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11 diciembre 2009 5 11 /12 /diciembre /2009 17:58

XV

      El valor, sin embargo, habría de durarle poco.

 

      Cuando Anders y Thorvald regresaron a Vindsborg, Karl estaba al pie de la escalinata de piedra, conversando con Hundi, rodeados ambos por los perros.

 

      -Entremos, Karl-propuso Thorvald-. Presentemos al chico a los demás.

 

      -Sí, Thorvald-aprobó Karl. Y mientras subían, su mano izquierda aferró el brazo derecho de Anders-. No os asustéis,  joven señor, por lo que veáis-dijo, mirándolo con sus ojos azules por encima de los mostachos-. Ese con el que estaba hablando fue el que me arrancó el brazo; y allí nos teníais a ambos, hablando como si fuéramos camaradas de toda la vida.

 

      Hasta ese momento, sin embargo, Anders no estaba asustado. Incluso halló algunos detalles jocosos: la pequeñez de Karl acentuada por la tremenda mole del corpachón de Thorvald, unos ronquidos portentosos que venían del interior de Vindsborg; y también, viniendo de allí, los roncos berridos de Gilbert quien, desafinando horriblemente, cantaba algo que, según se supo luego, pretendía ser una canción marinera.

 

      -¡De pie!-bramó Thorvald, al entrar. Hubo lentos y renuentes movimientos de cuerpos humanos que se incorporaban, incluyendo a un hombre gordo que hasta ese momento roncaba plácidamente, siendo necesario despertarlo a puntapiés, luego de los cuales se levantó muy asustado-. ¡Varg, ven aquí!

 

      -¿Para qué rayos me mandas a la cocina, si no me dejas trabajar en paz?-refunfuñó alguien en otra habitación, con voz de anciano, tan cascada y malhumorada que apenas si se entendían las protestas.

 

      Anders no lo advirtió. Otra vez se sentía intimidado. Se hallaba en una habitación toscamente construída en piedra, que en invierno debía ser un auténtico ventisquero a juzgar por el frío que se colaba por las rendijas. No había decoración; sólo la piedra pelada, sucia de hollín, de musgo y de grasa, con telarañas viejas y polvorientas aquí y allá. Viéndola, a Anders lo invadió el mismo desconsuelo que lo había asaltado un  poco antes, al ver Freyrstrande por primera vez.

 

      Pero lo que en verdad lo cohibió fue ver la cáfila de presidiarios con la que él y Balduino convivirían de aquí en adelante y quién sabía por cuánto tiempo. Todos ellos vestían unos toscos, gruesos y pesados abrigos de piel, que por ahora llevaban abiertos, y que les daban un aspecto miserable. Por lo demás era obvio, nada más ver al grupo, que apenas salidos de prisión, unos se habían puesto bastante al día con el aseo, ya que estaban pulcramente afeitados, aunque al parecer, de baño, nada; mientras que otros permanecían en el más irremisible estado de abandono. Flotaba en el ambiente un desagradable hedor a rancio y a sudor, a cuero e inmundicia. Era, en una palabra, un nauseabundo olor a canalla humana; y eso que, se supo después, en medio de su tosquedad, algunos de aquellos hombres, y entre ellos varios de los más feroces, hacían gala de una higiene notable.

 

      Todo esto, quizás, hubiese sido lo de menos. Pero verse convertido en el centro de todas las miradas en medio de instrantes de glacial silencio resultó sumamente incómodo para Anders, quien intentó recordar, por lo que había dicho Thorvald, quién era quién en el siniestro grupo. Se encontró con los ojos violáceos de un individuo desaliñado, que lo observaba con curiosidad: "...ése nada más mató a su mujer..." Más allá, a la izquierda y en medio de otras personas, las pupilas saltonas y glaucas de El Terror de los Estrechos obligaron a Anders a bajar la vista. En torno a éste se hallaban otros sujetos igualmente perturbadores, sin duda los otros Kveisunger, mirando fijamente al joven con ojos entre torvos, malignos y sardónicos.

 

      -Os voy a presentar a... ¿Cómo te llamas, pichón?-preguntó Thorvald; y cuando Anders, emergiendo con dificultad de su estado de perturbación, dijo su nombre, añadió:-. Anders de Onfahlster, escudero... Eh...-se dio cuenta de que no recordaba el nombre del pelirrojo, ni qué había hecho con los papeles que éste le entregara. Casi seguramente se los había devuelto. No había forma, pues, de consultar la documentación en busca del nombre-...del nuevo comandante de Freyrstrande.

 

      Un brevísimo pero horrible silencio cayó entre los asistentes, antes de que fuera roto por el desagradable graznido de Gilbert:

 

      -¿Y dónde está el otro, Peters?

 

      A la derecha del que había matado a su esposa, un sujeto desgarbado, de cabellos negros y pajizos ligeramente encanecidos y muchas arrugas en la frente pese a ser uno de los más jóvenes del grupo, prorrumpió en una desagradable risotada de hiena.

 

      -Adam, ¡basta!-amonestó Thorvald al de la risa disonante-. Anders, Gilbert, no Peters. El otro es nuestro nuevo comandante, recordadlo, y ha ido a Kvissensborg.

 

      -Amigo de Einar, ¿eh?-se burló Gilbert, con su desdentada sonrisa más maliciosa que nunca.

 

      Ante dicha observación, miradas silenciosas y desagradables cruzaron aquí y allá. Dime con quién andas, y te diré quién eres. Era obvio que a Balduino no le estaba haciendo mucha fama su hipotética amistad con el señor de Kvissensborg.

 

      -Por ahora no da esa impresión. Ya veremos-respondió Thorvald-. Pero basta de charla. A presentaros todos, de uno en uno.

 

      -¿Cómo se llama el nuevo comandante?-inquirió un hombre picado de viruelas y de nariz prominente, mientras todos aquellos individuos se movían formando una fila ante Anders.

 

      -Ya os lo dirá él-replicó Thorvald, para salir del paso.

 

      Gilbert bajó la cabeza y trató de mover inaudiblemente los labios. Su sordera no le permitió mucha discreción. Sus palabras llegaron hasta Anders: Cara de Bosta Colada, decía burlonamente.

 

      -Thorstein Sigurdson.

 

      -¿Eh?...-preguntó Anders, estúpidamente. Ante él, un hombre obeso y calvo, de ojos azules y lagañosos -es decir, el mismo a quien habían despertado a las patadas-, le tendía su fofa mano. Detrás estaban todos los demás, en fila.

 

      -Llamadlo Snarki ("ronquidito")-sugirió Karl-. Hay demasiados Thorsteins aquí.

 

       -Un placer conoceros-murmuró el gordo Snarki, estrechando la mano de Anders.

 

      Su mirada parecía mendigar algo, y Anders se preguntó qué. Pero no tuvo tiempo de responderse él mismo a su pregunta. Ahora estrechaba la mano de alguien debía ser uno de los Kveisunger. Era feo como el pecado, de cara redonda y mal afeitada, rostro pálido y nariz de fosas nasales parecidas a ollares de caballo. Los ojos eran  malvados,  y tan duros y negros como su larga cabellera, que parecía hecha de alambre.

 

      -Georg Georgson-gruñó el individuo-, pero me dicen Andrusier.

 

      El apodo le venía como anillo al dedo, tenía la fealdad típica de la raza andrusiana. Anders notó que a este sujeto, que rondaría los treinta y cinco años, le faltaba un pedazo de la oreja derecha. En la izquierda llevaba un arete.

 

      Este hombre era uno de los más altos del grupo, pensó Anders.

 

      -Gilbert Johanson, ya nos conocimos afuera.

 

      La voz ronca que hablaba a gritos sobresaltó a Anders. Gilbert se apartó enseguida, dejando paso a otro de los más altos del grupo y también uno de los de aspecto más estremecedor: un siniestro Kveisung de bigote poblado, tan negro como su desprolija melena. Tenía una cicatriz en la mejilla izquierda y ojos verdes y refulgentes como los de un gato, de expresión maligna y traicionera.

 

      -Thorstein Anderson. Dime Honney.

 

      "Miel"... Apodo obviamente irónico. Nada parecía menos dulce que aquel Kveisung que parecía la imagen misma del crimen.

 

      -Ulvgang Urlson.

 

      Anders juntó coraje y enfrentó los duros y verdiazules ojos de El Terror de los Estrechos. Era todo lo feo que había dicho Thorvald. El cráneo tenía una forma rarísima: muy ancho en la parte superior, estrecho y alargado en la inferior, como si bajo la barbilla llevara pesas colgando, que lo estiraran artificialmente. Estaba totalmente calvo y había muchas arrugas en su frente, lo que hacía pensar en él como un hombre de ya muchos años. Pero su cuerpo delgado se veía tan fuerte, ágil y elástico, que no había forma de estar seguro.

 

      Aun sin saber quién era, se había adivinado en Ulvgang al líder. Su mirada era la de un hombre curtido, duro y sabio; la de la fiera que no necesita demostrar su peligrosidad para hacerse temer. Anders quedó impresionado, y se alegró cuando Ulvgang dejó paso al siguiente de la fila.

 

      -Thorstein Ulvson. Puedes decirme Gröhelle.

 

      Este Kveisung tampoco era una belleza, pero al menos no tenía el aire malévolo de los otros. Su cabello, recogido en una cola de caballo, había sido negro, lo mismo que su chivesca barba; ahora estaban entrecanos. había muchas cicatrices en su rostro, y le faltaba el ojo izquierdo, en cuyo lugar se veía un parche; pero el ojo que le quedaba, de color azul oscuro, miraba a Anders con expresión bonachona.

 

      -Varg Knutson, me vuelvo a mi cocina.

 

      La voz cascarrabias era difícil de entender cuando hablaba. Pertenecía a un hombre de cabello corto, ya entrado en años y tan mostachudo como Karl. Anders dudaba de que este hombre fuera también un Kveisung, ya que parecía inofensivo aunque sin duda malhumorado.

 

      -Per.

 

      -Y Wilhelm.

 

      Anders recordó: éstos eran los gemelos, los salteadores, los que habían escapado de la horca en reconocimiento a quién sabía qué acto humanitario.

 

      -De la banda de Njall Blotinhand Kurtson-añadieron al unísono, como si este dato fuera fundamental en la presentación.

 

      Tenían cabellos castaños y rizados, relativamente cortos, ojos marrones y barbas puntiagudas. Detalle curioso, ambos tenían una  pequeña cicatriz en forma de herradura a la misma altura del labio inferior. Alguna manía los habría llevado a hacérsela ellos mismos, tal vez como una sutil forma de identificación; pues la de Per, según observaría luego Anders, estaba orientada hacia la izquierda, en tanto que la de Wilhelm apuntaba en dirección contraria.

 

      -Adam Thorsteinson.

 

      Era el tipo desgarbado, de cabellos pajizos y risa de hiena. Súbitamente, Anders recordó de él otro dato proporcionado por Thorvald: había ido a parar a Kvissensborg por tráfico y consumo de Sales de las Brujas.

 

      -Lambert Alarikson.

 

      Era el último, el que nada más mató a su mujer. la verdad era que, pese a su desaliño personal, con cabellos y barbas tan crecidos y sucios como los de un salvaje, este hombre, que frisaría los sesenta años, parecía más que nada un inofensivo abuelo algo extravagante. De inmediato, se hizo ver que padecía un extraño tic: cada tanto, movía el ojo izquierdo en algo parecido a un guiño. Anders, creyendo que era un amable gesto de connnivencia, guiñó a su vez un ojo. Lambert, gruñendo inexpresivamente, señaló con su índice su propia pupila izquierda, que volvía a contraerse. El joven no entendió por qué Lambert señalaba aquel globo violáceo hasta que vio que el movimiento continuaba a lo largo de las horas, y se sintió avergonzado al caer en la cuenta.

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8 diciembre 2009 2 08 /12 /diciembre /2009 18:25

XIV

      Anders no pudo menos que aceptar la sugerencia. Dijo su nombre a Thorvald y agradeció a éste las molestias que se tomaba por él; y el anciano nada dijo, pero le estrechó los hombros con más fuerza.

 

      Caminaron en silencio durante un buen rato, alejándose de Vindsborg sin rumbo, dando vueltas. Caía el crepúsculo, con toda su impronta de melancólicos claroscuros resaltando la asfixiante soledad del paisaje. Las poderosas ráfagas ni amagaban amainar, y sus bramidos inclementes herían el corazón de Anders.

