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30 enero 2010 6 30 /01 /enero /2010 20:17

      Durante cuatro largos años, Balduino había maltratado de palabra una y otra vez a Anders, haciéndolo blanco de desprecios y frases hirientes aunque al menos lacónicas. Luego, en pocos meses, el pelirrojo cosechó lo que él mismo había sembrado, debiendo soportar de su escudero indiferencia y mal humor en abundantes aluviones que compensaban ampliamente todo lo anterior, habida cuenta de que Anders  ni frente a otros se comportaba como hubiera debido con el Caballero a quien debía obediencia. Humillarlo  frente a gente peligrosa como un grupo de convictos podía ser contraproducente, pero aun así Balduino lo aceptó porque consideró que él mismo se lo había buscado.

 

      Sin embargo, era evidente que tal situación no podría prolongarse mucho tiempo más. Y ese mismo día, el conflicto que enfrentaba a Caballero y escudero terminó por estallar.

 

      -Anders, hora de nuestra práctica-dijo Balduino después del almuerzo.

 

      -Hoy no. Es domingo-protestó Anders.

 

      -No empieces con eso. Nunca, desde que estamos aquí, dejamos de practicar siquiera en domingo, y no vamos a comenzar a hacerlo hoy; así que toma tu espada, y vamos-contestó Balduino; y viendo el gesto de impaciencia de su escudero, añadió:-. Y deja de resoplar, si no quieres que haga algo que luego lamente. Me estás cansando.

 

      Ulvgang escuchó el diálogo, advirtió la tensión en la voz de Balduino y el clima opresivo entre éste y Anders, y sonrió.

 

      -¡Hmmm!... Creo que hoy tendremos boxeo, viejo. Se huele en el aire-dijo a Thorvald, con expresión de fiero, salvaje deleite exento de maldad.

 

      -Ni hablar-gruñó Thorvald-. Prepárate para reunir al grupo. En cuanto te avise, te los llevas a cualquier parte y me dejas solo con esos dos. Ah, y antes de irte, le avisas a Lambert que lo necesito.

 

      -Viejo aguafiestas-murmuró Ulvgang, lamentando verse privado del espectáculo de una buena pelea, mientras se sentaba al pie de la escalinata de Vindsborg. Entonces lo asaltó una sospecha, nacida de algún diálogo anterior con Thorvald; por lo que alzó hacia éste sus saltones ojos glaucos, y preguntó:-. ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? Tal vez sería mejor dejarlos que se caguen a trompadas. Duele menos eso que sentir que te escarban en una herida en el alma.

 

      Thorvald, ceñudo, cruzó sus colosales y todavía potentes brazos.

 

      -Sé lo que hago-afirmó rotundamente.

 

      Lambert estaba de pie junto al camino, mirando alternativamente a un lado y a otro por si aparecía algún correo; en el torreón hacía guardia Karl. Ursula seguía postrada con pulmonía, y Hansi  vagaba por ahí, esgrimiendo un palo a modo de espada contra un enemigo imaginario.

 

      Casi la totalidad de los otros moradores de Vindsborg se mantenía curiosamente próxima al sitio donde tenía lugar la práctica de Anders. Ello era válido también para Adam, aunque sin duda éste no hacía sino esperar el momento adecuado para escabullirse en busca de su Fuego de Lobo: tenía que empezar mezclándose entre la mayoría, hasta que se olvidaran de él. Y en este caso, la mayoría en cuestión, particularmente los Kveisunger, merodeaban en torno a Balduino y Anders con aire de lobos cebados al acecho de carne fresca. También ellos palpaban que el conflicto latente estaba a punto de explotar .

 

      Era por lo demás un magnífico día de comienzos de verano, al menos para los parámetros de Freyrstrande:  soleado y fresco, con un cielo lleno de atractivos y bellos contrastes entre un intenso azul y nubes que de una espléndida albura pasaban a matices en verdad tenebrosos aunque no amenazaran tormenta. El mar se veía calmo y refulgía bajo el sol de la tarde; e incluso el volcán de Elderholme, pese a sus infaltables fumarolas, tenía un aire más meditabundo que siniestro.

 

      Balduino, sin embargo, se exasperaba más y más a cada instante. Procuraba olvidarse de aquel arrebato de celos con que había comenzado la jornada, pero Anders, haciendo todo mal como a propósito, no le facilitaba mucho las cosas.

 

      -Hansi, ¡ya te dije que te quedes adentro, o junto a alguien que te cuide, por lo menos!-gritó Balduino al niño, en el momento en que la sombra de un grifo se proyectaba sobre él y Anders-. Honney, ¡vigila a ese mocoso!

 

      -Ven, Hansi-llamó Honney. Estaba más que dispuesto a hacer buena letra luego de que salvarse de morir dos veces en el mismo día, una bajo los cascos de Svartwulk y otra a manos de Balduino. Pero como el clima de pelea en ciernes lo tenía en vilo a él también, pronto Hansi de nuevo se le escapó como quiso, si se puede emplear ese término. Porque en realidad Hansi estaba lleno de buenas intenciones y tal vez mientras jugaba ni se diera cuenta de que poco a poco trasgredía la orden de no alejarse.

 

      -Vamos de nuevo-dijo Balduino a Anders.

 

      Y entrecruzaron sus aceros durante unos cuantos minutos más. Pero uno y otro estaban a la vez furiosos, indignados y apáticos. Anders, por no haber podido imponer sus pretensiones de ocio dominical; Balduino, porque sentía que estaba perdiendo el tiempo.

 

      -Suficiente-gruñó por último el pelirrojo-. Anders, no te estás tomando esto en serio, y consigues irritarme de veras. Aun sin emplearme a fondo, si esto hubiese sido un combate real, habría podido partirte al medio en al menos cuatro ocasiones. Descuidas la guardia constantemente y no pones ímpetu en el ataque. Haz el favor de decidir si vas a dedicarte seriamente a esto, o a cambiar de ocupación.

 

      -Si te hubieras dignado enseñarme antes, ahora no tendrías apuro por recuperar el tiempo perdido, molestándome hasta en domingo-replicó Anders en tono agrio.

 

      Balduino le echó una mirada que era todo un presagio de tempestad.

 

      -Como tus enemigos serán tan gentiles de respetar el Día del Señor...-ironizó-. Pero no es mi deseo molestar a nadie; de modo que, si no quieres, no te enseño más, y hasta te libero de mi servicio.

 

      -Qué bien. Ya tienes la excusa justa para librarte de mí-replicó sarcásticamente Anders.

 

      -No necesito excusas, aunque al respecto me has enseñado bien, debo reconocerlo.

 

      -¿Qué quieres decir?

 

      -Digo que admitido que durante cuatro años me porté contigo que daba asco... Como con cualquier otro, por otra parte... ello sin embargo no quita que eras un perezoso y lo sigues siendo. Quieres ser Caballero, Anders, pero también deseas una espada mágica que te haga imbatible, para tú no tener que esforzarte. Se dice que en otro tiempo hubo tales espadas, la más famosa de las cuales fue la de Hernán de Virinia, Matalobos. No sé cuán mágica sería Matalobos, dado que lo mismo Hernán de Virinia que quienes la empuñaron luego de él cayeron en combate como cualquier otro mortal. No importa. Supongamos que, ya que no Matalobos, sí hay o hubo en algún otro tiempo y lugar espadas capaces de hacer invencible a quienes la esgrimal. Cualquier batalla ganada en esas circunstancias sería mérito de la espada, no del espadachín; y éste, para vencer, dependería siempre de esa espada, pues con cualquier otra sería derrotado en menos de un minuto. Y eso suponiendo que hallase siquiera coraje para salir a dar batalla sin la milagrosa protección del arma mágica. Pero por lo visto te tienen sin cuidado esas contras.

 

      -¡Yo nunca dije que deseara una espada mágica!-protestó Anders.

 

      -Tus actos lo dicen-rebatió Balduino, dulce como el vinagre-. Cuando vences con una espada que de mágica no tiene nada, lo más seguro es que el mérito sea tuyo. La suerte influye, por supuesto, y también la torpeza de tu contrincante; pero cuanto más diestro seas, menos dependerás de esos factores, que por otra parte no son eternos, para vencer. Pero para llegar a ser diestro, Anders, necesitas esforzarte al máximo, practicar día y noche, olvidarte de cosas tales como descansos dominicales, el cansancio que tengas o el desgano que te invada. El esfuerzo es la base de todos los logros importantes, y tú nunca te esforzaste. Si a pesar de todo quieres ser Caballero, ¿qué puedo pensar, sino que aguardas que caiga en tus manos una espada mágica?

 

      -Habría aprendido-masculló Anders, furibundo-, si tú hubieras sido menos despectivo con mis fracasos.

 

      -¡Pero por favor, Anders, déjate de cuentos!-exclamó Balduino, ya fuera de sí-. Fui todo lo despectivo que quieras, no necesitaba mucho para serlo, es cierto, ¡pero tampoco podemos decir que hayas hecho demasiado para ganarte mi respeto, pues ponías exactamente el mismo empeño que ahora, es decir, ninguno!-en ese momento, Balduino vio que otra vez Hansi andaba vagando otra vez a su capricho por la playa. ¡La gota que rebalsaba el vaso!-. ¡HANSI, MÉTETE ADENTRO, O TE ROMPO EL ALMA!-rugió; y el chico, prudentemente, se escabulló como rata por tirante.

 

      -¡ESO!-bramó Anders, triunfante-. ¡MUY BIEN! ¡DESQUITA TU RABIA Y TU FRUSTRACIÓN CON ESE CHICO QUE TE ADORA! ¡DESQUÍTATE CON TODO EL MUNDO!

 

      -¡NO ME DESQUITO CON NADIE, Y MENOS CON HANSI!-estalló Balduino-. ¡LE CUIDO EL PELLEJO Y NADA MÁS! ¡DEJA DE METER ENTRE NOSOTROS A QUIENES NADA TIENEN QUE VER!

 

      Llegadas las cosas a tal extremo, imposible que primaran de nuevo la sensatez y la mesura. Barbudos como osos, colorados de creciente furia, Caballero y escudero primero cruzaron  insultos a gritos. Por lo visto creían estar siendo muy groseros, pero los Kveisunger, cuyo léxico era a veces sencillamente inmundo, se retorcieron de risa al oír las supuestas palabrotas. Eso sí, la furia con que las decían era harto convincente. Pero igual la cosa no duró más que un minuto antes que se acometieran a puñetazos el uno al otro. En torno a ambos, rugiendo de feroz júbilo, se congregó un nutrido público. Adam aprovechó el momento para retirarse inadvertido, pero casi todos los demás, como un solo hombre, acudieron más que entusiastas a regodearse con la pelea, sobre todo los siete Kveisunger y los gemelos Björnson.

