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24 mayo 2010 1 24 /05 /mayo /2010 20:42

       A partir de allí, Balduino vivió bajo el constante temor de que se cumpliera la horrible predicción y preguntándose, si así habría de ser, a quién se referiría. Mucha gente le era querida ahora, pero entre los más cercanos a su corazón se hallaban Gudrun, Anders, Hansi, Thorvald y Tarian. Como se horrorizaba de sólo pensar que pudiera perder a cualquiera de ellos, amplió la lista: Kurt Ingmarson, Gabriel de Caudix, Thomen el Chiflado... Pero tampoco quería que muriera ninguno de ellos, y fue pensando en otros nombres, hasta que se dio cuenta de que la pérdida de cualquiera de sus seres queridos le sería dolorosa en mayor o menor grado, y que era mejor no especular al respecto. Además, y por fortuna, no tenía demasiado tiempo para pensar en ello. Sólo podía tomar precauciones y seguir viviendo como hasta entonces, pero esto último no era fácil. 

 

      Por aquellos días, cuando el rigor invernal lo permitía, Balduino y sus hombres trabajaban en la construcción de una tercera catapulta, la segunda de elaboración propia, y abatían más árboles para contar con una provisión de madera constante y debidamente añejada. Disponían además de una reserva decreciente de excremento de grifo, y Balduino tenía intención de ir reponiéndolo a medida que fuera consumido. Sin embargo, algunas incursiones por las Gröhensklamer dejaron en claro que ésa no era buena idea. Los grifos estaban particularmente agresivos, sobre todo una hembra cuya silueta denotaba una avanzada preñez fuera de época; lo que asombró a Balduino, quien recordaba el caso de la famosa loba abatida por Ursula.

 

      -Habrá que tomar precauciones cada vez que vayamos a recoger excremento de grifo, señor Cabellos de Fuego; estar alertas-aconsejó Gröhelle-. Es natural que el frío y la relativa escasez de alimentos los pongan así.

 

        Su opinión no era de desdeñar. Se había pasado la mitad de su vida mirando y admirando a los grifos, y si era tuerto y tenía la cara llena de cicatrices era porque había llevado demasiado lejos esa admiración.

 

      -Febrero es generalmente el mes en que se ponen más feroces, al menos en las Gröhelnsholmene-continuó Gröhelle-. Puede que aquí no sea para tanto; después de todo, tienen la colonia de focas para alimentarse. Pero será mejor contar con lo peor para no lamentarse después. En invierno, un grifo atacará lo primero que encuentre; de modo que lo importante es no estar a la cabeza de las posibles opciones del menú.Por lo general, los grifos salen de cacería hacia el alba, como habéis visto; es decir, que si vamos a buscar excremento de grifo a mediodía, los hallaremos haciendo la digestión. Ir más tarde tiene también sus riesgos, ya que en invierno esas criaturas varían sus hábitos, y algunos ejemplares, previsores, se procuran hacia el final del día el sustento para el día siguiente.

 

      -Podríamos procurarnos otro combustible-respondió Balduino-. El excremento de grifo que se encuentra ahora por lo general es escaso o está tan mezclado con nieve que es más trabajoso y aburrido recogerlo que ir en busca de leña. De todos modos, habrá que prevenir a la gente... Y averiguar, en la medida de lo posible, la ubicación de la madriguera de la hembra preñada. Espero que al menos me deje un ojo sano, como la que te atacó a ti.

 

      -No me digas que tratarás de quitarle una cría, como quise hacer yo...-dijo Gröhelle, sorprendido, mientras su ojo azul centelleaba de vivo interés y algo humorísticamente.

 

       -Al menos estoy considerando la idea. Toda la camada.

 

      -¡Loco! ¡Loco de atar! ¡Peor que Thomen!-fue el lapidario veredicto de Anders.

 

      No tentaba a Balduino la idea de ir por las crías, porque ello implicaba matar a la madre; pero por otro lado, jinetes cabalgando grifos domésticos podrían ser un arma terrible contra los Jarlewurms, pues podrían atacarlos por aire y, sobre todo, acercarse a sus puntos más vulnerables: ojos y garganta. Sin embargo, tal vez fuera demasiado tarde o incluso innecesario. Hacía tiempo que los Wurms no se dejaban ver por Drakenstadt, Ramtala y el resto de las ciudades que venían hostigando desde el inicio de la guerra; tal vez habían regresado a las Islas de la Bruma, o cambiado de objetivos: Freyrstrande no resultaba atrayente para invasor alguno, pero su obvia vulnerabilidad podía hacer que se la eligiera como punto de partida para una futura expansión hacia el resto del continente. Pasarían entre nueve meses y un año antes de que los cachorros de grifo que Balduino lograra arrebatar alcanzaran una talla que les permitiera cargar con jinetes. Si los Wurms atacaban antes, o si no atacaban en absoluto, se habría matado a la madre en vano. Todo eso, sin contar que se aceptaba comúnmente que el grifo era imposible de domesticar; sin embargo, sobre este último punto Balduino era ya más optimista.

 

       La relación entre Balduino y una pàrte de sus hombres estuvo un tiempo algo deteriorada debido a fricciones entre el pelirrojo y Ulvgang. Este continuaba tratando a Tarian con suma frialdad y, en ocasiones, incluso agresivamente. Balduino fue espectador silencioso y malhumorado hasta que un día, no pudiendo soportar más tiempo esta situación, envió a Tarian a montar guardia en el torreón, y acto seguido encaró a Ulvgang con firmeza, reprochándole su conducta. Ulvgang replicó, con mucha tranquilidad, que mejor se metiera en sus asuntos; y ante esto, Balduino se dejó llevar por la cólera. Por lo general flemático, esta vez Ulvgang se irritó también rápidamente, dejándose dominar por la ira: Por último, ambos se dijeron de todo, y de milagro no arremetieron a puñetazos uno contra el otro, como pareció que harían en cierto momento. Los testigos estaban pasmados ante aquella discordia que parecía crecer velozmente, como una inocente brisa que en poco tiempo acaba convirtiéndose en furioso vendaval.

 

      La de aquella noche fue una cena amarga y silenciosa. Balduino engulló su ración a toda velocidad y fue a hacer guardia en el torreón, aunque ese día no le tocaba, pues tenía ganas de estar solo. Siempre se había llevado bien con Ulvgang, y era para él inevitable sentirse triste por lo que estaba ocurriendo; de ahí su deseo de soledad. Sin embargo, diez minutos después de su llegada al puesto oyó pasos en la escaleran y supo que se trataba de Ulvgang mucho antes de que éste ascendiera los últimos peldaños.

 

      Se midieron mutuamente con la mirada durante unos instantes a la luz tremolante de la antorcha, entre la hostilidad y la pena, en absoluto silencio. Fue Ulvgang el primero en hablar:

 

      -El Destino me otorgó sólo un hijo. Si hubiera podido tener otro, me habría gustado que lo fueses tú.

 

      -A mí no. Ya vi lo mucho que te importa la paternidad-contestó Balduino en tono gélido.

 

      -Envainemos espadas, señor Cabellos de Fuego, por favor. Necesito tu ayuda.

 

      -Si es para hacer sufrir a Tarian, no la precisas en absoluto. Te arreglas solo de maravilla.

 

       -No te pongas sarcástico. Te pido sólo que escuches y que lo que hablemos quede entre nosotros. Jamás en mi vida supliqué nada, pero me humillaré ante ti,  de ser necesario, con tal de que me concedas eso. ¿Quieres verme rebajado? Dímelo y me verás de ese modo.

 

        -No deseo ni necesito verte humillado-contestó-. Te escucharé, pero trata de decir algo que no me enfurezca más de lo que ya estoy, por favor.

 

       -No creo ni quiero que te enojes. ¿Tengo tu palabra de que guardarás silencio sobre lo que te diga?

 

      -La tienes.

 

      -Entonces ven, señor Cabellos de Fuego, sentémonos uno junto al otro, como aquella noche en que una tormenta nos obligó a permanecer en esa cueva de Eldersholme, en las faldas del volcán. Nunca olvidé aquella noche. Mi instinto me dijo en ese momento que podía confiar en ti. Fue agradable intuir eso y mucho mejor aún advertir luego que mi instinto era correcto; algo de lo que, admito, dudé por momentos.

 

      Balduino se asomó por el ventanuco que daba hacia el mar. Allí todo estaba en calma. Luego, sin embargo, hizo algo que habitualmente no hacía: asomarse por otro segundo ventanuco, desde el cual se veía la entrada a Vindsborg. También allí todo parecía en orden.

 

      -Los Wurms no vendrán desde esa dirección, señor Cabellos de Fuego-observó Ulvgang-. ¿Por qué no me dices qué te preocupa? Incluso antes de nuestra trifulca, hoy estabas tenso, y lo estás desde hace unos días.

 

      -Pensarías que son bobadas.

 

      -Deja que yo mismo juzgue si lo son realmente.

 

      Tras vacilar unos instantes, Balduino contestó:

 

      -Es algo que me dijo Hendryk-y le habló del vaticinio según el cual alguien muy querido por él moriría el próximo dieciocho de diciembre-. Tal vez sea una estupidez, pero desde entonces, por momentos, me siento muy preocupado.  No dejo de preguntarme cómo ocurrirá, quién será la víctima y todas esas cosas. Gudrun está sola; también eso me preocupa. No puedo estar en muchos sitios a la vez.

 

      -Hmmm... Hendryk hizo predicciones antes. Por desgracia, todas se cumplieron: si bien a veces un día o dos después de la fecha anunciada, si es que mencionaba alguna-contestó Ulvgang-. Pero no dejes que eso te achique. Nosotros dos tenemos pelotas más que suficientes para luchar contra el destino y tratar de cambiarlo. Haremos lo que podamos. Gudrun sabe defenderse tan bien como nosotros y, no obstante, una distracción o simplemente la mala suerte mpodría dejarla indefensa. Pero suponiendo que fuera especialmente vulnerable alrededor de esa fecha, puedes decirle, llegado el momento, que se mantenga más alerta que nunca. Pretexta cualquier cosa. Es una mujer brava; no la abatirán así nomás. Y le prestaremos el cuerno por unos días, hasta que pase el peligro; convendremos una señal para ir en su ayuda si la atacaran. En cuanto a nosotros, casi siempre estamos juntos; de modo que será difícil que sobrevenga una desgracia a uno sin que el resto se vea igualmente afectado. El número es buena protección.

 

      Balduino, quien hasta entonces se había estado paseando nervioso de aquí para allá como fiera enjaulada, se sentó finalmente en el suelo junto Ulvgang.

 

       -Algo tan simple... Y no se me había ocurrido-murmuró, sintiéndose estúpido.

 

       -No... Porque tienes demasiado en qué pensar y quieres abarcarlo todo. Y porque no quisiste compartirnos tus temores, pese a que somos hombres y lo suficientemente valientes para encarar nosotros mismos cualquier amenaza que nos aceche-Ulvgang pasó un brazo alrededor de los hombros de Balduino-. Tienes un corazón enorme, señor Cabellos de Fuego. Eso te hace, en cierto modo, más vulnerable; pero a la vez te protege. Yo podría haberte traicionado. Aún podría hacerlo. Muchos de mis enemigos creyeron haberme doblegado, y apenas si vivieron lo suficiente para advertir su error. Puedo fingir sumisión ante alguien más fuerte; los imbéciles se envanecen cuando creen tener ante ellos, doblegado, a El Terror de los Estrechos.

 

      -¿Debo suponer, entonces, que también me estabas tomando por imbécil cuando, hace un momento, hablabas de humillarte ante mí?-preguntó Balduino, receloso.

 

      -Eso fue una treta para obligarte a que me escuches. Sabía que no dejarías que me humillara. Eres muy transparente, señor Cabellos de Fuego. Ten cuidado, eso puede jugarte en contra; pero no conmigo. Al contrario, si sigues vivo y a mi mando es porque tuviste la sensatez y la simplicidad para no jactarte de tener bajo tu autoridad a Sundeneschrackt, de no gloriarte de ejercer poder sobre el poderoso.

 

      -Ibas a decirme algo importante-dijo Balduino, para cambiar de tema, ya que la conversación lo estaba poniendo algo incómodo.

