mí, pero delegaban ese trabajo en los siervos. ¿Recuerdas cuando curaste mis heridas luego de la paliza que me dieron los secuaces de Einar? Hasta entonces, me habías obedecido por obligación. En ese momento lo hiciste por bondad. Eso marcó una diferencia crucial, creéme. En el estado en que Tarian se encontraba, sin duda no esperaba otra cosa que la muerte. Recordará que fuimos nosotros quienes lo liberamos; pero creo que más recordará que hasta nos llenamos de mierda por él. Y nos será leal. Si uno quiere asegurarse la lealtad de otros, debe estar dispuesto a darla primero.

 

        -De acuerdo, de acuerdo... Pero en ese caso, ¿no podía el Todopoderoso, cuando creó la mierda humana, hacerla un poco más fragante?-se quejó Anders; porque una fétida vaharada brotaba de las ropas que Balduino se había quitado.

 

      Cuando más tarde, mientras Balduino se vestía, entró un guardia trayendo una escudilla con comida humeante -un tazón con guiso de lentejas, medio pato y una hogaza de pan, más  una bota llena de vino- Anders le encargó la ingrata tarea de llevarse de allí las ropas en cuestión, pese a lo cual la hediondez persistió en el aire. Ello no fue obstáculo para que Tarian, incorporándose débilmente, procediera a arrasar con el contenido de la escudilla en cuanto le fue llevada.

 

      -Yo también tengo hambre-protestó Hansi, arrastrándose hasta un rincón en el que quedó en posición fetal.

 

      -Ya bajaremos a comer nosotros también-dijo Balduino; y después de un rato, al no recibir respuesta, llamó:-. ¿Hansi?-y se volvió hacia el niño.

 

        Pero Hansi no lo oía. Había quedado profundamente dormido casi en el mismo instante en que se acurrucara en aquel rincón.

 

      -Pobrecito...-murmuró, más para sí mismo que para Anders, sonriendo enternecido.

 

      Seguidamente se fijó en Tarian, quien continuaba engullendo con una voracidad que demostraba que al menos recuperaba ánimos y apetito, lo que incrementaba sus posibilidades de supervivencia por muy débil y contuso que estuviera ahora. Ojalá que, si vienen los Wurms, arremetas contra ellos con el mismo ímpetu con que atacas esa comida, pensó Balduino.

 

      Hasta entonces no había tenido tiempo de estudiarlo con atención, ocupado como estaba en aliviarle sus padecimientos. Incluso salvajemente demacrado poseía el rostro de Tarian cierta extraña belleza que remitía a la de Margyzer, su misteriosa y casi legendaria madre. De ella había heredado posiblemente la forma oblicua de sus ojos verdiazules, sus largas y puntiagudas orejas y la nariz respingona. La forma craneal era muy rara, aunque no tanto como la de Ulvgang, su padre, y ciertamente más armoniosa que la de éste, aunque si uno se fijaba bien advertía ciertas semejanzas entre ambos. Tanto Ulvgang como Tarian tenían  la parte superior de la cabeza más ancha y más estrecha en su parte inferior; pero en general el rostro de Tarian lucía más alargado, y la diferencia de grosor ya mencionada en su caso era mínima. Los arcos superciliares eran ligeramente pronunciados, y lo mismo los pómulos, pero lo suficiente para llamar la atención y no tanto para producir desagrado. La melena, rubia y lacia, se veía opaca, desprolija y despareja. La habían dejado intacta porque ni Balduino, ni Anders ni mucho menos Hansi eran eximios peluqueros. No obstante, al lavársela habían constatado, no sin envidia, que el cuero cabelludo de Tarian se hallaba por completo libre de piojos.

 

      Las manos de Tarian habían recobrado ahora su apariencia humana normal; la membrana interdigital se había contraído nuevamente. Por lo visto, se dilataba tras un tiempo en contacto con el agua y volvía a la normalidad luego de permanecer un rato seca... Aunque a Balduino le costaba admitir que no había imaginado ese detalle, y si lo hacía era sólo porque Anders y Tarian habían sido testigos del hecho tanto como él. Era curioso que durante meses hubiese aceptado como hecho incuestionable que por las venas de Tarian corriese sangre de sirena y que ahora le costara creer en ello pese a verse enfrentado a una prueba tan convincente, además de que, por su aspecto, el joven no pareciera del todo de este mundo.

 

      Tal vez en la incredulidad de Balduino hubiera también un a pizca de frustración y despecho por su mala suerte. Acostumbraba mirar el mar hacia el crepúsculo recordando, mientras disfrutaba del paisaje, historias narradas por los Kveisunger acerca de El Mundo Bajo las Olas.  Se sentía entonces fascinado, subyugado por los enigmas y secretos que se ocultaban bajo la superficia del océano y que él nunca podría contemplar con sus propios ojos. Al mismo tiempo, acudían a su mente infinitas preguntas para las que no hallaba respuestas. Pensaba que un día Tarian quedaría en libertad y podría hablarle de El Mundo Bajo las Olas y satisfacer su enorme curiosidad sobre el tema.

 

      Y ahora Tarian quedaba en libertad, pero condenado para siempre al silencio, merced a una lengua cortada. Era como si antiguas y coléricas deidades marinas, celosas de sus secretos, le hubieran reservado ese destino para que jamás pudiese traicionarlas ni divulgar los arcanos enigmas suboceánicos. 

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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