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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 18:43

VII

      -¿Alguien más quiere confesarse?...

 

      Fray Bartolomeo se quedó de una pieza cuando Ulvgang avanzó hacia él; y debió tomarlo a broma, puesto que al principio no se movió de donde estaba.

 

    -Vamos, vamos, hermanito-lo urgió Ulvgang, sonriendo burlonamente-, o daréis vuestra condenada misa a medianoche.

 

      Entonces desaparecieron los dos en la cocina, y Balduino quedó pensativo. ¿El Terror de los Estrechos tenía remordimientos de conciencia? ¿Y desde cuándo?

 

      Evidentemente, Ulvgang no era penitente habitual para Fray Bartolomeo, porque si no, éste no se habría asombrado tanto al verlo tan dispuesto para la confesión. Y que Ulvgang empezara a serlo ahora, difícilmente fuera casual u obedeciera a un repentino arrebato de religiosidad que en él habría resultado cómico. Por lo tanto, tenía que haber una explicación alternativa y Balduino no tardó en hallarla:

 

      Muy sutilmente y tal vez sin darse cuenta, Fray Bartolomeo revelaba, aunque más no fuera veladamente, secretos de confesión. Linda porquería has sido, había dicho a Balduino antes de que éste entrara en detalles. Deducción: Anders, al confesarse, había echado pestes contra Balduino. Lo mismo dijo tu escudero, añadió luego el cura al exponer Balduino por qué no se arrepentía de haber hecho de protector de herejes. Por más que no se tratara de datos concretos, una persona astuta como indudablemente tenía que serlo Ulvgang, a partir de comentarios como aquellos, podría llegar a pistas reveladoras acerca de la personalidad de un penitente de Fray Bartolomeo. Y Ulvgang sólo había manifestado deseos de confesarse luego de que Balduino lo hiciera.

 

      En otras palabras, en esta especie de extraño baile de máscaras, Ulvgang pretendía al menos atisbar el verdadero rostro que Balduino ocultaba tras la suya, valiéndose para ello del cura. Una estrategia notable.

 

      Pero eso no fue todo. A su debido tiempo, Ulvgang volvió de la cocina con un aire pensativo que denotaba que la información involuntariamente aportada por Fray Bartolomeo no resultaba tan esclarecedora como hubiera deseado. El cura fue tras él.

 

      -¿Quién más va a confesarse?-preguntó Fray Bartolomeo.

 

      Hubo un largo silencio. Balduino, en primera fila junto a Thorvald, Karl y Anders, suspiró aliviado: cuanto antes empezara la misa, antes terminaría.

 

      -¿No quieres confesarte, hijo?-preguntó Fray Bartolomeo, en tono de decepción, mirando en apariencia a Balduino, que quedó perplejo. Pero a menos que el cura fuese idiota y no recordara haberlo confesado, lo lógico era pensar que se dirigía a otra persona detrás de Balduino. Este giró la cabeza... Y le costó un poco no estremecerse al descubrir qué ejemplares tenía a sus espaldas.

 

      Rodeando al inofensivo y gordo Snarki se hallaban el diminuto Hundi con un aire fingidamente indiferente esforzándose por sustituir su habitual expresión maliciosa; el feroz Honney con sus felinas y verdes pupilas y su negro bigote realzando su aspecto malévolo; y el siempre mal afeitado Andrusier, feo como él solo, con esa nariz suya tan semejante a ollares equinos, y sus dispares orejas, una con un arete y otra mutilada. De los tres Kveisunger, en ese momento quien parecía más inofensivo era Andrusier, aunque arruinó tal impresión con el rictus asesino que exhibió al acabar con un piojo extraído de su dura pelambre negra; rictus que lo retrotraía a los días en que despanzurraba enemigos con idéntica saña.

 

      -No...No lo necesito, hermano, gracias...-balbuceó el gordo Snarki, nervioso, como lo estaba siempre que tenía cerca a alguno de aquellos energúmenos.

 

      -En fin... Si no quieres...-dijo el cura, como con resignación.

 

      Obviamente Snarki SÍ era penitente habitual de Fray Bartolomeo. Si ahora no se confesaba, ello se debía sin duda a que Ulvgang y su gente se lo habían prohibido, pensó Balduino. Y para recordarle que no debía hacerlo le habían asignado esa dudosa "escolta de honor" integrada por Hundi, Honney y Andrusier. Pero, ¿por qué?

 

      Snarki por ningún motivo se atrevería a desafiar abiertamente a Ulvgang, a quien temía demasiado; de modo que resultaba impensable que aprovechara la confesión como un medio para ventilar secretos de los Kveisunger. Sin embargo, sí podría hacerlo sin darse cuenta, ya que no parecía muy astuto. De hecho, su aspecto era en líneas generales el de un bebé regordete y descomunal, y resultaba creíble que en el caso de la niña violada y asesinada él nada tuviera que ver. Y sin duda era muy religioso, puesto que se confesaba a menudo, como lo probaba la insistencia de Fray Bartolomeo.

 

      Pero conociendo a penitente y confesor, Ulvgang por lo visto temía que, aun sin intención, entre los dos le ventilaran sus ardides, haciéndolos llegar a oídos inconvenientes. Por ello había prohibido a Snarki confesarse. En este solo asunto, movido por su religiosidad, Snarki quizás se había resistido a obedecer, asegurando a Ulvgang que no lo traicionaría. Lo único que quería el gordo era alcanzar el Cielo... Ante esa resistencia, Ulvgang sin duda había asignado compañía a Snarki, tres de sus más temibles Kveisunger, a manera de lúgubre recordatorio. Pues si a Snarki se le ocurriera confesarse para hallar gracia de Dios e ir al Cielo, al Cielo lo mandarían los Kveisunger merced a una cuchillada.

 

      Todo esto era una simple hipótesis, pero bastante lógica, y Balduino se alarmó al meditar sobre ella. Estimó conveniente trazar ya mismo sus propios planes, los que requerirían de Anders como aliado. El problema era que Anders seguía en pie de guerra con el pelirrojo. Este creía que tarde o temprano lo tendría de nuevo bajo su ala protectora, pero no podía esperar a que ello ocurriera. Además, podía no ocurrir nunca: el joven escudero estaba muy resentido contra su señor y ahora, cuando tenía miedo, prefería acercarse a Lambert, el que había asesinado a su mujer,  ya que pese a  este solo crimen, el hombre no parecía peligroso.

 

      La misa se hizo interminable, pero al fin acabó. Luego de la misma, pese al día nublado y ventoso una vez más, Anders fue a vagar por la playa desierta, y Balduino le salió al cruce.

 

      -Anders, escúchame, por favor-suplicó el pelirrojo, cuando los ojos verdes de su escudero, nada más verlo, se llenaron de odio-. Tú fuiste a confesarte hoy. El cura te dijo que tu deber cristiano era perdonarme. Tiene que habértelo dicho. Dime que te lo dijo.

 

      -Sí, me lo dijo, ¿y qué?-gruñó Anders-. Haces lo mismo que el señor Ben Jakob-añadió, aludiendo a uno de los líderes de la Orden del Viento Negro, una leyenda dentro de la misma y el hombre que había formado a Balduino en las armas y la conducta caballeresca-: usar la religión como arma persuasiva. Sólo que, mientras él es El Justo, tú eres apenas una pobre, patética cucaracha en busca de un refugio donde guarecerse.

 

      -Eso ya lo sé, pero necesitamos una tregua entre nosotros. Al menos déjame explicarte por qué.

 

      -De acuerdo, pero habla rápido, que no quiero verte ni oírte más de lo necesario.

 

      Anders, al principio, sospechó que cualquier  cosa que Balduino fuera a decirle, sería apenas un simple y estúpido pretexto para hacer las paces con él porque se sentía solo, y en este punto él no transigiría. Si Balduino estaba solo como un perro aun rodeado de tanta gente, era culpa exclusiva de él,  por no haber sabido hacerse de amigos. Así que empezó a escucharlo con una sonrisa despectiva, burlona, que se desdibujó a medida que el pelirrojo seguía hablando. Pues Anders lo conocía bastante bien y, soberbio o no, lo sabía inteligente, y ahora exponía sus sospechas de forma clara. Tuvo que aceptar que lo que decía tenía asidero.

 

      Que en Vindsborg algo se tramaba, Thorvald ya se lo había anticipado a Anders el primer día, durante el paseo por la playa. Y que el Conde Arn, en complicidad con Einar de Kvissensborg, tramara solapadamente alguna maniobra que de manera indirecta perjudicase a la Orden del Viento Negro era también creíble: no sería el único Caballero de la Doble Rosa interesado en ver caer en los abismos del desprestigio a los advenedizos del Viento Negro antes de que terminaran de consolidarse como Orden rival.

 

      Anders acabó tan preocupado como Balduino.

 

      -Pero si de verdad Sundeneschrackt y los demás conspiran contra nosotros, ¿qué buscarán?-preguntó-. Es imposible que se fuguen. Tres de los hombres de Sundeneschrackt, incluyendo su propio hijo, quedaron de rehenes en las mazmorras de Kvissensborg. Thorvald dice que jamás los traicionarían. Además, después de todo, el tal Tarian es el hijo de Ulvgang, ¿no?

 

      -¿Tarian? ¿Así se llama? Vaya nombre raro...

 

      -¿Te parece raro el nombre?-preguntó Anders-. Es lo más normal de esa historia.

 

      Fue su turno de hablar. Repitiendo el relato de Thorvald, contó cómo éste, al frente de una flota, había luchado contra Sundeneschrackt y sus piratas, y la historia del misterioso grumete de ojos glaucos, similares a los de Ulvgang de quien supuestamente era hijo, añadiendo que su madre había sido una sirena. Luego se explayó  sobre los juicios que siguieron a la caída de Sundeneschrackt y su banda, los escandalosos fallos y el inhumano tratamiento que se dispensaba desde entonces a Tarian en las mazmorras de Kvissensborg; y Balduino se horrorizó al enterarse de que, durante años y años, un inocente venía padeciendo lo que él había sufrido una sola noche a manos de los hombres de Einar.

 

      -Suficiente. No sé cómo, pero tengo que hacerlo-dijo, sin darse cuenta de que había hablado.

 

      -¿Hacer qué?-preguntó Anders, sin entender.

 

      Balduino pareció despertar de un sueño, y se dio cuenta de sus pensamientos expresados en voz alta. Sin embargo, no vio motivos para no ser más preciso con Anders.

 

      -Liberar a Tarian-especificó.

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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 18:03

VI

      No tuvo que esperar demasiado para encontrar la respuesta a esa pregunta, porque el día siguiente fue domingo. Se asombró de que se lo despertara temprano para oír misa, cuando no había visto una sola iglesia en los alrededores. Evidentemente la había. El cura que ese día fino a oficiar la misa como lo hacía desde antes de la llegada de Balduino y Anders y como seguiría haciéndolo en lo sucesivo se llamaba Fray Bartolomeo de Laisauria. Era un hombre de aspecto gruñón, bajito, de rostro curtido y muy duro y con muy contados mechones de cabello. Con él, como monaguillo, vino Hansi.

