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26 julio 2010 1 26 /07 /julio /2010 19:05

      Los dos jóvenes Jarlewurms fueron los primeros en recobrarse. Tal vez tampoco ellos creyeran del todo aún en lo que estaban viendo, pero el espectáculo del gigantesco cadáver sacudido por espasmos no les dejó ganas de salir de dudas. Primero se movió uno y luego el otro, y a su alrededor los hombres volvieron a ponerse en guardia, bailoteando en torno a ambos y gritando como locos; pero los Jarlewurms nunca habían sido solidarios entre sí, ni acostumbraban vengar a sus congéneres caídos; y a aquellos dos sólo les interesaba escapar. Quizás Talorcan los había mantenido demasiado sometidos a su autoridad y ahora, libres de ella, se sentían indefensos; o quizás era la primera vez que entraban en combate contra aquellos enemigos, y les temían. En cualquiera caso, era obvio que ahora veían en cada hombre a un Maarten en potencia, capaz de abatirlos contra todas las suposiciones razonables. Así que retrocedieron con mucha cautela, gruñendo amenazadoramente y mirando a diestra y siniestra, dando coletazos para despejar su retaguardia. Algunos hombres, repentinamente envalentonados, se adelantaron como para hacerles frente, pero entonces uno de los reptiles echó su cabeza hacia atrás. Aún le quedaban algunos escasos fuegos, y no vacilaría en emplearlos si trataban de detenerlo; de modo que los hombres retrocedieron mientras desganados restos de brea en llamas caían de la boca del Wurm, formando manchones en el suelo. Finalmente, en tácita tregua, se permitió a ambos reptiles irse sin ser molestados, y ellos no lastimaron a nadie más, ni hicieron nuevos estragos en su retirada. Bien cierto era que huyendo por donde habían venido hallarían pocos destrozos nuevos que cometer.

 

      Los hombres se acercaron a Maarten, mirando alternativamente a él y al colosal Jarlwurm caído.

 

      -Señor... ¿Cómo hicisteis eso?-preguntaron, como deseosos también ellos de poseer una fórmula mágica que les permitiera consumar hazañas similares y salir incólumes.

 

      -No sé, y no hay tiempo de averiguarlo-jadeó Maarten-. Hay que reconstruir el muro, reforzarlo a toda prisa antes de que más Jarlewurms vengan aquí... Y apagar los incendios antes de que se extiendan por toda la ciudad.

 

      -Habéis salvado a Drakenstadt. En pocas horas, toda la ciudad sabrá de esto-dijo uno de los hombres antes de retirarse, junto a sus compañeros, para poner manos a la obra.

 

      Maarten se pasó la mano por la frente bañada en sudor, advirtiendo que traspiraba más ahora que durante la lucha. Se acercó luego al enorme cadáver de Talorcan y retiró la espada hundida en la garganta del monstruo, limpiando acto seguido la hoja tan bien como pudo, valiéndose para ello de nieve. Al incorporarse, vio su imagen reflejada en una de las bruñidas placas que revestían el cuerpo de Talorcan, las cuales relucían en medio de las tinieblas nocturnas gracias al fulgor de las llamas. No distinguió sus propios rasgos, sólo la forma moviéndose talmente como él. Cada vez lo asaltaba más la duda de si continuaría siendo Maarten Sygfriedson, o sería en cambio otro que había tomado su lugar; pues no entendía cómo podía seguir vivo aún luego de enfrentarse a semejante enemigo.

 

      -¿Cómo hicisteis eso, señor?-preguntó una voz adolescente-. ¿Y dónde está Hod?

 

      -No sé. Ninguna de las dos cosas-respondió Maarten, tras salir de su ensimismamiento y ver que lo rodeaban algunos de los jóvenes secuaces de Hodbrod Christianson, mirándolo con ansiedad-. Venid, lo buscaremos-y no había terminado de hablar, que halló con la mirada el sitio adonde Hod había desaparecido de modo tan misterioso, y vio una abertura en la tierra allí donde las zarpas de Talorcan habían arañado tan furiosamente-. Ahí-murmuró.

 

      -Se trataba de la boca de acceso a un sótano, y lo más lógico era pensar que Hod, huyendo de Talorcan entre los restos de una vivienda venida abajo, había dado con ella y pensado que era buen siitio para ponerse a salvo. Maarten y tres de los muchachos se inclinaron sobre la oscura entrada.

 

      -¿Hod?-llamó uno de los muchachos, con un poco de miedo, y su voz vacilante resonó en el recinto subterráneo, cuyo contenido permanecía en el secreto de las sombras.

 

      -Aquí estoy-replicó abajo la voz de Hod.

 

      -¿Estás bien?-preguntó Maarten.

 

      -Un poco magullado...

 

      -Si sólo es eso, date por conforme. Parece que no era nuestro turno de morir, ¿eh?

 

      Algo parecido había pensado Hod en un momento que parecía ahora muy lejano: ¿Por qué ellos murieron y nosotros seguimos vivos? Esto tiene que tener algún objeto. Ahora le parecía directamente que había vuelto a nacer; una oportunidad con la que él siempre había soñado, porque en el fondo siempre había odiado ser Hodbrod Christianson, un mísero habitante del barrio más pobre de Drakenstadt, condenado a nunca hacer nada más importante que liderar pandillas de malvivientes. Miró en derredor, sin distinguir nada más que tinieblas. Se estremeció, pensando que igualmente oscuro debía haber sido el estómago de Talorcan, adonde de forma tan milagrosa se había salvado de ir a parar.

 

       -Enseguida te sacamos de ahí-oyó decir a Maarten-. ¿Puedes ver nuestras manos?

 

      -Más o menos-contestó.

 

      -Vamos a arrojarte una cuerda. Sabes, has tenido una suerte realmente increíble al dar con uno de los pocos sótanos que hay en el Zodarsweick y llegar a tiempo a él, especialmente porque entre el susto, la relativa oscuridad y todo el caos que hizo Talorcan, podrías nunca haberlo encontrado.

 

      Hod quedó pensativo.

 

      -No. Lo increíble es que haya caído aquí en el momento justo-contestó, y volvió a estremecerse al advertir cuánto resonaba su propia voz en aquella habitación subterránea.

 

      La respuesta dejó por un momento mudo a Maarten.

 

      -A ver si entiendo bien-dijo al recuperarse de la sorpresa-. ¿Tratas de decirme que llegaste ahí abajo por...?-casualidad, estuvo a punto de decir, pero se detuvo. Ciertamente, creía en Dios. También habría podido creer en conjunciones astrales, o simplemente en el Destino, o en cualquier otra cosa, menos en pretendidas casualidades como aquélla.

 

      Hod no sabía qué creer, ni tampoco le importaba. Era extraño, porque si la muerte era descansar en paz, ¿qué le aseguraba, después  de todo, que no hubiese muerto devorado por el Jarlwurm? Porque jamás en su vida había estado tan relajado y sereno. ¿Sería la muerte en realidad un sueño profundo del que no se despertaba jamás, y sólo eso? Aquellas personas que hablaban se sacarlo del sótano, ¿de verdad estaban allí, o nada más soñaba con ellas?

 

      Le arrojaron al fin el extremo de una cuerda, y no supo explicarse a sí mismo la extraña sensación que lo acometió al dejar atrás las tinieblas del sótano para salir al horror de aquella noche oscura, pero iluminada por incendios. Era como si algo o alguien invisible le mostrara las llamaradas y quisiera explicarle algo importante. Pero no tuvo tiempo de preguntarse qué, porque en ese momento la visión de Talorcan, muerto y desplomado cuan largo era entre las ruinas y la nieve, lo desconcertó; tanto como el espontáneo abrazo que le dedicó Maarten, conmovido.

 

       -Te debo la vida-dijo el Caballero, con ese profundo sentimiento que nos produce hallarnos ante quien nos ha salvado de morir-. Quizás toda Drakenstadt esté en deuda contigo.

 

       -¿Conmigo?-preguntó Hod, aturdido.

 

      Maarten iba a explicarle que nunca habría podido acabar con Talorcan ni siquiera salvar su propio pellejo de no haber sido por su ayuda; pero durante su duelo con el monstruo había hecho más esfuerzo por dominar sus nervios del que él mismo, tal vez, imaginaba, y ahora cedía a la preción acumulada de enormes responsabilidades y terrores reprimidos; de modo que estuvo a punto de desvanecerse.

 

      Dos de los cómplices de Hod lo sostuvieron.

 

      -Tenéis que ir a descansar, señor-sugirió Hod.

 

      -No puedo. Todavía no; no quedaría nadie con autoridad. Además, debo hacer algo para evitar que los incendios continúen propagándose-contestó Maarten, aunque por cómo se sentía, era evidente que, al menos por el momento, no estaba en condiciones de hacer nada.

 

      Hod vaciló. ¿Eso era lo que trataba de explicarle ese algo o alguien cuya invisible presencia había notado antes? ¿Que debía ocuparse de apagar los incendios? ¿Por qué tenía la extraña sensación de que era eso y a la vez no lo era?

 

      Miró el tétrico panorama, digno de un paraje del Infierno, que tenía ante sus ojos; y tras pensarlo un rato, dijo:

 

      -Nosotros nos encargaremos-y como Maarten iba a poner objeciones, añadió:-. El viento ha virado en dirección Sur, adonde poco y nada quedará que pueda quemarse todavía. Eso nos dará tiempo para levantar barricadas de nieve, para retirar cosas que puedan quemarse fácilmente, para advertir y poner a salvo a quienes no hayan logrado huir. No somos muchos para tanto quehacer, pero somos más que sólo vos. Ya conseguiremos más ayuda en otra parte.

 

      -Está bien-murmuró Maarten. No estaba del todo conforme con la propuesta, pero no estaba en condiciones de oponerse demasiado.

 

      Hod dijo a dos de sus muchachos que ayudaran a Maarten a llegar a un lugar lejos de la zona de peligro y tan cómodo como fuera posible. Entre tanto, él reunió al resto de sus secuaces y empezó a darles instrucciones referentes al incendio.

 

      Maarten se sentía cada vez peor. No entendía qué estaba pasándole, pero por la debilidad que lo asaltaba, hubiera dicho que iba a morir. Sonrió torcidamente, pensando en la ironía que sería sobrevivir a un duelo con Talorcan para luego sucumbir ante alguna enfermedad desconocida y fulminante.

 

      Por momentos perdía la consciencia, pero luchaba por entender lo que ocurría a su alrededor. Hod había indicado a uno de sus compinches que no se despegara del Caballero; así que, sentado junto a éste, el joven le hablaba en tono tranquilizador y agradecido, le apretaba las manos con fuerza, lo instaba a resistir.

 

      En cierto momento, Maarten escuchó una voz conocida que no logró identificar, que lo llamaba a gritos. Sintió al muchacho apartarse de su lado y volver con alguien más.

 

      -Bellaco, ¿qué has hecho con mi pobre y viejo amigo Talorcan?-dijo humorísticamente la voz, en tono de fingido reproche.

 

       Maarten abrió los ojos y se encontró con el rostro sonriente y a la vez preocupado, desfigurado por cicatrices pero embellecido por gestos nobles, del pelirrojo Edgardo de Rabenland, quien se había inclinado sobre él.

 

      -Así que erais amigos-bromeó Maarten, débilmente-. Ya me parecía... Dime con quién andas, y te diré quién eres.

 

      -Hmmm... No sé quién seré yo, pero tú, por lo pronto, eres un hombre que se va a acostar, para mi gran envidia-dijo Edgardo, tocándole la frente con la palma de su mano-. Estás volando de fiebre. No habrás respirado ofistón, ¿no?

 

      -No que yo sepa... Pero, Edgardo, no puedo irme. Hod Christianson...

 

      -No te preocupes. No dejaré que escape, con el trabajo que te debe haber dado atraparlo. Lo que no entiendo es cómo conseguiste, además, que todos estos bravucones se pongan a trabajar en algo útil... Y tan diligentemente, para colmo. Entre tu victoria sobre Talorcan y esto, tendré que empezar a creer que eres mago, o algo así.

 

      -No, Edgardo, tuve que dejar en libertad a estos muchachos...

 

      Edgardo lo miró preocupado, persuadido de que su amigo estaba delirando.

 

      -A ver, te ayudaré a ponerte de pie-dijo; y ya con Maarten incorporado, añadió:-. Ve a casa de tu Gerthrud y ordénale de mi parte que te acueste y que te mime. Disfruta en nombre nuestro de sus caricias, que ya quisiéramos muchos estar en tu lugar-y como Maarten lo miró entre divertido e indignado en medio de su debilidad, aclaró, sonriendo:-. No con Gerthrud, claro. Con una chica, quise decir... Y no te preocupes, no has dejado en libertad a nadie, la fiebre te hace imaginar cosas. Hodbrod Christianson y sus muchachos están trabajando duro, siguiendo tus instrucciones.

 

      -Afiebrado de puro idiota estarás tú-replicó Maarten, casi a gritos, son sorprendente energía en alguien tan enfermo-. Te estoy diciendo una y otra vez que no son mis prisioneros, ni están a mis órdenes: se quedaron a ayudar por voluntad propia, y Hod salvó mi vida y quizás a toda Drakenstadt. Y en vez de escucharme te pones a parlotear gansadas. ¿Y así quieres que deje todo en tus manos y me quede tranquilo?

 

      -Bueno, esta vez te escuché, campeón, cálmate-contestó Edgardo, conciliador, en cuanto logró reponerse del asombro-. Tienes que contarme cómo...

 

      -Uno más que me pregunte cómo acabé con Talorcan, y reviento. ¡Como si supiera!-exclamó Maarten.

 

      -Qué mal genio, hombre. Me alegro de que no estés tan grave como parece a simple vista, pero no hay por qué demostrarlo gritando como un energúmeno.

 

       -Si te dejo a cargo, ¿qué harás con Christianson y sus chicos?

 

      -¿Y qué quieres que haga?... ¡Arrearlos hasta la Lumpenshaas, eso haré!

 

      -¡No lo permitiré!-gritó Maarten-. ¡No después de lo que hicieron esta noche!

 

       -Qué carácter podrido... Esto ya no es simple mal genio-se quejó Edgardo-. Hablaremos cuando estés repuesto, ¿sí?

 

      -¡Deja de guiarte por tu odio hacia estos muchachos!-bramó Maarten.

 

      -No digas zonceras. ¿De qué odio me hablas? ¡No los odio! Admito que guardo cierto rencor hacia Christianson, sí. Tú también se lo tendrías, si en un mismo día se te hubiera escabullido tres veces en tus propias narices, haciéndote sentir como tonto. Pero allí termina todo.

 

      -¿Y entonces por qué quieres que los encierren y ahorquen? ¡Ahora son unos héroes! ¡Han rescatado gente de entre las ruinas!

      -No quiero que los ahorquen, pero no es decisión mía, ni tuya. Entiende esto: antes de ser héroes, fueron delincuentes y canallas. No digo que el valor y el sacrificio que hayan demostrado esta noche no cuente en  absoluto, pero deben ir a prisión para que quien corresponda decida qué pesa más en la balanza, si su heroísmo áctual o sus crímenes previos. Y en esto me mostraré firme, porque ese gran imbécil de Dunnarswrad, tu buen amigo, en su momento se mostró muy sarcástico e insinuó que yo haría liberar a estos muchachos una vez se los capturase, igual que mi hermano Balduino liberó en Fristrande a Sundeneschrackt y sus Kveisunger, ¿te acuerdas?... Pues bien, con esto le haré tragarse sus palabras. Además, Maarten, si estos muchachos son unos héroes, mantengamos de momento su heroísmo a salvo en la cárcel. Sus malandanzas no los ha hecho muy queridos, y ellos mismos podrían reincidir en ellas. Te aseguro que me ocuparé de que se aplace cualquier sentencia sobre ellos hasta que estés repuesto y puedas declarar en juicio cuanto quieras decir en su defensa.

 

       Maarten tuvo que resignarse y dejar que lo llevaran junto a Gerthrud. En cuanto a Edgardo, quien tan claras parecía tener  sus ideas, más tarde quedó pensativo, recordando cosas vistas esa misma noche.

 

      Uno de los muchachos de Christianson, el mismo que había cuidado de Maarten hasta la llegada de Edgardo, seguía allí, y ahora miraba al pelirrojo como a la espera de órdenes.

 

      -Ve a ayudar a los demás. Y cuando el incendio esté apagado, que Hodbrod os reúna, y todos juntos reportaos ante mí o ante cualquier otro hombre de armas, y que éste me busque-le dijo Edgardo.

 

      Hizo a continuación difundir la nueva de la hazaña de Maarten. Todavía continuaba la lucha en las murallas Norte y Oeste, y la noticia de que la ciudad aún podía salvarse infundiría esperanza y bríos en los combatientes. Previsiblemente, acudió un montón de curiosos ansiosos de contemplar lo mismo al héroe que al Wurm abatido, pero Edgardo no les daba tiempo a observar ni preguntar nada.

 

      -¡Bienvenidos!-les decía, a medida que iban llegando-. Necesitamos fuertes brazos como los vuestros-y los ponía a trabajar para detener los incendios.

 

      Unas horas después del amanecer, todos se hallaban exhaustos, y Edgardo más que ninguno. Seguía existiendo el riesgo de que fuegos mal apagados y reavivados por el viento o pavesas dispersas y caídas en material combustible reiniciaran el incendio; pero ya no había llamaradas gigantescas. Algunos habían sido muertos o heridos en el intento de sofocarlas, entre ellos algunos cómplices de Christianson. A éste y al resto de los muchachos, Edgardo los había observado moviéndose de aquí para allá, asesorando a todo el mundo, discurriendo ideas y trabajando sin cesar. En ese momento no pensaban más que en salvar cuanto pudiera salvarse, pero pasado lo peor de la crisis, cuando se evaluaron las pérdidas en vidas humanas y notaron que faltaban algunos de sus compañeros, un silencio muy amargo cayó entre ellos.

 

      Por fin, dócilmente, lo que quedaba de la banda de Hodbrod Christianson se presentó ante Edgardo, tal como él había dispuesto.

 

      -Quedáis todos bajo arresto en nombre del Duque Olav-anunció con voz firme-. Me acompañaréis sin demoras ni resistencia alguna hasta la Lumpenshaas.

 

      Hubo un estremecimiento general en el grupo, caras largas y en algunos casos, miedo y decepción muy evidentes; pero vencidos por la fatalidad, no hicieron el menor intento de resistirse. En cuanto a Hod, mostró una mansedumbre conmovedora. Aún seguía sintiéndose en paz, pese a que había en su mirada una tristeza en la que Edgardo adivinó recuerdos de una vida echada por la borda y presagios de horca y cuervos devorando cadáveres insepultos. Tal vez lo entristecían las más recientes bajas en su banda, pero probablemente no mucho: los que habían muerto intentando frenar el fuego estaban ahora mucho más en paz que él. Los vivos le preocupaban más.

 

      -Sí, vamos-respondió; y dio un paso al frente, pero Edgardo lo detuvo.

 

       -No te apures-dijo-. El señor Maarten Sygfriedson dice que salvaste su vida. ¿Es cierto?

 

       -No sé cómo-contestó Hod-. La intención la tuve, pero me dominó el miedo, no me animé a acercarme demasiado. Ni mi propia vida supe cuidar, y me salvé sólo de milagro.

 

      -Pues supongo que algo habrás hecho, a sabiendas o no, si Maarten dice que lo salvaste y confirmas que fue tu intención-repuso Edgardo-. Esta noche he visto muchas cosas desagradables. Gente que huyendo sin control atropellaba al prójimo caído, o que entraba a las casas de sus vecinos para robarles aprovechando el caos y la impunidad. Creo que si realmente se hiciera justicia, esta noche habría que ahorcar a media Drakenstadt. Por tus fechorías anteriores, tú mismo merecerías la muerte... Pero dices que un milagro te salvó de las fauces de Talorcan. Si esto es cierto, algo bueno debió ver en ti Dios, para tomarse la molestia de salvar tu vida... ¿Y qué derecho tiene el hombre de contravenir la voluntad del Señor? Y sin embargo, en principio no quedaría más remedio que ahorcarte. Hay escasez: no es posible darse el lujo de alimentar bocas inútiles, por ejemplo las de presidiarios.

 

      -¿Y entonces?-preguntó Hod, sin entender adónde quería llegar Edgardo.

 

      -Para salvar tu vida tendrás que convertirte en una boca útil.

 

      -¿Y mis compañeros?

 

       -Tendrían la misma oportunidad que se te ofrece a ti. Pero os lo advierto-dijo Edgardo, y su expresión y su voz se tornaron duras, severas-: no sé si no preferiréis la horca. Os habéis ganado tantas maldiciones de vuestras víctimas como para merecer siete eternidades en el infierno. Esas siete, y media más, purgaréis aquí en la Tierra; porque de aceptar, quedaríais bajo el mando de Dunnarswrad.

 

      -¡Dunnarswrad!-exclamó Hod, volviéndose hacia sus compinches.

 

      Edgardo sonrió al ver a aquellos muchachos encogerse instintivamente de horror, como si ya tuvieran ante ellos al colérico medio ogro bramándoles y moliéndoles el trasero a patadas.

