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16 enero 2010 6 16 /01 /enero /2010 19:23

      Por el momento, ni siquiera se había terminado de erigir la primera empalizada; apenas si se estaba concluyendo la fosa donde se colocarían los troncos de la primera de ellas.

 

      Tras su agria discusión con Balduino, Anders tomó una pala y se disponía a cavar como los demás, cuando se le acercó Hundi.

 

      -Eh, grumete.

 

      Ser el menor en un grupo exclusivamente masculino puede tener sus pros y sus contras. Tal vez ocurra que los demás se muestren protectores hacia uno pero, incluso así, el precio a pagar será el de convertirse en blanco de todo tipo de bromas y burlas.

 

      Desafortunadamente, en Vindsborg el sentimiento protector se reservaba la mayor parte del tiempo para Hansi, mientras que Anders se "beneficiaba" con las bromas y burlas, tanto más cuanto que los gemelos Björnson, luego de que él les festejara con una risotada bobalicona la más bien confusa explicación que ellos hicieron de sus misteriosas vidas paralelas, le habían creado fama de tonto de remate. Así que el joven escudero, al ver que Hundi se le acercaba, automática y literalmente se puso en guardia.

 

      El Kveisung, sin embargo, se veía tan serio como se lo permitía la sempiterna malicia de sus ojillos grises.

 

      -Ten cuidado-advirtió-. Fenris tolera a Frekki hasta que deja de tolerarlo.

 

      -¿Y quiénes demonios son Fenris y Frekki?-preguntó Anders.

 

      -¿Cómo que quiénes son, imbécil?...-exclamó Hundi, exasperado-. Tanto tiempo que estás acá, ¿y todavía no conoces a mis perros? Fenris es el grandote. Mira, ahí está.

 

      Aparte del propio Hundi, los perros de éste eran conocidos por sus nombres e identificados correctamente sólo por Balduino y Hansi. Para el resto de la dotación de Vindsborg, todos y cada uno de los seis eran simplemente perro, sin que ninguno de ellos descollara sobre el resto. Eran media docena de quiltros bulliciosos, pulguientos y molestos, de raza indefinible y talla más bien menuda. Que uno de ellos pudiera ser grandote tal vez fuera una pretensión de Hundi para él mismo poder aspirar a ser alto.

 

      -¿Eso es un perro grande?-preguntó despectiva e incrédulamente Anders.

 

      Hundi hizo un gesto de impaciencia y contrariedad.

 

      -Si serás bobo...-deploró.

 

      -El bobo eres tú-gruñó Honney, dejando de cavar y apoyándose sobre la pala para descansar-. Cómo quieres que alguien te entienda, si en vez de ser directo empiezas hablando de tus estúpidos perros. En una palabra-añadió, y se volvió hacia Anders-, lo que él quiere decirte es que te propasas con el señor Cabellos de Fuego. Sabemos que carácter no le falta pero, si no fuera así, tú lo estarías haciendo quedar mal frente a todos nosotros. Sería como invitarnos a hacer lo mismo que tú; como si nos dijeras que le pasemos por encima, porque es un vulgar y ridículo pelele. El seguramente razona sobre estas cosas, y puede que en algún momento se harte. Por ahora se aguanta como puede porque no eres más que un muchacho, pero...

 

      -Que venga-interrumpió Anders con brusquedad-. Le daré una zurra como para que extrañe la que recibió en Kvissensborg. Ya soy un  hombre, pronto tendré diecisiete años.

 

      Hundi y Honney intercambiaron sonrisas irónicas; luego el primero se volvió hacia Gilbert, quien dejó de cavar en cuanto sintió una palmada en el hombro.

 

      -Eh, Gilbert-dijo Hundi, alzando mucho el volumen de su voz hasta casi gritar-: dice el grumete que como pronto tendrá diecisiete años, ya es todo un hombre. ¿Tú qué opinas?

 

     -Que no sé en qué momento cumplió todos esos años-gritó Gilbert-. Por cómo se comportaba, estoy seguro que la última vez que me fijé en él tenía apenas doce.

 

      Hundi y Honney miraron cómicamente al resto del grupo. Se oyeron algunas risitas reprimidas aquí y allá, que fueron subiendo de volumen en pocos segundos hasta convertirse en grotescas y estentóreas carcajadas. Reía incluso Snarki, quien por lo general no se mostraba muy risueño en presencia de los Kveisunger.

 

      La frondosa y mal cuidada barba de Anders, tan inútil para avalar su pretendida adultez, tampoco le sirvió para disimular la rabia que lo carcomía a causa de aquellas risas, por más que pretendiera hacerse el indiferente. Se puso a cavar como topo para desahogarse, pero las burlas siguieron persiguiéndolo durante el resto del día.

 

      Al parecer no fue el único necesitado de un desahogo, pero el suyo al menos fue incruento. En el caso de Andrusier, se desquitó matando focas en Eldersholme; y como al acabar la tarea el bote iba cargado hasta el tope, fue evidente que había puesto el corazón en lo que hacía. Cuando al regreso tuvo que cruzar algunas palabras con Balduino, se lo vio serio, pero no volvió a insistir con la cuestión de los objetos hallados en el arcón de Ursula, y era como si el hecho no hubiera ocurrido. 

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16 enero 2010 6 16 /01 /enero /2010 19:05

      La única barca pesquera que había en Freyrstrand arribó más tarde al malecón, y de ella bajó uno de los compañeros de Friedrik, el padre de Hansi. Corriendo como alma que se lleva el diablo se dirigió adonde Balduino y la mayoría de los hombres de Vindsborg trabajaban en la empalizada; y plantándose ante ellos, gesticulando mucho y con expresión extraña, como de susto o locura, les dijo:

 

  -Eh... ¡Ayernosrefugiamosdelatormentaenunabahía, estamostodosbien, peroahora tenemosqueirnosdenuevo, ayertuvimosmalapesca, hoyencontramosuncardumenynopodemos... eh... perdereltiempo, adiós!

 

      Y luego de tan extraña declaración, volvió a partir tan velozmente como había llegado, dejando a todos mirándose entre sí.

 

      -¿Y ése?-preguntó Balduino.

 

      -Thomen-informó lacónicamente Thorvald.

 

      -¿Y por qué vino a decirnos precisamente a nosotros eso que dijo?

 

      -Para ahorrar tiempo. No querrán perder el cardumen de peces, por eso no fueron a avisar a sus familias que, inevitablemente, siempre se preocupan cuando los pescadores no vuelven a sus hogares cuando hay tormenta. Cuando vengan los familiares a preguntar, nosotros les avisaremos que ellos estuvieron por aquí, pero volvieron a irse.

 

      Pero en lo sucesivo, el tal Thomen nunca pudo despegarse del todo de la imagen de loco que ofreció aquella mañana, y al poco tiempo todo el mundo se  refería a él como Thomen el Chiflado.

 

      En cuanto a Hansi, Anders lo trajo más tarde en la grupa de Slav,  constipado y arropado en mantas.

 

      -Su tía no quería dejarlo venir-informó Anders.

 

      Balduino quedó perplejo.

 

      -¿Y entonces para qué lo trajiste?-preguntó.

 

      -El quería.

 

      -Pero Anders, ¿por fin la tía de Hansi toma una sensata decisión, y tú la haces desistir?-se lamentó Balduino.

 

      Anders acababa de bajar en brazos a Hansi. Por un segundo quedó petrificado, mirando a Balduino con odio.

 

      -El chico te adora, pero ya veo lo mucho que te importa eso-dijo, poniendo a Hansi en brazos de Balduino-. Toma. haz lo que quieras. Yo no tengo corazón para llevarlo de vuelta.

 

      -Anders, escucha...

 

      -¡Déjame en paz!-gritó Anders, y dio media vuelta, para unirse a quienes trabajaban en la empalizada.

 

      Esa empalizada sería la primera de dos que Balduino y sus hombres levantarían a una distancia tan corta una de otra, que entre ambas había apenas un simple corredor por el que apenas podía pasar una persona muy robusta. Un arenal separaba a la primera empalizada del mar, trecho éste en el que se habían dispuesto varios montones de piedras y rocas pequeñas. Todo parecía ingenuo e incluso infantil, porque los Wurms arrasarían fácilmente con todas estas defensas; pero sobradamente sabía Balduino que erigir un muro verdaderamente capaz de contener a los gigantescos reptiles era una empresa que requeriría años, fortunas y un batallón de obreros. Esto, que a cualquier otro lo hubiera desanimado, a él le resultaba un desafío fascinante, pero sólo porque imaginaba que, de momento, los Wurms se hallaban abocados exclusivamente a provocar la caída de Drakenstadt, Ramtala y otros poderosos puertos de Andrusia Occidental. Y si bien en rigor esto era cierto, debía hacerse al menos una salvedad, pero él no la conocía y, por lo tanto, ni sospechaba de qué acababa tal vez de salvarse. Tendría que llegar el fin de aquel año para que, con un estremecimiento, tomara conciencia del peligro que quizás había corrido Freyrstrande.

 

      Mientras tanto, ponía a prueba su ingenio, una cualidad que no era especialmente tenida en cuenta por los Caballeros de la Doble Rosa, que anteponían el coraje ante todo, ni en la mayor parte de Andrusia, donde se valoraba más el poderío físico, pero que había resultado inestimable en la orden del Viento Negro debido a la necesidad de operar con sigilo y nunca dejarse atrapar. Una niñez solitaria había llevado a Balduino a devorarse literalmente toda la sección de libros de Caballería, historia militar y estrategia del Palacio Ducal de Rabenstadt, los cuales dejaron en él una profunda impronta. Daba gran importancia al valor y la fuerza, pero nunca quiso ser siempre uno más en la tropa, sino llegar a situarse a la vanguardia de la misma. Y para ser un líder guerrero se requería sobre todo inteligencia y astucia para planificar eficázmente cada batalla sin dejar nada librado al azar.

 

      No entraba en los planes de Balduino que estas dos empalizadas resistieran los embates de los Wurms; al contrario. No se molestó en hacerlas demasiado firmes; es más, en los dos años siguientes, apenas si se dignaría reemplazar algunos troncos demasiado deteriorados o  reerigir algún tramo desmoronado; y a veces, ni esas medidas tomó. Balduino no previó permanecer tanto tiempo en Freyrstrande, pero si el paso de los meses confería a las empalizadas aspecto de abandono, tanto mejor. No serían las empalizadas lo que debería preocupar a los Wurms, sino lo que ellas ocultarían. Y esto es cuanto puede decirse sobre ellas por ahora.

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13 enero 2010 3 13 /01 /enero /2010 19:55

      Los siete Kveisunger estaban congregados a cierta distancia de Vindsborg, tan próximos al mar que las olas llegaban a lamerles las suelas de las botas. Era evidente que no había acuerdo entre ellos, porque se gritaban unos a otros. Al ver a Balduino acercarse seguido por Thorvald y, más a lo lejos, por Karl, esos gritos fueron apagándose hasta convertirse en murmullos hasta que, paulatinamente, incluso éstos se acallaron, cediendo paso a un mutismo glacial y lúgubre. Aparte de los acostumbrados sonidos de viento y de mar, del graznido de las aves marinas  y de escandalosas fonaciones de la colonia de focas de Eldersholme, sólo otra cosa profanaba la quietud: un ruido como de frutos secos quebrándose, el cual provenía de los nudillos de Andrusier. Este, maquinalmente, hacía crujir una y otra vez sus nudillos. Fue obvio que no intentaba asustar, sino que realmente lo invadía una furia negra y deseaba golpear a alguien, porque en cuanto Balduino estuvo junto al grupo interrumpió el gesto, que sólo reanudó por momentos, mientras reflexionaba sobre lo que se iba hablando.

 

      El grupo en general se mostraba hosco y hasta siniestro, pero al menos dispuesto a oír lo que Balduino quisiera decirles; así que, por más que Adler los definiera como en pie de guerra, íntimamente la razón debía dictarles que les convenía más la mesa diplomática que el campo de batalla. Al fin y al cabo, su terreno no era del todo firme y esto debían saberlo al menos Ulvgang y Gröhelle, los más sensatos del grupo. Porque Einar, desde luego, no lamentaría que liquidaran a Balduino; pero eso no necesariamente significaba que luego los tres rehenes de Kvissensborg quedarían impunes. Al contrario, era buen pretexto para eliminarlos, y esto argüiría Balduino llegado el caso. Pero sólo en última instancia; le parecía chocante y contraproducente recordarles que toda su autoridad sobre ellos dependía de tres rehenes.

 

      -¿Qué ocurre aquí?-preguntó Balduino, en tono pacífico pero resuelto; y añadió, dirigiéndose sólo a Ulvgang esta vez:-. ¿Qué pasó con lo que conversamos ayer?

 

      -En lo que a mí respecta, ahí sigue-contestó Ulvgang, con aire sombrío. Comparado con algunos de sus hombres, él sólo parecía levemente malhumorado o disgustado, pero igual tétricos augurios revoloteaban en torno a su mirada-, pero luego de esto, no sé qué valor le das tú.