 

      Allí donde mirara, el joven veía cosas perturbadoras. Al Norte, el furioso y desolado océano con lejanas islas de aspecto inhóspito y una más próxima que las otras, Eldersholme, con su volcán arrojando fumarolas que se alzaban hacia el cielo como negras y funestas advertencias. Al Nordeste, la ruinosa Vindsborg, antigua y deteriorada, con sus moradores de tétrico pasado. Al Noroeste, el viejo torreón estremecido por el constante graznar burlón de las aves marinas, y ese malecón que Anders veía recién ahora, con unas pocas barquichuelas meciéndose en el amarradero, sin  que se notara otro movimiento, alguno que diera realmente la impresión de actividad humana. Y al Sur, un vasto arenal reemplazado luego por un llano de pastos duros, con alguna ondulación aquí y otra allá, y contadísimas viviendas en las que tampoco se veía movimiento, antes de que se alzase el bosque, de aspecto tétrico también, pero aun así más gratificante que todo lo anterior. Anders se sentía como desterrado a un feudo vasallo del mismo Diablo, a una tierra muerta y olvidada. Incluso los dos deteriorados puentes que cruzaban el Duppelnalv, inutilizables y añejos, eran la imagen misma del abandono.

 

      Iba ya Anders a proponer que volvieran, cuando Thorvald comenzó a hablar:

 

      -El verdadero nombre de Sundeneschrackt es Ulvgang Urlson-dijo-. Ulvgang. Conviene que lo recuerdes para tener en cuenta que, tras su negra leyenda, hay un hombre como tú o como yo. Pero hace quince años, él era El Terror de los Estrechos; y yo, un guerrero que servía en Helmberg y que, sin ánimos de darme aires, había conquistado cierta fama local. Era bueno en lo mío, incluso mejor de lo que yo mismo me daba cuenta. Tenía cuarenta y cinco años, sin embargo, y mi estrella empezaba a declinar; pero todavía era capaz de vencer a hombres mucho más jóvenes que yo. Y a diferencia de muchos de esos jóvenes, yo y varios de mis camaradas, ya que no todos, creíamos en cosas hoy olvidadas para muchos. Sentíamos que nuestro valor, fuerza y destreza con las armas eran verdaderos dones, y que nuestra obligación era ponerlos al servicio de la comunidad. Pero tales sentires son inútiles si para ser llevados a la práctica precisan sortear primero una lenta burocracia adormecida en glorias pasadas y escéptica ante peligros que acechan desde las lejanías. Así que, cuando mis camaradas y yo tomamos conciencia de hasta qué punto era Sundeneschrackt peligroso para Helmberg, planeamos su destrucción. Pero para ello necesitábamos una gran flota, y tuvimos que librar antes otra lucha contra los burócratas para conseguirla. Nos daban un barquito aquí y otro allá. No gran cosa pero, poco a poco, comenzamos a lograr algo bastante consistente. Pactamos alianzas con guerreros y marinos de otros puertos y libramos algunas escaramuzas contra Ulvgang y sus hombres. nada muy serio, sin duda, pero empezamos a ser tenidos en cuenta. Entonces, Ulvgang y sus hombres saquearon Drakenstadt; nadie los hubiese creído tan osados, no pensaban que llegarían a tanto. Eso fue el acabóse. De repente recibimos mucho más apoyo del que pedimos, obtuvimos una flota enorme. Con ella acosamos sin tregua a los Kveisunger, hasta que sólo les quedó una nave, la nave capitana, que se llamaba Zeesteuven, "Diablo del Mar". Finalmente, hasta a ésa vencimos en Svartblotbukten. Los piratas lucharon como fieras, con una bravura que jamás volvía a encontrar desde entonces; pero cuando sólo quedaban entre ellos una veintena de hombres en pie, Ulvgang presentó la rendición e incluso trató de comprar su libertad y la de sus hombres con parte de su botín. Mas yo tenía el honor de capitanear a los valientes que lo habían vencido, y acepté  la rendición pero no el soborno. Aparte de los años que Ulvgang llevaba azotando las costas de Andrusia, los cuales ameritaban la horca para él y sus hombres, yo quería ese destino para ellos porque mis mejores amigos habían perecido combatiéndolos. También luchando contra ellos fue que perdí mi mano izquierda y Karl su brazo derecho.

 

      ’Antes de seguir con mi relato debo aclarar que  yo odiaba a Ulvgang y sus piratas debido tanto al dolor de las ciudades que habían sufrido sus saqueos como a mis camaradas caídos en combate contra ellos; sin embargo, hasta el momento de su rendición, les guardaba cierto respeto. Asustaban mucho a mujeres y niños, pero jamás hallé testimonios de que lastimaran a inocentes y, de hecho, se enorgullecían de ser harto contemplativos con éstos. Sí mataban, y con mucha saña y derramamiento de vísceras y sangre, a quienes intentaban detenerlos. Parece que al principio, cuando sólo saqueaban barcos, algunos de éstos se rendían sin combatir, y entonces Ulvgang perdonaba las vidas de los tripulantes. Eso sí, no les dejaba ni un alfiler. Más tarde, con los puertos, fue otro cantar, porque jamás hubo puerto que se le rindiera sin oponer previa y dura resistencia. Pero esa actitud suya tuvo mucho peso cuando, en Svartblotbukten, tuve que decidir entre exterminarlos allí mismo, a él y a sus hombres, o llevarlos a juicio. Hasta el día de hoy Ulvgang dice que fui un imbécil al rechazar el soborno que me ofreció; pero tengo motivos para pensar que no siente del todo lo que dice y que, en lo más íntimo de su corazón, guarda hacia mí cierta deferencia por no haberme dejado comprar.

 

      ’Lo que a mí me asombró fue que se rindieran La experiencia indicaba que Ulvgang y sus hombres lucharían hasta vencer o morir. Cuando entregaron sus armas, no pude evitar sentir cierto desprecio por ellos... hasta que me di cuenta de que no lo hacían por cobardía. Querían proteger a alguien. Y aquí viene la parte más increíble de mi relato.

 

      Thorvald hizo un pensativo silencio, y el acallar de su portentoso vozarrón permitió a Anders oír con toda claridad el fragor del impetuoso oleaje rompiendo contra la escollera, y el ulular del viento.

 

      -Cuando Ulvgang y sus piratas se rindieron-continuó el viejo-, nos soprendió hallar en el Zeesteuven a un grumete: un muchachito de doce años tan extraño como su nombre, Tarian Morv Mwyalch. De dónde salió, no me lo preguntes: ni sabíamos que existiera hasta ese momento, máxime cuando los Kveisunger creen que trae mala suerte tener niños a bordo de sus barcos. Era un jovencito de bella pero rara apariencia. En qué se habría convertido de haber crecido con los kveisunger, no lo sé, pero hasta ese momento no era mucho más que un niño travieso y charlatán. De inmediato se hizo querer por mí mismo y por mis compañeros, porque incluso bromeaba con nosotros, sus captores. Lo que nos sorprendió fueron ciertas conversaciones que escuchamos furtivamente entre nuestros prisioneros. Los Kveisunger, y particularmente Ulvgang y otro pirata muy feroz del que tal vez hayas oído hablar, Kehlensneiter, reprochaban a Tarian que no hubiera escapado durante la lucha. Pero el combate final tuvo lugar a buena distancia de la costa, demasiada para que un niño como Tarian pudiera alcanzarla a nado, y esto era lo que no me cerraba. Me enteré de la verdad tiempo después: que la costa estuviera cerca o lejos no le hacía, porque Tarian no moriría ahogado. Puede respirar bajo el agua. Tarian es hijo de Ulvgang y de una sirena.

 

      Anders quedó boquiabierto, incapaz de discernir si el viejo se burlaba de él, aunque bien serio se lo veía.

 

      -De veras-dijo Thorvald, advirtiendo tal incredulidad-. Al ver a Tarian te das cuenta de que no es del todo humano: tiene un par de orejas puntiagudas, y su cara es... Es difícil explicarlo... agradable a la vista, pero con rasgos que no ves a menudo. De Ulvgang heredó sólo el color verdiazul de sus ojos, y nada más. Por suerte para Tarian, porque Ulvgang es bastante feo.

 

      -Y ese Tarian, ¿está allí?-preguntó Anders, señalando hacia Vindsborg.

 

      -No-contestó Thorvald.

 

      Anders se mostró primero decepcionado, y luego volvió a preguntarse si el viejo no le tomaba el pelo.

 

      -No-repitió Ulvgang, apesadumbrado-. Tarian Morv Mwyalch fue uno de los tres rehenes que quedaron en Kvissensborg para garantizar que ninguno de los hombres enviados a Vindsborg intentase escapar. Aun así, conozco bien a estos Kveisunger, y no me cabe duda de que traman algo... Pero volvamos a lo que te estaba contando. Como te dije, y aunque no lo he visto, da la impresión de que Tarian, como su desconocida madre, puede respirar bajo el agua. He oído que tiene ocultas las agallas tras las orejas: su largo cabello impide vérselas. Por lo tanto, en Svartblotbukten Tarian sí pudo haber huído, pero se quedó; y cuando Ulvgang comprendió que tenía perdida su última batalla, ordenó la rendición para protegerlo a él. Se supone que el padre de Tarian fue un tal Mwyalch, pues Morv parece que significa "hijo de". Pero es mentira. Ulvgang jamás reconoció ante nadie, hasta donde sé, su paternidad sobre Tarian; pero creo que también esto es otro intento de protegerlo.

 

      -¿De qué?-preguntó Anders.

 

     -En parte, de su mala fama-explicó Thorvald-. En el juicio de Tarian, no pudo atribuirse a éste crimen alguno. No obstante, se consideró que, si estaba entre piratas, algo habría hecho; y recibió la misma pena que los otros. Pero Ulvgang, aunque no lo diga, tiene la esperanza de que algún día Tarian sea indultado o algo así. Si Tarian quedara libre, podría elegir no regresar a los abismos marinos de los que procede; en cuyo caso, ser reconocido como el hijo de El Terror de los Estrechos no lo favorecería en lo más mínimo. Existe otro motivo por el que Ulvgang, tal vez, no reconoce ante todos a Tarian como su hijo; pero todo a su tiempo.

 

      Thorvald hizo otra pausa, y algún recuerdo desagradable volvió a endurecerle la mirada.

 

      -Nada hubo tan vergonzoso como los juicios que siguieron a la rendición de Ulvgang y sus piratas-prosiguió-. Tarian, quien era inocente, fue hallado culpable; el resto, que merecía pena de muerte, compró la indulgencia de los jueces. Pues algunos de los hombres a mi cargo, a mis espaldas, hicieron las veces de mediadores entre las autoridades y los piratas prisioneros, y aceptaron también sobornos. Uno de ellos fue un joven bastante apuesto, que se llamaba Einar, y que se llevó buena parte de la gloria por el triunfo sobre Ulvgang y los suyos. Es lógico: la gente prefiere héroes jóvenes y guapos, no viejos mutilados como Karl y yo. Este Einar fue a lamerle las botas al Conde que teníamos entonces, y que se llamaba Arn, igual que el actual. También le llevó buena parte del botín de los piratas. El se quedó con otra parte, los jueces con otra parte y así. De todos modos, muchos sospechamos que Ulvgang no les entregó ni la décima parte de lo que él y sus hombres habían robado, y que el resto del tesoro de Sundeneschrackt aún está oculto en algún lugar de las Islas Andrusias... Pero ésa es otra historia.

 

      ’De que Einar se había dejado comprar igual que los jueces, me enteré mucho tiempo después. La verdad es que estaba demasiado dolido por no obtener el más mínimo reconocimiento por parte de las autoridades para pensar en otra cosa. En ese tiempo eso aún me parecía importante, aunque ahora sé que lo único que interesa y debe interesar es el deber cumplido. En cuanto a Einar, es cierto que nunca me había caído del todo bien, y no sabía por qué. Creo que se le olía la vileza que llevaba oculta.

 

      ’Einar, tan inesperadamente promovido a héroe, recibió del Conde Arn, como premio, el señorío de Kvissensborg. De señorío no tenía más que el nombre, era en realidad un castillo convertido en una prisión entonces ya de muy mala fama, donde los presos no estaban engrillados sino sueltos en las celdas en su mayoría. Allí se mataban y violaban entre ellos. De vez en cuando, alguno intentaba escapar, sin éxito hasta donde sé. A Kvissensborg mandaban por lo general convictos peligrosos que, por algún motivo, se habían salvado de la horca. Los gemelos Per y Wilhelm, por ejemplo, ya estaban allí desde antes de la llegada de Ulvgang y su gente, que también fueron destinados a Kvissensborg. Los gemelos esquivaron su final en la horca gracias a un cura que intercedió por ellos, el actual párroco de Freyrstrand, debido a un honroso gesto humanitario que mostraron al final de sus criminales carreras.

