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5 junio 2010 6 05 /06 /junio /2010 18:31

      Einar nunca había sido muy querido en Freyrstrande. Esto era sabido, pero no los alcances de esa malquerencia, al menos hasta el día siguiente del duelo entre Anders y Thorkill. Oivind y Osmund habían ido hacía muy poco a Vallasköpping, pero igual una nutrida cantidad de aldeanos, so pretexto de tener cosas que encargar de allí y trayendo por lo tanto sus propios productos en trueque -en cantidades más bien ridículas- acudió como uno solo a Vindsborg y de paso felicitó efusivamente al vencedor. Algunos eran de ésos que vivían muy tierra adentro y no se dejaban ver más que en contadas ocasiones, pero la mayoría de las caras conocidas estaban tambiém, entre ellos Kurt, venido con su primo hrumwald y su novia Heidi. Kurt estaba muy contento de haber sido testigo ocular de la proeza y se dedicó a contarla con pelos y señalas una y otra vez ante un admirado auditorio que reprimía el aliento en los instantes de mayor tensión y estallaba en vítores y aplausos de júbilo al llegar al esperado y glorioso final. Como si por magnífica y más digna de dioses que de hombres la hazaña resultara increíble, cada tanto se volvía hacia el prognato y tímido Hrumwald y preguntaba:

 

      -¿No fue así, primo? Tú también estuviste. ¿Miento, acaso?

 

      Y Hrumwald afirmaba o negaba según lo requiriera la situación.

 

      Anders, por supuesto, estaba feliz como niño con juguete nuevo por esta súbita popularidad suya, y sonreía con esa vanidad inocente de niño encantado con sus propios logros tan típica de él. Se veía que la pobreza de vocabulario y las reiteradas onomatopeyas de Kurt lo tenían sin cuidado; lo deleitaba el entusiasmo que ponía en la narración, sobredimensionándolo hasta la talla de un héroe sin par, una figura legendaria. De seguir así, acabaría nombrando a Kurt su bardo oficial, y le encargaría que cantase también acerca de todas y cada una de sus futuras hazañas.

 

      -Qué calladito se lo tenía el grumete-decían los Kveisunger-. ¡Tan luego esa Lyngheid, capaz de inflamar hasta a una estatua!

 

      Balduino, quien pronto tendría que hacer el ingrato papel de aguafiestas, miraba desde la distancia a Anders y sonreía con algo de pena. Era evidente que hasta entonces Anders no había sufrido grandes preocupaciones. Debía ser hermoso vivir así, aunque Balduino no pudiera dar fe de ello; y odiaba ser él quien tuviera que forzar a Anders a dar aquella zancada hacia la vida adulta.

 

      Rodeaban al pelirrojo Thorvald, Karl y Lambert. El primero al parecer intuía los pensamientos de Balduino, porque dijo:

 

      -Anders la está pasando en grande. Bien, que lo disfrute-y ya no lo llamó pichón, ni volvió a hacerlo hasta un año más tarde, ni más ni menos.

 

      Finalmente, con gran renuencia, cada uno de los alreanos tuvo que irse a atender sus propios asuntos.

 

      -Qué bellos son-suspiró Karl, viendo a Kurt aferrar por la cintura a Heidi-. Cómo me gustan los enamorados... Se casan en la  próxima primavera.

 

      -¿Sí?... ¡Pobres diablos!-exclamó Lambert, para indignación de Balduino, quien se había puesto tan bucólico y soñador como Karl-. Si se casan en primavera, al llegar el siguiente otoño ya estarán batiéndose en duelo como para dejar enano el que vimos ayer.

 

      Por la mirada que le dedicó Karl, se habría dicho de éste que hubiera preferido incluso la amputación del único brazo que le quedaba antes que escuchar semejantes vaticinios pesimistas. Lambert lo observó con sorpresa y se encogió de hombros, haciendo uno de sus habituales e involuntarios guiños de ojo y rascándose la sucia y desprolija barba.

 

      Pocos minutos más tarde se acercaba Anders con Hansi y Thommy prendidos a sus talones como garrapatas a un perro.

 

      -El, Balduino, os enseñará, el señor Cabellos de Fuego-decía Anders-. Os enseñará a luchar como me enseñó a mí. Después de todo, Hansi, me reemplazarás como escudero a su servicio cuando me armen Caballero.

 

      -¿Me enseñarás, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi, ansioso.

 

      -Ajá...

 

       -¿Cuándo, cuándo?

 

      -Dentro de poco. Ya estás grandecito.

 

      -¿Y yo?-preguntó Thommy.

 

      -Oh, a ti te falta un poco más. Te enseñará Hansi, o ¿por qué no? Anders... ¿Qué dices, futuro padre?-preguntó Balduino a su escudero-. ¿Le enseñarás a pelear a Thommy? Si tu hijo es varón, y ya que estos sabandijas tienen tanta prisa por verse armados Caballeros y conseguirse sus propios escuderos, podría a su debido tiempo entrar al servicio de Thommy, ¿eh?

 

      Balduino dijo esto en tono chistoso, pero a Anders no le hizo la menor gracia la referencia al niño aún no nacido, y de cuya concepción misma habíase enterado recién el día anterior.

 

      -Ven, Thommy, jugaremos a los espadachines-propuso Hansi con decisión, tomando de la mano al benjamín de Thomen y Thora.

 

      .Oh, Dios mío, lo que me faltaba-gimió Balduino-. Con cuidado, Hansi, ¿sí? Recuerda que Thommy es chiquito, ¿podrá ser?...

 

      Por el gesto con que replicó Hansi, éste consideraba que a su lado ningún niño de diez años o menos tenía nada que temer, cuando Balduino opinaba justamente lo contrario. Y en este caso sus recelos se multiplicaban por mil; cuando Thommy estallaba en llanto, gritaba como para que se lo oyera hasta en Drakenstadt ; y Hansi, impetuoso como era en sus juegos, a veces lo lastimaba inintencionadamente.

 

      Así fue como Balduino y Anders quedaron a solas, aunque Fray Bartolomeo, venido con otros aldeanos, no había vuelto a su iglesia, y los observaba y oía desde cierta distancia. El pelirrojo abordó entonces sin ambages el tema del embarazo de Lyngheid; pero cometió el error de admitir que sólo había pensado en ello obligado por Gudrun.

 

      -¡Mujeres!...-exclamó Anders, indignado-. Así son ellas, en estos casos siempre se apoyan unas a otras. Pero ve tú a saber, para empezar, si el niño es realmente mío.

 

      -Eso yo también lo había pensado; pero entre más medito sobre ello, más me convenzo de que realmente es tuyo. Primero, porque ese tal Thorkill ayer no luchó contigo sólo para quedar bien con Einar: tenía muchas ganas de matarte. Por cosas que vi en Kvissensborg, estoy seguro de que él tuvo con Lyngheid algún amorío. De esto tal vez Einar esté al tanto, pero lo dudo: un infanzón prefabricado como él difícilmente accedería a que su hija mantuviera idilios con un villano. De cualquier forma, y por ligera de cascos que sea Lyngheid, no habría podido tener muchos amantes sin que Thorkill lo notara. Y de haberlo notado Thorkill, ¿por qué te habría odiado tanto?, si serías sólo uno más en una larga lista. En consecuencia, y el último tiempo al menos, sólo tú competiste con él por Lyngheid. En segundo lugar, recuerda que Lyngheid ni te mencionó ante Einar: ella mintió, diciendo que fue yo quien la sedujo y embarazó. Hay mujeres que sienten un turbio y morboso placer tomando dos o más amantes y haciéndolos luchar unos contra otros, y son aquéllas que sólo gustan de ser deseadas. Como es lógico, esas mujeres valoran muy poco las vidas de esos amantes; al contrario, se sienten glorificadas si éstos mueren combatiendo por ellas. No parece ser el caso de Lyngheid, si me mencionó a mi y no a ti. Más bien da la impresión de que ocultó todo mientras pudo y, cuando finalmente se descubrió que estaba encinta, temió que Thorkill, despechado, te partiese en dos. Evidentemente, si alguna vez Lyngheid llegó a admitir a Thorkill en su lecho, lo expulsó en cuanto te conoció a ti; si no, habría tratado de convencerlo de que el padre de la criatura era él. No pudiendo hacerlo, prefirió que Thorkill digigiera a mí sus celos y que yo corriera los riesgos. Se ve que te ama y quiso protegerte.

 

      -¡Esa no ama a nadie! ¡Sólo se encaprichó conmigo!

 

       -Te digo que no, Anders. Puede que al principio fueras para ella sólo un capricho más entre muchos otros, no lo sé; pero ya no lo eres. De todas formas, la gente no es sólo virtuosa o sólo pecadora. Hasta cuando observaba a las personas para aprender de ellas, con el desdén que tú mismo me conociste y predispuesto por lo tanto a pensar de ellas lo peor, tuve que admitir que en la gente hay más abundancia de grises que de negros o de blancos. Tú, un buen muchacho y leal compañero, cortejas irreflexivamente a cuanta mujer se cruza en tu camino. Y he aquí el resultado: Lyngheid está encinta. ¿Qué pretendiente podría encontrar Einar para ella ahora?

 

      -¿Y a ti qué te importa?-gritó Anders, furioso-. ¿Ahora también eres amigo de él, como de Arn?

 

      -Genial. Mi dulce y cariñosa novia me grita; mi mejor amigo y servicial escudero me grita. ¿Quién sigue, por favor?-ironizó Balduino.

 

      -¿Cómo no gritarte, si te dejas dominar por una mujer?-bramó Anders.

 

      -De acuerdo. Soy un dominado. Gudrun me dijo que te hablara y yo, servil lacayo suyo, obedezco. También tengo de parte de ella un par de cachetazos para darte, si no hay otra forma de hacerte entrar en razones; pero además, si no me hablas con corrección, te hartaré a trompadas, y eso correrá por cuenta mía.

 

      -Disculpa-musitó Anders; y bajó la cabeza, abochornado.

 

      -Hombre, todo está bien; pero entiende que dejarse dominar por una mujer o dejarse dominar por quienes dicen que uno se deja dominar por una mujer son pésimas opciones, y ninguna de ellas digna de un Caballero. Tenemos sesos,  por más que lo disimulemos maravillosamente; ¿qué tal si los usamos entonces, aunque cueste un poco? ¿Y qué quieres que haga, sino darle la razón a una mujer cuando creo que la tiene? Y acostúmbrate a alzar la cabeza cuando te regañen con justa causa, o un día, por costumbre, la bajarás ante Thorvald, y él te sacará costumbre y cabeza al mismo tiempo.

 

      Anders asintió, levantó la vista, consternado, y dijo:

 

      -Por cómo me comporté hasta ahora, puede que este niño no sea el primero que engendro.

 

      -En efecto...-admitió Balduino, complacido de que Anders revisase su conciencia-. Claro que no tenemos pruebas de que hayas engendrado otros, sólo la sospecha de que puedas haberlo hecho-añadió, para que no se torturase innecesariamente.

 

      -Y siendo así, ¿no podríamos hacer la vista gorda con éste?...-preguntó Anders, sonriendo tímidamente pese a que la insinuación suponía un descaro único.

 

      Balduino se quedó de una pieza. Tardó en reaccionar pero, cuando lo hizo, no dismuló en absoluto su cólera:

 

      -Anders, ¡haces que me sienta un entusiasta idiota!... Heme aquí, conmovido por tus supuestos remordimientos de conciencia, y lo único que hacías en realidad era recalcar que no nos consta que tus anteriores pecadillos hayan tenido consecuencias, cosa de que ésta, tu más reciente trapisonda, pueda parecer perdonable. Pues no. No podemos soslayar esta falta tuya cuya consecuencia gateará hasta nosotros, dejará sus pañales en estado de total pestilencia y berreará demasiado fuerte como para darnos el lujo de ignorarla.

 

      Como alcanzados de golpe por el futuro, Balduino y Anders escucharon un estentóreo llanterío infantil y se sobresaltaron a un tiempo, antes de que el pelirrojo se recobrara y volase literalmente en dirección a Thommy, en simultáneo con Fray Bartolomeo, Tarian, Thorvald y Snarki.

 

     -Gracias, Thomen, por este trabajo extra-gruñó sarcásticamente Balduino, llegando al lugar y alzando a Thommy, quien, según su costumbre, gritaba con toda la fuerza de sus pulmones y se pasaba la mano por la cabeza, adonde había sido golpeado accidentalmente por Hansi-. No te preocupes, sólo ten más cuidado la próxima vez-dijo a éste, viendo que iba a disculparse señalando la rama que tenía en la mano-. Eso si hay próxima vez, claro... Porque aquí, o mato a alguien, o me suicido... Ya, ya, Thommy-suspiró atribulado, palmeando consoladoramente la pequeña espalda del nenito rubio-. ¿Quieres miel? Si eres buen niño y no lloras más, puedes venir aquí la semana que viene...

 

      -Hereje, ¿te doy una mano con tu escudero?-preguntó amablemente Fray Bartolomeo, entendiendo que Balduino intentaba persuadir a Anders de hacerse responsable de sus obligaciones tan recientemente contraídas, y muy dispuesto a ayudar.

 

      -¡No exactamente con Anders, hermanito, no exactamente con Anders!-exclamó Balduino muy contento, poniéndole de prepo a Thommy entre sus brazos y huyendo antes de que el cura se recobrara de su asombro y protestase, intentando encajarle de nuevo al crío-. No se me ocurren más sobornos para corruptos en miniatura-añadió para sí, pensando que debía discurrir algunos más de esos posibles sobornos para tenerlos listos en casos de urgencia como aquel, aunque al pelirrojo, pésimo negociador, por lo general Thommy terminaba sacándole de todo, pero dejando de gritar sólo cuando le venía en gana, y en ningún otro momento. Y pensar que quiere ser Caballero, y si sigue así no alcanzará ni a ser tan honrado como Einar, deploró para sus adentros.

 

      Volvió junto a Anders y suspiró lánguidamente. En el fondo, pensó, tal vez hasta Thommy fuera más dócil y racional que Anders, pero éste tenía la ventaja de ser infinitamente menos gritón y lloroso.

 

      -Tienes que entender, Anders, que un hombre debe responsabilizarse de sus faltas-dijo-. Recuerda que el señor Ben Jakob me castigó mil veces por mi arrogancia para con mis compañeros, y yo ni protesté. Claro-añadió, irónico-, sería interesante que, a diferencia de mí, sacaras provecho del castigo y no reincidieras. No hace falta que me imites en todos los detalles, si me entiendes. Y una vez más: alza la cabeza. Thorvald te tolera muchas cosas porque eres el pichón, como él te llama. Si las hago yo, a esta altura del partido me caga a tortazos sin el menor miramiento, y ten presente que contigo hará lo mismo más tarde o más temprano. Si crees que conoces al  viejo y su carácter, piénsalo dos veces... En cuanto a lo otro, no te dejaré solo en el trance, estaré contigo; pero es preciso que asumas tu deber.

 

      Anders sonrió con tristeza.