 

      No podía decirse que los contendientes hicieran gala de mucha técnica. Para empezar, porque no estaban habituados a luchar a puñetazos como vulgares mozos de cuerda, pero además porque estaban demasiado enardecidos, demasiado dominados por la furia. Golpeaban donde fuera y como fuera, sin preocuparse de protegerse ellos mismos sino simplemente de dañar al otro. En menos de cinco minutos, Anders tenía la nariz sangrante;y Balduino, un ojo morado. Eso amén de otras contusiones aquí y allá. A su alrededor, los demás no cesaban de alentar a uno u otro, y quien más recibía aliento era siempre el que iba llevando las de perder. Les importaba un bledo quién ganara; lo que les interesaba era ver una pelea, y para que ésta durara era imprescindible que ninguno de los dos se diera por vencido así como así.

 

      En eso, llegó Thorvald, tras esperar que Balduino y Anders se quitaran un poco de encima sus descomunales ganas de apalearse mutuamente. Tras un breve forcejeo, separó a ambos púgiles y los mantuvo a distancia valiéndose de sus largos y poderosos brazos, sin  importar que el izquierdo rematara en un muñón.

 

      -Es hora de que tengamos una interesante charlita los tres-les dijo, mirándolos con frialdad.

 

      Balduino y Anders se observaron resollando con implacable hostilidad. Sentían unas ganas enormes de seguir golpeándose, pero se les había inculcado un respeto hacia los mayores que sólo y en parte alguien como Oivind podía hacerles olvidar. Y encima, Thorvald era Thorvald. El se hacía respetar el doble o el triple que a cualquier otro.

 

      -Vámonos-dijo Ulvgang autoritariamente, alzando su voz por encima de las múltiples y decepcionadas protestas de los demás. La frustración por la pelea inacabada era monumental.

 

      Pero nadie se hizo repetir la orden. Por decepcionados que estuvieran, notaron que el tono de Ulvgang indicaba consecuencias funestas para quien pusiera objeciones. Solía ser un tipo tranquilo, y quien tenía la mala idea de encolerizarlo prefería luego enfrentar el Apocalipsis y no a él. Además, Honney tenía excelentes motivos para poner distancia entre él y Balduino. Luego de desobedecer a éste en lo tocante a no montar a Svartwulk, empeoraba las cosas permitiendo que Hansi escapara a su vigilancia. Balduino por el momento no se acordaba de esto y mejor que así continuara.

 

      Así que guiado por Ulvgang, el grupo partió más tierra adentro, como encaminándose a los bosques.

 

      -¿Tú me mandaste llamar?-preguntó Lambert a Thorvald, acercándose al sitio donde éste seguía entre Balduino y Anders.

 

      -Sí. Pon a calentar un poco de agua-contestó Thorvald.

 

       -Pero estoy de guardia. ¿Y si justo pasa algún correo? Tengo que vigilar...

 

       -Déjate de vigilancias, eso ya no es lo tuyo-interrumpió Thorvald, con un atisbo de sonrisa irónica-. Ahora eres El Barbero Lambert.

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30 enero 2010 6 30 /01 /enero /2010 20:09

LVI

      Parecía ser suficiente ya todo lo ocurrido para un solo día, al menos para Balduino. Pero no fue todo. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los grifos revolotearon cerca de Vindsborg más de lo habitual ese día, con gran alborozo por parte de Gröhelle, quien continuamente soltaba exclamaciones admiradas al verlos. Hansi estaba en ese momento de misa en misa con Fray Bartolomeo y se suponía que no vendría sino hasta después del almuerzo. Pero, para empezar, la fuerza de la costumbre obligaba a Balduino, siempre que había grifos cerca, a mirar asustado hacia todas direcciones en busca del niño; y en segundo lugar, Hansi, inesperadamente, vino antes del almuerzo, pues se invitó a almorzar en Vindsborg pese a ser el día libre de su padre, el que podría pasar junto a él. Comía con tal deleite los mejunjes que preparaba Varg, que se comenzó a teorizar acerca de que su tía debía tener una mano horrorosa para la cocina; pero de la verdad se enteró Balduino precisamente ese día, durante el cual osciló  entre la impaciencia y la ternura con el niño.

 

      -¿Por qué no te quedas en tu casa los domingos? Así podrías disfrutar un día a la semana en compañía de tu padre-sugirió en cierto momento, tratando de ser suave y persuasivo. Acababa de regañar al niño, tras el sobresalto habitual al advertir que un grifo surcaba el cielo en las cercanías,  por corretear en la playa. Contaba con verse libre al menos una vez por semana de su función adicional de niñero.

 

      Se vio que Hansi, cohibido, tenía una respuesta, pero no sabía cómo expresarla. Balduino no ignoraba que él lo idolatraba, pero esta explicación le parecía insuficiente para justificar que el niño se ausentara tanto de su hogar. Conocía hogares en los que el héroe de los niños era tal o cual Caballero, pero siempre en segundo lugar después de otro héroe aún más grande: el padre.

 

      Vio a Hansi amagando hacer pucheros, y de repente supo la respuesta tan palpablemente como si un ángel se la hubiera susurrado al oído. Como si todos los hogares fueran lo que debieran ser, pensó. Friedrik, el padre de Hansi, era muy brusco con su hijo y ahora entendía Balduino cuánto sufría éste por ello.

 

      Se agachó y abrazó a Hansi con fuerza, conmovido. El niño se asombró de este inesperado gesto de ternura, pero se dejó mimar, echando sus brazos al cuello de Balduino. Sólo lamentó que más tarde éste volviera a transformarse en el gruñón habitual cuando lo pescó una vez más jugando solitario en la playa, corriendo de aquí para allá. 

 

      Y en cuanto a Balduino, si hasta ahí deseaba que el día terminase cuanto antes, si pensaba estar ya ahíto de pequeñas calamidades, era porque aún no había degustado el plato fuerte de tan dudoso banquete

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29 enero 2010 5 29 /01 /enero /2010 20:11

LV

      El día ya había comenzado mal, y no parecía que fuese a mejorar en lo más mínimo. Aprovechando el ocio dominical, Anders montó sobre Slav y salió a cabalgar por ahí. A Balduino le hubiese encantado hacer otro tanto, pero no podía, pues tenía que permanecer alerta para interceptar a cualquier mensajero que pasase por allí. En cambio, Honney pidió permiso para montar a Svartwulk, y le indignó que Balduino se lo negara.

 

      -¡Ni que te fuera a robar tu condenado caballo!-exclamó.

 

      -No seas tonto. No es ése el problema-replicó Balduino, irritado-. Ya te lo dije una vez: pese a su nombre, Svartwulk es nubarrón sólo conmigo, y una auténtica tempestad con cualquier otro. No permite que nadie sino yo lo monte. Y para colmo, que yo sepa, ésta sería tu primera experiencia como jinete.

 

      -¿Y eso qué tiene que ver?-preguntó Honney.

 

      -¿Cómo que qué tiene que ver?-bramó Balduino-. Ni jinetes experimentados pudieron mantenerse sobre la montura de Svartwulk; no hablemos entonces de ti, un principiante.

 

      -¡Bah!-dijo despectivamente Honney-. Agallas es todo lo que se necesita, como para cualquier otra cosa. Un jinete experimentado no es lo mismo que un macho experimentado.

 

      -Linda frase para poner de epitafio en tu lápida, imbécil-intervino Andrusier-. Cómo se ve que no fuiste tú quien intentó encerrar a esa bestia en la caballeriza la primera noche que el señor Cabellos de Fuego pasó aquí. Primera y última vez que me meto de palafrenero.

 

      -¿Me dejarás intentar?-preguntó Honney a Balduino, ignorando los comentarios burlones de Andrusier.

 

      -¡NO!-rugió Balduino.

 

      Por la cara que puso Honney, le faltó sólo decir: "¡Malo!...", como hacía Hansi cuando Balduino le negaba algo; y fue muy ingenuo de parte del pelirrojo suponer que sus advertencias serían escuchadas.

 

     Unos minutos más tarde, Adler llegaba corriendo junto a Balduino, gritando como loco; pero sólo llegó a pronunciar la palabra Honney, que enseguida un potente, colérico  relincho proveniente de la colina detrás de Vindsborg interrumpió y redondeó a la vez la explicación. Balduino, entre el temor y la ira, salió disparado hacia allí, y sin detenerse a mirar, pasó entre un círculo de gente y se abalanzó sobre su encabritado y furiosísimo caballo. El bravo y azabachado corcel de guerra, que poco antes había estado dispuesto a destrozar con sus cascos cuanto se le pusiera en el camino, se calmó en un santiamén en cuanto olfateó el olor y escuchó la voz de su adorado amo; y sólo entonces Balduino se permitió mirar alrededor.

 

      Lo primero que vio entonces fue a Andrusier y a Hundi esgrimiendo largos palos con los que preventivamente se habían armado en cuanto Honney anunció en tono discreto que montaría a  Svartwulk con permiso o sin él, y que ya vería el señor Cabellos de Fuego de qué era capaz. Obviamente, esos palos habían tenido que ser usados para rescatar a Honney de las consecuencias de su propia tontería.

 

      -Que sea la última vez que alguien se atreve a golpear a Svartwulk así sea con una pluma.

 

      Qué hubo en la voz o el semblante de Balduino en ese momento, jamás se sabrá, pero debió ser algo muy, muy siniestro. Andrusier y Hundi bajaron sumisamente los palos, y sus rostros adquirieron esa palidez cerúlea que por lo general sólo les venía al enfrentar la ira de Ulvgang, tan difícil de desatar y a la vez tan temida.

 

      Seguidamente, Balduino buscó con la mirada al culpable de todo, sin importarle en ese momento que estuviera entero o en pedazos. Lo halló en el suelo aún, a los pies de los gemelos Björnson, quienes lo habían rescatado de los temibles cascos de Svartwulk mientras los demás intentaban contener a éste. Ambos sonreían malignamente.

 

      -Hemos evitado que tu caballo lo asesine-anunció Per.

 

      -No era cosa de que te privase del placer de hacerlo tú mismo-agregó Wilhelm.

 

      Honney  se cohibió un poco ante la mirada de Balduino, pero nada más; era imposible estar más blanco de lo que ya estaba. Tenía algunos moretones aquí y allá,  y una rodilla sangrante; y allí terminaban sus lesiones, gracias a la celeridad de los gemelos, a su propia resistencia y a la intervención divina. Nada aseguraba, claro, que su buena fortuna continuara luego de que Balduino lo agarrase por su cuenta.

 

      -Vosotros, a Vindsborg-gruñó hoscamente el pelirrojo, dirigiéndose a quienes sólo estaban allí en calidad de espectadores o rescatistas. Y Honney estaba a punto de moverse también, como si creyera que la orden iba también para él, cuando Balduino le dijo con voz helada y ya lúgubre:-. Ni se te ocurra. Tú te quedas aquí; ahora vas a oírme.

