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9 marzo 2010 2 09 /03 /marzo /2010 19:33

      Por un espacio de tres días nada extraordinario pareció ocurrir, excepto que Balduino, Anders, Snarki, Adam y Adler comenzaron sus lecciones de boxeo y lucha bajo la tutela de Gröhelle y Honney, quienes parecían disfrutar mucho de su rol de instructores. En rigor sin duda también Lambert hubiera necesitado de ese aprendizaje, pero Balduino entendió que no podía exigírsele tanto a sus años.

 

      El pelirrojo estaba más ducho con espadas y lanzas que con puños y llaves de lucha, muy impopulares entre los Caballeros; él mismo los consideraba métodos de defensa un tanto villanescos y salvajes. Pero teniendo motivos para recelar de todo el mundo, recibía de buen grado todo cuanto contribuyera a su autoprotección, y por lo tanto no se perdía detalle de lo que decían sus ocasionales instructores. Con él, Gröhelle y Honney eran particularmente duros y exigentes, como buscando desquitarse de él por verse obligados a obedecerle en todo o, quizás, para forzarlo a demostrar con hechos que no por nada era el jefe. A la hora de enseñarle se acababa el respeto para con él, y lo cubrían de insultos si hacía algo mal. Pero como era un alumno particularmente aplicado y los hacía quedar muy bien como maestros, pronto los llenó de orgullo.

 

      Anders, cosa que ya se había previsto la víspera, cometió el primer día el error de sobreestimarse. Cada vez se persuadía más de ser un Sansón o un Hércules, aunque su físico no estaba desarrollado a tales extremos; si bien, había que reconocerlo, era un joven vigoroso. Así que, en una prueba inicial para evaluar los conocimientos de cada uno, se adelantó, insoportablemente petulante, asegurando que para vencerlo tendrían que atacarlo, como mínimo, tres al mismo tiempo. Resultó de lo más ofensivo para él que Honney, irónico, lo enfrentara a Gilbert, quien como Kveisung parecía algo insignificante. Pero en menos de un minuto el joven se halló inmovilizado por el brazo de su engañoso contrincante, trabado en una implacable presa. Anders al principio no se inmutó demasiado, pero cuando sus adorados músculos no sirvieron para librarlo del trance, lo acometió un acceso de indignación e ira. Apretó los dientes, reunió todas sus fuerzas y las empleó en tratar de liberarse mientras su tez iba pasando sucesivamente del morado al violeta.

 

      Andrusier pasó como por casualidad cerca de los contendientes. Se llevó la diestra a la oreja correspondiente, como tanteando en busca del pedazo faltante, y preguntó a Anders, con teatral inocencia:

 

      -¿Qué, grumete, tienes estreñimiento? Hace rato que te veo haciendo fuerza, pero por lo visto la mierda sigue sin salir...

 

      Anders lo miro con ardientes anhelos de destriparlo. Forcejeó un poco más y por último, para gran humillación suya, debió darse por vencido. A modo de mortificación adicional, cuando todavía estaba el muchacho inmovilizado por el brazo de Gilbert, Honney se le acercó, con sus refulgentes y fieros ojos de gato salvaje más amenazantes que nunca.

 

      -Jamás, jamás fanfarronees delante de un Kveisung acerca de lo duro que eres-dijo, clavando aquellas verdes y temibles pupilas suyas en las de Anders, igualmente verdes pero ni por asomo tan felinas ni espeluznantes-. No nos gusta que nos desafíen, pero no eludimos los retos. Nosotros somos mucho, mucho más duros que tú y fanfarroneamos mejor, además-y ordenó a Gilbert:-. Suéltalo.

 

      Todos los espectadores estaban casi revolcándose de la risa, incluyendo a Balduino.

 

      -Ríe cuanto quieras; ya se te cortará la risa cuando nos pongan a luchar uno contra otro-le gruñó Anders, aunque también él no tuviera más remedio que sonreír.

 

      -¿Qué quieres que te diga, Anders?... No puedes decir que no te lo previne-replicó Balduino, riendo todavía.

 

      Y tras aquel bochorno, también Anders puso mucho afán por aprender.

 

      -¿Y tú?-preguntó Gröhelle a Snarki, acercándose a él-. Me parece que sería una gran pérdida de tiempo enseñarte a ti, gordo. Me haces reír. ¿Tú...luchador? No me lo imagino.

 

       -Es lógico. Los tontos no son muy imaginativos-dijo Snarki; y todos se quedaron de una pieza ante la inesperada respuesta, inusualmente osada en él.

 

      -Estás metiéndote en problemas-advirtió Gröhelle apuntando hacia Snarki con su índice derecho.

 

      -Ninguno será más grave que el que tú tienes con tu cara-replicó Snarki.

 

       -Bravuconeas mucho. Podría darte una paliza aquí mismo, pero me das lástima, gordo. Podrás haber encontrado tus agallas, pero sigue sin haber nada detrás para respaldarlas.

 

      -El señor Cabellos de Fuego te puso aquí para enseñar técnicas de lucha. Enséñamelas, y entonces habrá algo que respalde esas agallas. Salvo, por supuesto, que temas al resultado.

 

      -No te propases, gordo-dijo siniestramente Gröhelle.

 

      Se miraron los dos en silencio durante lo que pareció una eternidad. Balduino estaba admirado y orgulloso del cambio que se había operado en Snarki. El suyo ya no era un rostro de bebé regordete que empalidecía de miedo cada vez que merodeaba cerca uno de los Kveisunger, sino el de un hombre decidido a tomar al toro por los cuernos, a desembarazarse de sus temores de una vez por todas. probablemente advertía, por fin, que ninguno de sus temibles compañeros de reclusión, por mucho que amenazase, se atrevería a hacerle daño estando allí Balduino, y que en vez de guarecerse bajo tal protección le convenía aprovechar ese estado de cosas para armarse debidamente y salir a pelear cuando la situación lo requiriera.

 

      En cualquier caso, el único ojo de Gröhelle, azul como las profundidades del mar, se clavó en Snarki, intimidante, exigiendo sumisión; pero en vano. Entonces una sonrisa lobuna cruzó su semblante atravesado por infinitas cicatrices y rematado en barba chivesca, mefistofélica casi.

 

      -Bueno, al menos comienzas bien-dijo-. Veremos qué puede hacerse contigo.

 

       -Más vale que aprendas bien, gordo-amenazó Honney, desde la distancia-. Tengo cuentas pendientes contigo por las noches que pasé en vela gracias a tus putos ronquidos; así que, cuando estés listo, te las verás conmigo; y más vale que sepas defenderte, porque si no, te haré pedazos.

 

      -Yo también te amo, tesoro-se burló Snarki.

 

      Imposible saber si Honney hablaba en serio; pero hasta Balduino empezó a preocuparse por la actitud de Snarki.

 

       -¿Estás seguro de que te conviene hacerte tanto el gallito?-le preguntó, en un momento en que se encontraron ambos a solas-. Mira que, si los provocas tanto, no podré contenerlos eternamente.

 

      -Ya lo sé, ¿por qué crees que los provoco?-fue la sorprendente respuesta-. Así no tendré más remedio que aprender bien a defenderme, si no quiero que ésos me hagan carne picada. Además, debes reconocer que Gröhelle empezó. Nada nuevo, pero me estoy cansando.

 

      Aunque el protagonista estuviera más entrado en carnes, aquella era una variante de la misma historia del chico flacucho que harto de sufrir los abusos del grandullón musculoso se plantaba desafiante para matar o morir; así que, ¿qué podía Balduino decirle a Snarki?

 

      -Suerte. Creo que te irá bien, después de todo-respondió al fin.

 

      El que definitivamente no tenía remedio era Adam. El desgarbado larguirucho oía y veía, el menos en apariencia, cuanto hacían y decían Gröhelle y Honney; pero en el fondo no tenía interés en ello ni en ninguna otra cosa. Por lo tanto, sus avances eran nulos.

 

      -Gran puta, Adam, ¡hasta Hansi podría haber parado ese golpe!-exclamó en una ocasión Gröhelle, frustrado y harto, tras derribar a Adam de un no muy entusiasta derechazo-. ¡Haces que esto no tenga la menor gracia! ¡O te esfuerzas un poco más o, cuando sea una lucha verdadera, quedarás hecho puré en menos de dos minutos!

 

      Incorporándose trabajosamente al tiempo que escupía sangre a diestra y siniestra, Adam respondió:

 

      -Para lo que me importa...

 

      Y Balduino, malhumorado, después del segundo día excluyó a Adam de las lecciones. Lo hizo porque no hallaba manera de que aquel individuo reaccionase ante nada y porque, si él no la encontraba, no podía exigir mayores éxitos en esa materia a Gröhelle o Honney. Pero en lo tocante a Adam, y aun siendo muy pesimista, Balduino decidió que se acababa de perder sólo una batalla; una más, una muy resonante; pero todavía no la guerra.

 

      Las lecciones tenían lugar muy temprano, siendo lo primero que se hacía a la mañana, en coincidencia con las que otra persona, habitualmente Karl, impartía a Osmund y a Ljod. Antes de dejarlos marchar, Balduino examinaba personalmente sus avances con la jabalina y les daba aliento.

 

      Todo aquel asunto pronto despertó quejas por parte de Hansi y de Ursula, cada uno por sus propias razones. En el caso de Hansi, protestaba porque también él quería aprender a manejar la jabalina. A él, conformarlo no fue muy difícil.

 

      -Podría ser-aprobó Balduino, tras pensarlo un momento. No vendría mal que el mocoso supiera defenderse-. Pero habrá que hacerte una jabalina a medida.

 

      Y dio instrucciones a los gemelos Bjornson para que fabricaran el arma.

 

      -Me aburro. Yo podría encargarme de las lecciones de lucha y boxeo-protestó Ursula, por su parte.

 

      -Podrías, pero para nosotros sería un tanto humillante aprender de una mujer-repuso Balduino-, por no hablar de la difícil situación en que nos pondrías. Si no te golpeáramos, podrías seguir aporreándonos hasta hacernos papilla; si te golpeáramos, quedaríamos como unos bastardos por pegarle a una mujer.

 

      -Si ésta no es una mujer...-gruñó Honney.

 

       -Naturalmente que no lo soy, como que para mujeres contigo basta y sobra-contraatacó ella; a lo que siguió un fenomenal griterío por parte del resto de la dotación, festejando el incisivo insulto-. Sólo depílate, que con bigotes no quedas muy linda-recomendó; y volviéndose a Balduino, dijo:-. Pero él tiene razón: no pienses en mí como en una mujer. Yo soy simplemente Ursula-pero el pelirrojo persistió en su negativa.

 

      No había tenido ocasión Balduino, por el momento, de conocer debidamente a la giganta; sin embargo, estaba al tanto de una anécdota que se repetiría unas cuantas veces, hasta que todos aprendieran a cerrar la boca antes de descalificar a Ursula sólo por su condición de mujer: estando él ausente, se programó una cacería, de la que ella insistió en participar. Honney, Andrusier y los gemelos Björnson le hicieron abundantes burlas al respecto, diciendo que mejor se fuera a bordar. Y ella terminó abatiendo la única presa de buen tamaño, un ciervo.

 

      -A un animal de semejante alzada, cualquiera le acierta-se burló Honney.

 

      -Sí, si lo sabes encontrar. Se ve que no es ése tu caso-replicó ácidamente Ursula.

 

      Honney cerró la boca, porque él, efectivamente, no traía consigo ninguna presa; pero Andrusier, que había cazado un conejo, rebatió:

 

      -Podemos rastrear animales grandes, pero la puntería se demuestra con presas pequeñas.

 

      -Pequeñas como tu cerebro; pues con esa magnífica pieza de caza tuya no alcanza ni para un caldo para un inapetente, y por si no te han infromado, cazamos para reabastecer nuestras reservas de carne; así que, ¿para qué rastreas conejos?-replicó Ursula-. Pero si quieres que te demuestre puntería, la próxima vez te traeré algo pequeño.

 

     No hubo que esperar hasta la siguiente cacería. Por el camino, cuando regresaban, una perdiz alzó el vuelo tras unos helechos, y Ursula, que la detectó a tiempo, la derribó de un único y certero flechazo. Varios en el grupo, entre ellos Thorvald y Ulvgang, se apresuraron a felicitarla y manifestar que era un honor para ellos contar con tan experimentada compañera de cacerías. Pero los gemelos Björnson se mostraban taciturnos, Andrusier marchaba apretando los dientes y Honney directamente veía todo negro de rabia.

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Published by EKELEDUDU
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8 marzo 2010 1 08 /03 /marzo /2010 23:34

      -¿Y de qué material encontraron que está hecho tu corazón?-preguntó Thorvald, tras oír la historia.

 

      -No quisieron decírmelo, ni me lo dirán jamás. Si fuera pura hojalata, explicaron, empezarían viendo cómo trasmutarlo en un metal más valioso. Y si fuera de oro, tampoco me lo dirían a fin de que no me envaneciera por ello-contestó Balduino-. Supongo que es mejor así. Hallar gracia ante los Príncipes Leprosos es un honor inmenso, tanto o más grande que las mismísimas espuelas de Caballero; y quizás sea indecente hacer gala de esa gracia como se exhiben fatuamente las espuelas. Sospecho, no obstante, que no debo haberles caído muy bien, porque se apresuraron a concederme mis peticiones, como si mi presencia les molestara y desearan que me fuera de allí cuanto antes. luego se mostraron tan cascarrabias que hice algunas cosas para ellos y acto seguido me dispuse a marcharme anticipadamente; pero Gabriel me pidió que me quedara. Excusó a sus tres compañeros, explicando que aquel mal carácter se debía a la lepra, que avanza bastante deprisa sobre ellos, hecho que los pone de mal humor.

 

       Concretamente, ¿qué les pediste y qué hiciste por ellos?-preguntó Andrusier.

 

      -Necesitaba sus firmas al pie de una carta en tres copias: una para el Conde Arn, otra para el señor Thorstein Eyjolvson y la tercera para el señor Tancredo de Cernes Mortes, Gran Maestre de la Doble Rosa. En la carta consta que los Príncipes Leprosos me encontraron malherido en las cercanías de Kvissensborg y que, ante ellos, yo culpé por mi estado a Einar. No creo que el Conde Arn se inmute demasiado por ello, pero el señor Eyjolvson, si algo me sucediera, podrá hacer llegar la carta al Rey; y el señor Tancredo de Cernes Mortes, que lo sabe, quizás llame al orden a Einar a fin de que no cometa más tropelías. Para la Orden de la Doble Rosa sería muy embarazoso que los Príncipes Leprosos avalaran estas acusaciones. En cuanto a lo que puedo hacer por ellos, dos cosas hice y una tercera quizás podría hacer. En primer lugar, tal vez los Leprosos no sean conocidos aquí, pero a los Caballeros todavía se nos mira con respeto; de modo que hablé con los lugareños y los persuadí de apoyar en lo que puedan a los Leprosos. En segundo lugar, convencí al párroco local  de que al menos los domingos celebre una misa en las cuevas donde se guarecen los Leprosos. Irían a la Iglesia, pero uno de ellos tendría que quedar allí en las cuevas como centinela, y no quieren que nadie quede al margen. Esto me lo agradecieron muy efusivamente, porque su anhelo espiritual es muy grande. Lo tercero que podré hacer tiene que ver con Gabriel. El no me dice nada, pero creo que teme que sus compañeros acaben muriendo y él quede solo...

 

      -Eso es lo que entiendo-dijo Anders-: si están tan enfermos, ¿por qué no los dejaron en paz en Caudix? ¿Para qué los convocaron y enviaron a la desembocadura del Viduvosalv?

 

      -Bueno, aquí es donde sólo podemos especular-contestó Balduino-. Aparentemente, de los cuatro, sólo Gabriel es un guerrero, y venía escoltando en un viaje a los otros tres cuando estalló la guerra, ya que, cuando ello sucedió, se hallaban en Penderwald. Esto explicaría que hayan respondido con tanta rapidez a la convocatoria. Caudix se halla demasiado lejos para que ellos vinieran desde allí con tal prontitud. Si lo que sospecho fuera cierto, al enterarse del conflicto consideraron su deber acudir voluntariamente al frente de batalla, aun a sabiendas de que no podrían hacer gran cosa. El señor Eyjolvson les ofreció entonces defender la desembocadura del Viduvosalv, demasiado estrecha  para los Jarlewurms, pero no tanto para los Thröllewurms, a quienes se podría combatir arrojándoles rocas desde arriba. Y Evaristo, líder del grupo, se conformó con ello, dado que su enfermedad no les permitiría hacer mucho más.

 

      -Pero, ¿a quién se le ocurre, para empezar, embarcar en un largo viaje desde Caudix hasta Penderwald, a gente tan enfernedad?-gruñó Anders.

 

      -Es muy probable que creyeran tener la enfermedad bajo control-contestó Balduino-. Los orígenes de los Príncipes Leprosos no datan, como se cree, de la época del Rey Valentiniano, sino de tiempos  más recientes; concretamente, se remontan al Escándalo del Elixir de Escevolina. En esa oportunidad se dijo que un alquimista escevolino había descubierto una cura para todos los males, lepra incluida. Esto era poco conveniente para los intereses de muchos magos y médicos que tendrían que cambiar de profesión en caso de hallarse esa cura; de modo que hicieron asesinar al alquimista. Manlio de Caudix, tras muchos esfuerzos, destapó una red de corrupción única en relación al caso, que alcanzaba al propio mago del Rey: básicamente se trataba de La Hermandad, aunque aún no se llamara así y fuera mucho menos poderosa de lo que fue después. Luego, Manlio decidió hacer de su castillo un refugio para leprosos; supuestamente porque su mejor amigo tenía esa enfermedad y porque su novia también acabó contrayéndola. Pero hay quienes piensan que en Caudix se intenta repetir la hazaña de aquel alquimista escevolino: hallar la panacea, la cura milagrosa para todos los males.