 

      ¡Con razón el sabandija apelaba a citas evangélicas e invocaba a Dios y la Virgen para que sus barrabasadas quedaran impunes!...

 

      -¿Alguien va a confesarse antes de la misa?-preguntó Fray Bartolomeo ni bien llegó.

 

      Anders levantó la mano. El cura se lo llevó a la cocina, sin pedirle permiso a Varg (se vio que a éste no le gustaba, pero que ya estaba resignado a esas intrusiones por parte del cura), porque no había en el primer piso otra división, otro cuarto con la necesaria privacidad para confesar. Fray Bartolomeo demoró mucho, mucho tiempo con él; tanto, que algunos comenzaban ya a cabecear cuando al fin concluyó la primera confesión.

 

      -¿Algún otro?-preguntó el sacerdote mientras Hansi preparaba los elementos para la misa.

 

      Balduino nunca había sido muy religioso, pero se sentía tan mal que pensó que tal vez fuera el momento de comenzar a serlo; de modo que decidió confesarse.

 

      Las dos sillas que había en Vindsborg estaban ahora en la cocina, para que pudieran sentarse confesor y penitente. El cura dio el ejemplo e invitó a Balduino a hacer otro tanto. Tras los prolegómenos de rigor, advirtió Fray Bartolomeo:

 

 

      -Tengo poco tiempo; de modo que sé breve. ¿Qué trastadas tienes en tu conciencia, grosso modo, hijo?

 

      -He sido terriblemente orgulloso y soberbio, hermano-murmuró Balduino, entre la amargura y la derrota-. Vos no imaginaríais cuánto.

 

      -¡Sí, sí, ya lo sé!... Linda porquería has sido durante años-refunfuñó el sacerdote con abrumadora franqueza-. Pero no te preocupes. Quedarás limpio luego de hacer la debida penitencia, y entonces sólo contará lo que hagas de aquí en más. También has protegido a los herejes, ¿no?

 

      -Obedeciendo a mis superiores en la Orden-admitió Balduino-. Pero fue lo correcto. Antes que herejes son seres humanos, algo que suele olvidarse al dictar contra ellos sentencias muy duras o al enviarlos al atormentador. Igual, a mí me interesaba sólo progresar en la Orden, cosa que jamás lograré-hizo una pausa, sintiendo que su amargura se acentuaba-. Mis motivos fueron mezquinos e indignos de un Caballero, pero la acción no lo fue. No me arrepiento del bien que hice.

 

      -Bueno... Más o menos lo mismo dijo tu escudero, y contra eso no tengo argumentos-respondió Fray Bartolomeo, pensativo, como intentando pese a todo encontrar y esgrimir alguno-. Pero dime: teniendo trato con herejes, ¿no habrás abrazado sus erróneas y perniciosas creencias?

 

      -¿Qué sé yo en qué creo?-preguntó a su vez Balduino-. Si hasta dudo de que Dios exista-se lamentó; y tan triste se veía, que Fray Bartolomeo se compadeció de él.

 

      -Siendo así, no podré absolverte-dijo con suavidad-. Dios existe, y dudar de ello es pecado. Pero nosotros, los hombres, somos como niños pequeños ante El. Ponemos a prueba la paciencia de nuestro Padre celestial trasgrediendo límites que están para ser respetados. Un día la paciencia se acaba y nuestro Padre nos da una soberana paliza. Tú recibiste dos: una a mano de los hombres-señaló el rostro todavía cianótico de su penitente- y otra más terrible, que vino de más arriba, muy merecida. Siempre que ocurre eso decimos que hemos sufrido mucho y que un Dios que permite que suframos no puede existir, sin darnos cuenta de que recibimos de la Divina Providencia lo que merecimos.

 

      -Ya sé que merezco lo que recibí-admitió Balduino, lleno de pesadumbre-, pero igual me duele.

 

      -Sí, pero ¿qué padre no se conmueve al ver llorar a su hijo tras darle una merecida paliza, y no lo levanta luego para consolarlo? Tras explicarle que obró mal y que no debe hacerlo más, todo queda olvidado, y entonces el padre da a su hijo todo lo que de bueno tiene para él.

 

      Las palabras de Fray Bartolomeo no eran muy diferentes de las exhortaciones de los Leprosos instando a Balduino a ponerse de pie, porque él podía hacerlo. En ese momento él no se sentía muy reconfortado por unas ni por otras, pero siempre las recordaría como voces que intentaban guiarlo por la senda correcta cuando andaba a ciegas al borde de un despeñadero.

 

      -Y deja de hacerme perder tiempo-dijo Fray Bartolomeo, gruñón otra vez-. Que no crees en Dios, has dicho. Si no creyeras, ¿qué estarías haciendo aquí?

 

      Y dio a Balduino la absolución que antes había dicho no poder concederle

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18 diciembre 2009 5 18 /12 /diciembre /2009 17:42

V

     Sólo eso le faltaba a Balduino.

 

      Se hallaba sumido en un pozo de fracaso y arrepentido sinceramente del trato dispensado a Anders durante cuatro años. Este había procedido con tanta nobleza y magnanimidad al ver a su señor humillado y golpeado brutalmente, que Balduino no podía menos que sentirse vil al darse cuenta de que no merecía el escudero que tenía. Deseaba disculparse con él, pero no sabía cómo abordar el tema, que lo incomodaba horrosamente.

 

      Y ahora una opresiva atmósfera se creaba en torno a él, amenazando constreñirlo; un ambiente a la vez de silenciosa y pasiva hostilidad y de vaga camaradería fingida en la mayor parte de los casos, pero no en todos. De que un atisbo de sinceridad había en medio de las simples apariencias quedaba demostrado por palabras pronunciadas por Ulvgang durante su arrebato de furia tras la golpiza sufrida por el pelirrojo: ¡Un compañero nuestro está casi muriéndose y vosotros, inútiles, lo creéis borracho!... Así le había gritado a Honney y a Andrusier, haciendo que éstos se asustaran de veras.

 

      Balduino se preguntaba si en medio del aturdimiento producido por la paliza no habría imaginado aquello y, sin embargo, recordaba la escena con detalles tan vívidos, que la posibilidad parecía impensable: Ulvgang enrojecido, poseído por una cólera inenarrable, rugiendo como un energúmeno; HonneyAndrusier, dos de sus más temibles secuaces, mortalmente pálidos, como si temieran que su viejo capitán fuera a asesinarlos... Si todo había ocurrido realmente, Balduino estaba casi seguro de que, en aquel momento, ninguno de los tres fingía.

 

      No existía certeza absoluta sólo porque parecía absurdo pensar que Ulvgang albergase sentimientos de compañerismo hacia un hombre más joven que él, a quien no conocía, y que teóricamente venía a mandonearlo nada menos que a él, El Terror de los Estrechos, el hombre que había capitaneado la más poderosa flota pirata del Mar de Nerdel.

 

      Balduino había oído decir en Ramtala que en cuanto a astuto y taimado, el Diablo se quedaba corto al lado de Sundeneschrackt. Pero, ¿se podía ser hasta tal punto un maestro del engaño?

 

      Suponiendo que no hubiera fingido, la cosa se complicaba.  Por lo menos cinco de los siete Kveisunger habían sido y podían ser todavía extremadamente peligrosos. Como era imposible mantener la atención fija en los trece, Balduino prefería estudiar por el momento a estos cinco. Si bien todavía no los recordaba por sus apodos, los tenía indvidualizados: además del propio Ulvgang, Honney, Andrusier, GröhelleHundi. Los otros dos, Gilbert y Varg, no influían mucho, o eso parecía. Uno era medio sordo; el otro, un viejo cascarrabias que se ocupaba de la cocina. Era cuanto sabía de ambos, y al parecer bastaba con ello.

 

      Entre los otros, los gemelos salteadores, Per y Wilhelm Björnson, daban también la impresión de ser individuos de cuidado. Pero obviamente entre los trece reclusos había jerarquías,  y los gemelos no estaban en la cúspide, sino que eran algo así como lugartenientes de los Kveisunger. Sin duda podrían pasar por encima de Gilbert y Varg, pero sólo con el consentimiento de Ulvgang y sus más feroces adláteres.

 

      En cuanto a los demás, a lo que parecía, casi ni tenían voz ni voto. Debían hacer lo que ordenaran los otros; simplificando, lo que ordenara Ulvgang .

 

      Balduino llegó a estas conclusiones observando de soslayo a los trece. Se miraban entre sí, y cada una de esas miradas equivalía a todo un discurso. Los diálogos eran rarísimos, al menos en presencia de Balduino, pero éste se hallaba convencido de que, a sus espaldas, tenían lugar conciliábulos de todo tipo. Algo debía estar tramándose, algo sin duda más complejo y sutil que un vulgar motín; de lo contrario, éste habría estallado incluso antes de la llegada de Balduino. Que tres compañeros de los Kveisunger siguieran en Vindsborg en calidad de rehenes les impedía rebelarse abiertamente. Y aunque el pelirrojo ignoraba aún la existencia de dichos rehenes, imaginaba que algo así debía ocurrir. Sólo de esa manera se explicaba que ni el menor intento de fuga hiciesen.

 

      Aun así, los presidiarios estaban urdiendo algo inaprehensible para él, y urgía saber de qué se trataba. Porque el problema era que si se había puesto a todos ellos bajo su control, no era para ayudar precisamente, por más que eso se dijera para salvar apariencias. Einar de Kvissensborg obedecía instrucciones del Conde Arn, Caballero de la Orden de la Doble Rosa que no veía con agrado la existencia de otra Orden rivalizando con la suya, y mucho menos si la misma se entrometía en el Condado que él gobernaba. Alguien con autoridad lo había intimado a cooperar con el Caballero del Viento Negro que fuera enviado a Freyrstrande, y que resultaría ser Balduino; y él había aportado reclusos, de lo que sin duda se justificaría luego diciendo que no tenía otros hombres que proporcionar. Para el Conde Arn, la invasión de los Wurms era una mentira y un mal chiste, y una excusa para impulsar a la Orden de Caballería que pretendía hacerle sombra a la suya; por lo tanto, en su mente nada había que defender, excepto las prerrogativas de la Orden de la Doble Rosa, a la que pertenecía.