 

      -El caso es que Dunnarswrad cuenta con el favor del Duque Olav por la amistad que lo unía al hijo de éste, el Príncipe Gudjon. Y además, si Dunnarswrad expusiera sus argumentos para enviaros a la horca, como éstos son razonables, su opinión tendría mayor peso aún; mientras que yo ni siquiera soy de Drakenstadt, y el Duque ni mi nombre recuerda. Así que habrá que ganarse primero a Dunnarswrad. Este no os tiene el menor cariño y gustaría de teneros a su merced para castigaros él mismo. Quedaríais a su cargo, entonces, para que él os castigase... Con ciertas condiciones, claro. Además, he visto lo que hizo con los chicos del Leitz Korp. Ellos pudieron haberlo odiado, al menos al principio... Porque, la verdad, al finalvarios de ellos terminaron adorándolo, aunque sabe Dios qué le hizo cambiar tanto de opinión, cuando de principio a fin Hreithmar no les dio mucho más que insultos y coscorrones, y eso cuando estaba de buen humor. Pero, sea como sea, hizo de ellos muchachos valientes y aptos para sobrevivir en situaciones extremas. Claro-añadió cómicamente-, si hasta entre Jarlewurms debe sentirse uno como rodeado de dulces ovejitas tras pasar las de Caín con ese energúmeno...

 

      -¿No hay otra cosa útil que podamos hacer?-gimió uno de los secuaces de Hod.

 

      -Tareas de herrería, o...-comenzó otro.

 

      -No necesitamos herreros, ni cocineros, ni nada, excepto más gente en el frente de batalla. Además, ¡justo iba a dejar Hreithmar que estuvierais en herrerías y cocinas, cuando lo que quiere es teneros a mano para hartaros a golpes!... Y bien os los merecéis. Ahora, decidid; pero hacedlo rápido, que ¡por Dios!, quiero acabar cuanto antes en todas partes para poder regresar a mi cama, adonde hubiera pasado la noche cómodo y abrigado de no haber sido por los malditos Wurms.

 

      Hod se volvió hacia sus compinches, que se miraban entre sí. No se decían nada, sólo se miraban con caras sombrías y asustadas. Viéndolos, Edgardo experimentó de nuevo la sensación, ya vivida con otras personas, de que cada uno de esos muchachos era en este momento un hermano menor suyo, de cuya protección estaba a cargo. Supo que, si no se esmeraba en la tarea, tal vez se arrepintiera toda su vida, como le había ocurrido con Balduino.

 

      -Christianson, podríais huir; pero ¿a dónde?-preguntó-. ¿A las cloacas, proscritos y maldecidos, hasta caer extenuados de debilidad, hambrientos y enfermos, si es que no caeis antes ultimados a flechazos, si vuestras víctimas no deciden vengarse y mataros a palos, si no os capturamos de nuevo y terminais, por fin, en la horca?... No. Aceptad mi propuesta, acompañadme de buen grado a la Lumpenshaas y no tardaréis en salir de allí, hacia una nueva vida con múltiples exigencias y durezas, pero aun así mejor de la que llevasteis hasta ahora.

 

      Hod miró con asombro a Edgardo, preguntándose si éste sabría cuántas veces había soñado con ser otra persona en lugar de Hodbrod Christianson; y recordó, con mayor asombro aún, la rara, ineplicable sensación que lo había asaltado tras salir del sótano, ese sitio donde había creído, casi, estar muerto, de tanta paz que había sentido... Un lugar oscuro, como el estómago de un Jarlwurm o, quizás, como un vientre materno. Curiosamente, con tantas manos jalando para sacarlo de allí, había pensado entonces que aquello tenía cierto parecido con un parto, un nacimiento. Se estremeció, emocionado. ¿Había sido una señal, un presagio favorable? Y aquella voz... Aquella voz que no habían detectado sus oídos pero sí su corazón, mostrándole el desolador paisaje de ruinas e incendios en la noche, ¿trataba de indicarle, acaso, que nada sería fácil en su vida a partir de allí? Pero por otra parte, ¿cuánto más difícil que antes podía volverse la existencia?

 

      Tuvo miedo. Tal vez fuera mejor no averiguarlo.

 

      -Creo que no podré-murmuró, cabizbajo.

 

      -¡Pero no digas idioteces!-exclamó Edgardo-. ¿Cómo que no podrás? No se trata de abatir a un Jarlwurm, ¡aunque Maarten ha probado que hasta eso, en efecto, es posible!... Durante meses fuiste el líder de la delincuencia juvenil del Zodarsweick, burlando cuantos esfuerzos hicimos para capturarte. En alguien de tu edad, es algo tan impresionante como desagradable. Esta noche prácticamente tuviste a tu cargo la extinción de incendios pavorosos, en lo que demostraste inteligencia, liderazgo y energía. Puedes hacer muchas cosas, más y mejor de lo que otros harían en tu lugar. Si no quieres hacerlas es otro tema, pero no me vengas con eso de que no puedes, porque te romperé la cabeza antes de que puedas dar siquiera el primer paso hacia la Lumpenshaas.

 

      -De acuerdo, acepto-dijo Hod, sin pensarlo más, asustado. Porque había llegado la hora de concluir el parto o morir durante el mismo; y con aquellas palabras elegía definitivamente nacer de nuevo, pero se sobrecogía con sólo sospechar a qué otro mundo venía ahora.

 

      Edgardo no se sorprendió cuando el resto de los jóvenes, imitando a Hod, aceptó la oferta. Estaban demasiado acostumbrados a seguir a aquel líder que, tras guiarlos durante tanto tiempo por la mala senda, los hacía ahora volver sobre sus pasos.

 

      -Es una sabia decisión-aprobó el pelirrojo-. Ahora iremos a la Lumpenshaas. Estaréis allí pocos días-y palmeó con afecto la espalda de Hod.

 

        Y éste, como es de rigor en los recién nacidos, se echó a llorar.

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Published by EKELEDUDU
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26 julio 2010 1 26 /07 /julio /2010 01:35

      El duelo entre Talorcan y Maarten proseguía. El Caballero había intentado con éxito trasladar el campo de batalla a la zona más devastada del Zodarsweick, adonde los habitantes, o habrían huido o yacerían muertos entre las ruinas o estarían vivos y atrapados entre ellas, pero en ambos casos, poco o nada podría hacerse por ellos; lo importante era que no siguieran produciéndose daños de enorme magnitud.

 

      No lejos de aquel duelo, los otros dos Jarlewurms lidiaban también con varios jinetes que los hostigaban como podían para estorbar su avance.

 

      La primer arma escogida por Talorcan fue su musculosa cola. La blandió a diestra y siniestra, sin jamás tener éxito en su propósito de dañar a su rival, que supo mantenerse bien lejos de tan temible látigo. No obstante, sólo un milagro salvó a Maarten de un peligro no menor que aquel: los trozos de roca, madera ardiendo y otros objetos que el furor asesino de la cola de Talorcan levantaba y arrojaba a modo de proyectil, intencionadamente o no. A unos cuantos, es cierto, los eludió; de otros se guareció tras su escudo revestido de madera. Pero por momentos venían en cantidades tan grandes, que resultaba difícil no concluir que la mano de Dios, o un ángel de la guarda, protegía al osado Maarten.

 

       Seguidamente vomitó Talorcan un chorro de fuego y brea candente. Previendo el ataque, Maarten desmontó, temiendo que el caballo cediera al pánico y se hiciera ingobernable, todavía con su jinete sobre la montura; lo que enseguida demostró ser una decisión sabia, porque de inmediato el animal, aterrorizado, huyó del reptil gigante. También Maarten estaba aterrorizado. ¿Tal vez eso hacía a sus piernas más céleres que nunca? Quizás. Una primera bocanada flamígera, guiada adrede por el dragón hacia su enemigo, dejó una larga estela de fuego y humo, pero a Maarten no lo tocó ni por casualidad. Siguió otra bocanada más dispersa, que cayó como una lluvia de lo que hoy conocemos como fuegos de artificio, cubriendo un área en abanico. Esta vez, Maarten sí fue alcanzado; no con la suficiente fuerza para herirlo de gravedad o ponerlo fuera de combate, pero sí para provocarle algunas quemaduras dolorosas. El apagó las llamas en silencio y lo mejor que pudo, sorprendido de todavía seguir vivo, y sabiendo que la posibilidad de seguir estándolo dependía en gran medida de no emitir ni un gemido. Porque, para desconcierto del Jarlwurm, su propia arma se volvía contra él: una cortina de humo provocada por los fuegos del reptil había permitido a Maarten ocultarse. Eso le permitió intentar exitosamente un ardid muy viejo, pero que funcionó con Talorcan: el de arrojar piedras en distintas direcciones para que el ruido de las mismas, al caer, despistaran al Wurmhaciendo creer a éste que su antagonista revelaba por accidente su posición. La primera vez, el monstruo cayó en el engaño, y dirigió uno de sus horribles chorros de fuego y brea en llamas hacia donde, erróneamente, creyó que se ocultaba Maarten. La segunda vez fue algo más cauto, y prefirió economizar sus fuegos; pero se quedó revolviendo entre las ruinas, ora con sus garras, ora con sus dientes, siempre en busca de Maarten. En eso, un resto de escombros se vino abajo, sobresaltando al reptil, quien se volvió rugiendo y empleando de nuevo su mortal vómito incandescente.

 

      Está nervioso, pensó Maarten, complacido. Iba a morir, pero al menos moriría con la satisfacción de haber imbuido miedo en aquella criatura gigantesca y sanguinaria que era Talorcan el Negro. Sonreía con la ferocidad de tal idea, que le infundía coraje, cuando escuchó un grito de desafío, proferida por una juvenil voz masculina:

 

       -¡Aquí, monstruo! ¡Atrápame...si puedes!

 

      Maarten sintió un nudo en la garganta: ése era Hodbrod Christianson, estaba seguro. Talorcan alzó la cabeza hacia él, con frío y despiadado interés.

 

       -¡Bastardo, asesino, ven por mí!-siguió gritando Hod, saltando ante la vista del reptil y a cierta distancia de él.

 

      -¡Aléjate, muchacho!-recomendó Maarten a gritos.

 

      Esta voz era más familiar para Talorcan. Buscó con la mirada a su oponente, pero en derredor no veía más que fuego y humo, y Maarten no era para él más que una voz desprovista de forma corpórea. El temor crecía en él, como siempre sucede a quienes detentan un poder inmenso, que usan para hacer el mal, y de pronto se sienten en jaque, Lanzó otro chorro de fuego y brea candente hacia donde creyó que, tal vez, Maarten se hallaba oculto. También eso es propio de quienes tienen mucho poder y se ven amenazados: lo abaten descomedidamente y a tontas y a locas sobre la amenaza en cuestión, dando por sentado que gozarán de ese poder eternamente.

 

      El reptil logró por fin distinguir una forma moviéndose con sigilo allá abajo, detrás de una ascendente cortina de humo. Se irguió regocijado, paladeando una victoria inminente. Pero un nuevo intento por abrasar vivo al enemigo abortó en su inicio mismo: Talorcan ya no tenía combustible con el que producir y arrojar fuego. Además advirtió, muy inquieto,  que Hodbrod Christianson se le había acercado osadamente y le arrojaba palos, piedras y otros proyectiles similares. Estos no le hacían el menor rasguño, pero la actitud valiente y belicosa del adolescente no dejaba de intimidarlo. Contra él esgrimió una vez más su tremenda cola, pero ni con el rabillo del ojo lo miró: era Maarten a quien más temía. El duelo estaba prolongándose demasiado.

 

      Hod se había echado cuerpo a tierra para esquivar los coletazos que le pasaban cerca, rozándolo, pulverizando las ruinas del entorno. Desde tal posición vio que el humo provocado por los fuegos de Talorcan comenzaba a disiparse a los cuatro vientos; porque el Wurm, harto de no ver a su adversario, batía las alas a modo de gigantescos abanicos. Llamas y humareda retrocedieron; en su escondite de turno, Maarten se echó hacia atrás también, para no sufrir quemaduras, y tosió semiasfixiado. Así delató su posición antes de literalmente volar hacia otra parte; las ansiosas garras de Talorcan arañaron el aire, y acaso si rozaron mínimamente al enemigo al que pretendían destruir.

 

      Entre tanto, los incendios se propagaban a velocidad pasmosa y alarmante. El Zodarsweick era un barrio de viviendas pobres, de planta triangular en su mayoría y unidas por un vértice en común en cada manzana. Por ese entonces, el ángulo que en cada caso se abría a partir de tal vértice no se conocía aún con el popular nombre de Veilledingensägte (literalmente, rincón de las muchas cosas) con que más tarde se haría tristemente célebre; pero existía ya la pésima, reprochable costumbre de usarlo como depósito de cachivaches. Entre las cosas que iban a parar más a menudo allí estaba el barril de turba, tradicional combustible de los pobres. También por esa época había ya en dicho barrio una notable cantidad de techos de paja, aunque su número sufriría incrementos atroces más tarde. El inevitable resultado de tan nefasta combinación no se hacía esperar. Chispas y pavesas encendidas, cual gérmenes de nuevos incendios, eran arrastrados por el viento, dando a veces con techos de paja, a cuyo resguardo prosperaban y se convertían en fuegos de diversas proporciones. En algunos casos, la nieve apagaba las chispas antes de que ello sucediera; pero desafortunadamente, la mayoría de los habitantes del Zodarsweick ponía mucho esmero en quitar la nieve de la techumbre de sus viviendas por temor a que la misma no resistiese el peso y se derrumbara. Cuando los fuegos alcanzaban los vértices de manzanas y devoraban barriles de turba amontonados negligentemente en torno al fatal vértice, éste se convertía en epicentro de un incontrolable desastre. Si los Wurms estaban a punto de destruir Drakenstadt, lo harían con la involuntaria ayuda de sus inconscientes habitantes; pero en medio de tanto caos, el negro humo de los barriles de turba en llamas, arrastrado por el viento, envolvía protectoramente a Maarten, ocultándolo de la vista del cruel Talorcan. El batir de alas del monstruo despejaba un poco la humareda, pero avivaba los incendios más próximos. Para colmo, el dorso de las alas del reptil carecía de las protectoras escamas ignífugas que revestían casi todo su poderoso cuerpo, y la blanda piel se le ampollaba y chamuscaba. Nada grave para un mortal consciente del carácter efímero y perecedero de la carne, nada grave para quien suple su extrema vulnerabilidad con abundantes reservas de coraje, nada grave para el que prioriza un riesgo por encima de otro, midiéndolos en una escala con patrones más o menos lógicos, y decidiendo que su propia muerte es el más leve; pero para quien se cree poco menos que un dios, para quien siempre se ha tenido por poco menos que invencible, hasta la más mínima flaqueza puede convertirse en una grieta de desgracia y ruina, a través de la cual cree entrever la sonrisa burlona de la Muerte.

 

      Y en efecto, la Muerte se burlaba de Talorcan el Negro. Silbaba en torno a él y le pasaba rozando bajo la forma de una andanada de flechas que Maarten disparaba al azar, rezando inexitosamente para que alguna hallara en el monstruo un punto vulnerable. Raras veces nuestras plegarias nos son respondidas como desearíamos; raras veces la respuesta es el fin abrupto y casi inexplicable de aquello que nos aterra o angustia.

 

      Si Talorcan sabía lo que era orar, cosa por demás discutible, o bien se abstuvo de hacerlo, a sabiendas de que ninguna clemencia hallaría un malvado titán culpable de tratar de enseñorearse del Olimpo, o su oración careció por completo de respuesta. Meses llevaban los Wurms aterrando a Andrusia Occidental nada más que con su mera aparición en la lejanía, envueltos en la bruma; y ahora uno de sus líderes, como para expiar él solo todos los crímenes de su maligna especie, pasaba por una experiencia similar, presa de un pánico sin límites ante un enemigo que ya hubiera debido estar achicharrado o hecho papilla y que, en cambio, se difuminaba entre cortinas de humo y le lanzaba flechas de impredecible trayectoria. Los Jarlewurms siempre habían temido las lluvias de flechas. habían temido, concretamente, que tales aguijones se les hundieran en sus puntos más vulnerables, sobre todo los ojos. Sus insinuantes susurros los ponían nerviosos, aun  cuando prácticamente nunca les causaron daños fíosicos de importancia. Y Talorcan las oía ahora hendir imprevistamente el aire, surgiendo de los lugares menos pensados. Para cuando se reponía y fijaba su atención en el sitio de donde venían las flechas, Maarten ya había tomado posición en otro lado. Ahora los incendios no sólo ocultaban al Caballero de la vista de su enemigo sino que, además, el crepitar de las llamas y el derrumbe de ruinas humeantes rodeaba de mayor sigilo sus movimientos.

 

      Aquí y allá, los secuaces de Hodbrod Christianson rescataban a gente herida, ayudándola a ponerla a salvo. Cuando no hallaban nadie a quien socorrer, paseaban su vista por los alrededores. No lejos del sitio donde Maarten y Talorcan se batían a duelo, vieron a los dos jóvenes Jarlewurms rodeados por grupos de hombres, pero ni unos ni otros se animaban a hacer mucho, habiendo llegado a un punto muerto. Los hombres no se atrevían a acercarse mucho a sus enemigos, ni éstos a avanzar o a descuidar mucho sus flancos o su retaguardia, puesto que se sabían rodeados.

 

      -¡Mirad!-gritó uno de los secuaces de Chistianson, señalando a Talorcan, cuyas fauces asesinas fueron durante un momento muy visibles en medio del fuego y el humo, y se veían aterradas.

 

      Lo que ahora había sobresaltado al gran reptil era una sombra agigantada, la de Hodbrod Christianson. Tanto como el mismo monstruo buscaba el joven a Maarten, para alejar de éste al Wurm; y por ello se había aproximado sin cautela. Talorcan sabía que Hod no era amenaza para él, pero se había llevado un susto de muerte, y la rabia lo cegó de tal manera, que no pensó más que en hacerle pagar el sobresalto... Y decidido a ello, lanzó un  rugido atronador y se volvió hacia él para devorarlo.

 

      Maarten, entre tanto, había aprovechado para encomendarse a Dios, poniendo en orden su conciencia, muy aliviado de que no pesaran sobre ella grandes culpas. Se sentía en paz, casi feliz. Sucediera lo que sucediera, en la vida o en la muerte, el Señor estaría con él.

 

      Viendo las intenciones de Talorcan, abandonó su escondite.

 

      -¡Aquí estoy, Talorcan!-vociferó; pero el Wurm no lo oía. Entre sus rugidos, los de sus dos jóvenes congéneres, el ruido de los incendios y demás, era casi imposible que Talorcan oyera nada más-. ¡Asesino, monstruo cobarde, ven y lucha conmigo!-insistió Maarten, con rabia y alarma.

 

      Pero era demasiado tarde; y la distancia que mediaba entre Talorcan y Hod, demasiado corta para dar tiempo a que el último lograra escapar. Aun así, Maarten desenvainó su espada, última de sus armas que aún tenía consigo, y corrió a hacer lo que pudiera hacerse, sin duda no mucho. Horripilado, vio a Hod resbalar en restos de mugre y nieve semiderretida, al dragón precipitándose sobre él para devorarlo... Y luego ya no entendió nada. Hod desapareció de la vista como por arte de magia, burlando a Talorcan, quien se puso a buscarlo revolviendo escombros con garras y mandíbulas, frustrado, nervioso e irritado. Maarten dejó las preguntas para otra ocasión y, sin pensar en lo que hacía, contionuó corriendo hacia el Jarlwurm, quien mantenía en ese momento su cabeza casi a ras del suelo. Entonces el Caballero llenó de aire sus pulmones para no respirar el ofistón, la hipotética emanación venenosa que se suponía exhalaban los Jarlewurms, y avanzó, con ojos enrojecidos y lagrimeantes por el humo, hacia la cabeza de Talorcan; y haciendo un  supremo esfuerzo, dio un gran brinco, y empuñando con todas sus fuerzas la espada Grönsunna, hundió la hoja en la garganta de la criatura: uno de sus pocos puntos fácilmente vulnerables.

 

      Luego, como si aquel acto hubiera consumido todas sus energías, se desplomó entre restos entremezclados de nieve, barro, cenizas y ruinas humeantes. Allí permaneció, aguardando su propio fin, sin ser siquiera mínimamente consciente de lo que acababa de hacer, aunque empezó a sospecharlo a los pocos segundos, atónito.

 

      Talorcan, tras recibir el tajo, había alzado súbitamente su cabeza, como tocado por un rayo. No sentía excesivo dolor, pero advertía el fluir de la sangre que le llenaba la boca a borbotones y caía al suelo mezclada con saliva.

 

      Por un momento, el mundo pareció detenerse en torno a tal escena. Los combates cesaron, el rescate de personas se interrumpió. Los dos jóvenes Jarlewurms, los guerreros, los secuaces de Hodbrod Christianson, todos contemplaban azorados aquel increíble desenlace, no menos increíble para sus protagonistas que para los testigos. Talorcan y Maarten, temblorosos por igual aunque por distintos motivos, intercambiaron miradas de sorpresa y escepticismo, como preguntándose mutuamente si aquello podía estar sucediendo; y fue Talorcan el primero en advertir que sí. La sangre en su boca dificultaba su respiración. tambaleó peligrosamente, debilitado y mareado; y ante aquella inmensa mole en vías de derrumbe, hubo gritos de alarma mientras todo el mundo, y nadie más velozmente que Maarten (gateando primero, corriendo luego) buscaba un sitio donde guarecerse.