 

 

      -Te agradezco, pero ambos sabemos que eso no será posible-dijo-. Tú eres Caballero y lo seguirás siendo; yo fui sólo escudero y a nada más llegaré. Para mí se acabaron las aventuras; pero lo peor es que no sé qué empieza ahora. Pues, ¿qué seré?... ¿Herrero otra vez? ¿Ganarme la vida con duras y maduras... en sustento de una mujer de buena posición y de un hijo? La Orden no me daría dinero para mantener una familia. Un noble, en mi lugar, no tendría problemas: nadaría en tierras y riquezas. Yo tendré que implorarle a Einar que me acepte en Kvissensborg y hacer cuanto él me ordene, y lamerle las botas hasta que el Diablo se digne llevárselo.

 

      -Eso si te acepta-agregó Balduino, momentáneamente contagiado del pesimismo de Anders-. Y si el Diablo se rebaja a llevarse a esa bazofia-agregó, sarcástico.

 

      Muy amargado, Anders miró hacia el mar, como envidiándole en silencio su aparente falta de fronteras y añorando por anticipado su propia libertad perdida. Balduino se mantenía sombrío. Una aciaga noche había caído sobre los ánimos de ambos... Y de repente, como el primer destello de un alba triunfante, brotó una sonrisa en el rostro del pelirrojo.

 

      -Qué imbéciles somos...-murmuró-. Qué imbéciles... No hemos hecho sino ahogarnos en un vaso de agua.

 

      Anders se volvió hacia él, sorprendido.

 

 

      -Tus aventuras no han terminado-continuó Balduino-. Por el contrario, no han hecho sino empezar. Cuando estemos pudriéndonos bajo tierra, ahí podremos dar por concluidas nuestras aventuras. Mientras tanto, que se cuide cualquier persona, cosa o situación que se atreva a interponerse en nuestro camino. Anders, ¿qué es la aventura, sino lanzarse a los desconocido y afrontar desafíos siempre distintos, probar los propios límites, forjar la personalidad?... Creímos que nos aburriríamos como hongos aquí, ¡y sin darnos cuenta, hemos ido de aventura en aventura! ¡Piénsalo! ¡Nada nos ha sucedido como habríamos creído ni, si nos hubiesen preguntado, como habríamos querido! ¡Y sin embargo, aquí estamos, y no sabemos todavía cuán lejos podemos llegar! ¡Averigüémoslo! ¡Piensa en la cantidad de cosas que hemos vivido, en la gente que hemos conocido desde que estamos aquí, en los recuerdos que hemos acumulado en estos meses! ¡Convivimos con convictos, nos hicimos amigos, huimos cobardemente de una serpiente marina que no estaba allí y que sólo era peligrosa en nuestra imaginación! ¡Hasta me he enamorado... y tú tendrás un hijo!

 

      Balduino recalcaba emocionado cada una de sus frases agitando el puño, y las palabras le brotaban vigorosas y sinceras, como si el mismísimo fuego de sus cabellos le inflamara el espíritu. Anders lo escuchaba fascinado. Las crepitantes llamaradas que ardían en Balduino habían encendido también en él una brasa de esperanza, igual que, casi dos años más tarde, una célebre arenga del pelirrojo inflamaría de coraje a sus hombres, los Lemmings, llevándolos hacia su increíble y aplastante victoria sobre los Wurms.

 

      -Pudiste morir ayer, pero estás vivo-prosiguió Balduino, apasionado-. Vivo, joven, sano y fuerte. Como yo. Y estamos unidos; ¿qué puede haber que sea capaz de hacernos frente? ¿El imbécil de Einar? ¿El?-Balduino sonrió con desdén-. ¡Justo!... ¡Que pruebe! ¡El, y todos los que quieran! La suerte es caprichosa; el destino, absurdo. Y no sabemos adónde nos llevarán. ¿Que no serás Caballero? Tal vez no, tal vez sí... ¿Seguiré siéndolo yo mismo mucho tiempo más? Quizás no lo desee. Todo eso está muy, muy lejos de nuestra vista, Anders; pero tu hijo, no. Y estará más próximo a nosotros día a día: carne de tu carne y sangre de tu sangre. Algunos nobles no tienen más que su título y, ¿no es tu coraje suficiente título, y uno muy superior a cualquiera que ellos puedan ostentar?... ¡Reclama lo que es tuyo! ¡Haz que ese niño herede el espíritu leal y valiente de su padre y no el de su cobarde y corrupto abuelo! ¡A lo sumo, tendremos que aprender a cambiar pañales!... Y hablando de Einar, mira, ahí está.

 

      Y Anders se echó a reír, porque el índice de Balduino señalaba hacia el asno de Fray Bartolomeo que, detalle curioso, se llamaba Arn, en insultante memoria al padre del Conde actual. El cura iba a pie, tirando de la brida; sobre el animal iban Hansi y Thommy.

 

       -Hábil el cura, mira cómo se las ingenió para que Thommy dejase de llorar-comentó Balduino-. ¡Eh, hermanito!-gritó, llamando al mismo tiempo por gestos a Fray Bartolomeo, quien se acercó sin pérdida de tiempo, tras dejar a Hansi gobernando al asno.

 

      Balduino le expuso sucintamente lo conversado con Anders.

 

      -Hmmm... Sí-murmuró Fray Bartolomeo-. Justamente venía a recordarle a este jovencito que su deber de buen cristiano exige que se ocupe de su hijo... y de la madre de éste en la medida de lo posible, claro... Sí, sí, no tendré problemas en sondear a Einar acerca de sus planes para con Lyngheid y la criatura... Claro que-el cura puso expresión severa- si me lo dice en confesión no podré repetíroslo.

 

      -Pues... Bueno, será suficiente con que vos lo sepáis, puesto que confiamos en vos-replicó Balduino, codeando levísimamente a Anders, quien sonrió: ambos sabían de sobra cuán fácil era sonsacarle al cura cualesquiera secretos de confesión; si bien ahora, desde que se le había hecho notar esta falta suya, era más cuidadoso al respecto.

 

      -De acuerdo. Bien hecho, hereje-dijo el cura, palmeando las espaldas de Balduino-. Debo irme, adiós.

 

      Mientras Fray Bartolomeo caminaba hacia su burro, el pelirrojo se volvió hacia Anders y le susurró al oído:

 

      -Ya tenemos un espía en las líneas enemigas.

 

      Hansi bajó del asno y ayudó a Thommy a hacer lo propio.

 

      -¿Qué se dice, Thommy?-preguntó Fray Bartolomeo.

 

      -Ehm... Ehm... Gdaziaz, zeñod Cabelloz de Fego...

 

      -Pero no sé qué me agradeces a mí, Thommy-rio Balduino-, si fue Fray Bartolomeo quien te permitió montar en su burro.

 

      Fray Bartolomeo se volvió hacia él. Sonreía maligna y vengativamente, aunque quisiera parecer inocente y bondadoso.

 

       -No agradece precisamente el paseo en burro, hereje, no precisamente el paseo en burro-dijo, parodiando los términos empleados por Balduino al encargarlo, a la fuerza, del cuidado del lloroso Thommy-, sino ese generoso gesto tuyo de permitirle venir aquí todos los días hasta fin de año.  

 

      Balduino primero quedó boquiabierto; luego reprimió una sarta de palabrotas. De buena gana habría estrangulado al cura, pero Thommy lo miraba con sus grandes y en apariencia inocentes ojos azules muy abiertos. No es ético asesinar a nadie frente a un niño tan pequeño, incapaz de entender cuán justificados están ciertos homicidios; y en el caso particular de este niño, había que tener mucho cuidado, además, antes de hacer cualquier cosa que pudiera hacerlo romper en llanto, ya que tan difícil era calmarlo después. Pero la perfidia de Fray Bartolomeo empezaba a poner a prueba el autocontrol de Balduino. Pues el taimado cura seguía saboreando la solapada treta con que había logrado que Thommy dejara de llorar, desquitándose al mismo tiempo de Balduino, inventando promesas en nombre de éste:

 

      -Hereje, pero magnánimo, sí señor-decía ahora, asintiendo malignamente con la cabeza-. Dejad que los niños vengan a mí... Lo dijo Nuestro Señor Jesucristo, lo repite y corrobora Balduino Cabellos de Fuego.

 

     -Ya comprendo de dónde saca vuestro monaguillo ciertas costumbres... Esa de apoyar todas y cada una de sus trastadas con citas evangélicas, por ejemplo-gruñó Balduino, cuya sonrisa de hacía más y más torcida a cada instante.

 

      -Sí, ¿verdad?... ¡Adiós, hereje!...-saludó entusiasta el fraile, montando al fin en su asno y poniéndose en marcha-. ¡Rogaré a Dios por la salvación de tu alma!

 

      -No olvidéis incluir la integridad física de ciertos clérigos en vuestros ruegos al Cielo. Sería mejor: estad seguro de que peligra, ¡y cómo!-masculló Balduino, con su sonrisa ya tan deformada e irreconocible como si hubiera estado moldeada en cera y se hallara en vías de derretirse.

 

     Thommy se había desinteresado del diálogo y agachado a jugar con la nieve. Anders lo observaba con ternura y curiosidad, intentando hallar en él siquiera un bosquejo de lo que, tal vez, sería su propio hijo al llegar a esa edad. Muy distintos, claro, eran los sentimientos de Balduino contemplando a ese mismo niñito rubio. Enano corrupto, tanta máscara de inocencia y astucia y otra vez obtuviste un soborno a mis expensas, y el bribón que te le ofreció se ríe ante mis propias narices y sin la vergüenza que correspondería a alguien que viste hábito. El mundo ha perdido toda coherencia. Iba a deslizar un sutil y venenoso comentario de modo que sólo Anders lo entendiera, cuando vio a Fray Bartolomeo darse vuelta y hacer a alguien un guiño cómplice y un saludo y, mirando en la misma dirección que él, pescó a Hansi devolviendo saludo y guiño, y se indignó mucho más de lo que ya estaba.

 

      -Mocoso desvergonzado, así que el cura estaba en combinación con su leal monaguillo. ¡Qué par!... ¿Será posible que te anotes en todas, y que nunca tenga que hacer el menor esfuerzo para pescarte in fraganti en alguna barrabasada? Sigue así, y reconsideraré la posibilidad de que reemplaces a Anders como escudero-dijo, y Hansi comenzó tratando de comprar su benevolencia con sonrisas aduladoras, pero  quedó serio y cabizbajo al oir la última frase-. Bah, bah, olvídalo-gruñó Balduino-. No hablaba en serio. La verdad es que últimamente estás bastante calmo y juicioso somparado con tus primeros tiempos aquí-y Hansi musitó algo ininteligible-. ¿Qué dices? No te oigo, disculpa.

 

       -No es eso-dijo Hansi, hablandoi un poco más fuerte, pero manteniéndose cabizbajo, señal en él de que creía haber hecho algo monstruoso y que no podía pasar de ser una travesura algo subida de tono.

 

      Balduino se agachó de modo que sus ojos quedaran a la altura de los del chico. Notó que ya no tenía que agacharse tanto como antes: Hansi estaba creciendo.

 

      -Dime-murmuró suavemente, rodeándolo con sus brazos, y notó que las cosas iban de mal en peor. Hansi se había puesto a temblar como un espástico. Entre aquellos brazos, él siempre se había sentido seguro y tranquilo, pero ahora no era el caso.

 

      Por fin se le llenaron los ojos de lágrimas.

 

      -Mi papá me trata distinto ahora. Es más bueno conmigo. Si me voy contigo, él quedará solo.

 

      Era cierto. Balduino recién se daba cuenta ahora que Hansi lo decía. Ya en el primer abrazo de ambos, mucho tiempo atrás, le había preguntado por qué no se quedaba más en su casa en vez de venir tanto a Vindsborg, recibiendo por respuesta un silencio angustiado y confundido que informó a Balduino de que había problemas en la relación entre el chico y su padre. Pero Friedrik quería a su hijo; sólo que era hombre ignorante y de modos rudos. Balduino no se atrevía a juzgarlo. Pese a toda su brutalidad, Friedrik era simple y honrado, y eso era más de lo que muchos hombres podían decir. Balduino, tiempo atrás, había ido a hablarle para preguntarle si aprobaría que Hansi fuese su escudero algún día. Era difícil olvidar la reacción de Friedrik ese día: asombro ante la petición, orgullo por el honor que significaría para su hijo entrar al servicio de un Caballero, una gran vacilación; todo ello en dosis muy sutiles y entremezcladas. No cabía duda de que había vacilado tanto porque le costaba dar el que lo separaría para siempre de su hijo; que no había pensado jamás que éste sufriera tanto la rudeza del padre y estuviera tan dispuesto a abandonar el hogar. Tal vez ello lo había hecho recapacitar y ablandarse.

 

      Recién ahora advertía Balduino que Hansi ya no estaba tan pegado a él como antes; que las despedidas matinales de padre e hijo en el muelle se prolongaban más y eran más afectuosas; que Hansi, quien tendía a dejarse melena para parecerse más a Balduino hasta que su padre se la extirpaba tijeras en mano, siempre llevaba ahora cabello corto, como quería Friedrik.

 

      -Papá dice que no nos llevarás a los dos-sollozó Hansi-. No quiero dejarlo solo, pero a ti también te quiero. Y te prometí que iría contigo. No quiero traicionarte.

 

      -¡Hansi!...-sonrió afectuosa y espontáneamente Balduino, abrazándolo con más fuerza-. ¡Traicionar es una palabra muy fuerte!... Estás atrapado entre dos lealtades que van en direcciones opuestas, eso es todo, y tienes que optar por una de ellas, la impuesta por los lazos de la sangre o la impuesta por la palabra dada. Te libero de esta última: nada me debes, quédate con tu padre. Nunca olvidaré que lloraste porque, equivocadamente, creíste estar traicionándome. En tanto conserves ese sentido de lealtad siendo adulto, serás Caballero aun sin haber recibido el espaldarazo ni llevar armadura. Sólo te pido que, mientras yo siga aquí, vengas a visitarme aunque sea de tanto en tanto; porque te quiero, mocoso del diablo, y  más fácil sería desalojar de mi cabeza a los piojos que a ti de mi corazón.

 

      Hansi dejó de llorar, pero quedó largo rato abrazado a Balduino. Los dos estaban tristes. Balduino ya se había hecho a la idea de que Hansi reemplazaría a Anders como escudero a su debido tiempo, y sólo él sabía lo mucho que le costaba renunciar a tal idea. Hansi era una de las personas que mejor habían sabido sacar lo mejor de Balduino. Además, éste empezaba a ponderar la idea de mandar al Diablo la Orden, la Caballería, la justicia y el Reino y quedarse en Freyrstrande, adonde dejaría demasiados afectos si se iba: Gudrun, Anders, Hansi... Nunca había tenido tanta gente querida, y probablemente, cuando se marchara, la soledad le pesaría más que antes. Pero al menos Balduino se repuso enseguida, posponiendo su tristeza para el momento en que debiera partir, si tal fuera su elección.

 

      Hansi no. Quería a Balduino y, puesto que éste no le reprochaba su deserción, se sentía sujeto a él por esas pesadas cadenas de servidumbre y deuda que por lo general nos colocan, sin intención de hacerlo, quienes paradójicamente nos conceden de buen grado la libertad cuando anhelarían tenernos siempre a su lado.

