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12 agosto 2010 4 12 /08 /agosto /2010 20:13

       Aún se hallaban despiertos faltando pocos minutos para la medianoche, acostados juntos frente al hogar mientras contemplaban fascinados los leños que allí crepitaban chisporroteando con mucho brío. Balduino rodeaba a Gudrun con su brazo y, cada tanto, la besaba en distintas partes del cuerpo, sobre todo en el nacimiento del cuello. Este último contacto ponía a Gudrun al borde del delirio, y se quedó preguntando si él lo hacía a sabiendas de la reacción de ella o si obedecía a preferencias propias. Ni siquiera estaba muy segura de que le gustara la caricia en sí misma o por ser la más recurrente en el hombre que tenía a su lado, al que ella tanto amaba. Sólo sabía que rodeada por aquel fuerte brazo masculino se sentía feliz, protegida y en paz; sentía que en esos instantes le estaba permitido relajarse, dejar de lado su voluntad, olvidarse de sus necesidades y deshacerse de la obligación de ser dura para resistir los embates de la adversidad.

 

      -Lamento no tener la necesaria confianza y valor para expresaros con franqueza lo que siento-se disculpó de pronto en un murmullo.

 

      -Sé que no me traicionarías, así que no me molesta adivinar. El misterio te favorece, te hace más excitante. Uno no puede evitar sentir algo de riesgo a tu alrededor; pensar que si uno da un paso en falso en su conducta lo perderá todo y...

 

      Y allí terminó el diálogo, porque entonces se oyeron afuera relinchos y golpeteos de caballos que venían al galope y se detenían junto a la cabaña; a lo que siguió la voz de Anders llamando a gritos a Balduino.

 

      -Siempre tan oportuno...-rezongó éste, incorporándose y vistiéndose a toda prisa-. ¡Ya va, ya va!-exclamó, en vista de que Anders no paraba de llamarlo a voces. Más vale que tenga una buena razón para venir aquí, pensó.

 

      Otro jinete acompañaba a Anders. La noche estaba demasiado oscura para reconocerlo de inmediato, pero se trataba de uno de los habituales correos que pasaban por Freyrstrande haciendo el trayecto de Drakenstadt a Danzig y viceversa; lo identificó por la voz:

 

      -Creo que entenderéis que no me apee-se excusó el joven mensajero-. Llevo prisa, traigo malas noticias pero ningún mensaje escrito, sino sólo un recado verbal, y vuestro escudero insistió en que os lo transmitiera personalmente.

 

      El tono era lúgubre, pesimista.

 

      -Te escucho-dijo Balduino.

 

      -Drakenstadt ha caído bajo los Wurms-dijo entonces el mensajero, y las palabras dolieron más que el fúnebre ulular del viento o su cruel e incesante fustigar en los rostros; y antes de que Balduino pudiera asimilar la increíble noticia, el mensajero prosiguió:-. La ruina no era total cuando se despacharon los correos para difundir la noticia, pero tampoco quedaban esperanzas, pues habían entrado Jarlewurms en la ciudad,  y siempre se estimó que , llegadas las cosas a ese punto, nada podría hacerse.

 

      Sobrevino un silencio tétrico, como en señal de duelo por el más poderoso baluarte de Andrusia; un silencio brevísimo pero intenso, durante el cual mil imágenes a la vez pesadillescas y heroicas acudieron a la mente de Balduino, como calcos de otras tantas que realmente habían tenido lugar en Drakenstadt el día de la Gehenna... Sólo que con el final cambiado. La noticia derrotista de la caída de Drakenstadt se había difundido demasiado prematuramente, y su desmentida no avanzaría con la misma celeridad.

 

      -Dispensadme, señor, pero debo proseguir mi camino-dijo el mensajero, cortés pero firmemente.

 

       -Sólo dos preguntas más-repuso Balduino, todavía aturdido-. La primera: ¿qué órdenes tenemos?

 

      -Ninguna nueva por el momento, señor, como no sea manteneros alertas y con el coraje en alto... ¿Y vuestra segunda pregunta?

 

      -Uno de mis hermanos estaba luchando en Drakenstadt, no sé cuál de ellos. Tal vez puedas decírmelo.

 

      No era el primer familiar o amigo por el que le preguntaban al mensajero desde el inicio de la guerra, pero sí el primero por el que no podía brindar siquiera una sola palabra de esperanza o aliento, tan absoluto parecía el desastre. Se sintió mísero e insignificante.

 

      -Sí, nos vimos en una ocasión. Me preguntó por vos-contestó.

 

      -¿Preguntó por mí?...-inquirió Balduino, estupefacto. De ninguno de sus hermanos hubiera esperado tal deferencia.

 

      -Sí, señor. Un muchacho algo mayor que vos y pelirrojo igual que vos, pero de ojos verdes. Tenía el rostro desfigurado por el fuego de los Jarlewurms; aun así, conservaba un resto de apostura...

 

      -Edgardo-murmuró Balduino, inexpresivamente.

 

      Anders se sobresaltó ante aquella voz. Era la de alguien que de golpe ha recibido en su alma todo el impacto de una montaña de hielo desplomada. No entendía el por qué de aquella reacción, si Balduino jamás había manifestado el menor afecto por sus hermanos; pero comprendía que estaba afectado por lo oído. De inmediato desmontó y ocupó el puesto que le correspondía junto a su amigo, colocándole una mano en el hombro en silencioso apoyo moral.

 

       Ni el propio balduino hubiera sabido explicar por qué tenía tan sensación de bruscamente haber quedado trunco. ¿Y qué, después de todo, si Edgardo había preguntado por él? Tal vez había sido simple curiosidad y nada más. Y si vamos al caso, Anders es más hermano que cualquiera de mis verdaderos hermanos, Edgardo incluido, y tengo aquí a mucha gente que ha sido más familia que mi verdadera familia. ¿Seré un ingrato?, pensó. Así se reflexiona cuando no se comprende la fuerza de la sangre; cuando ésta busca, para una situación en apariencia absurda, respuestas que tal vez nunca obtenga. Alguna vez, había querido a Edgardo hasta la idolatría. En ese momento-suponía-, Edgardo le retribuía el afecto. ¿Por qué, entonces, se habían distanciado tanto espiritualmente, aun cuando la distancia física fuera en aquel entonces corta?

 

      Anders escuchó sollozos espásticos. Extrañamente, no eran de Balduino, sino del mensajero. No entendió ese llanto. El no, pero Balduino sí. Lo entendió mucho antes de oir la explicación del joven:

 

       -Lo siento, señor, no imaginaríais cuánto. Es como si vuestra pérdida fuera también mía. Desde que empezó esta guerra, odio este trabajo, que antes amaba, porque me permitía conocer otros lugares y otras gentes. Gentes que hoy están muriendo a montones entre las fauces de esos monstruos sin alma... No hay ciudad de Andrusia en la que no tenga conocidos y a la que no tema regresar, pensando que muchos de ellos habrán muerto de manera espantosa. Creedme: he quedado en ruinas junto con Drakenstadt.

 

      Balduino sonrió, agradecido, en medio de la noche y en medio de su melancolía, de aquel sentimiento empático.

 

      -Se nos ordenó mantener el coraje en alto-dijo. Hagamos eso. Sigue adelante, en todos los sentidos... Y que Dios te guíe y te acompañe-añadió, aun sin ser creyente.

 

      Todavía estremecido por sollozos, el mensajero intentó decir algo, pero las palabras se atoraron en la garganta; por lo que se contentó con hacer una inclinación de cabeza antes de volver grupas y desaparecer en la noche, transido de pena.

 

      -Regresa a Vindsborg. Yo estaré bien-dijo Balduino a Anders.

 

      -¿Estás seguro?...-preguntó Anders, indeciso. El rostro de Balduino contradecía sus palabras.

 

      -Completamente. Necesito tiempo para asimilar esto, nada más.

 

      Anders todavía vacilaba. Balduino, impulsivamente, lo abrazó.

 

      -Cómo podría no estar bien, contando con gente como tú sosteniéndome en momentos de dolor... Vé tranquilo.

 

      Anders asintió, aunque con cierta repugnancia a dejar a Balduino solo con su pena. Mientras montaba de nuevo sobre Slav, vio que Gudrun se había vestido también y salía de su cabaña, desconcertada sin duda por la demora del pelirrojo.

 

      -¡Cuídalo bien, por favor!-pidió en un grito, antes de partir al galope; y Balduino pensó en ese muchacho leal y alegre al que tan mal había tratado en otro tiempo y que, sin embargo tanto se preocupaba por él. Y por estar muy sensible o, quizás, muy tonto (elija cada uno lo que más le guste) no pudo evitar que sus ojos se anegaran de lágrimas emocionadas y agradecidas.

 

       Gudrun no sabía qué estaba pasando y prefirió no preguntar al respecto; ya se lo diría Balduino cuando deseara hacerlo. Pero se le puso ostensiblemente a su lado, como para aclarar tácitamente que allí estaba ella para cualquier cosa que necesitase. El la aferró por la cintura y atrajo el cuerpo de ella hacia el suyo. Lo invadió entonces una agradable tibieza, aunque la noche estaba helada; y en ese gesto instintivo en los hombres que de repente son conscientes de su pequeñez, alzó la vista hacia el firmamento estrellado.

 

       Y le pareció que, allí arriba, algo se movía. Como aquella noche de agosto..., pensó. Y el recuerdo vino a él, como si el hecho recién acabara de ocurrir: su hermano mayor pegado a la ventana y observando un cielo nocturno, y la asombrada exclamación:

 

      -¡Mira, Balduino! ¡La estrella de Belén!

 

      No puede ser. Lo estoy imaginando, pensó... Y sin embargo, muchas leguas al Oeste, en Drakenstadt, otro pelirrojo, en aquel preciso instante, mantenía la vista fija en el ciuelo, y porfiaba:

 

      -Se mueve, Ignacio. Te aseguro que se mueve.

 

       Y así, por una de esas inexplicables magias a las que llamamos coincidencias, aquellos dos hermanos que alguna vez habían estado físicamente próximos y espiritualmente distanciados, ahora que se hallaban separados entre sí por decenas de leguas y de su infancia por muchos años, se hallaban, con sus corazones, más juntos de lo que ellos mismos imaginaban, siguiendo con la vista una estrella similar a aquella que, según se dice, llevó a tres sabios hombres de Oriente hasta la cuna del Niño Dios.

 

      Cosas extrañas ocurren. Se crea en Dios o no. Se crea en el Destino o no. Se crea en las casualidades o no. Se haya visto realmente aquella noche una estrella moviéndose en los cielos, o no. Porque la vida es absurda, sorprendente y, por sobre todas las cosas, maravillosa.

 

      Y con este suceso, que sin duda no se mencionará en los libros de Historia, pero que tanto representó para sus protagonistas, se concluye aquí el relato del primer año que Balduino pasó en Freyrstrande. Llegó el momento de hacer un alto en nuestro camino... Pero sin perder de vista la estrella; será interesante descubrir adónde nos lleva.

 

 F I N   D E L  T O M O  I

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12 agosto 2010 4 12 /08 /agosto /2010 19:41

      Alrededor de dos horas antes de medianoche, Gudrun sorprendió a Balduino acercándose a Vindsborg para saludarlo. Precisamente ocurría ello en el mismo instante en que el pelirrojo se disponía a ensillar a Svartwulk para ir a verla.

 

      -No tenías que molestarle-le dijo él, abrazándola.

 

      -Sí debía hacerlo, señor Cabellos de Fuego. Mucha gente que os quiere bien vino hoy a saludaros. Mi lugar tenía que estar entre ellos.

 

      -¿Sólo entre ellos?

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego; entre ellos, pero encabezando la fila. Disculpad, no obstante, si no me visteis en ese puesto. Y disculpad, también, que recién llegada ya deba irme. Ser una pastora que vive sola es complicado a veces... Pero muy ingrata habría sido yo si no hubiera venido a desearos felicidades.

 

      -La verdad, eres tan dura y orgullosa, que no te esperaba,

 

      -Así se debe ser a veces para sobrevivir, señor Cabellos de Fuego. No es saludable eso de brindarse íntegro a quien uno ama, ¡pero cómo me gustaría hacerlo!...

 

      Balduino sonrió, y miles de tontas frases de enamorado romántico acudieron desde su corazón a su mente, y amenazaron desbordar su boca; pero dijo en cambio:

 

      -Te llevaré a tu casa.

 

      Gudrun asintió, pero dijo:

 

      -Mirad, sin embargo, que puedo caminar.

 

      -Muchas cosas puedes hacer sola. Tal vez, demasiadas para mi gusto.

 

      Balduino avisó a los demás que llevaría a Gudrun a su casa, y acto seguido montaron ambos sobre Svartwulk y se pusieron en marcha. Por el camino, Gudrun se aferró a la cintura de él, y recostó la cabeza contra su espalda; algo que nunca antes había hecho yendo ambos a caballo. Parecía más cariñosa que de costumbre. Sin embargo, cuando al llegar Balduino bajó en primer término y le dio la mano para ayudarla a apearse, ella aclaró:

 

      -También puedo subir y bajar sola del caballo.

 

      -Pero siempre has dejado que te ayude-contestó él, entre la frustración y la alarma. Empezaba a no entender nada.

 

      -Exactamente-aprobó ella; y entonces le dio la mano y permitió que la ayudase a descender a tierra.

 

      Balduino quedó un poco más tranquilo. Gudrun siempre lo sorprendía una y otra vez, y en ocasiones las sorpresas distaban de satisfacerlo; pero en esa oportunidad, y por el momento, todo iba más o menos dentro de los límites de lo para él coherente y razonable.

 

      -¿Puedo quedarme contigo esta noche?-preguntó.

 

      -No sé, señor Cabellos de Fuego-contestó Gudrun, dubitativa-. Quizás sea un poco inmoral o indecente hacer el amor en Navidad o vísperas de Navidad.

 

       Ella era uno de los pocos lugareños que llamaban a la fecha por su nombre cristiano.

 

      -No hagamos el amor, si no quieres-dijo Balduino-. Bastará con que estemos juntos. No sé cuánto tiempo más quedaré en Freyrstrande. Tal vez parta en unos días, tal vez no me marche nunca. Esta noche aún estoy aquí; y me gustaría pasarla contigo.

 

      -Quedaos entonces, señor Cabellos de Fuego. Una buena compañía es siempre bienvenida. Sólo tened en cuenta que no soy complaciente, que si una buena compañía deja de serlo es preferible la soledad y que, en resumen, nada es eterno; y menos si uno no lo cuida. No os necesito; sólo os anhelo, y siempre os anhelaré, en tanto sigáis siendo el mismo señor Cabellos de Fuego que creo conocer.

 

      -¿Merezco que siempre me hagas sentir como si caminara por una cornisa?-se quejó Balduino, enojado-. Creo que mi conducta hasta ahora ha sido cuando menos aceptable.

 

      Gudrun no contestó enseguida. Precedió a Balduino en el ingreso a la cabaña y, estando él a punto de entrar, dijo:

 

      -Más que aceptable, ejemplar, señor Cabellos de Fuego; pero siempre temo que cambiéis. Una de las últimas veces que os vi, imitabais los modos jactanciosos de vuestro escudero. Tal vez a él sí le sienten; tal vez, incluso, a otras mujeres les gustarían verlas incluso en vos. Pero yo no creo que a vos os sienten, ni a mí me gustan. Quizás, en fin, os convendría una mujer menos complicada que yo.

 

      Balduino recordó lo que Thorvald le había dicho días atrás; que la apostura era cuestión de actitud. Tal vez esto fuera cierto porque, al fin y al cabo, muchos notorios seductores eran una prodigiosa mezcla de fealdad, estupidez y vicio y, no obstante ello, podía seguírseles el rastro por la estela de corazones rotos que iban dejando a su paso.

 

      Se quedó pensativo. El no quería dejar una estela de corazones rotos a su paso, pero tampoco tenía obligación de hacerlo... Y sin embargo, por un momento ponderó seriamente la posibilidad de conseguir cualquier otra mujer. Tal vez encontrara el modo de conquistar alguna. Anders podía ayudarlo en eso. Una mujer más hermosa que Gudrun, menos exigente y que no tuviera reparos en cuanto a fechas para hacer el amor.

 

      Por un momento hizo ademán de irse; Gudrun, el de comprender perfectamente y aceptarlo. La joven asintió con la cabeza y empezó a cerrar la puerta; y entonces, en un arrebato de desesperación, Balduino se interpuso entre puerta y marco. Su valquiria de seda y acero estaba a punto de dejarlo fuera del Valhöll.

 

      Se lanzó sobre ella con impetuosa fogosidad.

 

      -Quiero que seas mía y quiero merecerte siempre-dijo con decisión, mirándola a los ojos-. No sabría conformarme con una chica ñoña a la que nada le importara, con tal de poder jactarse de que un Caballero se rindió ante sus pies. Ya estoy demasiado habituado a que se me exija a fondo-añadió, aferrando con fuerza a Gudrun; y enseguida la besó con intensa pasión.

 

      Gudrun quedó perturbada. Nunca antes había sentido tan hombre a Balduino, ni éste la había hecho sentirse tan mujer..

      -Olvidad lo que dije antes, señor Cabellos de Fuego: hagamos el amor.

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12 agosto 2010 4 12 /08 /agosto /2010 18:50

      De verdad había resultado bueno aquel ciervo asado de Hrumwald, y ahora Balduino, recordándolo, sentía añoranzas y pensaba con temor en ese tan mentado y esperado Skärpikjöt de Varg. Teniendo en cuenta las habilidades del cocinero de Vindsborg, cabía preguntarse si aquella no sería la última cena de los comensales.

 

      Pero no. El Skärpikjöt fue servido y consumido con voracidad por todos los presentes. Tenía el sabor acre de los quesos fuertes, y dejó con ganas de más. Hundi, por una vez, se resistió a convidarles a sus perros de lo mismo que él comía, y repartió entre ellos una liebre abatida esa misma tarde. Estaba arrojando al aire los trozos de carne para que sus mascotas los atraparan al vuelo, cuando uno de ellos dio un salto excepcionalmente ágil, y ocurrió entonces algo extraño: sin motivo aparente, Varg se echó a reir, al principio de manera comedida; y la suya era una risa siniestra, desagradable, que ponía los pelos de  punta a Balduino, aunque el resto de los Kveisunger no hicieran otra cosa que mirar con interés e intentar descubrir la causa de aquella jocosidad.

 

      -Me estaba acordando-explicó Varg, sonriendo cruelmente-de cómo estaba Skazar cuando arrastramos a Henk a la Schulternsgrabe.

 

      Lambert y Adam se mantuvieron indiferentes; Thorvald, expectante; Balduino, Anders, Karl, Adler y Snarki se miraron entre sí con cierto espanto. Tarian había ido a montar guardia en el torreón, de modo que ni se enteró del suceso; y los demás (los gemelos Björnson, los Kveisunger y Ursula) parecían ahora contagiados de la macabra hilaridad del antiguo verdugo de Broddervarsholm.

