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4 octubre 2010 1 04 /10 /octubre /2010 23:00

      En su libro Los druidas, T.D. Kendrick opina de éstos que, si no se les hubiera otorgado la específica denominación de druidas y se los conociera simplemente como sacerdotes de los celtas, no habrían sido tan famosos. Esa fue la razón por la que en la ficción de El señor Cabellos de Fuego los piratas del Mar de Nerdel, híbridos de las razas Bersik y andrusiana (y por consiguiente, feos como el diablo) recibieron también un nombre específico, el de Kveisunger o piratas Kveisung: era una forma de intentar hacerlos interesantes o especiales con sólo nombrarlos. Pero que se incluyeran piratas en el argumento fue, si puede decirse, producto del azar. Todavía no había decidido cuántos ni quienes serían los hombres a cargo de Balduino en Vindsborg, cuando empecé a describir los inicios de la guerra contra los Wurms, y para que la entrada en escena de éstos fuera más espectacular e impactante, se me ocurrió aumentar su dramatismo precediéndola de perturbaciones alarmantes y en principio inexplicables cuya relación con los dragones invasores se descubría más tarde. Sólo entonces se me ocurrió incluir piratas en la trama, y sólo entonces se me ocurrió explotar al máximo las apasionantes y enigmáticas leyendas a las que suele hallarse asociado el océano. Y fue sólo entonces, también, que dirigí mi atención hacia los hombres de Vindsborg, decidiendo que algunos de ellos podían haber sido piratas. Inicialmente el número de ellos era de siete, pero poco después se me ocurrió que otros tres podían haber quedado en las mazmorras de Kvissensborg como rehenes para asegurarse de que no hubiera evasiones. Venía muy bien, por otra parte, que la dotación de Vindsborg estuviera integrada por tipos de verdad peligrosos, porque eso explicaba satisfactoriamente la atmósfera opresiva que había imaginado en torno a Balduino y Anders en los primeros días de éstos en Freyrstrande. Sin embargo, la primera versión no salió como yo quería: Ulvgang y los otros no lucían siniestros, como quería que inicialmente se vieran sino, por el contrario, denasiado simpáticos y chistosos de entrada. En las versiones posteriores, imaginando el posible pasado de estos personajes, surgieron Broddervarsholm como glorioso bastión pirata, Nibilshaven como su más infame contrapartida, la Schulternsgrabe o Fosa de los Culpables, donde los sentenciados a muerte eran ejecutados arrojándolos a las fauces del monstruo marino Skazar y detalles por el estilo. En cuanto a la batalla naval entre el Leviathan y el fantasmal navío Holmenesheld, que Ulvgang describe a Balduino estando ambos en Eldersholme, fue para mí un desquite personall. Allá por 2003 fui al cine a ver La maldición del Perla Negra, que me pareció un fiasco y un asco. La historia de Thorben, su extraña y tétrica relación con la misteriosa Schwummelinbrud y su muerte en combate contra guerreros espectrales fue para mí cumplir con mi sueño del pibe, como decimos en Argentina; recrear lo que yo precisamente había esperado encontrar, sin éxito, en La maldición del Perla Negra. Escribir otorga ese tipo de satisfacciones: uno no depende, para entretenerse, de encontrar algo en TV tras arduo zapping, sino que puede elaborarlo a su gusto.

      Del ataque de Sundeneschrackt y sus huestes a la poderosa Drakenstadt, al que apenas si se hacía mención en la primera versión de El señor Cabellos de Fuego, se dan abundantes detalles en ésta, la tercera y definitiva, porque para la célebre metrópoli del Norte, más de diez años después, seguía siendo una herida abierta. Blotin Thorfinn intenta más tarde repetir la hazaña, pero con increíble torpeza, usando más la fuerza que la astucia y, podemos presumir, prescindiendo de la relativa honorabilidad habitual en los Kveisunger de Broddervarsholm que, como todo bandido digno, tenían sus códigos. Podemos inferir que Thorfinn no los cumplía porque, cuando Balduino ve por primera vez a Hansi cerca de sus Kveisunger, se aterra. Todavía no sabe prácticamente nada de Sundeneschrackt, excepto lo que le han dicho: que el ataque de éste a Drakenstadt había estremecido a dicha ciudad hasta sus cimientos, y que en toda Andrusia se lo recuerda todavía con temor. Blotin Thorfinn, dicen, no pasa de ser un mal imitador suyo. Ahora bien, Balduino ha oído que Thorfinn mató incluso a niños. Nada semejante ha escuchado de Sundeneschrackt; pero si éste fue aún peor que Thorfinn, uno pensaría que fue igual de inhumano o peor, y es lo que hace Balduino. Pero ninguno de los Kveisunger de Vindsborg sería capaz de dañar a Hansi, Thommy o cualquier otro niño, como pronto se hace evidente. Por otro lado podría pensarse también que los rumores de que Thorfinn y sus huestes asesinan niños son exageraciones; sin embargo, llama la atención que no se haya exagerado de manera similar sobre Sundeneschrackt, atribuyendo a éste actos idénticos. Esto hace pensar que Thorfinn sí es todo lo despiadado que se dice. 

      Otro indicio de ello nos lo brindan sus respectivos apodos. Ulvgang era Sundeneschrackt, "el Terror de los Estrechos": alguien que infundía mucho, mucho miedo. En cambio, Thorfinn era Blotin, "Sanguinario", alguien a quien tal vez no se temiera tanto, pero que en cambio debía hacerse odiar mucho. Por algo las ciudades costeras de Andrusia Occidental de inmediato consideraron prioritario eliminarlo: acabar con alguien así era un honor que se disputaban los mejores guerreros. En cambio, con Sundeneschrackt no había la misma prisa, porque le tenían miedo aun cuando no fuese un carnicero inmisericorde. Y cuando al fin se lo combatió, la iniciativa provino de Helmberg, ciudad que por su ubicación, en Andrusia Oriental, no había estado entre las más afectadas por las correrías del legendario Kveisung, aunque por otro lado Thorstein Eyjolvson, hablando con Dagoberto de Mortissend del fin de la carrera pirata de aquél, afirme que Thorhavok (baronía cuya capital es precisamente Helmberg) tenía cuentas pendientes con Sundeneschrackt. Lo que fuera, debía datar de antes del ataque de éste a Drakenstadt ya que, según Thorvald Hanson, dicho ataque había servido para acelerar la campaña naval contra los Kveisunger; por lo que se deduce que esa campaña venía planeándose ya desde antes.

      En cuanto a Drakenstadt, hasta qué punto la humillación a manos de Sundeneschrackt la dejó herida en su amor propio lo demuestra el escándalo que tiene lugar cuando trasciende que él y los sobrevivientes de su tripulación están libres. La falsa noticia de que fue Balduino quien los liberó acarrea la caída en desgracia del pelirrojo, antes colocado al tope de los pedestales por su papel de autor intelectual del plan de rescate de las dotaciones de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg.

       En especial difíciles de manejar fueron precisamente las relaciones entre Balduino y los Kveisunger que con tanta gentileza puso bajo su mando Einar, sobre todo porque en todo momento, al principio, Balduino miraba a los piratas a través de mis ojos; algo que él, como militar, no podía permitirse. Así que tuve que revertir eso y ser yo quien viera a través de los ojos de Balduino, quien se mostró mucho más desconfiado que yo, aun luego de establecer con ellos cierta corriente de camaradería. A mí, Sundeneschrackt me habría podido engañar a su antojo. Lo cómico es que, como al principio también era yo quien veía por los ojos de Ulvgang, no había forma de que éste aprovechara la torpeza de Balduino. En las siguientes versiones esto cambió, pero seguía teniendo un problema en relación a los tres Kveisunger que seguían de rehenes en Kvissensborg. Como autor, me parecía injusto que siguieran en las mazmorras, siendo que sus compañeros estaban bajo una especie de libertad condicional, en Vindsborg. Quería que también ellos quedaran libres: Tarian, por supuesto, porque era inocente, pero también los otros dos. No era lógico que Balduino los soltara sin tomar sus precauciones. Tuve que justificar la medida alegando razones estratégicas. Qué sucederá cuando al fin Hendryk Jurgenson y el siniestro Kehlensneiter abandonan la mazmorra (si Balduino no termina reconsiderando su decisión ni se produce un imprevisto) se sabrá en enero o febrero de 959... Y del 2011.

