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29 marzo 2010 1 29 /03 /marzo /2010 20:06

       A fin de que Einar no pudiera enviar mensajes al Conde Arn, caso de que tal fuera su idea, Balduino ordenó que nadie saliera de Kvissensborg sin su expresa autorización. Luego siguió inspeccionando el castillo. Tras terminar de pasar revista a las tropas que seguían allí, y mientras esperaba el regreso de las que habían sido enviadas tras los fugitivos, pasó al sitio que más le interesaba: las mazmorras. Al fin podría saber noticias ciertas acerca de Tarian.

 

      Su pretexto, aunque no lo precisaba, fue cerciorarse de que efectivamente quedaran cinco prisioneros en las mazmorras, como aseguraba Hildert Karstenson. Prefirió por ahora no detenerse más de un minuto ante cada celda; el terreno por el que marchaba ahora no estaba todavía lo bastante firme, y si se sospechaba de él que tenía interés en liberar a algún prisionero, tal vez se hallara inspiración para acusarlo de colaborar en la reciente fuga, como posiblemente hubiera hecho Einar de haber tenido tiempo.

 

       Se accedía a las mazmorras mediante una estrecha escalinata de piedra. Descender por ella era bajar a otro mundo, uno muy parecido al Infierno. Era un sitio siniestro, de techo bajo y aire viciado por moho, sangre, sudor, orina y heces, adonde las ratas chillaban al escurrirse de celda en celda, y adonde ánimas en pena parecían vagar por el aire, incapaces de hallar el descanso eterno. Allí una mota de polvo, al caer, parecía provocar un estruendo semiahogado por gritos agónicos y fantasmales de prisioneros muertos en medio de escenas de violencia sin nombre, luchando unos contra otros.

 

      El lugar se hallaba muy mal iluminado por antorchas dispuestasa intervalos a lo largo del corredor entre las celdas de la izquierda y las de la derecha, cuyas puertas tenían mayormente la forma de arco enrejado, a excepción de las que daban a las Celdas Comunes, que eran rectangulares. Las llamas de las antorchas encendidas, no más de seis, contribuían a enrarecer todavía más el aire, y sus resplandores tremolantes eran fagocitados por la voraz oscuridad de lo profundo de las celdas. En el corredor, donde reinaban las penumbras, las sombras de los ocasionales visitantes se alargaban hasta lo indecible.

 

      Era un sitio en el que la razón huía despavorida y la fantasía se cubría con una lúgubre y horrenda mortaja, y el que crimen y dolor embebían las piedras de las paredes; un Seol de muertos en vida condenados a una existencia maldita y absurda, un oscuro páramo donde la virtud y el amor morían y se disolvían bajo un opresivo, asfixiante cielo de crueldad y miseria.

 

      Balduino dejó a uno de los dos guardias que lo acompañaban apostado a la entrada. Luego bajó por la escalinata seguido por el otro; y apenas inmerso en aquel ambiente de pesadilla, experimentó la atroz congoja del que descubre que el mundo ha muerto y él es el único sobreviviente; porque no se oía el menor ruido, a menos que el espíritu también aguzara los oídos, y en ese caso lo que se escuchaba ponía los pelos de punta. Y cuando algo resonaba de verdad en esas estancias, lo hacía de manera estruendosa; de modo que el paso de los dos hombres parecía más bien el avance de toda una hueste.

 

      -Deprimente, ¿eh?-murmuró, más para sí mismo que para el único guardia que lo seguía.

 

       -Prefiero pasar por el tormento antes que bajar aquí-contestó el guardia, nerviosamente-. No temo a enemigos de carne y hueso, pero este lugar... No sé... Es...

 

       -Pero ahora has bajado...

 

       -Sí. Ahora he bajado.

 

       Balduino tomó la tea del antorchero más próximo, y la luz del fuego arrancó destellos metálicos a su armadura negra.

 

      -Tal vez sería mejor que viniera tu compañero y no tú-dijo-. No podrás orientarme si no conoces bien esta parte del castillo.

 

      -No es muy complicado, señor-contestó el guardia-. Y de todos modos, se habla tanto de este sitio que aunque no hubiese bajado nunca, lo conocería como la palma de mi mano. Dicen que las mazmorras están malditas, que varios carceleros y reclusos se volvieron locos...

 

      Balduino se volvió hacia él y lo miró sin decir nada. El guardia calló, arrepentido de aquellas confidencias que tan al descubierto ponían su temor. Pero Balduino, comprensivo, posó su mano en el hombro de él, y el guardia lo miró a los ojos y vio allí un silencioso y sólido compañerismo.

 

      Si además hubiese podido oír las voces en la mente del pelirrojo, habría retrocedido hasta los trece años de edad, a un punto de su vida en el que acababa de ser encontrado por los Caballeros del Viento Negro tras meses de estar librado a su suerte y desesperadamente solo. Como entonces, se veía cabalgando con uno de ellos en la grupa.

 

      -El mundo no es un lugar horrendo que vuelve infelices y malos a los hombres, sino que es la infelicidad y la maldad de éstos lo que hace del mundo un lugar horrendo-decía bajo el casco la voz del Caballero-. Ese mundo espera día a día al héroe predestinado, anunciado por las profecías, que traerá la luz y disipará las tinieblas. Pero ahora la espera terminó. El héroe ha llegado: eres tú...

 

      Balduino recordaba perfectamente aquel momento, porque su corazón, emocionado, había dado un vuelco. He aquí que se lo recibía como el héroe de leyenda que siempre había soñado ser, un autor de magníficas hazañas que cantarían bardos y juglares por siempre jamás.

 

       No pudo menos que sonreír recordando su decepción ante las siguientes palabras del caballero:

 

      -...porque cada uno de nosotros es un héroe predestinado, a su manera; pero la mayoría de las personas elige esquivar los hados y dejar incumplidas las profecías que lo anuncian. Cuando se busca un héroe, miran hacia otro lado. Es lo más cómodo, lo más fácil... Una pena. Acaban convertidas en personas grises y mediocres que al final de sus vidas han existido y nada más. Mueren sin valorar su propia felicidad, pues la han tenido en demasía; y mueren también sin saber de qué son capaces, puesto que no han sido probados en ningún desafío que valga la pena, ni han seguido la senda del sacrificio, que es sólo para valientes. Y lo que es peor, muchos mueren en quejumbre. Se lamentan de que la vida no ha sido justa con ellos; de que nadie los valoró debidamente; de que el mundo es cruel e injusto. Y resulta que son ellos los que no han sido justos con la vida, los primeros en no valorarse debidamente a sí mismos y los culpables de que el mundo continúe siendo un lugar tan siniestro como lo hallaron al llegar a él. Estaban destinados a ser héroes, pero ellos eligieron otra cosa.

 

      No habían agradado a Balduino estas palabras de aquel Caballero a quien luego tendría el honor de servir, el señor Benjamin Ben Jacob. El no quería ser sólo un héroe predestinado, sino el único y más grande héroe predestinado...

 

       Todavía sonriendo, volvió a su realidad actual.

 

       -No vamos a dejar que este sitio nos afecte, ¿verdad?-preguntó al guardia, más como si se dirigiera a un hermano o un amigo.

 

       -Desde luego que no, señor-contestó al guardia, devolviéndole aquella sonrisa que, por venir de alguien que podía haberlo tomado en solfa, reprendido o incluso castigado a causa de su temor, parecía imbuida de un poder sedante.

  

      -¿Quién está encerrado aquí?-preguntó Balduino, señalando la celda que tenía a su izquierda y alzando la antorcha para ver mejor.

 

      -El-contestó el guardia, señalando un esqueleto contra el muro opuesto a la puerta.

 

      El ocupante de aquella celda había muerto en parte acostado, pero con la parte superior del torso a medio incorporar; la calavera, apoyada contra la pared, parecía sonreír muy divertida, y a Balduino le causó en gracia el detalle.

 

      -A éste podríais soltarlo, que, sea cual sea el motivo por el que se lo encerró, no volverá a causar daño. Respondo por él-bromeó-. Aunque se lo ve tan feliz, que sería un crimen forzarlo a domiciliarse en otro sitio...

 

      El guardia pareció luchar consigo mismo durante unos instantes; luego respondió:

 

       -Se dice, de hecho, que no hay forma de sacarlo de aquí; que si se intenta sepultar sus huesos, se oyen alaridos horribles y es necesario desenterrarlos y traerlos de nuevo.

 

        -¿Sí?-preguntó Balduino, intrigado, preguntándose el motivo por el que alguien que había muerto en la mazmorra podría rechazar esa doble liberación que le proporcionaba la muerte-. ¿Y aquí a quien tenemos?-inquirió, señalando la celda enfrentada con aquella del otro lado del pasillo.

 

        -Kehlensneiter, señor.

 

        Al oír que se lo mencionaba, el legendario Kveisung, terror de los puertos de Andrusia, giró la cabeza; hasta entonces no había sido más que una vaga forma en las sombras, un bulto de inmovilidad estatuaria. Su ausencia de nariz y orejas se perdía en un rostro salvaje, melenudo y barbiluengo; pero los ojos, violáceos como los de Lambert, dominaban la escena. Eran espeluznantes. Algo de su antigua crueldad destellaba todavía en ellos pero, por lo demás, eran ojos de un muerto envidioso de los vivos. Ante aquellas pupilas que lo miraban con fijeza y odio a medio marchitar, Balduino se sintió  mucho más cerca de tétricas historias de horror que ante el esqueleto de la celda de enfrente. 

  

       Luego pasó Balduino ante la celda que ocupaba Hendryk Jurgenson. Sin duda en un intento por dificultar la comunicación entre él y Kehlensneiter, había buena distancia entre sus respectivas celdas, cubierta por otras que se hallaban vacías. No pudo Balduino formarse opinión cabal sobre él, porque no lo advirtió en su figura rasgos particularmente distintivos. Estaba tan desgreñado, melenudo, mugriento y barbiluengo como Kehlensneiter, y el mismo aspecto presentaban los dos ocupantes que yacían en las famosas Celdas Comunes, si bien estos últimos se veían mucho más míseros, postrados por quién sabía qué malsana y despiadada peste y ya más muertos que vivos. Cuando murieran, las Celdas Comunes, más amplias que el resto porque en ellas, amuchados y mezclados unos con otros, solía encerrarse a la mayor parte de los presidiarios, quedarían completamente vacías, acentuando mucho más la sensación de relativa amplitud del lugar.

 

        La verdad era que tampoco era un lugar tan grande como para encerrar a demasiados hombres allí; y no obstante, sabía Balduino que en otro tiempo aquel lugar solía hallarse atestado. Mejor ni imaginar el inhumano hacinamiento que fomentaría combates brutales entre los reclusos incómodos y más que dispuestos a eliminar a sus propios compañeros con tal de ganar más espacio.

 

      Ese fue el único sitio donde, a fin de asegurarse de que la cerradura no hubiera sido forzada, Balduino se detuvo por más de un minuto. Mientras lo hacía, escuchó a los moribundos tosiendo apagadamente, ya sin fuerzas ni para ello, y jadeando de manera entrecortada. Tal vez una larga carrera de crímenes justificase semejante final; pero de todos modos, Balduino no pudo evitar impresionarse. El no creía en cosas como Cielos o Infiernos o reencarnaciones. Sólo una vez se recibía el don de la vida, y lo aterró pensar en cómo se lo desperdiciaba a veces. Aquellos sujetos tendrían una muerte solitaria y amarga a consecuencia de elegir y transitar los caminos del Mal.

 

       Se preguntó sin curiosidad cómo hallaría él su propio fin. Siempre había imaginado y hasta deseado caer en combate, porque ése era el final más lógico y más glorioso para un guerrero. Menos atrayente le resultaba la idea de sólo quedar dormido y ya no despertar. Pero súbitamente lo aterró la idea de morir en una oscura, fría y húmeda celda, despreciado y semiolvidado, abandonado a su suerte por justos y pecadores. No era que él pensase hacer méritos para acabar de esa manera; pero paradojas de la existencia, el capricho de los poderosos, la conformidad de las masas y otras circunstancias vuelven a veces bueno lo que en realidad es malo, y vil lo que en realidad es noble. Incluso el más acérrimo defensor de la justicia puede terminar sus días pudriéndose en una celda; y Balduino lo sabía.

 

       La calavera del ocupante de la primera celda pareció aparecérsele y burlarse amablemente de él: Te aseguro, muchacho, que no tendrás esas preocupaciones una vez muerto, ni hará que lo estés menos la forma en que mueras... Tal vez no estuviera oyendo sino la voz de su subconsciente, pero aquella perspectiva filosófica le pareció realmente propia de un espectro que llevara mucho tiempo meditando acerca de su propia muerte; de modo que sonrió reconfortado y lo invadió una oleada de felicidad cuando, al ponerse nuevamente en marcha, oyó otra vez el repiqueteo metálico de sus espuelas quebrando el lúgubre silencio a cada paso que él daba. Todavía estaba vivo, y robusto y duro como un roble joven; y la Muerte no se lo llevaría sin previa y denodada lucha.

 

       La última celda ocupada se hallaba al final del corredor, y por fuerza tenía que ser la de Tarian, si es que éste aún vivía. Hallándose todavía a distancia notó Balduino una figura de aspecto robusto y vigoroso en un rincón. Esto contradecía lo que él había imaginado por conversaciones con otras personas, desde los Kveisunger hasta Fray Bartolomeo, según las cuales Tarian se hallaba golpeado y mísero; y se preocupó, porque parecían aumentar las posibilidades de que el joven estuviese muerto y aquel fuera otro recluso cualquiera. Al avanzar unos pasos más, su consternación al principio fue en aumento, porque la corpulencia de aquel individuo, fuera quien fuere, hacían pensar en un recién llegado al calabozo, no en alguien que llevaba ya diez años encerrado. Pero entonces la luz de la antorcha arrancó reflejos de aquel cuerpo, y entonces se advirtió que éste se hallaba revestido de armadura. Se trataba del guardia que siempre estaba con Tarian en su celda, listo para matarlo ante cualquier indicio de motín por parte de los Kveisunger; pero ¿dónde estaba el muchacho?

 

       Ya desde cierta distancia el olor a orina y excrementos frescos era muy fuerte. Ingenuamente, Balduino lo relacionó con algún problema en las cloacas, y simplemente agradeció tener un estómago fuerte y siguió adelante. En busca de Tarian, alzó un poco más la antorcha en el mismo momento en que un gemido apenas audible llegaba hasta él. Lo que vio entonces lo estremeció de horror, ira e indignación.

 

      Emporcada en sus propias heces y orina, una escuálida y temblorosa figura yacía en el piso de la celda, de cara al mismo. La desgreñada melena, como una cortina, ocultaba sus facciones. Salvo por los temblores espásticos, el cuerpo se mantenía casi totalmente inmóvil, salvo por algún dedo que se flexionaba. Luego de soportar años de barbarie carcelaria, el valiente joven se estaba dando por vencido.

 

       Una negra y vengativa ira se apoderó de Balduino, quien tuvo que luchar para contenerse. No tenía autoridad real para exigir que se sacara a Tarian de aquella celda. Si forzaba a los carceleros a mitigar los suplicios del joven trasladándolo a otra celda luegop de bañarlo y alimentarlo, sin duda le obedecerían en tanto él estuviera allí; pero ¿y cuando se hubiese ido, qué? Tal vez, en vista del interés que mostraba en Tarian y con el  solo propósito de hacerlo rabiar, eliminarían al desventurado muchacho haciendo pasar su muerte como cosa accidental. Por ahora nada podía hacer, salvo dejar las cosas como estaban.

 

       -Este tampoco durará mucho-comentó con cierta piedad el guardia que escoltaba a Balduino-, aunque viene diciéndose desde hace tiempo que está próximo a morir, y siempre sobrevive. 

 

       Tarian, amigo, resiste sólo un poco más. Ya vengo por ti, pensó Balduino. Su cólera ante el aberrante, inhumano espectáculo apenas entrevisto iba in crescendo; se obligó a apartarse de la puerta. Su impulso de exigir, espada en mano, la libertad de Tarian y el castigo para los culpables de tamaña atrocidad, aumentaba a cada instante. Pero no podía ser tan emocional ahora. Einar y sus secuaces todavía podían recobrar fácilmente su dominio sobre Kvissensborg.

 

      -Vámonos. Ahora me consta de verdad que quedan cinco prisioneros aquí-dijo al guardia que lo acompañaba.

 

      Trataba de mostrarse indiferente, cuando para sus adentros lo atormentaba la duda sobre la corrección de lo que estaba haciendo. Ciertamente, en menos de una semana su autoridad sobre Kvissensborg estaría consolidada, pero ¿resistiría Tarian hasta entonces?

 

      Si sólo tuviera aquí adentro alguien en quien confiar...-pensó-. Alguien de quien supiera que bajo ninguna circunstancia me traicionaría y que no tuviera que rendir cuentas por sus actos a Einar ni a nadie más...

