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17 mayo 2010 1 17 /05 /mayo /2010 17:42

      Días mas tarde, Balduino cumplía con su promesa e invitaba a Thomen a compartir con él la sauna. En esta ocasión no tuvo que hacerse atar de pies y manos, aunque su arrojo sufrió duras pruebas al atravesar cada una de las etapas; pero el resultado final había sido tan agradable y benéfico la primera vez, que con sólo recordarlo desaparecía su vacilación. Tal y como Fray Bartolomeo había predicho, más tarde hubo otros que quisieron compartir con él una sauna; de modo que para él, lo mismo que para Anders, acabó convirtiéndose en una sana y placentera costumbre.

 

      Nada de ello sucedía aún cuando Ulvgang y sus Kveisunger comenzaron a inquietarse mucho, por razones sólo por ellos conocidas. Balduino los notó secreteando mucho entre ellos, pero no intervino: creía tenerlos bajo control desde hacía bastante tiempo y suponía que tarde o temprano se enteraría de qué les estaba ocurriendo. Ello sucedió, por fin, una mañana en que se daría inicio a la construcción de otra catapulta. Balduino había reunido a todos para impartir las instrucciones pertinentes, cuando Ulvgang pidió la palabra.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, antes debemos tratar otro asunto importante-dijo-: sabemos a qué vais Tarian y tú a Kvissensborg los domingos.

 

       ¿Cómo lo habrá averiguado?, pensó Anders, perplejo. Sus intentos de indagar sobre el tema habían ido de fracaso en fracaso.

 

       -Supongo que os enterasteis a través de Kehlensneiter y Hendryk-dedujo Balduino-. A ellos no los obligué al silencio, y se me informó que cuando ibais allí a entrenar a los muchachos, a veces bajabais a las mazmorras para visitarlos.

 

       -Efectivamente, fueron ellos-confirmó Ulvgang-. He conversado mucho con mis hombres, y tenemos que pedirte que desistas de tu proyecto; que dejes las cosas como están.

 

       -¿Por qué? Son vuestros compañeros. Pensé que estaríais contentos de tenerlos libres y junto a vosotros.

 

       Anders quedó boquiabierto de espanto.  ¿Kehlensneiter libre? ¿El siniestro pirata que disfrutaba cercenando las cabezas de sus enemigos y arrojándolas al aire? ¿El mismo del que incluso sus propios camaradas consideraban mejor precaverse y a quien trataban de no irritar?

 

       ¿A ese sujeto quería liberar Balduino? Parecía cosa de locos.

 

       Súbitamente, Anders sintió que el día se volvía más frío y negro de lo habitual. Su mirada se desvió hacia el viejo Karl, cuyo rostro lucía una palidez de muerte. Sin duda estaba secretamente aterrado por la posible liberación de Kehlensneiter; pero no pondría la menor objeción, a pesar de que su vida correría peligro desde el mismo instante en que aquel temible asesino quedara suelto. En Svartblotbukten, Karl había dado muerte a Engel, el compinche de Kehlensneiter... Y éste había jurado vengar al amigo muerto. Mas para Karl nada de esto contaba. Muchos años de disciplina y férrea subordinación le impedían cuestionar las órdenes de un superior, aun las que, como ésta, fueran peligrosas para su integridad física. ¿Tendría Balduino en cuenta todo esto?

 

      -Señor Cabellos de Fuego, estás tentando al Diablo, mucho más de lo que imaginas-dijo Ulvgang con dureza-. Hicimos un pacto tú y yo, has cumplido tu parte; no vayas más allá de lo prometido. Lo que pretendes es peligroso por varias razones. Para empezar, Kehlensneiter es incontrolable hasta para nosotros mismos. Seguimos considerándolo nuestro compañero, pero él no nos corresponde el sentimiento; al contrario, nos considera traidores y nos odia. Esto es así desde aquella famosa ocasión en que torturaban a Tarian con más crueldad que nunca y él atacó a los carceleros, en cuya defensa intervenimos muy a pesar nuestro. Tuvimos que hacerlo porque, aunque él quería ayudar a Tarian, sólo hubiera logrado que lo asesinaran; de modo que lo sujetamos entre todos para dominarlo. En castigo por su atrevimiento, a él le cortaron la nariz y las orejas, como ya has visto. Su frustración y su resentimiento lo arrastraron al odio; el problema es que, para mí, él sigue siendo uno de los más leales camaradas que jamás tuve. Nos unió el amor por Margyzer y la desolación de haberla perdido; luego nos unieron... Otras cosas, tú sabes...

 

      Balduino advirtió esa extraña reticencia de Ulvgang a mencionar a Tarian. Se preguntó si admitir que amaba a su hijo menoscabaría su reputación de macho, o qué. Era cosa extraña, porque antes no tenía el menor reparo en confesarlo, al menos a solas con Balduino. De cualquier manera, esa actitud molestaba al pelirrojo, hijo malquerido que veía a su propio padre en todo mal padre.

 

      -¿Qué otras cosas?-preguntó, molesto.

 

      -Tarian-confesó Ulvgang, como a regañadientes. El aludido alzó la cabeza. También él notaba frío y distante a su padre; no lograba entender que éste hubiese abogado tanto por su liberación, si no sentía más que indiferencia por él-. Kehlensneiter podría haberlo odiado por ser un recuerdo de que Margyzer me prefirió a mí y no a él. Pero no. Tarian tiene un rostro muy parecido al de Margyzer, a quien Kehlensneiter amó tan desesperadamente como yo; y por esa semejanza amó también a Tarian como si fuera hijo suyo en vez de mío. Y me fue extraordinariamente leal. Si se conspiraba contra mí, si estallaba un motín entre la tripulación, Kehlensneiter era de los primeros en ponerse de mi lado...

 

      Se interrumpió. Nunca antes había admitido tan abiertamente y frente a todos que Tarian fuera hijo suyo, aunque por lo bajo circularan al respecto rumores conocidos por todos. Varias cabezas se habían vuelto hacia Tarian, quien trataba de entender, sin lograrlo, a ese padre que tanto le mendigaba un afecto del que antes solía ser pródigo; y se preguntaba, apenado, si habría hecho algo malo que justificara aquel cambio.

 

      Otras cabezas se habían vuelto hacia Honney quien, junto a su compinche Mälermann, luego muerto en prisión, alguna vez se había amotinado contra Sundeneschrackt, y no le hacía ninguna gracia que de un modo u otro le recordaran tal desliz.

 

      -¿Y así quieres hacerme desistir?-preguntó Balduino; y su voz, como antes la de Ulvgang, sonaba a la vez apasionada e irritada-. ¿Con historias de amor, camaradería y lealtad? Qué errado estás, Ulvgang, debiste tener en cuenta que, como Caballero, apostaré una y otra vez por cuanto de noble haya en este mundo, y lo defenderé a muerte. Debiste hacer hincapié en el costado más siniestro de Kehlensneiter, el del Kveisung rayano en la barbarie; el mismo que cortaba las cabezas de sus enemigos y las lanzaba al aire.

 

      -Trato de decirte, por si no te has dado cuenta-contestó Ulvgang, exasperado-, que me sería imposible no tomar partido por Kehlensneiter teniendo que elegir entre tú y él; por lo que es mejor procurar que jamás se dé ese caso.

 

       -¿Y no se te ha ocurrido que, tal vez, ponerte de mi lado sería ponerte de su lado, y actuar en mi contra equivalga a actuar contra él?

 

       -Secundariamente, hay otra cuestión. Con Hendryk y Kehlensneiter en Kvissensborg, tienes garantizada nuestra lealtad, pues nunca abandonaríamos a nuestros compañeros, ni haríamos nada que pudiera ponerlos en peligro. Es cierto que ahora también tú tienes nuestra amistad y nuestro respeto, y queremos serte fieles. pero te repito, señor Cabellos de Fuego, no tientes al Diablo. ¿Cómo nos harás regresar a prisión cuando todo esto termine, si nada nos obliga a ello? ¿Y crees que retornaríamos dócilmente llegado el momento? La mazmorra es el mismo Infierno, señor Cabellos de Fuego, para sobrevivir tienes que ser duro como el acero o tener una suerte increíble. Varios de nuestros compañeros murieron allí: Kratzer, Mälermann, Gröte... Por citar sólo a algunos de los mas bravos. Nosotros sobrevivimos, pero no estaríamos dispuestos a volver a la mazmorra, pudiéndolo evitar. Y no podremos evitarlo, si dos de nuestros compañeros siguen encerrados.

 

      -Pero si murieran en prisión, la situación sería la misma, si vamos al caso-contraatacó Balduino-. Además, como confío en vosotros, las mazmorras están abiertas para que visitéis a vuestro antojo lo mismo a Hendryk que a Kehlensneiter, como habéis comprobado. He ahí una oportunidad de traicionarme. Ahí la tenéis, servida en bandeja. Podríais liberar a vuestros camaradas y fugaros todos juntos.

 

      -No me tomes por imbécil, señor Cabellos de Fuego. Es verdad que en Kvissensborg nunca hubo una guardia tan reducida como la que hay ahora, pero no es menos cierto que, a esa guardia reducida, Hildert Karstenson la ha convertido en una falange de hierro con ojos de lince y astucia de zorro. Estoy seguro de que, si intentáramos traicionarte, no viviríamos más que unos minutos. Te lo dije en otra ocasión: eres inteligente, y los hombres inteligentes no son los mejores para tener de amigos.

 

      -No me tomes por estúpido tú tampoco, entonces. Que no hayas intentado liberar a Hendryk y a Kehlensneiter no prueba que no vayas a intentarlo más adelante. Bien podríais simplemente estar aguardando el momento propicio.

 

      -Pero ahora te estoy ofreciendo pruebas de que quiero serte fiel. No te hablaría como lo hago si así no fuera. Prohíbenos tener contacto con Hendryk y Kehlensneiter, si quieres; pues es cierto, si siguiéramos visitándolos en las mazmorras, podríamos en algún momento ceder a la tentación de liberarnos. Pero no compliques las cosas soltándolos tú mismo.

 

      -No es inteligente que digas estas cosas, pues deberías pensar más en tus viejos camaradas en prisión antes que en mí. Y si tú no actúas inteligentemente, puedo permitirme hacer otro tanto... liberando a esos mismos camaradas tuyos.

 

      -¡Pero eres increíble!-bramó Ulvgang-. ¡Mierda! ¿Por qué eres tan terco?

 

      -¿Por qué lo eres tú?-estalló Balduino-. ¿Y qué crees, que llegado el caso tendría la sangre fría para ver, cruzado de brazos, cómo mis amigos regresan a morir a una mazmorra inhumana? ¿Que no haría nada para al menos mejorar vuestra situación, si por fuerza debierais volver a la cárcel?

 

     -¡No somos tus amigos!-rugió Ulvgang, cada vez más airado.

 

      Tras una pausa, dijo Balduino:

 

      -Llama a nuestra relación como quieras, si la palabra amistad no te place, si te parece que no encaja o si te avergüenza, como parece avergonzarte...-estuvo a punto de desviar el tema hacia Tarian, pero prefirió dejar eso, por el momento-...como parecen avergonzarte también otras cosas. Pero yo no encuentro otra palabra mejor.

 

       -Yo sí-replicó Ulvgang-. Enemigos es lo que somos, señor Cabellos de Fuego, aunque hayamos hecho un pacto de conveniencias. No es nada personal, y soy el primero en lamentar que las cosas se hayan dado de esta manera...

 

       -El segundo-interrumpió Balduino-. El primero soy yo. Sólo que no soy un mero observador pasivo. En ocasiones vale la pena jugarse, por grande que sea la posibilidad de perderlo todo. Esta es una de esas ocasiones. Tal vez fracase, no lo sé. De todos modos, Ulvgang, si vas a traicionarme, elige al menos el momento adecuado para ello, que por cierto no es éste, si tu idea fuese dedicarte de nuevo a la piratería. Broddervarsholm y los demás puertos piratas han caído bajo el poder de los Wurms, hasta donde sabemos. Los Kveisunger sobrevivientes casi seguramente se refugiaron en las cumbres más inaccesibles para los dragones, y de momento han debido renunciar a sus fechorías. Qué ha sido de los restos de la flota de Blotin Thorfinn, lo ignoramos, pero tal vez hayan sido pasto de los Wurms. No tienes posibilidad de sobrevivir si te haces a la mar. Iré aún más lejos y diré que no tienes posibilidad de apoderarte de una nave sin perder a unos cuantos hombres: la custodia portuaria es muy fuerte en razón de la guerra. Cuando ésta concluya, será otro cantar. Ahí tendrás una buena ocasión de traicionarme. hasta entonces, a ti y a tus hombres os conviene continuar bajo mi mando, que creo no es un yugo penoso ni mucho menos. En todo caso, es mejor que regresar a prisión o llevar una mísera vida de fugitivos.

 

       Los ojos marrones de Balduino sostenían todo el tiempo la mirada de Ulvgang. Parecía en ese momento que nada más existía, a excepción de las olas rompiendo contra la costa, el bramido del viento y los graznidos de las aves marinas, sonidos todos ellos que pasaron a primer plano en el largo silencio que siguió.

 

       Ulvgang volvió sus pupilas glaucas hacia sus hombres que, como casi todos los testigos de su diálogo con Balduino, habían tenido la sensación de ser meras figuras pintadas y nada más.

 

        -Debemos hablar-les dijo.

 

       -Adam, ve a relevar a Gilbert en el torreón-ordenó Balduino.

 

      -No es hora del cambio de guardia todavía, y además hoy no me toca-gruñó hostilmente Adam.

 

      -Adam, por tu bien, más vale que sea la última vez que discutes una orden mía, y para que ello te quede claro cubrirás, no sólo el resto del turno de Gilbert, sino también todo el siguiente, aunque hoy no te corresponda-contestó Balduino, exasperado-. Ya me estás hartando de verdad. No tengo por qué darte explicaciones, pero igual te informo que te mando al torreón sólo porque me parece que Gilbert debe estar presente para escuchar, al menos tanto como su sordera se lo permita, cualquier cosa que Ulvgang tenga para decir. Y pensaba compensarte abreviando tu próxima guardia, cuando te tocara; pero ahora te jodes por bocón. Ve ya mismo al torreón, que tienes bastante sana la dentadura, y sería un crimen tener que bajártela a golpes.