 

      ’Einar, quien es poco más que un plebeyo, se sintió encantado al tener un castillo propio, fuera cual fuera, y llevó consigo a muchos de sus amigos que habían estado también en Svartblotbukten. También nos llevó a Karl y a mí, Para nosotros fue humillante aceptar su propuesta, porque íbamos a obedecer a alguien más joven que nosotros y con menos méritos que los nuestros. pero pasábamos por un mal momento anímico. Nos sentíamos sólo medio hombres, por haber sido mutilados en la lucha y por haber sido relegados a un injusto olvido.. Además, por aquella época creíamos al menos en la sinceridad de la camaradería que Einar nos demostraba. Y por si esto fuera poco, queríamos asegurarnos de que Ulvgang y sus secuaces no escaparan, siendo que tanto trabajo había costado atraparlos.

 

      ’Einar, para asegurarse de que no se fugarían, hizo algo que en principio no hubiera estado tan mal: encerró a Tarian aparte, y dijo que él pagaría con su vida cualquier intento de rebelión o fuga. pero los carceleros hacían a Tarian objeto de todo tipo de burlas e insultos. El soportó esa situación durante todo un año. Luego le vino la rebeldía de la adolescencia, y empezó a replicar a esas burlas e insultos. Los carceleros decidieron despojarlo de esa rebeldía... a golpes

 

      -Pero, ¿por qué se ensañaban tanto con él, si era inocente?-preguntó Anders, entre el asombro y la indignación.

 

      Thorvald se encogió de hombros.

 

      -Quizás por eso mismo-respondió-. No se metían, en general, con los presos más peligrosos. Creo que lo hicieron por cobardía y por deseos de hacer daño. Pudo haber sido por otras razones. Las orejas de Tarian son muy llamativas. Lo hacen ver distinto de los otros, y los distintos siempre son objeto de agresiones. Además, y como ya te dije, tenía cierta apostura, de la que carecía la mayoría de los carceleros, así que pudo ser también por envidia.

 

      -¿Y vos no hicisteis nada por evitarlo?

 

      Thorvald meneó la cabeza.

 

      -Convence a un gigante de que es un fracasado, y ese gigante será tan inerme como un niño recién nacido-contestó-. En Kvissensborg, todos nos trataban como con lástima a Karl y a mí. Cuando nos rebelamos por el maltrato del que Tarian era objeto, nos llamaron, con mucho desprecio, viejos tullidos y estúpidos. Llegamos a creer que sólo eso éramos. Cinco años soporté esa situación; Karl, sólo tres. Cada uno, por turnos, abandonó Kvissensborg. Nos dedicamos a otras cosas, tuvimos que arreglárnoslas solos en general. El tiempo demostró que no éramos tan inútiles después de todo; que el hecho de que ya no tuviese mi mano izquierda ni Karl su brazo derecho no significaba que estuviésemos definitivamente acabados. Pero sólo mucho tiempo después reflexionamos sobre esto. Hace un mes, Einar nos hizo llamar. Sabía que seguíamos en Freyrstrand. Nos preguntó si queríamos encargarnos de vigilar a los presos que tenía pensado enviar aquí, a Vindsborg, a modo de dotación. Aceptamos, a sabiendas de que sólo quiere utilizarnos. Queríamos saber qué había sido de Ulvgang y de sus hombres, a quienes, en el fondo, terminamos apreciando más que a Einar y sus crueles lacayos. Con pena nos enteramos de que algunos ya han muerto, como Mälermann y Kratzer. Es raro lamentar la muerte de aquellos a quienes uno en su momento quiso enviar a la horca, pero así son las cosas.

 

      -¿Y Tarian?

 

      -Sigue vivo, y aún lo golpean. Nada más sé de él. Es lo que más me duele.

 

      -Yo no creo realmente que Ulvgang sea el padre de Tarian-razonó Anders-. Algo habría hecho, si lo fuera, para defender a su hijo. Habría amotinado a los prisioneros, tomado el castillo...

 

      Thorvald meneó la cabeza una vez más.

 

      -Al primer intento de motín, los carceleros asesinaban a Tarian-contestó-. Ulvgang es duro, y cuenta sin duda con que su hijo sea tan duro como él, y resista hasta límites insospechados, hasta que un día alguien lo libere o logre escapar. Pero las palizas son cada vez más violentas, y lo más triste es pensar en qué se habrá transformado, después de tantos años de maltrato, ese sabandija alegre y bondadoso que era Tarian. Me dicen sin embargo que hace cosa de tres años, quien intentó por su cuenta algo para ayudar a Tarian fue Kehlensneiter. Este es el más temible de la banda, peor aún que el propio Ulvgang; en los puertos todavía se lo menciona con espanto. Pero a Tarian, no sé por qué, lo quiere como si fuera su propio hijo. Intuyo que en torno a ese afecto debe haber una historia que desconozco, porque una fiera cebada como Kehlensneiter no se aplaca así nomás. El caso es que Kehlensneiter, quien no siempre obedecía a Ulvgang -al que no obstante reconocía como líder-  intentó liberar a Tarian. Lo detuvieron algunos de sus mismos compañeros y eso, quizás, salvó la vida de Tarian. Pero a Kehlensneiter, en castigo, los carceleros le cortaron la nariz y las orejas.

 

      Anders se estremeció de horror.

 

      -Y ése es el segundo motivo, creo yo, por el que Ulvgang no reconoce su paternidad sobre Tarian-suspiró Thorvald-: si eso se supiera, los carceleros tal vez  golpearían al muchacho con mayor saña. Es el desquite de todo fracasado, ¿sabes?: triunfar por medios ruines allí donde no lo logró por sus habilidades.

 

      -¿Y Kehlensneiter? ¿Está en Vindsborg?-preguntó Anders.

 

      - No. Iban a soltarlo-contestó Thorvald-, pero yo me opuso. Preferí que viniese Adam, pese a que es un inútil, antes que Kehlensneiter, sobre quien no hubiese tenido control alguno. Es violento, impredecible y medio loco; hasta sus propios camaradas le temían. Dudo que alguna vez llegues a cruzarte con él pero, por si así fuera, no estará de más darte una recomendación-y añadió, tras una breve pausa:-. Puede que alguien te diga, como una estúpida broma, que el verdadero nombre de Kehlensneiter es Hans, y que lo llames así. Ni se te ocurra hacerle caso: Kehlensneiter sería capaz de matarte si lo llamases por su nombre de pila. Que para ti sea sólo Kehlensneiter.

 

      Anders asintió, y Thorvald cruzó nuevamente su brazo por los hombros del joven, protectoramente. Las últimas luces se extinguían hacia el poniente en un fulgurante y multicromático delirio a medio camino entre el Cielo y el Infierno, con tonalidades que iban desde un tímido color rosáceo hasta un furioso y tétrico violeta oscuro. Mirando hacia el Nordeste, Anders, cuyo paseo con Thorvald lo había llevado hasta las cristalinas y susurrantes orillas aguijarradas del Duppelnalv, tenía una magnífica y escalofriante vista de Eldersholme con su volcán apuntando hacia el firmamento, como amenazando a los dioses que allí moraran, y arrojando incesantemente fumarolas cuya negrura contrastaba sensiblemente con las escasas nubes blancas que había a la vista, congregadas justo sobre el cráter. Tenebrosas cerrazones rodeaban esa mancha de vaporosa albura, como temibles fieras cercando un rebaño de ovejas.

 

      Y a los pies del cielo y sin rendirse ante él, el océano con su desoladora, inquietante vastedad; el océano, reflejando en sus aguas la extravagante locura del éter; el océano, fustigando sin misericordia las costas de Freyrstrande, con su bramante oleaje a modo de múltiples látigos; el océano, con su lejano horizonte cual mortal carnada para los aventureros, y sus abismos pródigos en misterios y secretos, en monstruos de estremecedora voracidad y esquivas sirenas de inimaginable belleza. Y Anders miraba con la ansiedad de  un herético dispuesto a arrebatar a las deidades del líquido elemento sus más preciados y ocultos tesoros; como si con su sola mirada pudiera arrancar a las más profundas y negras fosas marinas la verdad acerca del origen de Tarian o la esencia del imprevisible carácter del feroz Kehlensneiter.

 

      -Volvamos a Vindsborg, pichón-dijo Thorvald, sonriendo-. Pronto oscurecerá por completo.

 

      Anders asintió en silencio. Se sentía extraño, como introducido a través de un ritual iniciático en un culto antiguo, prohibido y semiolvidado. Ahora no tenía miedo.

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7 diciembre 2009 1 07 /12 /diciembre /2009 19:20

      Seguir adelante no fue, sin duda, la mejor idea que Balduino pudo tener. En aquel cañón umbrío, los juegos de luces y sombras no eran buenos para la imaginación pero, además, los caballos empezaban a ponerse nerviosos, sobre todo Slav, y los excrementos eran ahora tan abundantes que difícilmente pudiese tratarse de un solo grifo. Vieron a uno de estos animales en lo alto del murallón rocoso de la izquierda: estaba arreglándose las plumas de las alas con su gran pico córneo. Luego vieron una cola leonina desapareciendo tras un grupo de rocas en el fondo del cañón y un enorme ejemplar lanzándose al vacío, alas desplegadas y patas encogidas, desde lo alto del murallón de la derecha. Más adelante, un par de machos se desafiaban mutuamente, desplegando también ellos las soberbias alas y tirando picotazos al aire; y más allá, otro roía el fémur de alguna presa, fémur que por último se partió con un ruido seco y desagradable.

 

      Estaban, evidentemente, en medio de una colonia de grifos, no en los cotos de caza de sólo un ejemplar. Las fieras se hallaban por todas partes. Aquí un gran ejemplar desaparecía en el interior de una caverna, más allá otro se echaba ociosamente sobre una gran losa. El plumaje de celo de las alas de los machos, verdeazulado y resplandeciente como metal recién pulido, tenía como hechizado a Balduino, quien la belleza de estos animales cortaba la respiración.

 

      A una orden suya, Anders le pasó la lanza. Balduino se mantuvo atento, mientras él y su escudero hacían avanzar sus cabalgaduras a paso lento por aquella especie de inmenso cubil de depredadores. Svartwulk se había calmado, pero Slav parecía a punto de desbocarse en cualquier momento, y tras ordenar dos veces a Anders que lo tuviese bajo control, tomó él mismo las riendas del blanco con la mano izquierda, mientras blandía la lanza con la diestra.

 

      -Más parezco yo tu sirviente que tú el mío-dijo fríamente a Anders-. Aprende de una vez por todas a imponerte sobre tu caballo.

 

      -Tiene miedo-contestó Anders con sequedad.

 

      -Claro que lo tiene, se contagia del tuyo-contestó despectivamente Balduino-. Domínate tú en primer lugar.

 

      Para ti es fácil decirlo, pecoso imbécil, porque manejas a la perfección las armas que a mí apenas si me dejas tocar, pensó Anders, resentido. Había soportado a Balduino durante cuatro años, y de repente se le ocurrió que no estaba muy seguro de poder tolerarlo más tiempo.

 

      Encaramado en lo alto de una roca, un grifo seguía los movimientos de los jinetes. Se mantenía acechante, con la vista penetrante de las aves de presa y meneando la cola de un lado a otro, a la manera de los gatos dispuestos al ataque, con todos sus músculos tensos como las sogas de una catapulta próxima a dispararse. Por un momento pareció que saltaría sobre los cabalgantes, pero Balduino volvió grupas y lo miró en son de desafío, lanza en alto. Este gesto disuadió al grifo, quizás por la seguridad con que fue hecho, cosa nada habitual en presas indefensas.

 

      Media hora más tarde dejaban atrás Balduino y Anders aquella descomunal madriguera de grifos. Ahora sabía el primero que no quedaba demasiado trecho que recorrer: el Gran Maestre Thorstein Eyjolvson le había dicho que cerca de Freyrstrande se había instalado recientemente toda una colonia de aquellas bestias, la cual no podía ser sino ésta. El corazón le latió aceleradamente al comprobar cuán cerca estaba del punto de partida de la consumación de sus sueños de grandeza.

