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26 diciembre 2009 6 26 /12 /diciembre /2009 19:43

      Las hachas se consiguieron en Vallasköpping, y Balduino tomó la suya y se fue al bosque junto con los otros a tumbar los árboles necesarios para iniciar sus proyectos. Sin embargo, la madera tardaría mucho en secarse y poder ser utilizada; y el pelirrojo, autoconvencido a estas alturas de la inminencia de un ataque de los Wurms, no estaba dispuesto a esperar tanto. En consecuencia, envió a Karl nuevamente a Vallasköpping.

 

      -Quiero un presupuesto por una catapulta que pueda ser manejada por sólo dos o tres personas, y que tenga un alcance de tiro de al menos cincuenta pies; pero no toleraré que se me robe-le dijo al enviarlo-. Busca a los constructores de catapultas de la ciudad, y pídeles que te hagan un presupuesto. Como parte de pago daríamos troncos, aprovechando que disponemos de los mejores leñadores de la región-miró a sus hombres, que adoptaron poses pretendidamente fatuas al ver que se hacía referencia a ellos de modo tan halagüeño-. Pero no importa qué precio te digan, quéjate mucho y no cierres trato. Di que, a ese precio, tienes que consultarlo conmigo. Y ve al barrio judío de Vallasköpping y pregunta a qué precio pagan el oro en bruto. Y a los constructores de catapultas, para obligarlos a rebajar sus precios, házles creer algo así como que si nos satisfacen en calidad y precio encargaríamos al menos cincuenta.

 

      Aparte de que ahorraba tiempo, al disponer de una catapulta construida por profesionales solucionaba otro problema surgido de su inexperiencia. En Ramtala, él había echado un vistazo a las gigantescas catapultas de la ciudad para estudiar detalles de su construcción y funcionamiento. Pero él necesitaba versiones más pequeñas de aquellas colosales máquinas, y dudaba de salir airoso en un primer intento, si él mismo ideaba las adaptaciones. Al tener ya un modelo fabricado por entendidos, dispondría de mucho tiempo para estudiarlo y poder reproducirlo con ayuda de sus hombres. Ni hablar de encargar una segunda catapulta; cuando tuviera que pagar la primera, los constructores lo dejarían tan desnudo como Adán.

 

      Balduino empalideció al ver las tarifas que Karl trajo de Vallasköpping; pero tenía aún un as bajo la manga. Y así el siguiente domingo, después de la misa, retuvo a Fray Bartolomeo y le dijo:

 

      -Necesito que me acompañéis a Vallasköpping, hermano, para persuadir a esos bribones de que preciso una catapulta a precio de costo.

 

      -¿Y qué tengo que ver yo en eso?-protestó Fray Bartolomeo.

 

      -¡Mucho!-contestó Balduino con vehemencia-. Diréis a esos canallas que la vida humana es sagrada y que con ella no se juega; que deberían avergonzarse de cobrar esos precios, tanto más cuanto que la vida humana no tiene ninguno, y por otra parte más dignos de los mercaderes a los que Nuestro Señor Jesucristo echó del templo, que de hombres de bien; y que, si me venden la catapulta a precio de costo, seguirán siendo igualmente ladrones, pero como Dimas, el Buen Ladrón, irán directamente al Paraíso. Así los convenceremos.

 

      -Tú eres quien debería avergonzarse, descreído. ¡Citar las Escrituras para fines tan terrenales y prosaicos!... ¡Esto lo has aprendido de tus amigos herejes!-exclamó Fray Bartolomeo, indignado.

 

      -¡No, de un judío! ¡De un Caballero judío!

 

      -¿Un Caballero judío?-preguntó el cura, escéptico.

 

      -¡Claro! Nuestra Orden no puede darse el lujo de rechazar a nadie, en principio. El señor Benjamin Ben Jakob fue, de hecho, el primer judío al que la Orden admitió entre sus filas. Lo serví durante cinco años. Siempre le oí decir que, para un Caballero, la Justicia debe ser la primera religión; la fe que cada uno profese debe venir después. Para hacer cumplir la Justicia, aseguraba, puede uno hacer de la lengua una filosa espada. Conoce de los Evangelios no menos versículos que de la Torah y el Talmud, y me recomendó hacer otro tanto para coaccionar por igual a cristianos y judíos y persuadirlos, sin necesidad de armas, de obrar correctamente.

 

      -Hermosa Orden de Caballería ésta que acepta entre sus huestes a judíos como tu Benjamin y ateos como tú-gruñó Fray Bartolomeo-. Pero te acompañaré a Vallasköpping, con tal de que dejes de fastidiar.

 

      -¡Magnífico!-exclamó Balduino-. Voy por los caballos.

 

       Fray Bartolomeo lo miró estupefacto.

 

       -¡Pero no dije que iría hoy!-dijo-. ¡Es domingo, día del Señor... y tengo todavía otras misas que celebrar!

 

      -En tiempos de Jesús, el día del Señor era el sábado. Ello no le impidió...

 

      -Al Infierno, y no a Vallasköpping me arrastrarás con tus citas evangélicas-rugió Fray Bartolomeo-. Tengo misas que oficiar aún, nos vemos después del mediodía, pero deja la Biblia en paz.

 

      ¡Y pensar que cuando llegó a Freyrstrande, este desfachatado me dio pena y me tomé el trabajo de consolarlo!, pensó. Pero, fiel a su palabra, volvió pasado el mediodía y acompañó a Balduino hasta Vallasköpping. Entre ambos, lograron obtener de los fabricantes de catapultas la promesa de hacer el trabajo a precio de costo; y Balduino, astutamente, consiguió también sonsacarles algunos secretos de su oficio, objetando la eficacia del producto que ellos, como es lógico, salieron a defender. Luego, a fuerza de citas de la Torah, el pelirrojo obtuvo de los mercaderes del barrio judío un precio relativamente justo por su oro, y con el dinero que le pagaron por él entregó un adelanto por la catapulta.

 

      Los constructores pusieron manos a la obra. Pero el trabajo no les reportaría ganancia alguna, de modo que fueron rezagándose cada vez más, hasta que la obra se paralizó por completo semanas más tarde. Balduino tuvo que enviar nuevamente a Fray Bartolomeo, esta vez para amenazarlos con los suplicios infernales por promesas incumplidas, para que el trabajo avanzara otro poco, antes de detenerse de nuevo.

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26 diciembre 2009 6 26 /12 /diciembre /2009 18:48

XVI

      -Os lo repetiré por última vez-dijo una noche Balduino a la inusual dotación de Vindsborg-: estáis aquí en previsión de que los Wurms, que se han apoderado de las Andrusias Occidentales y por lo visto planean invadir también el continente, lleguen hasta estas costas.

 

      Ya estaba hartándose de que se le preguntara una y otra vez contra qué enemigos iban a luchar.

 

      -Einar nos lo dijo-objetó Ulvgang-, pero burlándose.

 

      -Si tienes dudas, puedes ir a Gullinbjorg, Ramtala o Drakenstadt y evacuarlas allí mismo-replicó Baludino, irritado.

 

      -No, gracias-contestó Ulvgang, sonriendo-. Ya he conocido esos lugares, y de Drakenstadt me llevé unos cuantos recuerdos. también dejé algunos. Allí insisten en que vuelva a visitarlos alguna vez, pues me han preparado un hermoso sitial de honor en el patíbulo de Justizesholmele.

 

      Hubo un coro de risas.

 

      -Pero aun así, no puedo creerte del todo-continuó Ulvgang-. Me parece que habrían mandado tropas si...

 

       -El envío de tropas depende de la aprobación del Rey, quien está lejos-cortó Balduino-. Andrusia Occidental no puede enviar refuerzos a ningún sitio: bastante quehacer tiene ya repeliendo los avances de los reptiles sobre sus puertos. Y Andrusia Oriental se toma en chiste todo esto, como has podido ver por tu Einar-al pronunciar aquel nombre, el rostro se le contrajo de furia, y cerró los puños-. Los hombres de Kvissensborg son unos blandengues. tener que depender de ellos para cualquier acción defensiva hubiera sido para llorar. De los Kveisunger, no obstante, he oído mucho. La mayoría de lo que se dice de ´vosotros es nefasto, pero al parecer nadie duda de vuestra valentía y fiereza. Para Einar no sois sino escoria, y una escoria doblegada y ablandada por diez años de prisión. Esta podría ser la oportunidad de demostrarle lo contrario, y que él es un asno y un cobarde. También, es cierto, podría ser vuestra muerte; pero creo que para un Kveisung es más digno morir en combate que en prisión.

 

      Balduino no había pretendido hacer una arenga; simplemente, se desahogaba de la ira que le nacía del recuerdo de la paliza recibida en Kvissensborg. Pero había hablado espontáneamente y, en su cólera, alzando la voz, de modo que incluso aquel sordo de Gilbert pudo oírlo; y era muy evidente el impacto de sus palabras en los siete Kveisunger. Sus expresiones delataban a las claras que les bullía su sangre salvaje e indómita, y que estaban más que dispuestos a hacer honor a las palabras de Balduino. Y por haber hablado éste con tanta vehemencia, no se les ocurrió en ese momento, cuán poco probable era que una playa solitaria y poco atrayente como Freyrstrande sedujera a los Wurms. Por otra parte, el mismo Balduino necesitaba engañarse a sí mismo, persuadirse de que su presencia allí era vital.

 

      Consecuentemente, los Kveisunger, de allí en más, se pusieron por completo al servicio de Balduino, y eso le allanó muchas dificultades; pero quedaban muchas otras.

 

      No había hachas para tumbar los árboles con cuya madera se construirían las catapultas y las trampas proyectadas por Balduino, ni herramientas adecuadas para aserrar y trabajar luego esa madera; ni tampoco hierro u otro metal para hacer escudos y lanzas. Una visita al torreón cercano, que Balduino pretendía usar como atalaya, demostró que necesitaba reparaciones inevitables. La escalinata que conducía hasta lo alto era de madera; los tirantes debían ser reemplazados en muchos puntos, y lo mismo los peldaños. Sólo fue posible subir hasta cierto tramo, porque el resto estaba derrumbado. Cuando Balduino pisó un escalón de aparente firmeza, éste cedió bajó su pie, y el joven se salvó de caer al vacío gracias a Ulvgang, quien venía detrás y lo sostuvo.

 

      -Gracias-dijo Balduino.

 

      -No ha sido nada, señor Cabellos de Fuego-replicó Ulvgang.

 

      -¿Por qué todos me llamáis así?-preguntó el muchacho, molesto-. Mi nombre es Balduino.

 

      -Pues lo que es yo, recién me entero.

 

      Seguidamente, Balduino fue a ver a Thorvald y Karl, y les expuso que de la reparación de la escalinata del torreón prefería que se encargara el carpintero, si había alguno en Freyrstrand.

 

      -Puede decirse que hay-repuso Thorvald-. En realidad, aquí cada uno es su propio carpintero,  médico y  herrero, pero siempre alguien entiende de algo más que otros.

 

      -¿Pero cómo le pagaréis?-preguntó Karl.

 

      -¿Sabes montar?-le preguntó Balduino, a su vez.

 

      -Sí, claro.

 

      -Cabalgarás hasta la factoría de los Haraldssen en Vallasköpping y cambiarás oro, del que te proveeré, por dinero en efectivo.

 

      -Los Haraldssen no tienen factoría en Vallasköpping-aclaró Thorvald-. Hay un barrio judío, allí tal vez cambien oro; pero no vale la pena tomarse el trabajo de intentarlo, porque aquí el efectivo no tiene valor. Todo se maneja por trueque.

 

      Balduino se sintió desfallecer. Freyrstrande estaba tan apartado del resto del mundo, que ni el comercio se regía allí por las normas usuales.

 

      -¿Qué demonios tenemos que podamos cambiarle a este carpintero, o lo que él sea?-bufó.

 

      -A mi parecer, nada-contestó Thorvald.

 

      -¡Un servicio! ¡Tiene que haber un servicio que podamos brindar! ¡Decidle a este hombre que somos los protectores de Freyrstrande!-exclamó Balduino, desesperado.

 

      Thorvald esbozó una sonrisa.

 

     -Díselo tú, si te atreves-contestó-. Los aldeanos son muy respetuosos, pero creo que hasta ellos tomarían a broma una frase así.

 

      -¡Foca!-exclamó Balduino, súbitamente iluminado-. Tengo entendido que hay una colonia de focas en Eldersholme. Podemos abastecer a este hombre de carne de foca y pieles. Pieles ya curtidas. Conozco de curtiembre. Karl, irás a Vallasköpping a que te roben los cambistas judíos y luego a que te roben los proveedores de artículos de curtiembre. Lambert se encargará de ese trabajo, está demasiado viejo para faenas pesadas, pero puede ser igualmente útil.

 

      -No es tan mala idea-aprobó Thorvald-. Se puede intentar. Disponemos de un bote, después de todo.

 

      -Sí... Pero está Jormungand-observó Karl, sombrío.

 

      -¿Quién?-preguntó Balduino.

 

      -La serpiente marina-dijo Karl.

 

      Balduino quedó boquiabierto durante unos minutos, incrédulo ante su aparentemente interminable colección de gemas de mala suerte. Luego gimió, señalando hacia el mar:

 

      -¿Quiere decir que, para colmo, tenemos ahí una maldita serpiente marina? ¿Y desde cuándo, si puede saberse?

