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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 18:47

       Al día siguiente Osmund, de acuerdo a instrucciones de Balduino, vino muy temprano en la carreta, bien abrigado y trayendo a Ljod con él. Ambos traían sus jabalinas y estaban muy intrigados, porque Balduino había dicho que necesitaba que faltasen de sus hogares dos días con la aprobación de sus padres. Esa curiosidad debía ser muy grande, o al menos la de Ljod, puesto que ese día, al principio, miró al pelirrojo con menos embelesamiento del acostumbrado.

 

       -Necesito de vosotros un favor-dijo Balduino, colocando una mano en un hombro de Osmund y otra en uno de Ljod, quien ante el contacto recobró su habitual cara de adoración-. No sé cómo pagároslo, como no sea con otro favor; ya me diréis cuál cuando necesitéis de mí. Más al sur hay una mina de ocre, enclavada en unos cerros. Oivind me dijo cómo llegar allí. Os daré las instrucciones y me traeréis una buena cantidad de ocre. llevaréis vuestras jabalinas y una razonable cantidad de provisiones que os entregarán en seguida.

 

       La cara de arrobamiento desapareció del rostro de Ljod, mientras Osmund ponía también cara de pocos amigos.

 

      -¿Hace falta que vayamos los dos?-preguntó Ljod con desagrado. No simpatizaba con Osmund, ni éste con ella.

 

      -Sí. Podría haber peligro, y cuatro ojos siempre ven más que dos. Además, os elegí a vosotros justamente porque creo que es hora de que dejéis de ser rivales, para trabajar juntos como deben hacerlo dos compañeros de armas.

 

       Osmund y Ljod se miraron de reojo, muy poco amistosamente. Quienes les impartían lecciones de jabalina, enérgicamente, se habían encargado de quitarles las ganas de exhibir, durante dichas lecciones, la animosidad que los enfrentaba; pero lejos de Vindsborg, se decía que eran peor que perro y gato.

 

       -Considerad esto una aventura, una ocasión para poner a prueba, una vez más, vuestras habilidades-dijo Balduino; y estas palabras resultaron lo bastante seductoras para que los dos muchachitos depusieran las hostilidades, aunque se veía bien a las claras que lo suyo era una simple tregua forzada y no una paz duradera.

 

       Balduino les dio instrucciones y víveres, y ellos partieron sin dilación; y el pelirrojo iba a impartir a sus hombres las tareas del día, cuando lo detuvieron comentarios de Per y Wilhelm Björnson, quienes habían presenciado la mayor parte de la charla con Osmund y Ljod.

 

      -Gran confianza tienes en tu suerte, señor Cabellos de Fuego-dijo Per.

 

      -Y también mucho valor, diría yo-añadió Wilhelm.

 

       -¿Y a qué viene eso?-preguntó Balduino con extrañeza.

 

        -Mandas a esos chicos solos, a un  lugar que ni tú mismo conoces personalmente..

.

        -...¡Sin siquiera avisar a sus padres a dónde los envías, ni pedirles su opinión!

 

       -Sus padres confían en mí-dijo Balduino-, y yo confío en Osmund y en Ljod. Están capacitados para defenderse; estarán bien.

 

       -Sí, saben defenderse...

 

       -...pero eso no los hace invulnerables.

 

      -Allá, en los cerros, podrían caer a un abismo o perecer bajo un alud; en la mina de ocre, podrían perecer bajo un derrumbe...

 

       -...ser devorados por lobos, por osos u otras bestias...

 

       -¡Les enseñamos a precaverse de todas esas situaciones!-exclamó Balduino, como quien se defiende de un abominable cargo que se le imputa.

 

      -La precaución no basta...

 

       -...el destino suele ser caprichoso...

 

      -...ocurren múltiples accidentes... 

 

       -...y mira qué situación, si Ljod pereciera en lo alto del cerro.

 

       -Tal vez jamás se recuperaría el cadáver...

 

       -...y ¡qué situación entonces la tuya, teniendo que explicárselo a Thomen y a Thora...!

 

        -...¡Quienes, para colmo, ya perdieron tres hijos antes!

 

      -¡No sería mi culpa!-exclamó Balduino, sudando frío, aterrado-. ¡Sería un accidente! ¡El destino!

 

      -Desde luego, señor Cabellos de Fuego, cálmate...

 

      -...Nadie te está acusando de nada.

 

      Per se arremangó el brazo derecho y Wilhelm el izquierdo, dejando al descubierto a la mujer tatuada mitad en el bíceps de uno y mitad en el del otro, ahora integrada al ponerse los gemelos hombro con hombro.

 

      -A ver, Frida...

 

       -...¡anima un poco al señor Cabellos de Fuego.

 

      ¿Y voy a hacer caso a estos dos locos que le hablan a un tatuaje?, pensó Balduino. ¡No! Alejaré de mi mente las preocupaciones. Osmund y Ljod estarán bien.

 

      Cinco minutos más tarde sacaba a Svartwulk de la caballeriza y sin pérdida de tiempo le ponía los arreos ante las miradas atónitas de sus hombres.

 

      -Pero Balduino-gimió Anders, sin terminar de entender lo que para él era una gran tontería-, ¿para qué los enviaste a ellos, si ahora temes que les suceda alguna desgracia?

 

       -Sólo pretendía que afrontaran un desafío diferente que reforzara su confianza en sí mismos y que, quizás, les daría tema de conversación y un buen recuerdo para días venideros.

 

      -¡Pues déjalos que vayan, entonces!

 

      -Sí, pero los seguiré desde la distancia. No quiero que nada les pase. No me gustaría tener que llevar malas nuevas a sus padres y explicarles que todo sucedió porque los envié solos,

 

       -Balduino, por favor. Manda a otro en busca de tu dichoso ocre, que no entiendo para qué quieres.

 

       -No puedo. Creo que los ha enorgullecido que los eligiera a ellos, aunque no disfruten de su mutua compañía; no tendría valor para reemplazarlos por otro a último momento. Además, la idea es también un poco que Ljod se fije en Osmund y se olvide de, en fin, de otras atracciones.

 

      -Ahora ya sabes qué cosa terrible es poseer un gran magnetismo sexual y ser irresistible, ¿eh?-bromeó Anders.

 

      -La verdad, Balduino, es buena cosa que vayas tras ellos-intervino Thorvald-; pero siendo ésa la intención al elegirlos, podrías ahorrarte la molestia. Ya se le ensancharán los hombros a Osmund, se engrosará su voz, se volverá un mocetón apuesto y entonces Ljod, derretida por él, ni te mirará.

 

       Balduino fulminó a Thorvald con la mirada. ¿Era necesario que le dijera así que ninguna chica le prestaría atención, pecoso y feo como era, habiendo cerca un muchacho guapo? ¡Ni te mirará!... ¿No podía el viejo ser más sutil?

 

       -¿Y qué hacemos mientras tú estés ausente?-preguntó Thorvald.

 

       -Algo útil, lo que sea-contestó Balduino, quien tenía prisa por partir-. Anders: reemplázame en casa de Gudrun.

 

        -Qué magnífico ojo para elegir suplente en artes amatorias, Balduino, te felicito y me honras, pero Gudrun no es mi tipo aunque, si no hay otra chica en los alrededores, pensándolo bien...-y cuando el pelirrojo lo miró como queriendo asesinarlo, añadió Anders:-. Tranquilo, hombre, sólo bromeaba. Iré en tu nombre cuando ella esté ausente, encenderé el hogar y me iré antes de que ella regrese-porque desde la última vez que viera a Gudrun, ni una tarde había transcurrido sin que Balduino dejara las tareas antes que los otros para encender el hogar de la cabaña de la joven-. Igual, Balduino, ten en cuenta que tú tenías más o menos la edad de Osmund cuando te fuiste de tu casa, y sobreviviste...

 

      -¿Puedo ir contigo, señor Cabellos de Fuego?-preguntó Hansi, ansioso-. Malo-gruñó ante la inevitable negativa.

 

       Tras aquella interrupción, Balduino miró a Anders:

 

      -Sobreviví, Anders, pero eso no implica que no fueran momentos duros. Y si hubiera muerto allí, nadie me habría llorado-dijo, y le costó pronmunciar la última frase. Sus enemigos más temibles, los que más lo acoberdaban, seguían estando en su pasado, y eran los fantasmas del desamor.

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8 mayo 2010 6 08 /05 /mayo /2010 16:47

        Por desfachatado que fuera el viejo Oivind, había que admirar la energía que aún le quedaba pese a sus años, y la extraordinaria memoria para recordar qué cosas debía cambiar por qué otras cosas en Vallasköpping. Desafortunadamente, sólo en un detalle la lucidez parecía fallarle siempre.

 

      -Maese Oivind, ése no es el precio correcto-objetó una vez el joven Osmund con timidez, mientras Oivind exponía unos precios que Balduino le había encargado averiguar.

 

       -Tú cállate, muchacho del diablo-gruñó Oivind.

 

      -Por el contrario, ha sido muy oportuno-dijo Balduino, sonriendo con ironía-. No tienes remedio, viejo, ¿será posible que siempre acabes volviendo a las andadas?

 

      -Pero señor Cabellos de Fuego, ¡no iréis a dar crédito a las tonterías de este chiquillo imberbe contra la palabra de vuestro viejo Oivind!... De sobra sabéis que mi memoria es excelente. Este muchacho quiere destacar, lo que no está mal; pero se lo debe refrenar como a un potro indómito para que emplee debidamente sus energías.

 

       -Tratas ahora de convencerme de que Osmund y Svartwulk están emparentados, viejo charlatán?... A ver, explícame ese tan especial árbol genealógico.

 

      -No, no, señor Cabellos de Fuego, hablo en sentido figurado. Imaginaos, este mozalbete desea atraer vuestra atención y fuestro favor; pero no sabe cómo, pues siempre es Oivind quien trata los temas importantes con el señor Cabellos de Fuego, y él queda siempre como espectador. Pero se sale de la vaina por ganar notoriedad; así que, cuando cree detectar un error en lo que Oivind está diciendo, se apresura a corregirlo. Hay que excusarlo, señor Cabellos de Fuego, la juventud es así; pero al mismo tiempo hay que meterlo en cintura con un enérgico regaño o, si no fuera suficiente, con un buen soplamoco. Pues cuando los mayores hablan, los menores callan: la voz de la sabiduría y la experiencia ante todo. Esto un joven debe aprenderlo cuanto antes, para no pasar vergüenza creyendo, fatuamente, que tiene autoridad para corregir a quienes lo superan tanto en años como en conocimientos... ¡Qué no habrán visto mis ojos desde mi más temprana niñez, señor Cabellos de Fuego!... Cuando este mocito tenga mi edad, si se lo instruye combinando al mismo tiempo la palabra bondadosa con el rigor bien empleado para que su mente no se encierre en una posición de sabelotodo, podrá decir lo mismo. Y en esto se asemeja, señor Cabellos de Fuego, la educación de los jóvenes a la doma de caballos, en la que se conjugan con eficacia las caricias con el aguijoneo de las espuelas.

 

       -Quién lo hubiera dicho: Maese Oivind Oivindson, preceptor de jóvenes y domador de potros cerriles. ¡Y por cierto, qué lenguaje más culto!...-dijo sarcásticamente Balduino-. No obstante, mejor ni te digo, viejo, qué hubiera hecho Svartwulk conmigo, de haber seguido yo tus métodos de soplamocos y espuelas. ¡LIndo zorro estás hecho!... Tantos años en los mercados te han permitido recoger aquí y allá el vocabulario y los argumentos de gente de posición elevada. Y así, pasas por sabio a quien te oye y no te conoce. Pero volvamos a lo que nos incumbe: el tema de los precios.

 

       Oivind puso cara de asombro.

 

      -Pero me parece que ése es tema cerrado, señor Cabellos de Fuego-dijo.

