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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 16:22

V

      Dagoberto de Mortissend contó entonces al Gran Maestre lo ocurrido varios meses atrás, hallándose el primero de visita en casa de su madre. Eleuteria de Mortissend era sólo una bruja de aldea, pero sus conocimientos alcanzaban un nivel que sobrepasaba en mucho el habitual en esa clase de hechiceras. Por supuesto, ejercía su arte en casi absoluto secreto, pues oficialmente la hechicería estaba prohibida; pero a algunas personas no ocultaba sus actividades. Thorstein Eyjolvson, huésped suyo durante un tiempo, la había observado con discreción, pues la Orden del Viento Negro encubría y protegía a muchos brujos, pero no a todos; en la ciencia de Eleuteria de Mortissend, no obstante, no parecía haber nada escabroso ni diabólico.

 

      Además de la magia, las tareas domésticas absorbían el tiempo de la hechicera. Para ésta, la limpieza era una obsesión. Siempre le parecía que el piso estaba sucio, por más que barriera y barriera; y barriendo precisamente se hallaba el día del suceso que Dagoberto de Mortissend relataba ahora al Gran Maestre.

 

      Acababa él de llegar a la cabaña donde vivía la pequeña anciana que era su madre, siendo recibido con un abrazo de oso, sorprendente despliegue de fuerza en una persona de esa edad y estatura. Dagoberto, antes de entrar, había comenzado por quitar el barro de las suelas de sus botas; pero luego, pensándolo mejor, optó  por quitarse directamente las botas y dejarlas en la entrada. Ello no fue obstáculo para que su madre siguiera barriendo frenéticamente mientras conversaba con él. Pasados unos minutos, ella de repente se detuvo, pensativa, e hizo un gesto extraño, como si tratara de matar una mosca con dos dedos y cazándola al vuelo.

 

      -¿Qué haces?-preguntó su hijo, intrigado.

 

      -Vi un pelo flotando en el aire, a trasluz-contestó la anciana, apretando en su puño cerrado la hebra de cabello capturado de esa manera-. Creo que lo has traído contigo de afuera. No es de mi cabello ni del tuyo.

 

      -Me parece que me llevarás a juicio por traer basura de afuera-dijo Dagoberto con sarcasmo-. ¿Y a quién pertenece el dichoso pelo?

 

      La bruja cerró los ojos y apretó la hebra de cabello con más fuerza, mientras un rostro iba surgiendo de las profundidades de su mente.

 

      -A un joven pelirrojo, de cabellos largos y lacios, y el rostro tan atiborrado de pecas, que parecería imposible que cupiera una más en él-contestó-. Una perpetua expresión de desprecio deforma su rostro.

 

      -¡Por Dios!-exclamó Dagoberto de Mortissend, con desagrado-.  Lindo recuerdo traje conmigo sin saberlo, y no sé cómo hice para pasearlo durante tantos meses antes de que viniera a caérseme aquí. Sí, el muchacho que dices es Balduino de Rabenland, Caballero de nuestra Orden y la mano derecha de Benjamin. Es un segundón de la nobleza que tiene cuatro hermanos y seis hermanas, todos mayores que él. Ha previsto que de la herencia paterna, muy menguada por las dotes de sus hermanas, no quedará nada una vez que se sirvan sus hermanos mayores, e ingresó en la Orden, parece, para hacerse rico con ella. Debe ser que dio crédito a esas mentiras que dicen de nosotros, eso de que somos bandoleros.

 

      Doña Eleuteria meneó la cabeza.

 

     -Te aseguro que no-dijo, sin dejar de presionar sobre el rojizo filamento aprisionado en su puño cerrado, para que el carácter más íntimo del muchacho al que pertenecía se revelara en su mente-. Es soberbio, antipático y ambicioso, pero no un ladrón. Y...-su rostro se dulcificó-...y bajo esa soberbia, esa antipatía y esa ambición yacen sepultadas, en lo profundo de su alma, cualidades bellísimas que ni él mismo imagina. Veo que ama a los animales...

 

      -A su caballo, al menos, sí. Pero es que Svartwulk, el caballo en cuestión, es igual de desagradable que él. Creo que los dos están de acuerdo en que el resto de los mortales somos criaturas despreciables, indignas de ellos.

 

      -Sin duda-convino la bruja-, pero te digo que este muchacho podría ser una persona valiosa y amada como pocas. Presiento que mi camino y el suyo se cruzarán en no mucho tiempo, en la vida o en la muerte.

 

      -¿Irás a buscarlo también a él, igual que a mí aquella vez que, siendo más joven, me fui de casa?

 

       -Lo haría, ciertamente, pero a mi edad ya no estoy para esas cosas. Así que deberás ayudarlo tú, en la medida que puedas. Algo tan grande y tan hermoso como lo que se oculta bajo la superficie del alma de este joven por ningún motivo debe perderse en la nada. Procura mantenerte cerca de él y guiarlo.

 

      -¡Ni hablar!-exclamó Dagoberto, disgustado-. Sólo lo vi personalmente dos veces, y esas dos veces me hizo sentir como si fuera un montón de bosta, por la forma en que me miró.  Debe conocer mis orígenes humildes y, claro, el gran Balduino de Rabenland no debería estar subordinado a alguien de la plebe.

 

       -Tú harás lo que te digo-dijo severamente la bruja.

 

      -No, no lo haré-porfió Dagoberto, esquivando la mirada de su madre.

 

      -Lo harás. Ya que insistes en romperte la crisma jugando al héroe, al menos ayudarás a este joven a hallar su verdadero camino en la vida, que ciertamente no es el que él supone y que lo llevaría a la soledad y a la desdicha.

 

      -Te dije que...-comenzó Dagoberto de Mortissend, reuniendo toda su autoridad para mirar a los ojos de su madre e imponerse en forma terminante; pero no fue capaz de continuar. Doña Eleuteria lo miraba echando chispas por los ojos, como si él fuera niño de nuevo y ella se dispusiera a castigarlo por una barrabasada cometida. 

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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 16:12

IV

      Por aquellos días, Ramtala era centro de una intensa actividad debido a que en esa ciudad confluían las huestes venidas a enfrentar a los Wurms. Desde allí se los destinaba a reforzar guarniciones, a custodiar vías fluviales, a levantar barricadas, todo en diferentes puntos del litoral marítimo de Andrusia Occidental. Era, por lo tanto, un  hervidero de distintas banderas, escudos y pendones, y de no hallarse apremiado por las circunstancias ni fatigado por el viaje, le habría gustado a Dagoberto de Mortissend contemplarlas en todos sus detalles. Así como se encontraba, prefirió en cambio enfilar directamente hacia el Palacio Condal, que estaba literalmente a un paso de distancia de la Muralla Norte de Ramtala. En ésta había un gran ajetreo, y comprendió Dagoberto que se estaban haciendo reparaciones varias aprovechando la momentánea lejanía del enemigo.

 

      Debía ser cosa terrible estar durmiendo pacíficamente en palacio y ser despertado por los rugidos de los Wurms, el estrépito de las catapultas y las órdenes impartidas a diestra y siniestra; pero peor debía ser en Drakenstadt, ciudad que -según explicó el Gran Maestre al Capitán Dagoberto de Mortissend- era la que más sufría ataques de Wurms y la que con más empeño deseaban éstos ver caer.

 

      -Mi antiguo escudero Maarten Sygfriedson, vos lo recordaréis, es precisamente de Drakenstadt-añadió Thorstein, mientras llenaba de vino dos copas y ofrecía una a Dagoberto de Mortissend-. El gigantón calvo de rasgos andrusianos y mirada bondadosa-especificó, en vista de que el Capitán parecía no entender a quién se refería-. Me pidió permiso para ir a Drakenstadt a fin de darle el pésame al Duque Olav por la muerte de Gudjon. Yo le dije que de paso enviara mis propias condolencias... Y que se quedara allá. Un muchacho extraño, este Maarten. Prácticamente Drakenstadt entera lo hacía objeto de mofa cuando lo descubrí hace años, en las caballerizas del palacio de Gudjon, donde era palafrenero. Ni los perros lo querían, e incluso el mismo Gudjon, gran amigo y valiente guerrero pero también soberano estúpido en algunas ocasiones, lo consideraba un bufón, sólo porque no tenía su linda cara y hasta tartamudeaba. De hecho, Gudjon todo el tiempo creyó que me lo llevaba para convertirlo en mi bufón personal. Recién supo la verdad cuando tuvo a Maarten de nuevo ante él, ocho años más tarde, ya armado secretamente  Caballero. Maarten llevaba consigo esa espada que yo le regalé, la que tiene la esmeralda engarzada en el centro del gavilán, y que él llamo Grönsunna, y desafió a Gudjon y lo venció en combate singular. Debo decir en honor de Gudjon que perdió dignamente. No se avergonzó de su derrota, aunque creo que ello se debió a que Maarten es de Drakenstadt, como él. Y ahora Maarten va a Drakenstadt. Yo sabía que  él deseaba quedarse allí a defender la ciudad, por eso lo autoricé. Pero eso es justamente lo que no entiendo de él. Regresa a un sitio donde fue muy maltratado; ¿por qué? ¿Regresa para enfrentarse a ese pasado suyo que tan tétrico le pareció siempre? ¿O es tan grande el amor que une a ciertas personas a su tierra natal? Yo no puedo entenderlo, no abrigo ese tipo de sentimiento. El...

 

      -Señor-cortó Dagoberto de Mortissend, alarmado por aquella verborragia interminable-, dicho sea con todo respeto, pero si seguís hablando hasta por los codos, haréis que me duerma de pie. En este momento, no sé si recuerdo cabalmente el rostro de mi difunta abuela; no hablemos ya de este Maarten, caso de haberlo visto alguna vez. Estoy algo cansado.

 

      Thorstein quedó un momento pensativo, como ofendido por tan rotunda sinceridad, pero luego se echó a reír.

 

      -Disculpad, soy un pesado. Vayamos a lo nuestro, entonces-añadió, desplegando un rollo de pergamino que resultó ser un mapa del Norte del Reino. Hizo a un lado su propia copa de vino, que había colocado sobre la mesa que él y Dagoberto tenían enfrente, y extendió el mapa sobre la superficie libre, aunque todo el tiempo hubo que sujetarlo ya que, de lo contrario, automáticamente volvía a enrollarse solo.

 

      El mapa representaba Andrusia y las Islas Andrusias. Según la costumbre de la época, estaba iluminado con diversos grabados relativos a la geografía, la fauna o el clima. Un monstruo marino se veía en el gran estuario o golfo frente a Christendom, la Havnuvasmük; sobre las Gröhelnsholmene, un dibujo representaba un grifo; aquí había una ballena, más allá una gran serpiente marina, más abajo una cadena montañosa; y hasta los vientos se hallaban presentes bajo las formas de rostros soplando furiosamente en distintas direcciones.

 

      En la zona costera, alguien había marcado recientemente una serie de cruces de distintos colores.

 

      -Las cruces rojas-explicó Eyjolvson-, indican los sitios donde ya se han librado combates contra los Wurms; por ejemplo, Drakenstadt o Ramtala. Las rosadas individualizan puntos desde donde fueron avistados Wurms, pero sin que se hayan registrado ataques de éstos hasta el momento. Podéis ver que todas estas cruces se restringen a Andrusia Occidental. Las azules indican lugares del continente por donde pensamos que los Wurms podrían intentar abrirse paso, pero que se hallan bajo cierto control. Veréis que de éstas hay ya varias en Andrusia Oriental. Las verdes indican puntos desde donde los Wurms podrían también tratar de arribar al continente, puntos que es necesario reforzar, porque están bastante desprotegidos. De éstas hay sólo en Andrusia Oriental. Tanto las cruces azules como las verdes se refieren a sitios donde no fueron vistos Wurms. Por último, tenemos las cruces marrones. Estos son casos especiales. Señalan sitios que no ofrecerían demasiados inventivos a potenciales invasores, por lo que dudamos que los Wurms intenten atacarlos; pero son vulnerables, porque no hay fortalezas defensivas de importancia que los guarezcan . Desde algunos de estos sitios fueron avistados Wurms, y desde otros no. ¿Alguna pregunta?

 

      -Sí-contestó Dagoberto de Mortissend-.¿En qué se basan las especulaciones sobre el peligro que corren determinados lugares, por qué los Wurms podrían sentirse tentados de ingresar por algún sitio antes que por otro, etcétera?