 

      -¡Viejo hijo de puta!-exclamó Gröhelle, riendo también-. ¡Ved lo feliz que lo pone recordar cómo su mascota devoraba a aquel puerco traidor!

 

      Entonces se completó la transformación de Varg, como la de una gigantesca y fea pero inofensiva oruga que, tras encerrarse en un capullo, emergiera de él convertido en una monstruosidad inenarrable, sanguinaria y malvada. Su rostro era en este momento el de un asesino. El súbito y horripilante cambio heló la sangre a varios de los presentes.

 

      -¡Es que tú no lo viste!-exclamó-. Lo recordé viendo a ese pulguiento saltar con tanto brío... ¡Así saltaba Skazar tratando de capturar a Henk, que había quedado colgando!-volvió a reír, y sus carcajadas sonaban ahora diabólicas. En cuanto se repuso, prosiguió:-. El tipo que en ese momento era el verdugo, yo todavía era sólo ayudante, me explicó que había dejado a Skazar dos días sin comer, para que tuviera buen apetito cuando le tiraran toda esa escoria desleal. Cagado de hambre como estaba, apenas vio Skazar que se abría la puerta-trampa de la Schulternsgrabe se puso a saltar como loco en el fondo; pero eso no hubiese sido nada. El bastardo de Gröte...-tuvo que interrumpirse de nuevo a causa de otro acceso de cruel y pesadillesca risa-...El bastardo de Gröte ató una cuerda al tobillo de aquel traidor. No te perdonamos la vida, le dijo a Henk, pero como una vez dijiste sentir curiosidad por saber cómo era Skazar, la satisfarás ahora, y antes de morir verás bien de cerca y con todo detalle al que te va a devorar... Y Gröte, valiéndose de una polea, empezó a subir y bajar por la Fosa a Henk quien, inmovilizado igual que en un embutido, chillaba como el cerdo que era. Skazar saltaba, queriendo atraparlo entre sus fauces; pero nosotros jugábamos con él, poniendo a Henk fuera de su alcance cuando parecía que iba a tener éxito. En eso el imbécil de Ratt, que estaba con nosotros, se pone a tocar la cuerda, que estaba tensa y vibraba. Hermoso sonido para una cuerda, como la de un arpa..., dijo. Igual, henk, tú no vas a necesitarla, vas para arriba sólo porque nosotros te subimos, pero terminarás primero abajo, con Skazar, y luego más abajo, con el Diablo. Henk gritaba tanto, que creo que no lo oyó... ¡Pero lo más gracioso fue-añadió Varg entre nuevos y más espantosos accesos de risa-que en ese momento cedió la cuerda hacia la Fosa, y el bobo de Ratt, que estaba aferrándola, también estuvo a punto de caer! ¡Casi muere cuando, en el silencio que siguió, escuchó el ruido de las mandíbulas de Skazar masticando a Henk!

 

      Ahora reían todos los Kveisunger y también Ursula y los gemelos Björnson, estos tres últimos con menos regodeo. Balduino no cabía en sí de asombrado horror; los miraba a todos ellos como si no los conociera. Ese mismo día había estado pensando cómo obtener para sus hombres un indulto de Arn, y hete aquí que varios de esos mismos hombres ahora mismo festejaban el recuerdo de una truculenta, espantosa, bárbara ejecución.

 

      Miró de soslayo a Anders, quien estaba tan desagradablemente impresionado como él. Envuelto en lúgubre ropaje mortuorio, el Mal parecía haberse sentado a aquella mesa navideña.

 

      -¡Varg, eres un viejo morboso!...-exclamó Ulvgang; pero lo cierto era que él mismo hacía coro con estruendosas carcajadas.

 

      Finalmente, Balduino no pudo contenerse más.

 

      -¿Me arrojaríais a la Schulternsgrabe a mí? ¿O a Anders?-preguntó, poniéndose de pie muy serio, mirando ceñudo y desafiante a quienes así habían reído.

 

      Las risas fueron acallándose; pero mayormente era un silencio de niños pescados en una travesura que ni siquiera consideran merecedora de castigo alguno, no el de adultos que comprendían que habían festejado un hecho cruel y horrible, algo que no tenía la menor gracia.

 

      Balduino siguió allí, plantado con firmeza, a la espera de una respuesta que la mayoría no sabía darle. Todavía seguían oyéndose risas reprimidas, cuando intervino Ulvgang:

 

      -Por supuesto que no-dijo, aparentemente convencido de sus palabras-. A la Schulternsgrabe van sobre todo los traidores y cobardes. Tú eres nuestro compañero, y eres leal y valiente; y también el grumete.

 

      El pelirrojo quedó mirando a El Terror de los Estrechos, que a su vez lo observaba con sus ojos glaucos y saltones fijos en él. Parecía sincero. También lo parecía cuando advertía a Balduino, cada tanto, que ni en él debía confiar. Y también lo parecía cuando le decía que, por haber liberado a Tarian, lo seguiría a muerte. ¿Cuál de todos éstos era el verdadero Ulvgang Urlson?

 

      -Siéntate, por favor, señor Cabellos de Fuego-dijo apaciguadoramente Ulvgang; y Balduino obedeció, un tanto vacilante.

 

      La incómoda situación amenazaba prolongarse ad infinitum.

 

      -La gente que terminaba en la Schulternsgrabe de veras que no valía la pena-aseguró Ulvgang.

 

       -Sí, eso ya lo sé, pero...

 

       -¿Y entonces, señor Cabellos de Fuego? La gente supuestamente buena se regodea asistiendo a las ejecuciones en la plaza pública; ¿qué puedes esperar entonces de nosotros, los malos?

 

      -Precisamente eso iba yo a decir-intervino Thorvald, saliendo en apoyo, extrañamente, de su viejo enemigo-. A la gente no le interesa en lo más mínimo, en el fondo, si ése que está en el patíbulo y a quien van a ahorcar o decapitar (cuando no algo peor) ha hecho realmente aquello de lo que se le acusa.

 

      -De eso puedo dar fe-terció Snarki; y Andrusier, a su lado, le palmeó la espalda, solidario, como para dejar en claro que ésas eran cosas de gente perversa, y no de inocentes Kveisunger.

 

      -Bueno... -hubo de admitir Balduino, sonriendo resignado. No estaba del todo convencido, pero tampoco sabía qué más argüir-. La gente sólo quiere ver al condenado poniéndose azul en la horca y comentar luego que al muerto el cuello le quedó del largo de una serpiente. No permiten que detalles banales como la posible inocencia del condenado les arruinen la función.

 

      -Así es la gente-murmuró Karl.

 

      -¡Una cagada! ¡Una mierda!-coincidieron Gröhelle, Honney, los gemelos Björnson y hasta Balduino, quien conociendo el clásico remate que este tipo de frases tenía en Vindsborg, decidió esta vez no quedar fuera del consenso general.

 

      Pero íntimamente se preguntaba si los verdaderos y más temibles monstruos marinos no serían aquellos piratas que oscilaban entre lo noble y lo siniestro. Con frecuencia, el trato cordial que cotidianamente le dispensaban le hacía olvidar quiénes eran aquellos individuos que convivían con él; algo llamativo, teniendo en cuenta que el recuerdo de Sundeneschrackt aún estremecía a media Andrusia. Nadie creería que Balduino había compartido con él almuerzos y cenas sin que la comida se atorase en su garganta ni seguir de soslayo los movimientos de El Terror de los Estrechos. El pelirrojo mismo se preguntaba en este momento si no obraba meramente como un niño tonto rodeado de peligrosas fieras próximas a devorarlo cuando menos lo imaginara. Cierto era que Thorvald parecía haber domado a esas fieras, pero por el camino había dejado su mano izquierda entre fauces tal vez muy dispuestas a devorar también el resto de su persona.

 

      No obstante, quien de verdad se veía sombrío era Snarki. La otrora fofa mole de éste se había reducido a la mitad, y lo que quedaba era sólido, macizo; y lo mismo ocurría con su temperamento. Sin embargo, Snarki no estaba tranquilo. El pasado dieciocho de diciembre, durante el duelo entre Anders y Thorkill, él había visto muy claramente una silueta fantasmagórica pasando a través del señor Cabellos de Fuego, en el momento exacto en que éste caía al suelo, desmayado. No quería insistir mucho en ese asunto para no asustar a los demás; demasiado había vivido esclavo de su propio miedo para desearle lo mismo a otros. Pero cuanto más lo pensaba, más se convencía de que la macabra figura vista entonces por él era la mismísima Muerte, y temía cualquier cosa que tal visión estuviera presagiando. De hecho, desde entonces a menudo lo tentaba la idea de abandonar Vindsborg y lo que revoloteara en derredor vaticinando desgracia. Cuando ello sucedía, el conflicto interior que estremecía a Snarki era tan feroz como la violenta guerra que se libraba en Andrusia Occidental.

 

      Porque si ante la ley era ahora un hombre libre e inocente, ante su propia conciencia la gratitud ponía otras cadenas a su alma, y las mismas lo mantenían atado a Balduino. Sabía que éste no lo retendría contra su voluntad, y hasta  le desearía que lo acompañara la suerte adonde quiera que fuese; con lo que los grilletes lo aprisionaban con mayor fuerza. Los Kveisunger, extraordinariamente valientes en combate, sentían aprensión ante lo ominoso; sólo Ulvgang y Gröhelle escapaban en parte a esta regla, rumoreándose que hasta habían luchado contra esqueléticos guerreros de una nave fantasma, el Holmenesheld. Pero nada garantizaba que el coraje de ambos resistiera asechanzas sobrenaturales todavía más siniestras y difusas, nada aseguraba que no desertaran incluso ellos, aunque Snarki intentara a veces engañarse a sí mismo al respecto. Y en este momento se preguntaba si, más que huir de vaticinios funestos, los Kveisunger no acabarían provocando la consumación de los mismos.

 

      Balduino no compartía tales temores; no desde el mismo momento en que Hendryk Jurgenson le había pronosticado la muerte violenta de un ser querido, poniéndole fecha, incluso, a su profecía. El nefasto dieciocho de diciembre iba quedando más y más atrás en el recuerdo y, aunque Ulvgang asegurara que Hendryk a veces se había equivocado sólo por unos pocos días en sus augurios, con cada nuevo amanecer decrecían las posibilidades de que los mismos se cumpliesen. Por supuesto, Balduino recordaba su desmayo en la fecha anunciada y la horrible y realista sensación experimentada entonces de estar inclinado sobre el cadáver de Anders; pero atribuía todo a un estado nervioso provocado por la tensión del momento. Empero, tal vez fuera prudente observar con mayor atención a Ulvgang y su pandilla. Quizás fueran mucho menos confiables de lo que parecían. 

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9 agosto 2010 1 09 /08 /agosto /2010 18:32

      Más tarde vinieron también otras personas a Vindsborg a saludar en ocasión del Yule; entre ellos Hrumwald, Kurt y Heidi. Kurt aprovechó la ocasión para recordar a Balduino que había dado su palabra de apadrinarlo en ocasión de su boda con Heidi la próxima primavera.

 

      -¡A él no tienes que recordarle nada, a él no tienes que recordarle nada!-exclamó el viejo Lambert entre involuntarios guiños de ojo-. Tú eres el que debe tener en mente que una promesa es una promesa, no sea que recobres la cordura antes de la boda y te eches para atrás-y Kurt y Heidi lo tomaron a broma y rieron con ganas, pero daba la impresión de que el viejo hablaba muy en serio.

 

      Esa noche, como si a tono con la celebración se hubiera producido un milagro, Varg no dejó el habitual tendal de comensales medio moribundos merced a su cena y, de hecho, fue aquella una de las raras ocasiones en que se lució como cocinero. El menú había despertado expectativas en Balduino porque, excepcionalmente, los Kveisunger lo comentaban con mucho entusiasmo.

 

      -Skärpikjöt. Varg tiene muy buena mano para eso-había gritado el sordo Gilbert, relamiéndose con cara de guia.

 

      -Muy buena mano...-se burló Andrusier, pensativo-. La mano de Varg casi no interviene, por eso se luce. Faenar un carnero, despellejarlo, condimentarlo y ponerlo a estacionar unos meses no requiere grandes habilidades de nadie.

 

      -¿Unos meses?-gimió Anders, consternado.. ¿Vamos a comer carnero podrido?

 

      -Añejado. No es lo mismo-resaltó el tuerto Gröhelle.

 

      -Además, no sé a qué viene tanto asco...-comenzó Per.

 

      -...si en general, cuando Varg cocina, las sobras podridas que dejan los grifos después de comer resultarían más apetitosas-concluyó Wilhelm.

 

      -Allá vosotros. Creo que esta noche ayunaré-dijo Anders.

 

      -Entonces trata de dejarnos algo a los demás...-intervino sarcásticamente Adler, mirando a Anders con su rostro picado de viruelas en el que tanto destacaba la nariz aguileña. Anders con frecuencia aseguraba que por la noche y por el bien de su estómago se abstendría de probar bocado, y luego era mejor que los demás le cedieran parte de sus propias raciones para evitar que los devorara a ellos.

 

      -¿Y puede saberse de dónde sacamos un carnero?-preguntó Balduino a Thorvald.

 

      -Lo trajo Oivind de Vallasköpping, un día que tú estabas no recuerdo dónde. Regalo de la gente de Freyrstrand para ti-contestó el viejo gigante, dedicando a Balduino una mirada glacial, advirtiéndole con ella que tuviera cuidado con lo que pensaba decir.

 

      Aceptar regalos de gente que sin duda debía vérselas negras en épocas de carestía había resultado especialmente difícil para Balduino, salvo la primera vez, cuando Kurt le había traído una piel de reno, pero sólo porque la sorpresa le impidió reaccionar y porque no quería discutir con él. Mas recientemente, había rechazado tres huevos que la vieja Herminia había tratado de obsequiarle y que Thorvald aceptó en nombre de él a sus espaldas.

 

      -¡BALDUINO!... Ven aquí, quiero hablar contigo!-había vociferado el viejo acto seguido; y el pelirrojo ya sabía que aquello era el prólogo de un sermón harto colérico, pero se preguntaba qué podía haber hecho mal. Y fue entonces que se enteró de que raramente la gente de Freyrstrande hacía regalos pero, cuando los hacían, a menudo se ofendían  si éstos eran rechazados.

 

      -Pero no podemos dejar que estas personas se mueran de hambre por...

 

      -Aquí nadie deja que nadie muera de hambre-cortó Thorvald-. Tú mismo puedes regalarle algo que tengamos de reserva en la despensa. Pero igual se soporta mejor un dolor de estómago que un dolor en el corazón... Ya sabes cómo te quiere esta gente.

 

      -Sí, creo que me quieren...

 

      -¡Vamos, Balduino!... ¿Sólo lo crees?... ¡Te tienen adoración! Y está muy bien que te la tengan. Procura, eso sí, ser siempre merecedor de ella. A Herminia le he dicho que no era tu intención ofenderla, que allí de donde vienes las costumbres son diferentes de las de aquí. Será mejor que un día de estos vayas a verla y se lo digas tú mismo; porque no sé si a mí me creyó. Herminia tiene un carácter muy difícil, ya sabes; lo contrario sería raro, teniendo en cuenta cómo ha sufrido. Pero ella probablemente te quiera más que nadie aquí.

 

       -¿Sí?-Balduino estaba irónico.

 

      -Sí... Y si vuelves a emplear conmigo ese tonito burlón, te parto la jeta de un  sopapo. Además, tú más que nadie deberías recordar que la gente a menudo se encierra en un cascarón, sin atreverse a querer por miedo a sufrir; ¿o acaso no te ocurrió a ti?... Contigo, Herminia fue más agria que con ningún otro, un auténtico puercoespín con todas las púas erizadas; y eso porque eras quien mayores posibilidades tenía de llegar a lo más profundo de su corazón.

 

      -Yo no creo eso. Cuando Tarian había salido de la mazmorra, Herminia le tuvo cierta compasión, y también la tuvo con Gabriel, cuando le vio el rostro vendado y se enteró de que, al menos oficialmente, tiene lepra. Con ellos sí fue amable; pero nunca conmigo.

 

      -Entiende que, entre otras cosas, Herminia es ante todo una madre que aún guarda luto por su único hijo, muerto cuando aún era muy niño. Es muy natural que se apiade de cada joven que sufre: en cada uno de ellos verá un poco de ese hijo perdido. Pero, ¿por qué habría de compadecerte a ti? ¡Si eres vigoroso, guapo y feliz!

 

       -Hombre, guapo... Anders es guapo, no yo, y no menos vigoroso y feliz. Y sin embargo Herminia no se ensaña con él como conmigo; y eso que creo ser con ella más amable de lo que Anders jamás fue ni será. Ya que no soy guapo sino en realidad bastante feo, no me vendría mal que me tuviera lástima también a mí, así al menos me trataría un poco mejor.

 

      -Muchacho, la apostura es algo que va mucho mucho más allá de una cara bonita, y a veces tiene que ver más con la actitud. Debido a que aun sabiéndote, digamos, de rostro poco agraciado, no lloras todo el día por ello ni permites que el detalle menoscabe el resto de tus cualidades, no es difícil olvidar tu fealdad, ya que así quieres llamarla. Lo que queda es un muchacho noble, bueno, valiente y sagaz. Supongo que en eso estamos de acuerdo.

 

      -Hago lo que puedo para ser todo eso, pero, ¿y?...

 

       -Una madre que ha perdido a su único hijo mirará a cada niño, joven u hombre cuya edad alcance la que podría tener en ese momento el retoño muerto, de seguir con vida. Así sería él ahora, pensará, si lo que ve le complace. No verá en él a su hijo tal como éste en realidad hubiera sido, sino como ella hubiera querido que fuese. Yo no sé si eres el mejor muchacho que hay en Freyrstrande, pero sin duda tienes grandes cualidades y descuellas mucho y, lo más importante, te interesaste por Herminia. ¿Qué cosa más natural, sino que ésta piense, viéndote, que su hijo podría haber sido como tú, caso de seguir con vida? ¿Qué cosa más natural, sino que empiece a sentir afecto por  ti? Y en vista de la magnitud de su pérdida, ¿tan raro es que trate de resistirse a ese sentimiento?

 

      Thorvald calló y miró a Balduino. En el rostro de éste, superado el desconcierto inicial, un huérfano bregaba por asimilar la idea de que todos esos años su madre en cierta forma no había estado muerta, sino viva, en un lugar muy alejado de su hogar, y era una mujer muy pobre que se había privado de tres huevos por obsequiárselos a él.

 

      Y así fue como el siguiente domingo, Balduino cabalgó hacia el bosque y, pese a su renuencia a cazar, abatió un ciervo de buen tamaño, que llevó hasta la cabaña de Herminia valiéndose de una traílla. La anciana no estaba a la vista cuando el pelirrojo llegó y desmontó, pero sí el prognato y feo Hrumwald, quien cepillaba su caballo blanco. Sonrió melancólicamente al ver al visitante, y a la pregunta de cómo iban las cosas, contestó: Estoy aquí. Tal vez fuera una respuesta tonte; pero ¿quién podía enojarse con Hrumwald o burlarse de él? De Hrumwald, tan bueno, tan manso, tan inocentón...