 

      -Por lo visto, muy poco en tu caso, si por comparación con ello un cinturón, un prendedor y un collar parecen el tesoro perdido de Sundeneschrackt-dijo Balduino.

 

      -Ningún tesoro, ¡el gesto es lo que roe el hígado!-aclaró Ulvgang, y la expresión de sus saltones ojos verdiazules valía por mil amenazas-. Aprovechas tu situación para abusar de tu poder. No te creíamos así. Estamos junto a ti porque así lo ha querido el destino, no por elección nuestra; y aun así, hasta aquí te hemos respetado. Trabajabas a la par de nosotros, hacías guardias junto a nosotros, comías la misma bazofia que comemos nosotros y odiabas a Einar tanto como nosotros. Eras más un compañero que otra cosa. Pero lo que haces ahora, entre compañeros no se hace. Que Thorvald haya incautado esos objetos es una cosa: está bajo tu mando y sólo por órdenes expresas tuyas puede permitirse ciertas acciones. Pero luego tú podrías haberle dicho que nos los devolviera; lo que por otra parte hubiera redundado en beneficio para ti también. Esos objetos, con tu autorización, iban a ser el pago para  la puta del pueblo: si ella los aceptaba, todos hubiéramos podido ir a revolverle un poco el caldero. Todos, tú inclusive, pues así se hace entre compañeros. Luego de un abordaje, lo primero es la paga para los que quedaron mutilados en combate. El resto se reparte entre partes iguales, ¿me oyes?: i-gua-les... Se lleva lo mismo el capitán que el grumete.

 

      -Bueno-dijo diplomáticamente Balduino-, aclaremos primero que nada sabía yo de este compañerismo que honra a los Kveisunger- e inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto. 

 

      Este reconocimiento de la nobleza y justicia en una costumbre pirata pareció relajar un poco a algunos  Kveisunger que hasta  ese momento continuaban mirando a Balduino como listos para asesinarlo en cualquier momento. Ulvgang, sin embargo, desconfiaba. Balduino podía ser joven, pero no por ello menos astuto; y aunque pareciera tan trasparente que su corazón ofrecía pocos secretos, la transparencia casa mal con la astucia.

 

      -Sin embargo, ni comparación con lo que ocurrió ahora-prosiguió el pelirrojo-, porque no se trata de que me haya llevado una parte superior a los demás, sino de que retengo objetos para devolvérselos a su legítima propietaria.

 

      -Pero ella no sabía que nosotros los teníamos, y sigue ignorándolo. Todavía puedes rectificar el rumbo-contestó Ulvgang-. Lo que tú has hecho es desleal, porque preferiste favorecer a una forastera antes que a nosotros, tus compañeros.

 

      -Además-terció Honney, mirando siniestramente a Balduino con sus escalofriantes pupilas de gato-, me gustaría saber con qué pautas os manejáis vosotros, los que os decís honrados, cuando de hacer justicia se trata. Se nos quitaron nuestros tesoros en el momento de ser apresados, pero no precisamente para ser devueltos a sus legítimos propietarios, ¿no? Se los quedaron Arn y sus secuaces... Y ahora que encontramos objetos en la playa, tampoco podemos quedarnos con lo que hallamos. Parece que si eres Kveisung la justicia siempre fallará en tu contra, hagas lo que hagas.

 

      -¡Justicia!-exclamó burlonamente Balduino-. Por favor, Honney, cuando hables de justicia piensa bien lo que dices. Ya he oído bastante de la supuesta justicia de Thorhavok, y hasta la probé en carne propia en Kvissensborg. No fueron jueces quienes fallaron contra vosotros, sino piratas más hábiles y menos escrupulosos. Piratas disfrazados de jueces todos ellos, desde el tal Arn hasta el último de sus corruptos cómplices, pasando por todos los que dejó apostados en Kvissensborg.

 

      ’Ahora, en lo que concierne a mí, no es porque vosotros seáis Kveisunger, sino porque yo soy Caballero. Habría procedido igual con Anders, con Hansi o con quien fuera-replicó Balduino-. Entre los Kveisunger, justicia y camaradería son cosas muy simples, porque conciernen sólo al grupo. Los demás son sólo vuestras víctimas, vuestras presas o incluso vuestros enemigos. Pero no estamos en Broddervarsholm, ni yo soy un Kveisung. Soy un Caballero; y para quien se precie de serlo, la justicia y la camaradería no siempre pueden ir de la mano. Manzanas podridas hay en todos lados. En las Kveisungersholmene serán los Pfadwater y los Bleitzinenauken y aquí son los Einar, los Arn y muchos otros. Y aunque sea legendaria la amistad que une a los Caballeros, personalmente la considero nefasta en parte. Porque los Caballeros tenemos deberes que los Kveisunger no tienen. Debemos proteger al inocente, a la viuda y al huérfano, tenemos que velar poque la justicia siempre se cumpla. Tampoco esto último es fácil, porque a veces cuesta discernir qué es justo y qué no lo es. La regla básica sería dar a cada uno lo que le corresponde. Ahora bien, también hay manzanas podridas entre los Caballeros; de lo que Arn es un buen ejemplo, aunque por suerte no milite en mi Orden. La suya, la de los Caballeros Custodios de la Doble Rosa, supo conocer días de gloria, pero hoy está en decadencia y ello debido en gran parte, creo, a que en ella se dio demasiada importancia al compañerismo, a la camaradería.

 

      ’La Orden de los Caballeros de la Doble Rosa nació junto con el Reino en el año 744, bajo el reinado de Valentiniano, con la consigna de defender a la justicia y al Rey. Ya en esto hay una gran contradicción, porque no siempre los reyes son justos. Cuando no lo eran, venía la inevitable elección entre defender a la justicia o al Rey. Muchos resolvieron ese dilema decidiendo, de modo simplista y estúpido, que cuanto viniera del Rey tenía que ser justo por tratarse del Rey y porque el poder real proviene de Dios. Otros optaron por hacerse Caballeros Andantes, lo que al menos les otorgaba cierta independencia. El Caballero Andante,como cualquier otro, debe acudir al llamado del Rey cuando éste lo requiera; pero nunca se sabe dónde encontrarlo, porque siempre está de un lado a otro, libre y vagaroso, reparando las injusticias que encuentra a su paso. Así que no es posible hacerle llegar un mensaje directo, y debe confiarse en que le llegue la convocatoria de manera indirecta, por ejemplo a través de una proclama. Pero en principio el honor de un Caballero jamás se pone en entredicho. Si él dice no haberse enterado, no se duda de su palabra, y eso le permite "ignorar", convenientemente, cualquier convocatoria tras la cual se escondan motivos mezquinos o injustos.

 

      ’En los primeros tiempos de la Orden, se suponía que el del Caballero era un camino de sacrificio. Debía anteponer los intereses de otros antes que los suyos, no desviarse nunca de la senda recta y ambicionar honor antes quue honores o recompensas materiales. Los Caballeros de aquella época no siempre eran de origen noble. Quienes sí lo eran, por supuesto, tenían dinero de sobra y se casaban para asegurarse descendencia. Los de origen villano por lo general no tenían casi nada más que lo puesto y no se casaban, un poco por carecer de medios con los cuales sostener económicamente una eventual familia y otro poco para consagrarse de lleno a su actividad. La Caballería era todo un honor, pero sus severas exigencias no tentaban a muchos; y sin embargo, muchos la llevaban en el alma.

 

      ’Eso fue hasta que se hizo hincapié en otros beneficios que reportaba el ser armado Caballero. Se habló de aventuras, de camaradería, de noches de taberna, mujeres y vino. Entonces aumentó el número de los aspirantes a Caballeros, tanto que tuvo que restringirse el ingreso a la Orden. La Caballería acabó siendo, de allí en más, privilegio exclusivo de la nobleza.

 

      ’Ahora bien, fueron numerosos los factores que atentaron contra la Orden. Los largos períodos de paz le fueron perjudiciales. Con la mejor intención del mundo, muchos reyes recompensaron los servicios de sus Caballeros concediéndoles tierras, lo que dio lugar a codicias y envidias y a querellas entre aquellos que hasta entonces se decían amigos y hermanos en las armas. Los impostores tampoco ayudaron. llevar armadura entrañaba un innegable prestigio y algunos beneficios como el de, si se era pobre, poder comer, beber y hospedarse en las posadas y tabernas sin pagar. En tanto fueron los paladines del Reino, los Caballeros gozaron de este agasajo que se les concedía de buen grado, no por ley sino por mera costumbre. A la misma no adhirieron todos los posaderos y taberneros, siempre hubo tacaños que cobraban a los Caballeros como a cualquier otro cliente, pero al principio eran pocos. Sin embargo, empezaron a abundar falsos Caballeros que no habían sido legítimamente armados, pero que querían hacerse notar, ser admirados por las mujeres y frecuentar gratis posadas y tabernas. Tanto proliferaron, que finalmente ningún Caballero era admitido si no podía pagar su comida, bebida y hospedaje. La medida perjudicó sobre todo a los más idealistas, los Andantes.

 

      ’Tampoco ayudó que se prohibiera el ingreso en la Orden a los villanos. Los nobles terminaron más interesados en defender sus posesiones que en cumplir con su deber y mantener en alto el honor de la Caballería. Es cierto que en determinado momento, también los plebeyos, antes de que se les prohibiera ser caballeros, ingresaban en la orden más por la fortuna que esperaban amasar que por sustentar elevados ideales. No obstante, de éstos se acordaban todavía algunos,  sobre todo los Andantes, y los hubieran defendido hasta su último aliento; y éstos, siguiendo el ejemplo de Andrés de Glaituria, el primer Caballero, a veces adoptaban huérfanos, por lo general de baja cuna, a quienes inculcaban sus mismos valores al tiempo que les brindaban protección. Estos hijos adoptivos de los Andantes compartían la vida dura de sus protectores y heredaban sus principios. La prohibición de ingreso a los villanos fue, entonces, otro duro golpe contra los ideales caballerescos.

 

      ’Pero en medio de todo esto, que sin duda no será de vuestro interés, la camaradería fue otro factor que atentó contra la Orden; tal vez incluso el principal. Porque, ya lo dije antes, manzanas podridas hay también entre los Caballeros, y en cierto momento abundaron en la Orden de la Doble Rosa. Extirpándolas, tal vez la decadencia de la Orden hubiera podido frenarse. Pero estaba el compañerismo, que en muchas ocasiones pasó a ser complicidad. Caballeros que en otras circunstancias hubieran sido decentes, cobardemente encubrían o apoyaban desmanes y villanías de otros Caballeros porque éstos eran sus camaradas, y creían que delatarlos hubiese sido traicionarlos. Pero habría sido traicionar a traidores, a traidores a los ideales caballerescos. El auténtico Caballero merece camaradas mejores y si no, la soledad.

 

      Balduino hizo una pausa, y sacó de su bolsillo el trozo de ambar hallado entre la arena. Se lo arrojó a Ulvgang, quien lo atrapó al vuelo.

 

      -Deseo ser camarada vuestro, pero no a cualquier precio-dijo-. Yo soy un Caballero, vosotros sois Kveisunger. En Broddervarsholm seríamos camaradas bajo vuestras reglas, aquí lo seremos según las mías, o no seremos camaradas, sencillamente. Aparte de mis armas y mi armadura, ese trozo de ámbar es todo cuanto poseo en lo material; ni el oro que llevo conmigo me pertenece. Quedaos, pues, con ese fragmento, y dadle el destino que os venga en gana. Pero el cinturón, el collar y el prendedor le pertenecen a Ursula, a menos que no sobreviva a la pulmonía, en cuyo caso volverán a vuestras manos, como corresponde. Pero de sospechar que su muerte no fuera natural, me encargaré de que el culpable lo lamente, o moriré yo mismo en el intento de vengarla.  Pues esto es lo que me dictan mi sentido de la justicia y mi honor de Caballero. Decidid entonces. Podemos ser camaradas de acuerdo a estas reglas, o no serlo y luchar entre nosotros.

 

      Andrusier seguía con cara de mal humor, pero hasta él miraba con cierto asombro y respeto a aquel joven que con tanta vehemencia y coraje defendía aquello en lo que creía.  En cuanto a Thorvald, había en sus duros ojos azules un brillo orgulloso, como si el que así había hablado fuera su hijo.

 

      Sólo Ulvgang sonreía burlonamente, atento a aquella invisible romana en uno de cuyos platillos estaba la astucia de Balduino mientras en el otro se hallaba la transparencia o sinceridad de éste. Parecía haber decidido hacia qué lado se inclinaba el fiel.

 

      -Discurso muy acorde con lo que ayer me contaste de ti-observó, y Balduino quedó helado-. Dinos tus órdenes del día, señor Cabellos de Fuego-añadió, ya con más deferencia.

 

       -Ve con Andrusier en el bote y busca otros probables sobrevivientes del naufragio del Valhöll. Luego volved a Eldersholme y completad lo que ayer dejamos pendiente, la matanza de focas. Lambert, ve adentro y cuida de Ursula tan bien como puedas. Los demás seguiremos con la empalizada.