 

       -Sí. Es acerca de Tarian-dijo Ulvgang; e hizo una pausa, como sopesando bien las palabras-. Señor Cabellos de Fuego: una vez te dije que en las Islas Andrusias se sabe más de cuestiones de supervivencia que del bien y el mal. Esa opinión mía no ha variado, pero hablaré ahora de decisiones equivocadas. Yo no sabría decir si fue un error por mi parte dedicarme a la piratería. Mi nombre no se olvidará fácilmente en las costas de Andrusia, y ese halago a mi vanidad es casi todo cuanto me ha quedado luego de tantos años de aventuras. Podría decirse que el resto fue un fracaso, pero de nada me arrepiento, al menos en principio. Viví muy intensamente, y eso es más de lo que muchos pueden decir.

 

      ' En algún momento, llegó a mí,   como sabes, un amor imposible bajo la forma de una bellísima sirena. Eso fue cosa del Destino, pero podría haber optado por no entregarme a ese amor o no hacerlo con tanta pasión, al menos; porque era obvio que jamás podríamos estar juntos. Sin embargo, eso de vivir a medias no es para un Kveisung. El mismo fuego que lo anima en combate, arde en él en otras cuestiones, amor incluido. Tampoco de eso me arrepentiría. De lo que sí me arrepiento es de no haber optado entre una cosa u otra, la piratería o el amor. Pero me disculpo diciendo que jamás hubiera imaginado que Margyzer me daría ese hijo bello, valiente y leal que tengo y cuya sola visión me hiere y me ciega como el sol en su apogeo visto de frente. Ver su rostro es prácticamente ver el de su madre. Amo a mi hijo, señor Cabellos de Fuego. Estar separado de él todos estos años fue como si me amputaran ambos brazos y piernas; fue como si me arrancaran el corazón, especialmente porque sabía cuánto estaba sufriendo él. Con un desgraciado listo para matarlo al menor movimiento mío, nada podía hacer, salvo desear que resistiera. A veces me preguntaba si hacía lo correcto; si tal vez para Tarian no sería preferible la muerte. Pero no quería perderlo. Y así fue como Tarian sobrellevó años de tortura y penalidades, hasta que tú lo sacaste de ese Infierno. Jamás te harás siquiera una mínima idea de hasta qué punto estoy en deuda contigo por eso, y sólo lamento que esa deuda tenga que crecer ahora. No puedo hablar por mis hombres, pero en lo personal, si finalmente liberas a Hendryk y Kehlensneiter, llegado el momento me verás regresar a mi celda incluso cuando nada, salvo lo que hicisate por Tarian y por mí, me fuerce a regresar. Así pagaré parte de esa deuda, que de todos modos seguirá siendo enorme, porque tengo que pedirte un favor más. Te ha resultado incomprensible que demuestre indiferencia por Tarian. A tu juicio, él nada hizo para merecerla. Pues bien, tienes toda la razón del mundo. Quise abrir un abismo entre él y yo, y aproveché para ello el primer momento que encontré. Tarian debe seguir su propio camino. A los doce años, su lealtad ya era de hierro, y pudiendo salvarse solo cuando fuimos capturados en Svartblotbukten, no lo hizo, y eligió en cambio acompañarnos a prisión. La mazmorra por lo general cambia a las personas; hasta donde puedo ver, no obstante, él sigue siendo el mismo de antes. Eso me enorgullece. Demuestra que a su manera él es aún más duro que yo. Pero no es conveniente para él. Si volviéramos a prisión, si subiéramos al cadalso, si nos hiciéramos a la mar para regresar a nuestras antiguas actividades piráticas, él querría seguirnos. He pensado mucho en ello y decidido que no lo permitiré. Así deba para ello vender mi alma al diablo, no lo permitiré. Tarian es esclavo de sus afectos; cuando ya no sienta ninguno por nosotros, será libre.

 

      Balduino había escuchado atentamente a Ulvgang y estaba arrepentido por haberlo juzgado apresuradamente y con tanta dureza; y ahora, silencioso y pensativo, se sentía invadido por muchas dudas.

 

      -¿Libre?-dijo al fin-. Tarian no es libre. ¿Acaso no te das cuenta de cómo sufre porque no entiende la causa de tu rechazo? ¿No ves cómo te mira?

 

      -La verdad...no, por suerte no lo vi-replicó Ulvgang-. E imagino que por el momento no es libre... Pero luchará para serlo, y lo logrará. Razonará que un padre indiferente no merece el menor afecto, y su cariño desaparecerá.

 

      -¿De verdad crees que la razón lo ayudará? Razonaste que la Naturaleza no te dio cola de pez como a Margyzer para ir tras ella hacia las profundidades oceánicas. ¿Acaso eso te ayudó a amarla menos?

 

      -Es distinto. Hasta el final ella fue dulce y cariñosa conmigo; si hubiese sido grosera o malvada, o me lo hubiera parecido, su partida me habría sido menos gravosa. Además, luego no encontré otra mujer a quien amar, pero Tarian encontrará otra familia en ti y quizás en Hansi y el grumete. Instintivamente, se acercará hacia quienes le demuestren afecto. Eso preciso de ti, señor Cabellos de Fuego, sólo este último favor, y ya no te molestaré más: que seas como un hermano para Tarian.

 

      -Es cambiar un  afecto por otro, pasar de una esclavitud a otra. Tampoco será libre, si vamos al caso.

 

      -Seguro, señor Cabellos de Fuego, siempre se es esclavo cuando se ama con mucho vigor; pero algunas servidumbres son menos pesadas que otras, algunas menos dañinas que otras. Las hay incluso, pocas pero las hay, que son todo un honor. Tarian estará bien contigo, no me cabe la menor duda-dijo Ulvgang; y añadió, tras una pausa:-. Es cosa sabida que tener niños a bordo de un barco es de mal agüero. Tarian tenía once años cuando lo admitimos a bordo del Zeesteuven, supe que sería mi ruina y lo fue realmente. Pero también fue mi mayor orgullo y mi mayor alegría. Toda pérdida es poca con tal de tenerlo a él y, sin embargo, también a él deberé renunciar. Sólo quería que tuvieras eso en claro, que Tarian no es una carga de la que me deshago con gusto sino, por el contrario, una renuncia que hago con todo el dolor de mi corazón, pero que debo hacer.

 

      Balduino no supo qué contestar. Antes de que pudiera hacerlo, Ulvgang le plameó afectuosamente la espalda y se puso de pie.

 

      -Buenas noches, señor Cabellos de Fuego, y recuerda que me diste tu palabra de guardar silencio sobre lo que acabamos de conversar-dijo; y se marchó.

 

      Balduino quedó a solas allí, en lo alto del torreón. Había que poner más aceite en la antorcha, pero no lo hizo; de repente se sentía inmensamente desganado. La llama, que desde hacía un rato venía perdiendo altivez, fue agonizando en forma paulatina, hasta extinguirse por completo. Quedaba sólo la luz del brasero, pero ahora eso no importaba. Una gélida oscuridad parecía devorarlo todo.

 

      Solo en las tinieblas, Balduino pensó en la promesa de silencio que ahora lamentaba haber hecho a Ulvgang, en la expresión triste con que Tarian solía observar ahora de soslayo a su padre, en las malas elecciones que a veces se hacen en la vida y en la maldita habilidad humana para complicarlo todo fatalmente. No quería llorar; se había vuelto muy sensible en Freyrstrande, excesivamente blando tal vez... Pero los garrazos de la tristeza dolían el doble en las sombras y, después de todo, allí no habría testigos, nadie sabría si esa noche se le habían escapado un par de lágrimas...

 

      Y luego de esa noche, el pelirrojo observaría furtivamente a Ulvgang, tan a menudo como éste, también en forma inadvertida, miraba a Tarian. El otrora Terror de los Estrechos, en su interior, libraba su más encarnizada batalla para mantenerse firme en su decisión de mantener distancias con Tarian por mucho que eso le doliera y, pese a todo, seguir viviendo como siempre. A veces su ánimo sería más o menos el habitual, y en esto se vería que estaba ganando esa batalla; pero otras veces su aspecto sería el de un anciano que a duras penas se mantuviera en pie. No obstante, ese anciano le daría mucho trabajo a la adversidad, cuyos colmillos se mellarían en la piel coriácea del Kveisung, y Balduino confiaría en que no se rindiese.

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Published by EKELEDUDU
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22 mayo 2010 6 22 /05 /mayo /2010 19:58

      A pesar de que habitualmente Hansi seguía a Balduino a sol y a sombra, nunca insistió en acompañarlos, a él y a Tarian, en las visitas dominicales que ellos hacían a Kvissensborg. Su primera visita a las mazmorras había dejado  en el niño un recuerdo tan tétrico como imborrable. Años más tarde, ya adulto, escribiría en sus Freyrstrandeskroniks que el cementerio local le resultaba un sitio bendito y plácido pero que, en cambio, donde la Muerte parecía haber asentado su trono era en los siniestros calabozos subterráneos de Kvissensborg; y en cuanto contó con autoridad para ello, los hizo clausurar sin dilación de la noche a la mañana. Este súbito cierre de las ya legendarias mazmorras daría pábulo a toda una serie de historias de terror que, en parte, se mantiene hasta el día de hoy. Se susurra acerca de que Hansi halló algún tipo de monstruo o efluvio maligno vencido a medias gracias a algún ritual antiquísimo que habría impedido a la criatura o al poder en cuestión emerger a la superficie y sembrar el horror en nuestro mundo. En pleno siglo XXI, el inicio de determinadas obras públicas en ciertos sectores suburbanos de Freyrstrand inquieta a algunas personas. Se teme que las máquinas excavadoras alcancen el emplazamiento de las antiguas mazmorras de Kvissensborg y liberen accidentalmente cualquier cosa que ellas puedan albergar.

 

      La realidad, también en materia se supersticiones, deja a veces muy atrás a la ficción. Las mazmorras de Kvissensborg eran un sitio lúgubre, espantoso, pesadillesco, que oprimía los ánimos. Apenas descendía a ellas, Balduino tenía a su izquierda una celda cuyo único ocupante, aparte de eventuales ratas, era un esqueleto. Este, no obstante, lo tenía sin cuidado, y hasta lo consideraba una especie de aliado sobrenatural. Llamaba su atención, eso sí, que sus huesos no hubiesen recibido cristiana sepultura; por lo que una vez le preguntó a Fray Bartolomeo acerca del motivo por el que no los enterraba.

 

      -¿Y quién ha dicho que no los sepulté?-replicó Fray Bartolomeo-. De hecho, fue una de las primeras cosas que hice al llegar aquí, Pero el esqueleto permaneció en su tumba menos de un día. Luego de la primera noche, hombres de Kvissensborg fueron a verme... Me reprocharon no haber bendecido la sepultura; reproche infundado, pues sí la había bendecido...

 

      Balduino, azorado ante la revelación de que aquellos huesos sí habían recibido cristiana sepultura sin permanecer en ella siquiera un día completo, murmuró:

 

      -No me digáis que el esqueleto se levantó de la tumba y se marchó...

 

      -¡Pero... Serás hereje hasta que tú mismo desciendas a la tumba!-gritó Fray Bartolomeo, atorado de exasperación ante tanta tontería; y Balduino se percató de la gansada que acababa de decir, y enrojeció aun más que sus cabellos-. No. Decían que desde la primera palada de tierra (e ignoro cómo lograron tanta precisión en sus absurdos cálculos) en Kvissensborg no había un segundo de paz; que se oían gritos, que las cosas se caían o movían sin explicación, que había apariciones y no sé qué otros disparates. Creían que todo lo hacía el difunto; que no quería que se enterraran sus restos. Así que aquellos imbéciles  fueron al camposanto y, sin que yo pudiese impedirlo, desenterraron el esqueleto y lo devolvieron a la mazmorra. Lo curioso, sabes, es que las mazmorras de Kvissensborg albergaron, alrededor de medio siglo atrás, a un príncipe que debió ser muy orgulloso y muy valiente, un tal Hrod Sindulvson al que mencionaban algunos documentos de los archivos del castillo, pero del que no hallé otras referencias. Incluso las que encontré no eran muy claras, pero al parecer este príncipe fue acusado de crímenes abominables de los que se declaró inocente, hecho que ni las torturas pudieron modificar. Una sentencia lo condenó a prisión perpetua, pero la dudosa misericordia de cierto poderoso personaje, al parecer el mismo que uredió los cargos en su contra, iba a dejarlo en libertad. Sin embargo, se negó a abandonar la celda. Dijo que saldría libre cuando se retirasen las acusaciones o nunca, no por un perdón otorgado por un enemigo deseoso de humillarlo. Así que volvió al calabozo, pero para obligarlo a someterse se le anunció que no se le darían agua ni alimentos hasta que aceptara el perdón. Es todo cuanto pude averiguar.