 

      Pero la emoción no tardó en trocarse en fastidio al caer en la cuenta, un poco más adelante, de que por fuerza tenían que haberse extraviado y llegado a quién sabía qué otro sitio muy diferente al que pretendían alcanzar. El camino los había llevado hasta las cercanías del mar, que ahora tenían a la vista. El paisaje, cada vez más desolado y perturbador, se había trocado por lo demás en un desasosegante páramo fustigado por vientos inclementes que en el océano levantaban grandes olas, las cuales venían a estrellarse en el inmenso, agobiante arenal de la playa tachonada de rocas. Las ráfagas arremolinaban cabellos y capas de ambos jinetes, como también las crines de sus caballos.

 

      Se hallaban en una especie de caleta a la que iba a dar un riacho cruzado por dos puentes: uno de piedra, inutilizable, semiderrumbado y cubierto de musgo, y otro de madera, tampoco muy digno de confianza en cuanto a firmeza.

 

      La caleta tenía forma de herradura y se veía solitaria hasta el espanto, sensación acentuada por el lóbrego ulular del viento que levantaba la arena de la playa, haciendo por momentos  imprescindible protegerse los ojos. En el extremo Noroeste se levantaba una especie de torreón de dudosa solidez, en lo alto del cual por lo visto anidaban abundantes aves marinas. También había allí, según se vio después, un pequeño malecón medio carcomido por la broma y con lapas adheridas a la madera, pero en uso; por el momento estaba fuera de la vista de los recién llegados. En el extremo Nordeste había una construcción de aspecto arcaico y lastimoso, que databa quizás del tiempo de los andrusianos.

 

      A una cierta distancia de la costa, particularmente hacia el Noroeste, se veían algunas de las Andrusias Orientales; la más cercana, hacia el Nordeste, era un islote que contaba, como máxima elevación, con un volcán que humeaba en forma inquietante, aunque estuviese lejos de entrar en actividad.

 

      ¿A  dónde rayos habremos ido a parar?, se preguntó Balduino, fastidiado. Tierra adentro, ni remotamente había algo que pudiese llamarse aldea o villa. Desperdigadas aquí y allá se veían tres o cuatro cabañas solitarias, y bastante más lejos empezaba el bosque.

 

      En la playa había al menos un niño construyendo castillos de arena. Curiosamente, era pelirrojo, como Balduino, aunque éste ni lo notó. Lo único que le interesaba era descubrir dónde estaban.

 

      -Anders, pregunta a ese mocoso cómo se llama este río, y no te demores-ordenó a su escudero.

 

      Y Anders fue, y en un santiamén volvió con la respuesta:

 

      -Duppelnalv, señor.

 

      -No puede ser...-gruñó Balduino, entre la estupefacción y la ira, tras consultar el mapa. Según éste, el Duppelnalv pasaba por Freyrstrande. 

 

      Miró alrededor y vio, algo más lejos, a una pastora conduciendo sus ovejas hacia algún sitio, tal vez un redil, aunque no parecía haber ninguno cerca.

 

      -Preguntemos a aquélla. Debe saber-dijo.

 

      Anders se mostró encantado de tener un pretexto para acercarse a una joven. Pero la pastorcita, que contaría con dieciocho o diecinueve años, no le resultó demasiado apetecible porque, si bien su cuerpo estaba bien desarrollado, su cara no era delicada, sino más bien dura y curtida, y tenía una descomunal dentadura que parecía obligarla a mantener la boca medio entreabierta.

 

      También esta joven era pelirroja. Anders se preguntó si los lugareños no tendrían cabellos de otro color que no fuera aquel.

 

      -¿Qué río es éste?-le preguntó, al tenerla cerca.

 

      -Duppelnalv, señor-contestó la pastorcita.

 

      A Balduino, que había ido tras su escudero, se le vino el alma al piso. No puede ser, pensó.

 

      -¿Qué isla es aquélla?-preguntó, señalando hacia el volcán humeante.

 

      -Eldersholme-contestó la muchacha, tras un instante de titubeos. Recién ahora se fijaba en Balduino, y evidentemente algo en él la había impactado, aunque Anders fuera mucho más apuesto.

 

      Anders, quien hasta ese momento no había entendido la preocupación de su señor, empezó de golpe a temer estar comprendiendo.

 

      -¿Y este lugar?-preguntó a la pastorcita.

 

      -Freyrstrande-contestó la joven, solícita.

 

      Balduino y Anders se miraron, horrorizados, sin poder creerlo. Luego observaron con desconsuelo el entorno agreste, y por último Balduino señaló con su índice la construcción arcaica del extremo nordeste de la caleta.

 

      -¿Y eso qué es?-preguntó.

 

      -Vindsborg, señor-contestó la chica, inclinando deferentemente la cabeza-. ¿Venís a protegernos de los grifos? Yo soy Gudrun... Para serviros.

 

      Balduino no contestó. Miró indignado hacia Vindsborg.

 

      -¿Ese es mi castillo? ¿Esa, mi comandancia? ¿A qué sitio me mandó el Gran Maestre?-gritó, furioso.

 

      Su cólerada desairada habría divertido a Anders en otra ocasión, pero lo cierto era que él mismo estaba desalentado. Aquel lugar se veía tan inhóspito y solitario que daban ganas de llorar.

 

      -Vamos-dijo resueltamente Balduino. Ya estaban aquí, después de todo, y no quedaba más remedio que acostumbrarse.

 

      Salvaron el Duppelnalv por la parte menos honda que encontraron; de todos modos, se veía que el río no era demasiado profundo. Luego enfilaron hacia aquello que algún optimista había llamado Vinsborg,  Castillo del Viento. Vaya si había viento; pero llamar castillo a aquella cosa era como llamar palacio a una cabaña.

 

      Por su estructura se veía que sí, que pretendía ser una construcción defensiva, pero erigida en tiempos en que las guerras eran simples conflictos tribales.  Dominaba un promontorio rocoso detrás del cual, al Este, había una colina cubierta de hierba verde algo cubierta de restos de nieve, y esto era lo único positivo del asunto: al menos hasta el próximo invierno los caballos no tendrían problemas con el alimento.

 

      El chiquillo pelirrojo  de la playa  había dejado sus castillos de arena. Corría por delante de Balduino y  Anders como alma que se lleva el Diablo, dando voces y llamando a  un tal Thorvald. De inmediato, media docena de perros salió a su encuentro, todos ellos meneando la cola y ladrando furiosamente, bajando la escalinata de piedra por la que se llegaba al interior de Vindsborg. Tras ellos iban dos hombres que en apariencia estaban apostados de guardia: un individuo  bajito, de ojos grises y nariz respingona, de gesto burlón y cabello escaso y raído, que por lo visto era el dueño de los perros, puesto que los llamaba para que acudieran a él; en tanto que el otro era un sujeto picado de viruelas, de ojos penetrantes, calvo y  con una enorme nariz aguileña.

 

      -Señor-murmuraron casi al unísono inclinándose un poco ante Balduino, aunque el que supuestamente era el dueño de los perros no sonaba muy respetuoso sino más bien insolente.

 

      No sabiendo qué hacer, Anders desmontó, como su señor; pero a diferencia de él, prefirió devolver el saludo a aquellos sujetos. Fue a estrechar sus manos y al mismo tiempo dijo su nombre.

 

      -Adam Maartenson-dijo el hombrecillo de nariz respingona, el dueño de los perros-, pero me dicen Hundi (perrito).

 

      -Per Gustavson. Llamadme Adler-dijo el otro. Adler significaba águila, y se comprendía el apodo, a la vista de tamaño naso.

 

      Adler no fue muy del gusto de Anders, pero Hundi le agradó menos todavía. En aquel individuo menudo había algo indefiniblemente malicioso que no lo hacía simpático.

 

      Balduino, como hechizado, miraba su entorno sin comprender mientras acariciaba a los perros que le hacían fiestas, locos de alborozo. Cuando se encaminó hacia la escalinata de piedra, los perros lo siguieron, como un séquito ebrio y bullicioso, ladrando como para quedarse roncos. Hundi fue tras ellos, llamándolos, pero en vano. Aparentemente, Balduino les había caído en gracia, lo que venía a confirmar la ya deplorable opinión que Anders tenía del cerebro perruno.

 

      Un viejo gigantesco, de cabellos largos y totalmente blancos, lo mismo que su barba, aguardaba a Balduino en lo alto de la escalinata. Era verdaderamente enorme, y aunque lo precedía un considerable vientre, éste daba la impresión de ser duro y no fláccido. De toda su persona emanaba una sensación de fuerza descomunal.

 

      Miraba a Balduino con  ojos azules y duros como zafiros. Cosa rara, Anders tardó en advertir que al viejo le faltaba la mano izquierda.

 

      -Estoy a cargo-declaró el anciano gigantón-. Me llamo Thorvald Hanson.

 

      Tendió la mano a Balduino. Aturdido como estaba, éste devolvió el gesto sin quitarse la armadura, de modo que fue hierro lo que halló la gran mano de Thorvald. Luego fue el turno de Anders, y éste lamentó no tener también un guantelete cubriendo su mano: la diestra del viejo por poco no la tritura.

 

      -Lo lamento-se disculpó cortés y sinceramente Thorvald, cuando Anders logró retirar lo que quedaba de su mano derecha, literalmente hecha papilla.

 

      Balduino entregó a Thorvald los documentos que le había dado el gran Maestre y que probaban que estaba desginado Comandante de Freyrstrande. Hacía una semana que llevaba esos papeles bajo su cota de mallas.

 

      -Os explicaron algo, me imagino, acerca de los hombres que  tendréis a cargo, ¿verdad?-preguntó Thorvald, mientras examinaba los papeles.

 

      -Nada-contestó Balduino.

 

      Thorvald carraspeó ligeramente y miró al joven a los ojos.

 

      -Temo, señor-dijo-, que salvo Karl, que es mi segundo, y yo mismo, tendréis a vuestro cargo a hombres reclutados en las mazmorras de Kvissensborg.

 

      Anders se puso más blanco que los cabellos de Thorvald, y el color que abandonó sus mejillas pareció afluir, reconcentrado, a las de Balduino, quien se puso loco de furor.

 

      -¿Qué?-rugió-. ¿Presidiarios?

 

      -Ajá-respondió calmosamente Thorvald-. Siete son Kveisunger. Piratas de la flota de Sundeneschrackt.

 

      -Siete piratas-masculló Balduino, con una sonrisa torcida, como queriendo resignarse; pero ya estaba en abullición, y sabía Dios cómo manifestaría su cólera cuando estallase de verdad.

 

      -Sí, y dos salteadores, los gemelos Per y Wilhelm Björnson, de la banda de Njall Blotinhand Kurtson.

 

      -Gemelos. Salteadores. Sí. De la banda de Blotin Thorfinn.

 

      -No. Blotinhand.

 

      -¡Lo que sea!-bramó Balduino-. ¿Qué otras celebridades tengo a mi cargo?

 

      -Un asesino, Lambert Alarikson. Ese nada más mató a su mujer. Lo identificaréis por su extraño color de ojos, violeta prácticamente. Después está Adler, a quien ya conocisteis, que es un secuestrador... ¿Quién más? ¡Ah, sí!... Adam Thorsteinson, involucrado en algún turbio asunto Sales de las Brujas. Vendía y consumía. Y por último está Snarki, el gordo, que supuestamente violó a una niña, pero afirma ser inocente y yo le creo.

 

      Anders se sintió morir ante esta detallada enumeración de la "buena gente" con la que convivirían él y Balduino. Desde el tal Lambert Alarikson (el que apenas había liquidado a su esposa) en adelante, todos le parecían beatos y monaguillos, pero el resto daban miedo nada más oyendo sus "honrados"  oficios, y eso sin detallar gajes de los mismos, como decapitaciones, vísceras al aire y alguno que otro río de sangre. Particular espanto le producían los siete primeros, los Kveisunger. El Terror de los Estrechos había dejado  estigmas imborrables en la costa de Andrusia Occidental, donde se decía que el reciente azote de los mares, Blotin Thorfinn, era un triste aprendiz comparado con el primero, que había hecho doblegar por vez primera hasta a la indómita Drakenstadt, la más poderosa metrópoli guerrera del Norte.