 

      -Se toman en cuenta muchas cosas-repuso Eyjolvson-; en primer lugar, la anatomía de los Wurms. Los lugares de costas altas no les son favorables para invadir. Si a pesar de ello insisten una y otra vez en atacar Drakenstadt, cuyas costas son fiórdicas, se debe sin duda a que en este caso en particular se trata de un cebo muy tentador, y de todos modos, creemos que tratarán de remontar el Kronungsalv y luego atacar la ciudad desde el Sur; por el Norte, las elevadas murallas y las catapultas la protegen muy bien. Las costas altas son para ellos barreras infranqueables, a menos que coincidan con la desembocadura de un río por el que puediera entrar un barco de gran calado, caso precisamente del Kronungsalv. Además, desde las costas altas los defensores tenemos cierta ventaja, que desaparece tratándose de costas bajas. Allí los Jarlewurms son los que nos llevan la delantera, atacándonos desde lo alto de sus largos cuellos.

 

      -Pero Christendom es, creo, un lugar de costas muy bajas, y allí el Rattapahl se abre en muchos brazos que forman un delta. Y no veo cruces marcadas en Christendom-observó Dagoberto de Mortissend.

 

      -Olvidad a Christendom. Allí no se han tomado en serio nuestras advertencias, ni se hacen planes defensivos, y sólo resta rogar a Dios que los Wurms ignoren su existencia o sean tan imbéciles que ni se les ocurra la idea de avanzar por allí. Por otro lado, hasta cierto punto no se puede hacer nada en el Delta del Rattapahl, porque siempre quedaría sin protección alguno de los múltiples brazos del río. Christendom es un problema tan grande, que no tiene sentido marcar allí cruz alguna. Las Milicias de San Leonardo han asumido el compromiso de ir a estudiar el asunto y hacer lo que puedan. Por el momento, suponiendo que los Wurms llegaran hasta Christendom, las Milicias trabajan sobre la posibilidad de combatirlos en el punto donde el Rattapahl se abre en los varios brazos que luego forman el Delta. Me parece sabio. Creo que es el único punto medianamente septentrional donde las Milicias tendrían alguna posibilidad de victoria. En cuanto al Delta, habría que evacuar a sus habitantes y destruír cuanto pudiera ser de utilidad para los Wurms, pero esto requiere tiempo.

 

      -¿Y esta cruz negra?-inquirió Dagoberto de Mortissend, colocando su índice sobre el mapa, en un punto de las costas de Thorhavok.

 

      -De eso quería hablaros. El sitio que estáis señalando se llama Freyrstrande. ¿Habíais oído hablar de él?

 

       -Jamás.

 

      -Tampoco yo, hasta ahora. Es un lugar de costas bajas y arenosas bastante amplias, ideales para que los Wurms arriben, pues está desprotegido casi por completo. Los informes que han llegado a mí indican que sobre un promontorio cercano se levanta un pequeño castillo, Vindsborg, pero éste se encuentra abandonado. Y tierra adentro hay otra fortaleza, Kvissensborg, que se usa como prisión. Hay allí reclusos muy peligrosos a quienes se habría llevado a la horca en cualquier otra parte del mundo pero que en Thorhavok, vaya a saber por qué, hallaron clemencia, o la compraron. Entre otras buenas personas, allí está encerrado Sundeneschrackt.

 

      -¿El Terror de los Estrechos? ¿El pirata que hace doce años saqueó Drakenstadt por primera vez, al mando de una flota enorme?

 

      -El mismo. Thorhavok tenía, quién no, cuentas pendientes con Sundeneschrackt, y reunió una gran flota tripulada por intrépidos marinos y guerreros que acosaron a la de los Kveisunger, llegando a descubrir su refugio secreto, Svartblotbukten, donde se libró la última batalla contra ellos. Aparte del propio Sundeneschrackt, sobrevivió apenas un puñado de piratas, de los cuales algunos murieron más tarde en prisión. Parece ser que pagaron un buen precio por esquivar la horca, una parte del producto de muchos años de saqueo. El resto del botín nunca fue hallado.

 

      Dagoberto de Mortissend asintió. Recordaba perfectamente la furia del difunto Gudjon de Drakenstadt al enterarse de que los mismos forajidos que habían saqueado su ciudad se libraban de la pena máxima comprando su vida con los tesoros robados durante dicho saqueo.

 

      -No logro recordar-murmuró-. ¿Cómo se llamaba aquel pirata que durante el saqueo de Drakenstadt fue reconocido como el más temible de la tripulación de Sundeneschrackt? ¿El que por un pelo no mató a Gudjon?

 

      -Le decían Kehlensneiter. Tenían apodos muy dulces-ironizó Thorstein Eyjolvson; pues Kehlensneiter significaba cortagargantas.

 

      -Espero que al menos ése haya muerto. Decían que era una verdadera bestia sanguinaria.

 

      -Tengo entendido que hasta hace poco gozaba de buena salud... Pero volvamos a lo nuestro. Kvissensborg está al mando de un tal Einar, un segundón de la nobleza que prometió ayudarnos muy a pesar del Conde Arn, que no nos ve con simpatía. Einar ha hecho mil promesas a nuestros emisarios, creo que sin reflexionar. No será demasiada la ayuda que pueda darnos, teniendo tantos individuos peligrosos bajo su custodia. Sin embargo, algo podrá aportar, pero será mínimo.

 

       -Enviaremos hombres nosotros, supongo...

 

      Thorstein Eyjolvson meneó la cabeza.

 

      -Enviaremos uno solo-contestó.

 

      -¿Uno solo?-preguntó Dagoberto de Mortissend, asombrado-. ¿Quién?

 

      -Espero que vos podáis decírmelo-contestó el Gran Maestre del  Viento Negro-. Por lo general sois buen juez del carácter humano. Ha de ser un solo Caballero...y su escudero, naturalmente. Pero el Caballero elegido tendrá que valer al menos por veinte en cuanto a valor, astucia y carisma, si los Wurms atacaran Freyrstrande; porque estará casi solo. Y su escudero-añadió, señalando un punto en el mapa, algo al oeste de Freyrstrande-, en caso de ataque Wurm, cabalgará hasta aquí. Esto es Vallasköpping. Tenemos allí una guarnición que podría ayudar a salvar del desastre cuanto se pudiera salvar. Pero está a cierta distancia de Freyrstrande. Alguien, por ejemplo el escudero como acabo de deciros, debería ir a alertar a la guarnición, mientras el Caballero se las ingenia para detener a los Wurms.

 


      Dagoberto de Mortissend quedó pasmado. Le resultaba casi chistosa la idea de un solo hombre para detener a decenas de gigantescos reptiles, cuando ejércitos enteros apenas si podían encargarse de tal faena. Pero el Gran Maestre lo miraba con absoluta seriedad.

 

      -No entiendo qué queréis de mí-confesó Dagoberto-. Si fuera tan fácil encontrar a alguien que de dos golpes dejase noqueado a un Wurm, ya podríamos mandar a las tropas de regreso a casa.

 

      Eyjolvson lo miró con impaciencia.

 

      -Tomad asiento, por favor-dijo, señalando con la mano una silla de respaldo alto, cercana a su subordinado. Este se sentó mientras Thorstein hacía lo propio, tras enrollar el mapa y hacerlo a un lado. La mano de Thorstein se dirigió entonces hacia su copa de vino, que dejó vacía en pocos sorbos, después de no haberla probado  a lo largo de la conversación previa.

 

      Luego Thorstein dejó la copa sobre la mesa, se aclaró la garganta y comenzó a hablar. Después de que de su garganta saliera un gallo espantoso, se aclaró la garganta otra vez, sonriendo, y dijo:

 

      -Sería mucha mala suerte que a los Wurms se les ocurriera atacar Freyrstrande hoy, mañana, esta semana, la semana que viene. Yo no he estado allí, pero parece que el sitio no tiene buen aspecto. De hecho, puede que los Wurms jamás lleguen allí. No sé, tal vez en este mismo momento la guerra haya concluído, pero no podemos confiarnos. Freyrstrande carece de toda defensa contra los Wurms, y hay que solucionar eso. Además, están los grifos. Cerca de Freyrstrande hay no sé qué lugar, donde los grifos se han instalado a sus anchas: una colonia completa. Los primeros mensajeros que enviamos por los caminos que pasan por Freyrstrande volvieron aterrados por la cantidad de esas bestias que vieron. Algunas las atacaron. De un mensajero jamás supimos su destino, y creemos probable que los grifos lo hayan devorado. En cualquier caso, la gente de la aldea de Freyrstrand clama a gritos por protección contra esas criaturas. Allí son cosa nueva, y tienen asustados a los pobladores. Necesito que me recomendéis a alguien que, por un lado, solucione como pueda el problema de los grifos y, por el otro, que haga algo respecto a los Wurms. Ya os dije que Kvissensborg le ayudará en la medida que pueda. Que se haga ayudar también por la gente de Freyrstrand. No sé, que se haga ayudar por el mismo diablo, pero que haga algo. Más adelante, dependiendo de nuestra suerte, nosotros mismos podríamos enviarle refuerzos, pero no en este momento, a menos que Méntor nos traiga nuevas y más alentadoras noticias. El grueso de nuestras fuerzas debe concentrarse por ahora en Andrusia Occidental, y sobre todo en los sitios que son atacados por los Wurms. Ni en sueños podemos enviar tropas a una solitaria playa de Andrusia Oriental, de la que hasta Dios se debe haber olvidado. Así que hay que enviar a un solo Caballero con su escudero, y a nadie más. Pero si enviamos a uno solo, no podemos enviar a cualquiera. Algunos de nuestros hombres son bravos, disciplinados y duros, pero puestos a improvisar dan lástima. Necesitamos a alguien con ideas. Freyrstrande podría volverse un verdadero problema si no tomamos alguna medida.

 

      Dagoberto de Mortissend se rascó la barba, pensativo.

 

      -Pero es que no tengo a nadie que recomendaros-murmuró.

 

      -¡Sí, sí!-exclamó el Gran Maestre-. Os conozco bien. Siempre tenéis al hombre necesario... O tal vez seáis vos mismo ese hombre, quién sabe-añadió, guiñando un ojo. Sabía que al Capitán no le agradaría ir a defender una playa perdida en medio de la nada, y que antes que encargarse él, encontraría a la persona exacta.

 

      -Habría alguien, quizás-dijo Dagoberto de Mortissend, pensativo-. No sé si sea realmente apropiado, pero si él no es capaz, no sé quién lo sea.

 

      -¿De quién se trata?-preguntó Thorstein, interesado.

 

      -De Balduino de Rabenland.

 

      -No lo conozco. ¿Algo que ver con el Duque Eduardo de Rabenland?

 

      -Es uno de sus hijos. El menor de once, creo. Escapado de su casa a los trece años, tras una agria disputa con su padre.

 

      -Interesante referencia. Hace unos años traté con Eduardo-recordó Thorstein-. Era un imbécil lleno de humos. Fui a verlo con la esperanza de reclutarlo a él y a sus hijos varones en nuestras filas. Por supuesto, abordé el asunto con mucha cautela; no era cosa de decir así nomas que, secretamente, yo lideraba una Orden proscrita de caballería. Como al pasar, mencioné a "esos extraños Caballeros de armadura negra, con el halcón bicéfalo bordado en escarlata sobre la capa". Fue suficiente para que Eduardo profiriera un amplio surtido de barbaridades. El primogénito y el segundo hijo varón estaban presentes, y opinaban como el padre. ¿Qué tal es este otro?

 

      -Benjamin Ben Jacob podría responderos mejor que yo-gruñó Dagoberto de Mortissend-, porque lo entrenó él, e incluso lo tuvo de escudero y de bachiller.

 

      -¡El viejo Benji!-exclamó afectuosamente Thorstein, complacido-. Bueno, con semejante maestro, no tengo dudas respecto a las cualidades del discípulo...

 

      -Tenedlas-sugirió cortantemente Dagoberto de Mortissend.

 

      Eyjolvson lo miró con asombro.

 

      -Pero me lo estáis recomendando-señaló.

 

      -Bueno, hay cosas en él que no es posible pasar por alto-resopló Dagoberto-. Para empezar, parece que es astuto como el diablo. Tanto, que hasta Benjamin se alarmó en cierto momento. Tuvo la sospecha de que espiaba para nuestros enemigos, infiltrado en la Orden.  Y eso que Benjamin posiblemente no sabe o no sabía entonces de la opinión del Duque de Rabenland respecto a nosotros; si no, por las cosas que me ha contado, se habría alarmado todavía más. Así que, hace cuatro años, lo elevó al grado de bachiller y le asignó un sirviente, su actual escudero, que tenía el encargo de espiarlo. Pero no: Balduino de Rabenland al menos no trabaja para nuestros enemigos, de eso podemos estar seguros. ¿Recordáis la Coalición de Hallustig?

 

      -Cómo olvidarla-murmuró sombríamente el Gran Maestre. Dagoberto de Mortissend hacía referencia a una siniestra celada tendida a la Orden por enemigos de ésta, y que habría podido concluir muy mal para los Caballeros del Viento Negro, de no haber sido por uno de sus líderes más confiables, Benjamin Ben Jacob-. Nuestro buen judío fue, una vez más, un héroe...