 

      -¿Qué tal andan los cerdos? No, no me lo digas: mejor muéstrame-propuso Balduino-. De todos modos, tu caballo no precisa cepilladas, y si sigues refregándolo, harás que la gente se encandile al verlo.

 

      Mientras ambos iban hacia el chiquero, Balduino distinguió la mirada recelosa de la vieja Herminia, quien se había asomado discretamente por la ventana. El puercoespín se aprestaba a erizar bien erguidas las púas...

 

      -Al diablo, Hrumwald, lindos monstruos estás criando-dijo Balduino, admirado del tamaño de los cerdos-. Creo que no tiene sentido que sigamos preparándonos para una posible invasión: si vienen los Wurms, soltamos a estos animales para que les hagan frente, y no les quedarán ganas de volver.

 

      Hrumwald sonrió.

 

      -Lo bueno de los cerdos es que no es complicado alimentarlos: comen de todo-dijo.

 

      -¡Se parecen a cierto escudero que conozco!... Pero ellos no están exactamente esbeltos, como sí lo está Anders. ¿Y cómo se llaman?

 

      -¿Cómo se llaman quiénes, señor?

 

      -Pues los cerdos, hombre... ¿O de quiénes estamos hablando, si no?

 

      -Se llaman cerdos, señor. No es sabio ponerle nombre a un animal al que se va a carnear.

 

      -Balduino pegó un respingo. En ese mismo momento estaba acariciando a un puerco verdaderamente gigantesco que se le había acercado y parecía disfrutar de los mimos que el pelirrojo le hacía en el morro, puesto que entrecerraba los ojos de modo placentero y movía la nariz como olisqueando al humano que le brindaba semejante cortesía.

 

      -No se me había ocurrido-dijo-. La verdad, admiro tu entereza. Si yo fuera porquero y tuviera que matar a un cerdo que me mira con esos ojitos, pues, en fin, tú me entiendes...

 

      -Eso no es tener entereza, señor, sólo ser práctico. Hay que sobrevivir, y hago lo que me enseñaron. Por otra parte, vos mismo venís de cazar un ciervo, según veo.

 

      -Pero al menos al ciervo no lo conocía-alegó Balduino-. Si tuviera que matar a un ciervo que he alimentado durante meses y que me mira con esos ojitos, pues, en fin, ¡TÚ ME ENTIENDES!...-rió. Estos cerdos son igual de buenazos que su cuidador, dijo para sus adentros-. Ya que mencionaste al ciervo, ¿tienes algo importante que hacer? Porque si no es así, podrías ayudarme a despellejarlo y a poner a secar su carne. Luego montaremos guardia para que no vengan los depredadores... En Vindsborg, más de una vez un zorro, un armiño, un lince o cualquier otro animal se han dado opíparos atracones a costillas nuestras, por desatender la vigilancia. Pero una vez, Ursula descuidó la suya por ir al retrete y, cuando volvió, sorprendió in fraganti a un glotón. Tan furiosa se puso que lo mató, lo despellejó lo asó y se lo comió, ¡y con qué ganas!... Esa sí fue una venganza en toda la regla.

 

      -Yo lo desollaré y secaré la carne, señor-contestó Hrumwald, sonriendo.

      -No, lo haremos entre los dos. Ve a traer lo necesario, que mientras tanto buscaré un sitio donde trabajar cómodos, ¿eh?

      Hrumwald fue a cumplir con el encargo y, mientras tanto, Balduino desenganchó la traílla, cargó con el ciervo a hombros y estudió los alrededores hasta elegir un punto que le pareció adecuado para que él y el porquero se instalaran para trabajar, sobre todo porque hasta había unas rocas que podrían servir de asientos.

 

      Herminia seguía espiando desde la ventana.

 

      Una gallina que andaba suelta buscando quién sabía qué entre la nieve pasó cerca de Balduino y, cuando éste trató de acariciarla, lo picoteó con dedicación digna de mejor causa. Balduino retiró su dolida y ensangrentada mano. Si los cerdos tenían la mansedumbre del cuidador, aquella gallina tenía el mal carácter de su dueña.

 

      Hrumwald volvió trayendo un par de cuchillos; los dos pusieron manos a la obra en medio de un silencio interrumpido por breves diálogos de escasa trascendencia: No sabía que los glotones eran comestibles, señor... Si tu estómago soportó durante meses la cocina de Varg, soporta cualquier cosa, Hrumwald... Balduino sonreía feliz, pensando cómo había aprendido a apreciar el compañerismo que se creaba entre personas que trabajan juntas, cuando apareció Herminia, avanzando con los pasos cortos típicos de su andar. El viento jugueteaba con los mechones grises que afloraban debajo del pañuelo que envolvía sus cabellos.

 

      Sus también grises ojos estudiaban la escena con mucha desconfianza. El enemigo estaba a las puertas de su baluarte de hosquedad...

 

      -Esos cuchillos son míos-dijo en tono agresivo, como para dejar en claro que la resistencia sería enconada, y que nadie entraría en su corazón sino pasando por encima de su cadáver.

 

      Balduino se puso de pie, dejando el cuchillo a un lado y sonriendo con mucha amabilidad.

 

      -Por supuesto. Y también el ciervo-contestó suavemente.

 

      -No te lo he pedido-fue la agria respuesta.

 

      -¿Y?... Yo igual os lo traje. Estábamos de acuerdo con Hrumwald.

 

       El mentado se alarmó. ¿En qué líos lo estaba metiendo el señor Cabellos de Fuego sin al menos prevenirlo antes?... Mejor ni imaginar la reacción de la vieja vinagre.

 

      -¿De acuerdo en qué?-graznó Herminia, sin saber qué maliciar.

 

      -En daros una sorpresa. Hrumwald está en deuda con vos, después de todo, y yo también lo estoy; y además, quería agradeceros los huevos.

 

      -Te los llevé sólo porque tengo demasiados y ya no sé qué hacer con ellos-farfulló la vieja, iracunda.

 

      Pero era una mentira harto evidente porque, aunque había varias gallinas, casi todas ellas estaban tan viejas y maltrechas, que parecían hijas de aquella que Noé cargó en el Arca y por lo tanto, como ponedoras, eran un fiasco. El único argumento razonable para no enviarlas a la olla era que flacas y huesudas como estaban la mayoría de ellas, ni para hacer un buen caldo servirían. Mejor ni pensar en lo que debía tardar Herminia para completar la docena que reunía a veces, cuando llevaba huevos a Vindsborg para que Oivind los canjeara por velas. Además, muchos de esos huevos tenían últimamente la cáscara tan delgada, que se rompían mucho antes de llegar a Vallasköpping para ser canjeados por otra cosa. Balduino nunca le decía nada a la vieja y seguía dándole las velas requeridas, como si todo siguiera como siempre.

 

      -Aun así, me los llevasteis a mí, y si no los acepté en un primer momento fue porque no creí que os sobraran los huevos. Me alegro de haberme equivocado. De cualquier forma, con Hrumwald creímos que correspondía hacer algo por vos.

 

      Herminia miró alternativamente a Balduino y a Hrumwald, como si tramara acusarlos y hacerlos ejecutar bajo el cargo de alta traición.

 

      -Y ya que estoy, he pensado en quedarme a almorzar-añadió Balduino.

 

      -¡Yo no te invité!-protestó la vieja, indignada.

 

      Balduino abrió los brazos.

 

      -Si mis súbditos me negaran incluso un plato de la comida que yo mismo aporto, no sé cuál sería el negocio de ser el señor de Freyrstrande-replicó.

 

      -¡Tú no eres el señor de Freyrstrande! ¡Einar es!-gritó Herminia.

 

      -A qué grado de depreciación habré caído para que hasta a Einar lo prefiráis... Entonces, si os lo traigo, ¿a él sí le convidaréis ciervo, al menos?

 

      -¡NO! Es más: ¡no cocinaré el maldito ciervo!

 

      -Qué léxico, qué léxico... Pero nadie dice que lo cocinaréis vos. Hrumwald y yo nos encargaremos de todo.

 

      -Yo no presto mi caldero a nadie-aclaró la vieja, venenosa.

 

      -Y no lo necesitamos. Asaremos el ciervo a las brasas. 

 

      El bombardeo mutuo parecía haber llegado a un punto muerto. Herminia, agotado ya todo su arsenal de antipatía para doblegar a Balduino, veía rencorosa que éste seguía incólume, amparado tras un escudo de amabilidad y despreocupación. Meditaba la irreductible anciana qué otra cosa arrojarle cuando, de improviso, éste se acercó y le besó la mejilla y le tomó la diestra en gesto cariñoso.

 

      Herminia quedó unos instantes rígida como una tabla y, a la par de ella, quedó igualmente tieso e inmóvil Hrumwald, a quien la visión de un Jarlwurm no habría aterrado tanto como la posible e inminente reacción de la anciana.

 

      -Id a descansar; os llamaremos para comer-dijo Balduino, tomando la diestra de Herminia entre sus manos.

 

      -¡NO DESCANSARÉ!-rugió ella, recobrándose de su sorpresa y retirando con brusquedad su mano derecha-. ¡NO COMERÉ! ¡NO TENGO HAMBRE!

 

      -Señora, si en vez de ciervo os ofreciera yo un cofre lleno de oro, vos podríais igualmente rechazarlo. Ello no significaría que tuviera que llevarlo de regreso conmigo, ¿verdad? Quedaría ahí hasta que otro lo tomase.

 

      Herminia, belicosa, quedó un rato buscando una respuesta digna. Al no hallarla, dio media  vuelta y se alejó a pasos cortos hacia la casa, prefiriendo batirse en retirada antes que perder por paliza.

 

      -Yo terminaré de despellejar el ciervo.dijo Balduino a Hrumwald-. Necesito otra cosa de ti. Kurt dijo el otro día que había descubierto que tienes tal mano para la cocina, que harías que hasta un leño medio carbonizado parezca sabroso. Quiero que cortes unas tajadas de ciervo de modo que alcance para tres personas, y las ases como para un rey. Si Kurt no exageró, comeré con buen apetito; de modo que no escatimes en las porciones. Pero te pondrás a asar exactamente donde yo te diga.

 

      Hrumwald asintió, intrigado, y siguió a Balduino mientras éste elegía el lugar que mejor le pareció para asar el ciervo. En su elección pareció tener gran importancia la dirección del viento, ya que la estudió detenidamente antes de decidirse.

 

      -Aquí-dictaminó al fin.

 

      -Pero el humo le irá directamente a Herminia-observó Hrumwald, vacilante; porque como para ser un día de invierno aquel domingo se veía radiante, la gente abría todas las ventanas para orear las casas, y así lo había hecho también Herminia.

 

      -Y también lo más importante: el olor-respondió Balduino, sonriendo con aire maligno-. Así de malvado soy, que me propongo torturar a esa pobre indefensa anciana.

 

       Ante estas palabras, Hrumwald no supo qué decir, ni si debía tomarlas en serio; lo que se tradujo en una extraña expresión en su rostro prognato. Pero como el pelirrojo demostraba gran compañerismo y ahora sonreía cálidamente, optó por seguir con lo suyo sin hacer comentarios ni pedir explicaciones.

 

      Balduino terminó de despellejar al ciervo y extendió la piel para que se secase; luego cortó la carne en tiras e hizo otro tanto. La cornamenta la dejó aparte para dársela a Lambert a fin de que la convirtiese en puntas de flecha. Mientras tanto, Hrumwald preparó un buen fuego, tomó una buena cantidad de carne, la condimentó con sal y diversas hierbas y la puso a asar. El humo fue hacia la ventana más próxima, pero en dosis moderadas. Tal vez adentro el olor a humo permaneciese un tiempo, pero en aquellos días eso no era algo preocupante, como lo es ahora para la gente más quisquillosa; así que Herminia no se molestó en cerrar la ventana.

 

      Cuando Balduino hubo terminado su labor, calculó que ya estaría listo el asado de ciervo, o que al menos faltaría poco, y fue a investigar pese a que no quería dejar mucho tiempo sola la carne puesta a secar. Ya a cierta distancia le llegó el olor, y se le hizo agua la boca: er a un aroma como para que también un muerto se levantara de su tumba y se acercara a comer. Otro tanto debió pensar Herminia; pero ella no era un muerto, sino sólo una vieja testaruda y cascarrabias. Tal y como Balduino había calculado, el sugestivo aroma le llegaba a través de la ventana avierta, llamándola por su nombre e invitándola a almorzar. Pero ninguna tentadora fragancia la haría deponer las armas, y de inmediato cerró la ventana para que su estómago no la instara a rendirse.

 

      Balduino dejó instrucciones a Hrumwald y volvió a su puesto. En cuanto el asado estuvo a punto, el pelirrojo le alcanzó una porción a Herminia.

 

      -Imagino que alguien tan irascible y combativo debe tener excelente dentadura; pero igual la carne está tierna y jugosa-adelantó.

 

       -He dicho que no comeré-dijo avinagradamente la anciana.

 

      -Lo imaginaba, lo imaginaba... Pero veis, yo que no creía en Dios, empiezo a sospechar que tal vez estaba equivocado, porque ¿cómo, si no, explicar milagro como esta delicia que ha preparado Hrumwald?

 

      Balduino acercó la porción a su propio rostro para olerla mejor, y de inmediato cerró los ojos y pareció quedar en éxtasis.

 

      -Como la ambrosía que degustaban los dioses griegos... Y en su punto justo, conservando el calor, pero no tanto para no dejarse comer. El Infierno no sería suficiente castigo para quien dejara pasar de largo semejante manjar; a menos, claro, que el castigo consistiera en verlo, olerlo y no poder probarlo...

 

      Otro que no fuera Herminia habría estallado de risa ante las expresiones de gula y deleite de Balduino. Probablemente también ella rozó al menos la sonrisa pero, por lo visto, tenía intenciones de llevar la guerra hasta las últimas consecuencias. Victoria o muerte era la consigna.

 

      -Pero, en fin, vos sabréis qué hacer, y si incurrir o no en el mortal, imperdonable pecado de no hacer honores a esta maravilla de las artes culinarias. Yo no puedo menos que ofreceros la salvación para vuestra alma acercandoos una porción; de paso, casi veintiún años de acérrimo ateísmo me son perdonados gracias a la presente obra de misericordia. Así, pues,  yo iré derecho al Paraíso; vos, si os abstenéis de degustar este portento, al Infierno. Pensadlo. Mirad que allí abajo hay muchos como yo, dispuestos a no dejaros en paz ni por un segundo; en tanto que al Cielo es dudoso que hayan llegado siquiera diez personas. Nadie os molestará.

 

      Balduino colocó el plato con carne sobre la mesa, a cierta distancia de donde Herminia estaba sentada. La anciana contempló el manjar como quien contempla al más aborrecido de los enemigos. Ante tal mirada, el pelirrojo se inquietó al fin. Había sospechado que, en cuanto él se fuera, Herminia no aguantaría más y se pondría a comer; pero ahora ya no estaba tan seguro.

 

      -Si la arrojarais por la ventana con plato y todo, yo sería capaz de ponerme en cuatro patas para devorarlo en el suelo mismo; pero como es más sabroso así, os pido que no hagáis tal cosa-dijo con suavidad, poniéndole una mano en el hombro en gesto casi suplicante.

 

      No quedó muy claro si el ademán ablandó a la vieja, si había decidido que un enemigo que formulaba tal petición estaba ya medio derrotado y convenía ser condescendiente con él o si, simplemente, la doblegaban a ella misma el hambre y la tentadora fragancia; pero al salir, Balduino dejó la puerta entreabierta y fingió alejarse y, al acercarse de nuevo a hurtadillas, escuchó, en el interior de la cabaña, un inconfundible ruido a voraz masticación.

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Published by EKELEDUDU
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7 agosto 2010 6 07 /08 /agosto /2010 19:54

      Poco después llegó Ljod a las cercanías del malecón en la carreta de Thomen, su padre, para llevar a los pescadores a sus hogares, y pasó también por Vindsborg para buscar a Hansi y Thommy, que habían pasado el día allí.

 

      -Mi madre no pudo venir, pero me pidió que os deseara de su parte un feliz Yule, señor Cabellos de Fuego-dijo la joven.

 

       -Feliz Navidad, Ljod, para ti y para tu madre. Y feliz Navidad también para ti, Thommy-dijo Balduino, abrazando por turnos a los dos hermanos, quienes creyeron luego necesario ir a saludar a todos y cada uno de los restantes moradores de Vindsborg, ignorando olímpicamente el hecho de que varios de ellos eran, o habían sido, sujetos de cuidado.

 

       -No olvides abrigarte bien, tú-aconsejó Ursula a Hansi, envolviendo a éste con una piel de lobo que tenía cierta historia desconocida por todos, salvo por Balduino y la propia giganta, quienes intercambiaron esbozos de sonrisas agridulces y guiños de ojo, renovando amistosa complicidad en aquel secreto-. Así está mejor-aprobó Ursula, besando a Hansi en la frente.

 

      Era toda una suma de incongruencias aquella joven gigantesca y hombruna, princesa de elevada y antigua estirpe, bocasucia y ordinaria, tan capaz de fracturar las costillas de un enemigo o de ir a la vanguardia de una cacería, como de llorar la muerte de una loba preñada o besar la frente de un niño. Balduino la contempló con afecto unos segundos, antes de que su mirada se desviara hacia Hansi, ahora plantado frente a él.

 

      -Mocoso...-susurró Balduino, sonriéndole con ternura.

 

       Hansi le devolvió la sonrisa, exhibiendo una dentadura algo despareja en la que los últimos dientes de leche empezaban a moverse, próximos a ser reemplazados.

 

      -Cómo creces, sabandija, cómo creces...-se lamentó Balduino, algo decepcionado ante aquel hecho inevitable. En algunos años más, Hansi esquivaría los mimos; las efusividades le parecerían cosas de mujeres y las rehuiría como la peste. Pero de qué me preocupo, si para entonces quizás yo ni esté aquí para verlo, reflexionó, no sabiendo si alegrarse o amargarse todavía más.

 

       -Todavía no tanto, señor Cabellos de Fuego-respondió Hansi, como si hubiera leído el pensamiento de Balduino; y éste se inclinó sobre él y lo abrazó con fuerza.

 

      -Si fuéramos hijos de un mismo padre, no podría amarte más-dijo. Si había alguien que simbolizara cuanto de bueno le había sucedido en Freyrstrande, ése era Hansi. Lo sintió abrazarlo con esa posesividad tan típica de él, ese cariño feroz que parecía rugir a los demás que aquel era su señor Cabellos de Fuego, y que quien también quisiera uno, fuera a buscarlo a otra parte.

 

      -Feliz Yule, señor Cabellos de Fuego.

 

       Balduino imaginó la ira de Fray Bartolomeo si escuchara tales palabras de boca de nada menos que su monaguillo.

 

      -Feliz Navidad, Hansi, hermanito-susurró; y ni bien apartó el abrazo vio a su lado a Anders, quien también quería saludar al chico antes de que éste partiera a pasar la Navidad con su padre.