 

      Nada en el rostro ni en la voz de Balduino traicionaba la enorme confusión que lo embargaba por dentro. Evidentemente, Ulvgang no dudaba de la sinceridad del reciente y largo discurso del pelirrojo, dado que ahora volvía a someterse a su autoridad sin la menor protesta.

 

      El que no sabía qué pensar de sí mismo era el propio Balduino. Este había creído notar que al ingresar en la Orden del Viento Negro pretendía amasar una inmensa fortuna, gobernar un poderoso feudo y ganar renombre a lo largo y a lo ancho del Reino. A todos les decía eso; incluso a Ursula.

 

      Y ahora, turbado, descubría que las palabras idealistas y no obstante sinceras con las que se había dirigido a los Kveisunger entraban en rotunda contradicción con esas fidelidades tan prosaicas que, según él, había perseguido siempre. prefirió decirse a sí mismo que Freyrstrand lo había cambiado mucho; que al fracasar en su objetivo de toda la vida no tenía más remedio que conformarse con esta segunda meta menos materialista. Balduino prefería continuar siendo un misterio hasta para él mismo.

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12 enero 2010 2 12 /01 /enero /2010 19:46

      Ursula era de verdad una auténtica giganta: en Vindsborg, muy pocos alcanzaban una altura similar a la suya, y sólo Thorvald la superaba en el tamaño de los músculos y la anchura de hombros. Su semblante, de magnéticos ojos azules, rasgos enérgicos y melena áurea, resultaba demasiado duro para una mujer; parecía más propio de un muchacho apuesto. El conjunto de su persona se veía más viril que femenino, incluido ese andar de trancos largos y decididos que conservaba aun ahora, semiderrumbada por la pulmonía.

 

      -Nada de princesa-había dicho a Balduino cuando éste se dirigió a ella usando ese tratamiento-. Sólo Ursula.

 

      Y repitió esa aclaración a Karl cuando éste, tras improvisar para ella un camastro de paja, le habló llamándola por su elevado título nobiliario y no por su nombre.

 

      Mejor así, porque lo último que parecía Ursula era una princesa; un príncipe guerrero, tal vez, pero decididamente no una princesa. De hecho, al principio Balduino se sintió inclinado a no creer que lo fuera. Pero no encontró motivos válidos para explicar que estuviese asumiendo una identidad ajena y además, por rudos que fueran sus modales, sus ojos azules rebosaban altivez, franqueza y lealtad, y esa expresión acabó de disipar las dudas del pelirrojo.

 

      Se veía que Ursula estaba seriamente enferma, porque estornudaba y tosía casi sin parar. Había tenido que nadar hasta Eldersholme para salvar su vida, sin tener luego forma de secarse adecuadamente, aunque al menos encontró una cueva donde guarecerse. Pasar la noche mojada no le había sentado nada bien.

 

      Además, estando todavía en Eldersholme, unas aves marinas extraordinariamente abundantes y a las que Ulvgang llamaba caradrios observaron a Ursula con mucha atención, nerviosas casi. Al parecer, esto era preocupante.

 

      -Mala cosa-sentenció Ulvgang-. Los caradrios huelen la enfermedad como otras aves al gato que las acecha... Si se ponen así es que lo de Ursula, sin ser grave todavía, es muy serio, al menos... Si es pulmonía, más vale que volemos a Vindsborg para cuidarla debidamente.

 

      Balduino admiró el valor y el orgullo de Ursula quien, pese a sentirse realmente mal, se esforzaba en mantenerse erguida y majestuosa. Deseó poder llegar a conocerla mejor pero, por desgracia, las perspectivas en ese sentido eran muy inciertas.

 

      Fue a verla cuando ella ya estaba instalada en el camastro de paja, literalmente sepultada bajo una montaña de mantas.

 

      -Llama a quien mande aquí-jadeó ella entre los sacudones provocados por la tos.

 

      -Soy yo. ¿Qué necesitas?-preguntó Balduino con gentileza.

 

      -Hablo en serio. Llámalo, por favor.

 

      -Ursula, ¿a quién voy a llamar, si aquí el que manda soy yo?-replicó Balduino, impaciente-. Soy el comandante de Vindsborg. No será un  título muy glorioso, pero eso es lo que soy.

 

      Ella frunció el ceño y lo evaluó con la mirada. Tras este examen puso tal cara de asco que, más que cuidar de ella, Balduino de buena gana le hubiera dado el golpe de gracia.

 

     -Tienes que alertar de algún modo a Kaldern; allí no se sabe nada de esta invasión de Wurms-dijo Ursula-. Envíale de mi parte un mensaje a Svend Svendson; él se encargará de organizar la defensa.

 

      Balduino y Ulvgang le habían hablado de la guerra y de cómo Freyrstrande se preparaba para un eventual ataque de los Wurms. El pelirrojo se maravilló de que Ursula,  enferma como estaba, se tomara el asunto tan en serio, cuando tantos altos señores de Nerdelkrag lo creían una bufonada.

 

      -Haré lo que pueda. No es mucho lo que puedo prometerte-replicó-. Por el momento, Vindsborg está fuera del servicio de postas, pero tendré el asunto en mente. Tú ocúpate de ponerte bien.

 

      Otro acceso de tos hizo retemblar a Ursula.

 

      -Usando tus propias palabras... Haré lo que pueda-contestó.

 

      Balduino se volvió hacia Karl, quien se hallaba presente, tratando de terminar de poner cómoda a Ursula.

 

      -¿Donde está Hansi?-preguntó-. Dile que entre. No quiero que esté afuera, lejos de mi vista.

 

      -Hoy no ha venido, señor Cabellos de Fuego-contestó Karl-; y la verdad, nos tiene un poco preocupados...

 

      Balduino empalideció, temiendo que algo malo le hubiera sucedido al niño. Con su costumbre de andar solo por ahí, cualquier cosa podía ocurrirle.

 

      -Que Anders se ocupe de averiguar-ordenó.

 

      Karl asintió, y fue a transmitir la orden a Anders mientras Balduino, traspirando frío, se preguntaba si finalmente habría ocurrido lo que tanto venía temiendo, y si en ese momento grifos de las Gröhelnsklamer hundirían sus picos córneos en el cuerpo de Hansi para devorarlo. La horrible imagen lo estremeció.

 

      Se preguntó también cómo proceder en caso de que Ursula muriera. Decidió que, en el mejor de los casos, levantaría en memoria suya un túmulo inevitablemente humilde, poco acorde con su condición de princesa, y eso sería todo. Nada más estaba en condiciones de hacer. Kaldern estaba demasiado lejos y él tenía demasiadas preocupaciones para encargarse de avisar a los deudos o hacer que trasladaran el cadáver. Y como los kaldernianos eran gente muy rara según se decía, y la suerte negra de Balduino era única, podía perfectamente ocurrir que sus buenas intenciones fueran premiadas acusándolo de asesinar a Ursula, si daba a conocer la muerte de ésta. Por lo tanto, mejor mantener el asunto en secreto. Lógicamente, en Kaldern darían por muerta a Ursula cuando pasara el tiempo y no volviera, pero no tendrían forma de conocer su destino.

 

      De cualquier forma, lo de Ursula era lo de menos. Le caía bien de algún modo, pero no la conocía; lo de Hansi, en cambio, le resultaba estremecedor. En ello influía sin duda que se trataba de un niño que además, en cierta forma, estaba a su cargo. Y aunque le molestara admitirlo, la pérdida del niño, aunque éste no hiciera más que fastidiar, sería para él un dolor personal. Se estaba acostumbrando mucho al mocoso.

 

      -Muchacho, tenemos problemas en puerta-dijo a sus espaldas el atronador vozarrón de Thorvald-; y será mejor que hagas algo para que de allí no pasen.

 

      -¿Qué ocurre ahora?-preguntó Balduino, suspirando y volviéndose. Detrás de Thorvald tenían Adler y el gordo Snarki.

 

      -Los Kveisunger, ya sabes. Siguen... algo molestos.

 

      -¿Algo molestos? ¡Están en pie de guerra!-exclamó Adler.

 

      -Por esos objetos que ellos encontraron y Thorvald les retuvo-precisó Snarki.

 

      Balduino se volvió hacia Thorvald.

 

      -¿Y entonces?-preguntó-. Si tú provocaste el problema, resuélvelo.

 

      -Ah, pero yo actué en tu nombre; y si hice mal, es el momento de decirlo-replicó Thorvald, muy tranquilo y muy serio.

 

      -Devolvedles los objetos, señor Cabellos de Fuego, si en algo estimáis vuestra vida-gimió Snarki.

 

      -La verdad, señor Cabellos de Fuego, estáis en una situación por lo menos comprometida, no quisiera estar en vuestros zapatos-dijo Adler, con su semblante picado de viruelas ensombrecido por el temor-. Por el momento, a los demás no nos han forzado a tomar partido, y eso nos deja en libertad a Snarki y a mí para avisaros; pero llegado el caso, tendríamos que ponernos de su lado. Andrusier y Honney están diciendo a los demás que, puesto que Einar no os tiene simpatía, ellos pueden hacer lo que quieran con vos, sin perjuicio para Tarian, Hendryk ni Kehlensneiter.

 

      Balduino no respondió: eso ya se le había ocurrido a él también. Los tres Kveisunger de rehenes bien podían ser un simple subterfugio de Einar para cubrirse contra eventuales acusaciones.

 

      -¿Y Ulvgang? ¿Está con ellos?-preguntó.

 

      -Está, sí... Pero ahora que lo mencionáis, parece más moderado que el resto-contestó Adler-. Claro que Ulvgang, con mucha flema, podría destripar a alguien. Ya sabés, rara vez se exalta, pero es temible de todos modos.

 

      -Dadles lo que piden, señor Cabellos de Fuego-insistió Snarki en tono cada vez más plañidero.

 

      Pero para Balduino, esa sugerencia era la única inaceptable sin discusión. Si por temor cedía tan solo una vez a las exigencias de los Kveisunger, estaría animando a éstos a tratar de imponer su voluntad por la fuerza, y ya no lograría controlarlos.

 

       -Volved afuera vosotros dos-dijo a Snarki y Adler-. Por las dudas, mejor que no os vean conmigo; que interpreten que trato de reunir partidarios contra ellos, es algo que no me conviene ni a mí.

 

      Ellos no se hicieron rogar.

 

      -¿Y tú? ¿Vas a lavarte las manos en este asunto?-preguntó Balduino a Thorvald-. ¿Ni un consejo, ni una idea aportarás?

 

      El gigantesco anciano no se alteró en lo más mínimo por los acentos hostiles del pelirrojo.

 

      -No-declaró-. El comandante eres tú, después de todo, y tengo un gran interés por verte en acción dominando situaciones peliagudas.

 

      -Una orientación mínima, algo, ¡por favor, Thorvald!...-exclamó Balduino, en tono frustrado-. Ya no resisto más. Cuanto emprendo me sale al revés.

 

      -No, muchacho, arréglatelas-respondió Thorvald, terminante-. No es que no tenga ideas; las tengo, y varias. Pero son mis ideas, no las tuyas, y pueden fracasar tanto unas como otras. Y no las necesitas. Piensas con el cerebro, no con los puños... Y eres lo bastante hombre para no necesitar de otro a quien echarle la culpa de tus propios fracasos. En cuanto a eso de que no resistes más, eso es lo que tú crees. Te sorprendería descubrir cuánto más eres capaz de resistir. Siempre cree uno estar en el límite, y siempre soporta un poco más... Y quiero que descubras todo eso. Quiero que aprendas que no eres un ser lastimoso necesitado de una guarida en la que refugiarse, ni de otros a quienes usar como bastón y descartar cuando ya no sirven, sino un hombre que enfrenta las cosas erguido y con la cabeza en alto... Y a propósito: mírame cuando te hablo.

 

      Balduino, obediente, alzó la vista. Los temibles, helados y pétreos ojos azules del coloso, trituradores y avasallantes, lo miraban ceñudos y como deseosos de hacerlo pedazos. Era una mirada intimidante;, y ante ella, en otras ocasiones, Balduino se había visto achicado; pero en esta ocasión el efecto fue el contrario. Fue como si las implacables pupilas redujeran a polvo las flaquezas del pelirrojo en busca de algo más recio, que ahora su magnetismo y carisma lograsen sacar a flote.

 

      -Tienes razón-convino-. Iré a ver qué ocurre. Dando la cara ahora antes de que sigan conspirando a mis espaldas, quizás todavía domine la situación.

 

      La única, enorme mano del viejo se abatió sobre el hombro de Balduino, pesadamente.

 

      -Así se habla, muchacho. Y me tendrás contigo, suceda lo que suceda.

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12 enero 2010 2 12 /01 /enero /2010 19:24

      Los gemelos Björnson habían hecho una especie de espantapájaros con dos palos cruzados y uno de los vestidos hallados en el arcón.