 

      -También Balduino de Rabenland hizo lo suyo. Es más, su participación en ese asunto le valió ser armado Caballero pese a no tener la edad reglamentaria. La cosa fue así: olfateando la trampa, Benjamin nombró provisoriamente a Balduino lugarteniente suyo, y colocó bajo su mando a todos los escuderos. Lo exigía la situación, porque había que evacuar la aldea que supuestamente sería arrasada por los vasallos hostiles al Duque Adalbert de Hallustig, pero a la vez había que prepararse para una posible, casi segura emboscada. La misión de los escuderos al mando de Balduino de Rabenland sería escoltar a los aldeanos hasta un sitio seguro, mientras los Caballeros mantenían a raya al enemigo. La  orden era dirigirse hacia el Norte a través del bosque, pero Balduino decidió otra cosa por cuenta propia, y asumió la responsabilidad bajo juramento, de modo que los escuderos tuvieron que obedecerle. No recuerdo los detalles, ciertamente muy interesantes, pero era casi seguro que del otro lado del bosque habría fuerzas enemigas aguardándolos, porque hacia allí era la vía de escape más rápida y lógica, y la Coalición enemiga no querría que pudiera huir ni un hereje o Caballero del Viento Negro. Balduino dio una serie de órdenes y contraórdenes para despistar a cualquier posible espía enemigo mimetizado con los aldeanos, fingió cambiar de opinión varias veces, pero finalmente tomó unos pocos escuderos, y a éstos los hizo escoltar a las mujeres y niños a través del bosque, pero hacia el Este. A los aldeanos varones los puso bajo su mando. Con ellos engrosando sus huestes, simuló una falsa huida hacia el Oeste, en el punto donde el bosque se volvía más cerrado e impenetrable a medida que se avanzaba. Los enemigos apostados en el Norte, hartos de esperar, decidieron pasar a la acción. Fueron primero hacia el Sur y luego, engañados por el simulacro de huida montado por Balduino y sus hombres, se hallaron de repente encerrados entre éstos, que les surgieron por la espalda, y el bosque,  quedando irremisiblemente perdidos. Fue una carnicería. Parece que Balduino, con tan sólo dieciocho años, luchó con un valor que impresionó hasta a aquellos que lo odian... O sea,  todos.

 

      -¡Bravo! ¡Magnífico!-exclamó enardecida y jubilosamente el Gran Maestre-. ¡Os dije que hallaríais al hombre necesario! Helo ahí: valiente, astuto, con iniciativa propia y dotes de mando... Pero un momento-de repente quedó serio y no tan entusiasta, y preguntó:-. ¿Os he oído bien? ¿Cómo es eso de que todos lo odian?

 

      -Me asombraría mucho que así no fuera-gruñó Dagoberto de Mortissend-. Nunca vi un joven tan altanero y repugnante como ése. El dudoso honor de armarlo Caballero me cupo a mí, y pude advertir que sus compañeros de armas le tienen aversión. El único que le tiene algún aprecio es Benjamin... Bueno, mi madre también se lo tiene.

 

      -¡Ah, caramba!-exclamó Thorstein, sorprendido-. ¿Así que Doña Eleuteria lo conoce?

 

      -Sí y no, señor-repuso Dagoberto, suspirando-. Sí y no.

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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 15:56

III

      Los buenos y lejanos sucesos habían despertado en ambos Caballeros remembranzas teñidas de nostalgia; pero ahora estaban en medio de una guerra. Fue Dagoberto de Mortissend el primero en recordarlo:

 

      -Tenemos problemas en el Sur, señor-dijo a Thorstein-. Grupos armados están atacando a los Drakes. La gente sabe que estamos en guerra, pero no hay forma de que entienda que nuestros enemigos son sólo los Wurms. Para ellos, todos son sólo dragones.

 

      -¿Por ventura tendrá alguien alguna buena noticia para darme?-deploró Eyjolvson-. Igual, no es un gran problema. No digo que los Drakes no me importen-añadió, al ver que Méntor se mostraba ofendido-, sino que cuentan con buenas armas para defenderse solos.

 

      -Os recuerdo, señor, que los Drakes son una raza pacífica-dijo Dagoberto de Mortissend, mirando al gran Maestre con sus penetrantes ojos brunos.

 

      -¿Y qué? También nosotros. Ello no nos impide luchar para defendernos de los Wurms-replicó Thorstein.

 

      -¡Vamos, Narigón!-exclamó burlonamente Méntor-. ¿Qué tiene de pacífica la Estirpe de Adán? ¿Cómo puede llamarse pacífica una raza violenta como la tuya, cuyos escaldos, bardos y juglares componen canciones y gestas inmortalizando batallas que siembran ruina y desdicha por doquier? No es ésa la idea de paz que tenemos los Drakes. Nosotros bogamos por alcanzar las alturas y observar desde allí la vida y el paso del tiempo, molestando lo menos posible a otras especies. Nosotros sí somos pacíficos...hasta que dejamos de serlo, y destruímos cuanto se pone a nuestro alcance.

 

      -Tenemos una deuda con Méntor y su especie por el papel que jugaron en lo del Monte Desolación. Os ruego que lo recordéis-pidió Dagoberto de Mortissend.

 

      -Deuda enorme, que no dejo de reconocer; sólo digo que en este momento no tengo cómo pagarla-dijo Thorstein.

 

      -Lo correcto en ese caso sería presentarse ante el acreedor y explicar la situación-replicó Méntor.

 

      -¿Y qué acabo de hacer?-preguntó Thorstein-. Con gusto lanzaría a mis hombres en defensa de los Drakes, si me sobraran; ¡pero no me sobran!... Te he explicado la situación, pero no pareces inclinado a concederme una prórroga.

 

      -Yo no soy tu acreedor, sino tu amigo. A mí nada me debes-replicó el gran reptil volador-; pero a los demás Drakes, sí.

 

      -Dadme un minuto. Quiero poner en orden mis pensamientos-respondió Eyjolvson; pero le bastaron unos pocos minutos para tomar una decisión:-. Durante siglos, la gente ha dicho de los Drakes que eran la estirpe malévola de la serpiente que tentó a Adán y Eva. Los ha perseguido y maltratado injustamente. Cuando cedían a la cólera, se usaba el fin de su paciencia para justificar las acusaciones que les habían imputado. Durante dos décadas, poco más o menos, los Caballeros del Viento Negro fuimos igualmente perseguidos  y maltratados. Se dijo de nosotros que éramos bandoleros y soldados de Satán. Durante esa época nuestro camino, una vez, se cruzó con el de los Drakes, y trabamos cierta amistad con ellos, aunque más no fuera con unos pocos. Ahora que, tal vez, nuestra negra fama está a punto de ser olvidada, mientras que la de ellos continúa tan siniestra como siempre, es nuestro deber demostrar que el viejo lazo continúa manteniéndonos unidos unos a otros; que si los Drakes corren el riesgo de despeñarse, no desataremos el nudo, aun a riesgo de despeñarnos con ellos. Capitán-dijo a Dagoberto de Mortissend-, vos y yo tenemos unas cuestiones que tratar ahora. Cuando lo hayamos hecho, vuestra prioridad será reunir los hombres que juzguéis necesarios para proteger a los Drakes, y encargaros de que nadie dañe a éstos.

 

      -Así lo haré, señor. De todos modos, no necesitaré, creo, más de quince o veinte hombres, pero éstos deben tener presencia y autoridad más que ningún otra cosa. Quienes atacan a los Drakes son sólo cobardes deseosos de hacerse notar y olvidar su pusilanimidad, los estúpidos bravucones de siempre, los que valentonean con aquellos que no pueden, no quieren o no saben defenderse, pero salen huyendo si se les frunce un poco el ceño. Contamos con un grupo de muchachos nobles de corazón, justos y valientes, pero sin entrenamiento. En su mayoría son escuderos, aunque otros tienen rango aún más bajo. No obstante, desesperan por armarse en defensa de una causa justa; que defiendan ésta, entonces. No es que vaya a proporcionarles demasiada gloria, pero creo que el orgullo de embutirse en una armadura, embrazar un escudo y empuñar una espada o una lanza compensará su incompleta preparación.

 

     -Bien pensado. Y a los últimos pinches que halléis en la Orden, hacerlos escuderos de aquellos otros. Eso los incentivará, y de paso se sabrá que en nuestra Orden no valen la sangre noble o la villana, ni la pobreza o la riqueza, sino sólo el valor y el afán. Cuando lo sepa el gran Maestre de la Doble Rosa, que tanto desprecia a la plebe, querrá morir, pero su opinión no es importante.

 

      La última frase de Eyjolvson dejó helados a Dagoberto de Mortissend y Méntor el Drake, y una funesta premonición los silenció momentáneamente, hasta que el primero, con gran vacilación, formuló la pregunta que ambos temían hacer:

 

      -¿Qué Gran Maestre?

 

      -Tancredo de Cernes Mortes-respondió Thorstein, también sombrío-. Diego de Cernes Mortes murió hace dos días en el frente de batalla, en Drakenstadt. Con él cayó también Gudjon Olavson. Murieron como valientes, y existe la esperanza de que ambos, con su sacrificio, hayan puesto fin a la guerra, pues parece que mataron al propio Vodvorag o, al menos,  a un Jarlwurm de importancia, ya que todos los Wurms se replegaron en seguida a las Andrusias, y desde entonces no hemos sido atacados, ni ningún otro puerto, que sepamos; pero debo estar volviéndome viejo, pues nada de ello me sirve de consuelo.

 

      -Eran buenos amigos nuestros-murmuró Dagoberto de Mortissend-. Apena que quedemos tan pocos del tiempo del Monte Desolación.

 

      -La vida es así-contestó Eyjolvson-. Hicimos grandes cosas, pero nuestro tiempo se acaba, y estas cosas no hacen sino recordárnoslo. Pronto habrá sangre nueva sustituyéndonos. La función de los árboles viejos es brindar su sombra protectora a los nuevos, diría vuestra madre. A propósito-añadió, con un poco de miedo por la posible respuesta-: ¿cómo está Doña Eleuteria?

 

      -Igual que siempre, muchas gracias. Ya la conocéis, nunca se mantiene ociosa.

 

      -Y vaya si lo sé-murmuró Thorstein, pensando en aquella diminuta bruja de cabellos ya totalmente blancos que alguna vez lo había agasajado con su hospitalidad, y que cuando no estaba ocupada con hechizos o leyendo grimorios, se dedicaba a limpiar frenéticamente la casa, que siempre le parecía sucia aunque reluciera como la más pulida armadura-. En fin-gruñó-, será mejor que tomemos su ejemplo. Parecemos nosotros los ancianos, no ella. Méntor: ¿qué planes tienes tú?

 

      El Drake se irguió ligeramente.

 

      -Seguiré viaje hasta las Andrusias.  Veré qué puedo averiguar de los Wurms. Ha de ser, supongo, una especie afín a la mía, y tal vez no se me reciba mal, en tanto no imaginen que voy en misión de espionaje-contestó el reptil.

 

      -Está bien, pero cuídate, viejo-recomendó Thorstein.

 

      -Me cuidaré, Narigón. Y antes acercaré a Ramtala a este parásito que se me ha adherido al lomo.

 

      -¡Verdaderamente! Ya ni se acostumbra, parece, descabalgarse ante un superior. A lo sumo, y como gracia suprema, se quita el casco-bromeó Eyjolvson.

 

      -Excusad, señor-dijo dagoberto, turbado-, pero no es fácil desmontar de un Drake y después montar de nuevo; y vistiendo armadura, menos.

 

      -¡Pretextos, pretextos!-exclamó Thorstein, sonriendo; y añadió, mirando a su caballo:-. ¿Te das cuenta?... Sólo palacio propio les falta a estos dos. Yo permanezco de pie ante mi subordinado, quien no se digna bajar de su montura y me mira desde allí con altivez pasmosa; mientras que tú, el caballo del Gran Maestre del Viento Negro, ni echas fuego por la boca ni puedes volar, todo lo cual sería acorde con tu glorioso rango.

 

      El caballo le echó una larga mirada y soltó un breve relincho, como aprobando las palabras de su amo.