 

      Los demás pusieron pies en polvorosa, pues algo les decía que no obedecer de inmediato no sería saludable. Ni diez pasos se habían alejado, cuando los estremeció un irreconocible vozarrón distorsionado por la ira, tronando de tal manera que se hubiera dicho que el volcán de Eldersholme acababa de entrar en erupción; y en vez de materia incandescente volaban por el aire insultos y amenazas.

 

      -Qué carácter-murmuró lambert-. Nunca oí gritar a nadie de esa manera, salvo a Helga.

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29 enero 2010 5 29 /01 /enero /2010 20:03

LIV

      El incidente se produjo dos o tres días después.

      Era domingo y ya desde la mañana a Balduino el panorama se le anticipó funesto, dado que comenzó con una seguidilla de disgustos. Luego de la misa, Balduino pasó por el retrete, instalado convenientemente lejos de la informe mole de Vindsborg. A la salida encontró a Thorvald aguardando, creyó él, su turno de ocupar el retrete; y ya se alejaba, cuando lo detuvo el vozarrón del viejo:

      -¡Balduino!-fue el grito enfadado-. Quiero hablar contigo.

      El pelirrojo, asombrado por aquel tono iracundo, se volvió.

      -Dime...

      -Tienes hasta mañana por la mañana para librarte de esa barba sucia y horrorosa que llevas-dijo el viejo gigante, mirándolo duramente con sus helados ojos azules.

      Balduino se sublevó para sus adentros, y hasta estuvo a punto de replicar; pero Thorvald era enérgico aún pese a sus años, y aunque por disciplina marcial acatase sin reparos órdenes de alguien más joven, se trataba nada menos que del hombre que había luchado y vencido a Sundeneschrackt y sus Kveisunger. Para Balduino era difícil olvidar esto; de algún modo, la colosal figura y la mirada del viejo lo proclamaban tácitamente, exhudando leyenda e invitando al respeto.

      -Sí, señor-respondió dócilmente, como si el subordinado fuera él; y Thorvald hizo un gesto de complacencia.

      Hasta aquí, todo hubiera estado en orden. En principio, Balduino no podía molestarse con Thorvald por hablarle de esta manera. Se le ocurría, como realmente era, que hablándole ran ruda y ásperamente, el viejo sólo pretendía exigirlo a fondo. Por extraño que se hubiese comportado recientemente -por ejemplo al criticar con desdén su intento por ayudar a Snarki a ganar autoestima o su preocupación por preservar la salud de Lambert - había sido un héroe en su tiempo; valía la pena atender a sus recomendaciones e incluso someterse a algunas de ellas, si tenían lógica. Esta sin duda la tenía. La imagen a veces cuenta más de lo que uno cree; y Balduino, como Caballero, en este momento inspiraba más risa que reverencia. En Vindsborg tal vez eso no contara tanto, porque para cuando su apariencia terminó de ser desastrosa ya se había ganado cierto respeto. Pero en Vallasköpping, por ejemplo, los constructores de catapultas tal vez demoraran su tarea porque les importaban un bledo las exigencias y amenazas de alguien que por su facha parecía más bien un mendigo.

      Thorvald, en realidad, veía inmensas cualidades en Balduino, y no estaba dispuesto a permitir que se desperdiciaran; al contrario, lo espolearía sin tregua ni misericordia para que diera lo mejor de sí mismo, que era mucho; lo forzaría a verse y comportarse de tal manera que, cuando la gente lo observara, no viera simplemente un hombre armado, sino una auténtica roca en torno a la cual siempre pudieran congregarse en busca de protección.

      Quería que Balduino fuese bueno y noble; que ni se le cruase por la cabeza la idea de desfogar sus instintos guerreros contra inocentes o indefensos; que la gente tuviera que pensar mucho antes de encontrar alguna falta en él. Deseaba que jamás se dijera de él que, al frente de una hueste armada, se hubiera dedicado al pillaje o a secuestrar pobres aldeanas para violarlas; que no mirara con desprecio a los de condición baja o a quienes no supieran defenderse por sí mismos; que no aceptara sobornos ni amenazas; que ni por un segundo olvidara que, aun sin armadura, seguía siendo un Caballero; ni que lo que él hiciera, dijera u omitiera hacer o decir serían la imagen, no ya de él mismo, sino de la Caballería. Para Thorvald, estas cosas contaban más que el valor o la destreza en las armas, y era lo que elevaba a unos pocos por encima de la vulgar soldadesca. Y no pensaba tener un enorme desafío ante él porque, tras observarlo atentamente, estaba seguro de que Balduino ya contaba con estas cualidades, y sólo faltaba extraerlas y pulirlas. No dudaba de que un día lo haría inmensamente orgulloso; de hecho, aunque no lo dijera, ya comenzaba a sentir ese orgullo por él.

      Balduino nada sabía de todo esto pero, como ya se ha dicho, estaba dispuesto a obedecer. Sí, de acuerdo, un oficial al mando no debe ser tan desaliñado ni aun cuando su tropa sea tan poco disciplinada y ortodoxa; y un Caballero, mucho menos... Pero el problema vino cuando más tarde, Thorvald le habló a Anders para decirle también a él que se afeitara. Se limitó simplemente a recordarle que, cuando Balduino se rasurase, él ya no tendría excusa para no hacer otro tanto. Y dijo esto en tono muy mesurado, sin el acento seco, marcial, usado para dirigirse a Balduino; pues por el momento, Anders prometía ser sólo un joven bueno y simpático, según entendía. Ya diría el tiempo si también a él podía exigírsele más o no.

      Y aquí vino el problema. Balduino notó la diferencia que hacía Thorvald al dirigirse a Anders, y la malinterpretó. Unos celos descomunales, arrolladores, lo dominaron al instante, celos que ni él mismo pudo explicarse, porque no acostumbraba ser tan visceral. Supuso que le hablaba tan bonachonamente a Anders porque, sin duda, éste le caía mejor.

      ¿Y qué si es así?, pensó, ofuscado y dolido. Evidentemente apreciaba a Thorvald más de lo que él mismo se daba cuenta y le habría gustado ser correspondido. Se quedó pensando en cuán extraño había estado el viejo últimamente, cómo se había opuesto a la construcción del hogar o a que apoyase moralmente a Snarki, aquel gordo cualunque.

      Balduino recordó entonces, avergonzado, que al llegar a Freyrstrande él había llamado viejos baldados a Karl y a Thorvald. Sin duda éste le guardaba secreto rencor por haberlo llamado así. ¿Era de extrañarse que prefiriera a Anders? Me lo tengo merecido, reflexionó, imaginando cómo Thorvald y Anders, sólidamente aliados, echarían sapos y culebras sobre él a sus espaldas. Podía entenderlo, los comprendía a los dos, tenían sus motivos. Pero aun así, estaba arrepentido y encontraba cruel que tal arrepentimiento no mereciera una segunda oportunidad.

      No obstante, aun sintiendo que algo en su interior no andaba bien, prefirió ignorar la herida de su alma, ese oscuro socavón donde alguien gritaba quién sabía qué. Temía lo que pudiera encontrar cuando mirase a lo profundo.
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28 enero 2010 4 28 /01 /enero /2010 18:15

      Por cómicos que resultaran por momentos, los lloriqueos de Oivind también podían impacientar. Para salvarse de otra tanda, Balduino y sus hombres dedicaron todo el siguiente día de trabajo exclusivamente a transportar los troncos hasta la orilla del Duppelnalv ayudándose con los bueyes del viejo y unos arneses que éste tenía en el establo; y luego, el pelirrojo envió a Karl a devolver los animales. 

 

      Lo siguiente fue improvisar con algunos troncos una especie de almadía unida por cuerdas hechas por Lambert con tendones de animales abatidos en cacerías diversas. Para ese propósito, las cuerdas demostraron ser muy útiles; había que ver si lo serían también para las catapultas, cuando al fin se lograra construirlas. Esto parecía lejanísimo todavía; seguía sin haber novedades al respecto por parte de los constructores de la que debía servir como modelo.

 

      Una vez lista la almadía, se arrojaron los troncos al agua, los cuales siguieron su ruta río abajo. Un grupo de hombres aguardaba en el sitio preciso, en los alrededores de Vindsborg, y se encargaba de recuperarlos valiéndose de largas pértigas para dirigirlos hasta la orilla; pero muchos de los troncos varaban por el camino o se atascaban contra algún obstáculo. Gröhelle y Gilbert, navegando río abajo sobre la almadía, se ocupaban de que los troncos detenidos de esta manera prosiguieran su interrumpido viaje, valiéndose también ellos de pértigas.

 

      Luego vino la etapa que a Balduino más le convenía, la de instalar los troncos en su sitio. Lo conveniente del caso era que dicha etapa tenía lugar cerca del camino que cruzaba cerca de Vindsborg de Oeste a Este, lo que permitía avizorar el horizonte en busca de mensajeros que pasaran por allí viniendo de Ramtala o rumbo a ella. Dado que los correos se obstinaban en pasar de largo, habría que interceptar a alguno y forzarlo a que llevara el mensaje que Balduino tenía preparado para el Gran Maestre Thorstein Eyjolvson, y en el que abogaba por la libertad de Tarian y el traslado de Anders a Drakenstadt, además de verter acusaciones surtidas sobre Einar y el Conde Arn. Por consiguiente, apostó a uno de los centinelas de turno junto al camino y no al pie de Vindsborg, cosa de que pudiera ver desde lejos a cualquier jinete que se aproximase y diera la alarma sin pérdida de tiempo; y a Svartwulk lo dejó fuera del establo y listo para ser montado y dar alcance en él al mensajero cuando éste se presentara. Balduino calculaba que, efectivamente, el mensajero temería caer en una trampa e intentaría escapar de cualesquiera jinetes que avanzaran hacia él. Con aquellos tales Landskveisunger asolando los caminos, toda desconfianza sería poca, y un zaparrastroso que haciendo señas invitara a un correo de postas a detenerse lograría sin duda el efecto contrario; una muy rauda fuga.

 

      Durante los primeros días de espera, ocurrió en una oportunidad que Adler, en ese momento de guardia junto al camino, anunció gritando como loco a un jinete que se acercaba a toda prisa desde el Este. Balduino estaba entonces en la zanja, acomodando un tronco con la desganada ayuda de Adam, a quien prefería tener a la vista para asegurarse de que no fuera en busca de aquel pernicioso Fuego de Lobo que sabía Dios de dónde sacaba. Rápidamente salió de la zanja y, sucio como estaba, montó sobre Svartwulk. Pero no tuvo que ir en pos del jinete: éste detuvo la marcha al llegar a Vindsborg.

 

      Para sorpresa de Balduino, no era un mensajero, sino uno de los cuatro Príncipes Leprosos que se apostaban en la desembocadura del Viduvosalv; y el pelirrojo advirtió que llevaba ambas manos tan cubiertas de vendas como el rostro, excepto los dedos pulgar e índice, que lo mismo en diestra que en siniestra se exhibían desnudos.