 

      -¿Y, Andrusier, qué te parece?-dijeron al unísono, viendo a quién tenían cerca.

 

      El Kveisung no contestó; todavía no podía digerir que se les hubiera obligado a entregar los objetos hallados en el arcón.

 

      En ese momento arribaba al malecón el bote trayendo a Balduino, Ulvgang y a una tercera figura que atrajo la curiosidad general. Era un sujeto tan alto como Ulvgang, según se vio cuando se puso de pie y saltó a tierra, pero más musculoso, de largos cabellos rubios, arropado en una gran manta de piel de reno completamente empapada. A Andrusier le pareció un carilindo afeminado, más allá de su cuerpo robusto; pero en ese momento, a él cualquiera le hubiese caído mal.

 

      -Rápido, rápido... Por aquí. Tal vez te ahorres la pulmonía-decía Ulvgang al tipo rubio y musculoso.

 

      Balduino hablaba con Thorvald y Karl cuando se les acercaron primero Andrusier y luego Honney.

 

      -¿Y ese forzudo cara de popa hecha mierda de dónde salió, eh?-preguntó agresivamente el primero.

 

      -¡Andrusier!-tronó Karl, escandalizado-. ¡Ese lenguaje!

 

      -Es Ursula Gunnarson, princesa de Kaldern-replicó Balduino.

 

      Andrusier y Honney se miraron, sobrepasados por la respuesta, presas ambos de un estupor mayúsculo; finalmente preguntó el primero:

 

       -¿Eso es una mujer?

 

      -¿Y cómo que Gunnarson?-preguntó Honney por su parte.

 

      Era en efecto una incoherencia referirse a una mujer llamándola Gunnarson ("HIJO de Gunnar) en vez de Gunnarsdutter ("HIJA de Gunnar").

 

      -Mira, no me preguntes a mí-contestó Balduino, haciendo un tajante ademán con su diestra-. Ursula Gunnarson dijo ser, por lo tanto Ursula Gunnarson será. Es una princesa de Kaldern que se embarcó en busca de aventuras y parece que halló demasiadas. La nave en la que viajaba, el Valhöll, naufragó cerca de aquí...

 

      -Ya lo había notado-gruñó Honney.

 

      -Encontramos un cofre con pertenencias suyas-explicó Thorvald.

 

      -Bueno, pues habrá que devolvérselas, siempre y cuando, claro está, sobreviva a la pulmonía que tememos haya contraído. No hace más que toser y estornudar.

 

      -Y vaya estornudos... Creo que nos sirvieron más que la vela y los remos para propulsar el bote-ironizó Ulvgang.

 

      Maldita la gracia que le hacía a Balduino eso de tener una mujer en Vindsborg; no sabía cómo reaccionarían los demás, ni si lograrían sofrenar sus ímpetus sexuales, aunque como mujer Ursula resultase muy poco apetecible. Supo enseguida que, para colmo, había malestar entre los Kveisunger sin necesidad de mujer alguna, porque se respiraba entre ellos cierto indefinible clima hostil, de cuya causa no tardó en informarle Thorvald cuando quedó a solas con él.

 

      -Bueno, encárgate de que se busquen otros sobrevivientes-murmuró Balduino, desanimado.

 

      -¿Le hablas a la arena?-preguntó fríamente Thorvald-. Porque es ahí adonde miras.

 

       -¡Que se busquen sobrevivientes!-exclamó Balduino, exasperado, alzando la vista hacia el viejo-. ¿Qué os pasa hoy a todos?

 

      -A mí, nada; pero ni se te ocurra volver a hablarme con la mirada gacha. Es lo único que te falta para completar tu imagen de pordiosero, y me niego a estar bajo el mando de un mendigo. Levanta la vista-dijo imperativamente Thorvald, viendo que Balduino bajaba de nuevo los ojos-. ¡Ya!

 

      De mal talante, Balduino iba a obedecer, cuando algo que asomaba entre la arena llamó su atención. Se inclinó para recogerlo: resultó ser un trozo de ámbar, de forma aproximadamente rectangular.

 

      -Condenada suerte, me paso toda la mañana de aquí para allá tratando de hallar algo de valor para que luego seas tú quien lo encuentre ni bien pisas tierra firme-gruñó Thorvald, sonriendo burlón-. Casi podría cambiar de opinión y sugerirte que sigas con la cabeza gacha, pero mejor no, no sea que te lo tomes en serio. De veras, Balduino-añadió con severidad-: mantén la cabeza en alto al hablar, o te rompo los huesos.

 

      -Si otro me hablara así...-masculló Balduino, indignado.

 

      -¿Qué?-interrumpió Thorvald, desafiante-. ¿Lo molerías a golpes? ¡Adelante, adelante, date el gusto... si puedes! No te detengas por tratarse de mí. Estaré viejo, pero todavía puedo darte una soberana paliza-rio un tanto malignamente al ver que Balduino lo miraba casi con odio-. ¡Muy bien. muy bien!... Así está mejor. A un guerrero le cuadra más alzar la cabeza con ira, que bajarla como con vergüenza o miedo. ¡Degüéllame si quieres, pero mantén la vista alta y orgullosa, o te la subo a fuerza de puntapiés!

 

      Y muy a su pesar, Balduino tuvo que reír.

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11 enero 2010 1 11 /01 /enero /2010 19:42

      La mayoría de los aldeanos no tardaron en volver a sus habituales actividades. Gudrun fue la primera en marcharse, pese a las protestas de Kurt. Al parecer éste no le había mencionado sus intenciones de presentarla (por no decir entregarla) a Balduino, porque cuando sacó el tema Gudrun se enojó mucho. Luego Kurt trató de retenerla con otros trucos. De creer en sus palabras, probablemente había un fabuloso tesoro enterrado bajo la arena, y si Gudrun se marchaba antes de encontrarlo, se perdería de tener su parte. Ella no le hizo caso,  y se fue. Otros la siguieron poco más tarde; en cuanto a Kurt, no le quedó más remedio que continuar con la reparación del terreón en cuanto lo llamó su tío Thorstein el Viejo.

 

      Al final quedó en la playa sólo un aldeano, un viejo de estatura baja pero fornido, de ojillos pequeños y astutos. Era calvo casi por completo, pero conservaba las patillas y el cabello de la nuca, que llevaba largos.

 

      -Ni se te ocurra acercarte a ése. Todos saben que es un viejo ladrón-advirtió Gröhelle a Anders.

 

      La verdad era que el personaje, ladrón o no, no inspiraba mucha simpatía, pero admiraba la inagotable capacidad de la mayoría de aquellos convictos para ver la paja en el ojo ajeno sin distinguir la viga en el propio.

 

      -¿Y eso? ¿Será del viejo?-preguntó Anders, señalando una carreta tirada por bueyes detenida a cierta distancia.

 

      -Sí-contestó Gröhelle; y pareció a punto de decir algo más, cuando una explosión de algarabía entre un grupo más cercano al mar despertó su curiosidad, y él y Anders fueron a ver qué ocurría.

 

      En el momento en que ambos llegaron al sitio de los hechos, Andrusier y el sordo de Gilbert salían del mar, desnudos hasta la cintura y empapados más o menos hasta la misma, trayendo un arcón de medianas dimensiones que habían encontrado flotando entre las olas. Un cierto número de espectadores, todos ellos de la dotación de Vindsborg, los aplaudían y vitoreaban.

 

      En cuanto el arcón llegó a tierra firme, varias cabezas se arracimaron en torno a él. Estaba resguardado por un cerrojo; sobre el mismo, grabada en la madera, había una inscripción en caracteres rúnicos, que Anders tradujo para los demás:

 

                                                    U R S U L A    

 

      -Ah, qué bien-aprobó Andrusier-. Si este cofre era de una hembra rica, estará lleno de joyas. 

 

      En seguida abrieron el cerrojo; pero pronto llegó la desilusión. El cofre contenía tres o cuatro vestidos enormes,  confeccionados en telas carísimas.  De haber correspondido  a una talla más normal, habrían podido venderlos en el barrio judío de Vallasköpping, pero la propietaria de aquellas prendas obviamente había sido una verdadera giganta.

 

      -Esa Ursula habrá sido alguna parienta rica de mi mujer- refunfuñó Lambert, a la vista del tamaño de aquellas prendas. 

 

      -Un momento... Aquí hay algo más-dijo Andrusier, hurgando debajo del último vestido que había en el cofre y extrayendo un cinturón metálico cuya hebilla en forma de calavera estaba hecha de oro-. Esto debió pertenecer a un guerrero... Algún  macho de la tal Ursula. Esto podríamos echarlo a suertes; es una lástima deshacernos de un objeto tan espléndido.

 

      -¡Imbécil!-exclamó Honney-. De ti me desharía, si alguien me pagara siquiera un céntimo por tu persona. Quiero coger, Andrusier, estoy harto de fregar todas las noches mi mascarón de proa. El cinturón o tu culo, Andrusier: elige lo que estés dispuesto a entregar.

 

      -¿Y para qué querría la puta ésa, la tal Erika, un cinturón como éste?-preguntó Andrusier-. Además, Honney, si fuera una buena hembra valdría la pena, pero parece Adler disfrazado de mujer. Y su concha debe ser un guiso podrido en el que deben faltar sólo los gusanos... Eso si es que faltan. Haremos negocio quedándonos con el cinturón.

 

      Anders sonrió. ¿Así que en Freyrstrand había una prostituta? No era una desolación tan completa como aparentaba, si hasta allí habían llegado los vicios del mundo civilizado...

 

     -Hay algo más aquí...-murmuró Gilbert, excepcionalmente en un volumen de voz normal, revolviendo en el fondo del arcón.

 

      Y alzó triunfante un collar de oro y un prendedor enjoyado.

 

      -Perfecto-dijo el potente vozarrón de Thorvald-. Ahora, entregadme todo eso.

 

      Honney lo miró, indignado y sorprendido.

 

      -¡Un momento, viejo!-exclamó-. ¡Estas cosas son nuestras en buena ley!

 

      -Lo serían, ciertamente-admitió Thorvald-, siempre y cuando no hubiera sobrevivientes del naufragio. Pero parece que  los hay.  

 

     -¿Por qué dices eso?-preguntó Gröhelle

 

      -Porque allí regresan Balduino y Ulvgang-replicó Thorvald, señalando hacia el mar-, y no vienen solos. Alguien los acompaña.

 

      Estas palabras desataron una furiosa andanada de juramentos y blasfemias en el pintoresco léxico de los Kveisunger

 

      -Mira, viejo, mejor no te metas. Deja que nos quedemos con las cosas que encontramos-sugirió Honney-, porque dices que serían nuestras si no hubiera sobrevivientes. Pues bien, en el peor de los casos, podemos asegurarnos personalmente de que no los haya.

 

      -Ten mucho cuidado con lo que dices, Honney-respondió Thorvald, sin inmutarse-. Deja tranquila a la gente respetable. Tres de tus compañeros han quedado de rehenes en Kvissensborg, y si no sabes controlarte, ellos pagarán las consecuencias, lo quiera yo o no. Y aunque más no fuera por Tarian, no lo querría.

 

      -¡Eres un puerco y un miserable!-rugió Honney, fuera de sí, con sus verdes pupilas destellando amenazadoramente-. ¿Por qué no decidimos esto como hombres y entre nosotros? 

 

      -También eso ocurriría, Honney . Claro que habría lucha entre nosotros, pero eso no tengo ni que decirlo. Lo otro es lo que conviene que tengas en cuenta. 

 

      -No entreguemos nada-propuso Andrusier a sus compinches, tan encolerizado como Honney. De tu gente respetable ya sabemos bastante, Thorvald. Son tan ladrones como nosotros, pero además hipócritas.

 

      -Es inútil. No tenemos más remedio que obedecer...-concluyó sombríamente Gröhelle-... Por ahora.

 

      Anders se sintió muy inquieto. Gröhelle parecía ser el que pensaba con más claridad en aquel grupo, pero se sometía muy renuentemente. Además, lo suyo parecía menos una capitulación que un cambio de táctica. Aunque por fuerza los Kveisunger debieran de momento controlar sus violentas naturalezas, el furioso intercambio de miradas entre ellos era mal indicio. Más tarde o más temprano, hallarían la forma de vengarse.   

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11 enero 2010 1 11 /01 /enero /2010 18:59

      Anders mismo, la noche anterior, se había preguntado si el bote habría naufragado y Balduino y Ulvgang estarían muertos.

 

      -No os preocupéis, señor-había dicho Karl, como adivinándole los pensamientos-. Ulvgang cuidará del señor Cabellos de Fuego...

 

      -¿Cuidarlo?... ¡Por mí, que lo destripe!-contestó vehementemente Anders, para sorpresa y horror de Karl; pero de inmediato se arrepintió de sus palabras. O no. No estaba seguro de qué deseaba él ni de qué merecía Balduino.

 

      La verdad, sería raro verse al fin libre del pelirrojo antipático y repugnante, y se preguntó cómo aprovecharía esa libertad, caso de que Balduino de veras se hubiese ahogado.