 

      Ahora bien, al parecer Thommy se había autonombrado fiscal de la enternecedora escena, porque observabna a Balduino y Hansi muy abrazados, y su gesto de reprobación y disgusto era ostensible. Se volvió hacia Anders:

 

       -¿Po' qué... ehm... ehm... Hanzi se había pezto a llodad?

 

      Sumido en sus propias reflexiones, Anders tardó en responder:

 

      -¿Eh? ¡Ah!... Porque no podrá ser escudero de Balduino, del señor Cabellos de Fuego.

 

      Era todo lo que quería saber. El cerebrito de niño celoso de Thommy ya sabía ahora qué debía hacer si quería que también a él el señor Cabellos de Fuego lo abrazara como a Hansi; de modo que se acercó a ellos, corriendo.

 

      -Zeñod Cabelloz de Fego-llamó; y ya con la atención de Balduino sobre él, añadió en tono trágico y lúgubre: -. Yo tampoco pedo zed tu ezcudedo.

 

      A la hora de disputarse los mimos, la chiquillería de Freyrstrande parecía infinitamente más temible y feroz que los grandes barones que marchaban unos contra otros a estandartes desplegados y con poderosos ejércitos para arrebatarse mutuamente sus feudos. Balduino, quien se estaba volviendo experto en códigos de conducta infantil, rápidamente asumió el control de la situación rodeando a Thommy con uno de sus brazos antes de que estallara el desastre. Dichoso podía considerarse de haber evitado un estruendoso berrinche... Hansi, sin embargo, secó sus últimas lágrimas y se echó a reir, comprendiendo mejor que nadie los motivos de Thommy.

 

      -Id a jugar, chicos-dijo Balduino, luego de un rato-; pero con cuidado y donde podamos veros, ¿sí?

 

      Hansi lo abrazó con más fuerza antes de separarse de él; luego aferró la mano a Thommy, y ambos se alejaron al paso, mientras Anders se acercaba un poco más a Balduino.

 

      -Dios mío-suspiró éste, aliviado-. Bueno, vámonos a trabajar con los demás, que deben pensar que estamos buscando pretextos para holgazanear; ya perdimos mucho tiem...-se detuvo al ver la extraña expresión con que Anders lo miraba-. ¿Qué pasa?

 

      -Quería agradecerte. Hace un rato me sentí destruido y me diste ánimos-contestó Anders, con la voz alterada por la emoción-. Estaba meditando. Recordaba que si hace un año atrás me hubiesen dicho que tú... Yo nunca...-la voz se le quebró del todo, para espanto de Balduino. De repente estalló en llanto y abrazó con fuerza al pelirrojo, superado por la fuerza de la amistad que los unía ahora y que habría sido impensable menos de un año antes-. Gracias-concluyó.

 

      Era una situación de lo más embarazosa para Balduino, quien ya había visto llorar a Hansi y a Thommy y, por lo tanto, tenía ampliamente cubierta su cuota de llantos del día. Además, por supuesto que meses atrás Anders no habría podido esperar un gesto amistoso a Balduino, ni éste imaginado concedérselo algún día. En ese entonces consideraba a Anders idiota, mediocre e insignificante, cuando tal vez el idiota, mediocre e insignificante fuese él... Pero por eso mismo, ¿valían la pena ahora tanta alaraca y tanto copioso derramar de lágrimas?

 

      -¿Gracias?... Desde que Thommy, hace un momento, vino a agradecerme esa promesa que Fray Bartolomeo hizo en mi nombre, nada me espanta tanto, creéme, como la gratitud ajena-bromeó; y añadió, con fingido horror:-. ¿Puede saberse que te prometió a ti de mi parte ese cura bribón?

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3 junio 2010 4 03 /06 /junio /2010 20:52

      -¡Debiste verlo, Gudrun! ¡Tendrías que haber estado allí!...

 

      Eso Balduino ya lo había dicho alrededor de una veintena de veces, amén de que, previamente, Gudrun había oído lo mismo otras veinte veces por boca de Kurt. De acuerdo, Anders había estado magnífico; de acuerdo, era tan valiente y tan gallardo como cualquier Caballero debidamente armado; de acuerdo, parte del mérito era del señor Cabellos de Fuego, puesto que lo había entrenado; de acuerdo, eso de perdonarle la vida al malvado Thorkill, aunque no muy  prudente, sí había sido noble, excepcionalmente noble. Pero ya que el señor Cabellos de Fuego se había invitado a cenar (aportando las provisiones, eso sí, porque de otro modo, y habiendo ya cenado antes en casa de ella otras dos veces seguidas, lo habría corrido incluso a escobazos, de ser necesario), y luego a otras cosas... ¿Era mucho pedir que la dejara preparar la cena en paz?

 

      -Así que os habían predicho que alguien moriría-sonrió-. Qué puedo deciros, uno a veces es muy crédulo... Como yo con la predicción de Erika, aunque ésta de casualidad acertó. Pero la próxima vez que ocurra algo así, decídmelo sin tanto rodeo.

 

      -Oh, no habrá próxima vez. No creeré más en augurios nefastos. Pero déjame que te cuente: ese malvado imbécil estaba allí, listo para matar a Anders, ¡pero él atacó así!-exclamó Balduino, y se abalanzó sobre Gudrun y la besó en la voca-. ¡Y así!-y volvió a besarla-. ¡Y así!-y la besó una vez más.

 

      Al margen de que esta descripción del ataque a Thorkill no dejaba buena imagen de la sexualidad de Anders, Gudrun no precisaba que la mimaran todo el tiempo, pero prefería que tampoco la arrollaran como lo haría una manada de bestias salvajes en estampida, y la verdad era que en este momento Balduino no procedía muy delicada o románticamente, aunque tal vez él creyera lo contrario.

 

      -Pues suerte que tuvo que ese tal Thorkill no contraatacó así-dijo, y abofeteó a Balduino, aunque sin mucha fuerza ni ganas, más a modo de advertencia que otra cosa-. Y ahora, hacedme la merced de quedaros quieto-y se puso a revolver el guisado que estaba cociendo.

 

      Balduino se pasó la mano por la mejilla.

 

      -A veces me pregunto si me amas como yo a ti-se quejó.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, con toda mi alma; pero hete aquí que el amor no cuece guisos... Y a todo esto, ¿cómo fue eso de que casi os desmayáis?... Kurt me contó. Estaba muy asustado. Dijo que no sé quién vio una cosa, como una especie de fantasma, que atravesaba vuestro cuerpo.

...

      -Todos estábamos un poco alterados. Snarki habrá visto cualquier cosa... Sí, estuve a punto de perder el conocimiento-aclaró Balduino, algo ofendido. ¿Desmayarse?... ¡Eso les ocurría sólo a las mujeres!

 

      Nada más dijo porque, en realidad, ni él entendía de todo aquel extraño episodio, cuyo recuerdo por momentos le producía escalofríos, sobre todo durante aquel instante, extremadamente realista, en que imaginó estar inclinado sobre el cadáver de Anders.

 

      -Espero que no de celos-bromeó Gudrun-. Mencionáis muy seguido a vuestro escudero y, aunque sin duda impetuoso, ese ataque que representasteis hace un momento no parece propio de un hombre que se bate a duelo con otro, si es que me entendéis.

 

      -No te pases de lista-replicó Balduino, remedando un tono amenazante-, a menos que no te importe terminar la cena pasado mañana.

 

      -¿Y a mí qué, si así fuera? No soy yo quien tiene hambre-contestó Gudrun, sonriendo triunfalmente-. Mirad que he oído que el punto débil de un hombre es su estómago...

 

      -Qué va. Estoy seguro de que el mío está perfectamente acorazado. Por algo no me han matado los mejunjes de Varg.

 

      -Y decidme: ¿qué ocurrirá con el niño?

 

      -¿Qué niño?

 

      -¿Cómo que qué niño? ¿Me tomáis el pelo, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Gudrun, dejando de revolver el guisado y apuntando hacia Balduino con la cuchara de madera-. El que provocó todo esto, el que aún no nació. El futuro hijo de Anders. ¿De qué otro niño podría estar hablando?

 

       -¡Ah!... ¡Ese niño!...-murmuró Balduino, confuso-. Buena pregunta.

 

      La verdad era que la emoción del duelo y la posterior victoria de Anders le habían hecho olvidar el embarazo de Lyngheid que había sido causa de todo el revuelo.

 

      -Pues... Lo que decida su madre, supongo.

 

      Gudrun se sulfuró ante tal respuesta.

 

      -¿Ajá?-exclamó indignada, dejando nuevamente de revolver el guiso y apuntando de nuevo con la cuchara de madera a Balduino, quien retrocedió como si de una espada se tratase-. Conque lo que decida su madre, ¿eh?

 

      -Pues... Ya se verá-dijo evasivamente Balduino, un tanto intimidado-. Después de todo, es un escudero, será Caballero y tendrá sus obligaciones. No le quedará mucho tiempo libre. En cambio, el papel de una mujer...

 

      -¿Cómo, qué?-tronó Gudrun, cada vez más furiosa, agitando amenazante la cuchara de madera-. ¿El papel de una mujer, qué?

 

       -Cálmate, querida. Puntualizaba sólo que la mujer, pues, en fin, como que está hecha para prodigar ternura y amor maternal.

 

      -¡Qué interesante!...-exclamó Gudrun, sarcástica-. Eso, claro, cuando no somos las viles y arrastradas pecadoras responsables de tentar a Adán, ¿no?

 

      Evidentemente era muy mal momento para chascarrillos, pero Balduino no lo advirtió y dejó caer uno:

 

      -En realidad, y para redondear el concepto, mejor atenerse a la definición de Tertuliano, quien dijo que las mujeres sois el portal del Diablo.

 

       -¿CÓMO?-bramó Gudrun, echando chispas.

 

      Qué carácter, pensó Balduino; y no conforme con este yerro, cometió un segundo y enorme error: seguir los consejos de seducción de Anders, eficaces si se aplicaban a la mayoría de las chicas, pero por lo visto no tanto al ser puestos en práctica con las enérgicas mujeres andrusianas. Se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa sobradora.

 

      -Vamos, mujer-dijo-. No bravuconees conmigo. Te tengo demasiado a mis pies, y bien sabes que no osarías golpearme siquiera con una pluma.

 

       Y fue lo último que dijo antes de que un cucharazo en la cabeza (aplicado con muchas ganas y no menos energía) lo dejara viendo las estrellas.

 

      -Así que eso dice Tortugano-gruñó Gudrun, abofeteándole la mejilla. Balduino contuvo un gemido y retrocedió, pero ella acortó de nuevo la distancia-. Y así que estoy a vuestros pies, ¿eh?, que no osaría golpearos siquiera con una pluma, ¿eh?-pisotón en el pie derecho del pelirrojo-. ¡Pues claro que no! Con un yunque sería mucho mejor-pùñetazo en el estómago.

 

      -Gudrun, mi amor...

 

      -¡NO ME VENGÁIS CON ESAS ZALAMERÍAS, QUE SABÉIS QUE LAS ODIO!... ¡Y YA QUE SOY EL PORTAL DEL DIABLO, BUSCAD A ESE TAL TORTUGANO PARA QUE OS COCINE, OS MASAJEE LA ESPALDA Y OS ATIENDA EN EL LECHO!

 

      Y ya esgrimía de nuevo la cuchara como para golpear de nuevo a Balduino, quien empezaba a sospechar que Gudrun tenía la secreta misión de vengar a El Toro Bramador de Vultalia o a algún otro viejo adversario. Decidió que, en salvaguarda de su propia integridad física, tenía que hacer algo.

 

      -Gudrun, ¡por Dios!...-exclamó, mientras esquivaba otro cucharazo; e inmediatamente inmovilizó a su iracunda novia con una especie de versión suavizada de llave de lucha Kveisung-. ¡Mira lo que me fuerzas a hacer!-añadió, mientras desarmaba a la combativa joven.

 

      -Señor Cabellos de Fuego-advirtió Gudrun, resollando rabiosamente-: mirad que una línea muy, muy delgada separa la paz de la guerra, el amor del odio...

 

      -Ya me di cuenta... Gudrun, eso del portal del Diablo era una broma.

 

      -Supongamos. Pero conste que yo no estoy a los pies de nadie, ni van conmigo las posturas de macho irresistible que sospecho remedáis de vuestro amigo Anders.

 

      -Sí, es así. ¿Qué quieres que haga, si no sé seducir?... Gudrun, voy a soltarte. Puedes abrumarme a insultos, si lo deseas, pero debo pedirte que ya no me pegues, porque no eres un hombre al que pueda romperle la cara sin miramientos si me ataca.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, sed como sois en vez de imitar a otros-sugirió ella-. Si me gustara la... seducción, ya que así la llamáis, de vuestro amigo Anders, ¿por qué me interesaríais vos, estando cerca él, sin duda más auténtico y original? ¿Por qué conformarme con una simple copia?... Soltadme. No os golpearé de nuevo, y lamento haberlo hecho antes, pero os lo ruego, no me sulfuréis de nuevo.

 

       Y Balduino aflojó la presión, de todos modos no excesiva, de la llave de lucha, dejando en libertad a Gudrun. Ella se volvió a mirarlo con sus ojos de color celeste lavado, y al ver el moretón dejado por el cucharazo, se apiadó, y sintió vergüenza de sí misma. Entonces recordó algo y puso cara de susto.

 

      -El guiso-murmuró-. Mi cuchara. ¿Dónde está?

 

      Balduino le devolvió la cuchara de madera. Gudrun volvió junto al hogar y a la marmita, pero el fondo ya se había quemado y despedía un olor desagradable, de modo que lo retiró del fuego y dijo, tras un instante de reflexión:

 

       -No me cabe duda de que no os merezco, pues exijo mucho sin tener gran cosa que dar. Tengo un naso único, dentadura capaz de intimidar a un dragón, hedor a oveja, mal carácter y dudosas virtudes de cocinera.

 

       -Tus virtudes de cocinera no pueden ponerse en duda por un único guiso quemado accidentalmente. No puedo ser objetivo con tus dientes y tu nariz, pues los veo con ojos de enamorado, pero en todo caso yo tengo tantas pecas que asustaría hasta al mismo Diablo, y un populoso rebaño de piojos. Apesto a sudor. Y tienes carácter, pero no creo que mal carácter... Aunque, claro-Balduino sonrió-, te prefiero sin esa cuchara en la mano.

 

      -Sé que es mal carácter. Tal vez conozcáis a pocas mujeres, y no tengáis con qué comparar. ya conoceréis a otras mujeres, compararéis y veréis que tengo razón, por desgracia... En fin, mejor que antes de cenar ponga algún emplaste sobre ese moretón que os hice.

 

      -Deja el moretón en paz-dijo Balduino, deteniéndola cuando iba en busca de algo que aplicar a la herida-. Como si en combate no hubiera sufrido heridas más serias... Aunque te esmeras por superarlas, en honor a la verdad-bromeó.

 

      -Bien. Podemos sentarnos a la mesa entonces. Sólo se quemó la parte de abajo del guiso; el resto se salvo. Comamos antes de que se enfríe.

 

      -El guiso me importa poco.

 

      Gudrun lo miró estupefacta.

