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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 18:00

     Transcurrió todo ese día sin que Oivind regresara con lo que se le había mandado buscar de Vallasköpping; y con los últimos rayos del sol llegó a Vindsborg la noticia, traída por Thorstein el Viejo, de que a la ida el viejo había sido atacado por grifos, afortunadamente sin resultar herido.

      -Dice que mañana vendrá a rendiros cuentas; pero primero quiere reponerse, porque recibió un susto de muerte-informó Thorstein el Viejo-. Señor, ¿cuándo haréis algo con esas bestias?

 

      -¡Hummpf!-gruñó Balduino-. Comenzaré ya.

 

      Y comentó con Anders, luego de que Thorstein se hubo retirado:

 

      -No sé si el peligro está en los grifos o en Oivind. Es mucha casualidad que el viejo venga a lloriquear acerca de los terribles y espeluznantes riesgos que corre cada vez que viaja a Vallasköpping, y enseguida lo ataquen los grifos, como para darle la razón.

 

      -Balduino-arguyó Anders-, no es que ese viejo borrachín me inspire mucha confianza; pero, ¿y si dice la verdad?

 

      -Tienes razón: ¿y si dice la verdad?-repitió Balduino, pensativo.

 

      Esa noche, después de acabar las tareas del día, todos se congregaron en el interior de Vindsborg para esperar la cena. Anders pasó primero por el retrete; y al reunirse con los demás, halló a Balduino puliendo frenéticamente su casco.

 

      -¿Qué haces?-le preguntó.

 

      -Pongo a punto mi armadura-contestó el pelirrojo.

 

      -Hombre, me hubieras dicho... Si ése es mi trabajo.

 

      -Siempre me puedes ayudar...

 

      En otro tiempo, aquella armadura, eficaz, vistosa y cara, había sido el orgullo de Balduino. Se la había hecho forjar un noble de Hallustig, Roland de Armelinskwald, en agradecimiento por salvarle el pellejo. Pero desde su llegada a Freyrstrande, esa armadura se había vuelto una cosa inútil, y luego de quitársela la primera noche, Balduino no sólo no había vuelto a ponérsela, sino que además la descuidaba tanto que comenzaba a herrumbrarse. Y no sólo eso, sino que, necesitado de metal, hasta había dado a los gemelos Björnson y a Anders la orden de fundirla y transformarla en algo útil.

 

      -¿Tu armadura, señor Cabellos de Fuego?-habían preguntado en esa ocasión Per y Wilhelm, circunspectos.

 

      Impresionaban sus gestos en ese momento, porque eran inhabituales en ellos. Sus rostros, a veces crueles, a veces ridículos, se veían ahora a la vez reflexivos y desaprobatorios. Se cruzaron de brazos y miraron penetrantemente a Balduino, alzando las cejas con aire misterioso, sin decir una palabra. Sus semblantes eran una invitación firme a reconsiderar la decisión tomada.

 

      -Sí. Ya no sé de dónde sacar más metal-respondió finalmente Balduino.

 

      -La armadura no. Por favor-suplicó Anders, con aspecto entre dolido y agobiado, luego de luchar un rato consigo mismo y ya sin poder dominarse.

 

      Sucedía esto en los días en que ambos estaban todavía en pie de guerra. Balduino, por entonces muy deprimido, no veía la razón de conservar su armadura en desuso, como un símbolo de sus sueños frustrados; y tampoco entendió la reticencia de los gemelos Björnson a cumplir con la orden, ni la aparente desolación de Anders ante la destrucción de una armadura que no era suya y que para colmo pertenecía a alguien a quien detestaba.

 

      -Muy bien. La armadura no-dijo, sin embargo.

 

      Tal vez la reacción de Anders obedeciera a que veía en la armadura el símbolo de sus propios sueños de gloria o de la más noble ética resistiendo invicta los embates del vicio, el crimen y la corrupción.

 

      Como fuera, Balduino tenía ahora motivos para estarles agradecido, a él y a los gemelos Björnson; porque ya que no para combatir, la armadura podía ser útil para otras cosas.

 

       Anders se había puesto a engrasar las calzas metálicas, y observó la incipiente herrumbre con mucha culpa.

 

      -Lamento haber sido tan negligente en el cuidado de tu armadura-se disculpó.

 

      -Ni tiempo te di. Había otras cosas que hacer-contestó Balduino-. Lo que ocurre es que mañana iré a Vallasköpping. Veré a los constructores de catapultas.

 

      -Eh...-murmuró Anders, confuso, como no muy seguro de no estar perdiéndose de algo en tan escueta explicación-...¿Con la armadura puesta?

 

       -Ajá. La última vez les envié a Fray Bartolomeo para que los amenazara con los suplicios infernales si no se ponían a trabajar en nuestra catapulta.

 

      El resto de la dotación de Vindsborg seguía atentamente el diálogo entre ambos jóvenes, y la última frase despertó varias sonrisas entre ellos; pero fue Thorvald quien expresó el pensamiento general.

 

      -Y ahora, para comenzar, se las verán con un demonio pelirrojo, ¿eh?-preguntó.

 

      -Algo así-respondió lacónicamente Balduino, esbozando una sonrisa.

 

      Ursula había preparado el desayuno y el almuerzo, pero a la hora de cocinar la cena condescendió a devolver a Varg su señorío; por lo que también ella se encontraba con los demás, ociosa.

 

      -Tal vez te convendría enviar a otro-opinó. A su entender, Balduino era sólo poco más que minúsculo y no impresionaría a nadie, con armadura o sin ella. Resultaba cómico que un enano así estuviera al frente de una guarnición, o cualquier cosa que fuera Vindsborg.

 

      -Ursula tiene razón. ¿Qué tal si me envías a mí?-gruñó Honney-. Yo sabría entendérmelas con esos canallas.

 

      -Es que los necesito vivos, Honney-contestó Balduino.

 

      -¡No los voy a matar!-aseveró Honney-. Bueno, tal vez los cortajearía un poco como primera advertencia, pero nada más. Yo soy bueno; eso no muchos lo saben.

 

      -¡Hmmm!... Y seguirán en la ignorancia si los cortajeas como estás planeando. No, mejor me encargo yo.

 

      -En vista de lo que le pasó a Oivind, pensé que pulías la armadura para luchar contra los grifos-terció Anders.

 

      -No se lucha con los grifos; como mucho, se los caza. ¿Quién llevaría armadura en una cacería?-replicó Balduino-. Y sigo con mis dudas respecto a este ataque, aunque algo tendré que hacer, en vista del revuelo que se armará entre los aldeanos cuando lo sepan.

 

      -Soy buena cazadora. Dame permiso, y yo me encargo-dijo altivamente Ursula.

 

      La idea de una mujer cazando despertó sonrisas sobradoras entre algunos de los presentes, aunque otros, entre ellos Ulvgang, Thorvald y Karl, prefirieron mostrarse respetuosos ante el comentario. Y es que cuando se ha vivido mucho, se aprende a ser prudente, especialmente si se tiene cierta jerarquía. Un rey joven puede creerse invencible y mostrarse desafiante frente a otros soberanos; uno anciano sabe que toda presunta imbatibilidad es ficticia y que los poderosos suben y bajan, y se abstiene de exhibir desdenes capaces de retornar a él cual negra cosecha de calamidades.

 

      Para sus hombres, Ulvgang seguía siendo El Capitán. No tenía por qué achicarse ante nadie. Pero El Terror de los Estrechos no olvidaba que su terrorífica leyenda había concluido en absoluta derrota en la batalla naval de Svartblotbukten. Obviar  ese detalle convertiría su leyenda en una bufonada, pero los grandes no cometen tan descomunales errores. Así que Ulvgang, con mucho aplomo y mucha dignidad, volvió hacia Ursula sus saltones ojos glaucos, y dijo simplemente:

 

      -Nunca he cazado con una princesa. Será toda una experiencia.

 

      -Sí, dentro de una semana o diez días, como mínimo-gruñó Balduino-. Ya hablamos de eso, Por un tiempo no te mueves de Vindsborg, Ursula. Por lo demás, no discuto tu valor ni tus aptitudes de cazadora, pero no podemos solucionar el problema de los grifos exterminando a toda la colonia de las Gröhelnsklamer, a menos que querramos que el grifo corra la misma suerte que el león.

 

     -El único león que conozco es el de la Heráldica-comentó Hundi-. Esa especie de grifo con cabeza de gato melenudo.

 

      -¡Y a ése me refiero!-exclamó Balduino.

 

      La mayoría de los presentes se miraron entre sí, sin entender.

 

      -¿Y qué misma suerte que el león puede correr el grifo?-preguntó confuso Andrusier, tocándose la oreja mutilada como si todavía precisara cerciorarse de que la misma no estaba entera, y expresando la duda general-. ¿Figurar en escudos nobiliarios?

 

      -No. Desaparecer-corrigió Balduino.

 

      Muevo cruce de miradas. Era palpable un interrogante tácito que, por absurdo, todos vacilaban en plantear en voz alta, hasta que por último Adler se animó a ello:

 

      -¿Quieres decir que alguna vez los leones fueron reales? ¿Que alguna vez existieron y ya no los hay?

 

       -¡Por supuesto!-afirmó rotundamente Balduino; y varios, entre ellos los Kveisunger, se preguntaron si hablaba en serio o les tomaba el pelo. Tal vez porque ellos mismos tenían la costumbre de inventar mentiras y contárselas a otros para divertirse a sus expensas, siendo Anders, por muy crédulo, la víctima favorita de sus bromas.

 

      -El león aparece mencionado en la Biblia-observó Snarki, como si esto zanjara cualquier posible discusión acerca de la pretérita existencia de la criatura.

 

      -¿Y?-preguntó Lambert, burlón-. La misericordia divina, también. Pero si la hubiera, yo no habría padecido a Helga durante casi veinte años.

 

     -Lo que no sé es cuándo ni por qué desapareció el león-dijo Anders-. ¿Será que no hubo espacio para una pareja de su especie en el Arca de Noé?

 

      -No puede ser-rebatió Snarki-. Mucho después del Diluvio, Sansón mató un león, ¿no?

 

      Hubo un breve silencio, durante el cual se oyó sólo el ruido que hacían Balduino y Anders mientras pulían la armadura.

 

      -Se dicen cosas extrañas del león y de su desaparición-dijo entonces el primero, repitiendo cosas en parte leídas y en parte oídas de su mentor, el señor Banjamin Ben Jakob-. Antiguos bestiarios llaman al león rey de los animales. Llamativamente, los bestiarios actuales continúan llamándolo así, pese a tratarse de una fiera extinta. Es cierto que algunos viajeros de tierras remotas aseguran que en otras partes del mundo existe aún, tanto en estado salvaje como en zoológicos particulares de la nobleza. También es cierto que, de tanto en tanto, alguien dice haber visto algunos ejemplares o signos de su presencia en parajes inaccesibles y solitarios del Sur de Nerdelkrag. Nuestro reino es vasto, ciertamente, y tal vez cabría la posibilidad de que alguna manada sobreviviese oculta. Pero al mismo tiempo conviene desconfiar de esos "testigos"; porque lo cierto es que al león ya se lo daba por desaparecido hace más de un siglo, y hacía décadas que no se veían más ejemplares que los abatidos en las cacerías. Sin contar que se disponían de otras pruebas que hacían pensar que ya no quedaban leones. De la época en que éstos abundaban, ya nadie queda vivo, nadie de cuyo testimonio acerca del verdadero aspecto de la criatura podamos estar seguros. Sólo subsisten dibujos y relatos. Ahora bien, cuando comparamos historias de gente que asegura haber visto leones alados o que echan fuego por la boca, con  lo que se sabe o cree saber  acerca del león, las descripciones no coinciden. Podría decirse, entonces, que los "testigos" mienten; pero lo más probable es que se engañen a sí mismos. Porque a menudo se encuentran huellas que no pertenecen, al parecer, a ningún animal conocido en la actualidad, y algunas son atribuidas a leones, aun sin pruebas que apoyen tal afirmación. Pero todo rastreador experimentado sabe que a menudo las huellas acaban deformándose después de unas horas; de modo que entonces, para saber a qué bestia se está siguiendo, hay que guiarse por excrementos, olor, restos de pelaje enredado en las ramas de los arbustos cercanos y ese tipo de cosas. Por consiguiente, es más probable que esta gente vea lo que quiere ver.

 

      ’Cuando los romanos llegaron al sur del país con su barbarie disfrazada de civilización, erigieron grandes circos en los que los gladiadores luchaban con fieras peligrosas, y los leones estaban entre los preferidos por ser los depredadores más grandes que había en la región, salvo los osos. Además, la melena, exclusiva del macho, investía a éste de gran majestad. Así que en pocos siglos la mayor parte de los leones fue capturada para luchar en los circos. Cacerías organizadas para distraer a nobles frívolos con mucho tiempo libre y nada de cerebro, más otras cuya finalidad era simplemente proteger a la gente y a los rebaños, hicieron el resto.

 

      ’A medida que el león iba desapareciendo, se convertía en una bestia de leyenda. Poetas, bardos y juglares hambrientos de maravilla y asombro, que sólo conocían de oídas a la criatura, se internaban en lo profundo de los bosques o ascendían montañas poco exploradas, a la espera de ver con sus propios ojos al rey de los animales. De vez en cuando alguno llegaba a verlo o creía hacerlo. Más frecuentemente sucedía que volvían sin éxito. Hubo quienes llegaron a la conclusión de que la fiera probablemente jamás había existido, salvo en las fantasías de tres o cuatro trasnochados. Entre tanto, uno de estos poetas llegó a conocer al último león del que se tuvieron noticias ciertas: Lázaro, criado en cautiverio en una factoría de los Haraldssen, y de cuya muerte nos da cuenta una balada anónima muy famosa en el Sur del Reino. La balada describe a Lázaro como un  león ciego, viejo y rengo de una pata, pero garboso todavía; un monarca otrora poderoso y ahora vencido, consciente de la derrota final de su especie y de la proximidad de su propia muerte...

 

      Un fúnebre silencio había caído entre la asistencia, como si las imágenes descriptas por Balduino se materializaran allí, ante sus ojos. De repente todos se veían como niños angustiados por la llegada de una noche aterradoramente oscura. Incómodos, evitaron mirarse entre ellos.

 

      -Conocía la balada, pero no sabía que Lázaro hubiese existido de verdad-murmuró Anders.

 

       Trataba de apartar de su mente la última estrofa de la balada, porque siempre lo conmovía hasta las lágrimas, y él no quería llorar allí, frente a todos los demás, como había llorado el desconocido poeta al comprender que a diferencia de su homólogo bíblico, Lázaro, el último león,  nunca más volvería a levantarse y andar.

 

      -El león, como especie, se consideró extinto tras la muerte de Lázaro, pues ya no pudo hallarse un solo testimonio veraz de su existencia-continuó-. Vinieron entonces las lamentaciones. Fiera o no, el león era un animal soberbio, y el mundo ya no sería el mismo sin él.

 

      -Típico-gruñó Ulvgang-. Nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde.

 

      ¿Pensaría en su propia libertad? Alguna vez le había hablado de ello a Balduino.

 

       -También hubo infinidad de especulaciones teológicas, desde luego-prosiguió éste-. No podía ser de otra manera, tratándose de un animal tan mencionado en las Sagradas Escrituras. Allí a veces es símbolo del mal, y por ello dijeron algunos que la desaparición del león era un designio divino; a lo que respondieron algunos que, en tal caso, Dios habría exterminado al león durante el Diluvio. Se recordó, embarazosamente, la profecía de Isaías, según la cual en días venideros el león comería paja como el buey, la cual por fuerza quedaría ahora incumplida. Otros contraatacaron diciendo que la extinción del león era el cumplimiento de otra profecía de Isaías, según la cual no habría león ni bestia feroz en el camino de los redimidos de Dios. Sin embargo, entre las gentes cultas prevaleció la idea de que la desaparición del león era un augurio nefasto ya que, según los bestiarios, los cachorros de león nacían muertos, y la leona cuidaba de sus pequeños cadáveres durante tres días. A la tercera jornada los revivía con su aliento, de la misma manera que Dios Padre había revivido a su Hijo al tercer día. En consecuencia, la mayoría de las personas instruidas, horrorizadas, vieron en la extinción del león el presagio más horrible jamás concebido, el de que un día el ser humano mataría al Padre como antes mató al Hijo, el Redentor.

 

      Balduino sintió un escalofrío ante sus propias palabras. No le afectaba tanto la posibilidad de que Dios no existiese como otras ideas, la del Deicidio entre ellas: el triunfo de la destrucción sobre la creación, de la Muerte sobre la Vida, del Mal sobre el Bien. Tal vez porque la inexistencia de Dios dejaba también fuera del juego a Satán, y libraba a los humanos a sus propios destinos; mientras que la muerte de Dios llevaba a la cúspide del poder universal al nuevo vencedor en la eterna contienda entre la Luz y la Oscuridad, que arrastraría al género humano hacia su ruina.

 

      -Y entonces hubo quienes dijeron que un anatema se cernía sobre el mundo desde la desaparición del león-concluyó-; porque ahora las manadas de ciervos y unicornios eran extraordinariamente abundantes, mucho más que antaño; e invadían las tierras de pastoreo del ganado, al que contagiaban toda clase de sarnas y úlceras, volviendo inmunda su carne. 

 

      -¿Y crees que el grifo podría desaparecer, igual que el león?-preguntó Gröhelle, incrédulo-. Mira que es muy abundante.

 

      -El león lo era también. Creo que la Humanidad no debe arriesgarse. Su locura privó al mundo de la que tal vez haya sido la más maravillosa de las criaturas. Sería blasfemo y malvado permitir que otras especies desaparezcan ahora que ya sabemos que, de hecho, pueden desaparecer.  No creo en Dios, salvo como símbolo; pero mi mentor en la Orden sí creía, y él me enseñó que el hombre está en la Tierra para completar la obra de Dios, no para destruirla. Y un compañero que además de Caballero era hereje sostenía que el verdadero bienaventurado es el que muere habiendo aportado algo para que el mundo sea un lugar mejor respecto a cómo lo halló al nacer. Tal vez ellos tengan razón. Se crea en El o no, se debe estar de parte de aquello a lo que se llama Dios. Así que no resolveré el problema de los grifos exterminando a todos los que halle en los alrededores.

 

      -Pues tal vez encuentres difícil convencer a la gente de aquí de que no exterminar a los grifos es estar de parte de Dios...-señaló Thorvald.

 

      -No pierdo nada con intentar. No creo que sea complicado tratar con los aldeanos porque ellos son bien simples-respondió Balduino.

 

      -Bueno, en todo caso siempre es más fácil tratar con la ignorancia del que nunca en su vida aprendió nada, que con la del que se instruyó profundamente en la estupidez-admitió Thorvald.

 

      -Tendré que resolver  este asunto con urgencia. Hablaré con Fray Bartolomeo para que el domingo oficie aquí dos misas en una, la que generalmente da en su iglesia para los aldeanos y la que celebra aquí. Y luego de la misa reuniré afuera a la gente para hablarles por este asunto-dijo Balduino-. No puedo esperar más porque el lunes parto hacia la desembocadura del Viduvosalv. Seré huésped de los Príncipes Leprosos por breve tiempo.

 

      La inesperada noticia causó estupor, pero nadie llegó a preguntar nada, porque a esa sorpresa siguió otra cuando la puerta se abrió violentamente. En forma instantánea, todo el mundo se incorporó, y las manos se dirigieron maquinalmente a las armas, pese a que no habían razones para temer un ataque.