 

      -Me gustaría conocer el resto de la historia-dijo Balduino.

 

       -Lo veo difícil. No hallé nada más en los archivos, y aunque algo se me hubiera pasado por alto, la perezosa administración de Einar un día llegó a la inteligente aunque tardía deducción de que era menester empezar a destruir los papeles inútiles a fin de no quedar sepultados debajo de ellos, e incineró todos los documentos que no fueran imprescindibles. Con ellos fueron al fuego también las únicas pruebas que jamás hallé acerca de la existencia de ese tal Hrod Sindulvson, pero por cómo te brillan los ojos creo que no dejarás que la historia sea olvidada del todo.

 

      -Pudiendo impedirlo, no. ¿Creeis que el esqueleto que sigfue en las mazmorras es el del señor Sindulvson?

 

      -Qué sé yo... En realidad, está en demasiado buen estado para llevar medio siglo allí, en las mazmorras. Además, ha pasado tanta gente por ese lugar, que vé tú a saber-Fray Bartolomeo frunció el ceño-. Hereje como eres, tú quisieras creer que ese esqueleto es el de Hrod Sindulvson, animado por quién sabe qué brujería, que se rehúsa a abandonar la celda y descender al sepulcro, porque no se ha admitido su inocencia.

 

      -Es algo que no puedo evitar.

 

      El cura palmeó las anchas espaldas de Balduino.

 

      -Ya lo sé, hereje, te conozco mejor que tú mismo-dijo-. Si precisamente te conté esto porque sabía que sería de tu gusto... Es una historia de virtud y coraje venciendo sobre la crueldad y la vileza y, por lo tanto, una forma de creer en Dios, aunque no la más conveniente, sin duda...

 

      Tras aquella charla con Fray Bartolomeo, Balduino estuvo seguro de que el esquelético ocupante de la primera celda de la izquierda era el de Hrod Sindulvson, y al pasar junto a la celda en cuestión se sentía como en presencia de un poderoso monarca (aunque cuando unos tres años más tarde se hallara en presencia de un rey, el de Nerdelkrag, muy otras serían sus emociones: desdén, lástima y vergüenza ajena): algo cohibido ante una intangible grandeza, emocionado por el honor de hallarse ante tan noble presencia, y a la vez constreñido a seguir su ejemplo inmarcesible.

 

      Por aquellos días, en varias oportunidades estuvo a punto de proponer a Fray Bartolomeo que entre ambos hicieran un nuevo intento de sepultar aquellos restos, tal vez pronunciando ante la tumba algunas palabras dejando en claro que se creía en la inocencia de Hrod Sindulvson, las que quizás funcionaran a manera de exorcismo; y sin embargo tal idea, a la vez, no era muy de su agrado. Enterrar aquella osamenta equivaldría a enterrar el único símbolo luminoso que había en aquellas tétricas mazmorras. Ya al verla por primera vez, Balduino se había convencido de que persistía cierta vida en ella, y hasta le había suplicado en silencio que protegiese a Tarian hasta que él pudiera sacar a éste de aquel infierno. Lo veía, de hecho, como una especie de centinela que lo guareciera en parte de todo aquello contra lo que su armadura no podía protegerlo, la desazón y el horror de las mazmorras. Porque en primer lugar, ahora estaban allí los sobrevivientes vencidos del motín de Kvissensborg; o mejor dicho, los osbrevivientes de los sobrevivientes de dicho motín. Siempre habían sido simples forajidos disfrazados de guerreros, y el ambiente malsano de la prisión había sacado en brevísimo tiempo lo peor de todos ellos, de modo que, peleando entre sí, había muerto la mitad. No era que Balduino lamentase tales decesos o que esperara de semejantes individuos mejor conducta; pero que tan drástica reducción hubiera tenido lugar en tan poco tiempo resultaba de todos modos un tanto alarmante, porque se suponía que asesinados y asesinos eran camaradas. Se veía ahora el valor que concedían a la amistad... Y ahora había más ánimas en pena errando en el ambiente espantoso de las mazmorras; espectros que por la noche desvelaban a los asesinos, llenándolos de miedo y culpa.

 

      Luego estaba Kehlensneiter, tal vez más escalofriante que mil apariciones juntas. De alguna manera parecía un muerto más, salvo cuando algo lo violentaba, lo que por fortuna y de momento no ocurría muy a menudo. Balduino iba a verlo en compañía de Tarian, y prácticamente monologaba, pues Kehlensneiter respondía sólo muy de cuando en cuando, y generalmente para decir que nada de lo que decía el pelirrojo le interesaba. Tarian le tenía gratitud y cierto afecto, aunque a la vez le temía un poco; a decir verdad, era el único capaz de poner algo de verdadera vida en los mortalmente fríos ojos violáceos del prisionero. El aspecto de este era el de un salvaje, cosa inevitable tratándose de un recluso, pero sólo superficialmente: tras los tupidos y desgreñados cabellos y barbas parecía haber algo mucho más muerto que Hrod Sindulvson, y mucho más dispuesto a salir del sepulcro para vengarse de los vivos.

 

      ¿Serían éstas y otras impresiones de Balduino, recogidas por Hansi Friedrikson en sus Freyrstrandeskroniks y deformadas por la leyenda, el origen de las espeluznantes historias de terror que aún subsisten acerca de las mazmorras de Kvissensborg? Tal vez, en parte, aunque Hansi registra también otro hecho que, de ser cierto, podría haber servido igualmente de punto de partida para tan macabras fantasías, aun cuando su postergado y trágico desenlace verdadero se viese felizmente atenuado por determinadas circunstancias.

 

       Según Hansi, el inicio de la extraña historia tuvo lugar un domingo en que Balduino y Tarian abandonaban las mazmorras y el primero sintió que alguien lo llamaba:

 

       -Eh, pelirrojo...

 

      Los dos jóvenes volvieron sus cabezas. Quien les hablaba era Hendryk Jurgenson, el otro secuaz de Sundeneschrackt que permanecía aún en prisión y cuya celda estaba contigua a la de Kehlensneiter. Con Hendryk, reputado tatuador y Witz (hechicero o shamán) Balduino apenas si había cruzado palabra hasta entonces, pese a que se proponía liberarlo también a él y principalmente a él: lo suponía más controlable y menos peligroso que Kehlensneiter y, por lo tanto, todavía no le había dedicado tanto tiempo como a este último. En aspecto era muy similar a cualquier otro sujeto que llevara muchos años en prisión: barbiluengo, melenudo y desgreñado. Lo único que llamaba la atención en él eran su cuerpo fornido y sus largos y musculosos brazos, que le daban un aire muy poco en consonancia con su pretendida función de mediador entre el mundo espiritual y el material.

 

      Este individuo era quien, acuclillado en un oscuro rincón de su celda, llamaba a Balduino.

 

      -¿Sí? ¿En qué puedo servirte?-preguntó el pelirrojo.

 

       -Alguien que te es muy querido morirá el dieciocho de diciembre-anunció lóbregamente Hendryk.

 

      El tétrico presagio fue para Balduino como un bofetón en pleno rostro. Quedó rígido, como si Hendryk le hubiera hecho un agravio personal, mientras un escalofrío, que se esforzó por disimular, recorría su espinazo.

 

      -¿Es una amenaza?-preguntó, casi anhelante. Faltaba alrededor de un mes para la fecha anunciada, y tanto tratándose de vagos y funestos hados  como de una bravata de enemigos de carne y hueso, haría cualquier cosa, menos quedarse de brazos cruzados viendo cómo se concretaba la desgracia predicha; pero era más fácil enfrentarse a enemigos de carne y hueso que a intangibles hados.

 

      -No. Apenas un comentario-contestó Hendryk, y parecía sincero.

 

      -Y supongo-dijo Balduino, tratando de tomar todo aquello como una broma de mal gusto- que hasta sabes cómo morirá, ¿no?

 

       -Sí. Lo asesinarán.

 

      -Muy bien. Te agradezco la advertencia-concluyó Balduino, reprimiento inexitosamente un segundo escalofrío; y seguido de Tarian, abandonó las mazmorras.

 

      De acuerdo con el relato de Hansi, después de aquello Balduino se mostró preocupado y taciturno durante varios días y hasta cuestionó su decisión de liberar a Kehlensneiter, aunque esto sólo lo confesó más tarde. Por lo pronto, decidió al menos aplazar la fecha tentativa de  su liberación, prevista inicialmente para los primeros días de diciembre. Hendryk había hablado con mucha seguridad; tanta, tal vez, que quizás en sus palabras no hubiera azar ni adivinación, sino sólo el conocimiento exacto de que habría de producirse un hecho nefasto. Balduino creía que, tal vez, Kehlensneiter tramara algo de lo que Hendryk estuviera al tanto, aunque de ser así resultaba extraña la precisión en la fecha vaticinada.

 

        De cualquier manera, Balduino determinó tratar de engañar al Destino; en lo que, como otros tantos antes y después de él, terminaría fracasando al fin, incluso cuando temporalmente creyera haberlo conseguido. Porque cuando la vida está decidida a golpear, lo hace muy duro y por donde uno menos lo imagina.

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21 mayo 2010 5 21 /05 /mayo /2010 00:36

      En los días subsiguientes, Balduino advirtió que, en su deseo de que Tarian no se marchara, había una buena dosis de egoísmo. La cercanía del joven tenía sobre él un efecto tranquilizador, relajante, como el de la caricia de una ola cargada de espuma. A juzgar por cómo se transformaban las expresiones ceñudas de otras personas al tenerlo cerca, ejercía la misma influencia benéfica sobre todos lo demás, o casi todos, al menos. Sin embargo, Balduino estaba seguro de que Tarian no siempre estaba contento con esas personas sobre las que tenía tan extraño poder sedante. En  general parecía indiferente hacia quienes lo rodeaban, pero otras veces se lo veía directamente molesto, sobre todo tratándose de los Kveisunger. Obviamente no podía olvidar que todos ellos habían hecho causa común con Ulvgang en el incomprensible rechazo de que había sido objeto días atrás; incidente que el mismo Balduino seguía sin entender y que lamentaba conocer sólo de oídas, ya que -pensaba- siendo testigo presencial tal vez hubiese comprendido mejor el hecho. Las relaciones de Tarian con los Kveisunger seguían frías desde entonces, especialmente porque seguían mostrándose distantes con él, y sin dar razones.

 

      Como Balduino deseaba que Tarian se quedase, al principio puso todo de su parte para que el muchacho se sintiera bien en su compañía. Le parecía que la amistad del hijo de Ulvgang era una rara joya que había que ganarse con mucho esfuerzo y mérito. Sin embargo, casi enseguida puso en tela de juicio la validez de sus intenciones. Era, tal vez, el colmo del egoísmo pedirle a Tarian que se quedase, sólo, por amistad, en un sitio en donde no encajaba. En definitiva, ¿qué haría Tarian cuando Balduino estuviera con Gudrun? Tal vez hiciera buenas migas con Anders y encontraran juntos alguna actividad, o tal vez jugara un rato con Hansi, al que adoraba. Pero no podría estar todo el tiempo con uno ni con el otro, y si no se interesaba por algo se aburriría soberanamente.

 

      Por su parte, Tarian acostumbró zambullirse en el océano al menos una vez por día, mientras los demás almorzaban. Posteriormente se enteraría Balduino, aunque no fue muy difícil intuir que se estaba nutriendo por su cuenta, que se había hartado de ingerir alimentos poco aptos para su organismo, especialmente porque venían cocidos. Lo había tolerado por no tener más remedio que hacerlo o como concesión a cambio de integrarse en un grupo; pero a decir verdad, ya no estaba muy inclinado a seguir haciendo concesiones. Que lo aceptasen tal como era, o que no lo aceptasen. Después de todo, ya se había visto que tratar de amoldarse le traía pobres resultados.

 

      Por cierto, era un contrasentido imaginar a un joven tan bello buceando en las profundidades para capturar un pez con la boca y devorarlo luego bárbaramente. Daba la impresión, sin embargo, de que eso era más o menos lo que hacía, aunque en el caso de los moluscos se tomaba el trabajo de abrir las valvas con las manos para saborear su contenido. De cualquier manera, siempre los comía crudos. Daba un poco de asco; pero había que concordar en que jóvenes igualmente apuestos eran capaces de realizar actos mucho peores, por lo que Balduino prefirió apreciar el asunto desde ese punto de vista, aunque a Anders le era más difícil superar su propia repugnancia.