 

      En los cálculos del Conde Arn y de Einar de Kvissensborg, su obsequioso servidor, cabían dos posibilidades. Como, según ambos, el Viento Negro era una Orden de falsos Caballeros y malhechores, podía ocurrir que quien fuese enviado a Freyrstrande, al frente de los convictos bajo su mando,  utilizara a éstos para cometer todo tipo de desmanes. La otra posibilidad era que le hicieran la vida imposible y que incluso escapasen a su control y que al menos uno, después de todo, se fugara, si no el grupo entero. En ambos casos, tanto Arn como Einar se lavarían las manos. Ellos sólo habían proporcionado los únicos hombres de que disponían. ¿Cómo prever lo que ocurriría después? La culpa de cualquier cosa que pudiera ocurrir sería toda del Viento Negro. ¿Balduino había integrado una banda de forajidos con los hombres puestos bajo su mando y perpetraba con ella todo tipo de fechorías? Por supuesto. Ninguna otra cosa podía esperarse de un Caballero falso, como cualquier otro de esa Orden proscrita. ¿Los convictos se le habían fugado, amotinado o lo que fuera? ¿Pero qué clase de Caballero era aquel que no podía imponer su autoridad sobre sus subordinados? La culpa era de la Orden del Viento Negro, siempre, siempre de la Orden del Viento Negro.

 

      Por ahora, los planes del Conde Arn amagaban ir viento en popa, pues que los presidiarios tramaban algo era vagamente palpable. Hasta no descubrir de qué se trataba, Balduino estaría en peligro de muchas formas. Pero el problema era que cualquier proyecto sedicioso partiría de Ulvgang y éste, por el momento, resultaba inescrutable para Balduino.

 

      Quedaba claro que, en líneas generales, el líder Kveisung era poseedor de una fría calma. De vez en cuando afloraba a su rostro una sonrisa de dientes podridos y en merma. Pero serio o sonriente, en ningún momento perdía su aire de dureza y peligrosidad. En este contexto, su estallido de cólera, la primera noche, no resultaba extraño. La reacción de los demás (y particularmente la de Honney y Andrusier) había sido de sorpresa y alarma, como si conocieran a Ulvgang como una persona que rara vez se enojaba, pero a la que había que temer cuando lo hacía.

 

      Se imponía una vez más la pregunta: tal explosión de ira, ¿había sido sincera, o sólo una mera farsa? ¿Por qué había dicho de Balduino que era un compañero? ¿Qué le importaba a él lo que pudiera pasarle a Balduino?

 

      Por desgracia, la conducta posterior de Ulvgang no permitía llegar a ninguna conclusión al respecto. Si la camaradería implícita en su estallido de furia era sincera, se trataba de algo que mantenía en reserva; si fingida, por alguna razón no continuaba con la farsa. A Balduino lo miraba ahora mucho y muy penetrantemente, como si se tratara de un animal raro que le interesase estudiar; y cuando el pelirrojo se advertía seguido por esas dos pupilas verdiazules desde aquel cráneo de forma tan extraña, resultaba todo un desafío para él mantener la calma. Se preguntaba entonces cómo osaría algún día dar órdenes a alguien así. Antes de la paliza recibida en Kvissensborg, no habría tenido problemas en dárselas, aunque Balduino  estaba seguro de  que Ulvgang hubiese reaccionado con ferocidad en caso de tratársele con el mismo desprecio que el pelirrojo dispensaba entonces a sus semejantes. Caso de poder esperar obediencia por parte de Ulvgang, sería hablándole con cortesía aunque a la vez con firmeza, y ni por asomo haciéndolo quedar mal o humillándolo frente a los otros.

 

      Un misterio adicional en Ulvgang era su relación con el viejo y gigantesco Thorvald. Este tenía al primero literalmente en la palma de su mano, y viceversa. Más que de prisionero y guardián, la relación entre ambos parecía de amigos, y ocasionalmente la misma que une a un soldado con un superior al que se obedece por respeto y no sólo por obligación jerárquica. Thorvald no necesitaba gritarle a Ulvgang, ni ser brusco con él; bastaba expresar qué necesitaba para que el Kveisung de inmediato se dispusiese a complacerlo. Claro que Thorvald jamás le encomendaba tareas serviles o denigrantes, y a veces sólo lo consultaba respecto al mejor hombre para realizar el trabajo de turno. Otras veces, Thorvald decidía solo quién era el más capaz, pero la mirada que Ulvgang lanzaba al designado, suave pero temible en cierta forma difícil de expresar, recomendaba obedecer sin dilación.

 

      Tal mirada, empero, era simple formalismo, porque al parecer Thorvald gozaba de respeto unánime. No ocurría lo mismo con el viejo y mostachudo Karl. Se le otorgaba alguna deferencia, tal vez por el valor que le recordaban, o por haber perdido el brazo derecho en una batalla; pero esa deferencia venía acompañada de cierta ironía y, a veces, de abiertas burlas. Se lo consideraba servil y adulador, lo que, en realidad, no parecía ser cierto. La acusación se basaba probablemente en el carácter formal y educado de Karl quien, por el protocolo que empleaba al hablar con Balduino o con Anders, parecía estar dirigiéndose a príncipes soberanos. Thorvald prescindía por completo de semejantes ceremoniales.

 

      Dada la imposibilidad de escrutar la mente de Ulvgang, Balduino lo intentó con los secuaces más temibles de aquel: Gröhelle, Honney, Andrusier y Hundi. Pero tampoco esto era sencillo. También ellos observaban con atención a Balduino, muchas veces sonriendo con alguna sorna, como si reservaran al pelirrojo una sorpresa quizás desagradable y lo desafiaran a descubrir de qué se trataba. Por otro lado, tenían sus momentos de en apariencia franca amabilidad. Si con esta conducta contradictoria pretendían desorientar a Balduino, vaya si lo conseguían.

 

      En otro intento por investigar lo que se tramaba, Balduino se propuso abordar a los satélites de los fieros líderes de los convictos: por ejemplo el gordo Snarki, acusado de violar brutalmente y asesinar a una niña (acusación falsa, según Thorvald), o Adam, el larguirucho y desgarbado consumidor y traficante de Sales de las Brujas que reía como una hiena, o Lambert, el viejo cuyo tic lo hacía guiñar uno de sus ojos violáceos y que había liquidado a su esposa. Daba la sensación de que este último, tal vez por ser ya muy longevo y no tener tantos años por delante, no se intimidaba ante Ulvgang y su horda pirata, y que les obedecía sólo por mera costumbre. Esta actitud contrastaba mucho con la de Snarki, quien se estremecía al tener a alguno de los Kveisunger rondándole cerca. A Adam, por su parte, todo le daba igual. Lo único que quería era aspirar su bendito Fuego  de Lobo que le embotaba los sentidos y lo catapultaba a otras realidades más gratas que aquella... O eso le parecía a Balduino.

 

      Mención aparte para Adler, el secuestrador, el hombre de la nariz aquilina y las cicatrices de viruela. Este tendía a aislarse de todo y de todos, y daba la impresión de estudiar tanto a los Kveisunger como a Balduino, como pendiente del lado hacia donde soplaban los vientos. Probablemente no quería problemas con nadie y evaluaba la manera de tener contento a todo el mundo o de ponerse de parte del bando más fuerte.

 

      Ahora bien, la idea de Balduino, buena en teoría, en la práctica no funcionó, porque estos sujetos jamás estaban solos sino, como por casualidad, con algún Kveisung merodeando en su entorno, sin duda a modo de discreta guardia para que no pudieran sustraerse a la autoridad de Ulvgang.

 

      Se entenderá que, con tantas complicaciones, al tercer día Balduino alternase entre el nerviosismo y la depresión. Salió de nuevo a cabalgar poco después del mediodía y recorrió los alrededores, estudiando atentamente el terreno. Aunque supiera que todo fuese inútil, que sin duda los Wurms jamás llegarían a Freyrstrande, intentaba engañarse a sí mismo para al menos creer que tantos problemas tenían su justificación, y también para no torturarse pensando a qué sitio había ido a parar.

 

      A la vuelta vio la cercana Eldersholme con su humeante volcán, y pensó en el estallido del Monte Desolación que en Nemorea, alrededor de dos décadas atrás, había convertido bosques enteros en montones de ceniza. Ojalá estallara también este otro y lo librara de todas sus tensiones; después de todo, Freyrstrande era ya un infierno agreste, frío y ventoso. Una erupción volcánica no destruiría mucho, porque casi nada había que pudiera destruirse.

 

      Con sentimientos no mucho más alegres, y ya llegando a Vindsborg, escuchó el agudo chillar de un grifo rasgando la quietud del firmamento, y deseó que la fiera le hiciese el favor de convertirlo en cena. Entonces, horrorizado, advirtió que la bestia, por el momento fuera del campo visual, tenía otro posible bocadillo a mano: Hansi, el mismo niño al que había espantado la víspera, estaba otra vez allí, construyendo un nuevo castillo de arena.

 

      Viedo todo negro, Balduino espoleó a Svartwulk y alcanzó al niño en pocos segundos.

 

      -¡Tú y tus benditos castillos de arena, mocoso! ¿No tienes remedio!-vociferó-. ¿Dónde demonios están tus padres?

 

       -Oh-oh-murmuró Hansi, encogiéndose ante el enojo de Balduino-. No tengo Mamá. Mi Papá está trabajando. Es pescador.

 

      Hansi Friedrikson tenía nueve años por aquel entonces, y sueños infantiles de vida aventurera. Ahora bien, para él la aventura, al menos por el momento, se hallaba en Vindsborg, ya de la mano de rudos piratas, ya de la mano de Caballeros de brillante armadura. Así que Balduino era muy iluso al suponer que se libraría de él así nomás, y en ese momento lo asaltó precisamente esa amarga sospecha. ¿Tendría, encima, que convertirse en ayo del mocoso? ¿Cómo podría hacer nada teniendo que vigilarlo todo el tiempo?

 

      -¿De verdad eres el Señor Cabellos de Fuego?-inquirió, volviendo sobre su duda del día anterior.. Ay-gimió, al ver que los labios de Balduino, al oír tal apodo, se trasmutaban en fauces de implacable depredador-. Eso no, señor Cabellos de Fuego, eso no, ¡eso no!... ¡En nombre de nuestra misericordiosa Madre y Madre de Dios!...

 

      -Cállate-ordenó Balduino con sequedad.

 

      -Eso no-insistió Hansi-. Bienaventurados los mansos, señor Cabellos de Fuego, porque ellos heredarán la tierra...

 

       -Si te refieres a esta tierra, es toda tuya-replicó Balduino, sarcástico, señalando con su mano la desolación que lo rodeaba-. Te la regalo-y los ojos de Hansi bailotearon en derredor, como a la búsqueda de otro soborno con el que aplacar las iras de Balduino-. Ahora te vas derechito a Vindsborg, y no sales de allí hasta que regrese tu padre.

 

      Era difícil saber cuán seguro estaría Hansi entre trece peligrosos reclusos, pero casi seguramente éstos, por el momento al menos, no le harían daño, ya que por el momento trataban de mostrar una imagen pacífica. En cualquier caso, afuera tampoco era sitio seguro para el niño, con un grifo sobrevolando los alrededores.

 

      Balduino siguió a Hansi mientras éste corría hacia Vindsborg. Al mismo tiempo escudriñó los cielos en busca de la fiera, pero no la vio.