 

       -¡Gracias!-ironizó, indignada-. ¿Y para esto perdí mi tiempo como una estúpida, cocin...?-y ya no pudo decir nada más, porque Balduino le cerró la boca con un beso, sin duda una romántica manera de silenciar los reproches de una novia airada.

 

       El hubiera querido decirle muchas cosas. Hubiera querido hablarle de lo solo que se sentía en su niñez; de cuán duro había sido, ya en el umbral de la adolescencia, ver a las chicas arrobadas por rostros de muchachos guapos y pensar en su colección de pecas que lo privaría siempre de ese privilegio; de la amargura y humillación adicionales experimentados al enterarse, a los trece años, de que había sido prometido en matrimonio de conveniencias y reflexionar que, además de que a su padre le importaba sólo si le era útil en sus alianzas políticas, tendría a su lado una esposa que lo toleraría sólo por esa misma alianza y lo abandonaría cuando se rompiese.

 

      Le habría dicho que esas cosas dolían mucho más que cualquier herida física, cucharazos inclusive. Le habría contado que, en tales ocasiones, cuando aparece una mujer que lo ama a uno, no por títulos, ni por rostros agradables a la vista, no pide mucho más; que no obstante, cuando eso sucede se puede incurrir en la tontería de creerse irresistible para el sexo opuesto, olvidando todos los fracasos anteriores, sobre todo si en algún momento se soñó con serlo; y que la diferencia entre el Caballero fiel a un solo señor por convicción y el mercenario que sirve a quien paga más debía guardarse en todos los órdenes de la vida, y bienvenidos cuantos golpes fueran necesarios para entenderlo y nunca olvidarlo.

 

      No dijo nada, sin embargo. Gudrun recelaba del mero palabrerío, y estaba segura de que Balduino la olvidaría cuando se marchara de Freyrstrande. El propio Balduino temía ahora que eso ocurriera, y aborrecía esa posibilidad.

 

       Quedaron abrazados un rato luego de separar los labios, y Gudrun tenía apoyada la cabeza contra el hombro de Balduino, cuando dijo:

 

      -Señor Cabellos de Fuego, debéis encargaros de que Anders haga algo con el niño.

 

      Balduino se sintió contrariado. ¿Era necesario mencionar en ese momento a Anders o a cualquier otra persona?

 

      -Gudrun, Anders será armado Caballero un día, y no podrá estar cambiando pañales en plena batalla. Para eso están las mujeres, en serio.

 

      -Yo soy pastora y debo cuidar a mis ovejas. Tampoco tendría tiempo de cuidar bebés, y por eso me guardo mucho de quedar encinta. Pero en este caso no se han tomado las debidas precauciones. Ambas partes deben responsabilizarse de ello.

 

      -Basta, Gudrun-dijo Balduino con firmeza-. Esa Lyngheid es toda una ramera, de modo que ni seguros estamos de que el niño sea de Anders. Y no es pastora; que se beneficie del dinero mal habido de su padre.

 

      Gudrun se encolerizó de nuevo, y separó su cuerpo del de Balduino.

 

      -Basta, un cuerno-dijo-. Hasta donde sé, Anders no guarda más continencia que esa Lyngheid. De todos modos, habláis en su defensa porque es amigo vuestro y nada más. Por otro lado, si Einar se disgustó con su hija es dudoso que la apoye. Y si el niño fuera varón, necesitaría un padre o alguien similar con quien identificarse. ¿Os parece que Einar sería el candidato ideal?

 

      Balduino la miró con cara de amarga desolación. Habiendo en el mundo miles de mujeres tontas, le tocaba nada menos que a él encontrarse con una que tanta y tan poco conveniente lógica demostraba en asuntos tan espinosos...

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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 20:01

      -¡Señor Cabellos de Fuego, señor Cabellos de Fuego!... ¿Estás bien?

 

      Balduino abrió los ojos. Honney era quien le hablaba, zamarreándolo para hacerlo reaccionar.

 

      -¿Qué me pasó?-preguntó, confuso.

 

      -¡Yo qué sé! ¡Dínoslo tú... O tú!-y Honney se volvió hacia Snarki, quien miraba a Balduino con  auténtico horror y meneaba la cabeza, como escéptico ante un portento inexplicable.

 

      -Es que no sé qué era eso-explicó Snarki, muy nervioso y algo falto de aliento-. Algo atravesó el cuerpo del señor Cabellos de Fuego. Una cosa blanca, como hecha de vapor... Un fantasma o algo así.

 

      Los Kveisunger pusieron cara de espanto. Eran capaces de morir luchando como fieras, pero los fenómenos extraños o incomprensibles los llenaban de pavor. Y Hansi, a hombros de Tarian, también prefirió hacer como que no había oído.

 

      Aturdido, Balduino escuchó entonces el chischás de fondo mientras luchaba por mantenerse en pie.

 

      -¿Anders?-preguntó; y de repente recordó lo sucedido, y quedó helado de amargura-. ¿Quién está luchando?

 

      Todos lo miraron como a un niño de aprendizaje lento.

 

      -¡Anders, pues!... ¿Quién creías?-exclamó Honney.

 

       Balduino quedó boquiabierto.

 

       -¡Pero si está... Lo vi morir!-exclamó.

 

      -Por Dios, señor Cabellos de Fuego, no hagas bromas tétricas-replicó Honney, santiguándose-. Y además, como cadáver, se ve bastante saludable... Por ahora, al menos.

 

      Había ocurrido algo que nadie entendía y menos que nadie sus protagonistas, Balduino y Snarki, quienes quedaron mirándose absolutamente confusos y algo aterrados. Pero al menos al pelirrojo pronto le importó un rábano qué había pasado; para él contaba sólo que Anders seguía vivo, de modo que recobró fuerzas y pronto se halló arengando de nuevo a su amigo. Snarki, sin embargo, estaba todavía demasiado horripilado por la lúgubre visión, y tardó más en recuperarse.

 

      Se acabó, había dicho Thorkill. Había sido mucho optimismo de su parte dar el asunto por finiquitado en tiempo tan breve. Anders tenía reflejos felinos, y el miedo no lo paralizaba; muy por el contrario, duplicaba la velocidad de tales reflejos. Al verse inerme en el suelo, se había hecho a un lado una y otra vez, desesperadamente, mientras la espada de Thorkill pasaba cerca de él, casi rozándolo y hasta llegando a herirlo en el bíceps derecho en una ocasión, y no hallando por lo demás nada bajo su filo, salvo nieve y arena. Y como atacaba a lo bruto, indignado tal vez de que Anders tuviera, no sólo reflejos de gato, sino también las siete vidas correspondientes, varios cristales de nieve le saltaron a los ojos y lo cegaron por unos segundos, lo suficiente para que su adversario se le escabullera una vez más. Anders, espada en mano, estaba de  nuevo de pie. Había llegado al límite de su miedo en este duelo, estaba loco de alegría por haber sobrevivido a un trance del que no había creído posible salir; y ahora su rostro rebosaba euforia y esperanza.

 

      -Vamos, grandote, ¡no seas tímido!... ¿No ibas a cortarme las pelotas? ¡Manos a la obra entonces, hombre!

 

       Thorkill escuchó la burla y lanzó un bufido rencoroso. No soportaba de buen grado las mofas, y menos aún estaba dispuesto a tolerarlas de aquel insecto que, para colmo, le había birlado a Lyngheid.

 

      No puede decirse que atacara cegado de furia, pero su fuerza era superior a la de Anders y, concluyendo que debía aprovechar esa ventaja empleándola al máximo, se lanzó de nuevo a la refriega tirando una estocada tras otra, a diestra y siniestra, tan velozmente como se lo permitía su corpulencia. Anders había soltado el escudo, en teoría tenía que estar más desprotegido que nunca; pues bien, ocurría lo contrario. El escudo atajaba el arma de Thorkill, pero no el impacto, que era violento; y Anders había preferido prescindir de él y confiar sólo en sus reflejos para esquivar el acero enemigo, y a cambio luchar con más desembarazo. En caso extremo podía parar los golpes de Thorkill con su propia espada, y en una oportunidad se las volvió a ver negras todavía cuando el coloso, decidido a terminar de una vez por todas, chocó su arma contra la de su rival y forcejearon un buen rato uno contra otro. Aunque exhausto, Thorkill tenía mucha fuerza todavía; pero Anders presentía que el triunfo estaba muy cerca de ser suyo y que, en caso de ser él el vencido, no gozaría de misericordia. Tales pensamientos le infundían una voluntad invencible, y no cedió. De ese forcejeo se separaron cansados y bañados en sudor, y sin que alguno de los dos obtuviera ventaja alguna sobre el otro, salvo quizás que Thorkill tiró su escudo para sostener su espada con las dos manos como lo hacía ahora Anders.

 

      No le valió de nada, al contrario. La agilidad de Anders podía permitirle a éste prescindir de su escudo, pero era una imprudencia que Thorkill, frente a un contrincante tan saltarín y escurridizo, hiciera otro tanto. Anders fue asestando un mandoble tras otro, haciendo saltar, a cada impacto, las anillas de la armadura de su enemigo; y volaban ensangrentadas, de forma que Thorkill empezó a temer por su pellejo y atacó con mayor brío cuando tuvo oportunidad de hacerlo. La verdad es que no le quedó mucho margen para ello, y cuanto pudo hacerla mayor parte del tiempo fue parar los cada vez más violentos mandobles de su adversario, hasta que, en uno de esos movimientos defensivos, el acero de Anders le alcanzó la diestra, hendiendo el guantelete que la protegía. Thorkill dejó caer la espada, quejándose y agarrándose la mano, de la que manaba sangre en abundancia.

 

      Anders asintió con la cabeza, como indicando que ése era el desenlace que aguardaba, mientras sus compañeros de Vindsborg bramaban de júbilo, pidiéndole algunos que diera a mujerte a Thorkill, a quien habían ya calado como sujeto de mala entraña. Pero él decidió mostrarse ya tan noble como un Caballero, aun no habiendo sido armado todavía; y soltó su espada, juzgando indigno atacar a un enemigo indefenso.

 

      Se pasó la mano por la frente empapada de sudor, y fue lo último que recordó haber hecho antes de verse alzado en andas y luego bajado nuevamente y abrazado por sus compañeros; y más que ninguno, por Balduino, quien apenas podía creer que las cosas hubieran terminado tan felizmente, y que no cesaba de repetirle lo orgulloso que estaba de él.

 

       Y así, con la conclusión de aquel extraño duelo, pareció, y lamentablemente sólo pareció, que el vaticinio de Hendryk quedaría incumplido.

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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 19:11

      Balduino subió la escalinata en el momento en que Anders se disponía a bajar y, llevándolo de nuevo adentro, le dio unos cuantos consejos. En ello estaba, cuando se oyó gritar a Einar, en tono de fastidio:

 

      -¡A ver si os dais prisa, pelirrojo!... ¡No tengo todo el día!

 

      Balduino, irritado, hizo a Anders señas de que esperara y salió al patio, y desde lo alto replicó en tono helado:

 

      -Te callas la boca, que, por si no recuerdas, a mí me tuviste más tiempo en espera cuando fui a solicitarte una audiencia, de la que salí un tanto deteriorado. Unos minutos más de demora no hacen daño a nadie, pero apresúrame de nuevo tan insolentemente como acabas de hacer, y te juro que encontrarás mucha más sangre de la que viniste a buscar. ¡Esperarás tanto tiempo como yo quiera!

 

      Y sin aguardar respuesta, entró de nuevo, terminó de asesorar a Anders y al mismo tiempo se ciñó su propia espada al cinto.

 

      -Por las dudas, no sea que haya alguna complicación. Ese Einar no es de fiar-explicó; pero aunque creía eso, la verdad era que, en caso de que Anders cayera en combate, él ya tenía sus propios planes reservados para Thorkill.

 

      Y se abrazaron y palmearon las espaldas; Balduino sintiendo una opresión en el pecho e íntimamente agobiado por el esfuerzo de disimularlo, Anders nervioso por la perspectiva de batirse por primera vez en combate singular, pero reconfortado por la amistad del pelirrojo.

 

      Luego bajaron juntos. Al ver a su oponente, Thorkill se enderezó, colosal y temible como una mala bestia sedienta de sangre, y rasgó el aire varias veces con su espada. Sus compañeros lo ovacionaron, y Einar sonrió con malvada satisfacción. Pero Anders avanzó lentamente, aunque con mucha decisión, con la espada en la diestra y el escudo embrazado en la siniestra; y Balduino y sus hombres lo vivaron con mucha más fuerza todavía. Los gemelos Björnson le guiñaron cada uno un ojo mientras Thorkill se colocaba un casco y recibía al vuelo su escudo.

 

      -Amigo, ¿qué pasa?

 

      Balduino tenía a su diestra a Kurt, llegado con Hrumwald en el caballo blanco de éste. Cómo se habían enterado, Balduino nunca lo supo, pero probablemente vieran jinetes en dirección a Vindsborg y se preguntaran qué estaría ocurriendo. De cualquier forma, allí estaban. Balduino no les prestó atención, porque el duelo se había iniciado. Thorkill y Anders giraban uno en torno al otro, y el primero se veía imponente: una mole de músculos, metal y cuero. Anders lucía menos corpulento y más inexperto, pero también más valiente. Todo el mundo reprimía el aliento.

 

      Entonces, sorpresivo y brutal, Thorkill arremetió contra su enemigo; pues como tal consideraba a Anders, el mozalbete que lo había reemplazado en el lecho de Lyngheid y al que partiría en dos en cuanto tuviera oportunidad de hacerlo. Agilmente, Anders esquivó esa estocada inicial, y unas cuantas más que le siguieron. La ventaja que él tendría sobre su adversario sería la rapidez: su talla era menor, y además no llevaba armadura. Los movimientos de Thorkill no eran de tortuga, pero sí menos céleres que los de su rival.

 

      Balduino me entrenó para esquivar los chorros de fuego y brea de los Jarlewurms-recordó Anders, cuando de nuevo lo separaba de Thorkill cierta distancia-, y éste no es un Jarlwurm. El pensamiento le dio ánimos y distendió un poco sus nervios. Me preparó Balduino. Puedo ganar, pensó, esbozando una sonrisa. Desde la distancia, el pelirrojo lo vio y sonrió también con orgullo, pero sin fe.

 

      Thorkill miró a Anders y sonrió también, pero él con mofa y desprecio. Algunos de los largos cabellos de su melena dorada empezaban a mojarse en sudor, pero ni lo notó. Su única obsesión era machacar a Anders, pero después de dos infructuosas tentativas más empezó a sospechar que quizás no sería tan fácil como él había pensado. Aquel era un enemigo extremadamente escurridizo y, tal vez, astuto. Aparentemente pretendía cansarlo.

 

      -Déjalo que tire muchas estocadas, y elúdelas o páralas todas. Cada tanto, finta en una dirección u otra pero, aunque no sea todavía el momento oportuno, de vez en cuando haz un ataque real. Sorprende, siempre sorprende. El te estará estudiando, y si cuanto más predecible seas, mayores serán sus posibilidades de vencer-había dicho Balduino a Anders.

      Los contendientes seguían evaluándose desde la distancia.

 

      -¿Atacarás o no, gallina?-espetó Thorkill, burlón-. ¿Te limitarás sólo a defenderte? Si no vas a honrar tus pelotas, te las cortaré y me las llevaré de recuerdo.