 

       -No tan cerrado, señor Cabellos de Fuego-contestó Balduino-. Aquí estamos ante una situación que ameritaría que yo vaya personalmente a Vallasköpping a averiguar cómo son realmente las cosas. Tú me dices un precio y tu ayudante otro, ¿a quién he de creerle? Aquí hay algo raro, señor Cabellos de Fuego. O miente uno para sisar a su antojo según viejas costumbres, o miente el otro para, como tú dices, ganar notoriedad. Uno de los dos debe ser castigado, señor Cabellos de Fuego.

 

      Muy inquieto, Oivind se volvió hacia Osmund.

 

       -¿Qué precio dijiste tú?-preguntó, aparentando afabilidad, pero sin poder disimular un matiz gruñón; y luego de que Osmund hubiera respondido, exclamó con fingido asombro:-. ¡Pero si es exactamente el precio que decía yo!... ¿A qué viene entonces tanta discusión?

 

       Balduino quedó unos instantes boquiabierto ante la increíble desfachatez del viejo, quien sonreía muy complacido; en lo que sin duda era sincero, ya que olvidando muy oportunamente el precio que había dicho primero, para nada concordante con la versión de Osmund, encontraba una muy elegante manera de salir bien parado del aprieto. Cuando el pelirrojo logró salir de su asombro y recuperó el habla, dijo a Oivind:

 

       -Mal dije yo que eras un zorro; pues un zorro se avergonzaría de una conducta como la tuya. ¿Ahora pretendes hacernos creer que estamos todos más sordos que Gilbert? ¿Que todos, absolutamente todos, escuchamos mal tus palabras?

 

       -¡Ah, señor Cabellos de Fuego!-suspiró dramáticamente Oivind-. El tiempo, como el río, fluye en una sola dirección...

 

       -¡Déjate de filosofar, y responde!

 

      -...avanzamos siempre hacia el siguiente momento, y nunca nos es posible volver hacia el que nos precedió. Ahora bien, tres hombres, en una barca que navega río abajo, pueden observar todo lo que haya ante sus ojos y discrepar luego acerca de lo visto, pues a nadie dejan de escapársele detalles. Si uno cree haber visto una cosa, el segundo otra y el tercero otra, ¿cómo sabrán quién tiene razón, sin volver al sitio por el que acaban de pasar y observar bien para zanjar la discusión?... Pero el tiempo no nos permite ir hacia atrás, señor Cabellos de Fuego. Si las piedras de esta playa o incluso el mismo arenal pudieran hablar, testificarían a mi favor. Como no pueden, y tratándose de algo tan banal, sugiero poner fin ya mismo a tan penoso debate. Lamento que la apresurada intromisión de mi joven y quizás demasiado entusiasta ayudante nos hiciera perder tanto tiempo; pero a la vez me alegra que, creyendo corregirme, todo el tiempo estuviera confirmando mis palabras. Pues nada deploraría yo tanto como que él causara en vos mala impresión interrumpiendo para decir una necedad.

 

       Y compuso una sonrisa desdentada digna de un comerciante que lleva un negocio a feliz término.

 

         -Oivind, peroras como  leguleyo cruzado con poeta y con filósofo-lo reprendió Balduino, quien empezaba a temer que la desvergüenza del viejo no pararía nunca de sorprenderlo-; pero coincido contigo en que no vale la pena dar a este asunto más importancia de la que tiene, de modo que creeré en tu buena fe si me prestas por uno o dos días tu carreta arrastrada por bueyes.

 

        La sonrisa desapareció del rostro de Oivind, quien alzó su índice derecho para recalcar sus palabras y sacó a relucir su frase de cabecera:

 

       -Es fundamental que entendáis algo, señor Cabellos de Fuego.

 

       -Y ya lo tengo más que entendido, no te preocupes.

 

       -Pero...

 

      -Oivind, no tengo ganas de seguir oyendo embustes. Dame un respiro.

 

       -Es que...

 

      -Oivind, se terminó. Me prestas tu carreta tirada por bueyes, olvidamos este incidente y quedamos amigos, ¿eh?... Muchas gracias.

 

       El viejo puso cara de desolación y sacó a relucir otra de sus frases favoritas:

 

        -El infortunio me acosa sin cesar.

 

       -Sí, sí, de acuerdo, viejo mañoso, y qué de baladas tristes se compondrán en tu honor, y qué renombre ganarás. Tu tragedia será llorada en todo el Reino. Pero me prestas tus bueyes-dijo Balduino.

 

       Oivind, a sabiendas de que ya no lograría conmover, dio media vuelta, resignado, mientras el pelirrojo sonreía a Osmund y le guiñaba un  ojo. El chico esbozó una sonrisa tímida, sorprendido por el gesto cómplice.

 

        -¡Mañana enviaré a tu ayudante para que traiga la carreta!-gritó aún Balduino al viejo para que éste, que se disponía ya a partir en la carreta en cuestión, pudiera oírlo; y añadió en voz baja:-. Qué viejo tramposo. Cuando no me vienen ganas de matarlo, me hace reír. Hoy ambas me parecieron buenas opciones, francamente...

 

       Oivind partió entre lloriqueos propios y abucheos de la dotación de Vindsborg.

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7 mayo 2010 5 07 /05 /mayo /2010 22:00

CLV

      Resultaba difícil decidir cuán avispado era Tarian. Aprendía rápido las labores cotidianas de Vindsborg, pero era dudoso que entendiera la finalidad de las mismas. Cuando se le habló de los Wurms, casi seguramente no entendió nada, a juzgar por su rostro perplejo y dubitativo.

 

      Demostró otra particularidad suya al descubrir en un rincón de Vindsborg un feo crucifijo tallado en madera por Lambert en un rato libre. Ni bien lo halló, lo miró con devoción durante días, ocupando en ello buena parte de sus momentos de ocio. Balduino creyó que Fray Bartolomeo le habría hablado de Jesucristo en alguna oportunidad, pero los Kveisunger opinaron que era poco probable porque el cura tenía restringidísimas las visitas a la celda de Tarian, y éste poco y nada sabía de religión. El propio Fray Bartolomeo confirmó más tarde que jamás había tenido antes ocasión de explayarse con Tarian en la celda de éste acerca de temas píos ni, específicamente, sobre el significado de la Cruz. Tanto él como Snarki opinaron que esa misteriosa, inexplicable devoción no podía ser sino instintiva, y la calificaron de milagro. Fue ése uno de los momentos en los que incluso el estólido ateísmo de Balduino experimentó considerables vacilaciones, aunque luego se le ocurrió que tal vez Fray Bartolomeo sí había hablado antes a Tarian acerca de la Cruz y el significado de la misma, aunque ahora no lo recordara.

 

       Por Hansi sentía Tarian auténtica adoración y a menudo, cuando lo veía pasar cerca, distraído, se le echaba encima y rodaba con él en la nieve haciéndole cosquillas o forcejeando un poco. Sólo con el exhibía por ese tiempo este juguetón flanco suyo, pero era amable con todos, por lo que en breve tiempo no hubo nadie que no lo quisiese. Anders se lo llevaba aparte y trataba de aconsejarle acerca del mejor método para seducir sirenas.  Los gemelos Björnson le forjaron un tridente para que tuviera con qué defenderse si se le antojara bucear; pero Tarian en ese tiempo no mostraba interés en ello, aunque miraba el mar con nostalgia; y la sola visión del tridente le producía horror, según se supo años más tarde, porque en Kvissensborg le habían dicho que era un instrumento diabólico, y él temía ser un demonio o estar en vías de transformarse en uno y, por lo mismo, terminar de nuevo en el Infierno, es decir, la mazmorra.

 

      Los más reacios a admitir su afecto por Tarian eran, naturalmente, Ursula y Adam. Sólo en esto se hallaban unidos ya que, por lo demás, seguían sin poder ni verse los dos. Ursula alguna vez había opinado de Tarian que era un idiota  pero, tras matar accidentalmente a la loba preñada, parecía haberse vuelto mucho más permeable a la ternura. Además, también  ella sentía curiosidad por saber qué ocultaban los abismos suboceánicos; de modo que miraba a Tarian con curiosidad e impulso protector.

 

      Adam era mucho más sutil. Se había vuelto muy amargo desde que no disponía de Fuego de Lobo con que aturdirse. Ya no se oían sus risotadas de hiena, pero nadie las echaba de menos, ya que nunca habían sonado verdaderamente alegres. Su forma de demostrar afecto a Tarian era simplemente no dedicarle, como a los demás, frases negativas y sarcasmos. No podía decirse que Adam fuera parlanchín, pero ante Tarian se mostraba mucho más reservado que ante los demás, tal vez porque en el joven veía sólo cosas buenas y le dolía decirle a alguien así que el mundo era sólo un gran montón de mierda.

 

        En cuanto a los aldeanos, si alguna vez superon que tenían en Freystrande a alguien que sólo era humano por parte del padre (y probablemente se dieron cuenta en el mediano plazo), jamás dieron muestras de estar enterados. Kurt fue con él tan afable y espontáneo como con Balduino. Thomen el Chiflado, apenas lo vio, pareció advertir en los ojos verdiazules de Tarian el estigma del sufrimiento, porque le echó una profunda mirada, como si Tarian fuera un hijo que despertara de una espantosa pesadilla y al que había que convencer de que todo había terminado; un gesto que conmovía, máxime viniendo de alguien que había perdido a tres de sus retoños antes de que cualquiera de éstos llegara a cumplir los cuatro años.

 

       La vieja Herminia había sido muy tocada por el aspecto mísero de Tarian al empezar a trabajar en Vindsborg, pero daba la impresión de que su propia blandura la alarmaba e irritaba. En cuanto terminó de confeccionar las toscas y nuevas vestimentas de Balduino y sus hombres, volvió a recluirse en su casa, y fue entonces como si Tarian, para ella, jamás hubiese existido. Desde entonces, sólo de tanto en tanto se la volvió a ver en Vindsborg, y siempre para  que le cambiaran huevos por velas. Siempre traía muy pocos huevos, pero Balduino se los hacía llevar de regreso, pues se sentía más que pagado con las labores que Herminia había desempeñado como costurera. La vieja discutía, refunfuñaba, se negaba a que la acercasen a caballo hasta su hogar y pataleaba y gritaba cuando el pelirrojo montaba, galopaba tras ella y la subía por la fuerza a la montura. Pero se dice que, cuando dos años más tarde Balduino abandonó Freyrstrande, nadie lloró tanto su partida como la vieja Herminia salvo, quizás, el propio Balduino. Así lo haría constar Hansi Friedrikson en sus Freyrstrandeskroniks. Y es que el amor es como esas semillas que a veces caen en terreno pedregoso: les cuesta germinar pero, cuando lo hacen, alguna de sus raquíticas raíces termina abriéndose paso hacia la tierra fértil que tanto necesita, y entonces ya nada parece ser capaz de frenar su crecimiento, y la propia raigambre pulveriza la dura piedra que en vano trató de detenerla, hundiéndose más profundamente que cualquier otra.

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7 mayo 2010 5 07 /05 /mayo /2010 19:18

      Al día siguiente, por la mañana, Balduino decidió que se dedicara el día a la práctica de movimientos coordinados, y Tarian se presentó a ellas sin que nadie le dijese que debía hacerlo.

 

       Era una mañana muy fría. Todavía no habían comenzado, y todos trataban de desentumecerse, cuando Balduino se acercó a Anders.

 

       -Mira la boca de Ulvgang y dime qué ves ante ella-le dijo.

 

       Anders obedeció, intrigado.

 

      -No veo más que una nube de vapor-dijo.

 

       -Correcto. Ahora mira delante de la boca de Thorvald. ¿Qué ves?

 

       -Otra nube de vapor.

 

      -Ajá. Mira ahora delante de la boca de Tarian.

 

      Y Anders quedó boquiabierto al constatar que allí faltaba la nube de vapor.

 

      -Es bastante singular nuestro muchacho-pez, ¿eh?-comentó Balduino.

 

       -Demasiado. Por su bien, más le vale mantenerse apartado de la gente normal.

 

       -¡Si es inofensivo!