 

      -Pues por lo visto parece que hasta el momento no hallaron nada, ¿no?-preguntó Anders.

 

       -Ante mí no han admitido siquiera estar a la búsqueda de semejante proeza de la alquimia, pero estoy seguro de que algo han hallado-repuso Balduino-. Seguramente no una cura definitiva, pero sí algo que logra retardar los ejectos perniciosos de la lepra. También puede que hayan encontrado incluso algo más potente, pero que no se atrevan a revelar al mundo para no correr la misma suerte de aquel alquimista escevolino. Quizás tengan otros motivos para callar, o a lo mejor no desean curarse del todo. Esto último puede parecer extraño, pero noto que Evaristo, Sergio y Apolonio parecen casi orgullosos de su lepra; cuando me hallaron, forzaron a unas personas, posiblemente siervos de Einar, a ayudarme a subir a la montura, amenazándolos con tocarlos con sus muñones cubiertos de llagas. Ahí usaron su lepra a modo de espada y hacha. De cualquier modo, mi teoría es la siguiente: al partir de Caudix, Evaristo, Sergio y  Apolonio llevaban consigo una buena cantidad de una sustancia desconocida, obtenida mediante alquimia, que mantendría a la lepra a raya durante el viaje de ida y el de vuelta. Tal vez dispongan todavía de una reserva. Pero no entraba en sus cálculos iniciales alejarse tanto ni por tanto tiempo de Caudix, y dicha reserva no será eterna.

 

       Cayó un prolongado silencio, que fue roto por Thorvald:

 

      -Entonces, si te he entendido bien, al venir por propia voluntad a defender la desembocadura del Viduvosalv por si los Wurms llegaran hasta allí, de alguna manera ellos mismos se habrían condenado a muerte, ¿no?

 

      -Posiblemente-respondió Balduino.

 

      Los Kveisunger intercambiaron miradas a la vez lóbregas y admirativas. Lo poco que sabían de la lepra era sólo de oídas, pero toda información al respecto la pintaba como a una enfermedad terrible, espantosa. Era obvio que trataban de imaginar el valor de aquellos cuatro Príncipes Leprosos y admiraban en silencio a éstos.

 

      -Alguien me había comentado lo del elixir-dijo Anders-, pero nunca lo creí cierto.

 

      -Ojalá muchos tengan tu misma incredulidad, no sea cosa que se decida el exterminio de los Leprosos, igual que se dio muerte en su momento a aquel alquimista de Escevolina-deseó Balduino-. De todos modos, gabriel está intranquilo por algo que no me dijo; lo oí reflexionar amargamente acerca de la soledad. Tal vez su carácter ya sea así. Quizás piense que ellos morirán y él quedará solo allí arriba, junto a la desembocadura del Viduvosalv, que es un páramo casi peor que Freyrstrande. Por consiguiente, iré a visitarlo cada tanto para levantarle el ánimo, y también lo tendremos con frecuencia aquí, de huésped. Hice la invitación a los cuatro, en realidad, y todos la rechazaron; pero Evaristo, Sergio y Apolonio instaron a Gabriel a aceptar, alegando que es el más joven de los cuatro y le vendrá bien tratar a gente de su edad. Ese fue el pretexto, pero probablemente no deseen que quede absolutamente solo cuando ellos ya no estén; que sociabilice con otra gente. De manera que será asiduo huésped de Vindsborg, y quiero que se lo reciba con los debidos honores.

 

      -De acuerdo; pero mejor que, cuando él venga a visitarnos, Ursula sea quien cocine; porque la comida de Varg lo mataría más rápido que mil lepras juntas-ironizó el tuerto Gröhelle.

 

      Varg, por supuesto, estalló de rabia ante aquel lapidario veredicto. Mientras él refunfuñaba y defendía, con escaso éxito, sus virtudes culinarias, Balduino recordó aquellos intrusos armados irrumpidos en las cavernas junto al Viduvosalv y puestos en fuga por la primera figura envuelta en vendajes y vestiduras flotantes que vieron sus ojos, y que al parecer tomaron por una especie de espectro o demonio.

 

      ¿De verdad habrían sido hombres del Conde Arn en persecución de la misteriosa fugitiva?

 

      -Ulvgang-dijo de repente-.Quiero que tú o alguien a quien consideres capaz nos adiestre en boxeo y lucha a quienes no dominamos del todo esas formas de defensa. Creo que pueden sernos muy útiles. Dedicaremos a ello al menos una hora al día, coincidentemente con el entrenamiento de Osmund y Ljod... Y hablando de entrenar, Anders, ¿has practicado con la espada durante mi ausencia?

 

      -Por supuesto-replicó Anders sin vacilar.

 

      -Pues vamos a verlo. Toma tu espada y sígueme. Los demás, seguid con lo que estabais. Aprovechemos a fondo la poca luz que aún queda.

 

      El fin del inesperado y bienvenido descanso suscitó unas cuantas caras largas. Anders, por su parte, se enfadó bastante con Balduino, aunque no exteriorizó su enojo. Reconocía haber sido  remolón en el pasado, pero las cosas habían cambiado desde hacía un tiempo, y le molestaba que el pelirrojo de repente desconfiara de él.

 

      Caballero y escudero entrechocaron sus espadas durante unos minutos mientras Thorvald dirigía a los demás en el ejercicio de maniobras coordinadas, hasta que Balduino interrumpió la práctica de esgrima.

 

      -Lo estás haciendo muy bien, Anders; pero la verdad, no te traje aquí para esto. Lo que dije allá adentro fue un pretexto para  poder salir y confiarte cosas que no quiero decir frente a los otros-dijo-. ¿Recuerdas que hablé de una carta en tres copias, firmadas por los Príncipes Leprosos? Pues bien, no son tres copias sino cuatro, una de las cuales guarda gabriel, y consta en ellas, además, que Einar nos entregó una dotación de presidiarios contra mi voluntad. Hasta aquí, esto significa que si estallara un motín o si la situación se nos escapara de las manos de otra manera y alguno se fugara, contamos con esa prueba incriminatoria contra Arn y Einar. Lo que ocurra cuando liberemos a Tarian será cosa muy distinta, pero por ahora esa carta hunde a esos dos en un pantanal del que no les será fácil salir.

 

      -¿Algo en particular te hace desconfiar?-preguntó Anders, secándose el sudor con el dorso de la mano.

 

      -No, nada en particular, pero en nuestro oficio debemos tomar siempre medidas para precavernos contra todas las traiciones imaginables e inimaginables-aclaró Balduino-. Caso de que nuestros presidiarios se nos amotinaran o algo así y me asesinaran, tú irás a pedir a Gabriel esa copia de la carta y verás qué uso haces de ella; porque las otras copias podrían desaparecer, accidentalmente o accidentalmente, si me entiendes; que hay accidentes muy oportunos. Y por las dudas, ya que recibiremos clases de boxeo y lucha, procura ser un discípulo especialmente esmerado. No sé si tendremos que usarla para luchar junto a nuestros presidiarios o contra ellos. Es más, puede que aquí jamás tengamos que usarlas, pero nunca se sabe; y nunca aprende uno a defenderse demasiado.

 

      Anders sonrió divertido.

 

      -¿Aprender?... ¡Nosotros podríamos enseñarles a ellos!-dijo.

 

      -No presumas. Yo manejo muy bien las armas, pero admito que soy bastante inútil para defenderme sin ellas. Estos son Kveisunger endurecidos y duchos en cualquier técnica de combate. Mientras los tengamos de amigos, tratemos de dominar a fondo esas técnicas, y así tendremos más oportunidades de sobrevivir si de repente los tuviésemos de enemigos.

 

      -¡Bah, bah!... Mejor pónme a luchar mano a mano con un oso. Ese sí sería un adversario digno de mí-concluyó Anders, sonriendo con petulancia mientras contemplaba el bíceps derecho en aparente éxtasis.

 

      Pura jactancia, pero Balduino no quiso seguir discutiendo. Ya tendría Anders oportunidad, ya que por lo visto eso deseaba, de hacer el ridículo en su primer lección de lucha.

 

      Todavía tenía el pelirrojo algo que decir, pero no a Anders sino a Honney. Abordó a éste por la noche: fue a verlo al torreón donde el Kveisung hacía su guardia.

 

      -Hay algo que no quise decir frente a Ulvgang para que éste no se ilusione inútilmente-le dijo-: disponemos ya de un lugar donde ocultar a Tarian, suponiendo que hubiese que liberarlo mediante el sigilo. Pero el problema es que es riesgoso para él en lo que atañe a su salud, sobre todo si se encontrara herido. Los Príncipes Leprosos ahora están al tanto de que quiero liberarlo, y han accedido a ocultarlo en sus cavernas. Pero dicen que no es conveniente que venga si está herido; deben decirlo porque en ese caso tendrían que tocarlo para curar sus heridas y no quieren hacerlo para no contagiarlo, aunque no pusieron reparos, al despedirme de ellos, en que yo los tocara para estrechar sus manos o sus muñones según el caso. De todas maneras, dicen confiar en mí lo suficiente para esconder y proteger al menos a una persona. La ventaja es que esta persona podría fingirse leprosa y así ocultar sus facciones tras un vendaje que lo haría irreconocible. Además, muchos creen que las cavernas de la desembocadura del Viduvosalv están embrujadas, y a los Leprosos hasta hace poco los tomaban por apariciones. De hecho, y como dije antes, creo que eso asustó tanto a los hombres de Arn, si tales eran esos tipos armados que fueron a husmear allí. Como sea, allí Tarian pasaría inadvertido.

 

      -Te lo agradezco, pero Hundi no tuvo éxito en Vallasköpping-gruñó Honney, malhumorado-. Halló en el mercado negro nueve diferentes venenos, unos para ratas y otros para animales más grandes; halló arsénico como para liquidar a los habitantes de toda Andrusia; pero veneno de pez maza de púas es algo que aquí nadie parece conocer.

 

      -Bueno, ya veremos si se nos ocurre alguna otra cosa-murmuró Balduino, desalentado-. Tal vez nos enteremos del jugo de alguna planta, o algo así, que haga que quien lo ingiera quede como muerto sin estarlo, igual que el veneno de ese pez.

 

      Pero para sus adentros tenía que admitir que era poco probable que alguien en Freyrstrand tuviera conocimientos exhaustivos acerca de plantas o animales venenosos, excepto tal vez de hongos.

 

      -Honney-dijo de repente Balduino-: supón que no me conoces, que nunca nos vimos antes. Me encuentras por primera vez, y me oyes fanfarroneando mucho acerca de que me gustaría vérmelas con Sundeneschrackt; que me mediría a puñetazos con él y que lo noquearía menos de dos minutos después de comenzada la pelea. ¿Qué harías tú entonces?

 

      -Buscaría a Ulvgang para que te batieras con él y demostraras que tienes algo más que una gran boca o bien aprendas a mantenerla cerrada en el futuro.

 

      -Precisamente-aprobó Balduino-. En mi ausencia, parece que los hombres que buscaban a esa fugitiva estuvieron bastante mandones aquí. Pero, ¿mandones con quiénes? Con presidiarios a quienes pueden hacer muchas cosas impunemente, por tener a tres compañeros suyos de rehenes; con Thorvald y Karl, cuyos días de gloria ya han pasado y a quienes deben considerar sólo como dos viejos lisiados; con Anders,  un simple escudero. ¿Qué harían con un Caballero, eh?

 

       -Señor Cabellos de Fuego,  disculpa que te lo recuerde, pero creo que en la única entrevista que te concedió Einar, te demostraron qué se animaban a hacerle a un Caballero.

 

       -Te equivocas. Eso no se lo hacían a un Caballero sino a un forajido, o eso creían.

 

      -¿Qué tratas de decirme?

 

      -Han pasado unos cuantos meses desde que en Kvissensborg me golpearon tomándome por un forajido. Desde entonces puede que hayan asumido que soy  un Caballero,  o que tengan saludables dudas al respecto, al menos.

 

       Honney lo miró a los ojos.

 

      -Por cómo hablaban de ti ésos que vinieron en busca de la dichosa fugitiva, parece evidente que para ellos sigues siendo un forajido-aclaró.

 

      -O tenían la boca demasiado grande-precisó Balduino-. Lo dicho: yo puedo fanfarronear mucho acerca de cómo derribar a puñetazos a Ulvgang en menos de un minuto. Cumplir con esa jactancia es otro tema. Quienes están en posición de dominadores soportan mal la posibilidad de pasar a ser dominados, y por lo que sé de Einar, es un tipo que gusta de sentirse poderoso. Obviamente no sería sencillo ahora para él darme trato de Caballero luego de haberme hecho apalear como a un forajido y de todos modos no necesita hacerlo, porque me supone humillado. Imagina que no me animaré a hacerle frente o a desafiarlo luego de la contundente paliza que me hizo dar.

 

      -Voy entendiendo-dijo Honney-. Si fuera cierto, para Einar sería muy jodido tener de repente frente a él a un Caballero, sobre todo si es uno a quien él hizo apalear tiempo atrás.

 

      -Exacto-aprobó Balduino-. Einar se rio cuando le hablé de los Wurms, no creyó que fueran reales. Desde entonces han pasado muchos meses, y las noticias vuelan. Decenas, cientos de mensajeros recorren Andrusia llevando noticias que tienen que ver con la guerra. Por estúpidos que sean Arn y Einar, es dudoso que lo sean tanto para seguir insistiendo en que los Wurms y la guerra contra ellos son inventos. En cuyo caso, Einar hizo apalear, no al forajido que él creía, sino a alguien enviado por la autoridad para proteger Freyrstrande de los Wurms. Idea que no debe gustarle ni medio, pero cree que todavía detenta cierto poder; que no me animaré a desafiarlo por temor a recibir otra paliza.

 

      -¿Qué piensas hacer?

 

      -Nunca fui bueno peleando a puñetazos, Honney. En mi niñez me inculcaron que sólo los villanos luchan así. Pero he visto peleas de ese tipo. Una vez vi a un grandote musculoso que trataba de obligar a un flaco escuálido a hacer no sé qué cosa. Por lo visto, no era la primera vez. Pero ese día, Honney, algo cambió: el flacucho se puso en actitud defensiva. El grandullón no esperaba eso. Quedó aturdido de la sorpresa, y el escuálido aprovechó esa confusión para golpear. Una vez, y otra, y otra, hasta derribar al musculoso...

 

      Balduino quedó pensativo y en silencio unos segundos.

 

      -Einar me ordenó, a través de otros, que me presentara en Kvissensborg-dijo al fin-. No iré. Esperaremos un tiempo prudencial. Ya dijimos que a Einar le gusta sentirse poderoso; conforme a ello, si viniese a buscarme por la fuerza es que está muy seguro de tener ese poder. Pero no lo creo tan bondadoso para dejarme en paz si no es porque teme que el chico escuálido lo harte a trompadas. Ya que le gusta bravuconear, sin embargo, le sería saludable hacerlo hasta el fin; porque en cuanto vacile, empezaré a golpearlo en sus puntos más débiles hasta derribarlo-suspiró, pero no había cansancio en tal gesto-. Aguardemos unos días más, Honney. La liberación de Tarian podría estar más próxima de lo que nosotros mismos imaginamos...

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8 marzo 2010 1 08 /03 /marzo /2010 15:35

      Balduino, como es lógico, no se enteraría de todo aquello sino bastante después. La semana en que tuvo lugar en Drakenstadt el Consejo que debatió su propuesta fue probablemente la que él pasó como huésped de los Príncipes Leprosos. No le gustó tener que ausentarse: desde hacía tiempo atrás creía notar que solitarios jinetes armados iban de aquí para allá, y que sus movimientos a menudo convergían en Kvissensborg. Algunos de estos cabalgantes luego volvían a ser vistos, si bien ello no era frecuente. Evidentemente se trataba de guerreros, pero exhudaban más profesionalismo que los viejos esbirros de Einar. Balduino pensaba que éste estaba reclutando hombres nuevos; con qué objeto, imposible saberlo, pero había motivos para inquietarse. El pelirrojo presentía que Einar seguiría trayéndole dificultades en un futuro más o menos cercano.

 

      Pero no podía supeditar sus acciones a que cada amenaza que asomara en su horizonte se concretase o se esfumase; así que mandó de paseo sus presentimientos y emprendió la marcha hacia la desembocadura del Viduvosalv. Y una semana más tarde, hacia el atardecer, Hansi Friedrikson reconoció la figura montada a caballo que se aproximaba al galope desde el Este.

 

      -¡Volvió el señor Cabellos de Fuego!-anunció a gritos a los demás, quienes en ese momento se hallaban en medio de una práctica bajo la dirección de Thorvald.

 

      Y salió corriendo al encuentro de Balduino, seguido por los seis perros de Hundi, que metían más bulla que nunca.

 

      Bien se dice que hay amores que matan. Ante semejante comité de recepción, y desconfiando del fiero temperamento de Svartwulk, Balduino prefirió desmontar y apartarse un poco de su caballo hasta que se apaciguara un  poco aquel jaleo. Acto seguido tuvo que hacer frente a la acometida de Hansi, quien saltó sobre él, colgándosele del cuello. Balduino se vio obligado a tomar mil precauciones para que en tal intento el chico no se lastimara accidentalmente. Lo logró, pero en el proceso perdió él mismo el equilibrio y cayó al suelo, siempre con Hansi sobre él, cubiertos ambos por los lengüetazos y ladridos de los perros.

 

       Svartwulk resopló irritado: detestaba a aquella jauría y daba la impresión de que, de haber podido expresar su opinión, habría prorrumpido en una sarta de palabrotas a cuál más blasfema e irreproducible.