 

      -Mirad si el señor Cabellos de Fuego muriera...-dijo maliciosamente Hundi-. Cierto grumete que conocemos pasaría a ser el Capitán...

 

      Anders, quien sabía de sobre que cierto grumete era él, se puso abruptamente pálido. ¿El, a cargo de aquellos energúmenos? ¡Ni pensarlo! ¡Que a Balduino ni se le ocurriera ahogarse... por más que él, Anders, no pudiese evitar desearlo de tanto en tanto!

 

     A la mañana siguiente, luego del desayuno, Thorvald incorporó la inmensa mole de su  cuerpo y dijo lacónicamente:

 

      -Bueno, vayamos a ver.

 

      ¿Vayamos a ver? ¿Vayamos a ver qué, exactamente? ¿Las tareas del día? No parecía tratarse de eso. Generalmente, para ir a trabajar se daba una orden cortés pero firme. Ahora el tono de Thorvald era más bien de invitación o sugerencia, y los demás se veían muy ansiosos, como si anhelaran desde mucho tiempo atrás que se les dijera eso.

 

      Por inercia, Anders salió tras los otros. Estos se dispersaron, individualmente o en parejas, y echaron a andar por la playa. Y lo curioso era que varios aldeanos desconocidos estaban allí también y  hacían lo propio. En cambio, era notoria la ausencia de Hansi; a esa hora solía venir él a despedir a su padre. De éste dicho  tampoco se veía el menor rastro, como tampoco de los otros pescadores. La propia barca pesquera no se veía en el malecón, como hubiera sido normal. ¿Habrían Friedrik y sus compañeros zarpado más temprano, llevándose consigo a Hansi?

 

      -Hola, amigo-dijo una voz a espaldas de Anders. Este se volvió y encontró el rostro tosco y sonriente de Kurt-. He traído una mujer-añadió con aire confidencial.

 

      Anders no entendió qué quería decir Kurt.

 

      -¿Tu novia?-preguntó.

 

      -No, no. Mi novia no vino-contestó Kurt; y añadió, en tono aún más confidencial:-. Traje una mujer para mi amigo... Allá está-y señaló una de las tantas figuras que merodeaban por la playa.

 

      La figura en cuestión correspondía a una pastora, a juzgar por el cayado que portaba. Por ese mismo cayado Anders la reconoció aún viéndola de lejos: era la pastorcita a la que habían consultado Balduino y él el día que ambos llegaron a Freyrstrande. Era una jovencita bastante desagraciada, según los criterios de Anders; sobre todo por su desproporcionada dentadura, tan grande que la forzaba a mantener la boca entreabierta en un rictus de lo más chocante. El resto de su persona medianamente hubiera podido pasar, pero no aquella dentadura de monstruo marino.

 

      -Se llama Gudrun-prosiguió Kurt, entusiasta-. Está loca por mi amigo. Ella fue quien lo llamó por primera vez señor Cabellos de Fuego.

 

      Más que loca por Balduino, si Gudrun gustaba de éste simplemente estaba loca a secas, pensó Anders; si bien por su apariencia le convenía a la joven ser poco exigente. Aunque ya se sabe que mejor solo que mal acompañado... De todos modos la pastorcita, o no tenía interés en nada que tuviera que ver con Vindsborg, o disimulaba muy bien. Miraba al suelo y, cada tanto, revolvía entre la arena valiéndose de su cayado, buscando quién sabía qué. Otro tanto hacían los otros aldeanos y la singular dotación de Vindsborg, aunque en el caso de los primeros era muy obvio, por cómo levantaban de tanto en tanto la vista y miraban aquí y allá ansiosamente, que sentían curiosidad por ver en persona al señor Cabellos de Fuego del que tanto habían oído hablar, el Caballero enviado para defenderlos. La llegada de cualquier forastero tenía que provocar tamaño revuelo en un lugar insignificante y en donde nunca pasaba nada como lo era Freyrstrande; máxime tratándose de alguien tan distinguido.

 

      -Friedrik y sus compañeros zarparon más temprano hoy?-preguntó Anders a Kurt.

 

      -No, no. Ayer no volvieron. Cuando hay tormenta y están lejos de aquí buscan una isla donde recalar. Ya vendrán... ¿Dónde está mi amigo? Quiero presentarle a Gudrun ahora, porque ella luego irá a cuidar de sus ovejas y mi tío y yo tendremos que seguir trabajando en el torreón.

 

      Pero Anders no llegó a contestar, porque en ese momento Hundi, acompañado por su séquito perruno medio diseminado por la playa,  le salió por el costado, lo aferró por el brazo y se lo llevó literalmente a la rastra.

 

      -Tú vienes conmigo, grumete; tal vez me traigas suerte y encuentre algo.

 

      Como era obvio que todos los demás, empezando por Thorvald y terminando con la tal Gudrun, no habían necesitado intercambiar siquiera media palabra para decidir que había que buscar algo, Anders presintió que quedaría como un tonto si preguntaba qué esperaban encontrar exactamente. Algunos se habían puesto a cavar como topos, especialmente en el amplio arenal tachonado de grandes rocas que el retroceso de la marea dejaba ahora en exposición.

 

      -¿Te volviste loco, Adler?-gritaba Thorvald al secuestrador, que en pocos minutos y con la sola ayuda de sus manos había excavado un profundo agujero, del que emergían ahora su cuello descarnado y su semblante picado de viruelas y rematado en aquel inmenso naso. Contemplaba a Thorvald con auténtica indignación-. ¡No vale la pena ir tan hacia abajo!

 

      Hundi observó un poco su entorno con aquellos taimados ojillos grises suyos.

 

      -Ajá-murmuró satisfecho. Su maliciosa sonrisa se ensanchó como si acabara de liquidar al guardián del más rico botín del mundo-. Ya sabía yo que me traerías suerte. Creo que aquí los difuntitos nos dejaron algo-y se acercó a algo de color marrón oscuro que resaltaba entre la arena empapada.

 

      Riendo con maligna complacencia, Hundi se agachó. Sus seis perros, algunos de los cuales en ese momento se corrían mutuamente, gruñéndose y mordiendo rabos propios o ajenos, se le acercaron meneando la cola, como si fuera la hora de la comida y aguardaran los sobrantes.

 

      -Difuntitos... Sí...-murmuró Hundi, anhelante, sin dejar de reír en voz baja y en forma ladina-...Sí... ¡SIIIIIIIIIIÍ!-gritó súbita y triunfalmente, lanzando al aire  algo desenterrado de entre la arena entre feroces y estentóreas carcajadas.

 

      La cosa lanzada al aire dio unas cuantas volteretas desparramando arena a diestra y siniestra. Anders, no podía ser de otra manera, recibió sobre su persona la mayor parte de esa arena, pero al menos esquivó el objeto cuando éste cayó con un ruido seco.

 

      -¡NAUFRAGIO! ¡NAUFRAGIO!-gritaba Hundi, sin dejar de reír, mientras alrededor todos se ponían a buscar con más ahínco.

 

       -Esteee... Perdón...-musitó tímidamente Anders-...Perdón, pero... ¿Tanto os alegra que un grupo de pobres marinos haya muerto?

 

      -Bah, grumete, no seas tonto-replicó Hundi-. Claro que no nos alegra que hayan muerto...

 

      Lo disimulaba muy bien, por cierto.

 

      -...pero, ¿por qué no aprovechar lo que del naufragio haya venido a parar a esta playa, y que a los difuntitos no les servirá?-concluyó-. No me alegro de que ellos estén muerto, sino de que  nosotros viviremos mejor.

 

      Anders echó una mirada al objeto que tan a tiempo había eludido cuando caía: una bota marrón, sucia pero en buen estado, lo que indicaba que no hacía mucho había sido usada.  Pero seguía sin entender que un naufragio fuera motivo de tanta algarabía, a no ser que quien se hubiera ahogado fuese Balduino.

 

      -¿Que viviremos mejor?... ¿Por hallar una única bota?-preguntó, desconcertado.

 

      Hundi meneó la cabeza casi con desesperación, como si ya no fuera capaz de seguir oyendo gansadas.

 

      -Si encontramos una, tal vez encontremos la otra. O cualquier otra cosa útil-gruñó, tratando de ser paciente.

 

      Anders no lo comprendía, porque él era muy de tierra adentro. Solía ser frecuente en las costas eso de que, luego de una tormenta, todo el mundo se pusiera al acecho de cualquier indicio de un reciente naufragio ocurrido en las cercanías. Durante el reflujo se buscaban entre la arena restos aprovechables de ese naufragio. En Freyrstrande rara vez alguien hallaba nada, pero la costumbre subsistía de todos modos, tal vez porque proporcionaba una excelente excusa para ociar un rato.

 

      -¿No será la barca de Friedrik la que naufragó?-preguntó Anders.

 

      -Esa bota es cara, no se ven de ésas por aquí-gruñó Hundi-. Ven, veamos qué más podemos hallar...

 

      No hizo mucha gracia a Anders tener que seguir pegado a Hundi, a quien por otra parte no se animaba a contradecir; pero menos gracia todavía le hizo que al cruzarse con Honney y Andrusier, Hundi se pusiera a hablar con ellos, y que para colmo la conversación fuera derivando de a poco hacia los buenos tiempos. Se entretenían comentando anécdotas para ellos divertidísimas pero que, invariablemente, rezumaban sangre; historias ocurridas durante viejos abordajes y que tenían algún detalle cómico, pero cuyo eje habitual era el despanzurramiento de un  pobre diablo de turno:

 

      Es inútil, escoria, ningún repugnante Kveisung podrá jamás acabar con Erik el Temerario (últimas palabras). Andrusier había agitado su espada repetidas veces  en otros tantos intentos de decapitar a un enemigo que siempre lo eludía a último momento, antes de lograr el cometido la quinta o sexta vez. El malvado Gröte en una ocasión hundió tanto su cuchillo en el cuerpo de una víctima devenida cadáver que luego no pudo sacarlo, ya que mientras forcejeaba por recuperarlo se le vino encima otro enemigo y tuvo que poner pies en polvorosa. Engel, en pleno combate, pisó una de las cabezas cortadas por su compinche Kehlensneiter, y cayó al suelo. Se salvó de volverse él mismo un difuntito gracias a que su contrincante pisó otra de esas cabezas y también se desplomó cuan largo era. Kratzer, cuya mano derecha amputada había sido sustituída por un garfio de varias puntas, hundió su espeluznante prótesis en el cráneo de un enemigo, y una mezcla de sangre y masa encefálica le cayó en los ojos, cegándolo momentáneamente...

 

      Todas eran historias por el estilo. Cada una de ellas era festejada con fuertes carcajadas por Honney, Hundi y Andrusier. Anders se preguntó si la reunión era espontánea o si premeditadamente lo hacían oír tales anécdotas a fin de asustarlo. Pero aun sin sentirse muy osado, Anders ya no se asustaba tanto como días atrás. La enumeración de grotescas atrocidades ciertamente lo incomodaba un poco, y por momentos no podía contener una mueca que reflejaba sus emociones más íntimas; no obstante, no llegaba al punto de sentir piel de gallina.

 

      Recordaba algunas barrabasadas cometidas por él mismo cuando era niño. Sus padres jamás habían dejado de castigarlas con otras tantas palizas, que justificaban con la consabida frase: Esto para que aprendas que lo que acabas de hacer está mal.

 

      Ante ejemplares como Honney, Andrusier y Hundi se notaba que en los hogares Kveisunger la permisividad era la regla. ¡Mi pequeño es un angelito!...-diría probablemente la madre de Andrusier (de quien éste habría heredado los rasgos físicos y hasta  la costumbre de afeitarse mal) cuando su vástago aún era pequeñajo-. ¡Con sólo cinco años, ya aprendió que luego de jugar con sus amiguitos no debe dejar los cadáveres desparramados por toda la casa!

 

      Cuando volvió a la realidad, los tres piratas lo observaban con malévolas sonrisas apenas insinuadas: pero fue el rostro de Andrusier el primero que vio. Al recordar la denodada defensa imaginaría hecha por Mamá Kveisung de las virtudes de su retoño, no pudo reprimir una sonrisa irónica. La de Andrusier se hizo más amplia, una espeluznante sonrisa de malignidad satisfecha. Al verla, Anders soltó una carcajada nerviosa, respondida por otras, mucho más estruendosas y siniestras, de los tres Kveisunger. Tal vez éstos imaginaban ya al grumete siguiendo sus pasos en la piratería, despachando enemigos a diestra y siniestra...

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10 enero 2010 7 10 /01 /enero /2010 19:08

XXX

      La tormenta no amainó sino con las últimas luces del crepúsculo, y Balduino aceptó el consejo de Ulvgang de pasar la noche en Eldersholme. A la mañana siguiente, hartos del encierro forzoso, se arrastraron los dos fuera de la caverna. El mar estaba picado, el viento bramaba sin cesar y el cielo no estaba completamente limpio, pero al menos era seguro que no seguiría lloviendo. Nubarrones de fúnebre negrura y contornos albos y dorados avanzaban veloces hacia el Sur por un firmamento de singulares fulgores, mayormente rojizos, aunque aquí y allá se veían extraños matices turquesas.

