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18 marzo 2010 4 18 /03 /marzo /2010 18:17

      Su inminente exploración de los canales tenía sobre ascuas a Balduino y Anders. Para ambos tenía sabor a aventura, aun cuando no se alejaran demasiado de Freyrstrande. La vastedad del océano y los misterios que éste encerraba los tenía fascinados. Balduino, quien contaba con información previa sobre el tema a través de algunas lecturas, especulaba a veces en voz alta sobre lo que, tal vez, verían en el mar; y sus relatos dejaban a Anders a medio camino entre el asombro y la ansiedad.

 

      En Vindsborg, la mayoría, y en especial los Kveisunger, los miraba con una mezcla de sentimientos muy diversos: simpatía, comicidad, ironía, cierta ternura...

 

      Una noche, hablando del asunto mientras esperaban la cena, Balduino dijo a Anders:

 

      -Con suerte, tal vez hasta divisemos algunos delfines. Unos animales rarísimos: mamíferos con forma de pez.

 

       Ursula quedó rascándose la cabeza.

 

      -¿Mamíferos? ¿Qué es eso?-preguntó.

 

      -Se llama así a los animales que amamantan a sus crías: el perro, la vaca, el ciervo...-explicó Balduino.

 

      La giganta quedó mirándolo unos segundos con los ojos muy abiertos; luego dijo, meneando la cabeza:

 

      -¿Cómo que mamíferos con forma de pez?-preguntó-. Los delfines son peces, enanito.

 

       -No, no-intervino UIvgang, volviendo hacia ella sus saltones ojos verdiazules-. El tiene razón: son mamíferos.

 

       -Peces-porfió Ursula.

 

       -Sé de buena fuente que son mamíferos-rebatió Balduino.

 

       Sonriendo burlonamente, Ursula se volvió hacia el pelirrojo.

 

      -¿Y qué buena fuente es ésa? Ya sé, no me lo digas-la sonrisa se hizo todavía mucho más burlona-: la Historia Natural, de Plino.

 

      -Plinio. Bueno... Esteee... Sí-hubo de admitir Balduino, con mucha vergüenza.

 

      Ursula se echó a reír a carcajadas.

 

       -Un momento-intervino Honney, indignado-: hemos surcado los mares durante muchos años, más que tú. Y nos consta que los delfines son mamíferos.

 

       -Peces-insistió Ursula.

 

       Hubo una larga pausa en la discusión, porque la cena estaba ya lista y todos, por turnos, fueron a servirse. Pero el mejunje de la noche estaba peor que de costumbre, como si la intención fuese que Balduino y Anders se subieran ya al bote y huyeran despavoridos de semejante menú; de modo que, una vez sentados, la mayoría se puso a jugar nerviosamente con aquella nueva y más horrorosa creación culinaria de Varg. Entonces Honney, quien deseaba vencer cuando menos una vez  y en cualquier cosa a aquella gigantesca cazadora que con tanta frecuencia lo humillaba abatiendo buenas presas en tanto que él volvía con las manos vacías o semivacías, volvió a la carga:

 

      -Los delfines son mamíferos. Vimos muchas veces a sus hembras amamantando a las crías.

 

      -Después de beberte una respetable ración de aquavit serías capaz de ver también a una docena de Jarlewurms bailando una ronda infantil; de modo que no dudo de tu palabra-dijo malignamente Ursula-. Pero los delfines son peces.

 

      Honney se puso furioso.

 

      -¡Increíble!-rugió-. ¡Mocosa testaruda!... Somos Kveisunger, la hueste de Sundeneschrack... ¡Hemos navegado de punta a punta por el Mar de Nerdel, haciendo temblar a los poderosos!... ¡Y mirad lo que ahora viene a discutirme esta ignorante de siete suelas, algo que nosotros ya sabíamos cuando ella todavía cagaba sus pañales y se hurgaba la nariz para sacarse los mocos!

 

       -¿Cómo que se hurgaba?-preguntó Andrusier socarronamente-. ¿Por qué el tiempo pasado?, si al menos hasta hace más o menos cinco minutos todavía seguía haciéndolo, nuestra refinada princesa...

 

      Honney se volvió hacia Ulvgang.

 

      -Y tú, ¿no dirás nada?-le preguntó-. ¡Haz algo!... ¡Explícale a esta gansa que no puede discutirnos algo tan elemental!

 

      Abúlico, Ulvgang se volvió hacia Ursula.

  

      -No puedes discutirnos algo tan elemental-le dijo.

 

      -¡Puedo y lo hago!-exclamó Ursula, belicosa.

 

      Siempre indiferente, Ulvgang se volvió de nuevo hacia Honney.

 

      -Dice que puede y lo hace...-murmuró.

 

      Honney estaba colorado de rabia. Sus espeluznantes ojos verdes refulgían de manera terrible, y su negro bigote se erizaba como el pelaje de un gato.

 

      -Tú dime-observó Ursula, calmosamente, pero sonriendo con terrible mordacidad y pérfido deleite ante la furia de Honney-: ¿un delfín se parece más a un pez o a un perro o una vaca?

  

      -¿Qué tiene que ver?-preguntó sarcásticamente Honney-. Las apariencias engañan. Así es que la mayoría de los asnos son cuadrúpedos, pese a lo cual aquí estás tú, la excepción, andando sobre dos patas.

 

      -¡HONNEY!-bramó Karl.

  

      -La postura bípeda es moda entre los asnos, Honney, o también tú andarías en cuatro patas-contraatacó Ursula, ácida-. Por todos los dioses de Asgard...-añadió, revolviendo en su tazón con cara de asco-. Mejor me hago cargo de la cocina otra vez.

 

      Varg venía en ese momento de la cocina con su propio tazón, y reaccionó como era habitual en él ante ese tipo de comentarios.

 

      -Ay, qué delicada-farfulló-. La princesa... ¡Todos son iguales!-gritó, casi atorado de furor-. ¡Cocino para diecisiete princesas pretensiosas y quejumbrosas que...!-y ya no hubo forma de entender lo que siguió.

 

        Apenas terminada su crítica a la cena de turno y antes del consabido estallido de rabia de Varg, Ursula había empezado a reír por lo bajo con un placer casi diabólico. Balduino estuvo casi seguro de que la crítica en cuestión no perseguía más fines que hacer rabiar al cocinero.

 

        -Ursula-dijo-: ¿qué tal si buscas otro pasatiempo que no sea encolerizar a todo el mundo aprovechando que tu condición de mujer te exime de la venganza de mis hombres?

 

       Ursula puso cara de sorpresa.

 

       -¿Hombres?-preguntó con fingida extrañeza, mirando hacia todas direcciones como buscando algo-. Ah, ¿hay hombres aquí, aparte de Thorvald? ¿En serio? ¿Y dónde están?

 

      Y estalló de nuevo en carcajadas.

  

      Circunspectos, heridos en su orgullo masculino, todos se miraron entre sí mientras Ursula continuaba riendo a mandíbula batiente...

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16 marzo 2010 2 16 /03 /marzo /2010 18:15

     -Realmente, estás mejorando mucho-aprobó Balduino una tarde, luego de cruar espadas con Anders durante una práctica-. Dime: ¿te gustaría venir conmigo a navegar el domingo que viene?

 

      -¿Navegar? ¿Hacia dónde y para qué?-preguntó Anders, intrigado, mientras se secaba el sudor de la frente con el brazo derecho.

 

      -Exploraríamos un poco los canales. Quiero encontrar algo capaz de asustar a los Wurms-explicó Balduino.

 

      -¡Asustar a los Wurms!-rió Anders, pensando primero que Balduino bromeaba; pero al advertir que no era así, añadió:-. Hermano, disculpa que te lo diga, pero creo que estás algo chiflado, peor aún que Thomen, lo que no es poco decir. Para empezar, las probabilidades de que esos monstruos lleguen hasta aquí son prácticamente nulas. Secundariamente, ¿con qué crees que asustarías a monstruos como ellos, grandes como montañas?

 

      -Anders, tal vez sea un trabajo inútil, ya lo sé; pero después de todo fuimos enviados aquí, supuestamente, para defender Freyrstrande de los Wurms; de modo que eso es lo que pienso hacer, aun a sabiendas de que en realidad estoy aquí castigado. Siempre existe una remota posibilidad de que los Wurms vengan aquí y, si lo hacen, más vale que estemos preparados para recibirlos debidamente. De todos modos: hay otras cosas de por medio: el orgullo, la oportunidad de demostrar que no somos unos inútiles e incluso la simple ejercitación, tanto física como mental. En cuanto a tu otra duda, el tamaño nada tiene que ver. Te recuerdo que al señor Benjamin Ben Jacob se le ponía la piel de gallina cuando de golpe y porrazo veía aparecer ante sus ojos una araña no mayor que una uña, no obstante ser de buena estatura, porte atlético y capaz por lo demás de enfrentarse a tres hombres a la vez.

 

      -Es un caso muy específico el que citas como referencia. De todos modos, dudo que a los Wurms logres asustarlos con arañitas. El señor Ben Jacob les temía, pero los demás mortales por lo general no nos inmutamos ante ellas. Habrá quien las pise a manera de precaución un tanto exagerada, pero nada más.

  

      -El caso del señor Ben Jacob era un simple ejemplo.

 

      -Y también yo te estoy dando un ejemplo. A menos que consigas una fórmula mágica que te permita superarlos en tamaño, te será imposible asustar a los Wurms.

 

      -Qué poco conoces del arte de la guerra, Anders-observó Balduino-. Un castillo, correctamente construido, puede repeler, defendido por sólo treinta hombres, una fuera de asalto cien veces superior. Tres mil hombres, si lo prefieres. Nosotros ni siquiera somos treinta; en combate cuerpo a cuerpo, los Wurms nos eliminarían en un santiamén. Pero correctamente preparados, podríamos asestarles un duro revés. Si no fuera por las inevitables pérdidas humanas, casi desearía que los Wurms, a su debido tiempo, nos atacaran; así sabrías hasta qué punto digo la verdad.

 

      -¿No te sobreestimas, Balduino?

 

      -No-la respuesta sonó decidida y apasionada-. Razono. El ataque frontal y valiente es muy noble, muy caballeresco; pero son las estratagemas y tretas más sucias y astutas las que ganan guerras, Anders. Recurriendo a ellas, si los Wurms nos atacaran, lograríamos vencerlos; pero prescindir de una sola de ellas podría invertir el resultado de una eventual batalla. Ahora bien, un enemigo muerto de miedo está ya medio vencido; de modo que es mi intención que, de llegar aquí  los Wurms, lo hagan embargados por tanto miedo como nos sea posible insuflarles. El temor impide pensar con claridad, paraliza los músculos lleva a la muerte.

 

      -Balduino-murmuró Anders, sorprendido por la seguridad con que  hablaba el pelirrojo-: aun cuando tuvieras razón, ¿qué sabemos de lo que asusta a los Wurms?

 

       -Lo sabemos-contestó Balduino con firmeza-. hasta donde nos consta, esos reptiles sienten y piensan más o menos como nosotros. Sus temores, en distinta escala, básicamente deben ser más o menos los mismos que los nuestros. Frente a una situación de peligro, el hombre analiza, antes de enfrentarla, qué posibilidades tiene de salir airoso. Esto es lo que separa a prudentes, cobardes, valientes y temerarios. Tal vez se considere cobarde al prudente, pero su presunta cobardía no es tal, sino simple razonamiento. A él le gustaría enfrentarse al peligro, pero comprende que no está preparado para hacerlo exitosamente. El cobarde tal vez esté preparado para hacer frente al riesgo, pero el temor lo domina y doblega, le impide razonar. El valiente, tras evaluar el peligro, sabe que tiene buenas posibilidades de vencer. También puede que fracase, pero igual se arriesga porque, por una razón o por otra, le conviene intentarlo, y porque está preparado para ello. Por último tenemos al temerario. Este se cree invencible. No analiza el riesgo, se lanza hacia él a ciegas y aunque al principio coseche una serie de éxitos, lo más probable es que su temeridad lo lleve a la ruina más tarde o más temprano. ¿Me sigues hasta ahí?

 

      Anders asintió en silencio.

 

      -Nosotros no sabemos qué tan valientes son los Wurms, porque no los hemos visto combatiendo a enemigos que los igualen o superen en talla-prosiguió Balduino-. Sabemos que luchan entre sí por las jerarquías, pero no el grado de valor que exhiben en estos combates. Por otro lado, podemos suponer que cualquier hombre de Drakenstadt o Ramtala será más valiente que el Wurm más osado. Los Wurms disponen de tremendos corpachones acorazados, y eso les infunde la suficiente seguridad para atacar una y otra vez; pero acaban retrocediendo siempre ante enemigos mucho más vulnerables, diminutos como hormigas comparados con ellos, pero animados por un coraje y un sentido del deber extraordinarios. No obstante, vuelven una y otra vez, porque su razón les dicta que es absurdo que los venzan esas simples hormiguitas. Eso podemos inferir de su conducta. Una vez te dije que quien depende de una espada mágica para vencer, desprovisto de ella es un completo inútil. Este es un caso parecido. Los Wurms dependen demasiado de sus chorros de fuego y brea candente, de sus fauces llenas de colmillos, de sus colas semejantes a gigantescos látigos, de sus colosales cuerpos acorazados; de un poderoso armamento del que nosotros carecemos. Nuestras mayores armas serán el valor y la astucia, de lo que ellos carecen. Y para vulnerarlos debemos imbuirles un miedo muy especial. Debemos hacerles creer que aquí los aguarda tal peligro, que contra él de nada les valdrán sus colas, zarpas, chorros de fuego y brea y todo el puto resto.

 

      -¿Y hay un miedo así?-preguntó Anders, cuyo desconcierto iba in crescendo.

 

      -Sí-contestó Balduino-: el miedo a lo sobrenatural.

 

      Anders quedó boquiabierto.

 

      -Lo sobrenatural, lo desconocido, es inaprehensible e irracional-continuó Balduino-. Se encuentra en la frontera entre lo posible y lo imposible. Puedes creer o no creer en ello. Pero si crees, lo pasarás muy mal, pues verás ahí un peligro que no puedes evaluar igual que a otros. Tus cinco sentidos son insuficientes para medir qué riesgo corres, ni si estás preparado para enfrentarte a él. Sabes, no obstante, que esa armadura que suponías te haría invulnerable no te protegerá de ese demonio que lucha por poseerte; que esa espada de leyenda que esgrimes de poco servirá contra esa legión de cadáveres vivientes que te ha rodeado en la soledad del cementerio; que toda tu destreza en combate será inútil frente a las más oscuras fuerzas infernales invocadas contra ti por siniestros hechiceros; que tu fuerza será impotente si una maldición te ha condenado a morir en medio de horribles sufrimientos. Creerás que el espantapájaros te espía y que los árboles del bosque se mueven cuando no los observas. El miedo a lo sobrenatural empieza cuando, con razón o sin ella, encuentras algo que parece aterrador, que desafía tu lógica y que te impresiona hasta avasallarte. Puede que el temor sea infundado; que en realidad no haya motivos para temer. Aun así, temes. Y no es un miedo fácil de vencer, porque contra él de nada te sirven las armas en cuyo manejo estás ducho. Tienes que recurrir a otras. El escepticismo ayuda, pero no es posible mantenerlo en toda circunstancia. Una conducta recta también es fundamental porque, si tienes sucia la conciencia, no pensarás en enemigos sobrenaturales contra los que debes luchar, sino en verdugos ultraterrenos que vienen a castigarte con toda justicia y a los que no puedes enfrentar o eludir. Si no eres escéptico, tal vez te salve lo opuesto: la fe. En Dios, en ti mismo, en fórmulas de magia blanca para la autoprotección, en talismanes. Por último, está la comprobación. Cuando el temor es infundado y constatas que lo es, dejas de temer.

 

      -¿Cuánto hace que llevas reflexionando sobre todo esto? Pareces tenerlo muy meditado...

 

      -Pensé en ello toda mi vida, pero sobre todo después de los trece años, cuando me marché de casa. Siempre fui temeroso, y en mi familia nadie se preocupó jamás por librarme de mis temores, excepto y sólo en parte uno de mis hermanos, Edgardo; pero hasta ahí conté siempre al menos con la protección del techo familiar. Luego, ni eso. Ser tan joven y estar solo en los bosques, escuchando el ulular del viento y el aullido de los lobos, viendo fantasmas y monstruos en todas partes, es algo que no le deseo a nadie. No obstante, el impulso de sobrevivir me obligaba a hacer de cuenta que no había nada de lo que yo creía ver. Y casi nunca lo había. En algún momento vi a la distancia algo que estoy casi seguro de que eran hombres-lobo y en otra ocasión oí rumores que no confirmé jamás acerca de un muerto viviente, pero eso fue todo. Más tarde, ya siendo parte de la Orden, noté que los hombres más fornidos y preparados para el combate eran los que más temían a lo ultraterreno. Esto me hizo reflexionar que quizás se preparaban tanto para el combate precisamente por ser unos miedosos en todo sentido, pero se les notaba más en el ámbito de lo sobrenatural, porque a eso no sabían cómo enfrentarse. De cualquier forma fue aquí, en Freyrstrande, donde mis ideas sobre el tema terminaron de tomar forma. La calavera que cayó desde lo alto de las  Gröhelnsklamer el día que llegamos aquí y que yo tomé por un mal presagio; algunas historias que Ulvgang me contó una noche en que una tormenta nos dejó varados en Elderholme; cierta charla que escuché con motivo de un espantapájaros que una vez armaron Per y Wilhelm; incluso la forma en que Lambert nos asustó el otro día con su relato acerca de las propiedades siniestras de la sangre menstrual de Helga; todo me ayudó a sacar conclusiones. Tal vez no sea casual. Tal vez haya sucedido de esa manera porque aquí me veré obligado a llevar esa teoría a la práctica... O quizás no, pero no me arriesgaré.