 

       Como para hacer juego con su malhumorado corcel, Balduino iba a soltar un rezongo cuando, tras incorporar a medias su torso acariciando al mismo tiempo a los perros que se atropellaban unos a otros para recibir tales mimos, miró a Hansi, quien con cara de orgulloso propietario se le había sentado sobre el abdomen, y no parecía muy dispuesto a que se lo desalojara de allí.

 

      -Bueno, ¿me dejas ponerme de pie?-preguntó Balduino, sonriendo sarcásticamente. Hansi se le echó de nuevo al cuello, derribándolo una vez más y haciéndole ver  las estrellas, ya que llevaba puestas todas las piezas de la armadura excepto el casco, y funestos e infalibles hados decidieron por ello que se golpease precisamente la cabeza descubierta-. Ténme piedad, te lo suplico, sabandija-jadeó, medio asfixiado por aquel arrebato de efusividad infantil. Los perros, a cada instante más y más juguetones, no paraban de ladrar y lamerle la cara-, No sé cuál de mis antiguos enemigos te envía, pero puede quedarse tranquilo, que lo estás vengando cumplidamente.

 

      Por último logró Balduino de una vez por todas incorporar su maltrecha humanidad, un tanto pesadamente. Vio los moretones que su armadura había dejado en el cuerpo de Hansi, a consecuencia de los repetidos embates de éste. Hansi no los notó; primero por estar demasiado feliz de tener de vuelta a Balduino, y luego por la hipnótica fascinación que le producía la recia armazón de mallas metálicas y chapa. Era obvio que soñaba despierto con un día en que él mismo pudiera revestirse de una armadura como aquella.

 

      Escoltado por Hansi y los seis perros, y conduciendo por la brida a Svartwulk, Balduino salvó la distancia que lo separaba de Vindsborg. Lo primero que vio fue que ¡al fin! la catapulta había llegado. Un problema menos, pensó; y ojalá no hubiera muchas otras dificultades pugnando por el lugar que dejaba vacante ésta que acababa de resolverse.

 

      -Gracias a Dios que estás de nuevo aquí. Por favor, que nunca más se te ocurra irte-suspiró aliviado Anders, ni bien tuvo a Balduino frente a él.

 

      -¿Por qué, Anders, qué pasó?-preguntó el pelirrojo, estupefacto.  La cara de Anders preanunciaba un lío de proporciones mayúsculas.

 

      -Ven, que te ayudo a quitarte la armadura y te cuento.

 

      Balduino fue primero a saludar al resto de sus hombres. Estos se veían razonablemente tranquilos; por lo visto ellos no eran la causa del lío en cuestión.

 

      Aquí y allá fue informándose de algunos datos; sí, la catapulta funcionaba bien; sí, habían empezado a estudiarla para intentar reproducir con exactitud aquel modelo; sí, Osmund y Ljod habían iniciado sus prácticas con la jabalina y aunque eran un rotundo desastre, se esmeraban por aprender.

 

      ¿Había Thorvald organizado ya un simulacro de invasión? Sí, respondió el gigantesco anciano de ojos azules. Pero mejor no ahondar sobre los resultados, añadió... Aunque alguna mejoría habían demostrado por comparación con  la apabullante ineptitud exhibida por el grupo el día de la falsa alarma desatada por Andrusier. Algunos todavía anhelaban retorcerle a éste el pescuezo cuando recordaban que gracias a su brillante idea de llamar a misa usando una señal de cuerno para caso de invasión Wurm, ahora debían soportar estos simulacros; y si Balduino  llegaba a poner en práctica su amenaza de castigar con turnos dobles de guardia, también el estrangulamiento de Andrusier saltaría de la teoría a la práctica.

 

      Por último, Balduino subió la escalinata de piedra e ingresó en Vindsborg seguido de su singular tropa. Por lo visto había ocurrido algo importante de veras, porque si no, no irían todos tras él como convocados a un Consejo de Guerra; a menos que fuera tanta la curiosidad por saber cómo le había ido con los Príncipes Leprosos.

 

       -Tuvimos visitas indeseables-explicó Anders, mientras ayudaba a Balduino a despojarse de la armadura-: guerreros con insignias de Thorhavok. Hombres del Conde Arn, en suma.

 

      -Ah... ¿Anduvieron también por aquí? Se asomaron cerca de la guarida de los Príncipes Leprosos pero uno de éstos, Sergio, montaba guardia afuera, y parece que le tuvieron miedo. No creo que fuera tanto el posible contagio como el aspecto tétrico del Leproso, sumado a las  siniestras leyendas locales, lo que tanto los asustó. ¿Y puede saberse qué quiere de nosotros el buen Conde Arn?

 

       -Estaban buscando a alguien. Una mujer. Creyeron que la teníamos escondida aquí. Al advertir tu ausencia creyeron que tal vez estabas mezclado en ese asunto. Einar ordenó que en cuanto llegaras fueras a reportarte a Kvissensborg.

 

      -Pero cómo no...-repuso Balduino, irónico-...cuando esté muy aburrido-concluyó.

 

       -Creí que era a mí a quien buscaban. Casi los mato-intervino Ursula con cara asesina.

 

       -Pero si buscaban a una mujer, Ursula, a una mujer; no a ti-se burló Honney, sin conseguir que su víctima se alterase.

 

      -Nos trataron con bastante desdén, pero lo soportamos como pudimos-terció Thorvald.

 

      -Pero no por falta de ganas no degollamos a unos cuantos-agregó Ulvgang, sin alterarse, aunque la expresión en sus ojos glaucos rubricaba sus palabras-. No lo hicimos por el bien de nuestros compañeros que están de rehenes en Kvissensborg o, en última instancia, para no comprometerte a ti; pero te juro, señor Cabellos de Fuego, que cada vez es más difícil para alguien como yo someterse a prepotencias semejantes.

 

      -¿Y qué mujer era ésa a la que buscaban?-preguntó Balduino.

 

      -"¡Eso no es de vuestra incumbencia!"-gruñó Hundi, malhumorado, componiendo una voz aflautada para imitar la respuesta recibida de los hombres de Arn.

 

      -No dejaron rincón de Vindsborg sin revisar. Nos amenazaron; nos dijeron que, en caso de saber algo sobre la mujer, más nos valdría informar en Kvissensborg, so pena de muerte. Y por último se fueron-concluyó Anders.

 

       -Justamente a mis viejos amigos Einar y Arn los ayudaría yo a encontrar cualquier cosa que estuvieran buscando-dijo sarcásticamente Balduino-. Bueno, tropa, así es la vida. Nada podemos hacer por ahora, salvo brindar por el éxito de la fugitiva, quienquiera que ella sea, y desear, en caso de tratarse de la esposa de Arn, que haga a éste más cornudo que un alce. ¿Yo, reportarme en Kvissensborg? No, eso es demasiado, pero si ese asno de Einar viene a verme, gustosamente responderé a sus preguntas. Total, diré que no vi a esa fugitiva, ¡y hasta estaré diciendo la verdad!... Por lo demás, olvidemos el incidente hasta que se nos presente la ocasión de vengar de alguna manera los vejámenes que nos hayan infligido. Creedme, a mí también me revienta esto, más que a vosotros.

 

      -¿Y a ti, cómo te ha ido? Has estado muy misterioso con este viaje tuyo. ¿Qué tal tu amigo Gabriel?-preguntó Ulvgang, para cambiar de tema.

 

      -Bueno, temo que en el futuro probablemente me vuelva mucho  más misterioso en cuanto concierna a ellos-contestó Balduino-, aunque no por propia voluntad, sino porque me hicieron jurar silencio sobre cuanto secreto me confíen en lo sucesivo. Sin embargo, de momento no me han confiado ninguno; de modo que no veo razón para no explayarme en los pormenores de este viaje. Comenzaré explicando mis motivos para emprenderlo. En primer lugar, mi deuda con los Príncipes Leprosos, la cual quería saldar de algún modo: de no haber sido porque ellos me socorrieron luego de la paliza que recibí en Kvissensborg, pude haber muerto en pleno bosque, devorado por las fieras. En segundo lugar, necesitaba de su ayuda una vez más; de modo que lo de saldar la deuda fue relativo.

 

      ’Comparecer ante  los Príncipes leprosos fue para mí, y creo que lo sería para cualquiera, toda una experiencia. En todo el Sur y el Centro del país, nadie los iguala en cuanto al respeto que inspiran, aunque ese respeto casi siempre viene acompañado de temor. Muy pocos se animan a acercarse a ellos, pues temen contraer la enfermedad. Sin embargo, no parece que ésta sea tan contagiosa: nunca oí hablar de epidemias de lepra, por ejemplo. Por lo tanto, creo que vale la pena exponerse al riesgo; lo amerita la recompensa espiritual. Cuerpo corrupto y deforme, alma noble e incólume es el lema de los Príncipes Leprosos. Buscan la pureza espiritual para compensar la fealdad física a la que los condena la lepra; eso los volvió tan prestigiosos, aparte de su orgullo a toda prueba. Tan grande es ese prestigio, que bastaría una sola palabra suya en cualquier asunto para hacer rodar varias cabezas.

 

      Balduino hizo una pausa, recordando que, años atrás, el frío cálculo le había hecho imponerse entre sus metas entrar por un tiempo al servicio de los Príncipes Leprosos para incrementar su renombre. Ahora  sabía que ellos jamás habrían aceptado sus servicios. Hubieran adivinado cuán egoístas y ambiciosas eran sus motivaciones,  y lo habrían rechazado.

 

       Revivió mentalmente su reciente experiencia en las cuevas aledañas al Viduvosalv que servían de morada a los cuatro Príncipes Leprosos apostados allí. De ellos, sólo Gabriel era sano; los otros tres, que se llamaban Evaristo, Sergio y Apolonio, estaban realmente enfermos y, en su presencia, Balduino se había cohibido, costándole mucho mirarlos a los ojos.

 

       Era como si aún los viera a los cuatro: Gabriel de pie, presentándolo ante los otros tres, que estaban sentados sobre sendas rocas, con aire tan señorial que era como si estuvieran arrellanados sobre otros tantos tronos.

 

      -El señor Balduino de Rabenland nos honra aceptando nuestra hospitalidad-musitó Gabriel, y sus palabras resonaron en la ominosa caverna que volvía aún más fantasmagóricos  los rostros vendados y las flotantes vestiduras de los extraños anfitriones, en la oscuridad más intuidos que evidentes.

 

      -Bienvenido, señor-replicó Evaristo-. ¿Qué os trae a nuestra humilde morada?

 

      El era quien solía llevar la voz cantante, pero Balduino aún no lo sabía. En ese momento, hincando rodilla en tierra y con la cerviz inclinada en un gesto de humildad hasta entonces desconocido incluso en el Balduino de los últimos meses,  casi nada parecía importar, ni aun lo que lo había llevado hasta allí. En presencia de los leprosos se sentía como un  solitario buscador del Grial a la espera de que se lo confirmara como digno de tan elevada misión.

 

       Recién ahora su cerebro, como una máquina herrumbrada a la que se aceita para que de nuevo funcione adecuadamente, empezaba trabajosamente a procesar viejos pensamientos y sentires siempre espontáneos y fugaces y jamás razonados. De niño, muchas veces se había sentido muy poca cosa. Y ahora sabía que, si había sido capaz de luchar denodadamente por superar tal sensación, era debido a la certeza de que la suerte había sido aún más ingrata con los Leprosos que con él y, no obstante, un casi sobrehumano sentido de dignidad parecía fortalecerlos. 

 

      -Me ofrecisteis hospitalidad y la acepto-contestó.

 

       -No la necesitáis-replicó Evaristo.

 

       -Tal vez la necesite más de lo que yo mismo advierta, para entenderme mejor a mí mismo-dijo Balduino-. De todos modos, vengo a solicitar y a ofrecer.

 

      -Ofrecer ¿qué?-preguntó Evaristo-. Míranos. ¿Qué podéis ofrecernos que necesitemos realmente? Tal vez hayamos descendido al simple nivel de supervivientes, como las ratas; pero cuanto menos tiene uno, aún menos echa en falta  todo aquello de lo que carece.

 

      Súbitamente nervioso, Balduino levantó la vista hacia las cabezas cubiertas por caperuzas. Adivinó los rostros corroídos bajo los vendajes y se estremeció levemente. Luego vio aquellos ojos altivos que lo escrutaban afanosamente, y su inquietud fue en aumento. De repente se sentía un  completo inútil.

 

       -Mis brazos... Mi fuerza... No sé-dijo, frustrado.

 

      -No necesitamos de vuestros brazos ni de vuestra fuerza-replicó Evaristo-. ¿No tenéis nada más que ofrecer?

 

       -Nada más. No tengo nada más-replicó Balduino, tras hacer un rápido recuento mental de aquello de lo que podía disponer, que no era mucho y que los Leprosos sin duda no necesitarían. Su frustración fue en aumento-. Sólo mi corazón.

 

      -¿Ajá? Pues por ahí debísteis haber empezado-repuso Evaristo-. Pero debemos ir con cuidado, tanto vos como nosotros; pues tal vez no podamos concederos aquello que buscáis, y quizás nosotros seamos demasiado exigentes con los corazones. Muchos son pura hojalata pintada de dorado. Nosotros no nos conformamos con nada menos que el oro. ¿De qué material está hecho el vuestro?

 

      -Señor, yo eso no lo sé; pero os ruego que no lo descarteís ni aun hallando que es pura hojalata. Simplemente ayudadme. Hasta el metal de más baja calidad puede ser convertido en oro merced a la alquimia.

 

       Evaristo asintió complacido.

 

      -En ese caso, lo examinaremos y ya veremos-contestó-. Levantaos. Y una vez más: bienvenido.

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6 marzo 2010 6 06 /03 /marzo /2010 16:48

      Las circunstancias impedían en ese momento al Duque Olav repartir más recompensas que las honoríficas, aunque prometió a Ignacio de Aralusia un cofre lleno de oro una vez que la guerra hubiese terminado. No perdió oportunidad de alabar su coraje y voluntad y dijo que, en tanto viviera, las puertas de Drakenstadt siempre estarían abiertas para él y dispondría siempre, por su doble condición de amigo y héroe, de un sitio de honor en la mesa del Duque. Lo honró con su bendición e hizo inscribir su nombre en el Muro de los Inmortales, reservado a aquellos que, exitosamente o no, exponían sus vidas en empresas extremadamente arriesgadas en defensa de la ciudad.

 

      Luego, el Duque se acordó de aquel que había sugerido la idea sin la cual tal vez nunca habría sido posible rescatar a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg; y en el siguiente Consejo dijo:

 

      -Es mi voluntad recompensar al señor Balduino de Rabensland con un puesto de mando en Drakenstadt, si él acepta y si el señor Thorstein Eyjolvson consiente. Que se envíe un mensaje a este último-y cuando Tancredo de Cernes Mortes objetó que todos los puestos de mando estaban ya cubiertos, agregó el Duque:-. El señor Balduino de Rabensland nos ha prestado un gran servicio en un asunto que no le concernía particularmente. Drakenstadt está en deuda con él y quiero demostrarle nuestra gratitud. Se le reservará un puesto de mando.y como Tancredo de Cernes Mortes iba a objetar una vez más, concluyó:-. Eso es todo.

 

      Por ese entonces todo el mundo sabía en Drakenstadt que en el asunto del rescate, el mérito por la idea era de un tal Balduino de Rabenland (o de Rabensland, según cada quién) que estaba en Fristrande (porque por desinformación o hábito proveniente de la imitación burlesca, el rebautizo toponímico estaba ya muy extendido). De él no se tenían más datos que éstos, salvo que tenía un hermano apostado allí, en Drakenstadt, el cual había sido herido recientemente. Se rumoreaba con insistencia, sin embargo, algo acerca de una profecía anunciada por Leif Leifson en sus últimos estertores, algo acerca de cuervos sacándoles los ojos a los Jarlewurms...

 

      Algunos pretendieron obtener información interrogando a Edgardo de Rabenland. Pero ¿qué podía decir éste acerca de alguien a quien no veía desde hacía más de siete años? El repetía anécdotas de su niñez, que a los otros no decían mucho. Ellos sólo retenían como importante un dato: Balduino se había ido de su hogar a los trece años, gritando que llegaría a ser más grande que nadie.

 

      Tanto misterio en torno a Balduino estaba convirtiéndolo prematuramente en leyenda en buena parte de Drakenstadt, lo que pronto empezó a ser fastidioso para algunos, entre ellos Tancredo de Cernes Mortes, el Gran Maestre de la Doble Rosa. No pudiendo demostrar, como hubiese querido, que en Fristrande había también un Caballero de su Orden al que Balduino  le había robado la idea del rescate, continuó insistiendo en que la misma había sido extremadamente imprudente  y sólo por milagro exitosa. Por ende no había motivo, a sus ojos, para hacer mucha alaraca respecto a Balduino.

 

      -Ya veis, hermano-dijo un día a Ignacio de Aralusia-, de qué vale aquí el coraje. Yo valoro el vuestro; Drakenstadt, no. Drakenstadt quiere cuervos, no hombres valientes.

 

      Maarten Sygfriedson estaba presente en ese momento; y aunque también molesto porque se elevara a Balduino casi hasta los altares por razones en su mayoría peregrinas, se enojó al oir aquellas frases sin más objeto aparente que el de sembrar cizaña.

 

      -Es Ignacio quien lleva el honor de tener su nombre grabado en el Muro de los Inmortales-observó, luchando por reprimir su cólera-, no este tal Balduino. Y si de dejar ciegos a los Wurms se trata, hemos de considerar también a Ignacio una especie de cuervo, puesto que realizó una magnífica hazaña sin que los Wurms pudieran verlo, ni aun pasando a escasa distancia de él...