 

      Karl asintió.

 

      -Siempre ha estado ahí-respondió-. Bah, bueno, siempre es una forma de decir. Aparece y desaparece, pero se la ve de tanto en tanto.

 

      -Está bien-gruñó Balduino, resignado-. Yo personalmente iré a Eldersholme a cazar focas. Si aparece esta serpiente, esta Jormungand, la mataré a arponazos.

 

      -No soñéis, señor-dijo Karl, dramático-. Ya se ha intentado antes, y es peor el remedio que la enfermedad. Los arpones se le clavan en el lomo, pero a Jormungand ni cosquillas le hacen, y las barcas terminan volcando. La serpiente devora acto seguido a los tripulantes.

 

      -Basta, Karl-amonestó Thorvald a su compañero; y agregó, mirando al pelirrojo:-. No hagas caso, muchacho, ésos son cuentos de viejas. Figúrate que, si fueran ciertos, no quedarían pescadores en Freyrstrande.

 

      -Si Jormungand ataca, no intentéis nada, sólo daos por muerto-insistió Karl, siempre en el mismo tono de tragedia.

 

      -¡KARL!-tronó ferózmente Thorvald; y explicó a Balduino:-. Esa serpiente es bastante tímida. Son exagerados los relatos de ataques de monstruos marinos.

 

      Tal vez aquello fuera cierto, pero Balduino no estaba tranquilo. En Ramtala había oído historias supuestamente verídicas y en todo caso muy creíbles  acerca de ataques de monstruos marinos. Lo inquietaba sobre todo una en particular, la de cierta barca pesquera de Drakenstadt, el Zeeswrad, hundida supuestamente por una enigmática criatura de las profundidades, tras un victorioso combate previo, el mismo día, con otra bestia similar.

 

      Pero puesto que los pescadores no se arredraban ante monstruo alguno, no podía él, un Caballero, dejar ver su temor. No obstante, decidió que, cuando fuera a Eldersholme, lo haría acompañado de un experimentado y sanguinario Kveisung que, tal vez, se las hubiera visto antes con monstruos marinos: Honney, Andrusier o incluso el mismo Ulvgang.

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23 diciembre 2009 3 23 /12 /diciembre /2009 16:52

XV

      Aunque luego de ese día hubo más comunicación entre la heterogénea dotación de Vindsborg y Balduino hacía esfuerzos sobrehumanos por triunfar sobre su ánimo hecho pedazos, siguieron tiempos duros. Cada cosa que emprendía se venía abajo o se interrumpía apenas empezada, lo que, sumado al hecho de no haberse recobrado aún de la amarga sorpresa que Freyrstrande había sido para él, amenazaba una y otra vez con precipitarlo a un tenebroso abismo de desesperación.

      Cuando en ocasiones recordaba el suceso en las Gröhelnsklamer, interpretado por él como un aciago presagio, lo llenaba de zozobra la idea de haber desperdiciado su vida en vano y llegado allí respondiendo a una funesta convocatoria de la mismísima Muerte. Tal vez, pensaba, tendría en aquella tierra ignota y casi deshabitada un túmulo similar a muchos de los que él y Anders habían visto en Andrusia, un vulgar y conmemorativo montón de piedras que terminaría desmoronándose después de pocos años; y eso si alguien se dignaba sepultar sus restos. En todo caso, nada dejaría atrás que fuera digno de ser recordado, ni nadie que lo llorara, y luego de algunos años sería como si no hubiese existido.

 

       Dos de sus proyectos, tal vez los más accesibles o lógicos, dependían de un mensaje que debía enviar al gran Maestre Thorstein Eyjolvson: la liberación de Tarian y el traslado de Anders a un sitio un poco menos deprimente que aquel. pero los mensajeros del correo de postas ni se dignaban detenerse en Freyrstrand, considerando sin duda que no valía la pena; de modo que Balduino no podía enviar la condenada misiva. Tenía la mala suerte de que estos mensajeros pasaban cerca estando de guardia los menos avispados de sus hombres, quienes ni los veían. A veces él mismo permanecía al acecho para interceptar al próximo correo que pasara, pero no podía  pasar el resto de su vida en esta actitud vigilante, y a menudo bastaba que le diera la espalda al camino y se alejara lo suficiente para que el mensajero esperado apareciera  y volviera a desaparecer en lontananza antes de poder alcanzarlo. Así de negra era su suerte.

      Sus relaciones con Anders no contribuían a levantarle el ánimo. Deprimidos como estaban ambos ahora, habían descuidado mucho su aseo personal, y estaban sucios y barbudos como osos u hombres salvajes. Trataban de ocultar su depresión durante el día, tanto mutuamente como a los demás; pero por la noche, tras cenar y acostarse, la voluntad de ambos se desmoronaba.

       En Vindsborg quedaba encendida una antorcha durante toda la noche. En cierta forma era un desperdicio de aceite, pero éste no era difícil de conseguir y por otra parte no había otro remedio: ya se había intentado quedar a oscuras, y todo fue bien hasta el cambio de guardia. Cuando los centinelas salientes vinieron a despertar a sus relevos tropezaron con los durmientes, los pisaron y por error despertaron a relevos equivocados. Ante semejante caos, que Balduino había previsto pero al que a priori había optado por hacer caso omiso, ordenó que se dejara una antorcha encendida durante las horas de oscuridad.

      A la trémula luz de esa antorcha, el pelirrojo pasaba buena parte de la noche mortificándose inútilmente. Oía los estrepitosos ronquidos de Snarki, oía el curioso silbido que emitía Adler al exhalar el aire mientras dormía; advertía que alguien se masturbaba aquí y otro más allá. Pero sobre todo, escuchaba el lóbrego ulular de las potentes ráfagas de viento, semejantes a lobos en noche de luna llena, burlándose de su abatimiento y su sensación de soledad.

 

       Constantemente tenía la seguridad de que alguien estaba a punto de fugarse.  A veces Varg, el cocinero, salía en medio de la noche sin decir a dónde iba, ausentándose durante mucho tiempo. Luego se enteró Balduino de que simplemente salía a hacer sus necesidades. Algo maniático en ciertas cuestiones de higiene, el viejo cocinero opinaba que el retrete estaba demasiado próximo a Vindsborg, y se negaba a usarlo; por lo que lo mismo para defecar que para orinar se alejaba tanto como fuera posible.

      Otra cosa sucedía con las furtivas escapadas del larguirucho Adam. Siempre regresaba tambaleante y sonriendo estúpidamente. Sus compañeros lo consideraban una piltrafa humana, y la mayoría de ellos se desinteresaba de él, aunque unos pocos, como Adler, lo detestaban por su desagradable hábito de contagiar a los demás su cínica visión de la vida. A Snarki trataba de asustarlo vaticinándole la horca, y aparentemente  aquél había sido su pasatiempo la vez que Adler, sin  poder contenerse, acabó agarrándolo por el cuello como para estrangularlo. A su manera era un mal bicho, alguien que no vivía ni dejaba vivir a los demás. Esto Balduino lo admitía sin problemas; y sin embargo, el andar vacilante de Adam cuando regresaba de esas escapadas suyas tras consumir aquel Fuego de Lobo  obtenido quién sabía de quién y de dónde, decididamente le hacía mal. Era como si a través de aquella miseria se acentuase la propia.

      -Con Fuego de Lobo o sin él, Adam es de todos modos un caso perdido-sentenció Thorvald cuando Balduino le planteó la cuestión-. Además, tendrás derecho a censurarlo cuando tú, el líder, des el ejemplo. Mírate: pareces un pordiosero... y te advierto, muchacho, que no te lo toleraré eternamente.

      Balduino no insistió: el viejo resultaba demasiado intimidante.

      No menos deprimido que Balduino, también Anders lo disimulaba bastante bien durante el día, salvo en su desaseo, pues trabajando su mente se distraía. A veces, es cierto, de noche el cansancio lo vencía, y se dormía de inmediato; pero bastaba que un pensamiento amargo se cruzara fugázmente por su cabeza para que no pudiera conciliar el sueño, y se pasara las horas dando vueltas y más vueltas sobre sí mismo acostado en el piso de Vindsborg. En una ocasión su mirada se cruzó con la de Balduino, y ambos se observaron durante un buen rato, unidos por la desventura en común.

      Una noche, las guardias de ambos coincidieron.  Balduino no había querido que él y Anders quedaran exceptuados de esa obligación; hasta esa vez  sin embargo Karl, quien programaba las guardias, nunca los había puesto juntos.

      Durante un buen rato durante aquella vigilia, los dos permanecieron silenciosos. En cierta forma, eso era mejor: muchos de sus diálogos concluían en furibundos chispazos de cólera de Anders, y Balduino empezaba a admitir que como probable la idea de que su escudero nunca lo perdonara. Pero esa noche, con el frío transiéndolo a través de su tosca manta, el pelirrojo intentó otro acercamiento:

      -Si seguimos así nos volveremos locos, Anders-dijo-. Ambos necesitamos un amigo.

      -Ya lo sé-respondió Anders con tristeza-, pero no se olvidan fácilmente cuatro años de desdén y vejaciones. Yo te admiraba, ¿sabes? Durante un tiempo te idolatré incluso. Habría dado cualquier cosa por un gesto amable de tu parte.

      -Y ahora sé qué se siente no recibirlo cuando se lo espera con tanta ansiedad-suspiró Balduino con amargura-. No espero que me disculpes, Anders, pero ¿y si sólo por una noche fingiéramos que somos amigos? Sólo tomémonos de la mano con fuerza. No pienses que es la mano de Balduino de Rabenland, el que te despreció durante cuatro años y al que con toda justicia detestas. Piensa que es la mano de otro, de alguien que te quiere como si fueras su hermano.

      -Está bien-convino Anders, y por la rapidez con que aceptó la propuesta y le extendió la mano entendió Balduino que se sentía todavía más solo que él. Eso tenía lógica: siempre había sido el más sociable de los dos.

      Pero a los pocos minutos de aferrarse fuerte de la mano, Anders retiró la suya.

      -No puedo, lo siento-se disculpó con amargura-. Quisiera no tener tanto rencor encima. De veras, creéme. 

      Balduino no contestó. Le dio unas palmaditas en la espalda, afectuosas y doloridas; y Anders pasó el resto de la guardia reprimiendo el llanto que le habría proporcionado el necesario desahogo y devuelto la anhelada paz.

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20 diciembre 2009 7 20 /12 /diciembre /2009 19:05

XIV

      Gilbert tenía la manía de torturar a quienes estuvieran cercanos a él con un nutrido repertorio de canciones marineras berreadas con voz ronca y desafinada y un entusiasmo digno de mejor causa. Debido a su avanzada sordera, que para colmo le impedía medir el volumen de su propia voz, inevitablemente gritaba al cantar, y entonces era probable que en varias leguas a la redonda se informasen de la anatomía íntima de tal o cual damisela, o de las aventuras sexuales del anónimo autor de la canción de turno.

      En este momento, geográficamente, sus víctimas más próximas eran Snarki y Adler; pues se había sentado en el rellano de la escalinata. Allí seguía cuando volvieron Balduino y Anders.

 

      En ese preciso instante salió Karl del interior de Vindsborg, hecho una furia.

 

      -¡Gilbert, deja de graznar esas inmundicias!...-rugió-. ¡Un niño entre nosotros, y tú cantando esas cosas, si es que a eso puede llamársele cantar!

 

      -No te hagas el mojigato, viejo-gritó Gilbert, incorporándose y frunciendo las narices-. Además, ese mocoso debe estar más avispado que todos nosotros juntos.

 

      -¡Cállate y sube de una buena vez! ¡Vamos a almorzar!... ¡Y deja pasar primero al señor Cabellos de Fuego y al señorito Anders!

 

       -Viejo lamebotas, escúchate nada más hablar-gruñó Gilbert a gritos-. Además, ni que me perdiera de algo fabuloso al quedar en ayunas. Este Varg, en el fondo, sigue siendo lo que solía ser en Broddervarsholm, sólo que cambió de métodos.

 

      -¿Y qué era Varg en Broddervarsholm?-preguntó Anders, intrigado.

 

      Pero medio sordo como era, Gilbert no escuchó la pregunta. Adler, quien se hallaba lo bastante cerca para escucharla, fue quien la respondió:

 

      -Tengo entendido que  verdugo...-murmuró, con una sonrisa irónica en su rostro salpicado de cicatrices de viruela.

      -¿Y para qué quieren verdugo los Kveisunger, si viven fuera de la ley?-preguntó Anders.

      -Supongo que hasta ellos necesitan de sus propias leyes y, en consecuencia, de castigos para sancionar a los infractores-dijo Balduino-; pero no me imagino a Varg aferrando un hacha que sería, tal vez, más grande que él.

      -Los verdugos de los Kveisunger, al menos los de Broddervarsholm, no matan por decapitación-aclaró Adler.

      -Pero no preguntéis qué métodos de ejecución emplean esos animales-sugirió Snarki en tono de súplica-. Es algo espantoso. Son unos carniceros...

      -Ya, ya, gordo, cállate o al menos baja la voz-lo reprendió Adler-. Después te mueres de miedo pensando que podrían haberte oído... Y además, contigo no son tan malos, después de todo...

      -Bueno, subamos de una vez; me muero de hambre-gimió Anders.