 

      -Y concretamente, ¿qué harás?

 

      -Del todo no sé, Anders. Es decir, tengo una idea general de lo que pretendo, pero todavía no de cómo lograrlo. El plan es el siguiente: caso de que los Wurms nos atacaran, deben llegar aquí, sí o sí, con la moral baja, con funestos presentimientos de muerte obnubilando sus cerebros. En esta etapa, suponiendo, y hay motivos para hacerlo, que actúen como lo hacemos los seres humanos, seguirán adelante con la invasión, porque los líderes no querrán quedar como cobardes ante sus subordinados. Es probable que algunos desierten, pero no podemos confiar en eso. Al llegar a Freyrstrande, su primera impresión, antes aun del inicio de la lucha, debe confirmar sus peores temores, haciendo que vacilen todavía más. También aquí puede que algunos retrocedan, pero tampoco podemos confiarnos. Sin darles la menor oportunidad de ponerse escépticos, los atacamos por sorpresa y producimos unas cuantas bajas entre ellos. Aquí sí que habrá huida; puede que incluso fuga en masa, no sé.

 

      -Eso sí que se llama optimismo-ironizó Anders.

 

      -No menosprecies el poder del pánico sembrado en una masa desmoralizada-repuso Balduino-. No trato de ser jactancioso, pero de no haber sido por la energía y firmeza con que actué en los bosques de Hallustig, aquellos aldeanos a los que nos tocó poner a salvo, por su propio pánico, habrían sido muy fáciles dee matar. Se habrían comportado de forma muy similar a aquella manada de alces que huían en estampida de unos grifos, y que casi nos arrollan en aquella pradera en Führinger, ¿recuerdas?

 

      -Claro que lo recuerdo, Balduino, pero los Wurms no son hombres ni alces, sino algo mucho más poderoso...

 

      -Yo podría hacer de ellos algo mucho más insignificante que hombres, alces e incluso que lauchas.

 

      -¿Y dices que no estás siendo jactancioso?

 

       -¿Por qué? No exagero en lo más mínimo. No digo ser el único capaz de hacerlo, ni poder hacerlo ahora. Si los Wurms atacaran aquí mañana, en un mes, en dos meses, entonces olvida todo lo que dije. No estamos preparados aún. Pero desde que tengo uso de memoria, y te consta, mi sueño era transformarme en un héroe sin igual, en un guerrero ante el que se prosternara todo el Reino. Tuve que luchar contra mis propios temores; leí libros de caballería; leí libros de estrategia militar; leí relatos analíticos de cuantas batallas se hayan librado desde los comienzos de la Historia; entrené duramente; observé la conducta humana; hice muchos análisis de casi cualquier cosa y saqué conclusiones. Anders: si después de tanta preparación no soy capaz ni de tener medianamente en claro de qué soy capaz y de qué no lo soy, mejor me arrojo por ese cráter que ves ahí-Balduino señaló hacia el volcán de Eldersholme, que lanzaba en silencio sus tétricas fumarolas habituales-, pues sería un completo inútil. No digo que soy invencible; no digo que soy un héroe sin parangón; no digo que tengo sólo ideas geniales ni que éstas no pueda tenerlas cualquier otro. Sí digo, ¡gran puta!, que a menos que sufriésemos una racha de muy mala suerte, en más o menos un año estaríamos en condiciones de combatir a los Wurms y darles una paliza única. Bueno, quizás un poco más de un año...

 

      -Te hago notar que ya estás estirando el plazo-se burló Anders-. Pero no te preocupes: creo que tendrás toda la eternidad antes de que los monstruos lleguen hasta aquí. Igual, prosigue con ese relato tuyo de nuestras futuras, gloriosas y heroicas hazañas, que me tiene fascinado. Aunque con los Wurms huyendo despavoridos, supongo que ya no nos quedaría demasiado por hacer. Victoria cómoda, fácil y absoluta. Qué lástima, ni oportunidad tuve de lucirme.

 

      -Qué va, Anders-gruñó Balduino, algo molesto por la sorna con que eran recibidas sus palabras-. Supongo que incluso entre los Wurms habrá temerarios; ésos nos darían menudo trabajo. También estarán los que se contagian del valor de otros, con lo que las cosas se nos complicarían más aún. Tendríamos que luchar con un coraje de los mil demonios, y unos cuantos de nosotros pereceríamos. Tal vez, incluso, yo mismo. El problema estribaría en que, en la medida en que sobreviviesen esos Wurms que siguieran luchando, los otros podrían constatar que sus lúgubres presagios carecerían de fundamento, y dejarían de tener miedo; y esto los haría volver a la carga. Por eso tendríamos que planificar cuidadosamente hasta el más ínfimo detalle para que eso no suceda. Aunque no lo creas, Anders, no me he transformado en un iluso soñador; sigo siendo un guerrero. En cuanto al tiempo que demorarían los preparativos, imposible calcularlo con exactitud, sobre todo porque no sé cuánto tarda un grifo en alcanzar su máximo desarrollo.

 

      -¿Y eso qué tiene que ver?-preguntó Anders, quien entendía cada vez menos.

 

      -Obviamente, si los Wurms llegasen hasta aquí con los malos presagios de los que hablábamos antes, pero encontrasen que tienen que enfrentarse a simples catapultas y jabalinas, no tardarían en recobrar su valor. Así que tendríamos que atacarlos usando armas o estrategias que ellos no esperen ni imaginen... Por ejemplo, con cinco o seis jinetes montados en grifos.

 

       -¡Jinetes montados en grifos!... Díos mío, Balduino, ¡estás delirante!

 

       -¡No! Se entiende que hablamos de grifos domesticados-dijo Balduino-. Habría que criarlos desde pequeños, entrenarlos...

 

      -¡El grifo no es domesticable! ¡Lo sabe todo el mundo!

 

      -Sí, ¡como sabe también que la sangre menstrual de la mujer convierte el vino en vinagre!

 

      -¿Y cómo sabes que eso no es cierto? Lo único que nos consta sobre ese asunto es que Lambert aseguraba haberlo comprobado personalmente, pero mintió.

 

       -No importa. Ahora hablamos de los grifos, no de la sangre menstrual.

 

       -¡Mira nada más lo que le pasó al loco de Gröhelle por querer robar crías de grifo de un nidal! ¡Terminarás como él, con la cara llen a de cicatrices!-Anders estaba cada vez más burlón-. No importa. Supongamos que lo logras. Hay un problema: el mismo Gröhelle, que conoce mucho del tema, admite que son animales cobardes. Tú mismo demostraste que no es tan difícil mantenerlos a raya. ¿Y ahora quieres usarlos para asustar a los Wurms?

 

      -Vayamos por partes, Anders-sugirió Balduino-. Respecto a los Wurms, sí, creo que con cuatro o cinco hombres jineteando grifos y atacando desde el aire lograríamos asustarlos. Reduce la situación, proporcionalmente, a nuestro mundo; verás entonces que no es una idea tan descabellada. Suelta cuatro o cinco abejas entre un gentío y tendrás a todos dominados por el pánico. Revolotean murciélagos en torno a las personas, y éstas enloquecen de miedo; y eso que son animales de lo más inofensivos, diga lo que diga la gente. Nosotros seríamos para los Wurms  mucho más dañinos que abejas o murciélagos para las personas; y estarían menos familiarizados con jinetes de grifos de lo que estamos nosotros con abejas y murciélagos. En cuanto a la cobardía de los grifos, todo es relativo. Se los puede envalentonar. En estado salvaje o a cargo de otro amo, Svartwulk podría ser un animal cobarde, pero sé transmitirle seguridad. le demuestro que en tanto esté conmigo, él y yo podemos lanzarnos al ataque sin temor. Tan buenos resultados he logrado que, sin proponérmelo, he logrado que no deje que nadie sino yo lo monte, ¡y pobre del que lo intente!... Puedo lograr resultados similares con un grifo.

 

      -¿Sí?-preguntó Anders, escéptico.

 

      -Anders, Aníbal utilizó elefantes para atacar a Roma, y Marciano de Antilonia usó leones para atacar a los Bersiker. ¿Por qué no valernos nosotros de grifos contra los Wurms? Y no valoras debidamente el factor sorpresa. Aníbal cruzó los Alpes con una poderosa fuerza militar. Es cierto, llegó al otro lado con la mitad de su ejército, tal vez incluso menos; pero ganó batalla tras batalla porque los romanos no esperaban que tomase un camino tan ilógico. Que luego él mismo malograra su éxito con su inercia e indecisión, es otra cosa; pero el cruce de los Alpes fue una maniobra astuta.

 

      -Olvídalo. No sé qué es un elefante, no sé quién es Aníbal, no sé qué son los Alpes y no sé de qué estás hablando-rió Anders-. Volvamos al punto de partida: ¿para qué quieres explorar los canales?

 

      -Puesto que, si los Wurms llegaran aquí, deben hacerlo maliciando su ruina, hay que encontrar una forma lógica de meterles esa idea en la cabeza mucho antes de que nos enfrentemos a ellos-contestó Balduino-. De venir hacia aquí, lo harían sin duda por alguno de los canales principales; de modo que tenemos que buscar allí algo que les meta miedo. Tal vez hallemos algo en el propio paisaje, no sé.

 

       -Yo jamás he navegado y tú mucha experiencia que digamos tampoco tienes-señaló Anders-. Tal vez te convendría ir con otro acompañante más veterano en estos asuntos; Ulvgang, por ejemplo.

 

       -Si el mar estuviera muy picado, tal vez; si no, creo que podríamos arreglárnoslas solos. Me agrada tu compañía, y el remo sería buen ejercicio para ti.

 

      -Levantar una montaña sería buen ejercicio para mí. Mira esto-sonrió Anders, flexionando un brazo en el que un bíceps se hinchó como para reventar. Tras unos segundos de mirar con adoración aquel músculo, su cara, repentinamente, adquirió una expresión agria como pocas-. Bah, mejor vé solo. Eso de que te agrada mi compañía es toda una novedad para mí.

 

       Obviamente Balduino no esperaba semejante respuesta, ya que hacía rato que los rencores entre él y Anders parecían haber quedado definitivamente en el pasado. Primero quedó demudado un instante; luego, habiendo examinado su conciencia y notándola por lo demás en orden, pasó a sulfurarse.

 

      -Anders, no sé qué bicho te picó, pero puedes recordarle que es al odioso Cara de Bosta Colada, que te hizo practicar sin desmayo a quien debes esos queridos músculos tuyos gracias a los cuales, según tú, no necesitas de la fe para mover montañas-exclamó-. Ya sé que me porté muy mal contigo en el pasado, pero creí que, a esta altura de los hechos...

 

      -Bueno, bueno, hombre, calma, ni un chiste se puede hacer ahora...-dijo Anders, sonriendo-. Estás más loco que una cabra, Balduino, pero la paso bien contigo. ¿Quieres explorar los canales?... ¡Pues exploremos los canales!

 

      Balduino le devolvió la sonrisa, afectuosa de corazón.

 

      -Pero respecto a encontrar algo que asuste a los Wurms... Ten cuidado de no exagerar, ¿eh?-prosiguió Anders, burlón-. Mira que por lo visto nos están quedando chicos como adversarios... Tendremos que encontrar otros más a nuestra medida si los acobardas demasiado.

 

      -Anders, hablemos en serio...

 

      Pero parecía mal momento para ello. De hecho, lo siguiente que sucedió fue que Anders estalló en estrepitosas carcajadas, y pareció que no iba a parar nunca.

 

      -¡Suerte que tendrán cerca el cráter del volcán!-exclamó con ojos llorosos y colorado de la risa cuando consiguió dominarse medianamente-. Ahí podrán esconderse de nosotros. Los que no desmayen de miedo nada más vernos, claro-y estalló de nuevo en carcajadas.

 

        Balduino lo miró, meneó la cabeza y sonrió también él. Era eso, o estrangularlo... 

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14 marzo 2010 7 14 /03 /marzo /2010 23:41

XCV

        Balduino se fue poco después y retornó al día siguiente para alcanzar a Wjoland un sayal viejo cedido para la ocasión por Fray Bartolomeo. Aunque le quedaba grande, ella dijo que lo arreglaría sin tardanza. Vestida con él, y cubiertos su rostro y sus manos con vendas hechas a partir de sábanas viejas, la joven no se vería diferente de los Leprosos.

 

       Durante bastante tiempo Balduino no volvería a  saber mucho de ella, y de igual manera vería poco a Hrumwald aunque a éste lo tenía más cerca. Pero pensó mucho en ambos, porque llamaba demasiado su atención que dos personas tan excéntricas llegaran a un lugar solitario como Freyrstrande el mismo día. No podía hallar nada que los inculpara, pero temía cometer un gran error al protegerlos; y una voz interior le decía que no era casualidad que hubiesen llegado ambos en tan insólitas circunstancias casi al mismo tiempo.

 

      Por lo demás retornó a su rutina habitual, que ahora distaba de encontrar aburrida. Era extraño que en un lugar donde por lógica casi nada podía suceder ocurrieran tantas cosas, si bien la mayoría de ellas muy ligadas a lo cotidiano.

  

       Entre otras cosas, tuvo que empezar a pensar en renovar el guardarropa de su dotación. La vestimenta de algunos de éstos prácticamente se caía a pedazos, aunque él odiara admitirlo. No sabía a quién encargarle el trabajo. Curiosamente, podría haber pensado en Wjoland como primera opción, ahora que ella tenía cierta deuda con él; en cambio, su atención (¿y asombrará ello a alguien?) se centró en Gudrun. Así que fue a verla a las dehesas donde ella solía llevar a pastorear a sus ovejas. Y precisamente, verla fue lo único que hizo, y para colmo desde bastante distancia, ya que más no le permitió su timidez, para gran irritación de Anders, quien gruñía por lo bajo al verlo regresar con cara larga.

 

      -Si vuelvo a preguntarte y no me das la respuesta que quiero, te ahorco; de modo que mejor no te pregunto más nada-terminó diciendo, para no acabar, como siempre, rumiando maldiciones surtidas.

 

      -De todos modos, no sabría cómo pagarle el trabajo-respondió Balduino-; así que para qué tomarme la molestia de hablarle.

 

       -Como vas a verla sólo porque necesitas que alguien nos haga ropa nueva...-se burló Anders-. Y trabajo, lo que se dice un trabajo de veras arduo, sería darte todas las patadas en el culo que mereces.

 

       Oivind continuaba haciendo viajes regulares a Vallasköpping, ahora acompañado por el joven Osmund Osmundson, muchachito todavía mucho más tímido que Balduino y del que no se sabía si aceptaba de buen grado su nuevo trabajo o se se cohibía ante el pelirrojo y no era capaz de negarse a cualquier orden que éste le diera.

 

       -Y pobre de ti si le enseñas alguna de tus malas artes-recalcó Balduino al viejo Oivind cuando éste se disponía a emprender uno de los primeros viajes con su nuevo ayudante.

 

       -Es fundamental que entendáis algo, señor Cabellos de Fuego-dijo muy serio Oivind-: lo que es, es; lo que no es, no es.

 

      -Correcto; pero más vale que lo que fue, no sea de nuevo. Si no, será un trasero molido a puntapiés, viejo charlatán.

 

      -Ten cuidado con ese tipo de comentarios. Mira que me haces recordar cierta tarea que aún tengo pendiente...-terció Anders.

 

       La vieja Herminia continuaba cubriendo a pie el largo trayecto que separaba su hogar de Vindsborg y trayendo huevos para canjearlos por velas. Seguía tan hosca y antipática como siempre. Balduino se esforzaba por ser amigable, por romper el hielo con ella; en suma, por domesticarla un poco, tal como había prometido a Kurt que lo haría. Pero al parecer era causa perdida.

 

      -Sólo consígueme velas y déjame en paz-era la sempiterna réplica de la malhumorada anciana, cada vez que Balduino intentaba intercambiar dos palabras de más con ella.

 

      Karl fue suplido de la tarea de enseñar a Osmund, a Ljod y a Hansi (agregado al alumnado para complacer a su petición) a manejar la jabalina. En esa tarea fue reemplazado por Thorvald, pero sus dotes de instructor no quedarían desaprovechadas, sino que se les daría otro empleo.

 

      -Ahora que Slav sanó de su pata, te llevas a Hundi y le enseñas a montar-le ordenó Balduino.