 

      Ignacio de Aralusia sonrió levemente en agradecimiento a estas palabras de Maarten pero, en su interior, no podía evitar sentir celos y amargura. Tales sentimientos le hubieran parecido impensables en los momentos inmediatos a su proeza, cuando estaba demasiado aliviado por haber llevado a buen término su misión sin pérdidas en vidas humanas (ni ante todo la propia) para que le importara nada más. Pero ahora no podía evitar amargarse. Había tenido que luchar contra su mareo; había tenido que fingir optimismo y firmeza de ánimo en todo momento; había luchado contra un horror sin nombre cuando los Jarlewurms, imprevistamente, pasaron cerca de la flotilla de botes. Y todo para que ahora nadie pareciera recordar nada de eso y en cambio atribuyeran casi todo el mérito a un desconocido, y ni siquiera por la brillantez de la idea, sino mayormente por meros símbolos y profecías.  

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5 marzo 2010 5 05 /03 /marzo /2010 17:08

      El plan original de Balduino para rescatar a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg se mejoró en parte al acentuar la impresión de que estaban siendo diezmadas por el hambre. En Hansvik, desde donde se hacía una muy bien cuidada puesta en escena del falso rescate, se comenzó la construcción en tiempo récord de una rampa que iría de un acantilado hasta el mar, como para deslizar sobre ella una gran embarcación; sin embargo, quedó inacabada, dejando la impresión de que los constructores la habían juzgado inútil. Luego se bajaron con poleas varios botes desde las elevadas costas, los cuales fueron  luego amarrados para impedir que se los llevaran el oleaje y las mareas. Con esto se pretendía hacer creer a los Wurms que, a juzgar por recientes noticias, en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg no quedaba ya más que un mísero puñado de supervivientes para cuyo rescate no valía la pena botar al agua una nave inmensa y a quienes en cambio se pretendía traer en botes. En algún momento, tripuladas por marinos de sangre fría, algunas navecillas  se alejaron un poco de la costa para inmediatamente volver al punto de partida. La sensación que  se quería dar a los Thröllewurms, de  los que había escasísimas dudas de que merodeaban por la zona, era la de gente que en efecto pretendía llevar a cabo un rescate, pero temía acabar como las víctimas del Mar en Sangre y por lo tanto no terminaban de animarse a poner en marcha el plan.

 

      A último momento se empezaron a trasladar más hacia el Este otros botes, maniobra que se hizo necesaria porque los Jarlewurms, en vista de que en Hansvik no había de qué preocuparse salvo de unos pocos chinchorros, hicieron regresar al Hrodsfjorde a la mayor parte de sus siervos. Mas al advertir tanto movimiento extraño en  el Este se sintieron invadidos por el recelo, imaginando que en esa dirección se tramaba algo más grande de lo que habían pensado en un principio; que quizás Drakenstadt hubiera recibido reportes indicando que en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg quedaban más sobrevivientes de lo que parecía. Los Jarlewurms mordieron el señuelo: también hacia el Este enviaron ellos a sus Thröllewurms.

 

      Respecto al verdadero rescate, una complicación imprevista fue descubrir que Ignacio de Aralusia, quien hasta entonces jamás había navegado, se mareaba en el bote; pero él dominó el malestar lo mejor que pudo y se negó a volver a tierra. Según los cronistas del hecho, logró controlarse apretando los dientes, cerrando los ojos y concentrándose mentalmente en el fulgor de la esmeralda Grönsunna, algo creíble si se tiene en cuenta que la ciencia actual admite el efecto  relajante del color verde sobre la psique humana.

 

      Se dice que el rescate tuvo lugar en treinta botes que partieron de uno en uno desde un punto de la costa ubicado al Oeste del Hrodsfjorde. Conforme al plan original, aquellos botes habían sido llevados allí desarmados, y de inmediato fueron armados de nuevo, calafateados y puestos en uso. Iban bastante cargados porque, además de los tripulantes, llevaban provisiones. La mitad de éstas fueron llevadas a Levenkholme, isla adonde serían trasladados en primer término los rescatados; la otra mitad estaba destinada a Vestwardsbjorg para sustento de su dotación que sería la última en ser evacuada.

 

      Los botes se desplazaban de uno en uno, separados de cierta distancia entre sí, para que a los Thröllewurms, caso de quedar algunos en la zona, se les hiciera más difícil su detección. Además, de ser descubiertos, tal desplazamiento posibilitaría que al menos los tripulantes de algunos botes pudieran salvarse mientras los Wurms se ensañaran con los que pudiesen atrapar. Cada tanto, la flotilla entera se congregaba en puntos convenidos previamente, cerca de algún islote y a resguardo de las miradas de los Jarlewurms que en esos momentos estaban muy ocupados castigando el continente. Tras verificar que no faltara ninguna barquichuela o tripulante, Ignacio ordenaba reemprender este sigiloso desplazamiento, con su propio bote en cabeza.

 

      Una parte de las navecillas alcanzó Vestwardsbjorg y dejó allí las provisiones necesarias. Aprovecharon para llevar a Levenkholme una primera tanda de rescatados, pero los botes no volverían allí por una segunda tanda hasta no haber evacuado primero Östwardsbjorg. Este hecho se mantuvo en secreto ante los hombres de Vestwardsbjorg, por temor a que éstos, medio enloquecidos de desesperación y ansias de regresar junto a sus familias, tomaran los botes por la fuerza, matando primero a sus tripulantes antes de eliminarse entre ellos para poder abandonar de una vez por todas su aterrador aislamiento. Se les pidió, no obstante, que tuvieran paciencia; que la pequeña flota debería eludir algunas dificultades, incluidos eventualmente Thröllewurms, antes de poder regresar por ellos, y que era mejor mantener la calma y el valor para hacer bien las cosas. Era pedirles mucho a aquellos hombres, pero asintieron forzadamente y quedaron a la espera de que se los viniese a buscar. Al menor ahora no sufrirían hambre.

 

      En tres noches de oscuridad casi absoluta, ambas fortalezas fueron vaciadas y se procedió a la segunda fase del rescate: el traslado de los hombres, ahora ya mucho más tranquilos, al continente. En este punto cundió en determinado momento el terror una noche en que, desde cierta de Drakenstadt, ardió un fuego que fue visible desde Levenkholme. Era una señal convenida de antemano a modo de prevención para el caso de que los Jarlewurms interrumpieran el ataque a la ciudad y se replegaran hacia el Norte amenazando el éxito del rescate. Quienes aún se hallaban en Levenkholme estaban al tanto de esta señal y montaban guardia para detectarla llegado el caso, pero esperaban que tal momento no llegara nunca. Ahora, enterados de esta retirada de los Jarlewurms, no sabían cómo alertar a su vez a la flota de barquillas al mando de Ignacio de Aralusia, que en ese momento, luego de trasladar al continente a una tanda de rescatados, sin duda vendría de regreso y en busca de una segunda tanda. Las posibilidades de que la flotilla que volvía desde el Oeste se topara con los Jarlewurms que avanzaban desde el Sur eran cuando menos considerables.

 

      A muy escasa distancia de Levenkholme, Ignacio de Aralusia escuchó una mezcolanza de ruidos perturbadores: chapoteos inusuales en un mar relativamente calmo, gruñidos, palabras rumiadas en una jerga bestial e ininteligible, algún rugido demasiado próximo. Inmediatamente lo asaltó un horrendo escalofrío y, olvidado de cualquier mareo que lo afectara hasta ese momento, ordenó a los remeros de su bote detener la marcha. Los de las otras barquichuelas no tardaron en hacer lo propio, bien por haber divisado, pese a la oscuridad, las desesperadas señas que les hizo Ignacio (éstos no fueron muchos), bien por oír aquella confusión de ruidos que se aproximaba .

 

      Poco después aparecían ante ellos los Jarlewurms. Tuvieron tan cerca a algunos de éstos, que los rescatadores quedaron petrificados de terror, persuadidos de que inevitablemente serían descubiertos. La luna estaba casi en cuarto menguante y medio sepultada en un colchón de nubes. Cuando se asomaba, arrancaba destellos malévolos en los ojos de los Jarlewurms y otros metálicos en las bruñidas escamas que acorazaban sus tremendos cuerpos. Pero por orden de Ignacio de Aralusia, los remeros se habían despojado de todo objeto reluciente que en un caso como aquel pudiera llamar la atención del enemigo, de modo que en ese sentido los hombres no corrían peligro. Sin embargo, el vaivén del oleaje levantado por el avance de los gigantescos reptiles bamboleaba los botes, haciendo que algunos entrechocaran y que los remos golpearan contra la borda; de modo que la tripulación, con los ojos cerrados, oraba en silencio, preparándose para lo que parecía su inexorable fin. Cada vez que de la masa de los Jarlewurms se alzaba algún rugido, ellos se sobresaltaban y comenzaban a temblar.

 

     Al siguiente mediodía quienes ya habían sido llevados al continente, más o menos la mitad de los evacuados, empezaron a temer en serio por quienes habían quedado atrás. Ignorantes de lo ocurrido, retornaron por su cuenta, sombríos, a Drakenstadt. Allí, antes incluso de reencontrarse con sus familias, preguntaron qué noticias se tenía de los demás. Nadie supo qué contestarles, dado que lo único que sabían era que los Jarlewurms ya no estaban en la zona. El destino de Ignacio de Aralusia, sus remeros y el resto de los evacuados de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg era por el momento un misterio. En tales circunstancias, la llegada de al menos un contingente de rescatados suscitó emociones encontradas; pero todavía primaba la esperanza por el regreso de los demás, salvo de aquellos que habían muerto en las fortalezas antes del rescate.

 

      Cuatro días más tarde, los Jarlewurms  atacaban Drakenstadt nuevamente. Algunos de los rescatados se ofrecieron a relevar en el frfente a los extenuados defensores, algo para lo que eran entusiastas voluntarios, ansiosos de vengarse por las penurias a que los monstruos los habían condenado durante meses en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg; pero Maarten Sygfriedson se opuso.

 

      -Parece poco probable que los reptiles sean capaces de reconocer vuestras caras-explicó-, pero aun así, esa posibilidad existe. Y de hacerlo, sabrían que han sido burlados y tal vez irían a echar un vistazo a lo que ocurre a sus espaldas; en cuyo caso para Ignacio y los otros podría ser el fin, suponiendo que aún estén vivos. Ya tendréis más adelante ocasión de vengaros; por el momento, reponed fuerzas y disfrutad de vuestro regreso.

 

      Para entonces, un cúmulo emocional estremecía a Drakenstadt. De boca de los recién llegados se sabía al menos quiénes habían muerto en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg y de los que, por lo tanto, ya no cabía esperar que regresaran. El dolor de los deudos se mezclaba con la alegría de los hombres que volvían a abrazar, luego de tan dilatada ausencia, a sus familiares y amigos. En todas las iglesias se ofrecían misas en memoria de quienes ya no volverían y se hacían vehementes ruegos a Dios por el éxito de los que aún podían volver. Las familias de estos últimos sabían ahora que, si en una semana más no se tenían noticias de los rezagados, habría que darlos por muertos; de modo que se iniciaba un nuevo compás de espera, tal vez más cruel que el primero, pero al menos más breve y con fecha de expiración.

 

      La verdad era que Maarten Sygfriedson y Dunnarswrad estaban cabizbajos y pesimistas, y se preparaban ya para lo peor.

 

      Dos días más transcurrieron sin novedades; pero en la tarde del tercero, en el Sur de la ciudad, se alzó un toque de trompetas que sonaba a júbilo y gloria, acompañados por vítores y gritos de alborozo de la población del Zodarsweick. En el Norte de la ciudad, los corazones de quienes estaban en sus puestos de combate redoblaron con más fuerza, esperanzados pero a la vez temerosos: porque a veces, por error, se difundían y festejaban noticias falsas anunciadas con excesiva premura.

 

      Cuando otras trompetas respondieron a las primeras, todavía más potentes, las esperanzas parecieron más firmes. E instantes más tarde, un hombre a caballo llegaba al pie de las castigadas murallas del Norte de Drakenstadt. LLoraba y reía a la vez. En su persona expresaba el sentir de muchos soldados que por meses, oprimidos por la angustia, habían sufrido por sus compañeros de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg.

 

       -¡Están aquí!-gritó-. ¡Lo consiguieron! ¡Han llegado! ¡Sanos y salvos!

 

       Un  potente bramar victorioso pareció partir los pechos de cientos de personas a la vez. Del otro lado de los muros, los Jarlewurms lo oyeron también, y quedaron inmóviles y silenciosos durante unos segundos, acometidos quizás por un súbito presagio de aún lejana pero inevitable ruina... Y luego se lanzaron a la carga una vez más, llenos de rabia,  de duda y, tal vez, de miedo. Y las catapultas replicaron con desusada y vengativa ira, con inhabitual violencia, accionadas por músculos que cobraban nuevas energías, por corazones en los que la llama de la esperanza provocaba incendios.

 

      Masivamente, la gente se lanzaba a las calles vitoreando a Ignacio de Aralusia y sus remeros, trasportándolos en andas. Las iglesias se abarrotaban de fieles que forzaban su entrada a las mismas para agradecer al Señor por lo que consideraban un milagro. Era aquélla una euforia como nunca se había visto antes en la ciudad y como tal vez jamás volvería a verse, ni aun al fin de la guerra. Drakenstadt estaba de fiesta. Los Wurms habían sido burlados. Por primera vez se contaba con pruebas de que aquellos enemigos tan odiados no ganaban siempre.

 

      -Lo conseguiste, hermano-dijo Maarten Sygfriedson a Ignacio de Aralusia, tras llegar hasta él abriéndose paso entre la multitud enardecida de alegría y ansias de revancha-. Yo sabía. Sabía que lo lograrías.

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2 marzo 2010 2 02 /03 /marzo /2010 22:20

      Inevitablemente, la noticia, si tal era, no tardó en cundir a la velocidad de la más fulminante de las pestes: Leif Leifson, en su lecho de muerte, había vaticinado que la ruina de los Wurms vendría de la mano de aquel Balduino de Rabenland, el mismo que había sugerido el plan elegido para rescatar a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg.

 

      -Tal vez estemos dándole a toda esta historia más importancia de la que, en realidad, tiene-reflexionó luego Maarten Sygrfiedson, hablando en privado con Ignacio de Aralusia, en un intento de analizar la supuesta profecía de Leif Leifson desde un ángulo racional, objetivo, y frío-. Durante el tiempo que tuve el honor de servir al señor Thorstein Eyjolvson, él me enseñó a no descreer totalmente de nada y a no creer ciegamente en nada. El tal Balduino cobró de la noche a la mañana una celebridad increíble y, por el momento, inmerecida, salvo por su idea en lo tocante al rescate de los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg; e incluso en este último caso no sabemos todavía qué éxito tendrá su plan. Como procede de una tierra en cuyo nombre figura la palabra cuervo, ave que aquí goza de mucho respeto por las razones que ya conoces, la gente ha aumentado e inflado en exceso este único mérito que le conocemos. Leif veneraba en secreto a Odín; ¿tiene entonces algo de raro que en su delirio mezclara realidad y ficción? Si tu amigo Edgardo repitió palabras de su hermano según la cual sería más grande que nadie y si Leif las oyó, ¿por qué no puede ser factible que en su desvarío mezclara los tantos y las interpretara como un augurio? Te repito, a mí me parece que confundió todo en su cabeza y "vio" lo que quería ver, tal vez lo que todos querríamos ver de un modo u otro: la derrota de los Wurms. Pero que cada uno crea lo que quiera creer. Siempre es bueno, me parece, interpretar como verdadera una predicción así. Da esperanzas. Sólo deseo que nadie se deje estar, dando por cierto que nada de lo que hagamos nosotros influirá en la victoria o la derrota, y que la salvación está en manos del tal Balduino; porque entonces puedo afirmar, sin necesidad de ser profeta, que la ruina más cercana sería la nuestra, y no la de los Wurms.

 

      -La verdad, Maarten-suspiró Ignacio-, incluso una loca esperanza es mejor que ninguna. Yo he perdido las mías.

 

      -Precisamente iba a decirte que todo está listo para iniciar mañana por la noche el operativo de rescate-contestó Maarten-. Si estás arrepentido de haberte ofrecido como voluntario, aún estás a tiempo de echarte atrás. Ya encontraremos a otro que pueda sustituirte. Tal vez yo mismo.

 

      -Iré yo, Maarten, pero quisiera ser tan valiente como Hreithmar o como tú. No sé cómo hacéis para jamás tener miedo.

 

      -Olvida a Hreithmar, él es un caso único. Lo habitual es cagarse de miedo, y en eso yo no me quedo atrás, pero hago un poco de trampa. Te enseñaré mi secreto.

 

      Ignacio miró con curiosidad a Maarten mientras éste aflojaba el cinto para desembarazarse de la espada envainada que pendía del mismo.

 

      -Viví aquí, en Drakenstadt, hasta los doce años-explicó Maarten-. La mía fue una infancia bastante solitaria y triste. Por ser fan feo, la gente me tomaba por su bufón y me maltrataba de muchas maneras-. A los doce años, el señor Thorstein Eyjolvson me llevó consigo a Ramtala. Para mí fue un enorme alivio. Era la primera vez que salía de Drakenstadt, y suponía yo que la gente sería mejor en otros lugares. El señor Eyjolvson se encargó de desengañarme, pero me dijo que me enseñaría a perder el miedo a la gente y a cualquier otra cosa que me inquietara.

 

      -¿Tan grave daño te hicieron, que les tenías miedo?-preguntó Ignacio, asombrado-. Pero ¿de dónde sale tanta gente mala? No veo que lo sea tanto.