 

      Ante la perplejidad general, Adam entró tambaleante, con la mirada extraviada y los ojos vidriosos, sonriendo como un estúpido. Tras él venía Wilhelm Björnson, quien estaba apostado de guardia al pie de la escalinata. Miraba reprobatoriamente a Adam y algo estaba por decir, cuando Adam de repente perdió el equilibrio y cayó con todo su peso contra la puerta. Wilhelm había cometido el tremendo error de dejar su mano siniestra contra el marco, de manera que la puerta, al cerrarse, le atrapó los dedos, haciéndole soltar una sarta de blasfemias.

 

      Balduino se precipitó sobre Adam y lo alzó por la ropa como a un muñeco de trapo fláccido y sin vida.

 

      -Juro, Adam-farfulló, henchido de rabia y con acento pétreo-, que así sea lo último que haga en mi vida, así tenga que molerte a golpes, así tenga que reventarte el culo a patadas, te quitaré esa costumbre tuya de saturarte de esa inmundicia en cuanto te descuidamos.

 

      Wilhelm miró a Adam con inquina, masajéandose los dedos de la mano izquierda con la derecha. Parecía impaciente por estrangular al larguirucho; pero como Balduino daba la impresión de albergar idénticas intenciones, optó por dejar el crimen en manos del pelirrojo, y volvió a su puesto.

 

      En cuando a Adam, no acuso recibo ni de la cara rencorosa de Wilhelm, ni de la amenaza de Balduino, ni de las intenciones asesinas de ambos, ni de ninguna otra cosa. Sus sentidos se hallaban aturdidos, extraviados en las fantasías halagadoras y estupidizantes del Fuego de Lobo. Soltó una de sus estridentes y desagradables risotadas de hiena, y Balduino le tuvo lástima. Adam era probablemente el tipo más amargo que había conocido, un ser que veía sólo el costado más nefasto de la vida y que parecía sentir malsano placer imbuyendo idéntico sentir en los demás; por lo que se entendía que éstos no lo quisieran. Sólo consumiendo sustancias prohibidas y perniciosas paladeaba pobres sucedáneos de la alegría, pero entonces su imagen se volvía más patética que nunca.

 

      Balduino lo obligó a tenderse en el suelo antes de que perdiera nuevamente el equilibrio y se desnucase esta vez; luego empezó a caminar de un lado a otro, malhumorado.

 

      -No puedes hacer nada por él, señor Cabellos de Fuego-observó Ulvgang-. En el fondo, para él es mejor permanecer así la mayor parte del tiempo. No tuvimos ocasión de tratarlo mucho, porque fue de los últimos en caer en prisión; y no pongo en duda tu valentía, pero te aseguro que si supieras de él lo mismo que nosotros, y no es mucho lo que sabemos, se te pondrían los pelos de punta. Con ciertas fuerzas y con cierta gente es mejor no jugar, pero él aprendió la lección demasiado tarde.

 

      Anders gustaba de oír historias de terror que luego le impedían conciliar el sueño, pero en esta oportunidad prefería pasar de largo. El y Balduino se miraron, pálidos y demudados, y no osaron requerir más detalles.

 

      -Por lo que sé, esta bazofia ayudaba a elaborar y distribuir esas sustancias que ahora lo mantienen hechizado a él mismo y que lo consumen poco a poco-dijo Ursula, mirando a Ulvgang con repugnancia-. No se perderá mucho si muere.

 

      Era obvio que veía a Adam como al ayudante rastrero y contrahecho de siniestros practicantes de la más horrenda magia negra; imagen por otra parte no muy alejada de la realidad, hasta donde sabía Balduino.

 

      -Podría redimirse-contestó éste-. Vivo sería más útil. Podríamos desenmascarar a...

 

      -No sueñes, muchacho-intervino Thorvald-. Ulvgang y yo hemos hablado del asunto. Hace menos de un siglo, Thorstein el Niño luchó con bravura contra esos poderes oscuros a los que ahora imaginas poder desafiar, y creyó haberlos vencido. No hizo más que cortar un tentáculo de un munstruo que tenía muchos otros, y que ahora estaba muy enojado. Cinco años más tarde vino la venganza. Se cuenta que el cadáver de Thorstein fue hallado en un estado inenarrable.

 

      -Pero mi deber...

 

      -Tu deber no incluye suicidarte, que es lo que lograrías en este caso. Te enfrentarías a seres que hace ya mucho tiempo dejaron de ser humanos. Si vas a hacerlo, házlo cuando ya no te quede ninguna otra causa noble que defender; pues luego no vivirás para poder hacerlo.

 

      Balduino recordó entonces lo que había leído acerca de la espantosa matanza del Día de los Altares Rojos, el 15 de diciembre de 898, ordenada por el entonces Gran Maestre de la Orden de la Doble Rosa, Maximiliano de Cernia. Los funerales de Su Majestad Gregorio II habían sido la excusa para reunir a la corte,  a un grupo de Caballeros y a cierto número de altos prelados en la Catedral de Nuestra Señora Inmaculada. Infiltrados entre ellos se hallaba la élite de la Orden de la Doble Rosa, los Leales al Rey, con una consigna tan siniestra como drástica: asesinar sin pérdida de tiempo, a traición y sin dar tiempo a reaccionar ni oportunidad de escapar, a determinado número de personajes, de elevado rango todos ellos, cuyos nombres se precisaron previamente. El Gran Maestre fue luego coronado Rey con el nombre de Maximiliano II e hizo cuanto pudo por aparentar que el incidente había sido un brutal atentado en masa con miras a tomar el poder, pero su extraña pretensión de figurar como el malvado de la historia se condecía tanto con la personalidad exhibida hasta entonces y con lo que luego fue su reinado en términos generales, que no había más remedio que dar crédito a la otra versión. De ésta se disponían abundantes pruebas, entre ellas la desaparición de buena parte de los cadáveres, la huída del Vizpapa, misteriosas fogatas observadas de noche en cierto valle, y testimonios susurrados que traicionaban un juramento de silencio, obtenidos sobre todo de horrorizados criados que habían sido atónitos y renuentes espectadores de la matanza.

 

      De acuerdo a esta versión marginal de la historia, los asesinados eran, secretamente, integrantes de una abominable cofradía de hechiceros especializados en magia negra andrusiana, cuyos rituales, que no excluían sacrificios humanos, tenían el objeto de proporcionarles cada vez más poder. Se decía que esta cofradía, conocida simplemente como La Hermandad, no se detendría hasta no llegar a sus límites más extremos; que se proponían llegar a ser nuevos dioses sobre la Tierra. Y ciertamente se deshumanizaban, ganaban cada vez mayor invulnerabilidad; pero en qué se estaban convirtiendo realmente bajo su apariencia normal, mejor ni imaginarlo.

 

       Al parecer, pese a todas las precauciones tomadas por los Leales al Rey, algunos miembros de La Hermandad advirtieron que se los estaba asesinando en pleno funeral, y entonces recurrieron a sus horrendas artes para defenderse. Los espeluznantes e increíbles rumores hablaban de monstruosas metamorfosis en los cadáveres hallados. Algunas de las menos inquietantes tenían que ver con tentáculos, zarpas bestiales y fauces armadas de varias hileras de colmillos del tamaño de un dedo índice. De otras, más terribles, no se quiso hablar o indagar. En algunos casos, en las deformes y malévolas facciones pudo reconocerse a prominentes miembros de la nobleza y el clero, altos funcionarios y hasta a algunos Caballeros de la Doble Rosa. Todo indicaba que hasta la máxima autoridad religiosa, el Vizpapa, estaba inmiscuida en aquel escalofriante asunto, ya que huyó durante la matanza y nadie lo detuvo, porque no figuraba en las listas de cómplices y nadie sospechaba de alguien que ocupaba tan santo cargo. Posiblemente no fuera el único escapado de la redada. Varios operativos realizados a posteriori hacían suponer que el Día de los Altares Rojos, en el mejor de los casos, habían caído sólo los peces gordos de La Hermandad; desperdigados y ocultos entre el pueblo se hallaban sus sicarios, infinitamente menos peligrosos que sus líderes, pero igualmente ávidos de  un poder que tal vez consiguieran si se les daba tiempo; de modo que los primeros años del reinado de Maximiliano II estuvieron marcados por matanzas y desapariciones masivas. Al principio, esto inspiró pánico, hasta que se vio que en estos casos la verdadera gente de bien nada tenía que temer: las víctimas eran personas de vida turbia y dudosa, señaladas justicifadamente como malas influencias.

 

      Las famosas Fogatas de Valleverde, ocurridas en la noche del mismo 15 de diciembre de 898, eran otro misterio adjunto. Pese a su nombre, las fogatas en cuestión no se encendieron en Valleverde, sino en un minúsculo enclave entre montañas al que durante el día habían llegado un carromato tras otro, descargando cosas. No se sabía qué transportaban los carromatos de marras, ya que los acompañaba una bien armada y mejor entrenada escolta que rehusó responder las preguntas de los curiosos; pero corrió el rumor de que bajo las lonas pudo verse lo que parecía un viscoso tentáculo o una lengua larguísima. Esto hacía pensar que al enclave en cuestión eran transportados los cadáveres de los asesinados a fin de incinerarlos en secreto.

 

      Y los más observadores, con el tiempo, advirtieron que poco después del hecho decayó el tráfico de aquellas sustancias siniestras, conocidas como Sales de las Brujas, que prometiendo conceder fabulosos poderes sobrehumanos, llevaban en cambio a sus consumidores a una muerte paulatina pero inexorable. Donde más redadas se efectuaban, el horrible comercio cesaba casi siempre por completo.

 

      Pero en años recientes, las Sales de las Brujas venían reapareciendo lentamente. Balduino y Anders, cada uno por su lado, habían oído hablar de ello, y se preguntaban si tras el abominable tráfico se hallaría de nuevo La Hermandad, rediviva y todopoderosa otra vez. Al enterarse de que también Adam había participado en tales actividades, traicionando a alguien de gran poder, prefirieron ignorar los detalles del hecho por temor a que saliera a la luz alguna historia particularmente terrorífica.

 

      -Tienes razón, Thorvald-concedió finalmente Balduino, derrotado.

 

      Una cosa era enfrentarse en combate con enemigos declarados, aun cuando fueran casi invencibles,  como los Wurms; y otra muy distinta combatir a poderes intangibles revestidos de apariencia amable y cortés, pero más horripilantes que las más profundas y tétricas regiones infernales.

 

      Volvió la mirada hacia Adam.

 

      -Pero algo tengo que hacer por él-concluyó, sombrío.

 

      Ajeno a cuanto lo rodeaba, Adam sonreía aún como un idiota, inmerso en esa parodia de alegría que le brindaba el Fuego de Lobo y liberado, por una macabra bendición, de la conciencia de una vida de múltiples fracasos, de una condena a la horca y (si lo encontraban alguna vez) de la ominosa venganza que le aguardaba a manos de aquellos a quienes había traicionado. Viéndolo, Balduino recordó al bufón del Palacio Ducal de Rabenstadt, que tanto lo había divertido en su niñez. El bufón fingía tropezar y se arrastraba por los suelos componiendo una máscara de  absoluta estupidez, no muy diferente de la mueca que ahora ostentaba Adam.

 

      En aquel entonces Balduino había reído, tal vez porque él mismo era desdichado y se consolaba de su miseria en la del bufón, que aparecía como un ser a la vez patético y grotesco, el último peldaño de la dignidad humana. Pero tras años de progresivo ascenso, a Balduino le había tocado caer a ese mismo escalón haciendo de involuntario bufón para Einar de Kvissensborg, y ahora sabía que en semejantes espectáculos nada había de gracioso.

 

      -Encárgate de los relevos, Karl. Creo que hoy no cenaré-dijo, abrigándose.

 

      Y mientras iba a la caballeriza para prodigar unos mimos a Svartwulk como lo hacía cada noche antes de acostarse, recordó la mano de Wilhelm atrapada entre la puerta y su marco. Tal vez, en otras circunstancias, habría ido al torreón para averiguar si Per, quien hacía guardia allí, había sentido también dolor en su propia mano izquierda, y comprobar así qué había de cierto en lo que se decía de los dolores empáticos de los gemelos Björnson.

 

      Pero en el estado anímico en que se encontraba, no tuvo deseos de constatarlo. Con cada día que pasaba en Vindsborg, cada uno de sus hombres le interesaba menos como curiosidad o rareza que como ser humano; y como todo buen líder, se preocupaba por ellos.

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:58

      Balduino estaba convencido de que Gudrun no tenía el menor interés en él y que, caso de que lo tuviera, él mismo arruinaría la relación por torpeza e inexperiencia; que de todos modos no tenía sentido iniciar una relación que jamás sería perdurable, porque él y Gudrun pertenecían a mundos distintos; y que incluso si perdurara, tenía posibilidades de convertirse en un vínculo muy triste, como el que unía a tantas parejas que permanecían juntas sólo por hábito o por principio de indisolubilidad matrimonial. Además, ni él sabía bien qué quería. Pensaba a veces que le atraía el romanticismo pero, de ser así, no entendía por qué hallaba tan aburridas a la mayoría de las damas de la nobleza, las cuales se hacían leer poesía por sus doncellas, vibraban de emoción ante las baladas de los juglares y perdían la respiración cuando un Caballero, debidamente revestido de armadura y gallardo sobre su corcel, levantaba ante ellas la visera de su casco y extendía la punta de la lanza para que la dama de sus amores tomara la sortija, obtenida en una justa de la que había sido vencedor, y que pendía del extremo del arma. Esta última imagen era tan parecida a la de un pescador con su caña y al pez mordiendo la carnada, que a Balduino le provocaba rechazo; y no podía evitar una superposición mental entre las imágenes de la sonrisa bobalicona de una princesa y la también poco agraciada sonrisa de una trucha o un salmón exhibido en el puesto del pescadero del pueblo.

 

      En vista de que nada de esto era romántico, Balduino se decía a veces que tal vez lo suyo fuera la practicidad, ciertamente abundante entre los villanos. Entre la gente humilde había poco lugar para hipocresías melifluas. Pero en ese ámbito los sueños rara vez tenían cabida, y la vida se reducía a hacer siempre lo mismo; y con frecuencia la frustración y la rutina se alzaban entre ambos cónyuges, haciendo que ya a los pocos años de la boda estuvieran gruñéndose el uno al otro. Tampoco era una opción tentadora, aun cuando el resultado final no fueran las cuarenta puñaladas que habían puesto fin al matrimonio de Lambert.

 

      Pero afortunadamente, la existencia en Vindsborg no giraba en torno a Gudrun o a la mujer que Balduino escogiera o descartara; de modo que, luego del desayuno, dejó de lado estos pensamientos. Reunió a los hombres y les dijo que ese día no continuarían con la empalizada, sino que lo dedicarían a practicar coordinación de movimientos en previsión de un posible ataque Wurm, ejercicio que últimamente tenían desatendido.

 

      Según era habitual en esos casos, Balduino se había plantado frente a sus hombres en la playa, y comenzó por el prólogo de rigor:

 

      -Izquierda-y señaló su diestra-. Derecha- y señaló su siniestra-. ¿De acuerdo?-concluyó, mirando a los gemelos Björnson, quienes por ese entonces, obstinadamente, persistían aún en equivocar las direcciones.

 

      Per y Wilhelm asintieron con sonrisas enigmáticas, y Balduino creyó que se avergonzaban de su ya proverbial confusión. Pasó entonces a seguir explicando; pero entonces le llamó la atención que todos estaban sonrientes o reprimiendo la risa. Se pasó la mano por la nariz, pensando que tal vez un moco colgando fuera el motivo de aquella hilaridad. Como no era así, continuó pasándose la mano por distintos puntos de la cara, persuadido de  que alguna mugre en ella le daba algún tinte ridículo. E hizo  todo esto sin interrumpir su explicación, pero sus frenéticos  esfuerzos por sacarse de encima aquello que, según imaginaba por experiencias previas, le confería una apariencia chistosa, no pasaron inadvertidos, sino todo lo contrario; y provocaron aún más risas reprimidas, a la vez que distrajeron la atención que debía centrarse en las palabras de Balduino, hasta que éste, por fin, se rindió.

 

      -Ya está bien-dijo, riendo-. Decidme qué ha vuelto a transformarme en vuestro bufón, que ya os habéis divertido bastante; y luego atendedme.

 

      Por toda explicación, Andrusier, quien estaba colorado por el esfuerzo de reprimir la risa, meneó la cabeza negativamente, y señaló un punto situado a espaldas de Balduino. Este, intrigado, dio media vuelta.

 

      Hansi venía caminando muy despacio en dirección al grupo, y traía de la mano a otro niño, éste como de tres años, de rizos rubios y ojos azules.

 

      -Muy bien, Thommy-decía Hansi-. El señor Cabellos de Fuego te deja quedarte aquí; pero te tienes que portar bien.

 

      -Tí-contestó dócilmente el niño rubio.

 

      La cara de Balduino auguraba una explosión capaz de dejar enana la del Monte Desolación. Cerró los puños, contó hasta diez, y luego llamó a Anders, quien pronto acudió a su lado, tratando de mantenerse medianamente serio.

 

      -Ve junto a ese mocoso rubio y vigílalo por un instante, mientras asesino al otro-le dijo Balduino. Luego compuso una sonrisa muy poco convincente y, moviendo sugestivamente el índice para llamar al culpable de aquella situación imprevista, canturreó, con una dulzura aún menos convincente que su sonrisa:-. Haansi... Haaaansiiiiiii... Ven aquí, que tenemos que hablar.

 

      Hansi sin duda adivinó que se avecinaba tormenta, pero lo disimuló en forma magistral, acudiendo junto a Balduino sin dilación, y como muy interesado en lo que éste tuviera para decirle. Balduino se inclinó sobre él con expresión nada amistosa.

 

      -¿Puede saberse de dónde salió este crío?-preguntó en voz baja.

 

      -Es Thommy, el hijo más pequeño de Thomen-contestó Hansi, con mucha naturalidad.

 

      -Ajá-gruñó Balduino-. ¿Y qué hace aquí?

 

      -Vino en la carreta, con los otros.

 

      -¡¡¡ME DOY CUENTA DE QUE DEBE HABER VENIDO EN LA CARRETA!!!-exclamó Balduino, furibundo y gesticulando de tal forma con las manos, que parecía que éstas pujaran por cerrarse en torno al cuello de Hansi; luego intentó recobrar la compostura, y su tono volvió a ser engañosamente dulce:-. Pero dime: ¿por qué luego no volvió a irse en ella? ¿Y quién te ha dicho que yo le permito estar aquí?

 

      -Thorvald-afirmó Hansi, sin vacilar.

 

      La ira de Balduino no se aplacó, pero empezó a considerar la posibilidad de, tal vez, estar a punto de asesinar al equivocado. Sin embargo, sonaba un tanto rara aquella respuesta. 

 

      -Ven aquí, vamos a ver eso-dijo.

 

      Hansi tragó saliva y, por su cara, fue obvio que estaba en serios aprietos; pero Balduino no lo advirtió porque iba adelante, llevando al chico casi a la rastra hasta el pie de Vindsborg, adonde Thorvald montaba guardia.

 

      -Sí, muchacho, yo dije que Thommy podía quedarse... Pero aquí algo huele mal-dijo el gigantesco y anciano Thorvald en respuesta a la pregunta casi acusatoria de Balduino-. Hansi me dijo que tú le habías dado permiso... Y si tú se lo habías dado, ¿quién era yo para prohibir a Thommy quedarse?

 

      -Ay-gimió Hansi, encogiéndose desesperadamente sobre sí mismo como el conejo que olfatea a los zorros, mientras Balduino se volvía hacia él más airado que nunca.

 

      -¿Así que ahora, además, mientes?-vociferó.

 

      -Señor Cabellos de Fuego...-murmuró Hansi, en un hilillo de voz.