 

      -Creo mejor que uno de nosotros quede en la playa-sugirió Anders-. Hace rato que no veo a Tarian. Me parece que nuestro muchacho-pez decidió de nuevo ser más pez que muchacho por un rato. Y Ljod está aquí.

 

      -¿Y eso qué tiene que ver?-preguntó Balduino, perplejo.

 

      -Que Tarian ha olvidado llevar...

 

      En ese momento se abrió la puerta y apareció el mentado, desnudo como Adán, con su larga cabellera mojada y pegada a su cuerpo apolíneo y natátil, chorreando aún un poco de agua y con las plantas de los pies recubiertas de arena que iba desprendiéndose a cada paso suyo.

 

      -...una toalla-concluyó Anders-. A ver, Tarian, espera que...-añadió, y dio media vuelta para buscar algo con qué cubrir al menos las partes pudendas del recién llegado-. Oh-oh...-gimió; porque en ese momento Ljod, tras terminar de saludar a todo el mundo, se encaminaba hacia la puerta, y allí acababa de ver ahora a Tarian, entre la maravilla y el pudor-. Bah, bueno... Supongo que ya no importa-concluyó Anders, vencido y consternado.

 

      -Bueno, bueno, jovencita-dijo severamente Balduino. Ljod parecía harto entusiasmada con lo que veía, y no era para menos, si se tenía en cuenta que se hallaba en el umbral de la adolescencia y ante un joven bello y atlético. Todo era entendible, pero ¿cómo le decía Balduino a Thomen el Chiflado que su querida hija Ljod se había pasado media hora admirando a Tarian, quien para colmo exhibía, como a propósito para la ocasión, sus atributos sexuales en todo su esplendor?-. Todo muy bien, pero no me parece que una muchachita de tu edad...

 

      -Feliz Yule-murmuró Ljod, sonriendo extasiada-. Feliz Yule.

 

      -Ljod, se terminó-dijo Balduino-. Quiero que ahora mismo...

 

      -Bah, déjala-lo interrumpió resueltamente Anders-. Al fin y al cabo, en algún momento de su vida tenía que ver a un hombre desnudo, ¿no?

 

      Hansi y Thommy se habían acercado confiadamente a Tarian y, con la mayor naturalidad del mundo, le deseaban un feliz Yule. Que estuviera desnudo no les parecía nada extraordinario; de hecho, Balduino y Anders no tenían en cuenta, en aquel momento, cuán frecuente era que la gente se desnudase, fuera así a la sauna, de allí a revolcarse en la nieve y luego de vuelta a la casa a vestirse, todo ante la mirada de los íntimos; y después de todo, ¿a quién sino a Thomen el Chiflado había visto primero Anders tomando una sauna, haciendo que el hecho derivara en la construcción de la que había ahora en Vindsborg?... Por consiguiente, Ljod había visto muchas veces cuando menos a un hombre desnudo, su propio padre. Claro que, incluso de haber reflexionado sobre ello, Balduino habría estado seguro de que Ljod no miraba a Thomen como ahora a Tarian, a quien literalmente se comía con los ojos; e imaginaba, con creciente horror, a Thommy contándole a su padre cómo había pasado el día: ¡Papá!... Zabez que... ehm...ehm... que Tadian eztaba deznudo y Ljod lo midaba y le guztaba mucho?... Por suerte había muy escasas posibilidades de que ello sucediera, porque los últimos días el cabezota de Tarian había olvidado varias veces llevar toalla para secarse luego de salir del mar, y en consecuencia Thommy lo había visto desnudo tantas veces, que era dudoso que considerara digno de comentar un hecho así. Pero había que proceder de tal manera que Thommy siguiera sin sospechar que estaba teniendo lugar algo inusual o inconveniente, o lo primero que haría sería, precisamente, contárselo a su progenitor.

 

      -Feliz Yule-seguía repitiendo Ljod, como bajo un encantamiento, sin dejar de sonreír ni de mirar embelesada a Tarian.

 

      -Sí, sí-gruñó Balduino-, feliz Yule, feliz Yule, pero...

 

      -¿Y por qué a ella no le recalcas que no es Yule, sino Navidad?-inquirió Hansi, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño, con aire de oler que había gato encerrado.

 

      -Bueno, ¡feliz Navidad, pues!-exclamó Balduino, a quien en este momento le importaba un rábano que fuera Navidad, Yule o Día del Juicio Final-. Anders: ve a tomar tu guardia afuera.

 

      -Hoy no tengo guardia-protestó Anders-; y además, ¿por qué afuera? Si hace rato que el otro puesto de guardia, debido al frío, lo tenemos aquí aden...

 

      -Anders...-lo interrumpió Balduino, sonriendo de forma muy poco alegre y nada sincera-...si te digo que tienes guardia... ¡¡¡es que TIENES GUARDIA!!!-rugió impaciente.

 

      -¡Ah! Esteee... Sí, claro-dijo Anders, entendiendo de inmediato la furiosa y desesperada mímica de Balduino.

 

      Desafortunadamente, Friedrik, el padre de Hansi, era tan aficionado a las canciones marineras como el desafinado de Gilbert. Entre uno y otro, más las conversaciones subidas de tono escuchadas en Vindsborg, Hansi estaba, en lo concerniente a sexo teórico, mucho más ilustrado de lo que parecía o de lo que el mismo Balduino sospechaba. Por ahora, su inocencia (?) y la implacable represión de Fray Bartolomeo impedían que su precocidad fuera desagradable o siquiera notoria. No tenía interés en esas cosas aún. Sin embargo, su avispamiento le alcanzaba para entender, tras un par de tropezones intelectuales, que estaba ocurriendo algo comprometedor y de algún modo prohibido, idea que lo divirtió. Así que sonrió con picardía, se miró las uñas haciéndose el inocente y canturreó:

 

      -Si salgo a cazar ballenas / llevo un arpón aguzado; / otro, más afilado, / gusta mucho a las sirenas...

 

      Balduino, en vista de la presencia de Thommy, no se animó a hacer demasiado. Dedicó a Hansi una mirada que era toda una promesa de asesinato, y acto seguido fingió sonreír como si se hallara en el summum de su dicha.

 

      -Al primero que se ría, lo mato-advirtió al mismo tiempo, secamente-. Y tú, de ser posible, desaparece, vístete y reaparece sólo cuando te hayas adecentado-gruñó a Tarian.

 

      -Feliz Yule-insistía mecánicamente Ljod.

 

      -Aunque te duela un poco, sirena, / cuando te clave mi arpón, / ya olvidarás tus penas / en brazos de tu tritón.

 

      -¡¡¡ HANSI !!!-bramó Balduino.

 

       Tarian consideraba superflua la vestimenta, algo perfectamente comprensible en alguien insensible a los cambios de temperatura, y proveniente además de otro mundo donde la desnudez era una regla sin excepciones. Por lo tanto, no tenía la menor prisa en ponerse presentable según los parámetros de la gente de tierra firme. Por otra parte, sus intereses sexuales se limitaban a saber en qué temporada debía mantenerse a distancia de los delfines ya que, por amistosos que éstos fueran, en ciertas épocas se volvían, por así decirlo,  excesivamente juguetones; y el problema de tener a Tarian nadando con tanta frecuencia entre ellos era que olvidaban que se trataba de un ser por completo distinto de su especie. El joven tenía cierta dificultad para hacerles entender que su físico no estaba preparado para semejante impetuosidad. No era la intención de ellos hacerle daño -salvo quizás en cierta parte de su anatomía, si sus bríos se volvían excesivos-, pero eran más fuertes que él y podían, por lo tanto, herirlo de gravedad. Por suerte hasta ahora se había impuesto sobre ellos a punta de arpón y tridente.

 

      Por lo demás, los propios impulsos sexuales del muchacho se habían atrofiado o reprimido en prisión, sin que nada pareciera capaz de despertarlos. Intimamente sentía que no era un ser completo, que necesitaba una mitad complementaria; pero se trataba más de un anhelo espiritual que de una necesidad física. Consecuentemente, no podía menos que extrañarse ante la para él insólita reacción de Ljod, máxime porque, a diferencia de Anders, Tarian no era consciente de su propia apostura. Miraba a la chica con curiosidad casi científica, ya que, si la gente encontraba extraño a Tarian, él en cambio consideraba que los extraños eran ellos, y los observaba tenazmente, esperando entenderlos alguna vez; pero en este momento, eso empeoraba las cosas. Los aldeanos de Freyrstrande no estaban al tanto de la exacta naturaleza de Tarian, pero intuían que la misma sólo era humana en parte. Como tampoco era posible, ni por aspecto ni por conducta, calificarlo de monstruo, les resultaba muy enigmático; y puesto que ignoraban que en Kvissensborg le habían cortado la lengua, su silencio resultaba también muy llamativo. Por lo tanto para Ljod, como para otros, era algo así como un animalito muy dulce. Lógicamente, de un animalito nadie espera que diga media palabra siquiera. Y aun así, este animalito la miraba de forma inteligente y perturbadora, y en aquellos ojos glaucos entreveía ella la seducción y el misterio de las profundidades.

 

      ¿Qué podía Balduino saber de lo que en realidad pasaba por una mente tan singular como la de Tarian? Juzgando su conducta conforme a pautas humanas, interpretó su extrañeza como vanidad. Podía entender que alguien físicamente tan privilegiado fuera proclive a gustar de la adoración del sexo femenino, pero exhibirse así delante de una niña rayaba casi en la depravación. Y encima Hansi cantando esas coplillas picarescas que lo convertían en potencial víctima de homicidio... Y Thommy allí, listo para ser testigo fiable y convincente de cualquier cosa que llamara su atención...

 

      -Feliz Yule-repitió por enésima vez Ljod. Tarian se le acercó y la besó en la mejilla, y ella se ruborizó como nunca en su vida.

 

      Y en ese momento entró el vigía ad hoc, Anders, con una cara que pronosticaba desgracia en puerta. Evidentemente se acercaba Thomen el Chiflado en persona, y le haría una gracia inenarrable hallar a su hija tan próxima a un joven incomparablemente bello e incomparablemente desnudo. Balduino reaccionó con la celeridad y la lucidez que sólo afloran en momentos de intenso dramatismo.

 

      -¡UN ÉLMING!-gritó, recordando cierto bicho cuya visión una vez parecía haber emocionado a Thommy en los bosques, y señalando hacia un rincón.

 

      -¡No se dize élming!-protestó Thommy, con acentos tan despectivos y autosuficientes que daban ganas de estrangularlo-. ¡Ze dize lemming!...

 

      -No importa cómo se llame la rata sin cola ésa-refunfuñó Balduino. ¿Sería posible que todos los hados estuvieran complotados en su contra?...-. No puede estar aquí. Encuéntrala, y... y te dejo estar aquí otra semana más.

 

      Ante tal promesa, Thommy se decidó afanosamente a buscar un roedor que nunca habría podido encontrar, por la sencilla razón de que no existía. Distraída de esta manera la atención del potencial y diminuto delator, Balduino empujó hacia la cocina a un sorprendido y alarmado Tarian, ante la mirada atónita de Varg.

 

      -¡Todos a buscar el élming... el lemming!-exclamó, para que todos fingieran ponerse en movimiento (en vez de lo cual, todos ensayaban las posiciones que más adecuadas les parecieran para contener la risa) y su apresurada maniobra no llamara la atención de Thommy-. ¡Tú, Tarian, buscarás en la cocina!-añadió; y ya in situ, agregó por lo bajo, mirando a Tarian con expresión muy poco amistosa:-. Y me importa una mierda si tienes que quedarte aquí hasta el fin de los tiempos, no vuelves a salir desnudo, a menos que quieras que te destripe-y como Varg empezara a vociferar iracundo por aquella intromisión en sus dominios, masculló:-. Dices media palabra más, y mueres.

 

     Para cuando Thomen el Chiflado y los otros pescadores llamaron a la puerta, todo estaba perfectamente bajo control, y nadie entre los presentes aparentaba sino una candidez casi angelical. Por supuesto, lo primero que hizo Thommy fue correr hacia su padre, quien lo alzó en brazos, lo besó y le preguntó cómo había pasado el día. Ahí Balduino sudó frío y sufrió como un cochino, pero el niño, con los ojos muy abiertos, habló a muchas cosas, menos de la desnudez de Tarian y el subyugado éxtasis de Ljod al verlo en condición un tanto impúdica y para colmo en primera fila; y en cambio, se extendió sobre la búsqueda del imaginario lemming en entusiasta y verborrágico relato.

 

      -No lo encontdé-concluyó, decepcionado.

 

      -No importa, Thommy. Haremos un trato-propuso Balduino-: estáte en tu casa una semana, y te dejaré pasar aquí la siguiente; ¿de acuerdo?

 

      -Tí...

 

      No era que Balduino brincase de alegría ante la idea de pasar otra semana pendiente del modoso, pero consideraba que éste merecía alguna compensación por habérsele engañado, aunque él no estuviera al tanto de tal engaño. Además era el único que, en medio de la reciente crisis y pese a sus cortos años, se había comportado ejemplarmente. A Hansi daban ganas de estrangularlo aunque, pensándolo bien, mejor aún sería contarle a Fray Bartolomeo qué tipo de canciones había estado cantando su monaguillo, para que impusiera a éste tal penitencia, que a los setenta años todavía estuviera de rodillas, cumpliéndola. A Tarian, ya que tanto gustaba de estar desnudo, lo arrojaría así en medio de un zarzal. Y a todos los demás, salvo Anders y Karl, los desollaría vivos; pues hasta Thorvald se había puesto rojo tratando de contener la risa y sin ayudar en modo alguno.

 

      Y allí estaba Thomen el Chiflado, haciendo girar entre sus manos su enorme y absurdo sombrero de paja, puntualizando el alivio y la seguridad que sentía de saber que podía contar con el señor Cabellos de Fuego, poderoso y firme como una roca, para resguardar a su familia de todo daño o amenaza...

 

      Balduino no sabía si reír o llorar.

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3 agosto 2010 2 03 /08 /agosto /2010 21:28

 

      Aunque hacía poco más de tres cuartos de siglo el martirio de una joven (identificada por algunas tradiciones como Santa Claudia de Quintras) había sido el punto de partida de una rápida cristianización de Andrusia Oriental, subsistían aquí y allá reminiscencias de paganismo. Balduino, durante los últimos meses del año, había tardado en comprender que cierta fiesta muy mentada en Freyrstrand y conocida bajo el nombre de Yule era lo más parecido a Navidad que encontraría allí. Ni los aldeanos parecían saber del todo qué conmemoraba tal festividad, que duraba tres o cuatro días (tampoco sobre esto estaban del todo seguros) alrededor del solsticio de Invierno. Probablemente el motivo de tal celebración, comprensible en tierras tan frías e inhóspitas, fuera que el día más corto del año quedaba atrás, y que a partir de allí empezaría a haber, de a poco, más luz y calor.

 

      -Si serán…-gruñía Fray Bartolomeo, comentando muy indignado a Balduino que en todas las mesas de Freyrstrand, en ocasión del Yule, se reservaban sitios para los espíritus de los muertos que, se suponía, venían a sumarse a la celebración-. El nacimiento del Salvador, bien, gracias. No hay forma de meterles en sus cabezotas qué ha de conmemorarse en verdad. Y si había alguna esperanza de inculcárselo, ésta se fue al traste desde que llegó cierto hereje que conozco.

 

      Balduino se encogió de hombros.

 

      -Pues explicadles que se equivocan-sugirió desconcertado. ¿Qué tenía que ver él en todo ese asunto?

 

      -¿Y qué crees que hago todo el tiempo, so tonto, sino tratar de hacérselo entender? ¿Contar copos de nieve?

 

      -Como sea, ¿por qué me increpáis a mí?… ¡Si lo último que haría sería indicarles qué festejar y en qué fecha!… ¡Eso es de incumbencia vuestra, no de la mía!

 

      -¡Pues…por las dudas!

 

      Estaba clarísimo que el cura había hecho de rezongar contra Balduino su deporte predilecto; y aun existiendo pasatiempos que a juicio de la mayoría habrían resultado más amenos y saludables, él no estaba dispuesto a renunciar a ése, ni a cambiarlo por otro; pero el pelirrojo parecía no entender todavía el juego.

 

      -Y no me mires con esa cara-añadió, señalando a Balduino con un índice.

 

      -¿Qué cara?-preguntó Balduino, cada vez más perplejo.

 

      -Esa cara-contestó Fray Bartolomeo, como si eso aclarara la cuestión.

 

      -Mirad, ya sé que no es precisamente el más bello de los rostros, pero es el único que tengo, ¡qué queréis que haga!-exclamó Balduino, abriendo los brazos.

 

       -No te hagas el inocente, que sabes bien a qué me refiero. Conozco de sobra a los herejes taimados y maliciosos de tu calaña.

 

      -¡Bien, bien!…-exclamó Balduino, resignado-. ¡Soy un hereje taimado y malicioso!…

 

      Fray Bartolomeo asintió con la cabeza, triunfante y satisfecho. Ya era hora de que lo reconocieras, parecía decir.

 

      -Pero a ver si la próxima vez lo admites en el confesionario-regañó.

 

      -¿Cuál confesionario? ¡Si la única vez que me confesasteis estábamos sentados cada uno en una silla, uno junto al otro!

 

      -Hablo en un amplio sentido de la palabra, hereje. No estamos siguiendo las formalidades de una confesión en toda regla, eso quiero decir.

 

      -¿Y acaso escucha menos vuestro Dios si uno no reconoce la falta sentado junto a vos e invocando al Pater, Filis et Spiritu Sanctum?

 

      -Patris et Fillii et Spiritus Sancti-corrigió Fray Bartolomeo-. Es que así como lo has hecho tú ahora, hereje, es como si te presentaras a reconocer tu falta con la cabeza gacha y hablando en voz baja; mientras que en una confesión hecha como debe hacerse, te presentas ante el Señor admitiendo valientemente tu culpa, mirándolo a los ojos y listo para soportar el castigo que El quiera imponerte. Que seguramente no será el tortazo que recibirías de la otra manera.

 

       -¡Tortazo!… Así como lo describís, vuestro Dios parece discípulo de Thorvald. Igual, ya me estoy acostumbrando a que me sacudan a cachetazos, en actos o sólo con miradas.

 

      Fray Bartolomeo hizo con la mano un ademán indicando que no le asombraba en absoluto que Balduino necesitara un buen soplamoco de tanto en tanto.

 

      -Y ahora, escucha…-dijo, mirando a Balduino como si fuera tratar con él un tema del que dependiese la seguridad del Reino entero-. Vendrá gente a saludarte… Ellos iban a venir el veintiuno… Los convencí de que postergaran sus salutaciones para el veinticuatro… Pero igual te desearán un feliz Yule¡SI SERÁN…!-exclamó, de nuevo indignado contra su grey semipagana-. No obstante, tú les responderás deseándoles feliz Navidad; ¿entendido?

 

      -A la orden, comandante-replicó Balduino, poniéndose en firmes e inclinando brevemente la cabeza en gesto de acatamiento y sumisión.