 

      -Buenos días, señor. Mi nombre es Gabriel-se presentó el leproso, inclinando respetuosamente la cabeza sin hacer amago de desmontar.

 

      -Es un inmenso honor, Gabriel-contestó Balduino, retribuyendo el gesto en forma no menos respetuosa desde lo alto de Svartwulk-. Yo soy Balduino de Rabenland. ¿Qué te trae por aquí? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

 

      -No-contestó Gabriel, y Balduino había adivinado esa respuesta antes de oírla. Un Príncipe Leproso nunca pediría ayuda a una persona sana, la necesitara o no; y sin embargo, una sonrisa tímida en el rostro cubierto de vendas, del que sólo afloraba un par de ojos brunos, desmentía de alguna manera esa negativa-. Sólo vine a cerciorarme, en nombre mío y de mis compañeros, de que estuvierais bien, y veo que sí lo estáis. Disculpad que haya demorado tanto en venir, pero tuvimos mucho de qué ocuparnos.

 

      -No, vosotros sois quienes debéis excusarme a mí por no haber ido a daros las gracias por lo de aquella noche. Sin vuestra ayuda, es casi seguro que habría muerto-replicó Balduino, súbitamente emocionado.

 

      La sonrisa de Gabriel se amplió, volviéndose campechana y noble a la vez.

 

      -Os lo dijimos, señor. Os dijimos que volveríais a estar de pie, y me complace decir que además noto en vuestra mirada que ha quedado de pie alguien digno de estar de pie-dijo-. No es mucho lo que podemos ofreceros; no obstante, lo que esté a nuestro alcance, os lo brindaremos, si lo pedís.

 

      -¿También hospitalidad?-preguntó Balduino.

 

      -Desde luego. Sólo será humillante para nosotros no poder daros una mejor recepción.

 

      -En ese caso en algún momento, creo que no dentro de mucho tiempo, me tendréis con vosotros.

 

      -Será un honor-dijo Gabriel.

 

      Y Balduino se le acercó montado aún sobre Svartwulk y le estrechó la mano antes de que Gabriel pudiera impedírselo. Los Leprosos evitaban tanto como podían el contacto físico con personas sanas.

 

      -Será, de hecho, un gran honor-dijo Gabriel, confuso ante tan inesperada cortesía-. Debo irme ahora, señor. Adiós.

 

      -Adiós-respondió Balduino.

 

      A espaldas de éste, la dotación entera de Vindsborg miraba con algo de susto al enigmático visitante, que les parecía extraño y vagamente inquietante, igual que un espectro. Sólo Anders sabía que se trataba de un Príncipe Leproso, y quedó confundido al enterarse de que nadie más, salvo Balduino y él mismo, sabían qué significaba eso. Aún más, la lepra era desconocida en aquellas latitudes, y sólo de nombre se la conocía  a través de la Biblia; de modo que la fantasmagórica figura, con su rostro cubierto de vendas emergiendo de la capucha, se les había antojado absolutamente irreal, alucinante.

 

      Cuando Balduino se reunió con sus hombres, la ignorancia de éstos acerca de los Príncipes Leprosos lo dejó tan sorprendido como Anders.

 

      -¿De veras nunca oísteis hablar de ellos?-preguntó, confuso-. ¡Son famosísimos en todo el Sur y Centro del Reino...e imaginaba que también aquí!

 

      -Pues creo que has sido muy valiente al estrecharle la mano a este Gabriel, si de veras parece una enfermedad tan terrible-opinó Gröhelle.

 

      -No fui valiente. Gabriel está sano-respondió Balduino.

 

      -Pero ¿en qué quedamos?-preguntó Ulvgang-. ¿No dices que tiene lepra?

 

      Balduino se volvió hacia él:

 

      -Es un Príncipe Leproso por venir del señorío de Caudix, convivir con gente que padece la enfermedad y cubrirse con vendas las partes visibles de su cuerpo para hermanarse con quienes sí están enfermos, pero él no lo está. Los Leprosos suelen casarse y tener hijos que nunca llegan a contraer el mal de sus padres, pero que no quieren abandonar Caudix porque allí nacieron y crecieron , y allí viven o están sepultados sus familiares. También hay personas que experimentan arrebatos místicos que les impulsan a unirse a los Príncipes Leprosos. No sé cuál de éstos sería el caso de Gabriel.

 

      -¿Y cómo sabes tú que no está enfermo? ¿Te lo dijo él?-preguntó Anders.

 

      -No. En la biblioteca del Palacio Ducal de Rabenstadt hallé una vez un libro que hablaba sobre los Príncipes Leprosos, el cual contenía extractos de la Regla impuesta por Candelario de Caudix, hijo de Manlio, el primer Señor Leproso, a todos aquellos de sus súbditos que, como él, estuvieran libres de la enfermedad. La Regla incluía servicio obligado y leal a los enfermos y un  rasgo distintivo, el de dejar libres de vendaje los dedos índice y pulgar de cada mano y cubrirse lo demás. Gabriel no los tenía vendados, así que no padece la enfermedad, al menos hasta donde se sabe. Porque también los hay que, más tarde o más temprano, se contagian de tanto convivir con enfermos.

 

      -Dices Príncipes...-comenzó Per.

 

     -...¿cuántos son?-concluyó Wilhelm.

 

      -Si tienes lepra o estás dispuesto a vivir en Caudix entre su población leprosa bajo la Regla impuesta por Candelario, eres Príncipe, sea cual sea tu verdadera actividad o condición social. Esto implica el deber de no arrodillarse, humillarse o rebajarse en modo alguno ante nadie más que Dios. Algunos de ellos están tan enfermos que no pueden mantenerse de pie ni moverse de otra forma que no sea arrastrándose. Entre ellos admiten esta situación, pero ante una persona sana, quienes pueden mantenerse de pie por sí mismos tienen la obligación de ayudar a incorporarse y mantener en esa posición a aquellos que no pueden. Por persona sana se entiende sólo a cualquiera que no sea residente permanente de Caudix: Gabriel no está realmente enfermo, pero aun así se considera Leproso y así es como se presenta ante el resto del mundo. También tienen prohibido otorgar bendiciones indiscriminadamente. Es más, creo que sólo San Adriano de Brandimor, a sus ojos, reunió los suficientes méritos para hacerse acreedor de su bendición. Se dice que Federico el Escarnecido visitó Caudix sin que nadie se arrodillara ante él pese a su dignidad real, y  que en cambio fue él quien tuvo que prosternarse ante el Señor Leproso, a quien solicitó una bendición que no obtuvo.

 

      Hubo gestos de admiración generalizada. Thorvald estaba muy pensativo y miraba a Balduino con una fijeza que habría terminado incomodando a éste, si de inmediato otra cosa no hubiera relegado el asunto a la categoría de nimiedad, algo que se inició con una pregunta de Anders:

 

      -¿Y para qué quieres ser huésped de los Príncipes Leprosos?

 

      -Diplomacia. Podría ser beneficioso para ellos y para nosotros-contestó evasivamente Balduino.

 

      El pelirrojo tenía sus razones para no dar más detalles a Anders ahí y en ese momento; pero el joven escudero, quien no necesitaba demasiado para sulfurarse con él, interpretó la respuesta como la de alguien que trataba de hacerse el misterioso, y se irritó sobremanera. Su punto de vista era que, no importaba qué hiciera él para  mantener la paz, Balduino siempre hallaría la forma de hostigarlo criticando sus actos o dándole a entender que no era lo bastante importante para comunicarle sus planes; cuando precisamente Balduino hubiera hecho cualquier cosa para lograr que Anders levantase su vallado de hostilidad y le permitiera tenerlo de confidente, y no le hacía más críticas que las necesarias para que mejorase su desempeño en todo sentido.

 

      Balduino advirtió con asombro el mal humor de su escudero. ¿Y qué hice de malo ahora?, se preguntó, consternado. Pero su pena duró poco, y enseguida la reemplazó una bilis de negra rabia. Su paciencia para con Anders estaba llegando a su fin; luego de aquello, faltaba sólo un nuevo incidente para hacerlo estallar. 

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26 enero 2010 2 26 /01 /enero /2010 22:07

LII

      Cuando pareció que se habían tumbado los árboles necesarios para levantar la primera de las dos empalizadas, se presentó el problema de cómo transportar los troncos desde el bosque hasta la zanja. Dada la cercanía del Duppelnalv, Balduino pensó aprovechar la fuerza natural que representaba el río para llevarlos hasta Vindsborg; pero antes habría que acarrearlos hasta allí. Eran grandes y pesados.

 

     Así que una mañana, Balduino se presentó ante un individuo menudo pero de aspecto fuerte por tratarse de alguien entrado en años como era el caso. Al sujeto le quedaban sólo los cabellos de las sienes y de la parte de atrás de la cabeza, pero esos pocos pelos los llevaba extraordinariamente largos. En su dentadura había sólo alguna que otra pieza de muestra y en cuanto a los ojillos, grises y diminutos, eran los más taimados que Balduino había visto en su vida, incluyendo los de Hundi, aunque carecían de la crueldad que latía en los de éste.

 

      -¡El señor Cabellos de Fuego!-exclamó, con la euforia de quien asiste a la segunda venida de Cristo; y su aliento alcohólico confirmó lo que Balduino ya había adivinado por la nariz roja del viejecillo-. ¿A qué debo el honor de vuestra visita, señor?-y se frotó las manos, en un gesto codicioso  digno de los Banqueros Haraldssen.

 

      -Dos asuntos me traen aquí, Maese Oivind-respondió Balduino, con una sonrisa que intentaba ser cortés pero que a duras penas encubría una carcajada. El tal Oivind era más o menos como lo había imaginado a través de descripciones.

 

      -Todo mi trabajo a vuestro servicio... Pero, ¡pasad, señor, pasad!-exclamó Oivind, haciéndose a un lado para permitir a Balduino el acceso a la cabaña.

 

      Esta era pequeña y rústica, pero firmemente construida, con el hogar de rigor ahora apagado y un techo libre de marcas de goteras. Eso sí, había una mugre indescriptible. ¡Y Kurt que decía que Vindsborg todo estaba muy sucio!... Si cumplía con su propósito de conseguir una mujer para que hiciera limpieza, convendría que empezara su labor aquí. Al menos en Vindsborg no había restos de comida celebrando su probablemente vigésimo cumpleaños sobre la mesa o en el piso, ni vasos con restos de vino a punto de convertirse en vinagre volcados aquí y allá.

 

      En cuanto ambos estuvieron sentados a la polvorienta mesa frente a frente, dijo Balduino:

 

      -Maese Oivind, necesito vuestros bueyes.

 

      -¿Mis bueyes, señor?-preguntó Oivind, con una sonrisa adulona-. Mirad que puedo conseguiros otros en Vallasköpping, a precio ventajoso. Si me pagarais por éstos lo que en verdad valen, no me alcanzaría para comprarme otros; y si me dierais más, sería robaros.