 

      -¡Cállate!-tronó Balduino, acalorado de furia-. ¡Esta vez, ningún versículo bíblico puede ayudarte! ¿O me dirás que Fray Bartolomeo, entre misa y misa, te enseña a mentir? Colmaste mi paciencia, granuja, y  precisas un escarmiento, ¡y te lo daré ya mismo!

 

      El infortunado intento de huida de Hansi no duró ni dos segundos. Antes de que pudiera darse cuenta, se hallaba prisionero bajo el brazo derecho de Balduino, quien lo llevaba escaleras arriba para zurrarlo. Viéndoselas negras, el chico juntó las manos en señal de súplica.

 

      -No, señor Cabellos de Fuego, eso no. Pegarme no. Eso duele, ten piedad. Dijo el señor: Dejad que los niños vengan a Mí. Por favor, señor Cabellos de Fuego, perdóname. No mentiré más. Nunca más. No me pegues, por favor, eso no, ¡ESO NO!...

 

      El chico resultaba tan cómico que, muy a su pesar, a la mitad de esta descarada súplica Balduino se hallaba él tamnbién reprimiendo la risa. No obstante, hizo un esfuerzo por permanecer serio mientras volvía a dejar al niño en el suelo.

 

      -Como te pesque mintiendo de nuevo, te parto el culo a nalgadas-prometió.

 

      Esa sería la primera de varias ocasiones en que Hansi se salvaría por un pelo de ser castigado por Balduino, y siempre apelando al mismo exitoso sistema. La impunidad lo incitaría a seguir bordeando el límite de la paciencia de Balduino una y otra vez y, de hecho, en este mismo momento ponderaba la amenaza, constatando que la misma se ceñía a la mentira y no a cualesquiera otras barrabasadas. Entonces, componiendo una máscara de solemnidad ampliamente desmentida por sus traviesos ojos azules, hincó rodilla en tierra tal como había visto hacer al mensajero y como, según Anders había explicado, debía hacer todo vasallo ante su señor feudal.

 

      -Ah, ya basta con eso-gruñó Balduino-. En vez de rendirme homenaje, ve y dile a Thommy que tendrá que regresar a su casa. Haré que Anders lo lleve.

 

      El rostro de Hansi se puso esta vez genuinamente serio y suplicante.

 

      -Señor Cabellos de Fuego... Es chiquito. Déjalo estar acá, que no hará daño. No seas malo.

 

      Balduino se dulcificó, y acarició con su mano los cabellos de Hansi, tan rojos como los suyos.

 

      -No soy malo, Hansi. Pero precisamente porque es chiquito es mejor que esté junto a su madre, que podrá cuidarlo mejor que nosotros-contestó-. Yo me haré cargo de decírselo esta vez, pero no vuelvas a traerlo, y menos sin consultarme antes.

 

      Hansi asintió, aunque no muy convencido de tales argumentos; y Balduino fue a encarar a Thommy para decirle que se lo llevaría de regreso a su casa. Pero cuando bajó la escalinata halló, al pie de la misma y junto a Thorvald, a aquel viejo ladino y desdentado de Oivind.

 

      -Aquí me tenéis, señor Cabellos de Fuego-dijo Oivind, con una sonrisa adulona-. Listo para seguir trabajando... y para serviros.

 

      -¡Pero no os dije que vinierais hoy, Maese!-exclamó Balduino.

 

      -Ah, pero es que hoy estoy libre.

 

      El viejo era obviamente mucho más desfachatado aún que Hansi, lo que no era poco decir; y Balduino, quien hasta ese momento no le tenía mucho respeto, pero había logrado disimularlo, ya no fue capaz de fingir más, y se volvió hacia él sonriendo con ironía:

 

      -Presumo que esa inactividad que dices se refiere a la rutinaria tarea de zamparte cuanta bebida alcóholica caiga en tus manos, viejo borrachín; pues mucho más no haces.

 

      -¡Pero como decís eso, señor!-exclamó Oivind, riendo.

 

      -Bueno, ya que estás aquí, dame un minuto, que ya vengo y cerraremos el trato.

 

      Y fue a decirle a Anders que rehiciera la lista hecha aquella mañana, de tal manera que en la nueva no figuraran los nombres de los aldeanos que habían entregado sus productos para cambiarlos, y pareciera que todo el trueque fuese para él, para Balduino. Luego, éste volvió junto a Oivind, a quien dijo que tenía una lista confeccionada con las cosas que tenía para canjear y las que necesitaba conseguir. Estipuló la parte que iría para Oivind y exigió que éste, a su regreso, pasara primero por Vindsborg. Verificado que no faltara nada, se le entregaría lo acordado.

 

      Oivind escuchó estas condiciones con creciente preocupación, ya que cerraban las puertas a cualquier posible sisa. Se esforzó por encontrar en las condiciones impuestas algún resquicio inadvertido para Balduino; y al no hallarlo, replicó con su típico lloriqueo que cinco viajes como ése lo arruinarían, si primero no lo devoraban los grifos.

 

      A él también le hacían falta unas nalgadas.

 

      -Mira, creo que es un acuerdo justo; lo tomas o lo dejas. Pero responde ahora, así no pierdes tu tiempo ni me haces perder el mío, ¿eh?-dijo Balduino con firmeza.

 

      Hubo un breve regateo, tras el cual Balduino, impaciente, aumentó algo la parte que obtendría Oivind, pero ni en sueños tanto como éste pretendía.

 

      -Muy bien, señor-gimoteó finalmente el viejo-. Aceptaré, aunque el trato sea desventajoso para mí, por el simple placer de serviros...

 

      -Ah, cállate, viejo embustero. ¿Le digo a Hansi que no debe mentir, y lo haces tú?... Cierras trato conmigo sólo porque ya no tienes vino ni aguardiente.

 

      Poniendo cara de víctima, Oivind subió a su carreta arrastrada por bueyes para acercarle y cargar todo.

 

      -Anders te dará la lista-dijo Balduino.

 

      -¿Qué lista? ¡Yo no sé leer! Traigo todo de memoria.

 

      -¿Y recordarás qué cosas tienes que canjear a cambio de qué?

 

      -¡Claro, siempre trabajé así! Tengo buena memoria. Además, dijisteis que sólo tenéis pieles para cambiar.

 

      -Eso era antes. Ahora tengo también otras cosas, que son regalos de algunos aldeanos.

 

      La cara de víctima de Oivind se acentuó.

 

      -¡Banda de ingratos!-gimió-. ¡Años sudando sangre por ellos, y a mí nunca me han regalado siquiera un alfiler!

 

      -¡Ah, cállate, viejo ladrón, que ya bastante te regalas tú mismo de lo que te confían tus vecinos!-le gritó Hundi desde la distancia.

 

      Y el resto de los presidiarios provisionalmente libertos soltó también sobre Oivind una barahúnda de insultos y provocaciones verbales, tanto más nutridas cuanto que se aburrían esperando el regreso de Balduino. Oivind no se amedrentó por los abucheos, y continuó lamentándose plañideramente.

 

      Mientras tanto, Balduino fue a la despensa en busca de Thommy, a quien Anders había llevado consigo mientras rehacía la lista. Se lo llevó afuera e intentó explicarle que tendría que irse. Lo hizo con vo suave y muchísimo tacto, persuadido de que Thommy entendería sus razones. Fue muy ingenuo de su parte. No había terminado de hablar, cuando vio al niño empalidecer y comenzar a hacer pucheros; y dos segundos más tarde ya lo tenía llorando a gritos, a un volumen de voz tan portentoso, que nadie hubiese imaginado que tales alaridos pudieran provenir de pulmones tan pequeños.

 

      Balduino no sabía cómo manejar situaciones así, y quedó entre aterrado y compungido.

 

      -Thommy, cálmate-imploró.

 

      En vano. El niño continuó gritando y llorando amargamente. ¿Quién creería que Balduino no había hecho más que negarle un capricho? Parecía, más bien, que lo estuviera torturando. ¡Linda carroña para alimentar a buitres como Einar de Kvissensborg y el Conde Arn de Thorhavok! He ahí a los Caballeros del Viento Negro, unos cobardes que se solazan maltratando a pobres niños indefensos. Que vengan después a decir que no son forajidos, sentenciarían, en el súmmum del alborozo.

 

      Y Oivind, desde la distancia, observaba la escena con mucha curiosidad. ¿Con qué cuentos iría luego a sus convecinos? Ni siquiera hacía falta que tuviera intenciones de esparcir calumnias, ¡si a juzgar por los gritos del chico, lo mínimo que podía pensarse era que Balduino le estaba aplicando hierros al rojo vivo! Nunca lo hubiera creído de ti, amigo, diría Kurt, con lógica decepción, ante tal supremo acto de barbarie.

 

      -¡Thommy! ¡THOMMY!-exclamó Balduino, cada vez más alarmado.

 

      Miró con rencor a los demás, que desde la distancia estaban doblados en dos de risa viéndolo gesticular con los brazos en una especie de aleteo gallináceo, mientras trataba de hacer que el niño se callara. Gilbert incluso hacía una parodia muy exacta de tal aleteo. Balduino estaba indignado. Los malditos se reían de la desgracia de él.

 

      Diez minutos duró esta situación, hasta que por fin Balduino se vio forzado a claudicar. Tal vez no hubiera podido vencerlo El Toro Bramador de Vultalia, pero sí lo conseguía un niño de tres años, llorón como el que más.

 

      -Ya, ya, Thommy, puedes quedarte por hoy...-suspiró-. Pero, ¿prometes que te quedarás con Thorvald y Hansi?

 

      -Tí...-dijo el niño, todavía lloroso.

 

      -Bueno, bueno, ya no llores más-dijo Balduino, alzándolo en brazos.

 

      No le gustó nada a Hansi aquella muestra de afecto por parte de Balduino hacia Thommy; lo invadió una punzada de celos. Pero no se animó a protestar. En el momento en que sus ojos se cruaron con los de Balduino, éste recordó quién era el primer culpable de aquella insólita situación, y  puso una mueca que exteriorizaba ávidos deseos de engullir vivo a tal culpable; de modo que Hansi se achicó, y no tuvo más remedio que quedarse quieto junto a Thorvald y Thommy en aras de preservar su propia integridad física.

 

      -¿Por qué hasta lo más simple se complica?-gimió Balduino, cuando al fin se vio libre.

 

      Pensó que al menos ése sería el único día que se veía forzado a cargar con Thommy. También en esto demostró una candidez sin límites. En lo sucesivo, tendría al niño unas cuantas veces en Vindsborg, aunque ni remotamente lo vería tan seguido como a Hansi sino en promedio, y salvo casos especiales, una vez al mes. 

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:57

LXV

      La furia de Varg a la mañana siguiente, al ver a Ursula invadiendo sus dominios y preparando el desayuno, no tuvo límites. Gritó como nunca en su vida, con una áspera voz de viejo cascarrabias. Como siempre que lo acometía un acceso de cólera mayúscula, casi ninguna de sus palabras era inteligible. Antes, sólo a Hansi, a regañadientes, permitía el acceso a la cocina y sólo porque, de no hacerlo, todos los demás se le echarían encima. A cualquier otro que lo intentase, Balduino incluido, lo expulsaba de inmediato.

 

      Si Ursula respondía a sus furibundos juramentos, debía hacerlo en voz muy baja, porque no se la oía. Más bien daba la impresión de que seguía moviéndose a su antojo, ignorando las protestas del viejo.

 

      Este, por fin, fue a hacerle llegar sus quejas a Balduino, quien estaba sentado junto a los otros a la espera del desayuno. Todos rieron sin disimulo al verlo.

 

      -¿Qué pasa, viejo?-preguntó Gröhelle-. ¿El enemigo tomó por asalto tu reducto?

 

      Varg no le respondió, y se dirigió expresamente a Balduino. Como seguía tan enfurecido como al principio, poco de lo que dijo se pudo entender, pero aparentemente exigía que Balduino llamara al orden a su giganta entrometida.

 

      -¿Y yo qué tengo que ver?-preguntó el interpelado, haciéndose el inocente-. Házte cargo de tu feudo tú mismo. Impón tu autoridad.

 

      -Es que... Es que...-balbuceó Varg.

 

      Se enfrentaba a un dilema similar al que todos los demás habían tenido antes con él. Para permanecer en la cocina, hubieran tenido que golpear a Varg, quien ya estaba viejo. Era descomedido y deshonroso emplear la fuerza bruta contra alguien de su edad, por más que a veces dieran ganas.

 

      Ahora algo parecido le ocurría a Varg. Sólo golpeándola tendría posibilidades, quizás, de expulsar a Ursula, admitiendo que ésta no devolviera golpe por golpe. Pero un Kveisung no golpeaba a una mujer más que en casos muy excepcionales, como una traición en extremo aberrante.

 

      -Varg, por favor-insistió Balduino-. Ve y déjale en claro que somos los hombres quienes mandamos.

 

      -¡Ja!-exclamó sarcásticamente Lambert, a quien casi veinte años de matrimonio capacitaban perfectamente para afirmar lo contrario.

 

      Varg frunció los mostachos, indignado, y volvió a la carga en la cocina en un intento por recuperar el señorío que acababan de arrebatarle. Otra vez volvieron a escucharse sus amenazas e  insultos obscenos, siempre más adivinados que oídos claramente; pero Balduino no pudo seguir la contienda paso a paso porque Ulvgang, quien estaba haciendo la guardia, vino a avisarle que se lo buscaba afuera.

 

      -¿Quién es?-preguntó el pelirrojo.

 

      -Friedrik, Thomen el Chiflado, Kurt... Muchas personas-contestó Ulvgang.

 

      -Bueno, ya que estás, desayuna y después lo haré yo-sugirió Balduino, poniéndose de pie-. Quédate, Anders-dijo, al ver que el joven se incorporaba también-; yo me haré cargo de lo que sea.

 

       -Dará buena impresión que te acompañe tu escudero-respondió Anders, con expresión enigmática que escondía sus verdaderas intenciones.

 

      De manera que ambos descendieron los escalones y hallaron un par de carretas al pie de Vindsborg. Se trataba de las primeras personas que venían a traer sus productos para que el viejo Oivind los cambiara por otros en Vallasköpping, conforme a la estratagema urdida por Balduino el día anterior; de modo que éste abrió la puerta de la despensa adyacente a la herrería.

 

      Anders y Kurt intercambiaron guiños. En cuanto a Hansi, que venía acompañando a su padre, a los compañeros de éste y a la esposa y el hijo menor de Thomen el Chiflado, se llevó las manos a la espalda con una sonrisa zorruna en su semblante infantil.

 

      Sin la menor malicia, Balduino atendió primero a Friedrik y sus compañeros de pesca, quienes dejaron dos barriles de pescado seco, especificando qué querían a cambio. Anders fue rápidamente en busca de papel, plumas y tinta y tomó debida nota de todo, y entre él y Balduino acomodaron los barriles en la despensa; tras lo cual, Friedrik y sus compañeros de pesca agradecieron efusivamente y se fueron a su jornada laboral mientras Thora, la esposa de Thomen el Chiflado, regresaba a su hogar en la carreta en la que habían venido todos ellos.

 

      Balduino iba seguidamente a atender a Kurt, cuando éste señaló una figura que venía caminando a lo lejos y dijo:

 

      -Amigo, ésa que viene a pie es la vieja Herminia. Mejor la atiendes primero a ella. Ha tenido que caminar mucho para venir hasta aquí, y tendrá que recorrer todavía la misma distancia al regreso.

 

      Balduino pensó que era descortés por parte de Kurt no ofrecer a la tal Herminia llevarla de regreso en su carreta; pero no hizo comentarios al respecto. Tal vez de un rústico no pueda esperarse cortesía, pensó.

 

      Herminia era una mujer menuda, de cincuenta y tantos años y ojos y cabellos grises, estos últimos cubiertos por un pañuelo. Traía una cesta con alrededor de una docena de huevos.

 

      -Quiero velas-declaró agresivamente, mirando a Balduino como si éste le hubiera infligido la más grave de las ofensas y se dispusiera a partirle la cara a golpes.

 

       Ante semejante mal genio, Balduino quedó momentáneamente mudo.

 

      -Muy bien-dijo conciliador, cuando se recobró; y se volvió hacia su escudero-. Anders, toma a Slav y acerca a esta gentil mujer a su casa.

 

      -Déjame en paz-dijo la mujer, bajando la vista como con rencor, y escupiendo cada palabra-. Sólo consígueme velas.

 

      Y dio media vuelta y se fue.

 

      -De nada-ironizó Anders, pasmado y en voz baja, mientras tomaba nota de la petición de la mujer-. Creo, Balduino, que esta gentil mujer, ya que así la has llamado, gustosamente te transformaría con uno de sus embrujos en algo más pequeño y feo que los piojos de nuestros cabellos si te portas mal.

 

       -Y si me porto bien también, parece; pues no creo haberle hecho daño-respondió Balduino.

 

       Vaya con la vieja bruja. Ya entiendo por qué Kurt no le ofrece llevarla, pensó.

 

      -Qué carácter, ¿eh, amigo? Así es ella-dijo Kurt, bajando unos sacos de una carreta uncida a un jamelgo viejo y feo, aunque no tanto como el que tiraba de la carreta de Thomen el Chiflado (el cual, ahora que lo pensaba Balduino, era el más feo y viejo que había visto en su vida). Junto al sitio donde habían estado los sacos había dos mujeres, ambas de cuerpo bastante armonioso, aunque había llamativo contraste entre sus rostros. El de una era delicado y bastante agradable, de cabello ondulado color castaño y ojos marrones, de expresión dulce. El de la otra estaba curtido como cuero, coronado por una profusa y descuidada melena rojiza en la que era obvia la sequedad de los cabellos. Los ojos, de color celeste lavado, tenían expresión dura y desafiante, acentuada por la nariz, que era aquilina, huesuda y afilada. Peor todavía, los dientes eran descomunales, y su tamaño se acentuaba debido a un rictus que la obligaba a dejar la boca entreabierta.

 

      Las dos mujeres rondarían los dieciocho o diecinueve años como mucho. Balduino no les prestó atención cuando se acercó a la carreta para ayudar, pues todavía  estaba atontado por la reacción de la vieja Herminia.

 

      -No, no, amigo, no pesa nada, es lana-dijo Kurt, cuando el pelirrojo quiso darle una mano-. Toma, esto es para ti-añadió, colocándole en sus brazos un vellón de reno.

 

      -Kurt, escucha...-tartamudeó Balduino, quien iba a rechazar el obsequio considerando que, tal vez, Kurt necesitara el vellón más que él. Pero ya teniéndolo entre sus manos, nada más pudo añadir: Kurt no se lo permitió.

 

      -Amigo, ésta es mi novia Adelheid. La próxima primavera nos casaremos aquí, en la playa; y tú apadrinarás a la novia.

 

      -A la orden...-bromeó Balduino, sin saber qué otra cosa decir, y llevando a sus labios la diestra de Adelheid para besarla.

 

      Adelheid era la más bonita de las dos jóvenes. Ante el cortés gesto de Balduino pareció derretirse, y se volvió hacia su prometido sonriéndole como si éste fuera quien acabara de hacerla objeto de tan refinada atención.

 

      La otra mujer, arrodillada en la caja de la carreta, esbozó también una sonrisa complacida, que Balduino no vio. Sonriente, miraba alternativamente a Kurt y a Adelheid. Por excéntrico que fuese aquél, Balduino le tenía afecto, y estaba encantado de que hubiese hallado una mujer que lo quisiera bien.

 

      No advirtió que el rostro de Kurt, inocentón hasta ese momento, había pasado en un segundo o dos a la más absoluta picardía. Tampoco advirtió que Anders había salido rápidamente de la despensa, como quien no quiere perderse un magnífico espectáculo. Y mucho menos advirtió que la sonrisa zorruna de Hansi se había vuelto más pronunciada.