 

       -No sé si mala por intenciones, pero sí ignorante, irreflexiva y, por lo tanto, dañina-contestó Maarten-. Tal vez no sea su culpa: se es como se puede o se aprende. Si ahora me preguntas, no temo a la gente, aunque sociabilizar demasiado con ella tampoco me entusiasme. Las cosas que se sufren siendo niño no se olvidan fácilmente; y no encuentro motivos para desear la compañía de gente que maltrata a quienes no saben defenderse pero respetan a quienes pueden partirlos al medio de un solo tajo de espada. De repente, aquí todos están contentos conmigo sólo porque el difunto Príncipe Gudjon, Dios lo guarde, me concedió tardíamente su favor . Gudjon, en otro tiempo, tampoco fue bueno conmigo y sólo cambió de actitud cuando, tras años de prácticamente no vernos él y yo, me probó en combate singular y lo vencí. No, no creo que valga la pena rodearse de gente a la que tienes que obligar a que te respete. No queda, en efecto, más remedio que obligarlas; pues si no, no te dejan vivir en paz. Pero una cosa es eso; y otra muy distinta, querer a esas personas de amigos.

 

       -Pero no entiendo. ¿No fuiste tú quien le pidió al señor Eyjolvson que te permitiera regresar a Drakenstadt para defenderla de los Wurms?

 

      -Sí, pero sólo porque era algo que tenía pendiente. Verás: cuando el señor Eyjolvson me llevó consigo a Ramtala, dijo haberme elegido para algo especial y sobre lo cual tendría que guardar silencio... Aunque, curiosamente, a la vez me previno contra las personas que dicen esas mismas palabras, ya que por lo general esconden intenciones podridas. En realidad, lo que hizo fue hacerme ingresar en la Orden del Viento Negro, por eso tanto secreto. El señor Eyjolvson derramó sobre mí grandes alabanzas, diciendo que yo era valiente, noble y muchas otras cosas que en realidad no era o no creía ser. Puede, sin embargo, que luego adquiriera esas cualidades para no decepcionar la confianza que parecía depositar en mí; así ocurre a veces cuando, tras muchos años de recibir sólo burlas y vejaciones, aparece alguien que te valora y respeta. Pero siempre temí no ser todo lo noble de espíritu que debía: ignoraba cómo respondería si alguna vez Drakenstadt, la ciudad que de niño me había humillado, dependiera de mí. Eso era lo que tenía pendiente. Drakenstadt me necesitó y aquí estoy; creo que superé esta prueba, una que me resultó particularmente difícil, como puedes imaginar... Pero ahora es de tu valor que necesita Drakenstadt y aquí estás, pero no sabes si estarás a la altura de las circunstancias. Pues bien, pronto descubrirás que sí lo estás.

 

      Maarten rodeó los hombros de Ignacio con su brazo derecho en un gesto cálido y protector, y sostuvo en alto la espada, sosteniéndola por la vaina.

 

       -Esta es Grönsunna, "Sol Verde", regalo del señor Thorstein Eyjolvson, quien la hizo forjar especialmente para mí-explicó-. A ella debo haber vencido mis temores.

 

       -¿Es una espada mágica o algo así?-preguntó Ignacio, admirando la gran esmeralda incrustada en el centro del gavilán de la espada.

 

      -En parte. Usada debidamente, tiene el poder de ahuyentar el miedo, al menos hasta el momento de hallarse frente al peligro y a veces incluso más allá. Por eso la inscripción en caracteres rúnicos. ¿Puedes leerla?

 

      Ignacio revisó el arma, y todavía estaba en ello cuando respondió:

 

      -No. Aparte de que no sé interpretar las runas, no encuentro la dichosa inscripción.

 

      Maarten acercó más hacia Ignacio el pomo trebolado hasta colocarlo a la altura de los ojos de él. Vio entonces Ignacio en el gavilán, repujada en relieve, la dichosa inscripción rúnica. Maarten apartó su brazo derecho de los hombros de Ignacio y señaló los caracteres con el índice de su diestra.

 

      -Eini Schwort kan duleinn Mann bald det Löwe du maggen... "Una espada puede hacer un hombre valiente como el león"-leyó, rodeando de nuevo  con su brazo derecho los hombros de Ignacio, quien se sentía como iniciado en un ritual misterioso-. El asunto es que ahora necesitamos un cuervo, no un león; un cuervo que picotee los ojos de los Wurms y los enceguezca.

 

       -No me digas que la espada me convertirá en cuervo...-bromeó Ignacio.

 

      -No me asombraría que pudiera hacerlo, pero da lo mismo-contestó Maarten, estrechando con más fuerza los hombros de Ignacio-. Mañana a la noche, frente a las mismas narices de los Wurms, comenzarás a sacar de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg a nuestros hombres-dijo con énfasis y convicción, e Ignacio ladeó hacia él su mirada, alzándola al mismo tiempo, ya que Maarten le sacaba más de una cabeza-. Cuando los reptiles se den cuenta de lo que has hecho, será demasiado tarde. Los harás quedar en el mayor de los ridículos...

 

       Era evidente que Maarten tenía fe inmensa en la veracidad de sus palabras. Ignacio, no tan seguro, se sintió de todos modos reconfortado por la amistad con que Maarten lo honraba. Era curioso porque, mientras que se suponía que eran los nobles quienes protegían a los villanos, Ignacio era de elevada cuna; y Maarten, más plebeyo que cualquier perro callejero.

 

      Pero ambos eran caballeros ahora y de algún modo lo lógico era que se protegieran mutuamente. Daba la impresión, no obstante, de que Maarten iba mucho más allá de su deber.

 

      -Tendrás a Grönsunna contigo hasta que termines con esta misión; cuídala como a tu novia-recomendó-. Y ahora, escucha: ponte en una posición cómoda y mantén la vista fija en la esmeralda. En esa piedra reside el poder de la espada. No despegues los ojos de ella. Siempre mira la esmeralda. Su fuego verde entrará a su alma a través de los ojos e incinerará tus temores con mucha más eficacia que un chorro de fuego de un Jarlwurm. Procura estar con la conciencia limpia, añade unas plegarias al Señor y serás invencible-dio unas cuantas palmaditas afectuosas en la espalda de Ignacio-. Tengo quehaceres, debo dejarte. Tráenos de vuelta a nuestros hombres, campeón.

 

      Tras lo cual se marchó, dejando a Ignacio solo con la enigmática espada.

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2 marzo 2010 2 02 /03 /marzo /2010 16:42

     Hreithmar Dunnarswrad prefirió finalmente hacer oficial lo que todo el mundo comentaba entre murmullos: anunció a las tropas, a través de sus subordinados, que se intentaría rescatar a los hombres de las fortalezas de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. No mencionó que, si tal intento fracasaba, tal vez ya no hubiera otro; ni especificó en qué consistía el plan, aunque explicó que, para que tuviera éxito, necesitaba que todos los hombres de armas de Drakenstadt, por agotados que estuvieran, hicieran un esfuerzo más. Era imprescindible que los Jarlewurms permanecieran allí, atacando la ciudad; que no retrocedieran, cosa que podría poner en peligro el plan de rescate. Pero a la vez era también imprescindible que la ciudad continuara invicta. Esto exigiría que los defensores de Drakenstadt se comportaran como movidos por la desesperación, para que los Wurms creyeran que sus reservas anímicas estaban a punto de desplomarse junto con las murallas; pero que, en realidad, estuvieran más firmes que nunca en sus puestos de combate.


      Las tropas reaccionaron según lo esperado; pero nunca hasta entonces sus fuerzas se vieron sometidas a tan duras pruebas como en esa ocasión. Los Wurms, creyendo que de verdad estaban a punto de vencer, llevaron a cabo una formidable acometida, destruyendo algunas puertas. Una de ellas fue derribada por Talorcan el Jarlwurm, uno de los atacantes más reconocibles porque era negro desde la punta del hocico a la de la cola. Se trataba sin duda de un ejemplar melánico, descripto por Méntor el Drake como uno de los más temibles de entre los que hasta entonces habían venido de las Islas de la Bruma; y a causa de su aspecto se lo llamaba también Talorcan el Negro o el Azabachado.

 

      Derribada la puerta en cuestión, el gigantesco reptil, según era de rigor, pasó a atacar con su zarpa el rastrillo subsiguiente; pero al contrario de lo que solía suceder, Talorcan no hizo mucho más que un amago, antes de que su descomunal testa negra descendiese hasta casi rozar el suelo. Casi enseguida la levantó un poco para poner a salvo sus ojos; pero el chorro de brea candente bañó el rastrillo y lo traspasó, alcanzando a un arquero que no había tenido tiempo de ponerse a salvo cuando se disponía a tomar posición. Dos horripilados adolescentes del Leitz Korp fueron en su auxilio, y rápidamente apagaron las llamas; pero las quemaduras del desdichado eran tan graves que sólo un milagro lograría salvarlo.

 

      Detrás de la reja medio envuelta por el humo y la brea en llamas, el Jarlwurm paladeaba su horrible obra. Uno de sus malvados ojos amarillos con pupila negra en forma de huso brilló satisfecho, y contempló la escena; luego, su cabeza se alzó una vez más para tomar aire y lanzar una segunda bocanada de fuego y brea. Su próximo objetivo; los dos muchachos del Leitz Korp y otros hombres que acudían también en socorro del herido.

 

       -¡Cuidado! ¡Todos atrás!-gritó un hombre que venía a la carrera portando un escudo; y en ese momento todos comprendieron qué seguiría, y huyeron en desbandada. Pero los jóvenes del Leitz Korp no conseguirían ir muy lejos teniendo que cargar con un herido, y se guarecieron como pudieron tras el escudo que les ofrecía su ocasional salvador en el momento en que el consabido chorro de materia candente llegaba hasta ellos. No sufrieron sino quemaduras menores, pero el hombre que los había salvado no había podido amparar tras el escudo más que una parte de su cuerpo; y la mitad del mismo, incluso un  lado de su cara, quedó cubierta de brea en llamas, pese a lo cual continuó sosteniendo el escudo con firmeza hasta que todos lograron salir de la zona de peligro. Allí cedió al dolor y a la desesperación y cayó al suelo, mientras otros miembros del Leitz Korp vaciaban sobre él varias cubetas de agua o trataban de sofocar las llamas valiéndose de sus ropas o de sus propias manos.

 

       Los heridos fueron rápidamente trasladados al pabellón especial que para esos fines se había montado en el Palacio Ducal desde el comienzo de la guerra. Casualmente, Ignacio de Aralusia, en descanso en ese momento, se encontraba allí; si descansar puede llamársele a ocupar el tiempo libre en dar atención y ánimos a heridos y mutilados.

 

      Lo primero que vio, presa de un horror sin nombre, fue el aspecto inenarrable de la primera de las víctimas alcanzadas ese día por el fuego de Talorcan el Jarlwurm: el arquero que no se había puesto a salvo a tiempo. Este, a pesar de su desgracia, hallaba fuerzas para conversar con el otro herido. Los dos venían en angarillas y trataban de infundirse coraje mutuamente.

 

      Ignacio de Aralusia, joven poeta que en el fondo odiaba la guerra en la que sin embargo se movía con motable lucidez e idoneidad y de la que no tenía la menor intención de desertar por ser demasiado consciente de sus deberes caballerescos, quedó estrangulado de fría angustia ante el aspecto del arquero. Sin duda no era el primer hombre que desfilaba ante sus ojos en ese estado, pero en el fragor del combate no tenía tiempo para mirar detenidamente a los heridos que retiraban del frente. Ahora que sí disponía de tiempo para ello, hubiera deseado no haberlo tenido. No temía a la muerte; pero de golpe pensaba que las formas de morir en aquella guerra -siempre causando sólo daños leves al enemigo- eran una más horrible que la otra: bañado en fuego y brea candente; abierto en bisel por la garra de un Jarlwurm; hecho picadillo luego de ser pisoteado por esa misma garra; devorado vivo por un reptil, en este último caso a menudo después de un monstruoso e interminable compás de espera, ya que los Wurms acostumbraban juguetear cruelmente con sus presas humanas tras capturarlas entre sus fauces y antes de darles muerte. Achicharrado, destripado, hecho papilla, triturado a dentelladas... Un escalofrío recorrió la espina dorsal del joven.

 

      Intentó dominarse. Varios siervos recortaban los jirones que quedaban de la ropa de aquellos desdichados; donde se habían adherido a la piel, allí quedaban. Otros aplicaban paños fríos sobre las quemaduras.

 

      Los dos hombres continuaban dándose ánimos mutuamente. Ignacio admiró el temple de  ambos, y hasta les tuvo envidia en ese aspecto; porque en su interior, la cobardía estaba arrasándolo en un abrir y cerrar de ojos como un Wurm más.

 

      Esperó a que se brindara la debida atención médica a ambos hombres y luego él mismo se les acercó para seguir aplicándoles personalmente paños fríos.

 

      -Por favor, llama a un sacerdote-suplicó el arquero-. No sé cuánto me queda de vida, pero no será mucho.

 

      Ignacio asintió, casi agradeciendo aquella petición del moribundo; porque le era muy duro conservar la compostura frente a aquella cosa quemada y semiagonizante, cubierta de costrones de brea, y recordar que seguía siendo un ser humano. En silencio imploró perdón a Dios por lo que interpretaba como falta de caridad y que era meramente horror.

 

      Pero cuando el cura acabó de administrar al arquero los últimos sacramentos y se retiró, él mismo medio descompuesto de espanto pese a haber presenciado muchas veces imágenes semejantes en los últimos meses, Ignacio tuvo que hacer de tripas corazón y acercarse con un paso que intentaba ser decidido y lo parecía, y hablar con voz que trataba de sonar convencida y valiente y también lo parecía. Puro engaño. En aquel momento no quería más que huir corriendo a cualquier parte, gritando y llorando.

 

      -Luchad ambos por reponeros-exhortó a ambos hombres, sentándose junto al arquero; y vio que los dos se habían tomado de la mano en un intento por reconfortarse mutuamente. El mismo añadió su diestra a aquéllas, mirando alternativamente a uno y a otro, cosa de no verse forzado a mantener por demasiado tiempo la fija vista en el que se hallaba más próximo a la muerte.

 

      -Yo me repondré-dijo apretando los dientes el que menos grave estaba, a quien Ignacio reconoció como un Caballero de su propia Orden, los Custodios de la Doble Rosa, y que tendría unos veintidós o veintitrés años-. Juro por Dios que saldré de ésta y de unas cuantas más.

 

      -Yo no-respondió el otro, terminante-. Tampoco quiero hacerlo. Si sobreviviera, luego de estas quemaduras, quedaría hecho un monstruo. Eso es muy duro cuando uno fue apuesto o creía serlo. Misericordiosamente, he quedado ciego, lo que me ahorra la tentación de pedir un espejo para evaluar hasta qué punto me he vuelto horrible; pero esa misma ceguera me condenaría a la mendicidad si sobreviviese. No quiero vivir si debo hacerlo sin dignidad.

 

      Al desdichado le costaba respirar: la brea había penetrado en sus fosas nasales.

 

       -¿Cómo te llamas?-le preguntó Ignacio.

 

       -Leif Leifson-fue la respuesta-. Eres Ignacio de Aralusia, ¿no?... Te he reconocido por la voz. Eres un muchacho bueno y valiente.

 

      Ignacio se sintió avergonzado e incómodo por el cumplido que en este momento tanto se condecía con la realidad. Además, hubiera querido decir que conocía a Leif tanto como éste a él, pero no era cierto; con lo que aumentó su zozobra.

 

      -Tú también-contestó, sombrío-. Y tú también-dijo, mirando al otro-. Todos somos buenos, valientes y nobles, todos los que estamos aquí, luchando. Y quienes caigamos en esta guerra entraremos en el Paraíso con una apariencia más gallarda aún de la que teníamos en vida-y apretó con fuerza la mano de Leif, y se atrevió a mirarlo; y por primera vez no sintió repugnancia al hacerlo, como si las palabras que acababa de pronunciar fueran mágicas y Leif, deshecho de su horrendo barniz de quemaduras y brea, estuviera otra vez de pie, listo para entrar en combate, magnífico y garboso.

 

      Algo de ese sentimiento debió transmitirse en el contacto de la mano o en la voz de Ignacio porque, pese sus dolores físicos y espirituales, Leif sonrió.

 

      -Y tú, hermano, ¿cómo te llamas?-preguntó a su compañero de desgracias, el Caballero que le aferraba la mano como en un deseo de mantenerlo en este mundo, de impedir que cruzara el umbral del Más Allá.

 

       -Edgardo de Rabenland-fue la respuesta.

 

      Leif sonrió.

 

      -Ah-dijo-. Tú ideaste el plan de rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, ¿no?

 

       -No. He oido que fue Balduino en realidad. Mi hermanito-repuso Edgardo; y fue como si al pronunciar esta palabra el lóbrego pabellón se llenara de luz.  Pero entonces recordó Edgardo que el hermanito en cuestión ahora andaría por la veintena de años y que por lo tanto el diminutivo sonaba un tanto ridículo, y rectificó: -. Mi hermano.

 

      -Parece que estás muy unido a él, ¿eh?-dijo Ignacio, sonriendo conmovido.

 

      -No nos vemos desde hace años. Se fue de casa hace ya mucho tiempo, cuando tenía doce o trece años, y lo supuse muerto. No creí que pudiera sobrevivir solo en los bosques. El y yo fuimos los únicos que nos teníamos algún cariño en la familia; reñíamos entre nosotros para ganarnos el de nuestros padres, y ése fue nuestro error... Sabes, de lo único que me siento realmente culpable en la vida es de cómo traté a Balduino el tiempo que estuvimos juntos.

 

      -¿Por qué? ¿Qué daño tan grave puedes haberle hecho si dices que le tenías afecto?-preguntó Ignacio.