      -Recuerda que luego del almuerzo entrenamos. No te atiborres de comida-dijo Balduino, y Anders se puso a resoplar de furia.

      Subieron seguidos de Gilbert. Karl dejó pasar a los tres y entró el último.

      Adentro, todos esperaban en fila, tazón en mano, frente a la puerta de la cocina, para que Varg les sirviera las raciones. Había en ello un riguroso orden jerárquico, por lo que Thorvald, quien estaba en cabeza, dejó pasar a Balduino y Anders antes que él. No era un gran privilegio. En realidad, equivalía a ser el primero en subir a una horca... O eso sintió Balduino a la vista del potaje horroroso que le sirvió Varg. Ya se sabía que las dotes culinarias de éste dejaban bastante que desear, pero lo de ese día superaba ya toda descripción. Nadaba en grasa, estaba quemado, mal sazonado y casi frío. Para asombro de Balduino, Anders, sentado a buena distancia de él (para dejar en claro que seguía sin deseos de tratarlo más allá de lo imprescindible) dejó limpio su tazón en pocos segundos, y enseguida volvió a la fila para hacerse de una segunda ración.

      -¿Dónde está Snarki?-preguntó en un susurro Thorvald quien, sentado junto a Balduino, buscaba con la mirada al obeso.

      -¿No está afuera, montando guardia?-preguntó Balduino, perplejo, también en susurros.

      -No sé, puede ser-gruñó Thorvald-. Sin embargo, juraría que una parte de él está aquí-añadió, señalando su propio tazón, que contenía pura grasa.

      -¿Por qué no ponemos a otro en la cocina?

      -Porque si hacemos eso, ya no tendremos de qué quejarnos.

      Balduino no supo cómo tomar la desconcertante respuesta, si en broma o en serio, o si Thorvald no quería dar la verdadera razón y ponía pretextos. Tal vez los otros cocinaran aún peor, o quizás nadie se animara a sustituir al viejo Varg, quien sentía por la cocina una pasión no muy acorde con las dotes demostradas en tal actividad.

      -Vamos, come que se enfría-dijo Thorvald a Hansi.

      -¡Si ya está frío!-exclamó el niño con rotunda sinceridad.

      -Pues come. Ya sabes que aquí no podemos ser muy remilgados. ¿No querías almorzar con nosotros a pesar de todo?-insistió suavemente Thorvald.

      -Sí, pero estoy esperando a que empiecen los demás. como me enseñó mi papá.

      -Entonces esperarás hasta el Día del Juicio Final-gruñó Ulvgang, contemplando su tazón mientras decidía dónde sentarse.

      -Estamos comiendo-dijo Thorvald aunque, si era así, lo disimulaban muy bien. hasta ese momento, salvo Anders, los demás no hacían sino mirar consternados sus propias raciones.

      Hansi se volvió hacia Balduino con expresión interrogante.

      -Puedes empezar. ¿Desde cuándo eres tímido?-dijo Balduino, sonriéndole amablemente.

      El rostro de Hansi se iluminó. Difícil discernir si porque al fin podría empezar a comer, o porque Balduino, a quien idolatraba aunque casi nunca le hiciera el menor caso, le había sonreído y hablado como con afecto, cuando por lo general sólo lo reprendía furioso y a gritos. De cualquier modo, engulló con el mismo apetito de Anders y, como éste, fue por un segundo tazón.

     Ellos y Lambert, quien no mostraba particular deleite ni glotonería pero tampoco hacía muecas de disgusto, eran los únicos que parecían cuando menos medianamente conformes con el menú. Los demás ingerían con minúsculos bocados, como dudando de que comer aquello  no fuera a matarlos, o comían a bocados normales pero con expresiones sufridas, o bien, sencillamente, no comían. Era obvio que Varg sabía que su reciente y más siniestra creación sería desaprobada en forma unánime, pues se demoraba en la cocina más que de costumbre.

      No obstante, allí estaba Anders engullendo como si fuera la última vez que comería. Balduino no lo conocía tan tumbaollas, y se admiraba de la capacidad del estómago de su escudero y que dicho estómago, además, estuviera tan curtido. Apetito propio de la edad, quizás, o abierto por el trabajo y el aire de Freyrstrande... O todo ello junto, quién sabía. Balduino lo miraba entre asombrado y enternecido, y se dio cuenta de que no era el único, aunque los demás tal vez tuvieran sus propios y distintos motivos.

      En efecto, las miradas de todos los presentes, abierta o disimuladamente, convergían una y otra vez en Anders, y luego se cruzaban entre sí, hablándose sin palabras, como era frecuente en Vindsborg. Llamativo era también que Ulvgang no se hubiera sentado sino hasta después de hacerlo Anders, y que entonces eligiera hacerlo a la izquierda del muchacho, lejos incluso de sus propios secuaces Kveisunger que, no obstante, guardaban hacia su fiero líder la lealtad de siempre. Tras meditarlo un poco, se le ocurrió a Balduino que la elección de Ulvgang era posiblemente simbólica y significativa. Tras sentarse él, Anders ocupaba en una imaginaria mesa el sitio a la diestra del Capitán, el sitio de honor.

      La verdad era que lo miraban de una forma en que nunca lo habían hecho hasta entonces, particularmente Ulgang y su banda pirata. Parecían estar evaluando qué posibilidades había de hacer de él un buen Kveisung.

      En eso apareció Varg, receloso, trayendo su propio tazón. Gilbert se irguió como para arremeter contra él a puñetazos.

      -Deberíamos enviarte con el enemigo, Varg, para que lo fulmines cocinando para él-gritó-. ¿Por qué no abres una posada? Especialidad de la casa: envenenar clientes. Buen negocio para ir a medias con el sepulturero.

     -¡No comas, si no quieres!-bramó Varg-. ¡Todos los demás lo están comiendo, excepto tú, el delicado! ¡El mocoso lo está comiendo, el muchacho lo está comiendo, Lambert lo está comiendo!...

      -...y allí termina la lista de tus comensales-dijo burlonamente Gilbert.

      -¡Lista mucho más larga que la de los que te aplauden cuando cantas! ¡Ya quisieran muchos ser tan sordos como tú, para no oírte! ¡Rebuzna mejor un asno de lo que tú cantas!

      -Ah, no sé. Nunca escuché a tu madre, como para comparar.

      -Será que el chiquero estaba lejos del pesebre-farfulló Varg.

      -Ya quisiera yo ser un cerdo. Al menos comería buena cebada. Cómo hacen esos tres para comer eso que has preparado-gritó Gilbert, señalando a Hansi, Anders y Lambert-, es lo que no entiendo. No sé si no comíamos mejor en la cárcel-y frunció las narices, en su tic habitual.

      Lambert sonrió sardónicamente, guiñando de modo compulsivo su ojo izquierdo.

      -Yo sobreviví a casi veinte años de matrimonio-dijo-. Luego de eso, nada me asusta.

      Echando espumarajos de rabia, Varg retornó a la cocina; y Gilbert, habiendo desaparecido el único cuyos gritos furibundos escuchaba con claridad, volvió a callar.

      Qué día atípico, pensó Balduino. Todos estaban más comunicativos que de costumbre; hasta el rutinario cruce de insultos entre cocinero y comensal se había prolongado más de la cuenta.

      De repente, Anders dejó a un  lado su tazón, faltándole poco para dejarlo limpio, y para regocijo de los perros de Hundi, que empezaron a disputarse el derecho a lamerse los restos. Entre tanto, el joven empezó a rascarse su ahora desgreñada cabellera, casi con desesperación. Balduino supo enseguida por qué, ya que él mismo llevaba entre sus propios cabellos una desagradable fauna.

      -Ve acostumbrándote a ellos-sugirió Gröhelle, mirando a Anders con su único ojo-. Tus nuevos huéspedes no se irán así nomás...

      Por la forma en que Anders le devolvió la mirada, se hubiera dicho que el joven recién ahora tomaba nota de la existencia de Gröhelle. No obstante, más asombrado se mostró cuando Ulvgang le rodeó los hombros con su brazo. Era un gesto protector, paternal casi; algo así como el lengüetazo afectuoso de un lobo hacia su todavía indefenso cachorro, al que instintivamente defenderá con garras y dientes, hasta verlo tan bravo y temible como él...

      -El mejor remedio para los piojos-apuntó Ulvgang, recalcando sus palabras con el índice de su mano izquierda-, es una mezcla de grasa derretida de foca, vinagre y tu propia orina. Te pones eso en el pelo durante unas dos horas, lavas bien y te aplicas nieve durante media hora más. Infalible.

      -Seguro, nuestro Capitán habla por experiencia propia-se burló Andrusier-. Puedes ver que ya no lleva encima ni un solo piojo... Tampoco pelo, claro, pero todo tiene un precio en la vida.

      -Hay quienes, para sacarse los piojos, se ponen en la cabeza mierda de distintos animales-comentó Gröhelle.

      Hundi, quien en ese momento alimentaba a uno de sus perros con el contenido de su propio tazón, se volvió hacia Gröhelle, mirándolo con sus maliciosos ojillos grises.

      -Y tú probaste con la mierda de grifo, ¿no?-preguntó, burlón.

      -¿Y a ti que te importa?-fue la réplica-. Además, yo que tú, no sería tan  sobrador. Tienes pelos sólo de muestra. Se ve que probaste con la mierda de tus perros. la mierda de grifo al menos tiene su utilidad, como es sabido.

      -¿Cuál?-preguntó Balduino, interesado.

      -No le creas una sola palabra, señor Cabellos de Fuego-dijo Hundi, cuando Gröhelle iba ya a responder-. Está más loco que una cabra. ¿Sabes cómo se hizo las cicatrices en su rostro?: el muy imbécil se internó en nidales de grifo para buscar una cría y domesticarla, lo que no llegó a hacer porque volvieron los padres y a duras penas logró salvar su vida. Todo el mundo sabe que es imposible amansar a esos monstruos, pero él fue igual. Tuvo suerte de escapar con sólo algunos garrazos y un ojo menos.

      -¡Monstruos!-exclamó Gröhelle, indignado-. Más monstruo eres tú, aunque uno bastante patético. El grifo es un animal espléndido y fascinante. la especie, en sí, no es tan peligrosa como se dice, aunque de vez en cuando algún ejemplar enloquece y empieza a matar sin causa lógica. también es cierto que se tornan más agresivos en épocas de cría o de escasez de alimento. Sin embargo, en general atacan sólo por la espalda, así que con sólo mirarlos de frente se está a salvo de ellos-y añadió, respondiendo por fin a la pregunta de Balduino:-. La mierda de grifo es un  combustible excelente y barato.

      -Es bueno saberlo-contestó Balduino-, porque cuando Anders y yo veníamos hacia aquí desde Drakenstadt, pasamos por un lugar poblado por decenas de grifos. No está muy lejos.

      Bastó ese comentario para que todos enmudecieran de golpe, los rostros ensombrecidos. ¿Qué habré dicho de malo?, se preguntó Balduino, perplejo.

      -¿Hay más?-preguntó Anders, al parecer todavía famélico; y antes de que Balduino pudiera impedirlo, Ulvgang le había alcanzado su propio tazón, cuyo contenido se hallaba intacto.

      Anders parecía dispuesto a seguir tragando hasta que la comida le saliera por las orejas, pero luego tendría entrenamiento con la espada. Balduino habría impedido que continuase engullendo, de no haber sido porque, cuando iba a hacerlo, Thorvald se inclinó sobre él.

      -El lugar que tú dices tiene muy mala fama; se dice que está embrujado o maldito-susurró-. La gente evita incluso nombrarlo. Es más, ni nombre tenía, hasta que  hace relativamente poco se instalaron allí los grifos. Entonces lo llamaron las Gröhelnsklamer: las Torrenteras de los Grifos...

      Ahora entendía Balduino que ningún topónimo señalizara el cañón en el mapa.

      -...De cualquier modo, la gente de aquí sigue temiendo ese sitio. Lo creen poblado por espíritus de antiguos andrusianos, e imaginan que los grifos han venido en respuesta a una llamada de ellos-prosiguió Thorvald, siempre en susurros-. No sé decirte qué hay de cierto en todo ello. La verdad es que las Gröhelnsklamer son misteriosas, y ocurren allí hechos inexplicables; pero a veces siento que son preferibles todos los espíritus que pudieran pulular por ahí, que muchos de los vivos. habrás visto que nuestros hombres también sienten temor, y sé lo que estarás pensando. No les pidas mucha lógica a ninguno de ellos, y menos a nuestros Kveisunger, en materia de miedo y coraje sobre todo. Para empezar, si no están en su elemento se achican un poco. Lo que no los asusta en el mar, tal vez sí los asuste en tierra firme. otras cosas que los aterran tal vez los hagan meditar demasiado para su gusto. Nada los hace estremecer tanto como la visión de un ataúd, por ejemplo, y pienso que tal vez los haga reflexionar sobre el misterio de la muerte, o les recuerde las muchas vidas que pesan sobre sus conciencias.

      Balduino no estaba tan seguro de que fuese una tontería sentir temor de las Gröhelnsklamer, como Thorvald en el fondo parecía pensar. Recordaba con demasiada nitidez aquel cráneo humano cayendo imprevistamente a sus pies y desde lo alto del muro rocoso. Nuevamente, se preguntó si habría sido producto del azar, o un presagio de muerte. El hecho de hallarse en un sitio frío y ventoso, sin siquiera un amigo a su lado y rodeado mayormente por malhechores, sin duda no favoreció que sus pensamientos fueran optimistas.