 

      -Y ésta es Gudrun-continuó Kurt, señalando a la joven de rostro  tosco que seguía arrodillada en la carreta; y añadió, con el tono triunfal de quien, tras arduos esfuerzos, se sale al fin con la suya:-. Amigo, ¡TE HE TRAÍDO UNA MUJER!

 

      Balduino se puso más colorado que sus cabellos y los de Gudrun juntos. En cuanto a Gudrun, ahogó una exclamación de horror escandalizado y, aferrándose al adral del carro, quedó en una extraña pose similar al de una fiera a punto de abalanzarse sobre su víctima.

 

      -¡¡¡KURT!!!-rugió.

 

      -¿Eh?-preguntó el susodicho, riendo y haciéndose el inocente-. No, si por Heidi lo digo...

 

      -No sabiendo qué otra cosa hacer, Balduino se acercó al carro y besó también la diestra de Gudrun, quien recibió el gesto tensa y con suma frialdad.

 

      -Llevaré los sacos a la despensa-dijo el pelirrojo a continuación.

 

      -Te ayudo, amigo, te ayudo-dijo Kurt; pero en el momento en que iba tras Balduino, Gudrun saltó de la carreta. Kurt sintió entonces que algo similar a una garra lo asía por el cuello de su camisa, impidiéndole ir a ninguna parte.

 

      Balduino estaba llevando en una mano el vellón de reno y en el otro uno de los sacos. Al entrar en la despensa, dejó el vellón aparte, y acomodó el saco junto a los barriles dejados por los pescadores.

 

      Anders, sonriendo muy satisfecho y entusiaste, había ido tras Balduino.

 

      -¿Te gusta Gudrun?-preguntó.

 

      -¿Eh? No, Anders, por Dios, ¡es feísima!-replicó el pelirrojo, enfático. Aunque tal vez no es que lo sea tanto realmente, sino que tiene rasgos muy raros, pensó.

 

       Era una lástima, pero ninguna sorpresa para Anders. A Gudrun la hallaba bonita sólo Kurt, y porque la veía con los ojos del corazón. Anders había pensado que Balduino la preferiría antes que no tener ninguna mujer, pero si no era así, lo entendía perfectamente.

 

      Caballero y escudero abandonaron uno detrás del otro la despensa, a fin de ir por los otros sacos. Sin embargo, fue Anders solo quien completó la tarea; porque Balduino, tras dar uno o dos pasos con su decidido andar habitual, se plantó a estudiar más detenidamente el rostro de Gudrun para terminar de definir si los rasgos del mismo eran feos o sólo extraños. La vio amonestando enérgicamente a Kurt, y notó que la joven llevaba una honda a la cintura. Este detalle, que lo dejó admirado y pensativo, acabó de rezagarlo. Gudrun pastoreaba ovejas, recordó; la honda era seguramente para defender al rebaño y a ella misma de depredadores. Por fuerza tenía que ser una muchacha valiente.

 

      La suya era una cintura esbelta, ahora que Balduino la veía bien. No tenía un cuerpo feo; al contrario. Balduino avanzó dos o tres pasos y volvió a detenerse para contemplarlo y admirarlo tanto como se lo permitiera el vestido de la joven, que no era muy ajustado.

 

      Entonces subió con la vista hacia el cuello y el semblante de Gudrun, y de repente quedó alelado al descubrir allí cosas que antes no había notado. Aquella era una cara enérgica, con mucho carácter y mucha voluntad, indómita como la tierra que la había visto nacer. había en ella algo del fustigar inclemente de los vientos invernales y de la majestad del vasto océano; algo de espuma marina, de bellos cielos encendidos en vivos colores al asomar el sol tras una reciente tempestad, y de volcán de Elderholme insinuando amenazas nunca cumplidas. Balduino, estupefacto, sintió estar contemplando a una valquiria o a una amazona; sintió hallarse ante la mismísima personificación de aquella tierra bravía que estaba aprendiendo a amar.

 

      Todavía seguía ella increpando a Kurt, quien soportaba estoicamente el furibundo vendaval, cuando Anders pasó junto a Balduino, y quedó atónito ante la expresión de éste, entre vacua y maravillada. Se detuvo junto a él. Balduino lo miró y sonrió, radiante.

 

      -¡Qué... Qué mujer!-susurró.

 

      Anders quedó de una pieza ante tal declaración, que contradecía la anterior, a su parecer más acorde a los hechos,   según la cual Gudrun era feísima; pero no dijo nada. Esbozó una sonrisa y, meneando la cabeza, fue a llevar a la despensa los otros dos sacos de lana restantes. Allí permaneció, esperando el regreso de Balduino.

 

      Para mayor confusión de Anders, aquel volvió, ni mencionó a Gudrun. Explicó, sí, que uno de los sacos contenía lana de oveja y los otros dos lana de reno, estos últimos del rebaño de la familia de Kurt; y dictó a Anders por qué productos deberían ser cambiados en Vallasköpping.

 

      Finalmente, quien sacó el tema fue Anders:

 

      -Gudrun te gusta...-dijo.

 

      -¿Qué importa que me guste o no?-contestó Balduino-. Ella no es para mí. Para empear, con esta cara sería ingenuo suponer que yo podría gustarle...

 

      -¡No hay nada de malo con tu cara!-protestó Anders.

 

      En este momento esto era bastante cierto. Años de ocultarse en los bosques, en cuevas o en castillos de los aliados del Viento Negro habíanm condenado siempre a Balduino a una palidez que provocaba un horrendo contraste con sus infinitas pecas; pero ahora el constante trabajo bajo el sol de la primavera y el verano de Freyrstrande habían bronceado mucho su cutis, por lo que el contraste prácticamente no existía, y las pecas pasaban casi inadvertidas. Secundariamente, la espantosa mueca de desdén, que durante tanto tiempo había afeado muchísimo el rostro de Balduino, estaba desaparecida desde hace meses. Ásí se lo explicó Anders, añadiendo que a Gudrun el color de la melena de Balduino la había impactado mucho, siendo ella, de hecho, quien lo había motejado señor Cabellos de Fuego.

 

      -Esos son rumores que corren y que lo mismo pueden ser falsos que verdaderos-contestó Balduino-. Secundariamente, y aunque te rías, tengo miedo.

 

      -Ya me di cuenta. Balduino, por favor-gimió Anders en tono de desolación-. Lideraste una astuta emboscada en los bosques de Hallustig cuando aún eras bachiller; derribaste de su montura a El Toro Bramador de Vultalia; te enfrentaste exitosamente y en varias ocasiones a hombres peligrosos y bestias no menos peligrosas; ¿y ahora le tienes miedo a una mujer?

 

      -Quizás-contestó lacónicamente Balduino.

 

      Y Anders ya no dijo nada, pero puso cara de desesperación. 

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:56

      Balduino tenía poco contacto con la convaleciente Ursula porque, como se recordará, la hombruna princesa se hallaba instalada en la herrería, el sitio más confortable de Vindsborg. Esa noche, sin embargo, se la vio reunirse con los demás poco antes de la cena. la enfermedad había menguado un poco su corpachón que, no obstante, seguía siendo formidable.

 

      Entró sin decir palabra, y todo el mundo se la quedó mirando como si jamás la hubieran visto antes. La verdad era que apenas si recordaban su existencia. De haber sido bonita o al menos un poco más femenina, unos cuantos habrían ido a visitarla a la herrería; al no ser ninguna de las dos cosas, sólo tenía contacto con Thorvald, Karl, Lambert, Snarki, Adam, Anders y el propio Balduino. Este último no se animaba a acercarle los alimentos por medio de nadie más; no fuera cosa de que cualquier otro, a falta de otra mujer mejor, decidiera después de todo desfogar con ella sus bajos instintos.

 

      -¿Qué haces levantada?-preguntó el pelirrojo.

 

      -Ya me siento mejor-gruñó ella.

 

      -Es peligroso, podrías sufrir una recaída.

 

      Ursula no oyó o bien ignoró estas palabras de Balduino. Paseó la mirada en derredor, saludando a todo el mundo con una inclinación de cabeza. Al ver a Adam, sus ojos se llenaron de manifiesta aversión, que le fue ampliamente retribuida.

 

      -Hola, marimacho-masculló hostilmente Adam; y antes de que se lo pudiera reprender, replicó ella:

 

      -Hola, enclenque marica y patético-y había en sus ojos la misma hostilidad. Por lo visto, en la herrería había tenido lugar entre ambos algún incidente, llenándolos de mutua antipatía.

 

      -Disculpa-gritó el sordo Gilbert, sin poder controlar, como siempre, el volumen de su voz, que ahora denotaba total extrañeza-: ¿a ti te viene la primera plaga bíblica?

 

      Pero esta alusión a las aguas transformándose en sangre, que hacía en realidad referencia a algo mucho más íntimo, no era algo con lo que Ursula estuviera familiarizada o que entendiera, como lo demostraba su expresión de azoro.

 

      -Gilbert, por favor...-lo reprendió Balduino, distraídamente, muy aliviado de que Ursula no comprendiese la pregunta.

 

      -Pregunta si se te pone la concha en sangre-aclaró malignamente Honney, para horror de algunos de los presentes.

 

      -¡HONNEY!-gritaron a un tiempo Karl y Balduino, furiosos.

 

      -Sólo muy de tanto en tanto, pero sí, se me pone la concha en sangre-replicó Ursula, sin conmoverse o alterarse en lo más mínimo.

 

      Honney puso cara de absoluto asombro, que pareció mutar en susto cuando Ursula se sentó a su diestra. Tanto él como los demás, incluido ahora el propio Balduino, la observaban como con desconfianza y no muy seguros de que fuera hembra o macho, ni de cómo debían tratarla.

 

      Durante un buen rato, Ursula permaneció cabizbaja, sumida en quién sabía qué cavilaciones, con una catarata de cabellos rubios amparando de miradas curiosas su intimidad. Cuando por fin alzó la vista descubrió con sorpresa los ojos de los demás fijos en ella, y cuando se volvió hacia Honney, éste se mostró de lo más incómodo. La viril princesa le sonrió con ferocidad, y el Kveisung trató a su vez de sonreír, amablemente en su caso, aunque sólo le salió una mueca tonta.

 

      Entre tanto, Balduino había reflexionado. El físico y el lenguaje corporal, mímico y hablado de Ursula hacían pensar que había pasado buena parte de su vida en cuarteles, así que, hasta que otro hecho lo hiciera variar de opinión, tal vez convendría tratarla como a un guerrero más.

 

      -Hoy vino un mensajero. Por él me enteré de que en Kaldern ya están al tanto de que hay Wurms en el Mar de Nerdel, aunque ignora qué prioridad le han otorgado a la noticia-informó-. En Christendom el pueblo la toma en serio, pero no los nobles.

 

      -Svend la tomará en serio-afirmó Ursula con mucha convicción.

 

      Miró a Balduino, quien le devolvió la mirada. Cada uno de los dos era una anomalía para el otro. Balduino no entendía que aquella mujer tan hombruna no sólo fuera más musculosa que él, sino que tuviera apenas dieciocho años y fuera una princesa. Y Ursula no comprendía que aquel muchacho a su juicio tan poco corpulento fuera el comandante de esa ruina. En Kaldern los guerreros eran verdaderos gigantes.

 

      La joven volvió la mirada hacia Thorvald, como no muy segura de no haber cometido un error; pero cuando volvió a hablar, se dirigió a Balduino, aunque daba la impresión de hacerlo a regañadientes.

 

      -No tengo prisa por volver a mi tierra-dijo-. Quisiera pedirte que me dejes permanecer aquí unos meses. Trabajo duro, soy excelente cazadora y sé cocinar mucho mejor que el animal que se viene encargando de esa tarea; de modo que no te traeré problemas.

 

      -Haz de cuenta que éste es tu...hogar-dijo forzadamente Balduino-. Podrás permanecer aquí sin realizar faena alguna.

 

      Pero no le hacía gracia que Ursula se quedara, pues siendo una princesa no podría darle órdenes, y comía por toda una escuadra.

 

      -Trabajaré bajo...tus órdenes-dijo ella. Era obvio que tampoco a ella le hacía mucha gracia la situación, pues la constreñía a estar al mando de alguien que, desde su óptica, era casi un enano.

 

       -Como quieras-consintió Balduino, decidiendo que si una princesa le ordenaba que le diera órdenes, debía dárselas-, pero tendrás que esperar otros diez días por lo menos. Me aseguraré de que estés repuesta del todo antes de exponerte prolongadamente a la intemperie.

 

      Ursula puso cara de indignado horror.

 

       -¡Diez días!-exclamó-. ¡Qué disparate!... ¡Me encuentro ahora mismo en perfecto estado! Además, engordaré si no hago algo de actividad. De hecho, ya estoy gorda y desmejorada. Me estoy ablandando.

 

       -Pues come menos-sugirió Balduino, algo molesto. Aquella coquetería femenina (o viril preocupación por mantenerse en estado atlético, lo que fuera) se presentaba en forma harto inoportuna.

 

      -Estoy acostumbrada a comer así.

 

      -Engorda entonces. Todo lo que quieras.

 

      -Me aburre estar sin hacer nada.

 

      Balduino ya se hartó.

 

      -Pues correremos el riesgo de que mueras de aburrimiento-dijo, visiblemente malhumorado-, que es preferible a morir de pulmonía mal curada. Y no hay más que decir. Hasta que decidas irte, eres desde ahora parte de la dotación de Vindsborg, y en Vindsborg mando yo. Y no expongo a mis hombres a riesgos inútiles, aunque esos hombres sean, digamos, princesas, ¿me has entendido?

 

      -Sí, señor-respondió Ursula con disciplina marcial. Por dentro  debía invadirla una rabia negra, pero la ocultaba tras una máscara de firme subordinación-. Pero, ¿ni cocinar podré?

 

        -Bueno... Eso es distinto-contestó Balduino-. Pero, para empezar, me temo que la cocina es el único sitio de Vindsborg donde no mando yo. 

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:55

      Dado que en el fondo Gudrun no le atraía, Anders estuvo varios meses vacilante, siempre diciendo que se aliñaría para hacerle una visita y sin cumplir nunca con sus intenciones. Ni en broma hubiera estado dispuesta a reservársela a Balduino, quien por otra parte no parecía interesado en mujeres. Pero ahora que estaba haciéndose amigo del pelirrojo, y pensando que tal vez ya era hora de que éste se tomara un tiempo para descubrir que había otras cosas en la vida aparte de las armas y los deberes con los que él tan meticulosamente se esforzaba en cumplir, Anders estaba dispuesto a renunciar definitivamente a Gudrun.

 

      -Mira, Balduino-le dijo en tono confidencial, rodeándole los hombros con su brazo en un gesto harto confianzudo-: dice una leyenda súndara que, al comienzo de las Edades, había una raza cuyos individuos  tenían ambos sexos en su cuerpo. También nos dice que había otras dos razas, una sólo masculina y otra femenina, pero eso no viene al caso. Cuenta la leyenda que Dziark, el dios de los súndaros, alzó su espada y hendió a cada individuo en dos; de modo que aquella raza que tenía dos sexos quedó dividida en una mitad femenina y otra mitad masculina. Por eso, sigue diciendo la leyenda, los hombres y las mujeres buscan tanto antes de decidirse por una pareja: extrañan y anhelan a la que alguna vez fue su otra mitad, la única que encaja perfectamente con ellas. La tuya te aguarda en alguna parte; ¿qué tal si empiezas a buscarla?

 

      -Leyendas-gruñó Balduino-. Muy linda por cierto. Yo también tengo una historia para contarte, aunque mucho menos romántica. Termina en cuarenta puñaladas.

 

      -Ay, hombre-gimió Anders, en gesto atribulado-. ¿Vas a juzgar tus posibilidades de éxito midiéndolas con el matrimonio de Lambert a modo de vara? Qué perspectivas más amargas. Escucha...

 

      Pero no llegó a decir nada más. En ese momento Hundi, quien hacía guardia junto al camino, se puso a gritar como loco:

 

      -¡Un jinete, señor Cabellos de Fuego, un jinete se acerca desde el Este, un jinete...!

 

      Balduino, sin pérdida de tiempo, montó sobre Svartwulk y partió al encuentro del jinete. Resultó ser, en efecto, un mensajero, y uno que hizo grandes esfuerzos por esquivar a Balduino, a quien tomó por un forajido y a quien tratando de perderlo por el trayecto arrastró literalmente hacia los bosques, antes de volver como pudo a la ruta que llevaba a Helmberg.

 

      Mientras todo esto tenía lugar, Anders se había quedado meneando la cabeza. Vaya miedoso resultó ser este pecoso si de mujeres se trata, pensó, en el momento en que Balduino montaba e iba tras el mensajero. Entonces se acordó de Kurt, quien seguía allí, pensando sin duda cómo volver a la carga.

 

      -Kurt... Ven aquí un minuto, por favor-le dijo. El criador de renos se le acercó, dócil y ya unido por cierta complicidad; pero no fue el único. Hansi se sintió aludido, y se acercó-. Enano, ¿no tienes nada que hacer por ahí?... Porque, si no te has dado cuenta, es a Kurt aquien llamé.

 

      -Ah-dijo Hansi; pero se quedó allí, andando de un pie en otro, mientras Anders y Kurt cuchicheaban en aire tan conspirador que se hubiera dicho que eran dos más en el grupo de convictos, y que tramaban fugarse.

 

      Luego de un rato, se vio regresar a Balduino hecho una furia, seguido por el mensajero, ambos en sus respectivas monturas. El joven correo de postas lloriqueaba quién sabía qué en tono insoportablemente plañidero.

 

      -¡CÁLLATE LA BOCA!-rugió Balduino-. Me importa un rábano la prisa que lleves. Si yo pude esperar todo este tiempo por un mensajero, tú puedes perfectamente aguardar unos minutos a que agregue unas líneas a lo ya escrito. No te aflijas-añadió, más compasivo; porque el aspecto fornido del mensajero resultaba engañoso. Era un adolescente que por lo visto de estaba iniciando en su oficio-. Mejor que los mensajes lleguen un poco demorados, a que no lleguen. Ten en cuenta todos los desvíos que hiciste para esquivarme. Exagera el número de esos desvíos, y todos entenderán que los Landskveisunger te obliguen a demorarte un poco.

 

      Y así diciendo, subió rápidamente la escalinata de Vindsborg, seguido del mensajero.

 

       Hansi fue corriendo detrás de Balduino.

 

       -¿A dónde crees que vas, mocoso?-susurró Anders, tratando infructuosamente de detenerlo-. Si repites tan sólo media palabra de lo que has oído...

 

      Hansi, en efecto, tenía la costumbre de fisgonear lo que hacían y decían los demás y contárselo a Balduino, si se trataba de algo indebido. Como ya lo conocían, todos se cuidaban de no hablar de más en su presencia; pero Anders, no pudiendo sacárselo de encima, tuvo finalmente que incluirlo como cómplice en su diálogo con Kurt a fin de asegurarse su silencio. Había que ver si la medida era exitosa.

 

      Así que, cuando Balduino se sentó a agregar algunas líneas adicionales al mensaje que ya tenía preparado, descubrió asombrado que  frente a él se hallaban, no sólo el mensajero, sino también Hansi y Anders. La mirada que éste dirigía al niño prometía estrangularlo en cuanto hablara de más, pero Balduino estaba demasiado ocupado para notarlo.

 

      -¿Sabes escribir, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi.

 

      -¡Por supuesto que sé!-exclamó Balduino, mojando la pluma en la tinta.

 

      -Ni sabía. Como ni hablas bien...

 

      -¿Qué quieres decir?