 

      Renuente, cachazudo y malhumorado, Adam se puso en marcha mientras Ulvgang se iba aparte seguido por todos los Kveisunger, los gemelos Björnson y Adler. Tarian  estaba también en el grupo, pero Ulvgang lo señaló con un dedo acusador.

 

      -Tú nada tienes que hacer aquí-dijo con dureza y frialdad-. Ya no eres de los nuestros. Vete. Tal vez el señor Cabellos de Fuego te acepte con él, ya que te has hecho tan servil suyo, que haces con él cosas a nuestras espaldas.

 

      Tarian quedó petrificado de dolido asombro ante el áspero e inesperado reproche. Los gemelos Björnson, desconcertados, se miraron entre sí y, bajo una máscara de indiferencia, Adler sufrió y sintió vergüenza ajena por el trato que el joven recibía en ese momento de su padre. Pero los Kveisunger observaban a Tarian con evidente furia y desprecio; de modo que había que concluir que ellos compartían el punto de vista de su viejo capitán.

 

       -No es para tanto-dijo Wilhelm, conciliador.

 

      -Tarian sólo quería ayudar-agregó Per.

 

      -Es, o mejor dicho, era mi hijo, ¿queda claro?, y hago con él lo que me venga en gana-cortó Ulvgang con dureza.

 

       Y todo por ayudar al señor Cabellos de Fuego en su intento por liberar a aquellos dos malos sujetos, pensó Adler.

 

      Tarian se alejó unos pasos para luego volverse, como a la espera de que su padre fuera hacia él, riendo y diciéndole que todo había sido una broma. Su vista fue de Ulvgang a Gröhelle, de Gröhelle a Honney, de éste a Andrusier y así sucesivamente por todos los viejos compinches de su padre, hasta volver a Ulvgang. No había allí sino un muro de rechazo unánime, cuya causa él no llegaba a entender, como tampoco Per, Wilhelm y Adler. Entonces dio la espalda al grupo, dolido y humillado, apretando los dientes y sin poder evitar, no obstante, que los ojos se le llenaran de lágrimas.

 

      Mientras se alejaba, vio desde la distancia a Balduino conversando con el resto de la dotación de Vindsborg, pero no fue en esa dirección. No hay relato que nos cuente qué pensó en ese momento. Puede suponerse que temió que allí tampoco se lo quisiera. Era un mestizo de especies distintas y un poco extraño para ambas, y tal vez ya desde niño hubiera aprendido que a veces no hay peor crimen que el de ser diferente a los demás. O tal vez, habiendo decidido que pertenecía a ésta, la estirpe humana, se reprochara a sí mismo no ser capaz de adaptarse a ella, de no entender qué se pretendía de él. O quizás no hizo conjetura alguna. Pero sin duda la estaba pasando mal.  Diez, casi once años de palizas en Kvissensborg lo habían dejado muy sensible.

 

      Y no obstante, Adler, quien no le quitaba los ojos de encima y sólo a medias oyó cuanto Ulvgang decía a sus hombres, creyó advertir en él un veloz rebrote de entereza. Lo vio por última vez cerca de la orilla, erguido y con la frente alta, observando la vastedad del océano. El viento alborotaba su larguísima melena dorada, como queriendo convertirlo en un sustituto del sol ausente. El joven daba la impresión de haberse recobrado, por lo que Adler se despreocupó de él y se dedicó a escuchar a Ulvgang. Cuando minutos más tarde el rostro picado de viruelas volvió a mirar hacia la orilla, Tarian había desaparecido, dejando tras él un hatajo de ropa y un rastro de pisadas medio borradas por viento y agua, que llevaba hacia el mar.

 

     

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15 mayo 2010 6 15 /05 /mayo /2010 16:44

       Instantes más tarde, Balduino, desnudo como Adán, se presentaba ante sus hombres en el interior de Vindsborg. Por su semblante se hubiera dicho que acababa de ser condenado a muerte: se veía sombrío, aunque altivo. Un Caballero conserva su dignidad incluso en sus últimos y peores instantes...

 

       Honney y Andrusier se acercaron al pelirrojo, quien juntó dócilmente sus muñecas detrás de su espalda.

 

      -Lindo culito, señor Cabellos de Fuego-dijo Honney, a medio camino entre la burla y la lascivia.

 

       -Deja mi culo en paz, y haz lo que se te ordenó-gruñó Balduino, malhumorado.

 

      Había sido idea suya. Nada más imaginar que se derretiría primero para congelarse luego en estado de absoluta desnudez, le venían deseos de huir y de liquidar a cualquiera que intentara impedírselo. Por desgracia, Thorvald lo había tocado en su costado más vulnerable, obligándolo a luchar contra tales impulsos. Y no se le había ocurrido mejor idea, para superar su terror a la sauna, que ésta que ahora se estaba poniendo en práctica. ¿Por qué no, pensándolo bien? Nadie subía de buen grado a la horca, pero le era posible mostrar serenidad y coraje si tenía que hacerlo. De modo que sería arrojado a la sauna atado de pies y manos por propia voluntad. Si sobrevivía (lo que era más que dudoso, creía él), seguramente la próxima vez no necesitaría que lo ataran para repetir la experiencia y cumplir así con lo prometido a Thomen.

 

       Todavía estaban Andrusier y Honney encargándose de Balduino, cuando la puerta de Vindsborg se abrió, y entró un grupo encabezado por Hundi, quien traía un ojo morado.

 

      -Lo atrapamos-anunció muy ufano; y tras él entró la gigantesca Ursula cargando a hombros con Anders, a quien también se había atado de pies y manos.

 

      Tras ellos venían los gemelos Björnson, Snarki y Gilbert, todos ellos con trazas de haber participado de una denodada lucha.

 

      Ursula depositó a Anders junto a Balduino.

 

      -Me conmueve tu fidelidad, Anders. Me sigues a muerte, ¿eh?-se burló el pelirrojo

 

      -Muy gracioso-fue la respuesta, gruñida prácticamente.

 

       -Esto te ocurre por bocón, grumete-le informó Ulvgang-. Si no te hubieras burlado tanto del señor Cabellos de Fuego, te habríamos dejado en paz. ¡Ríete ahora!... Te obligaremos a cumplir con tus deberes de escudero obligándote a seguirlo a la sauna y hasta al mismo Infierno, de ser necesario.

 

       Anders no contestó. Miró receloso a su alrededor, y vio un par de tablas prolijamente acomodadas en el suelo.

 

       -Supongo que sobre ésas transportarán nuestros cadáveres, para que la gente nos vea y nos llore-suspiró amargamente.

 

       La puerta de Vindsborg se abrió y entró Thorvald.

 

       -Bueno, dicen Adam y Adler que la sauna ya está lista...-anunció.

 

      Gritando como energúmenos, Andrusier y Honney alzaron a hombros a Balduino y Anders respectivamente y salieron a la intemperie. Al contacto con el aire helado, Caballero y escudero empezaron a tiritar por igual. Andrusier y Honney, sin dejar de gritar y aullar como demonios, bajaron a la carrera la escalinata cada uno con su respectiva carga a cuestas, y salvaron en brevísimo tiempo la distancia que los separaba de la sauna, en cuyo interior los aguardaban Adam y Adler. A ellos confiaron los dos Kveisunger sus sendas cargas. El suplicio de Balduino y Anders no había hecho sino empezar.

 

       En el interior de la sauna, el irrespirable ambiente recordaba poderosamente el de las más inhóspitas fosas infernales. Adam y Adler estaban tan desnudos como sus víctimas en un recinto pensado justamente para cuatro personas. Los ocupantes de turno no eran precisamente los más fragantes, y si Balduino, tal como dijera Anders, hedía oveja, los otros, como replicara el pelirrojo, apestaban también a mil cosas distintas. Pero eso no era todo. La temperatura en el interior era elevadísima, de modo que pronto todo el mundo estuvo sudando a mares, lo que no impedía a un iracundo Adam acusar a Adler de ser un idiota pues, a su juicio, todavía no hacía el suficiente calor, y habían empezado antes de tiempo.

 

       Había en el recinto de troncos un hogar, o algo así, en el que se había montado un artefacto metálico muy curioso. Parecía una bandeja metálica cóncava con algunas canaletas, montada sobre el fuego mediante una armazón. Sobre dicha bandeja había una piedras bastante grandes, al parecer alguna variedad de granito. Eran sobre todo esas piedras las que irradiaban aquel calor infernal. Junto al hogar había una cubeta con agua, pero no parecía que Adler o Adam tuvieran la menor intención de refrescar a sus desdichadas víctimas. En cambio, provistos de sendas varas de abedul, empezaron a azotar a ambos jóvenes, sin explicar por qué. Adam agarró por su cuenta a Balduino y dio la impresión de poner el corazón en lo que hacía, tal vez en venganza por  verse privado del Fuego de Lobo que solía consumir en otro tiempo.

 

        -Ya es hora-dijo finalmente Adler, apoderándose de la cubeta con agua, para regocijo de Balduino y Anders, quienes creían que al fin se refrescarían para alivio de sus sudorosos cuerpos. Pero nada más lejos de la verdad. Por el contrario, Adler se acercó al fuego, que iluminó su rostro tachonado de cicatrices de viruela, y echó el agua, con mucho cuidado, sobre la bandeja metálica y las piedras. El resultado fue pavoroso: se levantaron grandes nubes de vapor, y el calor se incrementó en vez de disminuir, en tanto el agua sobrante se escurría por las canaletas de la bandeja, dispuesta a ese efecto en leve inclinación.

 

       Finalizada esa primera fase del tormento, volvieron a escucharse los gritos y aullidos de Honney y Andrusier en el exterior. Balduino y Anders pasaron de nuevo a manos de estos otros verdugos, sintiendo el viento frío contra sus cuerpos adormecidos por el extremado calor. De golpe se vieron arrojados sobre la nieve y sepultados en ella por Andrusier y Honney. Los desdichados jóvenes, sintiéndose morir en aquel ambiente glacial, profirieron alaridos de desesperación.  Lanzando salvajes carcajadas, Andrusier y Honney los desenterraron y los llevaron a Vindsborg. Ahora un calor abrasador parecía incinerar a Balduino y Anders, quienes creían que al menos sus padecimientos llegaban ahora a su fin. Se equivocaban cruelmente.

 

      Los dos muchachos fueron extendidos sobre las dos tablas que llamaran la atención de Anders momentos atrás. Ursula se inclinó sobre Balduino y Thorvald sobre Anders, y ambos jóvenes sintieron acto seguido que se los masajeaba con brutalidad inaudita.

 

       -Podíais haber encargado esta parte a Hansi y a Thommy-gimió Balduino. Bajo las implacables manazas de Ursula se sentía como masa de pan maltratada en la artesa; y a juzgar por los gestos y gemidos de Anders, él no parecía pasarla mucho mejor con Thorvald, aunque siendo éste mando, su víctima forzosamente debía sufrir sólo  la mitad del tormento que padecía el pelirrojo.

 

      Algunos minutos más tarde, dijo Thorvald:

 

      -Bueno, creo que es suficiente-y antes de que Balduino y Anders tuvieran tiempo de alegrarse, añadió:-. ¡A la sauna de nuevo!...

 

       Los dos jóvenes, en consecuencia, tuvieron que pasar por una segunda serie de calor extremo, frío extremo y masaje, a la que siguió una tercera serie. Claro que para entonces ya habían llegado a la conclusión de que, si hasta allí no habían muerto, ya nada podría con ellos; de modo que, resignados, dejaban hacer a sus torturadores.

 

      -Bien, señor Cabellos de Fuego; lo lamento, pero tengo que relevar a Gröhelle en el torreón-se disculpó Ursula, cuando iban por la tercera sesión de masaje.

 

        -¿Que lo lamentas?... Qué suerte que esa guardia te obliga a ser cuando menos un poco misericordiosa conmigo-replicó Balduino, mientras Ulvgang  desataba las cuerdas que aprisionaban manos y pies del pelirrojo, antes de hacer lo propio con las de Anders.

 

       -¿Y, cómo os sentís ahora?-preguntó el otrora Terror de los Estrechos, con una cara que hacía pensar que intentaba recobrar su siniestra reputación pretérita.

 

      -Mejor ni te contesto-gruñó Balduino-. Pero supongo que hallaré valor para repetir esta locura al menos una vez más, para conformar a Thomen.

 

      -¿Locura?-preguntó burlonamente Anders, en un hilillo de voz-. ¿No era que se trataba simplemente de un gusto distinto?

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

 

 

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13 mayo 2010 4 13 /05 /mayo /2010 21:59

      Con las últimas luces del día moribundo, Balduino regresó a Vindsborg, donde algunos hombres todavía observaban la sauna recién terminada y hacían comentarios diversos; entre ellos Thorvald, Ulvgang, Fray Bartolomeo, Thomen el Chiflado y Anders. Este último, ni bien vio a Balduino desmontar, le salió al encuentro, pero apenas llegó junto a él puso una mueca de asco.

 

       -Por Dios, hermano... ¡Cómo hiedes a oveja!

 

       -¿Y a qué quieres que hieda, si mi novia cuida ovejas?-replicó Balduino sin alterarse.

 

      -Sí, pero a juzgar por ese tufo, se diría que no te coges a Gudrun, sino a todas y cada una de sus ovejas.

 

      -En última instancia, ¡ni que en Vindsborg oliéramos a rosas!... Apestamos a sudor, bolas y mugre,  y cada vez que alguien se quita las botas, deja a su alrededor un tendal de moribundos. Sumemos a esto la hediondez persistente que  deja Varg cada vez que cocina, y coincidirás conmigo en que estamos creando un gas mil veces más venenoso que las miasmas de ciertos pantanos o que el mismísimo ofistón de los Wurms; ¿y me vienes ahora con que yo apesto a oveja?... ¡Vamos, Anders! No somos petimetres de la corte sin nada que hacer aparte de acicalarnos y mantenernos a la moda, ni podemos proponernos estar fragantes como primera prioridad. Somos guerreros y tenemos trabajo, y nos aseamos cuando y como podemos. Además, esto ya era así mucho antes de que llegáramos a Freyrstrande: si estás proscrito, no puedes bañarte en una fuente o lago que esté a la vista de todo el mundo, y menos si dejas tu armadura en la orilla, arriesgándote a que cualquiera la encuentre. De modo que no me vengas con ese tipo de quejas.