 

      Desandando camino hasta la salida, pasó nuevamente frente a la celda ocupada por el esqueleto. La calavera seguía sonriendo afablemente, y Balduino se preguntó si realmente habría oído a un espectro reconfortándolo momentos atrás.

 

      Si de verdad en esta mazmorra queda de ti algo más que huesos, por favor, ayúdame. Protege a Tarian, pensó, mirando el cráneo; pues incluso Balduino, aunque pretendiese lo contrario , tenía cierta difusa creencia en el mundo espiritual, nunca del todo coherente, que afloraba sobre todo en momentos en que no tenía otra cosa en qué apoyarse, y que se iría fortaleciendo con el paso el tiempo, aunque sin jamás tomar forma concreta.

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27 marzo 2010 6 27 /03 /marzo /2010 19:11

CVI

      En lo que estaba ocurriendo había algo de azar, pero mucho más de cálculo.

 

      Durante su anterior visita a Kvissensborg, Balduino se había formado una deplorable opinión de sus autoridades, confirmada luego por otros datos. La guardia se hallaba muy relajada, al punto que él mismo se había abierto paso sin la menor dificultad, espada en mano, hasta el salón de banquetes. Eran además gente muy dada a castigar físicamente, de forma cobarde y excesiva, a quienes menos lo merecían: lo había experimentado también en su propio pellejo antes de enterarse de los padecimientos de Tarian. Y no tenían otro método, para mantener el orden en las mazmorras, que el de hacer que Ulvgang y sus hombres mantuvieran a raya a los otros prisioneros, bajo amenaza de asesinar a Tarian.

 

      Liberados Ulvgang y la mayor parte de sus hombresa excepción de los tres conservados en calidad de rehenes, el resto se había vuelto poco controlable. Einar se había visto entonces forzado a sustituir a algunos de sus inútiles esbirros por hombres más competentes, pero cometiendo el error de dejar la mayor parte de los puestos de mando en manos de sus amigos. No era difícil imaginar que éstos, prepotentes, ineptos y pocos dados a predicar con el ejemplo, posiblemente gustaran de demostrar su autoridad a los nuevos subalternos mediante el maltrato, la vejación y el castigo. Ni se requería de mucha imaginación para deducir que el orgullo marcial de los recién llegados debía hallarse resentido por esta situación, que obedecían por mera disciplina y que estarían más que dispuestos a ocongregarse en torno a un auténtico líder, si aparecía alguno. Y las naturales dotes de mando de Balduino se habían perfeccionado mucho al verse al frente de un grupo de convictos peligrosos que podían volverse en su contra si no los manejaba adecuadamente.

 

      Einar, por su parte, había cometido otro error al dar por sentado que Balduino no volvería solo a Kvissensborg, ni estaría en condiciones de vengarse de la golpiza recibida allí más que al frente de una hueste armada. Por prudencia lo había mantenido bajo cierta vigilancia, pero era poco probable, por no decir imposible, que Balduino contara con el apoyo de los prisioneros puestos bajo su mando:  tal acto pondría en peligro las vidas de los tres rehenes que quedaban en Kvissensborg.

 

      Pues bien, allí estaba Balduino, a quien suponía lógicamente acobardado por la paliza recibida la vez anterior. Al no prever una situación como ésta, Einar no sabía cómo manejarla debidamente.

 

      Igual, había que hacer el intento.

 

      -Señor...-saludó, inclinando ligeramente, al acercarse con su hija y la escolta.

 

      Balduino no retribuyó el gesto. En otro tiempo fui una bazofia-pensó, mirando altivamente a Einar-, y así y todo era mucho mejor persona que tú. El pensamiento lo hizo erguir instintivamente la cabeza, en gesto aún más altivo.

 

      -Debo insistir, señor, con mis mejores excusas, en que dejéis que yo me ocupe de todo este asunto-siguió diciendo Einar-. Se trata de mi señorío, después de todo.

 

       -Lo que llamáis tan pomposamente señorío no es más que una vulgar prisión-replicó gélidamente Balduino.

 

      -Temo que estáis en un error. Kvissensborg es mi feudo. Tengo un título que lo acredita.

 

       -¿Y a mí venís a hablarme de títulos? ¿A mí?-se burló Balduino-. Soy Caballero. Ese título invalida cualquier otro, excepto el del mismo Rey. Ni me hableís tampoco, os lo aviso por las dudas, de linaje o de sangre: si de algo valen, los míos se remontan a varias generaciones antes que los vuestros.

 

      El Conde Arn también es Caballero, y a él le sirvo.

 

      -Entonces dejad que entre él y yo decidamos si Kvissensborg es un señorío o una prisión.

 

      Disimuladamente, Lyngheid, que odiaba que la ignorasen, rozó con su pie la pierna de su padre, Einar.

 

      -Disculpad. No os he presentado a mi hija, Lyngheid-dijo éste.

 

       -Sí, ya la conozco-gruñó Balduino; y se llevó a los labios la diestra de Lyngheid y la besó, pero con tanta prisa e indiferencia que fue muy evidente que la joven le importaba un rábano-. No olvidéis que ya estuve antes aquí. Mi memoria es excelente.

 

       La rabia que invadió a la superficial y caprichosa Lyngheid Einarsdutter ante aquel pelirrojo que no se postraba a sus pies para venerar su belleza no tuvo límites, y fue todavía más obvia que la indiferencia de Balduino. El guardia que estaba a su diestra, alto como una torre, rubio y de ojos verdes y barba puntiaguda, advirtió la reacción de ella, y un sutil relámpago de celos cruzó su mirada.

 

      -De todos modos, y volviendo a lo nuestro-prosiguió Balduino-, no es mi intención, a menos que algo lo exija, atentar contra vuestros títulos, supuestos o reales. Seguiréis llevando vida cortesana sin que nadie os moleste. Pero como prisión, este castillo queda temporalmente sujeto a mi autoridad, hasta que el Conde Arn decida al respecto.

 

      -No tenéis derecho-gruñó Einar, bullendo de rabia mucho más que su  hija.

 

      -Ser Caballero me otorga el derecho; las irregularidades que veo aquí me dan la ocasión-replicó con firme calma Balduino-. Hasta la fuga de esos dos Landskveisunger sería lo de menos, aunque ya hay demasiados de esos bandidos sueltos por ahí, sin necesidad de que se sumen dos más. Otras cosas que recién comienzo a ver son peores. ¿Cómo puede ser que, negligentemente, se haga retornar a una patrulla con el solo objeto de castigar al oficial que la manda, en vez de ocuparse primero de buscar y encontrar a los fugitivos y postergar hasta entonces cualquier castigo? ¿Cómo es posible que el capitán de la guardia no sepa cuántos prisioneros continúan en sus celdas? Si no sabe cuántos siguen ahí, pudiendo verlos para contarlos, ¿qué seguridad puede tener de que los evadidos sean dos, cuatro, nueve, cien o mil? Y recién empiezo. De modo que será mejor que me dejéis cumplir con mi deber, tanto más cuanto que no complacerá al Conde Arn enterarse de estas cuestiones. En la medida en que este asunto quede en mis manos, el pellejo de todos aquí estará a salvo, pero quien intente detenerme lo lamentará. Sólo un ataque cobarde y traicionero podría doblegarme... Como bien os consta, por otra parte. Pero dirimir esta disputa violentamente, independientemente del resultado final que me acarree, será nefasto para todos los que osen enfrentarme. Mi padre, el Duque Eduardo de Rabenland, tioene poder para presentarse ante el nuevo Mayordomo General del Reino, el señor Tulio de La Calleja, y hacer rodar las cabezas de quienes se me opongan. Vos decidiréis; pero, si se ha de dirimir esto por la espada, mejor hagámoslo como gentileshombres,  batiéndonos en combate singular vos y yo o, si no vos, otro a quien designéis.

 

       Ni aun en la mentira más descarada había mostrado Balduino la menor vacilación, y supo de inmediato que había ganado la pulseada. Einar miró a su alrededor y comprendió que nadie entre los presentes estaría dispuesto a jugarse por él; de modo que, para salvar de algún modo su dignidad, declaró que a partir de ese momento y hasta el término de la jornada, exigía que se obedeciese en todo a Balduino.

 

      Lyngheid nada más tenía que hacer allí, y se encaminó hacia sus aposentos. No había llegado aún a ellos, cuando el guardia alto y de barba rubia le dio alcance.

 

      -¿Por qué mirabas tanto a ese pelirrojo, si puede saberse?-preguntó, iracundo.

 

      -No seas idiota, Thorkill-contestó ella, irritada-. En primer lugar, soy muy dueña de hacer lo que quiera; en segundo, me ofendes sintiendo celos de ese pecoso más feo que el pecado.

 

      Tuvo que reconocer, no obstante, que ese pelirrojo más feo que el pecado tenía mirada noble, orgullosa y valiente y que la armadura le sentaba bien. Y no le había prestado la menor atención.

 

        Lyngheid se encerró en sus aposentos y se arrojó sobre la cama para rumiar su despecho.

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27 marzo 2010 6 27 /03 /marzo /2010 16:31

CV

      Jurgen Robson, el mismo capitán de la guardia de Kvissensborg que tan entusiastamente había participado de la golpiza con que se había maltratado meses atrás a Balduino, recibía ahora a éste con mucho nerviosismo. Obviamente el pelirrojo tenía razón al pensar que desde entonceshabían cambiado muchas cosas y que Einar y sus secuaces estaban forzados a darle tratamiento de Caballero. Lo malo era que ni imaginaban que él estuviera también al tanto de ello.

 

      -Quien sabe a qué viene ése aquí-gruñó Einar, al enterarse de que otra vez tenía en su castillo a Balduino-, pero no puede culparnos por nada. En todo momento cumplimos órdenes del Conde Arn; y ante la ley, él era todavía un forjido cuando estuvo antes por aquí.

 

      En cuanto a la actitud a adoptar ante Balduino, decidió que convenía mostrarse amable pero distante, como si recién lo conociera.

 

      -Saldrás a recibirlo conmigo-ordenó a su hija Lyngheid.

 

      Coqueta y frívola -y bastante ligera de cascos ante los hombres apuestos, según se rumoreaba-, Lyngheid acababa de hacerse cepillar los cabellos y  maquillarse, y en ese momento contemplaba el resultado ante un bruñido espejo que le devolvía su impecable imagen de adolescente rubia, de bien formado rostro y ojos azules.

 

      Desde su punto de vista, no había forma de ser muy ligera de cascos en Kvissensborg, a menos que no se fuera muy exigente; y ella lo era. Su padre tenía delirios nobiliarios que ella compartía hasta cierto punto, y pretendía para su hija un matrimonio que elevase su posición social. No gustaba a Einar recordar sus orígenes plebeyos, por lo que de tanto en tanto organizaba fiestas que rara vez tenían nutrida concurrencia y en las que pretendía estar en pie de igualdad con la nobleza. De vez en cuando algún pretendiente muy noble y muy viejo posaba sus ojos en Lyngheid, para gran satisfacción de Einar y ninguna por parte de su hija, o alguno no tan noble ni tan viejo, lo que ya no desagradaba tanto a Lyngheid pero sí a su padre. Mientras tanto, la joven, a espaldas de éste, buscaba alguna aventura amorosa con la que matar el tiempo.

 

      Pero no había mucho para elegir. Las mejores opciones estaban entre los nuevos hombres de la dotación de Kvissensborg, y aún así eran para llorar. El más apuesto era sin duda Hildert Karstenson, pero éste no había correspondido a sus flirteos. A Lyngheid le parecía muy poco hombre: estaba segura de que la evitaba para no tener líos con aquel bruto de Thorkill Rolfson, que se la comía con los ojos. Lyngheid no había tenido más remedio, de momento, que conformarse con este último.

 

       Y allí estaba de nuevo ese Balduino, que era feo como él solo. La gota que faltaba para rebalsar el vaso.

 

      -No me gusta ese pelirrojo-protestó, como si se tratase de otro pretendiente que su padre quisiera forzarla a aceptar.

 

      -Como si yo lo amara-replicó su padre, irritado-. Pero cuando te vea se pondrá nervioso, no podrá pensar bien y, si trae intenciones no manifiestas, se delatará sin darse cuenta.

 

      Mientras tanto, como ya se ha dicho, el capitán de la guardia atendía en el patio del castillo a Balduino-. Este fue derecho a las caballerizas a instalar allí a Svartwulk, previniendo a los palafreneros para que se mantuvieran a distancia del corcel.

 

      -Inspección-declaró lacónicamente, de vuelta en el patio, cuando Jurgen Robson, quien lo seguía a todas partes como un perro faldero y aún más molesto que toda la jauría de Hundi, le preguntó por enésima vez qué lo traía allí.

 

      -¿Inspección, señor?-preguntó Robson, confuso.

 

      -Así es.

 

      -Pero esta prisión está bajo la jurisdicción del Conde de Thorshavok.

 

        -Un Caballero tiene autoridad para inspeccionar cualquier prisión del Reino en la que se observen irregularidades, anomalías o falencias graves. Vos deberíais saberlo, pero veo que no es así. Preguntad a un entendido en leyes-declaró Balduino, terminante-. Coincidiréis conmigo en que la reciente evasión justifica mi presencia aquí.

 

      -Desde luego, señor, desde luego...-repuso el capitán, empalideciendo-. No había necesidad de que os molestarais, todo está bajo control.

 

      -¿Han sido hallados los fugitivos?

 

      -Aún no, pero...

 

      -¡Y entonces de qué control me habláis!... ¿Cuántos prisioneros restan aún en las celdas?

  

       -Creo que seis-contestó el capitán, vacilante.

 

      -Lo creeis-ironizó Balduino, con voz de hielo-. Lo creeis... ¡Teniente!-exclamó, y Hildert Karstenson, que se hallaba a cierta distancia, se acercó a grandes zancadas y sin pérdida de tiempo-: ¿cuántos hombres se hallan aún en las celdas?

 

      -Cinco, señor-respondió Hildert sin dudar.

 

      -¿Estáis seguro?

 

      -Absolutamente, señor. Eran diez prisioneros antes de la fuga. Dos escaparon, tres murieron en el intento; restan cinco, los que aún están encerrados. Yo mismo lo constaté.

 

      Balduino se volvió hacia Jurgen Robson.

 

      -¿Cómo es posible que este subalterno vuestro me dé una respuesta y vos otra distinta, cuando la verdad es una sola?-preguntó con dureza.

 

      -No he tenido tiempo de verificar ese dato-respondió el capitán.

 

      -¿Que no tuvisteis tiempo? ¿Y cómo es posible que este hombre sí lo haya tenido? ¿Qué estuvisteis haciendo durante estas horas, desde que aconteció la fuga? Y otra cosa: ¿por qué recibió esta patrulla la orden de regresar a Kvissensborg, aun sin haber encontrado a los evadidos?

 

      -El teniente Karstenson es responsable de la fuga, porque él era el oficial de guardia cuando ocurrió todo. Se le concedió un tiempo límite para rehabilitarse capturando a los fugitivos y salvarse de ser castigado.

 

      -También de eso iba a hablaros. ¿Qué otros errores de importancia ha cometido antes el teniente Karstenson?

 

      -Bueno... Ninguno, señor, es su primera falta, pero me parece que ésta es muy grave.

 

      -En eso al fin estamos de acuerdo. Ahora pasaré revista a los hombres que aún se encuentran en el castillo y quiero que me acompañéis. Comenzaremos por el teniente Karstenson y los hombres bajo su mando. Por cierto, ¿cómo ocurrió la fuga?

 

        -No lo sabemos todavía, pero un centinela se durmió en su puesto, y eso ayudó.

 

      -¿Cuál era ese puesto?

 

      -Rondín en la muralla oriental.

 

      -Pero los prisioneros tuvieron que franquear los barrotes de la celda primero. ¿Cómo lo lograron?

 

       -Es lo que todavía no sabemos. El cadáver del carcelero fue hallado lejos de las puertas de las Celdas Comunes, donde estaban encerrados los prisioneros que escaparon.

 

      -Entonces veo sólo dos posibilidades: traición, o puerta mal cerrada, es decir, negligencia.

 

      A una orden de Hildert Karstenson, sus hombres se habían alineado y exhibían su equipo. Se veían algo nerviosos mientras Balduino pasaba revista.

 

       -Todo en orden, os felicito-dijo al primero, que de inmediato se relajó-. Bien; pero la correa de vuestro carcaj está demasiado gastada. Ved de hacerla cambiar, no sea que se rompa y en el momento menos conveniente perdáis aljaba y flechas-dijo al segundo; y así fue inspeccionándolos a todos, felicitando a aquellos que tenían todo su equipo en correcto estado. A nadie le faltaba nada, pero en algunos casos el mantenimiento era objetable, y así lo hacía ver él, con el tono del que desea corregir una falta antes que castigarla. De vez en cuando palmeaba alguna espalda o ponía una mano en algún hombro, aunque se mantenía serio en todo momento.