      -Vamos, Anders, hora de tu práctica-dijo, incorporándose.

      -Dijiste que podría hacer primero la digestión-protestó el joven de ojos verdes.

      -También te dije que comieras liviano;  y sin embargo, te veo con ganas de zamparte todo lo que los otros no hayan comido-replicó Balduino.

      Y Anders, de muy mala gana, se levantó también, y lo siguió.

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20 diciembre 2009 7 20 /12 /diciembre /2009 17:46

      Anders estaba aseándose lo mejor que podía en el Duppelnalv, cuando para asombro suyo advirtió que Adler se encontraba allí, observándolo.

 

      -No te ruborices como una doncella-regañó el secuestrador en tono impaciente.

 

      Anders, en efecto, se había puesto colorado. No lo avergonzaba su desnudez per se; pero una cosa era andar sin ropa entre hombres normales, y otra muy distinta si se estaba rodeado de trece convictos (número aciago si los hay), algunos de los cuales eran auténticos energúmenos que lo miraban con interés obsceno y depravado y susurraban algo acerca de atacarlo por la popa. En tales condiciones, que no le pidieran que se mantuviese tranquilo.

 

      A Adler, no obstante, parecía importarle un comino la desnudez de Anders. Giró hacia todas direcciones su semblante tachonado de cicatrices de viruela. Su naso descomunal y su cuello descarnado lo asemejaban poderosamente a un aguilucho feo y malvado.

      -Sólo quiero cerciorarme de que mantendrás en secreto lo que oíste hoy-dijo, tras asegurarse de que no hubiera nadie en las proximidades oyendo el diálogo.

      -¿Por qué habría de hacerlo?-preguntó Anders, sin dejar de lavarse.

      Era obvio que Adler se refería a la discusión que había tenido lugar durante el cambio de guardia. Anders no pensaba aclararle que no había podido oír nada; tal vez de ese modo pudiese sonsacarle información al respecto.

 

      -Porque te consta que yo me opuse, que a Adam no le conviene y que Snarki no puede-respondió Adler-. En suma, nadie hará nada. No tienes nada que delatar.

 

      Anders lamentó no tener la rapidez mental de Balduino. Fingió estar muy ocupado lavándose mientras buscaba desesperadamente algo adecuado para decir, algo que mantuviera la conversación en el rumbo que él quería. Por suerte, Adler no se marcharía sin asegurarse de que el joven guardaría silencio acerca de lo supuestamente escuchado.

 

      -Si no tengo qué delatar-dijo Anders al fin-, no sé por qué te preocupa que hable.

 

      -Mira, hijo, no puedo decirte mucho, pero no quiero líos con Ulvgang, si es que me entiendes-respondió Adler, con aire sincero-. Es un tipo con el que no conviene andar de malas y al que sí conviene tener contento. Eso es lo que más me inquieta. Si por lo menos le estuviera dando motivos reales para enfurecerlo, bueno, a lo hecho, pecho; pero ni en sueños lo encolerizaría intencionalmente, y quie se ponga como un demonio conmigo por algo que no pienso hacer no sólo es alarmante, sino también injusto. Y así reaccionará si se entera de lo que hablamos Snarki, Adam y yo. Snarki fue quien sacó el tema; a Adam y a mí, cada uno por sus motivos, ni se nos hubiera ocurrido. Y si todo esto llega a oídos de Ulvgang, aquí ocurre un desastre.

 

      Anders vio que Balduino se acercaba con sigilo, toalla en mano. Adler ni se percató del movimiento de ojos del joven escudero, que podría haberlo puesto en alerta.

      -¿Y cómo sé que me dices la verdad?-preguntó Anders-. Si ése fuera el motivo, me callaría. Pero no sé si puedo ocultarle a Balduino lo que he oído, ni cuánto puede fiarse de vosotros.

      -Yo ya estoy resignado a mi destino-replicó Adler-. Me equivoqué en la vida. Por salir de la miseria me embarqué en una situación que me superaba. Habrás oído de mí que fui secuestrador, pero lo cierto es que sólo participé de un secuestro en toda mi vida. Por un pelo, o quizás por un gesto de benevolencia, o porque se notó que como malhechor soy un auténtico fracaso, escapé a la horca; la saqué barata, sólo me condenaron a encierro de por vida. El que las hace, las paga; lo decía mi padre y tarde aprendí que tenía razón. De modo que mejor no complicarme más la vida, por ejemplo, desafiando a Ulvgang. A Adam te aseguro que le conviene la prisión. Queda Snarki... Pero ése es muy blando y miedoso.

 

      A espaldas de Adler, Balduino decidió que había oído suficiente.

 

      -¿Qué haces aquí?-exclamó de repente en tono indignado, sobresaltando a Adler-. Te buscaba. ¿No es tu turno de guardia?

 

      Adler enrojeció aún más que Anders al ser pescado desnudo.

 

      -Perdón, señor Cabellos de Fuego-dijo, con tanta calma como pudo-. Me enteré de que este muchacho le dio a Honney un bien merecido puñetazo, y quise felicitarlo. No lo imaginaba tan audaz.

 

      -Pues la próxima vez házlo antes o después de tu guardia. De todos modos, ya lo has felicitado. Regresa ahora a tu puesto; ya vi que Lambert quedó sustituyéndote.

 

      Adler se alejó sumisamente, y entonces, tras cerciorarse de que nadie más estuviera merodeando cerca, dijo Balduino a su escudero:

      -Olvidaste la toalla para secarte, boxeador. Y cuéntame cómo lograste volverlo tan parlanchín.

      -Por accidente. Oí una discusión él, Snarki y Adam, y quiso cerciorarse de que no hablara de ello. Si no hubieses interrumpido, tal vez habría logrado enterarme de todo... Porque la verdad es que no entendí palabra de la discusión. Pero los gemelos me encontraron escondido tras la pared, y se ve que algo le comentaron a
Adler.

     
-Bueno, al menos de la sinceridad de éste podemos fiarnos-decidió Balduino-. Dijo la verdad, él no es verdaderamente un malhechor: fíjate que me le acerqué por la espalda y  ni una sola vez volvió la cabeza, hasta que me puse en evidencia hablándole. Un auténtico malhechor sería mucho más cauto, mucho más desconfiado. No: éste alguna vez fue un hombre honesto, y tuvo la desgracia de que sucumbir en sólo una oportunidad a la tentación de una vida fácil. Apenas salido del camino recto, lo atraparon. Se resignó a la prisión porque su conciencia le dicta que la merece, pero trata de no complicar su vida todavía más. Eso significa que no se nos fugará, a menos que algo o alguien, Ulvgang por ejemplo, lo fuerce a ello. Dice que a Adam le conviene la prisión. Tal vez sea que Adam no tiene adónde ir, o que afuera esté esperándolo alguien para...

      Ajustarle las cuentas, estuvo a punto de concluir. Pero se abstuvo: acompañaba a esta idea otra mucho más sombría, que no se atrevía a expresar en voz alta.

 

      Anders empalideció, y no lo instó a terminar la frase.

 

      -En fin, de cualquier manera, a Adam le conviene la prisión. Adler se resigna a ella. Snarki es... ¿Cómo dijo Adler? Débil y cobarde, o algo así. E inocente, según se dice. No creo que esté resignado a la prisión, y si es débil y cobarde, no debe afrontarla muy honrosamente...

      -Adler, para que no no hablara, trataba de convencerme de que de todos modos, nadie hará nada. ¿Crees que tramaban una fuga?

      -Al menos comentaban esa posibilidad. Cuando me le acerqué tras su espalda, lo primero que oí decir a Adler fue que Snarki sacó el tema. Puesto que Adler está resignado a la prisión y a Adam le conviene, el único que tiene motivos para fugarse es Snarki, el débil y cobarde que, sin duda por esas cualidades, temería tanto una vida carcelaria como una fuga en soledad. Tal vez trataba de persuadir a los otros dos para que se le uniesen. A Ulvgang le conviene que nadie se fugue, porque Tarian y sus otros dos camaradas que aún siguen prisioneros en las mazmorras pagarían, casi seguramente, las consecuencias de tal evasión. Es muy lógico, entonces, que Adler tema que una discusión así llegue a oídos de Ulvgang.

      -La discusión, ahora que me acuerdo, terminó con Adler tomando por el cuello a Adam. Si ambos están de acuerdo en no fugarse, ¿qué motivos tendrían para pelear entre sí?

      -No lo sé... Pero Adam no parece un tipo muy querido. De cualquier modo, ya lo averiguaremos. Ahora termina de lavarte: nos esperan para almorzar.

      Balduino permaneció reflexionando hasta que Anders terminó de secarse y vestirse. Adler no lo preocupaba; éste tenía que ser muy ingenuo para imaginar que Balduino se tragaría eso de que se había acercado a Anders sólo para felicitarlo por aquel puñetazo que tanta celebridad parecía conquistar: podía haberlo hecho más tarde, sin necesidad de dejar a Lambert reemplazándolo en el puesto de guardia. No servía para mentir, y por lo tanto podía creérsele si aseguraba estar resignado a la cárcel y que no intentaría escapar, contrariando las órdenes de Ulvgang. Y porque él lo decía, era además creíble que tampoco Adam se propusiera fugarse.

      Pero lo de Snarki, a largo plazo, era preocupante. Por ahora, y gordo como estaba no iría muy lejos en una eventual huida... Pero el trabajo duro lo haría adelgazar, y había que prever eso. De ser inocente, habría que hallar un medio, preferentemente legal, para que no fuese encarcelado de nuevo cuando le llegara el turno, pero por ningún motivo debía fugarse, a menos que Balduino lo autorizara a ello.

       Y todavía más problemático era discernir aquella supuesta inocencia. Por cierto, Snarki no parecía un criminal. Pero mientras que Tarian tenía sólo doce años al ser acusado de piratería, lo que hacía poco verosímil el cargo que se le imputaba, Snarki era adulto al ser acusado. No podía descartarse la probabilidad de que fuera culpable y extremadamente hábil en el engaño, por más que esto último requiriera coraje, una cualidad que no parecía poseer. 

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19 diciembre 2009 6 19 /12 /diciembre /2009 19:23

XII

      Gilbert y Adam cubrieron las guardias aquella mañana; mientras tanto, el resto de los hombres, salvo desde luego Anders y los gemelos, tuvieron a su cargo la reparación de la carreta, aunque algunos dejaron antes las tareas por diversas razones. El primero en hacerlo fue Varg, para dedicarse a preparar el almuerzo; luego fue el turno de Adler, el secuestrador, y el gordo Snarki, quienes harían el siguiente turno de guardia, siendo la idea que ocuparan sus puestos con el estómago lleno, por lo que se les permitió almorzar antes que nadie. 
 

      Anders emergió de la herrería precisamente en el momento en que tenía lugar el cambio de guardia, poco antes de que volvieran los demás. Ya desde cierta distancia advirtió, por el volumen y el tono airado de Adler, que los guardias entrantes y los salientes discutían entre ellos; así que se mantuvo oculto y aguzó los oídos pero, por desgracia, sólo captó palabras aisladas, y ni de éstas pudo estar seguro de haberlas escuchado claramente. Sin embargo, le pareció  que la discusión involucraba no sólo a Adler sino a Adam, cuya voz creyó escuchar replicando encolerizadamente al primero, y tal vez también a Snarki; pues estuvo casi seguro de que dos veces, uno de ellos se dirigió a un tercero llamándolo gordo
 

      Antes de que el joven pudiera meditar  la cuestión, aparecieron a sus espaldas los gemelos Björnson, que lo miraban muy serios, como reprochándole que estuviese espiando. Anders se puso colorado y abandonó su escondite tras la pared. Alcanzó a ver que Adler y Adam habían llegado a las manos, y que el primero tenía por el cuello al segundo, manteniéndolo inmóvil contra el muro más próximo. Adam estaba poniéndose azul, pero no por eso abandonaba su rostro una insultante expresión de insolente desafío. Snarki, mero espectador, se veía casi angustiado; y de Gilbert ni rastros. Este último tal vez se hallara en el retrete, o algo así.  

      Anders fingió no ver nada. Ante su aparición, Adler soltó rápidamente a Adam, cuyo rostro poco a poco fue recobrando el color. Tanto ellos dos como Snarki procuraron hacer como si nada hubiera ocurrido, pero eran sumamente inhábiles en el disimulo.  

      En ese momento regresaban a Vindsborg, por un  lado, Balduino a lomos de Svartwulk y, por el otro, el resto del grupo encargado de la reparación de la carreta, a cuyo frente aparecía la figura gigantesca del viejo Thorvald. Junto a éste venía también Hansi; y esoltando a toda esta gente y sin parar de ladrar, los perros de Hundi 


      -¡Ahí vuelve el señor Cabellos de Fuego!-gritó el niño, exultante, saliendo al encuentro del jinete que se acercaba.

      Anders advirtió que, a sus espaldas, Adler se reunía con los gemelos y hablaban los tres en voz baja, y tuvo la desagradable certeza de que de nuevo el centro de la conversación cuchicheada era él. Quizás Per y Wilhelm informaban al secuestrador que habían pescado a Anders espiando. Pero el joven, esta vez, decidió ser práctico. Ya se estaba hartando de tener miedo, y si su destino era morir asesinado por aquellos convictos, él nada podría hacer para evitarlo; de modo que no pensaría en ello hasta tener encima al asesino o los asesinos.