 

      Anders no se inmutó, y ni se dignó responder. Bueno, ven a cortármelas... Si puedes, pensó.

 

      -Adivinará que es tu primer combate, o uno de los primeros-repetía en su cabeza la voz de Balduino-, así que no lograrás asustarlo con bravatas. No digas nada, ni repliques a lo que él te diga, por ofensivo que sea. Reserva tu aliento para la lucha. En estas cosas es muy importante el autocontrol. Ni la lengua, ni la ira descontrolada ganan batallas.

 

      Thorkill embistió de nuevo. Anders detuvo el poderoso ataque oponiendo su escudo al acero enemigo, y acto seguido fintó por la izquierda. Sin pausa, tiró una estocada por el lado opuesto. El filo de su espada alcanzó el flanco desprotegido por el escudo del adversario, pero sin suficiente fuerza para malherir, sobre todo porque Thorkill gozaba de la protección de una resistente coraza de mallas metálicas.

 

      De inmediato, el corpulento y rubio esbirro de Einar empujó con toda su enorme mole guarecida tras el escudo. El empellón hizo trastabillar a Anders; vio la espada de Thorkill alzándose y la paró con la suya, pero él no había recuperado del todo el equilibrio, que sobrevenía otro empellón igual al primero, y luego otro. El tercero fue el vencido: Anders cayó a tierra, en clara y peligrosa desventaja respecto a su adversario.

 

       -Se acabó-dijo Thorkill, con sonrisa triunfal y satisfecha.

 

      Balduino lo vio alzar la espada una vez más. En ese instante sintió como si un rayo le alcanzara y le recorriera el espinazo.

 

      Y al reaccionar, en el instante siguiente, se hallaba adonde jamás hubiera querido estar: inclinado sobre el cadáver de Anders, contemplado, sin poder creerlo, como en una pesadilla, el semblante de un joven muerto cuando recién empezaba a vivir.

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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 18:19

       Aquel día empezó como cualquier otro en Vindsborg. Balduino y su gente estaban ocupados trabajando, en este caso en apalear la nieve que se acumulaba sin descanso donde más estorbaba, y pensaban continuar luego con la construcción de la catapulta de turno. Dicho sea de paso, el pelirrojo estaba muy contento porque con cada catapulta que construían mejoraba mucho la calidad.

      -Jinetes-murmuró de pronto Gröhelle, cuyo único ojo valía por dos.

      Y en efecto, en la lejanía podía verse un grupo de hombres montados avanzando por una elevación del terreno desprovista de bosque; probablemente se trataba de una patrulla venida de Kvissensborg. Lo sorpresivo del caso fue que, no tanto tiempo más tarde, Balduino y sus hombres tenían a los cabalgantes casi junto a ellos.

      -¿Estoy loco, o es Einar quien viene en cabeza?-preguntó Balduino, entre el asombro y la indignación.

 

      -Ambas cosas-replicó Anders, sonriendo maliciosamente.

 

      -¿Y todavía se anima ese cerdo a salir de su chiquero para desafiarme?

 

      -Calma, muchacho, no sabemos a qué viene-aconsejó sabia y firmemente Thorvald-. Quizás incluso pase de largo con su pequeña escolta. En todo caso, si busca problemas, dáselos; pero ten cuidado de no encontrarlos tú.

 

      Por sensato que fuera el consejo, a Balduino le costaba reprimirse, porque a Einar, servil, traicionero y malicioso, lo asociaba con la eventual desgracia profetizada por Hendryk. Se lo vio tenso como un todo a punto de embestir; y Anders, Tarian y sobre todo Ulvgang lo rodearon, invitándolo a tomarse las cosas con calma.

 

      Cuando por fin Einar y su séquito, integrado por los diez hombres que se había permitido reservarse para su servicio, se hallaron ante Vindsborg, Balduino estaba ya aplacado, cosa siempre prudente si se avecina pelea, a la que nunca es conveniente lanzarse con furor ciego. Ello no quitaba que un sinfín de sarcasmos pujara por salir de su garganta, y se dio el gusto de comenzar a soltarlos ni bien tuvo a Einar frente a él:

 

      -Pero qué agradable sorpresa, si es mi viejo amigo Einar Einarson...-dijo, burlón, avanzando al encuentro de los jinetes, de armadura todos ellos-. ¿Vais a una especie de torneo de baja estofa o algo así?

 

      -Vengo a lavar mi honor-contestó fría y pomposamente Einar, intentando afectar dignidad.

 

      -Ah, ¿tenías, después de todo?... Qué maravilla, qué maravilla... Siempre se aprende algo nuevo. Ahora, si vas a lavarlo, no pierdas el tiempo, ¿eh?, que hasta donde sé, debe tener una mugre de siglos. Con alguien que te dé una mano y sin tomarte descansos, salvo para comer y dormir un rato, en treinta años terminas... Si la suerte te favorece, claro. Y si no, no te aflijas: ya que presumes de tus títulos nobiliarios, puedes incluir entre las piezas de tu escudo de armas una cagada, simbolo adecuado, además de innovador, para la Casa que fundarás...

 

      -Justo tú vienes a hablar de honorabilidad-masculló rabiosamente Einar-. Tú, bastardo cara de bosta colada...

 

      -Señor Cara de Bosta Colada para ti, gusano-lo interrumpió Balduino con desprecio-. Y como por un lado tu visita no me es grata ni viceversa, y por otro lado te noto un tanto más desafiante que la última vez que nos vimos, haz cuanto antes el berrinche que pensabas hacer, así te doy las debidas nalgadas, te envío a la cama sin postre y puedo ocuparme de cosas de adultos... ¿Qué quieres?

 

      -Deberías saberlo bien. He venido en busca de venganza.

 

      -Con razón traes tantos acompañantes. Muchos contra uno es el valiente estilo de lucha que preferís tú y tus secuaces... ¿Y de qué deseas vengarte, si puede saberse?

 

      -¡Deja de fingir que no lo sabes!-estalló Einar, colorado de ira-. Alardeas de valiente, pero sí que, por las dudas, preferiste ser furtivo para cortejar a Lyngheid, ¿eh?

 

      -¿Eh? ¿De qué hablas? ¿Has perdido el juicio, Einar?-preguntó el pelirrojo, estupefacto-. ¡Temo que los humos que se te subieron a la cabeza terminaron de nublarte el poco entendimiento que ya tienes!... ¿Cuándo me acerqué yo a tu estúpida hija?

 

      -Eso quisiera yo saberlo, pero tal vez te vuelva la memoria cuando veas qué regalito dejaste a Lyngheid en su vientre-replicó Einar, luchando por refrenar su cólera.

 

      Gilbert se volvió riendo hacia Hundi, su vecino más próximo, y le gritó al oído:

 

      -Así que el señor Cabellos de Fuego le llenó la bodega a la hija de Einar...

 

       -¡GILBERT!-tronó Karl, mientras la cólera de Einar iba en aumento.

 

      -Mira al mosca muerta-susurró Andrusier al oído de Honney.

 

       -Y justo esa hembra, tan buena que hasta el mascarón de proa del Zeesteuven habría abandonado su puesto para cogérsela...-replicó Honney.

 

       Inevitablemente, pululaban diálogos susurrados muy similares al de Andrusier y Honney, todos ellos mordaces y malignamente complacidos. Pero Anders estaba atribulado, y se acercó al pelirrojo para dar las explicaciones del caso.

 

      -Balduino...-murmuró.

 

       -Ahora no-cortó Balduino; y se volvió de nuevo hacia Einar-. Aclárame esto, que no entiendo nada.

 

      -¿Y todavía la tienes con que no entiendes?-se burló Einar-. ¿Y  te dices Caballero? ¿Tú, que no eres capaz de respetar ni la doncellez de una joven?

 

      -¡Pero no me hagas reír!-exclamó Balduino, siempre con Anders tirando de su manga para llamar su atención-. Si para algo hubiera valido la pena acercarme a tu hija... ¡Dije que ahora no!-Balduino estaba fastidiado. ¿Qué le pasaba a Anders?-...Si para algo hubiera valido la pena acercarme a ella, habría sido para buscar su doncellez. Pasa como con tu honor: según alguna leyenda muy olvidada, existe, pero yo recién me entero.

 

      -¡Sigue haciéndote el imbécil, Milpecas!... Claro, no es que precises mucho, el papel te sienta bien; pero la astucia te viene de manera muy oportuna si se trata de rehuir cobardemente un duelo.

 

      -¡Pero no digas estupideces!... Quieres que nos batamos a duelo, ¿eh? ¡Por mí, contigo y con todos los gansos que te escoltan! Lo único que digo es que no busques pretextos para ello... ¡ANDERS, DÉJAME EN PAZ, MÁS TARDE ME DICES CUALQUIER COSA QUE TENGAS QUE DECIRME!...

  

      -Si de algo vale tu palabra, exigiré una condición-dijo Einar, ya más calmo.

 

      -Ah, ¿encima es con exigencias la cosa?... Está bien... ¿A ver?

 

      -Si gano, recobro la autoridad sobre Kvissensborg.

 

      -¿Así que toda esta ridiculez es solamente para que puedas ser de nuevo el mandamás de tu prisión?... ¡De acuerdo, de acuerdo, tienes mi palabra! ¡Lástima que también podría prometerte el Cielo, que total, no tendré que cederte nada!... ¿Pelearemos con espadas, me imagino?

 

      -Así es. Pero no pelearé personalmente: designaré un campeón que me representará.

 

      ¡Lógico!... Sólo un tonto como yo podía suponer que alguien como tú, Einar, buscaría pelea y luego se haría cargo personalmente de ella, pensó Balduino con ironía.

 

      -Bueno, que venga ese campeón tuyo-dijo-. Quiero terminar esto cuanto antes.

 

      -Oh, también yo, también yo...-replicó venenosa, malignamente Einar-. ¡Thorkill!

 

      La llamada puso en marcha a un gran coloso rubio, de ojos verdes y barba puntiaguda: Thorkill Rolfson, en apariencia fiel servidor de Einar, pero que, en faenas más íntimas,  había servido también a Lyngheid. Traía una recia armadura con hombreras erizadas de púas y, apenas desmontado, desenvainó su espada. Balduino lo observó con los brazos cruzados y mucha curiosidad. Thorkill, al notar su atención puesta en él, ejecutó diestramente unos cuantos malabarismos y trucos con la espada. No era que no requiriesen cierta habilidad; pero la imagen de semejante bruto tratando de impresionar con juegos de manos que él ya dominaba y con los que se daba esos mismos aires a los quince años, fue demasiado para el pelirrojo, que no pudo evitar reírse hasta las lágrimas.

 

      -¡Bravo!-exclamó, parodiando un aplauso-. Y ahora iré por la mía y te demostraré, si tu seso te lo permite, que ¡aunque no lo creas, una espada puede usarse también para pelear!

 

      Hubo estruendosas carcajadas por parte de casi todos los hombres de Balduino, silenciosa rabia por parte de Einar y resoplidos de furor asesino por el lado de Thorkill. Alguien digno habría sonreído y demostrado con hechos que también esa función de la espada conocía de sobra. Pero él no era alguien digno...

 

      -No, pelearé yo-intervino por fin Anders, un tanto achicado-. Ha habido una confusión, eso quería decirte-dijo a Balduino, antes de volverse hacia Einar:-. Balduino es inocente en esto. He sido yo quien mancilló el honor de vuestra hija, no Balduino. Yo combatiré... Iré por mi espada.

 

      Y eso hizo, dejando a todos estupefactos y mirándose unos a otros.

 

      El bárbaro, desagradable semblante de Thorkill se recuperó pronto del asombro, y sus ojos recobraron pronto sus sanguinarios destellos. Era palpable su deseo de matar; y Balduino, que en alguna oportunidad recordaba haberlo visto mirando a Lyngheid o cerca de ella, comprendió que no sólo se proponía prestar un servicio a su señor sino, además, vengar sus celos de amante desdeñado.

 

       Un espasmo de frío horror estremeció a Balduino. Giró en dirección a Vindsborg, pero no llegó a hacer mucho más, porque varios de sus hombres se interpusieron en su camino.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, ¿qué vas a hacer?

 

       -Pelearé yo. Ese energúmeno sería capaz de matar a Anders.

 

       -¡A ti también, si vamos al caso!-exclamó Thorvald-. Fue el pichón quien se metió bajo las sábanas de la hija de Einar, no tú. Que asuma su culpa y se haga cargo. No lo malcríes.

 

      -Pero es responsabilidad mía haber enfurecido a ese Thorkill. Miradlo, está que parece un demonio.

 

      Y Balduino miró a Ulvgang, en busca de apoyo. Por qué a él y no a otro, sólo ellos lo sabían: era el único, aparte del mismo Balduino, que estaba al tanto del nefasto presagio de Hendryk.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, Anders quiere pelear-dijo Ulvgang-; por lo tanto, y puesto que él inicio todo, merece y debe hacerlo. No seas como esas hembras que prefieren a sus machos castrados antes que muertos. Además, el grumete puede vencer, pero ¡qué aliento le darás, si le demuestras que ya lo ves como cadáver!... ¿Qué tal si mejor le das unos cuantos consejos útiles?

 

      Varios de los presentes asintieron a esta sugerencia; y Balduino, viendo que nadie estaba de su lado y admitiendo, aunque a regañadientes, que Ulvgang tenía razón, tuvo que cambiar de planes y componer una máscara de seguridad y confianza aunque por dentro lo corroyera el miedo... Miedo por Anders, su escudero, su amigo, el hermano encontrado tan lejos de la casa paterna.

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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 00:04

      A partir de allí, Balduino, quien siempre había tenido que resistirse contra el propio y poderoso impulso de considerar a Adam un caso sin remedio, instintivamente empezó a verlo de otra manera. Ese individuo desagradable y decadente no existía: era sólo una cáscara que ocultaba a un Caballero. Tal vez yaciera en una cámara mortuoria, o tal vez estuviera moribundo o sólo malherido; pero allí había un Caballero. No pudo desprenderse de esa idea, pese a que las pruebas al respecto fueran un tanto difusas; y no le importó la posibilidad de que todo fuera un error, de que Adam no fuera más Caballero, e incluso lo fuera menos, que Thomen o Friedrik. Ahora sabía positivamente que incluso tras una grotesca piltrafa humana podía agazaparse una figura respetable, capaz de alzarse de nuevo en cualquier momento, magnífica y heroica... Y, cosa inquietante, que el más noble Caballero podía terminar convertido en una criatura irrisoria y lastimosa a la vez.

 

      Pero no tuvo tiempo de reflexionar sobre estas cosas. Halló otros múltiples motivos de preocupación. Ciertamente, enterarse de que al menos un Thröllwurm había estado merodeando cerca de las costas de Freyrstrande meses atrás lo alarmaba; pero no podía acelerar los trabajos mucho más de lo que ya estaban. Sí lamentaba no haberse enterado en su momento, más oportunamente, cuando las hembras de grifo estaban pariendo y él hubiera dispuesto de muchas crías que arrebatar y entrenar para sus fines. Es más, tal vez ya habrían crecido y alcanzado cierto nivel de entrenamiento... Pero era inútil llorar sobre la leche derramada. Como en las Gröhelnsklamer una hembra iba a parir fuera de época, Balduino aprovecharía esa circunstancia. Era de esperar que, si la guerra no había llegado a su fin, los Wurms continuaran al menos sin poner su atención sobre Freyrstrande hasta que las crías estuvieran crecidas y entrenadas para el combate.