 

      Del interior de Vindsborg salió en ese momento, al pequeño patio al que daba la escalera, otro viejo, éste de rubio cabello entrecano y gruesos mostachos. Detrás venía un individuo que parecía tener cincuenta años pero que, según se supo después, tenía sólo cuarenta y dos. Desdentado casi por completo, de ojos azules y pelado, este segundo individuo tenía un aire aún más malicioso que el mismo Hundi, pero cierta mueca chistosa de su cara y un curioso tic -un continuo fruncir de narices- lo volvían más risible que aquel.

 

      -¿Y éstos quiénes son?-bramó Balduino.

 

      -Karl Sigmundson, mi segundo al mando-dijo Thorvald, presentando al viejo de los mostachos. Anders se acercó a estrechar la mano de Karl, y sufrió el mayor bochorno de su vida al advertir que a éste le faltaba el brazo derecho-. Gilbert Johanson, de las filas de Sundeneschrackt.

 

      -¿Y cuántos guerreros tendré bajo mi mando?-vociferó Balduino-. ¿Cuántos que lo sean realmente, aparte de presidiarios y baldados?

 

      Anders sintió vergüenza ajena y, pese a ser un  simple escudero, estuvo a punto de recriminar a su señor aquella falta de cortesía; pero Thorvald se le adelantó diciendo, con aire muy digno:

 

      -Tendréis a dos auténticos guerreros bajo vuestro mando: Karl y yo. Aun viejos y lisiados, entendemos más de guerra que ciertos jóvenes que bravuconean mucho y están llenos de ínfulas pero que, tal vez, no hayan tomado parte ni en una sola batalla verdadera. Si no os basta, presentad vuestras quejas al señor Einar de Kvissensborg, pues él ha dispuesto así las cosas; pero yo que vos no lo haría.

 

      -Sí, ¡lo haré! ¡Por supuesto que lo haré!-gritó Balduino-. ¿A qué distancia está Kvissensborg?

 

      -Como a una legua hacia el Sudeste.

 

      Balduino asintió y dio media vuelta, echando chispas de cólera, sin despedirse. Bajó la escalinata a la carrera y volvió a montar sobre Svartwulk. Anders fue tras él.

 

      -No, tú quédate aquí-ordenó Balduino.

 

      -Pero, señor...-murmuró Anders- Pero Balduino no lo oyó, y el joven escudero, frustrado, ni intentó reiterar su abortada súplica en voz alta, puesto que la misma caería en saco roto.

 

      No hacía ninguna gracia a Anders quedar solo entre trece presidiarios a quienes sólo controlarían dos lisiados.

 

      -Simpático el cara de bosta colada, ¿eh?-gritó alguien, con voz portentosamente ronca, mientras Anders subía de vuelta la escalinata de piedra.

 

      -¡Gilbert!-rugió otra voz. En ese preciso instante, Anders llegaba al pequeño patio. Karl, que era quien acababa de amonestar a Gilbert, se volvió hacia el muchacho:-. Disculpad, señor. Es bastante sordo-explicó con aire compungido, frunciendo los mostachos.

 

      -¡Si es la verdad!-protestó Gilbert con su voz ronca.

 

      -Adentro, vamos. Nada tienes que hacer aquí-le dijo Karl, empujándolo por delante de él hacia el interior de Vindsborg.

 

      En el patio quedaban ahora sólo Thorvald y Anders. El gigantesco anciano parecía malhumorado. Estaba a punto de entrar, cuando se volvió hacia el muchacho:

 

      -Después de vos, señor.

 

      -No, gracias-respondió Anders, con voz apagada-. Quiero... Quiero estar solo.

 

      -Si me permitís la pregunta, señor-dijo respetuosamente Thorvald-: ¿tenéis miedo?

 

      Anders, que le había dado la espalda, se volvió de nuevo hacia él.

 

     -Sí-confesó.

 

      Los ojos de Thorvald perdieron instantáneamente su fría dureza habitual. Se acercó a Anders y le rodeó los hombros con su poderoso brazo, en un gesto conmovedoramente paternal, que dio al muchacho algo de la calidez que tanto necesitaba en este momento en que tan mísero se sentía.

 

      -Ven, pichón, bajemos y caminemos un rato-propuso-. Te contaré algunas cosas que, tal vez, hagan que al menos no pongas tanta cara de susto...

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5 diciembre 2009 6 05 /12 /diciembre /2009 18:04

XII

      Tal y como Anders lo había previsto, la amabilidad de Balduino pareció obedecer a un simple lapsus. Hacia la cuarta noche, el pelirrojo comenzó a retomar las hostilidades para con su sufrido escudero, y al día siguiente ya estaba convertido en el antipático de costumbre.

 

     De no haberse visto obligado a tenerlo al lado y convivir con él, Balduino probablemente se habría limitado a ignorar a Anders. En el fondo, nada tenía contra éste en particular: todos, o casi todos, le parecían despreciables por igual. Pero al tenerlo tan próximo físicamente, el desdén que le merecía era más difícil de ocultar.

 

      Para colmo, el entusiasmo con que había partido de Ramtala se desvanecía ahora, reemplazado por la impaciencia por llegar. Ni a oír misa se habían detenido, y aun así seguían sin dar con alguien que pudiera darles referencias acerca de Freyrstrande; lo que indicaba que, tal vez, estuviera aún muy, muy lejos, aunque el mapa indicara otra cosa. Todo esto ponía de muy mal humor a Balduino, y Anders era quien servía de adarga para detener los golpes de su ira.

 

      El séptimo día, casi sobre el final de la marcha (ellos aún no sabían que se hallaban en esa etapa), se internaron en un cordón de montañas bajas, una desolación de arbolillos esmirriados y malezas de aspecto marchito; y el camino que seguían fue luego descendiendo hacia una especie de cañón, con murallones acantilados en los flancos. Dichos murallones tenían formas de lo más asombrosas, fantásticas casi. Había formaciones basálticas escalonadas, toboganes veteados como por acción del agua, extrañas terrazas y terraplenes; y se intuía que debía haber  lo mismo cuevecillas pequeñas que profundos socavones. Imposible saber si el conjunto era una estructura natural, u obra de inteligencias humanas o semihumanas.

 

      Tan raro como los elevados murallones laterales era el fondo del cañón, en el que había rocas de tamaño muy diverso, todas ellas de formas muy singulares, de modo que podían pasar por esculturas rudimentarias, aunque existía la posibilidad de que los elementos naturales las hubiesen moldeado así. En conjunto parecía un sitio embrujado, opinión reforzada por el hecho de que no figuraba en el mapa, como si la mera alusión a su existencia pudiera desencadenar eventos terribles.

 

      Los antiguos andrusianos habían tenido gustos muy raros y hasta tétricos en lo referente a arquitectura y estatuaria, y ellos mismos permanecían en la memoria colectiva como una raza abominable, cultora de la más infernal magia negra. Como etnia independiente ya no existían, pero en los individuos de ciertas familias, los rasgos denotaban una marcada hibridación entre los Bersiker y los andrusianos. De tanto en tanto, en algunos de esos individuos la fealdad de los rasgos  se acentuaba, como una siniestra evocación de aquel remoto pasado previo a la invasión de los Bersiker, cuando los andrusianos se obsesionaban por obtener más y más poderes prohibidos para el género humano; y los viejos lugares de culto del desaparecido pueblo, aunque abandonados, seguían asociados a leyendas que inspiraban todavía el mismo horror de antaño.

 

      No obstante, un Caballero es un Caballero, y lo menos que puede esperarse de él es que supere sus temores y afronte cualquier riesgo. Y si un Caballero ordena seguir adelante, su escudero debe ir tras él, por más que uno y otro sepan que en el fondo ambos están muertos de miedo y deseen volver por donde vinieron...

 

      Así que, cuando Balduino dio esa orden, Anders no dijo ni pío; y ya estaban por continuar, cuando algo entre un grupo de rocas al pie de uno de los murallones atrajo la atención del primero, quien de inmediato desmontó. Anders siguió sus movimientos, con sus ojos verdes llenos de sorpresa, y lo vio acercarse a lo que parecía un montón de excrementos secos. A falta de un palo, Balduino removió un poco las heces con la punta de su bota, y le bastó un simple vistazo para advertir que no eran excrementos de herbívoro, ni tampoco de un carnívoro que él conociera bien. Posiblemente fueran de grifo,  animal prácticamente inexistente en Rabenland, su tierra natal.

 

      Iba ya a montar de nuevo cuando algo, desde lo alto del murallón, cayó casi a los pies de Balduino y se partió en varios pedazos. El pelirrojo no llevaba puesto el casco, y llevaba la cofia de mallas metálicas echada hacia atrás; y pensó, tragando saliva, en lo que habría pasado si aquello le hubiera caído en la cabeza. Todavía con esta idea en mente, advirtió estupefacto qué era aquello venido abajo desde tan alto.

 

      Un cráneo humano. Era un cráneo humano, ahora partido en varios pedazos.

 

      ¿Y se había precipitado por accidente, o arrojado por algo... o por alguien? ¿Era aquello una especie de presagio funesto, un mal augurio, una advertencia de que no siguiesen más adelante? ¿O se trataba simplemente de un resto, caído desde lo alto por azar, de la macabra merienda del desconocido depredador?

 

      Lo único seguro era que, en alguna parte del cañón, había un grifo: ahora sus chillidos resonaban muy audibles entre los murallones de piedra.

 

      -Continuemos-dijo Balduino.

 

      Anders se limitó a asentir. El también identificó aquella cosa como un cráneo humano hecho pedazos, y le había parecido, además, ver una figura furtiva en lo alto del acantilado. El grifo ya no lo preocupaba tanto como lo hubiera preocupado días atrás; a lo que más temía ahora era a los malos espíritus, o a cualquier otra cosa peor que pudiera cobijarse en aquel cañón siniestro. Muchos ponían en duda, a veces, que los andrusianos estuvieran realmente extintos; y relataban, en apoyo de tales hipótesis, espantosas historias de inicio misterioso, desarrollo abrumador y final lúgubre e incierto.

 

      Balduino tenía apenas vagas nociones de aquellas historias, a las que Anders era aficionado aunque de noche lo incomodasen para conciliar el sueño; pero la atracción por lo enigmático y el desprecio por el propio miedo lo empujaban a seguir adelante, aunque él mismo tejiera ahora morbosas conjeturas en las que se combinaban la hechicería maldita de los andrusianos y la furia salvaje de los grifos.

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5 diciembre 2009 6 05 /12 /diciembre /2009 17:49

XI

      Andrusia es una región eminentemente llana, con algunas cumbres de poca altura e infinidad de lagos, todo ello debido, según sabemos hoy, a la poderosa, devastadora acción de antiguos glaciares que, en tiempos pretéritos, se abrieron desde el Norte, confiriéndole esa topografía.

 

      En línea recta, la distancia que separa Ramtala de Freyrstrande es de casi treinta y seis leguas, pero a caballo es imposible cubrir esa distancia en línea recta, se vaya por donde se vaya, porque si no son lagos los que se interponen entre el viajero y su destino, será el mar o algún otro accidente geográfico. Añádase a esto la inexactitud de la cartografía del siglo X y se comprenderá por qué un viaje que en línea recta y con esfuerzo hubiera demandado no más de dos días y medio o tres días se transformó, para Balduino y Anders, en una semana completa.

 

      Además estaba el hecho de que, al partir, no llevaban ni remotamente provisiones suficientes para toda una semana; por lo que, cuando se agotaron, Balduino tuvo que cazar, actividad que, dicho sea de paso, no era muy de su agrado.

 

      Los primeros días, Balduino trató a Anders con relativa amabilidad, hablándole sólo lo necesario y en tono más indiferente que agresivo, sin usar palabras a modo de venablos. estaba demasiado ensimismado en sus sueños de gloria para maltratar a nadie. Incluso hubo un par de veces en que se ofreció a hacer la primera guardia nocturna, lo que en él era un gesto de increíble magnanimidad. Verdaderamente se comportaba como un compañero un tanto hosco pero leal. Era inevitable en esos momentos que Anders sintiera una oleada de afecto hacia él; pero rápidamente reflexionaba que aquello no se prolongaría demasiado, y entonces le venían ganas de trozar a Balduino y darlo en alimento a los muchos lobos cuyos aullidos, en las lejanías, rasgaban la quietud de la noche en los bosques que atravesaban.

 

      En los lugares por donde pasaban,  preguntaban a la gente por Freyrstrande. nadie había oído mencionar ese lugar. Sin embargo, cuando Balduino arriesgaba tentativamente un punto geográfico donde creía se encontraban él y Anders, resultaba ser que estaba en lo cierto o se equivocaba por muy poco; así que al menos estaban en el buen camino.