 

      -No es que siempre lo haya tratado mal. Eramos los menores de un grupo de once hermanos. Cuando coincidíamos en sentirnos ignorados por el resto de la familia éramos muy unidos. Entonces yo era muy protector con él, e íbamos juntos a todos lados. El, cuando estaba solo, leía mucho. A veces me hablaba de cosas que había leído. Creo que durante cierto tiempo me admiró. Me duele pensar que ahora, tal vez, me haya olvidado; pero me lo tendría merecido, porque muchas veces, en nuestra infancia, lo dejé de lado para estar con aquellos a quienes creía mis amigos y que tal vez lo fueron de verdad en aquel tiempo. Luego algunos cambiaron y de los demás ya no supe qué pensar: cuando has sufrido demasiados desengaños, acabas dudando de la sinceridad de todo el mundo. Al menos la relación  entre Balduino y yo fue siempre muy transparente. Cuando se impuso el afecto, éste fue sincero. Por desgracia, hubo otros sentimientos entre nosotros. Indiferencia y crueldad de mi parte, envidia de parte de él, celos por ambos lados... Pero disculpad que os aburra con mi charla.

 

       -No aburres. Continúa, por favor-boqueó Leif.

 

      -Ahora somos todos hermanos aquí; de modo que Balduino es también un poco hermano nuestro-agregó Ignacio-. Pero me pregunto si no exageras un poco atormentándote con supuestas culpas de infancia. Cuando se es niño se ignoran muchas cosas.

 

      -La mía fue, tal vez, crueldad inocente; pero crueldad al fin-respondió Edgardo-. No puedo evitar pensar que, según me dijeron, Balduino se marchó un mes después de la muerte de su perro Argos, su único amigo. Debe haberse sentido muy solo en el palacio y habrá pensado que cualquier cosa, incluso la muerte, era preferible a aquella soledad. Al menos yo terminaba apoderándome de cada una de las migajas del cariño paterno y materno que nos disputábamos; supongo que porque era el más agraciado de los dos...

 

      Media cara y el mentón de Edgardo quedarían desfigurados por la brea en ignición de Talorcan el Negro; la mitad de su cabellera estaba también chamuscada o cubierta de alquitrán, y perdería la visión de su ojo derecho o la había perdido ya. No obstante, lo que quedaba intacto de su rostro permitía apreciar que el último comentario no era simple ego desmedidamente inflado. Era un semblante aristocrático, anguloso, con muy pocas imperfecciones, dotado de ojos verdes y melena rojiza, esponjosa y tupida. Sí, había sido un rostro privilegiado; hasta qué punto seguiría siéndolo, el tiempo lo diría. 

 

      -Creo que él me envidiaba por eso-continuó Edgardo-. Su envidia me halagaba y envanecía. Creo que la mayor flaqueza humana es su anhelo de poder, y yo no fui la excepción. Cuando estaba a solas con Balduino, su envidia me hacía sentir poderoso pero también protector a menos que estuviese malhumorado. Al estar con otros, sin embargo, veía allí una posibilidad de tener más poder, y si para adquirirlo debía tratar a Balduino con crueldad o indiferencia estaba dispuesto a hacerlo. Analizo recién ahora mi conducta ya que, podéis imaginarlo, en aquella época se puede decir que ni sabía lo que hacía. El y yo éramos las últimas nueces del costal, y cada uno de nosotros quería al menos llegar a ser el penúltimo en vez del último; de modo que era, supongo, natural que rivalizáramos tanto. Tal vez habríamos podido superarlo, no sé; pero cuando cumplí doce años, me hicieron escudero de uno de mis hermanos mayores y tuve que mudarme a su castillo, y desde entonces ya no nos vimos tanto con Balduino. Everardo, que así se llamaba el hermano a quien tenía ahora el dudoso honor de servir, se mostró muy despectivo conmigo. Acababa de ser armado Caballero y estaba muy infatuado por ello. Hizo conmigo lo que yo solía hacer a menudo con Balduino:  rebajarme a mí para sentirse grande él. No es que esperara yo gran afecto por su parte, pero fue peor de lo que imaginé. Aunque cueste creerlo, recién ahí noté que mi conducta para con Balduino no siempre fue la correcta. Entonces quise disculparme con él, pero sólo nos vimos en tres o cuatro ocasiones más y nunca con el tiempo suficiente para aclarar bien las cosas, salvo quizás la última vez, durante un torneo que mi padre organizó en Rabenstadt. Dicho sea de paso, en ese torneo Everardo fue derribado a la primera vuelta; ¡imaginaos qué gran Caballero sería!... El evento era para anunciar mi inminente boda, de la que recién me enteré ahí, por otra parte, y el compromiso matrimonial de Balduino. Ni uno ni otro habían sido anunciados aún, cuando mi mirada y la de él se cruzaron desde lejos. Me miró muy serio, y por ello me di cuenta de que estaba resentido conmigo; y como sentía vergüenza  por algunas cosas del pasado, no me animé a acercarme a él para disculparme como hubiese querido. Nunca más volvía a verlo. El día siguiente al torneo,  hubo una terrible discusión entre Balduino y nuestro padre. Parece ser que Balduino tampoco sabía de su compromiso matrimonial hasta oírlo anunciado el día del torneo. No sé qué pensó Balduino de ello; imagino que, igual que yo, se habrá sentido un simple peón en un tablero de ajedrez, al que simplemente se mueve para ganar la partida, sin preguntarle su opinión. De cualquier manera, abandonó el hogar. Dicen que estaba colorado de ira, que gritaba que haría lo que se le viniera en gana, que llegaría a ser más grande que nadie; que a pesar de que recién estaba cambiando la voz, rugía como un león. Lloré al enterarme de su partida; mucho más, por no haber podido pedirle perdón antes.

 

      Edgardo hizo una pausa. Ignacio, quien en ese momento aplicaba paños fríos a las horribles quemaduras de Leif, se  volvió hacia él con curiosidad, como anhelante de la continuación de la historia.

 

      -Vine a Drakenstadt creyendo que nuestros enemigos serían piratas, y tal vez sólo para probarme a mí mismo que hay en mí algo de mayor valor que mi cara o mis títulos de nobleza-continuó Edgardo-. Pero al llegar me enteré de que ahora nuestros enemigos serían dragones. Sinceramente,  por un momento pensé en desertar y todavía no sé por qué no lo hice. Luego de ver rostros desfigurados por la brea en llamas de los Jarlewurms, temí seriamente por el mío. Pero me quedé. Luego me enteré de que Balduino estaba vivo y que militaba como Caballero en la Orden del Viento Negro. Hace poco me enteré de que está apostado en Fristrande, sitio del que recién ahora oigo hablar. Desde entonces no puedo evitar preguntarme si, tal vez, Dios permitió que ocurriera esta guerra sólo con el objeto de que ambos nos reencontremos luego de tanto tiempo. De cuatro hermanos varones que aún seguimos vivos, sólo él y yo estamos aquí, luchando en esta guerra; por algo ha de ser.

 

      Hay cosas que no se dicen a un convaleciente; por ejemplo, que dos hermanos separados por enormes distancias y por una guerra atroz tienen inmensas posibilidades de caer muertos en batalla sin reencontrarse jamás. O que si de una parte es muy vivo el deseo de concretar tal reencuentro, de la otra parte el sentimiento podría diferir mucho. Por lo tanto, Ignacio optó por callarse. Mirando a Edgardo, notaba en los ojos de éste que su mente salvaba ya esas distancias, que la sangre llamaba a la sangre y aguardaba una de esas respuestas que sólo el corazón o el sueño pueden oír.

 

      Se preguntó también si no era exagerado por parte de Edgardo magnificar tanto errores de la niñez. Comprendió, sin embargo, que la psiquis de cada persona es siempre un enorme misterio para lo demás, y que lo que vale para una persona no sirve para otra. Y recordó los otros enemigos que, como otros enormes e incorpóreos Jarlewurms incluso más temibles que los de carne y hueso, atacaban a los hombres en aquella guerra: el prejuicio, el miedo en todas sus formas... Asombraba a Ignacio la cantidad de gente que estaba sola incluso teniendo mucha gente a su alrededor. Algunos se daban cuenta de lo solos que estaban sólo en sus últimos instantes. Confesaban entonces que no les importaba morir así, rodeados por fin de algo a lo que pudieran sentir como familia aunque ni una gota de sangre los uniese a los demás combatientes. Era conmovedor que una catástrofe como aquella pudiera unir a tanta gente aunque siguiese siendo un suceso espantoso. La belleza y el horror a menudo dos como dos árboles que crecen abrazados uno al otro y a los que no hay forma de separar más que abatiendo a ambos.

 

      -Hoy, cuando corrí a proteger con un escudo a esos dos chicos del Leitz Korp, fue como si protegiera a Balduino-continuó Edgardo-. Tal vez el Señor, en agradecimiento por haberlos salvado de Talorcan, responda a mis plegarias y ampare a mi hermano allí donde esté. Si no sobrevivo a esta guerra y tú sí, por favor, búscalo y cuéntale lo que te he dicho. De todos modos, haré lo imposible por seguir vivo y decírselo yo mismo, así no quiera saber nada conmigo y me harte a trompadas.

 

      -Así se habla-aprobó Ignacio, esbozando una sonrisa-.Ahora descansa.  Descansad los dos-pero Leif ya había caído en la inconsciencia, y pronto empezó a gemir entrecortadamente.

 

      Ese día, Ignacio pidió ser relevado de sus deberes prometiendo compensarlo con guardia doble el siguiente. Lo hizo obedeciendo a una necesidad íntima, que ni él mismo pudo comprender, de seguir cuidando a Edgardo y Leif aunque más no fuera estando allí, con ellos. Una presencia amiga es esencial para quien se siente en la más absoluta miseria.

 

      No obstante, en el lúgubre silencio de aquel pabellón, en el que sólo se sentían los ayes de los convalecientes, otro de esos Wurms invisibles vino a atacarlo, su propio miedo, que se presentó burlándose de él. Ignacio se preguntó entonces, entre avergonzado y mortificado, si de veras estaba allí por solidaridad o si no existían otras razones. Sentía pánico por los Wurms, aunque intentara disimularlo, y lamentaba haber accedido a una oficialidad no deseada. Ultimamente, Tancredo de Cernes Mortes no estaba conforme con él, lo que garantizaba, quizás, posibilidades de volver a ocupar un lugar más o menos anónimo entre la masa de combatientes sin jerarquía. Pero Dunnarswrad y Maarten Sygfriedson estaban conformes con Ignacio aunque no fuese el más valiente de los Caballeros, sobre todo porque era inteligente y no causaba problemas; y sería difícil que aceptaran mansamente su renuncia. 

 

       Intentaba aun descifrar, temiendo la posible respuesta, si estaba allí, junto a Leif y a Edgardo, por compañerismo, piedad o sólo por terror a los Wurms, cuando el primero comenzó a delirar. Al principio, sólo de manera ininteligible y queda. Ni Ignacio ni Edgardo le soltaron la mano.

 

      Luego, de golpe, el delirio adoptó una nueva y más pesadillesca forma cuando Leif empezó a gritar, sobresaltando a todos los presentes:

 

      -¿Habéis oído? ¡Así será! ¡Será más grande que nadie! 

 

      -Estoy aquí, compañero-trató de tranquilizarlo Ignacio.

 

      -¿Los ves, picoteando los ojos de los Jarlewurms?-siguió gritando Leif-. ¿Los veis todos?... ¡Son cuervos! ¡El ave sagrada de Odín! ¿Veis que revolotean en torno a los Jarlewurms?... ¡Los han cegado, los han dejado sin ojos!

 

      Ignacio de Aralusia, cristiano convencido y fervoroso aunque alejado de la intolerancia religiosa propia de la época, normalmente no tenía problemas en aceptar las antiguas creencias en parte vigentes en Drakenstadt; pero en ese momento ni él pudo evitar santiguarse con un poco de espanto ante lo que parecía una loca, sacrílega y blasfema profecía pagana.

 

       -Leif, cálmate, por favor-susurró. El convaleciente, como mágicamente repuesto de sus heridas,  había soltado la mano de Edgardo y la de Ignacio, sentándose en el lecho y moviéndose mucho, con todo el aspecto de un  poseso.

 

      -Rabenland...-susurró por fin. Ignacio, quien lo había sujetado para evitar que se lastimase más (sin saber bien de dónde sujetarlo en vista de que todo su cuerpo era una inmensa quemadura) lo sintió  relajarse entre sus brazos en el mismo momento en que varias personas, atraídas por los gritos previos, llegaban al pabellón, Maarten Sygfriedson entre ellas.

 

       -Eso es. Calma. Acuéstate de nuevo-susurró Ignacio; y de repente le pareció que aquel cuerpo estaba demasiado fláccido-. ¿Leif?...-llamó, inquieto.

 

       Pero era inútil. Lo más valioso de Leif Leifson estaba ahora más allá de cualquier sufrimiento, y lo que de él quedaba atrás era un simple cadáver en torno al cual empezaba ahora a arracimarse mucha gente. Demasiado sensibilizado por los sucesos de aquel día, Ignacio estalló en llanto y abrazó con desesperación al difunto; de tal forma que no se hubiese creído que horas atrás el horrible aspecto de Leif le hubiese provocado una repugnancia vencida sólo a costa de esfuerzos casi sobrehumanos.

 

      Maarten Sygfriedson le colocó una mano en el hombro.

 

       -¿Qué pasó, Ignacio?-preguntó con suavidad.

 

       -Hablaba de mi hermano-respondió otra voz, en la cama al lado de la del difunto.

 

      Maarten se volvió hacia el muchacho de rostro medio quemado por las llamaradas funestas de Talorcan el Negro.

 

       -Hablaba de Balduino-insistió Edgardo de Rabenland, convencido pero él mismo perplejo.

 

       Un día seré más grande que nadie, tendré al Reino entero prosternado ante mí; alguna vez, Balduino había gritado aquellas palabras desafiantes a su propio padre antes de irse de su hogar. Palabras sobre las que Edgardo reflexionaba a menudo, preguntándose si tal vez Dios, el tiempo y el Destino no las haría realidad. Será más grande que nadie, había gritado Leif poco antes de morir. Para Edgardo no era una simple coincidencia.

 

      -Explícate-lo instó Maarten. 

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27 febrero 2010 6 27 /02 /febrero /2010 19:53

      En los días que siguieron no trascendió en Drakenstadt información oficial respecto al plan de rescate debatido en Consejo, pero por toda la ciudad corrieron murmullos contradictorios que hablaban de una próxima evacuación de las dos fortalezas que guardaban la entrada del Hrodesfjorde. A medida que transcurría el tiempo, dos rumores en especial fueron tomando forma e imponiéndose sobre el resto. Uno hablaba de una gran nave a la que se estaba trasladando por tierra hacia el Este, haciéndola rodar sobre troncos. A nadie se le ocurrió pensar -tal vez por desconocer el dato o por no evaluar los hechos desde una óptica militar- que se transportaba esta nave con muy escasas precauciones, demasiado a la vista de los Jarlewurms, cuyos largos cuellos les permitían otear los movimientos que tenían lugar en las elevadas costas. Cundió la noticia de que buena parte de los Thröllewurms había desaparecido; y muchos temieron, pesimistas, que hubieran ido en la misma dirección que la nave, con miras a hundirla en cuanto fuera botada y se internase lo suficiente en el mar.

 

      El otro rumor era ya más confuso. En la mitad occidental de Drakenstadt, separada de la oriental por el Kronungalv, parecía estar preparándose un plan alternativo por si fracasaba el primero; sin embargo, del otro lado del río daba la impresión de que nadie sabía en qué consistía este otro plan.

 

      De cualquier manera, desde el Norte de la ciudad, los rumores se fueron propagando hacia el centro y luego hacia el Sur. En el barrio más meridional, el Zodarsweick, había particular interés en que se rescatara a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, porque entonces se dispondría de tropas de refuerzo, parte de las cuales podría patrullar ese sector de la ciudad, estremecido por una creciente ola de violencia.

 

      En efecto, desde el asalto a la Lumpenshaas por parte de los Böderthrölle, las cosas en el Zodarsweick no habían hecho sino empeorar. Había demasiados grupos delictivos para un barrio que era ya pobre, aunque recién ahora se estaba sumiendo en una miseria que persistiría, con subas y bajas, durante más de tres siglos antes de ir desapareciendo gradualmente a partir del tiempo de Kjartan Maartenson. El botín que podía obtenerse allí era ridículamente exiguo, pero los delincuentes apenas si pensaban en enriquecerse por ese entonces, aunque se habló de ocasionales incursiones suyas al centro de la ciudad y de saqueos a los ahora cerrados talleres de orfebrería; la mayoría buscaba sólo sobrevivir. 

 

      Se dijo que aquellos sujetos habían concertado una gran reunión para fijar los límites territoriales a los que debería ceñirse estrictamente cada banda; no respetarlos podría dar lugar a siniestras represalias. A esa reunión fueron invitadas muchas bandas criminales, pero no todas, ignorándose aquellas a las que se consideraba insignificantes y que estaban integradas por jóvenes de poca experiencia y tachados de blandengues por los delincuentes más duros. Fue un enorme error. Los muchachos dejados de lado se llamaron a silencio durante un tiempo, como si hubieran aceptado resignadamente la supremacía de las bandas más temibles, pero nuscaron una forma de vengarse. Durante ese tiempo esos muchachos tal vez subsistieron a base de ratas, como lo harían más tarde, en la misma Drakenstadt, los legendarios Rattensjäcktern o mendigos cazadores de ratas. Simultáneamente, las bandas líderes de la actividad criminal se volvían más violentas. 