 

      Mejor que explicar es mostrar; de modo que Hansi, allí nomás, hizo una imitación exacta del habla de Balduino. Este lo miró como disputándole a Anders el derecho de estrangularlo. Lo que, según Hansi, era no hablar bien, eran en realidad el dialecto, los modismos y la tonada de Rabenland; el Bersik correctamente hablado, según Balduino, aunque allí en Freyrstrande (y en general en Andrusia) todos los demás discreparan sin pensarlo mucho.

 

      Anders lanzó una carcajada, y también el mensajero bajó la cabeza para ocultar una sonrisa. Hansi, sin embargo, miraba a Balduino en gesto obstinado.

 

      -¡Si es cierto!-insistió; y al fin sonrió él también, pero más contagiado por la imparable carcajada de Anders que otra cosa.

 

      Que vengan después a decir que la Matanza de los inocentes hace de Herodes un malvado, pensó Balduino. Pero prefirió no perder más tiempo y hacer lo que tenía que hacer; así que escribió las líneas que tenía que agregar, que fueron bastantes; y por último aplicó polvos secantes sobre la tinta, enrolló el mensaje y se lo entregó al muchacho del correo de postas.

 

      -Toma. Y más vale que en lo sucesivo, tú y tus cofrades os detengáis aquí para cerciorarse de que no tenga mensajes que despachar. Repite la consigna, o te busco y te rompo el pescuezo-gruñó-. Vamos, desaparece.

 

      -¿Puedo retirarme, señor?-preguntó nerviosamente el mensajero.

 

      -Sí, sí, ¿qué acabo de decir?... Ve con Dios, ve con Dios-contestó impaciente Balduino, incorporándose.

 

      El mensajero hincó ceremoniosamente rodilla en tierra, para desesperación de Balduino, quien no entendió tanto protocolo en alguien que decía estar apurado por partir; luego dio media vuelta, bajó a toda prisa la escalinata y, montando su caballo, partió al galope.

 

      -Qué pesado, ¿qué pasa con el servicio de postas?-exclamó Balduino, quien había bajado también junto con Anders y Hansi, y lo veía alejarse hacia el Este-. O no consigues que vengan a ti, o si lo consigues, no puedes sacártelos de encima.

 

      -Disculpa, pero tú también eres único-objetó Anders-. Con todos los días que tuviste para agregar cualquier cosa que te hubiera quedado en el tintero, ¿recién te acuerdas ahora de terminar de escribir?

 

       -¡No me acuerdo recién ahora, no me acuerdo recién ahora!...-rezongó Balduino-. Lo que ocurre es que le pregunté al mensajero, cosa lógica, cómo va la guerra. Y me dijo que en Drakenstadt están desesperados porque no pueden rescatar a las dotaciones de dos fortalezas que hay a la entrada del Hrodsfjorde. Se me ocurrió una idea para hacerlo. No sé si sería viable, pero tal vez lo sea, en cuyo caso de alguna forma debo comunicársela al Gran Maestre o a quien sea, ¿no? Que el señor Eyjolvson decida, entonces, si esa idea puede ponerse en práctica. 

 

      Ulvgang había estado sobre ascuas desde la llegada de aquel correo, porque sabía que el primer paso para lograr por vías legales la libertad de Tarian era despachar el mensaje escrito por Balduino; de modo que en cuanto éste se puso a trabajar con los demás, decidió abordarlo. El pelirrojo se adelantó a su pregunta:

 

      -El mensaje está en camino, aunque este mensajero iba hacia el Este. Le entregará el mensaje a otro correo que vaya en dirección opuesta y con quien se cruce por el camino. Ahora todo es cuestión de tiempo y de suerte-informó; y Ulvgang suspiró aliviado.

 

      Balduino y Anders acomodaban un  tronco en la empalizada cuando Hansi decidió quitarse una duda que lo tenía a maltraer:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, si eres un guerrero, ¿para qué necesitas escribir?-inquirió, perplejo.

 

      -Pero Hansi, ¿cómo que para qué necesito escribir?-preguntó Balduino-. Si no sé leer ni escribir no puedo descifrar mensajes interceptados al enemigo, ni enviar misivas a mis superiores si los tuviera lejos y necesitara comunicarles algo. Para un oficial es fundamental leer y escribir, al menos para uno que quiera hacer carrera. Si eres analfabeto, a lo máximo que puedes aspirar es a mandar sobre unos cuantos patanes en un castillo de mala muerte perdido en medio de la nada.

 

     -Por lo tanto, Hansi-intervino Honney, atrózmente irónico-, más vale que aprendas a leer y escribir. Y así, cuando también tú seas guerrero, un día llegarás a mandar sobre convictos peligrosos en una ruina que se caiga a pedazos perdida en medio de la nada. Todo un ejemplo de progreso.

 

      La carcajada fue general, y el propio Balduino, apoyándose sobre el tronco a medio apuntalar, se halló casi llorando de la risa. Tal vez fue entonces cuando descubrió el efecto benéfico de saber reírse de sí mismo. Hansi, sin embargo, estaba serio y pensativo. Jamás había salido de Freyrstrand y, por lo tanto, no tenía con qué comparar a Balduino, salvo los esbirros de Einar. No obstante, en un razonamiento lógico desde su punto de vista, entendía que, si habían enviado sólo a Balduino a proteger Freyrstrand, era porque valía más que todos los hombres de Kvissensborg juntos y era una figura muy gloriosa.

 

      -¿Me enseñas a escribir mi nombre, señor Cabellos de Fuego? En la arena, y yo lo copio, ¿sí?-preguntó Hansi.

 

       De esta manera daba el primer paso en un camino que lo llevaría a convertirse en el mayor cronista de la Andrusia del siglo X.

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:54

      Al día siguiente, muy temprano, Kurt vino a Vindsborg sólo para saludar, según él. En realidad, algo debía traerse entre manos. El largo Kurt tenía ciertas mañas zorrunas que uno no imaginaría viendo su tosco rostro de aldeano campechano e inocentón. Según su costumbre, estrechó efusivamente la mano de todos los que halló a su alcance a medida que iban saliendo de Vindsborg (salvo en el caso de Karl, a quien palmeó afablemente las espaldas) hasta que por fin vio a Balduino. 

 

      -¡Ah, Kurt, así que has venido!... Qué bien, porque hay algo que quería comentarte-dijo el pelirrojo, saliéndole al encuentro con Anders a su diestra mientras Hansi se les unía también corriendo desde el muelle donde su padre y los otros pescadores acababan de hacerse a la mar.

 

      Vaya súbditos los que te granjeaste, campeón, pensó Anders, divertido, mirando alternativamente a Hansi y Kurt. El mocoso casi derriba a Balduino al arrojarse afectuosamente sobre éste tomándolo por sorpresa. Ya acostumbrado y más tolerante con él ahora que repuntaba su ánimo, Balduino no lo regañó y lo conservó a su siniestra colocándole la mano en el hombro.

 

      En cuanto a Kurt, respondió al llamado con tal celeridad que se hubiera pensado que el Rey en persona lo convocaba para concederle cuando menos el honor de la Caballería y la mano de su hija, si la tuviera.

 

      Balduino sabía que seguramente Kurt no era la persona idónea para exponerle sus intenciones, pero después de todo, ¿por qué no él? Para empezar, lo tenía a la vista, cosa muy conveniente.

 

      -Sé que el viejo Oivind va una o dos veces por semana a Vallasköpping a cambiar vuestros productos por cosas que aquí no se consiguen-le dijo-. También sé que, aunque se diga muy trabajador, hay que aplicarle espuelas para que se ponga en camino y que, encima, cuando por fin se digna ir roba lo que puede, aparte de lo que os cobra oficialmente. Vamos a cambiar eso. Voy a necesitar de los servicios de Oivind, porque tenemos en Vindsborg un  montón de pieles de animales  que hemos cazado, ya curtidas; y en cambio, hay otras cosas que nos faltan. Como se atreva a robarme o hacerse el remolón conmigo, lo va a lamentar. De modo que ve y di a la gente que traigan parte de los productos que quieran dar en trueque, como si fueran un regalo para mí. Haremos que el viejo los cambie por productos que necesitéis, y luego venís a retirarlos. Haremos esto al menos una vez por semana o cada dos semanas, ya veremos. Luego de un tiempo, Oivind notará la treta, pero mucho no podrá hacer, aparte de gemir que es su ruina. Si nosotros...

 

      Se interrumpió al advertir preocupado que la mente de Kurt parecía hallarse a leguas de distancia de allí.

 

      -Dime una cosa-preguntó entonces-: ¿oyes lo que te digo, o todo el tiempo me has tenido hablando y hablando como un imbécil, sin que te dignaras prestarme atención?

 

      -¿Eh? ¡Ah, sí!... ¡Te oigo, amigo, te oigo!-replicó Kurt, muy serio-. Amigo, necesitas una mujer.

 

      -Pero Kurt, ¿¡otra vez con eso!?-exclamó Balduino, exasperado. El tema parecía haberse convertido en la obsesión del joven aldeano. Decían que principalmente vivía de la crianza de renos y sin duda esta actividad debía dejarle mucho tiempo libre para empollar ideas insólitas y recurrentes como aquélla.

 

      Anders sonrió ante la obstinada insistencia de Kurt; sin embargo, tras meditar unos segundos, dijo a Balduino:

 

      -Estoy pensando que no te vendría mal descubrir lo que se siente cuando te acaricia una mujer...

 

      Kurt puso cara de satisfacción, e hizo un significativo ademán con la mano, como diciendo: ¡A eso quería llegar yo!

 

      -¡Si ya sé qué se siente! No es que haya estado con muchas, pero estuve, y no fueron experiencias memorables.

 

      -Con putas que nos conseguía la Orden... Y no sé por qué, se me ocurre que eso no es para ti-rebatió Anders.

 

      -La verdad, Anders, somos muy diferentes tú y yo. A ti siempre te atrajeron las mujeres, mientras que a mí me interesaría sólo una, la mujer ideal, si la hubiera para mí-replicó Balduino.

 

      -¡Pero si la hay, hombre!...-exclamó Anders, en tono a medio camino entre el fastidio y la súplica, algo que también expresaban vivamente sus ojos verdes-. Sólo tienes que buscarla.

 

      A Anders le gustaban las chicas lindas, pero eventualmente aceptaba también a otras que no lo fueran tanto, si venían servidas en bandeja. No había tenido tiempo de investigar qué había para él en Freyrstrand pero, por lo que sabía, no era mucho. Había sólo dos muchachas solteras, una de las cuales era la prometida de Kurt. En la ciudad tal vez hubiera tenido menos escrúpulos para cortejar mujeres ajenas, pero por algún motivo parecía de lo más vil e innoble hacerlo en un sitio como Freyrstrand. Tal vez porque de lejos se notaba que allí la gente eran personas de trabajo que confiaban mucho en el valor de un apretón de manos y la palabra dada, y que ante el engaño o la traición reaccionaban con menos ira que dolor. Lo que en la ciudad la propia conciencia hubiera admitido como picardía aquí sería pura y simple canallada.

 

      Todo lo cual conducía a la única joven que hasta donde Anders sabía estaba libre de compromisos, una  pastorcita bastante feúcha de cara aunque no de cuerpo, que se llamaba Gudrun Heimriksdutter y tenía dieciocho años. Balduino y Anders la habían visto ya el día de su llegada a Freyrstrande: se le habían acercado para hacerle ciertas preguntas.

 

     La pastorcita podía no ser una gran belleza, pero era mejor que nada; de modo que Anders, posteriormente, hizo indagaciones sobre ella aquí y allá. Así fue enterándose de su historia. Gudrun había vivido con su padre y su madre hasta hacía tres años atrás. El padre era un  individuo violentísimo que faltaba en su hogar las tres cuartas partes del año, tiempo que pasaba en Vallasköpping, presumiblemente con una concubina. La cuarta parte restante la pasaba con su familia oficial, embriagándose cuando tenía con qué y, borracho o sobrio, gritando y golpeando a su esposa. En Freyrstrand nadie lo quería y varios se habían trompeado con él comenzando, increíblemente, por Fray Bartolomeo, quien lo sacudió varias veces en un intento por sacarle la mala costumbre de descargar su ira en su esposa y su hija.

 

      Por eso nadie lloró su desaparición, tres años atrás. Anders notó que los aldeanos esquivaban mucho ese tema. Heimrik, el padre de Gudrun, se había ido del hogar luego de que su hija le hiciera frente, interponiéndose entre él y su madre, quien otra vez recibía de su esposo una paliza. Ocurrió de noche y durante una tormenta de nieve. Nada más se supo de él.

 

      Tras la desaparición de su temible padre, Gudrun fue cortejada por un muchacho, Thorstein Thorsteinson, también llamado Thorstein el Joven, hijo de aquel otro Thorstein que con ayuda de Kurt reparó el torreón por encargo de Balduino. Pero el muchacho estaba ya formalmente comprometido con quien luego sería su esposa, por lo que Gudrun no sólo no tomó bien que tratara de seducirla también a ella, sino que además lo rechazó con ahínco. Desde entonces, Thorstein el Joven no podía librarse de una un tanto excesiva reputación de depravado donjuán. En cuanto a Gudrun, no mostró interés en conseguir esposo. Al parecer, ni la brutalidad de su padre ni la duplicidad de Thorstein la ayudaban a desear uno, pero de todos modos ya no había en Freyrstrand hombre para ella. Independiente y resuelta, prefería la compañía de su madre. Pero cuando ésta murió el pasado diciembre, Gudrun entró en crisis, en una atroz depresión que la llevó a consultar a la vieja Erika. Esta no sólo era prostituta; vivía también de otras actividades que incluía la adivinación por medio de las cartas, y Gudrun fue a verla para que le predijese el futuro. Erika le vaticinó que en breve tiempo conocería a un Caballero que se enamoraría perdidamente de ella. Era exactamente el tipo de tonterías que tantas otras adivinas y videntes auguraban a lo largo y a lo ancho a muchas jóvenes tontas y crédulas que acudían a consultarlas, y Gudrun la creyó al principio, hasta que en marzo el invierno, que ella detestaba, empezó a perder vigor. Entonces  se sintió una tonta, pero al menos el augurio le había proporcionado algo a lo que aferrarse para sobrevivir a la estación fría y una ilusión que acariciar mientras pastoreaba sus ovejas en medio de los rigores climáticos.

 

      Para cuando empezó a descreer del vaticinio empezó a sonar fuerte el rumor de que un Caballero vendría a Freyrstrande a proteger a sus habitantes de los grifos que inesperadamente se habían instalado durante el invierno en lo que luego se llamaron las Gröhelnsklamer, las Torrenteras de los Grifos, a las que dieron nombre. Todos recordaron entonces la predicción de la vieja Erika, tal vez porque ésta, orgullosa de su acierto en ciernes, fue la primera en vocearla. ¿Había sido casual que Gudrun estuviera en la playa, cerca de Vindsborg, el día de la llegada de Balduino y su escudero? ¿Se había desviado del camino a su hogar sólo para presenciar el espectáculo del sol del ocaso sobre el océano? Anders no lo sabía, pero en todo caso el apodo de señor Cabellos de Fuego que ahora llevaba Balduino, aunque difundido en Vindsborg por Hansi, se lo había puesto ella, al parecer impactada por el fulgor rojizo de aquella melena que tanto le recordaba el resplandor del fuego del hogar, que ella amaba y echaba en falta desde la muerte de su madre cuando regresaba a su casa y la hallaba helada y en un silencio de muerte. 

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:51

LXI

      Esa noche, el siguiente turno de guardia al pie de Vindsborg le tocaba a Balduino, por lo que terminó de cenar antes que los demás, y bajó a cumplir con lo que correspondía.

 

       Se hallaba un tanto nostálgico y soñador mientras contemplaba el océano en la pleamar bajo la argentada luz de la luna llena; y por alguna razón no le sorprendió ver que Anders venía a hacerle compañía.

 

      -¿Molesto? Quería hacerte una pregunta, nada más-dijo, aunque ambos intuyeran que esto era un simple pretexto. Hacía dos días buscaban uno para entablar conversación.

 

       -No, Anders, pregunta lo que quieras-repuso Balduino, sonriendo cordialmente.

 

      -¿Recuerdas cuando íbamos camino a Ramtala con Abelardo de Hallustig y su escudero?... Abelardo te comentó, como novedad, que acababa de enterarse de quién era El Justo: Benjamin Ben Jakob. Tú contestaste que ya lo sabías.

 

      -Sí, me acuerdo.

 

      -¿De veras lo sabías, o nada más fanfarroneabas? ¿Tanta confianza te tenía el señor Ben Jakob, para revelarte algo que podía ser tan comprometedor?

 

      Balduino suspiró.

 

      -Anders, esto es largo y un poco difícil de explicar-dijo-. En cierto momento, sospeché que el señor Ben Jakob era El Justo. Y se lo dije. El contestó que sí, que tenía razón; pero con tanta serenidad lo admitió, sin pedirme discreción ni nada por el estilo, que luego no estuve seguro de haber acertado. Pensé que tal vez me había equivocado y el señor Ben Jakob trataba de despistarme para que no se me ocurriera hacer indagaciones que me llevaran a deducciones más acertadas. Sólo en los últimos dos años estuve casi seguro de que sí,  que el señor Ben Jakob era El Justo; pero siempre continué con un margen de dudas. Así que decide tú si sabía, o si fanfarroneaba.

 

      -¿Y cuánto hace que sospechaste por primera vez?-preguntó Anders.

 

      -Hará más o menos cuatro años... Luego de eso, supuestamente en premio a mi sagacidad, el señor Ben Jakob me ascendió a bachiller, y tú entraste a mi servicio.

 

      -Al principio sólo para espiarte, como habrás notado.

 

       -¿Para espiarme? No, no sabía...

 

      -El señor Ben Jakob me dijo que me pondría al servicio de alguien que tal vez fuese un enemigo infiltrado; así que tendría que fingir ser un siervo muy solícito y espiarlo sin que se diera cuenta... Y ése fuiste tú. Ahora me doy cuenta de que probablemente no debe haberle hecho mucha gracia que descubrieras su secreto-dijo Anders-. Por supuesto, nunca encontré pruebas que te incriminaran en nada, y temí ser un pésimo espía. Es raro, creí que te habías dado cuenta.

 

      Hubo un breve silencio, roto por la risa de Balduino: una risa alegre y espontánea que probablemente se oía por primera vez y que embellecería de allí en más su semblante incluso cuando éste se hallara ya desfigurado por el fuego de los Wurms; una risa humana y noble que lo haría muy querido.

 

      -No es que no me haya dado cuenta, pero creí que me espiabas por la gran admiración que me tenías-confesó-. Lo que puede el ego, ¿eh? Pero, ¿por qué iba a pensar otra cosa? No tenía secretos que ocultar, así que no se me ocurrió que te hubiese enviado el señor Ben Jakob.

 

      -Igual fue por breve tiempo-dijo Anders, sonriendo-. Se ve que el señor Ben Jakob confió enseguida en ti, puesto que pronto te encomendó todo tipo de misiones...

 

      Balduino meneó la cabeza.

 

      -No creas-contestó-. Mayormente me usaba para llevar mensajes cuyo contenido nunca supe. Por ese entonces me asaltó ya una sospecha, pero ahora, hablando contigo, casi no tengo dudas: esos mensajes en realidad debían contener información falsa, y sólo tenían por objeto probar mi lealtad a la Orden. Si yo hubiera llevado alguno de esos mensajes al enemigo, tal vez habría enviado a éste de cabeza a una celada preparada de antemano. Seguramente el texto contenía alguna clave alertando al destinatario de que el resto del contenido no era veraz, caso de que yo lo entregara fielmente a quien me habían mandado.