 

      -Bueno, Anders, ya que sueñas con seducir sirenas, debes saber cómo, ¿no?-rio Balduino-. Por lo pronto, ya sabes con qué manjares agasajar a tu hipotética novia de las profundidades... Qué mas da, después de todo. Cuando me marché de casa y estuve errante por los bosques, hubo veces que tuvo que alimentarme a base de ciempiés y bichos de humedad.

 

      -¡Ciempiés y bichos de humedad!-exclamó Anders, cada vez más asqueado.

 

      -Dichoso tú. Sabroso manjar-se burló Adler-. Mejor, en todo caso, que las porquerías con que Varg intenta eliminarnos.

 

      Y nunca se supo si Balduino hablaba en serio, o sólo bromeaba al hacer referencia a tan poco apetitoso banquete. Por cierto que Anders no quiso ser muy curioso al respecto.

 

      Había en Eldersholme, desde hace tiempo, un esqueleto de ballena. El animal había varado cerca de la colonia de focas y muerto de una manera espantosa, prácticamente devorado vivo por los grifos. Balduino hizo aserrar algunos de los huesos para traerlos en el bote y de inmediato puso a trabajar en ellos a Lambert, que era muy buen tallista. Al mismo tiempo hizo encender la fragua de la herrería y envió allí a Per y a Wilhelm Björnson, a los que luego se sumó Anders.

 

      Días más tarde, cuando Tarian se disponía a zambullirse en busca de alimento, Balduino, Anders y Hansi lo retuvieron unos minutos. Enseguida aparecieron Lambert y los gemelos Björnson, el primero trayendo un par de arpones de hueso de ballena, los segundos portando un recio tridente, liviano y puntiagudo.

 

      -Si algo te atacara allá abajo, ni siquiera nos enteraríamos-dijo Balduino a Tarian-, pero al menos podemos darte armas con qué defenderte, para disminuir las posibilidades de que algo te ocurra. Tómalas; son tuyas. 

 

      Tarian abrió tamaños ojos ante los obsequios, y se estremeció un poco a la vista del tridente, símbolo del poder de los mares, pero también herramienta demoníaca, según había aprendido no hacía tanto tiempo. Sin embargo, se lo estaba regalando Balduino, quien había demostrado de muchas maneras ser su amigo; de modo que enseguida desaparecieron sus pruritos al respecto y, tomando el tridente con una mano y un arpón con la otra, los blandió alternativamente como para evaluar su calidad, aunque se notó que no pudo apreciarla debidamente, porque estaba más acostumbrado a manejarse en el agua.

 

      -¿Te gustan?-preguntó Balduino.

 

      Ni con un asentimiento de la cabeza fue capaz Tarian de responder; pero su expresión de niño rico en Navidades era harto elocuente. Lambert y los gemelos Björnson sonrieron satisfechos, con el orgullo propio de los artesanos natos cuyas obras alcanzan el debido reconocimiento.

 

       Hansi, en quien había nacido una creciente admiración por Tarian, observó a éste blandir sus nuevas armas y se forjó de él una imagen ciertamente pintoresca, pero muy alejada de la realidad: luchando contra monstruos marinos y siniestros poderes latentes en lo más profundo del océano; rescatando sirenas de las garras de malvados hechiceros de El Mundo Bajo las Olas.

 

      -Bueno, muy bien, campeón-aprobó Anders; y como su sentimentalismo acababa allí donde empezaban los intereses de su estómago, propuso:-. Vamos a comer, me muero de hambre.

 

      Y dio media vuelta y se retiró, seguido de los gemelos Björnson y de Lambert.

 

      En la playa sólo quedaron Balduino, Tarian y Hansi.

 

      -No me gustaría que te quedes aquí sólo por la promesa que me hiciste-dijo el pelirrojo a Tarian-. Sé por qué razón desapareciste por unos días. Si quieres irte de nuevo, eres libre de hacerlo, aunque personalmente lamentaría que te fueras. Tal vez lo mejor que hice en mi vida, hasta ahora al menos, fue sacarte de las mazmorras de Kvissensborg; porque otras cosas las hice de algún modo en interés propio o no sé si lograré llevarlas a buen término. Por lo tanto, sólo te pido, si decidieras irte, que vuelvas cada tanto aunque más no sea de visita. Además, sabes, no es sólo tu capacidad de respirar bajo el agua lo que te hace distinto.

 

      Tarian arrojó al suelo el arpón para dejar libre una mano y abrazó a Balduino. Luego se inclinó sobre Hansi, y también lo abrazó y hasta lo besó; no olvidaba que el niño había sido el primero en entrar a la mazmorra cuando fueron a liberarlo, y tal vez por eso le tenía un inmenso cariño.

 

      Por último se despojó de sus ropas, que siempre le resultaban incómodas y que abandonó en la playa cubierta de nieve, y se lanzó al agua, llevando consigo el tridente. Balduino y Hansi alcanzaron a divisarlo desplazándose con su peculiar estilo de natación, ondulando el cuerpo verticalmente a la manera de las serpientes marinas, con los brazos hacia atrás y a los costados del cuerpo; llevaba el tridente cruzado tras la espalda, con una mano aferrando el mango aprisionado bajo la axila del brazo opuesto.

 

      -Ahora sí que no volverá, ¿no?-preguntó Hansi, apenado.

 

      -No creas-contestó Balduino-. Tal vez no hoy, ni mañana. Puede que en unos meses o en un año, no sé, pero volverá... Aunque más no sea de visita, como le pedí.

 

      -¿Cómo puedes estar tan seguro?

 

      -Porque le concedí la libertad. Esta vez, en todo el sentido de la palabra. Siempre es difícil dar libertad a quienes queremos y de quienes tememos que nos abandonen, pero he oído decir que el amor es como el agua: lo tendrás en el hoyo de la palma de tu mano si la conservas abierta, y lo verás escurrirse entre los dedos si cierras el puño para aprisionarla.

 

      -No entiendo, señor Cabellos de Fuego.

 

      -Tú sí que sabes complicarme la vida, mocoso. Ven, vamos a cenar antes de que Anders acabe con cualquier cosa medianamente digerible que haya logrado hacer Varg... Si es que tal milagro puede suceder, claro. Luego trataré de explicarte esto de nuevo, a ver si entiendes...

 

      Pero no fue necesario. Poco después del almuerzo, Tarian estuvo de vuelta en la playa, chorreando agua ante las miradas de horror de los espectadores, que corrían de aquí para allá en busca de toallas.

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20 mayo 2010 4 20 /05 /mayo /2010 23:12

      Hacer el amor con Gudrun no traería de vuelta a Tarian, pero al menos lo relajó, permitiéndole cambiar el enfoque de la situación. En efecto, mientras cabalgaba de vuelta hacia Vindsborg se le ocurrió que en su ausencia Tarian posiblemente hubiera regresado. Si no lo había hecho, él, Balduino, tendría que olvidar sus planes de liberar a Kehlensneiter, quien podría volverse incontrolable sin Tarian para sosegarlo y dominarlo. Incluso esto era lo de menos: lamentaba más que nada la partida del muchacho... Suponiendo que de verdad no se hubiera ahogado en su intento por regresar a las aguas.

 

      De cualquier modo, si Tarian, de una forma u otra, había desaparecido en la inescrutable inmensidad del océano, probablemente jamás volvieran a tenerse noticias de él; en cuyo caso nada podría hacerse, excepto desear que tuviera suerte. Resultaba estremecedora la idea de que tal vez la otra parte de su linaje, las sirenas y los tritones, estuviera definitivamente extinta; que tal vez, si allá abajo enfermaba o sufría un accidente, no tendría quien lo socorriese, acompañase o asistiese. Pero nada de eso podía cambiarse; si habría de suceder, sucedería, y sólo cabía esperar que, después de todo, no sucediera.

 

      Más allá de todo eso, Balduino tenía veneno acumulado contra Ulvgang, cuya incomprensible conducta hacia Tarian provocara la partida de éste. Al llegar a Vindsborg se enteró de que el muchacho no había vuelto y que Ulvgang estaba de guardia en el torreón. Por lo tanto, también Balduino fue hacia allí, y reprendió duramente al Kveisung.

 

      -Mira, señor Cabellos de Fuego, estoy a tus órdenes para muchas cosas-replicó Ulvgang, sin inmutarse-; Tarian, sin embargo, es mi hijo, y lo que haga con él no te concierne.

 

      -Tarian estaba mis órdenes tanto como tú, cosa que, según he oído, le echaste en cara como si de un crimen se tratase; de modo que me concierne-le recriminó Balduino-. Y lo que hagas con Tarian es cosa de él, también. Eso de que un padre, por su sola condición de tal, puede hacer lo que se le antoje con sus hijos, es uno de los pensamientos más detestables que hay.

 

       -Bueno, pues yo soy detestable, entonces-ladró Ulvgang, quien, cosa rara en él, se veía de muy mal humor.

 

        -Haces que me siente idiota. Si era para que lo trataras así, podía haberlo dejado en la mazmorra.

 

      -No te sientas idiota. De todos modos, está mejor libre. Pareces olvidar que en la prisión lo torturaban.

 

       -No hables en pasado-concluyó Balduino, disponiéndose a bajar de nuevo, en vista de que al parecer perdía su tiempo allí-. Ahora es su alma la que tal vez padezca torturas. Quizás seas para él peor que los carceleros que lo maltrataban antes.

 

      Era dificilísimo encolerizar a Ulvgang, mas su ira, una vez desatada, resultaba temible; y ahora, dominado por un furor que duplicaba sus fuerzas y reflejos, acometió contra Balduino célere como un rayo, sin darle tiempo a reaccionar. Lo aferró por la ropa y lo alzó en vilo, observándolo con algo parecido al odio pero que, a la vez, no lo era.

 

      Fue toda una sorpresa para Balduino, quien había empezado a imaginar que Ulvgang era insensible a cuanto tuviera que ver con su paternidad. No hizo el menor intento por liberarse, ni mostró temor. Habría podido asustarse ante Ulvgang ante un ataque semejante, de no mediar que estaba seguro de sí mismo. Defendía principios nobles y auténticos y lo sabía y eso le daba coraje. Así debía ser en un Caballero, pero en este momento le importaba un rábano. Había hablado en él, no el Caballero, sino el hijo malquerido, un hijo que hacía severos reproches a un padre que no era el suyo, pero que igualmente estaba cometiendo graves faltas a su condición de tal.

 

       Durante unos segundos, las miradas de ambos se enfrentaron fieramente. Acaso admirado del valor o la fuerza de las convicciones de Balduino, Ulvgang se reblandeció en forma sutil, y finalmente depositó al pelirrojo en el suelo.

 

      -Vete-ordenó.

 

       Balduino mandaba en Vindsborg, pero no vio motivos para no obedecer esta orden de Ulvgang. Ya había dicho cuanto tenía que decir, y por otra parte, ¿no se disponía a bajar antes de que se lo detuviera tan bruscamente? Y si por mero capricho no acataba la orden que acababa de darle El Terror de los Estrechos, estaría socavando su propia autoridad. Estaba seguro de haber herido a la bestia, aunque no supiera dónde ni cómo, y era lógico que la bestia quisiera estar a solas para relamerse las heridas. Había que respetarle ese derecho.

 

      Pareció, en los días que siguieron, que la intuición de Balduino era correcta. Sólo Anders, Hansi y él mismo, como el primer día de la desaparición de Tarian, iban hacia el crepúsculo a otear hacia el horizonte, como prosternándose ante la majestad del mar para pedirle que devolviera vivo al joven; pero muchos otros miraban en esa dirección en otros momentos del día. Algunos de ellos, entre los que se contaba Ulvgang, lo hacían de reojo y con disimulo. Se advertía entonces un fugaz reflejo de dolor en los saltones ojos verdiazules, reemplazado enseguida por una expresión dura, como si aborreciera delatar ese costado emocional suyo.

 

       Entonces, de improviso, Tarian regresó al término de aquella semana. En las primeras horas del domingo, cuando todavía faltaba para levantarse, entró en Vindsborg chorreando agua, aunque el viento lo había secado un poco. Alguien que despertó al oírlo entrar soltó una horrorizada exclamación al verlo en ese estado, y dicha exclamación, a su vez, despertó a prácticamente todos los demás, salvo por supuesto a Snarki, quien siguió roncando con el mismo estrépito de siempre, ignorante del suceso.