 

      -No sueles mirar mucho hacia arriba, ¿verdad?-preguntó Ulvgang; porque Balduino observaba el firmamento con aire embobado.

 

      -No de esta manera-admitió el pelirrojo, asombrado al advertir que, por insólito que fuera, jamás se le había ocurrido hasta entonces detenerse a contemplar el cielo simplemente por placer o para matar el ocio-. Lo hacía sólo por motivos prácticos... Buscando un halcón de caza extraviado o rastros de humo que pudieran indicar el avance de un enemigo que a su paso provoca incendios, o para saber qué tiempo haría ese día o el siguiente, o tratando de hallar una paloma que debía traer un mensaje. Camino hacia Freyrstrande también miré al cielo alguna vez para precaverme de los grifos y también para admirarlos; pero atendía a los grifos y no al cielo, y los veía como un símbolo de poder-rió un tanto amargamente-. Contemplaba la posibilidad de incluirlos en mi escudo de armas cuando fuera un gran señor. A veces iba más allá en mi delirio e imaginaba que en mi castillo tendría un grifo doméstico a los pies de mi trono, y todos hablarían de Balduino el Dominador de Grifos, gran guerrero y poderoso señor...

 

      -Y me imagino que jamás admiraste un bosque; que siempre miraste hacia él en busca de enemigos parapetados tras los árboles o para decidir dónde hallarías mejor leña-se burló Ulvgang.

 

      -Algo así...-murmuró Balduino, sonriendo melancólicamente.

 

      -Los jóvenes... Me recuerdas un poco a mí cuando tenía tu edad. Escucha a un viejo, señor Cabellos de Fuego-dijo Ulvgang, poniendo una mano en el hombro de Balduino-: sueña, si quieres, con ser el dueño del mundo; pero disfruta ante todo de la parte de él que ya te pertenece mientras la tengas, pues hasta eso puedes perder algún día, sin que importe cuán malo o cuán bueno hayas sido. Yo era el Terror de los Estrechos, el amo de los mares, el Kveisung más poderoso de mi tiempo; y un buen día me hallé sin nada, en una cárcel oscura, fría y húmeda, y al alzar la vista no hallaba más que un techo gris, sucio y feo. Has sido afortunado si este traspié te permitió descubrir hasta qué punto es hermoso el cielo. Yo tuve que estar diez años privado de él para darme cuenta.

 

      Balduino lo miró con recelo. La imagen paternal de Ulvgang no lo convencía del todo, aunque el aura de peligro que habitualmente envolvía al Kveisung hubiera desaparecido por un momento. Pero no estaba de ánimos para fingir, aun cuando sincerarse implicara revelar puntos débiles de su personalidad a un potencial enemigo.

 

      -No te gastes, Ulvgang-dijo-. Desde que me sucedió esto que tú llamas traspié, siento una especie de hambre en el alma que ningún cielo, por hermoso que sea, podría mitigar.

 

      -Mejor que así sea. Es preferible sufrir hambre a pasarse la vida bebiendo brebajes mágicos para engañar al hambre.

 

      -¿Qué quieres decir?

 

      -Descúbrelo tú mismo.

 

      Balduino se enojó, considerando que Ulvgang trataba de hacerse el misterioso. En eso, el Kveisung señaló hacia la orilla y gritó:

 

      -¡Eh! ¡Ese grandullón se lleva nuestro bote!

 

      En efecto, una figura musculosa, de largos cabellos rubios, arrastraba hasta la orilla el bote sin el cual Balduino y Ulvgang no podrían regresar a Vindsborg. Tal vez una barca pesquera los recogiera días más tarde, pero era casi seguro que no los buscarían expresamente: los darían por muertos.

 

      Bajaron por las estribaciones del volcán, vociferando como demonios, y tan rápido como lo permitía el terreno en pendiente y plagado de rocas y desniveles.

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10 enero 2010 7 10 /01 /enero /2010 16:35

      Durante un buen rato permanecieron callados los dos, como intimidados por el rabioso bramar de la tormenta que fustigaba Eldersholme. Balduino aprovechó esos instantes para reflexionar acerca de la increíble historia que acababa de oír.

 

      Historia magnífica, sin duda. No le faltaba nada: un pirata legendario, predicciones de videntes medio chiflados, una mujer misteriosa y tal vez bruja o diabla venida de la nada y desvanecida en la nada, traiciones, abordajes surtidos, barcos fantasma, monstruos marinos y por último una historia de amor imposible entre un hombre y una sirena, todo salpimentado con crueldad y nobleza en las dosis exactas. Pero, ¿qué había de cierto en semejante mosaico de excentricidades? Tal vez Adam alucinara cientos de historias similares a aquélla después de aspirar nutridas dosis de Fuego de Lobo.

 

      Y sin embargo, la última parte de la historia tenía que ser auténtica al menos hasta cierto punto. Aparte de lo que Balduino sabía o creía saber acerca del origen de Tarian, Ulvgang había narrado ese tramo del relato con creciente dolor, como si una vieja y semiolvidada herida volviese a quedar en carne viva, palpitante y atroz. Era difícil, si no imposible, fingir hasta ese punto un sentimiento.

 

      Súbitamente odió la realidad, en la que ningún malo lo era totalmente. Cuando la maldad aparece con cuernos y rabo, sin dudas se arde en deseos de condenarla; pero  rara vez se presenta así en la vida real, y en la medida en que los cuernos y el rabo tienden a desaparecer -al menos a ojos vista- se intenta buscar excusas o justificaciones para los malvados.

 

      Peor todavía, como acertadamente dijera Ulvgang, el corazón no razona; ésa es tarea de la mente. Cuando ésta no se impone sobre el sentimiento, se tiende a buscar disculpas hasta para los actos más aberrantes.

 

      No cabía duda de que Ulvgang y sus Kveisunger habían hecho cosas espeluznantes, aunque infligiendo daños físicos irreparables sólo a otros guerreros. Tal vez de vez en cuando algún loco sin experiencia en el manejo de las armas hubiera intentado hacerles frente, pero ello no debía ocurrir con gran frecuencia. Más de una década de tropelías había hecho de las huestes de Sundeneschrackt una pesadilla capaz de estremecer a Andrusia de punta a punta, y tan siniestra fama sin duda dejaba poco lugar para audacias imprudentes.

 

      Pero, de cualquier modo, en esa lucha entre dos bandos armados, el de Ulvgang había sido el bando malvado. Para un guerrero, la muerte en combate era un final lógico y hasta glorioso; pero por desgracia, los muertos a menudo dejan atrás viuda y huérfanos para llorarlos. Visto desde esta perspectiva, el daño causado por los Kveisunger se convertía en algo execrable e inexcusable.

 

      Y aun así, Balduino no podía evitar sentir simpatía y cierta piedad hacia ellos. Sus crímenes, en el fondo, les habían reportado escasos beneficios y ninguna felicidad. Hasta en el siniestro Kehlensneiter veía atisbos de infrecuente nobleza.

 

      Y esta forma de pensar, muy  poco conveniente para un Caballero, lo dejaba confuso y espantado a él mismo. En su mente y en su alma, las fronteras del Bien y el Mal, que él siempre había tenido por estrictas, se desdibujaban de una forma alarmante. Era menester que tales fronteras existiesen; se necesitaba algo con qué determinar las diferencias entre lo bueno y lo malo. Y no obstante, a él no sólo se le hacían borrosos dichos límites, sino que había discrepancias entre la voz de su mente y la de su alma. Su mente le decía que aquellos Kveisunger eran malvados; y su alma, que eran buenos. Por ahora era su mente quien tenía la última palabra, arguyendo que tal vez Ulvgang hubiera fraguado buena parte de la historia, si no toda, precisamente para que Balduino viese alterados sus valores habituales. Pero su alma replicaba que no todo podía ser un invento, y él temía que, de escucharla, terminara viendo todo al revés y opinando, como los Kveisunger, que no eran ellos los malvados, sino los otros.

 

      -¿Duermes?-preguntó a Ulvgang, y cuando éste replicó negativamente, añadió:-. Einar se quedó con tu tesoro, ¿no?

 

      -Sí, bueno...-dijo Ulvgang, tras un largo y sonoro bostezo-. Con parte de él, en realidad, pero...

 

      -Disculpa, me expresé mal. me refiero a tu mayor tesoro, tu joya más preciada. Una que, si no me equivoco, de alguna forma te fue entregada por la propia Margyzer, muchos años después de los hechos que me narraste...

 

      Si alguna vez el por lo general imperturbable Ulvgang se mostró nervioso como una bestia acorralada, fue aquella. Su inquietud rersultaba palpable incluso en aquella oscuridad.

 

      -¿Qué sabes tú de eso y quién te lo dijo?-preguntó.

 

      -Sé lo que debo saber y no viene al caso quién me lo dijo-replicó Balduino, muy satisfecho. Al menos ese nerviosismo de Ulvgang era cien por ciento auténtico-. Lo que importa es lo que a ti te falta saber...

 

      -Deja de hacerte el misterioso y habla claro-replicó Ulvgang, cada vez más alterado.

 

      -Me propongo recobrar esa joya y traerla a Vindsborg. Demostrar que Einar no tiene derechos sobre ella y arrebatársela para siempre.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, mi paciencia tiene un límite. Tus palabras son ambiguas-dijo Ulvgang, ahora hecho un  manojo de nervios y con un dejo siniestro en su voz-. ¿Qué joya es ésa de la que hablas?

 

      -¿Cuál crees?... ¡La espada de empuñadura de oro y con diamantes incrustados del Príncipe Gudjon de Drakenstadt!

 

      -Ah-gruñó inexpresivamente Ulvgang, en tono desconcertado.

 

      Balduino aguardó a que dijera algo más, pero ello no sucedió, de modo que fue él quien tuvo que reiniciar el diálogo:

 

      -Eres muy buen guardián de tus secretos, Ulvgang. ¿Crees de veras que me tomaría cualesquiera molestias por una simple espada?-dijo, en tono de chanza-. No, me refiero a ya sabes quién... A Tarian-agregó.

 

      Ulvgang pegó un  respingo.

 

      -Ten mucho, mucho cuidado, señor Cabellos de Fuego-advirtió con voz de hielo-. Ese no es tema para jugar con él o tomarlo a la ligera...

 

      -Lo sé, Ulvgang, tranquilo. Sólo que, como tú mismo dijiste antes, es difícil confiar en la amistad de alguien astuto. Tú has sido amable conmigo, pero nuestra convivencia es obligada. No me cabe la menor duda de que algo has estado tramando todo este tiempo y si no actúas es, creo, porque estudias el mejor modo de llevar a cabo tus planes, los cuales incluyen la liberación de Tarian. Quise ver al menos un rostro tuyo al que pudiera llamar verdadero y ya lo tengo, el de un padre secretamente angustiado por su hijo. Por lo demás, me tomo muy en serio cuanto se refiere a Tarian. Sé que es inocente y que vive de golpiza en golpiza en las mazmorras de Kvissensborg. Yo fui golpeado traicionera y brutalmente por hombres de Einar, así que me siento muy solidarizado con Tarian. Te aseguro que haré cuanto esté a mi alcance para liberarlo...

 

      Ulvgang bufó como un todo que se prepara para embestir.

 

      -Todo suena muy noble, muy altruísta de tu parte, pero ¿sabes qué?: no sé si confiar en ti. De tu relato sobre tu vida veo que tiendes a engañarte a ti mismo. Y me pongo en tu lugar: un Caballero en misión oficial que tiene bajo su mando a un grupo de presidiarios de quienes debe asegurarse de que no se fuguen y le obedezcan en todo. ¿Cómo lograrlo?: mediante una promesa. Promesa hecha, tal vez, irreflexivamente, con toda la intención de cumplirla, pero sólo en principio. Pues en el fondo la cosa es tan complicada, que si te examinaras a ti mismo sabrías que no harás nada. Todo eso suponiendo que realmente tengas esa sincera y superficial intención; cosa factible pero no indiscutible. Ahora bien, si me haces una promesa, sincera o no, y luego no la cumples, ¿cómo piensas que reaccionaré yo?

 

      -No es difícil imaginarlo. Lo que me has dicho acerca de la Schulternsgrabe y del destino de los que se amotinaron contra ti me dejó ideas muy claras respecto a la suerte que corre quien traiciona a un Kveisung...

 

      -Bien. Veo que nos vamos entendiendo. ¿Qué me dices ahora?