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24 septiembre 2010 5 24 /09 /septiembre /2010 18:54

      Antilonia es una región geográfica delimitada por los Ríos Antilón del Norte y Antilón del Sur en sus fronteras septentrional y meridional respectivamente, y por las cumbres del Espinazo de Lotario hacia el oeste y el río Rattapahl al este. Las tribus nómadas que la poblaban fueron duramente sometidas al vasallaje romano, aunque también hubo casos de fusión pacífica entre invasores e invadidos. Cuando Roma retiró sus legiones, Antilonia, de modo un tanto arrogante, pasó a considerarse heredera cultural y política de Roma en toda la Europa Traslotárica, y se erigió en reino independiente con capital en Iforas, la actual Tartre. Se conservan pocos datos concretos de su historia anterior al año 744 en que se sometió voluntariamente a Cernia, pero según tradiciones que la arqueología tiende a confirmar, hasta ese año Antilonia habría venerado a una deidad pagana protectora de la dinastía gobernante, identificada por algunos historiadores con Marte y por otros con Mitra, y manifestado abierta hostilidad hacia los cristianos, que habrían sido cruelmente perseguidos. Por último, Marciano de Antilonia se declaró vasallo de Maximiliano de Cernia y se convirtió al cristianismo. Sus hazañas en el campo de batalla le trajeron gran renombre y no mucho después de su muerte fue canonizado.

      Todos estos datos van para la persona, no sé quién fue, que quiso buscar datos geográficos sobre Antilonia en Internet, y no los encontró. Y ahora, para quienes empiecen a temer haberse quedado dormidos o ausentado durante las clases de geografía e historia del colegio, aclaración necesaria: todo lo dicho antes es, como decimos en Argentina, una truchada, puro bla bla, un invento de cabo a rabo. Los romanos jamás invadieron Antilonia porque ésta no existe, ni, casi, ningún otro lugar mencionado en EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, excepto unos pocos, como Suomi, que es el nombre original de Finlandia. La Danzig que se menciona en el argumento ninguna relación guarda con la que existe en la realidad, y en cuanto a Drakenstadt, me enteré, después de haberla inventado de la existencia de una ciudad del mismo nombre en no sé qué país, supongo que Alemania.

      En realidad, el topónimo Antilonia surgió del deseo de confundir un poco a los lectores, dando una impresión de realidad que por lo visto en el caso apuntado más arriba logré con cierto éxito. Uno de los recursos a los que eché mano fue inventar, para la geografía de la novela, nombres que sonaran conocidos al lector. Antilonia no existe, pero sí Babilonia, Aquilonia (al menos en las novelas de Robert Howard), Polonia y quién sabe qué otras. La primera parte del topónimo tiene su origen en Antinea, nombre de una canción que estaba escuchando al momento de inventar la palabra, y también de una reina de la Atlántida en una novela cuyo nombre no recuerdo en este momento.

      La mención de San Marciano de Antilonia que hacíamos más arriba viene muy al caso para presentar al pobre Calímaco, segundón de la casa baronial antilonia que con semejante ancestro en su álbum familiar y las presiones para no ser menos, seguramente habría preferido nacer en cuna humilde y seguir oficio de zapatero; pero la nobleza no tenía muchas opciones, entraba en el clero o en la milicia. Si entraba en el clero estaba jodido, porque se esperaba de él, ni más ni menos, que llegara a santo, o eso podemos suponer con semejante precedente en lo tocante al ámbito religioso. Si entraba en la milicia estaba rejodido, porque el precedente de marras encima había sido el terror de sus enemigos, espada en mano. Perdido por perdido, Calímaco eligió la segunda de ambas opciones. ¿Por qué? Tal vez porque su ilustre antepasado en lo religioso había sido santo, pero en lo militar no un conquistador de un imperio, con lo cual el objetivo parecía humanamente más alcanzable. Quizás porque le pareció más divertido jugar con espadas que rezar todo el día. Tal vez porque, si alguien lo criticaba, espada en mano era más fácil acallar esas críticas, de buen grado o derramamiento de sangre mediante. Bueno, esta opción, en realidad, descartémosla. Calímaco es un buen muchacho.

      El problema fue que le tocó ser armado Caballero en muy mal momento, cuando los Wurms hostigaban el norte del reino. Con excelente voluntad para cumplir con su deber, e imaginándose posando para una foto con el pie sobre un dragón abatido por él mismo a punta de espada, el bueno de Calímaco se unió al primer contingente de refuerzos que marchó hacia dichas latitudes. Pareció que tenía suerte, que cuando llegó a Drakenstadt, los Wurms ya se habían ido. Pero allí estaban él y otros que habían venido a prestar auxilio y, aunque ya no fueran necesarios, había que agradecerles de algún modo. No pudiendo hacerlo personalmente por estar de guardia, Maarten Sygfriedson encomendó esa tarea a otros Caballeros, entre ellos Ignacio de Aralusia y Edgardo de Rabenland, el hermano de Balduino. Ignacio es más bueno que el arroz con leche y tiene paciencia para con las tonterías de novato de Calímaco; pero Edgardo, más sarcástico y para colmo con todo el peso de un día negro sobre sus espaldas, no es tan tolerante, y se burla alevosamente de él, hasta que por último termina despertándole un flanco protector y lo coloca bajo su ala.

      Desafortunadamente, esa noche estalla el desastre cuando los Wurms regresan esa noche de pánico y locura que dará inicio al llamado Día de la Gehenna. Ante la Muralla Oeste, bombardeada por el fuego asesino de los reptiles (a los que no puede ni quiere ver), el coraje del pobre Calímaco se desvanece. Ahí nomás rompe a llorar de terror, y se hace necesario que el temible y feroz Dunnarswrad lo sacuda y lo amenace con su vozarrón de trueno para que por fin el joven antilonio deje de lado su miedo y haga algo útil.

       Creo que en esos momentos Calímaco es un personaje muy entrañable. Ya nadie recordará su tontería anterior, y Edgardo menos que nadie. ¿Quién no puede entender que lo carcoma el miedo? ¿Quién no tuvo deseos, alguna vez, de darse de entrada por vencido de antemano, de echarse a llorar superado por una situación adversa? ¿Quién no se vio forzado a seguir adelante, pese a todo, porque algo o alguien muy similar a Dunnarswrad lo obligaba a continuar? Y sin embargo, Calímaco siente vergüenza de esa flaqueza suya, imagina que todos lo miran reprobatoriamente y no se da cuenta de que lo entienden demasiado bien, porque ellos mismos quisieran hacer otro tanto. Lo que ocurre es que saben que no pueden permitírselo a sí mismos. Por supuesto, siempre hay alguien que en esto baila fuera de compás, y ese alguien en este caso es el Gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, quien se siente avergonzado por esa reacción de Calímaco, a pesar de que él personalmente no parece tener gran protagonismo activo en el frente de combate. Típico de muchas personas, eso de no hacer nada pero criticar lo que hacen otros... Por suerte, en el momento en que a Calímaco se lo está mortificando viene Edgardo, muy arrepentido de los sarcasmos que le había dedicado, y de un puñetazo pone algunas cosas en su lugar. A quienes se avergüenzan de sí mismos por no haber podido ser fuertes todo el tiempo dedicaremos entonces ese glorioso puñetazo, para cerrar el presente artículo, y repitiendo palabras de Edgardo: con sólo estar allí, intentando hacer frente a lo que sea que los amenace, aun cuando en algún momento, incluso antes de empezar, sientan que ya no dan más. Lo entenderán aquellos que valgan la pena... Y quienes no lo entiendan, quizás no valgan mucho. Entre ser un Calímaco de Antilonia y un Tancredo de Cernes Mortes, siempre será preferible lo primero; y con seguridad un Calímaco no vale menos que un Balduino o un Maarten.