 

      -Bueno, al menos la sauna te quitará buena parte de esa fetidez que llevas encima-se consoló Anders.

 

      Balduino se volvió hacia él.

 

      -Estás loco de remate si crees que pienso dejar que primero me hiervan al vapor y luego me congelen en la nieve-aclaró.

 

      -Un momento-protestó Anders-. Tú decías que Thomen no está loco, ¿no? Que la sauna es cosa muy normal, ¿verdad? Bien, ya no discutiré esa opinión tuya, pero exijo que la rubriques dando el ejemplo.

 

      -¡No tengo por qué! Son gustos de Thomen. Allá él. Los míos pasan por otras cosas.

 

      Y tras estas palabras, Balduino fue a llevar a Svartwulk a la caballeriza; pero Anders, quien al amparo de la oscuridad sonreía de manera alevosa, le gritó:

 

      -¡No te demores mucho, que Thomen te espera para hablar contigo!

 

      Así lo hizo Balduino. En breves instantes estuvo junto a Thomen, quien lo aguardaba rodeado de los otros y le habló mientras al mismo tiempo hacía girar entre sus manos su absurdo y enorme sombrero de paja.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, quisiera haceros una petición.

 

      -La que sea, Thomen, si está a mi alcance concedértela. Te doy mi palabra-accedió Balduino

 

      -Quisiera que un día de éstos, cuando estéis por tomar vuestra sauna, me hicierais el honor de invitarme a compartirla con vos.

 

      -Petición concedida, amigo-dijo amablemente, sin que nada en su voz traicionara el horror que le inspiraba la idea de un eventual paso por la sauna al que acababa de quedar obligado por su promesa. En cuanto a la expresión de su semblante, afortunadamente la encubría la oscuridad.

 

       Thomen agradeció efusivamente y, tras despedirse, partió en su carreta, sujetando riendas con una mano y sombrero de paja con la otra.

 

       -Bueno, hereje, no podrás quejarte de que esta gente no te quiere ni piensa en ti-dijo Fray Bartolomeo-. Mira cómo han perdido dos días de trabajo por hacerte esta sauna.

 

      -Eh... Sí, claro-balbuceó Balduino.

 

      -Fuimos tontos en no avisarte que estamos calentando la sauna para que alguien la estrene-comentó Thorvald-. Tal vez hubieras querido invitar a Thomen hoy mismo.

 

      Balduino decidió sincerarse, pero a alquien que se supone ha de ser valiente, puede resultarle horrible, en algunas circunstancias, admitir que se muere de miedo.

 

       -Es que no puedo hacerlo-confesó.

 

       -Por supuesto que no-bromeó Ulvgang-. Lo que a ti te gustaría sería tomar la sauna junto a Gudrun, y ciertamente da qué pensar esta petición de Thomen. Sospecho, a ver si me entiendes, que tiene inclinaciones un tanto, digamos, especiales, y mucha curiosidad por explorarte de cerca tu mascarón de proa. Se ve que Gudrun lo ha pregonado con muchas alabanzas...

 

      -No seas blasfemo...-reprobó Fray Bartolomeo.

 

      -No se trata de si Gudrun o Thomen-dijo Balduino-. Simplemente, no puedo tomar esa sauna.

 

      -Hombre, ya te harás un tiempo-intervino malignamente Anders.

 

        Balduino lo habría estrangulado de buena gana, pero se limitó a medirlo con ojos abrumadores. Con amigos como éstos, ¿quién necesita enemigos?, se preguntó.

 

      -¿No entendéis?...-exclamó-. No se trata de falta de tiempo sino de que, en fin, de que no estoy hecho para... De... De que la sauna no es lo mío.

 

       Se hizo un silencio incómodo, casi tétrico, que fue roto por Thorvald:

 

      -Pero ahora no puedes negarte, se lo prometiste a Thomen-observó-. Una invitación a la sauna es sagrada. El invitado no puede rehusarse, porque ello sería afrentoso; y el que invitó tampoco puede echarse atrás a último momento, pues esto sería igualmente insultante, quizás más.

 

      -¡No creo que Thomen piense así!... Al fin y al cabo, jamás antes me invitó a su sauna, ¿no?-se justificó Balduino.

 

      -Sólo porque tanto él como los otros temían demasiado tu negativa-gruñó Fray Bartolomeo-. Al fin y al cabo, para ellos eres su señor, el señor Cabellos de Fuego. Te admiran, te aman y te sienten a la vez cercano e inalcanzable. Tu desdén los haría sentirse viles y despreciables. En confesión, muchos me dijeron que querían invitarte a una sauna, pero que tú no parecías deseoso de aceptar. Temían tu rechazo; pero ahora que persuadí a Thomen de que se animase, apuesto a que te lloverán invitaciones para sus saunas, o peticiones para que los invites a la tuya.

 

      -¿Así que vos sois el culpable de toda esta situación?...-exclamó Balduino-. ¡Pues no tomaré esa sauna!... ¡No puedo!

 

       -¿Y por qué no?

 

      -¡Porque no me dan ganas de suicidarme, eso es todo!

 

      Siguió otro silencio aún mas largo y tétrico que el primero.

 

      -Señor Cabellos de Fuego-dijo Ulvgang con voz siniestra-, no me estarás diciendo, supongo, que tienes miedo de una simple sauna... Sabes que no nos gustan los cobardes.

 

       -Y no soy cobarde. Espada en mano, puedo lanzarme a combatir aunque el enemigo me supere en número, pero eso no significa que esté dispuesto a exponerme a riesgos inútiles.

 

      -Tus habilidades en combate no necesariamente prueban tu valor, a menos que sigas luchando cuando todo esté perdido y sin esperanza, y luego de que te ofrezcan perdonarte la vida a cambio de tu rendición. Prueban, eso sí, que eres hábil improvisando estrategias. Tu pericia con la espada nunca estuvo en duda. Ante mis hombres y ante mí mismo te mostraste siempre seguro; de modo que, o eres un hombre luchador y te sabes capaz de defenderte bien, o que eres un inocente y tal vez hasta un imbécil: No creo que seas inocente y mucho menos imbécil; de modo que tiene que ser que peleas bien. Además, aprendiste rápidamente  las técnicas de boxeo y lucha que te enseñamos. Que luego temas a un simple baño es verdaderamente bochornoso, sobre todo porque nadie más le teme, ni aun Hansi. Caso de  tener que enfrentarte a los Wurms, ¿cómo osarías acercárteles, si ni a la sauna te le animas? El coraje se mide por la resolución con que nos enfrentamos al peligro. Si estás debidamente preparado para enfrentarte a un enemigo, en el fondo no corres peligros. Tampoco lo corres en la sauna; si a pesar de todo temes a ésta, ¿supones que te creeremos valiente?

 

      -No supongo nada, digo sólo que no tomaré esa sauna.

 

      -¡Que no la tomarás!-bramó Fray Bartolomeo-. Escucha, maldito hereje: varios aldeanos te entregaron sus corazones dejándolo todo para venir a construir esta sauna, Thomen más que nadie; de modo que cumplirás con lo prometido, que si no, tan cierto como que hay un Cristo, en nombre del Señor primero te romperé los huesos y después...

 

        -Calma, hermano, ¡calma!-lo apaciguó Thorvald; y volviéndose hacia el pelirrojo, añadió:-. Diste a Thomen tu palabra, Balduino, y vale más que la cumplas.

 

       -Yo sólo prometí que cuando tomara la sauna, lo invitaría a tomarla conmigo. Si no  tomo sauna alguna, no tengo que invitarlo; de modo que no faltaré a mi palabra-dijo Balduino, orgullosísimo de su argumentación.

 

      -¡Cállate! ¡No hagas que me avergüence más!-rugió Thorvald-. ¡Reserva esos trucos para los leguleyos de la ciudad con sus letras pequeñas!... ¡Aquí valen la palabra honesta y el apretón de manos!... Allá tú si no tienes dignidad, y si estimas en tan poco el poder llamarte hombre; allá tú si no te importa que se diga que tu palabra de nada vale, ¡pero no intentes hacernos creer, además, que procedes de manera honorable!

 

        Thorvald era el que mejor sabía dónde le apretaban los zapatos a Balduino, quien se había cohibido ante la durísima reprimenda. Nadie volvió a abrir la boca; se tuvo la seguridad de que Balduino estaba próximo a capitular.

 

       -Necesitaré de vuestra ayuda. Por favor-dijo el pelirrojo finalmente.

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13 mayo 2010 4 13 /05 /mayo /2010 19:36

       Parecía que, en eso de construir saunas, Thomen era la máxima autoridad de Freyrstrande.

 

      -¿No te digo?... Loco como una cabra-confirmó Anders a Balduino, al enterarse-. Estoy seguro de que él mismo impuso la costumbre.

 

        Por lo tanto, al día siguiente, casi la dotación entera de Vindsborg lo abordó antes de que se dirigiera al malecón con sus compañeros de pesca.

 

       -Para la sauna, los mejores troncos son los de abeto-explicó Thomen.

 

        -¡Tan verdad como que los delfines son peces!-exclamó malignamente la hombruna Ursula, mirando a Honney con gesto socarrón; y Honney hizo cuanto pudo para disimular su rabia.

 

       -¿Madera de otros árboles no es igualmente buena?-preguntó Balduino.

 

      Thomen volvió hacia el pelirrojo su rostro curtido por la intemperie y los pesares de la vida, y lo aferró por la muñeca.

 

      -Dejad este asunto en manos del viejo Thomen, señor Cabellos de Fuego-dijo, sonriendo bondadosamente-. Pasado mañana vendré aquí y me encargaré de que tengáis la mejor sauna de la región; pues sabía que tarde o temprano precisaríais una. Nosotros proveeremos los troncos; pues los tenemos derribados para ese propósito desde hace ya tiempo.

 

       -¿Nosotros? ¿Quiénes, exactamente?-preguntó Balduino.

 

      -La gente de Freyrstrande. Será nuestro regalo para vos, señor. Pasado mañana empezaremos a trabajar en ella.

 

      Balduino se emocionó por el gesto, pero lamentó de veras que aquellas gentes trabajaran tan duramente para obsequiarle algo que él jamás usaría en su vida.

 

      Dos días más tarde, conforme a lo acordado, Thomen se presentó en Vindsborg muy temprano junto con Friedrik, Kurt, Hrumwald, Fray Bartolomeo y otros hombres que por un día habían hecho a un lado sus tareas habituales para venir a ayudar en la construcción de la sauna. Thomen sugirió a Balduino que mejor se tomara el día libre y los dejara trabajar, y como el pelirrojo se mostraba un tanto reacio a obedecer, Fray Bartolomeo lo echó sin miramientos, ordenándole que fuera a hacer compañía a Gudrun, a lo que accedió finalmente el pelirrojo luego de dejar una interminable lista de instrucciones.

 

      Dos días de ardua labor bastaron a los aldeanos y a la dotación de Vindsborg para levantar la sauna. Al finalizar, estaban exhaustos, pero contentos. Luego, Anders fue a buscar a Balduino. Este había pasado ambos días ayudando a Gudrun a pastorear las ovejas, y luego de la primera jornada Hansi había sido enviado a avisarle que, si pasaba la noche en otro sitio, mejor.

 

      -¿De verdad no sabías para qué era la sauna, señor Cabellos de Fuego? ¿De verdad?-preguntó Hansi, con picardía y mofa, sonriendo de tal manera que Balduino se sintió como si su cabeza hubiese sido sustituida por una testa de asno.

 

      -Mocoso, vuelve a mirarme con esa cara sobradora sólo cuando disfrutes de la protección de una armadura, aunque ni eso te librará de mí-replicó Balduino con una mueca torcida que presumiblemente intentaba ser una sonrisa.

 

      No fue gran sacrificio para el pelirrojo no poder volver a Vindsborg esa noche, aunque una parte de él se reprochaba no estar donde tenía que estar; su sentido del deber lo tenía bastante tiranizado. Pero luego de una noche de placer y relajamiento tenía mejor disposición para escapar de dicha tiranía, y puso mala cara cuando Anders fue a las dehesas de pastoreo a llevarle un recado permitiéndole regresar.

 

      -Ah...-murmuró maliciosamente Anders, desde lo alto de su montura, poniendo una cara de inocente en la que nadie hubiese creído-. ¿Cómo te diré?: Un caballero no es libre de hacer lo que le plazca. Un  caballero es esclavo de su honor y de sus obligaciones; de modo que, si sólo buscas diversión, dedícate a otra cosa.

 

      Balduino lo miró con crecientes anhelos de estrangularlo. Eran sus mismísimas palabras las que citaba Anders: en la época en que consideraba a éste tan sólo un sirviente flojo, molesto y bueno para nada, se las había repetido una y mil veces.

 

      -No es de cristiano ser vengativo, Anders-gruñó.

 

      -Esto te ocurre por no ser creyente. No me estoy vengando: lucho contra el infiel, que es diferente-contraatacó Anders.

 

      Gudrun volvía en ese momento trayendo de regreso a Copito de Nieve, quien se había alejado demasiado de las otras ovejas y que al ver a Balduino luchó por zafarse de brazos de su pastora para ir con él, puesto que iba en camino de tenerle auténtica adoración.

 

      -Qué cierto es aquello de que todo lo bueno acaba-comentó Balduino, apesadumbrado, yendo al encuentro de zagala y cordero-. Debo regresar a Vindsborg.

 

      -¡Naturalmente!-exclamó Gudrun con vehemencia-. O volvíais allí, u os echaba yo.

 

      Balduino, boquiabierto, miró a Anders, quien luchaba consigo mismo para reprimir la carcajada.

 

      -¿Por qué?-preguntó el pelirrojo, anonadado-. Creí que estabas contenta de tenerme a tu lado.