 

      -Bueno, ya hemos tenido una charla más larga que mi nariz, lo que no es poco-dijo Thorstein, acercándose a su cabalgadura y montándola-. Dadme una hora, y luego remontad vuelo-añadió, volviéndose hacia Dagoberto y Méntor-, pues no sería conveniente que llegarais antes que yo. No faltaría más, sino que os tomaran por enemigos y os atacaran, Al Sur de la ciudad hay una amplia dehesa, que desde el aire debería ser perfectamente visible; de modo que aterrizad allí. Desde ese sitió, Capitán, seguiréis viaje a caballo; haré que os acerquen uno, y ya en Ramtala, iréis a verme al palacio de mi hermano el Conde. Tengo algunos asuntos importantes que tratar con vos antes de enviaros a descansar del viaje. En cuanto a ti, Méntor, haz como lo planeaste. Si obtuvieras alguna información valiosa, sobrevuela Ramtala. Daré orden de que me avisen ni bien te vean, y nos reuniremos en la dehesa adonde os envío ahora. Allí me transmitirás lo que hayas averiguado. Ten cuidado, que me van quedando pocos amigos, y no quisiera perder tan rápidamente uno más; ¿de acuerdo?

 

      -Ajá. Dime: ¿ofreces protección a mi especie sólo porque soy tu amigo, o adviertes que los Drakes podríamos ser adversarios temibles para tu raza?-preguntó Méntor-. Siempre fuiste un guerrero notable, y ahora te has convertido en un gran líder de muchos como tú. Y no eres tonto. Toda paciencia se acaba algún día; y los Drakes, a fuerza de ser hostigados continuamente por los hombres, podrían aliarse contra éstos con los Wurms. ¿Temes eso?

 

      -Temo lo que dices y respeto a los Drakes por la amistad que te tengo-repuso Thorstein-, pero mis motivos son otros, Méntor. El triste aunque glorioso fin de Diego y Gudjon, hace dos días, me hizo consciente de mi propia mortalidad. Así que,  siguiendo recomendaciones de otros, estuve a punto de venir aquí trayendo una espada oculta bajo la capa, quebrantando las reglas de la tregua. Sé ahora que, de haberlo hecho, no habría podido esconderla bien, pues hay demasiado viento aquí. Y si otro y no tú hubiera sido el Drake que venía a mi encuentro, él podría haber interpretado como traición lo que para mí era mera precaución. El desastre que trataba de evitar al venir aquí, pude desatarlo yo mismo. La vida y la muerte es un juego de dados, y la buena racha no se mantendrá eternamente; pero ahora sé que, aun así, no se debe hacer trampa. Hoy tomé conciencia de hasta qué punto conviene seguir los dictámenes de la rectitud. Y conforme a esos dictámenes, mi deber es proteger a los tuyos. Eso es todo.

 

      Ante aquella declaración de principios, que Thorstein reiteraría varias veces a lo largo del resto de su vida e intentaría transmitir a sus subordinados, se hizo un largo silencio. Méntor fue el primero en romperlo:

 

      -Parece que has crecido-dijo.

 

      -¿Crecido? ¡Envejecido!-rio Thorstein.

 

      Y rápidamente partió al galope a lomos de su caballo, no fuera que la conversación continuase, especialmente si lo hacía en forma tan solemne.

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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 15:43

II

      Eyjolvson cruzó la campiña a todo galope. Conocedor de las tierras periféricas de Ramtala, eligió los caminos que le parecieron mejores para un encuentro con el Drake. Como éste seguramente vendría por aire y Thorstein deseaba hacerse ver por él, evitó las arboledas que pudieran mantenerlo oculto; pero, persuadido de que marchaba hacia su propia muerte, al menos quería darse a sí mismo una mínima oportunidad de sobrevivir. Había que tener en cuenta también que la bandera blanca no sería visible si de fondo el Drake tenía nieve, por lo que habría que agitarla contra algo que no fuera de color albo.

 

      Eligió finalmente, como punto de encuentro con la ciatura, la cumbre de un cerro muy bajo y erosionado, pero lo bastante alto para escudriñar desde él el horizonte y dominar un amplio sector con la mirada. La cima era rocosa y amensetada, y un afloramiento pedregoso en especial estaba libre de nieve. Poco más abajo empezaba el bosque, que luego se cerraba más y más. Si el reptil lo atacaba, el gran Maestre intentaría llegar allí y perderse en la espesura. Mejor sitio para aquella aventura no se podía pedir.

 

      Aún no había terminado Eyjolvson su ascenso cuando escuchó cuernos lejanos, provenientes de más al Sur. Vio un gran punto negro que se movía por los aires, y comprendió lo que sucedía: las aldeas cercanas comprendían que se acercaba el Drake, y llamaban para la defensa o, en última instancia, para la fuga.

 

      Afirmando la bandera blanca, Eyjolvson forzó la marcha, imbuido de pesimismo respecto a los resultados de su misión, pero resuelto a intentarlo a pesar de todo. Sólo deseaba que el Drake lo viera para, al menos, poder intentarlo.

 

      Fue como si fiera y jinete acudieran a una cita. El Gran Maestre del Viento Negro, al llegar al último tramo del ascenso, agitaba frenéticamente la bandera blanca, gritando como un réprobo en los Avernos, pues quería que el Drake, ya muy próximo, lo escuchara; y un fuerte viento fustigaba el cerro, de modo que era necesaria toda la energía de los pulmones y la potencia de la garganta para que su voz se impusiera sobre tal bramido. Thorstein no llevaba armadura, que en una fuga le resultaría más molesta que útil; pero lamentó no traer consigo el casco, que hubiera mantenido los cabellos aprisionados contra el cuero cabelludo, impidiendo que se le alborotasen y le entraran en los ojos. También comprendió que ninguna espada habría permanecido indisimulada bajo la capa soplando tales ráfagas, y este pensamiento lo felicitó por haber elegido los dictámenes de su conciencia y honor.

 

      Hubo en la cima un momento de susto, porque el Drake, viendo a Eyjolvson, quiso aterrizar en la cumbre, justo cuando Eyjolvson coincidía con él a lomos de su caballo; así que poco faltó para que el reptil volador, al aterrizar, aplastase al hombre y su cabalgadura. Tuvo que virar bruscamente y remontarse hacia arriba otra vez para evitar el desastre. El caballo estuvo a punto de desbocarse, y Thorstein necesitó de toda su autoridad sobre él para calmarlo. Pero de cualquier modo, lo logró, y el Drake aterrizó a su lado: un bello y enorme ejemplar, de cuerpo musculoso y extrañamente antropomorfo recubierto de escamas relucientes como esmeraldas, en el que destacaban un pico recio, córneo y curvo, y un par de ojos oblicuos, dos ranuras apenas, amarillos y carentes de pupila. Tenía largo cuello y no menos larga cola, y un par de magníficas, robustas alas membranosas, que le conferían un aspecto señorial y terrible.

 

      Ni bien terminó de controlar a su caballo, Thorstein Eyjolvson se volvió hacia el Drake, y sus ojos de color celeste lavado se abrieron como platos soperos, bajo los efectos de un enorme asombro, mientras sus tétricas sospechas previas se disipaban como niebla bajo el sol. Por un lado, porque el Drake no le era desconocido; por otro lado, porque un hombre de negra armadura de mallas metálicas venía montándolo, y Thorstein adivinaba quién era. Sintió sus propios nervios distenderse en la sonora carcajada que soltó. 

 

      -¡Méntor!-exclamó, dirigiéndose al Drake, mientras desmontaba e iba a su encuentro, confiadamente-. ¡No puedo creer que seas tú!... Me diste un susto mayúsculo, amigo.

 

      Vaciló en su interior, pensando si Méntor, después de tantos años, seguiría albergando sentimientos de lealtad y benevolencia hacia el género humano o si, por el contrario, venía a plegarse a los Wurms. El propio Thorstein no era el mismo que en su juventud, cuando él y el Drake se habían conocido.

 

      Pero Méntor inclinó respetuosamente su cerviz, y dijo con sonrisa amigable:

 

      -Hay algunas canas en tu cabello y arrugas en tu rostro...y en tu corazón, el mismo joven de dieciocho años, bondadoso, valiente y alocado al que conocí en los bosques de Penderwald.

 

      -El pobre joven que dices hace tiempo que no tiene tiempo de alocarse, Méntor-contestó Thorstein, devolviendo el gesto-. ¿Siempre he de verte con este bribón encima?-preguntó, guiñando un ojo y señalando al Caballero que jineteaba a Méntor-. Ahora que lleva armadura se ve más gallardo, ¿eh? Y pensar que yo mismo lo nombré Capitán.

 

      -Ajá. Teniendo en cuenta vuestros altos rangos, imagino que ya no os batís a puñetazos por la misma mujer; lo hacéis a punta de espada, ¿no?-preguntó Méntor, un tanto burlón.

 

      Thorstein se llevó una mano a la cabeza y se puso colorado, pero sonrió.

 

      -Qué necesidad tenías de recordarnos aquello-gimió con suavidad-. Eramos jóvenes y tontos, y teníamos los calzones en llamas. ¿Qué se podía esperar?...

 

      -Si de veras teníais en llamas los calzones-continuó Méntor, en el mismo impecable tono burlón-, no logro entender por qué ambos os batisteis en retirada al mismo tiempo, sin que espada alguna hallase su vaina.

 

      Thorstein se puso aún más colorado.

 

      -Demasiadas espadas para pocas vainas, Méntor, lo sabes tan bien como yo. Vamos, llevamos diecisiete o dieciocho años sin vernos tú y yo, de modo que, ¿qué tal si paras de recordarme todo aquello?... Y tú-añadió, dirigiéndose al hombre subido a lomos del Drake-, ¡quítate de una vez por todas ese maldito casco, que quiero verte tan colorado como yo lo estoy!...

 

      -Excusadme, príncipe-replicó el otro, obedeciendo.

 

      -Excusas aceptadas, Capitán. Vos siempre tan formal. Disculpad que, maquinalmente, os tuteara. Aunque paradójicamente mi sangre noble, que siempre os impidió tutearme, en su momento no fue obstáculo para hartarme a trompadas, haciendo que de ella se derramara bastante...

 

      -Villanías juveniles. Vos tenéis que entender-contestó el otro hombre, riendo-. Si hubiésemos sabido... ¿verdad?

 

      -Jamás entenderé por qué-respondió Eyjolvson, haciendo exagerados y bufonescos gestos de extrañeza-: todos íbamos tras la Doncella: el señor de Knummerkamp, Gotardo, Sturla, Gudjon, vos y yo mismos... Y depente,  ¡todos pusimos pies en polvorosa... ¿por qué sería?

 

      -Sorpresas que uno se lleva-repuso el hombre que montaba a Méntor.

 

      Era un individuo de más o menos la misma edad de Eyjolvson, barbado, de largo cabello negroazulado y mirada extrañamente magnética y penetrante. Daba la  engañosa impresión de que dicha mirada, que invitaba a la confianza, era capaz de sondear hasta los rincones más oscuros del espíritu humano.

 

      Dagoberto de Mortissend, que de él se trataba, era ahora uno de los pilares más firmes y resistentes de la Orden de los Caballeros del Viento Negro. El y Thorstein Eyjolvson se habían conocido alrededor de dieciocho años atrás, cuando ambos eran adolescentes, poco después de la erupción del Monte Desolación: un volcán de Nemorea despertado violentamente tras décadas, quizás siglos de sueño, provocando ruina en inmensas regiones. Unos habían culpado de la catástrofe a las brujas; otros decían que era un castigo de Dios por tolerar a los herejes, entonces particularmente abundantes en Nemorea y sus baronías limítrofes. Y entonces, defendiendo a punta de espada y de lanza a inocentes a los que se hacía pasar por culpables, aparecieron unos jinetes de armadura negra, con capas con un halcón bicéfalo bordado en ellas en hilo escarlata...

 

      Los Caballeros del Viento Negro todavía eran entonces  casi desconocidos en el Reino, y en nemorea fue aquélla la primera vez que se hicieron ver. Su lúgubre atuendo inspiró miedo al principio, y parte de los poderosos de Nemorea y su periferia sugirieron que los extraños jinetes salían del Infierno, por las noches sobre todo, para proteger a los adeptos del Diablo. Unos habrían recibido la noticia con simple curiosidad y otros quizás con indiferencia, de no mediar el hecho de que, según se decía,  comandaba la reducida hueste una joven bellísima y seductora pero extremadamente cruel, conocida como la Doncella de los Infiernos.

 

      La idea de una especie de valquiria bella y malvada, al estilo de Grimhild Gullinhorn, la insensible Mujer de Hierro que tan despiadadamente quebrantara la voluntad del valeroso Federico II, resultaba irresistible para muchos hombres, que de inmediato se consumieron en alocadas fantasías en las que su atractivo personal doblegaba a la aparentemente inconmovible Doncella.