 

      Después del segundo día, Anders estaba exultante. Era difícil no estarlo cuando se contemplaban paisajes de ensueño como aquellos que se abrían ante la vista de los viajeros. La primavera avanzaba, la nieve se derretía, todo reverdecía, los bosques parecían hervir de vida; un aire fresco, embebido en mil fragancias silvestres, llenaba los pulmones, y no parecía haber nada más puro que el agua de los lagos, arroyos y ríos que hallaban a su paso. Se escuchaban los cantos de la alondra  y del ruiseñor; resonaban los bramidos de grandes bestias en celo. Era algo mágico e imposible de describir.

 

      A veces pasaban por tierras de labranza o pequeñas aldehuelas, y las campesinas hacían momentáneamente a un lado sus labores para observar a los dos forasteros. Sus miradas iban de la armadura de Balduino a la sonrisa agradable y seductora de Anders. Este se erguía en su caballo y respondía con un entusiasta saludo de su mano a los besitos que ellas le tiraban o a los gritos alocados con que trataban de llamar su atención. Balduino observaba a las rústicas y a su escudero como si todos ellos no fueran más que sabandijas guarecidas bajo un gran montón de leña, pero nada decía.

 

      En la mañana del cuarto día atravesaban una amplia pradera de hierbas abundantes que el viento acamaba y donde pacían manadas numerosas de bestias de considerable talla. Era un día soleado, espléndido, con un cielo azul profundo casi totalmente libre de nubes. Balduino y Anders enfilaban con sus cabalgaduras hacia unas colinas muy bajas, ondulaciones apenas, cuando de repente unas formas lejanas y levemente sin iestras se alzaron al cielo desde detrás de las distantes lomas, poniendo en movimiento a una manada de alces que pastaba al pie de las mismas.

 

      Balduino sofrenó a Svartwulk y Anders, automáticamente, hizo lo propio con Slav. Había peligro más adelante.

 

      En las llanuras abiertas de Andrusia, ciervos, renos y alces se mantienen relativamente serenos y unidos en la seguridad de la manada frente a la mayoría de los depredadores, pero pierden toda calma y valor frente a uno en especial: el grifo. En tanto se vean amenazados por sólo un ejemplar de estos temibles cazadores aéreos, mantienen al menos cierto orden en la huída; pero acosados por dos, enloquecen al punto de arrollar cuanto se les ponga adelante, y si son todavía más, su reacción no puede describirse.

 

      Ni Balduino ni Anders sabían estas cosas. Ellos sabían sólo que decenas de enormes alces venían hacia ellos, estremeciendo la tierra con el rítmico golpeteo de sus pezuñas. Y tras los alces, revoloteando como presagios fúnebres, venían al menos cuatro o cinco grifos, lanzando sonoros chillidos comparables a los del halcón pero, con todo, distintos. Anders quedó petrificado de espanto.

 

      -¡La lanza, dame la lanza!-exclamó Balduino-. ¡Y corre!

 

      -¿Hacia dónde?-preguntó Anders, desesperado, dándole el arma solicitada. Por momentos, la despavorida manada de alces amenazaba desbandarse en todas direcciones.

 

      -¡Aquí, conmigo!-gritó Balduino, alejándose a lomos de Svartwulk; y Anders lo siguió apurando a Slav.

 

      La manada en estampida estaba cada vez más cerca, pero no era posible predecir qué rumbo tomaría, porque por momentos los grifos se adelantaban, obligándoles a cambiar de dirección. En ningún lado de aquel llano interminable se estaría completamente a salvo en tanto no concluyera esa infernal cacería.

 

      Balduino parecía más fascinado que asustado. Contemplaba maravillado a los grifos, especie nueva para él. Los cuatro o cinco ejemplares que veía en acción se desplazaban con extraordinaria gracia, casi ingrávidos, estirando los poderosos cuellos hacia adelante y las patas hacia atrás, y valiéndose de las largas colas a modo de timón y para mantener el equilibrio.

 

      Anders dejaba la fascinación para su señor. Al fin y al cabo, éste tenía una larga lanza y sabía usarla. El estaba simplemente asustado. Sólo dudaba acerca de a qué temía más, si a los alces en estampida o a los grifos,

 

      Balduino se adelantó hacia la manada a lomos de Svartwulk, gritando como un demonio, agitando la lanza y dando órdenes al caballo. Svartwulk, amenazante, se incorporó sobre sus patas traseras y relinchó, golpeando el aire con sus cascos delanteros. Jinete y corcel se veían magníficos y terribles, con el viento agitando la roja melena de uno y las espléndidas crines negras del otro. El halcón bicéfalo bordado en escarlata en la capa de Balduino parecía a punto de querer escapar de la tela y alzarse hacia el cielo.

 

      Una manada de alces en estampida no es precisamente un rebaño de vacas al que se arrea hacia donde se quiere, y Anders dudaba de que el intento tuviera éxito. Pero ya antes el pelirrojo había salido airoso y sacado a Anders mismo de situaciones comprometidas, así que más valía confiar en él. Por lo tanto fue a su lado y también él encabritó a Slav, lo que en otras circunstancias habría sido difícil, dada la natural mansedumbre del blanco. Pero ahora Slav estaba asustado y quizás también él, como su amo, intuía que la mayor seguridad se hallaba junto a Balduino y Svartwulk.

 

      Fue un momento feo cuando los alces estaban ya a una ínfima distancia de ellos y ni miras daban de desviarse pero, a último momento, los que iban adelante se abrieron en una mínima V y los demás los siguieron. Eso los que al menos iban en una dirección coherente; porque verdaderamente, la manada se desperdigaba. Los alces sentían que los grifos bajaban hasta rozarles los lomos con sus garras, y eso terminaba de enajenarlos. Anders, quien escuchaba el batir de alas y los agudos chillidos de los grifos a muy poca distancia de donde él estaba, se hallaba igualmente aterrado.

 

      -¡Sígueme, pase lo que pase! ¡Trataremos de alcanzar las colinas!-gritó Balduino, por encima del pandemónium.

 

      Un grifo cayó sobre un alce joven, abatiéndolo, pero no se animó a aterrizar sobre su víctima para rematarla, ya que detrás venían otros alces que en su huida ni veían por dónde iban. Un poco más lejos, otros dos grifos habían acorralado a otra víctima, y uno de ellos trataba de alzarla entre sus poderosas garras de águila. Por dos veces estuvo a punto de lograrlo. Mejor ni imaginar la fuerza que debía haber en aquellas robustas patas.

 

      Finalmente, uno de los dos grifos se precipitó sobre el alce y con un simple abrir y cerrar de su poderoso pico córneo, quebró el pescuezo de su víctima.

 

      Para entonces Balduino y Anders, montados en sus caballos, habían dejado el peligro atrás. Desde la distancia, observaron cómo la calma volvía a la manada mientras los grifos hundían sus picos  en el cuerpo del alce, en tanto a su alrededor la hierba se teñía de rojo.

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5 diciembre 2009 6 05 /12 /diciembre /2009 17:35

X

      Los Wurms atacaron otra vez Ramtala esa noche, y también a la mañana siguiente. Balduino tuvo ocasión de verlos de lejos, desde lo alto de una torre y también desde lo alto de su propia soberbia; y aunque eran monstruos de sesenta a ochenta pies de largo los más grandes, le parecieron prodigiosamente pequeños.

      Cuando los reptiles se retiraron, poco antes del mediodía, Balduino fue a evaluar los daños en los muros del Norte, y sólo entonces pudo darse una idea de la magnitud de aquello a lo que, tal vez, iba a a enfrentarse. Pero aun crecidos ante sus ojos, los Wurms le parecieron mucho más pequeños que aquello en lo que él mismo soñaba convertirse.

 

      Contempló en glacial silencio los restos calcinados de hombres asados vivos dentro de sus armaduras por el fuego de los Jarlewurms, y permaneció inconmovible cuando alguien comentó que aquella debía ser una horrenda forma de morir. Examinó atentamente las catapultas, y acribilló a preguntas a sus constructores; y luego bajó a la playa, junto con otros, para ver de cerca el cadáver de un Thröllwurm que el mar había arrojado a la costa. El gran reptil yacía cuan largo era entre unos roquedales, depositado por la marea, y hubo instantes de súbito horror cuando comenzó a moverse, demostrando no ser tan cadáver como parecía, aunque se hallaba moribundo; pero Balduino se le acercó y lo remató hundiéndole su espada a la altura de la garganta.

 

      Anders, mientras tanto, cumplía con las tareas que Balduino le había impuesto. Al terminar con ellas, se entregó a las chicas de Ramtala, hermosas y gentiles, que quedaron inmediatamente prendadas de los ojazos verdes y la sonrisa espontánea del joven. Pero al atardecer se lo vio desganado, melancólico y solitario. Así lo halló el Gran Maestre, quien lo recordó enseguida y le preguntó qué le pasaba.

 

      -Reflexiono. Me doy cuenta de que nunca seré Caballero, como quería-contestó Anders.

 

      -Lo serás, si correteas un poco menos a las mujeres y practicas un poco más con la espada-lo reprendió bondadosamente Thorstein Eyjolvson.

 

      -¿Practicar? Si apenas si sé lo que es una espada-ironizó Anders-. Cuando intento practicar, quien yo sé me grita: ¡Anders!-exclamó, remedando voz y gestos de Balduino-, y me manda hacer algo.

 

     -¿No te entrena, entonces? Eres su escudero. Tiene responsabilidades para contigo.

 

      -No me enseña demasiado. Y prefiero que no lo haga, a soportar sus insultos y humillaciones porque sostengo mal la espada o no alzo el brazo como es debido.

 

      -Quién sabe, quizás te tenga envidia. Eres muy apuesto, cosa que no puede decirse de él.

 

      -Qué consuelo-dijo Anders con amargura-. Además, ¿todavía no lo conocéis? Así trata él a todos. Sólo que yo lo padezco más, por tener que ir como un perro adonde él vaya.

 

      -Las cosas cambiarán-adeguró el Gran Maestre-. En Freyrstrand no podrá darse el lujo de tener consigo gente que no sepa combatir. Se verá obligado a enseñarte; si continúa tratándote mal, rebélate. Niégate a aprender. Entonces, como te necesitará, deberá achicarse.

 

      -¿No podríais, simplemente, ponerme al servicio de otro señor?-preguntó Anders, impotente.

 

      -Me han dicho cosas positivas del señor de Rabenland. Que es valiente, astuto...

 

      -¡Sí, sí, es todo eso!-gimió Anders, desesperado al ver que se desvanecían sus posibilidades de verse libre del servicio a Balduino-. Pero, ¿de qué me sirve? ¡Para esto me hubiera quedado en Onfahlster, y hubiese sido herrero, como mi padre!

 

      -Pero no te quedaste. Dios sabrá por qué. Aguanta sólo un poco más, muchacho. Si pudiera dejar a tu señor sin escudero, te eximiría de servirlo. Pero no puedo, y por lo tanto es mejor que lo seas tú, que al menos ya lo conoces.

 

      Anders no contestó, y el Gran Maestre se retiró para no terminar cediendo. Anders pateó una y otra vez el piso, frustrado.

 

      Para entonces, en Ramtala ya eran muchos quienes habían visto a Balduino, de cerca o de lejos, y a todos les parecía una persona extremadamente desagradable. Quienes habían tenido algún trato con él confirmaban esa opinión.

 

      Cuando un siervo fue a quejarse con otro del desprecio con que Balduino le había ordenado que se hiciera a un lado y lo dejara pasar, el otro contestó:

 

      -Sí, es un  tipo repugnante. Y ahora que lo hicieron comandante se pondrá peor.

 

      -¿Comandante? ¿A ése?

 

      -Sí, de un  lugar que se llama... Freyrstrande, creo.

 

      -¿Freyrstrande?-preguntó el primer siervo, con el rostro como resplandeciente de alegría-. ¿Estás seguro?

 

      -Sí-contestó el otro, sin despegar la vista del piso que estaba lavando-. ¿Por qué?

 

      -¡No, por nada!-respondió el otro. Y se puso a ayudar a su compañero, con una maligna sonrisa a flor de labios.

 

     Y al día siguiente, como estaba previsto, Balduino y Anders montaron en sus cabalgaduras y partieron con rumbo a Freyrstrande; y en este punto empieza realmente esta historia.