 

      Ultimo de todo aquel grupo fue inspeccionado el propio Hildert. Imposible saber si él también se hallaba nervioso; sus insondables ojos azules no permitían siquiera entrever sus emociones, y lo único que se veía en sus facciones angulosas era misterio.

 

       Mientras tanto había llegado Einar con su hija y dos guardias fornidos escoltándolos. Jurgen Robson, amigo personal de Einar, se acercó a éste y le explicó al situación mientras, a la distancia, veían a Balduino pasar revista. A Einar no le hizo nunguna gracia lo que estaba ocurriendo; y menos gracia le hizo todavía que el pelirrojo, al concluir, se dirigiera a los hombres de Hildert de esta manera:

 

      -Se ha dicho al teniente Karstenson que en razón de lo ocurrido, ciertamente grave, se le castigaría con degradación y dos días de cepo. No obstante, observada su conducta y luego de esta inspección, me he convencido de que es un hombvre atento a su deber y un buen líder. Si ha cometido una falta, por grave que ésta sea, merece de todos modos que se le conceda una segunda oportunidad, y no que se le humille bajándolo de rango y se lo exhiba en el cepo. Veremos en qué medida merece otro castigo. Continuad obedeciéndole incluso más lealmente que hasta ahora. La competencia de un oficial al mando se refleja en sus subordinados.

 

      Y luego dijo a Hildert:

 

      -Quiero que preparéis ya mismo un informe por escrito pormenorizando los detalles de  la evasión, sin omitir ni alterar nada. Si no sabéis escribir, valeos de algún secretario del señor Einarson. Y concluido el dictado, haceos leer el informe y enmendadlo todo lo necesario. Lo quiero para antes de la caída de la noche a más tardar.

 

      -En mucho menos tiempo, puesto que sois vos quien lo manda, señor-contestó Hildert, inclinando la cabeza; y tras pedir permiso, partió a cumplir con el encargo.

 

      -Quiero dos voluntarios-dijo a continuación Balduino, dirigiéndose a los hombres de Hildert; y todos se apresuraron a adelantarse hacia él-. Me escoltaréis hasta que ya no os necesite-ordenó a los dos que finalmente fueron escogidos; porque su presencia estaba incomodando mucho a Einar, a Robson y a muchos más, y le convenía, por las dudas, tener las espaldas cubiertas.

 

      De hecho, Einar y Robson discutían en este momento en voz baja sobre lo que estaban ocurriendo.

 

      -¿Por qué lo dejas que proceda a su antojo?-reprochaba Einar-. Es mi castillo, no el suyo. Míralo: ya logró que los nuevos le obedezcan. Tenemos que hacer algo. O lo paramos ahora, o no habrá quien lo pare.

 

      -Parece que los Caballeros tienen derecho a inspeccionar los castillos si notan irregularidades en ellos. Está al tanto de la fuga, ¿qué podía hacer? El Conde Arn nos dio instrucciones antes, y por seguirlas quién sabe si no nos ajustamos al cuello el nudo de la horca.

 

      Einar apretó furiosamente los puños.

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27 marzo 2010 6 27 /03 /marzo /2010 16:26

CIV

       Camino a Kvissensborg, Balduino se topó con una patrulla compuesta por unos once o doce hombres, que se dirigía también hacía allí. Estos hombres eran mayormente jóvenes, y relativamente nuevos en Kvissensborg. Los lideraba un teniente de unos veintidós o veintitrés años, de largo cabello negro, rostro anguloso, nariz respingona y ojos azules e insondables.

 

       Balduino les salió al cruce por casualidad, en el momento en que él retomaba el camino hacia Kvissensborg en los sombríos bosques de coníferas que rodeaban el castillo. El teniente se llevó la mano a la empuñadura de su espada, hasta que Balduino se presentó.

 

       -Os ofrezco mis excusas, señor-dijo el teniente, inclinando respetuosamente su cerviz-.Os había visto antes, pero desde la distancia y sin armadura; de modo que no os reconocí. Mi nombre es Hildert Karstenson.

 

       Lo que probablemente quieres decir es que no tenías la menor idea de que todo este tiempo habías espiado a un Caballero, pensó Balduino. La de Hildert era una de las tantas caras nuevas que se habían visto cerca de Vindsborg cabalgando de aquí para allá.

 

        -No hay cuidado, teniente-dijo Balduino-. ¿Se sabe algo de esos dos prófugos?

 

       -Desgraciadamente, no-contestó Hildert, sorprendido de que Balduino estuviera al tanto de la fuga-. Nosotros abandonamos la búsqueda; son las órdenes que tenemos.

 

       -Entonces debe ser que los fugitivos fueron hallados...

 

      -No, señor, las órdenes nos fueron impartidas al salir de Kvissensborg. Se nos concedió un plazo para encontrar  y a esos hombres, y expirado el mismo debíamos regresar.

 

      -Esa orden es un absurdo. Continuad la búsqueda bajo mi responsabilidad.

 

       Hildert Karstenson meneó la cabeza negativamente.

 

      -Quisiera obedeceros, mas no me es posible-respondió-. Regreso a Kvissensborg para ser castigado por permitir la fuga de esos reclusos, y si no lo hiciera en el plazo acordado, tal vez el castigo se extendería a mis hombres. De nuevo os presento mis disculpas.

 

      Había hablado con mucha amabilidad, pero también con no menos decisión y firmeza, cuando otro se hubiese achicado ante un Caballero. Su cortés reticencia a obedecer agradó a Balduino; le gustaban aquellos que no acataban órdenes cuando su conciencia les recomendaba no hacerlo, especialmente si, como en este caso, procuraban con su desobediencia proteger a sus subordinados.

 

      -Entiendo. ¿Y cuál es ese castigo que te espera?

 

       -Degradación y dos días en el cepo.

  

      -No habrá castigo-dijo Balduino, mirando a los azules inescrutables ojos de Hildert-. Iremos juntos a Kvissensborg. Sé que estaré en buena compañía.

 

      Hildert era inteligente. Captó que había allí alguien ofreciéndole apoyo y al que le convendría apoyar llegado el caso.

 

       -No tanto como nosotros, señor. Será todo un honor-respondió Hildert.

 

      No cambiaron más palabras hasta llegar a Kvissensborg, pero se había creado entre ellos una atmósfera de confianza.

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26 marzo 2010 5 26 /03 /marzo /2010 21:12

      Apenas se fue el mensajero, Balduino llamó a Anders para que lo ayudara a calzarse la armadura.

 

      -Voy a Kvissensborg-explicó-. Mientras tanto quiero que montes a Slav y recorras Freyrstrande previniendo a los aldeanos acerca de esos tipos que se fugaron. Estáte atento a sus reacciones; tal vez los fugitivos hayan buscado refugio en el hogar de alguno de ellos tomando rehenes para evitarser delatados. Presta especial atención en viviendas habitadas, hasta donde te conste, por personas especialmente vulnerables, como ancianos o mujeres solas, porque allí sería más fácil que los malhechores estuvieran escondidos. Y el hogar de Kurt déjalo para lo último: con cuatro hombres fuertes, es dudoso que sea la primera opción de un fugitivo. Di a todos que tengan cuidado; que se encierren en sus casas si ven presencias forasteras en los alrededores.  Y si notas algo extraño, vuelves a Vindsborg y alertas a Thorvald, si para entonces yo no hubiese llegado aún.

 

      -Puedo ocuparme solo-respondió Anders.

 

      -No, Anders, ni se te ocurra intentar nada por tu cuenta. No es que no sepas defenderte, creo que en eso podrías arreglártelas solo, como dices. Pero los fugitivos son Landskveisunger, gente sin honor, códigos ni escrúpulo alguno, que tratarán de hacerte soltar las armas del modo más cobarde: amenazando con matar a rehenes indefensos. Son malos enemigos para tener y, en realidad, ni yo quisiera enfrentarme a ellos. Pero si la mala suerte quiere que nos toque luchar contra ellos... Pues... Qué remedio, contra ellos habrá que luchar, supongo...

 

      Anders no dijo nada y siguió ayudando a Balduino a ponerse la armadura. El pelirrojo advirtió la tensión que se había creado entre los dos.

 

      -Entiendo tu impaciencia por probarte en un combate real. No olvides que viví esa situación antes que tú-dijo con suavidad, colocando sobre el hombro de Anders la diestra ya enfundada en el guantelete-. Ya se te presentará otra oportunidad. Pero en un Caballero es más importante el respeto por la vida humana... Entre otras cosas.

 

      Anders sonrió un tanto forzadamente. Era un buen muchahco, pero lo atraían demasiado la aventura y la acción, y Balduino sabía que esas cosas a menudo eran simple oropel y un  pobre sustituto de la verdadera gloria de la Caballería: la defensa de ideales elevados y causas justas.

 

      Salieron afuera. En el momento en que se disponía Balduino a montar sobre Svartwulk, dijo Anders:

 

      -No sé qué pretendes yendo a Kvissensborg, pero cuídate. Y desvíate un poco para prevenir a Gudrun-sonrió al tiempo que guiñaba un ojo-. Por desgracia, a ella no podré avisarle, está fuera de mi recorrido. Además, tú conoces mejor que yo esas dehesas adonde ella conduce a sus ovejas a pastar, ¿no?-preguntó con aire fingidamente cándido-. Trata esta vez de ampliar un poco más tus horizontes. No lo conseguirás en posición de cuerpo a tierra, te aviso.

 

       Era una amable burla por todas las veces que Balduino había ido a las dehesas en cuestión a espiar a Gudrun ocultándose tras las altas pasturas.

 

      -Te ves soberbio, hombre, no te preocupes. Parte de una buena vez-exclamó Anders, viendo a Balduino evaluar su aspecto, preocupado; y el pelirrojo decidió que era un sabio consejo, se despidió y se puso en marcha.

 

      En alguna oportunidad, Gudrun lo había visto ya con armadura, en una ocasión en que la misma parecía un tanto fuera de lugar. Balduino se sintió entonces ridículo en grado inenarrable, máxime por trabarse al hablar y hasta equivocar varias veces las palabras.

 

       Sin embargo, el recuerdo del incidente ya no cohibía tanto a Balduino. Tal vez porque en este caso el atuendo de guerra no estaba en absoluto fuera de lugar. Por el momento debía considerar Kvissensborg como territorio enemigo, y no excluir la posibilidad de que hubiera lucha, si bien intentaría evitarla.

 

      En este estado de ánimo se apersonó Balduino en las dehesas aledañas al Duppelnalv, un malezal de pastos duros de mediana altura. Allí encontró a Gudrun cuidando de su reducida majada.

 

       Era un día ventoso y frío, aunque soleado a medias, porque nubarrones de negrura tétrica avanzaban desde el Norte, cual huestes invasoras avasallando los últimos baluartes del verano que tocaba a su fin. Días como ésos favorecían la apariencia de Gudrun. No era una mujer a quien le sentaran los cuidados y frívolos peinados de la nobleza; por el contrario, los cabellos enmarañados y en constante alboroto por las sucesivas ráfagas realzaban su aspecto tosco y salvaje de deidad de la tierra, dura y combativa. Y las alternancias que en el firmamento tenían lugar entre luces, penumbras y sombras de alguna manera le conferían también a ella un aire misterioso y no del todo de este mundo.

 

      La sonrisa con que Balduino se acercó a Gudrun fue de deleite por lo que veía; ella, sin embargo, creyó que era de amabilidad, y sonrió a su vez.

 

      Sin bajarse de la montura, él le explicó lo de la fuga acontecida en Kvissensborg.

  

       -Gracias, señor Cabellos de Fuego-contestó ella, apartando con la mano un mechón rojio que el viento se obstinaba en empujar hacia sus ojos color celeste lavado, estorbándole la visión-. Me cuidaré.

 

      Balduino asintió, se despidió de ella y volvió grupas a Svartwulk, haciéndolo marchar al paso. Se había alejado un corto tramo, cuando resonó en las alturas el agudo chillar de un grifo. Miró hacia arriba: allí estaba la fiera, planeando en círculos.

 

       Volvió su cabeza hacia atrás, y vio a Gudrun sosteniendo su cayado de pastora con mano firme, la cabeza en alto y la vista fija en el grifo mientras con la mano libre se protegía los ojos del sol. En ese instante un nubarrón oscureció brevemente el día. Gudrun bajó su  mano, sin dejar de mirar al grifo y con el viento fustigando su cuerpo y tironeando de sus cabellos y su vestido. Su semblante desagraciado pero de rasgos enérgicos y temperamentales pareció cubrirse de altivez.

 

       Balduino se sintió de pronto como bajo un encantamiento, y entonces algo pareció empujarlo hacia Gudrun; Freyrstrande, tal vez, que le obsequiaba una de sus hijas más dilectas. Y regresó junto a ella, muy seguro de sí mismo, como si su armadura pudiera guarecerlo también de un eventual rechazo amoroso.

 

       Ella se asombró al verlo de regreso.

 

       -¿Olvidasteis decirme algo?-preguntó, mientras él desmontaba.

 

      -Sí-contestó él y, sin decir más, se le acercó y la tomó entre sus brazos y la besó; y en ese beso volcó toda la pasión que desde hacía tiempo venía consumiéndolo incluso cuando él no la sentía, como esos fuegos adormilados que lenta pero inexorablemente, casi reducidos a una simple brasa, corroen la madera de un árbol, hasta que una súbita ráfaga hace estallar el incendio.

 

       -¿Por qué hicisteis eso? Ha sido una tontería-reprobó ella, un tanto molesta, cuando sus labios se separaron de los de él.

 

       Se le ocurrió a Balduino que en efecto tal vez lo hubiera sido; pero lo hecho, hecho estaba. Decidió no achicarse.

 

       -Porque pudo serlo para ti, pero no para mí-contestó, mirándola a los ojos de un modo perturbador-. Yo ya no daba más; algo tenía que hacer.

 

        -Bueno, ya lo hicisteis-dijo Gudrun-. Ahora debo rogaros que os marchéis de aquí.

 

      -No seas tan dura, por favor. ¿Qué daño te he hecho? Fue sólo un beso. Y si vas a rechazarme, al menos quisiera saber la razón.

 

       -Las mujeres sufren a manos de los hombres, y en mi familia más todavía. Mejor estar sola.

 

      -Si ése es tu único motivo, te demostraré que no es mi intención hacerte sufrir.

 

      -Nunca lo es, señor Cabellos de Fuego, pero las mejores intenciones del mundo nada garantizan, y los sentimientos son muy traicioneros. A veces simulan ser una cosa cuando en realidad son otra muy distinta. Muchas personas, mujeres especialmente, se apoyan demasiado en sus sentimientos. Grave error. Es confiar todo su peso a un bastón muy quebradizo.

 

      -Puedo asegurarte, querida, que los míos son un bastón muy firme: Puedes apoyarte en ellos sin temor.

 

       -Y aunque así fuera, ¿qué? Ese bastón se iría con vos cuando os marcharais de Freyrstrande; con lo que tendría que valerme de nuevo sólo de unas piernas ya demasiado habituadas a un apoyo extra. No, señor Cabellos de Fuego: esto no puede ser. Seguramente alguien os llevó ciertas indiscreciones; haced la merced de olvidarlas. Luego de todo sueño llega el momento de despertar y entender que todo fue un sueño muy agradable, pero no más que eso.

 

       -Cuando me fuera de Freyrstrande, yo te llevaría conmigo.

 

       -Qué facil es hacer promesas... Pero, ¿por qué querría ir yo con vos? Mi mundo es éste, me sentiría incómoda en cualquier otro y eso de hacer renuncias por amor definitivamente no va conmigo.

 

       -¿No me escondes tu motivo verdadero... como por ejemplo que, quizás, hay otro hombre?

 

       -Oh, como aquí hay tantos...-sonrió Gudrun, de forma tan contagiosa, que Balduino se vio sonriendo también.

 

       -Bueno, supongo que ya nos hemos dicho cuanto teníamos para decirnos-respondió, sin que la sonrisa se desvaneciera de su semblante, pero apenado-. Supongo que la próxima vez que corteje a una mujer, tendré que pedir prestados a Anders su rostro y sus dotes de seducción.

 

      -Saldríais perdiendo en el cambio. Vuestro rostro os sienta bien, y preguntad a Thorstein el Joven qué pienso yo de sus dotes de seducción y de los seductores en general. No hay nada de malo en vos, y tal vez ése sea el problema... Entre otros, claro-y Gurdun suspiró como vencida por una súbita debilidad.