 

       Hundi abrió tamaños ojos; era conocida su manifiesta aversión por los caballos, si bien toleraba medianamente a Slav.

 

      -¿Por qué yo?-inquirió, molesto.

  

      -Porque eres de corta estatura y, por lo mismo, liviano-contestó tranquilamente Balduino-. Si vinieran los Wurms, necesitaríamos pedir refuerzos de Vallasköpping, y si bien ya tengo designado a Karl para esa tarea, debemos prever una eventualidad que pudiera impedírselo y obligarnos a reemplazarlo por otro jinete. Y cuanto menos peso lleve el caballo, más rápido llegará a destino.

 

      -¡Pues que vaya Hansi!-exclamó Hundi.

 

      -Aparte de que Hansi es un niño aún, no está a mis órdenes. Tú sí lo estás, de modo que obedece. ¡Vamos, Hundi!-dijo Balduino, impaciente-. ¿Quieres que se diga que los Kveisunger son unos cagones que no se animan a montar a caballo?

 

      Desde luego, lo último que quería Hundi era que se dijera cosa semejante; de modo que tuvo que capitular. Pero las lecciones de equitación eran un auténtico y lamentable caos. Existía cierta camaradería entre Karl y Hundi aunque éste, más de una década atrás, había dejado manco al primero. Pero dicha camaradería sufría muy duras pruebas durante tales lecciones. Karl, jinete experimentado, no podía comprender que Hundi recelara tanto de un simple caballo. Una vez encaramado sobre la montura, el Kveisung se ponía nervioso y se quejaba sin parar. Aunque por lo general era hombre bastante flemático, tanto lloriqueo más de una vez hacía que Karl perdiese la compostura.

 

      Los perros no ayudaban. Era casi proverbial la estupidez de aquella jauría, pero a veces había motivos para ponerla en duda, porque parecían tener singular olfato para las oportunidades de armar jaleo y aprovecharlas a fondo, alevosamente. Y aunque desde hacía tiempo iban con más frecuencia tras Balduino o Hansi, quienes los mimaban más que su mismo dueño, a la hora de las lecciones de equitación de éste iban todos tras él como uno solo; con lo que el entrenamiento del bisoño jinete terminaba de asemejarse poderosamente a un anatema lanzada por una oscura y vengativa deidad pagana. Cada tanto, Karl perdía los estribos después de un rato de oírlos ladrar incesantemente, y los espantaba tirando puntapiés al aire y a veces no tan al aire; a lo que seguían furibundas amenazas a Karl por parte de Hundi mientras los perros gañitaban como heridos de muerte durante un rato, antes de regresar con entusiasmo digno de mejor causa, lenguas afuera y meneando rabos. Acto seguido  se ponían a ladrar de nuevo y, de vez en cuando, se acercaban a Slav y mordían sus patas, gruñendo cual feroces lobos. El pobre y paciente Slav, mucho más dulce que Svartwulk, soportaba ese trato con estoicismo de mártir, hasta que incluso para él los perros se pasaban de la raya y procedía a espantarlos, aunque era mucho menos contundente en esa faena que el formidable flumbrio negro de Balduino.

 

       El trabajo, ahora que se había iniciado la construcción de una segunda catapulta, era más duro que nunca. Ursula trabajaba a la par de los demás hombres, no desdeñando ninguna labor y sintiendo predilección, incluso, por las más pesadas. Al término de cada jornada, hallaba todavía tiempo para masajear la espalda de Thorvald. Era ésta una atención que reservaba exclusivamente para él y que, por otra parte, tal vez nadie más hubiese aceptado: las manazas de Ursula parecían más destructivas que máquinas de guerra, y no resultaba tentadora la idea de tenerlas posadas sobre la espalda de uno. Se tenía la impresión de que, aun sin mala intención, rompería varios huesos. Pero los grandes músculos de Karl se relajaban ante los masajes de Ursula; y es que ella ponía en esa labor mucha delicadeza y una inmensa devoción. Cariñosamente, llamaba viejo guerrero a Thorvald y le hablaba con gran ternura.

 

      Pocos días después, una mañana, apareció tirada en el centro de la sala principal de Vindsborg una prenda íntima femenina ensangrentada.

 

      -¿Esa cosa es tuya?-preguntó Honney, con el desconcierto ablandando sus siniestras pupilas verdes.

 

       -¿A ver?...-preguntó Ursula mostrando inmenso interés, alzando la prenda en cuestión y examinándola desde todos lados-. No, mía no es; se ve que ha de ser tuya-respondió muy seria; y cuando Honney puso cara muy poco inteligente, la giganta se impacientó-. Por supuesto que es mía, imbécil, ¡mira las preguntas que haces!...-tronó, burlona-. ¿Cuántas personas más hay en Vindsborg, aparte de mí, que tengan una concha que se les pueda poner en sangre, eh? 

  

       -Ese lenguaje, princesa...-gimió Karl.

 

       -¡Yo que sabía! Primera vez que me consta que se te ponga la concha en sangre-dijo maliciosamente Honney para escandalizar a Karl.

 

       -¡HONNEY!-bramó Karl, iracundo a más no poder.

 

       -Ríndete, compañero. La guerra está perdida-le aconsejó sabiamente Balduino.

 

       Hundi miró severa e impacientemente a Ursula.

  

       -¿Qué crees, que estás en tu palacio y que tus criadas vendrán a juntar tus bombachas menstruadas?-exclamó-. ¡No dejes esas cosas tiradas en cualquier parte! ¡Así es como después van mis perros, lamen la sangre y revientan!... Eso si nosotros mismos no contraemos una pudredumbre.

 

        Ursula lo miró con desconcierto.

 

       -Que la mía sea mala costumbre y deba sacármela, es una cosa. Te creo-convino-. Es cierto, estoy acostumbrada a que mis criadas junten y laven mi ropa sucia, y si no las tengo a mano, como es el caso, puedo hacerlo yo misma, pero soy bastante desordenada. Pero no sé por qué esos estúpidos perros tuyos habrían de reventar con sólo lamer sangre menstrual.

 

       -¡La sangre de concha es venenosa! ¡Todo el mundo lo sabe!-gruñó Hundi.

 

       -¡¡¡HUNDI!!!-tronó Karl.

 

        -Ah, entonces ¿es venenosa la sangre menstrual de todas las mujeres?-preguntó Lambert, con sus ojos violáceos colmados de asombro-. Yo creía que sólo la de Helga-e hizo uno de sus típicos e involuntarios guiños de ojo.

 

       -¡Pero por favor!... ¿Tratas de decirme que la sangre menstrual de tu esposa era venenosa?-preguntó Ursula con manifiesta sorna.

 

      -¡Claro! También derretía el hierro, agriaba la leche de la vaca en la ubre, convertía el vino en vinagre y provocaba abortos.

 

       -Lambert, explica eso. No pretenderás, supongo, que crea que experimentaste con la sangre menstrual de tu esposa para ver si realmente hacía todo eso que dices...

 

 

       -Bueno-intervino Balduino, pensativo-, la verdad es que Plinio sostuvo cosas muy parecidas a ésas.

 

      -Pues te felicito, enanito-replicó Ursula, cáustica-. Sigue creyendo cuanto te digan tus ignorantes camaradas de la Orden del Viento Negro, que así te irá.

 

      -¡Plinio el Viejo no es un ignorante camarada de la Orden del Viento Negro!-protestó Balduino, indignado-. Era un sabio, y el autor de la famosa Historia Natural.

 

      -Plonio el Viejo o Plonio el Joven o Thorstein el Viejo o Thorstein el Joven, lo mismo da...-dijo Ursula.

 

       -¿Cómo que Plonio?-preguntó Balduino, escandalizado por la deformación onomástica que le sonaba a ultraje, herejía y blasfemia, todo junto.

 

      -...¡Todos ellos, nada más, unos soberanos ignorantes!-sentenció Ursula-. ¿Quién dice que son sabios?: ¡otros tipos todavía más ignorantes, que repiten las tonterías que escriben los supuestos sabios-se volvió hacia Lambert-. A ver: explica eso de la sangre menstrual de tu Helga.

 

       -La cosa fue así-dijo Lambert-: cerca de casa había una vecina a la que Helga odiaba a muerte. Según ella, esta vecina era una chismosa. Tenía esa mujer, además, la costumbre de robar agua de nuestra poza. Un día, hallándose encinta, hizo precisamente eso, y allí mismo se puso a beber unos tragos, sin advertir que yo estaba espiándola. De inmediato, pese a hallarse en el sexto mes de embarazo, la pobre fue asaltada por dolores de parto y por temblores de muerte: gritaba como una marrana. Fui corriendo a buscar al médico, pero no hubo nada que hacer. Cuando llegamos, la mujer ya estaba muerta a causa, dijo el médico, de un aborto natural que no llegó a buen término.

 

       ’Estremecido de horror, pues sabía cuánto había odiado Helga a la desdichada, intuí que se trataba de un asesinato por envenenamiento, tanto más cuanto que si yo lo había visto todo fue porque mi esposa me había enviado a buscar agua: la malvada, sabiendo que yo aprovecharía para beber unos sorbos, planeaba deshacerse de mí. Procedí a vaciar la poza, tratando de hallar indicios del tipo de veneno empleado y creyendo que encontraría restos de hojas o raíces de alguna planta; pero al vaciar el tercer cubo hallé en cambio cierto bulto que reconocí, con un escalofrío, como una bombacha de Helga, la cual tenía un gran agujero. Ya me parecía a mí que las bombachas le duraban muy poco tiempo; y es que, amigos (empecé a maliciarlo ahí), la sangre menstrual le horadaba la prenda, se la quemaba. Creí entonces haber develado lo ocurrido, pero necesitaba estar seguro. De allí en más, cada vez que Helga se deshacía de una de sus bombachas, lo que hacía rápidamente tras menstruar, yo iba y la recogía. Cosa horrenda: un gato lamió una, y cayo muerto luego de una horrible agonía. Más tarde, hice que dos vacas lamieran sangre menstrual de Helga. Cuando quise ordeñar a una, comprobé que la leche estaba agria. A la otra no la pude ordeñar: la leche se le había cuajado demasiado en el interior de la ubre, y el pobre animal poco después enloqueció de dolor, y tuve que sacrificarlo. Un excelente vino se transformó en vinagre luego de que le añadiese sangre menstrual de mi esposa. Pero lo peor vino cuando unté un hacha con esa misma sangre, y el hierro se empezó a fundir delante de mis ojos, hasta que sólo quedó el mango... No quise ni pensar en qué estado debía haber quedado el vientre de aquella infeliz mujer, ni el feto que llevaba en su interior.

 

        Lambert calló. Un clima fúnebre, tétrico, había caído entre los presentes.

 

      -¡Increíble!-exclamó el por lo general abúlico e inconmovible Adam.

 

      -¡Esa Helga era hasta peor de lo que yo imaginaba!-dijo Andrusier.

 

      -Tú deberías haber denunciado lo que le hizo a esa pobre vecina tuya...-comenzó Per.

 

       -...¡para que la condenasen a una muy merecida muerte en la horca y no pudiera dañar a nadie más!-concluyó Wilhelm.

 

      -¿Qué sabía yo que lo mismo hace la sangre menstrual de todas las mujeres?-se justificó Lambert-. Creí que sólo la de Helga podía hacer esas cosas. Persuadido de que mi mujer era una bruja aliada a las más tenebrosas potestades infernales, temí su venganza si la denunciaba...

 

       -¡Era un miedo lógico!-opinó Snarki.

 

       -Ahora me explico por qué todas las hembras se ponen como avìspas un poco antes y un poco después de la menstruación-observó Ulvgang-. ¡Como para que no les venga un carácter insufrible!... Esa cosa adentro del cuerpo forzosamente les tiene que causar dolor.

 

       -¡Suerte que nunca le hice el amor a ninguna mujer que estuviera menstruando!-suspiró Anders, muy aliviado.

 

       -¡Imagínate! ¡Se te pudre la verga apenas la pones!-precisó Hundi; y se volvió hacia Ursula, quien contemplaba su propia bombacha ensangrentada con creciente horror-. ¡No te quedes ahí parada!-gritó-. ¡Desházte de esa cosa ya mism...!

 

      No llegó a concluir la frase: en ese momento su mirada se cruzó con la del viejo Lambert cuyos ojos se veían muy brillantes, consecuencia de esfuerzos sobrehumanos por reprimir la risa. La que en ese momento al fin estalló en forma de estruendosas carcajadas. El viejo les había tomado a todos el pelo como había querido; y la expresión aterrorizada de Hundi fue demasiado para que él pudiera seguir conteniéndose.

 

      Los presentes se miraron estupefactos, asombrados de que Lambert, habitualmente una persona seria, hubiera sido tan hábil discurriendo aquella historia para engatusarlos. La más indignada del grupo era Ursula.

 

      -Increíble. Caí como una estúpida-gruñó-. Puedes decirle al tal Plino, chiquitín-añadió, mirando sarcásticamente a Balduino-, que se meta su Historia Natural en el culo, y que hasta que no menstrúe también él, se deje de escribir acerca de qué hace y qué no hace la sangre de mi concha.

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14 marzo 2010 7 14 /03 /marzo /2010 23:27

      Evaristo y Sergio llegaron poco después. También ellos parecían cambiados. Balduino los notó menos cascarrabias que la vez anterior. Igual que Gabriel, se asombraron de tenerlo de regreso tan pronto. Balduino explicó que él nada tenía que ver con cualesquiera extrañas versiones, difundidas entre los lugarelos, identificando a los Leprosos como seres ultraterrenos, y se le creyó. Sin embargo, cuando explicó que lo traía por allí, Evaristo demostró cierta renuencia a la hora de complacerlo. Miró a Wjoland en silencio e indicó al pelirrojo, con una seña, que se apartase.

 

      -Acércate, muchacha-dijo, mientras Balduino regresaba junto a Gabriel, quien se mantenía a cierta distancia.

 

      Wjoland obedeció con una disciplina casi militar. Si le ordenaban que se acercara, ella se acercaría. De hecho, tanto se aproximó, que quedó a tan solo un paso de distancia de Evaristo, para asombro de éste, quien quedó un tanto descolocado. Prefería no tocar a la gente sana, pero cuando ésta se le ponía tan cerca consideraba su deber seguir la etiqueta habitual; por lo que tomó la mano de Wjoland para besarla como se estilaba. Olvidada de las instrucciones de Balduino, la joven alzó, muy ufana y toda ella colaboración y brutalidad en dosis iguales, el dorso de su diestra. Esta vez el puñetazo no llegó a consumarse, en parte porque Wjoland tuvo en cuenta a último momento que no era así como debía proceder, y en parte también porque Evaristo previó el golpe y echó hacia atrás la cabeza, sobresaltado. Pero no primera impresión parecía un desastre.

 

      -Ay-gimió Balduino con desesperación, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos como no queriendo ver más nada; lo que era bastante cierto.

  

      -¿Está bien de la cabeza esta chica, Balduino?-susurró confidencialmente Gabriel.

 

      -No sé. Puede que no. Me pregunté muchas cosas sobre ella, pero no eso.

 

      Evaristo, sin embargo, no pareció molesto. Al contrario, sonrió ante la expresión horrorizada y confusa de ella, y luego le hizo una serie de preguntas que Wjoland contestó sin demoras ni vacilaciones.

 

      -¿Qué opinas tú, Gabriel?-preguntó finalmente Evaristo, mirando al mentado.

 

       -Confío en Balduino-contestó decididamente Gabriel.

 

      -Pero, ¿qué pruebas tenemos de que esta joven esté diciéndonos la verdad? Balduino podría ser el primer engañado en este asunto. ¿Cómo sabemos que detrás de esta fuga no hay algo mucho más grave que un desaire a un noble inescrupuloso? Mira que si así fuera, al protegerla estaríamos comprometiendo nuestra reputación.

 

       -Pero si estuviera diciendo la verdad y no la ayudásemos, quedaríamos como cobardes; de modo que cualquier cosa que hagamos o dejemos de hacer pondrá nuestra reputación en riesgo. Mientras que si estuviera mintiéndonos, al menos no seríamos los únicos engañados, dado que Balduino le creyó antes que nosotros.

 

      Wjoland, aparentemente sin conmoverse demasiado porque se dudara de la credibilidad de su versión, decidió intervenir:

 

      -Está bien, señor-dijo a Evaristo, sonriendo cortésmente-. Entiendo vuestra desconfianza, pero como no tengo cómo demostraros que cuanto digo es cierto, mejor me voy. Ya me las arreglaré sola.

 

       -No. Olvídalo-replicó Evaristo-. Sólo quería probarte. No creo que alguien con la conciencia realmente sucia renunciara así nomás a una buena guarida como acabas de hacerlo. Tampoco estaba de más probar el sentido común de Gabriel. Puedes quedarte con nosotros, pero aquí correrás los riesgos que ya conoces; de modo que, si eres sensata, te quedarás el tiempo justo y necesario, y nada más... Por tu propio bien.

 

      -No viene desprovista-terció Balduino-. Le hemos llenado un morral de provisiones, y le traeremos otro semanalmente.

 

      Evaristo lo miró con rabia e irritación.