 

      -Balduino, no me hagas reír, ¿y qué con que lo sea? ¿De verdad crees que a la gente le importará o que esperará a averiguarlo? Se cuenta cierta historia acerca de un forajido llegado por la noche a una posada, y cuyo cuerpo no proyectaba sombra...

 

      -¡No puedes comparar! Conozco esa historia. El forastero resultó ser un cadáver reanimado por hechicería, o algo así, que salía a beber sangre humana por las noches; uno de esos seres a los que llaman vampiros, si mal no recuerdo. No sé si la historia es cierta o falsa, ¡pero vaya si habría razones para temer a una criatura que quiere beber sangre!...

 

      -Pero en esa historia, la gente temió a la criatura mucho antes de saber qué era, sólo porque notó que su cuerpo no proyectaba sombra. La gente teme a lo extraño aunque no sepa si hay algo malo en ello.

 

      -Pero, ¡temerle a Tarian!... Nada más míralo y dime quién podría temer a alguien así.

 

       Con disimulo para no parecer mal educado, Anders echó un vistazo a Tarian, cuya dorada melena parecía brillar con luz propia, y cuyos oblicuos ojos glaucos miraban en derredor con una eterna avidez de imágenes luego de su abstinencia visual en las mazmorras.

 

      -No se trata sólo de la belleza de su rostro, aunque la apostura física siempre es bienvenida para las personas superficiales-dijo Balduino-: mira sus ojos. Hay en ellos una pureza e inocencia que normalmente sólo se ve en los ojos de un perro o un niño.

 

      -Si Hansi o los perros de Hundi son puros e inocentes, yo soy el Rey Salomón-contestó Anders.

 

       -¿Y no tenías mejores ejemplos a mano que esos barrabases? Tú no conociste a mi perro Argos, pero piensa en Thommy. Además, tienes que admitir que en Hansi no hay maldad, sólo picardía.

 

      -De todos modos, Balduino, la gente es impredecible. No hay garantías de que su belleza, pureza o inocencia vayan a facilitarle las cosas a Tarian. Al menos no puedes negar que en Kvissensborg no le ahorraron penurias...

 

      A Balduino le vinieron a la mente las palabras de Thomen el Chiflado: ¿Qué es éso de que a éste sí porque es molinero pero a éste  no, porque es verdugo, y a éste también porque es panadero pero a éste tampoco, porque es enterrador?... ¡Yo no entiendo, señor Cabellos de Fuego!.... ¡Me parece cosa de locos!... ¡Aquí todos nos ayudamos unos a otros, porque si no, no sobrevive nadie!..

  

      Luego, por alguna razón, recordó los dos peces dibujados por Tarian en la pared del torreón la noche anterior. No era una representación realista; parecía más bien una clase de símbolo, pero ¿qué representaría?

 

      No llegó a comentarlo con Anders porque ya todos se habían congregado en torno a él para iniciar la práctica. Pero luego de la misma, al mediodía, Balduino decidió recurrir a un posible experto: Ulvgang. Lo llevó hasta el interior del torreón, hasta aquel punto de la escalera en el que Tarian había hecho esos dibujos en el muro, y preguntó:

 

      -Estos peces, ¿tienen algún significado especial?

 

      Ulvgang compuso una sonrisa taimada y misteriosa.

 

       -Ah, no sé, pero Honney seguramente sí sabe... Voy a buscarlo-dijo.

 

      Pero su pretendida ignorancia no parecía sincera.

 

      Volvió al rato en compañía de Honney.

 

      -Pregunta el señor Cabellos de Fuego si sabes qué significan estos peces que dibujó Tarian-dijo Ulvgang, alevoso, señalando el sitio preciso en la pared.

 

       Honney escuchó a Ulvgang, vio el dibujo y se puso furioso.

 

       -¡Peces!-exclamó indignado mientras Ulvgang reía malignamente por lo bajo-. Ya te pareces a Ursula. Son delfines, y los delfines son mamíferos, ¡mamíferos!-dio media vuelta echando chispas por sus pupilas verdes y empezó a bajar de nuevo la escalinata-. "¡Peces!" "¡Peces!"-se lo oyó protestar más abajo.

 

      Balduino se encogió de hombros. ¿Cómo podía adivinar que ésos eran delfines, no habiendo visto ninguno antes? Y la verdad, parecían peces. Casi se le ocurrió que Ursula probablemente tuviera razón; pero si Plinio el Viejo decía que eran mamíferos...

 

      -¿Por qué Tarian dibujaría estos delfines?-preguntó, más para sí mismo que para Ulvgang, quien seguía allí-. La gente normalmente elige horas más normales para desarrollar sus artes.

 

      -Dos delfines nadando en direcciones opuestas y uno debajo del otro simbolizan la amistad-contestó Ulvgang-, porque efectivamente los delfines han demostrado siempre amistad al hombre. Se sabe de delfines que han acudido en auxilio de navegantes a punto de morir ahogados o devorados por monstruos marinos-miró el dibujo en la pared del torreón y suspiró-. A Tarian solían gustarle mucho los delfines.  Había llegado a dominar su habla y, de hecho, nadaba entre una manada de delfines cuando lo hallamos; si bien más tarde, por alguna razón, acostumbró esquivarlos por temporadas.No sé si ahora le siguen gustando, pero imagino que sí. El amor que les tenía aumentó cuando supo que entre los marinos simbolizan la amistad. Se enteró porque Kehlensneiter y su compinche Engel llevaban este símbolo tatuado en sus bíceps...

 

      Balduino se quedó un momento pensativo y luego dijo:

 

      -Ve a almorzar; ya te sigo yo también.

 

      Y se quedó allí un rato más, casi sin poder apartar la vista del dibujo, como bajo un hechizo, fascinado por lo que veía: un símbolo trazado en piedra por la mano de alquien que sólo en parte pertenecía a este mundo, por un hijo de las profundidades oceánicas que quizás había representado allí el más secreto anhelo de su corazón.

 

      Ese día, y todos los posteriores hasta la llegada de la tibieza primaveral, Balduino dejó de trabajar antes que los demás y, tras ensillar su caballo, partió sin decir más que a Thorvald a dónde iba.

 

       Y todas esas tardes, al regresar a casa luego del pastoreo, Gudrun Heimriksdutter halló el hogar encendido, aguardándola. 

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7 mayo 2010 5 07 /05 /mayo /2010 16:37

      A su debido turno, Varg despertó al pelirrojo para que éste tomara guardia en el torreón, en tanto Adam hacía lo propio con Gilbert para que éste lo relevara. Balduino, medio adormilado, se abrigó y fue a tomar el puesto, luchando contra la modorra.

 

      En el torreón, Varg había dejado encendido un brasero cuya llama podía el centinela alimentar con excremento de grifo a extraer de un costal que había al lado. Balduino avivó un poco los rescoldos, añadió excremento y las llamas levantaron cabeza. Extendió las manos hacia ellas para calentarse. Lamentaba no haber cenado, porque empezaba a sentir hambre.

 

      A Balduino le gustaban las guardias en el torreón. Por un lado le recordaban otras épocas en que no era Caballero aún, sino sólo un adolescente hambriento de gloria y  a cargo de velar el sueño de otros. Por otro lado, si bien la escalinata estaba iluminada por antorchas cada tantos peldaños, en lo alto del torreón no había ninguna, porque era la idea que ningún eventual enemigo pudiese detectar la presencia del centinela que lo observaba. La escasa luz de aquel puesto de guardia venía de las ascuas del brasero y de la antorcha del tramo de escalera más próximo. Era un ambiente de oscuridad casi total, muy propicio para la meditación. Eso sí, era necesario aclimatarse primero. A nadie le gustaba ser despertado en medio de la noche, ni salir al frío y luego arrastrarse penosamiente quién sabía por cuántos escalones arriba, todo para vigilar un sitio apacible donde lo más vandálico que solía verse era una disputa entre vecinas al estilo de aquélla entre Ulrike y Thora.

 

       Cuando precisamente estaba terminando de aclimatarse, escuchó con asombro pasos furtivos, casi inaudibles, que venían de la escalera. En otro tiempo, algunos de sus hombres, especialmente Snarki, tenían la costumbre de subir haciendo el menor ruido posible, hasta que los regaños de Balduino los habían obligado a variar sus hábitos. Otros, los Kveisunger sobre todo, siempre habían sido especialmente ruidosos al acercarse a un puesto de guardia, pues un avance en silencio podía hacer que uno fuese confundido con un enemigo.

 

      Qué enemigos podía haber allí, era casi imposible de responder; pero Balduino no olvidaba la famosa fuga de prisioneros en Kvissensborg, y que a un fugitivo no lo habían podido encontrar vivo ni muerto. No era lógico pensar que tal individuo se hallara en las cercanías; lo más factible era que hubiese interpuesto muchas leguas entre él y la antigua prisión donde había estado encerrado. Pero si no se trataba de él, ¿quién ascendía la escalinata con esa furtividad tan propia de los que apuñalan a traición? ¿Algún secuaz de Einar, tal vez?

 

      Tomó su cuchillo de mango de ámbarm aunque sentía más curiosidad que verdadera cautela. Al fin y al cabo, Wjoland había llegado a Freyrstrande con apariencias de ladrona y resultado luego inofensiva, salvo por los consabidos puñetazos en la nariz de quienes tuviesen la malhadada idea de besarle cortésmente la mano al saludarla.

 

      Tras una aburrida espera de varios minutos, Balduino empezó a preguntarse si no lo había imaginado todo, puesto que no continuó oyendo pasos. Decidido a quitarse la duda, empezó a descender la escalinata de a poco, adoptando a veces posiciones inverosímiles conforme a la ubicación de las antorchas, intentando que su sombra no lo precediese y traicionase.

 

      No cabía duda, peldaños abajo había alguien. De vez en cuando, el oído atento e instruido de Balduino captaba algún ruido mínimo que le hacía imaginar un cambio de postura por parte del intruso. También escuchaba algo parecido a un rasgar o arañar de piedras. Además, próximo a doblar una curva del torreón, distinguió la sombra del sospechoso visitante proyectándose escalones arriba. Quienquiera que fuese, se había detenido en cierto punto de la escalinata, pero ¿con qué fin?

 

      Muy intrigado, salvó la distancia que lo separaba del misterioso visitante, sin preocuparse ya de que su sombra lo precediese y sin prisa ni temor: quienquiera que estuviese allá abajo, no pensaba atacarlo, o ya lo habría intentado. Aun así, la aparición de Balduino tomó por sorpresa al merodeador. El pelirrojo se halló frente a frente con un joven de larguísimo cabello rubio y ojos oblicuos y verdiazules, ahora muy asustados.

 

       -Tarian, muchacho, ¿qué haces aquí? ¿No puedes dormir?-preguntó Balduino-. Tienes que saber cuándo y dónde puedes ser silencioso y cuándo y dónde serlo menos. Un centinela nervioso ataca primero e indaga después, ¿sabes?

 

       La suave reprimenda no tenía más énfasis que una descripción de lo ingerido en un desayuno, pero Tarian pareció asustarse más de lo que ya estaba. Empezó a temblar pese a sus esfuerzos por dominarse, y su mano soltó un trozo de piedra caliza que aferraba hasta ese momento y que rebotó y se partió al dar contra el suelo. Balduino advirtió que de ese fragmento de piedra caliza se había valido Tarian para hacer unos dibujos en la pared: el roce de la piedra contra la piedra había producido el arañar escuchado momentos antes.

 

      -No tengas miedo, Tarian-dijo Balduino.

 

       Por alguna razón, sus pensamientos divagaron hacia un momento del pasado reciente, cuando él recién llegaba a Freyrstrande y estaba muy deprimido. Recordó a dos aldeanos venidos a examinar la escalinata del torreón para repararla. Uno había venido muy formal y protocolar ante Balduino. El otro no tenía la más mínima noción de etiqueta: un muchacho de rasgos toscos, desbordante de simpatía, que le había apretado la diestra con gran efusividad: ¡Hola, amigo!..

.