 

       -Tarian, muchacho, ¡por Dios!-exclamó Balduino. Tal vez Tarian no sintiera frío, pero el pelirrojo sentía que se congelaba nada más de verlo. Se puso de pie de un salto y a toda velocidad buscó unas toallas-. Sécate, antes de que me dé un patatús-añadió, arrojándole las toallas en cuestión. Tarian las capturó al vuelo, las miró intrigado y se las puso bajo el brazo. Era evidente que no entendía qué debía hacer con ellas.

 

       Ursula meneó la cabeza. A su manera, Tarian la enternecía, pero también tenía pocas dudas de que era medio idiota, y el presente comportamiento del joven venía a confirmar esta opinión.

 

       -No, hombre, no. Que te seques. Así, mira-dijo Balduino, arrebatándole las toallas y mostrándole. Entonces Tarian hizo un gesto para denotar que entendía, y empezó a secarse sin ayuda.

 

      Tal vez el problema en este caso radicara en que palabras como estar mojado o estar seco no fueran muy usadas por Tarian, ni le parecieran importantes. No había forma de estar seco bajo la superficie del mar, y sobre ella tarde o temprano se lo estaba; y en este caso no entendía la importancia de acelerar el proceso mediante las dichosas toallas. Como tampoco entendía la pasión del género humano por aquel elemento que tan destructor parecía, el fuego. Ahora mismo los gemelos Björnson, que fueron de los primeros en acercarse al hogar, le ofrecían un lugar junto a las llamas. Lo rechazó sin vacilaciones.

 

      -Es bueno tenerte de vuelta, Tarian-dijo Balduino, sonriendo al joven que le devolvía las toallas.

 

       -Bribón, fuiste por ahí a arponear una que otra sirena, ¿eh?-preguntó Anders a Tarian, guiñándole un ojo y dándole una palmadita afectuosa en el hombro-. ¡Ya nos lo contarás todo! Si yo pudiera respirar bajo el agua, ¡la de juergas que correríamos juntos!...

 

      Tarian sonrió. Habia dudado mucho antes de volver, y había vuelto al fin, sin estar del todo convencido, sólo por la promesa hecha a Balduino de ayudarlo a mantener bajo control a Kehlensneiter, o intentarlo al menos, hasta asegurarse de que no fuera peligroso en Vindsborg. Pero daba la sensación de que algunos lo habían extrañado aquí. Tal vez, más allá de cualquier promesa, valiera la pena quedarse para intentar una vez más una convivencia con seres humanos, aunque aún le doliera la forma en que su padre lo trataba y que no podía entender. Dicho sea de paso, Ulvgang ahora ni lo miraba.

 

      Si las cosas salieran mal, siempre podría volver al océano. Mejor solo que mal acompañado; e incluso era probable que no estuviera totalmente solo. Entre las razas inteligentes que poblaban los mares, los delfines eran la más amistosa. Conocía su habla, que no requería de lengua sino sólo de cuerdas vocales bien entrenadas, y sabía que entre ellos sería bienvenido, aunque por temporadas le conviniera alejarse un tanto de ellos. Sólo quería vivir tranquilo, sin complicaciones, y menos si éstas eran meros absurdos y no problemas reales.

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19 mayo 2010 3 19 /05 /mayo /2010 23:32

        Volvió a Vindsborg muy tarde. Se había demorado en partir hacia la cabaña de Gudrun ese día, por lo que ella todavía lo encontró allí al volver del pastoreo; y al notarlo deprimido, intentó consolarlo de algún modo, pero no sabía cómo. Balduino no le contó nada de lo sucedido, pero sí admitió estar triste, y la instó a hablar de cómo había ella pasado el día, lo que descolocó un tanto a Gudrun. Ella era feliz pastoreando sus ovejas, pero la actividad era un tanto monótona, y no dejaba demasiado margen para sucesos trascendentes, salvo algún intento de latrocinio por parte de las fieras de turno; y si dicho intento no era lo bastante osado, inusual o exitoso, tampoco resultaba digno de recuerdo.

 

       Aun así, si Balduino quería que hablara de su rutina diaria, de eso ella hablaría. El se lo había pedido sólo para distraer su mente con otra cosa que no fuera la inesperada partida de Tarian; y sin embargo, tal vez porque había mucha pasión y gozo en el relato que Gudrun hacía de esas mínimas vivencias suyas o porque, al amarla como la amaba, cualquier cosa que a ella la hiciera feliz era importante, pronto también él experimentó una silenciosa sensación de felicidad. De cualquier modo, escuchándola, la carga de su pena se alivió; y ella aún no había terminado de hablar, cuando Balduino la interrumpió estrechándola entre sus brazos.

 

      -No sé qué será de mí cuando ya no te tenga conmigo-dijo.

 

       -No seáis complicado, señor Cabellos de Fuego. Me tenéis con vos ahora; ¿a qué preocuparse por algo que aún ha de suceder?-alcanzó a decir ella, antes de que él la besara.

 

       Y viéndose ambos presas de la excitación, se acercaron al hogar, donde los leños abrasados por el fuego chisporroteaban ruidosamente, y se desnudaron. Sus rostros sin duda no eran muy agraciados, pero la Naturaleza había sido más generosa con ellos dotándolos de cuerpos agradables a la vista. El de Balduino, bien formado debido al continuo ejercicio, era musculoso, fuerte y elástico; el de Gudrun tenía pechos firmes y caderas anchas, y una esbeltez que de alguna manera hacía pensar en la gracilidad de la gamuza brincando en la montaña. Pero aunque la piel de uno anhelaba y buscaba el contacto con la del otro, rara vez se deleitaban admirándose mutuamente sus atractivos físicos. Había ardor en ellos, pero la suya no era una atracción animal y nada más; por lo que pasaban la mayor parte del tiempo mirándose a los ojos, detrás de los cuales estaba aquello que los había hecho amarse.

 

       Y no obstante, al hallarse desnudos uno en brazos de otro, lo táctil vino a reclamar sus derechos sobre ellos. Balduino, el más vigoroso, era sin embargo el más suave en sus caricias, aunque siempre firme, nunca vacilante. Su forma de hacer el amor subyugaba a Gudrun, a la vez que constantemente la sorprendía y emocionaba, pues tales demostraciones de ternura le parecían extrañas y hermosas en alguien tan fuerte. Ella era todo lo contrario: pasional, posesiva, casi brusca por momentos. Su temperamento bravío se mantenía incólume incluso aquí, en el lecho; sus manos parecían dejar brasas en el cuerpo de Balduino, quien se sentía elevado a inimaginados planos de delirante éxtasis cuando ella lo tocaba de esa manera.

 

      Yacían junto al hogar, entre unas pieles, cuando él finalmente la penetró. Sus caricias se habían vuelto algo más rudas, pero aun así estaban muy lejos de ser brutales, como si sólo buscara recordarle que el elemento dominante de la pareja era él. Gudrun se relajó, y las yemas de sus dedos se dirigieron a la espalda de Balduino, como incitándolo a no detenerse.

 

      Minutos después sobrevenía el clímax: un goce febril y sublime, un Paraíso de sensaciones carnales en el aire cargado de gemidos; la maravilla de poseer y ser poseído, de ser a la vez amo y esclavo.

 

      Y luego el reposo, el regreso a aguas serenas, los besos cargados de cariño antes que de pasión... La dicha íntima de tener al lado a alguien a quien amar y por quien ser amado.

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19 mayo 2010 3 19 /05 /mayo /2010 23:24

      A mediodía, poco después del almuerzo, los Kveisunger, los gemelos Björnson y Adler, con Ulvgang a la cabeza, se acercaron a Balduino y los demás.

 

      -Sólo te diré esto, que liberar a nuestros compañeros sería una estupidez descomunal de tu parte. Si eres inteligente, no lo harás-fueron las palabras de Ulvgang.

 

      -Pero nadie ha dicho que yo sea inteligente-recalcó Balduino.

 

      -Entonces, lo que suceda de aquí en más será cosa de los hados-replicó Ulvgang, con irritación; y acto seguido dio la espalda a Balduino y subió la escalinata de Vindsborg, seguido por los otros Kveisunger.

 

      Tanto los gemelos como Adler se rezagaron.

 

      -Señor Cabellos de Fuego…-comenzó Per.

 

      -…¿Tarian no está contigo?-concluyó Wilhelm.

 

      Balduino los miró, sorprendido y un poco asustado.

 

      -¡Pero si estaba seguro de que había ido con vosotros!…-exclamó.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, él quiso unírsenos…-explicó Per.

 

      -…pero Ulvgang no se lo permitió-aclaró Wilhelm.

 

      -Es cierto-confirmó Adler, y Balduino se volvió hacia el rostro picado de viruelas-. Dijo que su lugar estaba contigo. prácticamente lo trató de traidor.

 

      Balduino se indignó.

 

      -¿Pero qué mierda le pasa a ése?-exclamó-. ¿Por qué ahora se porta como un idiota y, con Tarian, como si fueran desconocidos el uno para el otro? Tarian jamás habría querido traicionarlo, ¡y Ulvgang lo sabe! ¿De veras le habló así?

 

      Adler asintió.

 

      -Y creo que Tarian se ha ido-añadió-. La última vez que lo vi estaba cerca de la orilla del mar. Ahora lo único que queda de él allí son sus ropas.

 

      Desde su liberación, Tarian sólo una vez había intentado zambullirse en el mar, y ese único intento había terminado en fracaso. Si alguna vez había sido capaz de respirar bajo el agua, ya no podía hacerlo.

 

      Horrorizado, Balduino miró hacia el océano, como reprochándole la desaparición de Tarian. Un violento bramar de olas rompiendo contra la playa pareció desafiarlo.

 

      -¡Dios!…-exclamó Anders-. ¡Se suicidó!

 

      -¡Pero no digas tonterías, pichón!-lo censuró Thorvald, enojado.

 

      -¿No entiendes? Anders tiene razón: ¡se ahogó! ¡Intencionalmente o por accidente, pero se ahogó! ¡Estuvo a punto de sucederle hace unos días, cuando hubo que sacarlo tosiendo del mar!-exclamó Balduino.

 

      -Se habrá desacostumbrado, eso es todo-dijo Thorvald, optimista-. Los músculos duelen al usarlos después de mucho tiempo de no hacer ejerecicio, ¿no? Algo parecido le habrá sucedido a Tarian con sus branquias. No hay razón para pensar que éstas se hayan atrofiado totalmente. Y no debes menospreciar el instinto de supervivencia de Tarian. Ya ha demostrado ser mucho más fuerte de lo que sospechábamos.

 

      Adler hizo un gesto de duda.

 

      -Tal vez no sea yo un experto en lo que al mar se refiere, pero sé suficiente. Está lleno de monstruos allí abajo-dijo.

 

      -Hombre, lleno de monstruos… No hay necesidad de exagerar, ni creo que Tarian corra más peligro bajo el mar que sobre él. tal vez incluso menos. Nació allí; es el ambiente que mejor conoce. Nosotros estaríamos inermes allí, pero no él. Tiene la voluntad de Ulvgang, su padre, y la respiración, los instintos e incluso la anatomía natátil de un tritón, salvo que posee piernas en vez de cola de pez. nada más le hará falta.

 

      -Pero estará solo, sin nadie que pueda ayudarlo en caso de ser herido; sin amigos, ni…-balbuceó Balduino.

 

      Thorvald miró al pelirrojo, y las pupilas de éste no eran las de un Caballero listo para hacer frente a cualquier amenaza que saliera a su encuentro. Eran las de un adolescente que lloraba su soledad en un bosque tétrico.

 

      -Muchacho, algunas personas eligen estar solas-observó el viejo-. Es lo que mejor les sienta.

 

      -No a Tarian-dijo Balduino-. Creo que esos delfines que dibujó en el torreón eran su manera de pedir amistad.

 

      -Pero si nadie se la negó…-observó lógicamente Anders.

 

      -Tiene razón el pichón-dijo Thorvald-. Simplemente, no bastó. Nadie quiso que se sintiese diferente, pero no debemos olvidar que lo es. Todos los seres humanos lo somos, cada uno respecto a los demás; pero algunos son más distintos que la mayoría. A ésos se los debe aceptar y respetar tal como son, por extraños que parezcan. Tarian es, seguramente, más extraño que nadie, porque sólo pertenece en parte a la estirpe humana; la otra mitad es de la raza subacuática. Si escuchó la llamada de las profundidades y optó por acudir a ella, no somos quienes para impedírselo.

 

      Balduino no siguió discutiendo, aunque lo embargaba una tristeza sin nombre.