 

      -Nadie te pidió nada-replicó-. Te llevas de vuelta tu morral de provisiones. Vuelve a hacer algo así y tu presencia aquí ya no nos será grata.

 

      Balduino quedó cortado ante tan dura respuesta, y aguardó por parte de Sergio y sobre todo de Gabriel una defensa que no llegó. Al contrario, también ellos tenían cara de pocos amigos.  En cuanto a Wjoland, no sabía dónde meterse al ver que su probable estadía en aquella caverna suscitaba tan feas  reacciones.

 

      -Es que quisiera aliviaros la carga que...-comenzó Balduino.

 

      -Si esta joven fuera para nosotros una carga, ya mismo te estaría exigiendo que volvieras a llevártela contigo-interrumpió Evaristo, implacable-. En cambio será nuestra huésped, y sabremos tratarla debidamente nosotros mismos. Sé que tu intención no fue ofender, pero lo has hecho, y no toleraremos que vuelvas a hacerlo. Somos los Príncipes Leprosos; más vale que lo recuerdes en lo sucesivo.

 

      -Ahora mismo lo recuerdo perfectamente-repuso Balduino, un poco harto de que, sin que hubiera hecho nada manifiestamente malo, igual se lo fustigara con dureza, como si fuera autor de un delito inconfesable-; pero la supuesta huésped es una fugitiva cuya presencia aquí podría traeros problemas, y que vino sin invitación previa, sólo porque yo la traje. Desde el primer momento vine aquí como amigo, y he oído decir que de la amistad no hay que abusar. No hago más que tratar de compensaros por las molestias que yo mismo os ocasiono-se aproximó a Evaristo con aire desafiante-. Si vosotros sois los Príncipes Leprosos, yo soy Balduino de Rabenland, Caballero de la Orden del Viento Negro; y más valdrá que también vosotros lo recordéis en lo sucesivo.

 

      De inmediato se arrepintió de hablar así a hombres que eran verdaderas leyendas vivientes, pero Evaristo no se mosqueó.

 

      -Por supuesto que recuerdo quién eres, mejor de lo que tú mismo crees, y aprecio que valores nuestra amistad-respondió-. La tuya nos honra. Pero esto no es cuestión de amistad, sino de deberes. Nos incumbe tanto como a ti proteger a inocentes en la medida de nuestras posibilidades; de modo que aquí nadie está haciendo un favor a nadie. Entiéndelo-ya más suavizado, posó el muñón en que remataba su brazo derecho sobre el hombro de Balduino-. No vale la pena que nos peleemos entre nosotros, ¿eh?

 

      El gesto conmovió y halagó al pelirrojo más que si viniera del propio Rey de Nerdelkrag.

 

      -Siempre será para mí un honor y un privilegio la amistad de quien tiene tan elevado concepto del deber, señor-respondió.

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14 marzo 2010 7 14 /03 /marzo /2010 23:20

      El camino que llevaba hacia la desembocadura del Viduvosalv era sinuoso, bordeando colinas muy suaves al principio, pero cada vez más pronunciadas y bravías a medida que se iba más hacia el Este. Tales colinas, pedregosas y tachonadas de matas de pasto y arbustos duros y retorcidos, más alguno que otro raquítico arbolillo, no ofrecían mayores atractivos para el ser humano, salvo quizás para algún pastor de cabras. Su declive era relativamente leve en todas direcciones excepto, en el caso de las más septentrionales, que caían en picada sobre el mar, desgastadas por el transcurso de miles de siglos de furiosos embates de iracundos vientos e impetuosas olas, formando un murallón infranqueable incluso para los poderosos Wurms.

 

      Cerca de la desembocadura del Viduvosalv, las colinas se convertían en cerros bajos y erosionados, algunos de ellos cubiertos por frondosos bosques. De tanto en tanto se veía alguna cabaña o choza.

 

      En su anterior visita, Balduino se había alarmado un poco, ya que buscar allí a cuatro solitarias personas no parecía tarea fácil; pero de inmediato había optado por ser lógico. Puesto que esas cuatro personas, tres de ellas enfermas, estaban allí con un propósito determinado y por una cantidad de tiempo imposible de preestablecer, su escondrijo debía ser relativamente fácil de localizar. Tenía que tratarse de un sitio junto al río y que reuniese varias condiciones fundamentales. Debía ser estratégico lo mismo por su proximidad a los bosques,  los que proporcionarían caza abundante, que por su estructura, la cual tendría que permitir un accionar veloz en caso de que los Wurms intentasen remontar el río. También tenía que estar lo bastante aislado para no contagiar a nadie la enfermedad, pero no tanto para que tal aislamiento impidiese alertar a los pobladores en caso de invasión. Tendría que hallarse en -o cerca de- un sitio elevado que funcionara a modo de atalaya natural, desde el cual se pudiese divisar con anticipación la llegada del enemigo por vía marítima, y preferentemente cercano también a un pastizal adonde pudieran pastar los caballos. Todo esto redujo mucho las posibilidades, y la guarida resultó ubicarse en el punto en el que Balduino pensó primero, unas grutas socavadas casi en la cúspide de un cerro. La pared oriental de éste, junto con la occidental del cerro que estaba al otro lado, formaban una especie de cañón estrecho, ideal para combatir a los Wurms con tácticas similares a la utilizada por Hipólito Aléxida en el Lilledahl. La entrada a esas cavernas, a la que se llegaba por un angosto desfiladero cuya angostura permitía sólo el paso de un caballo a la vez, quedaba hacia el Este, muy a resguardo de los vientos boreales.

 

       -Qué raro que la comarca no esté más densamente poblada-observó Wjoland-. No parece feo lugar.

 

      -Es que muchos lo creen embrujado-explicó Balduino-. Según cierta leyenda, por estas tierras merodea el fantasma de la Viuda que da el nombre al río: una loca que tuvo varios maridos y amantes a los que fue asesinando uno tras otro y por los que guardaba luego riguroso luto antes de elegir a su siguiente víctima, hasta que ella misma murió y su alma fue condenada a penar errabunda hasta el fin de los tiempos, llorando y con las manos empapadas en sangre-rió, pensando que semejante esposa era todavía peor que la famosa Helga, la difunta mujer de Lambert-. Dicen que se aparece sobre todo en noches de invierno.

  

      -Gracias por lo que me habéis contado-murmuró Wjoland, riendo nerviosamente-. No suelen asustarme los espectros, les temo más a los vivos; pero éste en particular no parece muy agradable.

 

      -Los Príncipes Leprosos creen que esa historia es una patraña... Aunque supongo que, no teniendo más remedio que permanecer aquí, tratarían de todos modos de persuadirse de que no hay motivos para temer, aun creyendo lo contrario. Pero tienen razón: esas cuevas que les están sirviendo de refugio no parecen del todo naturales, y el desfiladero que lleva a ellas tampoco, puesto que no conduce a ningún lugar práctico, sino sólo a esas cavernas, y sin embargo está demasiado allanado. En otras palabras, antes que a los Leprosos, esas grutas posiblemente sirvieron de guarida a malhechores que difundieron la leyenda de la Viuda, inventada quizás por ellos mismos para mantener el lugar a salvo de curiosos. El aspecto de los Príncipes Leprosos, más el hecho de que nadie los viera llegar aquí (sucedió en plena noche) hizo que hasta hace poco a ellos mismos se los tomara por apariciones.

 

       Guiado por Balduino, Svartwulk  marchó hacia el desfiladero que conducía a las grutas; en la cima del cerro los observaba una figura hierática que montaba guardia, paseándose cada tanto de un sitio a otro.

 

      -¡Apolonio!-saludó Balduino, alzando la mano a modo de saludo, el cual le fue inmediatamente retribuido por el hierático centinela.

 

      -¿Cómo lo habéis reconocido desde aquí?-preguntó Wjoland, perpleja.

 

       -La postura y la forma de caminar-respondió Balduino, haciendo avanzar a Svartwulk por el desfiladero-. Apolonio mantiene muy alta la vista, como todos sus compañeros, pero mueve mucho los brazos al andar. Es útil prestar atención a esos detalles en este trabajo, así desde la distancia puedes reconocer al que se te acerca si lo has visto antes, y saber si es amigo o enemigo.

 

      -Es raro... Parece que hubiera, más adelante, una especie de cuerda tendida de lado a lado sobre el río-comentó Wjoland, luego de mirar atentamente en cierta dirección.

 

      -La hay. La tendieron ellos mismos para poder cruzar más fácilmente de un lado a otro.

 

      -¡Ah, pero entonces no están tan enfermos todavía!...

 

      Balduino rio.

 

      -Ingenua mujer, claro que lo están, pero eso no los detiene-respondió.

 

      Wjoland quedó atónita unos segundos, como tratando de resolver un problema muy complejo; luego aclaró:

 

      -Me refiero a que todavía les quedan dedos en las manos...

 

       -Evaristo tiene sólo muñones.

 

      -Puede ser, pero seguramente él quedará de este lado o tomará un camino más largo. No usa la cuerda para cruzar.

 

       -La usa. Lo he visto con mis propios ojos.

 

      Wjoland volvió a quedar silenciosa unos segundos, enmudecida por el panorama que le describía Balduino.

 

      -¡Pero eso es imposible para alguien sin dedos!-dijo luego, casi a gritos.

 

      -Ya lo sé, Wjoland. No me preguntes cómo hace, pero cruza usando la cuerda, es todo cuanto puedo decir.

 

      Las voces de Balduino y Wjoland resonaban en el estrecho cañón. Atraída por ellas, una figura apareció ante la entrada de las cavernas. Era Gabriel.

 

      -¡Eh!-exclamó, sorprendido y sonriente, agitando una mano en gesto cordial y entusiasta-. ¡No esperábamos verte por aquí tan pronto de nuevo!

 

      -Qué manera tan sutil de decirme que soy un pesado...-bromeó Balduino, sonriendo a su vez.

 

      Tuvo que aguardar a hallarse frente a la boca de la cueva principal para poder desmontar, porque no había espacio suficiente para hacerlo en otro punto del desfiladero, verdaderamente muy estrecho, en especial para un corcel de guerra de tan poderosa estampa como Svartwulk. Este resoplaba como indignado de que se lo obligara a salvar un trayecto más digno de una mula que de él.

 

       -Así que has vuelto-dijo Gabriel, tras intercambiar un abrazo afectuoso con Balduino-. Y veo que traes compañía. ¿Esta es Gudrun?

 

       -No, Gabriel, no vengo de paseo, sino a pediros un favor-contestó Balduino. Se volvió hacia Wjoland con intenciones de ayudarla a desmontar, pero ella ya lo había hecho sola, poniendo de inmediato prudente distancia entre Svartwulk y ella. Ahora miraba a Gabriel con mucha solemnidad y cierta emoción-. Permíteme que te presente a Wjoland...

 

      -Sigisnandsdutter-precisó ella, acercándose algo nerviosa-. Wjoland Sigisnandsdutter.

 

      No era habitual que nadie, y menos aún tan bella mujer, se acercara tanto a uno de los Príncipes Leprosos. No obstante, Gabriel de Caudix había sido instruido cuidadosamente para casos como aquel, y pretendía hacer gala de las más exquisitas de cortesía que se hallaban en boga; de modo que tomó la mano de Wjoland con intenciones de besarla... Y a cambio de tal intento de caballerosidad fue premiado, como Anders la noche anterior, con un puñetazo en la nariz, que la joven le propinó inintencionalmente con el dorso de su diestra.

 

      -Wjoland, por Dios, ¿qué haces?-exclamó Balduino.

 

      -Estoy tan avergonzada-dijo ella, en un hilo de voz, mirando con horror y embarazo a Gabriel, que se aferraba la nariz dolorida.

 

      -¡Dijiste haber recibido educación cortesana! ¿Acaso no te instruyeron sobre cómo debe proceder una dama ante un hombre que se dispone a besar su mano?

 

      -¡Claro! Pero siempre me impacientó tanto protocolo. Además, no tenía demasiada ocasión de ejercitarlo, y los pocos nobles a los que traté, en vista de que a mí no me gustaba, optaron por obviar esa... cortesía.

 

      -¡En vista de que a ti no te gustaba!-exclamó sarcásticamente Balduino-. Lo que en realidad querían era evitar que los tumbaras a golpes, mujer, ¡qué desastre!... Ahora entiendo que hayas llegado soltera a los veintisiete años, pese a ser tan bonita.

 

      -¡Yo no soy bonita!-exclamó Wjoland.

 

      -No digamos estupideces, que si no lo fueras no tendrías que huir del Conde Arn. Aunque no sé de qué huyes: lo que tendrías que hacer es permitirle tres o cuatro veces besar tu mano. En salvaguarda de su integridad física, renunciaría luego de, como mucho, el cuarto puñetazo. No importa, te enseñaré cómo se hace. Dame tu mano-dijo Balduino, y ella obedeció. En el momento en que él la tomó y comenzaba a levantarla, Wjoland, automáticamente, la alzó con gran energía-. ¡Así no!-exclamó él, esquivando a tiempo el temido y previsible puñetazo-. Déjala reposar en mi mano, fláccida... Así, eso es... Muy bien-aprobó, cuando ella siguió magistralmente sus instrucciones. Y Balduino, soñando por un momento que era la mano de Gudrun aquella que descansaba sobre la suya, la besó con la mayor ternura y delicadeza del mundo.

 

      La voz quejosa de Wjoland lo arrancó brutalmente de sus ensoñaciones:

 

      -¿Y yo no hago nada? ¡Me siento pasiva y estúpida! ¡Es absurdo este ceremonial!

 

       -El gesto en sí nada tiene de malo-rebatió Balduino-. Lo absurdo sería concederle más significado del que realmente tiene, básicamente una cortesía. Lo demás varía según la persona de quien venga. Estará quien obre por formalidad, quien lo haga para seducir y el que conceda al gesto un significado más noble y profundo: el varón inclinándose sumisamente ante la mujer, la fuerza poniéndose al servicio de la ternura, lo rudo tributando reverencia a lo delicado... Qué sé yo en qué pensarán los afectos a tal ademán, pues yo no lo soy en demasía. Pero los hay, y en honor a su gentileza, intenta por favor no romperles las narices. Tiempo para hacerlo más adelante a quien por lo demás demuestre luego ser un cretino, sin duda no te faltará.

 

      -Bueno, cálmate-rió Wjoland, tuteándolo por primera vez-. Trataré de recordar tus instrucciones, pero será difícil deshacer el hábito de toda una vida-se volvió hacia Gabriel-. Lo siento mucho.

 

      Gabriel asintió en silencio.

 

      -Vine a solicitar vuestra ayuda. Tarian sigue encerrado en Kvissensborg, pero ahora resulta que es Wjoland a quien hay que ocultar-explicó Balduino; y tras explayarse en los detalles del caso, concluyó:-. Caso de que accedierais, trataría de conseguiros a la brevedad algo con qué disfrazarla. La haríamos pasar por uno de vosotros.

 

      -Evaristo es quien tiene, como en todo, la última palabra, pero no se encuentra aquí en este momento. Tendréis que esperar a que regrese. Por cierto, yo soy Gabriel de Caudix-dijo el joven Leproso, volviéndose hacia Wjoland, a quien guiñó un ojo y preguntó:-. ¿Es seguro besar esa diestra?

 

      -Ahora sí-contestó Wjoland, y volvió a colocar su mano sobre la de Gabriel para que éste repitiera la cortesía, con más éxito esta vez.

 

      Luego Gabriel, en tono preocupado, se dirigió nuevamente a Balduino:

 

      -Dime: ¿qué les has contado sobre nosotros a la gente del lugar?

 

      -No entiendo la pregunta. ¿Qué iba a contarles, sino la verdad? ¿Y a qué viene eso?

  

      -A que algunos de ellos vinieron hasta aquí trayendo ofrendas, creyendo aparentemente que somos fantasmas buenos que venimos a protegerlos del espectro de la Viuda...

 

      Balduino se quedó una pieza.

 

       -Gabriel, no sé qué decirte-contestó-; pero puedo jurarte por mi honor que creí ser perfectamente claro cuando dije que veníais a protegerlos de los Wurms. Sin embargo, ellos ya os tomaban por fantasmas desde antes, y se ve que ni toda mi palabrería logró desterrar esa idea de sus cabezas. Y en cuanto a la Viuda, ni la mencioné. Pero si no me entendieron la primera vez, dudo que lo hicieran ahora, si tratara de hacerme entender mejor; de modo que sugiero dejar las cosas como están, no sea que por tratar de aclarar todo, logre sólo enturbiarlo más sin proponérmelo y termineís convertidos, en sus mentes, en monstruos malvados, o algo así. Al menos ahora os identifican como protectores. Tal vez vosotros mismos podáis explicarles todo mejor que yo.

 

      -Puede ser, pero de todos modos, repítele a Evaristo cuanto me has dicho. Está que trina; cree que les has metido ideas raras a la gente, tal vez con buenas intenciones, pero aun así faltando a la verdad... En fin, mientras tanto, ven; te mostraré en qué estoy ocupado. Intento reacomodar las cosas aquí.