 

      -Y ya deja de bufonear. Y mejor me voy; mira quién viene ahí-gruñó el cura, a la vista de una carreta tirada por bueyes que se acercaba siguiendo un trayecto sumamente errático, que ponía en tela de juicio la sobriedad del conductor-. ¿Recuerdas, hereje, cuando te confesaste conmigo el primer domingo que pasaste aquí?-preguntó Fray Bartolomeo, palmeando la espalda del pelirrojo y sonriendo de manera extraña, casi dulce, mirando al vacío o, tal vez, hacia sus propios recuerdos-. Disfruta de tu primera Navidad en Freyrstande, hereje-dijo acto seguido a modo de despedida antes de subir a lomos de Arn, su burro.

 

      -Que paséis una hermosa Navidad vos también-contestó el pelirrojo, sonriendo-. Si hoy me confesara de nuevo con vos, ¿volveríais a decirme primero que no podéis darme la absolución, y a concedérmela acto seguido?

 

      -La verdad…sí.

 

      Balduino quedó a la espera de una explicación más detallada por parte de Fray Bartolomeo, pero éste nada más añadió, y partió haciendo marchar a Arn al paso. Era la hora del crepúsculo, y como si la Creación anhelara honrar la fecha ofrendando a la comarca su propio regalo navideño, el cielo aparecía encendido en vivos colores; y aunque Balduino llevara vistos muchos atardeceres en Freyrstrande, éste lo impactó de manera especial, porque hacia el poniente las cerrazones aparecían tan rojas cual si estuviesen empapadas en sangre, pero a medida que se aproximaban al espectador lucían un raro aspecto veteado, que se reflejaba en la nieve. Era un espectáculo fantástico y subyugante. Varios de los hombres de Balduino, a quienes él había permitido abandonar los trabajos unas horas antes en razón de la proximidad de la Nochebuena, se hallaban también visiblemente embelesados por el paisaje; y el pelirrojo no pudo menos que recordar algo que, mucho tiempo atrás, le había dicho Ulvgang en Eldersholme: Tuve que estar diez años privado del cielo, para darme cuenta de cuán hermoso es.

 

      Si la guerra ha terminado, Ulvgang y los demás volverán a prisión, pensó con tristeza Balduino, ignorante aún del reciente horror del Día de la Gehenna. Ya no pueden hacer daño a nadie. Han soportado diez años de prisión mientras que otros, tan culpables como ellos a su manera, no han estado un solo día en la cárcel. ¿Por qué no pueden quedar también ellos en libertad? Y decidió que algo tenía que intentar al respecto. Iría a ver a Arn (el asno que gobernaba el Condado de Thorhavok, no ese otro asno montado sobre el cual se alejaba Fray Bartolomeo) y discutiría con él la posibilidad de un indulto para sus hombres.

 

      Entre tanto el cura, tal vez con miras a obtener nuevas ocasiones de rezongo, no había ido en dirección a su iglesia, sino al encuentro de la carreta tirada por bueyes.

 

      -¡ES FUNDAMENTAL QUE ENTIENDA UN CUERNO!…-se le oyó gritar. El resto de sus protestas no fueron comprensibles, porque su lenguaje, tan poco ortodoxo para un eclesiástico, arrancó estentóreas pullas, no sólo a varios hombres y a la única mujer de Vindsborg, quienes se hallaban algo alejados del pelirrojo.

 

      Al fin enfiló Fray Bartolomeo en dirección a su iglesia, todavía rumiando furibundas protestas. La carreta arrastrada por bueyes continuó avanzando hacia Vindsborg, adonde se detuvo junto a Balduino. En esta ocasión, su conductor ostentaba una nariz más roja de lo habitual, y un aliento a alcohol capaz de derribar a una manada de uros que se hallara a varias leguas de distancia.

 

      -¡Pero si es el señor Cabellos de Fuego!…-exclamó Oivind mientras bajaba torpemente de la carreta, con alborozo y aparentando sorpresa, como si no fuera natural que Balduino se encontrara allí-. ¡Que tengáis un feliz Yule, señor!

 

      -No-corrigió Balduino-. Feliz Navidad, querrás decir… Igualmente para ti, Oivind.

 

      El viejo se rascó la cabeza, obviamente desorientado por efecto del alcohol.

 

      -¿Navidad?...-preguntó, quizás más para sí mismo que para Balduino. Daba la impresión de estar descifrando trabajosamente una incomprensible jerigonza.

 

      Finalmente se encogió de hombros y miró a Balduino sin decir nada, con una sonrisa de viejo ladino muy de él. Balduino se hizo el desentendido. Bien se dice que A buen entendedor, pocas palabras; pero en esta ocasión, el pelirrojo sentía curiosidad de ver qué ocurría haciendo caso omiso a los gestos de Oivind.

 

      Durante lo que pareció una eternidad, aquella escena del intercambio de sonrisas, pedigüeña la de Oivind, engañosamente cortés la de Balduino, pareció congelarse, salvo por la aparición de Ursula, con Honney y Andrusier flanqueándola como a modo de escoltas.

 

      Oivind abrió grandes como platos sus ojillos habitualmente pequeños y taimados y, sin dejar de sonreír, movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo.

 

      -¿Qué hay?…-preguntó Balduino.

 

      -Pues… Nada, señor-repuso Oivind. Pero se vio que su sonrisa desdentada empezaba a flaquear-. Bueno, sí, algo habría-admitió, vacilante.

 

      -Pues dime-respondió Balduino-, que bien sabes tú cómo recompenso yo a quienes bien me sirven; que el primer deber de un Caballero, y al que me aboco como un apóstol al cumplimiento de las enseñanzas de Jesús, es el de velar sin descanso por quienes recurren a él, y…

 

      -Señor Cabellos de Fuego…Por favor…-interrumpió bruscamente Ursula, con una expresión dolorida que había ido en aumento ante aquellas palabras del pelirrojo-. Disculpa que te lo diga, pero si es para escuchar tonterías y adulaciones, me quedo con las de este viejo embrollón. Aparte de que en eso él es insuperable, a ti te sientan muy mal.

 

      Oivind la miró con indignación.

 

      -Es fundamental que entendáis algo, princesita.

 

      El diminutivo hizo prorrumpir en carcajadas a Honney y Andrusier, pero la blonda Ursula miró a Oivind con no del todo convincente seriedad, abriendo mucho sus ojos azules.

 

      -¿Sólo yo?-preguntó al viejo-. ¿Y los piratitas que me acompañan? ¿No es fundamental que también ellos entiendan algo?

 

      Era obvio que en esta ocasión Oivind había bebido incluso más de lo habitual en él. Que permaneciera en pie hasta medianoche, era algo que admitía serias dudas. En todo caso, ahora su indignación previa pareció esfumarse como por ensalmo. No contestó, y se puso a pensar en quién sabía qué. Lo que fuera, le inspiró una sonrisa de alcohólica beatitud.

 

      -¿Y yo, Oivind?-preguntó Balduino-. ¿No es fundamental, para variar, que yo entienda algo?-Vos-contestó Oivind, apuntándole con su índice-, vos más que ninguno. Como estarían los tiempos, si no me entendiese siquiera el paladín de Freyrstrande, dechado de valor, generoso y esforzado campeón de la virtud, orgullo de…

 

      -Ya, ya, termina de una vez con la perorata, viejo ladrón, que se te está yendo la mano con las adulaciones-gruñó Andrusier, mirando a Oivind con su sempiterna carota redonda y mal afeitada.

 

      -Sí, ya no estés fastidiando a la gente de bien-aprobó Honney, y sus verdes ojos felinos refulgieron en forma temible por encima de su bigote negro.

 

      Por supuesto, ambos debían estar preguntándose cómo era posible que las autoridades no encarrilaran a bichos de verdad dañinos como Oivind y acaso forzándolo, en castigo, a ocuparse en actividades tan honestas, nobles y útiles como ir de puerto en puerto saqueando cuanto pudiera y degollando gente. Al menos, eso se desprendía oyendo sus peculiares conceptos acerca del bien y del mal. Sólo Ulvgang y Gröhelle, más sensatos que el resto, escapaban en gran medida a este molde común a los restantes Kveisunger de Vindsborg.

 

      -No les hagas caso, Oivind-dijo Balduino-. Continúa, por favor.

 

      -Como bien sabéis, estamos en Pascuas-contestó el viejo; y todavía no se había apagado la última carcajada desatada por tan asombrosa afirmación, que ya Oivind se enmendaba:-. ¡En Yule! ¡En Yule!

 

     -Ah. Eso se parece más. ¿Y?-preguntó, como con auténtica curiosidad.

 

      Entonces el viejo no pudo ya con su genio y, adoptando un aire involuntariamente infantil, fue directamente al grano:

 

      -Regalito. Regalito para el viejo y trabajador Oivind, que tantos servicios os ha prestado, ¿sí?

 

      Andrusier manifestó su disgusto y su reprobación a través de un furioso resoplido y un movimiento de labios que lo asemejó poderosamente a un caballo piafando.

 

      -Pero con mucho gusto-respondió Balduino, reprimiendo a duras penas la risa ante el aire infantil del viejo-. Honney, ¿qué tal si le das a nuestro buen Oivind una tira de carne seca?

 

      -¿Carne seca?-preguntó Oivind, desolado.

 

      -Viejo bribón, ¡lo que quieres es seguir bebiendo hasta que vino y aquavit te salgan por las orejas!-masculló Honney; una deducción que no se le habría escapado a nadie que de verdad conociera a Oivind.

 

      -¡Siempre me ofrecéis carne seca!-protestó quejumbrosamente el viejo.

 

      -Bueno, ¿y qué hay de malo en ello?-preguntó Balduino.

 

      -Mis dientes-contestó Oivind, abriendo la boca como para demostrar fehacientemente que su aparato masticador era una auténtica ruina en la que faltaban la mitad de las piezas y donde las que aún se mantenían en su sitio daban lástima. Al parecer quería persuadir a todos de que se hallaba condenado, trágico destino el suyo, a nutrirse exclusivamente de bebidas alcohólicas…

 

      -Oh, vaya… Tienes razón. Podrías cortarla muy pequeña y así tragarla sin dificultades; pero veo que se te apetece otra cosa. Si quieres, puedo ofrecerte pescado ahumado, o una buena cantidad de leche.

 

      -¡Pescado! ¡Leche!-gimió Oivind, como en el summum de la desdicha-. ¡Señor Cabellos de Fuego!…

 

      -Ah, ya, ya, hombre, deja de lloriquear, ¿o qué crees, que no te conozco?…-exclamó Balduino en tono de amonestación-. Ya sé qué quieres… Pero ven a buscarlo mañana, que me parece que por hoy ya has bebido demasiado.

 

      Al oir estas palabras, Oivind empezó poniendo cara larga, pero luego pareció de nuevo exultante ante esta promesa de incremento en sus reservas alcohólicas para el día siguiente. No tiene remedio, pensó Balduino.

 

      -¡Sí, sí, señor Cabellos de Fuego, claro, señor Cabellos de Fuego!-exclamó el viejo, muy entusiasta. Intentó hacer una amplia reverencia, pero se detuvo enseguida, viendo que peligraba su equilibrio y que, como persistiese en tal intento, su destino sería caer al suelo-. Excusadme, os lo ruego…

 

      Dio media vuelta y, con notable elegancia en alguien tan ebrio, trepó de nuevo a su carreta. 

 

      -¡Feliz Yule, señor Cabellos de Fuego!-gritó; y sin más pérdida de tiempo, hizo girar la carreta y partió más o menos (no era fácil la cosa) por donde había venido.

 

      -¡Navidad, Oivind!-respondió Balduino, viéndolo alejarse-. ¡Haz feliz a Fray Bartolomeo festejando Navidad, no Yule!



      Oivind, sin detener la carreta, se asomó por ella con cara de desconcierto.

 

      -¿Cómo decís, señor Cabellos de Fuego? ¡No… No os oigo!-dijo.

 

      -Pero, ¡mirad nada más como saca medio cuerpo fuera de la carreta!… No sé cómo no cae, embriagado como está-gruñó Balduino; y repitió a gritos la anterior recomendación.

 

      -¡No os oigo, lo siento!-insistió Oivind.

 

      -¡Pero ese imbécil está más sordo que Gilbert!-protestó Ursula.

 

      -¡¡¡QUE CELEBRES NAVIDAD, NO YULE, PUES ASÍ LO PREFIERE EL CURA!!!-bramó Balduino, sintiendo que garganta y pulmones se le hacían pedazos en ese grito.

 

      Oivind vaciló un instante, pensativo; luego, su rostro se iluminó.

 

      -Ah, ¿que le desee de parte vuestra un feliz Yule a Fray Bartolomeo?… ¡Sí, sí, señor Cabellos de Fuego, cómo no, así se hará!… ¡A vuestras órdenes!-contestó.

 

      -Renuncio-suspiró Balduino. Al menos Oivind había retornado a una postura lógica para conducir una carreta antes de seguir viaje, lo cual acrecentaba sus posibilidades de llegar entero a su casa. Pero a menos que la sordera fuera un nuevo e insospechado síntoma de embriaguez, y si todos los aldeanos eran así, ya entendía Balduino por qué Fray Bartolomeo fracasaba en sustituir en sus mentes el concepto de Yule por el de Navidad.

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2 agosto 2010 1 02 /08 /agosto /2010 19:41

    Al día siguiente amaneció nublado en Drakenstadt, y a mediodía cayó la primera de una serie de neviscas que se prolongó a lo largo de todo el día; pero era de vital importancia reparar la muralla Sur cuanto antes, de modo que ni el mal tiempo, ni la fecha (veinticuatro de diciembre), ni el luto detuvieron la tarea, en la que colaboraron codo a codo Caballeros, soldados villanos y no combatientes, éstos últimos habitantes del Zodarsweick en su mayoría.

      Edgardo durmió casi veinticuatro horas corridas sin que nadie pensara siquiera en despertarlo, ya que había dado mucho de sí mismo el día anterior, y en este momento no era imprescindible tenerlo de pie. Al despertar por sí solo notó, con cierta extrañeza, que ahora era objeto de mayor deferencia. No podía adivinar, por supuesto, el terrorífico saludo de buenos días dedicado por Dunnarswrad a sus tropas:

      -¡Raciones de vino extra!..-había explotado-. ¡Ha habido un exceso de confianza de parte vuestra! ¡Y además, si un oficial os da una orden que contradice las mías, primero debéis obedecer, y luego hacerme llegar vuestras quejas, pero jamás contrariar esa orden, y menos si ese oficial es además un Caballero!... No obstante, quien crea estar por encima incluso de un Caballero, allí estará, ¡vaya si lo estará! ¡Muy por encima!

      Y así diciendo, señaló la cabeza cercenada del teniente Erik Person, dispuesta en en lo alto de una pica muy larga. Los soldados tragaron saliva ante este horrendo adorno navideño, muy especialmente quienes, la noche del veintidós, habían tomado guardia en estado de ebriedad. Estos comprendieron que sólo de milagro la sacaban tan barata esta vez.  A Dunnarswrad se lo había despertado con el primer canto del gallo para presidir la corte marcial y, apenas ocupado su sitio en la misma, declaró culpable a Person y lo sentenció a muerte, sentencia ejecutada en el acto, sin atender a los llorosos y patéticos ruegos del condenado que, para salvarse, trató de echar culpas sobre otros, consiguiendo sólo encolerizar todavía más al irascible medio ogro.

      Este se hallaba también colaborando en la reparación de la muralla cuando Edgardo despertó, y allí fue el pelirrojo a buscarlo y, de paso, a dar una mano. Se asombró ante la gran cantidad de gente que participaba de la tarea. Reinaba un clima extraño, una mezcolanza de pena, miedo, esperanza, coraje y mil emociones más pero, por sobre todas ellas, primaba el compañerismo, como si el horror de la guerra fuese una piedra filosofal capaz de convertir las emociones primarias en algo infinitamente más puro y valioso.

      -¡Qué Hannukka pasarás!, ¿eh, David?-decía Hreithmar, de excelente humor, recibiendo él solo, desde lo alto de un andamio, una piedra enorme que David Ben Najmani, un Caballero judío, le izaba valiéndose de una polea, y que había requerido de tres hombres para cargarla.

      -Hannukka ya pasó, grandote-contestó David.

      -¿Qué celebráis en Hannukka, David?-preguntó Hreithmar, mientras colocaba la piedra en su sitio.

      -La victoria de los Macabeos.

      -¿Sí?-preguntó Hreithmar Dunnarswrad, perplejo-. ¿Los que se llevaron a Sansón al templo de no sé quién y le arrancaron los ojos?

      -Si serás animal...-murmuró con espanto un Caballero de alrededor de veintisiete o veintiocho años, mílite también él, como David, de las huestes del Viento Negro-. Esos eran los filisteos, Hreithmar; ¡los filisteos!

      En ese momento se hizo una pausa, porque acababa de llegar Edgardo y se puso a saludar a todo el mundo; luego, Hreithmar siguió intentando sacarse dudas de encima:

      -Entonces, ¿quiénes eran esos Macaneos, David?

      -Macabeos-corrigió David; y explicó pacientemente:-.Los cinco hijos de Matatías. Hannukka significa, en hebreo, inauguración; y en este caso la palabra se refiere a una inauguración en especial, la del Templo de Jerusalén, luego de la victoria de Judas Macabeo, sus hermanos y sus tropas sobre Antíoco.

       -No sé quién sería ése, pero es lindo nombre para un Wurm-observó Hreithmar.

      -Bueno, para el pueblo judío, Antíoco era más o menos eso-contestó David-. Bajo Antíoco, el Templo fue profanado, y a los judíos se los obligó a rendir culto a los dioses griegos... Fue la herencia que dejó en la Tierra Prometida el ancestro de Hipólito...-añadió, refiriéndose a Alejandro Magno, de quien se decía descendiente Hipólito Aléxida, Caballero del Viento Negro.

      -Hreithmar, ¡todo eso está en la Biblia!-gimió, cada vez más horrorizado y dolido, el mismo Caballero que previamente se había espantado tanto al confundir Dunnarswrad a los Macabeos con los filisteos.

      El medio ogro frunció el ceño, lanzó un gruñido e indicó al otro, con un ademán, que no fastidiara.

      -Tal vez en tu Biblia, Juan, pero no en la nuestra-observó Edgardo; porque Juan de Acrobón profesaba una de las tantas creencias heréticas que prosperaban en el centro del Reino.

      -¡Ja!-exclamó Dunnarswrad, triunfante, apuntando a Juan con un índice que más que un dedo parecía un grueso embutido-. ¡Toma, sabihondo!

      -¿Y como iba yo  saber que no tenéis en vuestra Biblia los dos libros de los Macabeos?-preguntó Juan, con sorpresa; y tamaño desconocimiento respecto a la Biblia ortodoxa hizo que muchos se preguntaran si los herejes nacerían herejes en vez de abrazar primero la fe generalmente aceptada y desviarse luego; sólo así se explicaba tal ignorancia.