 

      -Igual, a la larga el señor Ben Jakob terminó confiando en ti. Por algo te eligió para que te pusieras al frente de los escuderos encargados de poner a salvo a aquellos aldeanos en Hallustig, luego de lo cual te armaron Caballero.

 

      -Sí, pero ya habían pasado dos años, y llevaba cinco junto al señor Ben Jakob. Y ni entonces quedó del todo conforme conmigo. Me habló hacia el atardecer de la víspera del dia en que fui armado, poco antes de que comenzara a velar las armas. Me dijo que yo era a la vez su mayor orgullo y su mayor fracaso; que contaba con astucia, valor, sentido de la justicia y gran destreza en el manejo de todas las armas, llegando incluso a superarlo a él en ese aspecto, pero ni pizca de amor al prójimo; que todo lo hacía maquinalmente, como un gólem-Balduino suspiró-. Logró avergonzarme por un  momento, pero eso de que lo había superado en el manejo de todas las armas me infatuó de nuevo... De hecho, creo que en ese momento mi soberbia llegó a la cúspide... Nada menos que aquel a quien yo tenía por el mejor, me decía que yo lo superaba.

 

      -¿Y por qué creíste que él era El Justo?

 

      Balduino hizo memoria.

 

      -Dio la casualidad de que, entre todas las figuras del Monte Desolación,  la que más me atraía era El Justo, aun antes de sospechar siquiera que lo tenía ahí, a mi lado-dijo-. Eso ayudó. Si sientes admiración por alguien, lo buscas a tu alrededor. Y yo admiraba a El Justo porque en cierto momento el destino de la Orden pendió de él, de su resistencia a la tortura y su valor. Además, tal vez no sea yo muy fervoroso creyente en Dios, pero quizás me gustaría serlo; y hallaba algo de milagroso en la historia de El Justo resistiendo a la tortura mientras repetía una y otra vez el salmo 23.

 

      ’Algo que me llamaba la atención era el gran número de judíos que había en la Orden, porque en muchos lugares se los considera asesinos de Cristo y se los tiene por debajo, incluso, de las bestias; mi padre, por ejemplo, no los podía ni ver. Es verdad que, en principio, la Orden no podía darse el lujo de rechazar a nadie; pero se me ocurrió que si aceptaba a seres tenidos por otros casi por subhumanos, debía ser porque uno de ellos había descollado en alguna proeza. El señor Ben Jakob había ingresado a la Orden siendo bastante joven, según se podía calcular por comentarios suyos. Esto indicaba que se venía aceptando a judíos en la Orden desde hacía mucho tiempo atrás. Por consiguiente, la hazaña en cuestión tenía que haberse realizado mucho tiempo atrás. ¿Por qué no en el Monte Desolación? Todavía más, ¿por qué no podía el señor Ben Jakob haber estado allí? La edad lo hacía un buen candidato porque, haciendo cálculos, en la época en que estalló el volcán él tenía que ser adolescente o poco más.

 

      -De acuerdo-concedió Anders-. Pero, ¿por qué debía ser precisamente El Justo? ¿Por qué no El Sabio, El Jinete de Drakes o cualquier otro?

 

      -A ver: al comienzo de la historia del Monte Desolación, se nos decía que El Justo y su familia eran constantemente humillados y denigrados por los poderosos de Nemorea, y que vivían aislados. No se aclaraba el motivo, pero forzosamente tenía que ser algo que los segregara del resto de la gente. Por herejes, se me ocurrió primero; pero lo descarté enseguida, porque había muchos herejes en Nemorea, según sabemos por lo que nos han contado, los cuales buscaban la protección del número. Como no era el caso de El Justo y su familia, tenía que tratarse de otra cosa. Lo siguiente en lo que pensé, no sé por qué, fue en judíos. Probablemente porque también en su caso, como en el de los herejes, es su religión lo que los margina: mi padre les tenía prohibido el ingreso al Ducado. Y además, tenía uno cerca, ¿no? Cuando uno trata de descubrir algo, mira alrededor en busca de algo que pueda serle de ayuda. No tenía que ir muy lejos para inspirarme. Y se me ocurrió que la descripción del abuelo de El Justo parecía la de un patriarca bíblico...

 

      -Un momento-interrumpió Anders-: El Justo y su familia vivían bastante aislados, pero no es así como suelen vivir los judíos. También ellos tienden a agruparse en barrios o comunidades...

 

      -Sí, pero eso yo no lo sabía: no olvides que en Rabenland no había visto ninguno. No tenía forma de saber que la mayoría de los judíos no viven así. De todos modos, en el caso del señor Ben Jakob no se trata de cualquier judío: es un cabalista, y sus creencias parecen heréticas a otros judíos. Tendrías que haber visto, por ejemplo, qué cara pusieron en el Barrío Judío de Vallasköpping cuando comenté que conocía y respetaba enormemente a un judío cabalista conocido mío. Fue como mencionarles al mismísimo Belcebú... Claro que yo no sabía todo esto tan en detalle por ese entonces.

 

      ’De cualquier forma, otras dos pistas parecían confirmar que él era El Justo. Para empezar, su modestia: nunca nos enteramos de hazañas suyas; no por boca de él, al menos. Dio la casualidad de que, aunque nos relató muchas historias acerca del Monte Desolación, nunca mencionó a El Justo. Nos hablaba de Sansón, de El Sabio y de muchos otros, pero nunca de El Justo quien, sin embargo, tuvo una actuación breve pero fundamental en el Monte Desolación. Esto era sospechoso. Hubiera podido entenderse si al señor Ben Jakob la justicia no le interesara menos que a otros y, por lo tanto, juzgase al personaje poco importante. Pero al contrario, le importaba más. Para él era algo elevado, algo sagrado; siempre estaba machacando con eso de que, para nosotros, la Justicia debía ser la primera religión, y que la que cada uno profesara debía relegarse a segundo término. Además, vacilaba al tomar algunas decisiones o emitir juicios, porque no quería ser injusto con nadie. Y si tanto valoraba la justicia, ¿no debería haber mencionado más a menudo a El Justo, poniéndolo como ejemplo de lo que deberíamos ser? En esto su modestia lo traicionó. Hablaba de El Justo tan poco como de sí mismo, y esto hacía probable que ambos fueran una misma y única persona.

 

      ’Hubo otra pista. ¿Recuerdas que, aparte de sus armas, las posesiones más valiosas del señor Ben Jakob eran esos tres libracos encuadernados en cuero de unicornio que siempre llevaba con él a menos que en el momento fueran un verdadero estorbo?

 

      -Sí-confirmó Anders-. Estaban llenos de una escritura extraña...

 

      -Caracteres hebreos-precisó Balduino-. Yo no podía leerlos, por supuesto; pero cuando ya estaba casi seguro de que el señor Ben Jakob era El Justo, los revisé sin que él me viera, tratando de descubrir algo que confirmara mis suposiciones. Al abrirlos, noté que algunas páginas estaban muy manoseadas, mucho más que las demás, aunque las cubiertas estaban en excelente estado. Si los libros habían pasado de generación en generación, habían sido muy bien cuidados, pero aquellas páginas estaban ajadísimas. Y si lo estaban era evidentemente porque habían sido leídas más a menudo que las otras...

 

      ’A lo largo de varios días, aprovechando cada ausencia del señor Ben Jakob, copié como pude los títulos de los tres libros, y párrafos de las páginas más manoseadas de cada uno de ellos. Me tomó mi tiempo hallar un judío que me leyera los caracteres y en el que pudiera confiar que hiciese pocas preguntas o ninguna; y en realidad opté por valerme de distintos traductores para distintos párrafos, para no llamar tanto la atención. Los tres libros resultaron ser la Torah, el Talmud y no recuerdo qué tratado cabalístico. Todos los párrafos versaban sobre la justicia, y me impresionó mucho uno en especial, extraído del tratado cabalístico, que hablaba sobre los Lamed Vav.

 

      -¿Qué es eso?-preguntó Anders, desconcertado.

 

      -No qué, sino quiénes: según la Cábala, treinta y seis hombres justos cuya conducta recta detiene la ira de Dios. De no ser por ellos, Dios destruiría al mundo; no lo hace, por amor a esos treinta y seis. Se cree que ningún Lamed Vav sabe que lo es; cuando se entera, muere, y en otra parte del mundo aparece otro para reemplazarlo. Suena como una especie de relevo-ironizó Balduino-. Supongo que tras años de aguantar la locura humana y temer ser parte de ella, es un buen premio para alguien enterarse de que se ha comportado de verdad rectamente y merece el descanso eterno. Lástima que un pobre infeliz tenga que venir a reemplazarlo. Por suerte ni sabe lo que le espera...

 

      Anders quedó primero perplejo y luego pareció muy excitado o emocionado.

 

      -¿Quiere decir-preguntó-que gracias al señor Ben Jakob y a otros treinta y cinco tipos, Dios no destruye al mundo?

 

      -Es dudoso que existe tanta gente recta-se burló Balduino-. No, trato de decirte nada más que ese pasaje del tratado cabalístico demostraba que el señor Ben Jakob concedía enorme importancia a la justicia. Si no es un Lamed Vav, intenta parecérseles mucho. Por lo demás, te sugiero que olvides en adelante eso de los Lamed Vav, porque de más está decirte que si te oyeran hablar del tema, podrías tener problemas con nuestra dudosa Santa Iglesia...

 

      -Bah, ¿no defendemos herejes? Los tendremos de todas maneras.

 

      En el claroscuro de la noche de luna llena, Balduino se agitó nerviosamente.

 

       -En eso tienes razón. Y puede que tengamos incluso más de los que imaginamos...-murmuró.

 

      -¿A qué te refieres?-preguntó Anders.

 

      -La última vez que vi al señor Ben Jakob, poco antes de la convocatoria para luchar contra los Wurms, me confió un secreto que ya no tiene sentido guardar: financieramente, la Orden está casi acabada. Salvo unas pocas reservas, el oro de los Zarpazos de Dziark ya no existe-contestó Balduino-. Y nos estaban cercando por todas partes. El Toro Bramador de Vultalia era implacable para perseguirnos.

 

      -Nunca entenderé por qué no mataste a ese carnicero cuando tuviste la oportunidad de hacerlo-dijo Anders.

 

      -Tal vez ni yo lo entiendo bien. Ese carnicero, aparte de ser un personaje poderoso, tenía sentido del honor-contestó Balduino-. Si fue brutal y cruel, al menos creía estar haciendo lo correcto, creía ser íntegro. Nos veía como una amenaza que debía ser eliminada, no por poner en riesgo sus fueros y posesiones, sino por atentar contra lo que él pensaba eran valores cristianos. Diezmaba nuestras huestes cuando podía, pero a los herejes que defendíamos simplemente los arrestaba y entregaba a las autoridades para enjuiciarlos. No digo que me cayera simpático, pero mejor él como enemigo, y no otro que no conociéramos y que podría ser peor. Al perdonarle la vida, traté de demostrarle que también nosotros tenemos sentido del honor; que lo haya logrado o no, es otro asunto. Pero nada de eso importa porque entonces, cuando empezaba a parecer que nuestra aniquilación era cuestión de tiempo,  comenzó la guerra.

 

      -No entiendo a dónde quieres llegar...

 

      -Trato de decirte que esta guerra no hace más que demorar nuestro final y que, gane quien gane, nosotros ya perdimos.

 

      -¿Por qué ese pesimismo?

 

      -Supongamos que los Wurms fueran derrotados y que nosotros recibiéramos un indulto. ¿De qué delitos deberíamos ser indultados? Precisa un indulto quien cometió fechorías; dime tú qué hicimos nosotros. ¿Proteger herejes? ¿Aceptar judíos en nuestras filas? Rebajándonos a aceptar un perdón por todas estas cosas, estaríamos admitiendo que se trata de delitos y tendríamos que comprometernos a no reincidir en ellos en lo sucesivo. Supuestamente, ya no necesitaríamos defendernos, pues no seríamos atacados. Pero en lo concerniente a los herejes, si el Reino y la Iglesia decidieran exterminarlos, no sólo no estaríamos autorizados a defenderlos, sino que hasta se esperaría de nosotros que participásemos de la matanza. De aceptar a judíos en nuestras filas ni hablar, por supuesto. Los sodomitas son otro cantar. No digo que la sodomía no sea un vicio repugnante, pero si vamos al caso también lo sería sacarse los mocos con los dedos y comérselos como lo hacen tantos, incluso gente de noble cuna. Y nadie castiga a nadie, excepto hablando mal a sus espaldas, por comerse los mocos. Supongamos, sin embargo, que la sodomía es un asunto más serio y merece una pena más dura. El problema es que en nuestra Orden ese vicio  tuvo que ser tolerado durante mucho tiempo por razones de prudencia, como hasta el señor Ben Jakob reconoce.  Cada tanto se nos abastecía de prostitutas para que, si tal era nuestro deseo, nos desfogáramos con ellas; pero no eran tantas, puesto que de la mayoría era imposible fiarse acerca del silencio que guardaran sobre lo que pudieran ver y oir en nuestros campamentos. Luego, estaban las mujeres herejes. Para éstas, éramos héroes. Las que estaban disponibles se rendían fácilmente a los encantos de los más apuestos de los nuestros...

 

       Anders sonrió, y Balduino no tuvo dudas de que su escudero rememoraba quién sabía qué pasado desliz. Seguramente, para reforzar todavía más sus dotes de seductor nato, había hecho suyas las hazañas de otros para jactarse de ellas ante quién sabía qué damisela.

 

      -...pero tampoco eran tantas las que estaban disponibles, y las que no lo estaban, las teníamos prohibidas; no fuera cosa de que un marido cornudo y despechado prefiriera perderse a sí mismo con tal de vengarse perdiendo al mismo tiempo al amante de su esposa y a la Orden a la que éste pertenecía-prosiguió Balduino-. Las restricciones sexuales en nuestra orden eran tantas y tan estrictas, que era inevitable que algunos guerreros terminaran amancebados unos con otros. Usar la armadura para seducir se castigaba con la muerte...

 

      -¡Pero eso no se cumplía! ¡Si eran unos cuantos los que cortejaban mujeres con su armadura puesta!

 

      -Vamos, Anders, sabes bien que en nuestra Orden la letra pequeña no corre. Esas mujeres eran herejes; y los Caballeros que las cortejaban, sus salvadores. Lo de usar la armadura para seducir es algo muy amplio; hasta acudir al rescate de una mujer en peligro podría interpretarse como seducción involuntaria, pues es frecuente que en esos casos la mujer quede prendada del Caballero que la salvó. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta, ponerse la armadura y recorrer los caminos lisonjeando a cuanta mujer vea uno. Cualquiera de esas mujeres podía estar pagada por nuestros enemigos; y si no, podía suceder que se le ocurriera traicionarnos estando sobre la marcha. Es estúpido contar con que un Caballero, en brazos de una mujer  y consumido por la pasión, se abstendrá de revelar secretos; acuérdate de la historia de Sansón y Dalila, si no. Eso de usar la armadura para seducir se refiere a estos casos y otros por el estilo. nadie puede decir que no lo sabía, porque se nos lo advertía en el mismo instante en que se nos proponía ingresar a la Orden. Es verdad que, como nada hay escrito ni ampliamente explicitado, uno puede aferrarse a la ambigüedad de los términos de la regla y utilizarla como subterfugio para salvarse si es pillado in fraganti; pero me parece un recurso vil, cobarde e indigno de un Caballero. Si se ha faltado a una norma, afróntese valientemente el castigo, aun si éste es la muerte. Y te aseguro que el castigo se aplicaba, porque mi primer encuentro con los Caballeros del Viento negro tuvo lugar en circunstancias algo tétricas, una noche en que hallé a un grupo de ellos sepultando a otro que acababa de ser ejecutado precisamente por faltar a esa norma. El señor Ben Jakob estaba también allí. Me dijo que lamentaba haber tenido que hacerlo, pero que no era posible arriesgar la seguridad de muchos por la irresponsabilidad de unos pocos. Y allí mismo me habló de la dura abstinencia sexual de la Orden para que meditara bien si de verdad quería unirme a ellos.

 

      -Menos mal que me tenías tan atareado que me era difícil faltar a esas reglas...-suspiró Anders.

 

      -¿Y por qué crees que te tenía todo el día engrasando y puliendo armas y armaduras que no necesitaban ser engrasadas ni pulidas?-preguntó Balduino-. El señor Ben Jakob se dio cuenta enseguida de que las mujeres eran tu punto débil y que, quizás, aceptarte en la Orden había sido un error; pero ya era muy tarde para repararlo. Como le eras simpático, rezaba para no tener que condenarte a muerte algún día. Me dijo que me haría responsable de cualquier falta que tú cometieras en ese sentido, pues estabas a mi servicio y tu conducta mancillaría mi honor. Agregó que eras todavía demasiado joven y alocado para responsabilizarte de nada. Como me sabía fanático del cumplimiento del deber, no dudó de que conmigo estarías a salvo de ti mismo. Sólo te daba momentos de respiro cuando había chicas a las que te estuviera permitido cortejar.

 

      Anders sonrió divertido.

 

      -Así que el culpable de que me tuvieras de aquí para allá era el señor Ben Jakob?-preguntó.

 

      -Si quieres verlo de esa forma...-murmuró Balduino-. Recuerda, sin embargo, lo que dijo Thorvald el otro día acerca de asumir las culpas propias.

 

      -Hablaba en broma-aclaró Anders.

 

      Durante un buen rato, ninguno de los dos dijo palabra, y sólo se oyó el murmullo de las olas cuya espuma la luna bordaba en plata. Aun turbado por íntimas e irresolubles preocupaciones, Balduino se sentía feliz, tal vez porque era una hermosa noche, o porque por fin hablaba con Anders como nunca lo habían hecho antes. Tal vez en ese momento fue consciente de que empezaba a amar Freyrstrande, aunque sin duda no sospechaba todavía que, cuando tuviera que abandonarlo, su corazón se haría añicos.

 

      -De todos modos, el hecho es que muchos cofrades nuestros yacen unos con otros-dijo de repente-. En tanto no se afeminaran, la Orden hacía la vista gorda: hasta eso era preferible antes que arriesgarse a que se encamaran con mujeres de dudosa lealtad. De ésos que durante tanto tiempo se amancebaron unos con otros, sin duda habrá quienes sigan prefiriendo las mujeres. Pero otros están muy adentrados en el vicio, no emprenderán el camino de regreso; y ese vicio tampoco les estará permitido luego del indulto del Rey... ¿Recuerdas a Hipólito Aléxida, el arcandio?

 

      -¿El que se decía descendiente de Alejandro Magno y la reina amazona Telespina? Sí.

 

       -Al principio, lo desprecié como a todo el mundo en aquella época, sólo por el mero hecho de estar allí. Pero encima, no estaba de acuerdo con algunas de sus opiniones y sus actos y, por si eso fuera poco, era sodomita confeso.

 

      -¿Te hizo alguna propuesta...eh...deshonrosa?

 

      -Qué va. ¿Con mi cara? No, tenía más interés en ti-dijo Balduino, y Anders enrojeció-. El caso es que terminé teniéndole cierto respeto, porque es uno de los mejores espadachines que haya conocido. Causó algunos problemas a la Orden, pero también le prestó servicios muy útiles. Y no es que apruebe su vicio, pero tolerárselo mientras fue útil, y por ese mismo vicio condenarlo a muerte (ésa es la pena por sodomía en la Orden de la Doble Rosa, tal vez llegue a serlo en la nuestra) cuando se puede prescindir de él es todavía más aberrante que la sodomía misma. Distinto sería si de entrada se hubiera condenado su vicio con rigor. El tema puede ser muy problemático, sobre todo estando en medio Hipólito, que también demostró serlo. Se decida lo que se decida respecto a la sodomía, sin embargo, sigue siendo un vicio. algo contra natura, y eso no tenemos cómo discutirlo. Pero entonces no deberían discutirnos a nosotros que los herejes y los judíos deben gozar del mismo respeto inherente a cualquier otro ser humano, y que su religión debe ser tolerada... Y no obstante, Anders, se nos forzará a renegar de estos principios que siempre hemos sustentado, si se nos beneficia con el indulto. Por eso te repito: gane quien gane esta guerra, nosotros ya perdimos. Pasaremos a defender al Rey en vez de a la Justicia.