 

      -Claro que me puse muy contenta, señor Cabellos de Fuego, pero prefiero veros cada tanto y como a un huésped honorable, en vez de llevaros siempre conmigo como el perro a sus pulgas. Ulrike y Thora dicen que no es bueno que los hombres estén demasiado tiempo en el hogar, porque una llega a verlos como a otros tantos muebles más.

 

      Aquello fue demasiado para Anders, quien ya no pudo evitar reír hasta las lágrimas.

 

      -Qué románticas son las mujeres aquí-refunfuñó Balduino.

 

       -Románticas, no: prácticas, señor Cabellos de Fuego, prácticas-alegó Gudrun.

 

      -Balduino, ¿de qué te quejas?-preguntó Anders, sin parar de reír-. Eres el hombre más afortunado del Reino. Ya querría yo una novia que me diera esa libertad para galantear a otras mujeres. Generalmente ellas conocen tus intenciones y por eso no te dejan a sol ni a sombra.

 

      -Sí, pero aquí no hay otras mujeres a las que galantear, Anders; por eso quien yo sé se da el lujo de tratarme como me trata... En fin... Iré a encender el hogar a esta ingrata, como todas las tardes... Y luego me tendréis en Vindsborg.

 

      -De acuerdo, Balduino, nos vemos allí-dijo Anders, partiendo acto seguido a lomos de Slav.

 

       Gudrun había bajado al suelo a Copito de Nieve, animal menudo en las dimensiones de su especie, pero lo bastante grande y pesado para que no cualquier mujer pudiera alzarlo con facilidad.

 

       -Supongo que entenderás que Anders y yo bromeábamos, ¿no? No te engañaría con otras mujeres-aclaró Balduino, por las dudas.

 

       -Y sin embargo, tengo una rival-repuso Gudrun, sonriendo-: vuestra armadura. Por ella me dejaréis un día por ella.

 

      -La tengo bastante desatendida-observó Balduino, pensativo y sonriente a su vez-. Es cierto, viví con ella una especie de idilio. Trabajé duramente para ganármela... La primera que tuve, quiero decir, porque la que tengo ahora fue regalo de un noble, Roland de Armelinskvald, a quien, cuando ya era yo Caballero, rescaté de El Toro bramador de Vultalia...

 

      Copito de Nieve había ido junto a Balduino. La joven zagala aferraba ahora su cayado y estudiaba a Balduino como escudriñando si estaba siendo jactancioso, a fin de devolverle la humildad a bastonazos. Decidió que no era necesario ponerse violenta.

 

      -...Ni de la primera ni de la segunda me separaban así nomás, al principio-continuó Balduino-. Eran hermosas y estaba orgulloso de ellas... Pero luego me di cuenta de que no necesitaba lucir siempre armadura para ser un Caballero... Entonces las fui dejando de lado. Sobre todo, porque una armadura es pesada y en cierto momento te fastidia cargar con ella si no es necesario.

 

      -Veis cómo tengo razón, señor Cabellos de Fuego, triste fin para vuestro idilio con vuerstra armadura. Así es como a menudo se acaba el amor; los amantes se ven demasiado seguido y caen en la cuenta, cada uno de ellos, de que el otro es un pesado. No querría que llegase un día en que os viera como a un mueble-dijo Gudrun.

 

       Balduino se le acercó y le rodeó la cintura con sus brazos.

 

       -Pero, ¿me recibiríais, señora, si no llegara a vuestro hogar más que de tanto en tanto, necesitado de hospitalidad?-preguntó.

 

      Gudrun le echó los brazos al cuello y dejó que él la besara, antes de responder:

 

       -Eso sí, señor. Siempre... Para serviros.

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12 mayo 2010 3 12 /05 /mayo /2010 18:52

       Anders volvió a Vindsborg muy entrada la noche, cuando ya todo el mundo había cenado y se disponía a dormir; pero cuando fue a encerrar a Slav en la caballeriza halló en ella a Balduino, prodigando las caricias con que siempre halagaba a Svartwulk antes de acostarse.

 

      -Oye, Balduino, no creerás lo que acabo de ver-dijo Anders, aparentemente muy excitado-. Ya me dirás tú luego si Thomen está loco o no.

 

      La locura de Thomen el Chiflado estaba para todos fuera de duda en Vindsborg, pero había profundas discrepancias en cuanto al grado de esa locura. Daba la casualidad de que sobre ese tema los polos opuestos estaban reoresentados por Balduino y Anders. El primero, más moderado, consideraba a Thomen apenas un tanto excéntrico, mientras que Anders insistía en que el curtido pescador estaba de remate. Ambos defendían con mucha vehemencia sus posturas al respecto, al punto que parecía haberse vuelto cuestión de honor demostrar quién tenía razón.

 

      -A ver... Dime-suspiró Balduino, resignadamente. A veces le parecía que Anders, con tal de salirse con la suya, amañaba y retorcía más allá de lo admisible las supuestas pruebas de la locura de Thomen.

 

      -Tú sabes lo que es la sauna, ¿no?

 

      Balduino asintió. Curiosamente, no hacía tanto había estado hablando del tema con Hansi. La segunda empalizada había sido concluida y sobraban aún muchos troncos; y Hansi había sugerido construir con ellos una sauna.

 

      -Oh, no, de ni ngún modo-había respondido Balduino-. No necesitamos más espacio, con el que tenemos nos basta y sobra.

 

      En la cara de Hansi apareció un gesto de extrañeza que no habría sido mayor si habiéndole preguntado a Balduino qué tan buena era la caza en los bosques cercanos, hubiera recibido por respuesta que efectivamente aquel era un magnífico día.

 

      -Señor Cabellos de Fuego... ¿Tú sabes lo que es la sauna?-había preguntado Hansi, sin entender la para él absurda respuesta. Y como Balduino respondiera que sí, no siguió insistiendo, porque a su juicio ni un troglodita podía ignorar qué era la sauna, y no quería ofender al señor Cabellos de Fuego insinuándole que era un estúpido.

 

      Por lo tanto, esa noche era la segunda vez en poco tiempo que a Balduino le hacían la misma pregunta.

 

      -¡Pues claro que lo sé!...-respondió, muy ufano de sus conocimientos-. Es esa construcción hecha de troncos donde la gente de por aquí guarda quién sabe qué cosa.

 

       -Ajá, correcto. Ahora escucha esto-respondió Anders-. Vi abrirse la puerta de la sauna del loco de Thomen, y apareció él en persona, ¡desnudo como Adán y envuelto en grandes nubes de vapor!... Y eso no es todo. Acto seguido se fue corriendo como alma que se lleva el diablo, ¡y se revolcó en la nieve!... ¿Qué te parece?

 

      Balduino se enojó.

 

      -Anders, esto es el colmo-dijo severamente-. Podemos bromear con eso de que Thomen está loco o cuerdo, pero no trates de tomarme el pelo con disparates como éste que acabas de inventar. Sé que sólo tratas de divertirte a mi costa, pero ten en cuenta que, si yo fuera más ingenuo, podría tomarme en serio tus palabras y repetírselas luego a otros. Y así, por una broma de inocentes intenciones, el pobre Thomen adquiriría una inmerecida reputación de loco, que tal vez no en Freyrstrande, pero en otro sitio lo haría un marginado.

 

       Ante semejante sermón, Anders quedó anonadado.

 

       -Pero es que...

 

       -Te repito, sé que lo haces sin maldad, pero estas cosas no me gustan. En el futuro, absténte de venir a mí con cuentos como éste.

 

      -¿Querrías dejarme hablar?

 

      -¡No! ¡Ni una palabra más!

 

      Muy ofendido, Anders se fue dando un portazo. Balduino lamentó que se enojara así, pero consideró que merecía la reprimenda y, en cualquier caso, ya se le pasaría la rabia.

 

      Minutos más tarde, también Balduino abandonaba la caballeriza y subía la escalinata para ir a acostarse; pero no había llegado ni a la mitad cuando escuchó un gran alboroto proveniente del interior de Vindsborg. Y sin embargo, al bajar los había dejado a todos a punto de irse a dormir. ¿Qué estaría ocurriendo?

 

      Apenas abrió la puerta, la voz de Anders se alzó por encima de las otras:

 

      -¡AH, CONQUE AHÍ ESTÁS! ¡ NO ME CREÍAS!... CONQUE TE VOY CON CUENTOS, ¿EH?-exclamó, extendiendo hacia Balduino un índice acusador-. ¡THORVALD: DÍSELO!...

 

      Aturdido ante tal recepción, Balduino miró a Thorvald.

 

      -Una sauna no es un cobertizo para guardar cosas-explicó el anciano gigante de ojos fríos, duros y azules como zafiros-. Te tomas allí un baño tan caliente como puedas soportarlo, exclusivamente al capor, y cuando sales, corres a tirarte en la nieve o al agua helada.

 

      Boquiabierto, Balduino miró de nuevo a Anders. Qué duro enfrentar la mirada acusatoria de éste, quien se había cruzado de brazos y observaba al pelirrojo de manera glacial...

 

      -Disculpa-dijo Balduino, en un mísero hilillo de voz y en la cúspide del bochorno.

 

       -Está bien-contestó Anders, con la condescendencia del monarca que perdona la vida al condenado a muerte.

 

        -Bueno, ¿y?-graznó Gilbert a gritos-, ¿Se hace o no se hace la famosa sauna?

 

       -No tenemos troncos suficientes-objetó Ursula.

 

      -¿Cómo que no?-gruñó Hundi-. ¡Sobran!

 

       -La mejor madera para la sauna es la de abeto, y no volteamos muchos abetos-señaló Ursula.

 

      -¡Bah!-gruñó Honney, despectivo-. Habló la que dice que los delfines son peces.  Toda una autoridad...¿Y quieres que te tomemos en serio?

 

       Siguió una auténtica confusión, ya que todo el mundo comenzó a hablar a la vez. lejos de poner orden, Balduino, todavía algo avergonzado,  se acercó a Anders, y porfió:

 

       -De todos modos habrás de reconocer, Anders, que Thomen, después de todo, no está loco. Por lo visto es costumbre local lo que le viste hacer hoy.

 

       Anders sonrió sarcásticamente.

 

      -Claro que está loco-replicó-. No es el único loco, lo que es diferente. Pero sí que es el principal. Y si no, si te parece que es normal cagarse de calor en vapor de agua hirviendo primero y enseguida arrojarte a la nieve, ¿qué tal si das el ejemplo, valiente?

 

      -Bueno, la gente tiene distintos gustos, después de todo-contestó Balduino, batiéndose en retirada.

 

      No continuaron el diálogo, porque en ese momento se alzó el vozarrón de Thorvald:

 

      -Ante todo, tenemos que recabar la autorización de nuestro comandante, si es que vamos a construir la sauna.

 

      Balduino se encogió de hombros.

 

      -¿Y para qué queremos una sauna?-preguntó.

 

      -¡Cómo que para qué!-exclamó Andrusier, indignado.

 

      -Bueno, muchacho, la sauna es cosa saludable. Los hombres sobre quienes mandas estarán más sanos y fuertes, si cada  tantos días pasan por ella. Tú no te das cuenta, pero tu cuerpo está lleno de sustancias nocivas, y la sauna las elimina. Se dice que en Suomi, el país de donde al parecer es originaria la sauna, está aún más extendida que aquí, en Andrusia.

 

      -Pero necesitamos esa sauna...-comenzó Per.

 

      -...para sacarnos de encima las porquerías con las que éste trata de liquidarnos cuando cocina-concluyó Wilhelm, señalando al viejo Varg, quien estalló de ira como se esperaba de él.

 

      Más que una saludable costumbre, y por lo que entendía, la sauna le parecía a Balduino un tormento ideado por una mente morbosa al que de ningún modo estaba dispuesto a someterse; pero para sus hombres parecía algo importante y tal vez merecieran ese gusto, ya que habían trabajado muy bien.

 

      -En ese caso no hay más que hablar-dijo-. La sauna se hace.

 

      Y los presentes estallaron en sincera y brutal ovación.

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12 mayo 2010 3 12 /05 /mayo /2010 17:30

      Practicar lo que predicaba no parecía ser la especialidad de Anders, quien tenía el descaro de rezongar porque Balduino no le contaba ciertas cosas, pero al mismo tiempo mantenía en secreto su relación con Lyngheid Einarsdutter. Esta se había aficionado mucho a él, al punto de cortar tajantemente una relación previa e igualmente clandestina con otro hombre, Thorkill Rolfson, uno de los guardias personales de su padre. Se trataba de un individuo irascible, celoso y violento, y Lyngheid temía que descargara su venganza sobre Anders, quien inevitablemente miraba a Thorkill con cierto temor. Pero Thorkill no sabía quién lo había desplazado del corazón de Lyngheid, y por una charla anterior con ésta sospechaba más bien de Balduino. La joven, en efecto, había tenido un brevísimo encaprichamiento con éste antes de conocer a Anders, aunque sólo por despecho, porque el pelirrojo no le prestaba la menor atención; y como Thorkill no olvidaba el incidente, ella procuraba que sus sospechas continuaran en esa dirección, aunque sin admitir nada abiertamente. Además, habían entrado en una especie de guerra los dos ex-amantes, llegando sin embargo a un punto muerto en tal sentido. Thorkill había amenazado a Lyngheid con denunciar ante Einar, el padre de ésta, aquel idilio secreto; pero ella replicó que, en tal caso, lo delataría a su vez a él como amante anterior suyo. Para desgracia de Thorkill, había en su cuerpo algunas marcas que sólo podía conocer quien lo hubiese visto desnudo; de modo que la joven estaba en condiciones de aportar pruebas.

 

      Lyngheid mantenía cerradas determinadas bocas mediante el dinero, pero éste empezaba a escasearle. La progresiva recuddión de su peculio le habría importado poco, de no mediar el hecho de que carecía de otros medios para comprar el necesario silencio.