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23 septiembre 2010 4 23 /09 /septiembre /2010 18:14

      Es curioso que, entre las pocas opiniones que recibí a propósito de los personajes de este libro, esas escasas opiniones coincidan en señalar a Adam Thorsteinson como el que más logró ponerles los pelos de punta. Esto no dejó de llamarme la atención, en especial porque originalmente Adam era un personaje "de relleno" entre los trece presidiarios enviados a Vindsborg a modo de dotación, y sólo más adelante, con la tercer versión, logré pulirlo para que estuviera más o menos en pie de igualdad con los otros. Por otra parte, queda claro que Adam, por repulsivo que resulte, no es peligroso en sí mismo: flacucho y enclenque, parece ser alguien a quien hasta Lyngheid podría derribar de un cachetazo, si se lo propusiera. Pero en cuanto a repulsivo, lo es, y con muchas ganas. Adam no sólo es pesimista y negativo, sino que parece sentir especial placer en contagiar a otros su pesimismo y negatividad. Ulvgang y los restos de su hueste pirata, que al menos de palabra tanto pregonan la unión y solidaridad entre "los del grupo", declaran sin rodeos que por Adam no estarían dispuestos a jugarse en ningún caso. A Balduino lo que más le da cosa (como diría el Doctor Chapatín, el personaje de Chespirito) es que en determinado momento, algunos indicios tienden a probar que, alguna vez, Adam fue Caballero de la Orden del Viento Negro, es decir, de la suya. Cómo alguien que en otro tiempo debió haber ostentado ideales elevados y nobles haya terminado convertido en algo que, como caricatura de sí mismo, mueve más al llanto que a la risa, es algo que no logra entender, pero lo estremece: lo hace preguntarse si ese mismo destino podría ser el suyo. Dado que los seres humanos tendemos a sentirnos identificados con lo mejor, ¿podría ser que los lectores hagan suyo este miedo de Balduino? ¿Que lo que los espante de Adam es la posibilidad de que algo los haga terminar a ellos de esa manera?

      Es, por supuesto, una posibilidad; pero hay otra que podría explicar mejor la repulsión que suscita Adam,y es que éste no es más que una insinuación, una mera punta de iceberg, de algo mucho más horrible y siniestro: La Hermandad, especie de cofradía de hechiceros abocados a la magia negra a cuyo servicio él, presuntamente, estuvo, y a la que terminó traicionando. Que es, quizás, lo que más espanta a Balduino: caso de haber sido Caballero, Adam no sólo habría dejado de lado todos sus nobles ideales sino que, además, habría pasado a militar en el bando contrario. Lo más curioso es que de La Hermandad muchos niegan incluso que alguna vez haya existido, mientras que, según otros, halló su fin durante una espeluznante matanza perpetrada el 15 de diciembre del año 898, en lo que más tarde se llamó el Día de los Altares Rojos. Hay quienes descreen de que todo haya acabado en esa carnicería, acerca de la cual cunden infinidad de rumores, a cuál de ellos más macabro; y entre ellos está Balduino, quien supone que, aunque no ha alcanzado todavía el poder de antaño, La Hermandad empieza a levantar cabeza de nuevo.

       El origen literario de esta cofradía llegó con EL ÚLTIMO CUENTO DE HADAS, cuando necesité introducir en la trama un equivalente, en ese Medioevo imaginario, de la Mafia y el narcotráfico. En este último caso, no fue difícil convertir a las drogas en las Sales de las Brujas, porque hay quienes suponen que el origen de la brujomanía, al menos en parte, puede hallarse en el consumo de cereales afectados por hongos como el cornezuelo del centeno, que produce efectos alucinógenos, como la sensación de volar; es decir, pudo ser efecto de una especie de involuntario consumo de droga. De ahí a imaginar, en una novela fantástica, que la propia droga pudiera ser producto de magia negra, no había tanta distancia. Pero había un problema: en este Medioevo imaginario no hay tantas personas pudientes como para que una especie de narcotráfico sea actividad reedituable. Resolver este problema fue difícil hasta que cayó en mis manos una revista de Editorial Columba en el que aparecía un episodio de SAVARESE, gloriosa historieta del no menos glorioso Robin Wood. Creo recordar que el episodio en cuestión se llamaba LA MUERTE DE VITTORIO CEFALÚ, pero no estoy seguro. En dicho episodio, el protagonista, agente del FBI, era introducido de incógnito en la Mafia, con la mala suerte de que entre sus compañeros de los bajos escalafones mafiosos había uno, un tal Cusumano, que sospechaba de él. Al comienzo de la historieta, que tenía un clima opresivo justamente por la presencia alerta y siniestra de Cusumano, se comparaba a la Mafia con un pulpo malévolo, comparación por otra parte muy habitual; pero en fin, a veces uno no advierte algo cien veces que lo tiene ante su vista y sí lo nota a la centésimo primera vez. Se me ocurrió, entonces, que el objetivo de La Hermandad podía no ser ganar dinero, sino poder; que el efecto de las Sales de las Brujas podía ser restar energías a quienes las consumieran, y transferírselas, magia negra mediante, a los brujos cofrades, quienes podrían utilizar esas energías, por ejemplo, para transformarse. El problema es que en el proceso, estos brujos, afectados ellos mismos por magia negra que en cierto momento escapa a su control, terminan perdiendo toda traza de humanidad, y la misma conciencia de lo que realmente son; y así, incluso cuando tienen apariencia de seres humanos, son ya monstruos, y si cambian de forma, sólo en eso pueden convertirse. Ellos ni lo notan, advierten sólo que están saturados de poder, y nada más les importa. En su aspecto monstruoso son de verdad horribles, ya que no se parecen a ninguna criatura que realmente exista; sólo pueden ser calificados de cosas, y según algunos rumores, al menos algunas de estas cosas estarían dotadas de tentáculos.

      Todo esto es lo que se rumorea sobre La Hermandad; que sea cierto es otro tema, pero ni Balduino ni Anders ni nadie más tiene apuro para salir de dudas. Y de esta sociedad secreta, cuyos dirigentes están entre las clases dominantes, Adam viene a ser algo así como un dealer en el narcotráfico del mundo real. De veras que no es peligroso en sí mismo, pero tras el frontispicio que él representa sí hay algo peligroso, horrible y, todavía peor, intangible: algo que no se sabe exactamente dónde está, ni qué o quién es. Algo a quien él traicionó, ignoramos de qué forma, y que en cualquier momento puede venir a Vindsborg a cobrarse venganza.

      Inevitablemente, supongo que en los párrafos donde se habla de La Hermandad el estilo imita inconscientemente el de ese maestro del terror que fue el señor Howard Phillips Lovecraft. Espero al menos que sea una buena imitación y no una mala copia. Me queda en todo caso el consuelo de que la copia, como expuse más arriba, no fue argumental. El problema es que el estilo del maestro Lovecraft es muy propicio para crear un clímax opresivo y tenso como el que quería inspirar al referirme a La Hermandad. ¿Será, entonces, mérito indirecto del más ilustre ciudadano de Providence que Adam resulte un tanto escalofriante para ciertos lectores? En fin... Sí es así, ojalá le llegue de alguna manera mi gratitud por el crédito correspondiente...

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22 septiembre 2010 3 22 /09 /septiembre /2010 17:48

      Una de las mayores complicaciones fue imaginar a la novia de Balduino; en cierto momento hasta lamenté que se me hubiera ocurrido que tenía que tener una. La cosa habría sido más sencilla si la chica hubiera sido para Anders; a éste nada le habría importado, excepto que fuese linda. Pero no creía que Balduino fuese así de conformista, pese a ser, de los dos, el menos apto para poner muchas exigencias. Tal y como aparecía en la primera versión de EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, Gudrun era una chica muy, muy bonita y no menos aburrida y complicada, que hasta sentía celos... ¡de Ursula! Aquello decididamente no me gustó, porque entonces Gudrun iba a ser para Balduino más una fuente de dolores de cabeza extra que alguien cuya compañía resultara deseable. Y por otra parte, la cara bonita de Gudrun de alguna manera no parecía lógica para una pastora que debía cuidar de su rebaño en latitudes frías y en un ambiente más bien adverso. Se me ocurrió entonces que era preferible que fuese incluso un poco feúcha, con tal de que el suyo fuera un rostro con carácter. Hay caras, efectivamente, que sin ser horribles no son lindas, y sin embargo llaman más la atención que la de la modelo de moda; por caso, la de Meryl Streep. Algo así quería yo para Gudrun. Si hubiera sido realmente linda, con seguridad Anders habría tomado la delantera sobre Balduino, que era demasiado tímido con las mujeres en ese entonces, y se la hubiera quedado para él. Y además, en definitiva Balduino tampoco era precisamente un Leonardo Di Caprio; así que, ¿qué importaba si Gudrun no era un dechado de belleza? En este caso lo de adentro sí sería importante, y lo de afuera no tanto. Gudrun sería una mujer valiente y aguerrida como una amazona o una valquiria, capaz de hacer frente, con su honda, a cualesquiera depredadores que amenazaran su majada. A los hombres suelen enloquecernos las mujeres así.