 

      -El Gran Maestre no aceptará eso...

 

      -Seguramente no el señor Eyjolvson, pues insistió demasiado en que, contra viento y marea, hagamos siempre lo correcto. Pero si persiste en esta postura firme y noble pero desventurada, seremos combatidos otra vez. Ya no nos protege el incógnito, ni tenemos dinero para ser autónomos. Igual, morir en combate en defensa de nuestros ideales sería lo mejor que podría ocurrirnos. Una segunda posibilidad sería disolver la Orden y dedicarnos a cualquier otra cosa. Sacrificaríamos nuestro orgullo para salvar nuestras vidas, pero al menos no nos deshonraríamos participando de acciones repudiables como matanzas de herejes indefensos. Pero lo peor que nos podría ocurrir sería que otro Gran Maestre sucediera al que ya tenemos, y se doblegara ante cualquier imposición que se le hiciera.

 

      -¿Qué harías tú en ese caso?

 

      -Abandonar la Orden-afirmó Balduino en tono rotundo-. Hasta Kveisung prefiero ser antes que un mal Caballero. A menos, claro, que pudiera permanecer en un sitio como éste, lo bastante alejado del poder para actuar sin rendirle cuentas a nadie. Pero por suerte la guerra todavía no ha terminado, al menos que nosotros sepamos, así que dejemos de lado estas preocupaciones por el momento-miró a Anders y esbozó una sonrisa cargada de afecto-. Ve a dormir. Disfruté mucho esta charla.

 

      -Yo también-contestó Anders, retribuyendo el gesto-. Buenas noches.

 

      -Buenas noches.

 

      Anders retrocedió hasta la escalinata e inició el ascenso, peldaño por peldaño. Se detuvo frente a la puerta antes de entrar, y se volvió, y su mirada se encontró con la de Balduino que lo observaba al pie de la escalinata. Se sonrieron con espontaneidad, y cada uno de ellos recibió la sonrisa del otro con el mismo anhelo con que recibe el suelo árido las primeras gotas de lluvia tras una sequía devastadora.

 

      Por fin, cada uno de ellos había hallado en el otro el amigo que tanto necesitaba.  

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:49

LX

      En lo sucesivo, nunca más Anders volvería a mostrarse tan perezoso en el cumplimiento de órdenes impartidas por Balduino, ni éste pudo quejarse de que su escudero le hiciera perder el tiempo con las prácticas de esgrima; al contrario, ponía mucho empeño en aprender, y pronto se descubrió que lo hacía con rapidez, cuando quería. Pero las relaciones personales entre ambos siguieron siendo un tanto difíciles durante dos días, aunque por otros motivos: debían reiniciarlas de cero, y sin embargo les era difícil ignorar que llevaban ya mucho tiempo juntos, de modo que no sabían cómo abordar un diálogo, ni de qué hablar entre ellos.

 

       Así las cosas, la segunda noche, cuando todos estaban cenando, preguntó Balduino:

 

      -Ulvgang, tú atacaste Drakenstadt con tus hombres. ¿Conociste allí a un príncipe llamado Gudjon Olavson?

 

      Como anticipo de respuesta se alzó entre los siete Kveisunger un coro de silbidos, insultos, exclamaciones desdeñosas y burlonas y comentarios al margen, ninguno de ellos muy benévolo. Ulvgang se vio atacado por un acceso de risa y casi se atraganta con la comida.

 

      -Ya lo creo que lo conocí-respondió, sonriendo cruelmente.

 

      -¡Lo conociste!-exclamó Anders, dejando de comer (lo que en él era todo un acontecimiento, si aún quedaba comida) y poniendo cara a la vez de sorpresa y admiración-. ¿Cómo era?

 

      -Estúpido, como toda la gente de Drakenstadt, y valiente, como también lo es mucha de la gente de Drakenstadt-respondió Ulvgang, burlonamente-. Y grande como una montaña. No puedo deciros qué más era, porque Kehlensneiter lo mató antes de que pudiéramos conocerlo mejor.

 

      -No-lo contradijo Balduino-. El señor Olavson murió este año, combatiendo contra los Wurms ante la Puerta regia, en Drakenstadt.

 

      -¿En serio? ¿Y cómo hizo ese gran asno para sobrevivir a semejante herida?-preguntó Ulvgang, incrédulo.

 

      Acto seguido, procedió a describir con pelos y señales su ataque a Drakenstadt, que había comenzado con el arribo al puerto de una falsa flota mercante comandada por Gröhelle, a la que se recibió confiadamente. Con Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, las dos fortalezas erigidas sobre sendos peñones a la entrada del fiordo dominado por la ciudad, Ulvgang se mostró muy despectivo en su relato; las describió como esas cosas que construyeron sobre las dos roquitas y dijo de ellas que hasta los castillos que Hansi hacía con arena eran mucho más útiles.

 

      -Pues bien-prosiguió-, para cuando los de Drakenstadt se dieron cuenta de que las supuestas naves mercantes no eran tales y las tripulaban Kveisunger, ya tenían a buena parte de éstos atacando el puerto y luchando contra ellos. Los guardias apostados en las roquitas, entonces, se dieron cuenta de que se combatía en la ciudad, y fueron a socorrerla en sus naves. Terrible error. Fue entonces cuando irrumpí con el resto de la flota en el Hrodesfjorde. Las naves con los hombres de refuerzo quedaron atrapadas entre la falsa flota mercante, en la que quedaban todavía algunos hombres, y la mía.

 

      Siguió a esto un pormenorizado relato de la lucha, que acabó con la ruina de la flota de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg, y luego dijo Ulvgang:

 

      -Toda la seguridad de Drakenstadt dependía del Príncipe Gudjon. De haber estado al mando alguien más competente, las cosas se nos habrían complicado. En el fondo, los dos castillitos sobre las roquitas no tuvieron la culpa. Gudjon debió prever un ardid así, pero no lo hizo. Si hubiera ordenado a los tipos de las roquitas que interceptaran a cualquier nave o flota mercantil sospechosa y la inspeccionaran antes de permitirle el arribo a puerto, la lucha se hubiera iniciado a la entrada del fiordo, y pudimos haber fracasado. Y la verdad es que una flota mercantil tan grande debió haber llamado la atención. Pero  en Drakenstadt no prestaban atención a estos detalles, porque estaban llenos de soberbia. Creían que la ciudad era inexpugnable y que nadie, jamás, se atrevería a atacarla.

 

      ’En cierto momento teníamos ya el control del puerto, pero no lográbamos pasar de allí, al menos en la mitad oriental de la ciudad, donde se encuentran los talleres de orfebrería. El ataque a la mitad occidental, donde la mayoría de los nobles tienen sus palacios y donde, por lo tanto,  también había posibilidades de obtener un buen botín, estaba comandado por uno de mis aliados, que junto con otros dos tuvo la pésima idea de traicionarme. Como les había adivinado las intenciones, ordené a tres de mis hombres, Kratzer, Gröte y Mord, que me cubrieran las espaldas durante la lucha, presintiendo que la idea de los traidores era eliminarme durante el combate; pero ésa es una historia aparte. Digamos sólo que, cuando la lucha terminó, éramos muchos menos para repartirnos el botín. De cualquier manera, aquéllos a quienes se había enviado a liquidarme cayeron sobre mí cuando aún seguíamos atascados en el puerto, donde los hombres de Drakenstadt se batían como fieras. Eso, el coraje, no se les puede negar.

 

      ’ Aquel energúmeno de Gudjon arremetía contra los nuestros con la potencia de un ariete: un gigante de ojos azules y larga melena castaña que reía a carcajadas durante la lucha y enardecía a sus hombres, que arengados por él y animados por su presencia combatían con extraordinarios vigor. Mi intención había sido llegar hasta él y liquidarlo personalmente; pero en ese momento, debatiéndome contra los tipos enviados a liquidarme a mí, no podía hacerlo. Vi, sin embargo, que Kehlensneiter estaba cerca de Gudjon. "Kehlensneiter", grité, "ese grandullón nos está jodiendo demasiado. ¡Córtamelo en trocitos!" Y Kehlensneiter fue hacia Gudjon, secundado por su compinche Engel; y se abrió un camino por el que volaban las cabezas cortadas. La lucha entre Kehlensneiter y Gudjon fue breve, aunque no pude verla. Cuando concluyó, a Gudjon se lo daba por muerto, aunque su escolta personal logró sacarlo de la batalla antes de que Kehlensneiter consiguiera hacer volar su cabeza por el aire, según era su costumbre. Y una vez fuera de combate su precioso príncipe, los guerreros de Drakenstadt se desanimaron, y la ciudad cayó en nuestras manos como una fruta madura.

 

      ’En resumen: Gudjon no sabía pensar, era sólo una enorme bestia; pero sí sabía luchar. Kehlensneiter es rápido, o lo era entonces; sólo por eso tuvo éxito. Previamente, Gudjon había acabado con muchos de nuestros hombres, a veces en combate de varios contra uno. Y lo más destacable en él: aun sin entender de estrategias o tácticas, su presencia animaba a la tropa. Por eso hubo que bajarlo primero a él antes de apoderarnos de Drakenstadt.

 

      ’¿Por qué ese interés?

 

      -Porque en Ramtala nos enteramos de que había pertenecido a nuestra Orden, y que era una leyenda dentro de la misma-contestó Balduino-. Años antes de que atacarais Drakenstadt, él combatió mucho más al Sur por una causa más noble, en el Monte Desolación. Y aunque parece que entonces tampoco demostró mucho cerebro, el corazón lo redimió de su tontería al final. Parece que eso de aceptar combate de varios contra uno era algo que hacía a menudo.

 

      -Bueno... Es lógico-gruñó Honney-. Luchar contra él era como tratar de derribar una montaña.

 

      -Las hazañas del Monte Desolación dieron mucha fama a la Orden y durante dieciocho años fueron repetidas hasta el cansancio para ganar adeptos e incentivar a los novatos-explicó Balduino-, pero ninguno de los que participaron de esa gesta fue conocido por su verdadero nombre cuando se la evocaba, porque muchos eran nobles muy conocidos, que podían tener problemas o causárselos a otros si un traidor se infiltraba en las huestes del Viento Negro, los identificaba y los denunciaba a las autoridades. Así que se los llamaba por apodos. El Gran maestre Thorstein Eyjolvson, por ejemplo, era El Sabio; y  el señor  Benjamin Ben Jakob, El Justo.  Sólo por esos apodos los conocimos durante años, hasta el inicio de la guerra contra los Wurms.

 

      -Y a Gudjon, ¿cómo le decíais?-se burló Andrusier-. ¿El Asno?-y hubo un coro de risas.

 

      -Por mucho no te equivocas. Lo llamábamos Sansón; además del personaje bíblico, suele llamarse así a los caballos de noble estampa y muy forzudos, pero poco inteligentes-contestó Balduino; y sonrió, porque su mentor en la Orden, Benjamin Ben Jakob, también había dado ese nombre a su propio caballo, no se sabía si por no ocurrírsele mejor nombre o en poco respetuoso homenaje a Gudjon.

 

      -Tenéis que contárnoslo todo alguna vez-dijo Ulvgang.

 

      Quien por lo pronto siguió contando anécdotas del ataque a Drakenstadt fue él, con aclaraciones y añadidos de los otros Kveisunger; pero ya Anders no estaba tan interesado en ellas, y les prestó atención sólo por cortesía, y sin poder evitar que, por momentos, su mente estuviera en otra parte.

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17 febrero 2010 3 17 /02 /febrero /2010 17:48

LIX

      -Caramba, caramba... ¿Quién hubiera imaginado que Vindsborg tenía un comandante tan apuesto?-ironizó Thorvald al ver regresar a Balduino resurado aunque con la cara llena de tajos.

 

      E hizo un gesto con el pulgar a Anders, señalando hacia la escalinata; de modo que también el adolescente fue a dejarse rasurar, por no decir asesinar, por Lambert.

 

      Cuando también él regresó libre de barba y pródigo en cortes en la cara, Thorvald dijo:

 

      -Antes de ir a lo importante, quiero que quede claro que eso de un barbero particular aquí no corre. Esta ha sido la primera vez y la última que os afeita otro. No me importa lo que se estile en el Sur; ni la alcurnia ni la alta cuna deberían tener lugar entre guerreros, y no lo tendrán aquí. Así que, de ahora en más. os rasuraréis solos, ¡y más vale que estéis  aliñados!

 

      Balduino y Anders, cuyos ánimos se habían ido aplacando a la fuerza, se miraron mutuamente las caras llenas de tajos, sin saber si reír o llorar. Si en algo podían estar de acuerdo, era en que la recomendación de Thorvald era innecesaria: cualquier cosa, antes que caer de nuevo en las garras de El Barbero Lambert. Ya entendían por qué éste no se afeitaba.

 

      -Y ahora, lo que quería deciros. Primero tú, pichón-continuó Thorvald-. Todo lo que te dijo hoy Balduino, hasta donde me consta, es completamente cierto. Eres holgazán. Qué el fuera soberbio y antipático contigo no quita lo otro. Podría citarte muchos ejemplos demostrando que tengo razón, pero citaré sólo uno, el de tus prácticas de esgrima. Sé que le guardas a Balduino un lógico rencor, aunque en seguida te demostraré que éste es excesivo. Pero por eso mismo, si no fueras perezoso, podrías esmerarte por dominar el manejo de la espada para primero igualarlo, luego superarlo y por último retarlo a combate singular y vencerlo, lo que sería una buena manera de humillarlo. En lugar de eso, te apoyas en la pasada conducta de Balduino para justificar tu holgazanería y darle otro nombre; para echar sobre otras espaldas un fardo que te corresponde a ti cargar. Eres todavía un muchacho, se te puede perdonar esto; pero más vale que corrijas ese defecto ahora, pues es indigno de un  hombre que se precie de tal, sea guerrero, labriego o hasta pordiosero, echar sobre otros las propias culpas. Balduino tiene las suyas; no precisa que le achaquen otras ajenas. De modo que si vas a ser perezoso, asume que lo eres. Sólo entonces podrás realmente llamarte hombre. ¿Quedó claro, pichón?

 

      -Sí, señor-respondió sumisamente Anders, avergonzado de que hubiera que forzárselo de ese manera a admitir un defecto del que recién ahora era consciente.

 

      Acto seguido, Thorvald, con mirada fúlmine, se volvió hacia Balduino, y su voz ya no era mansa aunque tampoco colérica, sino dura y firme: el tono de un superior dirigiéndose a un subordinado de quien no duda que tendrá total obediencia y al que, por lo tanto, respeta aun viéndose obligado a reprenderlo.

 

      -En cuanto a ti, ya es hora de que te quites esa ridícula máscara que durante años te empeñaste en llevar, y muestres por fin tu verdadero rostro, especialmente al pichón, que más que nadie tiene derecho a conocerlo. Sin contar que eso de engañarse uno mismo tapando su propio fracaso tampoco es muy de hombre.

 

      -¿Qué máscara y qué fracaso?-preguntó Balduino, sin entender nada-. Quise llegar más alto que nadie. En eso sí fracasé, pero no es novedad para nadie aquí.

 

      -Eso en todo caso sería un traspié, como te dijo Ulvgang en Eldersholme. Sí, no me mires así-dijo Thorvald, ante la perplejidad de Balduino-. El y yo hablamos bastante y me contó de la charlita que tuvieron allí. Fue luego del revuelo que se produjo cuando no permitiste inmediatamente que nuestros hombres se quedaran con las pertenencias de Ursula que la marea trajo a la playa y ellos encontraron. Para calmarlos, según recordarás, pronunciaste un largo discurso justificando tu proceder y defendiendo los ideales de la Caballería. Si bien ese discurso los impresionó, Ulvgang se mostró un tanto...irónico, digamos, y como nos tenemos bastante confianza los dos aunque en el pasado hayamos sido enemigos, más tarde le pregunté el motivo. Así me enteré de lo que le contaste de ti mismo en Eldersholme. Esa historia se contradecía mucho con la imagen que, también de ti mismo, pudo entreverse a través del discurso del que hablábamos antes. Coincidimos con Ulvgang en que ésta última era la que correspondía al verdadero Balduino. Todo lo que le contaste en Eldersholme fueron puras paparruchadas. 

 

      Balduino se miró con Anders, a quien señaló con la intención de repetir la historia de su vida tal como la había narrado en Eldersholme  y ponerlo como testigo para corroborar o refutar cada una de sus afirmaciones.

 

      -El puede decirte mejor que nadie...-comenzó.

 

      -¡Pero qué me importa lo que al respecto tenga para decir el pichón!, si lo engatusaste igual que a tantos, igual que a ti mismo, en primer lugar. ¡Sí, señor!, no pongas esa cara. Te encantó esa historia del último de once hermanos que ve cómo la herencia familiar se enflaquece más y más a medida que cada hermano mayor  se sirve su parte y cada nuevo cuñado se lleva también una porción en concepto de dote. La del muchacho de trece años que iba a ser prometido en matrimonio muy contra su voluntad, pues sentía que esa boda le reportaría escasos beneficios materiales y que él daba para más. El mismo muchacho que huyó de su casa tras una violenta discusión con su padre, en abierta rebelión contra ese matrimonio que querían imponerle, y que luego quiso hacer fortuna uniéndose a la Orden del Viento Negro. Te lo dije antes y te lo repito ahora: el mejor camino para hacer fortuna es susurrar adulaciones al oído de los poderosos, no unirse a una Orden de Caballería que no sólo está proscrita sino que además defiende causas perdidas como la de los herejes.

 

      -Bueno, tal vez erré el camino, no sé-contestó Balduino, ya algo nervioso.

 

      -¡Mentira!-tronó Thorvald-. Sabías perfectamente lo que hacías, y lo prueba el discurso del que hablábamos antes, ése con el que apaciguaste a los hombres. Demostraste conocer ampliamente la historia de la Orden de la Doble Rosa, de su época de auge y las causas de su decadencia. Eso suena como más propio de alguien que estudia errores ajenos para no repetirlos, ¡no de una persona que investiga cómo enriquecerse más rápido!... Y tu cadena de razonamientos apuntaba al motivo por el cual los Caballeros de la Doble Rosa ya no son eficaces como paladines del Reino, no a cómo apoderarse de las riquezas que ellos acumularon. Por cierto, ¿de dónde sacaste esos conocimientos?

 

      -De la biblioteca del Palacio Ducal de Rabenstadt-replicó Balduino, lacónico.

 

      -Me lo figuraba-dijo Thorvald, sonriendo enigmáticamente.

 

      -Pero lo de apoderarse de las riquezas acumuladas por la Orden de la Doble Rosa vendría con el tiempo-rebatió Balduino-, o eso pensaba yo. Un día el Viento Negro sería reconocido oficialmente como Orden de Caballería, sustituiría a la Orden de la Doble Rosa y quienes militáramos en sus filas nos apoderaríamos de esas riquezas.