      -De todos modos, ni mi nombre sé leer, y apenas los curas empiezan a rezar en su bendito latín, me duermo como un tronco-dijo Hreithmar-. Sospecho que, si los judíos vais al Infierno, me tendrás allí para hacerte compañía-dijo, dirigiéndose de nuevo a David-. Pero sigue contando, hombre, que esto se ha puesto interesante. Ese Hannukka, entonces, fue hace poco, ¿no?, porque tu amigo Shlomo, hace unos días, estaba buscando un candelabro para usar en Hannukka. Le conseguí uno, pero con mucho trabajo; y a él no le gustó, y yo le dije que entonces se lo metiera en...

      -Ese candelabro probablemente no tendría siete brazos-cortó David-, y si así era, no servía para Hannukka.

      -¿Algo que ver, entonces, con ese extraño armatoste que fabricasteis con ocho costillas de Thröllwurm hace unos días y sobre el que colocasteis velas no hace tanto?-preguntó Juan.

      -Sí. Se dice que Judas Macabeo, al entrar en el Templo, halló profanada la Menorá, esto es, el candelabro; pero en un rincón del templo encontró, olvidadas por el enemigo, ocho lanzas de las que se valió para sustituirla. A... bueno... a Mordecai...-hizo una pausa, sonriendo a la vez con tristeza y cierta ternura ante esta evocación de un compañero caído en combate el Día de la Gehenna-...se le ocurrió que usáramos costillas de Thröllwurm en vez de lanzas, ya que los Wurms son tan enemigos de Dios como lo fue Antíoco...

      -No me hables de enemigos de Dios, por favor-dijo Juan, con expresión y tono de lamento-. Me recuerdas que dentro de poco, personas como tú o como yo tendremos pocas ganas y motivos para celebrar nada...

      -¿Qué quieres decir?-preguntó David, intrigado.

      -Hreithmar tal vez pueda responder mejor que yo a esa pregunta.

      Todas las cabezas se volvieron hacia el aludido, quien se sintió molesto.

      -¿De qué estás hablando?-preguntó, frunciendo el ceño.

      -¿Acaso no estás al tanto de quien asumirá el mando en la defensa de Drakenstadt?-preguntó Juan, a su vez.

      -¡Nadie me informó de que se hubieran proyectado cambios al respecto!

      -¿Ni siquiera extraoficialmente?

      -¡No! ¡Ni una palabra!

      -Supongo, Juan, por tu poco entusiasmo-intervino Edgardo, entre gruñidos y con voz irónica-, que nuestro nuevo y brillante mandamás será Tancredo de Cernes Mortes...

      -No me hagas reír. Ojalá fuese él...-respondió Juan.

      -Entonces será el otro asno, Cipriano de Hestondrig-dijo tentativamente Edgardo.

      -Te hizo bien dormir tanto. Te noto optimista y de buen humor; la verdad es que nuestra suerte es mucho más negra de lo que te imaginas...

      -¿Tanto? ¿Pero quién podría ser peor que cualquiera de esos dos? Me rindo. ¿De quién se trata?

      Juan sonrió amargamente.

      -De Monseñor Georg Larson, obispo de Drakenstadt...-replicó.

      -¿QUÉ?-exclamaron al unísono Edgardo, Hreithmar y David.

      Juan asintió.

      -Es lo que se rumorea-confirmó sombríamente-. El veintiséis se dará lectura al testamento del difunto Duque Olav, que designa heredero a su hijo Dagmar bajo la regencia, en razón de la minoría de edad de de aquél, del actual canciller, Radurwulf Leifson; y éste, como primera medida, pondrá a las tropas bajo el mando del obispo.

      -¡Pero ése es un disparate!-exclamó Hreithmar, indignado.

      -No tanto-terció Edgardo.

      -¿Cómo que no tanto?-bramó Dunnarswrad-. Edgardo, ¿qué sabe él de asuntos de guerra? ¡Si hasta mejor me vería yo de sotana y dando misa, que él con una espada al cinto!

       Hubo inevitables risas al imaginar al gigantesco y furibundo medio ogro en el papel de clérigo. Acalladas las mismas, aclaró Edgardo:

       -Hreithmar, el canciller es un beato, y últimamente se lo ha visto mucho en compañía del obispo, quien por otra parte hace rato que quiere inmiscuirse en asuntos militares. Ya sabes, por eso de que, según dice, los Wurms son la estirpe de Satán.

      -¿Y cómo espera combatirlos? ¿Haciendo la señal de la Cruz?-gruñó hoscamente Dunnarswrad.

      -Y si el obispo de Drakenstadt asume el mando, judíos, herejes y paganos la pasaremos muy mal-dijo David-. No quiero pensar mal, pero puede que incluso nos use de forraje para los Wurms.

      -No, hombre-intentó tranquilizarlo Hreithmar-. Es un sacerdote, no un verdugo ni un carnicero; de hecho, vino a interceder por la vida de Person. Igual nos puede causar muchos dolores de cabeza, pero...

      -Hreithmar, Person era católico, y por eso el obispo trató de interceder por su vida. La de personas como David o yo mismo, a sus  ojos, carece de valor. Para gente como él o para Miguel de Orimor, somos criaturas del diablo-explicó Juan-. ¿Qué cosa más natural, entonces, sino que busque el modo de mandarnos, y no literalmente, al Infierno?

      El horrible semblante de Dunnarswrad quedó con expresión rara, casi de niño por la inocencia reflejada en él. Daba la impresión de lidiar con ideas imposibles de asimilar para su cerebro. En ese momento se veía tierno y querible, como al pronunciar el improvisado discurso de despedida ante los muchachos del Leitz Korp.

       Se volvió hacia Edgardo, con quien le era difícil llevarse bien, pero a quien consideraba más inteligente que él en muchos aspectos, y lo consultó con la mirada.

      -Puede ser, Hreithmar-dijo el pelirrojo-. A mí me educaron en la creencia de que judíos y herejes eran poco menos que monstruos. Sé lo que vas a decir-añadió rápidamente, al ver que Hreithmar iba a poner objeciones-: la sangre que corre por las venas humanas es siempre roja, los católicos no morimos menos que los judíos, los herejes o los paganos, en el frente de batalla nos hacemos todos hermanos e igualmente valiosos... Pero todo eso lo descubrí aquí.

      -De acuerdo; ¡pero tú no eras ni eres cura! ¡Un sacerdote debe ser más piadoso y humanitario que los hombres comunes!

      -El obispo tal vez no tenga malas intenciones, como no las tenía yo; pero la ignorancia puede mover a errores gravísimos, incluso a verdaderas atrocidades, sin que uno se lo proponga.

      -¡El obispo no e ignorante! ¡Se dice que tiene la biblioteca más inmensa de Drakenstadt!

      -Puede ser. Pero que los tenga, es una cosa; que los haya leído, otra; y que los haya interpretado correctamente, otra muy diferente. Y además, queda por demostrar que los autores de todos esos libros sean todos sabios. Dicen que muchas de las personas más instruidas son en el fondo ignorantes adulterados, asnos disfrazados de eruditos.

      -El obispo tiene una mentalidad abiertamente antijudía-terció Juan-, y se olvida de que el propio Jesús era judío. ¿Qué hacía, si no, predicando en las sinagogas?

      David meneó la cabeza con amargura.

      -Un judío, para la mayoría de los cristianos, no tiene derecho a ser siquiera un hombre común, no hablemos ya de un Mesías-señaló-; sólo puede ser un deicida.

      -Lo fueron, sin duda, los que crucificaron a Jesús; pero hasta a ésos El los perdonó-opinó Juan-. Por lo tanto, la raza está exonerada de toda culpa.

      -Además, puesto que Nuestro Señor resucitó de entre los muertos, ¡el daño no fue permanente, después de todo!-razonó Edgardo-. Supongo que ésa fue para El una buena razón para perdonarlos. Ahora, quien se crea superior al Señor...

      -Quien se crea más que el Altísimo, bien alto estará; pero no más que Person-gruñó Dunnarswrad; y agregó, de nuevo medio ogro:-. ¡A la mierda con tanto palabrerío inútil!... ¿Vamos a achicarnos ante un mequetrefe blandengue y santurrón? ¿Nosotros, que medimos fuerzas con los dragones más poderosos que hayan existimos jamás, y seguimos invictos?

      -Hablo por mí-replicó-, pero creo que David coincidirá conmigo que no es el obispo a quien más tememos.

      -No, claro que no-apoyó David-. Lo peor que podría pasarnos, lo que más tememos, es que nuestros propios compañeros se pongan de su parte.

       -¡Pero no digas idioteces!-bramó Dunnarswrad, echando espumarajos de rabia ante la indignante sugerencia-. ¿Por quiénes mierda nos tomas?

      El sincero arrebato de furor del medio ogro sosegó un poco las inquietudes de David y Juan; pero Edgardo se sentía más tenso a cada instante. No temía defender abiertamente a sus amigos, pero sí dejar de ver a éstos como tales debido  a eventuales argumentos capciosos pero lógicos en apariencia, y traicionarlos. Hasta la mente más firme y racional se vuelve inconsistente como hielo medio derretido bajo el temible sol de una peligrosa necedad.

       Continuaron trabajando. De tanto en tanto, cuando se detenían a descansar (lo que en Hreithmar no parecía necesidad), surgía entre ellos algún tema de converación... Sí, se habían despachado exploradores en busca de los jóvenes Jarlewurms que acompañaran a Talorcan el Negro en la última malandanza de éste... No, no se había descubierto aún el paradero de Bermudo...

       ¿Quién reemplazaría al Segundo Maestre de la Doble Rosa, Guido de Flaurania, caído durante la reciente batalla?... Edgardo meneó la cabeza: no lo sabía. Los Estatutos de la Orden facultaban sólo al Gran Maestre o a Su Majestad para tomar tal decisión. Seguramente, el elegido sería alguien tan ganso como Tancredo de Cernes Mortes. Ciertamente, a Guido de Flaurania, que escapaba a tal molde, lo había nombrado el propio Tancredo... Pero había que entender también un poco a éste. Hasta los idiotas más entusiastas y de más larga trayectoria tienen derecho, de vez en cuando, a tomar decisiones sensatas por error...

      ¿Y qué había de cierto en esa historia, traída por un explorador, acerca de una niñita a la que, según se decía, un Thröllwurm había salvado de las fauces de sus congéneres?... Hreithmar casi estalla de ira al oir la pregunta.

       -¡Salvada por un Thröllwurm!-tronó, burlándose-. ¿Y tú me tratabas de ignorante por no saber quiénes eran los Magaleos? ¿Nada meno que tú, que todavía no te has dado cuenta de que los Wurms nos comen cuando nos tienen inermes y a su alcance?... ¡Salvada por un Thröllwurm!... ¡Me parece que el fuego de los Jarlewurms te achicharró el cerebro!

      -Yo también creí que la historia podía ser cierta-murmuró tímidamente David.

      -¡Otro! ¡Judíos, judíos!... Mejor ve a festejar Hannukka, así no estarás pensando zonceras! ¡Salvada por un Thröllwurm!... ¡Otra perla de sabiduría como ésta y me suicido!

      -Eh...Hannukka ya pasó... Si no te molesta recordarlo-murmuró David, todavía achicado.

      -¿Cuándo fue?-gruñó Dunnarswrad, para cambiar de tema.

      -El veinticinco de...

      -¡Diciembre!-exclamó Dunnarswrad, sonriendo como la fiera que tiene a la presa entre sus fauces.

      -...Kislev-concluyó David-. Se celebra durante ocho días a partir del veinticinco de Kislev.

      -¿y cuándo cayó esa fecha en nuestro calendario?-preguntó Juan.

      -El veinticinco de diciembre-porfió Hreithmar, componiendo una muy convincente máscara de erudición y seriedad-. Kislev es el mes que nosotros llamamos  diciembre.

       David no tenía la menor noción acerca del calendario cristiano, y en su cara se revelaba el desconcierto que le merecía la pretendida sapiencia de Dunnarswrad, quien sabía que dos más dos no eran tres, pero tampoco estaba del todo seguro de que sumaran cuatro. Juan y Edgardo intercambiaron miradas jocosas. Después de todo, si la fe mueve montañas, ¿por qué no habría de mover festividades?

      Siguieron trabajando, y en la siguiente pausa, ya muy avanzada la noche y a la luz de las antorchas y fogatas, Edgardo abordó con Dunnarswrad el espinoso tema de Hodbrod Christianson y sus secuaces, temiendo que dicho tema se convirtiese en un nuevo punto de feroz disenso entre ambos; pero, para su sorpresa, el coloso escuchó todo hasta el final, y luego quedó pensativo.

       -Podría ser-dijo-. Los chicos del Leitz Korp ya no están, y precisamos gente que se ocupe de las tareas de zapa.

       En su cara de bruto se leía la añoranza de un padre por hijos ya crecidos y alejados del hogar. Edgardo nunca se había llevado bien con él, jamás había pasado de tenerle un obligado y necesario respeto para marchar medianamente al únísono; pero en ese momento se sorprendió al descubrir en su corazón un extraño y naciente afecto por el medio ogro.

      -Pero te advierto-añadió éste, con una sombra de cólera en sus pupilas- que tendrán que sudar sangre para expiar sus culpas, y como se rezaguen siquiera un segundo, los muelo a golpes.

      -Desde luego, grandote, desde luego... Son todos tuyos-dijo Edgardo, sonriendo-. Otra cosa: ¿hasta cuándo nos tendrás aquí? ¡Es tardísimo!

      -¡Oh, tú haz tu voluntad! Eres Caballero; no necesitas mi permiso para irte cuando quieras y adonde se te venga en gana.

      -Hreithmar, ésa no es la cuestión. Esta gente precisa descansar. Además, ya sólo quedamos cuatro gatos locos. No sé por qué retienes aquí a estos pobres infelices, y sólo a ellos. Algunos están que ya no dan más de cansados. Unos pocos bloques que podamos añadir esta noche no harán más fuerte a Drakenstadt.

      -Ya lo sé, y no retengo a nadie. Estos que ves aquí se quedan por su propia voluntad. Todos perdieron familiares o amigos por causa de los Wurms; ¿cómo quieres que los deje solos?... En tanto ellos no se retiren, no me retiraré yo, así me esté muriendo.

      -Ah-dijo simplemente Edgardo, y siguió trabajando.

      Hacía rato que había dejado de nevar, pero se sentía un frío intenso si se estaba quieto. Aun así, pocos se arrimaban a los fuegos durante los descansos, y los combatientes menos que nadie, ya que no podían menos que recordar los vómitos ígneos de los Jarlewurms y estremecerse de horror. En el cielo, los nubarrones se desplazaban en silencio y en masa compacta, como si también ellos fueran un ejército avanzando en sombría formación hacia una guerra. De tanto en tanto se abrían un poco, permitiendo ver algún trozo de cielo despejado y tachonado de estrellas.

      Rayando la medianoche, sorteando escombros y ruinas dejados aquí y allá por la acometida de los Jarlewurms, apareció una carreta por las calles redondas del Zodarsweick. A las riendas iba Maarten Sygfriedson; a la diestra de éste estaba otro muchacho desconocido para la mayoría de los presentes, pero ya muy familiar para Edgardo: Calímaco de Antilonia. Este último cruzó una mirada con el pelirrojo, quien comprendió que el bisoño Caballero bregaba por superar sus malos sentimientos hacia Dunnarswrad y por olvidar cómo éste lo había humillado ante todo el mundo. Con qué éxito, sólo él lo sabía.

      En la caja, sentado junto a dos barriles, venía Ignacio de Aralusia.

      -Pero qué hombres tan trabajadores-bromeó Maaarten-. Hemos pensado que, antes de enviaros a descansar, merecíais una pequeña recompensa.

      -No descansaremos-gruñó Hreithmar, testarudo.

      Maarten bajó de la carreta, meneando la cabeza, y se acercó al coloso.

      -Creo que sí, viejo-dijo, poniéndole una mano en el hombro-. Sabes, podemos reconstruir esa muralla; pero hacerla más firme que antes demorará bastante tiempo. Restaurada en muy breve lapso, puede no resultar lo bastante maciza. Dos poderosos enemigos nuestros han ido río arriba, como sabes, y aguardan el momento adecuado para atacar. Y puede que eso ocurra antes de que el muro esté reparado... En resumen, no tiene sentido apurarse tanto para levantarlo de nuevo.

      -Entonces al menos debemos encontrar a esos dos Jarlewurms... Y al tercero, Bermudo... Y con su habilidad para confundirse entre el paisaje que lo rodea, no será fácil hallarlo, no hablemos ya de matarlo...

     -De acuerdo; pero todo eso quedará para mañana. Nos hemos olvidado de enviar mensajeros desmintiendo la noticia de la caída de Drakenstadt, que en Ramtala provocó un susto de muerte. Es más, el señor Thorstein Eyjolvson ha cabalgado hasta aquí para ver qué podía salvarse del desastre, y le dio mucho gusto ver que no había tal desastre, aunque no dejó de amonestarme por no avisarle de ese detalle. Lo he puesto al tanto de nuestra actual situación. Con su ayuda, estoy seguro de que saldremos de este mal trance... Y por cierto, te felicito por tu idea de poner hombres a desollar y cortar en pedazos el cadáver de Talorcan, aunque más se desuellan y se cortan las manos ellos mismos en el intento, de tan duro que es ese cuero... Los vi mientras venía aquí. Te felicito de veras: mejor ni imaginar el hedor que habría echado esa mole al descomponerse.

      -Yo no puse a nadie a despellejar y cortar en trozos el cadáver de Talorcan. No siguen órdenes mías... Por cierto, ¿qué haces levantado? Tú tendrías que estar en cama... ¿Y esto?-preguntó Dunnarswrad, luego de que Ignacio le pusiera en la diestra un cuerno lleno de una bebida a la que, oliéndola, identificó con aquavit.

      -Me siento un poco mejor-contestó Maarten-. Ahora vamos a brindar. Todos juntos.

      -¿Aquí?

      -Aquí.

      Calímaco llenaba con un cucharón los cuernos que Ignacio tomaba de una bolsa en el fondo de la carreta y le iba pasando para tal fin antes de distribuirlos, ya llenos, entre la gente. Algunos meneaban la cabeza con terquedad, sobre todo algunas mujeres de rostro tosco venidas espontáneamente a ayudar. Estos reticentes nada querían saber de festejos, porque eran las primeras Navidades que pasarían sin tal o cual ser querido, arrebatado de este mundo por el furor asesino y la malevolencia de los Wurms. Pero Ignacio sabía ser persuasivo usando pocas palabras: Por favor. Necesitamos de vos en las buenas lo mismo que en las malas... Y acompañaba el ruego con un sonrisa algo triste y un abrazo, una caricia o un apretón de manos según el caso. Era, en ese momento, lo mismo un mendigo implorando una limosna de unión y afecto, que un hombre rico en dichos valores y dispuesto a prodigarlos indistintamente entre cuantos se le acercaran...    Y entonces la gente se daba cuenta de lo atrozmente necesitada de calor humano que se hallaba, y se iba acercando a Maarten, Hreithmar y los demás, con los ojos arrasados en lágrimas, apoyándose unos en otros.

      -¿Por qué brindaremos?-preguntó Edgardo.

      Hubo un breve silencio.