 

      El almuerzo de ese día se desarrollo en un clima de funerales que no se veía desde los primeros días de Balduino y Anders en Vindsborg. Hansi no entendía que Tarian se hubiera ido sin despedirse al menos, y formulaba en voz alta preguntas que parecían un eco de las que Balduino se hacía para sus adentros:

 

      -Pero, ¿a dónde irá? ¿Estará bien? ¿Por qué nos dejó?

 

      -No lo sé, Hansi-contestaba Balduino.

 

      De vez en cuando, miraba de reojo a Ulvgang. Por momentos aparecía en éste lo que, tal vez, fuera una expresión de pesar; en general su semblante parecía pétreo, inconmovible. Balduino no lograba entender esta indiferencia teniendo en cuenta lo mucho que Ulvgang, en su momento, parecía haber sufrido por su hijo.

 

      Por la tarde se trabajó normalmente, como si nada de lo ocurrido por la mañana, desaparición de Tarian incluida, fuera real. Era un día triste y gris, y los ánimos hacían juego.

 

      Hacia el atardecer, cuando se paralizaron los trabajos, Balduino se paseó de un lado de la playa a otro, mirando hacia el océano en cuyas aguas se reflejaba el color plomizo del firmamento encapotado. La estela de fumarolas del volcán de Eldersholme se difuminaba entre los nubarrones arropados en fúnebres galas. El viento, desde luego, soplaba ululante y en fuertes ráfagas, según era habitual en Freyrstrande en los meses más fríos. Tal vez no fuera un día peor que los inmediatamente precedentes o los que vendrían después, pero lo deprimente hace mella sólo cuando los ánimos ya vienen de capa caída.

 

      -¿Volverá Tarian, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi, quien había ido tras Balduino; y como éste contestara que no sabía, añadió:-. Sí, volverá. Sólo nos tiene a nosotros, ¿no?

 

      -Se tiene a sí mismo, Hansi, y eso a veces es mucho cuando crees que no tienes a nadie más-contestó Balduino-. Tal vez tampoco nosotros necesitamos de él; pero deseaba que se quedase. Quién sabe qué habría podido enseñarnos si se hubiese quedado.

 

      Anders se les unió momentos más tarde y estuvieron los tres contemplando durante un breve instante la superficie del mar.

 

      -Voy a encender el hogar de Gudrun-decidió Balduino finalmente.

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19 mayo 2010 3 19 /05 /mayo /2010 21:05

      -Qué final tan tierno para tan bella historia-ironizó Anders, con cara de desolación-. Felicitaciones, Lambert, eres todo un poeta. ¿Y éste es el gran mérito del gran Kehlensneiter? ¿Haber asesinado a otro energúmeno de manera indescriptible?

 

      -Busca poesía donde quieras excepto en la cárcel, y en las Celdas Comunes menos todavía-contestó Lambert, haciendo otro guiño-. Por lo demás, yo reverenciaría a cualquiera que acabe con alguien como Börnsgort.

 

      -¿Y dices que tiene ojos violáceos?... Empiezo a preguntarme si no será hijo tuyo-se burló Anders.

 

      -Es curioso que digas eso. No, no lo es... Pero hay otro punto en el que nos parecemos él y yo: sólo deseamos que se nos deje en paz.

 

      Balduino recordó las palabras de Kehlensneiter: ...un dedo que me pongas encima, y embadurnos con tus sesos las paredes de mi celda.

 

       Eso de decorar muros con sesos humanos parecía haberse convertido en nuevo hobby en él, como antes lo era cortar cabezas y lanzarlas al aire. Mejor no desdeñar la amenaza.

 

      -Así que ésa era la historia-intervino Thorvald, pensativo-. Siempre había pensado que Kehlensneiter mató a Börnsgort sólo porque se le vino en gana.

 

       -Me parece injusto que él siga en prisión. Si vamos al caso, Honney era y es mucho más malvado que él-dijo Lambert; y se volvió hacia Snarki-. ¿No estás de acuerdo?

 

      -Hmmm...-gruñó el consultado, pensativo-. Yo les temía a todos por aquel entonces. Puede que tengas razón sin embargo. Honney se regodeaba infundiendo miedo, cosa que no puede decirse de Kehlensneiter.

 

      -Eso será ahora. Bien que le gustó en otro tiempo ser conocido como Cortagargantas...-observó Thorvald.

 

       -Se dice que antes de eso, y también después, sufrió mucho-señaló Lambert.

 

       -Di lo que quieras, pero ni todo el sufrimiento justifican atrocidades como las cometidas por Kehlensneiter-respondió Thorvald.

 

      -Pero no puede juzgarse la crueldad de Kehlensneiter por lo que haya hecho en combate-opinó Ursula-. Ahí lo importante es ganar la batalla, y una forma de doblegar al enemigo es usando el terror.

 

      -En ese caso, empecemos por el principio-dijo Anders, en sorna una vez más-: ¿en qué bando se hallaba por aquel entonces Kehlensneiter? En el de los malos, ¿no?

 

       -Olvida eso. Si todos los malos del mundo desaparecieran, al menos la mitad de los que en este momento tienen la función de proteger contra ellos cambiaría de bando-contestó Ursula-, porque son apasionados de la acción y la guerra, y serían incapaces de resignarse a una existencia pacífica.

 

      -Eso es cierto-admitió Thorvald-.  Basta ver a la soldadesca en tiempos de paz. Se vuelven unos matones sin conciencia ni honor, que molestan a la gente sólo para matar el tiempo.

 

      -Pero los hombres que hay en Kvissensborg en este momento no son así-objetó Anders.

 

      -Eso porque son reclutas recientes, y porque son jóvenes. Conservan intactos aún su orgullo e idealismo... Y además los dirige nada menos que Hildert Karstenson. De haber continuado subordinados a Einar y sus amigos, hubieran terminado tan podridos como la mayoría-replicó Thorvald.

 

      -¿Tiene sentido esta discusión? Aquí manda el  señor Cabellos de Fuego. El decidirá qué se hace-intervino Karl.

 

       Balduino lo miró a los ojos.

 

       -Dime que deje a Kehlensneiter en prisión, y te juro que eso haré-le dijo.

 

         Se le ocurría recién ahora que tal vez Anders tuviera razón: liberar a Kehlensneiter quizás fuera demasiado riesgoso para Karl. Por lo tanto, de éste debía depender la decisión final.

 

       -¿Pero cómo voy yo a deciros lo que se debe hacer?-preguntó Karl, entre escandalizado y compungido, como si con solo insinuar semejante cosa se estuviera manchando para siempre y de forma grave su reputación.

 

      -Haz de cuenta que estás en mi lugar.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, desde mi posición jamás me hubiera planteado la posibilidad de liberar a Kehlensneiter; pero si vos consideráis menester hacerlo es sin duda porque vos contaís con otros elementos de juicio de los que yo estoy privado. Confío en vuestro criterio, señor.

 

      Balduino miró de nuevo a los ojos del viejo manco y comprendió que éste se hallaba dispuesto a mantener su disciplina y lealtad hasta el fin. Casi hubiera deseado hallarlo más reacio, así habría podido sentirse menos responsable de cualquier cosa que sus decisiones acarrearan a Karl.

 

 

      -Deberías opinar por ti mismo en vez de obedecer ciegamente al que te manda-le dijo Balduino.

 

      -Pero si lo hago, señor. Opino que sois un buen líder y que se puede confiar en vos. Sólo es una lástima vuestro lenguaje...

 

      Balduino meneó la cabeza, y ya no siguió insistiendo.

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19 mayo 2010 3 19 /05 /mayo /2010 18:04

      -De todos nosotros, soy quien primero cayó en prisión-comunicó Lambert, guiñando involuntariamente su ojo izquierdo según era habitual en él-. Entré hace alrededor de veinte años, más o menos los mismos que duró mi matrimonio; y asistía a esa decadencia en la que Kvissensborg pasó a ser, de un simple presidio, una auténtica sucursal del Infierno. Cuando ingresé, me consideraban el preso más peligroso, por haber asesinado tan bárbaramente a Helga; sin embargo, nunca hice el menor daño a mis compañeros de reclusión, adrede al menos. Pero luego fueron llegando otros mucho más bestiales. Los peores eran todos Landskveisunger y, de todos ellos, el más temible fue uno a quien se conoció como Börnsgort, Verdugo de Osos. Este gobernó, no cabe otra palabra, durante dos años en la mazmorra, con puño de hierro y un séquito de secuaces. Sólo puedo describirlo como una gran mole de crueldad. El suyo fue un reinado de terror, bajo el que la mazmorra se convirtió en una cloaca llena de inmundicias.

 

      Calló un momento; evidentemente recordaba algo muy feo, porque se notaba que acopiaba fuerzas para proseguir.

 

      Nuevo guiño de ojo.

 

      -Börnsgort mataba y violaba según su capricho, y lo mismo su pandilla-continuó-. De ser violado no nos salvamos ninguno de los que estábamos encerrados con ellos en las Celdas Comunes por  aquella época. Normalmente nos repartían a su antojo, aunque a veces echaban suertes para ver cuál de nosotros haría de mujer para el grupo entero durante toda la noche. Fui el primero en someterme a tal vejación, voluntariamente; con ello decepcionó a otros reclusos que esperaban que yo desafiase a Börnsgort. Este se hallaba al tanto de esas esperanzas, y justamente me sometí a sus bajos instintos para que supiera que no osaría desafiarle. Jamás tuve fibra de héroe y preferí caer en esa humillación. Mis compañeros me llamaron cobarde, y uno de ellos cometió la estupidez de enfrentar a Börnsgort contando, ingenuamente, conque la mayoría se pondría de su lado. la verdad es que, cuando Börnsgort y sus secuaces se levantaron para castigarlo, ni uno solo actuó en defensa de aquel infeliz: Lo violaron todas las noches durante una semana. La última noche suplicó una clemencia que le fue negada y murió mientras lo estaban violando a consecuencia, creímos, de una hemorragia interna. Más tarde hubo otras muertes. En algunos casos, éstas eran producto de heridas provocadas por reiteradas violaciones y luego infectadas; pero Börnsgort pronto decidió que, cada vez que ingresara un nuevo recluso, había que matar a uno de los viejos para hacerle lugar al recién nacido, faltara espacio o no. Normalmente se decidía a suertes quién sería asesinado. Börnsgort reía y decía que era bueno renovar un poco el hembraje del burdel.

 

      Lambert sacudió la cabeza cabeza, como tratando de apartar de su mente una espantosa pesadilla. Hizo otro involuntario guiño.

 

      -Ningún conato de rebelión contra Börnsgort fue siquiera medianamente exitoso, hasta que Per y Wilhelm Björnson entraron en Kvissensborg-prosiguió-. Los gemelos odiaban a todos los Landskveisunger, pero además con Börnsgort tenían querellas personales porque, por un lado, pertenecían a bandas rivales, Börnsgort a la de Vin-ein-Auke y los Björnson a la de Njall Blotinenhander Kurtson. Por otro lado, parece que los gemelos habían tenido algo que ver con la captura de Börnsgort, y éste lo sabía. Por lo tanto, al tenerlos allí, quiso arreglar cuentas con ellos, y por una vez decidió que nadie debía morir para ceder lugar a estos recién llegados. Pero los gemelos Björnson eran valientes y duros, y se prepararon para hacer frente a Börnsgort y su séquito de criminales; y al verlos tan decididos, optamos por unirnos a ellos con la esperanza de quedar libres de la brutal tiranía que veníamos soportando hasta entonces. Börnsgort describió las consecuencias que  pagaríamos por unirnos a los Björnson, lo que provocó inmediata deserción en nuestro bando; de forma que quedamos superados en número de ocho contra seis. Daba lo mismo: en nuestro bando, los únicos que ralmente sabían luchar era Per y Wilhelm.

 

       'El enfrentamiento entre ambas facciones demoró en concretarse, quince días si no recuerdo mal. Entonces, una noche, Börnsgort y los suyos cayeron sobre nosotros. Los Björnson se defendieron bastante bien y hasta mataron a uno de los otros, pero también cayeron dos de los nuestros, y otros dos quedamos demasiado malheridos. Sólo Per y Wilhelm,  en consecuencia, quedaban para seguir resistiendo. Esa vez, las cosas quedaron así, pero poco tiempo después fueron los Björnson quienes tomaron la iniciativa. En una acometida audaz y sorpresiva, apalearon a Börnsgort y sus hombres y mataron a otro más de la pandilla, pero luego fueron capturados y sometidos a una tortura muy especial, que se repiktió durante tres noches. El tormento consistía en separarlos y golpear ferozmente a uno de ellos. Al otro no le hacían nada; pero, cosa increíble, señor Cabellos de Fuego, éste al que dejaban intacto gritaba de dolor tanto como su hermano, y se llevaba las manos a las mismas partes del cuerpo donde el primero recibía los golpes.