      Fue en dirección a Balduino, quien en ese momento desmontaba. Junto a él se hallaban el viejo Thorvald y, Hansi, este último brincando para llamar la atención y repitiendo sin cesar:

      -Por favor, señor Cabellos de Fuego... En nombre del Señor, señor Cabellos de Fuego...

      -¡ESTÁ BIEN: PUEDES!-rugió Balduino-. ¡PUEDES QUEDARTE A ALMORZAR CON NOSOTROS, PERO DÉJAME EN PAZ, QUE QUIERO OÍR A THORVALD!

      Hansi brincó una vez más, lanzando alborozado un alarido triunfal. Balduino no entendió su entusiasmo. Se necesitaba una auténtica vocación de mártir para ingerir las comidas que preparaba Varg. Alguien había dicho en broma que el escaso número de habitantes de la comarca se debía a que todos eran únicos sobrevivientes de una populosa cena ofrecida por él.

      Suspiró. De todos modos, mejor que Hansi quedara en Vindsborg y no que volviese solo a su casa, arriesgándose a que alguna bestia lo atacara durante el trayecto.

      -Lo que no entiendo, Thorvald-continuó diciéndole al gigantesco anciano-, es de dónde sacasteis las herramientas y los materiales, si dices que aquí no los teníamos.

      -Las tomamos prestadas de la aldea-informó Thorvald.

      -¿Puede saberse dónde queda esa aldea de la que tanto he oído hablar?

       -Pero muchacho, ¿y qué piensas que es eso que tienes frente a tus ojos?-y Thorvald, frunciendo el ceño, hizo un amplio gesto con su manaza.

      Balduino pensó que, si las tres o cuatro viviendas dispersas hacia las que señalaba Thorvald eran dignas de llamarse aldea, él tal vez fuese María Magdalena. Por un momento se preguntó si el viejo no estaría chocheando o burlándose de él. Pero algo en Thorvald no invitaba precisamente a la discusión. Su gran corpulencia; su vigor triunfante sobre los embates de la edad; sus duros ojos azules; la blancura nívea de sus cabellos y barbas; su vozarrón tonante, su brazo izquierdo sin  mano; su victoria sobre Sundeneschrackt y sus Kveisunger... Todo se combinaba apara investirlo del poder y la gloria de una deidas guerrera sobreviviente de eras remotas, capaz de continuar en pie allí donde todos los demás caían irremisiblemente. Si alguien así decía que tres o cuatro casas desperdigadas aquí y allá eran una aldea, una aldea ellas serían.

      Los gemelos Björnson pasaron junto a Anders.

      -Mejor nos vamos al Duppelnalv-dijo Per.

      -A lavarnos-precisó Wilhelm.

      Anders tenía mucho que decirle a Balduino, pero rezagarse hubiera despertado las sospechas de los gemelos, por lo que se dispuso a ir con ellos. No obstante, antes de que diese siquiera un solo paso, fue Balduino quien lo llamó a él.

      Qué apuesto y seductor estás, pensó bromear el pelirrojo, viendo a su escudero mugriento y traspirado; pero se calló, porque el chascarrillo sin duda no sería bien recibido. Los viejos rencores de Anders aún eran insalvables.

  


      -Trata de comer liviano-le recomendó Balduino-. Luego del almuerzo comienzas a entrenar.

      -Hoy no, por favor-suplicó Anders-. Me muero de cansancio.

 


      -Anders, a partir de hoy habrá pocos días en que no estemos cansados, pero tu entrenamiento es esencial. Tu enemigo no esperará a verte descansado y fresco para atacarte; de modo que mejor acostúmbrate a no excusarte de tus prácticas por cansancios comprensibles, pero a los que no es posible hacer concesiones si eres hombre de armas. Y no sólo eso: si adquieres destreza con la espada aun desfalleciente de fatiga, lleno de energías serás poco menos que invencible. Así que obedece, por favor. No te estoy pidiendo que ya mismo y hasta la puesta del sol practiques sin parar; sí te pido que almuerces sin apuro, te tomes un tiempo para hacer la digestión y luego te pongas a practicar, descansando un rato de tanto en tanto. Pero nada de que Hoy no, me duele el brazo, mañana Tampoco, tengo los músculos adoloridos y pasado mañana Menos, me caigo de sueño.

      -
Está bien-gruñó Anders, agresivamente.

 


       -Pichón-intervino Thorvald-: él tiene razón.

 

 


      Anders asintió, resoplando furioso. No olvidaba que, en el pasado, las pocas prácticas de esgrima con Balduino habían sido meras excusas de éste para humillarlo; de modo que el tema de su entrenamiento lo ponía muy sensible.

      -¿Cómo te fue en Vallasköpping?-preguntó, sin interés real, pero en un vano intento de vencer su inquina.

      -Mal-respondió Balduino sin rodeos-. Casi no se consiguen cuerdas para catapultas ni tendones de animal para fabricarlas, perdí toda la mañana buscando esas cosas, el precio de lo poco que hay está por las nubes y mucha de la mercadería se encuentra inservible. No compré nada e insinué que, a esos precios y con mercadería de tan mala calidad, tampoco lo haría en lo sucesivo-suspiró-. Tan mala suerte tengo, que justo cuando necesito comprar cosas, en Vallasköpping deciden tomarse en serio lo de la guerra y, como siempre en tiempos de guerra, los precios de casi todo enloquecen. Tendremos que hacer las cuerdas nosotros mismos, como habíamos dicho. Disponemos de mucho tiempo por delante, puesto que ni siquiera derribamos los árboles todavía, y la madera precisa un tiempo de estacionamiento antes de poder utilizarse. Dime: ¿quedó en condiciones la herrería?

      -Sí, pero esos tipos son rarísimos-gruñó Anders.

      -¿Los gemelos? ¿Por qué?

      -Para empezar, no se ponen de acuerdo en dónde tienen la izquierda y dónde la derecha...

      Thorvald sonrió; evidentemente, aquello era muy conocido para él.

      -...No hablaron una palabra hasta que Ulvgang vino por unos minutos y estuvieron cuchicheando entre los tres quién sabe qué...-continuó Anders-. Y luego me hicieron algo que tomé primero por un acertijo y luego por una broma, pero se las festejé y no les gustó. En realidad, como chiste me pareció tonto y sin gracia...

      -No te entiendo. Explícate-dijo Balduino.

      -¿Qué quieres que te explique, si yo mismo no entiendo nada?... Por ejemplo; uno de ellos me decía el nombre de su madre y el otro lo repetía. Uno decía que el padre de ellos fue herrero en Vallasköpping y el otro decía que no, que lo había sido en Helmberg...

      -Ah, lo que ocurre es que los gemelos fueron separados al nacer-intervino Thorvald-. ¿No lo sabíais?

      -No-contestó Balduino, respondiendo por él y por Anders-. Pero, ¿y con ello?...

      -Los adoptaron padres cuyos nombres eran idénticos, lo que, tal vez, sería lo de menos: Björn y Waltrud son nombres muy comunes aquí. Lo insólito es que en sus vidas hubo muchas otras extrañas coincidencias y similitudes. El mejor amigo de cada uno se ellos se llamaba Huub, y ése sí que no es un nombre habitual. También sus mascotas compartían el mismo nombre...

      -¿Tratas de decirnos-inquirió Balduino, alelado- que crecieron sin conocerse y viviendo algo así como vidas paralelas?

      -Ni más ni menos. Se dice que se conocieron por casualidad, porque se enamoraron de una misma mujer, una tal Frida, que recibía en su lecho una noche a uno y la siguiente al otro, creyendo que se trataba de una misma y única persona y sin entender que ésta le dijera, por ejemplo, cuánto la había extrañado la víspera, siendo que habían dormido juntos... Hasta que una noche ambos coincidieron en visitarla, y se descubrió todo.

      -Menuda sorpresa se habrán llevado los gemelos-observó Anders, fascinado por la extraña historia.

      -No tan grande. Parece ser que cada uno de ellos fantaseaba con tener, en alguna parte del mundo, un  gemelo idéntico-contestó Thorvald.

      -¿Todo esto es en serio?-preguntó Balduino, escéptico aún.

      Thorvald abrió sus enormes brazos.

      -Repito lo que se dice-declaró-, y creo en la historia porque es interesante y me gusta pensar que es cierta. Que lo sea es otro tema. Lo que sí es verdad indiscutible es que Per y Wilhelm hablan al unísono o terminando uno lo que empieza a decir el otro, como si sus mismos pensamientos fueran calcos exactos. También comparten gustos y hacen las mismas tonterías, como ésa de confundir permanentemente izquierda y derecha. Se dice además que tienen dolores empáticos; que si uno es herido en determinada región del cuerpo, el otro siente idéntico dolor en la misma zona de su propio cuerpo. Esto no llegué a comprobarlo personalmente... ¿Así que no sabíais nada de esto?

      -No-respondieron simultáneamente Balduino y Anders.

      -Pues lo sabe al menos media Andrusia-dijo Thorvald-. La banda de Njall Blotinhand Kurtson, de la que eran integrantes, fue famosa por sus fechorías, pero más porque ambos formaban parte de ella, y esa extraña historia suya resultaba pintoresca y llamativa. Supongo entonces-añadió-que no sabéis cómo fueron atrapados, ni lo que sucedió luego.

      Balduino y Anders negaron con la cabeza.

      -Un día que Blotinhand y su banda merodeaban al acecho de posibles víctimas en las cercanías de Helmberg, hallaron en el bosque a un niño extraviado y enfermo-contó Thorvald-. El niño había perdido el conocimiento y volaba de fiebre, así que parte de la banda, temiendo que se tratara de un mal contagioso, se alejó de él ni bien lo vio. Otros propusieron llevarlo al camino para que alguien lo hallara. Los gemelos pensaban que esto era muy azaroso y que, si iban a abandonarlo, debía ser en un sitio por donde pasara más gente. Luego se les ocurrió que era posible que otros también  temieran acercarse al niño debido al posible contagio y decidieron, humanitariamente, exponerse incluso a ser capturados, con tal de salvarle la vida.

      -¡Qué raro!...-comentó Anders.

      -No-rebatió Thorvald-. La mayor parte de los bandidos de las viejas épocas, como los gemelos o Ulvgang y su banda, tenían cierto sentido del honor, cierta humanidad, que  se va perdiendo entre los forajidos actuales. Para ellos era imperdonable dañar a mujeres y niños; y algunos, como los Björnson, creía que no auxiliarlos en caso de hallarlos en apuros era como provocarles sufrimiento ellos mismos.

      Balduino tomó nota de esta opinión de Thorvald. Tal vez, después de todo, Hansi estuviera más seguro entre los criminales de Vindsborg que en ningún otro sitio.

      -Lo que ni los gemelos ni el propio Blotinhand sabían era que su banda estaba condenada-prosiguió Thorvald-. Alguien supo de su presencia en las proximidades, y los vendió. Se cree que fue alguien de la banda de Vin-ein-Auke, eterna rival de la de Blotinhand. Por lo tanto, cuando los gemelos hallaron lo que parecía una caravana de mercaderes, creyeron estar de suerte. Pero al acercarse para pedir que se ocuparan del niño, se llevaron una desagradable sorpresa: los mercaderes no eran tales, sino soldados disfrazados, y en las carretas no traían mercancía, sino más soldados. De inmediato, alguien reconoció a Per y a Wilhelm, los capturaron y los enviaron a Helmberg para que los juzgaran por sus malandanzas y por el daño que se creía habían infligido al niño. Se pensaba, en efecto, que habían herido a éste y sentido luego remordimientos de conciencia... No como lo imaginaron los gemelos, pero fue el día de suerte de ambos, pues ese mismo día fue exterminada la banda de Blotinhand. No se salvó nadie, salvo ellos.

      'En Helmberg se vio que el niño estaba más muerto que vivo, pero se comprobó también que lo suyo era enfermedad. Por consiguiente, y tal como ellos afirmaban, los gemelos Björnson se habían dejado capturar por salvarle la vida. Esto conmovió a mucha gente, aunque no a todos. Entre quienes sí se conmovieron había un cura de pocas pulgas pero justo, nuestro Fray Bartolomeo de Laisauria. El intercedió por los gemelos, diciendo que merecían conservar sus vidas, si las habían puesto en riesgo por salvar otra.

      'No obstante, otros se inclinaban por condenarlos a muerte debido a todas sus fechorías anteriores. Alguien propuso entonces absolver a uno y ejecutar a otro, echando a suertes el destino de cada uno. Parecía un fallo salomónico, pero desconfío de la honestidad de la propuesta y sospecho que en cambio había en ella curiosidad morbosa. Pues dado que se decía que al ser herido uno de los gemelos el otro sentía idéntico dolor en su propia carne, era creencia muy común que matando a uno de ellos en la forma que fuera, se provocaría también la muerte del otro, aunque ni siquiera se lo tocase. Y tanta curiosidad hubo por presenciar semejante fenómeno, que la propuesta ganó muchos adeptos. Fray Bartolomeo, sin rendirse, la aceptó, pero a condición de que se perdonase la vida de ambos si sanaba el niño al que los gemelos con tanto empeño habían intentado salvar. No hubo reparos; nadie creía que el niño lograra esquivar la muerte-Thorvald rió burlonamente-. Creo que  fue el milagro más inoportuno que se haya visto jamás, pero la palabra ya estaba dada a Fray Bartolomeo, y nadie se atrevió a desafiar lo que parecía la voluntad de Dios. Una semana más tarde, Per y Wilhelm eran enviados a Kvissensborg condenados a encierro de por vida. Al poco tiempo también vino Fray Bartolomeo, también él condenado en cierta forma, creo, por aguafiestas.