 

      Los seis perros, hasta entonces dispersos, les salieron al encuentro. Svartwulk les bufó, irritado. Perros y caballo habían tenido ya un encuentro poco feliz, que concluyó con los primeros huyendo con los rabos entre las patas luego de que Svartwulk, en son de guerra, golpeteara los cascos contra el suelo.

 

      -¡Arriba, vamos!-urgió Balduino a Hansi al mismo tiempo que desmontaba.

 

      Al pie de la escalinata  se hallaba Anders conversando con el viejo Lambert, sentados ambos en el primer peldaño de la misma. Se levantaron para que Hansi pudiera pasar, y él corrió hacia arriba, veloz como rata por tirante.

 

      -¿Cómo llegaron aquí estos animales?-preguntó Balduino, señalando a los perros.

 

      -Vagabundeaban por la playa cuando los recogió Hundi al salir de prisión-explicó Lambert, mirando a Balduino con sus ojos violáceos antes de guiñar el izquierdo en su ya familiar tic-. Son molestos, pero una esposa es peor. Claro que, si no los queréis aquí...

 

      -No, está bien-dijo Balduino-. Anders, tengo que hablar contigo. Espera que lleve a Svartwulk a la caballeriza.

 

      Lambert subió pesadamente la escalinata, dejando solo a Anders hasta que Balduino regresó.

 

      -Vos diréis, señor-dijo entonces Anders, con cierta indiferencia.

 

      Balduino miró el firmamento enlutado por una interminable sucesión de tenebrosos nubarrones y cada vez más ennegrecido por la inminente noche, y dijo algo que su escudero no entendió. Entonces el pelirrojo,. como resignado, se le acercó más a fin de no tener que gritar para hacerse oír por encima del viento.

 

      -Anders, tú eres mi amigo. El único que tengo-dijo; y acto seguido bajó la vista, humillado por sus propias culpas pasadas.

 

      El momento que desde hacía tiempo, íntimamente, venía esperando Anders, llegaba por fin. Se enderezó como un guerrero que se dispone a entrar en combate.

 

      -Vuestro escudero, no vuestro amigo-precisó.

 

      -Nada ni nadie te obliga a obedecerme aquí: Mira a tu alrededor: soy señor de absolutamente nada-respondió Balduino-. Lo que hiciste, lo hiciste porque querías.

 

      -Soy un escudero de la Orden del Viento Negro-masculló Anders-, aunque malditas las ganas que tengo de hablar de viento justo aquí, donde las ráfagas no conceden piedad, ni de negro, pues los días parece que son todos oscuros en este lugar. Tengo mi honor, eso es todo.

 

      -Fuiste mi amigo el otro día-porfió Balduino, con voz humilde.

 

      -Ni hablar-exclamó secamente Anders-. Jamás, jamás sería vuestro amigo.

 

      Sentía el veneno, acumulado y reprimido durante cuatro años de servicio a Balduino, supurándole como el pus de una gran llaga.

 

      -Fuiste mi amigo-insistió Balduino-, aunque yo no haya sabido serlo. Ni de ti ni de nadie.

 

      Fue como si estas palabras desataran una avalancha, como si abrieran las puertas del Infierno y todos los demonios se precipitaran sobre Anders, poseyéndolo.

 

      -¡MIERDA, AL FIN TE DISTE CUENTA, MALDITO PECOSO CARA DE BOSTA COLADA!-rugió-. ¡CUATRO AÑOS, CUATRO PUTOS Y MALDITOS AÑOS PENDIENTE DE TODAS Y CADA UNA DE TUS ESTÚPIDAS EXIGENCIAS, TODO PARA TERMINAR AQUÍ! ¡PERO AHORA ME VAS A OIR!...

 

      En el interior de Vindsborg, cuya puerta estaba entreabierta, Hundi, Honney y Adam se afanaban por escuchar, aprovechando que ni Thorvald ni Karl se hallaban allí en ese momento.

 

      -¿Qué dicen, qué dicen?-preguntó Adam.

 

      -¿Cómo voy a saberlo, idiota?-preguntó Honney, sin gritar pero con voz de fiera malhumorada-. El viento no me deja oír... Parece que están gritándose... El chico bonito, por lo menos, parece enojado... El matrimonio feliz se rompió.

 

      -No me hables de matrimonios, por favor-gruñó Lambert, quien sentado en el suelo, para distraerse,  daba forma a una piedra caliza con un improvisado punzón.

 

      Hundi lo miró con curiosidad.

 

      -Siempre me pregunto-confesó-, si de veras tu mujer habrá sido la bruja que tú dices.

 

      -¡Ja!-exclamó Lambert, sin apartar los ojos de la piedra. Y volviéndose hacia Hundi, añadió:-. Cuando en el Infierno tengas que consolar al Diablo por la arpía que le mandé, ya me dirás tú qué tal era mi mujer.

 

      -Cuidado, el niño bonito viene hacia aquí-gruñó Honney tras asomar la cabeza afuera. Y tanto él como Adam y Hundi fueron a sentarse como los demás, de tal forma que, cuando Anders entró con cara de pocos amigos, todos tenían un aire de lo más inocente.

 

      Pero al rato, cuando Balduino entró también, Hansi, quien había estado en la cocina para fastidio de Varg, le salió al encuentro.

 

      -Te espiaban, señor Cabellos de Fuego-denunció-. El, él y él-y señaló uno por uno a los culpables, que se miraron entre sí y luego al niño con miradas que no le auguraban un buen porvenir.

 

      Ulvgang soltó unas risitas reprimidas. Hundi meneó la cabeza y sonrió también, Adam se puso colorado, Honney gruñó por lo bajo algo acerca de los fisgones y de que había que destriparlos ya desde niños.

 

      Balduino sonrió ligeramente.

 

      -Tu señor padre está afuera, y dice que está harto de repetirte que no juegues solo en la playa ni te acerques a este lugar, salvo en domingo.

 

      Y de repente cayó en la cuenta de lo que acababa de repetir, y se preguntó qué tendría que ver el día domingo con el permiso de Hansi para acercarse a Vindsborg.

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16 diciembre 2009 3 16 /12 /diciembre /2009 17:32

IV

      Una nueva vida empezaba para Balduino y Anders; hasta qué punto amagaba ser terrible, lo intuyeron durante los tres siguientes, nublados y ventosos días.

      Los deprimía el continuo ulular del viento; los deprimía el silencio de sus forzados compañeros; los deprimía ver a éstos con aire torvo y vestimentas toscas y a menudo andrajosas; los deprimían los días cortos del Norte, que allí parecían mucho más breves y que parecían no alargarse nunca; los deprimían los piojos que pronto comenzaron a anidar en sus cabellos; los deprimía saberse confinados a un rincón que el resto del mundo desconocía y que no le hubiera importado conocer; los deprimían, en suma, sus mismas existencias. Anders pronto dejó de afeitarse por no encontrarle sentido, como, en realidad, no le encontraba sentido a tantas otras cosas de su nueva vida; y Balduino pronto siguió su ejemplo, aunque al principio fueron las heridas de su rostro su motivo para no rasurarse. Iban en camino de convertirse en símbolos vivientes de la dejadez misma.

      El momento que más odiaban era la cena, cuando hacía más frío que nunca y el viento embestía como para arrasar cuanto hallase a su paso, y todos estaban refugiados tras las paredes de Vindsborg. Ahí se notaba más que nunca que la convivencia era forzada. Se cenaba en medio de un silencio sepulcral, sólo roto porque alguien se quejaba de la comida, y por la furibunda réplica de Varg, el cocinero, cuyo mal genio pronto fue muy conocido para Balduino y Anders.

      El segundo día, a pesar de hallarse dolorido aún y con cada movimiento arrancándole ayes, Balduino insistió en hacer una cabalgata por la zona. No quiso que Anders lo acompañara. Como con gran esfuerzo y entre varios el día anterior se había logrado encerrar a Svartwulk en la caballeriza adonde también estaba Slav, Balduino preguntó dónde se hallaba esa caballeriza. Resultó estar en el piso inferior, ocupando la mayor parte de éste, salvo un pequeño sector que antaño parecía haber sido una especie de despensa muy mal ubicada tratándose de una construcción defensiva, y otro con trazas de herrería en desuso.

      Ahora bien, mientras hacía marchar al paso su caballo por la playa, alejándose de Vindsborg bajo el cielo nublado, Balduino escuchó una voz infantil que lo llamaba. Pertenecía a un niño pelirrojo que estaba haciendo castillos de arena: el mismo que Balduino y Anders habían hallado en la playa el primer día. Se sobresaltó un poco al ver el rostro tumefacto del jinete, y durante un rato lo examinó una y otra vez. Balduino, irritado, se preguntó qué querría de él, y ya estaba a punto de retirarse, cuando el niño preguntó de repente:

      -¿Eres el señor Cabellos de Fuego?

      Durante su primer encuentro al llegar a Freyrstrande, Balduino no había prestado especial atención al niño, aterrado y furioso por el inhóspito sitio que se le había dado por comandancia; y ahora tardó en reconocerlo.

      -¿Cómo dices? No entiendo qué me preguntas-dijo Balduino; pero todavía más difícil era entender lo que decía él, puesto que sus labios aún hinchados no articulaban correctamente las palabras.

      El niño no respondió. En vez de ello, hizo un segundo examen a Balduino de pies a cabeza, intrigado.

      -No; no eres el señor cabellos de Fuego, ¿o sí?-preguntó, con el ceño fruncido en expresión de total extrañeza, como ante un acertijo que lo superara

      -¿Qué señor Cabellos de Fuego?-preguntó Balduino, cuya irritación iba en aumento. Pero una vez más, sus palabras resultaron ininteligibles. Entre sus dificultades para entender qué demonios preguntaba el niño y sus problemas de dicción, pensó con enfado, aquello amenazaba convertirse en un diálogo de sordos.

      De nuevo el niño no contestó y se quedó evaluando a Balduino con la mirada, sin  que su perplejidad disminuyera un ápice.

      En cuanto a Balduino, bruscamente decidió que le importaba un rábano cualquier cosa que el niño intentara preguntar. Acababa de ver inquietantes rostros en las cercanías, los de otros tantos Kveisunger de los que estaban bajo su mando.

      Allí estaban Gröhelle, con su rostro relativamente bonachón pero tuerto y lleno de cicatrices; Andrusier, con sus fosas nasales semejantes a ollares de caballo, cara redonda mal afeitada y sus singulares orejas, una de ellas con un aro colgando y la otra con un pedazo de carne faltante; y Honney con su negro bigote resaltando la ferocidad de sus verdes y asesinas pupilas de gato salvaje. Contemplaban la escena silenciosa y burlonamente, y a Balduino no le gustaron ni medio sus expresiones acechantes.

      El niño de repente sonreía en una cómica combinación de picardía y triunfo.

      -Sí... ¡Eres el señor Cabellos de Fuego!-decidió, jubiloso como el alquimista que al fin ha encontrado la piedra filosofal-. Claro, ¡qué tonto!, no me di cuenta de que éste es el mismo caballo con el que viniste... Me llamo Hansi Friedrikson.