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2 diciembre 2009 3 02 /12 /diciembre /2009 15:39

IX

      Para cuando Balduino se desocupó. Thorstein ya había recobrado su dominio sobre sí mismo. Había que cubrir necesidades, y las necesidades se cubrirían; de modo que anunció al pelirrojo a dónde lo enviaría, pormenorizando qué se esperaba de él, la ayuda que podría obtener y las condiciones del lugar, y a Balduino le brillaron los ojos al enterarse de que se lo nombraba comandante de un punto crítico de la costa de Andrusia Occidental.

 

      -Y además-concluyó Thorstein-, podréis contar eventualmente con la ayuda de algunos de los Príncipes Leprosos, que estarán defendiendo, entre otros puntos, la desembocadura del Viduvosalv, algo más al Este de donde estaréis vos. Allí estarán cuatro de ellos. Pero la guarnición de Vallasköpping, al Oeste, os será en principio más útil y estará más cerca, además.

 

      -Entiendo. No os defraudaré-contestó maquinalmente Balduino.

 

      -No dudo de ello-contestó Thorstein, enrollando el mapa que había estado mostrando a Balduino, el mismo que, tiempo atrás, había examinado en compañía de Dagoberto de Mortissend-. Una vez estuve con vuestro padre en Rabenland, y ahora creo recordar a un chiquillo pecoso que miraba con los ojos muy abiertos mientras yo hablaba. ¿Erais vos?

 

      -Sí. Es raro. Os recordaba... distinto.

 

      -Tal vez porque entonces me veíais desde la sencillez de la infancia, y ahora lo hacéis desde lo alto de vuestra fatuidad; pues os aseguro que yo no he cambiado mucho. ¿Por qué sois tan desagradable, Balduino?-preguntó con firmeza el Gran Maestre, como si estuviera más dolido que enojado-. ¿Habéis pensado que sonreír o hablar a la gente en un tono más bondadoso no os haría nada mal? Hace un momento, con vuestro caballo, erais la dulzura misma. ¿No podríais reservar siquiera una pizca de esa amabilidad para con las personas?

 

      En la mirada de Balduino, la soberbia se hizo momentáneamente a un lado, para dar paso a la perplejidad.

 

      -Será que no encuentro rasgos admirables en los hombres-reflexionó; y por lo pensativo que estaba, se veía que jamás se había planteado la cuestión-. A los animales me une un vínculo muy especial. Pero hallo despreciables a los hombres. Insignificantes. Los villanos nacieron así, simples hormigas al servicio de la aristocracia. Pero lo más lamentable es que también la mayoría de los nobles son mediocres, chatos, sin aspiraciones. Se quedan estancados en el lugar donde están.

 

      -¿Y cuáles son vuestras aspiraciones?

 

      -La grandeza. Llegar tan alto que pueda tocar el cielo con las manos-respondió Balduino, como posesionado o como si en una visión extática se viera a sí mismo ya consumando los sueños de gloria que tanto acariciaba-. Yo llegaré a ser grande. Un día tendré al Reino entero prosternado ante mis pies.

 

      Thorstein se preguntó si aquellas ambiciones delirantes serían el resultado de haber nacido último entre once hermanos, relegado eternamente en un reparto en que los mayores se llevaban la parte más grande de la herencia y, quizás, del afecto de los progenitores.

 

      -Es posible-admitió, súbitamente compadecido de aquel muchacho que tan apasionadamente anunciaba su viaje en pos de lo que quizás no fuese más que una quimera-. Pero tened en cuenta que antes de la aparición del género humano, Lucifer, el más espléndido de los ángeles, habló más o menos como vos lo haceis ahora, y queriendo llegar a lo más alto, se vio en cambio precipitado hacia los Infiernos; mientras que el Rey más grande que jamás hubo lavaba los pies de sus discípulos y usaba una corona de espinas.

 

      Cayó luego el silencio entre los dos. Fue el Gran Maestre quien lo rompió, para informar a Balduino que éste y su escudero gozarían de medio día de descanso, pues más no podía concederles. El día siguiente podrían ocuparlo en recabar cuanta información juzgasen necesaria, y se irían a dormir temprano, pues a la mañana del día siguiente partirían hacia Freyrstrande. Llevarían consigo provisiones, algo de oro que deberían gastar con moderación, y los papeles necesarios.

 

      Luego de lo cual, ambos se separaron. 

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1 diciembre 2009 2 01 /12 /diciembre /2009 18:56

     La guerra demoró muy poco en reiniciarse, y durante unos días Ramtala fue el principal blanco de la furia de los Wurms; de tal modo que hasta el sur de la ciudad llegaba el fragor distante de los violentos combates que se libraban en el norte. En el sur de la ciudad se levantaba el Zodarsbjorgele, un castelete adonde confluían los guerreros que venían desde las baronías meridionales del Reino para reportarse y averiguar a qué sitio se los destinaba. Sin embargo, no pocas veces dichos guerreros eran enviados provisoriamente a los muros del Norte, a relevar a los exhaustos defensores, los cuales no tenían tregua por parte de los Wurms.

      Un día que, milagrosamente, había comenzado en calma, Thorstein Eyjolvson fue precisamente al Zodarsbjorgele  dar la bienvenida a algunos miembros de su clandestina Orden que venían desde el Sur. Todos los días llegaba alguno, y ese día había venido un contingente de siete u ocho. Ninguno de ellos conocía hasta ese momento a su Gran Maestre, que entre la dispersa Orden era ya una leyenda; y quedaron encantados por su personalidad sencilla y cálida, a la vez que reconfortados por las palabras con que trataba de prepararlos para las duras pruebas que deberían enfrentar.

 

      -Pasará tiempo antes de que llegue la respuesta del Rey, concediéndonos o negándonos la amnistía solicitada-les dijo-; pero lo que él decida importará muy poco, porque él no se encuentra aquí, combatiendo. Para Andrusia Occidental seremos los héroes que salvamos al Reino del desastre, y no tolerará que se nos haga daño, ni que se nos trate como a forajidos. Creo que, más tarde o más temprano, los consejeros de Su Majestad se darán cuenta de ello, y lo instarán a firmar la amnistía. Por lo tanto, si luchamos como héroes, se nos tendrá cierta deferencia. Mas, escuchad bien, podemos pedir ciertos honores; pero más importante es que continuemos como hasta ahora, haciendo lo que es correcto, y obligar a los demás a que acepten que hacemos lo correcto; pues no interesan tanto los honores como el Honor. No somos nosotros los que debemos dejar de proteger a los herejes anselmistas; son el Reino y la Iglesia quienes deben dejarlos en paz, por dar un ejemplo.

 

      Así hablaba Thorstein Eyjolvson en el patio del Zodarsbjorgele, cuando en cierto momento se bajó el puente levadizo y subió el rastrillo, y cuatro jinetes ingresaron en el castelete: dos Caballeros con sus respectivos escuderos.

 

      -Linda yunta-gruñó irónicamente uno de los hombres que estaban con Thorstein-: el falso y el repugnante.

 

      -¿Quiénes son?-preguntó el Gran Maestre del Viento Negro.

 

      -El de la izquierda es Abelardo de Hallustig, quien sonríe a todo el mundo y desprecia a todo el mundo. El de la derecha es Balduino de Rabenland, quien desprecia a todo el mundo y lo demuestra sin el menor miramiento-respondió el otro.

 

      -Balduino de Rabenland... Me suena el nombre. ¿Cómo sabéis que se trata de él, con su rostro oculto bajo el casco?

 

      -¿Y quién sino él mantendría oculto su rostro sin necesidad, estando en presencia de un camarada?... Además, reconozco perfectamente a su sufrido escudero, Anders de Onfahlster. Pobre tipo, estar al servicio de ese arrogante mal educado.

 

      Thorstein Eyjolvson trataba en vano de recordar dónde había escuchado el nombre de Balduino de Rabenland. Con todo lo que tenía que hacer y todas las personas a las que había conocido personalmente o por mención,  o con las que había hablado los últimos meses, su memoria para los nombres era un gran caos.

 

      No obstante, allí estaban los Caballeros, nobles a juzgar por su apariencia. Sus armaduras negras resplandecían como recién bruñidas. Sus capas, negras y con el halcón bicéfalo bordado en escarlata según el emblema de la Orden del Viento Negro, eran de telas carísimas.

 

      Un ujier estaba a punto de acercárseles para indicarles dónde debían registrarse, cuando Thorstein Eyjolvson le ordenó detenerse con un gesto de la mano. El personalmente prefirió acercarse a darles la bienvenida, como solía hacer siempre que se hallaba en el Zodarsbjorgele.

 

      Los Caballeros ya estaban desmontando, y otro tanto sus escuderos, cuando él llegó junto a ellos, al mismo tiempo que los palafreneros que venían a ocuparse de los caballos.

 

      -¿Cómo estáis?-preguntó sonriente, estrechando la primera diestra que halló adelante-. Soy Thorstein Eyjolvson. Bienvenidos a Ramtala.

 

      -¡Señor! ¡Qué honor! ¡Nunca creí que os conocería personalmente alguna vez!

 

      Pero en verdad era imposible saber hasta qué punto era sincero Abelardo de Hallustig en su pretendida emoción. Era un hombre de cabellos negros, barba en punta y ojos azules en los que había un vivo deseo de complacer. La insincera sonrisa parecía almidonada en su rostro, puesto que había venido con ella desde su entrada al castelete. Era como para preguntarse si no tenía contracturados los músculos faciales.

 

      Seguidamente iba Thorstein a dirigirse a Balduino de Rabenland, quien por fin se había quitado el casco; pero como lo vio ocupado discutiendo quién sabía qué con un palafrenero, se volvió primero hacia un escudero y luego hacia otro, y estrechó sus manos con la misma amabilidad con que había estrechado previamente la de Abelardo de Hallustig.

 

      -Hermoso caballo-observó, admirando el magnífico corcel blanco del segundo escudero-. ¿Cómo se llama?

 

      El escudero, un muchachito de unos dieciséis años, miraba con sus grandes ojos verdes al Gran Maestre, como sin poder creer que tan alto personaje se dignara saludarlo. Thorstein halló mucho más sincera su emoción que la de Abelardo de Hallustig.

 

      -Slav, señor-respondió el escudero, en cuanto se lo permitió su turbación.

 

      -Hace honor a su nombre, es un sueño... ¿Y vos? ¿Cómo os llamáis?

 

      -Anders de Onfahlster, señor.

 

      -Bien, Anders. Cuidad que los Wurms no chamusquen demasiado vuestro rostro, el cual será buena publicidad para la Orden entre las mujeres, cuando lleguéis a Caballero.

 

      Y era cierto. Anders era ciertamente un joven muy guapo, con su rostro de facciones armónicas, su ensortijada melena de color castaño oscuro y su espléndida sonrisa de dientes parejos; pero lo más agradable en él era su arrolladora simpatía.

 

      -¿Qué ocurre aquí?-preguntó Thorstein, viendo que la discusión entre Balduino de Rabenland y el palafrenero se había agravado, y que el pobre muchacho encargado de las caballerizas estaba encogido de temor ante las agrias reprimendas del Caballero.

 

       -¡Y qué rayos os importa!-rugió Balduino, volviéndose iracundo hacia él. Después de su agradable conversación con Anders, tal reacción fue para Thorstein como un baldazo de agua fría, que por un momento lo demudó.

 

      Anders abrió sus verdes ojos de par en par, preguntándose si su insoportable amo se habría vuelto loco. Tratar así a los siervos era una cosa, pero ¿al Gran Maestre del Viento Negro?...

 

      Un Caballero es un Caballero. Thorstein Eyjolvson sabía que un hombre armado debe obligarse a controlar su cólera y a devolver gentileza por afrenta siempre que sea posible.

 

      -Yo podría solucionar vuestro problema, sea cual sea-dijo por consiguiente, con mucha dignidad.

 

      -¡Entonces hacedle entender a este asno-vociferó Balduino, señalando al palafrenero-que de mi caballo me ocupo yo, yo y sólo yo!

 

      Con semejantes modales del otro lado, era difícil recordar que se era un Caballero; pero había que intentarlo.

 

      -Calmaos-sugirió cordialmente el Gran Maestre, de nuevo sonriente, colocando una mano en el hombro de Balduino.  Este miró esa mano como con asco, y Thorstein conservó la paciencia sólo haciendo un supremo esfuerzo-; y perfmitidme, ante todo, estrechar vuestra mano.