 

      De cualquier modo, se sintió en el deber de advertir a los Príncipes Leprosos sobre el particular para que, por si acaso, estuvieran alertas.

 

      -¿Es eso lo que te tiene tan sombrío?-preguntó Evaristo de Caudix, notándolo carilargo.

 

      -No sé qué decirte. Tengo miedo, y la causa es la proximidad de una fecha-contestó Balduino; y habló del vaticinio hecho por Hendryk Jurgenson según el cual el próximo dieciocho de diciembre moriría alguien muy querido por él-. Y me pregunto si ocurrirá, y cómo; si tal vez los Wurms llegaran hasta aquí y devorarán a alguien muy ligado a mí; si un grifo se llevará a Hansi, como temí durante bastante tiempo, o un monstruo marino acabará con Tarian... Lamento visitaros trayendo sólo pesadumbre-se disculpó.

 

     -Sólo faltan dos días-observó Apolonio de Caudix.

 

      -Entendemos perfectamente tus sentimientos y no hace falta que pidas disculpas. Pero no todos los pronósticos se cumplen, y por lo tanto, haces mal en ponerle fecha a tu dolor-dijo Evaristo-. Los recién llegados a Caudix siempre están atentos a los síntomas de los más enfermos y presagian como inminentes unos fallecimientos que a menudo difieren por años de la fecha anunciada... Son cómicos.

 

      -En el fondo, no hacemos sino esperar nuestra propia muerte a lo largo de toda nuestra vida-terció Sergio de Caudix.

 

      -Aquí mismo, ¿no tenemos acaso a alguien que parece poner el corazón en acabar consigo misma, aunque con meros resultados, y sobre cuya fecha de defunción hacemos apuestas?-bromeó Evaristo, volviéndose hacia Wjoland, quien seguía rigurosamente disfrazada de leprosa, aunque unos cuantos de sus vendajes podían ser resultado de heridas generadas por su torpeza.

 

      -Siempre tan gracioso...-replicó Wjoland, parodiando una sonrisa y desatando carcajadas generales.

 

      Más tarde, aprovechando que Gabriel cabalgó junto a él durante parte del trayecto de regreso, le comentó, admirado:

 

      -Con qué filosofía y qué humor negro sobrellevan tus compañeros la idea de la muerte...

 

      -Comparada con otras veces, en esta ocasión estuvieron serios y solemnes al tocar el tema, en realidad-respondió Gabriel-. Es curioso, porque yo hago lo mismo, pero me molesta que ellos lo hagan. Debe ser que asusta menos la idea de la propia muerte que la de los seres queridos... No es uno quien queda de duelo en el primer caso.

 

      -Tú eres más joven y saludable y tienes, en teoría, más años por delante que ellos. Claro que en nuestra ocupación son muchos los que no llegan a viejos, y nosotros tal vez nos contemos entre los caídos antes de tiempo-dijo Balduino; y viendo que había quedado mucho camino atrás, añadió:-. Mejor emprendes el regreso.

 

      -Dime: ¿qué sabe Gudrun de lo que me has contado?

 

      -Le dije que algo amenaza Freyrstrande y que corre peligro; que conviene que se mantenga alerta, en visto y considerando que nada de lo que diga la mantendrá encerrada en su casa. Ella me preguntó por qué no era más concreto y yo... Bueno...

 

      -No digas más. Entiendo... ¿Qué concreto puedes ser, si todo esto viene a cuento por un augurio sumamente vago?

 

      -Hendryk habló de asesinato. Pero a las fieras se las llama asesinas; por lo tanto, ¿entraría el ataque de un lobo en esa categoría? A mi parecer, no... Pero los lobos rondan bastante el rebaño de Gudrun... O podría tratarse del Landskveisung fugado de Kvissensborg hace un tiempo... O podría tratarse de otra cosa que no imagino... Y por lo tanto no puedo ser más específico... Y por lo que te conté de Gudrun, ya puedes imaginar cómo reaccionó ella.

 

      -Vaya si puedo-contestó Gabriel, sonriendo tras sus vendajes.

 

      E imaginó la probable réplica de Gudrun, sin duda muy próxima a la realidad:

 

      -¿Que algo me amenaza? ¿Pero estáis borracho, señor Cabellos de Fuego? ¿Y cómo he de cuidarme más, si no sé de qué? ¡Tendré el mismo cuidado de siempre, que no será poco, os lo aseguro, pero ya no digáis tonterías de trasnochado!

 

      Balduino suspiró mientras Gabriel y él detenían sus cabalgaduras, ya a punto de despedirse. Era un día verdaderamente majestuoso y lúgubre, y muchos retazos de firmamento se veían tenebrosos como alas de cuervo, pero había también algunos parches blancos en tan tremenda oscuridad, los cuales relumbraban y por reflejo resaltaban el blanco de la nieve. El mar estaba embravecido, y el viento no daba tregua, de modo que para entenderse era preciso, casi, gritar.

 

      Días así hacían sentir muy pequeño a Balduino, y le recordaban la sensación, experimentada varias veces antes, de que Freyrstrande estaba retándolo a duelo. ¿Iba ahora a producirse el primer lance?

 

      -El mes que viene me llevaré de regreso a Wjoland; para entonces Arn no la buscará más, si aún sigue tras ella-dijo antes de que gabriel le pregunte nada sobre el tema.

 

     No estaba conforme con la fecha, habría preferido que fuera en febrero o marzo; pero creía en lo dicho, no era probable que pasado mediados de enero Arn continuara buscando a una fugitiva que por lógica tenía que haber muerto de frío.

 

      -Hago de Caballero con todos, salvo con mi novia-gruñó, volviendo a sus preocupaciones anteriores.

 

      -Bueno, te gustó porque era decidida e independiente, ¿no?

 

      -Sí, pero eso mismo me deja pocos pretextos para acercarme a ella.

 

      -¿Y los necesitas?

 

      -En cierto modo, porque tengo demasiadas obligaciones y cosas en qué pensar, y me siento un cretino si no cumplo con ellas.

 

      -¿Sabes qué, Balduino?: eres demasiado esclavo del deber. De deberes que a menudo tú mismo te impones. No exageres. Házte el favor de relajarte un poco. ve a lo de Gudrun y házle el amor como una fiera.

 

       Balduino se volvió hacia Gabriel, y no pudo evitar sonreír al ver la picardía en los ojos y labios del joven Leproso.

 

      Y esa noche y la siguiente, hizo caso del consejo: fue a casa de Gudrun, y le hizo el amor como una fiera, aunque lo que mejor le vino, como siempre, fue el mero hecho de sentirla a su lado.

 

      Y luego llegó la fecha anunciada como trágica, el dieciocho de enero.

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1 junio 2010 2 01 /06 /junio /2010 23:10

      ¿Habría Adam, tal vez, ingresado en la Orden del Viento Negro ya con malas intenciones, quizás por un breve lapso y sólo a efectos de entregarla a los enemigos de aquélla, atada de pies y manos? ¿Habría salido mal su plan, viéndose obligado a huir?

 

      A priori parecía factible. La crisis del Monte Desolación no había hecho posible un control estricto del carácter de quienes venían a sumarse a las huestes del Viento Negro, por entonces muy necesitadas de refuerzos. Era hecho sabido que la falta de organización había favorecido la infiltración, si no en la Orden misma, sí en sus inmediaciones, de personas que luego resultaron canallas manifiestos. Alguien podía haber llegado todavía más allá, intentando una traición fallida y huyendo luego por temores a eventuales represalias, quizás incluso antes de que se descubriera dicha traición.

 

      Pero, ¿recordaría Méntor con tanta facilidad una cara vista por breve tiempo y entre muchas otras en el Monte Desolación? Tal vez, tratándose de alguien descollante. Pero en ese caso, ¿por qué las historias del Monte Desolación no mencionaban a nadie a quien se pudiera asociar, aunque más no fuera remotamente, a Adam? Era obvio que éste, caso de haber estado en el Monte Desolación, no se había hecho notar mucho, al menos hasta la hipotética traición y posterior fuga.

 

      Pero si Adam había intentado traicionar a la Orden, ¿por qué ahora no lo había confesado ante Méntor? Adam carecía de valor para quitarse la vida él mismo, pero siempre había manifestado su deseo de volver a Kvissensborg para que lo ahorcaran de una vez por todas. Esto era así, sobre todo, desde que ya no tenía Fuego de Lobo con que aturdirse. Y la razón por la que deseaba ser ejecutado era que la sacaría más barata que a manos de La Hermandad a la que había traicionado. Tal vez Adam, aun prefiriendo morir de otra forma, temía la venganza de la Orden del Viento Negro tanto como por parte de La Hermandad. Y en todo caso, alguien que teme venganzas no se muestra irrespetuoso y burlón como lo había sido Adam con Méntor, conforme al relato de Adler. Además, un traidor que es descubierto, especialmente alguien cobarde como supuestamente era Adam, ¿no pondría distancia entre él y los traicionados? Lo había hecho, sabiamente, con La Hermandad; no así con Dagoberto y Méntor al llegar éstos a Freyrstrande. Por lo tanto, no les tenía temor; sin contar que, según creía Balduino, el rostro de un traidor debía ser difícil de olvidar, y sonaba un tanto raro que Méntor recordara el rostro pero no la traición a la que en teoría estaba vinculado.

 

      El conjunto se veía caótico y sumamente hipotético; Balduino podía sólo especular acerca de lo que le parecía más probable, pero carecía de seguridades. No obstante, admitiendo que realmente Adam hubiera sido parte, alguna vez, de la Orden del Viento Negro e incluso estado en el Monte Desolación, tenía que haber militado entre sus filas al menos durante unos años, si todavía alguien recordaba su rostro; a menos, claro, que la memoria de Méntor fuera excepcional para las caras, lo que tampoco era imposible. El Drake por ese tiempo estaba constantemente volando de aquí para allá, ayudando como podía, sin detenerse mucho en ningún lado y llegando a conocer bien a muy pocos de los protagonistas de la famosa gesta. Pero sin duda, luego de algunos años, debió estar muy familiarizado con muchos rostros; entre ellos, tal vez, el de Adam. Y éste se había ido de la Orden, por decirlo de alguna manera, en buenos términos, sin dejar recuerdos nefastos en ella. Eso sí, tenía que haberse ido sin pedir permiso previo, pues no le habría sido concedido; ni a  viejos o lisiados concedía la Orden el retiro, aunque se encomendaran a éstos puestos o misiones acordes a su condición física y mental. La Orden se abandonaba sólo con la muerte... O con una deserción exitosa.

 

      Ahora Balduino sentía estar pisando un terreno más firme porque, de haber sido ésa la historia, la Orden difícilmente castigaría ahora una deserción que datara de muchos años atrás, a menos que la misma se hubiese visto acompañada de algo más grave. Pero restaba saber los motivos de Adam para abandonarla, si se descartaba una traición y el temor a la venganza. ¿Lo había tentado ya entonces La Hermandad con dinero y poder? Balduino lo encontraba inconcebible. El honor de la Caballería valía más que mil coronas juntas... Y sin embargo, se decía que varios de los muertos en la célebre redada del Día de los Altares Rojos, el máximo golpe asestado contra La Hermandad, habían sido Caballeros traidores a su honor y a sus juramentos; de modo que la idea no podía desecharse del todo.

 

      O tal vez Adam se hubiera enamorado. Los idilios estaban tan restringidos en la Orden, por no decir prohibidos, que realmente había que pensarlo mucho antes de ingresar a ella, y no resultaba tan sorprendente que cierto número de Caballeros hubieran terminado amancebados unos con otros. Que Balduino supiera, Adam jamás había vivido en pareja, pero la verdad era que no sabía casi nada de él, y la mejor prueba de ello era que allí estaba tratando de reconstruir lo que, tal vez y sólo tal vez, fuera su pasado.

 

      Por un lado, la idea no dejaba de tener cierta coherencia. Era plausible que Adam se hubiera enamorado de alguna joven y escapado con ella. Enterados de su fuga, los líderes de la Orden habrían ordenado perseguirlos, pero ¿y luego?... Seguramente los habían encontrado, bien porque la muchacha no supiera cabalgar, bien porque Adam y ella montasen el mismo animal, haciendo que éste se retrasase por cargar con mayor peso. Balduino no podía ni quería creer que la Orden optara por deshacerse drásticamente de la pareja, pero sí era posible que un Caballero fanático y necio tomara por su cuenta esa iniciativa. ¿Por eso lo odiaba Adam? ¿Odiaba tal vez a todos los Caballeros porque uno había asesinado a su amada?

 

      Resultaba tentador imaginar algo así, pero poco probable. Balduino se imaginaba a sí mismo huyendo con Gudrun de cualesquiera enemigos. Caso de que ella resultara muerta durante la huida, el corazón se le partiría de dolor, y ya todo le daría lo mismo; y para empezar, no pararía hasta ver muertos a los culpables. Si éstos eran Caballeros del Viento Negro, cegado por el dolor, no dudaría en responsabilizar a la Orden entera, y trataría de destruirla antes de sucumbir él mismo en el intento.

 

      ¿Habría sido Adam más racional? ¿Puede alguien serlo, cuando ha perdido a quien más ama?

 

      Pero, ¿qué otros motivos podía tener Adam para odiarlo a él, a Balduino, si sólo era por su condición de Caballero? Tal vez que lo fuese nada tuviera que ver, y sólo lo aborreciese por haber destruido sus reservas de Fuego de Lobo. Eso  había creído Balduino, pero Adler parecía no compartir esta opinión:

 

      -Si tuviera la intención de que se sepa que fue un Caballero, ya nos lo habría dicho, o lo habría admitido ante Méntor, al menos.

 

      -Quizás no había nada que admitir.

 

       -No sé, me pareció que estaba más burlón de lo habitual. Además, te odia, y lo sabes. Es el único en Vindsborg que te odia con alma y vida.

 

      -Sí, porque lo privé de su bendito Fuego de Lobo.

 

      -¡Si a Ursula también la odia!...

 

      No se le había ocurrido a Balduino, durante aquel diálogo, preguntar a Adler sus motivos, pero indudablemente consideraba que el odio que le profesaba Adam nada tenía que ver con el hecho de que le hubiese destruido sus reservas de Fuego de LoboAdler y Snarki estaban entre quienes mejor conocían a Adam, y tal vez supieran cosas que Balduino ignorara. Y al parecer, Adler vinculaba el odio del larguirucho por Balduino a la misma condición de Caballero de éste, como si no quisiese admitir que él también había sido aquello que tanto aborrecía. De otro modo no se entendía que del tono irónico empleado por Adam al creer reconocerlo Méntor como un antiguo Caballero, pasara Adler, sin más y como relacionándolo con lo anterior, al odio que Adam sentía por el pelirrojo.