      -No sé de qué hablas, ni me importa-gruñó Balduino, luchando por pronunciar inteligiblemente esta vez-. Te vas ya mismo de aquí. Vuelve a tu casa; éste no es sitio para niños como tú.

      Sus palabras seguían sin ser demasiado comprensibles, pero sí que fueron elocuentes los gestos con que las acompañó. Hansi se mordió los labios, disgustado, y sus ojos azules bailotearon desesperadamente un rato, en busca de una respuesta persuasiva. En su semblante ligeramente salpicado de pecas, el gesto resultó comiquísimo.

      -Eso no, señor Cabellos de Fuego-respondió por fin, vacilante-. Verás: yo quiero ser Caballero, igual que tú...

      -Que te vayas a casa, he dicho-repitió Balduino, entre el mal humor y el asombro. No estaba acostumbrado a que se le desobedeciera, y nunca había tenido que discutir con un niño para obligarlo a acatar órdenes. Dejaba esa tarea para los padres, que ante un Caballero siempre eran sumisos.

      Pues bien, para todo hay siempre una primera vez. He aquí a un niño muy renuente a obedecerle.

      -...fíjate: soy pelirrojo, como tú; pecoso, como tú; valiente, como tú, y...-proseguía Hansi.

      Mientras buscaba otras cualidades en común con Balduino, vio la espada que éste llevaba al cinto y en cuya empuñadura descansaba ahora la diestra del Caballero. Tal gesto solía ser intimidante con los adultos, un recordatorio de que las órdenes de un Caballero están para ser obedecidas si no se puede o no se quiere hacer frente a su ira.

      -¿Puedo verla, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi, brincando una y otra vez con entusiasmo y señalando hacia la espada-. ¿Sí, sí, sí?...

      Balduino se estaba poniendo nervioso. No hallaba precedentes de la situación a la que se enfrentaba ahora. ¿Qué debía hacer para que el maldito crío le hiciera caso? ¿Ser más directo en sus amenazas con la espada? Pero parecía una solución totalmente desproporcionada al problema. Todos se reirían de él si echaba mano a un recurso así para que un mocoso le obedeciese.

      Y lo peor era que necesitaba que Hansi le obedeciera. Tal vez Freyrstrande fuese un páramo, pero Balduino estaba a cargo de la protección de los pocos habitantes que vivieran en él. Su sentido del deber se imponía por encima de cualquier otra cosa. Y el chiquillo no podía quedar allí:  a juzgar por los espeluznantes relatos acerca de los Kveisunger, éstos no vacilaban en ser crueles incluso con los indefensos. Así que convenía que los indefensos de marras se mantuvieran bien lejos de Vindsborg. Pero hete aquí que este indefenso en particular no colaboraba con su protector. Así, pues, entre uno y otro se desarrolló una discusión similar a un regateo, seguida desde la distancia por Gröhelle, Andrusier y Honney, con la sorna iluminando sus siniestros semblantes. Cada tanto, alguno reprimía una carcajada.

      Que su discusión con Hansi y la abierta desobediencia de éste contaran con un público de tan dudosa calaña puso aún más nervioso a Balduino, hasta que acabó estallando:

      -¡TE DIJE QUE TE FUERAS A TU CASA!...-rugió, furioso-. ¡MOCOSO DE PORQUERÍA!

      -¡Ufa!-protestó Hansi, enfurruñado-. ¡Qué malo!...

      Pero al menos pareció que obedecía, aunque se retiraba con la prisa del condenado que se encamina hacia la horca. Balduino lo miró alejarse y luego se volvió hacia sus indeseados espectadores. Les lanzó una mirada fugaz y fría, como dándoles a entender que con ellos no se andaría con tantas vueltas en caso de desobediencias o rebeldías; y luego se alejó a lomos de Svartwulk.

      No obstante, para su horror y consternación, a la vuelta halló que Hansi en realidad no se había marchado. Todavía más: se encontraba de lo más campante entre Gröhelle, Andrusier y Honney. Estos parecían tratarlo amistosamente aunque con cierta rudeza, e incluso bromeaban con él y se jactaban de pasadas glorias del tiempo en que sus malandanzas sembraban el pánico en las costas andrusianas. La imagen era propiamente la de un grupo de fieras inclinándose de forma protectora sobre una cría, toda vez que Hansi les festejaba sus sangrientas historias, aunque se estremeció cuando Andrusier le contó que en un principio llevaba aretes en ambas orejas hasta que, durante una batalla, alguien le había arrancado el que ahora le faltaba, junto con el sangrante pedazo de la oreja correspondiente adjunto. En el caos del combate, alguien había jalado del pendiente...

      Pero Balduino no se dejó convencer por esta imagen de siniestra paternidad. Recientemente, Blotin Thorfinn y sus Kveisunger habían asesinado sin miramientos a mujeres y niños al fustigar los puertos. De la banda de Sundeneschrackt no sabía tanto, pero se decía de ellos que habían sido aún más feroces que sus recientes émulos. Por consiguiente, dedujo que todo era una mera pantomima, montada con el objeto de engañarlo, tal vez para que no los creyera tan peligrosos y se confiase.

      -¿No te dije que te fueras?-preguntó a Hansi, en tono helado.

      El niño lo miró desafiante. Mira qué tres perros guardianes me he conseguido. Si me haces enojar, los azuzo contra ti, parecía decir.

      -Hay que hacerle caso al señor Cabellos de Fuego, Hansi-lo regañó Honney en tono irónico; y a continuación, sus relampagueantes pupilas verdes se alzaron hacia Balduino, junto con las de Gröhelle, éstas profundamente azules, y las negras de Andrusier. Las seis compartían una especie de secreta burla, y los  sonrientes labios estaban saturados de malicia. Tal vez esperaban que Balduino les preguntase el motivo del nuevo y ridículo mote que se le había puesto, o quizás sólo deseaban verlo salirse de sus casillas o, más probablemente, estudiar sus reacciones, cualesquiera que fuesen éstas.

      Agria y sarcásticamente, Balduino se limitó a devolver las silenciosas y enigmáticas sonrisas, con la sensación de que entre él y los reclusos que integraban la dotación de Vindsborg acababa de iniciarse un tácito y escalofriante juego semejante a un baile de máscaras.

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16 diciembre 2009 3 16 /12 /diciembre /2009 17:18

III

      Después de limpiar el rostro de Balduino, Anders pensó que éste debía tener hambre. Varg había cocinado una especie de guiso de sabor horrible; ni pensar en ofrecerle eso. Frío sería mucho peor que caliente. Podía recalentarse, pero tal vez eso haría que a Balduino le ardiese su boca herida.

 

      Anders sacó la tea del único antorchero de la habitación  y bajó corriendo la escalinata de piedra, tras hacer señas a Balduino de que ya regresaba.

 

      En la oscuridad, mientras aguardaba el regreso de su escudero, el pelirrojo se entregó a lúgubres reflexiones, y fue para él un alivio cuando Anders regresó, trayendo un poco de carne seca de venado que les había sobrado del viaje y que halló en las alforjas. El joven escudero la cortó en trozos mínimos, sabiendo que a su señor le resultaría difícil tragar cualquier cosa más grande, y fue llevándola de a poco a la boca de Balduino.

 

      Cuando terminó de alimentarlo, Anders ayudó a su señor a quitarse la armadura y, viendo los moretones que había en aquel cuerpo a pesar de la protección de la vota y las calzas metálicas, su indignación fue en aumento.

 

      Por último, Balduino se acostó en un montón de paja que por orden de Thorvald acababa de traer Gröhelle. Anders, desde luego, ayudó al pelirrojo hasta llegar al improvisado colchón, y pasó el resto de la noche y parte de la mañana siguiente aplicando paños fríos a las heridas de su amo.

 

      En todo esto, ni Caballero ni escudero intercambiaron palabra alguna.

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16 diciembre 2009 3 16 /12 /diciembre /2009 17:06

II

      Anders tenía una pésima noche. Primero no había podido dormir, atenazado por el temor a ser violado por aquellos energúmenos. El tal Honney había logrado ponerlo realmente nervioso en tal sentido. Por fortuna, el viejo Thorvald, dándose cuenta, había enviado a aquel y a su compinche Andrusier a montar guardia afuera; pero a Anders le era difícil desterrar de su mente el rostro de espeluznantes ojos verdes, bigote poblado y melena negra mirándolo como la fiera a la presa.

 

      Para cuando al fin lo logró, un mal menor pero molesto continuó fastidiándolo: un coro de múltiples ronquidos que le impedía dormir. Los peores eran los del gordo Snarki, seguidos bastante más lejos por los de Adler, el secuestrador de nariz aguileña, cuello descarnado y cicatrices de viruelas. El primero ciertamente roncaba como para que la techumbre se viniera abajo, en tanto que el segundo exhalaba el aire por la boca en una especie de silbido insoportable.

 

      Anders sabía que por cierto no era el único insomne, porque Adam, el traficante y consumidor de Sales de las Brujas, se había levantado hacía una hora al menos y salido afuera. Aún no estaba de regreso. Esto hacía a Anders preguntarse de cuánta libertad dispondrían aquellos convictos en Vindsborg, y si Adam no se habría dado a la fuga.

 

      En definitiva, no hacía más que dar vueltas sobre sí mismo, sin poder dormir, acostado como los demás en el piso de piedra de Vindsborg, cuando la puerta se abrió. Balduino estaba de regreso, y Anders, haciéndose el dormido, sonrió malignamente al ver a la luz de la antorcha que alguien le había dado una trompada. Pero entonces miró por segunda vez, y el corazón se le encogió al ver que no le habían simplemente dado un golpe. Tanto lo habían maltratado, que precisaba apoyarse en las paredes; las piernas le temblaban, y el rostro estaba hinchado y deformado.

 

       Vaciló unos instantes, pero la compasión y el sentido del deber acabaron imponiéndose sobre el resentimiento. Incorporándose rápidamente y sin hacer ruido, se acercó a su señor y ofreció a éste su propia persona para sostenerse. Ni se detuvo a analizar sus sentimientos cuando lo invadió un negro odio hacia quienes hubieran perpetrado  un ataque ruin y propio de bárbaros como aquel. En cuanto a Balduino, le pareció a Anders más heroico que nunca, y se devanó los sesos tratando de discurrir algún modo de ayudarlo.

 

      Comenzó conduciéndolo hasta la minúscula mesita y sentándolo en una de las dos sillas, previo cálculo de que la misma resistiese el peso del pelirrojo más su armadura. Luego fue a buscar agua y un trapo para limpiarle la sangre. El agua lo halló en la cocina, pero no encontró ningún trapo limpio; de modo que cortó un pedazo de su propia capa.

 

      Todavía estaba Anders limpiando el rostro de Balduino, tan suavemente como podía, cuando la puerta se abrió otra vez. HonneyAndrusier habían concluido la guardia, y venían a despertar a sus relevos. Paseaban distraídamente la mirada por su entorno cuando de repente vieron a Balduino, y sus semblantes se trastornaron por completo de espantada perplejidad.