      -Vaya historia...-murmuró Balduino, sintiendo súbitamente mucho respeto por los gemelos Björnson.

      Y tomó nota de otro detalle de la historia, aunque en ese momento no se detuvo a analizarlo: gente que sin duda se decía buena, íntimamente, había estado aguardando la muerte de un inocente niño sólo porque de la misma dependía el destino de los gemelos Björnson y para satisfacer su curiosidad respecto a lo que se decía de ellos. Los límites entre la bondad y la maldad son más difusos de lo que uno piensa.

      Anders fue a lavarse y Balduino llevó a Svartwulk a la caballeriza. Thorvald fue tras él.

      -El pichón tiene sus agallas, ¿eh? Le dio un puñetazo a Honney-dijo-. Todo el mundo lo está comentando, porque no esperaban algo así de él.

      -¿Cómo se lo tomaron? Tratará de vengarse Honney?-preguntó Balduino, preocupado.

      Thorvald rio. De muy buen humor debía hallarse, pues por lo general permanecía mortalmente serio.

      -¿Por tan poca cosa? Ofende a los Kveisunger que pienses que uno de ellos se rebajaría de esa manera-contestó-. Pero tanto él como los demás siguen sin salir de su asombro. Ya verás como ahora tendrán más respeto por el pichón.

 

 

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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 19:46

XI

      La herrería de Vindsborg estaba ubicada en la parte trasera de la construcción, la que daba hacia el Levante, contra la colina cubierta de hierba verde.

 

      Per y Wilhelm, los gemelos salteadores, ya estaban allí, tratando de poner orden en el revoltijo, cuando llegó Anders. Lo miraron en silencio y como a un bicho insignificante, y enseguida volvieron a lo suyo. Durante un buen rato permanecieron herméticamente callados; tal vez los incomodara la presencia de una tercera persona o sólo la de Anders, pues éste los había oído conversar animadamente antes de entrar él.

 

      En todo caso, ahora estaban silenciosos y, si dejaban de moverse, se oía una extraña y salvaje sinfonía proveniente del exterior, en la que el bramido del viento era el sonido principal, acompañado por el furioso rugir del oleaje que rompía contra la playa y los graznidos de las aves marinas. El conjunto era melancólico y desasosegante y Anders, al oírlo, se sintió como agobiado por el peso de siglos de soledad. Lo asaltó un imperioso deseo de gritar, de huir lejos, de romper algo; máxime porque, pese a que los gemelos sabían que tenía orden de ayudarlos, ignoraban olímpicamente su presencia allí, sin que Anders se animase a abordarlos para preguntarles qué querían que hiciera.

 

      El sentido común, sin embargo, le indicó que, puesto que por el momento sólo estaban aseando, no había más quehacer que acomodar todo tan prolijamente como fuera posible y fijarse qué servía y qué debía descartarse; de modo que se entregó a esta tarea. Por desgracia, la actrividad no lo distraía por completo y vio que, cada tanto, Per y Wilhelm le daban la espalda y se acercaban el uno al otro. Luego uno de ellos, o ambos, lo miraban por encima del hombro, solapadamente: rostros de barbas puntiagudas, cabelleras revueltas y fosas nasales como ollares de caballo, aunque este último rasgo se advertía sólo cuando no estaba cerca Andrusier, en quien esa peculiaridad era todavía más pronunciada.

 

      Y decididamente el aire en dichos semblantes era maligno. También eso se notaba sólo ahora que no estaban cerca los Kveisunger para eclipsar esa malevolencia con su propia aura de peligro.

 

      En medio de la densa atmósfera, Ulvgang hizo una breve irrupción para pedir clavos y herramientas con las que reparar la carreta. No encontró ni una cosa ni la otra, por lo que tuvo que retirarse con las manos vacías; pero antes se llevó aparte a los gemelos, y los tres cuchichearon durante uno o dos minutos. Sin embargo, fueron pocas frases de las que Anders no entendió palabra. El resto de la comunicación se efectuó sin duda mediante simples miradas y gestos, como era habitual entre aquella gente si estaban cerca Balduino o su escudero.

 

      Mientras Ulvgang permaneció allí, Anders fingió estar demasiado atento a su trabajo. Temía alzar la vista y hallarse frente a los ojos verdiazules e inquietantes de El Terror de los Estrechos; y hacerlo y bajar rápidamente la vista era una actitud timorata que podía resultarle contraproducente entre aquella manada de fieras. De modo que hizo cuanto pudo por pasar inadvertido; y sin embargo, en todo momento tuvo la desagradable sensación de que el cuchicheo giraba en torno a su persona. Ser el tema central de un murmullo conspirador de piratas y salteadores  no es precisamente regocijante o tranquilizador...

 

      Y menos lo fue que Ulvgang, al marcharse, le palmeara con fuerza el hombro a Anders, sin decir esta boca es mía. Parecía un gesto amistoso, pero viniendo de semejante sujeto no podía menos que inquietar.

 

      En cuanto Ulvgang se retiró, sucedió algo todavía más extraño. Los gemelos, hasta entonces tan mudos, empezaron a mostrarse cada vez más locuaces, primero entre ellos y luego con Anders. Fue una cosa progresiva, que empezó con frases intrascendentes como ¡Si nos viera Njall!... (Por Njall Blotinhand Kurtson, jefe de la banda de salteadores en la que ambos habían militado) hasta derivar en una conversación de lo más amena.

 

      Anders dedujo que, así como Balduino le había recomendado a él mezclarse entre los convictos de Vindsborg, el propósito inconfeso de la visita de Ulvgang a la herrería había sido impartir  órdenes similares a los gemelos; pero Balduino, cuando más tarde Anders le hizo partícipe de tal presunción, no estuvo de acuerdo. Señaló que Ulvgang no tenía por qué dar tales instrucciones frente a Anders, arriesgándose a que éste sospechara, pudiendo darlas más privadamente en cualquier otro momento. Si el tema de aquella conversación cuchicheada había sido Anders, como éste creía, debía haber surgido a consecuencia de algún hecho de última hora.

 

      De cualquier manera, los gemelos, mientras trabajaban, conversaron largo y tendido con Anders. Al principio no fue nada divertido para éste tener que oír historias de gente asesinada y anécdotas carcelarias; pero se relajó cuando lo instaron a que hablara él. Conforme a las instrucciones de Balduino, tras relatar diversos episodios de su infancia se explayó sobre la Orden del Viento Negro, recalcando que la misma era considerada por mucha gente una populosa banda de forajidos.

 

      Al oír aquello, los gemelos, en la penumbra de la herrería, sonrieron con sorna.

 

       -¿Tratas de hacernos creer que eres un forajido?-preguntó uno de ellos (Anders nunca supo cuál: todavía no sabía cómo identificarlos).

 

        -¿Con la cara de príncipe que tienes?-preguntó el otro.

 

      -¡Príncipe!...Soy de humilde cuna, por no decir que un villano, ya os lo expliqué-protestó Anders.

 

      -Eso es una cosa-dijo uno de los gemelos.

 

      -Y otra muy distinta, que seas un forajido-agregó el otro.

 

      -Será que tu Orden fue acusada de delitos que no cometió-dijo el primero.

 

      -O a lo sumo, que tomó el botín de otros-agregó el segundo. 

 

      -Pero forajido, lo que se dice forajido...

 

      -...es un término que no te cuadra, chico.

 

      A lo largo de la conversación algo había excitado la curiosidad de Anders, y ya no pudo esperar más para saciarla:

 

      -¿Por qué habláis así, terminando uno lo que empieza a decir el otro?

 

      Los gemelos nada respondieron en ese momento, sino que se miraron y sonrieron de un modo extraño, como unidos por una complicidad que fuera más allá de las fechorías en común de sus épocas de salteadores. Siguieron trabajando en silencio durante un rato, y cuando volvieron a hablar fue sólo acerca de la tarea que estaban realizando.

 

      Que dejaran la pregunta sin responder fastidió a Anders, pero no tuvo mucho tiempo de pensar en ello. El trabajo fue de verdad agotador, porque la chimenea estaba obstruída por hollín de tiempos antiquísimos y basura de diversa índole, hallando incluso restos de un grifo muerto aparentemente en pleno vuelo tal vez dos meses atrás. El gran depredador había ido a dar nada menos que  a la chimenea, permaneciendo allí hasta quedar semimomificado y maloliente. Lo arrojaron  fuera y con eso el trabajo estaba prácticamente terminado. No obstante, los gemelos insistieron en verificar primero el correcto tiraje de la chimenea antes de darlo por concluido.

 

      -¿Cuándo se come aquí?-gimió Anders, pues no sólo estaba sucio de la cabeza a los pies, exhausto y sudoroso, en todo lo cual no se quedaban atrás los gemelos, sino también atrozmente hambriento. Ya no faltaba tanto para la hora del almuerzo, después de todo.

 

      Per y Wilhelm no le prestaron atención y lo forzaron a ayudarlos un poco más. Echaron mano a un resto de carbón abandonado que hallaron en un rincón de la herrería desde quién sabía qué época. Como no tenían pala, lo trasportaron hasta la chimenea valiéndose sólo de sus manos; con lo que se ensuciaron aún más. pero lo peor fue que el carbón estaba húmedo y no encendía. Ardua paciencia y esfuerzos casi sobrehumanos, no obstante, lograron que tras lo que pareció toda una Era se levantase de a poco una fogata digna, aunque para entonces la herrería entera estaba llena de humo y los gemelos Björnson tosían y tenían los ojos enrojecidos. No tanto, sin embargo, como Anders. Con el joven escudero la humareda parecía tener un viejo rencor personal, ya que bastaba que él cambiase de posición para que ella fuera por detrás como la más fiel de las esposas. Peor aún, las únicas aberturas de aquella cámara eran unos ventanucos situados a la altura dela cabeza de un hombre de talla media y que probablemente, en su origen, habían hecho las veces de saeteras. 

 

      Los gemelos ya habían recobrado la compostura cuando Anders, tosiendo, se desplomó sobre una piedra encontrada en un rincón de la herrería y puesta allí quién sabía con qué propósitos. Los gemelos, sin abandonar sus puestos junto a la chimenea, se volvieron hacia él:

 

      -¿De modo que quieres saber por qué hablamos como hablamos?-preguntó uno.

 

      -¿Quieres que te lo digamos?-preguntó el otro.

 

      Hasta ese momento, lo único que quería Anders era asegurarse de no morir asfixiado. Pero no paraba de toser, de modo que esa posibilidad se veía cada vez más lejana. Tal vez sirviera de consuelo satisfacer su curiosidad antes de irse al otro mundo.

 

      Miró a los gemelos con ojos lagrimeantes. Per y Wilhelm sonreían con cierta amabilidad que no desvanecía en lo más mínimo la natural malicia de ambos, y se hallaban tiznados de hollín, en tanto que sus cabelleras estaban más revueltas que nunca. Para colmo, cada uno de ellos flanqueaba la chimenea por un lado. El fuego chisporroteaba y arrancaba misteriosos fulgores a sus pupilas.

 

      Por un momento, Anders sintió estar frente a dos diablos que le ofrecieran una cortés bienvenida a los Infiernos.

 

      -Sí-contestó, algo más repuesto.

 

      -Bien. Atiende entonces. Mi nombre es Per-dijo uno de los gemelos, llevándose la mano hacia la cicatriz en forma de herradura que tenía en su labio inferior-. Cicatriz hacia la derecha.

 

      -Izquierda, hombre-lo corrigió su hermano-. Para él, ésa es la izquierda.

 

       -Izquierda-convino Per.

 

      -Yo soy Wilhelm-dijo éste-. Cicatriz hacia la izquierda. No, hacia la derecha-añadió; y tras un momento de vacilación, concluyó:-. Hacia la izquierda.

 

      -¡Derecha! ¡Derecha!-le corrigió Per, impaciente.

 

      -Derecha-concedió Wilhelm.

 

       -¿Sabéis que me estáis mareando más vosotros que el humo?-protestó Anders en tono de auténtica costumbre.

 

      -El, cicatriz hacia la izquierda, yo, hacia la derecha-dijo Wilhelm, vacilante.

 

      -¡¡¡AL REVÉS, IMBÉCIL!!!-tronó Per-. La tuya es hacia la izquierda, la mía hacia la derecha.

 

      -¿¿Y QUÉ ACABO DE DECIR??-replicó Wilhelm en son de guerra.

 

      -¿LA IZQUIERDA DE ÉL, O LA NUESTRA?-preguntó Per.

 

      Anders resopló: ¿se burlaban de él? Sin embargo, esta persistente confusión de diestras y siniestras de los gemelos parecía genuina. Había sido testigo de ella a lo largo de toda la mañana. Si uno decía que tal cosa se hallaba a la derecha, el otro la buscaba a la izquierda o, en el mejor de los casos, donde se hallaba realmente, pero en un sitio que no era en realidad la pretendida diestra.