 

      Anders sabía que debía cuidarse deThorkill, pero ignoraba hasta qué punto se esforzaba ella por protegerlo, o se hubiera asustado aun más del cariz que estaba tomando la relación entre ambos. El joven había comenzado siendo un capricho más en la vida de Lyngheid y creía, ingenuamente, que seguía siendo exactamente eso. Pero la frivolidad y el aburrimiento de Lyngheid, en otros días, la había llevado a seducir  a varios hombres al mismo tiempo para enfrentarlos unos con otros; y para aceptar a Thorkill como amante le había exigid o que sorteara una serie de pruebas riesgosas en las que bien habría podido perder la vida. Que en cambio no reparara en gastos para proteger la de Anders demostraba que éste era ya en el corazón de la muchacha mucho más que un capricho; pero él no se daba cuenta, y saberlo lo hubiera preocupado, ya que no deseaba nada formal, amén de que ni por asomo hubiera pensado que una hija de la nobleza lo quisiera para algo más que un pasatiempo.

 

      La verdad era que por esos días Anders estaba más interesado en otras cosas que su amorío con Lyngheid. Lo acicateaba la curiosidad por descubrir a qué iban Balduino y Tarian a Kvissensborg los domingos, y a tal fin encaró primero a Thorstein el Joven en cierta ocasión en que lo encontró de guardia en uno de los adarves del castillo, yendo de aquí para allá. A los ojos de Thorstein, Anders era el lugarteniente de Balduino; de modo que se puso en firmes y presentó armas ante él. Además, su nuez de Adán delató el paso de una bola de resina de abedul por su garguero.

 

       -Descansa, hombre, descansa-dijo Anders, sorprendido ante tan militar recepción, aunque satisfecho, puesto que si Thorstein lo consideraba un superior suyo, la pesquisa se facilitaría mucho-. Sólo he venido a hacerte una pregunta.

      -¡A vuestras órdenes, señor!

 

      -Dime: los domingos, Balduino... el señor Cabellos de Fuego, tú sabes... viene aquí con un joven llamado Tarian... El muchacho de ojos azules rasgados y melena rubia hasta la cintura... ¿A qué vienen aquí, exactamente?

 

      -¡Lo siento, señor, no estoy autorizado a responder a esa pregunta!

 

      -¡Ah, deja de jugar al soldadito conmigo, Thorstein!... Balduino y yo somos carne y uña. Bastaría con una mera sugerencia de mi parte, para que tú puedas regresar junto a tu familia.

 

      Anders creía que esta promesa era una maniobra muy astuta de parte suya. Como Balduino no hacía tanto había considerado la posibilidad de autorizar el regreso de Thorstein a su hogar, no sería muy difícil, pensaba, terminar de persuadirlo.

 

      -¡Señor: el señor Cabellos de Fuego ya me lo ofreció, pero yo respondí que no quiero irme!-exclamó Thorstein.

 

       Era toda una sorpresa que el mayor perezoso de la comarca le hubiera tomado el gusto a la profesión marcial.

 

       -Bueno... Si es tu decisión...-dijo Anders, asombrado-. Pero dime-insistió, volviendo a lo suyo, y con aire de amable complicidad-: ¿qué hacen esos dos los domingos, cuando vienen aquí?

 

       -¡Señor, no estoy autorizado a responder a esa pregunta!

 

      Anders empezaba a irritarse seriamente, y decidió jugar otro papel, el del favorito influyente y casi todopoderoso que tenía en sus manos los destinos de mucha gente:

 

      -Thorstein, más vale que contestes, si no quieres ser arrojado de este castillo como por una catapulta-dijo-. Vuelvo a repetir, bastaría para ello una sugerencia mía. No me hagas enojar.

 

      -¡No estoy autorizado a responder a esa pregunta, señor!

 

      Tamaña estolidez obligó a Anders a capitular y a desaparecer por donde había venido.

 

      -Ojalá te atragantes con la próxima bola de resina de abedul que te mandes a la garganta-farfulló rencoroso.

 

      Seguidamente recurrió a sus fervorosos admiradores, los muchachos reclutados en los muelles de Vallasköpping. Pero hete aquí que, aunque entre ellos no hubo negativas rotundas como la del joven Thorstein, todos ellos, unánimemente, manifestaron una más que sospechosa ignorancia respecto al tema sobre el que Anders los interrogaba.

 

      -Cáfila de desagradecidos, ya vendréis a mí de rodillas implorando por mi perdón y mi camaradería-rezongó por lo bajo Anders, tras darles la espalda también a ellos.

 

      El azar lo llevó a cruzarse en el patio con Lyngheid Einarsdutter a quien, por hallarla en público, saludó con mucha formalidad y distancia, besándole la diestra. Por encima del hombro de Anders, a lo lejos, la figura musculosa de Thorkill Rolfson observaba la escena.

 

        -Hoy no sería prudente...encontrarnos en privado-susurró Lyngheid.

 

        -Ya habrá ocasión; por el momento, tal vez vos podáis sacarme una duda que tengo-respondió Anders, sonriendo afectadamente, como aparentando estudiadas cortesías de gentilhombre; y expuso la duda en cuestión, que Lyngheid no supo evacuar-. Tal vez podríais averiguarlo-insinuó entonces Anders, frustrado y sin resignarse.

 

      Por encima del hombro de Anders, Lyngheid observó de reojo a Thorkill.

 

      -Veré qué puedo hacer; pero ahora debemos separarnos-murmuró nerviosamente; y Anders volvió a besarle la mano y continuó su recorrida por Kvissensborg, mientras que Lyngheid volvía a sus asuntos sin que le sorprendiera ser abordada casi inmediatamente por Thorkill.

 

      -No te basta con el pecoso, ¿eh?-espetó agresivamente el grandullón-. ¿Ahora coqueteas también con ese estúpido petimetre?

 

      Lyngheid se preguntó cómo demonios había soportado tanto tiempo a aquel individuo sexualmente fogoso pero brutal y desagradable.

 

      -¿Y no se te ha ocurrido, imbécil, que el petimetre haya venido simplemente a traerme un mensaje de ese pecoso?

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11 mayo 2010 2 11 /05 /mayo /2010 19:57

      Un par de horas más tarde nevaba otra vez, y bajo tan poco acogedor clima llegaba Anders, entre gruñidos y a lomos de Slav, a la cabaña de Gudrun.

 

      -Maldito desgraciado, me va a oir si es que está aquí, sí, señor; ¡me va a oir!-refunfuñó-. Le importa un comino que me preocupe por él a pesar de que me oculte cosas, ni por un momento se le ocurre ir a Vindsborg a avisar dónde está.

 

       Como todo muchacho de humilde cuna y que alguna vez conoció privaciones e incomodidades, Anders se sentía muy a gusto con una barriga llena y un buen trago junto al fuego. De tan confortable situación acababa de salir para ir en busca de Balduino.

 

       -Pelirrojo ingrato, bastardo-continuó mascullando, rabioso.

 

      Se apeó, y en ese momento se preguntó si a Balduino no le habría ocurrido realmente algo grave. Un nudo en la garganta y una negra y colérica bilis confluyeron en su garganta mientras aporreaba la puerta.

 

       -¡Por qué a uno deben pasarle en la vida estas cosas, digo yo!...-exclamó, mientras continuaba castigando a la puerta sin piedad, hasta que por fin se abrió y Balduino asomó por ella-. Ah, ajá, así que aquí estás-dijo, irónico-. Escúchame una cosa: por más que sea yo tu escudero, tu sirviente, no tienes derecho a...

 

      -Lo siento tanto, Anders-lo interrumpió Balduino-. Olvidé algunas obligaciones mínimas. Es que me siento tan feliz esta noche...

 

      El furor de Anders se apaciguió algo, lo bastante para permitirle advertir, mirando a Balduino a los ojos, que éste parecía literalmente flotar por los aires.

 

       -Yo antes no soportaba a los enamorados. Nada más oir de lejos sus risitas idiotas me irritaba-confesó el pelirrojo-. Algunos de ellos tal vez me exasperarían incluso hoy, no sé; pero ahora sospecho que les tenía envidia. Desde el día que lo conocí, Kurt siempre insitió en que yo necesitaba una mujer; y ya esa noche me quedé pensando en ello. Lo recuerdo como si fuera hoy. Acabábamos de llegar a Freyrstrande y estábamos enemistados tú y yo, y esas noches de constante viento me hacían mal...  Extrañaba tener a alguien al lado; lo extrañaba como si alguna vez hubiese tenido una compañera y de repente ésta me hubiera faltado y no supiera por qué... Y como si se tratase de un recuerdo que se fuera diluyendo en la memoria, traté de imaginar cómo sería sentir junto a uno el cuerpo de la mujer amada, sus caricias... Ahora...

 

       -Ahora ya lo sabes-interr umpió Anders con suavidad.

 

       Balduino lo miró a los ojos y no pudo evitar asombrarse. Anders, agraciado por naturaleza, había depuesto la ira, y ahora sonreía de una manera que realzaba la belleza de su rostro privilegiado. Era la suya la sonrisa noble, pura y magnífica de quien se alegra por la dicha del prójimo; y esa sonrisa se ensanchaba a cada instante. Ante esa sonrisa, a Balduino lo invadió una oleada de afecto hacia su escudero, su amigo, su hermano.

 

       -Sí... Ahora lo sé-dijo, sonriendo también, con timidez en su caso, como si la felicidad fuera una travesura de niños e impropia de adultos como él; como si acabara de cometer un hurto bello e inocente.

 

       Anders advirtió lo que su rabia no le había dejado ver en un principio: Balduino se había cubierto apresuradamente con una frazada de confección basta para ir a atenderla puerta. Es decir, que antes había estado desnudo o semidesnudo; lo que por otra parte no era difícil de deducir.

 

          -Mejor vuelve adentro, campeón-sugirió el muchacho de los ojos verdes-. Sospecho que allí las cosas están algo más calientes que aquí-y palmeó afectuosamente el hombro de Balduino, a la vez que guiñaba un ojo.

 

       Se despidieron sin más palabras, con sendas inclinaciones de cabeza, observándose con ese cariño silencioso y sólido que ahora rara vez se ve, pero que en otros tiempos forjaba poderosas cadenas incluso entre hombres muy disímiles: La verdadera amistad se ha vuelto más escasa que el uro, el grifo o el unicornio, pero antaño era algo más frecuente, y siempre se la consideraba un honor, una dádiva o un privilegio, y había que hacerse merecedor de ella. Tal vez la razón por la que hoy escasee tanto sea, justamente, que las personas tienen un concepto demasiado elevado de sí mismas y creen merecer incluso más afecto del que gozan; por lo que descuidan los afectos y acaban perdiéndolos.

 

       Balduino cerró la puerta y regresó a tenderse junto a Gudrun, entre unas pieles viejas y toscamente remendadas, junto al fuego del hogar. El semblante de la joven, cuyos ojos miraban sin ver hacia el techo de la vivienda, era la imagen misma de la serenidad y la reflexión. Balduino le besó el cuello y ella, automáticamente, le acarició aquella melena cuyo color tanto amaba.

 

      -Qué tonta fui al guardar distancias durante tanto tiempo...-dijo, más para sí misma que para Balduino-. Pero mejor tarde que nunca.

 

      Desde la muerte de su madre, la cabaña le había parecido un lugar horrible, atestado de viejos fantasmas malignos y siniestros que la acechaban desde cada rincón. La presencia de Balduino los había puesto en fuga. Un día, él se iría de Freyrstrande; pero dejaría atrás su recuerdo, como una benévola y protectora presencia para mantener alejados a los fantasmas.

 

      Afuera, Anders continuaba sin irse. Se había acercado a Slav con intenciones de hacerlo, para luego quedar allí, como petrificado o desafiante ante la nevada. Seguía sonriendo mientras recordaba episodios de su pasado más reciente junto a Balduino, y un creciente alborozo fue invadiéndolo mientras decidía hasta qué punto merecía el pelirrojo su buena fortuna actual... Y de repente pareció que su júbilo era demasiado, que algo tenía que hacer para no reventar de alegría; y montó sobre Slav al tiempo que profería un alarido ebrio de amor a la vida, que se alzó por encima de la borrasca y fue oído por una perpleja Gudrun y un sonriente Balduino.

 

       ¿Cómo es posible ser tan feliz como yo lo soy ahora?, pensó este último. En ese momento, yaciendo al lado de la mujer amada y oyendo aquel alarido jubiloso hasta lo inexpresable, se sintió como en un sueño, él que en otro tiempo nunca había sabido qué era el afecto.

 

       Y Anders salvó el trayecto hasta Vindsborg en desenfrenado galope y riendo como un energúmeno. Algunos aldeanos lo oyeron, Thomen el Chiflado entre ellos; y se asomaron preocupados, pensando que tal vez algún viajero extraviado clamaba por auxilio; y al ver de qué se trataba volvían a entrar en sus viviendas, meneando la cabeza. Ese amigo del señor Cabellos de Fuego está más loco que una cabra, pensaban... Pero no podían negar que aquélla era una dulce locura, que aquellas carcajadas hacían bien al corazón.

 

       Así era Anders: voraz en la mesa, en sus apetitos sexuales y en sus alegrías. La vida era para él como una copa embriagadora de la que no tenía la más mínima intención de dejar siquiera una gota en el fondo. Aquella noche, algo de su arrollador júbilo debió impregnar incluso los parajes más solitarios y tristes del bosque; y durante muchos años, cuando Anders ya no estuviera allí, en algunas nevadas persistirían los ecos, a la vez misteriosos y triunfales, de sus risas y sus exclamaciones. De nuevo el amigo loco del señor Cabellos de Fuego galopa por los bosques, pensaría la gente; y la idea reconfortaría más que el cobertor más abrigado o que un buen trago de aquavit.

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10 mayo 2010 1 10 /05 /mayo /2010 17:26

CLX

      Balduino y Tarian regresaron de Kvissensborg a mediodía, como harían todos los domingos en lo sucesivo; y a cierta hora de la tarde fue el primero, según su costumbre, a encender el hogar de Gudrun para que ella, a su regreso del pastoreo, hallara el ambiente más confortable y no sintiera tanto el tormento de la soledad y los malos recuerdos. Para su sorpresa, sin embargo, alguien se le había adelantado, porque salía humo de la chimenea. Celoso, se preguntó si le habría salido un rival y, en caso afirmativo, quién sería. ¿Tal vez Thorstein el Joven, quien un tiempo había cortejado a Gudrun con descarada duplicidad, pues entonces estaba de novio con otra muchacha? Pero incluso cuando Gudrun estuviera dispuesto a aceptarlo, cosa discutible, ¿qué oportunidad tenía Thorstein de galantearla, si prácticamente no salía de Kvissensborg salvo eventualmente para cumplir con cualquier encargo que se le hiciera? Y no había ningún otro hombre disponible en Freyrstrand, excepto...