 

       Gabriel parecía más animado que días atrás, lo que complacía y tranquilizaba a Balduino, pues si las cosas se pusieran feas, si la enfermedad continuara su implacable avance sobre Evaristo, Apolonio y Sergio, Gabriel tendría que ser el sostén moral y anímico de sus compañeros. No obstante, llamó la atención a Balduino que el joven Leproso pareciera dos o tres veces a punto de decir algo importante, y morderse la lengua otras tantas para callar.

 

       -¿Ocurre algo malo?preguntó finalmente el pelirrojo.

 

      -No, descuida-lo tranquilizó Gabriel-. Algo ocurre, pero nada malo... O al menos creo que no lo es. Pero no me corresponde a mí decírtelo o decidir el momento en que tienes derecho a saberlo. A su debido tiempo te enterarás.

 

      Tanto secretismo habría exasperado a muchas personas; pero no a Balduino. Tanto él como Gabriel se hallaban despersonalizados en gran medida, porque representaban a instituciones antes que a sí mismos. Cuanto ellos dijeran, callaran, hicieran u omitieran grevitaría o podría gravitar sobre dichas instituciones, la Orden del Viento Negro en el caso de Balduino y la Cofradía de los Príncipes Leprosos en el de Gabriel. Y Balduino comprendía y respetaba que éste tuviera que callar muchas cosas por imposición de sus superiores, porque él también se había visto forzado al silencio acerca de muchas cosas.

 

      -No hay apuro-contestó.

 

      Gabriel le agradeció con un esbozo de sonrisa, tan enigmática como el resto de su persona. Balduino le miró las palmas de las manos, en las que sólo los dedos pulgar e índice afloraban libres de vendaje, y luego alzó la vista hacia el rostro. A menudo se preguntaba qué facciones ocultaban las vendas de aquel muchacho que fingía ante el mundo una lepra que no tenía, y que pudiendo llevar una vida perfectamente normal había elegido en cambio una senda de sacrificio y exclusión social incomprensible para la mayoría de la gente. Por supuesto, siempre sería un Príncipe Leproso, alguien honrado y alabado por un temple que jamás hallaría rival en todo el Reino; pero se lo honraría y alabaría desde prudente distancia.

 

      Era rarísimo pero, desde su anterior visita a estas solitarias cuevas, Balduino creía notar que se había operado un cambio en los ojos de Gabriel, en los que antes se advertía una sutil expresión desvalida. Ahora en cambio resplandecían como el azabache, inescrutables y herméticos pero, en cierta manera, sólidos, hermosos... Ojos que despertaban un anhelo de amistad en quien los veía pero que a la vez hacían saber que no aceptarían la de cualquiera.  

 

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12 marzo 2010 5 12 /03 /marzo /2010 19:19

       Por supuesto, fue Balduino quien acabó llevando a Wjoland a lomos de Svartwulk. Hubo que obligarla casi, porque ella insistía en ir caminando y mientras se le proveía de cierto equipaje, Anders intentó ponérsele romántico. En esta ocasión, no obstante, todos sus encantos de fogueado seductor y sus teorías acerca de que una negativa, en una mujer, era una afirmación, resultaron un fracaso. Wjoland no dejó de sonreírle en ningún momento; pero tras oir pacientemente una andanada de requiebros edulcorados hasta la exageración, rehusó cortés pero decididamente a seguir soportando tal cortejo.

      -Ya no tengo quince años para dejarme embobar por lisonjas como ésas y, de hecho, estoy segura de que os llevo unos cuantos años-dijo, sin dejar de sonreír, pero haciendo ademanes más que elocuentes-. Frases como ésas las tengo demasiado oídas. Probad con otra mujer. Yo no, pero estoy segura de que muchas desmayarían con sólo oir la mitad de toda esa galantería que malgastáis en mi persona.

  

      Anders quedó furioso ante tal rechazo.

 

      -Es una antipática-dijo a Balduino, comentando el hecho-. No entiendo a las mujeres.

 

      -Debe ser de sangre noble. Tal vez eso la envanezca un poco, aunque en otras cosas demuestre sencillez-respondió el pelirrojo-. Lo que más sigue llamando mi atención es que sepa quiénes son los Príncipes Leprosos. Puesto que lo sabe, tiene cierta cultura, lo que no es frecuente en villanos. Por lo demás, extraño es que digas no entender a las mujeres. Hasta anoche parecías todo un experto en ellas.

 

      -Y cuanto más las conozco, menos las entiendo-gruñó Anders.

 

      Balduino se encogió de hombros y no respondió, y poco más tarde montó sobre Svartwulk  y tendió una mano a Wjoland para ayudarla a subirse a la grupa, gesto que tuvo que repetir con cierta impaciencia antes de que ella accediera a montar.

 

       -No te preocupes-dijo Balduino, ya en marcha, creyendo que, luego de la malograda cabalgata de Ursula, Wjoland temía al poderoso y negro corcel-. Svartwulk es muy dócil siempre que yo maneje las riendas. No te hará daño.

 

        -No se trata de eso-replicó ella-. Es cierto que este caballo es demasiado temperamental para mi gusto; pero por lo general desconfío menos de los caballos que de sus jinetes. Se trata sólo de que no me gusta ir en la grupa, detrás de un hombre.

 

      -¿No? ¿Por qué?-preguntó Balduino-. Suponía que a las mujeres debía pareceros un gesto muy amable, muy cortés, que os llevemos a caballo en vez de dejaros a pie...

 

      -Oh, por Dios-gruñó Wjoland-. Rara vez los hombres sois corteses de corazón con las mujeres; casi todos vuestros gestos están calculados para seducir. Cuando invitáis a una mujer a subir a la grupa de vuestro caballo, por lo general pretendéis daros aires de gallardos príncipes ante ella. Si no, mirad al otro Caballero, vuestro amigo el de los ojazos verdes...

 

      -Pero Anders no es Caballero aún-corrigió Balduino-. Por ahora es  sólo mi escudero. Buen muchacho, gran amigo, pero escudero.

 

      -Pues ahí tenéis-contestó Wjoland, sonriendo triunfalmente-. A mí me dijo que era un Caballero, si bien desconfié de que fuese verdad.

 

      -Bueno... Es muy simpático. Perdónalo. No tiene más que diecisiete años.

  

      -Puede ser, pero entonces yo le llevo diez años. Y como sea, a mi edad no me trago esas argucias.

 

      -¿Veintisiete años?-preguntó Balduino, escéptico-. ¿Tienes veintisiete años? ¿En serio? Te daba como mucho veintitrés, veinticuatro... No más. En fin... De todos modos, Wjoland, te aseguro que yo, al menos, no quería darme aires de nada. Realmente es un trecho considerable hasta la desembocadura del Viduvosalv; demasiado para cubrirlo a pie.

 

      -Sé que es un buen trecho y creo que sois sincero-contestó Wjoland-; pero es que vos prescindisteis de todas esas frases empalagosas hasta la ridiculez que tanto derrocha vuestro amigo.

 

      Siguió a esto un silencio bastante prolongado. Había quedado atrás un buen trecho, cuando preguntó Balduino:

 

      -¿Vivías en un castillo o en un palacio?

 

      -Digamos que en un castillo-contestó Wjoland, riendo-, aunque yo nunca lo consideré como tal. No vale la pena hacer mucha ostentación cuando el castillo tiene tantas goteras que llueve más adentro que afuera de él, cuando las tierras familiares están hipotecadas y cuando una misma tiene que ordeñar las vacas y alimentar a los cerdos.

 

      -Debe ser una situación muy curiosa...

  

      -Más de lo que podáis imaginar, porque yo me crié con ella y recibí educación más bien cortesana, pero al mismo tiempo ayudaba a apilar el heno y esquilar ovejas, y trataba lo mismo con nobles que con villanos, sin sentirme del todo a gusto con unos ni con otros. Con los nobles quizás sea peor. Las mujeres me aburren con sus bordados, sus normas pacatas y sus chismes, y los varones me aburren más todavía cuando pasan a dar cuenta de sus riquezas, sus cacerías y sus hazañas de torneo. Y como sé que yo los aburriría aún más a ellos con mis historias de heno apilado y ordeña de vacas, no me queda más remedio que mirarlos como muy interesada y decir: Ajá; Sí, claroDesde luegoMe lo imagino y cosas por el estilo, de modo que sin tener que escucharlos parezca que los estoy oyendo atentamente, mientras mi mente se va de paseo a otra parte. Eso, cuando les tengo paciencia. A veces, toda esa frivolidad me aburre tanto, que termino haciéndoselos saber, de un modo u otro. Cuando tienes cosas realmente importantes en qué pensar y te salen con sus linajes y sus heroísmos de torneo, dan ganas de matarlos. Y entre los campesinos tampoco me siento del todo cómoda, porque no puedo evitar comportarme según fui educada; por lo que muchos piensan que tengo ínfulas de gran señora, por mucho que intente tratarlos con sencillez; lo que creo hacer bien. Igual, es más fácil demostrar a éstos lo equivocados que están, que librarse de un noble ocioso y pesado al que no se logra hacer callar.

 

       -Qué raro que a tu edad  no hayas entrado en un  convento.

 

        -No,  el claustro no me atrae. Soy creyente, pero pasar el resto de mi vida entre cuatro paredes y no ir jamás más allá de ellas no es lo que quiero para mi vida.

 

      -Es cosa tuya, pero sigue siendo raro. Suele ser la opción habitual de las que quedan solteras.

 

       -Ah, pero es que soy casada, aunque el mío no haya sido exactamente un matrimonio feliz y, de hecho, haya abandonado a mi marido.

 

       Balduino puso cara de asombro. Wjoland parecía tan independiente que lo último que habría imaginado era que fuese casada.

 

       -Y tu marido, ¿qué es: noble, o villano?-preguntó.

 

      -Villano, pero su extracción social nada tuvo que ver en el fracaso de nuestro matrimonio. Antes probé suerte con un noble que resultó ser un individuo  peligroso aunque cobarde, que me mantuvo secuestrada varios meses y del que escapé por milagro-dijo Wjoland.

 

      -¿Arn?

 

      -Oh, no-replicó Wjoland, sonriendo-. Escapo de Arn sólo porque prefiero no meterme en líos, pero ahora ya no me importaría ni clavarle un puñal, en caso extremo, para mantener la distancia entre él y yo.  Tengo más experiencia que a los quince, que fue cuando ocurrió mi desventurada relación con Oswald, el noble del que os hablo. Y comparado con él, Arn es sólo un pobre infeliz. Oswald sí era malo de verdad...

 

       El pasado de Wjoland parecía tan raro, que Balduino siguió desconfiando, aunque no hizo comentarios en voz alta al respecto.

 

       -Supongo que mi problema con los hombres, además de mi mala suerte con los que encuentro en mi camino, es que soy demasiado rara y quiero a alguien tan especial, que difícilmente exista-prosiguió Wjoland-. Siempre gocé de gran libertad, restringida sólo por las obligaciones cotidianas, y no quiero nada que pueda limitarla o hacer que la pierda.

 

      -¿Y a dónde irás y qué harás una vez que estés fuera de Thorhavok y lejos de Arn?-preguntó Balduino.

  

      -Iré adonde me lleve Dios y haré lo que pueda-respondió Wjoland con una sonrisa.

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12 marzo 2010 5 12 /03 /marzo /2010 19:04

XCI

       Al día siguiente Balduino y Anders despertaron entre gruñidos, aunque ambos por razones muy disímiles. Balduino, porque Adam estaba aturdido por los efectos del Fuego de Lobo aspirado el día anterior; Anders, porque no podría poner en práctica su estrategia de seducción. De un día para el otro, Slav apareció cojeando de una de sus patas delanteras. Nada grave, pero convenía que por unos días no se lo cabalgara.

 

      -Evidentemente, cuando Wjoland se refugió ayer en la caballeriza y Svartwulk advirtió su presencia y se puso hecho una furia, alcanzó con uno de sus cascos la pata de Slav... Sin mayores consecuencias, afortunadamente-dedujo Balduino.

 

      -No importa, puedo caminar-dijo rápidamente Wjoland.

 

      -Es un trecho muy largo-contestó Balduino-. Yo te llevaré sobre Svartwulk.

 

      -Deja que yo la lleve-intervino Ursula-. Siempre quise montar tu caballo.

 

      -Mejor sigue quedándote con las ganas-respondió Balduino-. Svartwulk sólo me concede a mí el honor de gobernarlo.

 

      -Yo sabré forzarlo a concederme ese honor-dijo Ursula, con mucha confianza en sí misma.

 

      -No seas terca. Sé lo que te digo-gruñó Balduino.

 

      Ursula obedecía a Balduino sólo porque en Vindsborg mandaba él y porque por lo demás ella se sentía cómoda allí y no tenía la menor intención de regresar a su país, al menos por ahora. Pero que alguien que junto a ella resultara poco más que un enano (es decir, casi cualquier hombre) fuera el líder, le resultaba chistoso.

 

      -Huelo a miedo-dijo-. Miedo a que una mujer pueda igualar o superar en algo a quien yo sé. 

  

      Estas palabras eran un comentario confidencial hecho a Wjoland, pero Balduino las oyó y lo fastidiaron mucho.

 

      -Muy bien. Inténtalo y mátate-refunfuñó.

 

      Pero a fin de que Ursula se lastimara lo menos posible cuando Svartwulk la arrojara de la silla (caso de que la giganta llegara a acomodarse en ella), llevó al corcel a unas dunas para que la giganta intentase su proeza allí. El portento en ciernes causó revuelo general en Vindsborg, adonde la musculosa princesa ya había demostrado demasiado extraordinarias dotes de cazadora, ciertamente humillantes para los jactanciosos de siempre. Además, Honney había intentado también montar a Svartwulk y fracasado rotundamente en ello; de modo que no le hacía la menor gracia, a él menos que a nadie, que Ursula lo superase también en habilidades ecuestres.

 

       Por consiguiente, hubo gran expectación cuando la giganta se encaramó sobre la silla de Svartwulk. Este, al principio, no reaccionó más que demostrando cierto nerviosismo, pero sólo porque Balduino estaba junto a él, acariciándolo. Bastó que el pelirrojo se alejara lo suficiente para que el formidable corcel reaccionara como poseído por todos los demonios del Infierno. Ursula, a juzgar por sus expresiones, no había esperado nada semejante, pero se mantuvo un tiempo airosa sobre la montura, hasta que finalmente fue arrojada de la misma como propulsada por una catapulta, ante el júbilo de Honney, Andrusier y los gemelos Björnson entre otros, todos los cuales habían esperado precisamente ése y no otro final.

 

      Como Balduino ya estaba de mal humor por lo de Adam, se hallaba próximo a salirse de sus casillas también por cualquier otra cosa. Tras correr en auxilio de Ursula y asegurarse de que ésta se hallase bien, reaccionó casi como si él mismo deseara demolerla, insultándola y amonestándola. Al principio Ursula, avergonzada, se encogió como para desaparecer, lo que no es decir poco. Pero luego, tanto ella como la mayoría de los presentes tuvieron que esforzarse por contener la risa; porque la furia y los insultos de Balduino iban in crescendo y, demostrando que tantos meses de convivencia entre los Kveisunger no habían sido en vano, recurría, para describir la anatomía íntima y la ascendencia de Ursula, a los más pintorescos epítetos de la jerga pirata, de cuyo magistral dominio nadie tenía la más remota idea hasta entonces.

 

      Pero Karl estaba compungidísimo. Ningún hombre, y menos un Caballero, debía hablar así a una mujer, y especialmente a una princesa; de modo que se adelantó hacia Balduino y le reprochó:

 

      -Señor Cabellos de Fuego... Ese lenguaje...

 

      -¡Cállate!-vociferó Balduino, rojo de ira-. ¡Qué lenguaje ni qué mierda!...

 

       Esa última reacción fue demasiada para todos los presentes, que estallaron en carcajadas. Balduino los miró indignado y medio ofendido de que no se tomara en serio su cólera. Reía Ursula; reían Thorvald y Anders; reían los Kveisunger, Lambert y Adler. Sólo no reían Snarki, de guardia en el torreón, y Adam, cuyo estado le impedía incluso captar con claridad lo que estaba sucediendo. Por lo demás, hasta Karl sonreía, pese a sus estrictas ideas acerca del respeto y el protocolo.

 

      Por último, el propio Balduino se echó a reír. Y acalladas las risas, Ursula se le acercó.

 

      -Muy bien, chiquitín, supongo que me lo merecía...-admitió-. Pero ya no sigas voceando los escándalos sexuales de la muy noble Casa de Kaldern... Y si esta conchuda, puesto que así me has llamado, necesita  que le encajen el arpón bien hasta el fondo para que se calme, deja que ella, o sea yo, lo decida...

 

      Y por primera vez miraba a Balduino con algo parecido a la simpatía.

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11 marzo 2010 4 11 /03 /marzo /2010 16:52

XC

      Aquella noche, la imprevista llegada de Wjoland dejó a casi todos desvelados por un buen rato en Vindsborg. Balduino no podía dormir porque demasiados y muy diversos pensamientos ocupaban su mente. Los demás en su mayoría estaban masturbándose, y no lo molestaban en lo más mínimo. La excepción fue Anders, quien se puso bastante pesado, y para colmo se acostó cerca de Balduino a fin de poder hablarle a éste en cuchicheos.