 

      -¡Cristo, muchacho!-gritó Honney-. ¿Qué te ha pasado?

 

      El grito despertó a todo el mundo, excepto al gordo Snarki, quien continuaba roncando a sus anchas. Por turnos, todos se volvieron malhumorados hacia Honney, y cuando miraron en la misma dirección que él, uno a uno fueron contagiándose de su misma  sorpresa e indignación. Se pusieron de pie como un solo hombre, tanto ellos como los seis perros de Hundi, y se acercaron a Balduino y Anders.

 

      Honney y Andrusier se habían adelantado en esto a los demás, sin poder creer lo que veían.

 

      -Parece que tu señor, después de todo, no es muy bueno defendiéndose, ¿eh?-comentó Andrusier, sin malicia y más para sí mismo que para Anders.

 

      Pero éste se volvió hacia él, irritado.

 

      -Basura, a ver si te muerdes la lengua antes de hablar-farfulló-. ¿No ves que lo agarraron entre varios y sin duda por la espalda?

 

      -¡Epa!...-exclamó Andrusier, admirado de tanta fiereza en alguien que hasta ese momento parecía más bien tímido.

 

      Se rascó su fea carota redonda y mal afeitada, admirado, mientras Anders, ya no tan audaz, rezaba en silencio para que Andrusier le perdonase la vida. Entre tanto, siguió ocupándose de Balduino.

 

      Ulvgang y Thorvald se abrieron paso hasta situarse en primera fila. Todos vieron la negra indignación que embargó de golpe al primero. Cerró los puños hasta que los nudillos se le volvieron blancos, y la sangre afluyó a su rostro, tornándolo carmesí.

 

       Se volvió hacia el viejo Thorvald.

 

      -Esto es cosa del puerco de Einar-masculló; y añadió a gritos, con un vozarrón tan portentosamente colérico, que el cuarto entero se estremeció, Anders se sobresaltó y los seis perros huyeron asustados en todas direcciones, con el rabo entre las patas y gañitando agónicamente:-. ¡Y ÉSTA ES LA CLASE DE PERSONAS A LA QUE TÚ LLAMAS DECENTE! ¡NI NOSOTROS HARÍAMOS COCHINADAS COMO ÉSTA!

 

      -Lo último que yo diría de Einar es que es decente, y te consta-respondió tranquilamente el gigantesco Thorvald, mirando a Ulvgang con sus frías, duras pupilas azules.

 

      Pero no fue suficiente para aplacar la ira del legendario Kveisung. Este se volvió hacia sus compañeros de reclusión, completamente rojo de furia. Todos, instintivamente, retrocedieron un paso; pero el largo índice apuntó, acusador, hacia Honney y Andrusier.

 

      -¡Y VOSOTROS!-tronó, retemblando de ira y con su tez pasando del rojo al violeta, otra vez más El Terror de los Estrechos que Ulvgang Urlson. Honney y Andrusier empalidecieron y tragaron saliva-. ¿POR QUÉ MIERDA NO LO AYUDASTEIS? ¿QUÉ ESTABAIS VIENDO EN VEZ DE VIGILAR LO QUE HABÍA A VUESTRO ALREDEDOR?

 

      -Lo vimos, pero no se nos ocurrió que estuviera herido, creímos que estaría simplemente borracho como una cuba-respondió Honney, casi en un murmullo.

 

      -¡Buenos centinelas!-bramó Ulvgang, todavía con el rostro contorsionado de cólera-. ¡Un compañero nuestro está casi muriéndose, y vosotros, inútiles, lo suponéis borracho!

 

      Los ensordecedores truenos de Ulvgang no paraban de sobresaltar a Anders. Este, reuniendo todo su valor y tratando de olvidar por un instante  a quién se estaba dirigiendo, dejó de limpiar el rostro de Balduino y, volviéndose hacia Ulvgang, le dijo con firmeza:

 

      -Aquí hay un herido que lo que menos necesita es todo este revuelo.

 

      Ulvgang lo miró con sus ojos saltones y verdiazules echando chispas. A la vista de aquel rostro feroz, el de Anders pasó a un blanco níveo.

 

      -Cuídalo bien-ordenó, recalcando la frase con el índice de su diestra.

 

      Anders asintió en silencio y volvió a inclinarse sobre Balduino para continuar limpiándole el rostro. Exhaló un suspiro de alivio al sacarla tan barata.

 

      -A dormir todos, salvo el pichón y quienes estén de guardia-ordenó Thorvald.

 

      -No te hagas el tonto, Gröhelle, que tú tienes guardia-añadió Karl.

 

      El tuerto Gröhelle, quien había amagado irse con los demás, sonrió lobunamente al verse pillado in fraganti, y se encaminó hacia la puerta.

 

      -Vamos, gordo, ¡despierta de una buena vez!-exclamó irritado Andrusier, despertando a Snarki a puntapiés-. Increíble que este gordo tenga después el descaro de decir que sufre de problemas de sueño. ¡Levántate, gordo, te toca la guardia!...

 

      Asustado, Snarki despertó de golpe, tambaleante, lagañoso y obviamente sin saber siquiera dónde, cuándo y con quiénes estaba, hasta que por fin lo recordó y fue tras Gröhelle. Ya en la puerta, ambos se hicieron a un lado para dar paso a otra figura tambaleante. ¿Otro herido? Anders interrumpió durante uno o dos segundos lo que estaba haciendo, para atender.

 

      Era Adam. No parecía lastimado, pero traía una extraña mirada vidriosa y andar vacilante. De repente sonrió en forma estúpida y, mirando en dirección a Balduino y Anders, soltó una de sus chillonas risotadas de hiena.

 

      -Adam, te duermes, o te duermo yo a golpes-lo amenazó Thorvald, a gritos; y explicó a Anders:-. Fuego de Lobo. No sé de dónde lo saca.

 

      -Es una de las Sales de las Brujas, ¿no?-preguntó el joven escudero.

 

       -Ajá. La más benigna de ellas, creo. El imbécil se pone a aspirar eso y vuelve así.

 

      Balduino tenía los ojos entreabiertos.

 

      -Te dije que no fueras a Kvissensborg, muchacho-le reprochó con suavidad Thorvald. Pero no añadió que, con la esperanza de que alguien le bajara los humos al pelirrojo, no había insistido. Le había caído muy mal, en efecto, que se los llamara baldados.

 

      Ahora estaba arrepentido. Había previsto que a Balduino no se lo recibiría cordialmente en Kvissensborg, pero no que le darían semejante paliza, y contemplaba al joven Caballero con la ternura de un anciano ante un nieto muy querido.

 

      De repente recordó algo y preguntó, alzando la voz:

 

      -Andrusier, ¿os ocupásteis del caballo de este muchacho? 

 

      -Ocúpate tú, si puedes-respondió el interrogado-. Casi me mata cuando intenté encerrarlo en la cuadra.

 

      Thorvald se asombró ante la respuesta, y pensó que los años debían estar volviendo cobarde a Andrusier. Apenas un amago hizo, y ya un  par de manos, una de Anders y otra de Balduino, lo habían detenido. Los vio menear la cabeza simultáneamente.

 

      Al parecer aquel caballo era cosa seria.

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16 diciembre 2009 3 16 /12 /diciembre /2009 16:54

                                                          I

      La noche se había puesto muy fría, y algo de ese frío calaba en los huesos de Balduino; pero lo que de verdad parecía helarle el alma era la consciencia de su propia miseria y humillación. Prefería que nadie más lo viera así; de modo que, cuando los Leprosos le dijeron que alertarían a gritos a la gente de Vindsborg para que viniese a ayudarlo, meneó la cabeza y gesticuló negativamente una y otra vez.

 

      Supongo que hemos llegado-dijo uno de los Leprosos en cierto momento, absolutamente desconcertado. Incluso a pleno día se requería de cierta imaginación para descifrar qué pretendía ser Vindsborg exactamente, ni hablar en una noche tan oscura como aquella, cuando sólo se lo veía como una negra silueta recortándose contra el océano.

 

 

      Reuniendo todas sus fuerzas, Balduino intentó desmontar. Casi lo había logrado, cuando de súbito cayó pesadamente al suelo con un ruido seco acompañando sus propios gemidos.

 

 

      Uno de los Leprosos hizo ademán de descabalgar para ayudarlo, pero otro lo detuvo, y fue éste quien habló:

 

      -Debemos seguir nuestro camino-dijo-. Adiós, muchacho, y coraje. Algunos de nuestros compañeros terminan sus días arrastrándose por años antes de morir. Al menos tú volverás a ponerte de pie.

 

      Y volviendo grupas sus cabalgaduras, se alejaron al paso.

 

      Honney y Andrusier montaban guardia en Vindsborg a esa hora. Es un decir, claro. Era absurdo custodiar aquello que ningún peligro corría, que no despertaba iras ni codicias; de modo que en aquel momento ambos paseaban juntos de un lado a otro por la playa, cosa de, estando en movimiento, sentir menos el frío mientras charlaban para matar el tiempo. Cada tanto, se hundían los dedos en los desgreñados cabellos y de allí extraían alguno de los muchos piojos que los poblaban, para luego darle muerte entre sus uñas.

 

      -¿Ese será el Cara de Bosta Colada?-preguntó Andrusier, señalando a Balduino, quien en ese momento subía a rastras la escalinata de Vindsborg.

 

      -¡Qué sé yo, imbécil!... ¿Cómo quieres que lo sepa, si jamás en mi vida lo he visto? Sé que existe, y eso es todo-gruñó Honney de mal humor, exterminando otro piojo.

 

      -Si recién llega y ya está ebrio, cómo será dentro de unas semanas-observó Andrusier, hundiendo el pulgar y el índice entre sus cabellos para quitarse otro parásito. 

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16 diciembre 2009 3 16 /12 /diciembre /2009 16:31

      -¡Lleváoslo, lleváoslo!-ordenó Einar a sus hombres-. Puesto que vivió demasiado con forajidos, ha olvidado los modales inherentes a la verdadera nobleza. Ved de recordárselos. Ah, y no olvidéis devolverle su espada, ¿eh?, que sin ella defendiéndonos, qué será de nosotros.

 

      Balduino apenas si fue consciente de las risas que festejaron la última ocurrencia. No tuvo fuerzas para resistirse cuando lo sacaron del salón a la rastra, ni para defenderse cuando, en el patio, continuaron golpeándolo con inusitada saña; sí escuchó, aunque apenas, los ruidos del puente levadizo al bajarse nuevamente y del rastrillo que subía. También reconoció los relinchos y el rabioso golpear de cascos del fiel Svartwulk, reacio a que lo montara alguien que no fuera su amo. Cuánto tiempo pasó hasta que al fin lo arrojaron como a basura a cierta distancia del castillo, nunca lo supo; ni tampoco cuánta hasta que escuchó nuevamente voces humanas y sintió que otra vez lo movían.