      El pelirrojo sonrió como si de nuevo tuviera allí a Kurt estrechándole la mano por primera vez.

 

       -Ven, Tarian, amigo-reclamó con suavidad, estirando su diestra para invitar al joven a confiar en él y acercársele.

 

       Tarian miró aquella mano con recelo, un  comprensible recelo nacido de casi once años de prisión y torturas en las horrendas mazmorras de Kvissensborg. Además, no le gustaban la oscuridad ni las penumbras, algo entendible teniendo en cuenta que durante su prolongado cautiverio no había visto más luz que la muy tenue de las antorchas.

 

      Pero Balduino sonreía con afabilidad, y Tarian recordaba vagamente, como si hubiera sucedido ya hace muchos años, que aquel joven lo había liberado de la prisión; que lo había alzado en brazos sin importarle emporcarse con mierda y orina, y lo había sacado del calabozo. Con tal recuerdo en mente, se agachó y recogió algo que traía envuelto en trapos y había dejado momentáneamente en el escalón más próximo al ponerse a dibujar en la pared. Subió los escalones que lo apartaban de Balduino y ofreció a éste el envoltorio. Este lo tomó y vio unas grandes galletas envueltas entre los trapos.

 

       -Bueno... No sé cómo se te ocurrió traerme esto, pero gracias. La verdad es que tengo hambre-dijo-. Ven, vamos-añadió; y se asombró, al tomar la mano de Tarian para invitarlo a que lo siguiera, de la tibieza de la misma-. ¿Cómo haces para no sentir frío? A veces me pregunto cuántas cosas extrañas podrías contarnos si pudieras hablar.

 

       Tarian se dejó guiar hasta lo alto del torreón, aunque vaciló al sumirse en la casi total oscuridad que tanto fascinaba a Balduino. Para él, las tinieblas eran miedo y sufrimiento. En días no muy lejanos, Fray Bartolomeo le impartiría catequesis y, entre otras cosas, le hablaría del Infierno. Cuando tal cosa sucediera, Tarian imaginaría un lugar de fuego y oscuridad: el ardor insoportable de la piel en carne viva, las tinieblas de la celda donde se lo torturaba una y otra vez. Tarian jamás lograría desprenderse de la sensación de que él ya había pasado por el Infierno.

 

       Balduino se acercó a uno de los ventanucos tapiados con planchas de madera encajadas a presión en los huecos. Descubrió la abertura y miró hacia el océano. Era una noche particularmente tenebrosa; aun así, Balduino creía que la colosal silueta de un Jarlwurm sería visible, si un ser así se acercara a Freyrstrande aquella noche. Pero, ¿por qué habrían de acercarse?, pensó, con una ingenuidad desacostumbrada en él y que, sin embargo, por momentos parecía lógica, al punto de depararle una auténtica y descomunal sorpresa dos años más tarde.

 

       Tarian se acercó también al ventanuco y miró hacia el mar.

 

       -Me pregunto qué maravillas habrás visto allí, en lo profundo-murmuró Balduino-. Monstruos marinos, y hombres y mujeres con cola de pez, y ciudades sumergidas y restos de naufragios.... Tal vez rebaños de ovejas marinas... El Mundo Bajo las Olas-y pronunció estas palabras con auténtica fascinación, subyugado por los misterios de las profundidades oceánicas que lo seducían y a los que no tenía acceso.

 

       Tarian emitió algunos gruñidos guturales y gesticuló mucho, en un intento por decir quién sabía qué cosa prescindiendo del habla oral. Pero aparte de que sus ademanes no se veían bien en la oscuridad, la mímica era un lenguaje nuevo para él, y no lo dominaba siquiera de forma elemental. Por último hizo el único gesto que se pudo interpretar fácilmente, y que expresaba impotencia y frustración por su fracaso.

 

      Balduino sonrió comprensivamente y le colocó una mano en el hombro.

 

      -No te aflijas: ya encontrarás la manera de hacerte entender-lo consoló-. Pareces tener una mente despierta y el carácter manso y dulce que imagino poseía tu madre... Y tarde o temprano encontrarás también las agallas de tu padre, por muy temeroso que te sientas ahora. Será una hermosa combinación-recordó que alguna vez, antes de poder ver bien el aspecto de Tarian, lo había soñado rechoncho, bajo de estatura y con ojillos viciosos y taimados, y se echó a reír, en tanto Tarian sonreía por contagio-. Eres buen chico, Tarian, y te deseo que seas feliz. Esta noche quiero que todo el mundo sea feliz. Te contaré un secreto-susurró, y atrajo hacia él a Tarian para hablarle al oído, innecesariamente, porque nadie podía oírlos, pero en un agradable gesto de inocente complicidad-: Gudrun hoy no pasará frío, amigo, ni en el cuerpo ni en el alma... Y cuando pienso en ello, tampoco yo tengo frío. No sabía que cuando se hace un bien a quien se ama, uno mismo se siente tan inmensamente feliz... Y en realidad, hasta que vine aquí ni siquiera sabía lo que era amar...

 

      Tarian sonrió en la oscuridad. Pasar frío era algo que, en su sentido físico, no podía entender por no experimentar nada parecido; y no obstante, ahora creía saber que frío era eso que en las mazmorras de Kvissensborg le había estrangulado el corazón, haciéndolo sentirse mísero y abandonado. Y aun sin saber quién era Gudrun, comprendió que se trataba de alguien especial para Balduino y, en consecuencia, de alguien especial para él mismo. En cualquier caso, ahora que creía saber a qué llamaba frío el pueblo de la superficie, deseaba que nadie lo padeciera.

       Permanecieron allí los dos, juntos y en silencio, en tanto duró el turno de guardia de Balduino. Más tarde, cuando bajaban las escaleras,  el pelirrojo miró de soslayo el dibujo hecho por Tarian con piedra caliza en la pared: dos peces, uno debajo del otro, nadando en direcciones opuestas.

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5 mayo 2010 3 05 /05 /mayo /2010 18:22

      Faltaba poco para  la cena cuando Balduino volvió a Vindsborg, lleno de emociones disímiles y entreveradas. No tenía hambre; de modo que, tras encerrar a Svartwulk en la caballeriza junto a Slav, permaneció allí, cepillando a su caballo en la oscuridad luego de deshacerse él mismo de los restos de nieve que quedaban en sus cabellos y su ropa. Pese a algunos de los pensamientos que revoloteaban por su mente como aves de mal agüero, se sentía feliz.

 

      La puerta de la caballeriza se abrió y entró Lambert, precedido por la antorcha que sostenía en su diestra.

 

      -Ah, señor Cabellos de Fuego... Oímos ruidos, y Thorvald me envió a cerciorarme de que fueras tú que habías vuelto. Ya me voy-dijo, entre involuntarios guiños de ojo izquierdo violáceo; e iba a salir, cuando algo en Balduino atrajo su atención, y avanzó hacia él, con cara de susto y perplejidad-. Mi madre-murmuró-. Si ya comenzáis así, cómo será cuando estéis casados...

 

      Balduino, un tanto molesto, miró al desgreñado anciano, cuyo semblante preocupado era todo un vaticinio de matrimonio concluido en cuarenta puñaladas, y se llevó la mano a la herida en la cabeza, que había olvidado.

 

      -No duele mucho-protestó-. No duele nada-rectificó.

 

      -Esa sí que es una suerte negra-repuso Lambert-. Con el amor embotándote los sentidos, si ni esa herida profunda como un valle puedes notar, serás capaz de cualquier estupidez, sin que lo adviertas hasta que sea demasiado tarde...

 

      Tras estas poco alentadoras palabras, Lambert volvió sobre sus pasos y salió.

 

      Siempre el mismo aguafiestas, pensó Balduino, mandando de paseo los nefastos presagios del viejo.

 

      No pudo, sin embargo, evitar preguntarse cómo algunos hogares llegaban a transformarse en escenarios de historias de pesadilla, espeluznantes y truculentas. Gudrun matando a su padre a hachazos; Lambert asesinando a puñaladas a su esposa Helga. ¿Qué hacía que la gente enloqueciera de odio, al punto de olvidar todo lazo de sangre o promesa de amor eterno?

 

      Reflexionó que Gudrun había matado a su padre, no por odio después de todo, sino sólo para evitar que aquél asesinara a golpes a su madre, lo que también sonaba demencial. ¿Por qué el difunto Heimrik había sido tan violento con su esposa? Y esta última, ¿por qué se había casado con él, conociéndolo tan feroz? ¿Había Heimrik ocultado su naturaleza violenta hasta después de la boda, o su mujer se había negado a verla hasta que fue demasiado tarde?

 

      Todavía meditaba sobre aquellas cuestiones, cuando de nuevo entró alguien en la caballeriza. Era Thorvald.

 

      ¿Todo bien, muchacho?-preguntó; y antes de que Balduino pudiese responder, añadió:-. El pichón nos habló del accidente. Tengo que admitir que me tenías un poco preocupado, ya que no regresaste a tiempo para la guardia, cosa que no es costumbre en ti.

 

      Balduino se agarró la cabeza, espantado de su memoria.

 

      -Mi guardia...-murmuró, turbado-. Lo siento, la olvidé por completo. ¿Quién me reemplazó?

 

      -Ursula. A ella le tocaba más tarde; de manera que, a menos que no estés en condiciones...

 

     -La sustituiré esta noche, descuida-interrumpió Balduino.

 

      -Perfecto. Puedes venir a cenar.

 

      -No tengo hambre, gracias.

 

      -Con una guardia por delante, deberías pensarlo bien antes de quedar en ayunas, aun con un cocinero como Varg-observó Thorvald-. Pero si ésa es tu decisión...-y enfiló hacia la puerta.

 

      -¡Thorvald!-exclamó Balduino, cuando el viejo se disponía a salir.

 

      -Sí, muchacho, dime...-contestó Thorvald, volviéndose a mirarlo.

 

      El hielo en los ojos azules del coloso pareció congelar en la lengua la pregunta que Balduino quería formularle y que no sabía cómo plantear. ¿Sabías, Thorvald, que Gudrun mató a su padre a hachazos?... No, ciertamente no era el modo de encarar el asunto, pero es que no había ninguno adecuado, por más que, según Gudrun, Thorvald casi seguramente supiera del asunto. Esto último a Balduino le venía como anillo al dedo, porque necesitaba conversar de eso con alguien; pero, ¿y si Gudrun se equivocaba? Y además, ¿cómo se aborda un tema chocante como ése? Caso de no estar enterado, ¿cuál sería la reacción de Thorvald cuando Balduino se lo dijera? Sin duda sería comprensivo con la joven, dada la brutalidad del difunto padre de ésta, Heimrik. Quien no se salvaría de una agria reprimenda y tal vez de un coscorrón como para que el hondazo de Gudrun pareciese una caricia, sería el propio Balduino: ¿Qué eres, un Caballero o una vieja chusma? Como te sorprenda de nuevo ventilando secretos ajenos, te parto el culo a patadas, sobre todo tratándose de secretos como éste.

 

      -Bueno, muchacho, estoy esperando.

 

      -El pozo de Gudrun se secó-dijo Balduino, turbado-. He pensado que, en algún momento, podríamos excavarle otro. Iríamos Kurt, Karl, tú y yo.

 

      En el semblante de Thorvald hubo un pestañeo mínimo pero ningún gesto de extrañeza, como tampoco pregunta alguna acerca de las razones de tan extraña elección. ¿Por qué Karl y él, viejos y mancos, y no Anders, mucho más joven y vigoroso?

 

      -Desde luego, muchacho. Puedes contar conmigo y con Karl. ¿Alguna otra cosa?

 

        Balduino estuvo seguro en ese momento de que Thorvald sí sabía algo.

 

       -No, eso es todo, Thorvald, gracias.

 

      El viejo gigante hizo una inclinación de cabeza, más deferente de lo habitual según creyó Balduino, y se retiró. El pelirrojo sonrió, satisfecho de su propia discreción, como si acabara de sortear una prueba que le permitiría ganarse a Gudrun. Le había costado reprimirse, aun cuando, por formar parte de la Orden del Viento Negro, estaba habituado a guardar secretos.