 

      -Eres increíble-le reprochó-. Mira que enviar a una chica tan linda como ésa junto a los Príncipes Leprosos, cuando podríamos tenerla aquí, con nosotros.

 

      -Anders, piensa un poco-susurró Balduino-. Oye qué está sucediendo en este momento a nuestro alrededor, y deduce qué podría ocurrir si Wjoland se quedara aquí, entre todos estos energúmenos. Además, tenemos que ser prudentes. Sería una catástrofe que los hombres de Einar o los de Arn descubrieran que estamos ayudando a la fugitiva que ellos buscan.

 

      -Yo no temería morir por ella...

 

      -El valor no es tal si la acción pone en peligro a terceros. Tres hombres de Ulvgang continúan de rehenes en las mazmorras de Kvissensborg. Supongamos que el destino de dos de ellos fuera lo de menos por aquello de El que las hace, las paga; pero el tercero, Tarian, es inocente. Imagina qué valientes seríamos si por dárnoslas de héroes frente a Wjoland, él pagara las consecuencias. Además, Anders, el relato de ella es hasta cierto punto poco convincente.

 

      -¿Poco convincente? ¿Por qué?, si nos consta que, efectivamente, Arn puso a unos cuantos de sus hombres tras la pista de una mujer...

 

      -Según Wjoland, Arn actúa como amante despechado. ¿Por qué lo rechazó? La mayoría de los poderosos compra el favor de sus queridas con favores, regalos y riquezas, y en estas circunstancias no es habitual que las mujeres los rechacen.

 

      -Tal vez no quiso entregarse a la lascivia de un viejo...

 

      -Hasta donde sé, Arn no es tan viejo; al menos hace diez años, el Condado de Thorhavok estaba todavía en manos de su padre, porque a éste, entre otros, debieron comprar Ulvgang y los suyos para salvar sus vidas. Como sea, otras cosas son llamativas en ella: su insistencia en afirmar que no vio nuestra empalizada, la cual es harto visible incluso de noche; su error al tratar de explicar en qué dirección queda Lummensborg; su conocimiento acerca de los Príncipes Leprosos, que demuestra que posee cierta cultura. Francamente, en cierto momento hasta me pregunté si no estaría en combinación con Arn para tendernos una trampa.

 

       -¡En combinación con Arn!... ¡Ese ángel!...

 

       -¿Y qué con que sea un ángel? Satanás también lo era al principio, ¿no?-observó secamente Balduino-. Para Arn, incriminarnos en el encubrimiento de una supuesta forajida sería buena forma de quitarnos de su camino. Pero por un lado, tengo mis razones para creer que ya no debe estar tan seguro de que le convenga eliminarnos o estorbarnos. Por otro lado, si Wjoland accede a pasar largos meses junto a los Príncipes Leprosos es que realmente está desesperada y hasta contraer lepra prefiere antes que caer en manos de Arn. Si no intenta fugarse esta noche o mañana antes de llegar a la desembocadura del Viduvosalv, es que dice la verdad, por más que esa verdad siga pareciendo rara como una vaca de ocho patas. Por lo demás, Anders, una mujer puede ser peligrosa a su manera; ahí tienes, si no, la historia de Sansón y Dalila para confirmarlo. Temo que, quizás, estés un tanto envanecido y excedido en tu confianza en ti mismo; que creas que tu apostura siempre tendrá a todas las mujeres rendidas a tus pies y absolutamente sumisas, cuando entre ellas siempre puede haber una consumada zorra que finja estarlo para entregarte a tu enemigo cuando menos lo imagines. No lo olvides, Anders. Por algo en los años de clandestinidad de nuestra Orden se nos exigía tan rígida abstinencia sexual, con todas las salvedades que ya conocemos. Wjoland al menos no trató de usar sus encantos para subyugarnos, y a ti ni te prestó atención; pero, por lo mismo, tus propios galanteos no habrían servido para sonsacarle información y enterarnos así de si está o no está aliada con Arn.

 

      Pero el fracaso de Anders esta noche es un caso aislado. El es un seductor nato, pensó Balduino, recordando haber visto en Kvissensborg a una jovenzuela adolescente, sin duda una hija, sobrina o ¿por qué no?, concubina de Einar, bastante bonita pero de apariencia frívola y estúpida. Sin duda debía ser sensible a las palabras de amor susurradas por hombres jóvenes y apuestos. Mi cara será digna de una historia de horror, pero la de Anders no lo es. El podría seducir a esta muchacha y ganarla para nuestro bando... Y agotado cualquier otro recurso para liberar a Tarian, podríamos valernos de la complicidad de ella. Si accediera a mezclar en la bebida de los guardias alguna potente poción adormecedora, sacar a Tarian de las mazmorras sería sencillo; pero ¿y luego?

 

       Molestaba a Balduino la idea de engatusar sentimentalmente a alguien para lograr sus fines. Tal vez porque en su infancia había sufrido de desamor y por saber ahora que el afecto era su propio talón de Aquiles, le repugnaba imaginar a la joven en cuestión ilusionada primero por los galanteos de Anders y luego llorosa al tomar conciencia de que simplemente se la había usado. Pero en última instancia, era preferible eso y no que Tarian terminase muriendo. Pero de todos modos, ¿cómo conectar a Anders con esta muchacha?, se preguntó. Tal vez si Anders se disfrazara de juglar lograría que Einar le abriese las puertas, pero Balduino dudaba del talento musical de su escudero.

 

      -Eh, hombre, ¡te estoy hablando!

 

      -¿Eh?... Lo siento, disculpa-murmuró Balduino-. ¿Qué decías, Anders?

 

      -Decía que, incluso admitiendo que tal vez yo esté un tanto envanecido, no puedes negar que le atraigo a Wjoland-respondió Anders, siempre en susurros.

 

      -¿No?-preguntó Balduino, asombrado-. ¿Por qué? No me pareció interesada en ti. Incluso me he preguntado si ese puñetazo que te dio en la nariz no habría sido adrede, si bien luego te pidió disculpas.

 

      -¡Claro que lo hizo a propósito! ¡Ahí está la cosa! Ya va siendo hora  de que entiendas cómo razonan, hablan y se comportan las mujeres. La que más te rehúye, creéme, es la más interesada en ti. Cuanto más diga no más estará diciendo mientras la cortejas.

 

      Balduino quedó boquiabierto unos segundos, y luego dedujo:

 

      -Con esa lógica supongo, entonces, que la que se rinde a tus pies en realidad te odia, y cuando dice  en realidad quiere decir no, y está preparada para traicionarte.

 

      -No, hombre, no. No has entendido nada-gimió Anders-. La mujer que se niega a ser cortejada, en realidad moriría por serlo, pero es orgullosa o vergonzosa. La que sí acepta que la seduzcas, o no tiene estos reparos, o está tan locamente enamorada de ti que no le importa nada más.

 

      Balduino quedó de nuevo boquiabierto.

 

      -Entonces-preguntó en cuanto se sobrepuso-, ¿debo suponer que un no en boca de una mujer es un  y que un  también es un ?

 

      -Exacto.

 

      A Balduino le costó un poco digerir el concepto que Anders trataba de inculcarle. Es más: fue una muy mala digestión...

 

      -¡Pero entonces las mujeres son una raza de imbéciles!-exclamó Balduino, exasperado-. ¿Qué extraño idioma es ése que hablan, en el que responden una cosa queriendo decir otra?

 

      -Pues claro que son imbéciles, ¿qué creías?, si por eso son mujeres-sonrió Anders-. Pero su imbecilidad en este caso no tiene nada que ver. Ese es el lenguaje normal de los enamorados.

 

       -Un lenguaje estúpido e irritante, diría yo; ¡y con razón los enamorados tienen todos cara de vacas bobas!

 

       -No, tonto. Le da más emoción a la cosa. De hecho, es muy bueno que una mujer comience diciendo que no, porque así te obliga a emplearte a fondo. Eres el cazador que va detrás de la presa, y ante ti tienes un desafío a tu medida.

 

      -Mejor te dejo a ti esas cosas, que ya sabes que la caza nunca me gustó. Pero dime: ¿qué ocurre si la mujer realmente no tiene interés? ¿Cómo hace para hacer saber al enamorado, usando tan extraño idioma, que no le corresponde al sentimiento?

 

      -Es que eso nunca sucede. En el fondo, siempre tienen interés.

 

      -¡Pero no digas tonterías!-exclamó Balduino, impaciente. Tanto alzó la voz, que varias cabezas se volvieron hacia él con aire reprobatorio-. ¿Tratas de hacerme creer-preguntó, en tono más mesurado-que ni una sola mujer tiene inteligencia o carácter? ¿Que son como ganado al que puedes guiar adonde se te antoje?

  

       -Más o menos. Suelen ser más bonitas que el ganado, Balduino. Pero, ¿por qué te interesa tanto el cerebro que puedan tener? ¡Si es su belleza lo que cuenta!

 

      -Luego, si una mujer en el fondo jamás dice que no, si siempre desea ser cortejada, ¿por qué diablos está huyendo Wjoland de Arn?

 

      -La presa que huye del cazador. Lo que hablábamos antes. Por eso, también, es que ahora me rehúye a mí.

 

      Anders era el más entendido en mujeres, de modo que él sabría lo que decía. ¿Lo sabría realmente? Dalila podía no ser un personaje muy simpático, pero no parecía todo lo idiota que debiera haber sido conforme a tales razonamientos. Grimhild Gullinhorn, la Mujer de Hierro contra cuya dureza de carácter había chocado el amor del Rey Federico el Intrépido; las valquirias y las amazonas; incluso Gudrun... ¿Habrían sido formadas todas ellas en un mismo molde de fogosa idiotez? De ser así se entendía que tantos hombres se amancebaran entre ellos, y quizás él debiera fijar sus ojos, más que en Gudrun, en cualquiera de las ovejas de ésta. Pero es que parecía imposible el panorama descripto por Anders, porque todas aquellas mujeres tan famosas parecían tener bastante carácter.

 

      -Wjoland me gusta. Deja que mañana sea yo quien la lleve junto a los Príncipes Leprosos-susurró de pronto el joven escudero, ya acomodándose para dormir.

 

      -Como quieras-respondió Balduino; y allí mismo finalizó el diálogo.

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10 marzo 2010 3 10 /03 /marzo /2010 16:49

      Poco antes de la medianoche del mismo día, estando Adler de guardia en el torreón y Gilbert al pie de Vindsborg, el resto de la dotación fue violentamente arrancado de su sueño (excepto, por supuesto, Snarki, quien siguió roncando sonoramente a sus anchas como si nada ocurriese) a causa de un estrépito que, según fueron advirtiendo a medida que recobraban el dominio sobre sus sentidos, provenía de las caballerizas. En un primer momento la mayoría creyó que se trataba de un simulacro de invasión, pero Balduino y Thorvald negaron haber proyectado uno para aquella noche. El pelirrojo, muy alarmado, creyó que Einar estaba atacando Vindsborg con sus hombres, pues de él esperaba cualquier cosa; de modo que rápidamente se ciñó la espada al cinto y se precipitó escaleras abajo, antorcha en mano. Sin embargo, abajo no halló a la tropa armada que había imaginado. Reconoció en cambio los fieros relinchos de Svartwulk y su furioso golpetear de cascos, señal inequívoca de que un extraño se había puesto demasiado cerca para el gusto del indómito corcel.

 

      Iban tras Balduino casi todos los hombres de Vindsborg, excepto Adler - quien continuaba en su puesto en el torreón- el durmiente Snarki y Adam, quien aprovechó la ocasión para escabullirse en busca de ese Fuego de Lobo que conseguía quién sabía adónde.

 

      Lo primero que vieron a la luz trémula de la antorcha sostenida por Balduino fue a Gilbert forcejeando con una figura solitaria en las proximidades de las caballerizas. Svartwulk había salido de las mismas y bufaba nerviosamente, alzando la cabeza en gesto desafiante y combativo.

 

      -Un ladrón de caballos, señor Cabellos de Fuego-gritó Gilbert-. Y el muy marica muerde y araña como una mujer... ¡Ay!...-exclamó; porque como ofendido por estas palabras, el apresado había logrado liberar uno de sus brazos, aporreándole la nariz-. Puerco bastardo, te quedas quieto o juro por Dios que te parto el brazo.

 

      Aun sin haber visto bien todavía al ladrón de caballos en cuestión, y recordando el magnífico corcel blanco visto aquella tarde, ¿qué rumbo podían tomar las sospechas de Balduino, sino hacia Hrumwald?

 

      -Así que eres de los que muerden la mano que les da de comer-dijo con notorio desprecio, duro como un cachetazo.

 

      Pero el individuo se había calmado a la fuerza, inmovilizado por una llave de lucha Kveisung con la que Gilbert había logrado reducirlo al fin; y su rostro, ahora iluminado por la luz de la antorcha, nada tenía que ver con el de Hrumwald. Era un semblante mucho más delicado que el de éste, lampiño, de ojos grises que en este momento se veían comprensiblemente nerviosos.

 

      -No soy un ladrón de caballos. Puedo explicarlo todo-dijo el desconocido; y su voz sonaba extraña en un hombre, aunque tal vez podría encajar en un púber. ¿Sería un joven ladrón aprendiz, tal vez un secuaz de Hrumwald? Aquí la vida se pone cada día más extraña, pensó Balduino.

 

       Sin embargo,asi todos se vieron asaltados por una sospecha, aunque fue Honney  quien la expresó en voz alta:

 

      -Gilbert, además de medio sordo, estás ciego e idiota. No atrapaste a un ladrón, sino a una ladrona, una hembra-dijo,acercándose a captor y capturada. Levantó el gorro con orejeras que llevaba esta última, y cayó una catarata de cabello negro y reluciente como el azabache. Luego palpó más abajo y declaró:-. Claro que es una hembra. Podrá no tener mucha teta, pero de todos modos, tiene...

 

       El viejo Thorvald se inclinó hacia Balduino, quien estaba a su derecha:

 

       -Esta es la fugitiva que buscaban los hombres de Arn-susurró.

 

      Tal vez fuera cierto, pero Balduino prefería enterarse de ello por boca de la mujer.

 

      -No quería robar caballos. Ni siquiera imaginé que eso fuera una caballeriza, lo juro-dijo ella; y hasta ahí, sonaba creíble.

 

      Tendría veintidos o veintitrés años y era muy bonita. Anders, a la diestra de Balduino, la observaba con obvio deleite, y más de la mitad del resto de la dotación de Vindsborg, directamente con lascivia. La joven, consciente de tales miradas, intentaba no obstante mantenerse calma.

 

     -Haré que te suelten pero, si intentas huir, lo lamentarás-dijo Balduino; y cuando ella asintió, él dio la orden a Gilbert y prosiguió:-. Tal vez no caballos, pero puede que sí hayas venido a robar cualquier otra cosa.

 

      -No, señor, ¡qué sabía yo que viviera alguien en esta cosa!-se justificó ella, señalando la mole de Vindsborg-. Sólo buscaba un sitio donde pasar la noche. Hace más de una semana que duermo a la intemperie, muerta de frío.

 

       -Ajá. ¿Y de dónde vienes?

 

      -De allá-contestó ella, señalando los bosques del Sur-. De cerca de Lummensborg.

 

       -Si Lummensborg está hacia allá...-objetó Thorvald, con el ceño fruncido, señalando hacia el Sudeste.

 

      -Puede ser-admitió la joven, poniendo cara de contrariedad-. No sé. Nunca fui muy buena para orientarme, y di tantas vueltas que ahora me oriento menos todavía.

 

      -Pero para venir aquí, y luego de todas esas vueltas, llegaste desde allí, según entiendo-dedujo Balduino, señalando hacia el Sur.

 

      -Sí.

 

      -Entonces me estás tomando por imbécil. Desde esa dirección se ve perfectamente eso que está allá-Balduino señaló la empalizada-. Puedes ver que esos troncos están perfectamente erguidos,  podridos y derribados; nada hay ahí en vías de derrumbe. Por lo tanto, tuviste que haberte dado cuenta de que esos troncos llevan poco tiempo ahí y que, por consiguiente, este sitio estaba habitado.

 

      La muchacha adoptó la expresión típica de quien advierte que por enésima vez ha cometido un error muy obvio.

 

      -Señor, no me vais a creer-dijo-: no vi la empalizada.

 

      -¡Que no la viste!-exclamó Balduino, burlonamente-. Di mejor que la viste y que te importó un comino, o que no pensaste que, dado que los troncos se hallaban erguidos, tenían que haber sido colocados allí hace poco. Hasta eso sería más creíble.

 

      -¡Por qué decir eso si no es cierto!-exclamó la joven, entre disgustada y asustada, pero emperrada en defender su versión hasta el final-. ¡La verdad ya os la dije: no vi la empalizada!

 

      Anders se inclinó sobre Balduino y le murmuró al oído:

 

      -Hermano, mejor deja que yo me haga cargo, si no quieres que estemos aquí toda la noche. Disculpa que te lo diga, pero no sabes todavía cómo tratar a las mujeres, y para mí será pan comido sacarle de mentira verdad.