 

      Por último cayó Talorcan, estruendosamente; y su colosal cuerpo, al desplomarse, levantó nieve, escombros y ceniza. ¿Qué hice... y cómo lo hice?, se preguntó Maarten, aturdido ante aquella escena imposible. A su alrededor, la gente lo miraba, muda, incapaz de reaccionar, como si él fuera un héroe legendario acudido portentosamente en ayuda de Drakenstadt desde los abismos de alguna oscura y olvidada era mítica; pero eran incapaces de vitorearlo. ¿Cómo podían hacerlo, si su razón les indicaba que acababan de presenciar algo que no era concebible ni lógico ni en las fantasías de un trasnochado?

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25 julio 2010 7 25 /07 /julio /2010 00:37

CCV

       Maarten y sus hombres no habían sabido ni podido impedir que los tres Jarlewurms abrieran una brecha en el muro e ingresaran en la ciudad. Todavía más: a duras penas había conseguido Sygfriedson que los guerreros se recobraran del inmediato desánimo provocado por el nuevo desastre y se aprestaran para la lucha cuerpo a cuerpo con los reptiles. No serían sino ridículas pulgas contra depredadores feroces pero, si picaban fuerte, producirían tal tormento en sus enemigos, que éstos deberían rascarse mucho, y mientras tanto tal vez se salvara al menos una parte de la población. Con argumentos semejantes fue que arengó Maarten a los hombres, pero éstos, como por casualidad, se concentraron en los dos Jarlewurms más jóvenes e inexpertos, a quienes hostigaron en grupo y desde cierta distancia para mantenerlos entretenidos; pues no sabían qué otra cosa hacer y los aterraba la sola idea de acercárceles más. Todos hicieron oídos sordos cuando Maarten pidió voluntarios para acompañarlo a luchar contra Talorcan, especialmente temido y odiado por sus continuas exhibiciones de crueldad gratuita, que casi eclipsaban el recuerdo de los Thröllewurms jugando con sus víctimas la noche del Mar en Sangre.

 

       Maarten mismo, normalmente, habría sido mucho menos osado. Pero tras una infancia atribulada, solitaria y pródiga en humillaciones, había sido armado Caballero merced a la confianza que Thorstein Eyjolvson había puesto en él contra el escepticismo de todos los demás, incluso de Gudjon Olavson. Ahora llegaba la hora de demostrarles al señor Eyjolvson, a Drakenstadt y al mundo entero, que tal confianza era merecida; cosa difícil, porque él mismo dudaba de merecerla. Pero no era esto lo que lo impulsaba a desafiar a Talorcan. Maarten era muy feo y había creído que siempre estaría solo; pero increíblemente, había enamorado a una jóven rústica y no obstante muy bonita, Gerthrud Svendsdutter. Se habían prometido en matrimonio los dos, pero la guerra volvía muy fugaces sus encuentros, y no habían podido o querido esquivar la ocasión de caer en pecado cada vez que se veían. De resultas de ello, la joven estaba ahora encinta, y la idea  de la futura paternidad, sumada al amor que Gerthrud le profesaba, hacía que Maarten se sintiera a punto de tocar el Cielo con las manos. En suma, ahora tenía más de lo que nunca había tenido antes.

 

      Y Talorcan el Negro se disponía ahora a arrebatárselo, a dejarlo de vuelta sin nada. Este solo pensamiento fue superior a cualquier miedo, a la cobardía más voraz. Ni siquiera pudo pensar en lo que hacía.

 

      -¡Talorcan!... ¡Asesino!...-gritó, tal como oyeran Hodbrod Christianson, los secuaces de éste y muchos más, escépticos ante tanto coraje y a la vez horrorizados ante lo que, estaban seguros, era una locura.

 

      Talorcan se volvió, incrédulo también él. A duras penas reconocía su nombre,  tan mal pronunciado por aquel pequeño, ridículo humano, y no entendió la segunda palabra. La actitud del pequeñajo, sin embargo, no dejaba lugar a dudas: venía a desafiarlo.

 

       ¿A él?

 

       ¿A él, que había reducido a cenizas, aplastado o devorado a tantos guerreros de aquella colonia humana que tan tenaz pero inútil resistencia ofrecía a los Wurms?

 

      Parecía cosa de locos.

 

      -¡Talorcan! ¡Bastardo, hijo de puta!... ¡Demuestra que no eres bueno matando sólo a los que no pueden defenderse!... ¡Te reto a combate singular!

 

      Entonces Talorcan supo que aquel enano hablaba en serio, y como no tenía apuro, decidió entretenerse un poco con él. Inclinó un poco la cabeza, en grotesca parodia de una reverencia, y al hacerlo miró a Maarten de una forma escalofriante. Todos, alguna vez, sentimos o sentiremos que algo maligno y enorme nos mira así. ¿Qué hice?, se preguntó Maarten, súbitamente horrorizado lo mismo del monstruo que de su loca, irreflexiva osadía. Iba a enzarzarse en un combate sin la menor posibilidad de éxito, a enfrentarse a un poder aterrador, muy superior a él, y gestado quizás en las entrañas del mismísimo Infierno. Se encogió sobre sí mismo, medroso y sin esperanzas, algo que a muchos de nosotros, por no decir a todos, nos resultará conocido. Durante una fracción de segundo recordó todas las veces que, para sus adentros, se había encogido así, igualmente acobardado y desesperanzado, antes de salir a presentar batalla, primero a regañadientes y luego cada vez con mayor resolución a medida que se descubría más  duro y resistente de lo que imaginaba; tal vez de eso nosotros mismos tal vez sepamos algo... Pero sin duda el momento que más conservaremos en nuestra mente será el de esa lucha peliaguda que supusimos sería la última, ésa que afrontamos sólo porque nada más podíamos hacer o para tener al menos un final digno. El mismo que ahora Maarten debía contentarse con hallar y que se preparaba a afrontar, enderezándose valientemente sobre su montura.

 

        -Dios-musitó Hodbrod Christianson, contemplando atónito la escena mientras sus compañeros terminaban de liberarse-. Lo va a matar-y miró a Maarten, sintiendo que las lágrimas, sin que él pudiera evitarlo, le anegaban los ojos y arrasaban su rostro en torrente, y amando de golpe todo aquello que el Caballero, diminuto y heroico frente a la mole siniestra del despiadado Jarlwurm, representaba en este momento.

 

      Talorcan se puso en marcha, paladeando anticipadamente su inexorable triunfo y dispuesto a jugar con aquella nueva y cómica presa, como siempre lo hacía. Se movió con lentitud, agachándose mucho, como si ni ver a su minúsculo contrincante pudiera sin tal esfuerzo. maarten, obviamente sin la más remota ilusión de ganar, espoleó a su caballo y retrocedió un poco. Ante todo quería, para empezar, alejar al gran dragón de la parte de la ciudad que aún no había sido hollada por los Jarlewurms; de modo que retrocedió hacia el Sur. Talorcan giró hacia él con malvado regocijo, y lanzó un rugido atronador que sobresaltó a su contrincante, obligándolo a hacer sobrehumanos acopios de coraje para resistir la tentación de escapar.

 

      Y en ese momento, Hodbrod, como poseído por un arrebato de locura, echó a correr hacia los contendientes, ante la perplejidad general y los gritos de sus compañeros:

 

       -¡Hod, Hod, vuelve!

 

      -¡Hay que ayudar! ¡Hay que ayudar!-gritó él en respuesta, sin escuchar nada más. Eso que tanto había pujado en su alma por ponerse de pie finalmente estaba erguido, revestido de invencible apariencia. Ante él, tal vez esos Wurms que en mayor o menor medida anidan en todo espíritu humano corrieron a esconderse, súbitamente empequeñecidos.

 

      Ante su paso, Hod hallaba escenas de pesadilla que apenas aparecían insinuadas por gemidos agónicos y súplicas, o dolorosamente reveladas en todos sus detalles, paisajes de desolación y lobreguez estremecedoras, cuya aura de espanto y dolor no lograban ocultar las sombras de la noche. Los incendios originados por los fuegos de los Jarlewurms terminaban de acentuar la impresión de que el mundo sucumbía para siempre, sometido al malévolo dominio de los monstruos y devenido Infierno a perpetuidad.

 

      Un niño lloraba desconsoladamente entre las ruinas de su casa, arrodillado junto a su madre atrapada bajo una pesada viga. La infeliz mujer suplicaba a su hijo que corriera a ponerse a salvo, dejándola allí.

 

      Hod se sintió desgarrado entre dos fuerzas opuestas. Quería ayudar a Maarten, pero ¿cómo podía pasar de largo ante semejante escena, hacer como que no había visto nada?

 

      Finalmente se detuvo junto al niño.

 

      -Tranquilo-le dijo. Aferró la viga y trató con todas sus fuerzas de alzarla. El corazón se le vino a los pies al darse cuenta de que no lo lograría, de que era muy pesada para él. Sintió deseos de gritar dedesesperación e impotencia, quiso clamar al Cielo e implorar que lo fulminara, que lo librara de la pesadilla adicional de ser el inútil Hodbrod Christianson, único ser del Universo condenado a no hacer nada bien y a fracasar incluso cuando sus intenciones fueran nobles.

 

       Y en eso, vio muchos otros pares de manos aferrándose  la viga, y sintió una palmada en su espalda; y al mirar a su alrededor, vio asombrado a unos cuantos de sus compañeros, venidos a ayudarlo.

 

      -Todos juntos, a la cuenta de tres: uno... dos...

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24 julio 2010 6 24 /07 /julio /2010 21:48

     La muerte de Radurwulf repercutió también en la ejecución del plan para atrapar a Hodbrod y su banda. En efecto, se había convenido que el primero precedería a los demás en la huida, y que saldría de las alcantarillas voceando que había Thröllewurms en las mismas, lo que sería la señal para que actuaran Maarten y el resto de los hombres. Estos, apostados todos ellos en un radio cercano al túnel por el que emergerían los fugitivos, se mantenían ocultos para dar tiempo a que la escurridiza banda hubiera salido completa, y no actuarían más que al oir la señal de Radurwulf. Por consiguiente, con la muerte de éste la eficacia de la captura se frustró: Hodbrod y su pandilla se encontraron de súbito cara a cara con quienes venían a aprehenderlos, tan sorprendidos éstos como aquéllos. Para cuando se intimó a los malhechores a rendirse, ellos tenían ya muy en claro que eso era exactamente lo que jamás harían, y decidieron tratar de escapar o, en su defecto, de luchar, siempre arengados por Hodbrod. Las flechas surcaron los aires, pero el inesperado caos en que se había convertido la celada hizo que la mayoría de tales proyectiles errara el blanco. Para gusto de Hodbrod Christianson, sin embargo, las certeras fueron demasiadas. Viendo a tantos de sus compañeros muertos o malheridos, interrumpió su huida; y así fue que Maarten Sygfriedson llegó por fin junto a él, y lo derribó de un puñetazo en el mentón.

 

      -Se terminó, desgraciado. Me admira que hayas llegado tan lejos, pero tu carrera criminal termina aquí, igual que, quizás, termine tu vida misma en la horca-dijo Maarten con cansancio. Y lo acometió un acceso de furia y tristeza; porque ya fuera de miedo, impotencia, rabia o lástima de sí mismo, su presa, vencida, se había echado a llorar sin levantarse del suelo-. ¿Por qué has hecho esto?-gritó, frustrado-. ¡Tenías energía y carisma suficientes para conducir a tus chicos hacia un camino recto que hubiera enorgullecido a Drakenstadt... y en lugar de eso, los guiaste a ellos hacia su ruina, y a nosotros mismos a la necesidad de exterminaros!

 

      -Es el destino. No hay nada que pueda hacerse cuando se ha empezado a andar con el pie izquierdo en la vida-contestó Hodbrod Christianson, entre sollozos ya muy resignados. Alzó levemente el rostro en el que destacaban la larga cicatriz y la nariz de tabique partido, y vio a varios de sus cómplices como petrificados, incrédulos ante la imagen de su líder entre la miseria y la derrota-. Os lo ruego, señor, dejad ir a mis amigos. Haced de mí lo que queráis, pero perdonadlos a ellos. Vos lo dijisteis, no ha sido culpa de ellos, sino mía. Yo y sólo yo hice esto.  Ellos nada hicieron, más que seguirme hacia el fracaso. No es culpa elegir mal.

 

      -De elecciones se trata, sí, no de destino, como bien dices-repuso Maarten con sequedad y cierta lástima-. Pero no serían menos culpables si te hubieran seguido hacia el éxito; no si el triunfo era en una mala causa. Sus culpas quedarían impunes, pero eso es otra cosa. La única manera de no ser culpable es no inclinándose hacia el mal, aunque otros alrededor de uno lo hagan. Yo mismo tuve esa opción tanto como tú o tus amigos. Cuando todo el mundo te humilla y se burla de ti, cuando sólo te sientes un montón de mierda, la tentación de hacer el mal es muy fuerte. Pero resistí, como pudisteis hacerlo también vosotros. Hoy soy Caballero. Tuve suerte, es cierto; pero ahora sé que la ceremonia del espaldarazo es sólo un trámite que no hace Caballero a un hombre, sino sólo reconoce que lo es. Habría sido Caballero aun sin esa ceremonia. Si para ti eso nada significa, para mí sí.

 

      -Pero mis amigos ya no harán daño, os doy mi palabra. Dejadlos ir, por favor, señor-suplicó Hodbrod, desesperado, y su llanto redobló.

 

      -No insistas. Puedes responder por tus acciones futuras, tal vez; pero no por las ajenas. De todas maneras, es por acciones pasadas que iréis todos a juicio; no por acciones futuras.

 

      ¡Y encima, volvieron los Wurms!, pensó Maarten con amargura. Ignoraba todavía lo sucedido en las alcantarillas, pero escuchaba con desaliento, ya desde hacía un rato, el familiar estrépito del combate contra los gigantescos reptiles. No valía la pena, sólo por ir a ayudar en el frente, malograr la captura de aquellos fugitivos tan largamente acosados, pero habría que sumarse de inmediato a la lucha cuando Christianson y su banda estuvieran ya a buen resguardo en la Lumpenshaas.

 

      Con rabia, forzó a Hodbrod a ponerse de pie.

 

      -Levántate, que no eres tan víctima como tratas de hacer creer-ordenó-. Se te ofreció un indulto y lo desdeñaste.

 

      -¡Puerco hijo de puta, sabes mejor que yo que eso no era más que una trampa para que nosotros mismos nos entregáramos servidos en bandeja y pudierais ahorcarnos más fácilmente!-estalló Hodbrod Christianson, entre sollozos-. ¡Deja de burlarte de mí! ¿No soy tan idiota como crees!

 

      De súbito, algo pareció impactar de lleno en Maarten, algo que lo dejó a la vez helado y desanimado. ¿Así que por eso estos imbéciles no se entregaron cuando estaban a tiempo de hacerlo? ¿Porque temían una traición de parte nuestra?, pensó.

 

       -No era una trampa, ni me burlo...-respondió-. Pero sí, vaya si eres idiota. Más de lo que supones, más de lo que yo mismo habría sospechado... Por desgracia. Pon las manos tras tu espalda; te voy a atar. Lamento que no te hayas creído digno de un  indulto cuando te  ofrecimos de corazón la posibilidad de rendirte. Ahora es demasiado tarde.

 

       Y parece que sí era cosa del destino, después de todo... Pero cómo duele que éste sea tan injusto, añadió para sus adentros.

 

      Ya sin fuerzas para oponer resistencia alguna, Hodbrod obedeció. Los secuaces supervivientes fueron obligados a formar en fila india detrás de él e igualmente maniatados, salvo los heridos graves, que fueron apartados y transportados en improvisadas camillas hasta la iglesia más próxima para su atención.

 

      Pero cuando los prisioneros ilesos, inmovilizados de manos y atados uno al otro, iban a ser llevados a prisión, un agitado jinete se reportó ante Maarten.

 

      -Volvieron los Wurms, señor-informó innecesariamente; y agregó:-. Algunos Jarlewurms están atacando la muralla Sur, recorriéndola, al parecer en busca de un punto débil en la construcción.

 

      -¿Pero cómo diablos llegaron los monstruos hasta ahí? ¿Por qué no los detuvieron nuestras catapultas, como las veces anteriores? No importa, olvídalo-gruñó Maarten, preocupado-. ¡Hmmm!... Y hallarán ese punto débil que dices, si perseveran.  Los muros no son allí tan resistentes como podría desearse-añadió sombríamente-. ¿Son muchos?

 

      -Hasta donde sé, sólo tres... Pero un centinela dice estar seguro de que uno de ellos es nada menos que Talorcan el Negro. Y además, no podemos estar seguros de que no haya otros. En el frente de batalla todo es caos ahora.

 

      Maarten asintió.

 

      -¡A montar todo el mundo!-ordenó-. ¡A la muralla Sur!

 

      -¿Y ellos? ¿Qué haremos con ellos?-preguntó alguien, señalando a los prisioneros.

 

      -Olvidadlos. Ya los capturamos una vez, ¿no? O viviremos para atraparlos de nuevo, o nada importará ya, ni para ellos ni para nosotros.

 

      Y partieron al galope, dejan do a los prisioneros maniatados, pero sonrientes en su mayoría, como persuadidos de estar bajo el amparo de inescrutables hados. Alguno comentó que por lo visto habían nacido bajo una buena estrella; pero ante tal comentario reaccionó Hodbrod con desconcierto y disgusto.

 

       -¿Llamas a esto buena estrella?-preguntó-. ¿A pasarnos la vida refugiados en las cloacas, haciendo vida de fugitivos? ¿A rechazar un insulto ofrecido de buena fe, por creer que era carnada para atraparnos?

 

      Durante unos segundos, nadie contestó. Súbitamente se sentían perdedores e insignificantes, algo que tal vez era eterno en ellos, pero de lo que a veces lograban olvidarse; por ejemplo, cuando una y otra vez conseguían burlar a sus captores, o cuando sojuzgaban a otros habitantes del Zodarsweick.

 

      -El lo ha dicho: ya nos capturaron una vez-prosiguió Hod, cabizbajo, pesimista y amargado-. Volverán a hacerlo tarde o temprano... Si viven...-añadió con una sonrisa maliciosa. También en el horizonte de su alma asomaban los Wurms, crueles como siempre, aclamados por un niño que acababa de notar que no por estar sentado ante mucha gente de pie era rey; un niño caprichoso y egoísta que odiaba admitir que sólo era exactamente eso y cuya tontería no lo dejaba ver la posible consecuencia de su berrinche-. Si viven...-reiteró, regodeado en una para él gloriosa visión de sangre y fuego; y concluyó:-. Vamos a la muralla Sur. Veremos a nuestros enemigos perder su altivez y morir entre lágrimas de fracaso.

 

      -Hod, espera, ¿estás loco? ¡Desatémosnos primero!-exclamó uno de sus cómplices, viendo que, atados entre sí como estaban, nadie podría ir a ningún lado, si no era forzando a los otros a seguirlo.

 

      -Luego nos liberaremos, pero ahora es más importante no perdernos nada de lo que va a suceder. Ya me lo agradecerás-contestó Hodbrod Christianson; pero ni él mismo era consciente del nuevo temor que nacía en su corazón: el del abandono. Su fiel pandilla estaba planteándose hasta qué punto había sido juicioso seguir al líder por una senda que ahora se advertía tan incierta, y él no quería darles tiempo a que lo reemplazaran por otro jefe más sensato.

 

      Fue así que, por el mero deseo de paladear una venganza, sus cómplices se dejaron tentar, y accedieron a ir tras él una vez más, corriendo todos en forma coordinada y a un tiempo para ir a ritmo más veloz y llegar cuanto antes al área del desastre. Si alguien contempló la posibilidad de que Hodbrod los estuvierra arrastrando a todos a un desastre un poco más personal, pero para ellos igualmente nefasto, no lo dijo.

 

      Iban mucho más despacio de lo que ellos habrían querido, pero pronto eso dejó de ser importante. Nunca se sabrá en qué momento, pero hasta ellos llegó un estruendo farragoso, que no reconocieron como lo que era, el derrumbe de una porción de muro acompañada por gritos de alarma. Se había abierto una brecha, y el poderoso Talorcan el Negro avanzaba ciudad adentro como una descomunal y aterradora máquina de muerte y destrucción. Lo seguían dos jóvenes Jarlewurms, tan bisoños en la guerra como Calímaco de Antilonia pero,  a diferencia de él, enormes y malvados.

 

      Cundió el pánico ante el brutal avance de los tres monstruos. Nada los detenía. Las viviendas del Zodarsweick, construcciones rústicas, precarias y de planta triangular casi todas ellas, se derrumbaban hacia adentro a su paso, igual que castillos de naipes. Quienes se salvaban de sucumbir ante el paso de los tres Jarlewurms emprendían enloquecida fuga por las calles, hacia el Norte, aunque parecía dudoso que pudieran ir muy lejos; si así empezó el pánico que tanto asco produjo a Edgardo de Rabenland y que Ignacio de Aralusia y otros Caballeros, con bastante éxito, lucharon por controlar, o si en el Norte la locura estalló a raíz de una coincidente falsa alarma, nunca lo sabremos. Otros quedaban aplastados bajo las ruinas de sus mo5radas, malheridos y aterrados, si las zarpas de los reptiles no los aplastaban allí mismo como a cucarachas. También los había que en plena fuga eran capturados por las fauces ávidas de sangre de los tres gigantescos dragones. La noche parecía el mismísimo Infierno sobre la Tierra,;el más vívido, fiel retrato del Apocalipsis.