 

      -No, no, Maese Oivind, no me he hecho entender bien-aclaró Balduino-. No se trata de que me vendáis vuestros bueyes, sino de que me los prestéis.

 

      -¡Prestároslos!-exclamó el viejo, poniéndose de pie con gesto de tragedia total-. ¡Prestároslos! ¡Por los clavos de Cristo, tened piedad, vos que parecéis hombre bueno y comprensivo, no como ese canalla de Einar!... Al privarme de mis bueyes, me condenáis a muerte; pues son mi fuente de ingresos. Y al mismo tiempo condenáis a muerte a la comarca entera; pues mi trabajo es esencial para mis convecinos. Y no obstante, si así lo ordenáis, deberé satisfaceros; pues, bien se ve, sois poderoso señor. ¡Ah, mi ruina, será mi completa ruina y la de todo Freyrstrand!...

 

      -¡Ah, Maese, dejaos de lloriqueos baratos!-exclamó enérgicamente el poderoso señor que más que eso, en realidad, parecía un pelagatos cualquiera, dado su absoluto desaliño-. ¡Qué ruina ni qué ruina, si ya me han dicho que vais a Vallasköpping sólo dos veces por semana como mucho!

 

      -¡Sí, pero cuanto más trabaja un animal, más come!-gimió Oivind-. ¿Cómo costearé la alimentación extra de esas bestias, que incluso en reposo tienen una glotonería única?... ¡Yo, un pobre y honrado trabajador, quedaré, pues, en la más espantosa miseria!

 

      -¿Por un poco de alfalfa extra?...-inquirió Balduino, preguntándose si Oivind no estaría llevando su comedia demasiado lejos-. Necesitaré a vuestros bueyes por dos días o tres como mucho, Maese; no por un año. Considerad esto un impuesto en concepto de gastos de defensa. Tranquilizaos. Creedme que soy bondadoso con los animales y cuidaré bien de vuestros bueyes. De todos modos, siendo glotones como los describís, sin duda estarán incluso más gordos de lo que me ha parecido a mí.

 

      Oivind se levantó de su silla meneando la cabeza  con cara de desolación. Seguidamente caminó hasta un mueble del que sacó un vaso que llenó de vino. Balduino se consoló pensando que el viejo llorón al menos era hospitalario.

 

      Mirando dramáticamente al vacío, como si se viera ya cubierto de deudas y con todos sus bienes en subasta pública, Oivind se acercó a la mesa, vaso en mano. Vaso hacia el que Balduino, con naturalidad, esitró la mano para tomarlo... Ademán  que duró poco y pasó inadvertido para el viejo, que enseguida bebió todo el vino en pocos sorbos e inmediatamente fue en busca de más.

 

      -El infortunio me acosa sin cesar -gimoteó, bebiendo in situ también este segundo vaso de vino y sirviéndose un tercero.

 

      -Bueno, Maese, calmaos, que no será mayor vuestro infortunio que vuestra hospitalidad-replicó Balduino, muy frustrado por no haber podido remojar él también su garguero-; pero cada tanto, os necesitaré para que vayáis a Vallasköpping exclusivamente por mi cuenta. Veis que haréis negocio conmigo.

 

      -¡Vallasköpping!-exclamó el viejo Oivind, fingiendo horror-. ¿Negocio, decís? ¡Eso si sobrevivo a los ataques de los grifos, señor! Esas fieras son asesinas sanguinarias. Nunca olvidaré cómo, con mis propios ojos, las vi matar a ese grupo de pobres mercaderes, antes de que se abalanzaran sobre mí... Esa fue la primera de muchas ocasiones en que a duras penas escapé de sus mortales garras, ¡y para ir a Vallasköpping hay que tomar un camino que pasa cerca de las Gröhelnsklamer! ¡Mis vecinos ignoran hasta qué punto me sacrifico por ellos, arriesgando incluso mi propio pellejo!

 

      -¡Ah, vamos, maese!... Decid si aceptaréis o no, pero no inventéis zonceras para hacerme subir la tarifa. Mi escudero y yo nos internamos una vez en las mismísimas Gröhelnsklamer, sin saber dónde nos metíamos, por supuesto, y no sufrimos daño nosotros ni tampoco nuestros caballos. Hansi Friedrikson, si no se lo vigila, bien a la vista que se les pone, cual bocadillo servido en bandeja; pero hasta ahora los grifos lo han desdeñado como alimento. Llevo cuatro meses aquí sin que sepa que atacaran a nadie más que a esos mercaderes y vos mismo; de modo que ¡no intentéis hacerme creer que los grifos os encuentran especialmente apetitoso, que sois para ellos más sabroso que un niño de nueve o diez años!

 

      Por la cara que puso Oivind fue evidente que Balduino había dado en el clavo, y que  su única y verdadera desgracia era precisamente esta sagacidad del pelirrojo.

 

      -Vayamos por vuestros bueyes, maese, si consentís...

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26 enero 2010 2 26 /01 /enero /2010 21:50

LI

      Por esos días Balduino vio poco a Ursula. Cuando lo hacía, la joven por lo general estaba durmiendo, en lucha aún entre la vida y la muerte; pero como el pelirrojo tenía el pálpito de que saldría victoriosa, en una rara ocasión en que la halló consciente le comentó acerca de esos objetos hallados en la playa.

 

      -Podéis tirar los vestidos. Salvo, por supuesto, que alguno de vuestros hombres tenga gustos extraños para vestirse-bromeó débilmente Ursula-. Nunca los usé y nunca los usaré, y los llevé conmigo sólo para contentar a mi padre. Y quedaos con lo demás, excepto con el cinturón, que es herencia familiar cedida a mis antepasados por los propios dioses. Es más, quisiera que me fuese devuelto ya mismo, de ser posible.

 

      Balduino asintió y fue en busca del cinturón. Viendo el valor que le atribuía Ursula, estuvo a punto de pedir a Lambert, quien presenció aquel diálogo, que mantuviera la boca cerrada al respecto, no fuera a ser que el objeto excitase codicias. Pero el viejo no se había inmutado al enterarse de que el cinturón de marras procedía, según Ursula, de la mismísima Asgard, la morada de los dioses de los Bersiker. Tal vez creyera que aquello no fuera más que una descomunal tontería, o quizás veinte años de matrimonio le hubiesen dejado pocas ganas de tener líos con mujeres de carácter fuerte. En cualquier caso, era poco probable que hiciese siquiera el más mínimo comentario sobre el asunto.

 

      Fiel a su palabra, Balduino devolvió rápidamente a los Kveisunger el collar de oro y el prendedor enjoyado, no fuese Ursula a cambiar de idea; y ellos aceptaron con cierto asombro, y dos días más tarde el sorprendido fue el propio Balduino cuando ellos empujaron hacia él a Andrusier. Este, en lo referente a su conducta tras el hallazgo de los objetos en la playa, pidió disculpas al pelirrojo, algo que por lo visto no estaba habituado a hacer; y acto seguido le entregó un regalo en nombre del grupo entero.

 

      El obsequio consistía en un cuchillo con su correspondiente vaina; y el mango estaba hecho del fragmento de ámbar encontrado por Balduino el día de la llegada de Ursula.

 

      -Pensamos que, en fin, que si tú cumplías con tu promesa, lo justo era devolverte el fragmento que nos diste-explicó Andrusier-, así que decidimos conservarlo hasta ver qué pasaba.

 

      -Ni nosotros nos deshacemos del ámbar. El tuyo fue un gesto extraordinariamente generoso-dijo Ulvgang-; pero, como ya dijo Andrusier, lo justo es que te lo quedes, puesto que tú lo hallaste. Además, tiene casi el color exacto de trus cabellos; así que te hará más afortunado que a cualquier otro.

 

      Por estas palabras comprendió Balduino que ellos consideraban que el ámbar era más valioso que nada, debido a la suerte  que supuestamente traía. Prefirió no desengañarlos confesándoles que al entregarles el fragmento no tenía idea de que fuera tan especial para ellos; al fin y al cabo, se los habría dado aun sabiéndolo. Pero se sintió extrañamente emocionado al ver que no se limitaban sólo a devolvérselo, sino que además lo habían pulido y convertido en el mango de un gran cuchillo que venía acompañado de una hermosa vaina de cuero, hecho todo a sus espaldas, para darle una sorpresa. Más tarde se enteró de que el trabajo en realidad lo habían realizado otros (Lambert el mango del cuchillo, en el que luego los gemelos Björnson insertaron la hoja, y Snarki la vaina), pero eso no alteraba el hecho de que los siete feroces Kveisunger le tenían el suficiente afecto para sorprenderlo con tal obsequio.

 

      -¿Te gusta, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Honney.

 

      Y la pregunta era innecesaria, porque Balduino perdía el aliento ante el regalo, admirándolo con ojos de niño maravillado por un nuevo juguete.

 

      -Lo llevaré siempre conmigo-dijo al fin-. Gracias.

 

      Ulvgang sonrió con una ternura impropia en un temible criminal como él, y en su mirada vibraba algo de nostálgica paternidad, señal de que pensaba en su querido Tarian.

 

      -Ya te llevaremos a piratear con nosotros-bromeó-, así lo estrenas rebanándole el cuello a un enemigo-y le palmeó el hombro.

 

      En aquel momento, los Kveisunger parecían definitivamente domados, pero en muy breve tiempo resurgieron las dudas al respecto. Fue después de que ellos, los gemelos Björnson y Adler (nadie más quiso ir, tras oir las experiencias de éstos) visitaran a la vieja prostituta local, Erika, quien además tiraba las cartas, criaba gallinas y hacía un montón de otras cosas más. A prostituirse iba cada tanto a Vallasköpping, pero de ninguna manera se mostró desdeñosa ante aquella inesperada afluencia de siniestra clientela local. El problema fue que de bonita no tenía nada; y en cuanto a sus partes pudendas, hubo que darle la razón a Andrusier, quien las había imaginado como un caldero con un guiso podrido en el que sólo faltan los gusanos. Así que, tras desfilar uno tras otro para que ella los atendiese, todos coincidieron en que probablemente les había contagiado alguna podredumbre propia de su oficio, lo que de milagro no ocurrió.

 

      De cualquier modo, como experiencia sexual distó mucho de ser fascinante; y Balduino nunca estuvo seguro de que no fuera simple idea suya que algunos de sus fogosos presidiarios comenzaran a observar de soslayo y con ojos lascivos a Anders, sobre todo cuando éste les daba la espalda. Las ajustadas calzas resaltaban demasiado las firmes nalgas del muchacho como para no temer en ese sentido, sus carnes eran mucho más frescas que las de Erika y hasta su rostro, aunque ahora estuviese lamentable, horrorosa y desprolijamente barbudo, había despertado cierto interés cuando era un recién llegado y cuidaba más su aspecto. Es más, a Balduino le constaba que Honney, audaz e insolentemente, había hecho a Anders insinuaciones obscenas en aquellos días iniciales.