 

      Anders se preguntó qué crédito podía concederse a esta parte de la historia. Al fin y al cabo, Lambert ya había contado antes su broma, una historia increíble, la de los horripilantes efectos de la sangre menstrual de su difunta esposa Helga.

 

      Se miró de reojo con Balduino. Este creía que Lambert era sincero. Tiempo atrás le hubiera interesado mucho constatar, personalmente, la veracidad acerca del misterioso nexo que, según se decía, unía a Per y Wilhelm Björnson. Sin embargo, ahora le parecía que podía pasársela muy bien sin comprobaciones de ningún tipo, especialmente si para ello debía ser testigo de una sesión de tortura.

 

      -Viendo sufrir a los gemelos Björnson, Börnsgort reía y decía que, si los gemelos querían misericordia, los bastaba con pedirla y entonces, decía, haría de uno de ellos la puta del grupo para ver si el otro experimentaba la sodomización sin que lo tocasen siquiera. Luego, cuando ya se hartara de ellos, los despacharía de manera rÁpida e inflexible; promesa que no creo que tuviera intenciones de cumplir.

 

      'Tres noches llevaban ya Börnsgort y sus secuaces torturando a Per y Wilhelm cuando, inesperadamente, ingresaron en las Celdas Comunes Sundeneschrackt y los restos de su banda pirata; en ese entonces dieciocho personas, sin contar a Tarian, a quien nunca conocí personalmente estando en prisión. Se dijo que los habían traído en secreto y sin revelar su paradero para evitar que un eventual cómplice que siguiera en libertad los ayudara a huir. De todas formas, venían malhumorados por su derrota en Svartblotbukten, malhumorados por la traición de Einar y malhumorados por mil cosas más. Como además eran feísimos, daban miedo; pero estaban demasiado ocupados tratando de digerir su nueva situación y quizás tramando una huida que nunca se atrevieron  a poner en práctica; de modo que a nadie molestaban. Silenciosos y hoscos, se desperdigaron a lo largo y a lo ancho de las Celdas Comunes. Vieron que había heridos entre nosotros, pero no movieron un dedo para ayudarnos.

 

      ´Börnsgort, como es lógico, se inquietó al ver sus dominios invadidos por tantagente nueva. No teniendo tantos secuaces como Ulvgang, creyó conveniente entrar en tratativas con éste. Pero ni de lejos caía simpático, y Ulvgang no estaba de humor; de modo que, cuando Börnsgort se le acercó para darle la bienvenida y le colocó una mano en el hombro, Ulvgang lo miró con frío desprecio.

 

      '-No soy  de tu macho para que vengas a darme masajes-dijo-. Quítame las manos de encima y, si vuelves a tocarme, mueres.

 

      'Había hablado con mucha calma, sin poner énfasis; pero Ulvgang jamás necesitó mucho para hacer temblar. Börnsgort se mostró condescendiente, diciendo que ya tendrían oportunidad de ponerse de acuerdo sobre las reglas; que dos tipos duros como Ulvgang y él debían aliarse en vez de ser enemigos y luchar entre sí.

 

      '-Preciso tu alianza como precisaría un monstruo marino la de un camarón-contestó Ulvgang, torvo-. En cuanto a las reglas, te las haré saber cuando sea oportuno.

 

      'Ahí supo Börnsgort que su reinado despótico llegaba a su fin y que Ulvgang sería amo y señor de la mazmorra, como ya lo había sido del Mar de Nerdel. Por unos segundos se acobardó, y fue todo un deleite verlo así; luego hizo uno intento patético y a la vez ridículo por retomar el control.

 

       '-Más tarde hablemos-diojo evasivamente, como comprensivo con el arrebato de mal humor por parte de Ulvgang-. Tendremos fiesta esta noche, y ahí están las putas-añadió, señalando a los Björnson-. Si queréis sumaros, seréis bienvenidos.

 

      'Creía todavía conservar un resto de liderazgo, lo que era muy iluso de su parte. Además, era evidente que los Kveisunger querían silencio y que tanta cháchara los fastidiaba... Y en ese momento, tratando de congraciarse, acababa de firmar su sentencia de muerte. Kehlensneiter, hasta entonces acuclillado en un rincón, se incorporó y fue hacia él, apuntándolo con un índice huesudo.

 

      '-No harás tu fiesta-dijo-. No me gustan las fiestas, y si me entero de que se organiza alguna, mato primero al anfitrión y a los invitados después. Y si quieres seguir vivo, no digas una sola palabra más.

 

      'Estoy seguro de que Börnsgort no ignoraba el peligro que corría y que tuvo más miedo que nunca. Kehlensneiter tiene una escalofriante voz ronca, ya la habréis oido vos mismo, y unas pupilas violáceas espantosas, capaces de quitar el sueño hasta al más valiente. Sin embargo, en Börnsgort pudo más el deseo de seguir mandando y el hecho de que ya no podía soslayar el desprecio del que era objeto por parte de los recién llegados. Avanzó hacia Kehlensneiter la corpulenta mole de su cuerpo, en son de guerra, y empezó a decir algo, sin duda una amenaza... Y en el segundo siguiente, Kehlensneiter lo había aferrado por el cuello y le golpeaba la cabeza, una y otra vez, contra el muro de la prisión, hasta no dejar de ella más que una masa informe de sangre, sesos y huesos rotos.

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18 mayo 2010 2 18 /05 /mayo /2010 19:50

      -El señor Ben Jakob, citando el Talmud, decía que en el relato de la Creación contenido en el Libro del Génesis se cuenta que Dios veía que su obra era buena-comentó Balduino-. Hubo, sin embargo, una excepción, el segundo día, cuando Dios dividió unas aguas de otras para ordenar el mundo, pero no opinó que ello fuera bueno, pues había nacido la primera división. El señor Ben Jakob decía que tanto más nefastas son las divisiones entre hombres cuando no traen provecho, como generalmente ocurre.

 

       -Dejando de lado que no veo la lógica de que repitas esa u otras citas religiosas cuando eres más incrédulo que Santo Tomás, Dios hizo la división aunque no fuera exactamente buena, ¿no? ¿Por qué no dividir entonces entre buenos y malos, por qué no dejar a Kehlensneiter en la mazmorra, bien lejos de nosotros?

 

      -¿Y qué seguridad tenemos de que allí vaya a quedarse, aun cuando no lo liberemos nosotros mismos?... Di instrucciones a Hildert. Ulvgang y sus Kveisunger están autorizados a visitar a Hendryk y a Kehlensneiter, si desean hacerlo, porque negarles ese derecho podría traer problemas. Pero no tienen permiso para ingresar en las celdas ni a llevar encima las llaves de las mismas, que deben permanecer en poder de los carceleros de turno. Me consta que Andrusier pidió las llaves, que fue muy insistente y que se irritó al no tener éxito. ¿Quería simplemente entrar en las celdas, o buscaba hacer salir de ellas a sus ocupantes? Andrusier no comentó conmigo el incidente, y eso me da mala espina. Me enteré por Hildert, a quien se lo comentaron los guardias que discutieron con Andrusier. Podría estar gestándose una traición frente a mis propias narices en este mismo momento. Una opción podría ser devolver a los Kveisunger a la mazmorra ya mismo. Aparte de que no me gusta la idea, la conveniencia de la misma es dudosa. En este momento Kvissensborg está bajo mi autoridad, pero los vientos podrían soplar fácilmente en otra dirección, y Einar tomar el control de nuevo; en cuyo caso, al no contar yo con el apoyo de la dotación de Kvissensborg, me vería obligado a sacar de nuevo a los Kveisunger de las mazmorras, pues estaría escaso de hombres. Y luego de haberlos devuelto a prisión, sería ingenuo de mi parte esperar que al salir de nuevo me sirvieran con la misma lealtad de antes, pues sería obvio que entonces estaría usándolos. Ahora bien, hasta aquí, por lo que sabemos y hasta que se pruebe lo contrario, me han sido fieles, aunque algunos detalles, como el de Andrusier solicitando las llaves de las celdas, arrojen alguna sombra de duda. Sería por lo tanto una canallada de mi parte devolverles bien por mal. Cuanto puedo hacer es seguir conservándolos a mi lado, reforzar esa lealtad como me sea posible y mirar cada tanto por encima de mi hombro y con la diestra descansando en la empuñadura de mi espada. Nada más puedo hacer.

 

      -Thorvald, ¿tú qué opinas?-preguntó Anders.

 

      El gigantesco anciano quedó pensativo un instante.

 

      -Balduino razona bien-dijo al fin-. El problema es que cualquier cosa que haga tiene sus pros y sus contras, y estas últimas encierran mucho peligro. No obstante, Ulvgang aprecia a Balduino y confía en él. Para Balduino sería peligrosísimo que Ulvgang se sintiera traicionado. Será menos riesgoso, creo, liberar a los dos que están en la cárcel que arriesgarse a que salgan por las suyas o con ayuda de sus compinches. Ni hablar de encerrar de nuevo a los que ya están afuera y soltarlos otra vez si se hiciera necesario; hacer algo así sería una estupidez fatal.

 

       -Que salga el tal Kehlensneiter-terció Ursula-. Siempre hay tiempo para romperle el cuello si no se comporta como es debido.

 

      -¡Ni que fuera apenas un niño travieso!-exclamó burlonamente Anders-. Por si no te ha quedado claro, comportarse en forma indebida significa, en el caso de Kehlensneiter, que deja tras él un par de cadáveres degollados, no que ha cometido una diablura digna de Hansi, Ursula.

 

      -Ulvgang, sin darse cuenta, se contradijo mientras hablaba conmigo-reflexionó Balduino-. Primero dijo que yo tenía la amistad y el respeto de él y de su banda; más tarde, sin embargo, dijo que ellos y yo no somos amigos sino, por el contrario, enemigos.

 

      -Cuando tu adversario es leal y te ves obligado a unir fuerzas con él en causas comunes, lo sientes amigo y ya no sabes ni dónde estás parado-dijo Thorvald-. Es el caso vuestro. Tú eres Caballero; él, pirata. No es lógico que seáis amigos ejerciendo ocupaciones tan disímiles ambos. Pero hicisteis un pacto y, como él mismo dijo, quiere serte fiel aunque más no sea por conveniencias. Por desgracia, toda fidelidad tiene sus límites. El suyo es pretender que regrese a la mazmorra voluntariamente si nada lo obliga a ello.

 

       -Yo no quiero que regrese a la mazmorra, ni él ni los suyos-anunció terminantemente Balduino-. Quiero que todos sean indultados. Pagaron por sus crímenes y me están sirviendo bien. Eso merece un reconocimiento, ¿no?

 

        -Ah, pero no estás en posición de ofrecer o garantizar indultos, no es prerrogativa tuya concederlos, ni tienes seguridad de que los obtendrías para ellos-respondió Thorvald.

 

      -Entonces, que los trasladen a un encierro menos duro. Cuando menos eso sí se merecen.

 

      -En su momento armó un escándalo sin nombre la sentencia que los condenaba a prisión perpetua en vez de a la horca. Imagina qué lograrías si intentases que se los trate con menos rigor.

 

      Era cierto. A pesar de que él mismo había cometido e instigado actos igualmente innobles, Arn parecía sentir cierta vergüenza por los fallos judiciales que, durante el gobierno de su padre, habían permitido a los restos de la banda de Sundeneschrackt esquivar la pena de muerte; de modo que era poco probable que él quisiera suavizar aún más tales sentencias, aunque siempre se podía probar.

 

       -Bueno, pues no sé-dijo Balduino, vencido-. Construyamos entre todos una nave y vayamos a vivir a Broddervarsholm. Hagámonos piratas.

 

      -Ya eres Caballero y, por lo tanto, debes obediencia a las leyes, cosa que no puede decirse de los piratas, a menos que se trate de las suyas...-objetó Thorvald.

 

      -¡Pero no me hagas reir!... Desde que soy Caballero me debí siempre a la justicia, pero con respecto a las leyes, no hice otra cosa que refregármelas por el culo.

 

      -Ese lenguaje, señor Cabellos de Fuego-musitó Karl en tono implorante.

 

      -Tú eres único-le dijo Anders-. Se está por decidir la puesta en libertad de un tipo que con gusto te cortaría en trocitos y te merendaría crudo, y tu única preocupación es una grosería de Balduino.