 

      Por fin, en determinado momento, Talorcan el Negro se detuvo por un momento, echó hacia atrás el largo cuello y luego lo propulsó de golpe hacia adelante, haciendo atroz exhibición del arma más temible que poseían los de su casta: el fuego. Cruzando una buena distancia, una espeluznante lluvia flamígera se precipitó siobre nuevas viviendas y sobre unas cuantas figuras que huían. También estuvo a punto de caer sobre Hodbrod Christianson y sus secuaces, quienes habían tenido que renunciar a seguir avanzando contra la riada humana, poniéndose a buen resguardo para no ser aplastados por ella. Acababan de apartarse de la compacta masa en fuga, cuando las cataratas de fuego y brea ardiente abrasaron cuanto hallaban a su paso; increíblemente, acababan de salvarse, por enésima vez, de una muerte que parecía inevitable.

 

       -¿Estás seguro de que no nacimos bajo una buena estrella, Hod?-preguntó uno de los jóvenes a su líder.

 

      El interrogado no contestó. Su increíble suerte lo había dejado aturdido. Podríamos habernos dejado llevar por todas esas personas, y entonces tal vez nosotros mismos estaríamos envueltos en llamas, reflexionó. Murieron mientras huían, pero tal vez eso no signifique nada; nosotros llevamos mucho tiempo huyendo de otras cosas, y sin embargo aquí estamos, todavía vivos. Entonces, ¿por qué ellos murieron, y nosotros vivimos aún? ¿Para seguir llevando la vida de persecución y miseria que llevamos hasta ahora? La idea lo rebeló. No puede ser. Esto tiene que tener otro objeto, pero ¿cuál es?

 

       Vio aquí y allá gente que gemía entre las ruinas de sus viviendas. En ese momento, Talorcan se puso también al alcance de su vista, erguido sobre una colina a las sombras de la noche y como posando para un aterrador monumento al Mal triunfante. El espanto estremeció a sus secuaces, pero la angustia de Hodbrod Christianson era de una naturaleza muy distinta. Yo también voy a morir, pensaba. Voy a morir sin saber para qué he vivido, sin haber hecho nada que realmente valga la pena o que justifique mi estúpida existencia. Se hacía estas reflexiones en el mismo momento en que Maarten Sygfriedson, a lomos de su magnífico caballo, se allegaba a aquella zona, último límite, hasta el momento, de la condena que  al parecer se cernía sobre  Drakenstadt. Hodbrod no notó su presencia, porque había acercado a un resto de brea en llamas, adherido a una pared, las ligaduras que lo mantenían maniatado. El fuego le ampolló un poco muñecas y manos, pero ahora estaba libre y podía soltar a sus compañeros para que éstos escaparan. Lo que fuera luego de él mismo, no le importaba mayormente. Había hecho de su propia vida una ruina tan lastimosa como las casas aplastadas por los Jarlewurms, y le quedaba sólo sentarse entre ellas a esperar la muerte.

 

      Entonces oyó el desafiante grito de Maarten, primer acto de un drama épico inolvidable para la Historia y mucho más para la leyenda:

 

      -¡Talorcan!... ¡Asesino!...

 

      Hodbrod, entretenido en liberar a sus compañeros, no pudo alzar la cabeza. Oyó los insultos, los relinchos del bravo corcel al que imaginó erguido osobre sus patas traseras, indómito y guerrero; oyó los gritos de fondo de la muchedumbre en estampida y el crepitar de incendios, y gemidos de víctimas removiéndose entre escombros, señal todo ello de que los dos enemigos, el Jarlwurm y el Caballero, se mantenían ahora en tenso silencio, tal vez estudiándose. 

 

      También entre las ruinas de su alma Hodbrod sentía removerse algo, no sabía qué.

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24 julio 2010 6 24 /07 /julio /2010 18:42

      Para Maarten Sygfriedson, la noche del 22 había transcurrido en relativa calma al principio. La captura de Hodbrod Christianson y su banda, cuidadosamente planeada, era en apariencia un plan sin fisuras y que difícilmente podía complicarse. Los jóvenes delincuentes, desde hacía bastante tiempo guarecidos en las alcantarillas de la ciudad, tenían sin saberlo un espía infiltrado entre sus filas, el cual proporcionaba información a Maarten. Se llamaba Radurwulf Christianson, pero ningún parentesco lo ligaba a Hodbrod, aunque tradiciones posteriores los harían hermanos. No superaba en edad a los muchachos con quienes se hallaba ahora mezclado.

 

      El plan, que daría un giro grotesco y trágico, explotaría a la vez la ignorancia de Hodbrod y sus secuaces respecto a la mayor parte de las noticias de la superficie, y uno de los peores temores de aquéllos desde que viviían en aquel mundo subterráneo: el de que un Thröllewurm, o varios, se infiltraran en el alcantarillado. Los hombres de Maarten invadirían, divididos en parejas, todos los túneles que llevaban a la guarida de Hodbrod y los suyos, aunque circunscribiendo su radio de acción al Zodarsweick. En determinado momento, la pareja que viniera por el túnel más septentrional imitaría el rugido de un Thröllwurm; en lo que no importaba la exactitud de la imitación, porque los fugitivos difícilmente notaran la diferencia, dado que los fugitivos no habían oído tales rugidos más que de lejos y en medio de un pandemónium conformado también por múltiples alaridos y atronar de catapultas. De hecho, nunca habían llegado a ver un Wurm de ninguna de las dos castas, y Radurwulf los había oído especular, entre el horror y la fascinación, acerca del posible aspecto de los monstruos. En la oscuridad casi total y siempre siniestra de las alcantarillas, tales especulaciones eran extremadamente espeluznantes, y Radurwulf sabía que el pánico se apoderaría de la banda al menor indicio de que un reptil estuviera acechándolos en silencio. Saldrían por el túnel más cercano, seguidos a la distancia por  los hombres que habían invadido el alcantarillado, los cuales les impedirían retroceder cuando se diera el caso. Al salir al exterior, Hodbrod y los suyos se encontrarían con el propio Maarten y el resto de las tropas involucradas en el operativo, quienes los invitarían a rendirse. Si accedían, se los trasladaría a la Lumpenshaas a la espera de ser juzgados en los términos estipulados por las leyes locales. Si se resistían, serían acribillados a flechazos allí mismo y sin miramientos, puesto que de todos modos la muerte sería la sentencia más lógica dictada contra ellos por cualquier jurado que se preciara de tal.

 

      Una increíble casualidad vino a complicar aquel plan y a cambiar el rumbo de la Historia: bastante avanzada la noche,  y no faltando tanto para la hora prevista para el inicio de la redada, resonaron, en el túnel más meridional del alcantarillado, alaridos rápidamente silenciados y rugidos feroces. Ese túnel recogía a través de un canal parte de las aguas del Kronungalv, las que transportaban luego los desechos de la población de Drakenstadt y las llevaban hacia el mar; y que de allí procedieran alaridos no encajaba en el plan, que no incluía grito alguno y en el que los rugidos impostados procederían de un túnel del Norte. Después de todo, de allí venían siempre los ataques de los Wurms; por consiguiente, qué más lógico sino que, si algún Thröllwurm accedía al alcantarillado, viniera de esa dirección.

 

      Radurwulf Christianson debió asombrarse y preocuparse tanto como el resto de los muchachos ante las funestas señales. Pero que era un joven de gran autocontrol y sangre fría lo demostraba la peligrosa misión que estaba cumpliendo, ya que los malvivientes del Zodarsweick podían ser crueles hasta la barbarie con los soplones. La daga que siempre llevaba al cinto tal vez le brindara cierta protección psicológica, pero cabe recordar que Hodbrod y sus secuaces no estaban precisamente indefensos.

 

      De todos modos, poco después de oir tales gritos y rugidos, las aguas cruzaron alcantarillas al Sur teñidas en sangre y con algún irreconocible resto humano flotando aquí y allá, lo que sembró el pánico en Hodbrod y su horda proscrita. Huyeron por el túnel por el que se suponía que debían escapar, pero sólo por casualidad o designios de Dios, ya que Radurwulf no iba precediéndoles, como se había convenido al planear la captura. El se quedó, y ya nadie volvió a verlo vivo. Quienes más tarde recuperaron sus despojos concluyeron que un único Thröllwurm había hallado el camino a las cloacas, y que Radurwulf, armado solamente con la daga, le había dado bastante quehacer, refugiándose durante la dispar lucha en recovecos adonde las letales mandíbulas del monstruo no podían seguirlo más que torpemente, incapaces de maniobrar con su mortífera y habitual destreza. Al final de la lucha, ambos estaban heridos de muerte; en el caso del reptil, porque la daga se le había hundido en la blanda y vulnerable garganta. Es posible que unos cuantos de los desprevenidos hombres de Maarten Sygfriedson que en ese momento invadían las cloacas hayan salvado sus vidas gracias a este valiente sacrificio del jovencísimo Radurwulf.

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8 junio 2010 2 08 /06 /junio /2010 20:13

      Los ataques de los Wurms habían provocado ya escenas de histeria colectiva y locura entre la población de Drakenstadt, pero nada comparable a lo que se vio aquella noche. Había empezado lo que más tarde se conocería como el Día  de la Gehenna, la más inesperada y violenta acometida Wurm en Drakenstadt en mucho tiempo.  La reacción de la gente, ya desde  el principio, fue de indescriptible pánico, porque hasta entonces era creencia general que la Guerra había terminado. Ese pánico fue luego in crescendo, y cuando Edgardo y Calímaco montaron con intenciones de dirigirse hacia la muralla Oeste, hallaron las calles casi intransitables. Grupos enloquecidos se atropellaban unos a otros. Había niños llorando solitarios y llamando a sus padres, y adultos que clamaban por ellos en medio de multitudes sin control. Algunos embalaban sus cosas, pero Edgardo vio, con asco y odio, que por la furtividad que otros ponían al ingresar en ciertas viviendas, eran las pertenencias del prójimo lo que pretendían llevarse. De éstos, algunos pusieron pies en polvorosa a la vista de los dos Caballeros, pero otros, mucho más desfachatados, siguieron con lo suyo, tal vez sabiendo que sus latrocinios quedarían impunes. En efecto, no podía perderse el tiempo en pequeñeces cuando la crisis parecía tan grave.

 

      Los caballos de Edgardo y Calímaco tenían que avanzar prácticamente a paso de caracol para no arrollar a nadie a su paso.

 

      -¡Derribaron las murallas! ¡Entraron en la ciudad! ¡Hay que huir!-se oía por todas partes; y aunque Calímaco había intentado ir en socorro de un niño arrasado en llanto, Edgardo se lo había impedido.

 

      -No podemos-dijo.

 

      Calímaco lo miró con cara de sorpresa, reproche,angustia y espanto.

 

      -Pero es que...-balbuceó.

 

      -Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. No podemos-porfió Edgardo.

 

      Calímaco volteó una vez más la mirada hacia el niño que lloraba sin consuelo. Se sentía sucio y ruin; un ser despreciable que pasaba de largo ante el desvalido que requería su protección. Edgardo prefirió no mirar. Había pasado por esa situación muchas veces antes, y sabía que a Calímaco el corazón debía estar haciéndosele añicos. En ese instante lamentó cuanto había pensado y dicho de él antes.

 

      -Tendremos que dejar que esta gente se arregle sola-dijo entonces. Pero el avance se dificultaba cada vez más y más-. ¡Escuchad!-gritó a la turba enloquecida-. ¡Los reptiles siguen fuera de Drakenstadt! ¡Y allí seguirán, si nos dejáis salirles al combate!-pero nadie lo escuchaba.

 

      Desviarse por esa calle o esta otra demostraba ser cosa poco útil. La gente estaba tan dominada por el pánico que no veía por dónde iba y se cruzaba al paso de los jinetes sin precaución alguna; por lo que en cualquier parte se corría el riesgo de que a último momento alguien se atravesara y fuera pisoteado bajo los cascos de los caballos. Como además había una fina película de nieve en las calles empedradas, algunos patinaban y caían al piso. A veces eran atropellados por otras personas que intentaban huir sin ponerse de acuerdo en la dirección.

 

      -Parece que viene tormenta...-murmuró Calímaco.

 

      -¿Estás loco? El cielo está estrellado casi por completo-contestó Edgardo.

 

      -¡Si está tronando!

 

      -Rugidos de Wurm y disparos de catapulta...

 

      -Pero... ¡Hasta vi relámpagos!

 

      -Sí. En la misma dirección hacia la que se supone deberíamos avanzar si no estuviéramos así de estáticos, ¿no?... No seas iluso, Calímaco, y mantente tan lejos como pueda mantenerse un Caballero de tus supuestos relámpagos, a menos que te guste bañarte en fuego y brea candente.

 

      Calímaco tragó saliva, pero en ningún momento amagó retroceder. En ese momento comprendió Edgardo que Ignacio había tenido razón; que el joven antilonio era simplemente un Caballero recién salido del horno. Lástima que que él hubiera tardado tanto en entenderlo. Lástima que ya no tuviesen tiempo para decirse nada...

 

      Edgardo, tras pensarlo un momento, eligió una calle ancha, calculando acertadamente que por allí conduciría Ignacio a las tropas hacia la muralla Oeste, y volvió grupas como para regresar a la cuadra. Calímaco lo siguió sin hacer preguntas. Seguía admirando a Edgardo, una admiración que iba en aumento, ya que le parecía el genio militar que salvaría a la ciudad y al Reino, y no quería estorbar sus reflexiones con interrogatorios inútiles.

 

       Ignacio y los demás Caballeros estaban todavía más embretados de lo que habían estado Edgardo y Calímaco. Así se hallaban cuando los alcanzaron estos últimos.

 

      -¿Qué pasa? ¡Esta gente está chiflada!-exclamó Ignacio.

 

      -Me irritan. Me pregunto si valen la pena y las molestias que nos tomamos por ellos-resopló Edgardo-. Y además, les están haciendo el trabajo fácil a los Wurms. Olvídate de tratar de llegar a la muralla Oeste; toma en cambio a los Caballeros y pon un poco de Orden entre estos gallinas. Y que vengan luego a hablarme de los valientes hombres de Drakenstadt...

 

      -Les diré eso. Trataré de trabajarles la moral y avergonzarlos un poco.

 

      Buena idea. Y diles que las murallas no han cedido y que necesitamos que mantengan la calma para sacarlos ordenadamente de la ciudad y cubrirles las espaldas mientras ellos salen; que nada les ocurrirá si se quedan tranquilos y nos dejan actuar.

 

       -Ah, ¿las murallas siguen en pie? ¿Cómo lo sabes?

 

       -Lo sé, eso es todo.

 

       Y por esta respuesta que nada aclaraba y la larga, eterna mirada que la acompañó, supo Ignacio que nada sabía Edgardo; que una de las recurrentes pesadillas que venían obsesionándolo quizás estuviera volviéndose realidad en ese mismo instante. No dijo nada. En su pesadilla él solía resignarse y sentarse a esperar el fin, pero en la vida real no podía permitirse tal lujo.

 

       Una horrible y simultánea opresión había caído sobre Ignacio y Edgardo, pero la urgencia por hacer algo les impidió notarlo hasta que ya se habían separado. Hubieran querido poder tomarse un respiro para despedirse, para decirse que había sido un honor combatir juntos aunque todo concluyera entre tristeza y horror esa misma noche. Edgardo se sintió atormentado por ese anhelo a medida que él y Calímaco, con la exasperante lentitud de momentos atrás, se acercaban a la muralla Oeste.

 

      Fue mejor así. Las despedidas son al final, y nosotros debemos esforzarnos por pensar que estaremos en pie mucho tiempo más todavía, en lugar de vernos como inminentes cadáveres- pensó-. Al fin y al cabo, ignoramos cuál es nuestra situación cabal. Pero cada vez era más difícil conservar siquiera una pizca de entereza, porque en la muralla Oeste imperaba un clima de absoluto pesimismo. Alguien transmitió a Edgardo las últimas nuevas, y éstas eran en verdad espeluznantes, aunque él rehusó aceptarlas hasta no haberlas confirmado a través de Dunnarswrad; pero por desgracia, eran totalmente plausibles.

 

      Cabalgó a lo largo de la muralla intentando dar con Hreithmar.

 

      -Regresa junto a Ignacio. Ayúdalo a controlar a la gente-ordenó a Calímaco.

 

      El joven antilonio de buen grado hubiera obedecido. Allí, al pie de las murallas de Drakenstadt, se desplomaban sus últimos sueños de gloria, igual que, imaginaba, estaban próximos a desplomarse los propios muros de la ciudad. Había visto salir volando hacia adentro del perímetro una piedra grande, desprendida de lo alto, como arrojada por una catapulta, que de milagro no mató a nadie al caer.

 

       -Los muros cederán y esos monstruos entrarán aquí-. Dijo. Acompañadme.

 

       -No puedo. Y no subestimes el poder defensivo de los muros de La Inexpugnable-replicó Edgardo, deteniendo su caballo para hablar cara a cara a Calímaco y así lograr persuadirlo-. Son más fuertes de lo que creees, y te aseguro que fue con más tretas que fuerza que el famoso Sundeneschrackt logró doblegarla más de una década atrás, según he oído decir. Una piedra suelta aquí y otra más allá nada significan. Obedéceme, o te aseguro que haré que lo lamentes más tarde.

 

      -Eso si hay un más tarde para nosotros, lo que parece dudoso, ¿no? Haced lo que queráis. No os dejaré solo; no podría.

 

      -¡No estaré solo! ¡Hay mucha gente aquí!

 

      -No es como venir acompañado de alguien que os abandona ante el peligro. ¡No me iré!

 

      No había más que hacer. Calímaco se había obstinado, y no podía perderse tiempo en hacerlo entrar en razones, así que Edgardo siguió adelante, siempre seguido por el bisoño. El pelirrojo estaba a medio camino entre la gratitud hacia un Compañero que no lo abandonaba en el peligro y la angustia por un joven que recién empezaba a sospechar en qué se estaba metiendo y por quien no podría demorarse en protegerlo.

 

      En cuanto a Calímaco, siguió adelante tal vez sólo por designios de Dios. Su caballo y el de Edgardo, bravos corceles de guerra, piafaban nerviosos, presintiendo la aterradora cercanía de los crueles Jarlewurms. Todo a lo largo de la muralla, los hombres de Dunnarswrad hormigueaban velozmente acarreando piedras, cargando catapultas y disparándolas. En algunos sectores, la defensa humana se rendía al desaliento, y Edgardo tuvo que hacer uso de toda su autoridad para que recobraran energías y voluntad. De vez en cuando, volaba por encima de la muralla una lluvia de fuego y alquitrán en llamas, y era preciso escapar sin pérdida de tiempo. Semejantes imágenes en medio de la noche parecían más dignas del mismísimo Infierno que de una simple batalla. Para peor, Calímaco había oído que los Wurms estaban atacando de a miles, y que incluso habían forzado su entrada a la ciudad; y todo esto mellaba velozmente las últimas reservas de coraje del antilonio.

 

      Al fin apareció ante la vista de los dos Caballeros la figura descomunal, anormalmente musculosa y horrible de Hreithmar Dunnarswrad, el reputado medio ogro, rugiendo a algunos subordinados suyos con una violencia que asustó todavía más al pobre Calímaco. Entre las víctimas de la furia de Dunnarswrad estaba el teniente Person, y Edgardo intuyó que las raciones de vino extra distribuidas por aquel tenían algo que ver en ello.

 

      Los dos Caballeros desmontaron.

 

      -Quédate aquí y cuida de nuestros Caballos-ordenó Edgardo a Calímaco; y acto seguido salvó en pocas zancadas la distancia que lo separaban de Dunnarswrad-. A tus órdenes, Hreithmar. Dime en qué puedo serte útil, y lo haré.

 

      -Cuánto me alegro de verte-suspiró Dunnarswrad, quien rara vez se alegraba de ver a Edgardo, y como desinflándose, dejando de bramar para momentáneo alivio de sus sufridas víctimas-. Haz algo, no importa qué. Yo volveré en cuanto me sea posible. Tengo que dar instrucciones al Leitz Korp, y preferiría hacerlo personalmente esta vez.

      -Resume nuestra situación.

 

      -Nuestra situación es que se acabó. La muralla Sur ha caído; los Jarlewurms han invadido el Zodarsweick-dijo sepulcralmente Dunnarswrad; y como Edgardo, ensombrecido, quiso aportar alguna luz de esperanza, el gigante añadió:-. Edgardo, lo sé de buena fuente. No olvides que Maarten se hallaba allá. El me envió un mensajero urgiéndome a dar ya sabes tú qué instrucciones al Leitz Korp.

 

      Edgardo asintió en silencio, con sombría resignación y un enorme peso en el alma.

 

      -¿Qué fue de Maarten?-preguntó.