      -Demos gracias al Señor porque aún estamos vivos y porque Drakenstadt aún resiste-propuso David-. Agradezcámosle que nos haya bendecido con la desdicha, sin la cual no valoraríamos este momento en que estamos juntos pese a ser tan diferentes. Alabémoslo por el coraje que puso en los valientes que ofrendaron sus vidas para proteger tantas otras. Agradezcámosle el honor de haberlos conocido aunque más no sea por poco tiempo... Y pidámosle que, ocurra lo que ocurra, no permita que ese valor flaquee.

      -Y que nos conceda un momento de paz esta noche tan especial-añadió Maarten.

      Edgardo se aproximó a Calímaco quien, tras terminar de llenar los cuernos y tomar uno para él, permanecía sombrío y aislado del resto, y lo llevó con suavidad junto a los demás. El antilonio observó de soslayo y con mucho resentimiento a Hreithmar, pero tuvo que reconocer que era cierto lo que había dicho Edgardo: el medio ogro parecía ni acordarse de él.

      Por las segundas oportunidades que El nos concede a todos, pensó Edgardo. Que nos conceda también el entendimiento necesario para saber aprovecharlas. Y en ese momento, desde la Catedral de Nuestra Señora de Drakenstadt, repicó la primera campanada de medianoche.

      -Cristianos: feliz Navidad. Judíos: feliz Hannukka-dijo Dunnarswrad-. Y a los demás... ¡que el diablo nos reserve en el Infierno el mejor lugar desde el cual ver a los Wurms caer aún más bajo que nosotros!

      Segundos más tarde, con el sonido de la última campanada vibrando aún en el aire helado de la noche, los cuernos se alzaban en un extraño y hermoso brindis que ninguno de los presentes olvidaría jamás mientras viviera. Como un símbolo de renacimiento, un grupo de sobrevientes erosionados por una guerra dura, despareja y cruel pero todavía invictos, al pie de murallas que volvían a levantarse y en medio de una oscura noche iluminada por antorchas vacilantes pero tenaces, se daban ánimos unos a otros, a la espera que tiempos mejores despuntaran en sus vidas, como el amanecer que se levanta desde el horizonte y derrota a las tinieblas.

      -¿Qué miras?-susurró Ignacio a Edgardo, cuya vista permanecía fija en el cielo.

      -Esa estrella-respondió Edgardo-. Se mueve.

      Ignacio miró hacia el punto señalado por el índice de Edgardo, un trozo de firmamento que sólo ocasionalmente ocultaban las nubes.

      -Me parece que la fecha te está sugestionando. No veo ninguna estrella moviéndose ahí arriba-opinó.

      -Se mueve, Ignacio. Te aseguro que se mueve.

      Por un momento se preguntó Edgardo si Ignacio no tendría razón; porque la verdad era que eso de escudriñar los cielos en busca de quién sabía qué, y creer que encontraba algo, no era nuevo para él. Una noche de agosto, en su infancia, había visto algo surcando el firmamento. También entonces, como ahora, había extendido su índice hacia el misterioso viajero cósmico; sólo que, en aquella oportunidad, su excitación había sido mucho mayor:

      -¡Mira, Balduino!... ¡La estrella de Belén!...

       -¿Dónde? ¿Dónde?

        -¡Allí! ¡Mira!

      -¡No veo!

      No alcanzaba la ventana. Era un enano, recordó Edgardo, con sonrisa nostálgica. Tuve que alzarlo... ¡Y cómo pesaba! Por ese entonces, me resultaba pesado de muchas formas, admitió con amargura. Más allá del espacio y el tiempo, un par de inmensos ojos de niño, desde un rostro atiborrado de pecas, lo miraba con admiración, angustia y reproche. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Balduino, hermano, si yo hubiera sabido qué se sentía al ser la última nuez del costal, habría pasado más tiempo contigo. No lo hice, y ahora llevo en el alma un peso mucho mayor del que tú podrías haber sido jamás. No entiendo por qué algo que para otros sería una tontería a mí me atormenta de esta manera, pero me gustaría verte al menos una sola vez más para decírtelo, aunque me cubrieras de insultos... ¿Dónde estarás, Balduino? ¿Te acordarás siquiera de mí?

      ¿Dónde estaba Balduino?

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Published by EKELEDUDU
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29 julio 2010 4 29 /07 /julio /2010 18:35

CCX

       A esa hora, en un torreón cercano a la muralla Oeste de Drakenstadt, el joven Calímaco de Antilonia, tímido y taciturno, comparecía ante el Gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, quien lo había hecho llamar y lo recibía ahora con semblante gélido y acusador.

 

      -¿Sabéis por qué estáis aquí?-preguntó el Gran Maestre con sequedad.

 

      -No, señor-contestó Calímaco, pese a que sí sabía y de antemano deseaba que se lo tragara la tierra antes que verse obligado a afrontar aquel supremo y adicional bochorno.

 

      -No lo sabéis...-murmuró Tancredo de Cernes Mortes, sonriendo con ironía y ninguna alegría verdadera-. Pues os lo vos a decir, aunque poca gracia me hace. Hoy trajisteis deshonra a nuestra Orden y a toda la Caballería. Me considero tolerante con las flaquezas de mis hombres, pero la exhibición de cobardía que protagonizasteis hoy nos convertirá en el hazmerreír de Drakenstadt. Ya ese gran asno de Cipriano de Hestondrig ha dicho con sarcasmo, refiriéndose a vos, que hoy hasta Santa María Magdalena estuvo luchando contra los Wurms. Sí, así os llamó: María Magdalena. Pronto la ciudad entera os llamará así.

 

      Se paseaba amenazante, cual fiera en torno a la presa, en torno al desventurado Calímaco, quien intentaba mantenerse tan hierático como le era posible, tratando de persuadirse a sí mismo de que estaba hecho de piedra, aunque sentía la humillación corroyéndolo como la más maligna de las lepras.

 

      -Seré breve: la ignominia que por vuestra culpa pesa sobre nuestra Orden, no la olvidaré así como así-continuó Tancredo de Cernes Mortes-. Si erais miedoso, debiste haceros clérigo y no Caballero. Tened por seguro que, gracias a vos, esos buitres advenedizos del Viento Negro dormirán hoy hartos de carroña.

 

      -Tenéis toda la razón, señor-murmuró sombríamente Calímaco, deseando, casi, que se lo condenara a muerte antes que atormentarlo de esa manera.

 

       -No os autoricé a hablar...-gritó Tancredo de Cernes Mortes-...ni toleraré de vos que, para colmo, os arroguéis el derecho de interrumpirme mientras hablo... Nada menos que vos, que tenéis tan depreciado vuestro orgullo de casta, que dejasteis que ese palurdo medio ogro, Hjalmarson, os pusiera las manos encima y hasta os sacudiera como se sacude un perro las pulgas.

 

      Calímaco sintió la sangre afluyéndole hacia el rostro mientras recordaba su propio llanto aterrado, el semblante horrible de Hreithmar Dunnarswrad llamándolo cobarde, el enorme puño agitándose amenazante ante él mientras otra mano gigantesca lo sostenía en vilo, las miradas de todo el mundo fijas en ellos... Por más que viviera una eternidad, Calímaco jamás olvidaría aquel bochorno. Si había en verdad un Infierno, estando allí debía sentirse uno como él se sentía ahora; pues no hay mayor suplicio que el de saberse una criatura entre grotesca y patética, que existe sólo por crueles caprichos de la Naturaleza.

 

      El Gran Maestre no cumplió con la brevedad prometida. Más de media hora llevaba torturando así a Calímaco, increpándolo, a gritos por momentos, por no haber sabido vencer su miedo, cuando se oyó a alguien subir la escalinata a la carrera y abrir intempestivamente la puerta de aquel cuarto. El antilonio permaneció con la vista al frente, sin volverse, agradecido por aquel respiro en medio del suplicio.

 

      -¿Vos?-oyó que preguntaba el Gran Maestre al recién llegado, fuera quien fuere éste-. ¿Qué ocurre?

 

      Por toda respuesta sobrevino un silencio muy corto y que sin embargo pareció eterno; un silencio cargador de arrollador, intenso odio. Y el mismo sentimiento, pero mezclado ahora con un impulso justiciero y protector, saturó las palabras que siguieron:

 

      -Ven, compañero. Te sacaré de aquí.

 

      Calímaco se volvió por fin, sorprendido, y vio a Edgardo de Rabenland. Este miró al novato y recordó escenas de su propia infancia y faltas propias y lejanas que hoy pesaban profundamente en su alma como una cruz que se lleva a cuestas: imágenes de un hermano menor hostigado por extraños y abandonado por motivos mezquinos y cobardes aunque comprensibles en un niño. Más allá de los ojos de Calímaco, ese hermano menor parecía implorar desesperadamente por ayuda. Aquí estoy. No te fallaré esta vez, pensó Edgardo, quien seguía viendo en cada desamparado a ese hermano al que había dado la espalda cuando, tal vez, lo necesitaba más.

 

      De repente advirtió que el Gran Maestre le estaba diciendo quién sabía qué, y que tampoco le importaba qué decía. Súbitamente descubría que ya ni odio sentía por él, sino simplemente una profunda repulsión, que no podría haber sido peor si hubiera tenido ante él, no a Tancredo de Cernes Mortes, sino un balde lleno de babosas.

      -¿No os cansáis de siempre rebuznar?-le gruñó.

 

      -¿Cómo decís?...-exclamó Tancredo de Cernes Mortes, sorprendido por tamaña insolencia y a la vez amenazante-. Os advierto que...

 

      -No, yo os advertiré a vos-lo interrumpió Edgardo; y trató en vano de hacerse oir, pero el Gran Maestre hablaba a la par de él, de modo que ninguno de los dos escuchaba lo que decía el otro.

 

      Así duró esta situación, hasta que los últimos jirones de paciencia que aún reservaba Edgardo para aquel hombre desaparecieron, y ya no pudo soportarlo más. Entonces, de repente, su puño impactó contra la mandíbula del gran Maestre con la fuerza de un mazazo descargado contra una estatua largo tiempo aborrecida y tolerada a la fuerza. Era algo inesperado, porque los nobles no luchaban a puñetazos, excepto como mucho en su más temprana y alocada juventud: se lo consideraba un estilo de lucha villanesco y despreciable. Edgardo mismo no peleaba así desde los trece o catorce años y no dominaba bien la técnica, aunque sí la teoría, por haber visto en más de una ocasión, con curiosidad a hombres de Dunnarswrad boxeando por puro placer; de modo que los nudillos le quedaron tan colorados como sus cabellos o como su semblante enrojecido de furor. Pero su acción le brindó una satisfacción personal, y un placer mayúsculo.

 

      Tancredo de Cernes Mortes hizo un pobre y ridículo intento por conservar el equilibrio tras el golpe. Acabó desplomándose cuan largo era, sin poder aceptar que aquello estuviera sucediendo.

 

      -Escúchame bien, desgraciado: tú y ese otro imbécil de Cipriano de Hestondrig, compitiendo por veros cada uno en primer plano respecto al otro en todas y cada una de las escenas de esta guerra, no hacéis más que ir de ridículo en ridículo, mientras de fondo estamos los demás, luchando-apostrofó Edgardo con desdén, cólérico y terrible como el también pelirrojo Thor; y cada una de sus palabras era como un escupitajo y un cachetazo al rostro de Tancredo-. Hasta ahora, sin embargo, erais en general sólo bufonescos y lamentables; ahora empezáis a resultar también dañinos. Por mí, mataos mutuamente, pero dejadnos en paz a los demás. Si vuelvo a sorprenderte maltratando a uno de mis compañeros, te mato a golpes antes de que te des cuenta de ello.

 

      -Vais a pagar por esto...-susurró el Gran Maestre en tono lúgubre.

 

      -No, no creo-contestó Edgardo, sonriendo con burla-. No eres muy querido, pero te toleramos porque algún Gran Maestre tenemos que tener y no es momento de elegir otro. Pero todos tus hombres sabrán lo que ocurrirá aquí, aunque nada saldrá del secreto de nuestra Orden. Pero vuelve a ensañarte con alguien más, y el siguiente en saberlo será Cipriano de Hestondrig, quien tendrá mucho placer en hacer que hasta los Wurms se enteren del poco respeto que te tenemos.

 

      -Os arrepentiréis-jadeó Tancredo de Cernes Mortes-. Os arrepentiréis.

 

      Pero Edgardo ya no le prestaba atención.

 

      -Vamos, Calímaco-dijo, apremiante.

 

      -No, señor. Afrontaré mi castigo; lo merezco-murmuró el antilonio, sombrío, nervioso y obstinado.

 

      -¡Ahí tenéis!... Hasta él lo admite-dijo triunfalmente Tancredo de Cernes Mortes, señalando a Calímaco con su índice.

 

      -Vamos, he dicho-repitió Edgardo con voz dura; y se volvió hacia el Gran Maestre-. Y tú cállate, si no quieres quedar deforme e irreconocible a fuerza de golpes-lo increpó Edgardo; y la mitad de su rostro alcanzada tiempo atrás por el fuego y la brea de Talorcan se veía tan malévola y monstruosa que a su lado, el semblante de Dunnarswrad habría parecido el de un monaguillo.

 

      -Asumiré mi culpa, y entonces el señor Tancredo perdone lo que acabáis de hacer. No quiero que tengáis problemas por mi causa-dijo Calímaco.

 

      Edgardo lo miró escéptico y atónito.

 

      -Te juro que si te atreves a interceder por mí ante esta babosa, te sacudo a ti también-dijo por fin-. Como si después de enfrentarme a los Wurms precisara de la misericordia de este infeliz... Y ahora, te dejas de estupideces y vienes conmigo, que hay mucho de qué hablar, y quiero terminar cuanto antes e irme por fin a dormir.

 

      Nunca supo Calímaco por qué obedeció a Edgardo. No fue por miedo: coincidía con Edgardo en que, después de enfrentarse a los Wurms (y a Dunnarswrad), era difícil hallar algo más intimidante. Por otra parte, el pelirrojo demostraba mucha autoridad, pero el Gran Maestre seguía siendo Tancredo de Cernes Mortes.

 

      De cualquier manera, bajaron juntos la escalinata del torreón, dejando a Tancredo sorprendido, indignado y todavía postrado en el suelo, preguntándose sin duda cómo castigaría a Edgardo.

 

      -Compañero, hay tantas cosas que quisiera decirte, y no sé cómo decirlas-murmuró Edgardo, mientras descendían aún la escalinata-. Las resumiré en dos palabras: Perdóname... Gracias.

 

      -¿Gracias? ¿Gracias por qué?-preguntó Calímaco, encogiéndose de hombros con amargura-. Ahora sé que soy un cobarde y un inútil, aunque no pueda sentir el menor afecto por quien me lo hace saber gritándomelo en la cara y humillándome frente a todo el mundo.

 

      -Calímaco, Hreithmar no me agrada mucho, ni yo a él; pero no lo juzgues tan de prisa a él ni seas tan duro contigo mismo. Déjame que te explique-propuso Edgardo con suavidad; y aferrando a Calímaco por el brazo, lo detuvo cuando estaban a la mitad del descenso de la escalinata y allí, en la penumbra, tuvo lugar casi todo el resto de la charla-. Te aterraste en el frente de batalla, al estar por primera vez frente a los Wurms, porque sólo un tonto en tu lugar no habría sentido miedo. Todos pasamos por eso. Pero en el caso de la mayoría, los aterrados éramos muchos al mismo tiempo, y  cada uno hallaba consuelo en la certeza de que no era el único. Nos sabíamos total y absolutamente aterrados, aunque nadie lo confesara abiertamente. Además, tuvimos tiempo de luchar con nuestro terror antes de vérnoslas con los Wurms, suerte con la que tú no contaste: fuiste arrancado del lecho en medio del sueño para ir a enfrentar a un enemigo al que no conocías y al que no tuviste tiempo de acostumbrarte. Y en ese momento eras el único en ese estado. ¿Tan difícil de entender es que lloraras de miedo y desesperación? Creo que no.

 

      -Habláis así por lástima. Agradezco vuestra piedad, pero dejadme conservar al menos una pizca de honra asumiendo mi bochorno-contestó Calímaco.

 

      Edgardo se impacientó.

 

      -Calímaco, dentro de cada uno de nosotros hay un demonio que, en momentos como éste, sale a susurrarnos al oído que somos indignos, míseros e inútiles; por lo que más quieras, ¡no lo escuches!-replicó-. Además, no he terminado. Hoy, tal vez por primera vez en tu vida, sentiste miedo; pero te aseguro que no lo conoces realmente sino que, por el contrario, recién empiezas a sospechar lo que es. Cuando instintivamente te sobresaltes nada más que con ver una fogata, recordando las llamaradas de los Jarlewurms; cuando los Wurms te acechen en tus pesadillas y odies dormir por temor a encontrarlos en sueños; cuando otees el horizonte rezando con el corazón oprimido,  suplicando en tus plegarias para nunca más ver de nuevo a esos monstruos apareciendo en la lejanía, y te sientas desvanecer al divisarlos allí una vez más, entonces sabrás qué es tener miedo. Para cuando llegues a esa etapa, sin embargo, harás lo que tienes que hacer porque sabrás que lo tienes que hacer, pero sin pensar en lo que estás haciendo; de lo contrario, no tendrías valor para hacerlo. No obstante, el miedo estará aún allí, latente, y podrá ser más velozmente contagioso que la peor de las pestes. Por eso Hreithmar te zamarreó, te gritó y te amenazó: era imprescindible extirpar ese brote de miedo desde sus mismas raíces, antes de que se expandiera entre los demás. Todos queríamos ponernos a gritar y a llorar contigo; estamos hartos de esto, no aguantamos más y, pese a ello, vale más que aguantemos, o sobrevendrá un desastre como para dejar enanos los horrores del Apocalipsis. Pero si tú no eres más que nosotros, tampoco eres menos. Hreithmar exigió te exigió vencer tu miedo y pelear como los demás. ¿Eso no te dice nada? ¿No piensas que, si de verdad te hubiera creído cobarde e inútil, se habría contentado con aplastarte como a una cucaracha para que no anduvieras por ahí, molestando? A su lado todos somos cobardes, porque él no conoce el miedo; pero a la vez todos nos sabemos capaces de superarlo, como tú lo hiciste. No fue nada personal contigo. Ya verás que cuando se cruce contigo ni se acordará que eres el mismo al que zamarreó e insultó; así es él.

 

      -Tal vez no lo recuerde vuestro Hreithmar, pero sí lo haré yo, y no se lo perdonaré; no puedo.

 

      -Calímaco, ¿por qué eres tan terco? ¿No entiendes que Hreithmar no podía hacer otra cosa?

 

      -No soy terco. Lo entiende mi razón, pero no lo acepta mi corazón. No sabéis lo que es verse en una situación así... En este mismo momento siento crecer el rencor, carcomiéndome vivo. ¿Creeis que no quisiera perdonar? Pero, ¿cómo se hace para olvidar que fui puesto en exhibición ante tanta gente a causa de mi miedo y mi miseria? ¿Cómo se hace para olvidar tamaña humillación?