 

      Ahora Anders no se imaginaba a sí mismo despertando pasiones contra natura. No podía soslayar el hecho de que mentalmente lo consideraran un niño pero, con gran ingenuidad, creía que en lo físico se había convertido en un macho rudo y tosco, tal vez porque veía sus músculos todavía más grandes de lo que en verdad eran.  La realidad era que, al tenerlo cerca, varios lo evaluaban pensativamente, y a Balduino le parecía que, tras mirarlo así un rato, a varios los asaltaban erecciones. Es más, sobre Honney no cupieron dudas de que así era, porque en una de estas ocasiones se llevó la mano a la entrepierna, y luego su mirada se cruzó con la de Balduino; y el Kveisung sonrió malévola e irónicamente, con  sus fulgurantes y crueles ojos verdes revelando en forma tácita que se lo había pescado en falta. Así que Balduino, preocupado, por unos días ni a sol ni a sombra se atrevió a dejar solo a Anders; y a modo de silenciosa advertencia, para que llamaran al orden a sus apetitos sexuales antes de que se desbocaran, durante cierto tiempo acostumbró pasearse entre los más temibles de aquellos presidiarios con la mano posada en el mango de ámbar del cuchillo que los mismos Kveisunger le habían obsequiado.

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26 enero 2010 2 26 /01 /enero /2010 21:29

L

      Snarki no terminó de derribar el pino ese día, y pidió, quejumbroso, que al día  siguiente alguien lo ayudase a concluir la tarea; pero Balduino, implacable, insistió en que se encargara él solo. Así que a la mañana siguiente tuvo que retomar el trabajo. Cada uno de sus golpes de hacha, lenta pero inexorablemente, iba mordiendo el tronco del gigantesco árbol; y poco después del mediodía, tras ceder amenazadoramente en varias oportunidades, el coloso vegetal comenzó a caer, víctima de su propio peso, y Snarki huyó tan velózmente como se lo permitió su gordura. Balduino corrió a cerciorarse de que se hallara bien, pero más por formalismo que otra cosa: la ventaja de la cobardía es que quien la posee calcula adecuada y anticipadamente el riesgo para ponerse a salvo a tiempo.

 

      Tras el pelirrojo fueron todos los demás, a contemplar de cerca el portento. A la vista del enorme pino derribado a los pies del atónito autor de la hazaña, quien no se convencía aún de la realidad de lo que acababa de hacer, todo el mundo estalló en ovaciones y aplausos. Los Kveisunger fueron un tanto irónicos, pero sinceros al felicitar a Snarki a la vez que le palmeaban las espaldas como para demolérselas. Después de todo, lo consideraban un compañero, aunque uno no muy digno de ellos; y estaban dispuestos a  alentar cualquier muestra de coraje, por ínfima que fuera, con que él se dignara enorgullecerlos.

 

      Ese mismo día, más tarde,  Balduino vio a los gemelos Björnson en una actitud extraña que ya había notado en otras ocasiones y que  había llamado su atención, pero sin obligarlo a averiguar qué hacían, cosa que sí sucedió esta vez.

 

      Prácticamente todo el mundo estaba desnudo hasta la cintura, porque el trabajo les había hecho entrar en calor. Balduino, transpirado, daba una vuelta por los alrededores constatando que todo estuviera bien, cuando vio a Per y Wilhelm, tan bañados en sudor como él. Al parecer se habían tomado un descanso, pero igual permanecían de pie, colocándose uno junto al otro, unidos hombro con hombro y contemplando los bíceps que mantenían juntos hablándoles como con cariño y dando la impresión de haberse chiflado por completo.

 

      Sin embargo, si mirar con cariño un bíceps era síntoma de locura, ya había un precedente en Vindsborg. En efecto, Anders protestaba cuando Balduino lo obligaba a entrenar o a trabajar con más entusiasmo; pero así el entrenamiento como el trabajo estaban moldeando en él una notable musculatura. Anders, notándolo, estaba muy admirado y envanecido de esos cambios en su cuerpo. Era frecuente verlo con uno de sus brazos en flexión, contemplando con mirada devota un bíceps que dilataba y contraía una y otra vez, y al que parecía a punto de declararle su amor.

 

      La misma expresión se veía ahora en los gemelos Björnson, pero en ellos se veía todavía más ridícula. Su aire habitual, y a todas luces el que mejor les sentaba, era el de tipos duros que ya de muy poco podían sorprenderse; y helos ahí, contemplando fascinados ese par de bíceps que mantenían unidos...

 

      Balduino se les acercó, y los gemelos lo miraron de reojo.

 

      -Mira, Frida-dijo Per, aunque no había mujer a quien dirigir la palabra.

 

      -Ese es el señor Cabellos de Fuego-informó Wilhelm.

 

       -Menéate un poco para él, ¿eh?-rogó Per.

 

      Si los gemelos ahora hablaban con mujeres invisibles, su caso era infinitamente más grave que el de Anders. Ya se preguntaba Balduino si debería sumergirlos en agua helada o algo así para que recobrasen la cordura, cuando los vio flexionar una y otra vez los bíceps que seguían manteniendo unidos; y quedó estupefacto al descubrir en ellos a la tal Frida a la que estaban hablándole.

 

      Era un tatuaje, una mujer desnuda plasmada en la piel de los bíceps de los Björnson, la mitad en el brazo derecho de Per y la otra mitad en el izquierdo de Wilhelm. Cuando ellos movían los bíceps, la mujer se contoneaba provocativamente. 

 

      Qué ingenioso, pensó Balduino, divertido. Y enseguida reflexionó que el autor de aquel tatuaje sin duda era todo un artista, sobre todo porque no debía ser  fácil hacer un  tatuaje en dos medias superficies curvas como eran los bíceps de los Björnson y lograr que cuando se juntaran se viera como una sola figura y  tan libre de deformidades o imperfecciónes como si hubiese sido impresa en una superficie plana. Y que para colmo pareciera danzar cuando Per y Wilhelm movían sus bíceps.

 

     Pero eso no fue todo. Los gemelos instaron a Balduino a asomárseles por encima de los hombros que ellos mantenían unidos y observase el tatuaje desde aquel ángulo. Ahí fue cuando el pelirrojo de verdad quedó aturdido; porque contemplada desde ese ángulo la imagen del tatuaje era otra. Ahora se trataba de una mujer penetrada vaginal y analmente por dos hombres cuyas siluetas guardaban vaga semejanza con los Björnson. Las tres figuras aparecían desnudas entre unas cobijas.

 

      -El Diablo guía la mano del que hizo esto-sentenció Balduino, todavía perplejo.

 

      -Algo así dice Fray Bartolomeo-murmuró Per.

 

      -Porque es un tatuaje muy indecente-añadió Wilhelm.

 

      -Claro que, por ser que opina así...

 

      -...venía demasiado seguido a nuestra celda para verlo.

 

      -Y respecto a si a la mano del que hizo el tatuaje la guía el Diablo...

 

      -...posiblemente sea así. Nos la hizo un brujo, en prisión...

 

      -...Hendryk Jurgenson, el Witz del Zeesteuven...

 

      -...así que al menos es alguien que trata con espíritus.

 

      -Hendryk Jurgenson...-murmuró Balduino, pensativo-. ¿Uno de los tres que quedaron de rehenes en Kvissensborg?

 

      -El mismo-respondieron a dúo los gemelos.

 

      Y Balduino lamentó que justamente aquel individuo hubiera quedado en prisión, porque estaba seguro de que su arte le habría sido útil.

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24 enero 2010 7 24 /01 /enero /2010 19:26

      Finalizada la construcción del hogar, se siguió trabajando en la empalizada. El foso se había completado, de modo que restaba colocar los troncos en su sitio. Balduino no quiso usar los que reservaba para lconstrucción de catapultas, de modo que condujo a sus hombres de regreso a los bosques, cada uno empuñando su hacha. Eran aquéllos bosques de coníferas, muy tupidos y bastante sombríos, que albergaban caza en abundancia; y Balduino, como en ocasiones anteriores, se negó a talar demasiados árboles en un mismo radio, y prefirió dejar buena distancia entre los árboles que se talaban. Cuando se le preguntó la razón de ello, respondió:

 

      -No quiero que se formen demasiados claros donde los grifos puedan descender. Ya tienen el mar y la colonia de focas para nutrirse; que los bosques sean entonces para otras fieras y para nosotros. Además, como a los grifos les gusta cazar al vuelo, si alguien escapa de ellos y se refugia en la espesura, lo más probable es que lo dejen en paz, si no disponen de espacio para descender.

      -A propósito, señor Cabellos de Fuego-dijo Karl, incómodo-: debéis hacer algo con los grifos. Ya hace tres meses que estáis aquí, y la gente empieza a murmurar... Para ellos el problema son los grifos, no los Wurms.

      -Lo tendré en cuenta-contestó Balduino-pero, la verdad, no veo que esos animales sean tanto problema. En el tiempo que llevo aquí no parece que hayan hecho daño a nadie.

      -Pero poco antes de que vos viniérais, mataron a un grupo de pobres mercaderes que venían de paso-repuso Karl.

      -También se me habló de un mensajero que desapareció cerca de aquí-admitió Balduino.

      -¡Hmmm!...-gruñó Thorvald-. Da para sospechar eso de que siempre sea gente de paso lo que desaparece, y es medio raro eso de mercaderes sin mercancía; pues así fueron hallados. Creo que los grifos que los mataron no volaban, y andaban en dos pies...

      -Pero Oivind vio cómo los grifos atacaban a esa pobre gente-objetó Karl.

      -¡Qué va!... Esa fue sólo la última versión de su historia. Pero la primera vez que la refirió, halló a la gente ya muerta y semidevorada por los grifos-contestó Thorvald-. Naturalmente, siendo como es él, la historia fue volviéndose más dramática y emocionante con cada vez que la contaba. A la décima vez, él ya era testigo del ataque con todo detalle y desde el principio; y a la vigésima, él mismo huía por su vida.

      -Me dijeron que ese Oivind es una persona de dudosa calaña-comentó Balduino-; pero si él asesinó a esos mercaderes, debería mentir mejor.

      Los Kveisunger estallaron en insultos surtidos contra el tal Oivind. Cuando al fin se callaron, Thorvald aclaró:

 

      -Ya tendrás oportunidad de conocerlo personalmente. No es un asesino. Una o dos veces por semana va a Vallasköpping en su carreta arrastrada por bueyes,  lleva los productos de los vecinos para cambiarlos por otras cosas y cobra por tal servicio lo que podríamos llamar una comisión; pero además, roba cuanto puede. Ese es todo su delito.

      -¡Es una cagada de tipo! exclamó Honney, dispuesto como siempre a ver la paja en el ojo ajeno sin incomodarse por la viga en el propio.