      Por otro lado, me quedé pensando cómo sería su familia. Decidí que era mejor que fuese en gran medida un desastre; primero, porque también la de Balduino lo había sido. Diferencias muy pronunciadas de criterios familiares podían hacer que no se entendieran y que uno de los dos, o ambos, salieran huyendo en dirección opuesta. Y en segundo lugar, porque Gudrun tendría un temperamento que le permitiría soportar bastante bien la adversidad, y quería que eso se notara. Sin embargo, que terminara asesinando a su padre por golpeador fue prácticamente azar puro. Mi intención era en realidad que terminara echándolo; en algún momento, ya con Balduino en Freyrstrande, Heimrik volvía a su hogar. Recién llegado, intentaba ya golpear a su hija; pero Balduino llegaba en ese momento y salía en su defensa. Más tarde, los posibles agresores de Gudrun pasaron a ser presos evadidos de Kvissensborg (y la evasión se produjo, pero el drama que estalló debido a esa evasión, un tanto diferente, se produjo en casa de Thomen el Chiflado) y hombres de Einar. Estaba claro que yo iba con la típica mentalidad del que quiere ver al héroe salir en defensa de la chica de turno. Pero decidí descartar la idea por varias razones, de las cuales una muy importante es que era una idea ya muy trillada. La segunda era que no quería escribir algo que mostrara a las mujeres como inevitablemente dependientes de los hombres. Me parece que las mujeres pueden ser incluso muy superiores a los hombres a veces, sea en el campo que sea; y quería que eso no pudiera ponerse en duda. Una tercera razón era que no hay historia que nos cuente qué fue del caballero  andante o príncipe luego de casarse con la doncella a la que rescató del dragón, sin duda porque debió ser algo muy rutinario y gris. Luego de tan deslumbrante comienzo, ¡qué forma más fea de continuar una relación! Preferí por lo tanto que quizás era más conveniente que la de Balduino y Gudrun tuviera inicios menos espectaculares y heroicos, pero que resultara deseable. Aquí surgió un problema: ¿cómo podía hacer que ambos se vieran con mucha frecuencia, siendo que ella estaría ocupada con su rebaño y él con sus preparativos de defensa, su dotación de presos y demás? Respuesta: no había manera. Balduino y Gudrun tendrían que verse sólo muy esporádicamente. Pero esto era doblemente conveniente; primero, porque al no verse mucho, se extrañarían uno al otro, y segundo, porque al ser soltero temo que se me iba a ser difícil pintar de modo interesante un tipo de relación que a mí mismo no me resulta atractiva a priori.

       Tenía yo todavía que salvar unos cuantos escollos, uno de los cuales tenía que ver con el apodo de Cabellos de Fuego que llevaría Balduino. Ese no podía haber sido ocurrencia de los hombres de Balduino, que a lo sumo lo habían repetido irónicamente al principio hasta hacerse a él. Sonaba más bien a ocurrencia de muchachita enamorada. Pero si Gudrun tenía el carácter fuerte que yo había imaginado para ella, resultaba extraño que se pusiera tan romanticona. Entonces reflexioné que, por fuerte que sea el temperamento de cualquier persona, nadie esquiva algún momento de debilidad. Fue entonces cuando visualicé su historia, el asesinato de su violento padre (más o menos sabido por todos en Freyrstrand, pero sobre el que se guardaba hermético silencio), la muerte de su madre, un duro invierno en soledad durante el que Gudrun quizás habría temido, inclusive, volverse loca, y la posterior consulta a Erika, quien le habría agorado un futuro luminoso y colorido en el que ni un chico de seis años habría creído, pero al que ella se aferraría de modo insensato para sobrevivir en ese momento en que ya casi no le quedaban más fuerzas. La posterior llegada de Balduino como en cumplimiento de ese vaticinio forzosamente la dejaría confundida, pero entonces tendería a tratar de poner los pies sobre la tierra aun deseando lo contrario. En ese momento su conducta parecería inevitablemente la de una mujer complicada o histérica, la de alguien que parece coquetear por el placer de la seducción, sin conceder nada una vez logrado su objetivo. Creí que esto era conveniente como punto de reflexión, ya que los seres humanos somos rápidos y lapidarios a la hora de juzgar al prójimo en base a la fachada.

      La verdad es que Gudrun no es complicada ni histérica. Es, de hecho, tan práctica, que una vez que toma la decisión de aceptar a Balduino, cuyo destino es abandonar Freyrstrande y por consiguiente abandonarla también a ella, decide llorar en ese momento anticipadamente esa partida y luego disfrutar de su compañía y de la vida sin amargarse inútilmente. De un modo un tanto egoísta, Balduino piensa primero en llevarla con él. Por suerte Gudrun es sabia y reflexiva, y comprende lo descabellado de la propuesta, una invitación a un mundo en el que ella no encajaría. De hecho, en muchos aspectos demostrará más tarde Gudrun tener más seso que Balduino, quien no es tonto, pero comete el error de creer que por ser hombre se las sabe todas, y que, si ambos difieren sobre algún punto en particular, la que está equivocada por fuerza tiene que ser ella, cuando por lo general suele ser al revés.

      Y a no confundir, que Gudrun puede haber aceptado que Balduino y ella sean pareja -o al menos tan pareja como les es posible a ambos- pero eso no será obstáculo para que lo ponga en vereda cuando crea que su comportamiento es indebido. Claro que también es un sólido pilar sobre el que Balduino puede apoyarse en momentos de debilidad. El sí que tiene suerte. Qué lástima que Gudrun sea sólo un personaje de ficción... Me vuelve loco también a mí.

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19 septiembre 2010 7 19 /09 /septiembre /2010 20:57

      Apenas llegado a Freyrstrande con Anders, Balduino encuentra en la playa a un chico de unos nueve o diez años, que está haciendo castillos de arena en la playa. Así aparece Hansi Friedrikson por primera vez en la tercera versión de EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, pero inicialmente, en la primera, aparecía mucho más tarde, como uno de los tantos espectadores del duelo entre Anders y el campeón entonces innominado de Einar, y que más tarde resultó ser Thorkill Rolfson. Por ese entonces era también una figura de relleno, simplemente decorativa; no cortaba ni pinchaba. Pero un día estaba yo escuchando Cía Deilm Dremun Derdrethar, de la obra Deirdre of Sorrows, de Patrick Cassidy; y la imagen de chico travieso y sonriente de Hansi, pelirrojo y con tres o cuatro pecas, se apareció en primer plano en mi mente. Supongo que esto era inevitable, de algún modo: tengo tres sobrinos que se encuentran entre los seres más cercanos a mi corazón, y creo que en Hansi y Thommy hice en parte una especie de compilado de la forma de ser de todos ellos, adaptada a las circunstancias y con detalles propios también. Me pareció interesante intrducir una figura simpática, entre tierna, inocente y pícara. Quien creo que no me lo habría agradecido, al menos al principio, es Balduino, quien como si no tuviera ya bastantes dolores de cabeza con el páramo al que lo destinaron, las caras de terror que lo rodean en Vindsborg, su propia depresión y sus horizontes inciertos tiene, además, que hacer las veces de niñera de un mocoso no muy proclive que digamos a la obediencia.Y Balduino no está habituado a que no le obedezcan. En su mente hay una cadena de mandos muy clara: él da órdenes a los adultos (a quienes ni en broma se les ocurriría no obedecer a un Caballero, y menos si éste viene con su espada al cinto) y éstos trasmiten las órdenes a sus retoños. Ahora bien, en este caso falta el eslabón intermedio en esa cadena de mandos; y es un despropósito amenazar con armas a un nene para que éste haga caso. A Balduino, Hansi le rompe los esquemas y le produce tremendos dolores de cabeza. Revolotean grifos hambrientos en el cielo, pero el crío, muy ufano, sigue con sus castillos de arena y sus palos a guisa de espadas, sin inmutarse. O bien enfila muy campante hacia Vindsborg, hábitat de una fauna de terror recién salida de las mazmorras de Kvissensborg y respecto a la cual no es posible saber a qué atenerse, aunque los presos fuertes, los Kveisunger, dan muestras de estar encantados con Hansi. Pero la situación hace que a Balduino se le pongan los pelos de punta y le grita a Hansi hasta quedarse, casi, afónico, en inútiles esfuerzos por hacerse obedecer. Cuando el chico se digna obedecer (milagrosamente) una orden que no tiene muchas ganas de acatar, exhibe cara larga y no deja de hacer el clásico reproche: MALO.

       Así Hansi pone a prueba los límites de la paciencia de Balduino, aunque a veces termine achicándose y hasta huyendo a toda la velocidad que le permitan sus piernas, Varias veces Balduino está a punto de darle la paliza de su vida, pero siempre se contiene a último momento, divertido por los ruegos de Hansi, que incluyen citas bíblicas aprendidas gracias a su condición de monaguillo. Condición fortuita, quizás, ya que la aureola le tambalea un poco al angelito. 