 

       Volvió a meditar sobre los asuntos que tanto absorbían su atención antes de que entrase Thorvald. El amor parecía apasionar a hombres y mujeres por igual; y no obstante, allí estaban las espeluznantes "historias de amor" de los padres de Gudrun o de Lambert y Helga. Golpes, cuchillazos, hachazos...

 

      No podía decirse que los padres de Balduino se llevaran mal, pero en su vida había visto él matrimonio más aburrido que ése. Ella pasaba sus días bordando y sirviendo como figurita decorativa y protocolar en ceremonias. El se ocupaba de intrigas políticas, deportes y eventualmente y si no quedaba más remedio, de gobernar a su pueblo. Tal vez en tal historia de amor un par de hachazos no habrían estado de más para aportar cuando menos algo de emoción a falta de otra más edificante.

 

      Después, por supuesto, estaban las clásicas historias de amor de héroes rescatando doncellas de las garras de temibles monstruos o de villanos siniestros. Pero esas historias nunca iban mucho más allá de la proeza del héroe y de la doncella entregando su amor al valiente paladín. ¿Cómo continuaban después esos relatos? Sin duda, héroe y doncella se casaban e iban a vivir a un soberbio castillo. ¿Y luego?... Ella dedicó el resto de sus días a bordar, y él los suyos a intrigas políticas, deportes y eventualmente y no quedándole más remedio, a gobernar a su pueblo. Y vivieron aburridos para siempre... ¿Cómo algo que empezaba con tanta pasión y romance podía continuar de manera tan tediosa o, con suerte (?) en cuchillazos y hachazos?

 

      Una vez más, alguien vino, antorcha en mano, a interrumpir sus reflexiones. Esta vez era Karl.

 

      -¿Todo bien, señor Cabellos de Fuego?

 

      Era extraño que viniera sólo a preguntar eso. Tal vez fuera un pretexto, o tal vez la herida causada por el hondazo tenía peor aspecto del que Balduino imaginaba, y todos estaban preocupados.

 

      -Todo bien-contestó el pelirrojo-. Karl...-llamó, cuando el anciano se disponía a salir de nuevo-. Quisiera pedirte una opinión sobre cierto tema...

 

      ¿Y por qué no, después de todo? Balduino ignoraba hasta dónde llegaban las experiencias de Karl en tal sentido, pero sí sabía que en el fondo era un romántico sensiblero que suspiraba a la vista de una pareja de enamorados. Así que, omitiendo las referencias a hachazos o a cualquier otra cosa que pudiera comprometer a Gudrun, lo hizo su confidente ocasional, y le confió sus dudas respecto a por qué terminaba el amor.

 

      -Bueno, señor Cabellos de Fuego, tal vez no sea yo un experto en ese tema-respondió Karl-; pero la belleza física es pasajera, de modo que hay que tener abiertos los ojos del corazón. Dentro de cada mujer siempre hay una doncella en peligro, y los monstruos que la acosan se llaman rutina, tedio, frustración, entre otros. Y dentro de cada hombre siempre hay un héroe potencial llamado a rescatar a la doncella. Lo que no significa que acuda, o que luego la doncella lo recompense debidamente. Si estas cosas suceden... pues...

 

       Y Karl no concluyó la frase, pero sus ademanes compungidos fueron más que elocuentes.

 

      -Es curioso-murmuró Balduino-. Recién ahora se me ocurre que algún día yo también envejeceré y tendré barriga y me faltarán dientes, y seré aún más feo de lo que soy ahora...

 

       -A vuestra edad se tiende a actuar como si la juventud, la propia al menos,  fuese a durar para siempre.

 

       -Me pregunto cuán duro será envejecer...

 

       -A qué mentiros, señor Cabellos de Fuego, a veces lo es, cuando uno siente achaques y nostalgias o sufre desdén por parte de los jóvenes. Pero nada es grave si se ha sido lo suficientemente sabio para vivir bien e intensamente.

 

      -Con eso de los achaques no pareces tener problemas. Eres saludable y vigoroso aún-dijo Balduino con sinceridad..

 

      -¡No creáis, señor Cabellos de Fuego, no creáis!...-contestó Karl, riendo-. A los veinte años uno se siente robusto e indómito como un potro salvaje; a mi edad, más bien como ese jamelgo que arrastra de la carreta de Thom. Pero se sigue adelante. La verdad, la mayor parte del tiempo uno olvida la edad que tiene, está demasiado ocupado haciendo otras cosas. Eso de lamentarse por la vejez es para quienes están demasiado ociosos. Deberían hacer algo útil en vez de lamentarse como plañideras.

 

       -Bueno, gracias, Karl-dijo Balduino; y el anciano hizo un saludo amable, y se retiró.

 

      Los pensamientos de Balduino habían tomado otro rumbo. ¿Qué ocurriría cuando Gudrun estuviera vieja y arrugada? ¿La seguiría amando tanto como ahora que era joven y hermosa? No me pareció tan linda cuando la vi por primera vez, reflexionó.

 

      Quizás, llegado a viejo, prefiriera mujeres más jóvenes. Recordó espantado cuán ridículos se veían los hombres mayores tratando de galantear a muchachas, como si la brecha de la edad nada significara. Normalmente trataban de reforzar sus ya minadas o inexistentes dotes de seducción con algún plus como el honor de la Caballería o, mejor aún, los deslumbrantes resplandores de la riqueza. Eran, por lo tanto, gente con cierto poder, y por lo general muy malos perdedores cuando la elegida los rechazaba en beneficio de un hombre mucho más joven y apuesto. Corrían no pocas historias macabras acerca de muchachos asesinados por rivales cuya posición o fortuna les garantizaba impunidad, y de muchachas que a menudo perdían el juicio al ver las cabezas de sus amantes vengativamente exhibidas en lo alto de las picas en la plaza pública por orden de cortejantes poderosos y desdeñados.

 

      Balduino sabía que él nunca sería capaz de caer tan bajo. En algún momento de su adolescencia, la apostura de otros muchachos lo había herido, pero prefirió ignorarla en la medida de lo posible. Eventuales desquites contra aquellos agraciados jóvenes no le hubieran contagiado la apostura de éstos, y en cambio habrían vuelto más patente su propia fealdad. Si de verdad quería hacerles sombra, más le valía recurrir a otros métodos, como el de mantener su honor sin tacha. En ese aspecto había resultado más exitoso, aunque no sabía cuánto. ¿Lo bastante para ser fiel a Gudrun cuando ningún otro hombre en su lugar estuviera dispuesto a serlo? Pero eso dependía del amor. ¿Cómo se hacía para manejar un sentimiento?

 

       El desfile de visitantes en la caballeriza parecía no tener fin. La puerta se abrió nuevamente y quien entró esta vez, provisto de una antorcha como los anteriores, fue Anders.

 

      -Bueno, Balduino, tienes que contármelo todo, ¿eh?

 

       Un pequeño demonio invisible pareció llegar volando y aterrizar en el hombro de Balduino. Por supuesto que le tienes que contar todo-le susurró pérfidamente al oído-. ¿Es o no es tu mejor amigo? Y si lo es, no puedes tener secretos para él, ni aunque se trate del parricidio de tu novia.

 

      -Pero, ¿qué quieres que te cuente?-pregunto Balduino-. No hay qué contar.

 

      -No te hagas el inocente-contestó Anders, sonriendo con picardía-. No sé si fui muy cándido o muy estúpido al tratar de darte consejos como si fueras un mosca muerta: Quédate acostado, Balduino, las mujeres se ponen mimosas cuando deben cuidar de un hombre herido...  A ver si me entiendes: Kurt y yo, para cerciorarnos de que estuvieras bien, cuando te demoraste en regresar fuimos en tu búsqueda y... Hum... te vimos muy abrazadito a tu Gudrun-dio un codazo a Balduino-. ¿Cómo lo lograste, bribón, eh?

 

       -Anders-dijo Balduino-, no era lo que parecía...

 

      -Oh, ¡seguro que no!... ¡Me imagino!-se burló Anders, asestando (mala costumbre que había adquirido últimamente) un nuevo codazo en las costillas del pelirrojo-. Kurt y yo nos lo imaginamos todo, me figuro.

 

      Tienes que contarle lo que de verdad pasó, insistió el demonio encaramado en el hombro de Balduino.

 

      -Gudrun necesitaba consuelo y se lo ofrecí, nada más.

 

      -Sí, bueno, pero seguro que después no dejaste desaprovechada la oportunidad, ¿eh?

 

      Anders era para Balduino como un hermano, pero en ese momento también era una de las últimas personas a las que hubiera deseado ver. Entre él y el demoniete encaramado sobre el hombro, estaban sacándolo de sus casillas.

 

      -Vamos, bribón: cuenta, cuenta...

 

      -Anders, ¡para de una vez de demolerme el esqueleto a codazos!

 

      -Balduino-Anders puso cara de haber probado vinagre creyendo degustar vino-: no me dirás que llegado a ese punto, con las cosas tan calientes entre Gudrun y tú, no seguiste avanzando... ¿o sí?

 

      -Eso mismito es lo que digo-respondió secamente el pelirojo.

 

      Con una desolada expresión en sus ojazos verdes, Anders exhaló un cansado suspiro.

 

      -No puedo creerlo-dijo quejosamente-. No sé cómo ese magnífico garañón que montas no ha desteñido de vergüenza en todos estos años con el amo que tiene... ¿Por qué eres tan lerdo, Balduino? ¿Sabes al menos para qué sirven esos atributos de que Dios te proveyó en la entrepierna? ¿Seguro que lo sabes?

 

      -Anders, me estás impacientando-gruñó Balduino, mientras el diablete sobre su hombro lo aguijoneaba con su tridente para que repitiera la confesión de Gudrun-. No todo pasa por lo físico; no puede, no debe pasar por lo físico. Aprovechar el momento de debilidad de una mujer para fines propios es despreciable.

 

      -¿Fines propios?-exclamó Anders-. ¿Tú que crees que ella deseaba?... ¡Magnifica sus problemas para aparentarse desvalida y así seducirte! ¡Eres demasiado cortés: lo que ella busca justamente es un semental que la haga gemir como a una ramera!

 

        -Anders...-masculló Balduino, furioso. Ahora sí que Anders estaba extralimitándose.

 

      -Balduino, quedamos en que el entendido en estas cuestiones soy yo. Tu Gudrun no deja de ser una hembra, digas lo que digas; eso significa que tienes que portarte como un macho, y por lo tanto...

 

        No pudo terminar de hablar. Balduino veía todo rojo; el demoniete que hasta ese momento susurraba perfidias encaramado sobre su hombro debió huir despavorido en ese momento, ya que  no hubo más noticias de él. En cuanto a Anders, se sorprendió al verse alzado en vilo por la ropa por el brazo potente de Balduino, cuyo rostro era la viva imagen de la cólera. Parecía muy deseoso de romperle la cara a golpes.

 

       -Si le vuelves a faltar el respeto...

 

      -Calma, ¡calma!-dijo Anders, conciliador. Por su integridad física, más le valía serlo, por otra parte-. No era mi intención faltarle el respeto a ella ni hacerte rabiar a ti, ¿de acuerdo? Tal vez me propasé, sí. Disculpa.

 

      Balduino resopló furiosamente, pero soltó a Anders, sin mirar a éste. Sintió una palmada en la espalda.

 

      -¿Amigos, Balduino?

 

      El pelirrojo miró a Anders, de soslayo al principio y a los ojos luego, con una expresión indecisa entre la ira y el afecto.

 

      -Amigos, Anders-convino, devolviéndole la palmada y reconfortado, después de todo, de saber que seguían siéndolo más allá de cualquier diferencia.

 

      Abandonaron juntos las caballerizas y salieron a la oscura noche. Tras subir la escalinata, entraron en Vindsborg, donde todos se preparaban ya para dormir, salvo Adam y Varg. Este último tenía guardia en el torreón. El puesto al pie de la escalinata había sido reemplazado por otro en el interior de Vindsborg, y esa noche haría guardia allí el amargo de Adam.