 

      Balduino se estaba moviendo por terrenos para él desconocidos, de modo que no sospechó que la debilidad de Gudrun pudiera ser él; pero igual vio en los comentarios finales de ella una puerta entreabierta. Además, sabía que ya no tartamudearía ni enrojecería cuando volviese a verla, y tan solo eso era ya un enorme alivio.

 

      -Cuídate mucho-le recomendó antes de montar sobre Svartwulk y marcharse de nuevo.

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25 marzo 2010 4 25 /03 /marzo /2010 18:55

CII

       Incluso las personas más inteligentes se asombran a veces al descubrir puntos acerca de los que no han reflexionado, y que le parecen obviedades que no entienden cómo han podido pasar por alto.

 

      Aun sin conocer a Balduino, y por militar éste en el Viento Negro, y por lo tanto un advenedizo, el Conde Arn de Thorhavok sin duda no simpatizaba con él: temía que la Orden de la Doble Rosa, a la que él pertenecía, se viera suplantada y desposeída por la extraña y hasta hace poco clandestina cofradía caballeresca. Esto ya era sabido. Pero Balduino se reprochaba a sí mismo no haber advertido sino hacía poco cuán precaria era la situación de Arn, y cuán inseguro debía sentirse.

 

      Había pocas dudas de que hasta Tancredo de Cernes Mortes, Gran Maestre de la Doble Rosa -quien hasta donde sabía Balduino no veía con buenos ojos a los Caballeros del Viento Negro- detestaba a Arn y a quienes, como él, no habían tomado en serio la invasión y subsiguiente guerra contra los Wurms. Por culpa de ellos había sido necesario aceptar la ayuda de los advenedizos, de los forajidos: las huestes del Viento Negro comandadas por Thorstein Eyjolvson.

 

       Pero Arn, específicamente, tenía que haber terminado dándose cuenta del descomunal error que había sido reírse de la invasión Wurm y descreer de ella, porque al Este de Thorhavok se hallaba Christendom, aquella baronía especialmente desprotegida en la que las Milicias de San Leonardo debían estar trabajando frenéticamente para fortificar y guarnecer el Delta del Rattapahl en previsión de eventuales aunque todavía impensables ataques de los Wurms. El Gran Maestre de las Milicias de San Leonardo mantenía una fluida correspondencia con sus pares de la Doble Rosa y el Viento Negro, que estaban en Drakenstadt y Ramtala respectivamente. La ruta de los mensajes pasaba obligatoriamente por Thorhavok, señorío de Arn. Así que, a menos que sus asesores  fueran unos consumados imbéciles, luego de tanto tiempo de observar movimiento de tropas y de mensajeros, Arn debía estar al tanto de que la guerra era una realidad y de que se hallaba sin efecto el libelo de proscripción sobre la Orden del Viento Negro. Le gustara o no -y sin duda no le gustaba-, Balduino era ahora tan Caballero como él; pero a diferencia de él, Balduino se había apresurado a cumplir con su deber. Esto sin duda lo incomodaba mucho, y la reciente evasión ocurrida en Kvissensborg proporcionaba a Balduino una forma de incomodarlo todavía más; de modo que le escribió la siguiente misiva:

 

      Acerca de la reciente fuga ocurrida en Kvissensborg, ni qué deciros tengo de la gravedad que entraña, ni de la necesidad de mantener este asunto en el mayor secreto para salvaguardar el honor y el prestigio de la Caballería. Me veo obligado a resaltar la incompetencia de vuestro vasallo Einar de Kvissensborg, quien no me alertó sobre el particular, siendo así que me enteré del mismo por boca del cura local y no a través de una notificación oficial, como habría correspondido.

 

      La fuga de dos Landskveisunger es en estos momentos algo que podría desatar un escándalo de grandes proporciones, con muy mal resultado para vos, a pesar de que vuestra culpa consista sólo en haber depositado vuestra confianza y vuestra lealtad en un felón que no las merecía. De Caballero a Caballero os escribo, pues, para haceros saber que he tomado medidas para salvaguardaros de tal humillación, poniendo en conocimiento de lo sucedido a los señores Thorstein Eyjolvson, Gran Maestre del Viento Negro, y Tancredo de Cernes Mortes, Gran Maestre de la Doble Rosa, quienes manejarán esta situación mejor que nosotros y nos impartirán las órdenes que crean pertinentes. Asimismo les he informado, como os informo a vos con el solo objeto de tranquilizaros, que los reclusos que en Vindsborg se hallan bajo mi mando se mantienen tranquilos y por completo sometidos a mi autoridad; por lo que no debéis temer que también aquí ocurran evasiones. Continuaré manteniendoos al tanto y en poco tiempo me tendréis ante vos para testimoniaros mi lealtad.

 

      Era difícil saber qué pensaría Arn de las intenciones pretendidamente amistosas y tranquilizadoras de Balduino, pero igual el contenido de aquella carta sin duda lo horrorizaría por varios motivos. Para empezar, era muy dudoso que Einar hubiera ya puesto al tanto a su señor acerca de la evasión, ocurrida hacía horas apenas, porque debía contar con atrapar a los fugitivos antes de que el asunto trascendiera. Aun suponiendo que lo consiguiese, había existido una falla de seguridad en Kvissensborg, y no agradaría a Arn que Balduino estuviese al tanto de ella y le hubiera informado antes que el propio Einar. En segundo lugar, lo último que querría Arn sería que todo el asunto llegara a oídos de Tancredo de Cernes Mortes, un superior suyo que probablemente no le guardaba simpatía y ahora se la tendría menos, o de Thorstein Eyjolvson, el Gran Maestre de los advenedizos, quien podría usar la evasión en desprestigio de la Orden de la Doble Rosa. Arn corría el riesgo de caer en desgracia, máxime teniendo en cuenta que para defender la Orden que lideraba y a sí mismo de cualquier ataque de Eyjolvson, Tancredo de Cernes Mortes hallaría en él un excelente chivo expiatorio. Por último, era un duro  golpe hacer tanto hincapié en el orden que reinaba en Vindsborg. Para Balduino era una buena forma de decirle que él sí sabía mantener disciplinados y sumisos a los presidiarios puestos bajo su mando, mientras que en Kvissensborg no era posible hacerlo ni aun contando con tantos guardias.

 

      Pero a la vez que subrayaba lo incómodo de la situación de Arn, Balduino se presentaba a sí mismo como posible aliado de éste y como si ya estuviera trabajando para cimentar dicha alianza. Había que ver si Arn la aceptaría; parecía muy probable que sí. En primer lugar, porque en su situación necesitaba aliados y no parecía tener muchos; en segundo lugar, porque casi seguramente era vanidoso, y el final de la carta tendía a la adulación.

 

      Seguidamente, Balduino escribió otro mensaje, destinado éste al Gran Maestre del Viento Negro, Thorstein Eyjolvson. He aquí su contenido: 

 

      Mucho deploro tener que informaros acerca de una reciente evasión en la prisión de Kvissensborg debido a la fogosa incompetencia del señor Einar Einarson, en quien cometió el señor Arn, Conde de Thorhavok, el error de confiar. He puesto al tanto de la misma al señor Tancredo de Cernes Mortes a fin de que tome medidas para salvaguardar el honor del señor Arn y de la Orden bajo su mando; pero los maliciosos de siempre, ésos que aseguran que los Caballeros del Viento Negro somos vulgares forajidos, sin duda intentarán achacarme a mí la responsabilidad por el suceso, cuando puedo juraros que nada tuve que ver con él.

 

       Debo añadir, sin embargo, que dado que Kvissensborg es para los reclusos lo que el colador para el agua, he decidido valerme de mi autoridad para liberar a dos prisioneros muy peligrosos: Hendryk Jurgenson y Kehlensneiter, cuya lealtad me aseguraré previamente. Se trata de dos de los tres rehenes que quedaron en Kvissensborg para segurarse de que mi actual dotación no se diera a la fuga, lo cual ocurriría sin duda si esos dos escaparan por su cuenta.

 

      Sé que es un paso osado el que me dispongo a dar, pero confío en que la medida cimente la confianza y la fidelidad que me prodigan estos presidiarios que tengo bajo mi mando, ya que lo verán como prueba de camaradería. El riesgo de que todos escapen, no lo niego, existe; pero hay que correrlo. La posibilidad es muy baja y la reduciré al mínimo.

 

      Además, retiro la petición que os hice anteriormente para poner en libertad al tercer rehén, Tarian Morv Muajalk, de probada inocencia en los crímenes de Sundeneschrackt, dado que me ocuparé yo mismo del asunto.

 

      Balduino no estaba muy seguro de la conveniencia de poner en libertad a Kehlensneiter, pero ya habría tiempo de ponderarla más adelante. De verdad lo preocupaba que los rehenes consiguieran fugarse por su cuenta, en especial porque, una vez libre Tarian (o cuando se comprobara que por desgracia su muerte en las mazmorras era un hecho), tal vez nada retuviera a Hendryk y a Kehlensneiter en sus celdas. Pero aquella carta tenía como principal finalidad asegurarse una respuesta por parte de Thorstein Eyjolvson. El terrorífico, imborrable recuerdo dejado por Kehlensneiter en los puertos andrusianos sería buen aliciente para obligar a Eyjolvson a responder oponiéndose a esa medida específica. Y si respondía a la misma, quizás respondiera también a lo demás.

 

       Lo que ignoraba era la corrección de una grafía en particular. ¿Tarian Morv qué?... Pero posiblemente nadie en todo el Reino supiera escribir correctamente aquel nombre que no obedecía a la regla de ningún idioma conocido por Balduino.

 

      Iba ya a escribir el pelirrojo una tercera carta, ésta a nombre de Tancredo de Cernes Mortes y en términos similares a los usados para dirigirse a Arn cuando, coincidentemente, se presentó Thorvald para anunciar la llegada de un mensajero. Balduino salió a atenderlo, y unos cuantos de sus hombres se arracimaron alrededor de él.

 

      -Es del Gran Maestre del Viento Negro, el señor Thorstein Eyjolvson-murmuró, tras desplegar el pergamino y leerlo velozmente-. Es curioso. Alude a un mensaje anterior suyo, pero yo no recibí ninguno.

 

       -Entre los grifos y los Landskveisunger, señor, los caminos se han vuelto peligrosísimos-explicó el mensajero, un joven alto, de anchas espaldas y buena presencia-. Unos cuantos correos están muertos o desaparecidos.

 

      -¡Hmmmm!...-gruñó Balduino. Era de desear que ni uno solo de los mensajes que estaba escribiendo dejara de llegar a su respectivo destinatario, o la cosa podría complicarse mucho.

 

       -¿Dice algo importante?-preguntó Anders.

 

       -No-contestó-. Asegura no poder hacer nada por Tarian, por ahora; aunque no olvida el asunto...

  

       El rostro de Ulvgang adquirió un tinte sombrío.

 

       -Entonces...-comenzó.

 

      -Entonces tendremos que arreglarnos solos. No te preocupes, que estoy en ello-cortó Balduino-. Ah, y por intermedio del señor Eyjolvson el Duque Olav, señor de Norcrest, me ofrece un puesto de mando en Drakenstadt.

  

      -¿En serio?-preguntó Anders, entre el asombro y la excitación.

 

      -Sí-contestó Balduino, mientras inadvertidamente se dejaba arrebatar el pergamino por Ursula-. Parece que cierta idea que sugerí para rescatar a los hombres de las fortalezas sitiadas por los Wurms tuvo éxito, y quieren agradecérmelo de alguna manera.

 

       -Y es cierto nomás. Increíble-confirmó Ursula, tras una lectura del mensaje. Seguía sin entender del todo los méritos militares de alguien que, como Balduino, era desde su punto de vista un enano.

 

       -Aceptarás, ¿no? Es una oferta importante-dijo Honney, haciendo el papel de serpiente tentadora, aunque la serpiente en cuestión tenía los colmillos cargados de veneno y listos para atacar en caso de que la respuesta no fuera de su gusto.

 

       -No-contestó Balduino-. En otro tiempo me hubiera parecido una gran oferta, sí; pero la verdad, entre ser en Drakenstadt uno más entre muchos que mandan y obligado a mi ve a obedecer órdenes que tal vez no me convenzan del todo, y la libertad absoluta que tengo aquí para disponer de todo, alijo esto último. Ya me acostumbre a Freyrstrande y a su gente. Además, si me marchase dejaría pendientes demasiadas cosas, entre ellas la liberación de Tarian, y no sé si quien me sustituyese les concedería la debida importancia. Incluso sería probable que quien viniera después tuviese ideas muy distintas de las mías, y pretendiese empezar de cero en vez de aprovechar lo que ya dejo hecho. No, yo me quedo aquí.

 

      Se le ocurrió que en caso de que Tarian de verdad estuviese muerto le convendría, por las dudas, poner buena distancia entre los Kveisunger y él, y tal pensamiento, por un instante, le hizo considerar la idea de aceptar el cargo ofrecido; pero de inmediato le repugnó su propia cobardía.

 

       -Sin embargo, Anders, no hay razón para que no vayas tú, si quieres-aclaró Balduino.

 

      -En parte me dan ganas de ir-admitió Anders-. Tal vez sea la única oportunidad que tendré de conocer la gloriosa y legendaria Drakenstadt... Pero ahora que estoy conforme contigo, no me gusta la idea de tener que pasar al servicio de otro Caballero-sonrió-. Parece que no tendrás más remedio que seguir soportándome...

 

      -Drakenstadt está llena de valientes. No os necesita-intervino agresivamente el mensajero, con expresión desafiante. Por lo visto había nacido en Drakenstadt y lo enorgullecía ser de allí; y ofendía a tal orgullo que Balduino desdeñase el honor que le había ofrecido el Duque.

 

      Balduino no escuchó el comentario porque estaba reflexionando; pero sí lo oyeron varios de los presentes, y quedaron indignados ante tamaña arrogancia.

 

      -Tengo un mensaje que enviarás a Helmberg, al conde Arn de Thorhavok-dijo el pelirrojo-. Iré a firmarlo y lacrarlo; espera aquí.

 

      En cuanto Balduino se retiró, los Kveisunger rodearon al mensajero, quien permanecía de pie, junto a su caballo.

 

       -Te recuerdo-le dijo Honney, apuntando al joven con su índice.

 

      El mensajero se volvió hacia él, y se sobresaltó ante aquel bigote erizado y aquellos fulgurantes y malignos ojos verdes traspasándolo como filosos puñales.

 

      -¿Cómo decís, señor?-preguntó.

 

      -Te recuerdo perfectamente-dijo Honney-. Huíste de mí llamando a tu mamá. Fue hace doce o trece años, tal vez lo recuerdes...

 

       Mentía con gran descaro, pero el muchacho no podía haber tenido más de siete años en el momento del ataque de Sundeneschrackt a Drakenstadt; y todos los niños de esa edad para abajo, en aquella ocasión, no habían hecho más que huir de aquí para allá, llamando a sus padres... Esos mismos padres que antes los amenazaban con que, si no se portaban bien, vendría a buscarlos Sundeneschrackt para llevárselos.

 

       El mensajero cayó en el engaño, y empalideció. No recordaba aquella cara, ni necesitaba recordarla para sentir miedo. Un viejo fantasma que creía haber dejado atrás volvía en busca de venganza.

 

      -Sí, muchachito, sí...-intervino Ulvgang, con suavidad, pero insinuando una sonrisa pesadillesca y diabólica-. Tuvimos el placer y el honor de conocer a tu amada Drakenstadt, armas en mano, hace unos años-la sonrisa se hizo más pronunciada, más escalofriante; los saltones y ahora malévolos ojos verdiazules no se despegaban de las pupilas del mensajero-. Eras entonces muy pequeño para presentarme debidamente ante ti. Permíteme que lo haga ahora-tendió la mano al joven, que trataba en vano de recobrar la compostura-: Sundeneschrackt, si es que te suena ese apodo... Para servirte-y estrechó la temblorosa diestra del mensajero.

 

      -Pero Honney, mira que eres desalmado-dijo Andrusier, sonriendo burlonamente-. ¿Ibas a liquidar a un pobre y despreciable sabandija de menos de diez años?

 

      -¡No iba a hacerlo y no lo hice, como puedes ver, pero él pensó que sí!-contestó Honney-. ¡Y se ve que lo decepcionó mucho que no me ocupara debidamente de él, ya que acude a mí para que termine el trabajo, como puedes ver!...

 

       -Me parece, bigotón, que podrías por lo menos darle la oportunidad de defenderse...-intervino pérfidamente Ursula.

 

      -Si él quiere...-contestó Honney, encogiéndose de hombros con aire indiferente-. Mucho tiempo no me haría perder. Si no se defiende, finiquitaría este asunto en un segundo; si se defiende, más o menos en segundo y medio.

 

      -No seas aguafiestas. Tienes que hacerlo durar-recomendó Gröhelle-. Para que no sea tan aburrida la cosa.

 

        -O tal vez él preferiría ser atendido por Kehlensneiter-insinuó Hundi.