 

       Excepto Hrumwald Erikson.

 

      Balduino no podía creerlo. ¡Pero es todavía más feo que yo!, pensó, atónito. Sin embargo, se calmó en seguida: Hrumwald tal vez pretendiera conquistar a Gudrun copiando las atenciones que Balduino le dedicaba a ella, pero esto no necesariamente significaba que fuera más exitoso que él en el galanteo.

 

      Sonrió ferozmente. Hrumwald hasta entonces le había caído bien, pero en este momento sentía que lo odiaba con toda su alma, y se deleitaba adornándolo en su imaginación con cualidades viles. Gudrun rechazaría al prognato, y entonces éste trataría de tomarla por la fuerza. Maldito bastardo, desgraciado, hijo de puta, pensó, como si Hrumwald ya estuviera cometiendo ante sus mismos ojos tan abominable acto. Que se atreva a hacerle el menor daño, y lo mato. Daría al villano su merecido; lo molería a trompadas y le quitaría las ganas de abusar de mujeres indefensas (porque en ese momento ni se acordaba Balduino, por ejemplo, del célebre hondazo, aun sin estar curado del todo). Acto seguido Gudrun, ebria de amor y de agradecimiento, se le entregaría con encendida pasión...

 

      Aún sentía la sangre hirviendo en sus venas bajo el imperio de los celos y el furor, cuando lo sobresaltó un balido. Recién entonces advirtió que la majada estaba en el redil... Y por lo tanto Gudrun había llegado a casa más temprano de lo habitual. Para reunirse con su amante, sin duda.

 

       Balduino sintió un dolor sin nombre devorándole las entrañas y el corazón. Ingrata, ladina, pensó, despechado. Lo acometieron ganas de entrar en la cabaña y dejarles, a Gudrun y a su desconocido amante, al menos la vergüenza de haber sido descubiertos in fraganti. Pero ¿qué derecho tenía de hacerlo? Gudrun nunca me prometió nada. Fue muy sincera conmigo-pensó, con la amarga frustración de quien necesita alguien sobre quien cargar culpas y no encuentra a nadie a mano para ello-. Precisa un hombre que la quiera. ¿Me asisten realmente motivos para reprocharle que elija a Hrumwald y no a mí? Si fui yo mismo quien le sugirió no dejarse intimidar por las malas experiencias vividas por otras mujeres de su familia y que le han hecho creer que sobre ésta pesa una especie de maldición; que cuando encontrara a un hombre, aun cuando ese hombre no fuera yo, abatiera a sus miedos como a los lobos con su honda. Y ha encontrado a ese hombre. Sintió un nudo en la garganta. Recordó haber oído lamentarse a un Caballero, alguna vez, de que a menudo una conducta recta no valía de nada, porque la gente en general y las mujeres en particular terminaban admirando y prefiriendo a los villanos. Tal vez fuera estúpido ser tan recto, después de todo... Pero renunciar a los principios en los que uno cree y adoptar otros que le son ajenos es aun más estúpido, reflexionó.

 

      Nada más tenía que hacer allí. Acababa de llegar a esta conclusión cuando escuchó alelado, a sus espaldas, la voz de Gudrun:

 

      -Sed bienvenido a mi humilde morada, señor Cabellos de Fuego; y si fuerais tan amable de ayudarme con esto, os lo agradecería. Pesa un poco; podría arreglarme sola en caso de ser necesario, pero siempre se agradece un par de fuertes brazos de hombre.

 

      Venía cargada con un caldero lleno de nieve. A su lado venía un joven cordero escuálido y malformado: Copito de Nieve, su consentido.

 

       Aturdido, sin entender nada de lo que ocurría, Balduino se precipitó en ayuda de la joven zagala.

 

       -Ahora que hay nieve por todos lados, la recojo y la derrito, en vez de ir a buscar agua al Duppelnalv-informó Gudrun-. Recursos que se utilizan cuando no se tiene pozo-dijo, estremeciéndose ligeramente. Ven, Copito de Nieve, vamos al corral-dijo, cargando con el animalito que por lo visto estaba muy interesado en el pelirrojo, al que se la había acercado balando y contra cuyas piernas se refregaba cariñosamente.

 

      No estaba lejos el pozo clausurado con tablas que ocultaban el macabro secreto familiar de la joven, pero Balduino no le prestó atención.

 

      -¿Y Hrumwald?-preguntó, sin poder reprimirse.

 

       La pregunta dejó perpleja a Gudrun. Se detuvo donde estaba, con Copito de Nieve en brazos.

 

       -¿Qué Hrumwald? ¿El primo de Kurt-preguntó; y cuando él asintió con la cabeza, ella quedó más confusa que antes, preguntándose tal vez si tan extraña duda sería todavía un saldo dejado por la pedrada en un cerebro maltratado-. No sé, no tengo forma de saberlo... En casa de Herminia, supongo, puesto que vos mismo lo pusisteis a trabajar allí. Si no está ahí, no sé dónde más podría estar.

 

        -¿Estás sola, entonces?

 

       Ahí Gudrun entendió que por algún motivo Balduino había esperado hallar a Hrumwald en su compañía. Más allá de que no fuera muy halagador que Balduino viniera buscando a otra persona y no a ella, la deducción de que en su cabaña pudiera estar Hrumwald, quien tal vez ni siquiera supiese dónde vivía Gudrun, resultó a ésta tirada de los pelos.

 

       -¿Os sentís bien, señor Cabellos de Fuego?-preguntó, algo preocupada. De veras era como para pensar si aquella incoherencia sería producto de la pedrada de días atrás. Balduino se comportaba como si estuviera perdiendo el juicio.

 

       -¿Estás sola?-insistió Balduino, mientras ella terminaba de encerrar a  Copito de Nieve en el redil, con el resto de la majada. Por lo visto el animalito, demasiado malcriado, no estaba conforme de que se lo encerrara con la plebe, puesto que se puso a balar en son de protesta.

 

       -¡Francamente, espero que no, señor Cabellos de Fuego!-exclamó Gudrun, algo impaciente, volviendo junto a él-. Es decir que no lo estaré, si aceptáis mi invitación a entrar en mi hogar. Tengo bastante que deciros.

 

      Balduino asintió con la cabeza y franqueó el umbral después de Gudrun. Ya en el interior de la cabaña, su estupor fue en aumento. Siempre había un gran desorden allí, y hasta mugre; pero ahora estaba todo mucho más prolijo y aseado. Y en el hogar había una marmita en la que se cocía un guiso de lentejas. 

 

       -Bueno...-murmuró tímidamente-. Veo que esperas a alguien a cenar, así que... Me voy.

 

       Gudrun, que tras lavarse un poco las manos había tomado un gran cucharón y revolvía en silencio el guiso de lentejas, de golpe se detuvo en seco.

 

       -Señor Cabellos de Fuego, no sé qué os sucede hoy, que estáis mucho más extraño que de costumbre-dijo, incorporándose y agitando el cucharón en forma intimidante para recalcar sus palabras-; pero si no queréis cenar conmigo, decídmelo directamente.

 

       Ante tal respuesta Balduino quedó, de ser posible, más confuso que ella misma.

 

      -No es que no quiera cenar contigo-balbuceó con torpeza-, pero es que... Quiero decir... Alguien ha tenido que encender este fuego...

 

       -¡Pues claro! ¡Yo misma, para variar!

 

      -Pero si tú no hachas leña...

 

       -¿Y qué necesidad tenía de hacerlo si la leñera está que revienta, cortesía de alguien? ¿No lo hicisteis vos mismo?

 

         -¿Eh? ¡Ah, sí! Claro... La leñera...-murmuró Balduino, tontamente-. Pero aquí está todo distinto de como está siempre... No creo que hayas podido hacerlo todo tú misma, de ayer a hoy, sin que te ayude alguien.

 

      -¡Desde luego que no! Me levanté más temprano que de costumbre y, como podéis ver, también regresé del pastoreo antes que de costumbre. Pero entre medio alguien me hizo la merced de cuidar un tiempo de mis ovejas, y gracias a su gentileza pude adelantar mucho la tarea de asear todo esto.

 

      -Hrumwald-dijo Balduino; y se sintió ridículo, pero ya era una idea fija muy enraizada en su cabeza y difícil de desterrar.

 

      Gudrun perdió la compostura.

 

      -¿Qué os pasa con Hrumwald hoy?-replicó, a gritos casi-. No, no fue él... A menos que haya tomado los hábitos sin que yo me enterase.

 

       -¿Fray Bartolomeo?-preguntó Balduino, escéptico-. Pero, ¿por qué?...

 

        Nada estaba desarrollándose según los previos planes de Gudrun. La joven señaló con el cucharón la silla más próxima.

 

       -Sentaos ahí-dijo. No sonaba a petición, más bien a orden, ya la muchacha parecía muy decidida a partirle a Balduino el cucharón en la cabeza si no obedecía. La tácita amenaza no lo intimidó, pero en cambio quedó fascinado por la apariencia de Gudrun, más magnífica y temperamental que nunca; de modo que se sentó, sumiso.

 

      Haciendo juego con su airada propietaria, la marmita bullía rabiosamente en el fuego. Tal vez para evitar que se pegoteara su contenido en el fondo o para no verse tentada a dar al cucharón otro uso que el que estaba mandado, Gudrun añadió agua y se puso a revolver.

 

      -Hoy he ido a misa-dijo-. Eso lo hago siempre los domingos, por supuesto; pero hoy fue distinto porque me he confesado con Fray Bartolomeo y le dije ya sabéis vos qué. Contestó que imaginaba algo así y que se alegraba de que por fin me hubiera decidido a revelarlo en confesión; que todos o casi todos en Freyrstrand tienen sospechas al respecto, pero que nadie piensa en lapidarme por lo que creí que debía hacer. Y si nadie te condena, tampoco yo te condeno; reza siete Padrenuestros y queda en paz. Ego te absolvo ab omni poena et culpa, dijo. Pero yo no había terminado, tenía algo más que confesar, aunque él ya me había impuesto penitencia. Le hablé de vos. Hija mía, dijo, ese hombre es un hereje sin Dios, y bien harías alejándote de él, como así de toda ocasión de pecado. Pero estás tan sola y has sufrido tanto, que sospecho que si el Señor ha puesto en tu camino a alguien como él, que no cree en el Todopoderoso y te arrastrará al pecado como si tampoco tú fueras creyente, El, para no ser menos, fingirá esa miopía que a veces parece aquejarlo y que le permite pasar por alto tantas fallas nuestras, no sea que por vergüenza de confesarlas o simplemente porque no nos parecen faltas, vayamos a acrecentar la ya muy nutrida población del  Infierno. Por lo tanto, el hereje no verá a Dios mientras peca, tú fingirás no verlo mientras pecas y El fingirá no ver vuestro pecado, y todos contentos. Le hablé entonces de esa especie de maldición que parece pesar sobre las mujeres de mi familia, impidiéndoles ser felices junto  a los hombres que eligen. Al menos espera a vivir en pecado junto a tu señor Cabellos de Fuego y reserva para después herejías como ésa, para estar a tono con él, refunfuñó. Contesté que tal peligro no existiría nunca, pues temo demasiado el momento de la separación para unirme a vos; que no quiero sufrir. ¿Y no es eso lo que haces ahora, sufrir, por tenerlo tan al alcance de la mano y privarte de él? Y cuando ya no lo veas, ¿crees que no te dolerá?, preguntó.

 

      Dejó de revolver la marmita, pensativa. A la luz del hogar sus facciones, toscas pero expresivas, adoptaron un tinte rojizo.

 

       -He tratado de hallaros mil defectos para así poder permanecer en mis trece-dijo, mirando al vacío-. Encontré alguno aquí y otro allá. Por desgracia, no son suficientes. No pueden competir contra el fuego que siempre encuentro encendido en el hogar cuando regreso del pastoreo.

 

      -No te exijo nada a cambio de eso-aclaró Balduino.

 

      -Ya sé. Eso es lo peor. Lo hacéis desinteresadamente. No hay forma, entonces, de que evite enamorarme más y más, hasta quedar idiota.

 

      Balduino quedó boquiabierto. El efecto ponzoñoso de sus celos iniciales lo había tenido aturdido incluso ahora. Se puso de pie de un salto, como si se hubiera sentado sobre un hormiguero, mientras Gudrun retiraba del fuego la marmita y la llevaba a la mesa.

 

       -Pero es que... Yo pensé... Yo creí...-balbuceó tontamente.

 

      -¿Creísteis qué, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Gudrun con curiosidad.

 

      Balduino enrojeció de vergüenza.

 

      -Creí que tenías otro hombre. Hrumwald... Casi reviento de celos-admitió.

 

      -¡Hrumwald!... ¿Puede saberse de dónde sacasteis que estaba con otro hombre y precisamente con él?

 

       -Es que creo que no hay otro hombre libre aquí. Y además, Kurt comentó que a su primo le gustaría conocer a otra mujer que lo quiera.

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡Kurt nos mataría a ambos, a Hrumwald y a mí!... ¡Si ya sabéis cómo es él y cuánto os aprecia! Si por él hubiera sido, me entregaba a vos  servida en bandeja. Bueno, poco faltó para que exactamente eso hiciera. El muy metiche cuida vuestros intereses como si le pagarais para ello; hermosos problemas tendría con él si eligiera yo a otro hombre que no fueseis vos, y más si ese hombre es un primo suyo.

 

      Hizo una pausa, durante la cual permaneció pensativa; luego preguntó:

 

        -¿De veras sentísteis celos?

 

        -Sí-contestó Balduino, lacónico, avergonzado de sí mismo.

 

        Gudrun se conmovió.