 

      Por aquel entonces, Dagoberto de Mortissend, joven hijo de una bruja, recorría mundo en busca de aventuras y conocimientos; y se hallaba en Nemorea cuando el tremendo estallido del Monte Desolación. Ni bien supo de la Doncella, quedó como traspasado por una espada. No salieron mejor librados Thorstein Eyjolvson y sus amigos, llegados a Nemorea en respuesta a una petición de auxilio. Hubo celos y algunos puñetazos aquí y otros más allá, pero la dramática situación provocada por el estallido del Monte Desolación mantuvo solidarizados, en general, a quienes las pasiones intentaban separar. Y extinguido el fuego de la lujuria, ingresaron en la Orden nuevos miembros que luego resultarían esenciales, como Thorstein Eyjolvson y Dagoberto de Mortissend; y los Caballeros del Viento Negro superaron la prueba fortalecidos, igual que el acero tras su paso por la fragua.

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26 noviembre 2009 4 26 /11 /noviembre /2009 15:34

      El 25 de marzo de 958 un soldado proveniente de una fortaleza meridional de Ulvergard voló literalmente a lomos de su caballo para dar parte a las autoridades de Ramtala sobre la presencia, en el Condado, de un gran Drake, un dragón volador avistado en el cielo y rumbo al Norte. El soldado  había ganado ventaja en tiempo sobre el reptil porque éste, por alguna razón, había descendido a tierra en cierto momento, aunque no se sabía cuánto permaneció allí.

 

      Thorstein Eyjolvson, Gran Maestre de los Caballeros del Viento Negro, se hizo de inmediato preparar su caballo y una bandera blanca; y reuniendo a sus oficiales, les dijo:

 

      -Lo último que necesitamos es que los Drakes acudan a apoyar a los Wurms en la lucha. Puede que ése sea el propósito de éste que avanza hacia nosotros. Le saldré al encuentro, hablaré con él para saber sus intenciones y, si son las que temo, trataré de disuadirlo-y como alguien contestara que era muy peligroso, y que convenía enviar a alguien de posición menos elevada que un Gran Maestre, contestó Eyjolvson:-. Mis hombres se juegan la vida a diario en el frente, y me avergüenza no estar con ellos. Allí me tendrían si no hubiera tanto que organizar y si no fuera también ésa tarea de mi competencia. Pero en este caso correré el riesgo, que si por un lado es menor, pues los Drakes en general son pacíficos, se acrecentará porque no llevaré armas con las que defenderme si algo saliera mal. No tenemos a nadie que hable la lengua de los Drakes, y si este reptil va a malinterpretar la mímica de un mensaje, prefiero que sea la mía, para no poder culpar a nadie más que a mí mismo-concluyó; pero en verdad eran otros sus motivos, pues la muerte de Luciano de Escevolina en su momento había pesado sobre las conciencias de quienes lo habían dejado partir. No era justo que un valiente muriera de ese modo.

 

       Sería, por lo tanto, el propio Thorstein quien galopara al encuentro de la criatura. Antes de su partida, muchos le recomendaron, pese a que con ello se violaba el protocolo exigido para una petición de tre-gua, que se ciñese una espada al cinto, ocultándola bajo la capa, de modo que no se notase que estaba armado. Thorstein casi cedió pero, ya a punto de tomar el arma que le ofrecía su escudero, su nobleza y dignidad se irguieron en él, sobrepasando sus temores.

 

      -No-dijo-. Respetaré debidamente las reglas, y si está escrito que deba morir a manos de un enemigo que no hace otro tanto, que así sea. Pero al menos no seré yo quien dé un mal ejemplo que quede como un precedente a imitar por otros-y rápidamente dio la espalda y se marchó para poner fin a los insistentes ruegos, y para que el miedo no le hiciese aceptar la deshonrosa oferta.

 

      En el momento en que franqueó las puertas del Sur de Ramtala, pidió que se transmitiese a Erlendur Ingolvson la orden de hacerse cargo de la defensa de la ciudad a cualquier precio, si él no volvía, y que cada hombre asumiese como suya la tarea de apoyar a Erlendur en tal misión. Y seguidamente los centinelas vieron alejarse a aquel príncipe de larga nariz recta, mentón firme y mirada franca, compartiendo con él la certeza de que no regresaría.

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25 noviembre 2009 3 25 /11 /noviembre /2009 19:26

                                                                   VI                                                            

     En la década de 930-940 habían comenzado a aparecer en el centro del Reino unos jinetes de armadura negra, que primero fueron vistos con supersticioso temor como huestes infernales y luego identificados como una Orden de Caballería no reconocida que actuaba por cuenta propia en esas regiones. Su origen era misterioso y, por ese entonces, conocido sólo por ellos y un puñado de personas más. Tildados de salteadores y protectores de herejes, no tardaron en quedar proscritos, pero nadie sabía quiénes eran, pues en todo momento sus rostros quedaban ocultos bajo los cascos cuando se hallaban en acción. En algunas baronías se los acosaba con ahínco, pero sin éxito, pues una parte del pueblo los protegía. En general, sólo se los veía con desprecio, y los únicos que los combatían con tenacidad eran los Caballeros Custodios de la Doble Rosa, temerosos de ser suplantados en sus fueros por estos rivales a quienes consideraban forajidos y advenedizos. A esta Orden clandestina se la conocía como Caballeros del Viento Negro; quién los dirigía y cómo actuaban realmente, imposi-ble saberlo.

      Pero en aquel año de 958 Thorstein Eyjolvson, el hermano del Conde de Ulvergard, dejó una vez más estupefactos a todos, salvo a unos pocos que ya conocían el secreto, al confesar públicamente ser el Gran Maestre del Viento Negro. En toda Andrusia Occidental hubo nobles, segundones en su mayoría, que admitieron también su pertenencia a la misma. El gigantesco Gudjon Olavson, Príncipe Heredero de Norcrest, estaba entre ellos; lo que a nadie asombró teniendo en cuenta la amistad que lo unía a Eyjolvson. Y continuaron las sorpresas: Diego de Cernes Mortes, quien mantenía asimismo cierta camaradería  distante con Thorstein, admitió saber, desde hacía ya muchos años, que éste era el líder de la Orden proscrita. Y las Milicias de San Leonardo, encargadas supuestamente de combatir a los Caballeros del Viento Negro sin que hubieran puesto demasiadas energías en ello, confesaron en realidad haberlos protegido.

 

      Estas declaraciones deberían haber causado menos sorpresa. Por astutos y escurridizos que fueran los Caballeros del Viento Negro, no habrían podido evadir a las autoridades durante tanto tiempo con el solo apoyo del pueblo. Y la Orden clandestina demostraba cierta organiza-ción en su accionar, que delataba que se trataba de algo más que una simple aventura de villanos, como se pretendía: por fuerza un noble, un entendido en esos asuntos, tenía que estar dirigiéndola. ¿Y qué mejor candidato que Thorstein Eyjolvson, quien siempre se encontraba errabundo, supuestamente porque no sentaba cabeza? Fingiendo ir en busca de aventuras, él en realidad se había abocado a un proyecto muy serio, el de dar cohesión y método a la Orden proscrita.

 

      En otra parte se narra cómo Thorstein y otros príncipes, respondiendo a una petición de auxilio, iniciaron su primer contacto con los Caballeros del Viento Negro y conocieron a Diego de Cernes Mortes, entonces un simple Caballero sin rango, muy disgustado con la Orden a la que él mismo pertenecía, los Custodios de la Doble Rosa, que en gran medida lo llenaba de vergüenza ajena. Todos ellos eran muy jóvenes entonces, adolescentes o poco más que adolescentes, y se inclinaban más a respetar la Justicia que las leyes.

 

      A Thorstein y sus amigos, en especial, no les repugnó proteger a herejes. Allá en el Norte, el cristianismo no lograba todavía desterrar del todo las antiguas creencias paganas. Además, Thorstein llevaba ese nombre por un antiguo héroe muy respetado en toda Andrusia, Thorstein el Niño, en su tiempo paladín lo mismo de cristianos que de paganos. Por consiguiente, en los herejes anselmistas no vieron a un grupo de discípulos de Satán que profesaban doctrinas desviadas, sino a un puñado de valientes hostigados por un poder despótico, el de la Iglesia, a causa de su religión poco ortodoxa; y consideraron su deber apoyarlos con las armas.

 

      Thorstein admitía ahora estas cosas abiertamente porque, el pasado 10 de diciembre, dos días antes de que la flota al mando de Erlendur Ingolvson confirmara la presencia de los Wurms en las Islas Andrusias, había despachado dos cartas. En una, dirigida al Rey Gregorio III, confesaba liderar a los Caballeros del Viento Negro, a quienes defendía de ciertas acusaciones injustas, relativizando otras. Para ellos y para sí mismo solicitaba la amnistía y el reconocimiento oficial de la Orden, que se dispondría a defender las costas del Reino del ataque de los Wurms.

 

      La otra estaba dirigida a su segundo en la Orden, Cipriano de Hestondrig, ordenándole reunir  como pudiera a las huestes clandesti-nas y enviarlas a Ramtala, de donde serían derivadas, según las necesidades, a distintos puntos del litoral marítimo del Reino. Entre villanos y nobles, Caballeros y escuderos, la Orden estaba integrada por un respetable número de gente; la suficiente para defender las costas de manera eficaz, según confiaba Thorstein Eyjolvson.

 

      De esta manera, aquella guerra impensada proyectó por primera vez a los Caballeros del Viento Negro como la nueva y pujante fuerza defensiva del Reino. No obstante, el camino no se les presentaba fácil. Contaban con la aprobación y el apoyo incondicional de Diego de Cernes Mortes y de algunos otros Custodios de la Doble Rosa pero, para  la mayoría de éstos, la Orden del Viento Negro era una banda de delincuentes con armadura. Y si no lo era, así habría que presentarla para que no despojase de sus prebendas a los Custodios de la Doble Rosa, la Orden  más antigua, legendaria y caduca del Reino de Nerdelkrag.

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25 noviembre 2009 3 25 /11 /noviembre /2009 19:13

 

      Por aquellos días gobernaba sobre todo Nerdelkrag el Rey Gregorio III (946-958), monarca totalmente falto de energía, motivo precisamente que lo había llevado al trono. En efecto, el caos a la muerte de su predecesor, Lorenzo el Terrible (926-945) era tal, que entre los mediocres pretendientes al trono que se presentaron ante la falta de sucesión directa del difunto rey, él resultó la mejor opción, que permitió a hombres enérgicos y de buena voluntad salvar al país del desastre sin pasar por interminables reuniones de consejo y aún más interminable papeleo. Gregorio aceptaba todo lo que ellos le imponían, y en una situación de emergencia, esto era lo ideal; pero ya encarrilado el país, se esperaba de él que lo gobernara, cosa que jamás fue capaz de hacer. Ahora, algunos de los que lo habían llevado al poder, entre ellos Diego de Cernes Mortes y -más desde las sombras- Thorstein Eyjolvson, se lamentaban amargamente. Pero así y todo había que desear larga vida a tan mediocre soberano, puesto que ya era obvio que el Príncipe Heredero, también llamado Gregorio, era un imbécil de remate y gobernaría peor que su padre. Lo mismo padre que hijo serían un débil sostén donde apoyarse en caso de que los Wurms atacaran.

 

      La distancia representaba otra complicación. En malas condiciones, un viaje desde Drakenstadt hasta Cernes Mortes, la capital, podía demandar todo un año. El servicio de postas, naturalmente, acortaba mucho ese plazo; pero un prolongado intercambio de mensajes podía ser cosa de pesadilla, y por lo tanto las baronías septentrionales  generalmente preferían arreglárselas solas para afrontar sus dificultades. Ahora, sin embargo, necesitaban ayuda urgente y validada por un decreto real que nadie pudiera menospreciar sin desagradables consecuencias.

 

      Ahora bien: teniendo en cuenta que hasta a la alta nobleza del Norte se le había hecho difícil admitir la existencia misma de los Wurms salvo en el terreno del mito, era concebible que en Cernes Mortes el asunto fuera tomado como una especie de broma pesada, y que los consejeros de Gregorio III, más por ignorancia que por mala voluntad, reaccionaran con indolencia a las peticiones de ayuda, hasta que fuera demasiado tarde. Y no obstante, había que hacerse a la idea de que tal vez el Reino entero corría peligro. Si los Wurms alcanzaban el continente, nada les impediría hacerse fuertes allí, reproducirse, crecer en número, remontar los ríos y, un día, llegar a la mismísima Cernes Mortes. Pero, ¿cómo se convencía a los escépticos de la realidad de algo que parecía cosa de fábula? ¿Y cómo se obligaba a los cobardes a afrontar el peligro a la par de los valientes, sin orden del Rey?

 

      La cuestión era más grave de lo que parecía. Se despacharon mensajes urgentes al Rey, pero también a muchos otros destinatarios para ganar tiempo. Las Andrusias Occidentales estaban ya por completo bajo el aplastante poder de los Wurms, y los canales que las separaban se hallaban ahora totalmente vedados al género humano; y los gigantescos reptiles se acercaban más a las costas, con los Jarlewurms oteando el horizonte con mirada codiciosa desde lo alto de sus largos cuellos.