 

      -Una vez un matarife me dijo que no miraba los ojos de los animales que faenaba porque, si lo hacía, no era capaz de carnearlos-recordó Balduino-. En este caso es igual. Cuanto más convivamos con Ulvgang y sus hombres, cuanto más los miremos a la cara, cuanto más confiemos en ellos y nos expongamos a ser sus víctimas, más difíciles les será traicionarnos.

 

       -Así habrá razonado vuestro Cristo, en cuyo caso luego, en lo alto de la Cruz, habrá blasfemado como para matar a Karl de un soponcio-observó Ursula, provocando con su mentalidad pagana inevitables sonrisas-. No todos los hombres son iguales, señor Cabellos de Fuego. Tal vez te has pasado demasiado tiempo luchando noblemente, y casi has olvidado incluso qué son las villanías.

 

      -En realidad, pasé más tiempo tendiendo emboscadas, poniendo trampas y atacando por sorpresa, ya que la Orden no enfrentaba a enemigos leales y por lo tanto tampoco ella misma procedía con nobleza. Sólo una vez me batí a duelo caballeresco en toda regla y tras desafío formal-aclaró Balduino; y añadió, ufano:-. Y vencí.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, en mi opinión haces lo correcto, pues Kehlensneiter merece estar aquí, con nosotros-intervino inesperadamente Lambert, quien hasta ese momento no había soltado palabra-; y me gustaría explicar por qué.

 

      -Si quieres...-murmuró Balduino, intrigado por la petición de Lambert y preguntándose qué tan trascendental resultaría el testimonio del viejo.

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18 mayo 2010 2 18 /05 /mayo /2010 17:48

      -No esperaba que Adler se fuera con ellos.

 

      Era Snarki quien acababa de hablar de esta manera. Balduino puso cara de circunstancias, pero a menos que Adler rompiera cierta promesa que le había hecho tiempo atrás, si estaba junto a Ulvgang y los leales a éste era sólo para espiarlos. El pelirrojo, en efecto, había temido que la liberación de Hendryk y Kehlensneiter suscitara revuelos varios entre los otros Kveisunger, y decidido que necesitaba un espía infiltrado entre ellos.

 

        Para esta tarea, nadie mejor que Adler, quien carecía de verdadero carisma y no se hacía notar mucho. En otras ocasiones había demostrado que su corazón lo acercaba más a Balduino, aunque por temor se plegara a Ulvgang en caso de tener que decidir entre uno u otro; por ejemplo, durante el famoso principio de motín, sin consecuencias, provocado por el hallazgo de objetos valiosos tras el naufragio de un barco que luego resultaría ser el de Ursula, el Valhöll. Su bajo perfil no permitía identificarlo claramente como adlátere de Balduino, lo que sí ocurría con Snarki, cuya reconocida lealtad hacia el pelirrojo había aumentado mucho y muy notoriamente desde que, gracias a él, se sabía hombre libre y exculpado de los cargos de violación y asesinato: bastaba ver que seguía en Vindsborg aun pudiendo marcharse cuando quisiera.

 

      Lambert, demasiado viejo y sufrido para temer a la muerte, habría despertado sospechas si, bajo la excusa de aliarse al bando más fuerte, se hubiera acercado a Ulvgang y su corro para secretamente espiar a Balduino, ya que en ocasiones anteriores se había mantenido al margen muy ostensiblemente. Para él, Balduino era la autoridad, y terminaba siempre gravitando en su entorno aunque más no fuera por inercia. Total, si los Kveisunger lo degollaran por no plegarse a ellos, ¿y qué? Sólo pedía a Dios, si su conducta lo hacía acreedor a las penurias infernales, que su suplicio póstumo no incluyera una eternidad junto a la difunta Helga...

 

        Los gemelos Björnson quedaban descartados: siempre se habían mantenido demasiado próximos a Ulvgang para confiar tanto en ellos. Ursula mantenía buenas relaciones con los Kveisunger pero, desde el incidente de la muerte de la loba preñada,  conocido sólo por ella misma y por Balduino, ya no llamaba a éste con apelativos burlones como enanín, chiquitín o cosas por el estilo. Ahora era, también para ella, el señor Cabellos de Fuego. Este súbito cambio llamaba la atención del resto, aun desconociendo la causa del mismo. El respeto de Ursula hacia Balduino había crecido de manera harto evidente para creerla sincera si obligada a elegir entre dos bandos optaba por el de Ulvgang contra el del pelirrojo. Y por supuesto, Thorvald, Karl y Anders eran opciones aún más impensables, tanto como Adam, aunque en este último caso porque simplemente no se podía confiar en él.

 

        No había sido fácil convencer a Adler de que se aviniese a espiar a los Kveisunger, sobre todo porque Balduino le había hablado con vaguedades y dejando muchas cosas sin explicar. Además, a ojos vista, Ulvgang y sus piratas se estaban comportando, en aquel momento, honorablemente; por lo que era sobre Balduino que recaían sospechas de traer intenciones traicioneras con semejante petición. Adler no quería ni imaginar cuál sería su suerte si El Terror de los Estrechos maliciaba que estaba jugándole sucio haciendo de soplón para el pelirrojo; y por lo tanto había comenzado negándose.

 

      -Sólo quiero que seas mis ojos detrás de mi espalda. No es mi intención cometer villanías de ningún tipo-había dicho Balduino; y al no obtener sino silencio por respuesta, añadió:-. Pero si aun así no quieres hacerlo, olvida que te lo he pedido. Trataré de arreglármelas solo.

 

      Entonces Adler alzó la vista hacia Balduino y acabó aceptando tras considerables vacilaciones.

 

      Databa esta conversación de los días en que Balduino, por primera vez, se hacía acompañar por Tarian al visitar Kvissensborg; difícil saber si Adler cumpliría su promesa. Parecía imposible que Ulvgang tuviera a su vez un espía inmiscuido entrre el círculo de Balduino pero, por las dudas, mejor mantener aquella conversación en secreto.

 

       -Yo tampoco esperaba que Adler se fuera con ellos-respondió por lo tanto a Snarki-, pero así son las cosas.

 

       Las labores del día habían caido, desde luego, en el olvido; y ya que Ulvgang discutía las nuevas con sus aliados, Balduino había preferido hacer lo propio. Además de Snarki, estaban con él Anders, Thorvald, Karl, Ursula y Lambert.

 

       -Tampoco está Tarian con nosotros... Vaya forma de agradecerte las molestias que te tomaste por él-observó Anders.

 

       -De este lado está quien lo liberó, Anders, pero del otro lado está nada menos que su padre-contestó Balduino, aunque se preguntó si las extrañas y recientes reticencias afectivas de Ulvgang merecían esa lealtad filial.

 

      -¿Y Hansi?-preguntó Karl, preocupado. Y antes de que Balduino pudiera responder que inmediatamente después del desayuno,  lo había enviado adentro a pulir su armadura, pues palpitaba, quién sabía por qué, problemas para ese día y quería mantener lejos al chico, quien sin duda aún estaba en ello, intervino Anders:

 

       -¿Hansi?... ¡Por ti mismo deberías preocuparte!-se volvió hacia Balduino-. ¿Puede saberse cómo se te ocurrió esa loca idea de liberar a Hendryk y a Kehlensneiter? Estás todavía más chiflado que Thomen, ¿lo sabías?

 

      -Calma, Anders-replicó Balduino, sin alterarse-. En primer lugar, necesito a Hendryk. No puede ser otro; tiene que ser él, debido a sus habilidades artísticas, que ya demostró como tatuador.

 

      -Bueno, él vaya y pase; pero ¡Kehlensneiter!... Lo primero que hará ni bien salga de prisión será liquidar a Karl.

 

       -Anders, cálmate de una vez. No soy un tonto iluso que confía ciegamente en la bondad humana. Cada vez que voy con Tarian a verlo, dialogo con él, analizo sus respuestas (cuando me responde, lo que no siempre sucede), lo estudio. Nuestras conversaciones en realidad a veces son sólo mis monólogos: apenas si me habla. Oculta sus emociones tanto como puede, es muy astuto y peligroso, lo admito; pero no siempre puede ocultar sus emociones. Tengo que admitir, para mi vergüenza, que a mí mismo me aterra estar junto a él. Mirarlo a los ojos es como mirar a la Muerte, como asomarse al Infierno. Pero dentro de ese Infierno, en algún lugar, hay un hombre valiente y noble que se enamoró perdidamente de una sirena, que no le guardó rencor al hombre que se la arrebató, que luchaba cuerpo a cuerpo con monstruos marinos para defender a su mejor amigo, y que, por tratar de impedir que se torturara a un inocente, sufrió un castigo horrible. Oyendo todo esto, si no supieras que se trata de Kehlensneiter, pensarías que te hablo de un Caballero. El señor Ben Jakob decía que en cada persona había un héroe en potencia; me propongo rescatar, en Kehlensneiter, a lo que de heroico haya en él, aunque yazga sepultado muy profundo en ese Infierno espantoso que es el resto de su alma. Y creéme: no tengo muchas opciones, por otra parte. En cuanto a eso de que lo primero que haría Kehlensneiter una vez libre sería liquidar a Karl, no estés tan seguro. En primer lugar, si bien lo odia, no parece impaciente por quedar en libertad, y lo estaría si de verdad quisiera vengarse de él. Podría estar fingiendo, pero también puede que lo avergüence lo horrible que luce su rostro sin nariz ni orejas, o que sencillamente crea que su destino es terminar su vida en prisión. En cualquier caso, si no está fingiendo, por lo visto ese odio se ha mitigado algo. Tal vez mataría a Karl de buena gana, pero no si para ello debe primero salir de la mazmorra. En segundo lugar, por mucho que odie a Karl, no es menos fuerte su amor por Tarian. Y me he encargado de que Karl aparezca, a sus ojos, como uno de los probables responsables de la liberación de Tarian.

 

      Anders abrió unos ojos enormes como calderos.

 

      -¡Así que por eso, cuando fuimos a sacar a Tarian de la mazmorra, quisiste que nos acompañase Karl y ningún otro que no fuese él!-exclamó asombrado-. ¡Ya entonces tenías esto en mente!

 

       -Digamos que pensaba que podría verme obligado a esto-relativizó Balduino-, y siempre conviene cubrir todas las posibilidades. Kehlensneiter podrá dudar de mis palabras, pero difícilmente se atreva a negar lo que vieron sus ojos. El vio a unas personas, Karl entre ellas, bajando a las mazmorras; instantes después, Tarian quedaba en libertad. No sabe exactamente cómo ocurrió todo, no ha hecho preguntas y si no las hace, yo tampoco le diré nada al respecto; y mientras esto continúe así, el amor que siente por Tarian y la gratitud que crea deberle a Karl lucharán contra el odio que siente por éste, aunque no podemos estar seguros de que triúnfen sobre él. Por eso, cuando Kehlensneiter se nos una, no dejaremos a Karl solo ni a sol ni a sombra, aunque Tarian será para él mejor escudo que toda una escolta; por lo que intentaremos que estén juntos el mayor tiempo posible.

 

       -Di lo que quieras. Sigue pareciéndome una imprudencia-opinó lapidariamente Anders.

 

      Balduino no estaba muy seguro de que no tuviera razón. Recordó un incidente que se había producido la primera vez que él y Tarian visitaron a Kehlensneiter en la mazmorra. Al llamar a éste, que se hallaba en un rincón  mirando hacia otro lado, las horribles pupilas violáceas observaron a Balduino de soslayo tan sólo un segundo, y luego volvieron a su posición anterior. Tratando de ser amistoso, el pelirrojo se acercó y colocó una mano en el hombro del prisionero.

 

       En el siguiente instante, Balduino yacía derribado en el suelo, confuso, luchando por liberarse y ponerse de pie, mientras el semblante pálido y pesadillesco lo observaba amenazante.

 

       -Tócame de nuevo y mueres, desgraciado-susurraba Kehlensneiter, con una horrible voz ronca-. Un dedo, un solo dedo que me pongas encima, y embadurno con tus sesos las paredes de mi celda.

 

      Tal vez porque el ataque lo había tomado por sorpresa y porque sabía que Kehlensneiter hablaba en serio, Balduino nunca se había sentido tan vulnerable como en ese momento, pese a estar enfundado en su armadura. Tarian se interpuso rápidamente entre ambos, y fue entonces patente que Kehlensneiter no reaccionaba con la misma violencia a todo contacto físico. Si la mano que se posaba en su hombro era la de Tarian y no la de Balduino, por ejemplo, no se molestaba en absoluto.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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