 

      Y tal como Adler había contado la historia, daba la impresión de que Adam mismo se había puesto en evidencia ante Méntor. Este había comenzando reconociéndolo como alguien que había participado de los acontecimientos del Monte Desolación, no necesariamente como un Caballero; de despertar sospechas de que lo hubiera sido, precisamente por burlarse de esa posibilidad cuando nadie la había insinuado, se había encargado el propio Adam. Ahora bien, si efectivamente había sido Caballero, y si no el dinero, el poder o el amor, ¿qué lo había hecho abandonar la Orden?

 

      Esta última pregunta fue la que Balduino formuló vagamente a Thorvald. No dio nombres ni precisiones, limitándose a preguntarle si se le ocurría algún motivo por el cual un Caballero pudiera ya no querer ser tal.

 

      -No lo sé, muchacho-murmuró Thorvald, con una chispa risueña en sus habitualmente fríos ojos azules-. Si no lo sabes tú...

 

      -Pero aunque no exactamente un Caballero, sí fuiste un guerrero de los buenos, y muy famoso en tu tiempo-señaló Balduino.

 

      -En ese caso, en mí tienes la respuesta. Renuncié por decepción, impotencia y frustración. Por ser viejo, en suma.

 

      -Pero el Caballero en quien pienso era joven cuando renunció hace mucho tiempo. ¿Podría ser por esos mismos motivos?

 

      -Sí, claro. Si te sientes decepcionado, impotente y frustrado de manera crónica, puede decirse que eres viejo aunque tengas quince años. Cuando ves que el Mal se reproduce y prospera como hierba venenosa; cuando ves a otros regando y abonando ese feo cultivo para que crezca mejor; cuando no falta quien te reproche que no logres extirparlo, siendo así que sudas sangre usando la espada a modo de guadaña, ardes en deseos de mandar todo al carajo y dejar que se encarguen otros de esa tarea, ya que son tan buenos para criticar.

 

      -¿Y está también el caso del segador que se transforma en cizaña?

 

      -Seguro. Nos pasa a todos un poco.Pero, sabes, no vale la pena empeñarse en ser una cizaña vigorosa si uno fue segador concienzudo; esas cosas no salen bien, por más que uno se lo proponga. Se consigue apenas ser una pobre, esmirriada y pálida maleza que sólo mueve a lástima.

 

      Y Balduino experimentó un sacudón ante la última frase, que parecía ajustarse como anillo al dedo a Adam, pues ¿quién sino él inspiraba lástima, ese sentimiento en el que confluyen por igual la compasión y la repugnancia? No sirvo para nada, sólía decir antes, con la esperanza de que se le permitiera simplemente estar tirado por ahí, aspirando Fuego de Lobo. ¿Había fracasado Adam primero como segador y luego como cizaña? Ciertamente, como malvado no había llegado muy lejos. ¿Tal vez porque su impulso era ponerse en el otro bando? ¿Y lo odiaría entonces a él, a Balduino, no por envidia, sino por recordarle con su mera presencia un deber que había dejado incumplido?

 

      -Espero no terminar así algún día-musitó Balduino para sí mismo; y la enorme manaza de Thorvald se posó sobre su hombro en señal de comprensión y apoyo.

 

      Quedó por un momento pensando en la mirada de Adam, mirada de hombre que ha visto demasiado y al que habría convenido más seguir en la ignorancia. Se preguntó qué horrores sin nombre podían convertir a un idealista en una criatura mísera y cínica, sin otro deseo en la vida que aspirar sustancias malsanas para engañar a su cerebro hasta que sobrevenga el fin.

 

      Y por un instante, mientras se hacía esta pregunta, se sintió transido de miedo como nunca en su vida.

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1 junio 2010 2 01 /06 /junio /2010 17:20

CXC

      No halló la respuesta esa misma noche, sino después de varios días de reflexión y tras consul tar con tacto a Thorvald, quien tenía más experiencia que él en eso de estudiar el carácter de la gente. Increíblemente, cuanto más lo pensaba, más llegaba a la conclusión de que, si la descripción hecha por Adler era fiel a la realidad, Méntor no se había equivocado al reconocer en Adam a un Caballero presente en los sucesos del Monte Desolación.

 

      La primera objeción que podía plantearse contra tal hipótesis era que Dagoberto de Mortissend, protagonista también de la famosa gesta, no se había mosqueado al ver a Adam, ni el rostro de éste había despertado algo en su cerebro, al menos hasta donde se sabía. Parecía más probable, por lo tanto, que Méntor se hubiese equivocado; y sin embargo, no era posible estar seguros. Méntor y Adam se habían visto a solas, uno frente a otro. En tales condiciones es más fácil identificar a un conocido al que no se ve desde hace mucho tiempo, que si se lo encuentra mezclado con otra gente; y Dagoberto de Mortissend no había visto a Adam más que en compañía de muchas personas. Y su mente se hallaba distraída por otras preocupaciones, como por ejemplo las posibles consecuencias de la eventual liberación de Kehlensneiter. Durante la cena en Vindsborg, prácticamente no había tenido ojos ni oídos más que para Ulvgang y algunos secuaces de éste. Si había reparado en Adam, no lo demostró.

 

       Era evidente, por otra parte, que si Adam había sido Caballero años atrás, debía haberse visto entonces muy diferente del larguirucho desgarbado, cachazudo y amargo que todos conocían ahora. Podía no haber sido especialmente corpulento, pero sin duda estaba en mucho mejor estado físico que ahora, y lo mismo a nivel mental y espiritual. La inacción y el prolongado consumo de Sales de las Brujas, más algún otro factor desconocido, lo habían transformado en la piltrafa que era actualmente.

 

      Este último pensamiento entristecía a Balduino más allá de lo humanamente imaginable, sobre todo porque, caso de que Adam realmente hubiese sido caballero alguna vez, tenía que haber servido en la Orden del Viento Negro, los buenos en la historia del Monte Desolación. Pues entre los malos, la Orden de la Doble Rosa, militaban únicamente nobles, y no cabía dudar de la extracción villana de Adam. Lo que significaba, en otras palabras, que un hombre de ideales elevados y defensor de causas nobles se había rebajado a ser un vil lacayo de la siniestra Hermandad, esa horripilante cofradía de adictos a la magia negra responsable, entre otras cosas, de la producción y tráfico de Sales de las Brujas que año tras año segaban las vidas de tantos jóvenes y otros no tan jóvenes.

 

      Cómo podía haber tenido lugar esa fea, monstruosa metamorfosis, era difícil de dilucidar. Balduino se planteó varias hipótesis y las fue eliminando una por una, a medida que creía encontrar huecos o lagunas en ellas.

 

      Una posibilidad era que el Caballero Adam se hubiera sentido disminuido o humillado en relación a sus pares. Podía ser que se sintiera menos fuerte que el resto, y que eso le provocara envidia, una envidia que con el tiempo hubiera crecido hasta niveles desmesurados, haciéndose incontrolable y generando odio hacia los camaradas que lo superaban en los aspectos que en él eran talón de Aquiles. Por  fin, Adam habría abandonado la Orden, resentido, y habría terminado pasándose al otro bandom tal vez incluso con secretos anhelos de vengarse de aquellos que lo habían hecho sentirse inferior.

 

       Era una situación común y recurrente en cuentos y leyendas de gesta, pero ¿también en la vida real?... En su adolescencia, Balduino había sufrido el cruel espoleo de la envidia al hallar a otros muchachos que manejaban las armas mejor que él, pero a éstos los trataba con cortesía tanto más llamativa cuanto que en aquella época trataba con desprecio a casi todo el mundo. Y es que tramar venganza contra ellos habría sido reconocer su propia inferioridad, algo que no hubiera podido soportar. Podía envidiarlos, podía detestarlos, podía desearles lo peor; pero siempre para sus adentros. En lo externo se había mostrado excepcionalmente caballeresco, lo que le había granjeado efímeras simpatías por su condición de buen perdedor. Por desgracia, Balduino entrenaba concienzudamente para no ser el perdedor por mucho tiempo; y al volverse vencedor, su amabilidad tendía a esfumarse.

 

       ¿Y qué era entonces de los otros, es decir, de quienes alguna vez habían sido mejores que Balduino y luego les tocaba ser superados por él? Habían tenido reacciones muy dispares, pero casi ninguno aceptó de buen grado verse rebasado por el otrora buen perdedor. Algunos, sin poder contener su despecho, se alejar mascullando imprecaciones muy amargas. Otros intentaron, con mayor o menor éxito, ser tan buenos perdedores como antes lo había sido Balduino. Si en su mayoría no lo lograron, la altanería del pelirrojo tuvo bastante que ver, pero esta misma altanería los motivó para, furiosos, ponerse a practicar también ellos como locos con el fin de recobrar su supremacía.

 

      Jamás lo lograron. Una vez alcanzada la cima, Balduino se esforzaba por permanecer allí, entrenando cada vez con mayor rigor. Sus compañeros de armas, aun detestándolo y deseando desbancarlo del primer puesto, tenían otros intereses que recién ahora Balduino encontraba más válidos, como disfrutar de una reunión con amigos. Por consiguiente, repartían tiempo y energías entre estos varios intereses, mientras que Balduino se concentraba fanáticamente en un único objetivo, llegar a ser el mejor en lo suyo. En estas condiciones, les habría sido imposible que superarlo de nuevo. Habrían podido entonces llegar a la conclusión de que tanto fanatismo era exagerado, que la vida no era sólo entrenar para ser el mejor, que Balduino no era más que un tonto con desmesurados humos; pero tampoco ellos eran inteligentes, y verse vencidos una y otra vez por alguien que ahora les resultaba repelente los humillaba y llenaba de encono. De envidiados habían pasado a ser los envidiosos.

 

      ¡Envidia de qué!, pensaba ahora Balduino, sonriendo irónicamente y pensando que aquellos muchachos tal vez tuvieran sobre él ciertas ventajas que no veían o no sabían apreciar, como una buena familia, por ejemplo. De cualquier manera, lo habían envidiado, obrando en consecuencia. Primero le habían traído otros adversarios con los cuales contender; pero nadie experimenta por cabeza ajena, y menos cuando el ego nubla la razón. Así que algunos de estos adversarios vencieron a Balduino, mas la actitud de buen perdedor de éste y la respetuosa inclinación de cabeza con que honró sus victorias les impidió mostrarse soberbios con él, algo que más tarde lamentaron cuando se invirtió la situación y los vencidos fueron ellos. Por último un vengativo grupo se confabuló para darle una paliza, pero no siendo más que seis, terminaron tan golpeados como Balduino, y además los superiores de la Orden los separaron y repartieron castigos: a los humillados, por ataque cobarde a un camarada y por no ser capaces de gobernar sus pasiones, mientras que Benjamin Ben Jakob sancionó por enésima vez y con mayor rigor que nunca a Balduino por su abierto desdén y altivez. Se impartieron además severas amonestaciones a un lado y a otro, y allí concluyó la cosa. Para entonces, la Orden del Viento Negro reclutaba a sus miembros sobre todo priorizando su valores éticos y fibra moral, y posiblemente porque en eso los compañeros de armas de Balduino merecían pocos reproches, dejaron el asunto ahí. En lo sucesivo rehuyeron más que antes la compañía del pelirrojo, pero eso fue todo.

 

      En tiempos del Monte Desolación, la Orden estaba poco más que en fase embrionaria y era, quizás, menos selectiva con sus miembros; por lo que aumentaban las posibilidades de que uno de ellos, envidioso y vengativo, se hubiera puesto al servicio del Mal. ¿Podía haber sido el caso de Adam?

 

      El problema era que en Vindsborg casi no había nadie que no pudiera darle motivos para sentirse humillado, si tal era el caso, porque todos lo superaban en fuerza y casi seguramente también en valor. Adam no quería a nadie pero, como dijera Adler, detestaba realmente sólo a Balduino y Ursula. Más allá de que en este último caso el sentimiento fuera mutuo, un hombre tal vez tolere ser superado por otro hombre, pero difícilmente soporte que lo aventaje una mujer, y menos en cuestiones tradicionalmente viriles. Ursula era más fuerte que Adam, y podía suponerse que también más valiente, aunque ahora Balduino tuviera dudas respecto al alcance del valor de Adam, pensando que tal vez lo que había interpretado por cobardía fuera en realidad cualquier otra cosa. De cualquier forma, la presencia de la hombruna mujer acentuaba el patetismo de Adam, de modo que se entendía que éste la aborreciera: a su lado de sentía más insignificante que nunca.

 

      Pero, ya se ha dicho, ser superado por otro hombre duele ya menos. Y a Adam le importaba un comino que Thorvald, Ulvgang o Anders fueran más fuertes e incluso más valientes que él; ¿por qué habría de importarle, entonces, que también Balduino lo fuera? Y si por alguien era capaz de sentir afecto aquel ser miserable era por Tarian, también más fuerte y más valiente que él. Y es que hasta el más insignificante insecto parecía más fuerte y más valiente que Adam, y Balduino no veía qué otra cosa pudiera envidiarle a él para tenerle especial inquina... a menos que fuera su misma condición de Caballero, lo único que nadie más poseía en Vindsborg. Si no se trataba de eso, la envidia nada tenía que ver en el odio que Balduino le inspiraba, y si tenía que ver, de todos modos sentimientos similares no explicaban que hubiera abandonado la Orden, si en verdad había pertenecido a ella. Pero sí podía ser que lo hubieran expulsado por alguna causa y envidiara a los que aún eran Caballeros. Y de ser así, ¿por qué lo habían expulsado?

 

      Podía ser que hubiera demostrado no ser trigo limpio, pero la Orden no admitía términos medios en materia de honorabilidad; o las faltas se consideraban leves y se aplicaban castigos proporcionales, o eran graves y se castigaban con la muerte. Obligados a mantenerse en la clandestinidad, los Caballeros del Viento Negro no podían darse el lujo de dejar vivos y libres a traidores en potencia. Pero, ¿y si uno de éstos lograba escapar antes de consumarse la sentencia en su contra? En tal caso, tras una razonable búsqueda, sólo cabría desear que el potencial traidor no lo fuera tanto, y que no los vendiera. Podía haber sido éste el caso de Adam, quien luego había traicionado a La Hermandad cuando trabajaba para ésta. De ser cierta esta hipótesis, debía reconocérsele que no hubiera hecho otro tanto con la Orden del Viento Negro. A menos, claro, que lo hubiese intentado sin éxito; pero esto ofrecía un abanico tan amplio y complicado de posibilidades, que Balduino prefirió dejarlas de lado, al menos por el momento.

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1 junio 2010 2 01 /06 /junio /2010 16:15

      Esa noche, sin embargo, correspondió a Balduino montar guardia en el torreón; y Adler fue a verlo allí y le describió el diálogo entre Adam y Méntor, que dejó pensativo al pelirrojo. Al principio, es verdad, no le dio mayor trascendencia, en parte porque no parecía haber información importante en dicho diálogo y en parte porque posiblemente no se tratase más que de una confusión por parte de Méntor.

 

      -Después de todo-razonó, acuclillado en el suelo y calentándose junto al brasero-, tú mismo dices que aseguró que el frío alela a los de su especie. En esas condiciones pudo perfectamente ver una princesa en un sapo.

 

     Pero en el semblante tachonado de cicatrices de viruela de Adler danzaban muchas dudas.