 

      Los Caballeros Custodios de la Doble Rosa se hallaban disemina-dos por todo el Reino. La suya era la Orden de Caballería más antigua del Reino, otrora gloriosa. Pero la flama de esa Orden estaba extin- guiéndose. Pasmaba la desidia con que los Caballeros de la Doble Rosa acudían cuando se requería que entraran en acción, obedeciendo sólo al Rey y a su Gran Maestre, en este caso Diego de Cernes Mortes. Cuando éste hizo un llamamiento a las comandancias de su Orden más próximas a las baronías en peligro, pocos le respondieron. Integraban la Orden príncipes de alto rango, segundones de la nobleza y hasta bastardos de la misma; actualmente, a los demás les estaba vedado el ingreso. Todos los renuentes esgrimieron pretextos para no acudir. En algunos casos, la cobardía pudo haber sido el verdadero móvil; en otros, pudo haberlo sido el escepticismo; en la mayoría, lo fue que la pertenencia a la prestigiosa Orden les interesaba sólo por los beneficios que implicaba. Esta fue la primera decepción que debieron afrontar los defensores de Andrusia Occidental.

 

      La segunda provino de Andrusia Oriental. No se pretendía que ésta enviara tropas de refuerzo, sino que se mantuviera en alerta, preparando defensas contra los enemigos que, de ser rechazados en Andrusia Occidental, podrían intentar un arribo a Nerdelkrag por otro sitio. Christendom, en especial, resultaría una tentación para los Wurms, porque allí el Río Rattapahl vierte sus aguas en un gran golfo, la Havnuvasmück o Boca de Kraken, así llamada por el monstruo que, según se decía, dormitaba en sus profundidades. El Delta del Rattapahl, vasto, próspero y abundante en ganado, carecía prácticamen-te de defensas, como no fueran unos pocos castillos dispersos en algunas islas. Fuera por ignorancia geográfica, temor a Kraken o porque el oro y los diamantes de Norcrest los sedujeran más que los rebaños de Christendom, los Wurms no prestaban atención a dicha baronía aún; mas, cuando lo hicieran, el Reino entero estaría perdido, a menos que se tomaran desde ahora medidas para detener a los gigantescos invasores. Pero la nobleza de Christendom recibió la noticia con estentóreas carcajadas, aunque el pueblo se inquietó. Algo más al Oeste, en la vecina Thorhavok, el Conde Arn, Caballero de la Doble Rosa, puso tantos peros que era obvio que no haría nada, en tanto que sus vasallos en general sólo fanfarronearon mucho, desatendiendo la real gravedad de la amenaza.

 

      Pero si los nobles de Andrusia Oriental se negaban a atender sensatos consejos, el pueblo no tenía por qué pagar su negligencia. Sería preciso que otros asumieran la responsabilidad de defender Thorhavok y Christendom a despecho de la nobleza de estas baronías. Para Diego de Cernes Mortes, era un  dolor de cabeza tan grande como el primero. 

 

      Además de la Orden de los Custodios de la Doble Rosa existía oficialmente en el Reino otra Orden de Caballería, las Milicias de San Leonardo, cuyo cuartel general se había trasladado estratégicamente desde Cernes Mortes a Blixton años atrás. Era lejos, pero no tanto como Cernes Mortes. Se envió un mensaje a su Gran Maestre, Genaro de Auricornia, y éste respondió sin pérdida de tiempo, enviando refuerzos al mando de su segundo en la Orden, Fabián de Trívonis, mientras él reunía al resto de sus fuerzas para sumarse a la lucha. Así pues, la Milicias de San Leonardo, Orden de Caballería religiosa, al menos se ponían por entero a disposición de los defensores de Andrusia; pero no era suficiente.

 

      Aún más al Sur que Cernes Mortes se hallaba Caudix, el Castillo de los Príncipes Leprosos. Más orgullosos aún que los príncipes de Drakenstadt, los Leprosos no cesaban de asombrar al Reino una y otra vez tanto por el coraje con que arrostraban el mal que corroía sus cuerpos como por la forma en que manejaban su señorío. Los más sanos de ellos eran guerreros. Hasta qué punto podrían ser útiles o con qué seriedad recibirían la petición de auxilio, imposible saberlo. Si no la tomaban en broma, se podía tener la seguridad de que brindarían la ayuda requerida, lo que tal vez despertara algunas conciencias y suscitara vergüenzas, si es que tales vergüenzas podían existir. Los Príncipes Leprosos enviaron los refuerzos requeridos, pero ello no significó que quienes hasta el momento se habían abstenido de acudir en socorro de las castigadas costas de Andrusia Occiden-tal enmendaran sus conductas; no se les movió un pelo ante el ejemplo que recibían de los Leprosos.

 

      El número de hombres movilizados hacia el Norte seguía siendo insuficiente. En marzo de 958 los Wurms lanzaron un  primer ataque tentativo contra Drakenstadt; en esa ocasión, sólo fueron Tröllewurms, aunque en seguida se les unieron tres Jarlewurms. Se acercaron rugiendo con ferocidad... y las catapultas respondieron en el mismo tono. En conjunto, ninguno de los dos bandos sufrió grandes pérdidas: se trataba de una simple escaramuza destinada a medir fuerzas. Al día siguiente, sin embargo, los Jarlewurms lanzaron otro ataque sorpresivo, que dejó exhaustos a los defensores. Los reptiles retornaron durante la noche, creyendo que pasarían inadvertidos; pero la poca luz que daba la luna bastó para delatarlos cuando estaban a punto de remontar el Krönungsalv, el río a cuyas orillas se levantaba la ciudad. Todos estos encuentros, si bien no muy graves todavía, dejaron en claro  (por si cabía alguna duda) que los Wurms estaban decididos a asentarse en el continente, y que no desistirían con facilidad. Todavía más: Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, las poderosas fortificaciones que custodiaban la entrada al Hrodsfjord, estaban ahora prácticamente sitiadas por los monstruos, y cuando el agua y los víveres se les agotaran, ambas fortalezas caerían con facilidad. Y además estaba el tema de los proyectiles: cuando no tuvieran ya piedras con las que combatir a los Wurms, los dos baluartes deberían desmantelarse progresivamente para proporcionarlas. En previsión a eso, los comandantes de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg decidieron no atacar a los sitiadores si éstos no tomaban la iniciativa en el ataque; y los Wurms nada hacían, sino esperar con paciencia a que ambos castillos desgastaran lentamente sus fuerzas. Por ahora en Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg no faltaban provisiones, puesto que se había previsto una maniobra así, pero había que pensar en una forma de quebrar el sitio y hacérselas llegar cuando fuera necesario...y prever que el intento podía fracasar y terminar en una gran pérdida de hombres, sin beneficio alguno para las fortalezas, que al menos podían por ahora comunicarse entre sí y con la ciudad usando palomas mensajeras sin que los reptiles lo notaran.

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25 noviembre 2009 3 25 /11 /noviembre /2009 19:00


   La gran mayoría de los poderosos de Ramtala se enfurecieron contra Erlendur Ingolvson por romper su juramento de silencio revelando al pueblo lo que se trataba de mantener en secreto, y exigieron llevarlo a juicio bajo diversos cargos, perjurio entre ellos; pero el hermano del Conde de Ulvergard se opuso. Thorstein Eyjolvson sabía que Erlendur sería sentenciado a muerte por sus obtusos mandos militares si se lo llevaba a juicio, porque los orgullosos oficiales rara vez eran clementes con quienes desobedecían sus órdenes. Pero en el Hammersholmsunde, frente a aquellos tres Wurms, Erlendur había demostrado valor y prudencia en dosis equilibradas, las cuales serían necesarias para defender Ramtala en caso de que los gigantescos reptiles la atacaran, y Thorstein declaró que por ningún motivo las sacrificaría inútilmente.

      Además, estaba el hecho de que el pánico provocado por la noticia se compensaba en parte por la arenga con que Ingolvson había levantado la moral del pueblo. Fuera de Ramtala, la noticia se expandía ahora con la rapidez fulminante de una plaga. Los ricos mercaderes, en general, embalaban sus cosas y huían hacia el Sur, y lo mismo algunos nobles; pero la mayoría de éstos eligió quedarse aunque más no fuera por dignidad. A los pobres no les quedó más remedio que continuar con su vida de siempre, en la mayor parte de los casos; pero se sentían más tranquilos ahora que al menos sabían exactamente qué peligro los amenazaba, y en Drakenstadt el pueblo se puso masivamente al servicio de sus señores. Por lo tanto, Erlendur Ingolvson obtuvo, sin juicio alguno, el perdón de su señor el Conde de Ulvergard y la indulgencia de la Iglesia, gracias a la intervención de Thorstein Eyjolvson. A dicha intervención, un día, agradecería Ramtala el seguir existiendo, cuando Erlendur encabezara la defensa contra los Wurms.

 

      El Reino entero, de muchas maneras, estaría en lo sucesivo en enorme deuda con Thorstein Eyjolvson en los años venideros, gracias a su actuación en aquel tiempo de crisis. Para la gente de Ramtala, que hasta entonces lo había considerado simpático pero irresponsable, fue una enorme sorpresa constatar hasta qué punto se había equivocado con él.

 

      En enero de 958 Diego de Cernes Mortes, Gran Maestre de los Caballeros de la Doble Rosa, llegó a Ramtala, de donde más tarde partió hacia Drakenstadt. Con él venían unos cuantos de sus Caballe-ros convocados en su momento, supuestamente, para luchar contra los piratas. Las ciudades casi se ofendieron al enterarse de los motivos de su venida, pero al mismo tiempo se sintieron aliviadas, tanto más cuanto que ahora las amenazaba  un peligro mucho mayor que los Kveisunger, los Wurms. Pero todo el mundo se preguntó quién habría llamado a Diego de Cernes Mortes, y se supo luego que había sido Thorstein Eyjolvson. Con ello este último pasó por cobarde, pues hasta entonces las ciudades siempre se las habían arreglado solas, mal que bien, con los piratas. Pero la verdad era que ya antes de las primeras referencias a la posible cercanía de los Wurms en las costas había intuido Thorstein que se avecinaba algo peor: no podía atribuirse a la casualidad que tantas calamidades -grifos, monstruos marinos, ataques piratas- vinieran del Norte una tras otra: algo más terrible debía empujarlas hacia el Sur.

 

      Ahora bien, había entre los Caballeros reunidos por Diego de Cernes Mortes un cierto Luciano de Escevolina, que dominaba bastante bien el habla de los Drakes. Se supuso que dicho idioma (y la suposición posteriormente se reveló cierta) podía ser idéntico o al menos parecido al de los Wurms; y Luciano de Escevolina se ofreció a hacer de intérprete, en un intento por llevar un mensaje de paz a los reptiles. Pero, si se deseaba la paz, en cambio no se la quería a cualquier precio. Muy por el contrario, los grandes barones de Andrusia Occidental no estaban dispuestos a entregar rescate alguno para conjurar la agresión de los Wurms, y los príncipes de Norcrest y Ulvergard, aunque por el momento los más amenazados por la presencia Wurm, menos que nadie. Como mucho y de mala gana, estaban dispuestos a reconocer a los invasores ciertos derechos sobre las Islas Andrusias donde, fuera de piratas y montañeses endurecidos, no vivía prácticamente nadie. Pero exigían a cambio que se permitiera a sus naves seguir surcando los canales, y pescar y cazar ballenas en ellos, y también focas en las islas.

 

      En Drakenstadt, Diego de Cernes Mortes intentó hacer variar de opinión al Duque de Norcrest, a sus allegados y a los altos capitanes. Obraba así porque no sabía qué apoyo brindarían los barones del Sur a los del Norte en caso de conflicto con los Wurms, y tenía nociones muy pesimistas al respecto. Pero los orgullosos príncipes de Drakenstadt, encabezados por el legendario Gudjon Olavson, se llenaron de ira ante la sola sugerencia. Respondieron que las riquezas de Norcrest pertenecían a la gente de Norcrest y que, si los Wurms eran enormes en tamaño, ellos lo eran en valor; y allí mismo juraron luchar hasta vencer o morir si los reptiles atacaban Drakenstadt. Diego de Cernes Mortes, para sus adentros, sonrió ante tal juramento, convencido de que eran sólo palabras. De haber visto hasta qué punto los grandes de Drakenstadt rubricarían con sangre tal juramento, se habría asombrado; pero él mismo no llegaría a vivir lo suficiente para constatarlo en forma cabal.