 

      Con estos y otros comentarios matizaban de negro los Kveisunger (y Ursula, cada día más compinche de ellos) la espera del desdichado correo de postas de turno, que para éste parecía prolongarse hasta lo insoportable. No había duda acerca de la valentía del joven, dado que se la exigía su mismo oficio. Todavía más, en cierto momento hizo acopio de ella, se llevó la mano a la empuñadura de la daga que llevaba al cinto y se enderezó para afrontar lo que fuera, aunque el terror lo hacía traspirar a mares. Pero aquella resolución no impresionó a los Kveisunger (ni a Ursula). Hacía pensar en un niño que se yergue y reprocha su maldad a los lobos que lo han rodeado para devorarlo. Y aunque Balduino y Anders ya estuvieran habituados a ellos, bien temibles eran las fauces de estos lobos...

 

      Karl estuvo a punto de intervenir, pero se lo impidió Thorvald, pues también a él le había molestado la altanería con que el mensajero se había dirigido a Balduino, y creía que no le vendría mal un escarmiento.

 

       Cuando regresó el pelirrojo, no entendió bién qué estaba ocurriendo, pero la palidez y los estremecimientos del mensajero y las siniestras carcajadas de los Kveisunger le informaron vagamente de la situación, aunque no el origen de la misma.

 

      -¡Al trabajo todo el mundo!-exclamó con firmeza.

 

       Ulvgang miró con sorna al mensajero.

 

      -Di en Drakenstadt que sus guerreros y esas cosas que construyeron sobre las roquitas a la entrada del Hrodsfjorde, continúan siendo inútiles contra Sundeneschrackt-el mensajero se apresuró a asentir con la cabeza-. Di que sólo el señor Cabellos de Fuego salva a la ciudad de que reclute fuerzas más numerosas que la primera vez y construya una flota mucho más poderosa que la anterior, y arrase a La Inconquistable pasando por encima de los mismos Wurms.

 

      -¡Basta!-exclamó Balduino.

 

      Ahí Ulvgang se apartó por fin y se fue a trabajar; pero los perros de Hundi andaban por ahí, y él les silbó para atraerlos, voceando el nombre de Gudjon como si alguno de ellos se llamara así. Como eran tontos, los seis acudieron como uno solo, y Ulvgang acarició al más feo y pulguiento, llamándolo Gudjon una y otra vez. Y ante aquella escena, el mensajero se atragantó de furor, y su rostro pasó del blanco al rojo.

 

      Balduino le entregó el mensaje para Arn y echó la anécdota al olvido. Ni se imaginaba el revuelo que días más tarde habría en Drakenstadt, cuando por boca de aquel mensajero cundiera la noticia de que Sundeneschrackt y los restos de su banda de malhechores estaban en libertad, que habían hablado de la ciudad en términos jactanciosos y desafiantes y que, para colmo, habían bautizado como Gudjon a un chucho pulguiento, en abierta  mofa al glorioso y difunto primogénito del Duque Olav. 

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23 marzo 2010 2 23 /03 /marzo /2010 16:31

CI

       Dos días más tarde Fray Bartolomeo, sombrío y ceñudo, llegó muy temprano, para hablar con Balduino. Los dos se encerraron en Vindsborg, y todavía estaban reunidos en privado cuando llegó Oivind en su carreta arrastrada por bueyes y acompañado por el joven Osmund. El viejo tenía la nariz más roja que de costumbre; es decir que había bebido bastante más de lo habitual, hecho denunciado además por su andar vacilante y su aliento capaz de marear a un Wurm. Tal vez fue esta circunstancia lo que le impidió advertir qué raro era que toda la dotación de Vindsborg, como por casualidad, se hallase cerca de él, chismorroteando ociosamente sobre temas banales, cuando lo normal era que a esa hora ya estuvieran todos trabajando.

 

      Como siempre, los aldeanos habían traído cosas para trocar por otras inconseguibles en Freyrstrand. Oivind y Osmund las fueron cargando en la carreta mientras Anders especificaba los productos requeridos a cambio. Ya habían terminado y estaban a punto de partir cuando Adler, con expresión misteriosa en su rostro narigudo y salpicado de cicatrices de viruela, alzó una mano:

 

      -Espera, que creo que el señor Cabellos de Fuego te tiene un encargo especial.

 

      -No, ni hablar. Este viejo no sirve para esas cosas-intervino Hundi, sonriendo más maliciosamente que nunca; y añadió, dirigiéndose a Oivind:-. Podéis iros.

 

       -No sé, a mí me parece que el más indicado es Oivind-dijo Karl. 

 

      -Ya hablamos del asunto, ¿no? Balduino fue lo bastante claro, creo-terció Thorvald.

 

     -¿Y qué perdemos con preguntarle al mismo Oivind?-inquirió Anders.

 

      -¿A este viejo ladrón?-preguntó burlonamente Hundi.

 

      -Creo que Oivind es la persona adecuada-dijo Lambert.

 

       -¡Ridículo!...-exclamó desdeñosamente Gröhelle-. Este viejo no encontraría ni la punta de su nariz.

 

       -Que no parta sin hablar antes con Balduino-opinó Anders.

 

      -¡Que se vaya y que no pierda tiempo!...-exclamó Gröhelle.

 

       Este fue sólo el preámbulo. Todo el mundo se puso a discutir a la vez, unos denostando las habilidades de Oivind, otros elogiándolas. El viejo, al verse convertido en dentro de semejante polémica y sin entender la razón, miraba alternativamente para todos lados según la persona que hablara en el momento, intrigadísimo.

 

       -¿Cómo? ¿Qué? ¿De qué estáis hablando?-preguntaba.

 

      -De que tú eres el único que puede lograrlo-respondió Adler.

 

       -Lograr ¿qué?-preguntó el viejo, al borde de la exasperación.

 

       -¿Qué tal si dejamos de perder nuestro tiempo? ¡Si este viejo es un inútil y un vulgar ladrón!-sentenció lapidariamente Gröhelle.

 

       Oivind empezaba a fastidiarse de que una parte de los presentes hablara de él con tanto desdén y para colmo sobre un asunto del que ni sabía de qué se trataba.

 

      -Freyrstrand sobrevive sólo gracias a Oivind-alegó Anders con firmeza-. El conoce los mercados de Vallasköpping como la palma de su mano. No encierran ningún secreto para él, ¿no es así, Oivind?

 

      -¡Por supuesto!-exclamó el viejo, como si una simple insinuación en contrario fuera para él denigrante.

 

      -El problema es que este viejo borrachín ni la palma de su mano conoce...-observó Gröhelle, irónico.

 

      -¡Me estáis hartando!-exclamó Oivind, entre la curiosidad y la rabia.

      -Ahí sale Balduino-dijo Anders.

 

      Efectivamente, se había abierto la puerta de Vindsborg, señal de que la entrevista entre Fray Bartolomeo y el pelirrojo llegaba a su fin. El cura bajó por la escalinata y fue en dirección a su asno, que lo aguardaba a cierta distancia. Al pasar junto al grupo, saludó a todos con una inclinación de cabeza; e iba a seguir su camino, cuando miró con más detenemiento y advirtió la nariz roja de Oivind.

 

       -¿A estas horas... y ya borracho? ¡Lindo ejemplo le das a Osmund!-gruñó.

 

        -Es fundamental que entendáis algo, hermanito-balbuceó torpemente el amonestado.

 

      -¡Oh, cállate!-exclamó Fray Bartolomeo-. Al menos cambia de prólogo. Ni que hubiera algo esencial en tus herejías de ebrio; eres todavía peor que aquél otro-señaló con el pulgar a Balduino, quien se hallaba a sus espaldas; y sin decir nada más, montó en su burro y partió.

 

      -¿Qué pasa?-preguntó Balduino, notando que todos lo observaban.

 

       -Pensamos que tal vez querrías aprovechar para preguntarle a Oivind si puede averiguarte eso-contestó Anders.

  

       -Ya hablamos de eso. Aunque pudiera, ¿qué?... No tengo dinero para malgastar en simples pesquisas-respondió Balduino.

 

       -¿Por qué, señor Cabellos de Fuego, qué necesitáis?-preguntó Oivind, a quien la curiosidad consumía de a poco.

 

      -No importa, no podría pagarte por tus indagaciones-contestó Balduino, desechando el asunto con un gesto de su diestra.

 

 

       -Deja que yo me encargue, señor Cabellos de Fuego-propuso Hundi-. Te averiguaré eso mucho mejor que este viejo rata, más rápido y sin cobrarte nada. Lo haré como un favor. Si quieres resultados, recurre siempre a gente de trabajo y con experiencia; no a borrachos haraganes que ni dónde están parados saben...

 

      -¡Borracho... Hagarán!-estalló Oivind, atragantado casi de furia-. Señor Cabellos de Fuego, ¡exijo que me concedáis la oportunidad de demostrar que se me acusa por ignorancia! Decidme qué necesitáis saber, y os lo averiguaré. Y lo haré gratis-recalcó-. Claro que, si hubiera algún regalito para el viejo y trabajador Oivind...-añadió, con la mirada suplicante del perro que busca congraciarse con el amo que se dispone a apalearlo.

 

      -Necesito que, con mucha astucia, averigües en los mercados todo lo que puedas acerca de pigmentos-explicó Balduino-. Nunca dudé de que eras el más adecuado para esto-lo aduló-; el problema es que será un trabajo arduo y no podré pagártelo debidamente.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, qué ganas tienes de perder tu tiempo-dijo Hundi-. Oivind no tiene la capacidad, no podrá hacerlo.

 

      -¡PODRÉ!-bramó Oivind, colérico; y ya más calmo, se volvió de nuevo hacia Balduino-. ¿Qué clase de pigmentos, señor Cabellos de Fuego?

 

       Mientras Balduino se explayaba en su respuesta, con Oivind oyéndolo muy atentamente, los demás intercambiaron sonrisas cómplices. No había sido mala idea ésa de simular un debate sobre las habilidades de Oivind frente a éste, a fin de henchirlo de curiosidad y acicatear su orgullo, de manera que terminase aceptando un encargo gratis con tal de demostrar de qué era capaz. De otra forma, por la simple pesquisa habría pretendido cobrar un ojo de la cara.

 

      -Tomará tiempo, señor Cabellos de Fuego, pero os lo averiguaré todo-prometió Oivind, ocupando su sitio en la carreta junto a Osmund-. Y no olvidéis: si hubiera algún regalito para el pobre y viejo Oivind, siempre tan afanoso...-añadió con mirada pedigüeña.

 

      -Sí, sí... Habrá regalito, habrá regalito-contestó Balduino. En ese momento su mirada se cruzó con la de Osmund, y guiñó un ojo al chico, quien sonrió con timidez-. Y averíguame el precio del barril de aquavit, ¿eh?

 

       Oivind y Osmund partieron en la carreta arrastrada por bueyes. Cada tanto, se veía al niño tomar las riendas para enderezar un rumbo excesivamente sinuoso.

 

       -Bueno, a ver qué tal nos ha ido con la catapulta-dijo Balduino a sus hombres.

 

      Todos se congregaron en torno a la flamante y primera máquina de guerra construida por ellos mismos, e hicieron tres disparos de prueba. El alcance era más o menos el requerido pero, por algún defecto de construcción, el tiro salía chanfleado.

 

       -Tanto trabajo para nada-se lamentó Anders, desanimado.

 

       -No te preocupes. O nos servirá así como está, o no nos servirá aunque el tiro salga disparado en línea recta. Lo que cuenta es hacer impacto en el blanco-contestó Balduino.

 

       -¡Justamente!-exclamó Anders-. Ya es difícil hacer blanco con una que dispare en línea recta; con ésta...

 

      -Si todo saliera como está planeado, lo que depende mucho del azar, aun sin apuntar haríamos blanco.

 

       Esta nueva aseveración del pelirrojo dejó boquiabierto e incrédulo a Anders.

 

      -Balduino, empiezo a pensar que, a tu lado, Oivind se veía sobrio-dijo-. En Drakenstadt y Ramtala tenían dificultades para atinarles a los Wurms; ¿y tú esperas acertarles sin apuntar?

 

       -Los Wurms por ahora se creen omnipotentes e invencibles. Su formación de ataque, si así la podemos llamar, obedece a esta premisa. Vienen muy separados unos de otros, y en pequeñas cantidades cada vez. Ponte en lugar de ellos. Eres invulnerable, incencible y todopoderoso, o así te sientes. Vas tú solo a enfrentarte a todo un ejército, jactancioso y desafiante. Ahora imagina que de repente perdieras todo tu poder, y que de golpe no te sientes diferente del resto de los mortales. Ante ese enemigo que antes te parecía tan desdeñable y al que creías poder vencer tú solo, buscarías ahora, para sentirte más tranquilo, la protección del número, estar codo con codo con tus semejantes... En especial si, como los Wurms, te hiciste odiar y tienes motivos para temer venganzas. El miedo siempre nos hace buscar la compañía protectora de nuestros iguales. pero esto puede traer problemas y ser más bien una desventaja. En medio de una masa compacta, tus movimientos estarán supeditados a los de esa masa y entorpecidos por ella. Ahora bien, una catapulta, arma que demora tiempo en ser cargada y es difícil de maniobrar, tiene en Drakenstadt y en Ramtala sólo relativa eficacia contra un Wurm que viene muy separado de sus semejantes y puede esquivar el tiro. Por otra parte, el disparo pierde fuerza en relación a la distancia, y en Drakenstadt y Ramtala disparan contra los Wurms cuando éstos aún están lejos. Suponiendo, sin embargo, que lográramos que lleguen aquí transidos de miedo o poco menos, buscarían la protección del número, lo que sería su error fatal. Sin suficiente espacio para maniobrar, demasiado juntos unos de otros, ofrecerían un blanco perfecto aun sin apuntar; y nuestros disparos harían estragos entre ellos, porque les dispararíamos de cerca. Aunque no lográramos matarlos, les romperíamos huesos, lesionaríamos sus enormes cuerpos, los dejaríamos maltrechos. En resumen: una catapulta que disparara en línea recta sería tal vez lo ideal, pero ya que ésta no lo hace, veámosle el lado positivo y a otra cosa. No es un rotundo fracaso, si bien nos conviene analizar en qué fallamos para no repetir el error.

 

       -Prestas tanta atención a los detalles-observó admirativamente Gröhelle, volviendo hacia Balduino su rostro tuerto y surcado por cicatrices-, que sería un desperdicio que los Wurms nunca nos atacaran...

 

       -¡Oh, por ahora pueden quedarse donde están!-exclamó Balduino, girando en torno a la catapulta para examinarla con atención-. Ya descubriremos en qué metimos la pata aquí.

 

      -¿Qué quería Fray Bartolomeo, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Honney.

 

      -Prevenirme. En Kvissensborg hubo un intento de evasión, exitoso a medias. Casi todos los prisioneros fueron muertos mientras intentaban fugarese, pero a dos muy peligrosos, Landskveisunger ambos, no los consiguen hallar. Y si finalmente Einar debiera asumir que ya no les echará mano, es casi seguro que tratará de responsabilizar de la fuga a otro... Es decir, a mí.

 

      -¡Qué lío!...-exclamó Anders-. ¿Y ahora?

 

      -Hay muchas maneras de hacer de un inconveniente una ventaja-sonrió Balduino-. Me veo obligado a tomar el toro por las astas a riesgo de ser arrollado por él, pero estoy en condiciones de derribar al toro. ¿Os acordáis de que Einar pretendía que, a mi regreso luego de mi estadía con los Príncipes Leprosos, compareciese ante él? Bien, ha pasado un tiempo razonable, forzosamente tiene que saber que estoy de vuelta y sin embargo no ha venido a prenderme como al forajido que soy, según sostenía en otro tiempo. Eso significa que ya sabe que no lo soy, o tiene dudas, al menos; suposición reforzada por el hecho de que no se atrevió a averiguar si esos dos Landskveisunger fugitivos están entre nosotros.

 

       -¿Y entonces?-preguntó Snarki.

 

      -Entonces tal vez no desee que la noticia de la fuga llegue a oídos de un Caballero, y menos a oídos de uno al que en otro tiempo hizo apalear y que, por lo tanto, tal vez quiera vengarse de él... Llegó el momento de jugarse el todo por el todo, lo mismo para él que para mí. Un Caballero irá a visitarlo. Jaque... Y a menos que proceda inteligentemente, defendiendo hasta el final que no se trata de un Caballero sino de un forajido, ya es jaque mate.

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21 marzo 2010 7 21 /03 /marzo /2010 23:53

C

      -Hermoso día tendremos hoy, sí señor-aprobó Fray  Bartolomeo a la mañana siguiente, tras celebrar misa en Vindsborg y ver el aspecto del cielo-. Dios sea loado.