 

      -Pobrecito. Pobre señor Cabellos de Fuego-dijo, toda ella dulzura y suavidad-. Y pensar que yo sólo quería sorprenderos. Adelantarme a vos, encender el hogar, esperaros con una cena para dos y...

 

       No concluyó la frase. Se acercó a Balduino y apoyó la cabeza en su hombro. El le rodeó la cintura con los brazos.

 

       -Gudrun... Mira... Si te va a hacer mal, mejor no... No quiero hacerte daño, es lo último que querría...

 

       -Claro que me hará mal, pero eso ya no tiene remedio, así que me pondré a llorar ahora mismo, como si ya os hubierais ido-dijo Gudrun, y Balduino pensó que hablaba en broma hasta que, para su sorpresa, sintió que el cuerpo de la joven, pegado al suyo, se convulsionaba en sollozos. Estrechó aún más el abrazo, en gesto protector-. Y luego, cuando ya no me quede una sola lágrima, me dedicaré a ser feliz como si cada día fuera el último de mi vida-siguió otro sollozo, y añadió:-. Y cuando ya no estéis, el recuerdo del tiempo que hayamos pasado juntos me evitará llorar vuestra ausencia.

 

       Los ojos de Balduino se humedecieron ligeramente al sentir a Gudrun estremecerse, sollozante, entre sus brazos. Durante un rato luchó contra su torpe lengua, tan inútil para expresar amor. Por último se dio por vencido y se contestó con estrechar aún más el abrazo.

 

      Minutos más tarde, Gudrun dejó de llorar y alzó la cabeza, decidida. Una vez más era la pastora dura y curtida que Balduino conocía y que se había ganado su amor; la que arremetía a hondazos, sin la menor vacilación, contra cualquiera que osase atacar a su rebaño o a ella misma. En lo sucesivo, tal y como había dicho, demostraría una vez más su sentido práctico, dedicándose a disfrutar intensamente cada segundo que viviera junto a Balduino; y cuando le llegó el momento de verlo partir, alrededor de dos años más tarde, no derramó por él una sola lágrima.

 

       -Querida Gudrun-susurró Balduino, mirando con arrobamiento los ojos de color lavado con los que tantas veces había soñado despierto-, Gudrun mía...

 

      Parecía que el corazón se saldría de su pecho mientras acercaba sus labios a los de ella; y en el largo beso que siguió, encendido de pasión atemperada por ternura, Balduino sintiò que con Gudrun el destino le confiaba algo muy valioso, de cuya custodia debería encargarse.

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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 23:54

       Balduino decidió que a partir del siguiente domingo, semanalmente, dedicaría el día de descanso, o parte de él, a visitar Kvissensborg en compañía de Tarian. Inicialmente no dio explicaciones sobre la razón de tales visitas, lo que, desde luego, enfadó mucho a Anders. Este, ya desde el primer domingo, sometió a Balduino a un estrecho interrogatorio cuando lo vio ensillar a Svartwulk; pero el pelirrojo se negó a contestar.

 

      -A su debido tiempo lo sabrás, Anders-replicó-. Si te dijera ahora qué me propongo, responderías que estoy loco.

 

        -Como si ahora confiase mucho en tu cordura-bromeó Anders; pero su curiosidad quedó insatisfecha. Molesto, decidió averiguar por su cuenta qué tramaba Balduino.

 

       La cosa era de verdad intrigante, porque el pelirrojo odiaba ir a Kvissensborg, y hasta ese momento lo había evitado siempre que pudo. No le quedaba más remedio que ir cada tanto porque, al fin y al cabo, Kvissensborg estaba ahora bajo su mando; pero lo sacaba de quicio el rígido ceremonial militar que Hildert Karstenson imponía a sus hombres y al que él no estaba acostumbrado. Cuando iba lo soportaba como podía, sin hacer críticas en voz alta ni dar contraórdenes que restaran autoridad a Hildert. Pero habituado como estaba a la salvaje e informal camaradería de los Kveisunger, ver a la guardia de Kvissensborg en firmes y en inmovilidad estatuaria, atreviéndose apenas a respirar, le resultaba chocante. Hildert Karstenson parecía privar de alma a sus subalternos con nada más una mirada de sus insondables ojos azules, convirtiéndolos en frías y eficientes máquinas de mortal y matemática precisión. Pero Thorstein Thorsteinson el Joven no se dejaba transformar del todo, puesto que seguía mascando su adorada resina de abedul, como lo atestiguaban los restos esparcidos a su alrededor. Algunos de estos restos eran meros vestigios firmemente adheridos al muro y tenaces a todo rasqueteo posterior; y en base a su número y antigüedad, para fastidio de Hildert, era posible calcular en qué puestos y cuántas veces había estado de guardia Thorstein el Joven.

 

      -Dadme tiempo, señor, y ya le quitaré esa mala costumbre de mascar resina de abedul, como le he quitado ya, al menos, la de pegar la resina mascada a muebles y muros cercanos-había dicho Karstenson a Balduino.

 

       El pelirrojo, recordando comentarios enojados de la familia de Thorstein, revisó bajo las mesas del comedor, y observó divertido que el reverso de las mismas ostentaba una muy poco higiénica colección de restos de bolas de resina de abedul masticadas y en diverso grado de petrificación.

 

        -Oh, déjalo-sugirió-. Si en todo lo demás guarda buena conducta...

 

        Hildert no contestó, pero era evidente, por su expresión, que la buena conducta de Thorstein el Joven le tenía sin cuidado, y que lucharía contra viento y marea para quitarle aquel vicio. Tenía tan a raya a todo el mundo y era tan fanático de la disciplina, que asombraba que sus hombres no se amotinasen contra él. Pero no sólo no se amotinaban sino que, por el contrario, parecían orgullosos de aquel superior tan estricto que tan tiránicamente les exigía que dieran lo mejor de sí mismos; de modo que Balduino no encontraba motivos para instigar a Hildert a ser más blando y flexible. Aun así le gustó muy poco, mientras pasaba revista a las tropas, encontrarse con Thorstein también en inamovible posición de firmes y mirada pétrea y glacial, aunque lo consolaba haber visto de reojo, segundos antes de pasar frente a él, que tragaba apresuradamente algo que apenas y con enorme dificultad lograba atravesar su garguero, y que durante unos segundos confirió a su semblante una coloración cianótica: obviamente, una bola de resina de abedul de considerable tamaño. Pese a los esfuerzos de Hildert por evitarlo, Thorstein conservaba aún algo de individualismo, de humanidad.

 

      Era, sin embargo, casi el único, a excepción de los jóvenes reclutados en el puerto de Vallasköpping y sus alrededores. Como éstos tenían un estilo de vida más anárquico por provenir de los bajos fondos, no habrían aceptado de buen grado el implacable régimen de disciplina a ultranza pretendido por Hildert. Para colmo, a veces venía alguno de los Kveisunger a entrenarlos, y en cuanto a disciplina, éstos eran pésimo ejemplo, y gozaban además de gran carisma sobre aquellos muchachos. Por lo tanto Hildert, quien no era tonto, moderaba sus exigencias para con ellos, y avanzaba de a poco; si bien en casos extremos en que habrían podido socavar su autoridad, había enviado a unos cuantos revoltosos en potencia al cepo. Anders, quien también iba cada tanto a entrenarlos y por quien sentían a la vez admiración y envidia y que los trataba de igual a igual, los había exhortado a demostrar menos rebeldía ante Hildert. Al fin y al cabo, dijo, Balduino había elevado a a éste a la posición que ahora ocupaba.

 

      Los jóvenes reclutas barriobajeros sentían por Balduino especial devoción. Era un Caballero, y a priori los Caballeros no les caían bien; pero los fascinaba que se hubiera metido en el bolsillo, no acertaban bien a saber cómo, a Sundeneschrackt y los restos de su siniestramente famosa banda pirata, con quienes se sentían más identificados. Además, Balduino iba a verlos revestido de su armadura, que Hansi, desde que aquél le anunciara que sucedería a Anders como escudero, se encargaba de bruñir y engrasar hasta dejarla reluciente como la negra majestad de la noche. Se veía espléndido y señorial, pero su trato hacia aquellos jóvenes era tan respetuoso y sencillo, que ellos olvidaban de inmediato que procedían de baja cuna y se sentían como elevados al honor de la Caballería. Nada tenía de sorprendente, por lo tanto, que se desvivieran por complacerlo, máxime teniendo en cuenta que nadie jamás los había tratado con tanta deferencia sino, más bien, desdeñosamente. Y como podían ver que Anders tenía razón al decir que Hildert gozaba de la confianza de Balduino, en el futuro se mostraron menos reacios a la disciplina. No obstante, y al menos por el momento, ni el menor esfuerzo por mostrarse inexpresivos hacían; y estando lejos de la presencia de Hildert, a veces se atrevían a las confidencias con Balduino, pese a que el primero exigía de ellos silencio glacial cuando el pelirrojo pasara revista, a menos que él les hablase primero.

 

         -¡Señor!-exclamó uno en cierta ocasión, muy emocionado. Y cuando Balduino, quien ya le había dado la espalda, se volvió para escucharlo, el muchacho dijo, al borde del llanto:-. Yo era sólo escoria. Ahora, gracias a vos, seré alguien digno... Quería daros las gracias por eso.

 

         -Yo también sé lo que es sentirse poca cosa-contestó balduino, casi tan emocionado como el joven-. Pero estás equivocado. No serás simplemente alguien, sino alguien valioso. Siempre lo fuiste. Si te ayudé a descubrirlo y a darte la oportunidad de demostrárselo a otros, no tienes de qué agradecerme. Para mí es un honor.

 

        Y lo había dicho de corazón; y ese día volvió a Vindsborg henchido de felicidad.

 

      -Y a ti quién te entiende-comentó Anders al oir la anécdota-. Vas a Kvissensborg como si te castigaran y quejándote mucho, y vuelves con cara de niño rico en Navidad. Además, ¿no fue justamente para que Thorstein se hiciera disciplinado y juicioso que lo enviaste allí?

 

       -Disciplinado y juicioso, pero nada más. No hace falta convertirlo en un Gólem sin voluntad. Pensar que lo envié allí hace tan poco y ya deberé sacarlo... Bueno, al menos Ulrike dejará de fastidiarme pidiéndome que le devuelva al hijo que al parecer cree que le secuestré. En cuanto a lo otro, la armadura está bien para el campo de batalla, pero en cualquier otro sitio se ve ridícula. Por desgracia, es ir a Kvissensborg de armadura, o con facha de pordiosero. Y obviamente, para la ocasión prefiero la armadura.

 

        -Vamos, hombre, vamos, ¡no seas rezongón! Tendrías que verte cómo luces con armadura, te sienta que ni que hubieras nacido con ella. Si halagaras un poco más la vista de tu Gudrun yendo a visitarla de armadura, en poco tiempo la tendrías rendida a tus pies.

 

      Y además, estarías protegido de nuevas pedradas, pensaba ahora Anders, sonriendo mientras recordaba el diálogo y revisando la reciente actividad de Balduino en Kvissensborg, en un estéril intento por descubrir para qué quería que Tarian lo acompañara.

 

       Mientras tanto Tarian había llegado. Se le había dicho que el señor Cabellos de Fuego quería que lo acompañara, pero no a dónde, y menos que el viaje sería a caballo, por lo que se vio desagradablemente sorprendido cuando Balduino, ya en lo alto de la montura, le tendió la mano para ayudarlo a subirse a la grupa. Miró con desconfianza a Svartwulk, quien le era decididamente antipático. Por el bufido que lanzó el animal, tampoco Tarian le era simpático a él.

 

      El muchacho-pez se fortalecía, pero si los muchachos a veces montan a caballo, no así los peces. Tal vez por eso a Tarian, pese a hallarse más ágil que al salir de la mazmorra, la tarea de montar se le hizo especialmente engorrosa.

 

       -Bueno, Tarian, ¿qué tal? ¿Cómo va?-preguntó amistosamente Balduino, en cuanto su acompañante se hubo afirmado más o menos sobre la grupa.

 

         La cara de Tarian lo decía todo. Ni un minuto hacía que estaba allí arriba, y ya odiaba aquel medio de locomoción para él horroroso, y al que jamás lograría habituarse en toda su vida. Años más tarde, en algún pasaje de su libro, echaría pestes sobre la monta y  los caballos en general y sobre Svartwulk en especial. Pero a pesar del dolor de asentaderas que le producía viajar a caballo y de la desconfianza que le inspiraba la especie equina, con el tiempo logró disimular bastante bien tales sentimientos, al punto que Balduino quedaría perplejo al enterarse de los mismos, precisamente tras la lectura del libro de Tarian. Este poco a poco retomaba cada vez más el gusto por la vida, y su gratitud hacia Balduino por liberarlo de las mazmorras no haría sino aumentar, y por eso soportaba estoicamente esas cabalgatas dominicales que, aunque cortas, a él se le hacían eternas.

 

       Pero aquel primer domingo, las cosas no pudieron salirle más enrevesadas al pobre Tarian, a quien al parecer nadie había advertido a dónde irían Balduino y él. Se enteró cuando ya estaban en marcha, y reaccionó con espanto, pensando irracionalmente que la idea era devolverlo a la mazmorra. Antes de que el pelirrojo pudiera evitarlo, Tarian ya había saltado de la grupa, tan de prisa, que no se rompió algo sólo de milagro. Seguidamente corrió como una exhalación a la playa, con Balduino por detrás, sin entender nada, siempre montado sobre Svartulk y tratando de cerrarle el paso una y otra vez, forzándolo a desviarse por sitios de difícil acceso para un jinete. Ya en la playa, Tarian, sin dejar de correr como loco, se fue desnudando con intenciones de refugiarse en el único lugar donde creía que estaría seguro: el mar. Pero si el joven tenía branquias además de pulmones, como se decía, las mismas al parecer se habían atrofiado por la falta de uso durante el prolongado cautiverio en las mazmorras. Tras una veloz inmersión allí donde todavía hacía pie, emergió de nuevo, tosiendo tanto como si tuviera pulmonía.