 

      -Ulvgang, la cosa es más complicada de lo que imaginas. Más que de promesas, tendríamos que hablar de intenciones, y éstas pueden llegar a buen puerto o no. Por el momento, no me he quedado sólo en las intenciones, pues tengo listo un  mensaje para el señor Thorstein Eyjolvson, el Gran Maestre de mi Orden, en el que le expongo precisamente el tema de la liberación de Tarian, Solamente a él puedo recurrir; no tengo contactos más altos. El primer problema que se me presenta es que no puedo enviar el maldito mensaje pues, como sabes, hasta el momento ningún correo se ha detenido en Freyrstrande. Todos nos ignoran y pasan de largo...

 

      -Esto es cierto. Prosigue.

 

      -Supongamos, sin embargo, que un correo se detuviera y yo le encomendara el mensaje. Luego hay que ver si éste llega a su destinatario; porque el camino es largo y lleno de peligros. Supongamos también que el mensaje llega a manos del señor Thorstein Eyjolvson. Tal como creo conocerlo, y admito que casi no lo conozco, el problema le interesaría: hizo mucho hincapié en que sus Caballeros hiciéramos lo correcto, lo que incluye proteger a inocentes. Pero, ¿se convencería de la inocencia de Tarian? Pues éste fue juzgado y hallado culpable... Pero supongamos que sí, que se convence. Está la guerra: no sé si una catástrofe de semejante envergadura le dejaría tiempo al señor Eyjolvson para ocuparse del problema de una sola persona. Imaginemos también, por último, que sí dispusiera de ese tiempo; ¿dispondría además de la suficiente influencia para ordenar la liberación de Tarian? Es dudoso. Hasta no hace mucho tiempo, ser un Caballero del Viento Negro era ser un  malhechor y un fementido, y muchos tendrían interés en que volviéramos a ser proscritos... si no lo somos todavía. Sobre tantos azares, Ulvgang, es poco lo que me atrevo a prometer. Otra posibilidad sería liberar a Tarian por la fuerza pero, por lo que sé, eso sería peligroso hasta para él.

 

      -Sí. Día y noche hay junto a él un hombre armado preparado para asesinarlo al menor indicio de rebelión o fuga por parte de los demás convictos-admitió sombríamente Ulvgang-. Veo, de cualquier manera, que realmente tienes las intenciones que dices tener, porque has ponderado todas y cada una de las dificultades, y no dudas en exponérmelos. Si quisieras engañarme, harías que las cosas se vieran mucho más sencillas, buscando luego excusas para justificar las demoras... Tratemos, entonces, de resolver para empezar el primero de esos inconvenientes: el envío del mensaje-hizo una pausa-. ¿Qué me pides a cambio de la libertad de Tarian?

 

      -No puedo exigirte nada. Tarian no es un prisionero mío por el que pueda pedir rescate, sino un inocente a quien yo mismo deseo ver libre-contestó Balduino-. No obstante, su eventual liberación es un problema entre muchos otros que tengo; de modo que me prestarías un gran servicio y contribuirías a que pueda dedicar más tiempo a este asunto no creándome más inconvenientes y cuidando que ninguno de los otros me los genere, al menos hasta que Tarian esté libre.

 

       Instintivamente, en la oscuridad, Balduino estiró de forma un tanto tímida su diestra. Se sorprendió al toparse con la de Ulvgang. Amó el apretón de manos entre ambos, ese simple gesto por el que sellaban su acuerdo empeñando su patrimonio más valioso: su honor. Ultimamente, Balduino se asombraba al descubrirse disfrutando de pequeñeces como aquélla; tal vez porque, al sentir que lo había perdido todo, era como un hambriento que procura saciarse aunque más no sea a fuerza de migajas.

 

      - Así será. Y si lo logras, señor Cabellos de Fuego-aseguró Ulvgang-, ten por seguro que contarás con mi protección y mi lealtad hasta mis últimos días. Te tendré por hermano de Tarian, y estaré dispuesto a dar la vida lo mismo por ti que por él.

 

      -No digas tonterías-gruñó Balduino, molesto. ¿Qué necesidad tenía Ulvgang de exagerar así?

 

      -Ninguna tontería. Ya te tocará ser padre y entonces me entenderás-dijo Ulvgang

 

      -Puede que jamás llegue a ser padre... Pero te recuerdo que sí soy hijo, o lo fui al menos durante trece años. Ve a decirle a mi padre que dé la vida por mí-replicó Balduino con sarcasmo.

 

      Y Ulvgang pensó en la historia que le había contado el pelirrojo; y reprimiendo la primera respuesta que se le ocurrió, dijo simplemente:

 

      -Como tú digas-y ya no continuaron hablando.

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9 enero 2010 6 09 /01 /enero /2010 18:02

      -Y pensar que, según tú, la historia que te conté es oro de mala calidad-suspiró Balduino-. He aquí que tu mercadería son cajones llenos de arena con una superficial capa de granos encima. Ni siquiera me has dicho demasiado de ti mismo: te la pasaste hablando de Thorben.


      -Bueno, él fue una influencia muy importante en mi vida-contestó Ulvgang, sin ofenderse-. Sé que toda la historia suena increíble... Y de la batalla contra el Holmenesheld, Gröhelle y yo jamás le dijimos una sola palabra a nadie; eres el primero en conocerla fuera de nosotros. Así que no puedo culparte si no me crees. Pero ten en cuenta que hay quienes no creen que los Wurms estén atacando el Reino; lo que no necesariamente quiere decir que no sea cierto, como dices que es.


      -Igual ha sido una historia fascinante-aprobó Balduino, sonriendo deleitado en la oscuridad, como un niño que acaba de oír su cuento predilecto-. Pero sigues sin decirme cómo llegaste a Capitán.


      -Ya estaba llegando ahí, señor Cabellos de Fuego; pero no tiene sentido que continúe, si de todos modos no vas a creerme. Y lo que sigue es algo bastante personal y doloroso; me enojaría mucho si no me tomaras en serio.


      -Déjame intentarlo-rogó Balduino-. Si no te creo, prometo disimular.


      Ulvgang lo pensó un poco.


      -Está bien-dijo finalmente-. Como te dije, fuimos tres los que alcanzamos la costa a nado. Llegamos poco más que a una escollera, un islote de mala muerte entre rocas a flor de agua. En esa zona no tendríamos esperanzas de ser rescatados más que por naves de guerra de Drakenstadt, que patrullaban por ahí con cierta frecuencia; pero al menos en mi caso, la sacaría más barata muriendo de hambre y frío en aquel roquedal. Tras doce años de piratear junto a Thorben, mi rostro era demasiado conocido, y mi cabeza tenía precio en Drakenstadt.


      ’El segundo día, sin embargo, una galera Kveisung nos halló, pues estaba escondiéndose de la vista de, precisamente, naves de guerra de Drakenstadt. Entonces empezaron a cobrar sentido, en parte, las palabras de Snack: Rescatados al segundo día, libres antes de los tres años. Aquél era el segundo día; y  entre los Kveisunger, cuando un náufrago es rescatado, se estila que, en agradecimiento, pase a servir  durante tres años al capitán del barco salvador. Pero no me hizo gracia saber de qué barco y qué capitán  se trataba. El barco: el Slaktersreider, tocayo y sucesor de aquel otro que, siete años, había escapado de nuestro  ataque a Nibilshaven por hallarse navegando. El capitán: Bleitzinenauken, el bastardo más sanguinario y traicionero que hayan parido las Islas Andrusias.


      -¿No eras tú también sanguinario?-objetó Balduino.


      -No como él, señor cabellos de Fuego. El se jactaba de no perdonar la vida a nadie, ni aun a aquellos que se rendían para salvar sus vidas. Hay cuatro buenas razones para hacerlo si eres Kveisung. La primera tiene que ver con el negocio: no conviene que haya lucha, porque perderías  hombres, si no mueres tú mismo en combate. Si perdonas las vidas de los que se rinden, éstos dirán a otros que los Kveisunger ceden a la misericordia siempre que se la piden. Entonces las siguientes presas que captures se rendirán sin luchar, te llevarás todo lo que tienen y respetarás sus vidas para que todo siga continuando fácilmente. En cambio, si una nave encuentra el océano  lleno de sangre y cadáveres flotantes, como ocurría luego de un ataque de Bleitzinenauken, su capitán pensará que los Kveisunger somos todos unos carniceros, y si intentamos abordar su nave, él y su tripulación se batirán contra nosotros como fieras, pensando que tal vez es la única forma de salvar sus vidas... La segunda razón tiene que ver con el orgullo. Se siente uno magnífico perdonando a aquellos a quienes podría aplastar como a insectos. La tercera razón es precautoria: siempre existe el riesgo de que te capturen y quieran enviarte a la horca. Pero si demostraste compasión, puede que te la ofrezcan a ti, aunque de muy mala gana. Y la cuarta razón es simple humanidad: ¿para qué matar, no siendo necesario hacerlo?


      -Qué bueno que tengas razones humanitarias, aunque figuren en último lugar-rió Balduino.


      -Sí, soy un verdadero santo-aprobó sarcásticamente Ulvgang-. Bleitzinenauken debía tener una memoria excelente pues, aunque antes sólo nos había visto una vez hacía nueve años, me reconoció ni bien estuvo a bordo del Slaktersreider.


      ’-Vaya, vaya...-dijo, irónico-. ¿Qué tenemos aquí?... El pequeño Zeesteuvenskild, ya más crecido, junto a dos de sus camaradas... debe dar miedo hallarse solo y desamparado en unos peñascos, sin las anchas espaldas de Thorben para poder refugiarse tras ellas, ¿eh?


      ’Lo hubiera estrangulado de buena gana, pero no se hace eso a quien lo acaba de rescatar a uno. Nos recordó que, según las leyes del mar (de las que él, sin embargo, no obedecía ni la mitad) debíamos servirlo durante tres años. Esto fue buena excusa de su parte para intentar humillarnos, encargándonos tareas más dignas de pinches y de grumetes que de Kveisunger fogueados en infinitos combates. Lo preferíamos así. No nos hacía participar en abordajes, y nosotros fingíamos estar resentidos de ello; pero era lo que queríamos, para no tomar parte en sus carnicerías. Pero me costaba no rebelarme, porque Bleitzinenauken adoptó una nueva modalidad, la de hacerse pasar por  Thorben durante los abordajes. Los tripulantes de las naves capturadas, creyendo estar ante el famoso Zeesteuven, célebre por su benevolencia hacia quienes se rendían, entregaban sus armas, y seguidamente Bleitzinenauken ordenaba su exterminio.


      ’Fue a bordo del Slaktersreider que conocí a quien más tarde sería uno de mis hombres más leales, lo que es muy meritorio porque, a su manera, tuvo motivos para no serlo. Hasta el día de hoy lo siento mi amigo, aunque él no me corresponde el sentimiento. En ese entonces era un muchacho algo siniestro, hosco y de pocas palabras. Creo que cargaba con un enorme sufrimiento sobre sus espaldas, pero yo apenas si llegué a entrever en qué consistían más o menos algunos de sus viejos pesares. Igual que Lambert, tenía ojos de un raro color violáceo, pero había en ellos una perturbadora expresión de la que carecen los ojos de Lambert. Daba la impresión de no estar de acuerdo con las atrocidades de Bleitzinenauken, pues era siempre de los últimos en sumarse a las sanguinarias matanzas. Pero una vez que tomaba parte en ellas, lo hacía con tanta dedicación y saña, que uno no sabía qué pensar de él. De cualquier modo, para bien o para mal, era alguien especial. Su nombre era Hans, pero posteriormente se hizo célebre por su apodo: Kehlensneiter.


      -Kehlensneiter...-repitió Balduino, pensativamente, en la oscuridad de la gruta. Una década después de desaparecer de las costas andrusianas, aquel personaje seguía siendo recordado con auténtico horror en los grandes puertos del Norte de Nerdelkrag-. Dicen que fue muy sanguinario. No sé si el hecho de haber sufrido, como dices que sufrió, justifica que...


      -Pues yo menos-interrumpió Ulvgang-. Pero debes entender, primero, que bajo mi mando Kehlensneiter obedeció puntualmente las reglas que rigen a los Kveisunger. Jamás puso un dedo encima a mujeres y niños, y respetó igualmente las vidas de quienes se rendían. De haber sido por él, quizás los hubiese matado a todos; pero creo que cuenta lo que hizo, no lo que deseó hacer. En cuanto a nuestros enemigos, eso eran, enemigos precisamente. Kehlensneiter los mataba con especial crueldad y arrojaba al aire sus cabezas cortadas. Quería ser temido y odiado. Sobre eso, señor Cabellos de Fuego, los Kveisunger carecemos de prohibiciones. Al contrario: conviene ser cruel y malvado con quienes se nos oponen, por las mismas razones que conviene ser clemente con quienes se nos rinden. En segundo lugar, la mente razona; el corazón, por desgracia, no.  Aprendí esto a raíz del episodio que voy a contarte ahora. Para ti, tal vez esto sean sólo palabras: recién empiezas a vivir. Lo aprenderás con los años. De cualquier manera, no importa lo que se diga de Kehlensneiter, sus enemigos son también los míos. Lo defenderé a muerte... Pero vamos al episodio del que te hablaba, el que a mí me transformó en Capitán, y a Hans en Kehlensneiter.