 

      Todo cambió una mañana de principios de agosto, cuando adolescentes identificados por algunos como antiguos pandilleros recorrieron el Zodarsweick regalando embutidos -robados supuestamente de las despensas de la nobleza- a las familias más pobres y garantizando protección contra los criminales. Dicha protección, no obstante, no sería desinteresada: el Zodarsweick entero debería contribuir a la manuntención de aquellos singulares e inesperados custodios cuando éstos no tuvieran qué comer; lo que en verdad ocurrió muy pronto. No aceptar la protección ofrecida o tratar de faltar al pacto impuesto podría ser contraproducente, pero quien se ciñera a él no sería molestado.

 

      Los habitantes del Zodarsweick prefirieron adherir masivamente a tan dudosa protección, considerándola como un mal menor. Al frente de los "protectores" se hallaba el joven Hodbrod Christianson, reconocido líder de una pandilla que hasta no hacía tanto entraba en las viviendas, apaleaba a sus moradores si ofrecían resistencia y los despojaba de cuanto le interesara, pero respetando al menos las vidas de la gente. Tras un tiempo en las sombras, reaparecía ahora liderando un grupo más numeroso, cosa nada sorprendente teniendo en cuenta su carisma, que le atraía muchos seguidores. Pronto se vio que poseía una mentalidad muy especial porque, aunque admitía que los embutidos eran robados y mantenía bajo extorsión al Zodarsweick, se consideraba a sí mismo una especie de paladín al estilo que más tarde sería marca registrada del célebre Robin Hood; a tal punto, que  se sintió traicionado cuando luego uno de los "protegidos" lo denunció anónimamente. Y la posterior persecución de que fueron objeto él y sus secuaces la vio él como una despótica represión contra un puñado de valientes justicieros. Por lo visto quería sobresalir, ser alguien importante, y en el rol de héroe de ser posible, aunque utilizando métodos ruines y nada heroicos.

 

      Por un  tiempo, sin embargo, los habitantes del Zodarsweick lo toleraron lo mismo a él que a su numerosa horda adolescente, porque parecían muy eficaces para mantener a raya a criminales más violentos. Era raro que éstos se dejaran intimidar así por rivales tan jóvenes; y sin embargo, sus actividades habían cesado por completo.

 

      Y la razón por la que habían cesado -conocida por ese entonces sólo en los más bajos fondos- era muy simple: casi todos estaban muertos. En una astuta, audaz y bien organizada jugada, Hodbrod Christianson y su tropa de malvivientes adolescentes, en tan sólo una noche, habían caído simultáneamente sobre las guaridas de los criminales más endurecidos, los mismos que antes los habían dejado de lado en el reparto territorial de las bandas delictivas. La gente del Zodarsweick tardaría en enterarse de ello pero, cuando lo hizo, lo aceptó sin problemas hasta que, de modo espeluznante, se relacionaron ciertos restos humanos aparecidos en basurales y rincones apartados con la matanza de criminales perpetrada por Christianson y los suyos. Según se dijo, tales restos consistían solamente en huesos prolijamente limpiados, como para aprovechar toda la carne; y entre náuseas, la gente del Zodarsweick empezó a sospechar que los embutidos repartidos tiempo atrás por Christianson y sus muchachos tal vez no tuvieran el origen declarado, sino otro mucho más horrendo. Y el miedo reemplazaría al asco cuando, a las puertas del invierno, muchos comenzaran a preguntarse a qué medidas serían capaces de recurrir Hodbrod y sus seguidores para sobrevivir durante la más extrema escasez.

 

      Sin embargo, nunca pudo probarse que la materia prima de los famosos embutidos fuera carne humana. No se habían reportado robos en las despensas de los nobles, pero éstos estaban en el frente de batalla o muertos, y sus mayordomos tal vez fueron forzados al silencio mediante amenazas. Y cuando más tarde las autoridades, tras un inesperado giro de los acontecimientos, convirtieron sin vacilar a Hodbrod Christianson y sus muchachos en héroes, decidieron ignorar las presunciones de canibalismo que recaían sobre ellos. Nacería entonces una segunda sospecha apenas insinuada en documentos contemporáneos y totalmente soslayada por los de tiempos posteriores, la de que se había hecho  la vista gorda a aquel caso de antropofagia, porque otros habían tenido lugar en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, cuando la hambruna hizo allí los peores estragos. Tal el costado más lúgubre de aquella guerra, como de tantas otras. 

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27 febrero 2010 6 27 /02 /febrero /2010 16:51

      La tumba del Príncipe Gudjon Olavson -que subsiste aún en la actualidad- consistía en un magnífico sarcófago de marmol negro cubierto con la amplia capa del difunto, negra también y con un halcón bicéfalo bordado en hilo escarlata en su centro. Gudjon apenas si había tenido ocasión de usar dicha capa, que delataba su pertenencia a la Orden del Viento Negro: se la había hecho confeccionar poco antes de morir, cuando su lealtad a la mencionada Orden era ya hecho sabido y admitido por todo el mundo. Sobre ella descansaban ahora el yelmo y los guanteletes del príncipe, caído en combate ante la Puerta Regia de Drakenstadt.

 

      Allí se dirigió el Duque Olav luego de salir del Consejo, y hasta allí lo persiguió Tancredo de Cernes Mortes en un infructuoso intento de hacerlo desistir de su decisión.

 

      Cuando Guido de Flaurania lo supo al día siguiente, se llenó de ira y de vergüenza ajena.

 

      -Tancredo, disculpadme que os lo diga, pero no tenéis el menor tacto ni respeto por el dolor de los otros-increpó al Gran Maestre de la Doble Rosa-. Ese pobre hombre va a la Catedral a llorar a su hijo favorito, cuya muerte todavía le cuesta aceptar, y ni allí lo dejáis en paz.

 

      -¡Es que es menester que recapacite!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, de mal talante-. ¡No es posible que el dolor por los muertos nos haga descuidar a quienes todavía están vivos! Ese gran bribón de Hreithmar Hjalmarson es más astuto de lo que parece. ¡Bien ha hecho su jugada!... Le bastó mencionar al Príncipe Gudjon para que el Duque se conmoviera y cediese ante una decisión necia a más no poder. ¿O no habéis notado que ese patán de Cipriano de Hestondrig, prudentemente, se abstuvo de apoyar el plan?

 

      -Cipriano de Hestondrig es un inútil sin carácter ni decisión-sentenció lapidariamente Guido de Flaurania-. Espero que muera antes que el señor Thorstein Eyjolvson o que dimita de su cargo cuando le toque sucederlo, pues triste será el día en que la Orden del Viento Negro sea conducida por semejante asno.

 

      -Bueno, ¡pues ahí está!-exclamó triunfalmente Tancredo de Cernes Mortes-. El Viento Negro no existe como Orden de Caballería, son sólo un puñado de inútiles e improvisados jugando a los guerreros. Excepto, se entiende, Thorstein Eyjolvson.

 

      -¿Inútiles e improvisados? Erlendur Ingolvson se lució luchando contra los piratas Kveisung y en este mismo momento, según tengo entendido, encabeza con bravura la resistencia contra los Wurms en Ramtala. Y en el Lilledahl, Hipólito Aléxida parece haber hecho un excelente trabajo. ¿Llamáis a eso inutilidad o improvisación?

 

      -El Aléxida sin duda corrió con suerte. En cuanto a Ingolvson, es una marioneta de Thorstein Eyjolvson, y sólo se mueve cuando éste tira de sus hilos. Nuestro León de Cernia, que como sabéis está en Ramtala también, vale diez veces más que Ingolvson, aunque no pueda demostrar  sus aptitudes porque no se le dé ocasión para ello. Thorstein Eyjolvson favorece sólo a sus hombres.

 

      -Tancredo-razonó  Guido de Flaurania-, León tiene un puesto de mando en Ramtala; pero si algo desconoce ese muchacho es la subordinación. Y sabiendo cómo es, temo que Thorstein Eyjolvson hace  muy bien teniéndolo a raya. Ni en Norcrest, ni en Ulvergard ni en ningún otro lugar de Andrusia  mandamos nosotros. Nuestras tropas nos obedecen sólo a nosotros, pero debemos movilizarlas de acuerdo a los dictámenes de los nobles locales o como mucho, si esto no nos gusta, retirarlas de regreso hacia el Sur, por cobarde e indigno que fuera; pero algunos de nuestros hombres, como León de Cernia y Felipe de Flumbria, no parecen tenerlo muy en claro, y pretenden hacer las cosas a su antojo. Así que si el señor Eyjolvson prefiere que éste no comande la resistencia en Ramtala y elige en su lugar a Erlendur Ingolvson, creo que obra sensatamente.

 

      -No vale la pena seguir discutiendo, el tiempo me dará la razón-porfió Tancredo de Cernes Mortes.

 

      -Además-prosiguió Guido de Flaurania-, os hago notar que por tratarse de un inútil o de un improvisado (no sé en qué rubro lo categorizaríais) también este tal Balduino de Rabenland se está haciendo notar bastante, ¿o creeis que su nombre ha quedado en el secreto del Consejo? Ahora hay esperanza donde antes no la había, y todos quieren saber con quién están en deuda por ello. Estad seguro de que en una semana a lo sumo, todos sabrán de Balduino de Rabenland y se preguntarán muchas cosas sobre él, especialmente si su plan tuviera  éxito. Siempre y cuando, claro está-añadió maliciosamente-, que cuando ello suceda no aparezcan otros atribuyéndose la autoría de la idea, como suele ocurrir en estos casos.

 

      -Mirad, estoy persuadido de que se nos ha mentido vilmente-dijo Tancredo de Cernes Mortes.

 

      -¿Qué queréis decir?

 

      -Ya os lo dije antes: en el Viento Negro nadie sirve para nada en cuanto a ideas, salvo su Gran Maestre, Thorstein Eyjolvson. Porque si sirvieran, el segundo de Eyjolvson sería alguien competente y no ese Cipriano de Hestondrig, de quien vos mismo reconocéis que es un asno.

 

      -A los mejores puestos no siempre se llega en base a méritos-observó Guido de Flaurania, mirando con disimulo a Tancredo de Cernes Mortes como si éste fuera el mejor ejemplo de sus palabras llevadas a la práctica-. De todos modos creo que, si el señor Eyjolvson tuviese una idea, la proclamaría como suya en vez de ponerla en boca de uno de sus subordinados, como parecéis sugerir.

 

      -¡Exacto!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes-. ¡Y esta idea no es de él!

 

      -Disculpad, pero me estáis mareando. No entiendo adónde queréis llegar.

 

      -¿No es obvio?: ¡en Fristrande, uno de los nuestros ha tenido la idea que ayer fue expuesta en Consejo y que este tal Balduino de Rabenland presentó como suya!

 

      -¡Pero si ni siquiera nos consta que tengamos a alguien en Fristrande!

 

      -¡Ya nos constará, ya nos constará!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes-. He puesto a mi secretario a revolver entre listas y mapas para averiguarlo.

 

      -Pero si decís que la que se expuso anoche es una pésima idea. ¿Por qué tanto empeño en demostrar, entonces, que el cerebro que la elucubró pertenece a nuestra Orden?

 

      -Guido, ¡por favor!... En nuestra Orden no sólo hay mentes ingeniosas y astutas, también las hay, por desgracia, de las otras. Esto hay que asumirlo. Pero buenas o pésimas, las ideas han de atribuirse al que las tuvo en un principio y no al que las roba y presenta como suyas.

 

      Guido de Flaurania no quiso contestar, pero tuvo el pálpito de que aquello era el primer paso para que la Orden de la Doble Rosa pudiera apropiarse de la idea, caso de que ésta demostrara ser buena. Lo peor era que Tancredo de Cernes Mortes tal vez ni se diera cuenta de sus propias motivaciones.

 

      -Todo debe conservar su orden lógico y natural-había dicho meses atrás, una vez alcanzado el sumo Maestrazgo tras imponerse en una veloz y cuestionable elección por encima de su rival, el joven Maximiliano de Cernes Mortes, sobrino del Gran Maestre anterior y heredero asimismo de muchas convicciones de éste-: los nobles por encima de los villanos; los valientes por encima de los cobardes; los sabios arriba y los necios abajo-con todo lo cual quería expresar la superioridad de la Orden de la Doble Rosa por encima de los advenedizos del Viento Negro.

 

       -Siendo este último el caso-había respondido insolentemente el joven maximiliano, con una sonrisa enigmática-, y evaluando sabidurías y necedades, varios en esta Orden deberían intercambiar roles con sus caballos-y cuando algunos de los presentes, ofendidos, exigieron que fuera más específico y concreto, agregó:-. Eso me lo reservo para cuando termine la guerra. Con suerte, para entonces unos cuantos habrán adquirido algo de seso y se les podrá permitir continuar en lo alto de sus monturas, lo que me alegrará mucho, porque tampoco confío en ellos haciendo trabajo de caballos. Hasta para eso son demasiado brutos e ignorantes.

 

      No era fácil simpatizar con La Pulga, como era conocido Maximiliano de Cernes Mortes. Era demasiado mordaz, demasiado incisivo en sus opiniones y comentarios; y si no, de todos modos siempre hallaba alguna otra forma de incomodar a aquellos que no le caían bien, es decir, aparentemente casi todo el mundo. Las jerarquías le importaban un bledo a la hora de poner en acción su punzante lengua; es más, cuanto más alto se estaba, más riesgo se corría de ser víctima de esas frases suyas,  temibles como venablos envenenados.

 

      Tancredo de Cernes Mortes le había conferido el cargo de Mariscal de Halmurik para mantenerlo lejos y neutralizar su corrosiva labia aparentando a la vez que valoraba las otras cualidades del muchacho y calmando en parte a los seguidores de éste, que por aquel entonces eran una fracción reducida pero pujante; y ciertamente, el cargo parecía un inmenso honor, pero en Halmurik todavía no se había librado un solo combate contra los Wurms y tal vez nunca se librara ninguno. Había motivos para sospechar que otra ventaja del nombramiento -controvertido además, pues Halmurik ya tenía designado otro Mariscal- era que, aunque en teoría se concedía a Maximiliano un gran autoridad, en el mejor de los casos no tendría oportunidad de lucirla debidamente en batalla, lo que haría que poco a poco su nombre cayese en el olvido... Aunque paradójicamente, ahora que se hallaba lejos, muchos empezaban a justipreciar sus cualidades. Guido de Flaurania había apoyado a Tancredo de Cernes Mortes contra La Pulga en la pulseada por el Maestrazgo, y ahora empezaba a arrepentirse.

 

      En ese momento, un inconfundible estrépito hizo emerger de sus pensamientos al Segundo Maestre de la Doble Rosa: una mezcla de rugidos y alaridos, de órdenes brutales y de máquinas de guerra accionándose velozmente, de corridas para un lado y para otro. Los Wurms atacaban de nuevo la Muralla Norte de Drakenstadt.

 

      -Iré a dar una mano-dijo Guido de Flaurania.

 

      -Mejor haríais procurando que se refuercen los muros del Sur, que están  totalmente desprotegidos. Un día los Wurms lograrán remontar el Kronungalv y abrirán una brecha allí, y ya nada podrá salvar la ciudad-dijo Tancredo de Cernes Mortes.

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25 febrero 2010 4 25 /02 /febrero /2010 23:07
      En la noche del 10 de agosto de 958, el Duque Olav de Norcrest reunía al Consejo de Guerra en el Palacio Ducal de Drakenstadt. Formaban parte de él, entre otros: el Gran Maestre de la Orden de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes; el segundo de éste, Guido de Flaurania; el Segundo Maestre de la orden del Viento Negro, Cipriano de Hestondrig; Hreithmar Dunnarswrad, el gigantón colérico por cuyas venas corría supuestamente sangre de ogro y que tenía directamente bajo su mando a todas las tropas villanas de la ciudad y al Leitz Korp; Ignacio de Aralusia, especie de lugarteniente extraoficial de Tancredo de Cernes Mortes en Drakenstadt; y Maarten Sygfriedson, quien a la sazón desempeñaba en la ciudad más o menos el mismo papel que Ignacio, pero en representación de Thorstein Eyjolvson, Gran Maestre del Viento Negro. Había varias personas más, pero éstas eran las más importantes, por no decir las únicas que contaban.

      El Duque Olav nunca había sido diestro en las armas ni entendido en asuntos militares, tal vez debido a que su físico débil no lo ayudaba en tales actividades. De hecho, era un misterio cómo de su simiente había nacido un coloso feroz como el ahora difunto Gudjon Olavson, el hijo a quien más había amado, tal vez porque era todo lo contrario de él.

       De cualquier manera, el Duque ponía empeño en ocuparse de aquellos asuntos en los que tan poco ducho era. Pero dejaba hablar a los demás y se limitaba a tomar una decisión en base a todo lo oído. Mucho más no podía hacer por no ser experto en la materia, ni se encontraba de ánimos para ello ahora que la mayoría de sus familiares varones habían caído en batalla.

      -Os he reunido, señores-comenzó a decir-, para pediros cuestra opinión respecto a un plan de rescate de los hombres que tenemos en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, sugerencia de...-y rebuscó infructuosamente un nombre en su memoria antes de darse por vencido y volverse hacia el secretario que tenía a su diestra, un hombre casi tapiado en papeles y pergaminos.

      -Balduino de...-murmuró el hombre, poniéndose de pie y desenrollando el pergamino que coronaba la cima del enorme cúmulo para leer en él-. Está mal escrito-censuró-. Balduino de Rabensland-concluyó, pronunciando la palabra en lo que allí era "el correcto" Bersik.

      Tancredo de Cernes Mortes, a quien su tupida cabellera y puntiaguda barba conferían un extraño aspecto leonino, puso cara de asombro y disgusto.

      -Pero, ¿por qué ese hombre no me comunicó primero su plan a mí, que soy su Gran Maestre?-preguntó, indignado.