 

      Balduino y Anders se acostaron también ellos, y no tardaron en quedarse dormidos.

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4 mayo 2010 2 04 /05 /mayo /2010 20:23

CLI

      Durante lo que pareció una eternidad, Balduino permaneció mudo de horror ante la macabra revelación, la espeluznante tragedia que tan inimaginable parecía en una aldehuela minúscula, provinciana y usualmente calma como Freyrstrand. Se sentía como si se hubiera descorrido un bello cortinado tras el cual se ocultase un cadáver corrupto y lleno de repugnantes gusanos.

 

      -Pero, ¿y todos los que vieron irse a tu padre en plena tormenta de nieve?-preguntó, azorado; porque varios aseguraban haber sido testigos presenciales de aquella partida.

 

      -Mienten-replicó Gudrun-. Sucede a veces que alguien dice un embuste y otros lo repiten para no ser menos.

      -¿Y alguien más sabe de esto?

 

       -Estoy casi segura de que Kurt. Sólo casi. Y a veces me parece que todos los demás sospechan, también-contestó Gudrun; y empezó a temblar como una hoja, al tiempo que se ocultaba el rostro entre las manos.

 

      Balduino volvió junto a ella y la abrazó, todavía helado por la confesión de Gudrun, pero sin pensar ni por un instante en dejar de apoyarla. Recordó con amarga ironía cuánto había deseado por momentos que ella necesitase de su protección para poder lucirse como héroe ante ella... He aquí que ahora la tenía bastante desvalida, pero no en la forma en que él había imaginado. Habría dado todo en ese momento para no verla así.

 

      -Calma, Gudrun, querida-dijo-. Sé lo que es cuando tus padres y hermanos te parecen extraños... Y tu padre ni siquiera era para ti un extraño, como el mío lo fue para mí. El tuyo era un enemigo, no un extraño. E hiciste con él lo que a veces estamos obligados a hacer con nuestros enemigos... Dices que crees que Kurt algo sabe de todo este asunto. ¿Qué te hace pensar eso? 

 

       Algo más tranquilizada por el apoyo que le ofrecía Balduino, Gudrun respondió:

 

      -Ya sabéis lo entrometido que es él, que anda por todos lados sin pedir permiso, mirando todo. Una vez se le dio por husmear en mi pozo, que yo había clausurado con tablones, y yo me puse como loca...

 

      -¿En el pozo? ¿Ahí arrojaste el cadáver?

 

      -Sí, señor Cabellos de Fuego: en pedazos, pues luego del primer hachazo ya no me pude contener. Nunca odié a nadie como lo odié a él, y espero nunca más volver a odiar tanto. Kurt no me lo dijo, pero estoy segura de que se dio cuenta...

 

      -Pero no dijo nada.

 

      -Sólo porque es un buen hombre.

 

       -Estamos de acuerdo en eso. Entendió que no tuviste opción, que también tú querías sólo sobrevivir. ¿Y nunca se te ocurrió comentar abiertamente este asunto con él?

 

      -No, señor Cabellos de Fuego, ni con él ni con nadie. Creo que Thorvald y Karl también imaginan qué ocurrió realmente. Vinieron a verme poco después de aquello, para ofrecernos protección si regresaba mi padre. Se horrorizaron al ver cómo había dejado a mi madre, quien después de varios días tenía aún el rostro hinchado y lleno de moretones; pero no fue lo único que vieron. El hacha había dejado marcas sanguinolientas en la pared y en el piso, y ellos las notaron; pero aunque las miraron mucho, no hicieron preguntas.

 

      -Entonces, ¿debo entender que soy el primero con quien hablas de esto? ¿Tampoco Fray Bartolomeo lo sabe?

 

      -No, señor Cabellos de Fuego, sois la primera persona con quien me animo a hablar de esto. Hubiera querido revelarlo en confesión, pero no tuve coraje. Por eso es que ya ni me acerco a comulgar.

 

       Balduino ya había notado ese detalle en la única misa compartida con los aldeanos en Vindsborg. En ese momento había creído que Gudrun, igual que él, tal vez no fuese muy devota, y se había alegrado.

 

      -A Fray Bartolomeo a veces se le escapan secretos de confesión, aunque supongo que, tratándose de algo tan grave, sería más cuidadoso-comentó-. Pero igual entiendo que, por las dudas, prefirieras no decírselo.

 

       -No es por eso que no le dije, señor Cabellos de Fuego. Temo la ira de Dios.

 

        En otras circunstancias, tal vez  Balduino se habría revelado ante la simple mención de Dios. Pero había aprendido que la gente de Freyrstrande era devota hasta lo indecible, y que tratar de cambiar eso era como tratar de juntar todas las estrellas del cielo y guardarlas en un morral. Así que dejó su ateísmo de lado. Era obvio que Gudrun se sentía sucia y condenada por su crimen, y en ese momento, para él, lo único que contaba era lograr que ella dejara de verse de ese modo a sí misma.

 

       -Pero se supone que El todo lo ve, ¿no? Si hay un Dios, ya sabe lo que has hecho, ya sea que lo confieses o no. ¿Y no se supone también que la bondad de Dios supera a la de cualquier hombre? ¿Por qué, entonces, habría de ser menos misericordioso y comprensivo que Kurt, Thorvald o yo? Y si no es misericordioso ni comprensivo, ¿para qué rebajarse ante El como serviles ante un tirano?

 

       -Dios no es un tirano, señor Cabellos de Fuego, no blasfeméis...

 

        -¿Tan segura estás de que sea yo y no tú quien blasfema? ¿No es ofensivo, para alguien infinitamente bondadoso como El,  que se le atribuya una dureza y un afán de castigo más propios del Diablo?

 

       La verdad era que Balduino mismo había visto muchas veces a Dios como un cruel titiritero que tiraba de los hilos de los mortales, sus marionetas, jugueteando con ellos según su capricho. Su ateísmo hacía comenzado como un acto de rebelión contra un Dios en el que creía, pero que le era repugnante. Y sin embargo, como a menudo los hombres invocan el nombre de Dios para justificar sus propias maldadesy faltas, Benjamin Ben Jakob lo había forzado prácticamente a estudiarse las Sagradas Escrituras en busca de argumentos para rebatirlos.

 

      Ahora esos conocimientos podían tener otro uso. Podían servir para brindar paz y consuelo a Gudrun.

 

       -Una de las frases que más se repiten en la Biblia es No temas-dijo; y nada más agregó, pero sintió a Gudrun estremecerse entrre sus brazos, y que le humedecía el hombro con sus lágrimas-. No temas, Gudrun-repitió, aunque a nivel general consideraba prudente descreer de aquel consejo bíblico.

 

       Pero pensó que, después de todo, Gudrun estaba a salvo de aquella falacia que los hombres llamaban justicia. Páramos como Freyrstrande eran tierra de nadie; ni al Rey, ni a su administración, ni a sus vasallos les interesaría descubrir la verdad en torno a la desaparición de Heimrik, ni castigar éste o cualquier otro asesinato perpetrado en tan lejanas, ásperas y solitarias comarcas. No temas... Esa vez, era lícito creer.

 

      Permanecieron un rato más abrazados y en silencio, durante el cual Balduino volvió con su mente a los inicios de aquel último tramo de la conversación. Ahora sabía por qué Gudrun se rehusaba a tomar un hacha, aunque el precio fuera helarse.

 

       Luego, cuando Gudrun dejó de llorar, Balduino montó sobre Svartwulk y, subiéndola a la grupa, la llevó junto al rebaño, al que entre tanto había apacentado Heidi, la novia de Kurt. Allí se separaron con un lacónico cruce de saludos.

 

        Las horas de luz de aquellos meses, si luz podía llamarse a la tenebrosa negrura del firmamento invernal, eran contadas; y ya había anochecido cuando Gudrun volvió a su cabaña arreando a la reducida majada. Encerró a las ovejas en el redil, demorándose un poco en hacer mimos a alguna en especial; después, de mala gana, se dirigió hacia la rústica vivienda. Durante varios meses, desde la muerte de su madre, el regreso al hogar había sido, para ella, el momento más temido y aborrecido del día, máxime cuando hacía más frío: el instante en que, de golpe, caía sobre ella todo el peso de la soledad, asfixiante, deprimente y opresiva. Sin embargo, tal vez por instinto de supervivencia, el regreso a casa  ya no la llenaba tanto de miedo y congoja, pero se había convertido en una especie de fastidio insoportable. El alma de Gudrun encallecía tanto como sus manos; y sus sentidos, que durante el día estaban en constante alerta para vigilar a sus ovejas, parecían apagarse  hacia el crepúsculo junto con el sol, tal vez para haorrarle la percepción de fantasmas del pasado que acechaban desde todos los rincones de su cabaña. Tal vez por eso no advirtió que la leñera estaba llena; tal vez por eso, al entrar en la cabaña, a su cerebro se le dificultó entender qué había de distinto allí. En todos lados reinaba el desorden, pero eso nada tenía de raro: Mamá solía ocuparse del aseo, y desde su muerte Gudrun lo hacía sólo muy de cuando en cuando. No tenía ganas, no tenía tiempo, no tenía fuerzas y no le encontraba sentido a hacerlo.

 

       De pronto pegó un respingo sorprendido y se sintió muy estúpida por no advertir en seguida algo tan obvio; porque su sangre estaba entrando rápidamente en calor, y un resplandor rojizo bañaba el interior de la vivienda.

 

       Por primera vez después de muchos meses, el hogar estaba encendido. 

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4 mayo 2010 2 04 /05 /mayo /2010 19:01

CL

      En aquel momento, una parte de Balduino amaba a Gudrun como nunca antes, porque por un momento ella dejaba de lado a sus ovejas, de las que sin embargo dependía su subsistencia, por explicar su comportamiento y evitar que él la malinterpretara. Pero otra mitad de Balduino se hallaba a la defensiva, preguntándose si de verdad Gudrun no habaía estado jugando con él y si no se propondría seguir haciéndolo. Sin embargo, logró mandar de paseo a esta otra parte suya, lo suficiente, al menos, para componer una máscara de afabilidad que animara a la joven a hablar, aunque tras aquella máscara siguiera existiendo una cuota de recelo.

 

      -Habéis dicho que soy dura-comenzó Gudrun, con cierta dificultad-. Bien, ante todo permitidme aclararos que no elegí serlo, pero hay cosas que no pueden evitarse... No sé cómo explicar...

 

       -¿Tratas de decir, tal vez, que tuviste que hacerte dura para sobrevivir? Eso lo imagino. Contra ello nada tengo, al contrario: creo que es precisamentelo que me atrae de ti. Lo que sucede es que me convendría que no lo fueses tanto. Un hombre se siente inútil a tu lado. El impulso sel varón es proteger a la mujer, pero ¿qué protección se te puede ofrecer a ti?...

 

      Balduino iba a decir algo más, pero ella le pidió silencio colocándole una mano delante de los labios.

 

      -No sé si hay mujer tan dura como eso-dijo, mirándolo con sus ojos de color celeste lavado-. Yo no lo soy, y menos desde que murió mi madre, el invierno pasado. Odio el frío, siempre lo he odiado; pero mientras ella vivía me resultaba más llevadero. Cuando volvía a casa, el hogar estaba siempre encendido. Desde que ella murió permanece apagado, porque no soporto hachar leña...

 

      -¿No?-preguntó Balduino, con asombro-. Es raro. Supuse que serías capaz de arreglártelas sola.

 

       -No es por el esfuerzo físico, simplemente odio hachar; prefiero, y eso que es algo que también detesto, morirme de frío. Durante el resto de aquel invierno, una corriente helada entraba por la abertura del hogar. Como además me sentía sola, en cierto momento creí que enloquecería. Fue entonces que recurrí a Erika-Gudrun enrojeció, avergonzada-; pero imagino que ya alguien, o todos, os habrán referido esa parte de la historia...