 

      -Muy bien. Házte cargo-aprobó Balduino, también en murmullos.

  

      Anders avanzó hacia la muchacha, con sonrisa de ganador, muy confiado en sus irresistibles dotes seductoras, sin arredrarse por el hecho de que ella lo observara gélidamente.

 

      -Señora-dijo-: confiad en mí. Jamás oiréis decir que Anders de Onfahlster dejó de acudir en socorro de una doncella desamparada; pero es menester que os sinceréis conmigo-y posó sus ojazos verdes, de indudable magnetismo entre el sexo femenino, en los ojos grises de la chica.

 

      Era la típica sarta de gansadas que solían decir los Caballeros para enamorar, y Balduino se alegró de tener a Anders allí, consigo; porque de haberse visto obligado él a recurrir a tamaña bobería para descubrir qué ocultaba la mujer, habría preferido quedar en la ignorancia. Imaginarse diciendo cosas semejantes era sentirse en absoluto ridículo.

 

      Pero lo raro era que tampoco la chica parecía impresionada. Al contrario: a juzgar por su rostro se hubiera dicho que estaba molesta, como si no fuera la primera vez que oía palabras semejantes, y estuviera ya un poco harta de escucharlas. Sin embargo, esforzábase en sonreír, lo que se traducía en una mueca muy poco convincente.

 

      -Abridme las puertas de vuestro corazón, señora-susurró Anders.

 

      -Puerca vida-gruñó por lo bajo Hundi a espaldas de Balduino-. No es justo. Cualquiera seduce con una cara como la del grumete. ¿Qué oportunidad tiene cualquiera de nosotros con semejante competencia?

 

      Anders tomó la diestra de la joven para besarla. No quedó en ese momento muy claro si fue adrede o si se trató de un intento deliberado de ayudar en la consumación de tan cortés gesto; pero la muchacha alzó súbitamente el dorso de esa mano y golpeó con fuerza la nariz de Anders.

 

      -¡Ooooooooh! ¡Perdón!-deploró ella, con un horror aparentemente genuino, mientras los demás reían por lo bajo; al propio Balduino le costó reprimirse.

 

      Anders murmuró algo acerca de que ningún daño podría hacer tan delicada manecita, palabras ampliamente desmentidas por su nariz sangrante y sus ojos llorosos. Ella, sin prestarle más atención, se dirigió nuevamente a Balduino:

 

      -Señor, como siempre, no hago más que ir de distracción en distracción, de torpeza en torpeza y de bochorno en bochorno; pero os aseguro que hasta ahora he sido sincera y que, si digo que no vi la empalizada, es porque no la he visto. En mí eso no es raro; lo sabríais si me conocierais bien. Como no es el caso y como, aun suponiendo que mi intención hubiera sido robar, ningún daño os he hecho, apelo a vuestra misericordia. Pido sólo que se me deje continuar mi camino; no volveréis a verme ni os causaré más molestias. Nunca fue mi deseo causarlas.

 

      -Lo lamento, pero no puedo dejarte ir sin saber quién eres y por qué vagas de noche como una ladrona, si es que no lo eres-contestó Balduino, amablemente pero con firmeza-. Es cierto que no nos has hecho daño, pero tampoco tuviste oportunidad de hacerlo. Debo cerciorarme primero de que aun teniendo esa oportunidad, no lo harías, ¿entiendes?

 

      -Entiendo, señor, y no tengo otra opción que confiar en vos-repuso ella-. Sabed entonces que abandoné mi casa hará lo menos diez días, y desde entonces se me persigue por el único delito de haber rechazado los galanteos del Conde Arn. El está casado con una mujer más bella que yo, pero eso no lo detiene a la hora de intentar otras conquistas amorosas, y ahora se ha encaprichado conmigo. Hasta perros de caza ha puesto para seguir mi rastro, el que por suerte perdieron luego del primer río que atravesé. El Conde Arn es hombre cruel con las mujeres que no acceden a sus arrebatos amorosos. Tal vez vos mismo seáis amigo suyo y estéis pensando en delatarme...

 

      -Ni hablar-gruñó Balduino.

 

      -Os lo agradezco. Seguiré entonces mi camino, si lo permitís, hasta cruzar la frontera con Halmurik; Arn no podrá seguirme más allá.

 

      -Veo difícil que lo logréis-intervino Ulvgang-. Las fronteras deben estar fuertemente custodiadas. Hombres de Arn vinieron aquí buscandoos a vos, y los oí decir que de cualquier modo contaban con atraparos en la frontera, precisamente cuando tratarais de franquearla para poneros a salvo.

 

     -Más que errar de un sitio a otro, te convendría ocultarte en algún lugar hasta que todo esto se olvide y luego, como dices, atravesar la frontera cuando ya no te busquen-dijo Balduino-. Tendría que ser un sitio muy seguro. Si hasta el fin del invierno no te encontraran, probablemente pensarían que moriste de frío, devorada por lobos o de cualquier otra forma. Incluso podríamos echar a correr un rumor falso, aseverando que alguien halló en las cercanías un cadáver irreconocible, perteneciente probablemente a una mujer. Cuando Arn y sus hombres bajen la guardia, cruzas la frontera y así te pondrías a salvo.

 

      -Es que no sé dónde habría un sitio así-respondió la joven.

  

      -Yo conozco uno. No sé si lo aceptarás, pero no tengo más para ofrecerte.

 

      -No tengo mucho para elegir. ¿Dónde queda ese lugar?

 

      -Se trata de unas cavernas, junto a la desembocadura del Viduvosalv...

 

      -Balduino, ¡no pensarás enviar a esta encantadora joven con los Príncipes Leprosos!-exclamó Anders, indignado.

 

      -¿Los Príncipes Leprosos?-exclamó la muchacha, asombrada-. ¿Están en Thorshavok? ¿En serio?

 

      Balduino se asombró de que no preguntara quiénes eran los Príncipes Leprosos, siendo que casi nadie, por no decir nadie, parecía saber nada de ellos en la región.

 

      -Sí, cuatro de ellos-confirmó-. Pero mira que correrías cierto riesgo de contraer la enfermedad.

 

      -¡Y qué me importa! Hay cosas peores. Al menos Arn no me querrá con él si me ve leprosa.

 

      Balduino asintió.

 

      -¿Cómo te llamas?-preguntó-. Todavía no me lo has dicho.

 

      -Wjoland Sigisnandsdutter.

 

      -Muy bien, Wjoland. Pasarás la noche en nuestra herrería; haré encender un fuego allí. Mañana a primera hora te llevaremos junto a los Príncipes Leprosos, junto con cierta cantidad de provisiones. Si ellos no se oponen, allí permanecerás. Por cierto, pondré a alguien a montar guardia junto a ti toda la noche, para que nada te ocurra-Y para que ni en sueños puedas escapar; porque algunas cosas en ti me siguen oliendo raro, pensó Balduino.

 

      Y Anders se regocijó, pensando que el designado para montar guardia sería él.

 

      -Ursula: encárgate-dijo Balduino. Y Anders puso cara larga.

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10 marzo 2010 3 10 /03 /marzo /2010 16:16

      El cuarto día después del regreso de Balduino llegaron a Freyrstrande, cada uno por su lado, dos enigmáticos forasteros, Hrumwald y Wjoland. Tan extraños eran, de hecho, que le inspiraron inmediato recelo, aunque por ese entonces él atravesaba un período en el que no apostaba demasiado por nadie. Tenía razones para ello. Su situación en Vindsborg no era todavía todo lo firme que él deseaba, ni lo sería al menos hasta conseguir la liberación de Tarian. Luego, estaba ese movimiento de jinetes que ya venía notando desde hacía un tiempo. Creía que la búsqueda de la misteriosa fugitiva por parte de los hombres de Arn no los explicaba del todo.

 

      Por lo tanto, la irrupción de caras nuevas en ese momento equivalía a irrupción de caras sospechosas, sólo por el mero hábito de desconfiar y porque tanto Hrumwald como Wjoland contribuyeron a que, al menos al principio, se dudase un tanto de ellos. ¿Qué podía saber Balduino hasta qué punto puede ser misterioso, absurdo e inesperado el destino, aun habiéndolo experimentado en su propia persona?

 

      Hrumwald fue el primero en llegar, alrededor del mediodía. Todos habían estado ocupados clavando, tras la única empalizada erigida hasta el momento, unas barras metálicas de punta aguzada, forjadas por los gemelos Björnson. Balduino quería que estuvieran lo más firmes posible, y estaba volviendo locos a todos, ya que la firmeza por él pretendida parecía inalcanzable; nunca estaba conforme con los resultados.

 

       Cuando por fin daba la impresión de que estaría satisfecho con los resultados, todos le vieron sumergirse en una inquietante introspección. Por amargas experiencias anteriores sabían que en él eso era un augurio nefasto, y se preguntaron con qué se saldría.

 

      -¡Alto! ¡Alto!-exclamó de pronto el pelirrojo, moviéndose de un lado a otro y agitando los brazos por encima de su cabeza-. Suspended todo. Hay que retirar las barras.

 

      -¿Qué?-gritó Anders, desesperado-. Balduino, ¡no nos hagas esto!... ¡Perdimos toda la puta mañana tratando de colocarlas como tú querías!

 

      La suya fue la más suave de las reacciones. Lambert sentenció que Balduino estaba haciendo muchos méritos para ser peor que su difunta esposa; si bien, agregó, todavía le quedaba un muy largo trecho que recorrer antes de alcanzarla y superarla. Honney y Gröhelle lo amenazaron con desquitarse con él al día siguiente, durante las prácticas de boxeo y lucha. Y por todas partes se oían insultos de grueso calibre, algunos indescifrables o casi indescifrables por provenir de la particular jerga pirata; y por suerte, porque su significado debía ser tan repugnante como para que una cloaca, por comparación, pareciera salubre y fragante.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, te apreciamos de corazón...-dijo Per Björnson.

 

      -...pero hoy nos tienes las pelotas infladas-concluyó Wilhelm.

 

      -Mira eso, señor Cabellos de Fuego-gruñó hoscamente Ulvgang, con cara de pocos amigos, señalando un tenebroso nubarrón en un día por lo demás bastante soleado-. Te aseguro que comparado con mi humor actual, eso es blanco como la nieve. Explícanos al menos por qué cambiaste de parecer, y resulta ahora que debemos volver a sacar tus queridas y reputísimas estacas metálicas que tanto insististe en que afirmáramos mejor.

 

      Casi gritaba al final de su discurso. Balduino no se amedrentó.

 

      -He pensado-respondió-que será mejor que las barras rematen en filo y no en punta. la cosa es así: se derriba la empalizada... crac... Madera astillada aquí y allá. Si las barras rematan en punta, los Thröllewurms quedan ensartados, forcejean para liberarse y como son fuertes, acaban  derribando también la estaca, y consiguen zafarse. Pero rematadas en filo y dispuestas  en forma perpendicular al mar, los Thröllewurms quedan ensartados en las estacas y tratan de liberarse también pero, como tienen filo, ellos avanzan y las estacas desgarran aún más las carnes de los reptiles.

 

      -Balduino, te odio-gimió Anders-. No entiendo del todo tu idea, pero no dudo de que sea buena; sin embargo, ¿no se te podía ocurrir todo eso antes de hacernos sufrir como cochinos para clavar las malditas estacas como tú querías? Ya hay unas cuantas clavadas; al menos deja ésas. Después de todo, si los Wurms vinieran ahora, mejor ésas que ninguna, ¿no?

 

      -Bueno, podemos reemplazarlas más adelante-consintió Balduino, y todos le dedicaron miradas asesinas; de modo que prefirió no insistir mucho por el momento-. Pero no clavéis ni una más. Per, Wilhelm: transformad en filos las puntas de las barras restantes. Y para relajarnos, examinemos un poco la catapulta y dadme vuestra opinión acerca de cómo construir otras.

 

     -¡Sí! ¡Mejor!..-exclamó Ulvgang, sonriendo sarcásticamente.

 

      Así que todos se congregaron en torno a la catapulta, discutiendo algunos detalles sobre su diseño y construcción. Y estaban en ello, cuando Anders vio hacia el Oeste algo que Balduino no advirtió, porque se hallaba a sus espaldas.

 

      -¡Eh!... ¿Qué hacen esos dos con mi caballo?

 

      Balduino giró la cabeza. Efectivamente, dos figuras se acercaban a lo lejos, caminando a paso lento; y una de ellas llevaba de la brida a un hermoso caballo blanco.

 

      -¿Seguro que se trata de Slav? Cerciórate-aconsejó; y cuando Anders, perplejo, constató que Slav pastaba en la colina detrás de Vindsborg, la cosa se volvió todavía más enigmática.

 

      Porque caballos hermosos como Slav o como aquel que se acercaba a Vindsborg no se veían con frecuencia; y los que había eran todos propiedad de la nobleza. Pero ¿qué hacía un noble en una playa solitaria y agreste como Freyrstrande? De inmediato, Balduino sospechó del Conde Arn: tal vez estuviera buscando personalmente a la fugitiva. Pero en ese caso sin duda hubiese venido acompañado de una fuerte escolta armada y montada, no de un solo individuo a pie. Y encima, ese único individuo que acompañaba al que traía al caballo por la brida, ahora que Balduino lo veía mejor, parecía ser nada menos que Kurt.

 

      -Voy a aclarar esto. Ya vuelvo-gruñó Balduino, intrigado.

 

      Era cierto: uno de los que allí venía era Kurt. Al otro, el que conducía al caballo, estaba seguro de no haberlo visto jamás. El rostro de éste era tosco, como el de Kurt, pero mucho más feo que el de éste a causa de un acentuado prognatismo; la expresión de sus ojos, sin embargo, era de absoluta mansedumbre y tal vez de tristeza oculta y convertida en hábito. Ese detalle le daba cierto aire querible.

 

      En suma, el sujeto sin duda no tenía ni una gota de sangre noble en sus venas; pero tampoco parecía un ladrón de caballos, lo que seguía espesando más y más el misterio.

 

      -¡Hola, amigo!-saludó alegremente Kurt al hallarse junto a Balduino y estrecharle con fuerza la diestra, con su habitual y rústica pero siempre espontánea cortesía-. Te presento a mi primo Hurmwald-y el mentado saludó talmente como lo había hecho Kurt.

 

      -¿Primo?-preguntó Balduino, desconcertado-. ¿Y de dónde salió? El único primo que te conozco es Thorstein el Joven. No sabía que tuvieras otro.

 

      Kurt rio de buena gana; y su risa franca, espontánea y sincera contagió, no sólo al desconocido primo, sino también al pelirrojo.

 

      -¡Yo tampoco, amigo!-exclamó-. La cosa es así...

 

       Se inclinó sobre la arena y empezó a dibujar lo que pretendía ser un rudimentario árbol genealógico con miras a demostrar qué parentesco lo unía a Hrumwald. No fue fácil porque Kurt, analfabeto, recitaba nombre tras nombre a medida que dibujaba líneas en la arena. El, por supuesto, no tenía la menor dificultad para recordar su propio recitado onomástico, pero al tercer o cuarto nombre Balduino ya estaba mareado y no entendía nada de nada. El viento no colaboraba en lo más mínimo, borrando los trazos hechos por Kurt en la arena, los cuales él se empeñaba en dibujar de nuevo al tiempo que recapitulaba su historial genalógico.

 

       -Creo que ya entendí-mintió Balduino, sintiendo que si aquello seguía prolongándose, Kurt lograría dormirlo de pie y con más eficacia que todos los puñetazos recibidos en las lecciones de boxeo juntos.

 

      -Ah, pero es que todavía no termino-dijo Kurt, para consternación, no sólo de Balduino, sino del propio Hrumwald-. ¿Cómo sigue esto, primo? Aquí viene la parte que sabes mejor que yo. Ayúdame, que si no, mi amigo no entenderá.

 

      De mala gana, Hrumwald accedió a la petición de Kurt, pero se notaron sus esfuerzos por ser más breve que su primo.

 

      -Y entonces, yo estaría aquí-concluyó, señalando un círculo dibujado bajo una de las líneas del árbol familiar-, y Kurt aquí-y señaló otro, ya muy deformado por el viento.

 

      Por supuesto, Balduino entendía menos con ayuda del dichoso e improvisado árbol familiar que sin ella, pero parecía que el parentesco entre Kurt y Hrumwald era bastante lejano.

 

      -Mi abuelo vivió aquí, pero se marchó; su hermana, la abuela de Kurt, quedó aquí-explicó el prognato Hrumwald.

 

      -Ya veo-dijo Balduino, a quien le decía más tan escueta explicación que todo el vasto árbol genalógico dibujado por Kurt, del cual, para fines explicativos, podrían cuando menos haberse podado unas cuantas ramas.

 

      Tomó nota de que Hrumwald era al parecer más listo que su primo lejano, puesto que entendía que los dibujos de éste enredaban más de lo que aclaraban. Y tomó también nota de que parecía de lo más amable, ya que en vez de reprender a Kurt se contentó con sintetizar lo esencial del complicado árbol genalógico, como si su intervención fuera apenas un comentario al margen. Claro que podía ser simple amabilidad de recién llegado mendigando aceptación, y que cuando entrara en confianza ya no fuese tan educado.