 

      -No sé. Vivía aún cuando el mensajero partió hacia aquí-contestó el coloso-. Tal vez algo haya podido hacer, porque tenía hombres bajo su mando. Desde lo alto de las torres vimos incendios en el Sur del Zodarsweick. Al principio de propagaban rápidamente, pero ahora permanecen relativamente localizados. Por desgracia, tú y yo sabemos que eso no significa mucho, y que tal vez a los Jarlewurms simplemente se les hayan acabado sus fuegos por el momento.

 

      -¿Y no sospechaste lo que estaba pasando incluso antes de que llegara el mensajero?

 

      -No. Algunos imbéciles tomaron la guardia borrachos o medio borrachos y creyeron ver Wurms, pero creyeron alucinar bajo los efectos del vino. Por eso algunos Jarlewurms lograron remontar el río, y ahora están en la ciudad; cuántos, no sabemos. Person, el muy idiota, fue quien les permitió a los guardias tomar sus puestos estando ebrios, y yo todavía no había hecho mi ronda, que ya tuvo que admitir que era cierto, que los Wurms habían regresado, y fue a avisarme. Pero omitió informar de la borrachera de los hombres, de que ya era tarde para detener a algunos Wurms; y cuando lo descubrí y empecé a relevar a los que más borrachos estaban, vi incendios desde una atalaya; de lo que no se me había informado por miedo al castigo. Pero coincidió esto con la llegada del mensajero de Maarten... Lo siento, no puedo seguir hablando, debo irm...

 

       -¡CUIDADO!-bramó alguien, en señal de advertencia. Una nueva lluvia de fuego y alquitrán ardiendo caía como una maldición sobre los defensores, que huyeron en busca de sitios donde ponerse a salvo.

 

       Calímaco escapó llevando por la brida a alos caballos, lo suficiente para salvarse de la mortal y flamígera salpicadura; pero muy cerca de él -demasiado cerca de él-, a un desdichado lo alcanzó de lleno, y cayó al suelo profiriendo espantosos alaridos. Varios de sus compañeros se lanzaron sobre él y lo revolcaron en la nieve, apagando las llamas. Otros vinieron corriendo con una camilla, para auxiliar al herido.

 

      Calímaco echó un vistazo al infortunado. Al ver el pavoroso aspecto de la piel cubierta de brea negra y todavía humeante, se estremeció, y el valor que todavía le quedaba desapareció instantáneamente.

 

       -Vamos a morir. Vamos a morir todos-musitó-. Vamos a morir-repitió, y esta vez en voz más alta, de modo que muchos de los desalentados defensores lo oyeron. Fue palpable que un germen de creciente horror se extendía entre ellos tan fatalmente como las mortales llamaradas de los Jarlewurms.

 

      Por fin, el pobre Calímaco estalló en llanto, fuera de control.

 

      -¡VAMOS A MORIR!...-gritó, enloquecido-. ¡VAMOS A MORIR HORRIBLEMENTE!-y nada más llegó a decir, antes de darse cuenta, aterrado, de que algo lo asía del cuello de la ropa y lo levantaba con facilidad pasmosa, balanceándolo de un lado a otro como si de un muñeco de trapo se tratase. Abrió los ojos, y se aterró aún más al ver ante él una cara horripilante y colérica, y un  puño gigantesco agitándose como una maza hambrienta de destrucción.

 

      -¡MALDITO COBARDE, HARÁS ALGO ÚTIL AUNQUE TE CAGUES DE MIEDO! ¡LO HARÁS, PORQUE PREFERIRÁS MORIR BAJO EL FUEGO DE ESOS MONSTRUOS ANTES QUE DESINTEGRADO POR MIS PUÑOS Y BAÑADO EN SANGRE!-rugió Dunnarswrad, con esa ira de trueno que le había valido el apodo.

 

      Calímaco estaba ahora más aterrado ante aquel demonio titánico y duro como la roca que de los Wurms, y además se sentía cubierto de vergüenza y deshonra por haber cedido al miedo y hecho tal escena. El rostro le ardía al rojo vivo, sabiendo que era centro de la atención en derredor suyo, pero no captó los sentimientos íntimos de la mayoría de los testigos, que habían retrocedido un paso ante el arrebato de cólera de Hreithmar, tragando saliva, sintiéndose también ellos zamarreados como muñecos de trapo.

 

      -¿HAS ENTENDIDO, BASTARDO? ¿REALMENTE LO HAS ENTENDIDO, COBARDE?... ¡DEJARÁS DE LLORAR Y LUCHARÁS COMO EL RESTO, O TE TRITURARÉ VIVO USANDO SÓLO MIS MANOS!-y siguió zamarreando a Calímaco.

 

      -S-s-sí, l-lo haré, ¡LO HARÉ!-gritó el Caballero novato. Entonces, y sólo entonces, Dunnarswrad se calmó.

 

      Edgardo meneó la cabeza. No le gustaba haber tenido que presenciar aquello, pero que también Cipriano de Hestondrig hubiera sido testigo, como acababa de constatar, le agradaba menos todavía. El Segundo Maestre del Viento Negro sonreía levemente, con burla y desdén y cierta expresión calculadora.

 

      -Los muros tal vez hayan cedido, pero nosotros todavía estamos de pie-oyó Edgardo decir a Dunnarswrad, mientras depositaba en el suelo a Calímaco-. Ayuda a los demás a cargar catapultas y dispararlas.

 

      Edgardo, quien había empezado a reclutar voluntarios al frente de los cuales cabalgar hacia el Zodarsweick en un desesperado intento por dar una mano a Maarten Sygfriedson y detener a los Jarlewurms que avanzaban por el Sur, vio a Calímaco y a los otros trabajando desesperadamente en la defensa. Vio también a un grupo de jóvenes del Leitz Korp llegando inesperadamente al trote, frescos pese a haber recorrido así una buena distancia. El muchacho que los dirigía, uno de los lugartenientes designados por Dunnarswrad, se plantó ante éste en firmes, pero no alcanzó a reportarse. Edgardo intuyó que tendría lugar otra escena triste aunque, tal vez, de tintes heroicos; y prefirió acelerar su partida y privarse de ella. Tales escenas hacían preferible, tal vez, hasta vérselas cuerpo a cuerpo con un Jarlwurm antes que contemplarlas.

 

      En algún punto de la ciudad, Tancredo de Cernes Mortes observaba a los Caballeros tratando de poner orden entre la población desbocada de pánico.

 

       -¡Ah, yo dije que esos muros del Sur debían ser reforzados, yo lo dije mil veces!-exclamaba el Gran maestre de la Doble Rosa.

 

      Su segundo al mando en la Orden, Guido de Flaurania, reprimió una sarta de palabrotas. , ya lo sabía; , era cierto; , Tancredo lo había dicho mil veces, y nadie le había hecho caso; pero ¿era preciso que machacara sobre ello en las presentes circunstancias?

 

      -¡Ah, señor!... Yo os escoltaré y protegeré-exclamó Tancredo, viendo que el Duque Olav, armado y a caballo, se aprestaba para, esta vez, tomar parte en el combate y al menos morir luchando; porque, la verdad, su físico débil y poca habilidad para la guerra hacían prever que, con o sin muros derribados, ése sería su final.

 

      Poco a poco, la gente iba atestando las iglesias de la ciudad, adonde Ignacio de Aralusia y los demás Caballeros les aconsejaban refugiarse, conservando el valor, para rogar a Dios por Drakenstadt y la victoria para sus defensores. Se les había dicho que, en caso de desastre, los propios Caballeros se ocuparían de escoltarlos para escapar de la ciudad, pero era mentira: probablemente para entonces no quedarían Caballeros vivos para escoltarlos. No había otra forma de mantenerlos calmos pero, de todos modos, repugnaba a Ignacio mentirles así.

 

      Y sin embargo, Dunnarswrad habría dado todo por hallarse en su lugar. El era otro de los que hasta luchando cuerpo a cuerpo con un Jarlwurm habría preferido estar antes que allí, frente a aquellos jóvenes a quienes tan bien conocía... No dio tiempo al lugarteniente a decir su nombre y rango, sabidos de sobra.

 

       -Romped filas y venid conmigo. Todos-dijo con desacostumbrada suavidad, algo que erizó la piel de los adolescentes todavía más que los habituales truenos del coloso. Algo iba mal-. Aquí, en semicírculo-añadió, en un rincón más o menos apartado-. Seré breve y crudo: pronto todo habrá terminado para Drakenstadt. A partir de ahora, quienes sigamos luchando lo haremos con un solo fin: daros todo el tiempo que podamos, para que consigáis regresar a las mismas aldeas de donde, por lo general entre llantos de vuestras madres y maldiciones de vuestros padres, fuisteis reclutados. Allí haréis lo que podáis para proteger de los Wurms a la población, y para impedir que aquéllos sigan avanzando río arriba. 

 

      Los muchachos permanecieron inmóviles y en tétrico silencio ante la funesta noticia.

 

      -Os obligué a entrenar duramente. Me tuvisteis miedo y algunos, o todos, quizás hasta odio. Pero siempre dije que os quería bien, y lo repetiré aquí por última vez. Fuisteis mis hijos, mi creación, y yo fui... Un monstruo. Para qué usar otra palabra, ¿no? Fui monstruo porque necesitaba haceros monstruos a vosotros. Monstruos capaces de sobrevivir a todo y hacerles morder el polvo a los Wurms... Y ahora ha llegado el momento de que me hagáis orgulloso, porque de ello dependen muchas vidas. No podéis permitiros fracasar. Ya se han despachado varios correos para avisar, incluso a Cernes Mortes, que Drakenstadt ha dejado de existir. Los últimos restos de niñez que guardéis con vosotros, dejadlos aquí, para que ardan junto con Drakenstadt. Será lo mejor.

 

       Los chicos del Leitz Korp, algo aturdidos todavía, aprovecharon la breve pausa que seguidamente hizo Dunnarswrad para mirar su entorno. Todo estaba medio envuelto en tinieblas, salvo las luces de las antorchas y de los fuegos que aún les quedaban a los Jarlewurms; aun así, reconocían porciones de la ciudad donde habían vivido desde hacía algunos meses y a la que, mal que bien, habían comenzado a sentir un segundo hogar y a querer casi tanto como el propio.

 

      Y pronto, de ese segundo hogar quedarían sólo cenizas y escombros humeantes, todo por capricho de unos monstruos incapaces de la menos piedad. De repente, alguien en el grupo estalló en lágrimas de rabia impotente ante tal pensamiento. Pronto, varios eran quienes lloraban en el Leitz Korp. Ni uno solo dejaba de preguntarse que les depararía a ellos el futuro. También Dunnarswrad se lo preguntaba por ellos. Se preguntaba también otras cosas como, por ejemplo, si aquellos chicos le guardarían algún afecto, si lo recordarían bien cuando él ya no existiese, pero no quiso preguntárselo; no era momento para emotividades ni cursilerías.

 

      -Y ahora, escuchadme con atención, pues no hay tiempo para más despedida que ésta que ya tuvimos-prosiguió Dunnarswrad-. Gylvson quedará a cargo, al menos hasta alejaros lo bastante de la ciudad-señaló al joven lugarteniente, que se secó las lágrimas con la manga-. Obedecedle como a mí. Buscaréis al resto de vuestros compaleros y abandonaréis Drakenstadt por las puertas del Este, puesto que no han llegado reportes de avistamientos de Wurms que vengan de allí. De todos modos, andaos con cuidado. Si vierais Wurms en vuestro camino, avanzad sigilosamente, de dos en dos o de tres en tres, por turnos y sin prisas; pero una vez que hayáis dejado atrás a los reptiles, corred como alma que se lleva el Diablo. Recordad los pantanos del Sur; allí estarán esperandoos los Thröllewurms, deseosos de darse un banquete con vosotros-lanzó a los adolescentes y cuasi adolescentes una última mirada de tosco y duro cariño, y concluyó:-. Es todo. Hasta siempre, guerreros del Leitz Korp. Haced aquello para lo que fuisteis entrenados.

 

      Como un solo hombre, los muchachos hicieron una respetuosa inclinación de cabeza. Luego Gylvson, el lugarteniente, exclamó con la voz más poderosa que era capaz de dar su garganta:

 

       -¡Leitz Korp!  ¡Atención! ¡Formar!-y era como si ningún llanto hubiera jamás arrasado sus ojos. Veloz y disciplinadamente, el resto de los adolescentes obedecieron, hombres prematuros forjados por la necesidad y la guerra-. ¡En marcha!

 

      El juvenil grupo liderado por Gylvson se alejó a trote rápido. Tal vez en los pantanos del Sur los Thröllewurms, previendo la llegada de carne fresca, sonrieron burlonamente bajo las oscuras aguas.

 

      Ninguna historia nos cuenta si Hreithmar Dunnarswrad derramó lágrimas en alguna oportunidad pero, si lo hizo, fue sin duda aquella noche en que vio alejarse a sus cachorros de monstruo hacia una incertidumbre atroz y hacia responsabilidades que los superaban.

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7 junio 2010 1 07 /06 /junio /2010 19:49

CCI

      Vaya que duerme como un bebé el idiota... ¡Y qué manera de roncar!, pensó Edgardo esa noche, viendo y oyendo a Calímaco en su lecho.

 

      No por los ronquidos del antilonio, pero sabía que sería inútil tratar de dormir: en realidad no tenía sueño. Sin embargo, Ignacio tampoco estaba despierto, y en su rostro había una expresión de beatitud. En toda la cuadra, sólo Edgardo estaba en pie. ¿Qué otra cosa podía hacer, sino acostarse él también? Pero por si más tarde seguía insomne y quería dar un paseo (aunque la fría noche no se prestaba para ello), se tendió simplemente sobre la cama, sin deshacerla y sin desvestirse ni quitarse las botas, pésima costumbre esta última que dejaba las colchas en estado inenarrable. Estuvo a punto de hacer buena letra y descalzarse, pero lo había acometido un acceso de absoluta holgazanería, pecado capital al que, esta vez, se negaba a cerrarle la puerta en las narices. Por el contrario, quería darle una calurosa bienvenida. Tenía derecho.

 

      Mientras sus pensamientos peregrinaban de aquí para allá, fueron llegando otros Caballeros para acostarse también ellos, en primer lugar Abelardo de Hallustig, a quien reconoció porque lo vio agacharse y saludarlo con la mano. Aquel hombre ahora afeitado por motivos prácticos antes tenía una barba puntiaguda que le daba un desagradable aspecto de falsedad, realzado por la expresión huidiza y aduladora de sus ojos. A Edgardo seguía sin caerle del todo bien, pero lo prefería ahora que la reciente guerra lo había cambiado, como a todos, inyectando algo de franqueza en su mirada.

 

      ¿Qué hora será? ¿Habrá logrado Maarten atrapar a Hodbrod Christianson y su banda?, se preguntó Edgardo. En eso, la puerta de la cuadra se abrió nuevamente.

 

       -...una falta de organización deplorable. Podrían habernos avisado por el camino que la guerra había terminado y ya no éramos necesarios-decía una voz irritada, obviamente perteneciente a uno de los Caballeros venidos ese día.

 

       -Termina de una vez con eso-exigió una voz grave, poderosa, que recordaba los acentos tronadores de Hreithmar Dunnarswrad-. Nosotros cumplimos órdenes, no consideraron pertinente avisarnos, y sus razones tendrían. Y se acabó.

 

      Esta vez, nadie se agachó para saludar a Edgardo, aunque tres figuras pasaron frente al lecho de éste, una de ellas precedida por una sombra inmensa, como si de un heraldo de la inmensa mole correspondiente se tratase.

 

      -A vos os conozco de algún lado-dijo alguien.

 

      -Sí, mi nombre es Abelardo de Hallustig. Alguna vez nos vimos cuando fuisteis allí a combatir a los Caballeros del Viento Negro.

 

      -Debe ser humillante tener ahora que luchar junto a los mismos que asolaron vuestra tierra, ¿no?

 

       -No. Vos no lo sabíais, pero yo militaba en sus filas. Fui armado en la Orden del Viento Negro casi al mismo tiempo que en la de la Doble Rosa.

 

      Siguió a aquello un silencio tenso y reprobatorio; luego preguntó el interlocutor de Abelardo:

 

      -¿Y para qué nos llamasteis fingiendo combatirla, en su momento? ¿Por qué nos hicisteis representar el papel de idiotas?

 

      -Yo no os llamé, me fuisteis impuestos por otros. Pero tampoco podía rechazar vuestra... ayuda, y revelar así que yo era uno de los forajidos que veníais a perseguir, para que luego me arrojarais a prisión, engrillado, hasta que me pudriese ahí.

 

      -¡Y os hacéis llamar Caballeros!... ¡Unos cobardes que manteníais siempre vuestros rostros bajo los cascos, unos traidores que preferíais las más sucias emboscadas antes que el golpe leal, franco y valiente!

 

      -Dime-intervino la voz tonante-: si perteneces a la Orden del Viento Negro, debes saber quién soy y quizás sepas, además, cuál de tus compañeros fue el que me derribó de la montura. ¿Lo sabes?

 

      -Sí, fue Balduino de Rabenland-contestó Abelardo de Hallustig.

 

      Tendido en su lecho, Edgardo sufrió un sacudón de asombro y luego sonrió, con orgullo y cierta malignidad. Por lo visto, no debía preocuparse mucho por su hermano: ¡sabía defenderse bastante bien solo!...

 

      -Ya veo cuán solapadas y cobardes son las embestidas de los Caballeros del Viento Negro-se burló, alzando la voz para que todos los presentes lo oyeran.

 

      -Y ese Balduino, ¿se encuentra en Drakenstadt?-preguntó la voz grave, ignorando el comentario de Edgardo.

 

      -No. Lo vi por última vez en Ramtala, hasta donde viajamos juntos. No sé a ciencia cierta qué fue de él después, pero hace un tiempo corrió el rumor de que estaba en un sitio llamado Fristrande. Ni idea de dónde es eso-contestó Abelardo de Hallustig-. Os gustaría dar con él, ¿eh? ¿Qué haríais si lo encontrarais?

 

      -Eso no es de tu incumbencia. Y además, ni yo mismo lo sé.

 

      -Si precisáis que alguien os arroje de la montura por segunda vez, yo estoy dispuesto a ello-volvió a intervenir Edgardo-. Soy hermano de Balduino.

 

      -Gracias, pero prefiero tratar personalmente con él y no a través de hermanos u otros allegados-contestó la voz tonante-. Con vos trataré cuando así algún asunto lo demande. Claro que dudo que ello ocurra.

 

      Fea forma aquélla de decir a Edgardo que lo consideraba insignificante. Fea, sobre todo, porque por educada y sutil creaba todo un dilema. Si Edgardo respondía con violencia, quedaría como un patán que buscaba pelea porque sí. Si trataba de justificarse respaldándose en el insulto velado, el otro pondría cara de inocente y negaría la existencia de tal insulto. Por lo que la conclusión lógica de todo el mundo sería que Edgardo creía que lo habían llamado insignificante porque en realidad lo era o se sentía tal. Pero si, por el contrario, aceptaba sin más aquella respuesta, el culgar bravucón que, como en todo Caballero, yacía en él bajo el barniz de hidalguía, nobleza y buenos modales, se sentiría sumamente frustrado. Mala suerte, Ed, linda te la han hecho-pensó-. Se podrá decir cualquier cosa de este tipo, menos que es tonto. Ya que esta noche todos habían hecho gala de su  más lucida estupidez, ponderó por un momento la idea de hacer otro tanto para no ser menos, y ponerse de pie, erguido y sacando pecho, bramando furioso frases altisonantes acerca del honor mancillado, de afrentas que exigían ser lavadas con sangre y cosas por el estilo; pero aparte de que por respuesta recibiría quizás un manotazo que lo dejaría sentado de culo en el suelo y convertido en el hazmerreír de Drakenstadt (y complicando el tema con la necesidad de vengar también este segundo ultraje), aparte de eso, ¡estaba tan cómoda la posición horizontal!... Sonrió con sumo deleite, pensando que la Humanidad debería vérselas negras más a menudo para aprender a apreciar los placeres sencillos y las ventajas de la convivencia pacífica. Ya verán mis hermanos cuando regrese a Rabenland y cada uno me invite a su palacio para requerirme como aliado y conspirar contra los otros dos en sus ruines y buitrescas querellas. Les prometeré mucho, no les daré nada, llorarán de horror y de tacañería cuan do el mayordomo les muestre la cuenta de lo que consuma en la cena, y engordaré a sus expensas. Como un cerdo, sí señor, pensó.

 

      Otros Caballeros iban llegando a la Cuadra. Edgardo los veía en la medida en que lo permitía su posición bajo el techo de la cama. A algunos los reconocía por sus voces. Muchos llegaban chispeados o directamente ebrios. Se veía que tras el banquete a la mesa del Duque, habían seguido la parranda en alguna taberna.

 

      Aquí y allá escuchaba diálogos que se iban apagando de a poco, vacilantes:

 

       -¿Qué son esos Lanskveisunger?

 

      -Algo así como salteadores... Pero peores que éstos. Normalmente exterminan a todos los que asaltan. Pero no creo que nos movilicen contra ellos. La mejor arma contra los Landskveisunger es el sigilo; una poderosa fuerza armada sólo lograría alertarlos y hacerlos cautelosos para pasar inadvertidos.