 

      De todos modos, había que intentar una paz con los Wurms, y ya que Luciano de Escevolina estaba dispuesto, se lo envió con esa misión en una pequeña barquichuela con sólo dos acompañantes para guiarla, puesto que él no era ducho en tal faena. Durante dos días nada se supo de él, y se temió que tal vez la embarcación hubiese zozobrado, aunque bajo ese temor yacía otro mucho más terrible. Pero al tercer día, los hombres de las fortalezas de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg, erigidas en sendos peñones a la entrada del Hrodsfjorde, el fiordo que dominaba Drakenstadt, asistieron a un espectáculo estremecedor: la barquichuela en la que había partido Luciano venía de regreso, pero al parecer sin ocupantes. Algo parecía empujarla, pero recién a cierta distancia se distinguió perfectamente el largo cuello de un muy  joven Jarlwurm emergiendo tras la popa y el velamen de la navecilla. Y entonces, de la garganta de la fiera, brotó un chorro de fuego y brea candente que bañó la barquichuela, convirtiéndola instantáneamente en una gran antorcha flotante. Tal la respuesta a la petición de pez transmitida por Luciano (y mejor ni imaginar el destino de éste y de sus dos compañeros de expedición): el comienzo de lo que se conocería luego como la Primera Guerra entre Hombres y Dragones.

 

      Los centinelas de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg guardaron en ese momento tétrico silencio ante lo que acababan de ver, no atreviéndose a hacer comentarios entre ellos por temor a que terminaran de desmoronarse sus ya muy deterioradas defensas anímicas. No querían ni pensar en cuántos reptiles similares a aquel debía haber en las Islas Andrusias, aguardando el instante oportuno para atacar. En el puerto de Drakenstadt, algunos habían llegado a distinguir también la distante barquichuela y la horrenda silueta enemiga; y sus exclamaciones habían congregado a una multitud que asistió horrorizada al incendio de la pequeña embarcación.

 

      La nobleza y los guerreros de Drakenstadt recibieron después los pertinentes reportes de Östwardsbjorg y Vestwardsbjorg sobre el particular. Al enterarse de las dimensiones de la criatura, que la bruma les había impedido apreciar y que superaban con mucho el tamaño de los Drakes o dragones voladores, hubo sin duda estremecimientos y caras sombrías. Comprendieron entonces las vacilaciones de Erlendur Ingolvson en el Hammersholmsunde, las que antes habían sido objeto de mofa en Drakenstadt.

 

      No obstante, preferían morir de pie y luchando en lo alto de las murallas de su amada ciudad antes que de rodillas ante un reptil invasor; de modo que decidieron ser prácticos y prepararse para la lucha que se avecinaba. Pero por primera vez compartían las inquietudes pesimistas de Diego de Cernes Mortes respecto al número de refuerzos que vendrían del Sur para apoyarles en la contienda.

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23 noviembre 2009 1 23 /11 /noviembre /2009 18:49

    No cabía duda, en efecto, de la relación expuesta por Erlendur. Los dragones en cuestión nada tenían que ver con los ejemplares que se conocían en Nerdelkrag, adonde, más al Sur, se llamaba dragón a cualquier criatura, real o imaginaria, de forma reptiliana y tamaño monstruoso. En el Norte se hacía una marcada diferencia entre dos especies, los Drakes y los Wurms. Los primeros eran enormes y podían volar pero, aunque a veces se pretendiera lo contrario, se mostraban en general pacíficos con los seres humanos. Estos eran los únicos dragones reales que había en el Reino, pero en el Norte se tenía una cierta noción de otros, los Wurms, más una pesadilla perpetuada en leyendas muy antiguas que algo de existencia concreta y confirmada. Se hablaba de dioses míticos y héroes fabulosos que habían luchado contra ellos pero, en general, su existencia era recibida con escepticismo entre las clases altas, que detentaban el poder y que ahora, desesperadamente, revolvían libros polvorientos tratando de reunir información útil para enfrentarse a aquellos monstruos cuya idea, hasta pocos días antes, les inspiraba sólo burlas. Entre las clases bajas, donde la calamidad y el heroísmo  estaban siempre presentes incluso en lo cotidiano, la incredulidad siempre había sido menor, porque sabían que la Desgracia nunca se harta lo suficiente, y que cualquier mal imaginable permanece aletargado esperando el momento de despertar y hacer daño; pero ni en este caso la imaginación hacía justicia a la realidad.

 

      Porque lo cierto era que los Wurms eran mucho más peligrosos de lo que se pensaba. En las leyendas antiguas, un héroe fuerte y valeroso acababa con ellos tras denodado combate; en la vida real, parecía difícil que todo un ejército pudiera enfrentárseles exitosamente.

 

      Los Wurms -según constaba en las antiguas fuentes consultadas a toda prisa por quienes tendrían la misión de defender las ciudades costeras de Andrusia Occidental y, tal vez, el Reino entero- habitaban las Islas de la Bruma, tierra de difícil localización, pero sin duda ubicada a remotas distancias de Nerdelkrag. Existían entre ellos dos castas muy bien definidas, los Jarlewurms y los Thröllewurms. Estos últimos eran guerreros serviles de los primeros, muy semejantes, según  las descripciones de crónicas contemporáneas, a los reptiles que llamamos cocodrilos, pero más grandes. En el mar eran espantosamente mortíferos, capaces de horadar a golpes de sus tremendos lomos acorazados los cascos de los barcos más grandes y resistentes; en tierra su eficacia menguaba, pero aun así su gruesa piel los hacía casi invulnerables, excepto en el dorso del cuerpo, en general más blando; el resto estaba cubierto de placas tan duras como una malla metálica. No podían echar fuego.

 

      Los Jarlewurms eran algo así como príncipes o aristócratas, los señores de las Islas de la Bruma, y a ellos se sometían los Thröllewurms. No tenían la piel tan dura como estos últimos pero, de todos modos, no era fácil atravesarla. Su cuello era muy largo, vomitaban cataratas de fuego y brea candente y sus patas eran más largas y robustas que las de los Thröllewurms, lo que les daba mayor movilidad que éstos en tierra firme. Tenían enormes alas, pero de naturaleza quebradiza, que no les servían para volar, sino apenas para aprovechar el viento favorable al propulsarse por mar, al modo del velamen de un barco. Estos eran, por lo tanto, los que Erlendur Ingolvson y sus hombres tomaron por drakkars.

 

      Los Wurms tenían fama de especie guerrera, conquistadora; y sus príncipes, los Jarlewurms, de codiciosos guardianes de tesoros. Los Bersiker habían luchado contra ellos en su primitiva Patria, la Ultima Thule; y las crónicas escritas que se preservaban en el Norte de Nerdelkrag, diferentes de las fantasiosas tradiciones orales, eran los relatos de esas luchas. Algunas veces, las historias más creíbles concluían con una victoria de los Bersiker, si se empleaba la astucia y se elegía un campo de batalla favorable; las más de las veces concluían en muerte, sangre y ruinas humeantes o, en el mejor de los casos, con el pago de un rescate para que los reptiles no atacaran. Pero debe agregarse que en este último caso los Wurms exigían barcas tripuladas que llevaran el rescate a los pies del VodVorag, título de realeza del Señor de los Wurms, soberano de las Islas de la Bruma; y por numerosos lamentos compuestos por madres desesperadas y esposas convertidas en viudas se sabía que ni barcos ni tripulantes retornaron jamás al puerto de partida.

 

      Estos eran los enemigos que ahora amenazaban el Norte del Reino, atraídos tal vez por difusos rumores de una tierra pródiga en alimentos y riquezas. Sin duda habían arribado primero a las Gröhelnsholmene, alborotando y desplazando a los principales pobladores de esas islas: los grifos. Hambrientos y sin hogar, éstos habrían emigrado primero a islas más meridionales, adonde tal vez habrían sido rechazados por sus congéneres o donde, quizás, el alimento fuera insuficiente para una población de grifos tan numerosa; de modo que, de allí, varias bandadas pasaron al continente. Era comprensible que el hambre los volviera tan feroces incluso con  la especie humana.

 

      Las ballenas y los delfines, a su vez, se habían aterrado al ver el Mar de Nerdel súbitamente invadido por criaturas cuya forma y naturaleza les eran extrañas. Esto provocó que ambas especies se internaran por canales que antes no solían frecuentar. Algunas manadas, huyendo de los Wurms, acababan varadas en la playa, tal como se las había visto. Tras las ballenas y delfines, a su vez, fueron los monstruos que se nutrían de ellos. Quizás esos mismos colosos del océano estuvieran intimidados por la presencia de los Wurms en sus dominios.

 

      Más al Sur, en las Kveisungersholmene, los piratas no habían dejado de advertir la amenaza que ahora se cernía sobre ellos. Tal vez en ese momento logró Blotin Thorfinn reunir una gran flota bajo su mando. En efecto, no era lógico pensar que podrían salir victoriosos de una lucha contra tan temibles oponentes, y aún lo era menos imaginar que hallarían clemencia, si la solicitaban en los puertos del continente para salvarse de la ira de los Wurms. Además, en el mejor de los casos, y admitiendo que esquivasen horcas y cárceles , la miseria los hubiera obligado a una vida de mendicidad o de trabajo honesto, y los Kveisunger no estaban hechos para ninguna de las dos cosas. Por consiguiente, sólo les quedaba aunar fuerzas, saquear los puertos más ricos y luego, con abundante botín, desembarcar en alguna playa desierta y repartir lo robado para iniciar una vida de riquezas, cada uno por su cuenta, en alguna ciudad de tierra adentro, donde sus caras fueran menos conocidas. Esa había sido el plan de la mayoría, pero no de todos. Una parte de los Kveisunger decidió atrincherarse en Broddervarsholm y luchar contra los Wurms si éstos los atacaban. Algo más de un lustro más tarde, una nave de Drakenstadt desembarcó en ese sitio, hallándolo en ruinas. Tantos signos de una valerosa resistencia contra los Wurms se hallaron, que cuando la noticia llegó a Drakenstadt no se pudo menos que honrar el coraje de aquellos aborrecidos pero heroicos enemigos, aunque posteriormente Broddervarsholm volvió a alzarse como un poderoso baluarte pirata y Drakenstadt lamentó que los Wurms no hubiesen hecho mejor su devastadora tarea.

 
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23 noviembre 2009 1 23 /11 /noviembre /2009 18:39



       La lista de desgracias aún no había concluído. Casi enseguida se produjo un recrudecimiento de la piratería. Los Kveisunger o piratas Kveisung eran producto del mestizaje de la antigua población andrusiana y los invasores Bersiker, y aunque aparecen mencionados en las crónicas desde el siglo IX, posiblemente sus actividades databan de mucho antes. Habían establecido puertos y fuertes en varias de las Islas Andrusias. Las ciudades más perjudicadas por sus correrías habían emprendido contra ellos expediciones punitivas tiempo atrás, pero de cinco islas no lograban desalojarlos: Aalsholme, Viskeholme, Mjornsholme, Hammersholme y Eriksholme, llamadas las Kveisungersholmene. En la cuarta de las nombradas se levantaba el infame puerto pirata de Broddervarsholm, definitivamente destruido, siglos más tarde, por Kjartan Maartenson de Drakenstadt. Pero a mediados del siglo X los Kveisunger estaban en pleno apogeo, y Broddervarsholm era irreductible, gracias a la solidaridad que unía a los piratas ante un enemigo común. Por lo demás, los capitanes Kveisunger eran orgullosos e individualistas, y no muy afectos a someterse a la autoridad de otro, aun tratándose de un par suyo. Sin embargo, a lo largo de su Historia los Kveisunger llegaron a aunarse casi por completo en tres ocasiones, al mando de otros tantos temibles individuos: primero bajo Sundeneschrackt, "el Terror de los Estrechos"; la última vez, bajo Daudsjarl, "el Príncipe de la Muerte". Entre uno y otro, en 957, era ahora el turno de Blotin Thorfinn, "Thorfinn el Sanguinario".

      Por esos días tan trágicos, las barcas pesqueras de los grandes puertos zarpaban también en flotas, razonando que de esta manera disminuiría el riesgo de ataques de monstruos marinos. Otro tanto hacían las escasas naves mercantes que por entonces continuaban funcionando en Andrusia Occidental. Se llegó a la conclusión de que motivos similares podían tener los Kveisunger para unirse, por segunda vez, bajo la autoridad de un solo hombre; si bien, como en las otras ocasiones, un cierto número de naves piratas se mantuvo al margen.