 

      -¿Y vos quién sois?-inquirió fríamente Balduino.

 

      -Thorstein Eyjolvson, señor.

 

      Balduino hizo un gesto afirmativo con la cabeza, cual deidad olímpica dignándose a rebajarse ante un mortal poseedor de algún mérito más o menos notable. Era un joven de veinte o veintiún años, de hermosa y lacia melena rojiza; pero aquí terminaban todos los atractivos de su rostro. La llamativa nariz, recta y de punta curiosamente redondeada, no era desagradable; pero la combinación  del cutis saturado de pecas, el rictus desdeñoso de sus labios y el encendido y constante desprecio que afloraba de sus ojos marrones,  decididamente hacía repulsivo aquel semblante.

 

      Estrechó la mano del Gran Maestre con formalidad, pero sin sentimiento, y no intentó adelantar disculpas por su conducta anterior. Los testigos de la escena, que en su mayoría ardían en deseos de ver humillado a Balduino, no sabían si Thorstein tenía una inagotable paciencia o si era un gran tonto.

 

      -Y ahora-dijo el Gran Maestre- hacedme la merced de explicarme por qué es tan importante que sólo vos cuidéis de vuestro caballo.

 

      -Primero, porque los palafreneros son unos palurdos ignorantes del trabajo que no obstante tendrían que conocer a la perfección, y no entienden cómo se cuida a un animal; y segundo, porque de todos modos, Svartwulk no deja que nadie sino yo lo cuide. Y si no me creeis, preguntad a mi escudero quien,  necio como es, al menos esa lección ya la tiene aprendida.

 

      -Terminad ya mismo de insultar a todo el mundo antes de que me harte definitivamente y haga algo que luego tenga que lamentar-gruñó Thorstein, ya conteniendo a duras penas su rabia. Balduino asintió en silencio, sin humillarse ni siquiera alterarse.

 

      De no haber existido aquella guerra y él no tuviera necesidad de todos y cada uno de sus hombres, ya le habría enseñado Thorstein a aquel agrandado insolente cuántos pares son tres botas. Así como estaba, no tenía otra opción que postergar cualquier castigo para cuando la guerra hubiese terminado, especialmente ahora que recordaba al fin dónde había oído nombrar antes a este tal Balduino de Rabenland. Dagoberto tenía razón: este tipo era insufrible... Pero, al parecer, también la persona más adecuada para defender Freyrstrande.

 

      No obstante, podía darle una elegante lección de humildad, y lo haría. ¿Así que el caballo de Balduino no se dejaba cuidar más que por su amo? Pues bien, ¡eso estaba por verse!

 

      -A ver, Ingmar-dijo Thorstein al palafrenero-: muéstrale al señor de Rabenland de qué son capaces los palafreneros de Ramtala.

 

      -Señor...-murmuró Anders; pero fue detenido simultáneamente por un gesto de Thorstein y otro de Balduino. Este último se cruzó de brazos y se puso a observar en silencio. El Zeus olímpico contemplaba ahora las tribulaciones de insignificantes y estúpidos mortales persistiendo en el error de emprender actos más propios de dioses...

 

      Ingmar se acercó al caballo en cuestión, un poderoso flumbrio negro y brillante como el azabache, de magnífica estampa, patas recias y crines flotantes. Lo tomó de las riendas y, jalando de ellas al mismo tiempo que hablaba con dulzura al animal, trató de conducirlo a las caballerizas. En vano: Svartwulk se negaba a dar un solo paso.

 

      Tras dos intentos más, se mandó llamar a un segundo palafrenero, y luego a un tercero. No sólo los esfuerzos conjuntos de los tres fracasaron en lograr siquiera un mínimo avance sino que, además, Svartwulk empezó a enojarse. Entonces Thorstein, que se jactaba de ser casi un centauro, tuvo la pésima ocurrencia de querer montarlo y llevarlo personalmente a las caballerizas; y ni bien puso el pie en el estribo, el caballo se encabritó, y poco faltó para que el gran Maestre se rompiera varios huesos al salir despedido de la montura en forma nada elegante. Los espectadores, salvo los pocos que conocían ya a aquella mala bestia por haberla visto antes o por referencia, estaban pasmados ante tamaña tozudez y furia.

 

      Por último tuvo Thorstein que resignarse.

 

      -Llevaos a este demonio y luego venid a verme-masculló a Balduino. La sonrisa sobradora de éste fue aún más insultante que la obstinación de Svartwulk; y el ego de experimentado jinete de Eyjolvson sufrió otro durísimo golpe cuando el caballo, que a lo largo de aquellos sucesivos intentos había porfiado, coceado y tratado de morder, de manera que sólo por algún milagro nadie había quedado seriamente herido, se dejó guiar luego dócilmente por su amo, quien sólo necesitó para ello de una caricia y un murmullo afectuoso.

 

      -Esto es increíble-gruñó Thorstein, más para sí mismo que para los demás. Era mucho más hermoso el caballo que el jinete pero, por lo demás, ambos resultaban igualmente detestables.

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1 diciembre 2009 2 01 /12 /diciembre /2009 18:14

VII

      Méntor no tardó en regresar de las Andrusias con la información solicitada, que fue bastante desalentadora: contrariamente a las suposiciones que se habían barajado desde Drakenstadt, el VodVorag, líder supremo de los Wurms, gozaba de buena salud, porque no se hallaba en el frente de batalla, sino en su tierra, rodeado de su harén. Tenía la intención de venir con toda su prole a establecerse en el continente, pero una de sus hembras estaba empollando, y no quería dejarla atrás. Cabía pensar que este VodVorag, que se llamaba Magnus (o algo así. Los nombres que daba Méntor no eran sencillos de pronunciar para los seres humanos) tardaría en venir, porque era muy fogoso, y cuando una de sus camadas se desarrollaba lo suficiente para hacer el viaje, otra estaba por nacerle. Algunos de los más temibles caudillos Wurms se encontraban también en las Islas de la Bruma: Ecgberth, Vinekh y, sobre todo, el sanguinario Stenkil, que se impacientaba por sumarse a la lucha. Méntor no había podido averiguar las razones de aquella agresión, las cuales sólo serían intuidas por Thorstein Eyjolvson meses más tarde. Sí se sabía que uno de los Jarlewurms, un tal Bermudo, se había opuesto inicialmente a la guerra. Bermudo era un reptil extraño incluso para los suyos en cuanto a carácter, y su pacifismo tenía que ver con  hechos de su pasado; pero no se había hecho caso a su disidencia, y él ahora luchaba junto a los otros Jarlewurms en el frente de batalla, vencido por la oposición encontrada.

 

      Si los Wurms de momento no atacaban era porque, a costa de sus vidas, Diego de Cernes Mortes y Gudjon de Drakenstadt habían dado muerte a quien, hasta hacía poco, comandaba el ataque a las Islas Andrusias y a Andrusia Occidental, Duncan el Jarlwurm. La jefatura era ahora violentamente disputada en enfrentamientos cuerpo a cuerpo por los Jarlewurms de mayor prestigio. Méntor había presenciado uno de estos combates, y aseguraba que eran verdaderamente sangrientos. Al parecer los Wurms luchaban así ya desde la niñez para elevar su posición social, y muchos de los contendientes terminaban muriendo. Esto explicaba que tan pocos machos llegaran a la edad adulta, pese a que las hembras pusieran nidadas inmensas.

 

      Ahora bien, no importaba quién asumiera el mando entre los Wurms, la guerra continuaría. Bermudo, el único que gustosamente hubiera conducido a los atacantes de regreso a las Islas de la Bruma, se mantenía al margen de las luchas por la jefatura, pese a las acusaciones de cobardía y debilidad que se le imputaban por ello. Los demás Jarlewurms tenían demasiado apetito de conquista y demasiado orgullo guerrero para abandonarse tan pronto a la derrota. Además, quien liderara eficázmente un ataque contra los puertos del continente y lograra que los Wurms se estableciesen en él, estaría luego en buena posición para desafiar a Magnus, vencerlo y convertirse en el nuevo VodVorag. Esta sola circunstancia bastaba para empujarlos a continuar la lucha.

 

      Méntor olía demasiado a humano para que los Wurms le tuvieran confianza; de modo que el Drake no había podido averiguar de cuántas fuerzas disponían aquéllos. Pero al menos había logrado confirmar algo que las recientes experiencias en combate hacían sospechar a los guerreros de Andrusia Occidental: los Wurms, como los Drakes, no podían arrojar continuamente fuego y combustible en llamas. Ese combustible se producía y almacenaba como reserva en cierta vejiga que los reptiles tenían en sus grandes cuerpos; acabadas tales reservas, se acababa también el fuego, hasta pasadas unas horas, cuando la vejiga se llenaba de nuevo.

 

      Además, Méntor confiaba en que los reptiles no pudieran ser mucho más numerosos que la cantidad que ya se había establecido en las Andrusias Occidentales. Se basaba en el tamaño inmenso de los Wurms, y en el razonamiento de que allá en las Islas de la Bruma, por grandes que fueran éstas, no habría reservas alimenticias suficientes para una enorme población de Wurms. Era posible, no obstante, que el ataque a Andrusia Occidental fuera consecuencia de una hambruna motivada por un súbito incremento de la población de reptiles en las Islas de la Bruma; pero tal incremento tenía que ser relativo.

 

      Tanto los datos concretos como las hipótesis aportados por Méntor resultaban insatisfactorios para Thorstein Eyjolvson, quien no lograba hallar debilidad alguna en los gigantescos invasores. Sólo sabía una cosa: no se podía bajar la guardia ni por un instante. En el momento menos pensado, los Wurms volverían a la carga, dirigidos por otro de los suyos, y sería mejor que, cuando lo hicieran, las costas fueran para ellos un recio e impenetrable escudo capaz de parar el filo de su sed de conquista, impidiéndoles poner pie en el continente.

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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 16:28

VI

      Una manzana madura habría parecido descolorida al lado del rostro de Dagoberto de Mortissend al concluir su relato. Thorstein Eyjolvson reía a carcajadas.

      -No es gracioso-gruñó Dagoberto-. Yo, el gran Capitán;  yo, valiente Caballero del Viento Negro, dejándome mandonear por mi madre...

 

      -No lo toméis así-aconsejó Thorstein, riendo todavía-. Es cosa frecuente, después de todo, el dejarnos dominar por mujeres, sean éstas madres, amantes o esposas... Y decidme-añadió, ya serio-: ¿obedecisteis a vuestra madre? ¿Hicisteis algo por este Balduino?

 

      -Afortunadamente, ni ocasión de verlo de nuevo tuve.

 

      -¡Magnífico!-bromeó Eyjolvson-. Será buena amenaza en caso de que os mostréis renuente o negligente en acatar mis órdenes: "Si no hacéis lo que digo, le contaré a vuestra madre que no ayudasteis a Balduino de Rabenland a ser mejor persona, como ella quería". Hablando en serio: ¿creeis, entonces, que este joven es el más indicado para enviar a Freyrstrande?

 

      Dagoberto de Mortissend pareció debatirse entre sentimientos encontrados.

 

      -Puede que sí. Pero investidlo de autoridad y lo tendréis más infatuado y desagradable que nunca-respondió al fin.

 

     -Dejaremos su fatuidad y antipatía para cuando termine la guerra, en ese caso, y mientras tanto le daremos una comandancia propia en Freyrstrande, adonde no importará que dé rienda suelta a su soberbia, siempre que organice eficázmente la defensa contra los Wurms-dijo Thorstein Eyjolvson, incorporándose e invitando a Dagoberto de Mortissend a hacer otro tanto-. Habéis demostrado en otras ocasiones saber evaluar la personalidad humana de un simple vistazo. Dudo que os equivoquéis en cuanto a este Balduino; debe ser todo lo repulsivo que aseguráis. Pero quién sabe, la guerra cambia a las personas... Aunque, a decir verdad, dudo mucho que la guerra se haga sentir alguna vez en Freyrstrande.

 

      ’Ahora, id a descansar, que lo merecéis. Buscadme más tarde. Me encontraréis en el Nodarsbjorgele, organizando la fortificación de las murallas, o en el Zodarsbjorgele, supervisando todo lo referente al destino e instrucciones de los Caballeros recién llegados.

 

      Y dicho esto, el Gran Maestre se separó de su subordinado y amigo con un apretón de manos, y se retiró después de ordenar a un paje que acompañara a aquel hasta los aposentos de huéspedes.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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