 

      -Mejor renunciar, Per, Wilhelm-sugirió el muchacho con sensatez, mirando a cada uno de los gemelos al pronunciar sus nombres.

 

      Por la posición de ambos respecto a la chimenea, sabía todavía quién era quién. Lástima que, en cuanto volvieran a mezclarse, adiós sabiduría.

 

      -Ajá-concordaron los gemelos al unísono; y añadió Per:-. Mi padre era Björn Steinthorson, herrero de Vallasköpping.

 

      -El mío era Björn Thorsteinson, herrero de Helmberg-dijo Wilhelm.

 

      -Mi madre se llamaba Waltrud-dijo Per.

 

      -Mi madre se llamaba Waltrud-repitió Wilhelm.

 

      -Mi hermano menor se llamaba Wilhelm-dijo Per.

 

      -Mi hermano menor se llamaba Per-dijo Wilhelm.

 

      Se habían ido poniendo muy serios los dos. Anders entendía cada vez menos. pensó que, tal vez, no se burlaban de él: quizás aquello fuera un acertijo, y resolvió empeñarse en resolverlo.

 

       -Mi perro se llamaba Knut-prosiguió Per.

 

      -Mi perro se llamaba Knut-continuó Wilhelm.

 

      -Mi primera novia se llamaba Anne-dijo Per.

 

      -Mi primera novia se llamaba Annemarie-dijo Wilhelm.

 

      Volvieron a sonreír, similares a niños un tanto crueles que acabaran de realizar una barrabasada sin  nombre.

 

      -¿Comprendes ahora?-preguntó Per.

 

      -¿O seguimos?-preguntó Wilhelm.

 

      Y miraron espectantes a Anders, quien seguía sin entender nada y, tras dar vueltas y vueltas sobre el pretendido acertijo y fracasar una y otra vez sin resolverlo, observaba ahora los rostros sonrientes de los gemelos y llegaba a la conclusión de que bromeaban con él. Qué tenía de gracioso el chiste, no sabía, pero decidió que convenía festejarlo aun sin haberlo entendido.

 

      Desafortunadamente, su risa sonó  forzada e insincera, no muy diferente del reír de hiena tan propio de Adam; y cuando alzó nuevamente los ojos hacia los gemelos, éstos intercambiaban miradas indignadas. Era obvio que, o la situación no tenía nada de risible y los irritaba la reacción de Anders, o suponían que su chiste era sensacional y los enfurecía que no se le hicieran los debidos honores. En cualquier caso, contemplaron hostilmente al joven, y allí acabó el diálogo.

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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 19:22

X

      Anders se preguntaba si Balduino no se habría vuelto loco por la decepción de no encontrar en Freyrstrande lo que esperaba o, quizás, por el incesante gustigar del viento, capaz en efecto de enajenar a cualquiera. Por mucho que dijera que había que mantener ocupada a la indeseable dotación de Vindsborg, sus planes sonaban desmesurados teniendo en cuenta la nula importancia de aquella playa de la que nadie había oído hablar fuera de la comarca.

 

      Pero al menos manteniéndose ocupado se sentiría Anders menos deprimido; de modo que, con las primeras luces del alba, luego de que Balduino partiera hacia Vallasköpping, Thorvald y Karl empezaron a reunir a la gente que repararía la carreta, y él se encaminaba hacia la herrería, cuando sintió un brazo rodeándole los hombros.

 

      -Eh, amiguito...

 

      Anders no se sintió demasiado tranquilo. El brazo y la voz pertenecían a Honney, quien había recogido su cabellera en una cola de caballo. Le había salido a Anders por la izquierda; mientras que, mirando de reojo hacia su diestra, el joven halló el rostro redondo y mal afeitado de Andrusier, quien sonreía con falsa simpatía mientras extraía un piojo de sus largos cabellos negros, dándole muerte entre las uñas del índice y el pulgar derechos.

 

      -Aquí, en confianza...-susurró Honney, con su bigote y sus siniestros ojos verdes tan cerca del rostro de Anders, que parecía querer besar a éste-...¿contra qué enemigos lucharemos?

 

      -Contra los Wurms-respondió Anders-, si es que llegan hasta aquí.

 

      Honney sonrió sobradoramente.

 

      -Dime la verdad, que quedará entre nosotros, puedo jurártelo-aseguró-. No trates de pasarme, que tengo treinta y ocho años y tú, como mucho, la mitad. ¿Contra qué enemigos nos estamos preparando?

 

      Anders repitió su primera respuesta. Para cuando Honney formuló su pregunta por tercera vez, el muchacho estaba harto de aquella estúpida insistencia, harto de sentir el brazo del Kveisung rodeando sus hombros y harto de que se le tratara de sonsacar un secreto inexistente.

 

      Entonces Honney cambió de táctica. Su sonrisa se amplió, dirigió su diestra hacia el mentón de Anders y dijo, dulcificando su voz:

 

      -Podemos hacer un trato tú y yo. Eres un chico guapito. Yo sé lo que te gusta, lo que...

 

      La frase quedó sin  terminar. Anders era un buen muchacho; tan bueno, de hecho, que a veces su bondad, como en este momento, era tomada por otras cosas. Pero ahora Anders veía todo negro, y no hubo temor capaz de contenerlo.

 

      El puño del joven hizo impacto en la nariz de Honney, quien trastabilló y rápidamente recuperó el equilibrio. A continuación parpadeó varias veces seguidas y se llevó la mano a la nariz ensangrentada. Luego se miró la palma teñida de rojo, como si no pudiese creer que él sangrara como cualquier otro mortal. No parecía que el golpe lo hubiera afectado más que una picadura de mosquito; sólo daba la impresión de estar enormemente confundido.

 

      Andrusier quedó boquiabierto unos instantes y luego miró a Anders, quien ahora, arrepentido de su audacia, empalidecía.

 

      -No sé por qué no te aplasto la cabeza aquí mismo-murmuró Honney, en tono escalofriante, pero perplejo todavía.

 

      -No traes armas contigo-dijo Anders, aunque la frase era más un deseo que una certeza.

 

      -¡Como si las necesitara!...-replicó Honney-. Vamos, Andrusier.

 

      Y los dos Kveisunger se retiraron, para alivio de Anders. Jamás hubiera creído posible éste tener tanto miedo.

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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 19:12

IX

      -Mañana mismo empezaremos a trabajar-anunció esa noche a los demás, poco antes de la cena.

 

      Excepto Thorvald, Karl y él mismo, todos se hallaban desparramados a sus anchas en el suelo, exhibiendo sus habituales caras torvas con las que, tal vez, pretendían dejar en claro que estaban allí porque se los obligaba, y sólo por ello. Anders no entendía de dónde sacaba Balduino que aquellos reclusos intentarían mostrar su costado más simpático. ¿Cuál era ese costado? ¿Este?

 

      Las caras torvas, que al menos lo miraban con atención, no preocupaban a Balduino: formaban parte de la danza de máscaras de Vindsborg. Lo que lo inquietaba era lo subyacente bajo tales máscaras: nada más que ladrones y asesinos...

 

      -La madera para las catapultas y trampas debe estacionarse un tiempo antes de que podamos utilizarla. Temo que, como no somos profesionales, cometeremos torpezas y fracasaremos una y otra vez antes de construír una catapulta al menos aceptable; de modo que habrá que disponer de madera de sobra en previsión de tales fracasos. También necesitaremos tendones de animales para confeccionar las cuerdas. Tal vez podamos conseguirlos en Vallasköpping: tengo algo de dinero. Pero no podemos confiarnos. De aquí en más, animal que matemos, animal al que quitaremos los tendones para convertirlos en cuerdas. Tengo entendido que los mejores son los de caballo...

 

      -Qué bien. Empecemos entonces despachando a los dos que están ahí abajo-interrumpió burlonamente Honney, mirando a Balduino con sus siniestros ojos verdes.

 

      Era de su parte una insolencia y una provocación interrumpir así a quien venía a mandar sobre él, pero a Balduino no le convenía responder más que en el mismo tono de chanza levemente macabra. Miró muy serio a Honney de pies a cabeza, como evaluándolo, al tiempo que detenía con  la mano a Karl quien, indignado, estaba a punto de intervenir.

 

      -Quién sabe-dijo, como reflexionando en voz alta-, tal vez sean igualmente buenos los de asno: los tuyos.

 

      Las miradas de varios de los Kveisunger se entrecruzaron, silenciosas y espeluznantes pero deleitadas ante la réplica.

 

      -Sí, pero ten cuidado. Este asno cocea-respondió Honney sin alterarse.

 

      La indignación de Karl iba en aumento. Thorvald, a su lado, lo obligaba a reprimirse. Más le valía a Balduino arreglárselas solo, o no le tendrían respeto.

 

      -Oh,  la coz de un asno es nada junto a los ímpetus de Svartwulk, pero sé como tratar a mi caballo... y a cualquier asno que se me rebele.

 

      Honney parecía ser de los que no se achicaban ni por el tamaño ni por el número de sus enemigos y, en lo personal, Anders nunca había visto nada de aspecto tan malvado como las verdes pupilas de aquel Kveisung refulgiendo estremecedoramente por encima de sus bigotes. Teniendo literalmente las manos atadas para cometer crueldades, al menos ejercitaría su lengua para asustar con insinuaciones y amenazas veladas. Pero Balduino no estaba muy dispuesto a dejarse asustar. En aquellas condiciones, podía serle fatal ceder al miedo.

 

      -El problema no son los nubarrones, sino las tempestades-dijo Honney (Svartwulk significaba nubarrón).

 

      -Svartwulk es nubarrón sólo conmigo, y tormenta con cualquier otro que no sea yo.

 

      -Mira que tal vez ignores lo que es una verdadera tempestad...

 

      -Pues que venga esa tempestad. Ya veremos si estoy preparado para hacerle frente o no.

 

      Ante esta última frase de Balduino, que cerró el diálogo, los Kveisunger intercambiaron herméticas miradas que no traicionaban sus pensamientos. Sólo el diminuto y feroz Hundi había sido más expresivo que el resto, al referirse el pelirrojo al carácter de Svartwulk. A Hundi no le gustaban los caballos, y Svartwulk menos que ninguno: le tenía ojeriza porque el poderoso flumbrio, según él, había atacado a sus perros. En realidad, y a juicio de Anders, Svartwulk se había comportado con ellos con mucha dignidad y altura, como un señor feudal honorable y valeroso ante una horda invasora bulliciosa pero poco peligrosa. Un poderoso resoplido y un amenazador aunque no muy entusiasta golpeteo de cascos bastaron para poner en veregonzosa fuga a la jauría, con los rabos entre las patas. Tal condescendencia era rara en Svartwulk, máxime cuando los perros habían puesto a prueba su paciencia mordiéndole patas y cola.

 

      Luego de aquella interrupción, Balduino siguió hablando de sus proyectos y del arduo trabajo que les esperaba, y distribuyó las tareas para el día siguiente. Tenía pensado salir hacia Vallasköpping un poco antes del alba, para averiguar unas cosas. Mientras tanto, los gemelos Per y Wilhelm Björnson, que antes que salteadores habían sido herreros, pondrían en condiciones la fragua con ayuda de Anders. Los demás localizarían cierta carreta abandonada y en mal estado  que Balduino había visto mientras recorría el lugar, y la repararían lo mejor que pudieran, ya que les sería de gran utilidad.

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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 18:59

      Anders contempló a Balduino como si éste estuviera delirante.

 

      -¡Liberar a Tarian!-exclamó, sin terminar de entender si Balduino hablaba en serio, aunque nunca antes lo había oído bromear.

 

      -No grites-recomendó Balduino. Era dudoso que las palabras de Anders pudieran oírse por encima del ulular del viento, pero mejor no correr riesgos.

 

      -¡Estás más loco que una cabra!-siguió gritando Anders; y ante un nuevo gesto de Balduino, prosiguió, en voz más baja:-. ¿Y qué vas a hacer, tomar Kvissensborg por asalto sólo para liberar a un convicto?

 

      -Uno que es inocente, según afirma Thorvald-especificó Balduino-. Luego de lo que me contaste, creo que se puede confiar en él. Tiene más sentido, después de todo, suponer que él venció a Ulvgang y su flota pirata, y no Einar, como se me quiso hacer creer.

 

      -De acuerdo; ¡pero un juicio declaró culpable a Tarian!-le recordó Anders-. Si lo liberas, ¿qué crees que se dirá, que sacaste a un inocente de las mazmorras de Kvissensborg? ¡No!: Un Caballero del Viento Negbro ha puesto en peligro al Reino liberando a uno de los secuaces de la banda de Sundeneschrackt... Y agradece si sólo se te escapa uno. Tal vez Ulvgang, una vez libre su hijo, se fugue con él y con los otros seis Kveisunger que tenemos aquí. La Orden te estaría eternamente agradecida por darle semejante renombre; pero no tan agradecida como el Conde Arn y el Gran Maestre de la Doble Rosa. Estarías dándole una linda carroña a esos dos buitres.

 

      -Pero el señor Thorstein Eyjolvson insistió en que hiciéramos siempre lo que nuestra conciencia nos indicara como correcto...