      Es inevitable, en estas condiciones, que Balduino, de a poco, termine encariñándose con Hansi, quien es el primero, o uno de los primeros, en Freyrstrande en demostrarle con hechos que la vida es mucho más que sueños de gloria personal, de revanchas de niño malquerido yfrenéticas prácticas con armas. Para Hansi, quien vive con su padre pescador y siempre expuesto a los riesgos del mar y con una tía enferma y que finalmente muere sin que el lector llegue siquiera a conocerla más que de oídas, Balduino es una garantía de que en ningún caso quedará desamparado si desaparecieran los adultos de su entorno inmediato.

      Sobreviene entonces la tragedia. Que lo es, y enorme, desde el infantil punto de vista de Hansi. Friedrik, su padre, no es mal hombre, pero tampoco un maestro de la sutileza. De hecho, a veces es tan directo como un rinoceronte a la carga.Apenas la tía de Hansi desciende al sepulcro, Friedrik tiene una charla con su hijo en la que, por el bien de éste, intenta persuadirlo de empezar a iniciarse en la misma actividad que hasta ahora les ha dado el sustento: la pesca en alta mar. Durante esa charla, Friedrik saca a relucir que Balduino en algún momento volverá a irse y se olvidará de todo el mundo, Hansi incluido. Para el chico, que el señor Cabellos de Fuego, SU señor Cabellos de Fuego, lo olvide, es inconcebible. Pero al día siguiente, fatalidades que ocurren, Balduino está ocupado en tantas cosas que no puede dedicarle mucho tiempo, hecho que parece corroborar la opinión de Friedrik. Y por último, la cereza sobre la torta: cuando ese mismo día y poco más tarde aparece Thommy, el hijo de tres años de Thomen y Thora, el pobre Hansi se siente que el diminuto querubín rubio lo ha destronado del afecto de Balduino, y los celos empiezan a corroerlo, llevándolo a comportarse de tal manera que por fin le ganan la hasta entonces tan esquivada paliza a manos de Balduino, quien para colmo en la reyerta entre Hansi y Thommy siente resonancias de su propia amarga infancia. 

      Seguramente habrá quienes me acusen de exagerado cuando confiese que me deshice en lágrimas cuando exploré el alma adolorida de Hansi por esos temores que en definitiva tenían tan poco fundamento, pero creo que lo maravilloso de ser escritor es, precisamente, poder ver por un instante la vida desde los ojos y el ángulo del personaje de turno. Para Hansi, en ese momento su mundo personal se venía abajo y fue inevitable que yo mismo sintiera esa hecatombe. Y tal vez por la misma razón, creo que Balduino nunca me parecerá tan grande y noble como en ese momento previo a la reconciliación, soportando patadas y golpes de Hansi, quien quiere huir de él e irse a cualquier lugar a llorar a solas. Luego vienen las palabras, las explicaciones; pero de alguna manera, cuando todo está bien de nuevo es cuando el pobre Hansi ya no puede aguantar más y se anega en lágrimas, abrazado a esa especie de hermano mayor que, según empieza a sentir su corazón, estará ahí para protegerlo en el momento en que lo necesite, y que a su vez ha aprendido a necesitarlo. Y en algún momento, pueden estar seguros de eso, Balduino necesitará más a Hansi que éste a él. Porque tal vez la verdadera función de esa gentecita diminuta tan capaz de hacernos estallar en carcajadas con sus ocurrencias como de estremecernos de miedo ante la posibilidad de que les suceda algo malo, o de sacudirnos de ira con sus reiteradas desobediencias, y de llorar con sus dolores como si fueran nuestros, tal vez consista en hacernos sacar fuerzas la nada cuando ya no nos queda ninguna. La de recordarnos en nombre de Dios, como angelitos de aureolas algo tambaleantes, que ellos aún están allí y que, por lo tanto, el mundo sigue girando, la vida continúa fluyendo y no podemos darnos por vencidos. A todos esos angelitos, vaya la figura de Hansi a modo de humilde y cariñoso homenaje.

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17 septiembre 2010 5 17 /09 /septiembre /2010 19:58

      La transformación de Balduino a lo largo de las tres versiones de EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO es nada comparada con la de su escudero, que en la primera de ellas era un personaje aburridísimo, cuya presencia servía como contrapunto al señor a quien tenía el dudoso honor de servir. Balduino era feo e, inicialmente, antipático. Quedaba bien que tuviera cerca a alguien que fuera todo lo contrario y que diera la impresión de ser su víctima. Una linda cara no pasa ignorada. De quien la porta se puede pensar, según la mentalidad o gusto de cada uno, que es un buen chico, un imbécil, una persona afortunada o cualquier otra cosa, pero algo siempre se piensa, que generalmente es un estereotipo. El del buen chico puede ser el estereotipo que se forjan las personas superficiales, que por lo externo juzgan también lo interno; el del imbécil tal vez sea producto de la envidia, aunque efectivamente en ciertos ambientes los carilindos imbéciles parecen ser plaga. De todos modos Anders, a más de carilindo, es simpático. El juicio inmediato no se hace esperar: Anders es el pobre muchacho maltratado por ese pecoso horrible que usa su autoridad para vengarse, por envidia, de alguien que le hace sombra por su apostura. Sin embargo, Balduino es más democrático, y si al principio se muestra antipático con Anders, hace extensiva tal actitud hacia casi todo el mundo. Eso se nota ya desde el vamos, a partir de que aparece por primera vez y exhibe insolencia incluso ante el gran Maestre Thorstein Eyjolvson. Por consiguiente, que Anders sea carilindo o no lo sea, ni le va ni le viene, aunque es consciente de las ventajas de la apostura física de su escudero.

      De cualquier forma, en la primera versión de EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, Anders era un buen muchacho de linda cara y nada más, y se mostraba noble en exceso hacia Balduino los primeros días que ambos pasaban en Vindsborg. Esto no era lo proyectado originalmente, ni me gustó cómo quedaba. Me pareció más lógico que allí, lejos del resto del mundo, Anders buscara desquitarse de alguna manera de los cuatro años de ofensas sufridos bajo el servicio a Balduino; que su rencor dormido despertara y acabara avasallándolo. Esto sucede en el preciso momento en que Balduino no sólo ha depuesto las armas, sino que empieza a sentir un silencioso afecto hacia ese escudero que lo reconfortó en un momento en que tanto física como espiritualmente se sentía mísero y vencido. A partir de allí, la situación se invierte: Anders será quien por un cierto tiempo maltrate de palabra al mismo señor a quien debe servicio. Es una actitud comprensible, pero no aplaudible, y que además a él mismo lo perjudica. Porque Anders, mil veces más sociable que Balduino, padece más la soledad en aquel páramo que es Freyrstrande. Necesita compañía y, aunque su razón le diga que la de Balduino es la más adecuada, su corazón se subleva. No quiere saber nada con ese pelirrojo antipático que en otro tiempo lo trató como si fuera basura. Creéme, quisiera no sentir tanto rencor, le confiesa en algún momento. Quisiera, pero no lo logra. El rencor lo corroe, y lo vuelve a él mismo tan odioso como alguna vez lo fue Balduino. Este tolera la situación, hasta que el vaso se desborda y ambos llegan a las manos hasta que Thorvald pone orden. En ese momento se pone en evidencia algo que ya se notaba un poco: Anders es perezoso, y la antipatía de Balduino le venía muy bien para justificar esa pereza. Esto es algo que hacemos muy frecuentemente los seres humanos: achacar a otros nuestras propias culpas. Pero en el momento en que descubre qué hay más allá de la fachada desagradable del temperamento de Balduino, su resentimiento desaparece. A partir de allí, el afecto entre ambos crecerá; y para Balduino, Anders será, incluso, más hermano que el propio Edgardo, aunque en algún momento la fuerza de la sangre haga sus reclamos al respecto.  