 

      -¿Cuándo llegaste a Freyrstrand, Hrumwald?-preguntó Balduino.

 

      -Ayer, cuando el sol se iba-contestó Hrumwald.

 

      -Tu caballo es muy hermoso-dijo, como si fuera sólo un comentario admirado, cuando en realidad pretendía ser el prólogo de un estrecho interrogatorio respecto a la procedencia del animal.

 

      El feo rostro de Hrumwald se iluminó con una sonrisa soñadora.

 

      -Sí. Me gustan los caballitos...-respondió.

 

      Tal réplica descolocó a Balduino mucho más de lo que ya estaba. ¿Cómo que me gustan los caballitos? ¿Y ese tono infantil? ¿Y el diminutivo, a qué venía? Y la voz de Hrumwald, masculina y agradable, pero a la vez suave como la seda, contrastaba demasiado con su aspecto tosco y prognato; por lo que se tenía la impresión de que sólo movía los labios fingiendo pronunciar mientras otro hablaba por él.

 

      Balduino se sintió entre la espada y la pared. Por donde quiera que se lo mirase, Hurmwald era una anomalía que debía investigarse; y sin embargo, parecía casi blasfemo desconfiar de aquel hombre que tenía semejante aire bondadoso e ingenuo.

 

        Kurt ya llevaba callado demasiado tiempo para lo habitual en él, y era como para temer que tal silencio fuese alarmante síntoma de enfermedad grave. En realidad esto era cosa de familia, porque los dos Thorstein, el Joven y el Viejo, puestos a perorar, eran todavía más parlanchines que su respectivo primo y sobrino. A la única mujer de la familia, la esposa del segundo de los mentados, Balduino todavía no la conocía tanto como para opinar al respecto.

 

       Así que Kurt, como para probar que su estado de salud era óptimo, dijo de repente, con esa sonrisa suya a medio camino entre la inocencia y la picardía que lo hacía parecer una versión adulta de Hansi:

 

      -Amigo, Hrumwald quiere quedarse aquí y criar cerdos. Entiende mucho de eso. Sabe adiestrarlos para que encuentren trufas. Sabe preparar embutidos de cerdo. Tú imagina nada más, amigo-se pasó la lengua por los labios, en un cómico gesto goloso-: jamón, salchichas, paté...

 

        Balduino sintió que también a él empezaba a hacérsele agua la boca.

 

      -¿Y, amigo, qué dices?-preguntó Kurt, siempre sonriente.

 

      -¿Respecto a qué?-preguntó Balduino-. ¿A lo de criar cerdos? Sí, es buena idea-y no dijo más, porque tenía el presentimiento de que Kurt se saldría, cosa típica en él, con algo insólito o absurdo.

 

      Y su presentimiento fue acertado...

 

      -Falta algo-dijo Kurt, con mucha ansiedad y gesticulando como pretendiendo que Balduino recordara algo ya hablado previamente.

 

       Lástima que Balduino no tenía la menor idea de qué podía tratarse.

 

      -¿Dinero?-inquirió con vacilación.

 

      -¡Pero no, amigo, no!-exclamó Kurt, como dolido de recibir tan errónea respuesta, siendo que la correcta era a su juicio tan obvia-. Lo que falta es tu permiso, como señor de estas tierras, para que él se asiente aquí.

 

      -¿De qué estás hablando?-preguntó Balduino, perplejo-. ¡Ese permiso tiene que solicitárselo a Einar, no a mí!

 

      -Amigo, el señor de estas tierras eres tú-insistió Kurt, recalcando sus palabras con su índice derecho.

 

      -Os aseguro, señor-intervino Hrumwald, siempre con esa suave voz suya-, que os pagaré ya mismo mi derecho-y antes de que Balduino pudiera responder, abrió una de las alforjas que colgaban a ambos lados de su montura.

 

      Ante la mirada atónita de Balduino, de la alforja abierta cayeron unas cuantas monedas de cobre, de plata y de oro. El pelirrojo se desesperó de espanto y miró a sus espaldas. Algunos de sus hombres, entre ellos los gemelos Björnson y Ulvgang, se habían ido acercando de a poco, y ahora eran inconvenientes testigos de la catarata de monedas, de la que al menos aquella alforja estaba repleta.

 

       -¡Gua... Guarda eso!-balbuceó Balduino con auténtico horror. Aquello era tentar al diablo.

 

      Superada la sorpresa, Per y Wilhelm se acercaron a Hrumwald, quien se había agachado a recoger las monedas esparcidas en la arena.

 

      -¿Eres tonto? Jamás debes permitir que nadie vea esto...-comenzó Per.

 

      -...¡porque la gente es una mierda!-sentenció Wilhelm; y se inclinó, como su hermano, a ayudar en la recolección de monedas.

 

      -Y si alguien te ve con tanto dinero...

 

      -...hará lo que sea para quitártelo.

 

      -¡Hmmm! ¿Incluso ayudar en la recolección de monedas?-preguntó Balduino, lanzando una significativa mirada a cada uno de los gemelos.

 

      De mala gana, Per y Wilhelm devolvieron la moneda de cobre que cada uno de ellos acababa de hurtar. Antes de dárselas a Hrumwald, quien estaba demasiado distraído buscando más monedas para tomar nota del hurto frustrado, las miraron como despidiéndose con mucha pena de un ser amado, y se las metieron en la boca y las mordieron para comprobar que fueran auténticas; pues no podían creer lo que veían sus ojos, y tanta abundancia de monedas daba qué pensar.

 

      -Es cierto-opinó Balduino-. No deberías dejar que esto lo vea cualquiera.

 

       -Ya lo sé-contestó Hrumwald, incorporándose de nuevo tras juntar las últimas monedas-, pero Kurt dice que aquí la gente es buena.

 

      Vindsborg albergaba siete antiguos piratas Kveisung, dos ex-salteadores, un secuestrador ocasional y fallido, un asesino de su propia esposa, un traficante y consumidor de Sales de las Brujas y un hombre acusado de matar y violar a una niña. Al parecer, Kurt veía tales antecedentes como simples anécdotas de las que podía acordarse uno de tanto en tanto, y nada más; porque cuando Balduino lo miró como reprochándole decir tonterías, él abrió los brazos, y con sus ojos pareció retarlo a encontrar siquiera una única mala persona en cien leguas a la redonda.

 

      -Os lo ruego, señor, decidme cuál es el precio a pagar-dijo Hrumwald-. Sólo pido que me dejéis el suficiente dinero para tener con qué empezar.

 

      En un campesino, caballo blanco como el de Hrumwald más dineral como el que éste llevaba en la alforja olía a ladrón; pero Balduino se alivió al descubrir que no era problema suyo. Sin duda decidir que no lo era resultaba impropio de un Caballero, pero consideró que, por una vez, podía permitírselo.

 

      -Es que eso tendrás que arreglarlo con Einar de Kvissensborg, el señor del lugar; pero te recomiendo que seas prudente y que no le dejes ver todo el dinero que tienes, o excitarás su codicia y te dejará más desnudo que Adán.

 

      -¡Einar!-protestó Kurt, indignado-. Primo, no le hagas caso. El es el señor de Freyrstrande.

 

      -Kurt, escucha...

 

      -Amigo, el señor de Freyrstrande eres tú. Y te callas la boca.

 

      Balduino sonrió sarcásticamente.

 

      -Vaya autoridad señorial la mía, si mis propios súbditos me hacen callar-dijo-. No, Hrumwald, en serio: no es conmigo que tienes que arreglar esto.

 

      -Amigo, ¡mira que eres testarudo!...-porfió Kurt, poniendo una mano en el hombro de Balduino-. ¿Quién nos cuida aquí? Tú, no Einar. Tú eres el señor de estas tierras.

 

      -Kurt-contestó Balduino, entre el enojo y la frustración. era difícil tratar de ciertos temas con aquel estólido y joven criador de renos-: Einar no me cae bien ni en sueños; pero el vasallo del Conde Arn es él, no yo; y en estos momentos no puedo darme el lujo de tener problemas con uno ni con otro...

 

      Era cierto. Como Caballero, no estaba obligado a comparecer ante Einar, por más que éste se lo requiriera como lo había hecho hacía poco; pero si sin excusa alguna se atribuía dignidades señoriales que no eran las suyas, se arriesgaba a que su propia Orden lo entregara a las autoridades para castigarlo.

 

      -De veras no puedo hacer nada por ti. Lo lamento-concluyó.

 

      Kurt quedó carilargo y miró a Balduino con ojos de reproche.

 

      -No quiero causar problemas a nadie, señor. Me iré a otra parte-dijo Hrumwald, visiblemente apenado-. Igual os lo agradezco, señor.

 

      Su triste tono resignado hizo que el instinto protector de Balduino levantara cabeza una vez más, librando fiera batalla con su cautela.

 

       -Ven, Hrumwald-suspiró el pelirrojo, dándose por vencido; y llevándose aparte al prognato criador de cerdos, añadió:-. Quiero que me mires a los ojos y me digas de dónde obtuviste ese caballo y esas monedas.

 

      Y Hrumwald se explayó largamente en una historia de dudosa credibilidad, diciendo que había servido mucho tiempo y bien a cierto noble de Norcrest, y que éste lo había recompensando regalándole tanto el caballito (sic) como el dinero. Más al Sur, donde la mayoría de los nobles eran avaros hasta dar asco si no era para hacer ostentación, la historia habría parecido un burdo invento de cabo a rabo; pero ni allí hubiera sido del todo imposible que, para alardear de generosidad y magnificencia, un señor feudal derramara riquezas sobre un siervo fiel. Sin embargo, Hrumwald dio a entender que había dejado todavía más dinero en su hogar. ¿Cuál era el límite de las larguezas y prodigalidades de un señor feudal hacia un súbdito muy querido?

 

      -Y si tu señor te favorecía tanto, ¿por qué lo dejaste?-preguntó Balduino-. Tal vez te convendría volver con él.

 

      Ahí se produjo la primera y única vacilación de Hrumwald en sus respuestas, pero ni aun así pareció pescado en falta.

 

      -No sé, señor, si tengo algún lugar al que pueda volver-dijo finalmente, entre turbado y afligido.

 

      -¿Temes que los Wurms hayan arrasado tu tierra?-preguntó Balduino.

 

      -No, señor, no es eso...

 

      Por la expresión en el rostro de Hrumwald se habría dicho de éste que acababa de enterarse de que un monstruo que lo hubiese amenazado durante mucho tiempo y al que creyera haber dado muerte continuaba vivo y más feroz que nunca. Balduino no quiso profundizar más sobre el tema. Creía saber de qué podía tratarse.

 

      -No te preocupes. No eres el único. Una vez yo tampoco tuve adónde volver, supongo que por motivos parecidos a los tuyos; y sé lo que se siente. Ven, volvamos con los otros-dijo, palmeando las espaldas de Hrumwald y pensando de prisa en diversas cosas.

 

      Hrumwald le parecía demasiado misterioso, y su relato arrojaba múltiples sombras de duda; pero a la vez veía tal transparencia en sus ojos y en su voz, que le parecía inconcebible que estuviera mintiendo. Además, era aceptable que un porquero poseyese cierto candor, pero un ladrón que exhibiera su botín como exhibía él sus monedas no merecía ser calificado de cándido sino directamente de estúpido.

 

      Lo que de alguna manera molestaba a Balduino era que una buena distancia separaba Norcrest de Freyrstrande y, por lo que decía Hrumwald, éste no había cubierto ese trecho a marchas forzadas ni mucho menos sino, por el contrario, deteniéndose varias veces aquí y allí, y hasta contemplando la posibilidad de establecerse en cada sitio al que llegaba de paso. Siendo tan cándido no se entendía del todo que durante ese tiempo nadie lo hubiese robado. Pero había que forjarse una imagen cuando menos provisoria de Hrumwald; de modo que Balduino concluyó que la candidez no necesariamente iba reñida con cierta cautela y que, además, algunas personas de veras parecen tener un ángel de la guarda velando por su integridad física hasta quedar exhausto.

 

      -Podrás quedar aquí sin necesidad de pedirle permiso a Einar-anunció finalmente Balduino a Hrumwald, después de mucho pensarlo.

 

      -¡Así se habla, amigo!-exclamó Kurt, exultante-. ¿Has visto como yo tenía razón, y que el señor de Freyrstrande eres tú?

 

      -Kurt, ¡ni se te ocurra andar diciendo por ahí que yo le di permiso a Hrumwald porque soy el señor de Freyrstrande, pues no lo soy!... Tendremos que tener mucho cuidado-dijo Balduino-. Ese tal Einar, Hrumwald, es un cerdo también, pero te aseguro que ni regalado lo querrías en tu chiquero.

 

      -Así me han dicho, señor, y por eso no quería tratar con él-respondió Hrumwald.

 

      -Por nada del mundo debe sentir o sospechar Einar que estamos desafiando así su autoridad; no, al menos, hasta que se presente el momento adecuado-prosiguió Balduino-. Es cobarde, dañino y traicionero, y tiene poder. A alquien así no se lo puede atacar frontal y valientemente si se está en clara desventaja. Y en este caso, la desventaja no sería sólo numérica.

 

      -Amigo, tú nos dices qué debemos hacer, y nosotros lo hacemos-intervino Kurt, mirando muy serio a Balduino.

 

      -Permanecerás en Freyrstrande, Hrumwald, pero todavía no te establecerás por tu cuenta ni comprarás los cerdos. Te quedarás con todo tu dinero, pero no gastarás ni una moneda sin consultarme antes. Vivirás en casa de Kurt y allí ocultarás el dinero en un lugar seguro, adonde nadie lo pueda hallar excepto tú y aquellos en quienes confíes el secreto. Ultimamente, según me enteré, el Conde Arn está moviendo a sus hombres de aquí para allá buscando a una persona fugitiva.

 

      -¡Sí, sí!...-exclamó Kurt-. En casa también estuvieron. revisaron cada hogar.

 

      -Puede que Einar, como obsequioso vasallo de Arn que es, prosiga por su cuenta la búsqueda en Freyrstrande. Si esto ocurre, tal vez te identifiquen como cara nueva en Freyrstrande, y querrán saber quién eres y qué haces aquí. Por lo tanto, si te hallaran en casa de Kurt, podrás decir una verdad a medias: eres primo de él, y su huésped por un  tiempo. Por suerte, para la hospitalidad no rige aún pago de derechos alguno, impuestos ni nada por el estilo. Y como por el momento les interesará más encontrar a la fugitiva que buscan, no te prestarán atención. Después de un tiempo, cuando yo te indique, entrarás a trabajar al servicio de la vieja Herminia, como porquero...

 

      -¿Herminia?-preguntó Kurt con cara de susto-. ¡Amigo!...

 

       -Kurt, ya sé que es una vieja insufrible, pero no queda otro remedio. Veré si puedo domesticarla un poco para que a Hrumwald no le resulte tan duro tratar con ella. Pero es necesario hacerlo de esa manera para no llamar la atención. Cuando pases al servicio de Herminia, Hrumwald, comprarás un par de puercos, que llevarás al chiquero de ella. Parecerá que la vieja, con dificultad, logró ahorrar y comprarse esos cerdos, uno de los cuales, por otra parte, le cederás a ella en compensación de cualesquiera molestias que pudiéramos causarle. Con  más cerdos que cuidar, no llamará la atención que una anciana como ella necesite de un porquerizo y, si te preguntan, dirás que trabajas para ella a cambio de la comida y de un par de crías, cuando las haya. Llegada la temporada de cría, además de las que nazcan en el chiquero de Herminia, podrás comprar algunos marranitos en la feria de Vallasköpping. Así, de a poco, te irás haciendo de unos cuantos animales, y cuando te establezcas por tu cuenta los pasarás del chiquero de Herminia al tuyo. Si todo sale bien, eso podrá ser más o menos en un año. Tal vez antes, no sé. Si algo saliera mal, veremos sobre la marcha cómo solucionarlo; ¿de acuerdo, Hrumwald?

 

      -Sí, señor, muchas gracias-contestó Hrumwald, estrechando la mano que le tendía Balduino.

 

      -Tú mandas, amigo, nosotros te obedecemos-dijo Kurt, colocando una mano en el hombro de Balduino, a quien miraba con mucho respeto y devoción-. Visita de tanto en tanto a Gudrun. Necesitas una mujer. En serio, amigo.

 

      -Tengo demasiadas cosas en qué pensar, Kurt-contestó Balduino, enrojeciendo.

 

      Y no mentía; pero hubo de reconocerse a sí mismo que para sus adentros agradecía tener tantos asuntos que atender. Temía al posible rechazo por parte de Gudrun; aún más temía que ella lo aceptara e iniciasen una relación que luego quedara trunca por un motivo o por otro; pero al mismo tiempo, con sólo recordarla lo acometía un vendaval de extrañas emociones que nunca había sentido frente a otra mujer y que superaba incluso al deseo físico que su visión hacía nacer en su cuerpo.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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