 

      Balduino asintió, aun preguntándose si lo que le habían contado coincidiría con la versión de Gudrun. Esta, se decía, había ido a visitar a la vieja Erika para que le adivinara el futuro a través de las cartas. La vieja ni su propia fecha de nacimiento, que tal vez se remontara a varios milenios atrás, habría podido adivinar; pero ya fuera para complacer a su ocasional e inesperada clienta o para consolarla de esa soledad que tan mal sobrellevaba, le había "vaticinado" que un apuesto Caballero se enamoraría perdidamente de ella; es decir, la misma tontería edulcorada que cientos de adivinas y zahoríes de todo el Reino repetían a sus clientas más jóvenes... Pero daba la casualidad de que, por ese entonces, corría el persistente rumor de que se enviaría a un Caballero a Freyrstrande, para protegerlos de los grifos y también de los Wurms, caso de que éstos se presentaran por aquellas costas.

 

      -A veces, para seguir adelante, una necesita creer en lo que sea, incluso en el disparate más absurdo-prosiguió Gudrun, así que me tomé en serio la "predicción" de Erika. Para cuando caí en la cuenta de que estaba creyendo en una gansada, el invierno, lo más duro de soportar, ya había quedado atrás. Seguía viva... Y había tomado la costumbre, cuando iba a apacentar a mis ovejas o volvía de hacerlo, de desviarme con la majada hasta la playa, para esperar al Caballero anunciado por Erika. Ya sé que me portaba como una estúpida, pero ser mujer y estar sola puede ser terrible a veces. Una necesita del pecho de un hombre para apoyarse en él y relajarse, un hombro fuerte sobre el que echarse a llorar cuando todo es un desastre. Aquí en la aldea no tenía nada. Kurt y yo siempre nos quisimos, pero como hermanos; no se nos habría ocurrido relacionarnos de otra manera, y además él ya tiene novia. Quedaba sólo el idiota de Thorstein el Joven, que era un zángano y al que me alegro que hayáis enviado a Kvissensborg para enderezarlo, aunque será un milagro que lo logréis. Cuando más desesperada estuve, creo que hasta a él hubiera aceptado; pero también tenía novia, por lo que me indignó que tratase de seducirme sin al menos romper primero con Gerd. Luego fue ella quien lo dejó, pero ya era tarde, yo ya nada hubiera querido saber de él. Y no había nadie más. ¿Qué iba a hacer, irme a otra parte... No habría tenido con qué empezar de nuevo, ni entiendo nada de dinero. Y me daba miedo y vergüenza vender mi cuerpo para subsistir.

 

      'Una tarde, cuando volvía de pastorear a mis ovejas y, según mi costumbre de entonces, me había desviado con ellas hacia la playa, llegasteis vos. En ese momento fui capaz de ver sólo el color de vuestros cabellos, idéntico al resplandor rojizo de la lumbre del hogar. Amé de inmediato vuestros cabellos y, si bien más tarde me obligué a recobrar la cordura, en ese momento mi insensatez no conoció límites. Me pareció demasiada casualidad que vuestros cabellos tuvieran ese color que yo amaba... Y en ese momento creí ciegamente en la predicción de Erika.

 

      -Gudrun, no te entiendo, ¿por qué eres tan complicada?-preguntó Balduino, quien comprendía cada vez menos-. Me tienes prácticamente a tus pies.

 

      -En otra oportunidad ya hablamos un poco de eso, señor Cabellos de Fuego. Seré más explícita ahora, pero permitidme, ante todo, aclararos que mi familia no es de aquí. Mis padres vinieron de otro lugar, no importa ahora cuál. Mi madre me contó de mujeres de nuestra familia que conocieron a Caballeros que estaban de paso y que no eran nada de lo que la gente imagina de ellos. No eran amables, nobles ni refinados sino, por el contrario, desagradables, viles y toscos. Naturalmente, no recordé nada de ello cuando oí el supuesto vaticinio de Erika, ni tampoco después, al veros por vez primera. Lo recordé luego, tuve miedo y me forcé a poner de vuelta los pies sobre la tierra. Pero antes de que ello sucediera, cometí el error de contarle a Heidi acerca de vos, vuestros cabellos, lo mucho que me recordaban el resplandor del hogar y la profecía de Erika. No fue la mejor idea que pude tener. Al poco tiempo lo sabía todo Freyrstrand, Kurt en primer lugar, y ya habéis visto cómo es él... Y también lo sabía el sabandija de Hansi, esa peste, que, según me dijeron, no tuvo mejor ocurrencia que ventilar todo esto por Vindsborg...

 

      Balduino asintió en silencio.

 

      -Las mujeres de mi familia no fueron afortunadas en el amor, señor Cabellos de Fuego. A una de mis tatarabuelas la estranguló su esposo; mi bisabuela se enamoró de un buen hombre y quedó viuda nueve días después de la boda; a su hermana la violaron siendo muy joven y ya nadie la quiso por esposa; mi abuela creyó que se casaba con un hombre bueno y trabajador, pero éste, ya casado, cambió horriblemente de carácter, tornándose un borracho violento que acabó amatándola a golpes; una prima de ella se fugó con el hombre al que amaba, y éste la abandonó tras robarle sus ahorros. Hay más, pero creo que con esos ejemplos bastan. ¿Pesa una maldición sobre las mujeres de nuestra familia, como se llegó a decir en las últimas generaciones? Yo no sé; pero con semejantes precedentes, creo que entenderéis que intentamos protegernos a nosotras mismas del amor y sus trampas falaces. Yo crecí escuchando cosas horribles acerca de los hombres y el matrimonio, pero ni mi madre podía negar que aquí, en Freyrstrande, hay parejas felices, o tan felices como se puede ser en medio del infortunio; caso de Thom y Thora. Cuando comencé a conoceros bien, se me hizo particularmente difícil seguir creyendo en esas cosas horribles sobre las que tanto hablaba mi madre. Una de esas cosas, cierta o no, es que en su mayoría los hombres no aman más que a sí mismos, y que las virtudes que parecen aflorarles emergen sólo para seducir a la mujer que les gusta, y desaparecen luego de la boda. Traté de convencerme de que también vos erais así, pero por desgracia, y por mucho que os rehuyera, no podía evitar cruzarme con vos y observaros de tanto en tanto, o escuchar lo que de vos se contaba en Freyrstrand; y cuanto veía o escuchaba indicaba que no erais nada de eso, sino todo lo contrario. Erais tal cual os mostrabais: igual de protector con una mujer joven que con Herminia, Hrumwald o incluso grifos o lobos; con los cual, muy a mi pesar, terminé enamorándome de vos muy en serio. Yo quería mantenerlo en secreto, señor Cabellos de Fuego, porque no es mi intención seguir el mismo destino que las otras mujeres de mi familia. En el mejor de los casos, un día os iríais de aquí, y regresaríais a vuestro mundo, adonde yo no podría seguiros, porque sería extraña en él. Lloraré menos vuestra partida guardando distancias físicas y emocionales; pero es difícil tratar de sofocar un sentimiento tan potente. Si no he sabido ocultar el mío, os ruego que me disculpéis. Creedme, jamás fue mi intención decir una cosa con palabras y otra con gestos, como me reprochásteis.

 

       Balduino permaneció silencioso y pensativo unos instantes.

 

      -No sé qué decirte-comentó; y tras otro silencio un poco más prolongado, durante el cual paseó la mirada por su entorno, como si el bosque pudiera proporcionarle respuestas, añadió:-. No quiero forzar a nadie y menos a ti. El solo hecho de que correspondas a mis sentimientos me honra y me emociona, aunque lamento que quedemos sólo en eso. Entiendo tu miedo. De hecho, porque sé lo que es sentir miedo es que no deseo forzarte a nada. No sé si serías extraña en mi mundo. Yo lo era en el tuyo, pero me habitué a él, aunque supongo que unos se adaptan mejor que otros a los cambios. De todos modos, te agradezco tu franqueza. Sólo te daré un consejo: puede que en algún momento conozcas a otro hombre, quizás uno mucho mejor de lo que yo jamás llegaría a serlo. Eres mujer de coraje si tienes que serlo. Hay ocasiones en que vale la pena luchar contra lo que sea. Llegado el momento, arremete contra tu temor con la misma decisión con que manejas la honda contra los depredadores que acechan tu rebaño.

 

      Iba a montar otra vez, con la melancolía agobiándole el alma, cuando nuevamente lo detuvo Gudrun:

 

       -Esperad, señor Cabellos de Fuego, que falta la parte más importante. A alguien tengo que contárselo, ocurra lo que ocurra luego, y si no puedo confiar en vos, no puedo confiar en nadie. Tiene que ver con mi padre. Tal vez hayáis oído algo al respecto.

 

      -Me contaron que era muy cruel con tu madre-contestó Balduino, mirándola de nuevo-, Un motivo más, supongo, para que temas relacionarte con hombres. Pero ahora tu madre está más allá de cualquier sufrimiento, y a tu padre no se lo volvió a ver luego de aquella fuerte nevada durante la que se fue de tu hogar. Lo dieron por muerto. Si volviera, yo no permitiría que te hiciera daño; de modo que si es éso lo que te preocupa, estáte tranquila.

 

         Gudrun pareció dudar mucho acerca de la conveniencia de seguir hablando, pero finalmente se decidió:

 

      -Era mucho peor que la bestia más salvaje que pueda caminar sobre la tierra, señor Cabellos de Fuego-dijo, muy nerviosa-. Se iba del hogar durante largas temporadas, pero eso era lo mejor que podía ocurrirnos a mi madre y a mí; cuando regresaba, nuestro hogar era un infierno. Gritaba, golpeaba a mi madre, se embriagaba. Si alguien intervenía para defendernos,  luego se desquitaba con nosotras, tratándonos peor que nunca.

 

        -No se atreverá a tal cosa estando yo aquí, Gudrun. Te repito, puedes quedarte tranquila-insistió Balduino, colocándole una mano en el hombro y hablándole con ternura-. No podrá hacerte daño.

 

      Pareció que Gudrun había quedado convencida, cuando en realidad luchaba ferozmente consigo misma. Antes de que Balduino, por tercera vez, se dispusiera a montar, comprendió ella que el momento de hablar era entonces o nunca; que jamás hallaría de nuevo valor para acercarse a él y abordar el horrible secreto que la atormentaba. Entonces, tensa y lívida como nunca, murmuró:

 

       -Sé mejor que vos que mi padre ya no podrá hacerme daño.

 

        Balduino la miró, intrigado por el tono de la frase, a la vez críptico y firme. Y entonces añadió Gudrun, en medio de una creciente atmósfera de espanto:

 

       -Y sé que no podrá hacérmelo, porque no es verdad que se lo vio por última vez cuando abandonaba Freyrstrande en medio de una tormenta de nieve. Maté a mi padre, señor Cabellos de Fuego. Lo asesiné a hachazos para evitar que matara a golpes a mi madre. 

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3 mayo 2010 1 03 /05 /mayo /2010 19:31

      Balduino interrumpió en ese punto su relato, del que Gudrun no supo qué creer. Incluso en Freyrstrande circulaban desde muy antiguo historias en las que hombres, guerreros sobre todo, se transformaban en lobos u osos; pero ella jamás había sido testigo de semejantes transformaciones, ni les había concedido el menor crédito. Pero era un relato tan elaborado que parecía imposible que fuera inventado. Además, Balduino reconocía haber sentido miedo y hasta llorado. Los hombres no se jactan de debilidades imaginarias; como mucho, las confiesan si son reales.

 

      Si está loco, al menos la suya es una dulce locura, pensó la joven. Valía la pena, aunque más no fuera por curiosidad, permitirle probar sus palabras, aunque el sentido práctico de Gudrun se oponía: siempre sería más fácil esgrimir la honda contra una manada de bestias pulguientas y asesinas que contra una tribu de ladrones de ovejas que sólo buscaban sustento para ellos y para sus hijos; y así vería ella a los lobos, si resultaba ser que Balduino no decía tonterías.