 

      -Vamos, vamos, moveos de una vez. Daos prisa: no sé quién ha hecho esta salvajada, pero este hombre necesita atención.

 

      -Pero es tarde. ¿Por qué no os encargasteis vosotros?

 

      -Sabéis bien que no podemos tocarlo; pero os tocaremos a vosotros, si no hacéis lo que decimos. Moveos, que más vale una noche de mal sueño, que toda una vida de lepra.

 

      -¿Qué es lepra?

 

      Los Príncipes Leporosos-pensó Balduino, entreabriendo un poco los ojos y viendo tres hieráticas figuras erguidas en sus caballos. A la luz de una antorcha se veían sus rostros cubiertos de vendas-. ¿Qué hacen ellos aquí? En seguida recordó las palabras del gran maestre: Algunos de los Príncipes Leprosos defenderán la desembocadura del Viduvosalv, al Este de Freyrstrande.

 

      Trató de hablar, pero sólo le salieron balbuceos ininteligibles. Vio un caballo que le pareció Svartwulk, y lo señaló con su diestra.

 

      -Quiere que se lo monte-dijo una voz admirada-. Obedeced.

 

      -¿Y cómo se monta a una persona?-respondió otra voz vacilante. Era obvio que los Príncipes leprosos se estaban haciendo ayudar por lugareños arrancados de su sueño para tal fin y que no tenían la menor idea de lo que tenían que hacer.

 

      Siguieron unas instrucciones, y Svartwulk amagó encabritarse al ver que se le acercaban desconocidos. Tanto como se lo permitía su lamentable estado, Balduino lo acarició. El animal reconocíó el contacto y el olor de su amo, y se tranquilizó un poco.

 

      -Ha sido cosa de Dios que nos extraviáramos, señor; si no, no os habríamos encontrado, y quién sabe qué hubiera sido de vos. ¿De dónde sois?-preguntó uno de los Leprosos; y al comprender que los labios hinchados y sangrantes de Balduino no permitían a éste articular palabra inteligible alguna, cambió la pregunta:-. ¿Estáis a cargo de Freyrstrande?

 

      Balduino asintió débilmente, luchando para no caer de la montura. Entreabrió los ojos y vio gente en ropas de dormir; la misma, sin duda, que bajo la dirección de los Príncipes Leprosos lo habían ayudado a encaramarse sobre la montura.

 

     -Bien, señor. Tenemos prisa, pero os ayudaremos a llegar adonde debáis. Seguidnos...  Pero a distancia, por vuestro propio bien. Nuestras voces os orientarán. ¿Podréis cabalgar, aunque más no sea al paso? Mirad que...-y cuando Balduino hizo otro débil asentimiento, el Leproso añadió, pero en voz baja:-...que si nadie más estuviera cerca y necesitarais auxilio, nosotros mismos deberíamos prestároslo.

 

      Pero Balduino asintió con la cabeza, y el hombre no insistió, pues veía en él un orgullo no inferior al suyo.

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15 diciembre 2009 2 15 /12 /diciembre /2009 18:45
      Desde su partida de Vindsborg y mientras galopaba salvajemente hacia Kvissensborg a lomos de Svartwulk, Balduino sintió que, lejos de aplacarse, había ido in crescendo; y al llegar al castillo su furia era tal que parecía poseído.


      Kvissensborg se levantaba aproximadamente a una legua de Vindsborg. Ya había caído la noche cuando Balduino estuvo al pie de sus muros y gritó su nombre a los centinelas apostados en lo alto. Ellos sintieron su extraño acento forastero, que los hizo reír burlonamente, y le contestaron que volviera al otro día.


      -Consultaremos con el señor Einar-dijeron al fin, luego de un par de amenazas por parte de Balduino, quien sabía que el mero alarde de poder y de influencias en las altas esferas intimida mucho a quienes obedecen órdenes y peligran tanto por falta como de exceso de celo en el cumplimiento de las mismas.


      Después de una larga espera, uno de los centinelas volvió y se asomó por encima de las almenas. Sí, el señor Einar recibiría a Balduino, pero en aquel momento no podía. Que esperara un poco...


      La paciencia no era el fuerte de Balduino, ni mucho menos, pero en este caso la tuvo. Cuando por tercera vez se le pidió que aguardara, esa paciencia llegó a su límite, y tuvo una idea algo maligna: tomó el cuerno que llevaba a la cintura y sopló con toda la energía de sus jóvenes pulmones.


      En las cuadras de Kvissensborg, una jauría entera ladraba alborotada por el cuerno que los llamaba a perseguir a la presa. Los perreros la calmaron como pudieron; en cuanto Balduino no sintió ya el menor ladrido, sopló nuevamente el cuerno, alborotando a la jauría otra vez. Y repitió el toque de cuerno en cuanto se logró llamar a los perros al orden... Así sucesivamente, tres o cuatro veces.


      -Os creeis gracioso, ¿verdad?-preguntó el capitán de la guardia, asomándose entre las almenas de Kvissensborg.


      -No, me creo harto-contestó secamente Balduino.


      -Pudisteis haber engañado a mis hombres, pero no a mí. Sé quién sois y que no estais en posición de haceros el bravucón. Si no os largáis ya mismo de aquí, os acribillaremos a flechazos.


      -Qué bien...-contestó Balduino, sarcástico-. Pensadlo mejor, sin embargo, que si vuestra sabiduría no fuera tal, sino necedad, sería vuestra cabeza la que dejaría de estar sobre los hombros correspondientes, no la de vuestro señor. No obstante, si queréis disparar, hacedlo; pero espero que vuestros arqueros sean cruza con búhos, puesto que sólo así sus flechas hallarán el blanco. Y parapetado entre los árboles del bosque, continuaré haciendo sonar mi cuerno y volviendo locos a vuestros perros de caza a menos que por algún milagro me hirierais de muerte. Vos decidís. Seguid perdiendo el tiempo, hacedme perder el mío y continuemos este juego tonto, o bajad el puente levadizo y subid el rastrillo.


      Cinco minutos más tarde ingresaba Balduino al patio de Kvissensborg. Los guardias lo miraron con cara de pocos amigos, pero en ese momento no se atrevieron a nada más.


      -No debísteis proceder así-le reprochó el capitán-. El señor Einar de Kvissensborg es el más querido vasallo del Conde Arn, y un gran héroe de Thorhavok. El acabó hace años con la flota de Sundeneschrackt.


      -Sigue siendo sólo un vasallo, y yo un Caballero. ¿Puede el señor Einar decir lo mismo? Y si el vasallo se parece a su amo, que inventó pretextos para no cumplir con los deberes para con sus súbditos, el señor Einar es sólo un gran cobarde-dijo Balduino, desmontando-. Cuidado, cuidado...-advirtió de mal humor al hombre que acudió con intenciones de ocuparse de Svartwulk-. Por vuestro bien, manteneos apartado de este animal... ¿Dónde está el señor Einar, pues?


      -Cenando.


      -Decidle que insisto en verlo ahora mismo.


      El capitán de la guardia vaciló, quedó mirando a Balduino y no le pareció prudente contrariar a éste; pero envió a uno de sus hombres a cumplir con el recado en vez de ocuparse él mismo.


      -Dice el señor Einar-declaró el guardia en cuestión, cuando regresó-, que cuando termine de cenar...


      Balduino no estaba dispuesto a seguir soportando más la espera interminable, ni ese tipo de excusas; jamás había sentido tanta furia como en aquel momento. Tanta furia, en verdad, que cuando luego quiso recordar cómo llegó hasta Einar, no lo logró, pues lo que hizo entonces, merced a empujones, carreras y golpes de espada, lo hizo como cegado por la ira y a la vez con ella de lazarillo. El Cielo, o tal vez su misma condición de Caballero, habrán velado, tal vez, para que en medio de su súbito frenesí no hiriera a nadie de gravedad; para que recordara, incluso bajo el imperio de una irreprimible cólera, que por fastidiosa que fuese la situación, no estaba autorizado a trasgredir ciertos límites. Por otra parte, el momento no lo obligaba a matar para conseguir lo que quería. El desmesurado sueño de grandeza de Balduino lo había obligado a entrenar si pausa ni desmayo en el manejo de todas las armas y particularmente con la espada, de modo que era un temible adversario para cualquiera que quisiera detenerlo; mientras que en Kvissensborg, en aquel entonces, la mayoría de las armas estaban poco manos que de adorno, pues dentro de sus muros la seguridad se manejaba de otra forma. Así que Balduino puso fuera de combate a unos cuantos guardias que trataron de cerrarle el camino, golpeándolos con el pomo de su espada, hiriéndolos levemente con la hoja (rasguñándolos casi) y se abrió paso sin mucha dificultad.


      En el comedor, Einar y sus invitados y amigos, diseminados a lo largo de una gran mesa en forma de herradura, observaban un espectáculo de bufones durante la cena, y un bardo se disponía después a entretenerlos con su música, cuando de repente ingresó Balduino espada en mano, gritando furioso el nombre de Einar, y atrancando las puertas tras él para que sus persecutores quedasen afuera. Los bufones y el bardo pusieron pies en polvorosa; Lyngheid, le joven y bella hija de Einar, se incorporó dando un grito, y varios invitados se atragantaron con la comida y el vino.


      Durante unos minutos, todos contemplaron atónitos la figura revestida de armadura negra que los observaba con fría cólera y profundo desprecio. A la luz de las antorchas, su espléndida melena roja y sus ojos marrones brillaban en forma intensa, acentuando su aspecto de demonio vengador. En el silencio no se oían más sonidos que el crepitar de los fuegos, el goteo de una jarra volteada cuyo vino pasaba ahora de la mesa al piso, y la propia respiración.


      Finalmente, la figura que ocupaba el sitial del anfitrión se incorporó, lenta y majestuosamente. Era un hombre rubio, de cabello ondulado, barba rizada y ojos azules y fríos. En su rostro había tanto desdén que Balduino, por comparación, parecía humilde y simpático.


      -Yo soy Einar de Kvissensborg-dijo-. Creo que me buscáis a mí.


      -Qué perspicaz-contestó sarcásticamente Balduino, enfundando su espada-. Soy Balduino de Rabenland, y vengo a indagar el motivo de que hayáis enviado a una horda de forajidos para servir como dotación en Vindsborg.


      Afuera del comedor se oían gritos y golpes. Pronto, un hacha comenzó a astillar la madera.