 

      Era verdad. El Gran Maestre del Viento Negro, no hacía tanto tiempo, había ido al encuentro de un Drake, un dragón volador, enarbolando bandera de tregua. Por su seguridad, se le había sugerido a Eyjolvson llevar armas ocultas bajo la capa por si el Drake decidiera no respetar las normas de una tregua y atacar pese a tal bandera. No las llevó; portarlas habría hecho a Eyjolvson el primero en violar la tregua solicitada por él mismo. Y se vio después que en el sitio donde finalmente ocurrió su encuentro con el Drake, el cual resultó su viejo amigo Méntor, ningún arma hubiera podido permanecer oculta bajo una capa, pues había demasiado viento. ¿Cómo habría explicado entonces el hecho de trasgredir alevosamente las convenciones habituales de una tregua? Quién sabía si el propio Méntor, asqueado y no muy convencido por cualesquiera excusas de Eyjolvson y olvidado de todo rescoldo de amistad, no hubiera persuadido a los de su especie a apoyar la causa de los Wurms en la guerra.

 

      A partir de este incidente, Thorstein se había persuadido de que ni el temor, ni la adversidad, ni ningún otro escollo debía desviarlo de la ruta trazada por los dictámenes de la conciencia, y en la reciente convocatoria a sus Caballeros, exhortó a éstos a conducirse de la misma manera.

 

      -Las posibilidades de que sobrevenga una catástrofe, en el fondo, son las mismas si uno procede mal que si procede bien-insistió-; pero con la conciencia vulnerada se está inerme aun guarecido por la más recia armadura. Imaginad cuán horripilante es vivir sabiendo que fue uno mismo quien provocó un grave, irreparable desastre, e imaginad también que éste fue consecuencia de malos actos realizados a sabiendas, aunque con buenas intenciones. Os sentiríais como puercos, y no hallaríais ni una voz, ni siquiera la más importante, la vuestra, que os excusara; máxime cuando ante las calamidades se buscan cabezas que hacer rodar, no excusas para salvar a quien, servido en bandeja como cerdo asado, está reconocido como flagrante culpable. Nosotros somos Caballeros, y no nos apartaremos ni un ápice del camino recto; ni por miedo, ni por obediencia a las leyes ni por lealtad al Rey, amnistía o no amnistía.

 

      A su turno de oír esta arenga, Balduino había respondido a todo con un  maquinal Sí, señor, como Anders recordaba bien.

 

      -Pues por eso mismo-contestó el joven escudero-. ¿Y qué es lo correcto, sino apoyar a la Orden?

 

      -¿Qué es lo correcto sino proteger al indefenso y al inocente, especialmente si, como Tarian, carga con el peso adicional de una culpabilidad imputada por un juicio injusto?-rebatió Balduino-. Lo que me dijiste explica muchas cosas. Ulvgang no tiene motivos para considerarme su compañero. Si me sintió así la noche que me vio volver de Kvissensborg golpeado y tambaleante fue, me parece, porque en ese momento le recordé a su propio hijo, no menos golpeado y tambaleante y a merced de los hombres de Einar.

 

      -¿Y?

 

      -Admitiendo que Ulvgang trame algo, sólo veo tres posibilidades. Una sería la huida, que queda descartada después de todo lo que hemos conversado. Otra sería que él y los demás estén en combinación con Einar para hacernos la vida imposible. Me parece dudoso que así sea. Einar ya traicionó una vez a Ulvgang, y además estamos hablando del hombre que permite que Tarian sea brutalmente maltratado por sus lacayos... Una alianza entre los dos me parece ilógica. La tercera posibilidad es que Ulvgang esté estudiándonos para ver de qué forma podría usarnos para liberar a Tarian y tal vez a los otros dos que siguen encerrados en Kvissensborg...

 

      -...y fugarse luego todos juntos-teorizó Anders.

 

      -Ulvgang en efecto tal vez considere la posterior huída como posible opción; pero no creo que la idea lo convenza del todo. Por lo que me contaste, quiere que no sepa que Tarian es su hijo, así éste no tendría que cargar con la siniestra reputación del padre. Ahora bien, si Ulvgang y los suyos huyeran, Tarian iría con ellos, ¿qué otra cosa podría hacer? No tiene otro lugar adonde ir, salvo el mar. Pero ya tuvo antes la posibilidad de escapar y abandonarlos, y eligió quedarse. Sospecho, Anders, que Ulvgang está tan desorientado como nosotros respecto a lo que le conviene hacer, pero sin duda su primer objetivo es liberar a Tarian, impidiendo así que continúe siendo víctima de los carceleros de Kvissensborg y, si puede, demostrar la inocencia del muchacho.

 

      -Y tú le darás el gusto-dijo burlonamente Anders-. Si vas a liberar a Tarian, al menos sé lógico y canjéalo por Ulvgang. Que tome el lugar de su hijo en las mazmorras.

 

      -Si fuera así de sencillo, ya se habría hecho. Estoy seguro de que Ulvgang debe haber hecho esa propuesta y, si no él, tal vez por temor a que se sepa su paternidad, quizás otro de los de su banda. Y si yo fuera a hacer esa propuesta; si me humillara ante el cerdo de Einar para cambiar a Tarian por otro de los hombres que nos dio, el tendría mucho placer en negármelo, en parte porque creo que, luego de lo que pasó entre nosotros, ha vuelto cosa personal las instrucciones recibidas del Conde Arn. Y aunque así no fuera, las instrucciones siguen ahí. Puesto que sin duda Ulvgang puede complicarme la vida más que Tarian, no querrán sustituír a uno por el otro.

 

      -Ve al grano. ¿Qué se supone que debemos hacer?

 

      -Nos mezclaremos con nuestros buenos presidiarios. Hasta ahora, unos y otros nos contentamos con estudiarnos desde la distancia. Trataremos de hacernos hablar, diciendo poco nosotros mismos; pero atención, que sin duda ellos querrán hacer otro tanto. Cuando hablemos, no digamos mentiras que podrían ser descubiertas; pues en cuanto sepan que les mentimos, ya no confiarán en nosotros. Pero omitamos, en la medida en que nos sea posible, lo que creamos que no conviene que sepan, y hagamos hincapié en las cosas que nos convienen, aquellas que de alguna forma parezcan unirnos. Por ejemplo, tanto ellos como nosotros, cada uno por sus propios motivos, vivimos un cierto tiempo al margen de la ley. Se nos consideró a nosotros tan forajidos como ellos. Y siempre que se nos presente la oportunidad, destaquemos eso, para que se sientan más cercanos a nosotros. Avanzaremos a tientas para dilucidar hasta qué punto podemos fiarnos de ellos. Y simultáneamente los mantendremos muy ocupados, para que tengan poco tiempo de conspirar. Así como están las cosas, no creo que desde un principio se nieguen a obedecer; al contrario, tratarán de mostrarse simpáticos. Les haremos creer que, puesto que Freyrstrande es un sitio solitario y mal defendido, las posibilidades de que los Wurms ataquen aquí son inmensas. Trabajaremos a la par de ellos, ideando los sistemas de defensa más poderosos que hallemos a nuestro alcance; pues todo tiene que parecer creíble. He estudiado la zona, tengo varias ideas, pero hay tantas dificultades que muchas de ellas serán como remar contra una fuerte correntada.

 

      -¿Y cómo encaja en todo esto la liberación de Tarian? ¿Lo rescatarás cuando creas que puedes fiarte de Ulvgang? Ten en cuenta que él podría adivinarte las intenciones y fingir para lograr sus propósitos. Es verdad que de todos modos dos de sus compañeros continuarían en Kvissensborg. Pero la lealtad y el compañerismo que unían a nuestros Kveisunger quizás no sean los mismos luego de tantos años de prisión, y Ulvgang podría contentarse con que sólo su hijo quede libre. Imagina que entonces todos se te amotinaran y huyeran.

 

      -Sí, Anders, ya sé que cualquier cosa es posible, que no será fácil y que habrá que avanzar mirando hacia todos lados a cada paso que demos para ver qué peligros nos acechan. pero en ocasiones es necesario apostar fuerte aun a riesgo de perderlo todo. En primer lugar, la liberación de Tarian ya está decidida en cuanto a objetivo a conseguir. Es una decisión que no puede depender de si yo me fío de Ulvgang o no. Tarian debe salir de Kvissensborg porque es inocente. Y punto. En cuanto a lo otro: también ahora está el riesgo de que alguien se nos fugue. Pongamos el caso de ese gordo que al roncar parece que estuviera cascando nueces, ese Snarki. Teme a Ulvgang y su banda, y si ellos le prohíben escaparse, en principio uno diría que, por temor, no lo intentará: su gordura le impediría llegar muy lejos. Pero siempre puede que, por temor a que de todos modos los Kveisunger le hagan daño, lo intente y, contra todo cálculo, con éxito. Ya sería uno que se nos escapó. Sí, ya sé que sólo uno, y admitamos que uno bastante inofensivo, puesto que al parecer es otro que fue hallado culpable siendo inocente. Pero espera a que se enteren de ello Einar y el Conde Arn, y ya verás cómo en poco tiempo todo el Reino conocerá la historia del depravado monstruo, violador y asesino de niñas, que recobró la libertad y anda de nuevo en malandanzas similares gracias al incompetente Balduino de Rabenland, Caballero del Viento Negro. La fuga de uno solo o la del grupo entero, a los efectos de la caída en desgracia de nuestra Orden, sería lo mismo para esos dos. Vemos entonces que ya corremos el riesgo de que uno se nos escape, pero eso no es todo. Esos dos mellizos, los salteadores, no les deben nada, hasta donde sabemos, a los Kveisunger, y parecen bastante duros. Podrían también ellos decidir fugarse por su cuenta. Es más, les veo más pasta de fugitivos a ellos que a Snarki; se ve que son valientes, y el cuerpo les ayuda más. Entre ellos y Snarki están los otros: el tipo de las cicatrices de viruela que creo era el secuestrador, el larguirucho de las risotadas insoportables y el viejo Lambert, el único, tal vez, que con tal de que no lo hagan casarse de nuevo ofrece garantías de no fugarse. Así que liberaré a Tarian aun a riesgo de un motín y fuga masiva. Cómo y cuándo lo haré, no me lo preguntes; por vías legales de ser posible, pero sea como sea llevará tiempo y tendré que empezar a pensar en ello ahora. Tarian lleva muchos años sufriendo maltrato; esperemos que resista un poco más.

 

      Anders se cruzó de brazos.

 

      -Muy bien. Tal vez tengas razón-gruñó, tras pensarlo largamente-. Te ayudaré entonces en lo que pueda.

 

      -Además, Anders, quiero que entrenes mucho y muy concienzudamente-añadió Balduino-. me pondré al día contigo, te enseñaré cuanto debí enseñarte y no lo hice en su momento-y agregó vacilante:-. Me propongo hacer cuanto esté a mi alcance para sacarte de este sitio. Como te darás cuenta, fui enviado aquí a modo de castigo, aunque ni el Gran Maestre imagine hasta qué punto cumplió con ese propósito. Pero el castigado soy yo, no tú; no es justo que compartas mi desgracia. Así que haré lo posible para que a su debido momento te envíen a otra parte, pero necesito que apoyes mis argumentos con una gran pericia en el manejo de las armas que te haga necesario en otro lugar.

 

      Anders jamás habría imaginado oír de Balduino nada semejante, y al principio quedó desarmado, porque había nobleza de corazón en el tono de voz y la mirada que acompañaban aquellas palabras. Pero luego vaciló, preguntándose qué habría tras tan tentador envoltorio. El rencor volvió a supurarle lentamente otra vez, emponzoñándole el alma y llenándolo de dudas. Pero la mención del Gran Maestre le trajo un recuerdo decisivo, unas palabras pronunciadas días atrás por el susodicho: En Freyrstrande, tu señor no podrá darse el lujo de tener consigo a gente inexperta en combate, y deberá enseñarte...

 

      El veneno, triunfalmente, desbordó y saturó el corazón de Anders, e hizo eclosión en su respuesta:

 

      -No tienes más remedio que entrenarme, ni tengo yo más opción que aprender; pues Wurms o no Wurms, hay peligro aquí-dijo con aspereza y desdén--. Si tus palabras fueran sinceras, sería mucha soberbia de tu parte suponer que, castigado como admites estarlo, el Gran Maestre se dignaría escuchar tus peticiones de ésto o aquéllo. Ya le pedí yo que me eximiera de servirte pues, por si no te has enterado, eres para mí un suplicio todavía peor que este sitio infernal; y no lo hizo. Pero no tienes que mentirme. Siempre fuiste astuto, e imagino que ahora usas la falsedad, como Abelardo de Hallustig, allí donde la prepotencia no te sería útil. Ahórrate a ti mismo la molestia y a mí la tortura adicional de esa amistad falaz que me ofreces. Si ahora alguien viniera y te nombrase comandante de Drakenstadt, volverías a ser el de antes, de eso no tengo dudas. Haré lo que me digas porque, por desgracia, te necesito tanto como tú a mí, pero eso será todo. No lo olvides-y dando la espalda al pelirrojo, se marchó, furioso.

 

      Balduino bajó la cabeza, amargado. No podía decir que no esperara algo así, pero había albergado alguna esperanza de reconciliación, y ahora sabía que debería conformarse con un frío pacto de conveniencias mutuas. Por delante lo esperaba un Vía Crucis en el que él era más Dimas que Jesús y del que, por lo tanto, no podía quejarse: lo tenía merecido. Y como preludio del cruel itinerario, las frías ráfagas de viento ya lo azotaban y le abofeteaban el rostro, burlonas.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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