 

      Pero ni Balduino ni mucho menos Anders sentían muchas ganas de loar a Dios por el efectivamente magnífico día que se anticipaba, pues ambos, cada uno por su lado, habían esperado alguna milagrosa y violenta cellisca que los eximiera de salir a navegar o de hacer el papel de cobardes desistiendo de la empresa. El pelirrojo retardó cuanto pudo la cosa, abordando al cura para hacerle ciertas preguntas sobre el estado de Tarian y la situación en Kvissensborg. Lo hizo con mucha cautela, sin olvidar que Fray Bartolomeo era inintencionalmente peligroso por su larga lengua que le hacía revelar, sin darse cuenta, incluso secretos de confesión. Aun así logró enterarse de que el cura tenía desde hacía tiempo vedada la entrada a la celda de Tarian, lo que era un indicio de lo más inquietante, y alivió mucho a Balduino que Ulvgang no estuviera cerca para oír aquel dato. Ni siquiera era seguro que el infortunado muchacho estuviese vivo todavía.

 

      -¿No puedes hacer nada por él, hereje?-le había preguntado Fray Bartolomeo-. Llevo años intentando cuando menos mejorar la situación de Tarian, sin éxito. Estoy seguro de que, si continúa vivo, de todos modos poco le faltará, a estas alturas, para desear la muerte. Te garantizo que si de algo no te arrepentirías jamás, es de hacer algo bueno por él.

 

       -Tal vez pueda, con vuestra ayuda-respondió Balduino.

 

       -¿Y qué debo hacer?

 

      -Mantenedme al tanto de cuanto suceda en Kvissensborg, por trivial que parezca.

 

      El cura se despachó entonces con una catarata de noticias, la mayoría ya viejas. Hendryk Jurgenson y Kehlensneiter habían sido trasladados a una celda aparte por consejo del propio Fray Bartolomeo, ya desde que sus compañeros fueran enviados a Vindsborg. Este temía por la seguridad física de ambos, que a Einar y a los guardias les importaba un bledo; pese a ello el cura arguyó que siendo rehenes debía preservarse su seguridad física para evitar represalias por parte de Ulvgang y los demás, y entonces se atendió a tal sugerencia. Con el mismo pretexto había intentado mejorar la situación de Tarian, pero sin resultados. Al parecer Tarian estaba rotulado como rebelde peligroso y la respuesta fue que los únicos que sabían como tratarlo eran sus carceleros.

 

      -Entonces sugerí reemplazar a algunos de sus hombres por otros más competentes. Einar no me hizo caso enseguida, pero se ve que lo pensó, pues hace tiempo hizo unas cuantas sustituciones; si bien sus amigos siguen ocupando casi todos los puestos de mando.

 

      Entonces ésos son algunos de los jinetes desconocidos que vimos recientemente, pensó Balduino, recordando que muchos de aquellos ignotos cabalgantes eran a menudo vistos en dirección a Kvissensborg. Claro que por tratarse de un refuerzo carcelario resultaba llamativo lo mucho que se los veía yendo de aquí para allá. Einar no contrató a esos hombres para reforzar la guardia de la prisión, sino para precaverse de eventuales ataques de un enemigo en potencia: yo. Los tiene recorriendo la zona para asegurarse de que no esté tramando nada contra él.

 

       El resto de la información aportada por el cura fue por completo inútil, pero sirvió para hacer tiempo. Desafortunadamente, Fray Bartolomeo tenía cosas que hacer, y por lo tanto fue tan escueto como pudo; y para desgracia de Balduino, no quedaban más pretextos para seguir demorando la partida. 

 

       No les quedó más  remedio a Anders y a él, pues,  que encaminarse hacia el malecón como quien marcha a un funeral, y temiendo que, si lo había, resultara el suyo. Hundi fue tras ellos con un par de arpones preparados por los Kveisunger dos días atrás y especialmente para la ocasión. Balduino los había "olvidado" adrede en Vindsborg a fin de disponer de un pretexto que les permitiera regresar enseguida luego de un plazo muy corto, pues ni el más osado navegante se haría a la mar sin un arma con la que defenderse de eventuales ataques de monstruos marinos. Así que el inoportuno celo de Hundi fue como un tiro de catapulta contra su ánimo.

 

      Los marineros en ciernes hacían todo lo posible por simular optimismo y buen humor, comentando entre ellos cuán espléndida mañana era aquella; pero las suyas parecían sonrisas de escayola, estáticas y poco convincentes. Se demoraban en partir mucho más de lo lógicamente admisible, so pretexto de que el sol los amodorraba; y si por azar un par de nubes, inocentemente blancas, los privaba de aquellos rayos dorados a los que indirectamente responsabilizaban por su tardanza, tenía lugar una discusión, muy oportuna por cierto, acerca de si el día seguiría así o acabaría estropeándose.

 

      Ahora bien, a modo de esparcimiento y distracción para los demás, se había programado para ese día una partida de caza, de la que teóricamente participarían los Kveisunger, los gemelos Björnson y Ursula. Como por casualidad, también ellos se retrasaban discutiendo quién sabía qué; pero Balduino notó que, cada tanto, alguno de ellos se volvía hacia él o hacia Anders con expresiones de indiferencia no muy acordes con la asiduidad de tales miradas. No requería mucha inteligencia inferir que los estaban evaluando, por no decir espiando; de modo que el pelirrojo, para salvaguardar su orgullo, aceleró de improviso la partida, imaginando  que acto seguido los otros partirían hacia su bendita cacería. Se equivocaba. En cuanto el bote soltó amarras y se alejó un poco de la costa, los supuestos cazadores se precipitaron en tropel  hacia el torreón a fin de disponer de un sitio de privilegio, que les permitiera seguir al máximo detalle las andanzas de los noveles navegantes; pero éstos lo supieron recién cuando la aventura había concluido.

  

      Balduino era, de los dos, quien más motivos tenía para temer un accidente en el mar, ya que, pese a todos sus años de preparación física, jamás había aprendido a nadar; en tanto que Anders en esa matería al menos se defendía notablemente. Sin embargo, en ningún momento habían barajado la posibilidad de un accidente. En cierto modo, tampoco lo hacían ahora, a menos que un ataque alevoso de Jormungand o de otro monstruo similar pudiera llamarse accidente. Como fuera, no estaban tranquilos, y menos cuando recordaban los macabros relatos oídos la noche anterior. En consecuencia, la primera idea de Balduino fue limitarse a bordear la costa y siempre muy cerca de ella. De esa manera, por un lado, contarían con más posibilidades de alcanzar tierra firme en caso de naufragio; por otro lado Jormungand, morador sin duda de aguas profundas, ni se les acercaría.

 

      Tal fue la idea inicial, pero pronto Balduino no estuvo muy seguro de la conveniencia de seguir aferrándose a ella. Hasta donde recordaba, haciendo guardia en el torreón se hallaba teóricamente Adler. Este se llevaba bien con los Kveisunger, quienes sin duda lo interrogarían acerca de lo que había visto, si no le habían recomendado expresamente espiar por cuenta de ellos a los bisoños navegantes. Y si Adler decía haber visto el bote desplazándose tan cerca de la costa cuando el propósito original era supuestamente explorar los canales entre las islas, el comentario generaría muchas suspicacias burlonas.

 

      No muy seguro de que fuera realmente Adler quien se hallaba de guardia en el torreón, Balduino alzó la cabeza hacia lo alto del mismo. Le pareció que una cabeza melenuda que asomaba por un ventanuco bruscamente desaparecía en el interior. Esto le gustó menos todavía. Adler no era melenudo, y además quien se ocultara tan velózmente sin duda no quería dejarse reconocer. Algún taimado los estaba espiando.

 

      -¿Seguimos en esa dirección, Balduino?-preguntó Anders, en ese momento a cargo de los remos.

 

      -Alejémonos de la costa-contestó de mala gana el pelirrojo. Por suerte el viento soplaba en contra, impidiéndoles desplegar la vela para aprovechar la brisa. Ello les haría demorar en alejarse de tierra firme.

 

      El bote se mecía en general con un suave vaivén. Ocasionalmente pegaba un sacudón un tanto más brusco que los otros, sobresaltando a sus inexpertos tripulantes, que luego de dos o tres experiencias de ese tipo se encontraron de pronto riendo nerviosamente y obligados a rendirse ante la evidencia: estaban ambos muertos de miedo. Claro que, por supuesto, no iban a confesárselo mutuamente con tanta franqueza...

 

      Anders asomó su cabeza por la borda y vio lo que parecía un abismo submarino interminable.

 

      -Asusta un poco-dijo, sonriendo avergonzado.

 

      -Creo que estamos algo sugestionados por los relatos de anoche-replicó Balduino, sin que tal deducción fuese muy meritoria de su parte-. Pero no debemos darles el gusto a esos desgraciados, Anders. Se reirán de nosotros si no controlamos nuestro temor. Ya verás cómo en poco tiempo nos acostum...

 

      En ese momento una ola de procedencia tal vez perfectamente explicable por causas que nada tuvieran que ver con monstruos marinos golpeó desde babor con inusitada fuerza teniendo en cuenta la notable calma del mar. Y entonces, aquellos jóvenes atléticos y saludables, Caballero uno  que insistía en ser capaz de asustar y vencer a los temibles Wurms,  aspirante a la Caballería y eterno adorador de sus propios músculos el otro, se incorporaron de un brinco y cayeron cobardemente uno en brazos del otro, temblorosos y chillando como mujeres, y cenicientos de pavor sus rostros.

 

      De inmediato tomaron conciencia de aquel instante de supremo ridículo, y se separaron riendo, ya sin necesidad de confesarse mutuamente el miedo que los embargaba, ¡acababan de verlo en acción!

 

       -Por suerte nadie nos vio-dijo Balduino, más esperanzado que persuadido de lo que estaba diciendo-. ¿Qué quieres que hagamos?

 

      -No te hagas el inocente-fue la sarcástica réplica-. Tú eres bravo Caballero; yo, sólo tu fiel y obediente escudero; de modo que tanto en el avance como en la retirada, tuya será la responsabilidad. No sea cosa que después digas: Yo me habría quedado, pero Anders tenía miedo, de modo que me compadecí de él y por eso volvimos.

 

       Ser pescado in fraganti en tan desleal maniobra suele resultar terriblemente incómodo, en especial si se es Caballero, noble defensor de elevados ideales y presunto dechado de virtuosismo y rectitud; así que el rostro de Balduino se puso de un color como para que sus cabellos, por comparación, parecieran blancos.

 

      -Es lo que yo trataría de hacer, en tu lugar-prosiguió Anders, en respuesta a la pregunta que no formulaban las palabras de Balduino, pero sí las facciones de su rostro.

 

       -Bueno... En ese caso, nos quedamos-gruñó desganadamente Balduino.

 

      -Así me gusta-dijo insinceramente Anders-. Sin embargo, mira que, si quisieras volver, yo...

 

       -Si quisiera volver, tú dispondrías de un excelente pretexto: ¿Qué otra cosa podía hacer, sino lo que ordena mi señor?... Porque entonces ya no sería Balduino a secas... Si mi señor ordena volver, no puedo sino cumplir con sus deseos. A mí el peligro no me parecía tan grande.

 

        -¡Humpf!-gruñó Anders-. Qué bueno sería si existiera un medio mágico de dividir el bote al medio de modo que cada mitad  continuase a flote y con su carga intacta una vez separada de la otra. Así cada uno sería responsable de sus propias decisiones.

 

      -Y si  existiese un bote así, ¿qué decidirías hacer, una vez estuvieras en tu propia mitad independiente de la otra?

 

       -Lo que tú escogieras, Balduino. No tendría corazón, si optaras por regresar, para dejarte solo en la vergüenza, a merced de las burlas de nuestros Kveisunger.

 

      -Con sólo diecisiete años tienes ya un tufo a zorro viejo que apesta.

 

      Anders no alcanzó a contestar, porque en ese momento una violenta remezón, todavía más intensa que la anterior, alcanzó al bote. Los remos golpearon contra ambos flancos.

 

      -¡Jormungand!-exclamó Anders, horrorizado, señalando una difusa sombra en las profundidades.

 

       -Oh, Dios, ¡es enorme!-murmuró Balduino, con el corazón en la boca.

 

      Y se precipitó sobre los remos; pero no con tanta celeridad como Anders, quien se apoderó de ellos y empezó a bogar de regreso al punto de partida a una velocidad prodigiosa. Luego de un rato lo sustituyó Balduino, sin que a ninguno de los dos se le ocurriera (tan atemorizados se hallaban) desplegar la vela para aprovechar la brisa a favor. Ni falta que les hacía. El miedo redoblaba el vigor de sus brazos.

 

      Ya a punto de tocar tierra, sin embargo, los asaltó una súbita vergüenza. Porque la hipotética serpiente marina avistada desde el bote en ningún momento se había visto claramente o movido. Ahora que se sentían a salvo y la analizaban en retrospectiva, la difusa forma parecía más bien un juego de luces y sombras que nada tenía que ver con Jormungand ni con cualquier otro monstruo de los abismos oceánicos.

 

      Pero ya era tarde: habían llegado al malecón y estaban amarrando el bote al noray. A continuación, consternados de su propia pusilanimidad, anduvieron un rato de un pie en otro por la playa.

 

      -¿Qué diremos a los otros?-preguntó Balduino-. ¿Cómo justificaremos tan pronto regreso a tierra firme?

 

      -No sé, pero más vale que se te ocurra algo. Es culpa tuya que haya ocurrido todo esto-contestó Anders en tono gravemente acusador.

 

      Balduino se volvió hacia él, indignado. Su expresión fue demasiado para Anders, cuyos esfuerzos por mantenerse serio naufragaron tan irremisiblemente como ambos habían imaginado naufragaría el bote. Estalló en carcajadas y se arrojó sobre Balduino, derribándolo sobre la arena.

 

      -¡Eres un cobarde! ¡Un maldito cobarde!-dijo.

 

      -¡Tantas agallas que demostraste tú!... ¿Y encima ahora atacas a traición, villano?-replicó Balduino, riendo también.

 

      Durante unos minutos rodaron los dos por la arena, trabados en combate amistoso e intercambiando pullas y floridos insultos. Muy ocupados en lo suyo, tardaron en darse cuenta de que, de a poco, se les había acercado un nutrido público, un montón de caras burlonas. Cuando lo hicieron, se sintieron confusos. El temido momento de decir algo había llegado.

 

       -Volvisteis muy pronto-dijo Ulvgang, rezumando ironía en su voz, en sus saltones ojos verdiazules y en su sonrisa de dientes podridos-. ¿Tuvisteis algún percance?

 

       Balduino, sin salir de su azoramiento, soltó a Anders, a quien acababa de inmovilizar merced a una llave de lucha aprendida recientemente, y se puso de pie.

 

 

      -Bueno... No fuimos los únicos en volver temprano, parece-dijo, mirando su entorno y viendo allí a todos integrantes de la partida de caza programada para ese día y que ahora se revelaba falsa. Porque Balduino recordaba la cabeza melenuda que había visto asomarse por el ventanuco del torreón, y ahora estaba seguro de que había sido la de Ursula. Esta no se perdía ninguna cacería, a menos que hubiese algo más interesante que ver o hacer en otra parte. Nunca lo había habido hasta entonces; sin embargo, si no es digno de verse un superior haciendo el ridículo, ¿qué puede serlo?

 

      Andrusier jugueteaba con su oreja mutilada, como buscando el pedazo de carne y el arete faltantes. Seguidamente se llevó esa misma mano a su desprolija melena y extrajo de ella un piojo, al que dio muerte entre las uñas de sus dedos pulgar e índice. Esta imagen recordó a Balduino el zoológico que él mismo llevaba entre sus cabellos, y lo asaltó una picazón por lo general inatendida.

 

      -Es que...-murmuró, rascándose la cabellera con la mano izquierda-. Tal vez todavía no estemos preparados para salir solos.

 

       Se le ocurrió de repente que tal vez eso no fuera falso, después de todo. Eso le infundió más seguridad, a pesar de que las sonrisas y las risistas reprimidas y malévolas iban en aumento.

 

      -Pero no nos dejaremos vencer por el mar-añadió, envalentonado-. Volveremos. La última palabra no está dicha.

 

      -Te creo, te creo...-dijo Ulvgang, en tono que parecía sincero; pero enseguida volvió a desbordarlo la ironía:-. Por cierto, señor Cabellos de Fuego... No habrá sido, supongo, el temor a Jormungand lo que os hizo volver tan rápido, ¿no?

 

       -Pues...

 

      -Porque Jormungand es perfectamente inofensiva-añadió Ulvgang enseguida.

 

       Balduino se quedó de una pieza, y su expresión boquiabierta hizo que algunos ya no pudieran aguantarse más y estallaran de risa.

 

         -¿Cómo que es inofensiva?-preguntó.