 

      -Ese comentario tan "amable" me recuerda quién me habló por primera vez de este Oivind: Thorstein el Viejo, el tío de Kurt. Y vaya si despotricó contra él-dijo Balduino-. Pero si Oivind no fue, ¿quién podría haber asesinado a esos mercaderes?

 

      -Eso de robar y no dejar sobrevivientes suena a fechoría de Landskveisunger-opinó Thorvald; y pasó a hablarle al pelirrojo de aquel antiguo flagelo de Andrusia-. Oivind encontró a los grifos devorando los cadáveres; pero creo que éstos eran carroña y no presas cazadas por ellos.

 

      Balduino asintió. Había visto a los grifos alimentándose, y sabía que al hacerlo cambiaba mucho su aspecto habitual. Se disputaban la comida tirándose picotazos unos a otros, hundían sus picos en la carne y los retiraban ensangrentados... En esos momentos dejaban de verse espléndidos y majestuosos para tornarse viles y casi diabólicos. En tales circunstancias, era creíble que quien los viera nutriéndose de cadáveres de infortunados mercaderes quedara espeluznado y, tomándolos por criaturas malévolas, les achacara sin la menor duda la muerte de aquellas personas que bien podían haber hallado fin a manos de inescrupulosos congéneres humanos. Sobre todo si, como aseguraba Thorvald, no se había encontrado la mercancía que aquellas gentes teóricamente transportaban.

      -Bueno, por ahora ocupémosnos de los árboles-decidió; y fue dividiendo a la gente por parejas, asignándoles a cada una de éstas un árbol que abatir, convenientemente lejos unos de otros, como ya se ha dicho. Y cuando sólo quedaban Snarki , Karl y él mismo, señaló al primero un pino enorme y le indicó:-. Tú ocúpate de éste.

      A la vista del monstruo que se suponía debía derribar, Snarki abrió unos ojos enormes.

 

      -¿Y quién me ayudará?-preguntó.

 

      -Nadie, lo harás tú solo-contestó Balduino, para horror de Snarki; y dando la espalda a éste, dijo a Karl:-. Ven. Tú y yo vamos juntos.

 

      El gordo Snarki miró durante lo que pareció una eternidad el coloso vegetal que le había asignado Balduino; luego echó a correr tras éste.

 

      -¡Os burláis de mí!-exclamó con voz plañidera-. ¡Demoraré mil años!

 

      -¿Sí?... Bueno, si vas a tardar tanto, mejor deja de quejarte y pon manos a la obra, o me obligarás a esperar, no mil años, sino mil y uno por lo menos-replicó Balduino, inconmovible-. ¿Quieres tu ración de esta noche?... Entonces, derríbame ese árbol.

 

       -¿Y ése es el gran castigo que piensas imponerle? ¿No comer los mejunjes que cocina Varg?-gruñó Adler; pero Snarki ya se encaminaba hacia el árbol en cuestión, con gesto muy amargado.

 

      -A ver, Karl, cómo nos la arreglamos con ése, ¿eh?-propuso Balduino a su ocasional compañero de tareas, señalando otro pino de buen tamaño.

 

       Al viejo y manco Karl no lo amilanaba en lo más mínimo que se lo incluyera en una labor que normalmente requería de ambas manos. Posiblemente tampoco habría discutido su se lo hubiera enviado a él solo a luchar contra los Wurms. Era un hombre con una mentalidad muy especial, que no aceptaba imposibles si de obedecer órdenes se trataba. Balduino lo contempló con inevitable admiración mientras lo veía aferrar un hacha de mano bastante grande y blandirla tentativamente con su hipermusculoso brazo izquierdo, anormalmente fuerte por la necesidad de valerse sólo de él para levantar y manejar objetos pesados. Sin saber por qué, al verlo Balduino sonrió, feliz. Karl levantó la vista hacia él y le devolvió la sonrisa.

 

      -¿Empiezo, señor?-preguntó.

      -Por favor, compañero-contestó Balduino-. Cuando te canses, me avisas y sigo yo, ¿sí? Oh, Dios mío me olvidaba de ese sabandija... ¡Hansi!-gritó al niño, que tras levantar del suelo un palo lo blandía a modo de espada, luchando contra un enemigo imaginario-. Vas a quedarte sentadito en un lugar que te indicaré, y pobre de ti si te mueves de ahí siquiera un codo en una dirección u otra.

       -Eso no podrá ser, señor Cabellos de Fuego-contestó el niño, con una sonrisa compradora-. Me aburriría. Dijo Jesús...

      -¡Deja a Cristo en paz, y obedece!-rugió Balduino.

      -Malo-reprochó Hansi, ya sin sonreír y con cara de desolación.

      -¡Sí, señor: una pòrquería! ¡Un horrendo ogro de cuentos de miedo! ¡Pero me obedeces, o desearás que te caiga encima, porque así la sacarás más barata, el árbol que precisamente trato de evitar que te caiga encima!-gritó Balduino-. Allí, mira. Sentadito contra ese árbol, donde te pueda ver. Muy bien, Hansi, qué chico tan dócil-agregó burlonamente cuando el niño, enfurruñado, fue al sitio que le había tocado en suerte-. He ahí la conducta ejemplar que debe guardar el monaguillo de nuestro buen Fray Bartolomeo.

      -Malo-repitió Hansi, sentándose a regañadientes en el sitio asignado.

      Balduino iba a contestarle, cuando vio a la distancia algo que no le agradó, y se alejó a grandes zancadas hacia Hundi y Adam, a quienes había puesto a ocuparse de un mismo árbol.

 

      -Adam-dijo al larguirucho desgarbado, que estaba apoyado en el mango de su gigantesca hacha mientras Hundi atacaba el árbol como si de un enemigo se tratara-, más vale que luego me entere de que has trabajado, o te arrearé una patada como para dislocarte el esqueleto completo.

 

      -¡Ah, si yo no soy muy útil para nada!-exclamó Adam, en un irritante tono de lloriqueo infantil que hasta de Hansi hubiera resultado indigno.

 

      -"¡Ah, si yo no soy muy útil para nada!"...-se burló Balduino, en una parodia exacta del lloriqueo de Adam, que hizo que Hundi estallase en carcajadas-. No eres útil porque no quieres serlo, sólo te importa tu bendito Fuego de Lobo, pero yo te haré cambiar de ideas. Si para ello necesito acomodártelas un poco a trompadas, lo haré sin vacilar. Hundi: avísame si este sujeto remolonea cuando le toque el turno de poner en movimiento su hacha.

 

      -A la orden, señor Cabellos de Fuego-contestó Hundi, echando a Adam una mirada maligna, que le fue retribuida con otra en la que se vislumbraba algo parecido al odio.

 

      E iba ya Balduino a volver junto a Karl, cuando un "¡Eh, muchacho!" desde la distancia, pronunciado por el vozarrón de Thorvald, lo hizo enfilar en dirección a éste. Al llegar junto a él, notó por su cuenta que Anders, quien precisamente formaba pareja con Thorvald, manejaba el hacha con una abulia única.

      -Anders, pon más ganas en lo que haces-lo reprendió con suavidad.

      -Estoy cansado-protestó Anders.

      -¡Pero no digas estupideces!...-exclamó Balduino, irritado-. ¡Diecisiete años...y te cansas de sólo empuñar un hacha!

      -Muy bien-gruñó Anders, adoptando una postura más erecta, siempre hacha en mano-, pero supongo que hoy no tendremos práctica, ¿no?

      -¡Por supuesto que la tendremos!-replicó terminantemente Balduino.

      Anders se inflamó de ira y descargó un hachazo tal, que fue evidente que en él puso toda su rabia. Cuando vio que el instrumento se había hundido demasiado en el tronco, se puso a soltar palabrotas mientras en vano forcejeaba para retirarlo.

      -Así no, Anders. Malgastas tu energía-dijo Balduino.

      Anders, colérico, se volvió hacia él:

      -¡ CÓMO SE HACE!-vociferó, no sabiendo si estaba más harto del hacha incrustada en el tronco y perfectamente inamovible, o del pelirrojo regañón.

      La paciencia de Balduino para con la rencorosa furia y el mal carácter de Anders se estaba agotando, pero todavía, gracias a esfuerzos sobrehumanos, halló un resto.

      -Muy bien: házlo-repuso, luchando por reprimirse; y se volvió por fin hacia Thorvald, quien aguardaba pacientemente-. Te escucho.

 

      -Sólo quería decirte que no vale la pena que pongas a Snarki a trabajar solo-dijo el gigantesco anciano-. Te hará perder tiempo. No está habituado a estas cosas, ¿sabes? Es muy bueno en su oficio, la fabricación de artículos de cuero, y nada más. Así que no te gastes.

      -Ya me di cuenta de que como leñador no se siente muy en su elemento, pero igual quiero que haga este trabajo solo-respondió Balduino-. Desde hace varias noches venía teniendo yo una pesadilla. Soñaba que Hansi lloraba y que yo no podía lograr que me explicara qué lo afligía. Tal vez suene tonto, pero tuve miedo, porque lo tomé como un presagio de que algo malo iba a ocurrirle. Hace dos noches, sin embargo, desperté de ese sueño y descubrí que quien lloraba de verdad, sin levantarse del suelo, era Snarki.

 

      -Sí, es frecuente que llore así-informó Thorvald-. Seguramente lo escuchabas llorar a él, y soñabas que era Hansi quien lo hacía.

      -En ese momento sentí por él una pena como nunca creí poder sentir. Me conmovió. Tal vez porque imaginé devastada por lágrimas esa cara de bebé gordo que tiene-dijo Balduino.

      -¿Y con eso?-preguntó Thorvald, con aire indiferente.

      -He averiguado con los otros. Aparentemente, él está sentenciado a muerte por lo de la niña violada y asesinada, y sólo se salvó temporariamente de la horca porque lo destinaron a Vindsborg. Veladamente, Adler me dio a entender que Snarki hasta ahora se mantenía tranquilo, porque contaba con fugarse junto con el resto del grupo en algún momento. Nunca me cupieron dudas de que se tramaba algo así; pero parece que ahora hubo un cambio de planes, que Ulvgang renunció a una eventual fuga y que amenazó con destripar a quien lo intente. Así que Snarki teme exponerse a su ira si se fuga él solo.

 

      -¿Y qué tiene que ver todo eso?

 

      -He llegado a la conclusión de que Snarki es, tal y como él afirma, inocente del crimen que se le atribuye, a menos que sea culpable pero esté sinceramente arrepentido de ese crimen por el daño causado y no sólo por el miedo al castigo. Fíjate que no ha intentado suplicarme que de alguna manera lo salve de la horca. Tras ser descubierta y está a punto de ser castigada por una monstruosidad así, la reacción habitual de una persona sería derrumbarse rastreramente, suplicando por una clemencia inmerecida. Snarki no hizo nada de esto. Sólo llora en secreto por las noches. Sus compañeros me dijeron que aparentemente ni intentó defenderse en el asunto de la niña violada y muerta; que se siente un hombre con pésima suerte, gordo y feo, y a quien nadie creerá una sola palabra.