      -¡Mejor libre en compañía de forajidos que en una celda con ellos, creo yo!-exclamó Einar, con fingida sorpresa inocente, abriendo los brazos y paseando la mirada entre sus invitados como consultándolos; a lo que ellos respondieron con risas discretas-. Además, creía que entre ellos os sentiríais a gusto, Balduino... de Rabenland-y pronunció las dos últimas palabras tal como lo hiciera el pelirrojo, en una forma considerada incorrecta en Andrusia, y parodiando la tonada provinciana de aquél-. Los forajidos, entre forajidos a gusto se hallan, ¿o no? Olvidáis bien pronto que pertenecéis a una Orden de falsos Caballeros, proscritos por ladrones, protectores de herejes y quién sabe qué otros delitos igualmente vergonzosos. No obstante, si la situación no os gusta, devolvedme a los prisioneros. Volverán a las mazmorras, adonde, si queréis, hay también un lugar para vos... A menos que considerarais que os veríais mejor en la horca.


      Con gran cautela, un siervo quitó la tranca a la puerta. Los guardias entraron en silencio, pero nada hicieron, ya que Einar y Balduino sólo estaban conversando, sino quedarse a esperar órdenes.


      -No habléis de lo que no sabéis. Los Caballeros del Viento negro no somos salteadores, y si protegimos a los herejes fue porque ellos estaban indefensos o eran más débiles, y se los perseguía injustamente-replicó Balduino, en tono orgulloso, sin dejarse achicar por las burlas de Einar-. Tenemos sentido del honor. ¿Lo tenéis también vos? ¿Qué hay de las promesas que hicísteis a los mensajeros enviados por el Gran Maestre de la Orden del Viento negro, el señor Thorstein Eyjolvson? El me aseguró que estabais dispuesto a colaborar con nosotros.


      -Bien, al respecto, conviene aclarar unas cuantas cosas-dijo fríamente Einar-. Se nos ha querido hacer creer, aprovechando sin duda todo este asunto caótico de la asombrosa invasión de grifos y los ataque de Blotin Thorfinn, que el Reino se hallaba amenazado, además, por una fantástica raza de grandes lagartos, salidos de leyendas en las que ya ni los niños creen...


      Los invitados de Einar volvieron a reír.


      -Id a Drakenstadt o a Ramtala, y averiguad personalmente si los Wurms son reales o no lo son-dijo dignamente Balduino.


      -...Tanto insistieron, que a mi señor el Conde Arn finalmente se le agotó la paciencia-prosiguió Einar-, y me sugirió que diera esa colaboración... proporcionando de las mazmorras los hombres requeridos. Entendedlo bien, esto es idea de él, y yo no hago más que obedecer. Si de mí dependiera, iríais vos mismo a esas mazmorras. pero tiene razón mi señor: no podemos hacer algo así. De buenas a primeras, en Norcrest y Ulvergard parecen haberse vuelto locos y dar a vos y a vuestros camaradas el glorioso y en este caso inmerecido título de Caballeros, cuando sois en realidad una horda de individuos fuera de la ley. Que gente de sangre noble como vos se deshonre uniéndoseles, es lo que no alcanzo a entender. No obstante, si deseáis ensuciar vuestro linaje, allá vos. Y si tanto se nos urge a cooperar con proscritos, lo haremos; por ahora, os habéis vuelto demasiado poderosos para ofreceros resistencia. Ya pondrá Su Majestad el Rey en su lugar a ese jefe de malhechores que pomposamente se da a sí mismo el título de Gran maestre del Viento Negro. Y con todo esto ya he dicho todo cuanto tenía para decir-concluyó Einar, sentándose de nuevo.


      -Pero yo no-dijo Balduino, ahogado de rabia, desenfundando otra vez su espada.


      -¿A ver?-preguntó Einar, incorporándose de nuevo y haciendo un gesto harto sutil a sus guardias, que fueron acercándose al pelirrojo a espaldas de éste y sin que lo notara-. Soy todo oídos.


      -Ya no quiero que me des otros hombres que los que ya me has dado-apostrofó Balduino, colérico. Estaba tan colorado de ira que, en su semblante, en este momento apenas si se advertían las pecas-. Después de todo, para qué quiero que me secunden estos ridículos, inútiles esbirros tuyos, tan buenos guardias que no fueron capaces de detenerme a pesar de ser muchos contra uno solo; me serían más molestos que útiles. Piratas despiadados y temibles me convienen más. Piratas a los que, según me han dicho, tú mismo venciste en otro tiempo. ¡Yo no lo creo! No tiene pies ni cabeza que hayas vencido a la flota de Sundeneschrackt, a los Kveisunger que eran el flagelo de los mares, y ahora no te atrevas, sólo porque son demasiado numerosos, a combatir a quienes llamas forajidos. Eres un infanzón y un cobarde, y un vasallo y señor de cobardes. Y de alguien así puedo tolerar todo, menos que llames malhechor a una leyenda viviente como el señor Thorstein Eyjolvson, el Sabio, uno de los pocos hombres que me merecen algún respeto, si bien al conocernos personalmente tuvimos nuestras discrepancias. Ya te enseñaré yo a que tú tambíén lo respetes . Ya que dices tener honor y coraje, rubrica con hechos concretos lo afirmado por tu lengua. ¡Te reto a combate singular! ¡Aquí y ahora!-vociferó.


      Un silencio glacial y tenso cayó sobre el salón.


      Tan colérico como el mismo Balduino se hallaba Einar. Los insultos lo habían dejado lívido y apretando los dientes. Hizo otro sutil gesto, y los guardias se acercaron aún más al pelirrojo. Este se hallaba demasiado furioso para advertirlo.


      Cuando finalmente lo hizo, fue tarde. Diez pares de manos se habían precipitado sobre él, aferrándolo por los brazos, los cabellos, los hombros, cualquier parte de su cuerpo que supusiera un asidero fácil. Balduino se debatió furiosamente; costó mucho desarmarlo, y para inmovilizarlo hubo que darle un fuerte golpe en la cabeza, que lo dejó sangrante y aturdido.


      -No cruzo espadas con malhechores-dijo despectivamente Einar-. Sois increíblemente engreído, balduino de rabenland. ¿Qué creeis, que se os envió a este sitio en virtud de grandes méritos. Ved a qué desolación se os envió y daos cuenta de que evidentemente estáis aquí en castigo o porque alguien quería deshacerse de vos, Balduino de Rabenland.


      En su miseria y aturdimiento, Balduino escuchó aquello y se sintió desfallecer aún más; porque ya a él se le había ocurrido antes la misma idea. Y luego Einar pronunció otras palabras que lo hicieron temblar, porque le sonaron a sentencia del Todopoderoso, y que no olvidaría jamás:


      -Freyrstrande se encargará de vos.
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14 diciembre 2009 1 14 /12 /diciembre /2009 19:03

XVI

      Cada uno de los convictos, tras presentarse, había vuelto al lugar adonde se hallaba antes, sentándose en el suelo. A pesar de que había una mesita minúscula y dos sillas -único mobiliario de aquella habitación-, Anders eligió hacer otro tanto: algo le decía que no sería bien visto separarse tan ostensiblemente del resto de los presentes. Se sentó a la siniestra de Lambert por ser uno de los que menos miedo le inspiraba y porque ese sitio estaba apartado de los Kveisunger.

 

      Se hallaba deprimido y asustado. Kvissensborg era ya una prisión de mala fama, donde los presos se violaban y se mataban entre ellos, había dicho el viejo Thorvald; y ahora Anders estaba entre medio de muchos de esos presos, algunos de los cuales lo miraban con una fijeza que no le gustaba nada. Ese Honney, en particular, el Kveisung de bigote poblado y ojos verdes y diabólicos, lo observaba como un lobo a un cordero.

 

      A Anders le resultaba increíble que apenas un a semana atrás él y Balduino hubieran partido de Ramtala creyendo que iban a luchar contra los Wurms, a participar de una guerra que cubriría de gloria a su clandestina orden. Ese suceso parecía lejanísimo; y lo mismo la estampida de alces en aquella pradera, tres días atrás. Incluso su paso por el cañón invadido por grifos que, cosa increíble, ¡había ocurrido sólo unas pocas horas antes! Todo eso quedaba borroneado por la nefasta realidad actual. Tal vez debía alegrarse: si doce o trece reclusos lo atemorizaban de esa manera, ni hablar de treinta, cuarenta, cien gigantescos y voraces Wurms. Pero incluso morir combatiendo contra éstos en Ramtala o Drakenstadt hubiera sido preferible a hacerlo a manos de reclusos resentidos. En el primer caso habrían alcanzado una gloria tal vez anónima. Sus nombres no se hubieran recordado, pero se los englobaría dentro de los valientes caídos en defensa de ésta o aquélla ciudad. Pero, ¿quién sabría de ellos si morían  en aquella playa maldita y olvidada hasta por el mismo Dios? ¿Quién enterraría sus cadáveres, si los criminales caían sobre ellos y los asesinaban? Trató de tranquilizarse: el hijo de Sundeneschrackt había quedado como rehén en Kvissensborg, los Kveisunger al mando de aquél nada intentarían contra Balduino ni contra su escudero... Pero allí estaban, sin ir más lejos, esos dos gemelos, Per y Wilhelm Björnson, cuyas caras tampoco hablaban de ellos como de angelitos.

 

      Y el maldito viento que afuera no  paraba de ulular, como entonando una tétrica y violenta marcha fúnebre...

 

      -Eh, chico.

 

      Anders alzó la cabeza. Honney le hablaba.

 

      -¿Sí?-preguntó, con aire inocente pero poniéndose en guardia para sus adentros.

 

      Honney se pasó la lengua por los labios, en gesto insolentemente lascivo.

 

      -¿Alguna vez has estado en alta mar?

 

      De repente Anders empalideció: acababa de notar que Thorvald y Karl habían ido quién sabía adónde, y nadie quedaba para poner freno a cualquier mala acción de Honney o cualquier otro de aquellos individuos. ¿A qué venía  aquellala pregunta? Sin duda en medio del océano, rodeado sólo por una interminable extensión de agua, debía ser posible sentirse aislado, solitario, indefenso. ¿Trataba Honney de hacerle saber que él, Anders, se encontraba en una situación similar? Y el resto de los presentes miraba al desventurado escudero como pendiente de sus palabras.

 

      -No-contestó.

 

      -¿Sabes qué es lo peor que puede pasar en alta mar?

 

      -No.

 

      -La proa en llamas, eso es lo peor que puede pasar. El mascarón envuelto en fuego es una desgracia.

 

      Andrusier se convulsionó en un acceso de risa reprimida.

 

      -Hay mucha agua en el mar-observó Anders-. No sería difícil apagar un incendio-y tragó saliva.

 

      -No. Escucha, niño bonito-dijo Honney, con solapada y escalofriante burla acechando tras su fingida seriedad-...un incendio en la proa...-comenzó; pero dos o tres veces tuvo que interrumpirse, atacado por accesos de risa ocasionalmente coreados por Andrusier-...Un incendio en la popa sólo se apaga de un modo: chocando contra la popa de otro.

 

      Anders no respondió. Empezó a temer que aquella fuera la noche más larga de su vida. ¿Dónde demonios estaría Balduino? Durante cuatro años le había parecido un sujeto de lo más repulsivo, por más que fuera su señor; pero ahora comenzaba a extrañarlo más que a su propia madre.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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