 

       -De las cinco especies conocidas de serpientes marinas, la más peligrosa, dicen, es la Goliath, pero es dudoso que exista, porque yo jamás vi ninguna en todos los años que llevo navegando. Le sigue la reidora-explicó Ulvgang-, que es además la única que ondula horizontalmente. Luego hay otras dos que ya no son tan feroces. Y por último está la serpiente marina de crin. Puede hacer volcar accidentalmente una barca, tal vez se robe la pesca, pero no devora seres humanos. Y yo nunca he visto a Jormungand pero, por descripciones, no hay duda de que es una serpiente marina de crin.

 

      Balduino cruzó con Anders una mirada de desconcierto, que en el primero iba transformándose en indignación.

 

        -Un momento-dijo Anders-: vosotros mismos dijisteis que Friedrik, Thomen y los demás, el viernes, salvaron sus vidas por un pelo.

 

       La frase desató aún más carcajadas. Anders siempre había sido más crédulo que Balduino, y su ingenuidad ya era leyenda en Vindsborg; de modo que tomarle el pelo siempre era un inmenso y especial placer.

 

       -Son buenos marinos... Y fanfarrones y exagerados, como todo marino que se precie-contestó Ulvgang, quien sonreía apenas, pero con muchas ganas-. Tal vez hayan estado en peligro de zozobrar; pero soltando las redes para que Jormungand se las llevara junto con todo su contenido, creo que incluso de ese riesgo se hubieran librado fácilmente.

 

      -¿O sea-bramó Balduino, iracundo y sintiéndose un paradigma de estupidez- que todo el tiempo estuvimos temiendo de un monstruo marino que es inofensivo?

 

      Su explosión hizo que las carcajadas redoblaran, y que hasta el propio Ulvgang riera como si fuera la última vez. Anders apenas si podía asimilar la idea de que otra vez hubiera caído en un engaño, ahora para colmo en compañía de Balduino. Este, ofendido, estuvo a punto de dar media vuelta y rumiar su despecho en un lugar solitario. Pero no. Ya que todos estaban tan risueños, él no debía permanecer en sepulcral seriedad, ¿no? Por consiguiente, ¿qué mejor que imponerles un castigo que les hiciera recordar al menos durante mil años las funestas consecuencias de gastar bromas tan pesadas? Entonces sería su turno de reír.

 

       Tras arduos esfuerzos, Ulvgang consiguió a duras penas  recobrar la compostura. para entonces sus ojos, saltones y glaucos, estaban llenos de lágrimas de tanto reír.

 

      -No ha sido nada personal contigo ni con el grumete, señor Cabellos de Fuego-aseguró, acercándose al pelirrojo y rodeándole los hombros con su largo brazo, en gesto afectuoso y protector, extraño en un  individuo que otrora había sido El Terror de los Estrechos-. Simplemente, es tradición entre los marinos, y no sólo entre nosotros los Kveisunger, poner a prueba las agallas de los bisoños contándoles historias espeluznantes, ya sean verídicas, exageradas o inventadas-estrechó los hombros de Balduino con más fuerza-. ¿No creerás, me imagino, que os habríamos dejado ir solos, si hubiéramos creído que corríais peligro tan extraordinario, verdad?

 

       Balduino le lanzó una rencorosa mirada de soslayo. Su dignidad herida le exigía mantenerse en pie de guerra; la paternal caricia que le prodigaba Ulvgang tiraba en sentido contrario.

 

      Pensó en él, en Ulgang, a quien últimamente era muy raro ver sonreír. No lo decía, pero era obvio que lo corroía la angustia de no saber nada acerca de su hijo. Si de veras Tarian está muerto, ¿cómo haré para decírselo a Ulvgang?, pensó Balduino, afligido. ¿Y cómo quedarán las cosas entre nosotros luego de eso? Tal vez había motivos para temer las consecuencias de una probable muerte de Tarian en prisión pero, más que miedo, la idea, por muchas razones, lo llenaba de dolor.

 

      Después de todo, ¿qué importaba hacer el papel de bufón si Ulvgang había reído? Tal vez nunca más lo hiciera. ¿Qué importaba su dignidad vulnerada si aquel feroz Kveisung que en su tiempo había hecho temblar las costas de Andrusia estaba a su lado, acariciándolo a la vez con ternura y rudeza como lo haría un lobo con su cachorro, exigiéndole valentía pero a la vez presto a saltar en su defensa cuando el coraje le fuera insuficiente para enfrentarse al peligro y salir indemne? Como Thorvald, Ulvgang era a su modo, para Balduino, alguien muy parecido al padre que hubiera querido tener.

 

      Miró a Anders, quien sonrió forzadamente, encogiéndose de hombros.

 

       -Puercos bastardos, ésta me la vais a pagar...-gruñó al fin Balduino, con aire vengativo, antes de echarse a reír también él.

 

      Pero, por supuesto, jamás llevó a cabo el desquite prometido. En parte por falta de tiempo, en parte por  carecer de inventiva para vengarse cumplida pero inocentemente y mucho más por sentir que, de algún modo, se lo había bendecido con una rara e insospechada dádiva. En años venideros, recordaría muchas veces aquel día; y tal recuerdo lo haría sonreír incluso cuando tuviese más bien motivos para llorar, y le traerían felicidad incluso en las condiciones más adversas. De algún modo, intuyó que así sería... Pero ni él mismo imaginaba en ese momento que, algún día, anécdotas en apariencia triviales como aquella serían como milagrosos asideros que salvarían a muchos de precipitarse en los siniestros abismos de la locura.

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Published by EKELEDUDU
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20 marzo 2010 6 20 /03 /marzo /2010 20:55

      -Vaya susto se llevaron los pescadores hoy,  ¿eh?

       -Se lo tomaron bastante bien...

      -Porque ya están curtidos y son valientes, pero pudo haberles ido muy mal...

      Balduino ya se había visto venir algo por el estilo. Mientras esperaban la cena, los Kveisunger habían guardado un sepulcral  silencio  inhabitual en ellos. Ahora que se disponían a cenar, como por casualidad, el primer tema de conversación era la nueva aparición de Jormungand.

      -Qué cosa fea es mirar hacia las profundidades y ver una silueta borrosa y enorme girando en torno a tu barca-dijo Honney-, sobre todo si ésta es pequeña.

       -Sí, pero a veces, cuando un monstruo marino asoma la cabeza y puedes verlo bien, resulta ser tan feo, que casi preferirías haber seguido viendo sólo la silueta borrosa-rió Andrusier.

      -¡Eso pasaba con Skazar!-exclamó Hundi.

      Siguió un breve silencio, como si allí fuese a concluir la conversación; pero una vez arrojada la carnada, siempre hay un pez que muerde el anzuelo.

      -¿Skazar?-preguntó vacilante Anders, entre la fascinación y el temor.

      -El monstruo marino de la Schulternsgrabe, la Fosa de los Culpables de Broddervarsholm-gruñó Balduino, deseando estrangular a su escudero por no mantener la boca cerrada-. Allí eran ejecutados los infractores a las leyes de los Kveisunger, sobre todo traidores y cobardes...

      Honney y Andrusier se miraron entre sí fingiendo admirado asombro, como maravillados de que Balduino estuviera en poder de tal conocimiento.

       -¿Y cómo era?-inquirió Anders, para desesperación de Balduino. ¡Típico!, pensó éste. Muerto de ganas por conocer todos los detalles macabros de cualquier historia de la que oiga hablar, y temblando luego bajo las cobijas, sin poder conciliar el sueño. Lástima que esta noche seremos dos los insomnes. ¿No puedes callarte, Anders?

       -Bueno, nunca pude verlo bien-respondió Hundi-. Pregúntale a Ulvgang cuando vuelva de su guardia: él sí lo vio perfectamente.

       -¡Pero para que esperar a Ulvgang!, sí aquí viene quien más sabe acerca de Skazar. Eh, viejo, ven aquí-llamó Honney, viendo aparecer a Varg con un tazón lleno del espantoso potaje de la noche-. Varg era verdugo y cuidador de Skazar  en Broddervarsholm-explicó a Anders-. El fue uno de los pocos privilegiados que lo supo todo, o casi todo, acerca de Skazar. Los demás sabíamos sólo que, cada tanto, una puerta-trampa se abría para arrojar a alguien a una poza de la que brotaba luego una explosión de alaridos mezclados con rugidos del monstruo hambriento...

       Cayó un fúnebre silencio. Anders tragó saliva y miró a Varg, y tanto él como Balduino, por primera vez, lo vieron investidos de un aura verdaderamente siniestra. Habían crecido los blancos cabellos del viejo desde su salida de la prisión; y ahora su despareja melena, combinada con sus mostachos y sus ojos fieros y algo nostálgicos, le conferían a él mismo un aire de monstruo milenario que, tras despertar de un prolongado, comenzara a añorar el sabor de la carne humana.

      -Como puedes ver, ya desde muy joven acostumbraba Varg a tener siempre cerca a alguien a quien alimentar con porquerías...-continuó Honney, y miró de reojo al viejo; pero éste, sumido en antiguos recuerdos, no reaccionó ante la pulla.

      -Eh, Varg, tal vez hasta puedas decirnos cómo fue a dar Skazar a la Schulternsgrabe-terció Hundi, sonriendo más taimadamente que nunca-. Al fin y al cabo, creo que tú estabas presente cuando llegó...

      Varg salió a medias de su ensimismamiento.

      -No, eso fue hace más de doscientos años...-gruñó, pensativo.

      -Ya sé, ¡por eso digo que seguro estabas presente!-replicó Hundi, y todo el mundo festejó con risas la maligna ocurrencia, salvo Varg, demasiado ensimismado en sus reflexiones, y Balduino y Anders, quienes apenas lograron, y con mucho esfuerzo, sonreír.

      Siempre con aire pensativo y en la mano el tazón humeante, dijo Varg:

      -En realidad la Schulternsgrabe, al principio, no fue pensada para ejecutar a nadie, según tengo entendido. Pretendía ser una vía de escape en caso de invasión enemiga y como último recurso si toda lucha fuera inútil. Los que construyeron Broddervarsholm notaron que cerca había unas cavernas medio inundadas por el mar, con entradas ocultas por líquenes que caían sobre ellas como tupidas barbas. Así que ampliaron esas cavernas en dirección a Broddervarsholm y luego construyeron lo que más tarde sería la Schulternsgrabe como vía de acceso a las grutas donde, en caso de necesidad, había unos botes aguardando a eventuales fugitivos. Pero a poco de ser construida, todo el mundo dio en arrojar por aquella esclusa sus desperdicios, los que atrajeron a los peces, pequeños al principio, cada vez más grandes luego, hasta que por último llegó algo mucho mayor en tamaño y mucho menos inocente.

     Por desgracia para Balduino y Anders, la cascada voz de Varg, a menudo tan difícil de entender, ahora se oía con toda claridad.

      -En ese tiempo, según se me dijo, había constantemente en Broddervarsholm una persona encargada del mantenimiento de los botes alistados para una eventual fuga-prosiguió el viejo-. Este hombre bajaba por lo que fue después la Schulternsgrabe gracias a una escala de cuerdas; y verificado que todo siguiera en orden o efectuadas las reparaciones necesarias, ascendía de nuevo a la superficie. Un día este hombre bajó, pero ya no volvió a subir. Se envió a otro en su búsqueda, pero éste tampoco regresó. Además, los hombres notaban ahora, al arrojar sus desperdicios a la fosa, muchos ruidos inexplicables, como de chapoteo de alguna criatura grande y, en una ocasión, el crujido de madera rompiéndose. Se empezó a murmurar que el Diablo se hallaba agazapado en el fondo de la fosa. Parece que fue entonces cuando, para tranquilizar sus conciencias, los de Broddervarsholm establecieron los códigos que desde entonces rigieron a los Kveisunger. Ahora bien, no todos estuvieron de acuerdo con esos códigos, lo que dividió a los hombres en dos facciones irreconciliables que llegaron a las armas. Hubo un violento combate en el que murió mucha gente, y en el que triunfaron quienes estaban a favor de guiarse por estrictas pautas de conducta. No sabiendo qué hacer con tantos cadáveres, optaron por deshacerse de ellos arrojándolos a la fosa.

      ’Fue entonces cuando vieron por primera vez a Skazar, si puede decirse que lo vieron realmente; porque la Schulterngrabe siempre fue muy oscura, tétrica. Luego de aquella experiencia, muy pocos conservaron la sangre fría para acercarse nuevamente a la fosa; con el tiempo, salvo el verdugo, sus dos ayudantes y algún hombre particularmente bravo, los únicos en aproximarse a tan lúgubre concavidad, y por primera y última vez, fueron los condenados a muerte. Y es que al no verlo bien, daba más miedo. Nadie sabía si aquella criatura maldita poseía largos y viscosos tentáculos como los tienen tantos monstruos marinos; y estaba latente el temor a caer al pozo o a que uno de esos tentáculos lo atraparan a uno si se acercaba mucho. El verdugo en funciones siempre se divertía a costillas de sus  bisoños ayudantes, haciéndoles creer que tales tentáculos existían, y viéndolos retroceder del borde de la Schulternsgrabe, asustados. Al entrar más en confianza el verdugo con sus ayudantes, los tres eran cómplices en el secreto: Skazar carecía de tentáculos, lo que no lo hacía menos aterrador, porque poca cosa se sabía, por lo demás, acerca de su aspecto.

       ’Dije antes que, tras la matanza que llevó al triunfo a los códigos de honor de los Kveisunger en Broddervarsholm, los vencedores se deshicieron de los cadáveres arrojándolos a la fosa. Fue entonces que vieron a Skazar por primera vez: una masa de gran tamaño y formas imprecisas que, atraída sin duda por la sangre, brincaba entre los cuerpos sin vida, los que devoraba con macabra fruición: un espectáculo espeluznante, sobre todo porque nadie esperaba ver algo así. Se concluyó que el monstruo había llegado durante una marea alta en persecución de los peces más grandes y que, al disponer siempre de alimento fácil y abundante, ya no se marchó. Y más tarde ya no pudo hacerlo, porque las entradas de las cavernas fueron tapiadas para que no escapase. Pero eso fue recién cuando el código pirata terminó de consolidarse. La verdad es que, en un principio, nadie sabía bien qué hacer con aquella bestia. Algunos creían que era una vieja deidad marina y sugerían ofrendarle sacrificios humanos: muchachas y muchachos de gran belleza que secuestrarían en los puertos del continente y que serían inmolados a Skazar para que éste concediera buena fortuna a los Kveisunger. Pero tal idea no prosperó, optándose finalmente por conservar al monstruo a modo de mascota y arrojándole, como bocadillos especiales, a aquellos que infringieran las leyes recientemente decretadas; para lo cual, dicho sea de paso, se lo sometía rigurosamente a un riguroso ayuno previo. Eso lo volvía terrible. Acuciado por el hambre, Skazar iba instintivamente directo a la puerta-trampa, quedando debajo de ella. Allí se ponía a saltar y a rugir, reclamando su comida...

      Varg calló, meditabundo.

      Los gemelos Björnson contemplaban atentamente a Anders, a quien consideraban en cierto modo su protegido por tenerlo cada tanto de ayudante en la herrería pero a quien, a la vez, ponderaban como un muchacho algo tonto y crédulo. Era obvio que tanto Per como Wilhelm creían poco en la historia de Varg, y se preguntaban si Anders sería lo bastante poco avispado para tragársela...

      También los Kveisunger simpatizaban con Anders y se mostraban protectores con él. No por nada era el grumete, el más joven de a bordo. Pero precisamente por muy joven y crédulo, era siempre blanco predilecto de sus burlas y pullas. Anders ya lo sabía, se había resignado a ello y ahora hasta era capaz de reír cuando advertía que le habían tomado miserablemente el pelo.

      Incluso estaba encantado con su posición. En una oportunidad le habían contado acerca de una fabulosa isla poblada por seres de tres cabezas y extrañísimas costumbres. El se lo creyó todo y quedó mirando al vacío con perplejidad. Entonces Ulvgang no loigró contenerse más, y largó una feroz carcajada, estruendose, atrozmente burlona; y se precipitó sobre él, abrazándolo con rudeza. Los demás rieron también y se le arrojaron encima, alborotándole su melena castaña, palmeándole las espaldas como para rompérselas, dejándole los brazos morados de tantas caricias brutales. Anders, esa vez, se había sentido en la gloria pese a la burla de que había sido objeto. Lo invadía en ese momento la felicidad de saber que lo aceptaban como a uno más de ellos; la tranquilidad de saber que la manada de fieras estaba de su lado; tal vez, incluso, el orgullo de saber que también a el lo veían como a alguien potencialmente feroz.