       La verdad es que Anders es en gran medida un tonto encantador. Nadie ama la vida como él. Le gustan las chicas lindas, un lugar cómodo junto al hogar en las inclemencias invernales, las bromas. Cuando ríe, el mundo entero parece reír con él. Es adorable. Pero también es un gran tonto y un irresponsable a quien Balduino a menudo tiene que sacar de apuros. Sin reflexionar en las posibles consecuencias, se mete en el lecho de Lyngheid; y cuando ésta queda encinta, primero tiene que vérselas con un cuasi futuro suegro enfurecido y un competidor vengativo. Pero a eso le cuesta menos enfrentarse que al panorama de esposo y padre que Balduino le obliga a afrontar, combinando para rigor y solidaridad en partes más o menos iguales y explicándole su situación casi como a un niño muy pequeño y cuyo entendimiento fuera limitado. En este sentido es todo un dolor de cabeza, pero por otra parte, Balduino recién empieza a descubrir realmente qué es la vida, y encuentra en Anders a un guía de experiencia a veces dudosa.

       Por otro lado, debe reconocerse que no es que a Anders le falten neuronas. A veces demuestra que sí las tiene; en su duelo contra Thorkill Rolfson, por ejemplo, donde aunque tuvo en cuenta las instrucciones de Balduino, en cierto momento supo improvisar. Pero ahí estaba en juego su pellejo, después de todo. Lo que ocurre con él es que hasta para pensar es perezoso. Es de ésos que, si se les propone un ejercicio mental, se dan por vencidos enseguida, con tal de pasar a algo que les resulte más gratificante y entretenido. Y si tiene una cara linda que le abre muchas puertas; si cuando no puede contar con esa linda cara, puede suplirla con su innegable simpatía, ¿para qué hacer ese tremendo esfuerzo que implica usar la sesera?... Qué se le va a hacer... Es un buen muchacho. Un joven espléndido, divertido y leal. No es poco... Por suerte, porque no se le pueden pedir peras al olmo... 

 

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17 septiembre 2010 5 17 /09 /septiembre /2010 18:23

      Balduino de Rabenland, como personaje, experimentó una notoria evolución a lo largo de las tres versiones de EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO. Pensado inicialmente para ser una persona muy desagradable que de a poco se transformaba en un maravilloso, espléndido ser humano, terminó siendo algo de todo eso, pero mucho menos de lo que iba a ser en un principio. Al comienzo de la historia, es una persona que produce rechazo a casi todo el mundo; y no obstante, Eleuteria de Mortissend, la anciana madre de Dagoberto de Mortissend y además una bruja, no de ésas que así son llamadas por tener mal carácter sino por las que poseen habilidades mágicas, había dicho de él que tenía cualidades extraordinarias; que las tenía, no que fuera a adquirirlas en el futuro. Por lo tanto, algo debía ocurrir que impedía que esas cualidades salieran a la luz. Evidentemente se trataba de su soberbia, que lo hacía extremadamente repulsivo. Pero para empezar, ¿por qué era tan extremadamente soberbio? ¿Y no se condecía esa cualidad con las cualidades nobles que Eleuteria decía ver en él? 

      La respuesta fue surgiendo de a poco, reflexionando sobre el carácter de seres humanos de carne y hueso que pese a no ser los peores seres humanos, sino a veces, incluso, mejores que la mayoría en ciertos aspectos, sin embargo producen enorme rechazo por sus desmedidas ínfulas. Porque todos los que destacan en algún aspecto, inclusive en eso de esforzarse por ser mejores personas, con frecuencia se dan cuenta de que destacan, y ése es el problema: a partir de ese momento, su ego se infla paulatinamente, a veces hasta proporciones increíbles. Ese fue en parte el problema de Balduino, pero además, el hecho era que no le interesaba en lo más mínimo ser simpático o querer a la gente. ¿Por qué iba a hacerlo? Después de todo, en su infancia había sido olímpicamente por su familia, excepto por uno de sus hermanos, Edgardo, e incluso con éste había terminado distanciándose. Balduino había sufrido mucho ese desinterés, y buscado una especie de venganza ante su familia y la sociedad entera. Se había esforzado por ser el mejor de los Caballeros para que, alguna vez, todos lo admiraran y lo amaran. Y cuando ello sucediera, se encontrarían con que él no los quería ni los necesitaba; que por hallarse demasiado elevado era inaccesible al resto de los mortales. Debido a ello, se había esforzado en cumplir a rajatabla con los códigos éticos de la Caballería, pero sus acciones eran mecánicas, sin la menor pizca de amor al prójimo. Reservaba sus afectos para los animales. "Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro", reza una conocida sentencia, que Balduino bien podría perfectamente haber hecho suya. Todos necesitamos a alguien a quien amar. Balduino había elegido para ello a los seres más inocentes, a los menos capaces de traicionar. Sólo una vez había sido visceralmente emocionar al defender a un ser humano, porque éste era un débil mental, y la reacción de éste al ser hostigado por otras personas le había recordado la de un animalito indefenso. Si se piensa, quizás tenía razón, después de todo, en despreciar a los seres humanos, tan afectos en maltratar a su prójimo en inferioridad de condiciones... Pero no hay que exagerar.                                  

      En Freyrstrande, Balduino empezó con el pie izquierdo. La paliza en Kvissensborg hizo añicos su coraza de soberbia y lo obligó a depender de otros, comenzando por Anders, su escudero. A partir de entonces su forma de pensar iría cambiando poco a poco. En su interacción con otras personas, recrear su personalidad de una forma coherente resultó bastante difícil en la práctica. Yo había imaginado sus primeros días en Kvissensborg en medio de una vaga tensión, discutiendo permanentemente con Anders y con mucha y razonable desconfianza de aquella horda de presidiarios que Einar había puesto a su servicio; es decir, más o menos como quedó finalmente. Pero por alguna razón, en la primera versión esto no quedó así, sino que Anders se limitaba a guardar hermético silencio respecto al pasado, y los presidiarios se mostraban simpáticos casi de entrada. Además, Balduino confiaba en ellos en seguida. Esto último tal vez habría sido aceptable en otra persona, pero Balduino era un militar, y los militares actuales son casi paranoicos en lo referente a posibles enemigos:los ven por todas partes. Balduino podía no llegar a ese extremo, pero sí tenía que ser mucho menos cauto de lo que se mostraba en aquella primera versión, porque su trabajo, después de todo, en gran medida era desconfiar, y más tratándose de individuos medio siniestros como viejos piratas de negra fama. Ponerse en su cerebro fue muy difícil, y me fue de ayuda la consulta de varios libros que exploran la mente humana, como LAS RAÍCES DEL MAL, de John Kekes, o EL MISTERIO DEL CORAJE, de William Ian Miller. No sólo en lo referente a la forma de pensar de Balduino, en realidad, sino para la de muchos otros personajes. También recurrí a cuanto libro de estrategias y tácticas militares anduvieran dando vueltas por ahí, los cuales me ayudaron medianamente a entender las cualidades de los líderes guerreros, pero lamentablemente no mucho más: ¡no encontré como referente ninguna batalla librada contra dragones de proporciones desmesuradas!... Ahí tuve que exprimir mi cerebro, porque no quería que Balduino ni ningún otro fuera una especie de He-Man que vence gracias a la ayuda de una espada mágica. Quería que cualquier victoria que obtuvieran, la lograran por medios corrientes y más o menos lógicos en el contexto del mundo en que se desarrolla la historia. Por la misma razón, necesitaba hacer que Balduino consultara textos militares que le facilitaran un poco la victoria. Pero he aquí el problema: era dudoso que oculto en los bosques tuviese a su disposición tales textos, y él pertenecía a una Orden de caballería clandestina, que debía refugiarse en lo profundo de los bosques y vivir al margen de la ley, aunque no de la justicia. Y de su casa se había ido a los trece años. La única solución que encontré fue hacer que pasara parte de su infancia leyendo, pero esto vino muy bien porque, después de todo, era coherente con su imagen de niño solitario y malquerido.

      Otro punto difícil fue el concerniente a la religión de Balduino. No quería que fuera el así llamado perfecto Caballero cristiano, porque entonces se habría visto sujeto al mandato de la Iglesia, y ésta no siempre fue justa en sus dictámenes. La solución vino de su temprana inclinación a la lectura. Imaginé que, aun cuando la misma estuviera más que nada ligada a lo militar, había encontrado en algún libro referencias a Tertuliano, personaje histórico que vivió en los primeros siglos del cristianismo y que a mí, para qué negarlo, me resulta un auténtico payaso. Era un tipo que siendo católico condenaba como herejía lo que no encuadrara con el catolicismo o lo contradijera. Pero lo tragicómico fue que él mismo se convirtió a la herejía montanista, y entonces, a sus ojos ésta pasó a ser la religión verdadera, y cualquier cosa que se opusiera a ella, herejía. En otras palabras, su pensamiento era más o menos éste: La religión verdadera es siempre la mía, sea ésta cual sea. Me pareció bastante lógico que Balduino, reflexivo, quedara pensando sobre estas cosas ya de niño. En mi propia infancia, yo mismo quedaba pensando, por ejemplo, acerca de la historia bíblica de Abel y Caín, y me parecía que éste era la verdadera víctima en la misma, ya que de entrada parecía ser rechazado por Dios. Venía muy bien, además, para salvar cualquier barrera moral que pudiese tener Balduino a la hora de defender a esos otros herejes que había en el centro del Reino: ya estaba mentalizado para sentir cierta simpatía por ellos contra la más difundida forma de pensar que los veía casi como criminales. 