 

      En julio de 957, Blotin Thorfinn lanzó sus naves contra Drakenstadt., en un intento de saqueo. Pero la ciudad, rica, orgullosa y guerrera, ya había sido saqueada por los Kveisunger al mando de Sundeneschrackt en 946, un revés que había hecho tambalear su prestigio y su confianza en sí misma y que aún  le dolía en su amor propio. Sundeneschrackt se había llevado un buen botín, causando grandes daños.  Aun ahora, Drakenstadt rumiaba venganza y casi anhelaba un segundo intento por parte de los piratas. Por lo tanto, Blotin Thorfinn halló enconada resistencia, y debió partir con un botín exiguo y fuerzas mermadas. Sus malandanzas, sin embargo, no terminaron allí, y dirigió sus naves, ahora más exitosamente, contra Gullinbjorg, Vestvik y Svendstrand. Quiso luego ir más hacia el Este, pero una flota que lo esperaba en pie de guerra en Bersiksbjorg lo hizo retroceder. Mientras tanto, los señores de Norcrest, Ulvergard y Führinger decidieron unir sus naves a fin de darle caza.

 

      La nobleza y los guerreros de Andrusia Occidental, habitualmente jactanciosos, se mostraban reservados y sombríos ante tanta desgracia junta. El pueblo no tardó en notarlo, y se preguntó el motivo. Ni los príncipes ni sus tropas acostumbraban amilanarse fácilmente, pero en los ojos de muchos de ellos se leía un auténtico e inexpresable miedo. Obviamente no se trataba de los grifos, ni de los monstruos marinos, ni de los piratas Kveisung; nada de esto era capaz de doblegar el coraje de los paladines de Drakenstadt y Ramtala, aunque se presentara todo a la vez. Y sin embargo, ¿cómo podía explicarse, por ejemplo, que el hermano del Conde de Ulvergard, que se llamaba Thorstein Eyjolvson y a los treinta y cinco años seguía siendo un aventurero tarambana, valeroso y charlatán, de golpe y porrazo se mostrara taciturno y como agobiado bajo el peso de una enorme responsabilidad, y despachara correos a diestra y siniestra? La gente sentía que, por algún motivo, se le escamoteaba información.

 

      Por aquel entonces la lucha contra los piratas continuaba librándose, y muy exitosamente. Los bastiones piratas del Sur de las Kveisungersholmene no eran más que ruinas, y las costas parecían seguras. La flota de Thorfinn el Sanguinario continuaba existiendo, pero había sufrido infinidad de reveses y todo indicaba que se mantenía errante por los mares, sin atreverse ahora a intentar nada contra los puertos del continente. Subsistía, sin embargo, Broddervarsholm, el más poderoso reducto Kveisung, adonde quedaban suficientes capitanes piratas independientes y adonde el mismo Thorfinn podía volver en algún momento a lamerse las heridas antes de lanzarse nuevamente a la carga. El grueso de la flota que acosaba a Thorfinn decidió, por lo tanto, atacar y destruir Broddervarsholm, pero tres naves fueron enviadas de regreso al puerto de Ramtala, cargadas de botín recuperado de los piratas y con numerosos Kveisunger prisioneros en las bodegas.

 

      Y en verdad, de las mazmorras donde ahora se interrogaba a estos prisioneros piratas estaba brotando una información inquietante, que se iba confirmando poco a poco. Esa información constituía la pieza que faltaba para terminar de armar el rompecabezas que explicaba los sucesos de aquel año pero, de momento, se prefirió mantenerla en secreto. Sin embargo, los héroes de la lucha contra los piratas  vueltos a Ramtala en eses tres naves no habían regresado  jactanciosos, sino adustos y tensos, como frente a un gran peligro y preparándose para un fin inminente, y por esto comprendió el pueblo que las cosas de verdad estaban mal, aunque quisiera hacerse creer lo contrario. Además, estaban reforzándose murallas y construyéndose catapultas. Con gran discreción, se evaluaba con la mirada a los hombres sanos, como considerando la posibilidad de engrosar con ellos las tropas; y en Norcrest, donde las reservas auríferas parecían inagotables, directamente se invitaba a los jóvenes a formarse en las armas, ofreciéndoles salarios que a veces triplicaban la paga normal de los soldados novatos.

 

      La opresiva atmósfera alcanzó su clímax cuando algunos advirtieron las lejanas llamaradas que de noche se veían en algunas islas. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Hasta entonces, el pueblo, contra toda evidencia, había intentado mostrarse optimista. Al fin y al cabo, si los puertos estaban padeciendo una racha de auténtica mala suerte, al menos a veces una calamidad anulaba otra; como cuando en Gullinbjorg una nave de Blotin Thorfinn, quien a la sazón atacaba dicho puerto, se alejó imprudentemente del resto de la flota y fue hundida por un monstruo marino. Y los grifos estaban dejando de ser peligrosos en algunos puntos de la costa donde varaban más a menudo ballenas y delfines, puesto que se nutrían de la carne de esos animales, hartándose tanto que, en ocasiones, se les dificultaba remontar vuelo. Pero aquellas  llamaradas, que unos atribuyeron a incendios en las Kveisungersholmene (provocados sin duda por la flota que hostigaba a los piratas), para otros eran volcanes entrando en erupción, uno tras otro. Algunos insistían en que esos fuegos, lenta y paulatinamente, se acercaban hacia el Sur.

 

      Este nuevo misterio acabó de transtornar a algunas personas, que pronto contagiaron sus temores a otras, en una alarmante oleada de histeria colectiva. Se afirmó que el fin del mundo estaba cercano; que los acontecimientos que se estaban desarrollando eran las primeras señales; que las autoridades temían que la bestia 666 se hallara próxima a surgir del océano. Las iglesias se atestaron de gente temerosa que invocaba la clemencia de los Cielos.

 

 

      Por fin, el 8 de diciembre de aquel año, la flota enviada para acabar con Broddervarsholm retornó a Ramtala sin haber cumplido con su misión y trayendo noticias estremecedoras, pero que al menos confirmaban las revelaciones obtenidas de boca de los prisioneros Kveisunger en las mazmorras, arrojando luz sobre los sucesos de aquel año tan inusual. Erlendur Ingolvson, el joven comandante de la flota, no había estado de acuerdo con el hermético silencio impuesto por las autoridades acerca de las sospechas que se barajaban en torno a dichos sucesos, pero finalmente juró no hablar porque en ese entonces, de cierto, nada se sabía. Sin embargo, ahora que disponía de datos concretos, consideró su deber enterar al pueblo de lo que había visto con sus propios ojos; y fue lo que hizo  ni bien pisó tierra firme, iniciativa ésta que más tarde le acarreó muchas dificultades.

 

      Ingolvson contó que la flota bajo su mando surcaba el Hammersholmsunde, el canal que separaba las islas llamadas Viskeholme y Hammersholme, cuando ocurrió el hecho que lo decidió a hablar. Los barcos navegaban, naturalmente, con proa hacia Broddervarsholm, decididos a acabar con el más poderoso reducto Kveisung; pero jamás llegaron allí, porque en el Hammersholmsunde avistaron una solitaria nave pirata que avanzaba hacia su encuentro, doblando el Jotunviken, el cabo más occidental de Hammersholme. Cuando los piratas divisaron la formidable flota enemiga que se les venía encima, retrocedieron, doblaron una vez más el Jotunviken y navegaron hacia el Norte a fuerza de brazos, ya que la dirección del viento no era favorable. La flota de Erlendur Ingolvson  llevaba ya bastante tiempo navegando, y sus tripulantes estaban exhaustos. Pero él, pese a su juventud, sabía cómo extraer energías en sus subordinados cuando no las había; y de inmediato, los remeros de la nave capitana bogaron con renovados bríos, lanzándose en persecución de los fugitivos tras una encendida arenga de su comandante. El resto de la flota hizo lo propio, al sonido del cuerno y el redoble del tambor.

 

      Ahora bien, al doblar los piratas el Jotunviken, la nave había quedado momentáneamente fuera de la vista de sus enemigos. Cuando éstos la divisaron nuevamente, advirtieron que se aproximaban al barco lo que parfecían tres enormes drakkars. Eran  éstas naves ya pasadas de moda, con proas en forma de cabeza de dragón, muy usadas por el pueblo Bersik en sus tiempos de conquista y pillaje; pero ahora hacía décadas que no se las veía en los mares. Resultaba extraño, por consiguiente, verlas reaparecer allí, en el Hammersholmsunde. Pero una parte de los hombres al mando de Ingolvson provenía de Drakenstadt, donde se creía que los barcos hundidos de sus antepasados emergían tripulados por marinos y guerreros esqueléticos para ayudar en momentos de peligro; de modo que, para muchos, aquella visión era un buen augurio, y prorrumpieron en gritos jubilosos ante ella. Otros quedaron confundidos, ya que notaron que el velamen de los supuestos drakkars se extendía en forma horizontal, no concordando con lo que se creía recordar de tales embarcaciones. Pero cuando de las supuestas proas de los hipotéticos drakkars brotaron sendos chorros de fuego y brea candente, no hubo lugar a dudas: no se trataba de tres naves de guerra, sino de otros tantos gigantescos, voraces y temibles dragones de carne y hueso.

 

      Erlendur Ingolvson, el único que esperaba algo así por estar al tanto de los informes secretos, ordenó a la flota detener de inmediato la marcha, pero se opuso tajantemente a la idea de regresar a Ramtala de inmediato. No era que no tuviese tanto miedo como sus hombres; al fin y al cabo, ante él había enemigos de cuidado y mal conocidos. Pero confiaba en el poder de disuasión de su flota, y pensaba que una fuga, en aquellos momentos, era mala idea. Por lo que él sabía, en los canales de las Islas Andrusias no había sólo tres dragones, sino una cantidad pavorosamente mayor; y si toda una flota escapaba de sólo tres reptiles, éstos se envalentonarían y, en número más grande, podrían animarse a atacar las costas. Así que, haciendo uso de toda su autoridad, logró mantener a la flota unida e inmóvil allí donde se había detenido, mientras los tres dragones atacaban la nave pirata. Ante sus ojos, las fieras devoraron a los Kveisunger e incendiaron primero el velamen y luego el resto de la embarcación; y luego desviaron su atención hacia la flota que, desde la distancia, los aguardaba en actitud desafiante.

 

      Los dragones lanzaron furiosos rugidos que resonaron en ese tramo del Hammersholmsunde, y aun más allá. Al oírlos, Erlendur Ingolvson pasó instantes penosos, ignorando si los rugidos distantes que llenaban el aire eran meros ecos, o respuestas de otros dragones a la voz de los primeros y, en este último caso, si su función  era reunir al grupo entero de monstruos para atacar en gran número, o apenas  intimidar. Erlendur, indeciso, vacilaba entre ordenar a la flota permanecer en su sitio, o hacerla zarpar de regreso a Ramtala. Cualquier medida que se tomara podía acarrear un desastre del que él sería el único responsable. Finalmente, optó por seguir allí, pero dispersando un poco los barcos para que éstos dispusieran de mayor maniobrabilidad en caso de verse corzados al combate, y también para dejar libre una salida por la retaguardia si a los reptiles se les ocurriera rodearlos.

 

      Una hora más tarde, tiempo durante el cual hombres y dragones no hicieron más que estudiarse mutuamente con desconfianza, los reptiles se marcharon y Erlendur Ingolvson, con cautela y temiendo que la partida de los monstruos no fuera más que una treta, ordenó el regreso a Ramtala. Tenía los nervios hechos trizas, y la firme convicción de que ya no era sabio ni honesto continuar ocultando al pueblo la presencia de dragones surcando los estrechos de las Islas Andrusias, y próximos, quizás, a atacar el continente. También sabía que la noticia podría sembrar el pánico entre la población, que tal vez las autoridades continuaran negándose a hacerla pública hasta que el peligro estuviera ya ante los muros de las ciudades y castillos costeros y que, si él rompía su juramento de silencio, se exponía a ser castigado incluso con pena de muerte. Se mostraba además muy pesimista respecto a las posibilidades que había de vencer a los dragones, en caso de que éstos atacaran en masa. En definitiva, no sabía qué hacer.

 

      Sin embargo, fue serenándose a medida que la flota se acercaba a Ramtala, tal vez porque tomó conciencia de que, en el Hammersholmsunde, había procedido con cordura y valor frente a un enorme peligro, y no le había ido mal. Eso renovó su coraje y lo mantuvo firme en su resolución de quebrar el silencio. Frente a una multitud espectante narró, en el puerto de Ramtala, lo que él y sus hombres habían visto, y su relación con todos los anteriores sucesos de aquel año. Sus palabras fueron recibidas con miedo creciente; pero entonces siguió una larga arenga, de aquellas que sólo Erlendur sabía hacer, pronunciada con bravura, y que concluyó de esta manera:

 

      -Lo que hizo huir a grifos, ballenas y monstruos marinos, no nos hizo huir a mis hombres ni a mí; ¡y lo que está sembrando la ruina entre los piratas tendrá que rendirse ante las invencibles murallas de Ramtala, Drakenstadt, Helmsberg y el resto de nuestros legendarios y gloriosos puertos!

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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