      ’A veces a todos nos llega una racha de mala suerte, y en el Slaktersreider  pasamos por una durante el segundo año que estuve bajo la autoridad de Bleitzinenauken. Se nos habían agotado las provisiones y el oro, y nuestras presas se nos escurrían de un modo u otro. Finalmente, Bleitzinenauken dispuso que nos dirigiéramos a los criaderos de foca de Viskeholme para abastecernos de la necesaria carne para subsistir, pues ya estábamos famélicos. Hacia allí nos dirigíamos, cuando desde la nave alguien distinguió lo que parecía un gran pez, y lo arponeó. Mas pronto hubo dudas respecto a la identidad de la criatura, y se lanzaron redes para subirla a bordo. Para nuestra gran sorpresa, se trataba de una sirena.


      Balduino quedó atónito. El hecho de que Anders le hubiera dicho ya que Tarian Morv Mwyalch era hijo de Ulvgang y de una sirena no menoscababa en lo más mínimo su capacidad de asombro al hallarse en lo que tal vez fueran los umbrales de la historia del desconocido muchacho.


      -Ya sé que suena raro: me dirás que las sirenas llevan largo tiempo desaparecidas-dijo Ulvgang, advirtiendo la perplejidad de Balduino. La verdad era que éste apenas si había oído hablar de las sirenas, sin dar mucho crédito a su existencia hasta que supo de la de Tarian. De que además alguna vez hubieran sido abundantes y ahora estuvieran desaparecidas, ni hablar-. No obstante, era una sirena. El arponero la había herido seriamente, pero estaba viva, y ni bien la vimos nos conmovió a casi todos, pues era de extraña y sorprendente belleza. La tranquilizamos como pudimos y decidimos hacer lo imposible por salvarle la vida. En medio de nuestras tareas nos hacíamos un tiempo para verla, de uno en uno.


       Ulvgang hizo una pausa; luego preguntó:


       -¿Alguna vez has estado enamorado, muchacho?


      -No-repuso Balduino; y recordó lo que Ulvgang había dicho hacía un rato: Los Kveisunger rara vez se enamoran... El que lo hace, es tan pasional para el amor como para lo demás... Los que se enamoran, lo hacen generalmente de mujeres para ellos inalcanzables...


      -Más de la mitad de la tripulación del Slaktersreider se enamoró de aquella sirena. Desesperadamente y sin esperanza-dijo Ulvgang, con un dolor que ni se molestaba en ocultar-. Ya te lo he dicho antes, el corazón no razona. Era cosa terrible ver aquel rostro bello y dulce como un amanecer en mar calmo, y bajar luego la vista hacia aquella cola de pez...

      -¿Tanto repugnaba esa cola?


       -¡No, no!... ¡Era una hermosa cola de pez, cubierta de brillantes escamas verdeazuladas!... ¡Pero viéndola, tus sueños se hacían añicos! ¡Era un amargo recordatorio de que todo el amor del mundo no podría retenerla contigo o permitirte seguirla adonde quiera que fuese!... Más tarde o más temprano, ella volvería a las profundidades, adonde no podrías seguirla... ¿Sabes?, por la mayoría de mis camaradas del Slaktersreider no sentía yo el menor aprecio: casi todos se regodeaban en la matanza sin sentido, tanto como el mismo Bleitzinenauken. Pero te juro, señor Cabellos de Fuego, que ni mil años de prisión o de cepo ni la misma horca hubiesen sido un castigo tan duro para tantos de ellos como lo fue enamorarse de forma tan terrible y con tan poca fortuna. Gröhelle, mucho más prudente que yo, evitó mirarla mucho, y me aconsejó hacer otro tanto; pero no le hice caso. Tenía veintiséis años, y me sentía en la plenitud de mi vigor, y nada más ver aquella princesa de las profundidades me sentía aún más duro y decidido, a diferencia de la mayoría de mis compañeros. Estos languidecían, perdían peso, iban de aquí para allá con la mirada perdida... ¡Hasta se mareaban, señor Cabellos de Fuego! ¡Fue un milagro que por esos días no nos pescara ninguna tempestad, pues hubiéramos ido a parar al fondo del océano!


      -Suena como si esa sirena fuese también ella otra Swummelinbrud, otro demonio capaz de hacer naufragar a los marinos más expertos...


      -¿Un demonio?... ¡No! ¡Era un ángel, un verdadero ángel, la criatura más dulce y  hermosa que pueda concebirse!... ¡Un ángel de cabellos dorados y ojos oblicuos, tan azules y profundos como el mismo océano!... Y aunque su cuerpo era tan perfecto que parecía modelado por un escultor, a todos nos impactó más su rostro. Este tenía orejas puntiagudas y mirada inocente y bondadosa, ¡y esos ojos!... ¡Esos ojos increíbles!... Era un ángel, o el sueño de un ángel... O el llanto de los demonios por el paraíso perdido...


      Resultaba conmovedor para Balduino escuchar a aquel tosco y feroz Kveisung expresarse con tanta pasión y en términos tan poéticos. ¿Sería bueno enamorarse así?... Balduino lo dudaba.


      -Las criaturas del Mundo Bajo las Olas son misteriosas, inescrutables-prosiguió Ulvgan


g-. Nunca supe si ella sabía hablar o no, pero creo que sí sabía, o que hubiera podido aprender, al menos. Supongo que, por alguna razón, no quería hacerlo. Sólo le oí pronunciar dos palabras, una de las cuales fue su nombre: Margyzer. La otra palabra fue mi nombre. Luego de escucharlo de labios de ella, cuando otro lo pronuncia me suena desagradable como un  chirrido de bisagra oxidada o el graznido de un cuervo.


      ’Enamorado como estaba, procuraba no pensar en que algún día ella sanaría y retornaría a su mundo submarino. Por el momento, me interesaba sólo protegerla y deshacerme a puñetazos de posibles competidores. Unos pocos hombres a bordo la miraban con lujuria y sin amor, entre ellos el propio Bleitzinenauken, que durante un tiempo se abstuvo prudentemente de intentar nada contra ella. Otros fueron más audaces, pero entre mi principal rival y yo les enseñamos a trompadas a respetar a Margyzer.


      -¿Y este rival era...?-preguntó Balduino.


      -Hans Karlson-contestó Ulvgang-, el futuro Kehlensneiter. Por esos días, sin proponérnoslo ni hablar de ello entre nosotros, ambos coincidíamos en proteger a Margyzer pero, por lo demás, nos odiábamos a muerte, porque estábamos seguros de que ella aceptaría sólo a uno o a otro, y que nadie más tenía posibilidades. Imaginábamos que, de los dos, escogería al más duro, al más valiente. Cuando parecía que  uno de los dos mataría al otro, las cosas se dieron de manera muy diferente.


      ’A medida que Margyzer iba curándose, Bleitzinenauken la miraba de una forma cada vez más repugnante. Para él, Margyzer era un botín más, y no estaba dispuesto a compartirlo con nadie; pero como te dije, por un tiempo se abstuvo de acercársele. Tal vez le faltara valor, o tal vez esperaba que quedaran menos competidores, no lo sé. El caso es que una noche, algo bebido, trató de tomarla por la fuerza. Ella gritó de tal manera, que pronto toda la tripulación acudió a ver qué sucedía. Bleitzinenauken se incorporó y nos desafió a que tratáramos de detenerlo, algo a lo que la mayoría estaban más que dispuestos, ansiosos casi; pero antes que cualquier otro me adelanté yo. Tras una breve discusión, nos trenzamos a puñetazos. Es una forma de decir: en realidad, lo estaba demoliendo a golpes. Entonces él trató de sacar su cuchillo; pero yo, más rápido, le hundí el mío en su garganta y, cuando aún se hallaba moribundo, lo arrojé por la borda.


      ’-Ahora somos tú y yo, Ulvgang-dijo Hans, adelantándose agresivamente-. Házte a un lado, o pelea. 


      ’Y peleamos. No voy a mentirte, señor Cabellos de Fuego: pude haber ganado, pero perdí por subestimar a Hans, quien luchó como un verdadero demonio. Entonces, luego de vencerme, sacó también su cuchillo. Me hubiese matado allí mismo: yo estaba en el suelo, incapaz de defenderme, porque Hans realmente me había dado una paliza en toda regla, y casi ni sabía cómo me llamaba. Pero Margyzer se arrastró hasta donde yo estaba, y se interpuso entre ambos. Hans le ordenó hacerse a un lado; pero ella no sólo no obedeció, sino que me abrazó y me dio un beso que me elevó por encima de las nubes.


      ’Gröhelle intentó luego describirme la reacción de Hans, pero afirmó no poder hacerlo del todo. Dijo que la cara se le puso de un color verdoso, que la mano que sostenía el cuchillo se abrió sin él quererlo y que soltó el arma sin advertir lo que hacía; que empezó a temblar como un espástico y nos miraba a todos como si fuéramos culpables de causarle un daño irreparable, que él no hubiese esperado de nosotros.


      ’-Ahora eres el nuevo capitán-le dijo Gröhelle; y era lo justo, dado el desarrollo de los acontecimientos.


      ’-Yo no-contestó-. Es Ulvgang-y tras echarnos una última mirada a Margyzer y a mí, repitió:-. Es Ulvgang- y se cubrió el rostro con las manos y, sin dejar de temblar, se retiró a la popa, adonde estuvo solo, sin que nadie lo molestara. Muchos creyeron que no volverían a verlo vivo, que se mataría de un modo u otro. Pero no lo hizo, y supe por qué a la mañana siguiente, cuando me le uní.


      -Raro-opinó Balduino, pensativo-. Kehlensneiter estaba quebrado, según entiendo. ¿Por qué no lo dejaste solo? ¿No es eso lo que se estila entre los Kveisunger?


      -Es que a la mañana siguiente, éramos dos los quebrados; de modo que Hans ocupó un sitio en la popa y yo otro-contestó Ulvgang-. Cada uno por su lado y ambos solos.


      Siguió a estas palabras un silencio muy triste. Fue Balduino el primero en romperlo:


      -¿Se había ido Margyzer?


      -Sí, sin despedirse-contestó Ulvgang-. Pasamos una magnífica noche de amor pero, a la mañana siguiente, ella ya no estaba. Perdí la razón durante un instante. Grité que Hans sin duda la había matado por despecho. Esto no era justo: Hans en ningún momento se había movido de la popa, adonde continuaba tan hecho pedazos de dolor como antes, cosa que me hicieron ver entre todos. Luego acusé a otros. No había rastros de sangre ni ningún otro indicio de asesinato. También me lo hicieron ver. Por último, alguien aseguró haberla visto saltar por la borda. Enloquecido como me encontraba, primero estuve a punto de liquidar a ese hombre por no haberme avisado cuando la vio irse; y luego traté de saltar tras ella, gritando su nombre...


      Se detuvo, incapaz de continuar. Balduino comprendió que todos los detalles ulteriores de la historia carecían de importancia.


      -Entonces fue por eso que Kehlensneiter no se mató-dedujo-. Se dio cuenta de que, sin importar a quién hubiera elegido Margyzer, tú la perderías tanto como la había perdido él, ¿no?


      -Así es.


      -Y Kehlensneiter te reconoció siempre como capitán y te guardó lealtad. Lo hizo porque en cierto modo se sintió hermanado contigo, ¿no? 


      -Creo que sí, señor Cabellos de Fuego. Creo que se dio cuenta de que ya no tenía motivos para odiarme, y que compartíamos el mismo dolor, la misma pérdida. Al poco tiempo empezó a manifestarse en él esa crueldad suya que lo hizo tan famoso. Imagino que deseaba mitigar su propia angustia dañando a otros y sembrando espanto. De cualquier forma, nada tengo que reprocharle. Me fue fiel incluso durante el motín que años más tarde encabezaron Honney y su compinche Mälermann contra mí.


      -Vaya... Honney te traicionó, ¿y lo dejaste vivo?


      -Se amotinó contra mí, no me traicionó. No es lo mismo, por lo menos no en este caso. Honney Mälermann venían desafiando abiertamente mi autoridad y decían que era hora de que otro tomara el mando; verlos liderando el motín no fue sorpresa para mí. Así que a ellos les perdoné la vida; pero mejor ni preguntes qué hice con todos y cada uno de sus seguidores. No te daré detalles, pero te aseguro que murieron chillando y sufriendo como los cerdos que eran; porque ellos sí, fingiendo serme fieles, se pusieron de parte de los cabecillas de la revuelta. Al menos Honney Mälermann demostraron cierto coraje, y eso merecía alguna consideración. Luego de ver a sus cómplices retorciéndose como cochinos en su agonía, te aseguro que no les quedaron ganas de armas motines ni de plegarse a alguno, ni a ellos ni a nadie más. Por otra parte, no volvería a ser tan compasivo con Honney Mälermann. Pero lo que importa es que Kehlensneiter fue el primero en ponerse de mi lado para sofocar el motín; creo que ni Gröhelle se movió tan célere como él. 


     

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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