      Balduino no es el más valiente de los Caballeros (honor que, en esta historia, posiblemente le corresponda a Maarten Sygfriedson), ni siquiera el mejor de los guerreros. Ocupará un sitial elevado por otros motivos que no vale la pena adelantar aquí, aunque su victoria en Freyrstrande frente a los Wurms lo catapulte a la fama por todo el Reino. Tiene por delante todavía muchas pruebas morales, algunas de ellas durísimas, que caerán sobre él como molpes asestados por el martillo en la fragua; pero lo que sobreviva a ellos será algo noble y depurado. A no dudarlo.

     

      

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16 septiembre 2010 4 16 /09 /septiembre /2010 17:31

      Haciendo honor a la verdad, los Wurms no sólo no son los únicos malos que aparecen en EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, sino que, encima, ni siquiera son los peores: otros aparecen después que causan más daños y, para colmo, dichos daños son más perdurables. Sin embargo, sí son los más terroríficos. Inicialmente, según dijimos en el artículo anterior, los dragones eran un símbolo del imperialismo británico y su aplastante supremacía, tal como se puso en evidencia durante la Guerra de las Malvinas; pero posteriormente los Wurms terminaron siendo, en cierto modo, otra cosa mucho peor: la encarnación de los peores flagelos que pueda sufrir la Humanidad. Su mera aparición, en el Preludio, viene precedida por signos que parecen indicar que se avecina el Fin del Mundo.  Yodo indica que no hay manera de hacerles frente de forma verdaderamente eficaz. Los defensores sienten un nudo en la garganta cada vez que ven aparecer las descomunales siluetas de los Jarlewurms en el horizonte. Siempre rezan pàra nunca más verlas aparecer. Siempre vuelven a verlas, con la sensación angustiante y opresiva de estar viviendo la peor de las pesadillas. Y cada una de esas apariciones viene de la mano de horror, muerte y destrucción.

      Y sin embargo, por momentos desde las mismas filas de los Wurms parece llegar una chispa de esperanza. Al fin y al cabo, ahí está Bermudo, pacifista al comienzo de la historia,  aunque luego su posición no parezca muy clara. Y allí está también Nuestro, ese Thröllwurm que, cuando por primera vez en su vida pensó por su propia cabeza y no por la de sus amos, fue para perdonar la vida de una niña. Bermudo había sido proyectado desde la primera versión, pero Nuestro se incorporó en la tercera, y su inclusión en la trama vino después de que escuché por radio el primer movimiento del Concierto para Cello y Orquesta de Edward Elgar, que me pareció bello y melancólico a la vez, y me trajo a la mente la imagen del gran reptil que, sintiéndose moribundo, decidió sin embargo no fundar su supervivencia en la muerte de una inocente. Por cierto, la música fue en todo momento fuente de inspiración para muchos de los momentos más importantes de la trilogía, y eso incluye el que para mí es el momento más dramático del primer volumen, cuando tres Jarlewurms logran forzar su ingreso en Drakenstadt y cunde el pánico cuando parece que ya nada podrá salvar a la ciudad condenada. La descripción de las persistentes pesadillas de Ignacio de Aralusia y las escenas de pánico entre la población al cundir la noticia de que los Jarlewurms derribaron la muralla y están devastando la ciudad, están en deuda con Mitternacht, proyecto musical del argentino y también escritor Federico Buccino, y en particular a su primer CD, en cuyas atmósferas opresivas sentí retratado todo el horror y la desesperanza vividos en esos momentos en los que el desastre parece inminente.

       Por suerte, todo queda en apariencias. En el clímax tiene lugar el combate singular entre el feroz, sanguinario Talorcan el Negro y Maarten Sygfriedson. Nunca en mi vida me alegré tanto por la desgracia de alguien como cuando Talorcan el Negro, tras mucho tambaleo, se desploma sin vida ante la mirada incrédula de todo el mundo, Maarten incluido.Odiaba a ese Jarlwurm con toda mi alma, odio que él se ganó ampliamente mientras avanzaba por la ciudad destruyendo todo a su paso, con la más detestable de las arrogancias. Y tal vez la satisfacción sea también cosa personal. En el corazón de cada uno de nosotros, con frecuencia un Talorcan el Negro avanza aplastando nuestros sueños e ilusiones, nuestras reservas de valor, nuestras energías. Pero a veces, de un rincón de nuestro espíritu cuya existencia nosotros mismos ignorábamos, surge en nosotros un Maarten Sygfriedson que sale a pelear aunque la sola posibilidad de salir vencedor sea ridícula. A veces somos nosotros los que contemplamos incrédulos cómo se desmorona aquello que era nuestro tormento y nuestra pesadilla, sin entender cómo logramos abatirlo. Porque tal vez, en el fondo, a eso vienen los Wurms, tanto los ficticios como sus equivalentes del mundo real, cuando los vemos regresar en el horizonte sin que en apariencia medie una causa lógica. Los Wurms están allí para recordarnos que, aunque no seamos nada, podemos mucho; para que no olvidemos cuán grandes podemos ser en medio de nuestra pequeñez... Y ojalá tengamos esto en mente cuando la tarea de hacerles frente nos toque a nosotros.

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14 septiembre 2010 2 14 /09 /septiembre /2010 19:02

      Allá por 1990 tuvo lugar en Argentina un resonante suceso policial que estremeció a la sociedad, el caso de una adolescente violada y asesinada en circunstancias que involucraban de un modo u otro a gente ligada al poder. Se trataba del Caso María Soledad, como se lo llamó en razón del nombre de la víctima, María Soledad Morales. Gobernaba por ese entonces el país el presidente Carlos Saúl Menem, al que yo mismo había dado mi voto, y que pareció intervenir de muy mala gana la provincia de Catamarca, donde había tenido lugar el crimen. Durante años, incluso, dio la impresión de que la impunidad prevalecería en aquel turbio asunto. Finalmente se dictaron algunas sentencias; si justas o no, me temo que no soy la persona indicada para señalarlo, pero por lo menos se impartieron castigos. Sin embargo, como dije antes, durante años pareció que todo quedaría en la nada. Esto fue algo que marcó mi carácter durante bastante tiempo, volviéndolo muy sombrío y pesimista. Producto de ese carácter fue una novela nunca publicada y ambientada en una especie de Medioevo fantástico, a la que llamé EL ÚLTIMO CUENTO DE HADAS. La historia de dicha novela, aunque no premeditadamente, era muy similar a la del Caso María Soledad, aunque en clave fantástica: una adolescente era atacada por un vampiro, a raíz de lo cual se desataba una frenética cacería de vampiros que concluía con exterminio de algunos de éstos. Pero el verdadero culpable era alguien vinculado a la casa real del país donde transcurría la historia, hecho que se trataba de ocultar a cualquier precio. Se trataba de una historia amarga y tétrica, que culminaba en guerra civil y la ruina total de aquel reino. Creo que era el final que yo mismo deseaba para la Argentina, por aquello de mejor final espantoso, que espanto sin fin.

      Finalizada la novela, se me ocurrió preguntarme, fantasías de escritor, cómo el país donde transcurría la trama podía haber tenido un final tan estrepitoso y lúgubre. Porque el escándalo desatado por el ataque del vampiro y la subsiguiente impunidad había sido el detonante, pero era evidente que detrás de aquello había mucho más. A partir de aquella pregunta empecé a intentar reconstruir la historia de aquel país imaginario tal como podía haber sucedido, en base a elementos y apuntes que yo mismo había introducido en la trama para darle más semejanza con la realidad argentina. Por ejemplo, se hablaba de dos guerras contra dragones, sin dar muchos más datos, pero por los que sí se daban, la segunda de ellas tenía unos cuantos paralelismos con la Guerra de las Malvinas; las fuerzas armadas, representadas en este caso por los Caballeros del Viento Negro, estaban envilecidas y corruptas en su mayoría. Empecé a proyectar libro tras libro narrando los hechos más destacados en la historia ficticia de aquel país, que llamé Nerdelkrag, si bien durante años la cosa no funcionó muy bien, en parte porque no había demasiada sensación de continuidad entre un libro y otro. De todos modos, en ningún momento abandoné la idea. Intitulé a la saga OSCUROS TIEMPOS MEDIEVALES, y aunque durante algunos períodos no pude escribir una sola palabra, seguí estudiando cómo continuarla.