      -Y efectivamente, es todo eso que cree ser-confirmó Thorvald.

      -¡Pero que luche igual!-exclamó Balduino, apasionado-. ¡Que se plante delante de todo el mundo, golpee una mesa y grite: Soy inocente, digáis lo que digáis. Atrapasteis al equivocado, os guste o no.

      -
Ya veo-dijo Thorvald-. Y tú pretendes que se haga de carácter, ¿eh? Lo obligas a enfrentar desafíos que de otra forma no afrontaría, para que descubra que es capaz de muchas cosas que no imaginaría y se le infle un poco el orgullo, ¿no?

 

      -Exacto.

 

      -Pues te sugiero que emplees tu tiempo en algo más productivo que en gordos cualunques-dijo desdeñosamente Thorvald-. Cada día que pasa te vuelves más raro... El mundo no cambiará porque Lambert resista un invierno más o menos, ni porque Snarki encuentre su propio orgullo; como tampoco serás tú quien logre cambiar el mundo.

 

      Ante tales palabras, Balduino primero quedó descolocado de incredulidad; luego, lentamente, lo fue invadiendo una negra rabia.

 

      -Si tuvieras veinte años, te demolería a trompadas; porque me estás cansando-dijo-. Ya sé que no puedo cambiar el mundo, pero ése es un magnífico pretexto para ociosos y cobardes, que de esa manera no mueven un dedo para modificar cualquier injusticia o maldad que vean alrededor.

      -¿Y qué gloria te aportará imbuir autoestima a Snarki?-preguntó Thorvald, burlón.

 

      Balduino estaba absolutamente saturado. Thorvald daba la impresión de no ser la persona noble que él había creído, pero hasta eso era lo de menos; lo que ahora quería del viejo era que dejase de importunarlo.

 

       -¿Y qué gloria, qué reconocimiento obtuviste tú por vencer al poderoso y temido Sundeneschrackt, después de todo?-gritó-. ¡Ninguno! Los créditos se los llevó Einar, y por una empresa que dio más trabajo, seguramente, que darle una mano a Snarki para que recobre o adquiera su orgullo. Creí que eso no te importaba, que te interesaba sólo haber hecho lo que tenías que hacer.

      -Aquella empresa al menos me sirvió para demostrarme a mí mismo de qué era capaz. Por lo demás, creí entender que la gloria era importante para ti.

      -¡Déjame en paz con la maldita, reputísima gloria!-estalló el pelirrojo-. También en esto prueba uno de qué es capaz, no sólo luchando contra los Kveisunger o los Wurms. Sigo siendo un Caballero aunque por el momento esté privado de grandes empresas. Por otra parte, no las merezco, si no puedo atender a las pequeñas por considerarlas indignas de mí. Un Caballero debe entender de la nobleza de lo que emprende, no de su magnitud Y además, en Kvissensborg fui bien humillado por tu amigo Einar. Tal vez antes de eso no valoraba la importancia del orgullo y la autoestima, pero ahora veo que son fundamentales. ¿Y cómo quieres entonces que no me preocupe por Snarki?

 

      -Tú te preocupas por él, quizás yo me preocupe por ti-contestó calmosamente Thorvald-. Einar me enseñó que soy un fracasado. Erré mi camino en la vida, igual que tú. Si aspirabas a la grandeza, debiste colocarte a la diestra del Rey y susurrarle adulaciones al oído, en vez de ingresar a una Orden proscrita de Caballería.

 

      -Allá tú, si tu idea de grandeza es ser el rastrero de los poderosos-contestó secamente Balduino-, y ¡vaya triunfo el de Einar! ¡Dirigir una prisión en un sitio del que nadie jamás oyó hablar!... Me voy a reemplazar a Karl. Déjame en paz.

 

      Dio media vuelta, todavía echando chispas de rabia. Thorvald lo vio alejarse, y habitualmente fríos y duros ojos azules había ahora un matiz de orgullo.

      -No es que le tenga simpatía al pecoso-gruñó de repente Anders, dejando de hachar, tarea reemprendida luego de zafar del tronco el instrumento de trabajo-, pero en este caso creo que lo que trata de hacer con Snarki es bueno y noble.

 

      Thorvald estalló en una sonrisa que Anders no pudo ver, ya que el viejo le daba la espalda.

      -Tú mejor no te metas y sigue hachando, si no quieres que él vuelva a sermonearte-sugirió-. Y sería bueno que te afeitaras, pichón. La primera vez que hablé contigo era como si me dirigiera a un nieto. Ahora parece que le hablara a un puercoespín sucio y feo.

      -Mucha gente no se afeita-objetó Anders, como quien no quiere la cosa, volviendo al trabajo.

      -No me vengas con indirectas-gruñó Thorvald-. A cierta edad o en determinadas circunstancias, uno puede dejarse estar. Pero se supone que tú algún día serás un  gallardo Caballero, cosa que disimulas muy bien con esa facha de patán que ahora tienes.

     -Pues que primero se afeite Balduino, entonces-dijo Anders, asestando un hachazo.

      -En eso tienes razón, él debería dar el ejemplo. No te preocupes, que como siga con ese aspecto de mendigo le bajaré la barba a sopapos.

 

     

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23 enero 2010 6 23 /01 /enero /2010 18:01

      Balduino iría informándose de estas cosas progresivamente y por fuentes muy diversas. A esta altura de los hechos, sin embargo, él no habría podido imaginar, tan lejana estaba la guerra de Freyrstrande, hasta qué punto le incumbirían esos asuntos bastante tiempo más tarde. El destino de un hombre puede ser algo muy extraño.

 

      Para él, pensar en la guerra pasaba ahora por cosas como acondicionar el torreón. Cuando las escaleras que llevaban a lo alto del mismo estuvieron reparadas, las examinó y quedó muy satisfecho de la solidez de los peldaños. Sólo lamentaba que el resto de la estructura no hiciera juego.

 

      Cumpliendo con su parte del trato, entregó a Thorstein el Viejo los barriles de carne de foca y las pieles adobadas y ¿todos contentos? Pues no: Kurt no estaba nada contento.

 

      -Amigo, el otro día te traje una mujer, pero tú no estabas-reprochó a Balduino.

 

      -¿Todavía la tienes con eso?-protestó Balduino-. Ya te dije que...

 

      Kurt hizo un amplio ademán con su diestra, un gesto propio de alguien que es depositario de la Verdad Suprema y que por ningún motivo está dispuesto a dejarse convencer con pueriles argumentos de tontos.

 

      -Amigo, necesitas una mujer-ìnterrumpió-. En Vindsborg todo está muy sucio.

 

      -Dime una cosa-gruñó Balduino-: ¿"inspeccionaste" Vindsborg sólo para tener una excusa para encajarme de prepo una mujer?-y ni él mismo imaginaba en ese momento hasta qué punto eran certeras esas sospechas.

 

      -¡Pero cómo dices eso, amigo!-exclamó Kurt, y en su sonrisa se entremezclaban inocencia y picardía de un modo muy peculiar, confiriendo cierta apostura a su semblante más bien tosco.

 

      Balduino no le prestó más atención. Tenía otras preocupaciones en mente. No le gustaban en absoluto las aberturas del torreón, demasiado amplias, por las que en invierno se filtraría un frío de muerte. Tampoco lo convencía que Vindsborg careciera de hogar. Debido a dicha carencia, a Ursula la habían instalado en la herrería, que gracias al calor de la fragua, persistente mucho después de que ésta se apagaba, era el sitio más confortable.

 

      -Desde hoy no habrá más  dos guardias al pie de Vindsborg-decidió Balduino-. Basta con uno. El otro irá al torreón; pero todavía hoy no.

 

      -¿Y por qué hoy no?-preguntó Thorvald.

 

      -Porque hay que ponerlo en condiciones primero. Quiero que tapemos un poco las aberturas: de noche debe hacer un frío insoportable allí arriba. Conseguiremos un brasero para que quien esté de guardia allí tenga con qué calentarse. Además, cuando haga demasiado frío suprimiremos el puesto de guardia al pie de Vindsborg, que no es imprescindible, después de todo. Hoy quiero que nos dediquemos a la construcción de un hogar, si conseguimos con qué hacer argamasa. Si no, habrá que conseguir en Vallasköpping lo que haga falta.

 

      -Con el calor que hace, y tú pensando en construir un hogar...

 

       No podía decirse que hiciera exactamente calor. En Freyrstrande jamás hacía calor de verdad. Pero Balduino no contradijo a Thorvald, porque se estaba acostumbrando al inhóspito clima local, y lo cierto era que, con el verano recién empezado, por lo general a mediodía debía desnudarse de la cintura para arriba cuando trabajaba duro.

 

      -De acuerdo-convino-; pero no siempre hará calor. Vendrá el otoño y luego el invierno, y hará frío.

 

      -Bah. Los jóvenes como tú tenéis vuestra propia sangre para calentaros-rebatió Thorvald.

 

      -Joven o viejo, estoy seguro de que aquí el invierno será terrible, y tendré tanto frío como cualquier otra persona.

 

      Thorvald hizo un  gesto burlón.

 

      -¡Con veinte años!...-exclamó desdeñosamente.

 

      -No me interesa. Tendré frío. Y si yo, siendo joven, tendré frío...

 

      -...te abrigarás bien, y a otra cosa.

 

      -Puede ser, no sé. Pero lo que quiero decir es que, si yo tendré frío, otros directamente se congelarán.

 

      A espaldas de Balduino, Ulvgang seguía atentamente el debate entre éste y Thorvald, a quien lanzaba de vez en cuando ciertas miradas de lo más enigmáticas.

 

      -Karl, el pichón, tú y yo mismo resistiremos-dijo Thorvald-. Puede que también los otros, no sé; al fin y al cabo, también la mazmorra era helada, y aquí los tenemos. Pero igual se trata de presidiarios; así que, ¿qué importa?

 

      -Importa, porque son los hombres que tengo, y no podré reemplazarlos si mueren.

 

      -Se ven bastante resistentes...

 

      -Algunos, sí; pero fíjate en Lambert, por ejemplo.

 

      -Bah. Para lo que te servirá Lambert... Qué importa lo que le pase.

 

      Balduino explotó, definitivamente harto de aquel debate.

 

      -Pero todavía mando yo aquí, y no quiero que le ocurra nada-exclamó furioso, mirando a Thorvald a los ojos-. Y quiero un hogar. Y se terminó.

 

      -Bueno, bueno, muchacho, cálmate... Tendrás tu hogar-respondió Thorvald, conciliador pero sin amedrentarse por lo demás ante aquel arrebato de cólera.

 

      Y cuando Balduino le dio la espalda, Thorvald guiñó un ojo a Ulvgang, quien sonrió con ironía.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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