 

     A las diez de la noche, cuando Edgardo, aún sin sueño, había tomado la decisión de acostarse e iba ya a quitarse las botas, escuchó indignado un griterío absolutamente descomedido en el patio, y creyó que también habría juerguistas en la guardia del Rökkersbjorg. Se puso de pie de un salto y ya iba a llegar a la puerta, cuando ésta se abrió de golpe, dando entrada a un agitado paje:

 

      -¡LOS WURMS! ¡VOLVIERON LOS WURMS!

  

      El grito, proferido con voz adolescente llena de gallos, paralizó momentáneamente a Edgardo y sus sueños de paz, holganza y gordura.

 

      -¡VOLVIERON LOS WURMS! ¡ESTÁN REMONTANDO EL KRONUNGALV!-volvió a gritar el paje, angustiado.

 

      -¡VOLVIERON LOS WURMS! ¡LEVANTAOS!-repitió Edgardo, con voz mucho más viril y marcial, una voz imperiosa y acostumbrada cómodamente al mando. Y corrió de cama en cama, zamarreando a cada uno de los durmientes, abandonando a algunos que hedían a embriaguez y con los que no valía la pena esforzarse.

 

      Ignacio despertó lagañoso y sonriente, persuadido de que se trataba de otra estúpida pesadilla; y cuando comprendió que no podía serlo, que había límites hasta para el más extremo realismo onírico, el horror se cerró sobre él como un nudo de horca en torno a un cuello, pero empezó a vestirse a toda prisa.

 

      -¡TODOS DE PIE! ¡LOS WURMS ESTÁN DE REGRESO!-vociferó el viejo Senescal Mayor, Justiniano de Charmalles, que daba al mismo tiempo el ejemplo, garboso a pesar de la edad.

 

      Calímaco de Antilonia, ansioso y hambriento de gloria y batalla, había sido de los primeros en obedecer a la voz de mando de Edgardo. Este le palmeó la espalda, pero exclamó con impaciencia:

 

      -¡Muy bien, pero vístete!

 

      -¿Quién me ayudará a ponerme la armadura?-preguntó Calímaco.

 

      -¿Armadura?... ¿Estás loco? ¡Nada de armadura!-Edgardo por poco no estalla en un acceso de grotesca y amarga risa al percatarse de que, después de todo, si Calímaco había querido lucir su armadura, sabio había sido al asistir enfundado en ella a la cena del Duque Olav-. ¡El peso de la armadura retardaría tus movimientos, haciendo que los Wurms te mataran más pronto!

 

     Todos los Caballeros y escuderos llegados ese día se miraban entre sí, con espanto e incredulidad.

 

      -¿Sin armadura?-preguntaban, renuentes a recibir respuesta.

 

      -Sin armadura, os han dicho. ¿Qué sois, sordos o estúpidos?-gruñó alguien.

 

      -¡Sin armadura! ¡A vestirse y armarse!-exclamó enérgicamente Justiniano de Charmalles, reponiéndose de la sorpresa.

 

      El desorden habitual de la cuadra no facilitaba mucho las cosas. Los Caballeros venidos en la jornada que estaba a punto de concluir habían mantenido un cierto orden en su equipo, mayormente gracias a sus escuderos; pero en la confusión provocada por la noticia, incluso esa isla de prolijidad se había hundido en un océano de caos.

 

      -¡Se requiere vuestra presencia en los muros del Norte y los del Oeste! ¡Los monstruos regresaron de a miles!-exclamaba el paje.

 

     -Oh, cállate. Jamás vinieron de a miles-exclamó Edgardo, molesto, reprimiendo un escalofrío. Nada era imposible; pero los no combatientes tenían tendencia a exagerar los detalles (cosa que los combatientes también hacían, pero sólo después de la batalla, para darse aires) y sembrar alarmismo. Vio una gigantesca bota en el suelo y, recogiéndola, preguntó:-. ¿De quién es esto?

 

      -Mío-replicó la misma voz de trueno que tanto había destacado un rato antes.

 

      Edgardo devolvió la bota mirando apenas a quien la recibía, aunque advirtió unos ojos negros y siniestros y un bigote densamente poblado. Estaba más interesado en el viejo Justiniano de Charmalles. No quería pasar por encima de la autoridad de un Senescal Mayor, quien normalmente dirigía toda operación militar si estaba presente; pero en aquella guerra el mando lo asumía según la ocasión quien mantuviera mejor la calma, aunque por lo general se trataba siempre de un oficial. Justiniano de Charmalles no tenía la menor experiencia con los Wurms.

 

      Edgardo se le acercó.

 

      -Señor, yo ya estoy listo para entrar en combate y pido vuestro permiso para ir en auxilio de las tropas en el Oeste de la ciudad, adonde creo que seré más necesario si de verdad los Wurms están remontando el río-le dijo-; pero antes, si lo autorizáis a ello, dividiremos nuestras fuerzas en dos columnas, y os recomendaré a hombres de confianza para que las conduzcan, una al Oeste de la ciudad y otra al Norte.

 

      -Hacedlo así-replicó con firmeza el Senescal Mayor, como si fuera ocurrencia suya, y demostrando buen tino al delegar el mando en un momento como éste.

 

      Un pasillo separaba las dos hileras de camas de la cuadra. Edgardo se situó en medio.

 

      -Quienes dormís en esta hilera de camas, iréis hacia el Oeste-dijo, señalando su siniestra-, dirigidos por el señor Ignacio de Aralusia-y señaló al mentado-; y vosotros que estáis a mi diestra cabalgaréis hacia el Norte, conducidos por... Hmmm... Veamos...

 

      Su idea era designar a un Caballero de cada Orden, pero en su momento los Wurms habían diezmado atrozmente la oficialidad del Viento Negro, siendo reemplazada por una nueva camada que dejaba mucho que desear en materia de liderazgo. El único cuya competencia era indiscutible, Maarten Sygfriedson, se encontraba lamentablemente ausente en ese instante en que era tan necesario. Pero debía decidirse de inmediato. No sabía cuán grave era la situación de Drakenstadt, y no estaba para perder tiempo.

 

      -El señor Abelardo de Hallustig-decidió. Abelardo no era oficial, pero pertenecía a la Orden del Viento Negro, lo que convenía para que no quedaran dudas acerca de la igualdad de consideración que se tenía hacia las dos Ordenes de caballería. Además, era o parecía más apto para el mando que muchos oficiales, y como no caía bien a Edgardo, nadie podría acusar a éste de favoritismo, como se lo acusaba por su predilección por su amigo Maarten Sygfriedson.

 

      Alguien manifestó que no recibiría órdenes de uno de esos malhechores.

 

      -Lo harás porque no es un malhechor, sino un Caballero por disposición de Su Majestad, y porque yo lo digo. Ahora, si vas a indisciplinarte contra un Senescal Mayor, cuya autoridad represento, o incluso rebelarte contra el mismo Rey, me lo dices ahora y te hago arrojar a un calabozo, y te aseguro que no me detendré hasta lograr tu degradación y condena a muerte; porque no estoy para tonterías-y como nadie más se animó a quejarse, hizo un gesto de complacencia. Luego miró a Calímaco-. ¿Tú ya estás listo? Espléndido. Entonces vendrás conmigo-y tras ser autorizados por Justiniano de Charmalles, salió seguido de Calímaco.

 

      Este se hallaba excitado. El apetito de gloria seguía presente en él, pero ahora más equilibrado por un temor que se acrecentaba cada vez más.

 

      -¿A dónde vamos?-preguntó.

 

      -A la muralla Oeste.

 

      -¿No esperaremos a los otros?

 

      -No hay tiempo. Hreithmar debe estar en el Oeste, puesto que allí es más crítica la situación. Verás, si esos monstruos logran subir por el río en gran número, tal vez jamás logremos ya vencerlos, y afortunados seremos si barreras naturales les impiden seguir adelante. Tenemos que ponernos al tanto de cómo está la cosa, ver dónde somos más útiles, entrar en combate sin demora. Tal vez, casi seguramente,  nos veremos separados durante la batalla. Si jamás volviéramos a vernos... Fue un honor conocerte-y lo fue de verdad, después de todo, pensó Edgardo, mientras funestas ráfagas de pesimismo azotaban al desventurado Calímaco.

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7 junio 2010 1 07 /06 /junio /2010 19:34

CC

      El grueso de los Caballeros venidos en auxilio de Drakenstadt se aposentaban en el Rökkersbjorg, un castillo situado aproximadamente en el centro de la mitad oriental de Drakenstadt, donde normalmente se acuartelaban tropas villanas ahora desplazadas hacia otros castillos a a barracones.

 

      Calímaco de Antilonia bajó la cabeza, desolado. No le molestaban las tiendas de campaña, pero aquella cuadra era horrorosa.

 

      -Eh, sí, mañana podríamos poner un poco de orden aquí, ¿verdad?-sugirió ignacio, riendo por no llorar. Si en algo echaban de menos los Caballeros la falta de escuderos era en eso, en la pulcritud de sus equipos. Mal que bien habían logrado mantener cierta coherencia, obligadamente, hasta que los Wurms habían dejado de atacar. Y a partir de allí, caos absoluto. Sin contar, claro, las hediondeces típicas de un sitio carente de adecuada ventilación y que, para colmo, servía de madriguera a toda una horda de energúmenos que retornaban a ella todas las noches sucios y sudorosos.

 

      Casi me está cayendo simpático el idiota... Pobrecito, pensó Edgardo, viendo en Calímaco a un Adán que descubre que ha de ganarse el pan con el sudor de su frente y no sólo no tiene la menor gana de hacerlo, sino que, además, no sabe cómo se hace. Tal vez valga la pena cuidarlo un poco... Quién sabe, quizás Dios me vea y me lo agradezca poniendo a Balduino al cuidado de alguien.

 

      -Las camas son piojeras, pero son camas, que es más de lo que muchos pueden decir-lo consoló-. Estará bien, Maese Ulrikson.

 

      El tal Maese Ulrikson era un viejecillo, un criado encargado de alojar a los Caballeros y proveerles de lo necesario. Debía tener más años que Matusalén y era tan diminuto y escuálido que cabía preguntarse quién pesaría más en una balanza, si una pluma o él. Hacía las cosas con una lentitud lógica en alguien de sus años, pero exasperante para jóvenes hombres de acción, y para colmo altaneros como águilas. Al principio, los Caballeros no lo habían querido. Le pedían cosas o formulaban quejas a los gritos, llamándolo Maldito Viejo Inútil. Tampoco él les había tenido cariño. A la inmensa mayoría de sus reclamos él respondía antes con silenciosos gestos de mal humor (porque además era tan callado que algunos hasta lo habían creído mudo al principio) y una inacción total.

 

      -Vamos, vamos, Maese Ulrikson, ¡no es para tanto!-exclamó Edgardo, sonriendo con ternura, al ver al anciano sumamente mortificado por no poder ofrecer nada mejor-. ¿Cuánto tiempo permanecerá este muchacho aquí, antes de volver a irse? Una semana, diez días como mucho. Supongamos que un mes. Pues bien, no es la muerte de nadie-y abrazó al viejo y le dio un beso en la frente. Suerte que cuando le pedimos al señor Diego de Cernes Mortes que presentara sus quejas al Duque por la persona que había puesto a nuestro servicio, él respondió que estábamos aquí para combatir y no para divertirnos, y que dichosos podíamos considerarnos de estar bajo techo y tener cama. Tenía razón. Tenía toda la razón, pensó, y miró a Ignacio.

 

      Pudimos pedir que reemplazaran a maese Ulrikson cuando asumió el nuevo Gran maestre a la muerte del señor Diego de Cernes Mortes, recordó el aralusio. Pero no era ético, ya que junto con él había muerto el Príncipe Gudjon y preferimos respetar al menos el duelo. Paseó las miradas por los toscos catres, recordando cómo, en los días iniciales de la Guerra, algunos iban quedando disponibles a medida que morían sus ocupantes, y todos los miraban de soslayo, como temerosos de ver en ellos a los desaparecidos compañeros bajo siniestra y fantasmal apariencia. Hablaban de los caídos en combate en cualquier parte, menos allí, en la cuadra. Y nadie lloraba todavía. Se sentían en la obligación de ser machos y duros. Hasta que murió Fede. Era ya la cuarta o quinta baja que sufríamos, y esa noche, cuando los que no teníamos guardia íbamos a acostarnos, no nos decidíamos. Nos quedábamos sentados cada uno en el borde de la cama y no nos decíamos nada. Encima, todavía nos considerábamos miembro de una u otra Orden, y no compañeros a secas. Ese había sido el caso de Leandro y Fede. No podían ni verse, y sus camas eran contiguas.

 

      Se acercó a uno de los catres, mientras Edgardo, Calímaco y Maese Ulrikson seguían en lo suyo. Fede dormía aquí. Qué raro es ver de nuevo aquí sábanas, mantas y almohada, una cama perfectamente hecha. Allí dormiría ahora algún otro de los Caballeros llegados ese día. La prolija cama contrastaba horriblemente con el colchón pelado de la cama de la izquierda. El de Leandro era otro de los lechos que habían quedado desocupados. A la izquierda del de Leandro se hallaba el del propio Ignacio.

 

      Acarició en silencio uno de los esquineros de madera labrada que en ese catre, como en los otros, sostenían un techo también de madera. Aquellos muebles eran viejísimos, pero de excelente calidad; casi seguramente habían pertenecido a los ancestros del Duque actual, siendo reemplazados más tarde por otros más de moda.

 

      Si lo que ocurrió luego fue producto de un embrujo, un divague de la imaginación provocado por el aura de antigüedad del mobiliario o qué, Ignacio nunca lo supo; pero lo cierto fue que cuando su mirada, detenida un largo rato en la cama que había ocupado Fede, pasó a la de Leandro, de repente no sólo la halló perfectamente hecha sino que además, con un sobresalto, vio sentado al borde de la misma al propio leandro. Pestañó. Aquello era imposible.

 

      Y sin embargo, allí estaba: un Leandro incorpóreo, como hecho de luz y volutas de humo, pero perfectamente reconocible con sus bucles castaños y sus ojos almendrados, y su cuerpo joven y atlético.

 

       -Leandro...-llamó Ignacio, en un susurro.

 

      La aparición, o lo que fuera, no respondió, ni pareció notar la presencia de Ignacio. Continuó allí, pensativo, mordisqueándose nerviosamente las uñas.

 

      Luego, Ignacio advirtió que otra figura se movía en la cama situada a la izquierda de la de Leandro, una silueta tan inmaterial como la de éste. Superado el sobresalto inicial, no había temido al espectro de Leandro, pero ahora sí tenía miedo, ese miedo opresivo resultante de la sospecha de que se está perdiendo la razón, más la renuencia a confesar tal sospecha a otros; porque aquélla era su propia cama, y la silueta que se hallaba cabizbaja, sentada en el borde y haciendo de tanto en tanto leves movimientos al cambiar ligeramente de posición, pertenecía ni más ni menos que a él mismo.

 

      Horrorizado, se preguntó si estaría soñando, si en realidad Leandro estaría vivo y él muerto, o qué significaba todo aquel absurdo; pero se tranquilizó pensando que, en tanto no cediera al miedo, saldría de aquella situación incomprensible igual que había sobrevivido a los Wurms. Si en verdad había sobrevivido; porque ya nada era seguro.

 

      Y sin embargo, bastó infundirse valor a sí mismo para entender, aunque más no fuera parcialmente, qué estaba ocurriendo. En primer lugar, miró hacia donde habían estado Calímaco, Edgardo y Maese Ulrikson. Seguían allí, aunque sus voces sonaban extrañas ahora, como si se tratara de ecos muy lejanos.

 

      Pero alrededor de las camas se desarrollaba una sutil actividad a la que sólo cabía calificar de espectral, pero sólo porque no había allí seres vivos materiales y palpables, sino sólo siluetas etéreas de caballeros de ambas Ordenes, varios de los cuales estaban actualmente muertos, aunque muchos otros, gracias a Dios, seguían vivos, y ojalá lo estuvieran por mucho tiempo más. Acertadamente dedujo que, por alguna causa desconocida, se hallaba a medio camino entre el presente y algún punto del pasado; si sólo en su mente o en alguna realidad arcana, no lo sabía ni le importaba, y buscando elementos que le ayudaran a fijarlo vio a los pies de la cama de Fede el equipo completo de éste, prolijamente embalado en dos baúles y un arcón de madera. Ese detalle, más la atmósfera funérea que imperaba en la cuadra, le hicieron volver la cabeza hacia la puerta de la misma, que no tardó en abrirse.

 

      Entró un segundo Maese Ulrikson, tan inmaterial éste como las siluetas de torvos Caballeros que se veían entre las camas. Se movía tan lentamente como el de carne y hueso. Lo seguían, resoplando impacientes, tres fornidos jóvenes de consistencia igualmente espectral y modos groseros y antipáticos.

 

      -Vamos, vamos, viejo, no tenemos todo el día... ¿Esas son las cosas?-preguntó uno de ellos; y él y los otros dos, sin esperar respuesta, con la prisa indiferente de aquéllos para quienes la muerte solo significa trámites y papeles, cargaron cada uno con un bulto, para llevarlos a un depósito desde donde oportunamente, quién sabía cuándo, serían remitidos adonde correspondiese... Los bultos, o lo que la rapiña de los buitres de siempre dejara de ellos, pensaba con asco el Ignacio de carne y hueso, quien recordaba que varios de sus compañeros muertos habían sido despojados, por manos anónimas y post mortem, de unos cuantos objetos de valor.

 

      Empezaba a sentirse mal, a verse invadido por negros y amorfos presagios, cuando recordó perplejo que, si la escena se repetía hasta en sus ínfimos detalles, estaba por ocurrir algo de verdad increíble, que superaba en mucho a lo visto hasta ahora, porque al observarse desde otra perspectiva que la primera vez, adquiriría otro significado. Dudaba de que sucediera como él lo recordaba pero, por las dudas, permaneció silencioso e inmóvil en su sitio.

 

      Y sucedió: con sus movimientos tardos, el Maese Ulrikson etéreo pasó junto al Ignacio de carne y hueso y, deteniéndose a su lado, lo miró, salvando también él los meses de distancia que lo separaban del joven. Conmovido, el Ignacio material sonrió y se señaló a sí mismo, mientras el Maese Ulrikson espectral sonreía a su vez, cerraba con fuerza un puño como para dar ánimos y guiñaba un ojo.

 

      Y venía ahora la parte que Ignacio más estaba esperando: el Maese Ulrikson etéreo estiró la diestra hacia él. La mano inmaterial pasó a través de la carne de Ignacio, quien no sintió nada al tacto, pero sí algo indefinible, una sensación de calidez sobrenatural que llegó hasta las más recónditas fibras de su alma. Al mismo tiempo miró de soslayo hacia su cama para constatar si... Sí, estaba ocurriendo: el Ignacio inmaterial observaba al no menos inmaterial Maese Ulrikson acariciar el aire y sonreír aparentemente a nadie, como un loco. Pobre viejo-pensaba-, está chocheando...

 

      Luego, la fantasmal figura del viejecillo volvió a adentrarse en su mundo meramente inmaterial, caminando hacia la cama de Fede, para deshacerla por última vez. Allí se detuvo y miró hacia su siniestra, hacia Leandro, que le salió al encuentro como en respuesta a una invocación, o porque así debía ser, igual que busca el tallo verde al sol. Y al contacto con esas manos rugosas y viejas que tanto amarían los Caballeros necesitados de alivio espiritual, Leandro rompió en llanto, un llanto espástico y atroz, el llanto de quien ya no cree posible seguir adelante y sin embargo precisa sacar fuerzas de donde sea para continuar. Y minutos más tarde, todos en la cuadra lloraban también, por primera vez desde el comienzo de la Guerra.

 

      El Ignacio de carne y hueso desvió la vista hacia la cama de Fede; al volver a mirar hacia la de Leandro, las figuras etéreas habían desaparecido, y él estaba de vuelta en el presente, oyendo las voces de Calímaco y Edgardo con absoluta normalidad. En él, el recuerdo del incidente triste pero dulce pujaba con la chocante, dura visión del colchón sin cobijas de la cama que otrora fuera de Leandro: una de muchas ausencias ofrendadas por los Wurms a modo de tétrico legado. No importa. Al menos ya se fueron, pensó.

 

      De vez en cuando, seguía viéndolos en sus pesadillas. Por lo general, las reptilescas y horripilantes siluetas de los gigantescos Jarlewurms simplemente reaparecían en el horizonte cuando ya nadie lo creía posible, y entonces Ignacio tragaba saliva con miedo y amargura, y se preguntaba si saldría vivo esa vez, o cuánto tiempo más resistiría antes de desertar o perder la cordura. Esa pesadilla era muy realista porque, hasta meses atrás, él y sus compañeros la habían vividos demasiadas veces estando bien despiertos.