       Había, sin embargo, una cuestión que me molestaba mucho. Yo había mencionado dos guerras contra dragones, pero no tenía la menor idea de cómo podían haber tenido lugar, de cómo podían haberse originado siquiera. Como a la segunda la había imaginado semejante a la Guerra de Malvinas, estaba claro que ésa iba a ser la gran ignominia nacional, una maniobra para distraer al pueblo. Pero no tenía el menor indicio acerca de cómo podía haber sido la primera. Además, de repente se me había ocurrido que no tendría la menor gracia. Narrar cómo un hombre mata a un dragón puede ser emocionante en lo descriptivo, pero cuando los dragones muertos son tres, diez, veinte, la cosa se vuelve aburrida. Por lo pronto, sin embargo, volví a la imagen quizás esteoreotipada (o cierta, no sé) que los argentinos tenemos de los británicos: piratas de aspiraciones imperialistas. Dado que la idea había surgido a imitación de la Guerra de las Malvinas, fue inevitable volver a esa imagen y relacionarla con la legendaria codicia de los dragones que custodian tesoros, como por ejemplo en Beowulf. Iba en camino de hallar el motivo, pero ¿cómo se habían desarrollado ambas guerras? Para la segunda había imaginado a hombres combatiendo montados en grifos para estar en pie de igualdad con los dragones voladores, pero ¿cómo había surgido entre los hombres la idea de domesticar grifos? Se me ocurrió que podía haber sido consecuencia de la primera de estas dos guerras. Tal vez, los dragones contra los que se había combatido en la primera no eran los mismos de la segunda. Tal vez éstos no podían volar, pero seguían siendo adversarios temibles que requirieran otra forma de enfrentarlos. Tal vez la domesticación de grifos había sido una respuesta a esa necesidad.

      Mientras de a poco iba salvando estos escollos, acudían a mi mente imágenes aisladas como en respuesta a otros interrogantes argumentales. Intentando imaginar al protagonista, para empezar, lo imaginaba de espaldas, y lo único que notaba de particular en él era su melena pelirroja. Y lo imaginaba en el momento de llegar para intervenir en la guerra en cuestión. Ahora bien: el lugar  al que llegaba era un páramo, y ni la sombra de un dragón en él. Aún más, cuando pensaba en quienes debían ayudarlo me imaginaba una construcción en ruinas, precedente de lo que más tarde sería Vindsborg, y en su interior, una colección de caras feas y algunas de ellas ya viejas. Encima eran tres o cuatro gatos locos. De esas caras, sólo una subsistió más tarde tal como la vi entonces, la de Lambert.

      Sería arduo explicar cómo se me ocurrió una frase aislada: Balduino Cabellos de Fuego mató a un grifo con un puñal de mango de ámbar. No tardé en identificar a este tal Balduino con el muchacho pelirrojo al que había visto en mi mente llegando al páramo. ¿Pero qué hacía en ese páramo, y por qué en él no estaban los dragones que supuestamente había venido a combatir?

       La respuesta la encontré por azar, si es que en la vida hay algo que pueda ser atribuido a la casualidad. Trabajaba por ese entonces en el rubro de seguridad, en un supermercado. Eramos varios vigiladores y teníamos puestos más o menos asignados de manera constante. Escuché entonces que uno de los jefes de equipo le decía a uno de los vigiladores (cuyo apellido, curiosamente, era Caballero), para darle aliento, que no debía sentir que el puesto que él ocupaba, situado en un sitio aislado, era poco importante y que estaba ahí como castigado. Entonces se me hizo la luz: ¿castigado? Decidí primero que Balduino había sido enviado a modo de castigo al sitio en cuestión. Pero luego no me pareció lógico que en medio de una guerra sangrienta se impartieran castigos de ese tipo, siendo que todos y cada uno de los hombres eran necesarios en el frente de batalla. Así que se me ocurrió que quizás lo hubieran enviado allí por otra razón, como por ejemplo que se trataba de un punto desprotegido, pero que quizás él, por no tener la conciencia del todo en orden, lo había interpretado como un castigo. ¿Castigo por qué razón? Eso no fue difícil decidirlo. Lo que más detestable me parece en una persona, aparte de la crueldad gratuita, es la soberbia. Al iniciarse la historia, el protagonista sería soberbio, desagradable, antipático. Antes que la aventura épica pensada originalmente, la novela sería una especie de historia de vida en clave fantástica, la transformación de una persona detestada de manera casi unánime en un ser amado por casi todo el mundo a raíz de su enorme humanidad.

      Así quedó bosquejada la historia en lo básico, pero la primera versión, que dejé inconclusa, tuvo que ser desechada por diversas causas, de las cuales dos eran las principales. Una era que al comienzo se hacía alusión a que los aldeanos de Freyrstrand habían pedido casi a gritos que un Caballero los protegiera de los grifos; sin embargo, uno se quedaba preguntando qué aldeanos serían ésos, ya que luego no aparecían ni de lejos. El segundo era que por centrarme demasiado en la historia de Balduino y sus compañeros, el lector, creo, terminaba olvidándose de que el resto del Reino estaba envuelto en una guerra sangrienta, y el propio Balduino parecía no estar enterado del asunto. En una segunda versión, también inacabada, aparecieron los aldeanos, pero más que tales parecían citadinos; y a la guerra se hacía alusión en lo que parecían flashes informativos. La tercera versión es la que finalmente quedó. Los aldeanos de Freyrstrand terminaron entusiasmándome más de lo previsto; y en cuanto a la guerra, creí mejor explayarme más de la cuenta para no hacerme eco de mentalidades exitistas. Balduino es quien acaba con los Wurms, pero antes de que ello sucediera, cientos hacían frente a los monstruos y pagaban su coraje, muchas veces, con sus propias vidas. Era injusto que tanto sacrificio fuera premiado con sólo una escueta mención, sólo por el hecho de no haber logrado poner en fuga al enemigo. Entre una cosa y otra, el libro fue tomando dimensiones temibles, y tuve que dividirlo en tres volúmenes. A lo largo de las tres versiones los personajes muchas veces fueron distanciándose de su imagen original, enriqueciéndose. Esto tuvo consecuencias, para mí, terribles, dicho sea sin intención de exagerar, porque en la primera versión yo había señalado a dedo los personajes que morirían a lo largo de la trama, y entonces no me importaba gran cosa, porque eran comparsas del personaje central, Balduino. Pero luego ellos se volvieron queribles por derecho propio, y ahora con cada uno que la Parca arrebata del mundo de los vivos, es inevitable para mí echarme a llorar como si quien muriera fuese un hermano. Algunas muertes duelen más que otras, por supuesto, pero lamento todas y cada una. Supongo que así ocurre también en la vida real: Dios, a dedo, nos asigna una fecha de expiración. Que llegada esa fecha hayamos tenido una buena vida, corre por cuenta nuestra.

      En los siguientes artículos continuaré exponiendo cómo surgieron otros personajes y más detalles de la trilogía. ¿Interesará a alguien? Bueno, no lo sé, pero la ventaja es que nadie estará obligado a leerlos...

      


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30 agosto 2010 1 30 /08 /agosto /2010 01:09

      En enero del año entrante empieza a publicarse por Internet el segundo volumen de EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, pero no en este blog, en el que muy posiblemente sigan pareciendo artículos comentando cómo fue surgiendo la trilogía, pero nada más. Dejo el enlace del blog en el que continuará la trilogía. Si bien, como ya se ha dicho, la historia propiamente dicha continuará recién a partir de enero, en estos momentos estoy publicando allí el INTERLUDIO, especie de prólogo  subdividido en once partes, que resume los acontecimientos del primer volumen, pero contemplados desde otra óptica.  Dicho interludio se inicia en el siguiente enlace: http://navegantes.crearblog.com/?p=17. Para quienes prefieran omitir la lectura del mismo,  he aquí el anlace que los llevará al blog: http://navegantes.crearblog.com/. Allí los espero, entonces, si les han quedado ganas de saber cómo sigue la historia... Lo que es, por supuesto, una suposición muy optimista. Como sea, un saludo a todos, y gracias por llegar cuando menos hasta aquí.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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