      -Señor, me temo que aquí hay una confusión-suspiró el secretario, tras el cúmulo de papeles y pergaminos-. El señor Thorstein Eyjolvson dice en su carta que se trata de un Caballero de su Orden.

      -¿Cómo que de la suya?-preguntó Tancredo de Cernes Mortes-. ¡Es de la mía... y se encuentra aquí, en Drakenstadt! ¡Si ayer mismo hablé con él!-añadió, consultando con la mirada a su segundo, Guido de Flaurania.

      -No, ése es Edgardo de Rabenland-contestó Guido de Flaurania-. Este Balduino debe ser pariente suyo.

      -Hermano-apuntó alguien.

      Maarten Sygfriedson escuchó susurrada la palabra Rabensland y vio que tres jóvenes oficiales que desde hacía días se debatían contra una creciente desesperanza parecían animarse un poco. Y conociéndolos, no era difícil saber por qué.

      Estos tres muchachos pertenecían a familias no del todo cristianizadas, en las que se narraban frecuentemente las viejas leyendas y mitos paganos. Cuánta fe depositaban en ellos, difícil saberlo. Tales historias se repetían con algo de vergüenza, dado el desprecio que les dispensaba la Iglesia; pero aun así, se repetían, sobre todo por su belleza poética. Además, en el frente de batalla parecía más lógico creer en ellas que en Cristo y el Paraíso, aunque nadie lo admitiese. Los guerreros semipaganos de Drakenstadt iban al combate, en aquella guerra, recitando el Salmo 23, igual que todos los otros; pero muchos de ellos, al expirar, sin duda se preguntaban si habrían luchado con el suficiente valor para ser admitidos en el Valhöll, morada de los caídos en batalla conforme a las viejas creencias de los Bersiker.

      Ahora bien, Rabensland (o su forma Rabenland) significaba "Tierra de Cuervos". Y el cuervo era el ave sagrada de Odín, dios supremo del panteón Bersik, que era representado precisamente con dos cuervos sobre sus hombros, Hugin ("Pensamiento") y Munin ("Memoria").

      Era evidente que estos tres jóvenes oficiales, que se miraban de reojo entre ellos, verían un augurio favorable en cualquier sugerencia aportada por alguien que viniese de la tierra consagrada al ave de Odín, y se desilusionarían mucho si el consejo resultara ser una tontería demasiado obvia.

      -Este Balduino se encuentra en Freyrstrande-aclaró el secretario, y los tres jóvenes oficiales volvieron a mirarse ansiosamente: Freyr era otra antigua divinidad muy respetada entre los Bersiker.

      -Y es uno de nuestros mejores hombres-dijo jactanciosamente Cipriano de Hestondrig; pero sólo para darse aires ante Tancredo de Cernes Mortes pues, por lo demás, ignoraba quién era el tal Balduino de Rabenland.

      -Fristrande... Fristrande...-gruñía Tancredo de Cernes Mortes, cuyo dominio de la lengua Bersik dejaba mucho que desear, y a quien la palabra Freyr no decía nada. Poco de asombroso había entonces en que convirtiera en Playa Libre un topónimo que originalmente significaba Playa de Freyr.

      -Freyrstrande-corrigió cortésmente el hombre de los papeles.

      -¡Bien... Bien... !-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, impaciente por la corrección que a su parecer no venía al caso-. Como sea-y se volvió de nuevo hacia su segundo al mando-. ¿A quién tenemos nosotros en Fristrande, Guido?

       -Freyrstrande o Fristrande, en mi vida la sentí nombrar, y eso que reviso mapas desde hace meses-contestó Guido de Flaurania, con abrumadora franqueza-. Si enviamos a alguien allí, no estoy al tanto o no lo recuerdo.

      -Debe ser un lugar realmente minúsculo: yo tampoco oí hablar de él-dijo Maarten Sygfriedson. Pero de inmediato pensó que era todo un ignorante respecto a cualquier cosa que quedara fuera de las baronías de Norcrest y Ulvergard.

      -Nos estamos desviando de lo que realmente importa-señaló el gigantón de Hreithmar Dunnarswrad, y su voz trataba de sonar afable-. A ver qué propone el tipo ése.

      Hubo múltiples caras de horror ante semejante léxico, pero ningún refinamiento cabía en Dunnarswrad. De cualquier manera, Maarten Sygfriedson e Ignacio de Aralusia se aliviaban de tenerlo allí, directo, práctico y tan amedrentador con su imponente mole, que nadie se animaba a contradecirlo mucho.

      -La idea sería entretener a los Wurms con una falsa maniobra de rescate-explicó el hombre de los papeles-. Distraerlos haciendo muchos preparativos aparentes en algún punto de la costa cercana a Drakenstadt. El verdadero rescate se efectuaría desde otro lugar, lo suficientemente lejos de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg para que los Wurms no esperen una tentativa similar. Sería ideal como punto de partida un sitio donde nunca hayan existido cosas como muelles o amarraderos. Se podrían llevar allí botes desarmables, con las piezas numeradas, cosa de que inmediatamente pudieran ser armados y calafateados y quedaran listos para ser usados. Se sugiere además que sean pintados de negro, y que las ropas de los remeros también sean negras, porque toda la operación se haría de noche y frente a las mismas narices de los Wurms.

      -¡Eso sería un suicidio!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes.

      -Señor-siguió diciendo el secretario-: el señor Thorstein Eyjolvson avala la opinión de este Balduino de Rabenland, en el sentido de que es mejor llevar a cabo el rescate sabiendo que los Jarlewurms estarán frente a Drakenstadt o Ramtala o cualquier otra ciudad, y no arriesgarse a que salgan sorpresivamente de algún canal y hagan fracasar la operación. Se nos aconseja no dejarnos llevar por la desesperación o el apresuramiento. Es preferible, dice este Balduino, hacer el rescate en varias etapas. La primera exigiría sacar de las fortalezas a los hombres. Previamente, éstos se dejarían ver poco, como si estuvieran muriendo progresivamente, víctimas del hambre o de enfermedades; de modo que, cuando ya no se los vea, su ausencia no llame la atención de los Jarlewurms. De las fortalezas, los hombres serían llevados a alguna isla. Se navegaría por los canales del archipiélago para mantenerse fuera de la vista de los Wurms. Y siempre de noche. La navegación nocturna daría otra ventaja a los rescatadores: caso de que los Jarlewurms se hallaran atacando algún punto de la costa, sería fácil detectar su posición para evitarlos. En cuanto a los Thröllewurms, serían un problema menor. Distraída su atención con la falsa maniobra de rescate, difícilmente advertirían que otra se está llevando a cabo desde otra parte porque, además de no ser muy inteligentes, la posición frontal de sus ojos reduce su campo visual.

      Hubo un largo silencio, que fue roto por Maarten Sygfriedson:

      -Bueno, quien quiera que sea este Balduino, al menos es observador y razona bien-opinó-; porque eso de la posición de los ojos no lo había notado yo, y menos todavía lo del campo visual.

      -Eso no garantiza nada, por desgracia-señaló Guido de Flaurania-. El plan supone que los Thröllewurms tendrán todo el tiempo sus ojos fijos en la falsa maniobra de rescate, lo cual es muy iluso. Lo más probable es que tengan unos cuantos exploradores dando vueltas de aquí para allá.

      -Pero el grueso de sus fuerzas estaría entretenida con la maniobra de distracción-arguyó Maarten Sygfriedson-. Es más fácil burlar a uno o dos que a muchos. Y de noche y con las medidas que se nos han sugerido, sería más fácil evitar ser descubiertos.

      -Suponiendo que esos monstruos no detecten los movimientos en el agua, lo que parece poco factible-gruñó tancredo de Cernes Mortes.

      -De acuerdo, siempre y cuando esos movimientos se produzcan cerca de ellos; pero se nos indica que procuremos, precisamente, iniciar el rescate desde un punto alejado-replicó Maarten Sygfriedson-. Nadie dice que el plan sea perfecto o que no dependamos en parte de la suerte-se volvió hacia Ignacio de Aralusia-. ¿Qué opinas tú?

      El interpelado vaciló antes de responder.

      -Suena demasiado osado y azaroso-dijo por fin-, pero el problema es que no se me ocurre nada mejor. Es elegir entre este plan, o abandonar a su suerte a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg.

      -Y si la decisión dependiera de ti, ¿qué elegirías tú?-preguntó Maarten Sygfriedson.

      -Creo que optaría por intentarlo.

      -¡Qué locura!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, censor. Había ascendido a la oficialidad a Ignacio sólo por consejo de uno de sus más fieles secuaces, León de Cernia; y ahora lo lamentaba. Al parecer, Ignacio, partidario de la unión concordia entre las dos órdenes de Caballería, muchas veces no razonaba coherentemente-. Imaginad, sólo por un momento, que el plan fracasara. Perderíamos a los hombres de la misión de rescate sin salvar a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Y necesitamos hasta el último hombre para defender la ciudad.

      Maarten Sygfriedson -un joven de estatura descollante, prematuramente calvo, de rasgos andrusianos y feo como él solo, pero de mirada inteligente- aguardó en vano a que alguien, especialmente Cipriano de Hestondrig en su calidad de Segundo Maestre del Viento Negro, rebatiera con algún argumento estas palabras. Pero sólo Dunnarswrad, forzado a medir sus intervenciones y su vocabulario debido a su origen plebeyo, estaba próximo a abrir la boca; no obstante, mejor que la mantuviera cerrada pues, a juzgar por su semblante, lo primero que haría sería echar sapos y culebras sobre medio mundo y sobre Tancredo de Cernes Mortes en especial.

      -Sí: necesitamos hasta el último hombre de armas-dijo finalmente Maarten-. Pero para una operación de rescate así necesitamos sólo remeros fuertes y experimentados. Todos sabemos que, en caso de que los descubrieran, toda pericia en las armas sería inútil: de modo que no necesitaríamos sacrificar guerreros. 

      -Si vos consideráis que simples remeros estarían dispuestos a meterse directamente en las fauces de los Wurms...-ironizó Tancredo de Cernes Mortes.

      Aquel hombre resultaba verdaderamente atosigante. A priori parecía dispuesto a encontrar y resaltar dificultades en cualquier cosa que se propusiera. Sin embargo, si se estaba atento, se advertía que si alguien de su Orden proponía tales ideas, ponía muchos menos peros, cosa que no podía reprochársele en la cara para no provocar una hecatombe en un momento tan delicado.

      -¡A la mierda con eso!-estalló Dunnarswrad-. Son remeros y hombres de Drakenstadt, ¿no? ¿O son gallinas? De ser así, avisadme y los haré gallos hartándolos a patadas, o me meteré en el bote con ellos para demostrarles, aunque sea cogiéndomelos, quién manda en el gallinero.

      Hubo alguna sonrisa disimulada además de caras desdeñosas ante el exabrupto. Dunnarswrad tenía un rostro que infundía miedo, con arcos superciliares muy pronunciados, una nariz diminuta y achatada y labios gruesos, todo enmarcado por una cabeza casi cuadrada. No existía cuello bajo la misma: la continuación era la terrorífica mole de su cuerpo, musculoso hasta la deformidad.

      Viéndolo, se comprendía que aquel personaje tuviera aterrorizados a los jóvenes del Leitz Korp: aquellos campesinitos reclutados en ciudades, pueblos y aldeas de toda la baronía y entrenados para que hicieran de soldados en caso de que la ruina alcanzase a Drakenstadt. No resultaba fácil pedirle a un personaje así que no empleara en Consejo y ante altos personajes como un Gran Maestre el lenguaje soez y directo que utilizaba en el cuartel; por lo que quienes se sintieran agraviados por la terminología empleada preferirían criticarlo a sus espaldas en vez de llamarlo al orden.

      -No estaría de más, tal vez, que un guerrero fuera con ellos, para infundirles alguna sensación de seguridad-opinó Ignacio de Aralusia-. Pero, Hreithmar, mejor deja que vaya yo. Tu presencia es demasiado necesaria en el frente.

      -Quizás nos apresuramos demasiado-objetó Guido de Flaurania, Segundo Maestre de la Doble Rosa y hombre bastante más razonable que su superior, Tancredo de Cernes Mortes-. ¿Es posible construir esos botes desarmables? ¿Disponemos de algún punto en la costa que reúna las condiciones para, desde allí, intentar el rescate? Porque si la respuesta a alguna de estas preguntas fuera negativa, creo que aquí acaba la discusión.

      -Estoy seguro de que hallaremos un sitio conveniente-repuso Maarten Sygfriedson-, y no hay imposibles para los armadores de Drakenstadt. No puede ni debe haberlos, en trances como éste.

      -¡Pero por Dios!-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, impaciente-. Vuestro brillante plan llevará a la muerte a los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Tendremos otro Mar en Sangre gracias a la sugerencia de este tal Balduino y a vuestra aquiescencia. Teorizar siempre es fácil. Ya quisiera ver a este Balduino en acción en su Fristrande. Apostaría mi caballo y mi armadura a que allí sus geniales ideas terminan en desastre. Si su idea fuera tan buena, se nos habría ocurrido a nosotros, que estamos en el lugar de los hechos.

      -Pues a mí algunos de los detalles de su plan se me habían ocurrido; pero no confiaba en el éxito de la empresa-confesó Ignacio de Aralusia.

      -Supongo que todos discurrimos alguna variante de su idea-dijo Maarten Sygfriedson-, pero creímos que no daría resultado.

      -¿Y puede saberse qué os desvió de tan sensata convicción?-preguntó Tancredo de Cernes Mortes.

      -Creo que ese detalle de la posición de los ojos de los Thröllewurms-respondió Maarten Sygfriedson-. A mí me ha asombrado, porque ni se me hubiera ocurrido fijarme en algo así. Esta persona, este Balduino, no habla por hablar; sabe qué está diciendo, y pienso que sería tonto desdeñar su idea. Podemos discutirla, perfeccionarla; al fin y al cabo, bien lo dijisteis, somos nosotros quienes estamos en el lugar de los hechos. Pero no desecharla.

      -Yo soy partidario de intentarlo-declaró Guido de Flaurania; y apenas había acabado de hablar, que ya Dunnarswrad daba un estruendoso puñetazo a la mesa y se ponía de pie.

      -¡A la mierda con todo este comadreo inútil!-rugió el gigante-. Si no hacemos nada, los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg ya son hombres muertos; mejor una posibilidad, por remota que sea, que ninguna en absoluto. Señor-agregó, volviéndose hacia el Duque Olav-: vuestro hijo y mi amigo, el difunto Príncipe Gudjon Olavson, a quien Dios guarde, jamás habría consentido en que permaneciésemos en la inacción en este asunto. Recordad hasta qué punto lo desesperaba no poder hacer nada por los hombres de ambas fortalezas, y cómo prácticamente había que amarrarlo con cadenas para que no comandara personalmente intentos de rescate con menos posibilidades de éxito que éste. Yo digo que no intentarlo sería un ultraje a su memoria; que se retorcería en su tumba si por desidia, cobardía o lo que fuese, condenáramos a las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg a muerte por inanición. Supongamos que no resultara. Sí, sería otro Mar en Sangre, como bien ha dicho el señor Tancredo de Cernes Mortes; pero prefiero tener un nuevo Mar en Sangre que vengar, antes que esta... esta...-y vencido, se dio cuenta de que no hallaba la palabra adecuada para lo que sentía. Pero la amarga expresión de su rostro fue lo bastante elocuente.

      -Opresión-dijo Ignacio de Aralusia.

      -Incertidumbre-precisó uno de los jóvenes oficiales semipaganos.

      -Exactamente-aprobó Dunnarswrad, sentándose de nuevo.

      El Duque Olav se incorporó, cosa que normalmente sólo hacía al dar por terminado el Consejo; pero todavía ni se había votado.

      -Maarten: dejo este asunto en vuestras manos. El intento de rescate se hará-decidió, y todos se asombraron ante aquella súbita resolución en el Duque, usualmente vacilante en cuestiones de índole militar-. Enviad palomas mensajeras a Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Que finjan estar muriendo de a poco, que los hombres estén listos para evacuar las fortalezas en cualquier momento. Haced construir esos botes desarmables. Mientras tanto, organizad el falso rescate a modo de señuelo desde el lugar que estiméis conveniente y elegid muy bien el punto desde el que zarparán los botes para el verdadero rescate. Ultimad adecuadamente los detalles para que, en caso de fallar, podamos culpar sólo al infortunio. Hreithmar: tendréis a vuestro cargo la defensa de Drakenstadt todo el tiempo que dure la operación.

      Se volvió hacia Ignacio de Aralusia.

      -Si todavía estáis dispuesto a ello-dijo-, y si el señor Tancredo de Cernes Mortes no ve inconveniente, lideraréis la expedición de rescate, una vez montada.

      -Ningún inconveniente-gruñó en tono seco Tancredo de Cernes Mortes.

      -En ese caso, Maarten, consultad con el señor de Aralusia todos y cada uno de vuestros preparativos, puesto que será él y no vos quien arriesgará el pellejo-ordenó el Duque Olav-. El Consejo ha terminado. Buenas noches, señores.

      Abandonó la sala, y los demás fueron poniéndose de pie y saliendo tras él uno a uno. Tancredo de Cernes Mortes, bullendo de rabia mal disimulada; su segundo al mando iba tras él, pero se rezagó cuando estaba por franquear la puerta a fin de esperar a Ignacio de Aralusia.

      -Enorgulleces a la Orden ofreciéndote de voluntario para una misión tan arriesgada-dijo, estrechándole la mano-. Eres un valiente, muchacho, y cuentas con todo mi apoyo.

      Ignacio de Aralusia agradeció el cumplido con una sonrisa insinuada y una tímida inclinación de cabeza.
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