 

      -Tal vez tratando de recordar que tienes motivos para estar orgulloso de ti mismo. Es verdad lo que dijo Ignacio durante la cena: todos necesitamos modelos a los que imitar, pero no es obligación nuestra ser como ellos en todo. Cada uno tiene sus propias y valiosas cualidades.

 

      Se oyeron pasos que descendían la escalinata, y tuvieron que hacerse a un lado para dejar pasar al Gran Maestre del Viento Negro, Tancredo de Cernes Mortes. Este, tras evaluar su propia y reciente humillación, había decidido no castigar a Edgardo, al menos pública y ostensiblemente. De hacerlo, se sabría que el pelirrojo lo habría golpeado, y unos cuantos, Cipriano de Hestondrig entre ellos, hallarían en ello mucho regodeo; mientras que no haciendo nada, aunque Edgardo hablase, parecería que lo estaba inventando todo.

 

      Pasó junto a los dos subalternos sin mirarlos ni saludarlos, como si no existieran. Casi adivinó Edgardo sus planes, y pensó qué fácil sería para Tancredo, quien sólo buscaría guardar apariencias, superar su vergüenza, y cuán difícil lo sería para Calímaco, quien buscaría ennoblecerse y trascender por encima de su propia mediocridad porque, en el fondo, ya era mucho más noble de lo que imaginaba.

 

      -Hasta este imbécil se da cuenta de que tienes méritos-susurró Edgardo, cuando quedó de nuevo a solas con Calímaco-. Por ahora estará muy ocupado tratando de justificarse de la muerte del Duque Olav, de quien aseguraba ser su gran protector; pero ya verás que cuando le sobre tiempo tampoco hará nada contra mí ni contra ti, aunque también podría deberse a que lo tengo agarrado del pescuezo con eso de ventilar ante Cipriano de Hestondrig lo que pasó hace un rato.

      -No os gastéis tratando de convencerme; no vais a lograrlo-dijo Calímaco-. A la primera oportunidad que se me presente, desertaré, me iré de aquí. Cuando me halle solo en los bosques, donde nadie sepa de mi miedo y mi deshonra, quedaré en paz hasta donde me sea posible. Denunciadme si queréis. Una condena a muerte también me sentará mejor que vivir con este recuerdo horrible-e hizo ademán de proseguir su camino, cuando Edgardo lo detuvo de nuevo y lo abrazó como a un hermano.

 

      El gesto sorprendió, no sólo a Calímaco, sino también al propio Edgardo. En otro tiempo, jamás habría sido tan audaz o tan efusivo con alguien a quien recién conociera; habría temido lo que pudieran pensar de él. Pero ahora, cualquiera que combatiese a su lado contra los Wurms era un hermano más, y Edgardo prefería derrochar afecto antes que mezquinarlo y no tener tiempo de prodigarlo más tarde.

 

      Pensó en los compañeros que habían muerto así, en sus brazos o en los de otros hombres. El recuerdo a la vez triste y dulce le arrancó lágrimas silenciosas.

 

      -No te denunciaré. ¿Cómo podría?-dijo-. A través de ti entiendo ahora a otros que desertaron, como tú planeas hacerlo. Además, merecería que lo hicieras. Anoche fui grosero contigo. Ignacio tenía razón, mi gesto merecía que te levantaras de la mesa y no movieras un dedo para ayudar a nadie. Esta noche estuviste con nosotros todavía. Más aun, tuviste excusa para retroceder, pues te ordené que lo hicieras, pero me seguiste para estar a mi lado y protegerme si fuera necesario. Nunca olvidaré eso. Es mucho más de lo que merece un asno como yo... Pero piensa bien eso de marcharte. Es, por supuesto, el camino más fácil; dudo que también sea el mejor, incluso para ti. Y nosotros te necesitamos. Sólo con saber que hay uno más peleando con nosotros, aunque tan deseoso de huir y ponerse a salvo como los demás, nos reconfortas.

 

       También Calímaco se preguntaba si desertar sería lo mejor para él. Su humillación y su miedo habían hecho las valijas mucho antes que él, y estaban listos para seguirlo adonde quiera que él fuese.

 

       -Sólo propónte quedar con nosotros hasta el próximo combate, siempre hasta el próximo combate-concluyó Edgardo.

 

       Separaron el abrazo y, tácitamente, supieron que ya nada más tenían que decirse. Reemprendieron el descenso de la escalinata, silenciosos y taciturnos.

 

      Un grupo de soldados aguardaba ante la puerta del torreón. Calímaco se sintió horriblemente incómodo al reconocer entre ellos a algunos testigos del episodio que ahora abría una brecha entre él y Dunnarswrad y que lo cubría de ignominia y escándalo. Todos sabían que Tancredo de Cernes Mortes lo había hecho comparecer ante él para mortificarlo por ese asunto, y venían a asegurarse de que Edgardo hubiera podido rescatarlo y a solidarizarse con él; porque les era imposible no sentir empatía con el bisoño Caballero.

 

       -Dejadme solo, por favor-pidió Calímaco, antes de que nadie pudiera hablarle.

 

       -Te dejaremos solo, pero nos dolerá hacerlo; pues sabemos que no estarás realmente solo, sino en la peor de las compañías, la de pensamientos aciagos y dañinos-dijo Edgardo-. No estés mucho tiempo así, por favor. Vuelve con nosotros tan pronto como puedas.

 

      Y lo dejaron ir, aunque no sin antes palmearle la espalda, el brazo o el hombro, comprensiva y afectuosamente.

 

      Edgardo lo vio alejarse e hizo lo propio. Ya había hecho cuanto podía hacer por Calímaco... Y ahora no tenía otro deseo que el de, por fin, arrastrarse hasta la cama y dormir un año corrido.

 

 

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28 julio 2010 3 28 /07 /julio /2010 18:43

      Durante aquella extenuante jornada, hubo que permitir a los guerreros dormir por turnos, aunque no más de dos horas antes de despertarlos de nuevo para regresarlos al frente de batalla. Desde ya que no iban al cuartel para descansar, sino que se tendían a dormir en el suelo y tan cerca de la zona de combate como pudieran, a fin de poder relevar con mayor presteza a sus compañeros cuando fuera la ocasión. Muchos incluso durmieron a descubierto. Hubo quienes se tendieron a dormir en la nieve, cansados y sudorosos como estaban, y así enfermaron de gravedad y hasta murieron algunos de ellos; todo lo cual traería consecuencias más tarde.

 

      La mayoría de los oficiales se resistió a descansar mientras duró el ataque. A Ignacio de Aralusia, quien cayó desmayado de agotamiento, hubo que apartarlo a la rastra de los muros de la ciudad. Para envidia de muchos, sin embargo, cuando la lucha tocaba a su fin, Hreithmar Dunnarswrad recién parecía estar entrando en calor.

 

      Por último, los Wurms tuvieron que reconocer que también esta tentativa de remontar el Kronungalv y tomar Drakenstadt, increíblemente, había fracasado, salvo para tres o cuatro de ellos, y mucho mayor habría sido su pesimismo de haber conocido en ese momento el destino de Talorcan el Negro, que quizás sólo llegarían a intuir. Probablemente especulaban que esos tres o cuatro atacarían la próxima vez desde otro frente, ayudando a debilitar la ciudad. Además, el viento había vuelto a virar, soplando hacia el Norte, por lo que ya no servía a los propósitos de los Jarlewurms, que lo tenían en contra en caso de querer avanzar más, y estarían, en tal sentido, poco menos que inmovilizados en sus sitios. De hecho, tan estáticos habían estado en cierto momento que, por primera vez desde el inicio de la Guerra, las catapultas habían causado entre ellos estregos de relevancia, matando a dos e hiriendo al menos a diez, aunque de éstos, no todos debían hallarse graves. Al parecer, la causa de que sufrieran tantos daños poco frecuentes había sido su amuchamiento en el avance: al creer que remontar el Kronungalv sería esta vez cosa fácil, todos se habían apresurado para figurar entre los primeros, lo que redundó en una menor maniobrabilidad al tener que esquivar el bombardeo de las catapultas. En lo sucesivo, los Wurms parecieron aprender esta lección y preservar mucho espacio libre entre ellos cuando atacaban. Sólo una vez olvidarían tomar tal precaución... Y cuando lo hicieran, sufrirían la más humillante y amarga derrota que pudieran concebir.

 

      Edgardo de Rabenland fue el primero en encaramarse en lo alto de la muralla a investigar, cuando del otro lado de ésta las cosas parecieron demasiado calmas. Era un gesto habitual en él, y que siempre echaba a correr todo tipo de murmullos acerca de su temeridad; pero la costumbre le había quedado desde poco después de los inicios de la guerra, cuando todavía tenía ánimos para fingir un valor que no sentía; y era producto del cálculo de que mucho tiempo batallando, viento soplando del Sur y un alto en el fuego por parte de los Wurms eran síntoma de la retirada de los monstruos y que, por lo tanto, ya casi no había peligro. Ahora no se atrevía a revelar la verdad ni a sus amigos; pero su sentido del honor le impulsaba al menos a buscar otras formas de merecer el mando obtenido en recompensa (dudosa recompensa, solía pensar) a tan inexistente heroísmo.

 

      -¡Se retiran! ¡Los Wurms se retiran!-tronó triunfalmente, viendo desaparecer en la lejanía las familiares y siniestras figuras en forma de drakkars de los Jarlewurms, entremezcladas con las achaparradas y natátiles formas de sus siervos, los Thröllewurms.

 

      Hubo un estallido de júbilo entre las tropas, y varios subieron también a los muros, desde lo alto de los cuales lanzaron insultos y provocaciones a los Wurms, a pesar de que si éstos hubieran dado media vuelta y retomado la batalla se habrían descorazonado y acobardado, ya que no daban más.

 

      -Nos salvamos de milagro, ¿eh, señor?-preguntó a Edgardo un arquero plebeyo.

 

      -En parte. Y en parte, también, porque no nos rendimos-aunque ya es todo un milagro que siguiéramos resistiendo incluso creyéndonos derrotados de antemano, pensó Edgardo. Todavía no sé cómo lo hicimos. Palmeó con afecto la espalda del arquero-. El Duque Olav puede estar orgulloso de vosotros. Combatísteis bien.

 

      Se hizo un silencio sombrío, y por fin otro soldado dijo:

 

      -Señor, han llegado informes de que el Duque Olav murió durante la lucha.

 

      Edgardo tardó en asimilar la noticia.

 

      -Bueno... Se ha reunido por fin con su hijo Gudjon... El cual podrá, también, estar tan orgulloso de su padre como éste lo estuvo de él-murmuró, pensativo-. Nuestro Señor los guarde a ambos... Ahora, el pobre Dagmar será Duque... Pobre muchacho, heredar el título en estas circunstancias...-aunque ¡bella fiesta hubieran hecho en su lugar mis queridos hermanos mayores!, pensó, venenoso-. Habrá que darle la noticia... Pero, ¿quién lo hará? La verdad, no me siento valiente para este tipo de cosas.

 

      -Ya debe saberlo, señor. Vuestro Gran Maestre, el señor Tancredo de Cernes Mortes, dijo que se encargaría personalmente de informarle; que era menester respaldar al príncipe Dagmar en esta hora nefasta y reconfortarlo haciéndole saber que su padre al menos murió como un héroe-aclaró otro soldado que estaba cerca.

 

      -¿Sí? ¡Increíble!-exclamó Edgardo, admirado y orgulloso de su Gran Maestre por primera vez desde el ascenso de éste a aquel cargo-. Por fin ese hombre hará algo bueno y útil en vez de querellarse con el Segundo Maestre del Viento Negro.

 

      Tras ciertas vacilaciones, añadió el soldado:

 

      -Dijo el señor Tancredo de Cernes Mortes que, por doloroso que sea este momento, el Príncipe Dagmar debe sobreponerse a él y avalar a un regente que entienda de asuntos de milicia, y no a aficionados que improvisan sin tener la menor idea de nada.

 

       Todo lo cual, era apenas un largo eufemismo para decir que lo único que en realidad interesaba a Tancredo Cernes Mortes era proponerse él mismo como regente, o en su defecto a alguien a quien pudiera manejar como a una marioneta.

 

       Edgardo se apoyó sobre una almena y se cubrió el rostro, el cual era la imagen misma de la tempestad.

 

       -Me hubieras dejado con la ilusión...-gruñó, lleno de vergüenza ajena-. En momentos como éste me siento tan idiota que apenas si puedo soportarlo-se enderezó, resignado-. Me voy a dormir. Si los Wurms regresan aquí antes de que despierte, decidles de parte mía que les deseo suerte y que, si van a devorar a todo el mundo, al menos que lo hagan por riguroso orden jerárquico y comenzando por el señor Tancredo de Cernes Mortes.

 

      Pero cuando ya estaba por dar media vuelta, un tercer soldado avanzó hacia él.

 

       -Hay algo más que deberíais saber, señor-le dijo.

 

      Alguien que lleva más de veinticuatro horas sin dormir no puede interesarse mucho por nada, pero un  líder no puede desinteresarse de algo que es importante para cualquier subalterno; de modo que Edgardo, resignado, hizo un esfuerzo por hallar interés y miró al soldado, invitándolo a continuar.

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27 julio 2010 2 27 /07 /julio /2010 18:45

      Los Wurms continuaron atacando sin tregua a Drakenstadt a lo largo del día siguiente, veintitrés de diciembre, hasta casi tocar el crepúsculo, cuando se replegaron de vuelta hacia las Andrusias, tan exhaustos ellos como sus enemigos; y durante varios días no retornarían. Durante aquella extenuante jornada, un gran Jarlwurm dotado de la capacidad de cambiar de color, de tal manera que su figura se confundía con el medio que lo rodeaba, se apoderó del islote en medio del Kronungalv donde se alzaba el patíbulo. Este islote era conocido, por esa razón, como Justizesholmele, el Islote de la Justicia. Desde los inicios de la guerra, dicho patíbulo estaba en desuso, y las ejecuciones se efectuaban en la plaza pública de Drakenstadt. El reptil que tomó el islote fue identificado como el pacifista Bermudo, porque se sabía que el don mimético era una facultad rarísima entre los Wurms y, hasta donde se conocía, en este momento era exclusiva de él. No hizo mucha gracia que el único Jarlwurm partidario de la paz, el cual hasta entonces no se había inmiscuido en los ataques, tomara ahora parte en ellos. No obstante, Bermudo se contentó con derribar el patíbulo, incendiar un poco el islote deshabitado y permanecer en él, sin  que la furia de las catapultas pudiera desalojarlo, sobre todo porque su capacidad de camuflaje volvía más difícil la de por sí ardua tarea de vulnerar a un Jarlwurm. En ningún momento amagó atacar la ciudad, aunque cada tanto, abandonando su mimetismo, se dejaba ver, rugiendo con ferocidad y sin moverse del islote del que había tomado posesión.

 

      La ambigua actitud de Bermudo resultó tan misteriosa en el tiempo inmediatamente posterior al Día de la Gehenna como su paradero, ya que en determinado momento hubo que concluir que ya no se hallaba en el islote, ni siquiera mimetizado. Cuándo se había ido, nadie lo sabía y a nadie importaba; pero a dónde, era otro cantar. Eso sí importaba, y mucho, porque se sabía que la menos dos Jarlewurms, los compañeros de Talorcan en la última aventura de éste, no habían vuelto con el resto, tal vez por temor a atravesar el tramo del río incesantemente bombardeado por las catapultas. Con toda seguridad habían remontado el Kronungalv, pero hasta qué punto de su curso, imposible saberlo. Bermudo tal vez hubiera hecho lo mismo, cosa tanto más inquietante cuanto que su habilidad mimética podía volverlo un enemigo mucho más formidable aún que el abatido Talorcan o cualquier otro que se hubiera visto hasta ese momento.

 

      Durante el Día de la Gehenna, también algunos Thröllewurms remontaron el río. Prevenidos acerca de este tipo de peligros durante su entrenamiento, la mayoría de los jóvenes del Leitz Korp, en su regreso hacia sus hogares, viajaron por zonas inaccesibles para los Wurms en la medida en que pudieron; pero no faltaron imprudentes que eligieron otras rutas y se vieron inmersos en situaciones terroríficas. Fue el caso de un joven que se internó, sin que él mismo supiera bien cómo, en una zona baja y semipantanosa que, para su consternación, estaba infestada de Thröllewurms. El muchacho vio primero una gran figura cocodriliana que por suerte no lo vio a él y que flotaba semioculta en el cenagal, los malignos ojillos asomando vigilantes por encima de las aguas. Supo entonces que se había metido en un horror inimaginable, pero se obstinó en seguir adelante marchando muy lentamente; y cuando quiso retroceder era ya muy tarde para hacerlo. Durante días estuvo alimentándose mal, con lo poco que podía hallar, paralizado por el terror a moverse, durmiendo con temor a que sus ronquidos lo delataran, despertando en medio de horrendas pesadillas y entreviendo, entre las sombras de la noche, las siluetas carniceras de los Thröllewurms. El joven salió vivo de su aventura y más tarde volvió a Drakenstadt por su propia voluntad, guiando a un Caballero que venía a sumarse a los defensores; pero otros no fueron tan afortunados.

 

      Pero de todas aquellas historias, ninguna pareció en aquel entonces tan extraña como la vivida por otro muchacho en situación similar, que vio a una niñita acosada por cuatro Thröllewurms y presenció cómo uno, más joven que el resto, se imponía sobre los otros y atrapaba a la víctima después de breve pero tenaz y rabiosa lucha con sus congéneres. El muchacho, horrorizado, tuvo que ser testigo de la escena sin poder arriesgarse a intervenir, lo que hubiera sido por demás inútil, y aprovechando en cambio para él mismo ponerse a salvo, por mucho que los alaridos de la desventurada víctima entre las mandíbulas de su captor le hicieran añicos el alma. Hasta aquí, todo era apenas un amargo y sangriento episodio más de aquella guerra; pero el joven, para su sorpresa, volvió a hallar más tarde a la misma niñita río arriba, viva e ilesa aparte de algunos raspones, aunque todavía medio muerta de espanto. Mientras la ayudaba a encontrar de nuevo a su familia, escuchó de sus labios una increíble versión de lo sucedido, según la cual el Thröllwurm, tras apartarla de los otros tres y llevarla a buena distancia con las mandíbulas en alto para evitar que se ahogase, la había dejado ir. Por supuesto, la historia sonaba a disparate total; pero entonces, ¿cómo explicar que, tras ser capturada por semejante monstruo, de fauces tan poderosas que parecían capaces de triturar hasta un árbol joven, la niña no hubiera resultado muerta ni siquiera mutilada, ni tuviera más daños físicos que una magulladura aquí y otra allá?

      En lo sucesivo, el rumor de que un Thröllwurm aún joven, contra todos sus instintos, se ocupaba de salvar de sus congéneres a los niños pequeños durante los ataques a Andrusia Occidental, iría esparciéndose poco a poco, y tomando forma al fusionarse con otros procedentes del Lilledahl, y los cuales daban a tan benévolo monstruo el nombre de Nuestro, Vaurt en lengua Bersik.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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