 

      -Veo que eres muy hábil para engañarte a ti mismo, pero esas falacias no sirven con zorros viejos como Ulvgang o yo mismo-gruñó Thorvald; y añadió, señalando su propio cráneo-. Hay algo más que canas aquí. Solía ser muy desconfiado y precavido, aunque luego Einar me haya engañado como quiso, que un error hasta el más sabio lo comete. Cuando para precaverte de espías y traidores te acostumbras a analizar, a través de los más pequeños detalles, el carácter de cada persona nueva que conoces, no crees así nomás, sin análisis previo, en lo que otros te dicen. De modo que no pretendas ahora hacerme creer que alguien de tu inteligencia escogería tan complicado camino para amasar fortunas habiendo otros mucho más sencillos y seguros.

 

       Balduino se veía cada vez más pálido y nervioso, y el suyo parecía el semblante de  un hombre que muchos años antes cometió un asesinato y descubre horrorizado que en su huerta, donde ha enterrado el cadáver, hay gente excavando. Anders, quien lo había notado y seguía atentamente el diálogo sin entender adónde quería llegar Thorvald,  observaba al pelirrojo con curiosidad. Por primera vez se le ocurría que tal vez supiera muy poco de él, no obstante llevar cuatro años a su servicio.

 

     -Tu versión hace agua por los cuatro costados-continuó Thorvald, implacable-, comenzando por tu amor hacia los animales. El cual, por lo que sé, no te vino aquí, en Freyrstrande: lo sentías desde antes. ¿Es eso propio de alguien dominado por el ansia de riquezas?

 

     - No tiene nada que ver una cosa con la otra. ¡Hasta los más altos señores tienen perros y caballos a los que aman!-exclamó Balduino, como defendiéndose de una acusación abominable.

 

      -Sí. jaurías de perros de caza, de buena raza todos ellos, cada uno de los cuales es un siervo más; no estas bestias pulguientas e inútiles que tiene Hundi. Tú te sabes los nombres de cada uno de ellos, los mimas, te ensucian con sus patas llenas de barro sin que te mosquees. Cualquiera de los altos señores que dices los hartaría a puntapiés nada más con que se les acercaran. Y pobre del caballo que les babeara sobre el hombro, como tu Svartwulk hace contigo. No, no trates de engañarme también con eso. Esa actitud tuya es propia de quien ha sufrido mucho a manos de los hombres y vuelca toda su bondad sobre aquellos que son incapaces de traicionar o urdir maldades y que aman incondicionalmente: los animales.

 

      El rostro de Balduino se tornó aún más sombrío. Un recuerdo de su niñez le acababa de venir a la mente, el de un perro vagabundo, feo a más no poder, que se le había acercado un día que él lloraba  sentado en el suelo y con el rostro oculto. El perro le lamió primero las manos y luego el rostro, cuando éste quedó al descubierto, todavía arrasado en lágrimas.

 

      Terminó quedándose con el animal, a quien llamó Argos, como el perro de Ulises.

 

      -Luego, está tu conducta desde que llegaste aquí-prosiguió Thorvald-. La gente cambia, es cierto; pero no tanto o tan de golpe. Sí, seguro que la paliza que recibiste en Kvissensborg pudo cambiar un poco tu mentalidad, pero lo que hizo fue más bien abrir una brecha por la que comenzaron a fluir cualidades que ya tenías. Porque después de todo, ¿y qué si el pichón, devolviéndote mal por bien, te socorrió pese al desprecio del que lo habías hecho objeto? Seguía siendo tu siervo, no hacía más que cumplir con su obligación, pero tú no viste las cosas de esa manera. En lugar de eso, le demostraste una gratitud por momentos incluso excesiva. Porque pasado el primer momento de piedad, el pichón se dio cuenta de que te tenía humillado y a su merced y procedió a desquitarse, ¡y cómo! A veces hasta fue demasiado insolente. No vamos a condenarlo por eso; es muy joven y lo habías herido muy cruelmente, y gente mayor que él se venga a veces de formas mucho más repudiables. Pero ahora tiene derecho a saber quién eres realmente, que tú siempre creíste obrar con corrección. Tus móviles eran la justicia, el sentido del deber, el honor; todos ellos ideales que parecen muy nobles, pero que varían de persona a persona. Creyendo hacer justicia, puedo lo mismo defender a los herejes de sus acosadores y verdugos, que denunciarlos ante las autoridades por creerlos una desgracia para el mundo. Mi sentido del deber puede impulsarme a exterminarlos porque son una abominación a los ojos de Dios, o a protegerlos porque, igual que yo, son criaturas de Dios. Mi honor puede instigarme a vengar una afrenta exterminando a mi enemigo con toda su familia, o a matarlo a él pero respetando al menos a su mujer y sus hijos, o a pensar simplemente que él está tan por debajo de mí, que ni vale la pena que ensucie mi espada con su sangre.

 

      ’Por lo que llevo observándote, estoy seguro de que en general tus elecciones fueron meditadas cuidadosamente y, por lo tanto, buenas. El problema, todos lo sabemos, fue tu soberbia. Allí tropezaban tus más loables intenciones. A tu juicio, eras o ibas a ser el más grande; y casi todos los demás, a tu juicio, eran insignificantes e indignos de tu persona. Ciertamente eras grande por tu respeto a las consignas más nobles, como la de proteger al indefenso; tu soberbia era lo que arruinaba todo y te hacía, paradójicamente, más pequeño. Suponías que tu grandeza te daba derecho a tratar con desdén a quienes creías tan insignificantes. Y olvidabas que los árboles más altos y recios comienzan siendo pequeños al principio. Y que más tarde o más temprano terminan por caer.

 

      Por lo visto, el monólogo de Thorvald se había alejado un tanto de aquello que tanto parecía preocupar a Balduino, pues Anders notó a éste más relajado.

 

      -Cuando el pichón dejó de lado su rencor y se ocupó de ti luego de la paliza que recibiste en Kvissensborg, él creció ante tus ojos-continuó Thorvald-. Comprendiste que no siempre habías sido todo lo justo que querías ser, y le toleraste su desquite por la injusticia con que lo habías tratado a lo largo de cuatro años; pero no te conformaste con eso. Tras probar el sabor amargo de la humillación, trataste de evitar que otros lo paladearan. Por otra parte, no era la primera vez que te sentías así, pero ya volveré sobre ese punto. Por ahora digamos que sin que te dieras cuenta te puse varias veces  a prueba; por ejemplo,  con el famoso asunto de Snarki y el árbol. Fingí querer convencerte de que no valía la pena inculcar autoestima en alguien como él. Tú creíste que hablaba en serio y me enfrentaste con admirable fiereza, pues recuerdas que tú también padeciste humillación en carne propia y no quieres que nadie más la sufra, ya se trate de Snarki, de Tarian o de quien sea. También te puse a prueba en el asunto de Lambert y la construcción del hogar. Debo decir que me enorgullece estar a las órdenes de alguien que superó esas pruebas, más de lo que puedas imaginar-hizo una ligera inclinación de cabeza-. Me enorgullece servir a alguien que no se escuda tras pretextos estúpidos para no intentar cambiar el mundo aun sabiendo que no podrá cambiarlo, me enorgullece estar en el mismo bando que quien no pudiendo librar una batalla decisiva se bate al menos en pequeñas escaramuzas. La humillación, la injusticia y la inhumanidad serán siempre nuestros eternos enemigos, y ningún combate contra ellos será pequeño aunque, como tú mismo dijiste en algún momento, los ociosos y los cobardes pretendan lo contrario.

 

      ’Puedo apoyar lo que digo con otras pruebas. Sé que a Ulvgang le prometiste tratar de liberar a Tarian, pero sin comprometerte a ciegas, pues no sabes qué podrás hacer, ni cómo. Eso habla muy bien de ti. demuestra que tienes por muy valiosa la palabra empeñada y no quieres darla sin estar seguro de poder cumplir con ella. Eso impactó a Ulvgang. Los hombres que prometen demasiado por lo general cumplen poco, y eso si directamente no traicionan en forma alevosa. Con las pertenencias de Ursula, pudiste dejar que desde el principio se las quedaran nuestros hombres. Total, Ursula ni se hubiera enterado. Pero con gran valentía defendiste lo que sabías era correcto hacer. Eso cohibió a nuestros Kveisunger. Ya sabes qué opinan ellos de la mayoría de la gente: todos son una porquería, una cagada, una mierda. Los entiendo en parte, porque lo cierto es que pocos tienen agallas para alinearse en el bando del bien o el del mal, y fluctúan entre ambos. Si bien todos lo hacemos, algunos exageran. Desearían hacer el mal, pero a la vez temen el castigo, por lo que se abstienen y pasan por buenos. 

 

      ’No obstante, allí estabas tú, haciéndoles frente, defendiendo ideales que importan cada vez menos, especialmente cuando tal defensa no trasciende entre las multitudes; cuando nadie se entera de si has sido noble o un descomunal bellaco. Que les hicieras frente de esa manera y encima les ofrecieras compañerismo en la medida en que ellos aceptaran tus condiciones, los ha impresionado. Creeme, si luego de gritarle a Honney como le gritaste hoy él no se hizo una bufanda con tus tripas, fue porque te respeta, y mucho. 

 

      Thorvald hizo una pausa para carraspear.

 

      -Ahora recapitulemos, que esto es como un rompecabezas que hay que armar-propuso-. Durante años buscaste la grandeza, pero no en la forma en que creíste buscarla. Suponías que ibas en pos de riquezas, cuando lo que te importaba realmente era la justicia y el honor. Normalmente, quien más denodadamente anhela justicia alguna vez ha padecido la injusticia en su propio pellejo. Dijimos también que aprendiste a amar a los animales porque los seres humanos te decepcionaron mucho. Tienes veinte años; a los trece te fuiste de ese palacio de Rabenstadt en el que vivías. Pero he aquí otra cosa que llama la atención: lo mucho que citas la biblioteca que allí había. Se ve que la consultabas a menudo; pero si a los trece ya no estabas en Rabenstadt, sólo pudiste haberlo hecho antes, en tu niñez. ¿Qué hace un niño leyendo tanto? Y allí es donde radica tu verdadero y único fracaso. Deja de mentirte a ti mismo-añadió, viendo que Balduino meneaba obstinadamente la cabeza-. Las familias numerosas pueden ser una desgracia lo mismo entre pobres que entre ricos, y  los últimos hijos en llegar al mundo se llevan la peor parte. En las familias pobres el primero y segundo hijo son verdaderas alegrías; el noveno y el décimo son desgracias y pesadas cargas que mantener, y la rivalidad entre hermanos es muy grande. Ni comparación, sin embargo, con las familias nobles. Ahí el primogénito asegura la sucesión; el segundo varón es una garantía en caso de que fallezca el mayor. Las mujeres, si bonitas, permiten forjar alianzas, pero en gran número son un desastre. Son improductivas, hay que pagar las dotes de todas ellas y si son feas hay que duplicar el monto de las respectivas dotes o enviarlas al claustro. Y en fin, al último en nacer más le valdrá ser especial de algún modo.  Si es linda o lindo, se lo querrá a pesar de todo y hasta podrá ponerles las cosas difíciles a algunos de los hermanos mayores. Si al menos es lo suficientemente calculador o agresivo, se las ingeniará para ganar poder a pesar de todo, combinando fuerza e intriga; por ejemplo, fomentando discordias entre los mayores. Tu caso no era ninguno de éstos.

 

      El semblante de Balduino reflejaba ahora el horror de un venado acorralado por una jauría de lebreles.

 

      -Lo único que tú querías era un poco de cariño-continuó Thorvald. Los ojos de Balduino se llenaron de lágrimas y Anders, apiadado, se le acercó en silencio y le colocó una mano en el hombro en silencioso apoyo-. Te dolía que nadie te lo diera. Te preguntabas si sería por tus pecas. Sufrías porque nadie quería jugar contigo, ¿por qué iban a querer, si no importabas?... Tal vez hasta las caricias que recibías parecían estudiadas. Quizás te las hacían para que ya dejaras de molestarlos, y tú te dabas cuenta. Probablemente ni los siervos se ocupaban mucho de ti; total, hasta tu familia te ignoraba. Leías tanto porque estabas solo...

 

      Balduino ya no resistió más. Thorvald acababa de hacer aquello a lo que Ulvgang no se había atrevido en Eldersholme: obligarlo a mirar en lo profundo de su alma. En el oscuro socavón de su herida interior, se veía aún niño y aferrado a Argos, el primer ser que realmente le había brindado amor desinteresado; y se veía, niño también, consultando una y otra vez los pesados libros de la biblioteca del palacio. Allí, pasatiempo de niño triste, solitario y precoz, leía las hazañas de héroes de tiempos pretéritos y se preguntaba por qué no podía ser como ellos. Tal vez nunca se hubiera atrevido a soñar algo así para él mismo, se sentía demasiado poca cosa... Hasta que un día supo de los Príncipes Leprosos y de cómo se esforzaban por mantenerse erguidos y orgullosos pese a sus carnes corroídas y a su vida marginal. Y entonces se prometió a sí mismo llegar algún día a convertirse en alguien como aquellos héroes a quienes tanto admiraba. Porque si los Leprosos podían, podría él también...

 

      Y Balduino vio también a un adolescente rebelde a la autoridad paterna, gritando que jamás se casaría con aquella a quien la habían prometido para forjar una provechosa alianza; y vio al mismo adolescente abandonando el palacio sin prisa, con la esperanza de que alguien intentara detenerlo y le pidiera, por el afecto que le tenía, que se quedase. Tal vez su mismo padre corriera tras él y, abrazándolo, le rogase exactamente eso.

 

      Nadie lo detuvo, sin embargo. En vano el joven interumpió su marcha una y otra vez y miró hacia atrás, creyendo que alguien lo llamaba, desando que lo hicieran. La autoridad paterna no se rebajaría a inclinarse ante aquel adolescente díscolo y caprichoso; ya volvería él, mucho más dócil.

 

      Pero Balduino no iba a volver. Ahora el camino, aunque incierto y oscuro, sólo podía ir hacia adelante... Y en el corto tiempo que medió entre su partida del palacio y su encuentro con los Caballeros del Viento Negro, agotadas todas las lágrimas posibles y superados los miedos más intensos, un furioso rencor hacia la estirpe humana que tanto lo había ignorado, desdeñado y malquerido fue naciendo en él. Pero su admiración hacia las hazañas y virtudes de antiguos héroes era demasiado grande para permitirle canalizar ese resentimiento a través de crueldades y villanías; y tal vez lo suyo fuera una venganza instintiva y no premeditada. El llegaría a ser grande, el más grande de todos. Lo amarían por poner su valor al servicio de causas nobles y justas. Lo amarían porque sería como un escudo tras el cual podrían guarecerse los inocentes y los indefensos. Pero jamás obtendrían de él siquiera migajas de afecto en retribución de tanto amor. Los miraría desde lo alto de su caballo como a patéticos insectos a los que sólo por lástima no se aplasta, y sufrirían como él habría sufrido.

 

      Todo esto habían llegado a intuir Thorvald y Ulvgang, y a esto se veía ahora enfrentado Balduino. Fue como hallarse súbitamente desposeído de una armadura mágica capaz de protegerlo de los dolorosos embates de su propio pasado, y ahora los sintiera todos juntos. Soltó un gemido y su rostro se contorsionó en una mueca a la vez atroz y grotesca, antes de que pudiera ocultarlo entre las manos. Temblaba como un espástico, y era obvio que luchaba denodadamente contra aquellos sollozos que de todas maneras lo convulsionaban sin piedad.

 

      -Ven aquí, muchacho-dijo bondadosamente Thorvald, abrazándolo de manera paternal-. Tú también, pichón-y Anders, quien aunque más quedamente que Balduino sollozaba también, fue junto a ellos; y Caballero y escudero lloraron juntos, entre los brazos del viejo gigante.

 

      Ulvgang tuvo al resto de los hombres ociando toda la tarde en el bosque. No explicó el motivo, pero no hizo falta. Viendo su expresión, los Kveisunger fueron los primeros en entender que se trataba de un asunto de compañeros a quienes se debía dejar solos en la popa.

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31 enero 2010 7 31 /01 /enero /2010 23:58

      Mientras el agua se calentaba, Balduino y Anders aguardaron junto a Thorvald, de pie y cabizbajos como niños puestos en penitencia. De vez en cuando, alguno de los dos alzaba la vista hacia el otro, con rabia reprimida; y cuando las miradas de ambos se encontraban, era como el entrechocarse de dos afilados y mortales aceros. Nada les hubiera placido más que volver a la carga uno contra otro; pero la imponente presencia de Thorvald llamándolos al orden frustraba sus deseos.

 

      Detalle tragicómico: como acudiendo a una invocación de Lambert, efectivamente un mensajero del correo de postas apareció en la lejanía. Ni dos pasos hacia su caballo llegó a dar Balduino, que Thorvald ya lo tenía inmovilizado por el cuello de la camisa y lo forzaba a permanecer en su sitio con una mirada ceñuda que parecía repartir cachetazos. Así que Balduino, impotente, tuvo que contemplar muy amargado cómo el tan esperado jinete desaparecía en lontananza siguiendo su trayecto de rutina.

 

      -Primero tú- le dijo de repente Thorvald, cuando el agua estuvo caliente-. Pónlo guapo, Lambert.

 

      El pelirrojo subió dócilmente la escalinata de Vindsborg y se sentó en la única silla, aguardando ser despojado de su barba. Las habilidades de El Barbero Lambert, por cierto, dejaban mucho que desear, y con el enorme y filoso cuchillo que empuñaba parecía empeñado despojar a Balduino, no sólo de barba, sino también de cuello y orejas.

 

      -Lo lamento-se disculpaba tras cada metida de pata.

 

      -Por Dios, Lambert, mira que yo no estoy casado contigo. Ténme piedad-suplicó Balduino, luego del enésimo tajo.

 

      El anciano de ojos violáceos contrajo el izquierdo en su típico e impremeditado guiño.

 

      -No te preocupes-respondió-. Respeté la cabeza y el cuello de Helga aunque le clavé cuarenta puñaladas.

 

      -¡Cuarenta puñaladas!-exclamó Balduino, estremecido de horror ante tan macabra revelación.

 

      -Ajá...-confirmó Lambert, indiferente-. Una por todas las veces que me llamó imbécil, una por todas las veces que me llamó marica, una por las veces que me ordenó a gritos que me afeitara mi estúpida barba, otra por las veces que me dijo que mejor ocultara de nuevo mi cara de bobo detrás de una barba, otra por...

 

       -¿Y quieres decirme cómo hiciste para salvarte de la horca?-preguntó Balduino.

 

       -Es que hasta ese momento tenía fama de hombre pacífico y bondadoso, así que dedujeron que había obrado poseído por un demonio-contestó Lambert-. Así ocurre siempre: uno hace una bella obra de bien, y otro se lleva los laureles... Yo les discutí. Así que ya no estuvieron tan seguros y, por las dudas, me mandaron preventivamente a prisión-limpió un poco el cuchillo antes de seguir rasurando-. Cuarenta puñaladas... Qué hermoso momento-añadió, mirando al vacío con algo parecido a la nostalgia-. Cuarenta preciosas y bien merecidas puñaladas y, con ellas, un mensaje grabado en piedra para la posteridad: Haced como ella y así os irá...

 

     Balduino se preguntó si Lambert le estaría jugando una broma tétrica o si hablaría en serio. Prefirió quedar en la ignorancia al respecto, y Lambert continuó rasurándolo de tal forma que cabía preguntarse si no lo habría enviado Anders, o si el recuerdo de su aparentemente malvada esposa no lo estaría cegando al punto de no ser capaz de separar pasado y presente y creer que quien estaba sentado allí no era Balduino sino Helga. De cualquier modo, era un tanto inquietante eso de tener inclinado frente a uno y esgrimiendo un cuchillo enorme a alguien que se gloriaba de haber cometido tamaño asesinato, y Balduino se sintió feliz cuando la afeitada llegó a su fin.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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