      Ahora hubiese deseado Anders poder creer que otra vez se lo tomaba en solfa, pero no lo conseguía. Tampoco lo lograba Balduino, hacia quien de tanto en tanto se deslizaba alguna mirada de soslayo. El pelirrojo, con tal de no atender a nada que no fuera su tazón, parecía muy abocado a la tarea de atiborrarse del mejunje de turno, del que en otra oportunidad habría ingeridoapenas lo justo y necesario. Por desgracia, la comida no entra por los oídos; de modo que había escuchado perfectamente el relato de Varg y, peor aún, lo creía cierto. Trataba de decirse a sí mismo que las bromas eran ahora algo tan corriente en Vindsborg, que hasta Lambert había gastado recientemente una, y por lo tanto el relato podía serlo también. Pero Balduino tenía la desagradable impresión de que distaba mucho de ser chiste o invento.

      -Los relevos-dijo de pronto-. Hay compañeros vuestros fatigados y hambrientos.

      Adler se puso de pie para relevar a Ursula en el torreón. Lambert hizo otro tanto, pero en su caso sólo para ir al retrete.

      -¡Gilbert!-bramó Karl-. Ve a relevar a Ulvgang, ¡vamos!

      -¡Ya voy, ya voy!-exclamó Gilbert a voz en cuello-. ¡Deja de gritar como un energúmeno!

        -¡De otro modo no oyes lo que se te dice!

      Después de que Gilbert salió, todos quedaron de nuevo un buen rato en silencio. Fue Anders el primero en hablar:

      -¿Pero cómo puede ser-preguntó- que después de más de doscientos años de su llegada a la SchulternsgrabeSkazar siga vivo?

       Balduino masculló un reniego para sus adentros. ¡Había estado tan cerca de lograr que la conversación acabase o tomara otros rumbos! ¡Este Anders!...

      -Los monstruos marinos viven mucho tiempo, tal vez porque matarlos es muy difícil-respondió Andrusier, maliciosamente, como sugiriendo que tampoco contra Jormungand valdrían de nada los arpones.

      En ese momento entró Ulvgang.

      -¿De qué hablabais?-preguntó, con sonrisa falsamente inocente.

      -De monstruos marinos-contestó Honney.

      -Y nos hemos enfrentado a unos cuantos de ellos en nuestros años de aventuras, ¿eh, muchachos?-preguntó Ulvgang, mientras iba a la cocina en busca de su ración de la noche.

      -Recuerdo el que nos atacó en el Svaldholmsunde-dijo Hundi-. Nunca encontramos otro como ése. Dicen que algunas especies están desapareciendo.

      Hubo otro prolongado silencio. Una vez más, fue Anders el primero en romperlo:

      -¿Y... cómo era?-inquirió vacilante, justo en el momento en que Lambert regresaba del retrete.

      -Una criatura desagradable, horrible, escamosa-repuso Honney-. Tenía ojos globosos como los de un pescado, cuerpo rechoncho como el de un sapo y labios gruesos y carnosos.

      -¿Quién? ¿Helga? Sí, ¿la conocías?-preguntó Lambert con fingido asombro, rascándose su desprolija barba y haciendo su habitual guiño de ojo violáceo.

       -¿Cuánto medía?-siguió preguntando Anders, pese a tener ya la piel de gallina.

      -Unos ocho pies de altura. De diámetro era más o menos así-dijo Lambert, haciendo un  gran ademán con los brazos. Por lo visto, Helga había sido una rolliza giganta.

      -Unos cuarenta pies, sin contar la cola-contestó Honney-. Apareció durante una tempestad. Imagino que cuando se agitan las aguas, el monstruo se irrita y sale de su madriguera, hambriento... De cualquier manera, trató de subirse al Zeesteuven: nuestra nave capitana, ya sabes... De repente nos inclinamos hacia estribor debido al peso de aquella cosa, ya que el monstruo había abierto unos enormes boquetes con sus garras palmeadas, tratando de trepar a la nave. Cosa jodida tener que capear un temporal con semejante bicho prendido a uno de los lados del barco como una fea y gorda garrapata...

      -¡Dímelo a mí!-rio Ulvgang, que había vuelto de la cocina con un tazón lleno de comida tibia y requemada-. Si por lo menos hubiera ocurrido en otro lugar, vaya y pase. Pues no; tenía que ocurrir nada menos que en el más famoso cementerio de barcos del mundo, el Svaldholmsunde. Un lugar peliagudo y lleno de traicioneros escollos-explicó a Balduino y Anders- y azotado por la Svaldholmsundstraume, una corriente marina casi diabólica, llena de revesas y remolinos: la morada de Schwummelinbrud... La Novia Que Se Sumerge, reina de los demonios del mar...

      -¿Y qué hacíais navegando en ese sitio, si sabíais que era tan peligroso?-preguntó Balduino con secreto alborozo, seguro de haber hallado en aquella historia un cabo suelto que la denunciara como falsa.

      -Escapábamos de la flota de Thorvald-gruñó Ulvgang-. En eso, en evitar que nos siguieran, tuvimos éxito.

      -Así es-confirmó Thorvald-. Sabía yo lo suficiente acerca del Svaldholmsunde para comprender que, con nuestros limitados conocimientos de marinería, internarnos allí en semejante noche de tormenta era un suicidio. Ni siquiera creí que vosotros pudierais sobrevivir...

      -Me extraña, viejo-respondió Ulvgang, sonriendo ferozmente-. ¿De veras creías que una simple tempestad en el Svaldholmsunde lograría acabar con Sundeneschrackt?

      -¿Y el monstruo? ¿Qué pasó con el monstruo?-preguntó Anders, para mayor desolación de Balduino.

      -Eso te lo tendrán que decir ellos-dijo Ulvgang, señalando con la mano a sus viejos compinches-. Yo estaba tan ocupado tratando de mantener la nave a flote, que apenas si advertí que allí estaba aquella bestia.

      -En el momento en que el monstruo trató de treparse por estribor ladeando el barco, estuve a punto de caer por la borda-dijo Hundi-. Cuando miro hacia abajo, allí está esa abominación de la Naturaleza. Trepo a toda velocidad ayudándome de una cuerda a la que me había aferrado...

      -Y te hiciste a un lado justo a tiempo-recordó Gröhelle-. Ni bien te apartaste, el monstruo terminó de subir a bordo sus patas delanteras y su cabeza, y clavó una de sus zarpas palmeadas en el sitio preciso donde tú estabas antes.

       -¿Y qué pasó después?-preguntó Anders, tenso y pendiente de todos los detalles. Al parecer no estaba muy seguro de que el relato no fuera a concluir con el Zeesteuven y toda su tripulación en el estómago del monstruo.

       -Tuvimos que atacar a la criatura entre cinco-respondió Gröhelle-. No todos al mismo tiempo, claro. Al final la forzamos a volver al agua, pero antes se llevó a uno de los nuestros... A Hagen creo.

       -No puede ser. Hagen llevaba entonces al menos dos años muerto: lo devoró una serpiente marina-intervino Varg, para consternación de Balduino, quien en vista de que al día siguiente tendría que salir a navegar para no quedar como cobarde ante sus propios hombres, ya no quería seguir oyendo historias de gente merendada por siniestros y colosales depredadores oceánicos.

       -Ya recuerdo: ¡fue a Daudinkopve! ¡Valdemar Daudinkopve!-exclamó triunfalmente Hundi, tras hacer memoria durante alrededor de un minuto; y volviéndose hacia Anders, añadió:-. La cosa fue así: al subir el monstruo por estribor, Engel y Kehlensneiter se lanzaron a combatirlo. Engel de inmediato se las vio negras, porque la larga lengua de la criatura se enroscó alrededor de sus piernas. Entonces Kehlensneiter acudió en auxilio de su compinche: le cortó la lengua al monstruo y luego, saltándole encima de su cabeza, le clavó un arpón en  un ojo... ¡Cómo bramaba de dolor esa bestia!

      Balduino advirtió que Karl pegaba un respingo al oír mencionar a Kehlensneiter. Era obvio que lo asustaba más éste que todos los monstruos marinos juntos.

       Y es que había sido Karl quien, en Svartblotbukten, diera muerte a Engel, el mismo compinche del feroz Kehlensneiter a quien éste, según acababa de verse, había salvado previamente de terminar en las fauces de una horrible criatura de las proundidades. Hasta donde sabía Balduino, esa osadía de Karl le había valido el odio del temible Kehlensneiter  y la certeza de que éste, en venganza, lo asesinaría cruelmente si llegara a presentársele la oportunidad de hacerlo.

      -...El arpón tenía atada una cuerda, en la que Kehlensneiter fue enredándose sin darse cuenta mientras hundía una y otra vez su cuchillo en la cabeza del monstruo-continuó Hundi-. GröhelleDaudinkopve y yo tampoco lo advertimos, ocupados como estábamos en atacar a la bestia a arponazos. Por fin las patas delanteras no tuvieron ya la suficiente fuerza para sostener a la criatura, cuya parte superior del cuerpo colgaba todavía fuera de cubierta. Empezó a caer, ¡pero arrastraba consigo a Kehlensneiter!-la voz de Hundi rezumaba palpable horror-. A último momento él, con su cuchillo, cortó la cuerda que lo sujetaba al arpón... Y así salvó su vida. Pero una remezón de la nave hizo resbalar a Daudinkopve directo a las fauces del monstruo, un segundo antes de que éste se desplomara nuevamente hacia el fondo del océano...

       Anders se estremeció de espanto visualizando mentalmente la escena: el fatal resbalón, las fauces cerrándose sobre la carne de su inesperada víctima, la gran mole cayendo al mar junbto con su presa, los rostros asomándose por la borda y llamando a gritos al camarada muerto...

      En ese momento entró Ursula, a quien Gilbert acababa de relevar en la guardia del torreón.

      -Varg, esta noche comeré cualquier cosa que hayas preparado-anunció-. Tengo un hambre digno de una serpiente marina.

      En las presentes circunstancias, aquélla era, para Balduino y Anders, una desafortunada metáfora... Muy, muy desafortunada... 

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18 marzo 2010 4 18 /03 /marzo /2010 19:45

      El sábado por la tarde ocurrió un hecho que amenazó dar un giro siniestro a la inminente excursión de Balduino y Anders, cuando hacia el crepúsculo retornaron los pescadores. Hansi aguardaba en el malecón a su padre; Balduino y sus hombres aprovechaban las últimas luces del día para continuar con la catapulta.

 

       En eso se escuchó gritar a Hansi, conmocionado:

 

       -¡Señor Cabellos de Fuego! ¡Señor Cabellos de Fuego!

 

      Balduino se sobresaltó, seguro de que el niño estaba en peligro, hasta que lo vio venir corriendo hacia él, trayendo a la rastra, en su mano derecha, un bulto informe.

 

      -Maldito mocoso, vuelve a darme un susto como ése y verás lo que es bueno-gruñó Balduino, cuando tuvo a Hansi frente a él-. ¿Qué ocurre ahora?

 

       -¡Mira!-respondió Hansi, muy excitado, mostrando aquello que traía a la rastra y en torno a lo cual ahora se congregaban los demás.

 

      Aquel amasijo de cuerdas con nudos destrozados no decía mucho a Balduino ni a Anders; pero Gilbert soltó un silbido admirado, y Karl preguntó con preocupación:

 

      -¿Todos están bien, muchacho?-y Hansi asintió.

  

      -¿Puede saberse qué es esto y qué ocurre aquí?-preguntó Balduino.

 

      -Esto es una red de pesca...-precisó Hundi; y añadió, con una chispa malévola en sus taimados ojillos grises:-...destrozada a dentelladas por  Jormungand.

 

      -¿Jorm...?-preguntó Balduino, sintiendo que se le helaba la sangre-. ¿La serpiente marina?

 

      -¡Exacto!

 

       Balduino estaba consternado. Meses sin saber nada de aquel monstruo, ¿y se le ocurría aparecer justo la víspera del día elegido por Anders y él para explorar los canales?

 

      -Será mejor que mañana no salgáis a navegar, señor Cabellos de Fuego...-murmuró Karl, con voz y ojos casi suplicantes, obviamente persuadido de que, si Balduino y Anders se decidían a emprender la aventura programada para el día siguiente, ya podían empezar a llorarlos a ambos.

 

      -Karl, ¿otra vez?...-lo amonestó Thorvald, con expresión sufrida.

 

       Hansi, pensativo, seguía mirando la red semidestrozada, y tardó en asimilar mentalmente las palabras  de Karl.

 

       -¿Navegar?...-preguntó, aún confuso; y de repente, su rostro se iluminó-. ¡UAAAUUU!...-exclamó, en el colmo de su júbilo y admiración-. ¿Saldrás a cazar a Jormungand, señor Cabellos de Fuego? ¿En serio?

 

      -Por supuesto que irá, Hansi-dijo maliciosamente Honney, asestando un codazo a Andrusier, quien se hallaba a su derecha; y girando la cabeza levemente hacia él, guiñó uno de sus fulgurantes ojos verdes.

 

      -El señor Cabellos de Fuego es muy macho y muy valiente-observó Andrusier, con una sonrisa a flor de labios en su fea y mal afeitada carota.

 

      -Bah-dijo Balduino, con muy poco convincente desdén-. Esa Jormungand no puede ser tan peligrosa. Al fin y al cabo, los pescadores se hacen a la mar todos los días, y siempre vuelven sin novedades.

 

      -Ah, eso es cierto-convino Hundi-. Oyes de dos o tres ataques sucesivos de una serpiente marina, y luego no ocurre nada más. Hasta que sucede de nuevo.

 

      -¡Nunca se sabe cuándo puede pasar!, ésa es la verdad-dijo Honney.

 

      -Pero cuando ocurre, difícil que sobreviva alguien-añadió Andrusier.

 

      Los Kveisunger hablaban en apariencia como sólo opinando de un tema como cualquier otro; pero Balduino no creía del todo sincero su aire entre reflexivo e indiferente. Estaba seguro de captar en sus voces y sus miradas detalles imprecisos delatando segundas intenciones inconfesas, y se preguntó qué tramarían.

 

      Anders observaba con creciente espanto el agujero y los nudos destrozados en lo que, alguna vez, había sido una red.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego...-reclamaba Hansi, brincando para acaparar la atención de Balduino.

 

      Este salió de su lúgubre ensimismamiento.

 

      -¿Sí?...-preguntó.

 

      Hansi juntó sus manos en gesto de súplica, y preguntó:

 

      -¿Me llevas contigo mañana cuando vayas a cazar a Jormungand?... ¿Sí?...

 

        -¡NO!-bramó Balduino.

 

       -Malo-gruñó Hansi, sombrío.

 

       -Sí, señor, ¡una porquería!... ¡Un mal tipo como no volverá a verse otro!... ¡Pero ni sueñes con venir conmigo! ¡No faltaba más sino que, además de estar pendiente de que no te conviertas en merienda de grifo, deba cuidar de que no seas engullido por una serpiente marina!

 

       En ese momento se acercaron Friedrik, Thomen el Chiflado y los demás pescadores.

 

      -¿Y a ti quién te dijo que te llevaras nuestra red a ninguna parte?-gruñó Friedrik a su hijo.

 

      -Estaba contándonos que... que Jormungand os atacó-dijo Balduino.

 

       -Sí, ¡condenado animal!-rugió Friedrik, iracundo-. Se comió una redada enorme. Un día de pesca arruinado, no volcamos de milagro y encima tendremos que emplear todo el día de mañana en reparar la red como podamos.

 

      Balduino se maravilló del valor de aquellos marinos que, habiendo corrido tan enorme peligro, estaban simplemente indignados por la glotonería del monstruo y fastidiados por el trabajo extra. ¡Y pensar que él debía abstenerse de recordar su expedición del día siguiente para que las rodillas no le temblaran como a un cobarde!

 

      -¿Cómo ocurrió?-preguntó. Pero no deseaba en realidad saberlo; simplemente, en este caso prefería que hablaran los pescadores y no los Kveisunger.

 

       Estos se habían apartado, formando a la distancia, al pie de la escalinata de Vindsborg donde Ulvgang montaba guardia, un corrillo cómplice que a Balduino no gustaba nada. Cada tanto, alguno permanecía con la vista fija en el pelirrojo, sonriendo malignamente.

 

       Los bastardos se dan cuenta de que me muero de miedo, pensó Balduino. Pudo imaginar a Honney, Andrusier y Hundi comentando el hecho con Ulvang y con Gröhelle, quien se había perdido del hecho por estar en el retrete y evidentemente ahora se ponía al tanto del mismo:

 

       -¿Habéis visto cómo empalidecieron nuestros bravos marineros de agua dulce? ¿Eh?

 

       No hizo ninguna gracia a Balduino ni a Anders el minucioso relato de los pescadores, narración espeluznante si las había. Pero al menos al pelirrojo le agradaban todavía menos aquellos bribones regodeados en el miedo de los bisoños navegantes que al día siguiente, tal vez, recibirían en el mar un bautismo en toda regla...  

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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