 

      Otras veces se veía de nuevo liderando el rescate de los hombres de Vestwardsbjörg y Östwardsbjorg en los treinta botes... Sólo que, en el mundo onírico, siempre algo salía mal, y los Wurms hundían los botes, o devoraban a los hombres, o incendiaban todo, o todo ello a la vez. En ciertas ocasiones, los Thröllewurms capturaban a los rescatadores entre sus fauces para devorarlos, como lo habían hecho con las infortunadas víctimas de la Noche del mar en Sangre, mirando burlones a Ignacio, testigo de la misma hasta en sus más crueles detalles. Aunque nada de esto había sucedido durante el verdadero rescate, Ignacio lo había temido, y todavía agradecía a Dios por permitirle mantenerse calmo en cierto momento en que los Jarlewurms habían pasado a ridícula distancia de la flotilla, afortunadamente sin verla. Y era lógico que tales temores lo persiguieran de tanto en tanto en tanto en sus sueños; pero hasta aquí, las pesadillas eran relativamente soportables.

 

       Una que también era muy frecuente era que los poderosos muros de Drakenstadt terminaban cediendo al fin, y los reptiles se adueñaban de la ciudad. Toda defensa se hacía inútil, los Jarlewurms avanzaban victoriosos provocando incendios y devorando a su paso a cuantos iban de aquí para allá tratando vanamente de huir. Entonces Ignacio, solo y pesimista, se sentaba a esperar su propio fin cerrándose los ojos para no ver la destrucción y muerte alrededor, y tapándose los oídos para no escuchar los alaridos de terror ni los gemidos agónicos. La posibilidad de que tal cosa ocurriera siempre había existido; para algunos había parecido, incluso, muy fuerte. Mucho más improbable, aunque tampoco del todo imposible, habría sido que otra pesadilla se volviera realidad: aquélla en la que Ignacio recibía un mensaje en el que se le informaba que Aralusia ya no existía como baronía, que las tierras habían sido devastadas, los castillos incendiados o derribados, y todos los seres queridos de Ignacio, muertos. Entre el Mar de Nerdel y Aralusia había demasiadas leguas de continente para que ello fuera posible en poco tiempo, pero con el paso de los años y una buena tasa de reproducción, tal vez hasta allí habrían logrado llegar los Wurms.

 

      Pero se fueron. Debo concentrarme en ello todas las noches, antes de irme a dormir, así dejaré de soñar esas cosas horribles, se dijo.

 

      -Eh, hombre, ¡qué pensativo estás!

 

      Era un sonriente Edgardo quien hablaba, rodeando los hombros de Maese Ulrikson con su brazo derecho, el cual debía encoger bastante, ya que había mucho más brazo que hombros. El viejecillo estaba serio, como sumido en recuerdos de mucho tiempo atrás. Entre eso y su mutismo, uno se preguntaba a veces si la mente del viejo no se estaría extraviando y si, en ciertos momentos, reconocería a alguien; ahora, por ejemplo.

 

      Edgardo separó sus brazos de los hombros de maese Ulrikson y colocó la mano sobre la espalda de éste, guiándolo hacia Ignacio, a quien sonrió como confiándole un valioso tesoro. Por un momento, Ignacio trató de sondear los pequeños ojitos del anciano; porque lo acababa de asaltar la extraña idea de que éste era una especie de mago, o ángel de la guarda, o espíritu protector venido de incógnito a conferir a los Caballeros que luchaban contra los Wurms alguna especie de protección ultraterrena. No logró sacarse la duda, y el pensamiento siempre volvería de tanto en tanto a él. Pero Maese Ulrikson lo miró y le sonrió, e Ignacio besó su frente y lo abrazó con sincero afecto.

 

      La insólita experiencia vivida esa noche por el joven aralusio fue muy famosa y todavía provoca encendidos debates cada vez que sale a relucir en congresos de psicología o en círculos paraspsicológicos u ocultistas. El la recordó siempre como un bello episodio del que dejó testimonio sin analizarlo.

 

      Y es lo que también se hará aquí.

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Published by EKELEDUDU
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7 junio 2010 1 07 /06 /junio /2010 16:00

      -Si el Khadish es una alabanza a Dios, debería memorizarlo para recitarlo en agradecimiento cuando el Señor tenga a bien llevarse a algunos que por desgracia todavía andan haciendo desmanes en este mundo-gruñó Edgardo de Rabenland.

 

      Decía esto en el salón de banquetes del Palacio del Duque Olav de Norcrest, en voz baja, de modo que sólo Ignacio pudiera oírlo. De todos modos, sus vecinos de mesa más próximos aún no habían llegado.

 

      Había gran número de comensales invitados esa noche pero, como siempre, la decoración era sobria y hasta un tanto mortuoria, con mucho predominio del negro. Decían algunos que era en señal de luto por los muchos caídos en la reciente guerra, especialmente los allegados del Duque, a quien le quedaban pocos parientes varones vivos, y todos ellos eran muy viejos o muy jóvenes. Otros afirmaban que era una forma de mantener viva la memoria de su primogénito e hijo favorito, el Príncipe Gudjon, quien había militado en la Orden del Viento Negro. Sí se sabía que el servicio de mesa continuaría siendo tan frugal como de costumbre, un poco porque los tiempos presentes no permitían una excesiva prodigalidad y otro poco porque al Duque Olav le disgustaban los excesos en la mesa, aunque los tolerara cuando aún vivía Gudjon.

 

      -Ya me he acostumbrado, mal que bien, a los judíos. Y a mí no me han traído dolores de cabeza, ni dado grandes quejas. ¿Qué tienes contra ellos?-preguntó Ignacio.

 

       -No he dicho que contra judíos, pero les copiaré ese rezo en particular porque, en algunos casos, la gratitud hacia el Señor es tal que las plegarias cristianas no alcanzan para demostrarla.

 

      -Veo que tu querida princesa no está presente. Tal vez venga más tarde. ¿Eso te tiene de tan mal humor?

 

      -Olvida a la Princesa Gunilla. Que no venga, si no quiere. No, el que me irritó es ese tenientecito subordinado de Hreithmar, el tal Person: se autorizó a sí mismo a repartir raciones de vino extra como regalo de Navidades anticipado, según dijo. Cuando pasé revista en el cuartel, algunos apenas si se mantenían en pie. El tal Person dijo que se hará responsable ante Hreithmar.

 

      -Bueno... Ninguna regla les impide beber...

 

      -Sí, pero éstos tienen que tomar guardia a la noche. Te digo, Ignacio: Hreithmar le da demasiadas alas a ese Person. Tal vez también a otros, no sé, pero él es el único que se propasa de verdad. Person no me tiene el más mínimo aprecio; y Hreithmar, teniendo que apoyarme a mí o a Person, prefiere a este último. Pero hasta ahora siempre fue en asuntos relativamente inocentes. Espero que esta vez lo ponga en su lugar.

 

      -Confío en que lo haga. Lo que pasa es que eres  demasiado detallista. No puedes tener para con la soldadesca las mismas pretensiones que para con los Caballeros; no aquí, al menos, en que la autoridad de Hreithmar, pese a su origen villano, es inmensa.

 

      -Sí, puede que tengas razón, pero...-comenzó a argüir Edgardo; y no siguió hablando, porque una figura a su parecer extraña se había acercado a ellos y tomado asiento a la izquierda de Ignacio. Edgardo, a la diestra de éste, lo codeó ligeramente para llamarle la atención acerca del recién llegado. El cual era un joven y apuesto Caballero, ataviado con una bella, resplandeciente armadura. Una armadura de verdad hermosa, pero que estaba fuera de lugar en un banquete.

 

      ¡Y pensar que este bufón pertenece a mi Orden!, se lamentó para sus adentros el pelirrojo Edgardo, viendo que en la capa del joven destacaban las rosas roja y negra con sus tallos entrelazados. Capa con cuya parte inferior, por cierto, el muchacho no supo bien qué hacer al sentarse. Primero estuvo a punto de dejarla colgando tras el respaldo del asiento, pero luego lo pensó mejor y la acomodó sobre el mismo, sentándose sobre ella.

 

      -Disculpa-le dijo Edgardo, adelantando un poco la cabeza para que el joven lo viera pese a que Ignacio se interponía entre ambos-. No sé si de lugar, pero al menos equivocaste día y hora. El torneo no es hoy.

 

      El rostro de Ignacio, joven amable y educado, ardió de vergüenza ajena ante el grosero sarcasmo de Edgardo; pero el recién llegado, que tenía facciones infantiles y cabello negro brilloso como el azabache que le llegaba sólo hasta la nuca, no parecía haber oído. Sonreía cortésmente y, al ver el rostro de Edgardo, pareció a punto de reventar de emoción.

 

      -¿Eso lo hicieron los dragones?-exclamó, señalando el costado  derecho del semblante del pelirrojo, rugoso de cicatrices hasta la casi totalidad del mentón, y con el correspondiente ojo privado de la vista, todo ello en feo contraste con la otra mitad de la cara, tan agradable a la vista.

 

       -Qué va. Una torpeza del cocinero...-gruñó Edgardo; y por fortuna su mascullar fue indescifrable, lo que permitió a Ignacio subsanar la nueva descortesía:

 

      -Fue un recuerdo que le dejó un Jarlwurm, sí: Talorcan el Negro. Sucedió cuando iba en socorro de otro compañero que, por desgracia, no sobrevivió-dijo-. Eres Calímaco de Antilonia, ¿no?

 

      -¡Sí! ¿Cómo supisteis?-preguntó Calímaco, asombrado y todavía más emocionado, como pensando que si sin destacar por sus hazañas todos conocían ya su nombre, cuando fuera todo un héroe la gente desmayaría de admiración y reverencia ni bien lo oyesen o lo pronunciaran.

 

      -Por tu escudo de armas, idiota-exclamó Edgardo, ahora muy audiblemente-. Y la silla en la que te has sentado la ocuparía sólo Miguel de Orimor o un tal Calímaco de Antilonia. No te veo parecido a El Toro Bramador de Vultalia.

 

      Calímaco de miró la sobrevesta que cubría parte de su armadura, y que debía haber tenido a buen resguardo durante el viaje a fin de lucirla en galas como aquella, puesto que estaba impecable. Su rostro se veía tan rojo como los leones de gules que sostenían el escudo en el que sólo había una pieza, una cruz de brazos curvados hacia adentro y rematados cada uno en una estrella de cinco puntas: la Cruz de San Marciano, como se la llamaba, bordada en este caso en hilo escarlata.

 

      -Ah... Claro... Qué tonto-musitó el joven, entre el nerviosismo y la humillación.

 

      -Es todo un honor, Calímaco-murmuró Ignacio, extendiendo una diestra que Calímaco no vio.

 

      -¡El honor es mío!-exclamó, extendiendo su propia diestra hacia Edgardo, cuya cara denunciaba a las claras que hubiese preferido ser ciego, no ya de un ojo, sino de ambos, y también sordo, para sufrir menos a Calímaco-. ¡Un honor inmenso, de verdad!

 

      Era difícil, por no decir casi imposible, que Ignacio montara en cólera, pero su expresión al volverse hacia Edgardo presagiaba sangriento asesinato ante otra eventual insolencia del pelirrojo, por lo que éste estrechó la diestra de Calímaco componiendo el mejor semblante que pudo, tarea en la que obtuvo un éxito sumamente mediocre.

 

      -Edgardo de Rabenland-dijo, exhibiendo grotescamente su dentadura en una parodia de sonrisa que lo afeó mucho más que todas sus cicatrices.

 

      -¡Rabenland!-exclamó Calímaco, abriendo tamaños y admirados ojos. No se entendió qué lo maravillaba tanto, pero la sinceridad del sentimiento no estaba en duda. Si seguía así de verdad reventaría de emoción.

 

      Por algún motivo (tal vez por esas cicatrices que acreditaban su participación en combate real contra los Wurms, el antilonio parecía muy deseoso de granjearse el favor de Edgardo. Este ya veía a Calímaco como indeseable, y estaba resuelto a encajárselo de prepo a Ignacio, ya que éste parecía querer erguirse en paladín de aquel novato.

 

      -Y mi amigo es Ignacio de Aralusia. Bravo guerrero y compañero fiel, cuyas hazañas valieron a su nombre un permiso para eternizarlo en la piedra del Muro de los Inmortales de Drakenstadt, honor con el que muchos sueñan, pero que pocos alcanzan-declaró pomposamente, con sus ojos brillándole de astucia y recalcando sus palabras con el índice.

 

      -Un honor, en serio-dijo cortésmente Calímaco, estrechando, esta vez sí, la diestra de Ignacio.

 

      Pero hete aquí que, por algún otro arcano motivo (tal vez por ignorar que sólo alguien considerado un valiente entre valientes y extraordinario defensor de Drakenstadt podía aspirar a que su nombre quedara esculpido en el Muro de los Inmortales; si bien, en la práctica, la lista de Inmortales eternizados en el Muro parecía interminable, y si se recordaban las proezas de veinte, era mucho), a los ojos de Calímaco el aura heroica de Ignacio no podía ni remotamente competir con el de Edgardo, según parecía, ya que seguía siendo el pelirrojo el centro de atención del antilonio. Eso requería medidas urgentes. Por lo tanto, iba ya Edgardo a relatar qué magnífica, arrojada e incomparable proeza había valido a Ignacio el honor de ser eternizado en el Muro, recalcando, por supuesto, que él, Edgardo, jamás, ni por todo el oro del mundo, se habría expuesto al mortal peligro implícito en la casi temeraria misión de rescate comandada por Ignacio.

 

      Pero entonces intervino fatalmente este último, y Edgardo olvidó lo que iba a decir, y perdió para siempre la oportunidad de desviar hacia el aralusio la idolatría que le profesaba Calímaco.

 

      -Cómo demora el señor de Orimor...-murmuró Ignacio, por decir algo que distrajera un poco la atención de Calímaco, ya que Edgardo era tan renuente a acapararla.

 

      -Ah, es que no vendrá-respondió Calímaco-. Presentó sus excusas al Duque.

 

      -¿Se encuentra enfermo?

 

      Calímaco adoptó la actitud cautelosa y solemne del custodio de un tremendo secreto de estado:

 

      -No. Confidencialmente me dijo que prefería no estar en ciertas compañías...-dijo.

 

      Edgardo sintió que su mandíbula inferior literalmente caía al piso, tanto era su indignado asombro.

 

      -Por supuesto-gimió, llevándose la mano a la frente como si padeciera la más atroz de las jaquecas; y añadió, sarcástico y gesticulando mucho:-. No sé qué delirio, que estupidez, qué locura o hechizo, me llevó a insinuar siquiera que Su Divina y Graciosa Majestad, El Toro Capado de Vultalia, de muy pero muy rancia estirpe (tan rancia que, de hecho, ya está hecha un asco), se dignaría a al menos considerar la posibilidad de condescender a halagar a la plebe con su muy ilustre y gratísima presencia...

 

      Y como en algún momento se había traído la cena y las mesas ostentaban una respetable cantidad de manjares, un solícito siervo se le acercó a ofrecerle quién sabía qué.

 

      -Sí, sí, ¡suela hervida también, si quieres!-exclamó, asustando muchísimo al siervo, sin quererlo, con un gesto harto elocuente de su diestra, que evidenciaba sus crecientes deseos de mandar al Diablo manjares y comensales por igual-. Total, ésto o aquéllo me será igualmente indigesto de cualquier forma.

 

      Ignacio prefirió persuadirse a sí mismo de que era de piedra, y apenas si contestó a los siervos que le ofrecían comida. Igualmente lacónico fue el antilonio, pero por otro motivo: había hallado en Edgardo algo más que admirar. Pues durante el  viaje había tratado a Miguel de Orimor lo bastante para impresionarse por su elevada jerarquía en la Orden  y su imagen de duro... ¡Qué sangre fría y temperamente altanero debía tener Edgardo, si osaba hablar de semejante personaje como si fuera estiércol ensuciando su bota!

 

      -Os aseguro, señor, que no es por vos...-aclaró Calímaco, con un respeto que, para desolación de Edgardo, rayaba ahora en la religiosidad-. No quiere tratar con nadie de la Orden del Viento Negro...

 

      -¡Ah, sí!... Debe estar ofendido con la Orden entera sólo por ése que, según se rumorea, lo derribó del caballo-gruñó Edgardo, haciendo gestos de impaciencia.

 

      -El dice que no es por eso. Asegura que nuestra Orden no debería haberse rebajado a aliarse con tales malhechores.

 

      -¿Y estás de acuerdo con eso?

 

      Calímaco vaciló mucho antes de responder, con las comprensibles dudas de aquel cuyo espíritu se ha mantenido virgen en materia de política, y sabe o cree saber sólo lo que le han contado otros.

 

      -Supongo que sí...-contestó al fin, vacilante.

 

      -¿Sólo lo supones?... ¡Espléndido! Al fin y al cabo, otros están muy seguros. Vuelve a pensarlo, que tales malhechores salvaron en más de una ocasión la vida de muchos compañeros nuestros, e incluso la mía. Y si no, ve a decirle a nuestro honorable anfitrión el Duque Olav que deje de llorar a su heroico hijo, el poderoso y difunto Príncipe Gudjon, pues éste en realidad no era sino un vulgar malhechor: también él pertenecía a la Orden del Viento Negro.

      Calímaco se encogió en su asiento, incómodo, mientras Ignacio se volvía hacia Edgardo;

 

      -¿Quieres calmarte?-exclamó, irritado, con su voz perdiéndose entre muchas otras conversaciones en el amplio salón.

 

      -¡No me calmo nada! ¡Me pides calma porque no tienes a tu hermano en el bando de aquéllos a quienes falsamente acusan de malhechores!

 

      -¡Salvé las vidas de algunos de ellos, y algunos de ellos salvaron la mía! ¡Todos ellos son también hermanos míos ahora, si no te molesta recordarlo!

 

      -Dios...-masculló Edgardo, cuya cólera precisaba urgentemente una válvula de escape. Pero como no quería enemistarse con Ignacio, se volvió hacia su víctima ideal más próxima:-. Esteee... Calímaco... Sí, Calímaco, ¿no? Una pregunta, si no te molesta... ¿Por qué esa armadura?... Es un tanto... eh... impropia como atuendo para ir a un banquete.

 

      Calímaco de Antilonia alzó orgullosamente la cabeza.

 

      -Soy de los que opinan que, en la medida de lo posible, un Caballero debe estar presto para el combate a toda hora-afirmó, terriblemente serio, persuadido al parecer de que acababa de legar a la posteridad una perla de sabiduría y un paradigma.

 

      -Bravo-ironizó Edgardo, pasando por alto el hecho de que, a su izquierda, Ignacio bullía rabiosamente cual marmita al fuego, por lo quesu intención de no enemistarse con él amenazaba fracasar-. Mira ahora a tu alrededor, y dime: ¿cuántos más, aparte de ti, lucen armadura?-y sonrió con aire de maligna victoria.

 

      La respuesta fue tan sorprendente como amarga:

 

      -Bueno, no veo más que a esos dos señores que están allá, no sé quiénes son.

 

      Y Edgardo, quien no se había fijado ni habría imaginado que alguien más pudiera ser tan tonto y absurdo para asistir a un banquete luciendo armadura, se llevó la sorpresa de su vida.

 

      Había siempre dos personajes que pugnaban por destacar junto al Duque Olav, como para que todos comentaran cuán importantes eran. Harto de ellos, y de la ridícula competencia entre ambos, el Duque había decidido que, al menos a la mesa, lo dejarían en paz. Y así, a su derecham el sitio más codiciado por su importancia, había sentado a Dagmar, el único hijo varón que le quedaba, de sólo doce años. A su izquierda, por otra parte, tenía a Guido de Flaurania, hombre reflexivo y cuerdo que ponía la misma cara que pondría si le estuvieran pisando un callo. Hasta aquí, todo bien; el problema estaba en los flancos del trío conformado por Guido, el Duque Olav y Dagmar. A la siniestra de Guido se hallaba sentado el Gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes; a la derecha del Príncipe Dagmar, el Segundo Maestre del Viento Negro, Cipriano de Hestondrig. Y estos dos eran los que, creyendo que se verían hieráticos, marciales y legendarios, ostentaban cada uno su armadura, dando la impresión de posar para un ridículo, burdo, aparatoso y apabullante monumento a la estupidez humana.

 

      -No-gimió Edgardo-. Por favor, no. Esto no puede estar pasando. ¿Qué puedo decirle yo a este novato idiota, si quienes deberían dar ejemplo de lógica y sensatez son el vivo retrato de la más fogosa imbecilidad?... Que alguien se apiade de mí. Ni con los Wurms sufrí tanto. Esto ya parece un certamen de bufones, y lo peor es que, si sigo así, yo terminaré alzándome con el premio; que nada más con insinuar que esos dos se dignarían, por una vez en la vida, a ofrecer un ejemplo de buen tino, haría reír a mandíbula batiente hasta a los muertos.

 

      Calímaco no entendía de qué peroraba tanto Edgardo entre tantas muestras de auténtico sufrimiento, pero él quería participar de un diálogo con fogueados Caballeros como fuera; de modo que dijo:

 

      -Me ha llamado la atención que aquí no se estila que un heraldo anuncie a los invitados a medida que ingresan a la sala...

 

      -Gentileza de nuestro noble anfitrión, que de esa manera nos permite mantener nuestros papelones bajo el feliz resguardo de un relativo y saludable anonimato-gruñó Edgardo-. Faltaba nada más que entráramos anunciados como el gentil señor de tal o cual lugar o el muy noble Caballero Fulano de no sé dónde, y saliéramos con nuestro nombre coreado por carcajadas luego de ganarnos en base a méritos el primer puesto en una competencia de ridiculeces.