 

        Todos los miembros de la dotación de Vindsborg habían sido atónitos testigos del aterrado escape de Tarian, la persecución por parte del jinete y el frustrado primer intento del primero por regresar a su hábitat natural. Nadie entendía nada, pero Ulvgang fue a buscar a su hijo y lo condujo de nuevo hacia la playa, adonde lo esperaba Balduino.

 

      -Pero Tarian, muchacho, ¿no pensarás que te llevo a Kvissensborg para encerrarte allí de nuevo, no? ¿Tienes idea de lo que me costó liberarte? Lo que necesito es que hagas allí algo que sólo tú puedes hacer.

 

      Recién tras esta aclaración Tarian advirtió que se había comportado como un tonto y soportó cual silencioso mártir las cabalgatas en la grupa de Svartwulk y el posterior dolor de nalgas que ellas le acarreaban.

 

      En cuanto a Anders, no entendía qué podía ser aquello que Tarian y sólo Tarian era capaz de hacer en Kvissensborg a pedido de Balduino, pero estaba resuelto a averiguarlo.

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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 19:52

      Balduino, naturalmente, retornó primero, con las últimas luces del día siguiente. Guardó a Svartwulk en la caballeriza y durante un buen rato no volvió a salir de allí. Aunque, según él, todo había ido bien, a algunos les llamó la atención que se mostrara tan lacónico, tan reservado, y que luego se estuviera tanto tiempo encerrado con su caballo. Karl bajó a verlo y al regresar dijo que todo estaba en orden y que, al parecer, el señor Cabellos de Fuego simplemente quería estar solo. Todos respetaron esta decisión, y los Kveisunger más que nadie; pero Anders lo hizo muy a disgusto. No era exactamente un correveidile, pero tampoco muy respetuoso de la intimidad ajena, y menos de la de Balduino; le indignaba que éste tuviera secretos para él ahora que eran amigos.

 

      -Como si no me tuviera confianza...-gruñó, descontento.

 

      -Pichón, no se trata deconfianza o no, sino de introversión. Un hombre necesita a veces guardarse una porción de su alma para él solo-dijo Thorvald-. Es más, a veces es sabio y es bueno hacerlo, aunque no se trate de secretos escabrosos. Una dosis razonable de reserva y misterio hace interesantes a las personas; nada más aburrido que lo que ya se conoce hasta el hartazgo. Además, Balduino tiende a la introversión, lo que no es nada extraño teniendo en cuenta lo que fue su vida hasta ahora. En primer lugar, vivió una niñez en la peor de las soledad, ésa en la que uno está rodeado de mucha gente a la que no le importa. En segundo, abandonó su hogar y durante varios meses pasó a estar solo también físicamente. En tercero, ingresó en una Orden de Caballería clandestina y estuvo obligado, por ello, al secretismo; sin duda en ese punto nadie cumplió como él. Y en cuarto, durante años dijo de sí mismo sólo mentiras de las que él mismo se habáia persuadido. Fueron veinte años guardándose en su interior lo mejor de su persona; estáte contento de todas las confidencias que te hace ahora, en vez de protestar porque al año número veintiuno sigues sin conocer algunos rincones de su alma que desea disfrutar privadamente. Además, si estás atento y usas la lógica y la imaginación, puedes adivinar lo que ocurrió, si no en detalle, al menos en esencia.

 

      Anders era un muchacho apuesto, básicamente bueno, simpático y divertido, pero que nada más se le pidiera o no mucho más, al menos. La lógica y la imaginación no eran su fuerte, y ante aquellas palabras de Thorvald miró en derredor de él, como consultando a los demás con los ojos, frustrado como un niño al que sólo se narra la mitad inicial de un cuento y desespera por saber el final.

 

      -Esperemos el regreso de Osmund y Ljod, que muy lejos no deben estar, puesto que Balduino ya llegó. Habrá querido adelantárseles por otro camino en cuanto se persuadió de que ya se hallaban seguros, por si no lo veían al regresar y desconfiaban-dijo Thorvald-. Pero creo, pichón, que si tienes en cuenta aquello a lo que se dedica Balduino y a qué hizo estos dos días que estuvo ausente, podrás deducir incluso ahora, con bastante acierto, qué es aquello que Balduino no te cuenta.

 

      Anders reflexionó: Balduino era Caballero y había estado siguiendo y espiando a Osmund y Ljod. Y ahora quería estar solo. ¿De qué horrible secreto se habría enterado para necesitar meditarlo a solas? En cualquier otro sitio que no fuera Freyrstrande y tratándose de cualquier persona que no fueran dos aldeanos tan jóvenes, Anders habría pensado, como mínimo, en una conspiración para matar al Rey. Pero un secreto de tal envergadura era desproporcionadísimo en relación al tamaño diminuto de Freyrstrand. Sin embargo, Anders creyó enseguida encontrar la solución del acertijo.

 

      -¡Ya sé: un complot para matar a Arn!-exclamó.

 

      -¿Cómo dices?-preguntó Thorvald, estupefacto.

 

      -La gente de Freyrstrand se ha encariñado mucho con Balduino. Seguramente Osmund y Ljod están al tanto de una revuelta urdida por el resto de los aldeanos. Traman deponer a Arn, instalar en su lugar a Balduino y... y...

 

       Las risas a su alrededor obligaron a Anders a interrumpirse.

 

      -Pichón, piensa un poco-dijo Thorvald, sonriendo-; ¿por qué querría la gente de aquí arrebatarle el condado a Arn para dárselo a Balduino? En este momento, Arn es para ellos un Don Nadie; el señor feudal de una tierra lejana. Consideran que aquí manda Balduino y sólo él, o a lo sumo alguien a quien él designe. ¿Por qué entonces perder el tiempo en revueltas? Bastante ocupados están ya con sus propios asuntos. Por supuesto que si Arn recordara que aquí la autoridad es él y pretendiera imponerla por encima de la de Balduino, encontraría gran oposición. El propio Balduino tiene más interés en Freyrstrande que en el Condado de Thorshavok, y quizás eso te dé otra pista de adónde debes dirigir tu imaginación.

 

      Anders renunció de momento a adivinar nada, pero una hora después del regreso de Balduino volvieron también Ljod y Osmund en la carreta de Oivind. En cuanto Anders se enteró, bajó so pretexto de ayudar a descargar las bolsas de ocre, pero en un nuevo intento por descubrir qué ocultaba Balduino. Sin embargo, una vez más tuvo que darse por vencido. En el rostro del pelirrojo había una sonrisa ultraterrena en la que había mucho de aquella otra sonrisa, enigmática pero cálida y reconfortante, de Gabriel de Caudix. En cuanto a Osmund y Ljod, volvían radiantes de entusiasmo. Se atropellaban al hablar, relatando a Balduino las peripecias del viaje que, por supuesto, él ya conocía por haberlos vigilado desde la distancia sin que ellos supieran. La sonrisa del pelirrojo, al oírlos, se hacía por momentos más pronunciada y misteriosa; y en determinado momento Ljod, efusivamente, se le abalanzó al cuello y lo besó en la mejilla, pero quedaba claro que su embobamiento por él había concluido y que aquello era un simple impulso eufórico: lo probaba el hecho de que ella y Osmund ya no sólo no se gruñeran sino que, muy por el contrario, se tomaran afectuosamente de la mano. Daba la impresión de que juntos habían hecho frente, con mucho éxito, a riesgos medidos, y que eso hubiera terminado uniéndolos. Anders se preguntaba si tras tal éxito o tras lo medido del riesgo había estado involucrado directamente Balduino.

 

      -Muy bien, chicos-dijo por fin el pelirrojo-. Id a vuestras casas... Ah, y hay que devolver la carreta a ese viejo llorón de Oivind. Anders, escóltalos, ¿quieres? Que Ljod regrese primero a su hogar; luego acompañas a Osmund para que éste devuelva la carreta y por último lo llevas en la grupa hasta su casa.

 

       Así lo hizo Anders y a su regreso, cuando llevó a Slav a la caballeriza, observó con asombro que Balduino aún seguía allí, acariciando a Svartwulk.

 

        -Te imaginaba durmiendo. Pensé que el viaje te habría cansado-dijo, desensillando a Slav.

 

       -Estoy cansado, sí; pero se me ocurrió que podíamos cenar juntos.

 

      Anders quedó sorprendido y desarmado ante aquel gesto de buen compañero. Miró de reojo a Balduino. Había algo de místico en la expresión de éste, como si durante su corto viaje hubiese hallado el Santo Grial.

 

      A lo largo de toda su vida, Anders había conquistado sin dificultades el afecto de casi todos cuantos lo habían conocido. Por lo mismo, también él había querido mucho. Familia, amigos y novias a granel eran cosa muy corriente para él. No era que no los valorara, pero sabía que el cariño era moneda que ajmás escasearía en sus arcas. Tenía linda cara y un torrente de simpatía que le aseguraban un sólido porvenir al respecto. Pero todo esto era panorama conocido para él, y ya desde los doce años había anhelado nuevos horizontes y desafíos para su vida. Buscaba probarse a sí mismo, ganar prestigio, correr muchas aventuras y forjarse la inmortalidad perpetuándose como héroe de gesta en baladas e himnos marciales y en leyendas que, en los siglos venideros, se narrarían en los hogares en las noches de invierno y repetirían los guerreros en sus campamentos, en torno a los fogones, deslumbrados por las hazañas pretéritas de Anders de Onfahlster. Caso de haber tenido que custodiar a Osmund y Ljod, le habría encantado salvarlos de un peligro indecible y obtener por ello gran fama.

 

      No hacía tanto, Balduino, a su manera, había tenido ilusiones similares a las de Anders. Esto nada tenía de raro. Cuando el hombre se vuelve consciente de su pequeñez frente al cosmos, a menudo desespera y se rebela, y busca trascender y alcanzar la grandeza. Lo malo es que esa grandeza, paradójicamente, es inherente a la misma pequeñez humana, y allí es donde se la debe buscar. Es inútil tratar de encontrarla en un horizonte lejano que en definitiva, como todo horizonte, es apenas una línea imaginaria que se va desplazando junto con quien marcha hacia ella. Es vano imaginarse como el centro del Universo, porque uno no lo es y nunca lo será. No tiene sentido imaginar que el mundo se desplomaría sin la ayuda de esa recie columna que creemos estar levantando, porque hay muchos otros pilares igualmente sólidos y, al mismo tiempo, igualmente quebradizos. Pero aunque un hombre no sea más que una mota de polvo en el Universo, éste no sería el mismo sin esa mota de polvo, y la columna que cada uno de nosotros legue a la posteridad ayudará a mantener firme al mundo, aunque se pierda en un bosque de muchas otras columnas.

 

       A diferencia de Anders, Balduino casi nada sabía, hasta su llegada a Freyrstrande, de amar y ser amado. Había sido insignificante incluso en su propio hogar y, tal vez por eso mismo, sus anhelos de grandeza habían sido muy superiores a los de Anders. En Freyrstrande, tales anhelos se habían estrellado miserablemente contra la prepotencia de Einar y el paisaje desolador; lo que a la postre no le había parecido tan importante, porque allí había encontrado gente a la que quería y por la que a su vez era querido.

 

        Y curiosamente, ahora que la grandeza le importaba un bledo, había tropezado con ella. No del modo que él habáia imaginado, ni siquiera era consciente, en ese momento, de que acababa de hallarla. Sí sabía que le había ocurrido algo trascendente en esos dos días de ausencia, pero sólo lo entendería cabalmente muchos años más tarde. Reflexionaría entonces que, tal vez, el resultado de la Batalla de Freyrstrande, que alrededor de dos años más tarde lo llevaría a enfrentarse exitosamente a los propios Wurms, se había decidido en el mismo momento en que fue en pos de Osmund y Ljod para protegerlos de eventuales riesgos que los sobrepasaban.

 

       Balduino había hecho de espía en ocasiones anteriores, pero siempre para sonsacar secretos al enemigo de turno. Era la primera vez que espiaba a gente común, y había sido, para él, como espiar a la Vida misma. Había visto a Osmund y a Ljod poniéndose cara de pocos amigos y sacándose chispas mutuamente al partir, y suavizarse progresivamente; los había visto aunar esfuerzos para salir de situaciones, si no de alto riesgo, al menos un tanto comprometidas; los había observado deponiendo las hostilidades a medida que un cariño silencioso avanzaba triunfal sobre sus corazones. Se había emocionado y enternecido ante aquella transformación progresiva; se había sentido orgulloso de aquellos chicos que tan buenos discípulos se se mostraban a la hora de rendir examen de supervivencia. Los había visto como a un par de personitas valiosas cuya protección valía la pena asegurar.

 

        Había aprendido que hacer de invisible ángel de la guardia puede ser más satisfactorio que ganar renombre y popularidad mediante impresionantes proezas; que tal vez valía más la pena estarse oculto y agazapado y con la espada pronta a salir de su vaina en defensa de quienes merecían ser protegidos, que vencer mil batallas al servicio de reyes poderosos y aburridos; que ser el siervo de los humildes ennoblecía más que cualquier título o blasón.

 

         No obstante, y aunque hizo el intento, no supo cómo explicar todo esto a Anders, quien al cabo concluyó encogiéndose de hombros y sonriendo resignado. Y es que el propio Balduino seguía sin comprender las emociones que lo asaltaban, aunque por la forma en que lo miró Thorvald, él sí las entendía.

 

        -No es justa la vida-bromeó Fray Bartolomeo al enterarse del hecho por boca del propio Balduino, pensando éste que siendo el cura una persona espiritual, podría explicarle eso que sentía y que él mismo no llegaba a entender del todo-. Los buenos cristianos nos desvivimos para complacer al Señor, y hete aquí que luego El prefiere a herejes descreídos como tú.

 

       -¿Es todo cuanto vais a decir?-preguntó Balduino-. No creo en Dios pero, aunque existiera, no le fui muy necesario, ¿no? Nada tuve que hacer. Ljod y Osmund se las arreglaron solos... O con ayuda de Dios, si preferís.

 

       -¡Pues justamente!-bramó Fray Bartolomeo, con fingida indignación-. No te necesitaba, pero igual decidió hacerte su cómplice. Y por lo visto, le importa un comino que no creas en El: El sí cree en ti.

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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