 

      -Ese es el punto, señor Cabellos de Fuego. Méntor no parecía alelado. Su habla era coherente, y decía que el volcán de Eldersholme lo había ayudado a calentarse-replicó-. Estoy seguro de que no alucinaba ni se confundió de persona. Adam, alguna vez, fue Caballero y estuvo en ese Monte Desolación del que tanto nos hablasteis.

 

      Balduino sonrió, inevitablemente escéptico. Adam tenía alrededor de cuarenta años, edad que lo capacitaba perfectamente para haber presenciado los acontecimientos provocados por el estallido del Monte Desolación, en Nemorea; lo inaceptable para cualquier cerebro sensato y lógico era que semejante alfeñique escuálido alguna vez hubiera cabalgado revestido de armadura. Por no hablar del carácter resentido, amargo y cínico de Adam, impensable en alguien que se tuviera por paladín de ideales nobles.

 

      -Es poco probable-observó.

 

      -Tal vez; pero, ¿imposible?-preguntó Adler.

 

      -¿Y qué mejor forma de saberlo, sino preguntándole a él?

 

      -Si tuviera intención de que algo así se supiera, nos lo habría dicho ya, o al menos lo habría admitido ante Méntor.

 

      -Quizás no había nada que admitir.

 

      -No sé, me pareció que Adam estaba más burlón de lo habitual en él. Además, te odia, y lo sabes. Es el único en Vindsborg que te aborrece con alma y vida.

 

      -Sí, porque lo privé de su querido Fuego de Lobo.

 

      -¡A Ursula también la odia!

 

      -Porque ella lo llama alfeñique, medio hombre y esas cosas.

 

      -¡Pero Adam no odia a nadie más!

 

      -Adler, ¿a dónde quieres llegar? No entiendo qué tiene que ver a quién ame u odie Adam con el hecho de que él fuera o no fuera Caballero.

 

      Y se veía que Adler tenía ideas muy concretas, pero su incultura le impedía expresarlas cabalmente; de modo que, tras luchar con su propio primitivismo durante un rato, decidió que no había más que hacer, y declaró:

 

      -Me voy a dormir.

 

      -¿Y vas a dejarme así?-preguntó Balduino, tan indignado como un niño que se queda sin oir el final de un cuento muy interesante.

 

      -¿Y qué quieres que haga?... Buenas noches, señor Cabellos de Fuego.

 

      Adler inició el descenso, y Balduino quedó allí, en la penumbra del torreón, frustrado. No obstante, un hombre que monta guardia tiene tiempo de sobra para meditar. Era poco probable que Adam hubiera sido Caballero. ¿Imposible?... Adler había dejado la pregunta pendiente de respuesta para que Balduino decidiera cómo contestar correctamente. Era una especie de reto y el pelirrojo, tácitamente, lo aceptó.

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30 mayo 2010 7 30 /05 /mayo /2010 19:55

      Después del dasayuno, toda la dotación de Vindsborg salió a despedir a Dagoberto de Mortissend y Méntor, quienes proseguirían viaje hacia el Este.

 

      -Señor, si antes de partir quisierais inspeccionar Kvissensborg, estoy a vuestras órdenes-dijo Balduino.

 

      -No, me basta con lo que ya he visto-aseguró Dagoberto.

 

      Estaba seguro de que Balduino no tramaba nada sucio; su mirada era ahora noble, transparente y tremendamente humana, no despectiva y altanera como él la recordaba. Sin embargo, también habría esado seguro de que Ulvgang era hombre íntegro y de elevados sentimientos, si no hubiera sabido que antes se lo conocía como Sundeneschrackt, "El Terror de los Estrechos"... Este pensamiento le hizo reflexionar que, por si acaso, debía tomar precauciones adicionales. Haría una breve visita a los Príncipes Leprosos, en la desembocadura del Viduvosalv, antes de seguir viaje hacia Christendom. Y a la vuelta inspeccionaría Kvissensborg sorpresivamente. Como la fortaleza estaba a cargo de un miembro de la Orden a la que pertenecía, la ley lo facultaba para hacerlo, o eso suponía Dagoberto. De todas maneras, gnte que había caído en el engaño de Balduino caería, sin duda, en el suyo.

 

      -Respecto a vuestros planes, no puedo impedirlos, como quisiera-dijo, refiriéndose a la puesta en libertad de Hendryk y Kehlensneiter-; no obstante, si ser Caballero aún significa algo para vos, honraréis vuestra condición de tal posponiéndolos hasta que recibáis una segunda visita.

 

      Balduino temía la fatídica fecha del 18 de diciembre vaticinada por Hendryk como día de desgracia y luto, y no pensaba liberar a aquél y a Kehlensneiter sino hasta después de que la fecha en cuestión hubiera transcurrido, no fueran a ser ellos mismos los autores de la calamidad anunciada. Esperar un poco más no importaría.

 

     -Ser Caballero lo es todo para mí, señor-contestó-. ¿Cuándo he de esperar esa segunda visita?

 

      -Eso no puedo asegurarlo.

 

      -Esperaré un mes. No puedo posponer más tiempo la ejecución de mis planes, y no quiero prometeros nada que no pueda cumplir.

 

      -Un mes es poco tiempo. Concedednos tres meses.

 

      -Un mes y medio como mucho. Más, imposible. Quisiera poder demostrar mi lealtad, si no a la Orden, al menos a los ideales caballerescos; pero no a costa de arriesgar la seguridad de Freyrstrande. Habéis visto que aún resta mucho para hacer aquí.

 

      -Pero los Wurms ni se han acercado a estas costas...

 

      -No necesariamente significa que no vayan a hacerlo. Por momentos me obsesiona la idea de que, si no se han dejado ver por Drakenstadt ni Ramtala estos días, tal vez ello de deba a que se nos estén acercandio, ocultos entre las islas del archipiélago. De veras, señor, seré desleal a la Orden si tengo que hacerlo, pero os ruego que no me empujéis vos mismo a esa deslealtad.

 

      -De acuerdo, de acuerdo. Mes y medio. Treinta y uno de enero como fecha de expiración del plazo.

 

      -¿Y seréis vos quien me visite de nuevo, señor?

 

      -No. Tal vez nos veamos de nuevo antes del treinta y uno de enero, pero eso será aparte. Otra persona vendrá a confirmar o refutar mis juicios sobre vos.

 

      -¿El señor Ben Jakob, quizás?-preguntó Balduino, quien anhelaba volver a ver al hombre que lo había guiado en sus primeros pasos hacia la Caballería.

 

      -No sé, no sé-contestó evasivamente Dagoberto, aunque sabía de sobra que, en efecto, sería Benjamin Ben Jakob quien viniera-. De cualquier modo, hasta esa fecha no hagáis nada de lo hablado.

 

      -Tenéis mi palabra, señor.

 

      -Adiós, señor Balduino de Rabenland, Caballero del Viento Negro; hasta más ver, señores.

 

      Dagoberto de Mortissend montó sobre el Drake mientras todos los demás hincaban rodilla en tierra. Luego Méntor, quien había estudiado la dirección del viento para estimar por dónde convendría remontar vuelo antes de tomar rumbo definitivo, avanzó hacia la carrera hacia el Sur, imponente y terrible como una mágica y formidable máquina de guerra a la carga, antes de propulsarse hacia arriba con un envión de los potentes músculos de sus elásticos miembros.

 

      El despegue del reptil había tenido a todos como hechizados; ya con Méntor ganando los cielos, el encantamiento se fue apagando, y Balduino se encontró con que buena parte de sus hombres lo rodeaban y le hacían preguntas. La mayoría sólo buscaba saber si realmente Balduino creía que tal vez los Wurms estuvieran acercándose a Freyrstrande.

 

      -Puede ser, no sé-contestó Balduino; y no advirtió que Ursula parecía atónita y alarmada.

 

      -Podías haberme presentado ante el señor de Mortissend-reprochó Anders, con cara sombría.

 

      -¿Qué quieres decir? ¡Si te presenté!

 

      -Sí, pero junto a todos los demás. Podías haber recalcado lo lealmente que te serví todo este tiempo. Salvo por la bufonada ocurrida durante la cena, el señor de Mortissend ni sabe que existo.

 

      -Hombre, qué no va a saber que existes... Un muchacho fuerte y apuesto como tú siempre llama la atención, aun sin proponérselo-aseguró Balduino, quien creía en lo que decía, pero que de todos modos sabía que a veces era necesario adular un poco a Anders para tenerlo contento-. Además, las palabras se olvidan con facilidad, pero un día Dagoberto de Mortissend te verá combatir, y no te olvidará jamás. No en vano aprendiste del mejor-bromeó.

 

      -¡Hum!-gruñó Anders, desconcertado. ¿Intentaba Balduino adormecerlo con música grata a sus oídos? Sin embargo, decía la verdad, ¿no? Un muchacho fuerte y apuesto como él, ¿no llamaba la atención aun sin proponérselo? Flexionó los brazos y estudió sus bíceps con un enamoramiento de sí mismo que en ese momento y en tal terreno habría hecho quedar como mero principiante al mismísimo Narciso.

 

      Balduino meneó la cabeza y sonrió divertido. Otro que no fuera Anders tal vez se habría visto pedante e imbécil, pero él tenía cierto aire tierno e infantil de niño pequeño que descubre maravillado su propio cuerpo. ¿Quién podía irritarse con alguien así?

 

      -Señor Cabellos de Fuego... ¿Me parece, o no le has dicho a este capitancito tuyo algunas cosas acerca de los Wurms?-preguntó Ursula.

 

      La pregunta era extraña. Balduino, no entendiéndola, preguntó a su vez:

 

      -¿Y qué había para decirle?... ¡Si él tenía más cosas para informarme sobre ese tema, que yo a él!

 

      -Hmmmm... Pero si no he entendido mal, él se fue creyendo que los Wurms ni se han acercado a estas costas...

 

      -¡Por supuesto!-terció Andrusier, exasperado-. ¡Mujer, y kalderniana además, tenías que ser para decir gansadas así!... ¿Cuándo los has visto tú en Freyrstrande, salvo cuando estabas pasada de aquavit?

 

      Ursula se volvió hacia él.

 

      -Imbécil, ¿y el que hundió el Valhöll no cuenta para nada?...

 

       Y acto seguido miró de nuevo a Balduino, asombrándose de verlo pálido y a medio camino entre el miedo y el furor.

 

       -Un momento-precisó el pelirrojo-. Hubo una tormenta. Ulvgang y yo estábamos esa noche en Eldersholme... ¡Y... la tormenta... hundió el barco en el que viajabas!-añadió, pronunciando la última frase con deliberada lentitud y como a la espera de que Ursula entendiera muy bien cada una de sus palabras antes de aprobarlas.

 

      -¡No!-exclamó Ursula, porfiada-. O al menos no del todo. Sí, la tormenta fue el golpe de gracia, ¡pero fue el lomo de un Thröllwurm lo que horadó el casco del Valhöll!... ¡No me dirás que no lo sabías!...

 

      Balduino permaneció mudo de horror durante unos segundos que parecieron eternos.

 

       -Ursula, yo te mato-dijo en cuanto recuperó el habla-. ¿Por qué no me dijiste antes todo esto?  

 

      La giganta parecía empequeñecerse ante la airada reprimenda, pero volvió a ganar altura al comprender que estaba más libre de culpa de lo que Balduino pensaba.

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡llegué aquí con una pulmonía indescriptible y casi más muerta que viva!-se defendió-. ¿Qué sé yo que dije y qué no? ¿no te pedí que mandaras un mensaje a Svend Svendson, un gran guerrero de mi tierra, para alertarlo de la presencia de Wurms en estas costas?

 

      Sí, lo había hecho, pero eso de estas costas era una vaguedad que se prestaba a múltiples interpretaciones. La de Balduino había sido las costas de Nerdelkrag, que iban desde Norcrest al Poniente hasta Christendom por el levante: un territorio muy lato. Drakenstadt, en Norcrest, hacía sido atacada por Wurms, pero tal noticia, en Christendom, había sido tomada como chiste. Y Kaldern estaba aún más al Este que Christendom; pese a lo cual Ursula, que venía de allí, había creído de inmediato en el ataque de los temibles dragones conquistadores, para asombro de Balduino, quien la hubiera imaginado más escéptica al respecto

 

       Y Balduino ahora se sentía idiota por no caer en la cuenta de que, si Ursula no sóplo no había sido escéptica sino que, además, había creído conveniente alertar al tal Svend Svendson, por algo sería; por ejemplo, por haberse hallado frente a pruebas concretas de la realidad del hecho.

 

      -Pero luego el tema de los Wurms salió unas cuantas veces en nuestras conversaciones-dijo Balduino-. Especulamos acerca de la posibilidad de que se acercaran a Freyrstrande, de que se acercaran, Ursula. Nunca dijimos que ya los hubiéramos tenido aquí.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, las veces que hablamos de los Wurms estando yo presente, fue más en tono de chanza que otra cosa; por lo que no recuerdo qué se habló entonces. Pero si dices que se habló en serio, te creo; sin embargo, estoy segura de que ello jamás sucedió estando yo presente. Será que me encontraba de guardia o cazando. ¡Ya me extrañaba a mí que os mostrarais tan alegres y despreocupados estando tan próximos esos monstruos y con Freyrstrande tan desprotegida!... Pero siempre se me dijo que existen hombres excepcionalmente valientes que ante una inevitable catástrofe disfrutan hasta el último hálito de vida. Pensé que erais esa clase de hombres...

 

       -Bueno, ya está, qué importa de quién fue la culpa-gruñó Balduino-. Así que tuvimos a esos monstruos, al menos en algún momento, increíblemente cerca... ¡Y nosotros sin saberlo! ¿Eran muchos?

 

      -Nosotros supimos sólo de uno, el Thröllwurm que hundió el Valhöll.

 

      -Fantástico. Qué maravilla. Uno solo. Un único y solitario ejemplar extraviado, o tal vez un explorador. Dime que lo mataste, campeona; dime que lo ahogaste entre esos fuertes brazos tuyos y le rompiste los huesos, dime que con esas potentes manazas le arrancaste la cabeza de cuajo, dime lo que quieras, con tal de que la esencia de tu relato consista en que mataste a ese monstruo. Dime que ya no pudo llevar chismes a sus amos, los Jarlewurms...

 

      -Lo arponeamos y dejamos muy malherido. Quizás no sobrevivió.

 

      -Magnífico. Era lo que deseaba oir-aprobó Balduino-. Por desgracia, esto implica que la guerra no está tan lejana como suponíamos. Si un explorador halló la ruta hacia aquí, otros podrían seguirlo.

 

      -Tal vez este sitio no les interese-sugirió Anders.

 

     -Si confiado en esa posibilidad piensas quedarte de brazos cruzados, me avisas y yo renuncio y quedas a cargo de Freyrstrande. De lo contrario, a moverse todo el mundo. ¡Vamos! ¡Al trabajo!

 

      -¡Hum!... ¡Señor Cabellos de Fuego...-murmuró Adler, buscando quedar a solas con Balduino para referirle el incidente entre Méntor y Adam.

 

      -¡A moverse, he dicho!-exclamó Balduino, que no estaba en su mejor día; y Adler juzgó preferible callarse y unirse a los otros, que ya se habían puesto en marcha.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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