 

     Ignacio hizo un intento por dejar de bullir cual marmita llena de agua hirviendo, y dijo, volviéndose hacia Calímaco:

 

       -Sabes, si todavía no lo tienes muy en claro, algo que aprenderás aquí es que, si bien tenemos el deber de fijarnos modelos a imitar y, como Caballeros, tratar de superarnos día a día, no tenemos, en cambio, obligación de ser réplicas de esos modelos. Podemos alcanzar grandeza cada uno a nuestro modo.

 

      Calímaco puso tal expresión poco inteligente, que se habría dicho que Ignacio le hablaba en andrusiano. Lejos de tratar de descifrar la indirecta, se volvió hacia Edgardo una vez más:

 

      -Rabenland, habéis dicho. ¿Sois el líder de los Cuervos?

 

      Por momentos la conversación tomaba rumbos tan erráticos y poco coherentes como esas maltratadas melodías interpretadas por músicos callejeros en las que cada integrante no sólo desafina y omite compases enteros sino que, además, parece no tener la más remota idea de lo que hacen sus compañeros, ni sospechar que todos deberían tocar al unísono.

 

      -¡No lidero nada, no lidero nada!-exclamó Edgardo, molesto.

 

      -Pero somos Cuervos, sí-admitió Ignacio.

 

       -Y a todo esto, ¿de dónde conoces a los Cuervos, eh?

 

      -Mucha gente me ha hablado de vosotros.

 

      Edgardo se encogió de hombros. Sería por Maarten, cuya cabeza prematuramente  calva siempre destacaba muy por encima de casi todas las demás, excepto la de Hreithmar Hjalmarson; o tal vez por éste, cuya apariencia de colosal masa de músculos enormes hasta la deformidad era igualmente llamativa... Cualquier grupo que los incluyera a ellos dos, por lógica saltaría de inmediato a la fama.

 

      Aunque, pensándolo bien, aunque nosotros empezamos, muchos se nombraron a sí mismos Cuervos al extenderse la noticia, reflexionó.

 

      -¿Sois una especie de sociedad secreta? ¿Y por qué os hacéis llamar así?-preguntó Calímaco.

 

      -Mi madre-gruñó Edgardo-. Lindo secreto sería éste que conoce hasta este novato bobo llegado hace tan pocas horas.

 

      -No somos una sociedad secreta-respondió Ignacio, tratando de conservar la calma-. Hallándose al borde de la muerte, un compañero nuestro, Leif Leifson, tuvo una visión que pensamos podía ser un augurio favorable; cuervos arrancándoles los ojos a los Wurms. Nunca olvidamos el incidente y tiempo después, como para darnos ánimos y atraer la suerte a nuestro favor, nos motejamos Cuervos nosotros mismos.

 

      -Pues yo creo-dijo Calímaco- que en realidad los dragones huyeron espantados al ver que se les venía encima un león antilonio-y rió; y era la suya una risa absolutamente idiota, aunque pretendiera ser jactanciosa. Hasta Ignacio se alarmó al oírla, aunque lo disimuló como pudo.

 

      -Ay, Dios. Ay, Dios-murmuró Edgardo, acongojado-. Deben existir imbéciles tan empeñosos y exitosos en su imbecilidad como éste, pero ruego que no sean muchos, o me pongo a llorar.

 

     En ese momento el comensal que tenía a su diestra, el cual rebosaba de júbilo, le palmeó afectuosamente la espalda. Amigo, por quñe no comes, no tienes hambre, arriba el ánimo, divirtámonos... Edgardo nada repuso, quedó estático y silencioso, y el comensal en cuestión pronto se desinteresó de él y continuó charlando entusiastamente con el  que tenía a su derecha. Entonces Edgardo miró su plato en el que, entre otras cosas, le habían servido una codorniz. ¿Y tú qué daño me has hecho, pobrecita, para ameritar que te devore? Si probablemente seas la única que hasta el momento no ha dicho una sola gansada en lo que va de la noche, y en cambio no te queda el consuelo de poder salir volando para huir de todas las que continúen diciéndose, pensó.

 

      Un juglar con su laúd se presentó a entretener a los invitados, atrayendo también la atención de Calímaco. Un momento así  era exactamente lo que estaba esperando Ignacio. Se volvió hacia Edgardo y, a juzgar por su semblante, no quería oir más música que una marcha fúnebre.

 

      -Edgardo, esta noche estás insoportable...-susurró, conteniéndose para no llegar a las manos, tan alterado se hallaba nada menos que él, normalmente tan manso y paciente-. Bellos quedaremos ante Maarten, que nos pidió que tratáramos bien a los Caballeros que llegaron hoy y se sentaran cerca de nosotros a la mesa. Calímaco no tiene la culpa de que Person te haya puesto de mal humor.

 

      -Qué dices, Ignacio, Person nada tiene que ver en esto-repuso Edgardo con fastidio

 

      -¡Será tu frustrado idilio, entonces!

 

      -¡Menos, hombre!...

 

      -Pues contrólate. Estás peor que La Pulga.

 

      -Comparación honrosa. La Pulga habría  sido mucho mejor Gran Maestre que el cretino que nos tocó en suerte.

 

      -No sé, pero yo voté en contra suya porque, de tan sarcástico, es ya mal educado, y eso me choca; ¡y hoy tú estás igual!

 

      -Ignacio, por favor, mira a tu Calímaco con su gloriosa armadura, escucha sus risas idiotas, sus preguntas imbéciles, sus alardes gansos y todo el puto resto; y luego mírame a la cara y dime, sin reírte, que no es un reverendo asno.

 

      -No lo es. Es sólo un Caballero recién salido del horno, nada más.

 

      -¡Por mí, puede volver a meterse en el horno cuando quiera, que todavía le falta cocción!... Además, no tan recién salido del horno, que hace meses y meses que partió con los otros de Cernes Mortes hasta aquí. ¿Cuánto tiempo se requeriría, según tú, para no ser recién salido del horno? ¿Diez años?

 

      -Sí, salieron de Cernes Mortes en febrero, pero tal ver fuera escudero entonces y lo hayan armado por el camino. De todos modos, en todo ese tiempo poco más habrá hecho que viajar. Ahora está buscando un grupo al que pertenecer, donde sienta unión y camaradería.

 

      -¿Y qué culpa tenemos nosotros? ¡Que se vaya a pertenecer a otra parte! Estoy seguro de que los imbéciles gustan de marchar en manada.

 

      -Por supuesto, nosotros somos la mejor prueba de ello. Y ahora, escucha: supongamos que Calímaco sea tan idiota como dices. Supongamos que hasta te quedes corto. Ello no quita que Maarten nos pidió un favor. Si no vas a hacerlo, te vas, o juro que te rompo la cara aquí mismo, por muy amigos que seamos; pues ya me tienes harto. No me importa que durante la pelea volteemos todas las mesas y que, por el escándalo que siga, nos degraden y encierren en prisión hasta el Día del Juicio Final: te rompo la cara.

 

     -¿Merece la pena? ¿La merece realmente?

 

      -¡Sí! Es un Caballero novato, ¿qué tiene de raro que esté orgulloso de serlo y no pierda ocasión de exhibir la armadura que lo acredita como tal? ¿Y qué hay de asombroso en que se sienta tonto si permanece callado y que, sin embargo, se atreva a decir, no ya tres palabras, sino miles y casi todas necias, para desgracia suya y de todo el mundo? ¿Por qué ha de sorprender que sueñe con un día en que suenen trompetas, se anuncie su llegada y todos se estremezcan de emoción por ver aunque sea de lejos al legendario Calímaco de Antilonia?... Todos, alguna vez,  anhelamos para nosotros mismos destinos similares. Tuvo que estallar una guerra contra monstruos gigantescos para que empezáramos a entender cómo es realmente la cosa, pero tú pareces haber olvidado que nadie es más que nadie y convertido en elitista o sectario, pretendiendo nada menos que la perfección. Es gracioso; porque, por ejemplo, no encontré muchos que hayan conocido personalmente a tu hermano Balduino, a quien tanto pareces querer, ¡pero tendrías que oir qué dicen de él quienes sí lo conocieron!... 

 

      -¡Bah, bah!... ¡Calumnias, infundios!... Drakenstadt enalteció a mi hermano y luego lo incineró en una hoguera de infamias.

 

      Ignacio prefirió abandonar ese tema y volver al que de verdad le interesaba:

 

      -¿Qué tiene de raro que Calímaco trate de llamar la atención de aquellos cuya presunta veteranía y experiencia en combate lo cohíbe? Parece que eres su ídolo ahora.  Ha venido aquí lleno de ideales; y si no, al menos vino, cosa notable cuando tantos otros quedaron atrás, tan cómodos en sus palacios y castillos. Tal vez tengas razón, es un imbécil. Es un imbécil por creer que le agradeceríamos que haya venido aquí. Es un imbécil por no ponerse de pie e irse inmediatamente de aquí tal como yo, como tú mismo, como cualquiera lo haría en su lugar luego de que se lo trate como lo has tratado tú. Pero es un maravilloso imbécil. Un noble, glorioso imbécil. Y tú, con  tu conducta, le enseñas que no se debe ser así; que hay que ser amargo, sarcástico, odioso. Y para colmo, una cosa es que la guerra nos haya envejecido por dentro, y otra cosa muy diferente, que en su momento no hayamos sido tan tontos como dices que ahora lo es Calímaco... Tú incluido.

 

      -¡Y tenías que decirlo, nomás, mierda!-exclamó Edgardo, casi a gritos. Al menos la mitad de los asistentes se volvieron hacia él, indignados y reprobatorios. Su vecino de la derecha, el mismo que tan amable había estado momentos atrás, ahora le preguntaba por gestos si estaba loco o qué, y le señalaba con la mano al juglar, que en ese momento arrobaba al público con una romántica balada.

 

      -Muérete-le gruñó Edgardo. Miró al juglar: tenía cara de ser idiota hasta lo inexpresable. Volvió a mirarlo: no, no era para tanto, su semblante era normal. Pero, ¿no era normal que la gente tuviera cara de idiota?... Miró por tercera vez: el juglar no tenía cara de idiota. ¿Lo hacía eso anormal?

 

      Empezaba a sospechar que quizás Ignacio tuviera razón, que quizás estuviera un poco difícil de tolerar, que quizás no fuera ésa su mejor noche, con o sin Person, Princesa Gunilla y Calímaco.

 

      -Para colmo-susurró Ignacio-, habrá vivido a la sombra del recuerdo de su ancestro San Marciano, el León de Antilonia, el santo guerrero. Nada podría ser peor que sentirse obligado a emular las proezas de semejante leyenda.

 

      -Bueno, ya cállate de una vez, y déjame pensarlo-gruñó Edgardo; y a continuación, como queriendo recuperar en un santiamén todo el tiempo perdido, devoró cuando tenía en el plato, se volvió a servir y se echó al coleto dos copas de vino, como para digerir mejor la rabia y las muchas más ristras de sarcasmos que también se vio obligado a tragarse. Ignacio tenía razón: él, Edgardo, esa noche estaba intolerante e intolerable; tanto, de hecho, que él ni a sí mismo se toleraba. Mejor me voy a dormir. Mañana será otro día, pensó. En ese momento concluyó la actuación del juglar, que desapareció tras los consabidos aplausos.

 

      -Quisiera solicitaros la inmensa merced de que uno de vosotros me enviara más tarde un escudero que me ayude a quitarme la armadura-dijo amablemente Calímaco-. El mío, por desgracia, enfermó y falleció durante el viaje. Hasta ahora me las he arreglado con los escuderos de mis compañeros de travesía, pero preferiría no seguir abusando de su paciencia. Ya me asignarán otro-añadió con timidez, como disculpándose.

 

      Edgardo se quedó de una pieza. ¿Y si, después de todo, el tonto no traía la armadura puesta por deseos de lucirse, aunque no lo dijera, sino para evitar traer fastidios a otros?... Por las dudas, sin embargo, prefirió no preguntar.

 

      -Mira, muchachito-contestó, justo cuando lo iba a hacer Ignacio; y hablaba ceñudo y con voz severa, pero también con cierto matiz afectuoso, como lo haría un padre con un hijo al que acababa de regañar, pero a quien pretendiese dejar en claro que, de todos modos, seguía amándolo-: muy optimista de tu parte es suponer que aquí hallarás otro escudero. Casi todos nosotros perdimos a los nuestros, bien por haberlos matado los Wurms, bien por haber sido rápidamente armados Caballeros para inflarles un poco el ego y multiplicar así sus bríos en combate, bien porque desertaron, bien porque fueron reclutados para tareas más urgentes que atendernos a nosotros, sus señores. Sin embargo, sería para mí un honor ayudarte personalmente con tu armadura; pero como presentaré mis excusas al Duque Olav y me iré a dormir ya mismo, tendrías que retirarte conmigo.

 

      -Eso haré, señor, muchas gracias, señor, el honor es mío, señor...

 

      -Deja eso de señor. Aquí todos nos tuteamos.

 

      -Oh, claro, claro, señor, es que estoy algo nervioso, os tutearé, señor...

 

      -Iré con vosotros-dijo Ignacio-. Yo también estoy cansado.

 

      Y echó una mirada a Calímaco, quien sonreía como en la Gloria, y luego a Edgardo, quien miraba al primero como lo haría un perro enorme, horrible y malvado, muy ladrador y muy dispuesto a morder, pero que ahora se contentara con olfatear al intruso de turno, estudiándolo.

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5 junio 2010 6 05 /06 /junio /2010 21:57

      El 22 de diciembre empezó como un día de calma en Drakenstadt. poco después de mediodía llegó un gran contingente de refuerzos armados al  mando del viejo senescal Justiniano de Charmalles; y el Duque Olav, debidamente avisado con antelación, emitió proclamas ordenando a la población que los vitorease al paso mientras se los distribuía en las distintas barracas donde se alojarían casi todos ellos. Tal recepción era un simple agradecimiento por acudir en ayuda de la ciudad contra tantas notorias ausencias y deserciones pero, ingenuamente, se creía que en poco tiempo más serían enviados de regreso sin librar siquiera una batalla. No sospechaba Drakenstadt la jornada de horror que se le venía encima, ni las aflicciones que todavía habría de padecer Andrusia Occidental.

 

      Había entre los recién llegados nueve Caballeros además del propio Justiniano de Charmalles, y todos ellos serían invitados de honor de la cena que ofrecería esa noche el Duque Olav.

 

      -Como Hreithmar y yo no asistiremos porque tenemos guardia, nuestros puestos en la mesa serán ocupados por dos de estos Caballeros-dijo Maarten Sygfriedson a Ignacio de Aralusia-. Quisiera estar allí para agradecerles personalmente, a través de atenciones, el haber acudido en auxilio de mi ciudad, aunque su presencia tal vez ya no sea necesaria.

 

      -¿Quieres que tome tu lugar en la guardia?-preguntó Ignacio.

 

      -No. Hay algo que he mantenido en secreto todos estos días, pero a ti puedo decírtelo: estoy en posesión de varios datos que, con ayuda de Dios, nos permitirán atrapar, por fin, a Hodbrod Christianson y su banda. Lamentarán haber desdeñado el perdón que se les ofreció en su momento. Ahora bien, por mucho que quisieras hacerlo, no podrías dirigir la captura: para quien no conoce bien el Zodarsweick, es muy fácil perderse allí.

 

      Ignacio asintió. Recordaba la rabia impotente del pelirrojo Edgardo de Rabenland aquella famosa vez que Hodbrod Christianson se le había escabullido frente a sus narices varias veces en un mismo día, precisamente por la ventaja que al fugitivo le reportaba el desconocimiento, por parte de Edgardo, de aquel complicado dédalo de calles redondas que era el barrio sur de la ciudad. Recordaba también que Christianson y uno de sus compinches, por la noche de aquel mismo día, habían tenido el descaro de ir a beber a una taberna por lo general frecuentada sólo por guerreros, tomándoselos por jóvenes miembros del Leitz Korp. De allí también había logrado huir Christianson. El sí, pero no su cómplice... E Ignacio de Aralusia prefería no recordar más. Eso prefería, pero no lo lograba... No lograba olvidar la desesperación del precoz delincuente moribundo advirtiendo la proximidad de su amargo fin, al que había llegado por su propia estupidez y culpa, confirmando aquello de que quien mal anda, mal acaba, y angustiado no obstante por la Muerte que se aprestaba a fagocitarlo entre sus negras mandíbulas.

 

      Ojalá no hubiera visto aquello. Ojalá hubiese estado Hreithmar en mi lugar; a él le habría importado un comino que ese idiota llorase y tuviera miedo. Yo no puedo ser así, pensó.

 

      De repente advirtió que Maarten le hablaba.

 

      -Disculpa, me entretuve pensando en otra cosa y no te oí-dijo.

 

       -No importa. Te pedía que, puesto que no podré estar yo para testimoniarles mi agradecimiento, los agasajes tú un poco en nombre mío; y lo mismo Edgardo.

 

      -Así lo haremos, Maarten. ¿Sabes quiénes serán esos dos Caballeros?

 

      -Sí. Uno es Miguel de Orimor; seguro has oído hablar de él.

 

      -Sí, ¿quién no?: El Toro Bramador de Vultalia. ¿Y el otro?

 

      -Ese es el que no recuerdo bien. Su nombre es Calímaco, pero no recuerdo de qué baronía proviene. Sonaba a algo así como Babilonia, o cosa por el estilo.

 

      Ignacio se preguntó, perplejo, si Maarten le tomaba el pelo.

 

      -Antilonia-corrigió, sonriendo-. Eh... Maarten...Estás bromeando, ¿no? No puedes no haber oído hablar de ella...

 

      -¿No? ¿Y por qué?-preguntó Maarten, intrigado.

 

     -¡Porque es una de las baronías más importantes del Reino! Además, ¡no me digas que el nombre del famoso San Marciano de Antilonia no te es familiar!

 

      Maarten se encogió de hombros. El era de extracción villana y su cultura era limitadísima, pero si Antilonia era una baronía tan importante, seguro estaba lejos de Drakenstadt y cerca de Cernes  Mortes, la capital. ¿Qué sabía él qué había a tantos cientos de leguas?

 

      -En mi vida oí hablar de todo eso-contestó-. ¿Quién fue ese Marciano?

 

      -Un santo guerrero. Uno de los primeros Caballeros que hubo.

 

       -Ah, sí. Pero yo creía que ése era San Leonardo de Brandavia, o aldo así.

 

      -¡Ese era otro!

 

      -¡Todos esos santos guerreros!...-rió Maarten-. No sé cuándo entrenarían si tenían que orar, o cuándo orarían si tenían que entrenar

 

      Ignacio de puso sombrío.

 

      -Durante el entrenamiento no hay tiempo para rezos, pero en la guerra vale más tenerlo-observó.

 

      De eso también se acordaba, con un nudo de horror en el estómago: los Wurms apareciendo por enésima vez en el horizonte, los hombres persignándose y encomendándose a Dios, el Salmo 23 recitado al unísono por cristianos, herejes, judíos, ateos y hasta paganos, los sacerdotes acompañando a moribundos en estado inenarrable, tratando de brindarles algún alivio, administrando los últimos sacramentos cuando los agonizantes eran cristianos, el Khadish salmodiado por Caballeros judíos de la Orden del Viento Negro...

 

      -Bueno, pensándolo bien, la empuñadura de una espada tiene forma de cruz-reflexionó Maarten, desenvainando la suya y sosteniéndola por la hoja, como si precisara cerciorarse de que fuese cierto.

 

       Ignacio contempló el arma que tan bien conocía por haberla llevado consigo en préstamo, a modo de talismán, durante el rescate de las dotaciones de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg: Grönsunna, Sol Verde, con la gran esmeralda engarzada en el centro del gavilán, el león cincelado en relieve y la inscripción en caracteres rúnicos: Eini Schwort kans dulein Mann bald wom det Löwe du maggen.

 

      -Para mí, lo más tétrico eran los judíos recitando su bendito Khadish por sus muertos...-murmuró Ignacio, que no podía sacarse de la cabeza esta última imagen.

 

      -Hablas por desconocimiento, o tal vez por prejuicio-contestó Maarten-. En el Khadish no se alude ni una sola vez a la muerte, todas son palabras de sumisión y alabanza a Dios. Es una petición de paz y reconciliación.

 

      -¿Cómo es que ignoras quién fue San Marciano, y sí sabes eso?

 

      -Bueno, me lo contó el señor Thorstein Eyjolvson cuando todavía era su escudero. A él se lo contó su amigo, el señor Benjamin Ben Jakob-replicó Maarten-. Nos vemos mañana, Ignacio. Iré a ver a Gerthrud antes de mi guardia.

 

       -¿Ah, sí?... Saluda entonces de mi parte a la futura madre-dijo Ignacio, sonriendo.

 

      Y Maarten partió tras envainar nuevamente a Grönsunna, la espada cuya esmeralda supuestamente ahuyentaba el miedo, la que, según prometía la inscripción rúnica grabada en ella, podía hacer de un hombre un león: la misma que, poco después de la medianoche de aquel veintidós de diciembre, quedaría inmortalizada en la leyenda y los cantos de gesta.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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