 

      -Desmontemos aquí-propuso Balduino, llegados a cierto trecho-. Estamos a punto de llegar a territorio de lobos. No quiero que Svartwulk siga adelante; si se mete en sus dominios ellos podrían considerarlo, con justa razón, una presa a la que tendrían derecho.

 

      -¿Y cómo sabéis que éste es su territorio?-preguntó Gudrun, desconcertada-. Creí que los lobos consideraban su territorio a cualquier lugar donde ellos se hallaran.

 

      -No creas. A veces cambian de hogar, es cierto; pero siempre puedes reconocer el territorio que ellos consideran como suyo, porque cada tanto los machos lo delimitan con su propia orina. En Vindborg, todo el mundo tiene prohibido ingresar en los dominios de los lobos salvo expresa autorización mía, incluso Ursula... Aunque dudo que incluso ella quisiera entrar aquí, prohibición o no-y Balduino recordó a ursula llorando desconsoladamente por la loba a la que había matado sin advertir la preñez del animal-. Nosotros iremos hasta el límite, cosa  de que los centinelas adviertan nuestra presencia y nos salgan al encuentro, pero no más allá. Quiero respetar la promesa que hice a aquel licántropo de no abusar de mi conocimiento del lenguaje de los lobos. Una intromisión en su territorio me parecería un abuso; ¿de acuerdo?

 

      -Como gustéis, señor Cabellos de Fuego, sois vos y no yo quien quiere estar frente a frente con esas bestias; pero primero os ruego que me dejéis aplicaros estas hierbas a vuestra herida, que ya me aburrí de tenerlas en la mano, como una tonta.

 

       -Ah, la herida... La verdad, me había olvidado de ella...

 

       -Ya me di cuenta. Sois bastante duro.

 

       -Tú lo eres más. Dura y quizás hasta un poco insensible, si me permites que te lo diga. Me haces doler...-en ese momento, como para corroborar estas palabras de Balduino, Gudrun aplicó las hierbas a la herida, y él sintió una punzada de dolor.

 

      Gudrun esbozó una sonrisa un tanto triste.

 

      -Pues jamás fue mi intención, señor Cabellos de Fuego. ¿Puedo preguntaros por qué opináis así?

 

      -Lo sabes de sobra... O deberías saberlo.

 

      -No llamaría insensibilidad al hecho de no corresponder a un galanteo.

 

       -Yo tampoco... Pero decir que no con palabras, y otra cosa opuesta con gestos del rostro y del cuerpo sí es una muestra de insensibilidad, de que no te importa hacer sufrir a quien te ama. A veces estoy seguro de que es exactamente lo que haces tú.

 

      Gudrun empalideció, en apariencia disgustada, y pareció a punto de replicar; pero a último momento algo la detuvo, y se mordió los labios. Balduino aguardó unos instantes, por si ella se decidía a hablar; casi prefería que lo insultara antes que continuara tan extrañamente muda.

 

      Cuando pareció obvio que aquel silencio podría prolongarse hasta el infinito, Balduino, apretando la compresa de hierbas contra la herida, lanzó un resoplido y sugirió continuar adelante. Gudrun le siguió, pero ambos habían perdido buena parte del interés inicial, hasta que el olor de ambos llegó hasta los lobos que montaban guardia en las cercanías. Ahí el instinto de supervivencia hizo desaparecer toda apatía; es más, Gudrun, automáticamente, se llevó la mano hacia su honda, hasta que recordó que precisamente habían venido allí porque Balduino intentaría demostrar que con los lobos se podían zanjar diferencias de otras maneras. Sin embargo, era difícil no echar mano a un arma viendo a tres o cuatro bestias feroces como aquéllas venírsele encima a uno.

 

      Balduino imitó un aullido; los lobos aminoraron la velocidad, estupefactos, hasta detenerse casi por completo. Sus ojos inteligentes y enigmáticos escrutaron a aquella criatura de apariencia hostil que, no obstante, les hablaba en el idioma de ellos. La confusión los embargó y se removieron inquietos, emitiendo algo semejante a un gañido. Alguno volvió la mirada hacia Gudrun y ésta, por las dudas, se puso a aullar tambiém; y enseguida aquellas fieras y otras de su misma especie, que a juzgar por los restos de nieve en sus pellejos acababan de arrastrarse fuera de sus cubiles, se pusieron a corear a ambos jóvenes.

 

      Así estuvieron alrededor de media hora hasta que por último los lobos, que se habían echado a los pies de Balduino y de Gudrun, se alzaron sobre sus cuatro miembros y se alejaron. Entonces Balduino, satisfecho de haber probado que decía la verdad respecto a aquel asunto, volvió sobre sus pasos, seguido por Gudrun, hasta hallarse de nuevo junto a Svartwulk. Ya había puesto el pelirrojo un pie en el estribo, cuando ella lo aferró por el brazo.

 

      -Señor Cabellos de Fuego, me ha dolido lo que dijisteis acerca de decir una cosa con palabras y otra con gestos; pero al mismo tiempo me doy cuenta de que, en cierto modo, puede que tengáis algo de razón. Sin embargo, no es algo que haya hecho a propósito. Dadme, os lo ruego, una oportunidad para explicarme, pues lamentaría que me juzgarais mal; pero seguramente demoraré mucho, puesto que ni por dónde empezar sé. Tal vez no dispongáis de tanto tiempo.

 

      Balduino suspiró aliviado, bajó el pie del estribo y la encaró.

 

      -Todo el tiempo del mundo, Gudrun, si es para eso-dijo-. Pero, ¿y tus ovejas?

 

      Era evidente que ese asunto también la preocupaba a ella, pues gestituló mucho, como vacilando entre correr a cuidar de su majada o quedarse allí.

 

      -Ahora esto es más importante-concluyó al fin, frustrada.

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3 mayo 2010 1 03 /05 /mayo /2010 18:28

      Se le asignó un caballo, porque en aquel entonces aún no tenía a Svartwulk; y partió poco antes de la caída del sol, previo estudio, mapa mediante, del trayecto a seguir. Fueron dos noches y media de cabalgata, las dos primeras en oscuridad casi total, en tanto que la tercera resultó un tétrico novilunio en medio de un bosque de árboles retorcidos, deformes casi. En todo momento, un coro de lobos acompañó a Balduino hasta el final del viaje, que lo llevó a una solitaria cabaña oculta entre la foresta donde, conforme a las instrucciones, hallaría a un tal Nemoroso (nombre probablemente falso) a quien entregaría el mensaje, previo intercambio de santo y seña..

 

      Llegó a la cabaña en cuestión poco después de la tercera medianoche. Distinguió su contorno borroso, pero nada más. Desmontó y ató el caballo a un árbol para asegurarse de que en animal no lo abandonara en aquel sitio poco regocijante; luego buscó a tientas la entrada de la cabaña. Estaba en ello cuando escuchó, aterrado, que el caballo relinchaba nerviosamente. Unos gruñidos en las tinieblas terminaron de dibujar en su mente la ominosa realidad que sus ojos no podían ver salvo como borrones casi amorfos: el sitio estaba invadido por lobos.

 

      No disponiendo más que de una daga para defenderse en ese momento, siguió desplazándose muy lentamente en torno a la cabaña. Entraría en ella y con la ayuda de Nemoroso, pensabam se abriría paso a través de los lobos y salvaría al caballo. La primera parte del plan, entrar en la cabaña, fue exitosa, y rápidamente Balduino cerró la puerta tras él para que las bestias quedaran afuera,. No reparó en que la había hallado entreabierta. Sólo lo advirtió cuando, presa de un pánico sin límites, nuevos gruñidos lo alertaron sobre la presencia de lobos también allí adentro.

 

      El viaje había terminado sin que pudiera al menos cumplir con la misión que le habían encomendado. La cabaña era ahora dominio de lobos; posiblemente desde hacía tiempo, ya que el tufo de la orina de los machos era insoportable en el interior de la vivienda. Inmóvil y sacudido por escalofríos, Balduino se preguntó, por primera vez, si realmente habría existido tal misión. Pero, pesimista, no se le ocurrió que tal vez estuvieran probando su lealtad, sino que lo habían enviado allí a sabiendas de que la cabaña sería una trampa mortal y para deshacerse de él, tal vez por temor a que revelara la identidad de El Justo. Resultaba extraña y azarosa aquella forma de eliminar a alguien, pues requería de dos noches y media de cabalgata y la certeza de que la víctima no se desviara del rumbo; pero tal vez era la única deducción que podía esperarse de quien jamás se había sentido querido por sus semejantes y que, para colmo, estaba asustado y con sobrados motivos para estarlo.

 

      Las piernas le flaquearon ante la traición de la que creía haber sido objeto. Cayó de rodillas, rompiendo en llanto, esperando el inminente fin. Uno de los lobos que había en la cabaña se le acercó pero, en vez de atacarlo, comenzó a aullar, siendo respondido por los demás, tanto allí adentro como afuera de la vivienda. Ninguno amagó agredirlo.

 

      Por último, allí donde había estado el lobo más próximo a Balduino, apareció minutos más tarde un hombre. El pelirrojo no lo vio, pero escuchó su voz tranquilizadora:

 

      -Calma hijo. Ya amanecerá de nuevo-y éstas últimas palabras eran la contraseña.

 

      Balduino, sorprendido, se secó sus lágrimas y replicó según se le había dicho que lo hiciera:

 

      -Como luego de todas las noches.

 

      -Traes algo para el viejo Nemoroso, ¿eh?

 

      -Sí.

 

      -Soy yo. ¿Quién te envía?

 

      Balduino vaciló. ¿Debía mencionar al señor Ben Jakob, a El Justo o bien a la Orden?

 

      -No sé-contestó prudentemente.

 

      -¿Y tú te llamas...?

 

      -No importa.

 

      -Es cierto, no importa. Dame lo que tienes para mí, te daré tu recompensa y te marchas por donde viniste.

 

      -Nadie dijo nada de recompensas ni me es lícito aceptarlas, pero tomad lo vuestro-dijo Balduino, sacando el mensaje de la escarcela, donde lo llevaba guardado. Se lo pasó al hombre, pero las manos de ambos de desencontraron por un momento, y al tacto advirtió Balduino que aquel individuo estaba desnudo. Se trataba sin duda de un hombre con la capacidad de convertirse en lobo y que acababa de recobrar forma humana. Quedó pasmado. Había oído acerca de transformaciones similares, por supuesto; pero era la primera vez que se hallaba frente a pruebas más o menos concretas de que las mismas eran reales

 

      -Tal vez nadie te haya mencionado una recompensa, pero igual deseo darte algo. No se trata de algo material; de eso, poco y nada tengo-aclaró Nemoroso, tomando al fin el papel-. Pero por este mensaje has pasado un buen susto, y mereces no pasar por él nunca más. Creo que eso te interesará.

 

      -Sí, claro

 

      -Perfecto. Sabe entonces, muchacho, que pese a que se la considere una bestia malvada, el lobo es menos peligroso para el hombre que al revés. Los lobos, como los seres humanos, en definitiva no buscan más que sobrevivir. Desde que unos y otros están en el mundo, viven en guerra constante, y durante cierto tiempo la supremacía correspondió a los lobos, que contaban con mejores armas. Pero mientras ellos quedaron con las que ya tenían, los hombres perfeccionaron las suyas, y desde entonces la contienda tiene sólo un resultado posible, aunque la lucha continúe. Los lobos no razonan, sólo sienten, y creo que lo que hoy sienten más que nada es su derrota. por eso evitan al hombre en la medida en que les es posible, y sólo lo atacan, a falta de otras presas, en lo más crudo del invierno. Por los perros, sus parientes, creo que sienten encono también, porque cuando les dan muerte devoran sus cadáveres con especial fruición, tal vez en venganza por haberse sometido al yugo humano. Pero nunca podré saberlo a ciencia cierta, porque un licántropo no es un lobo, y en él se unen los sentires de dos especies enemigas, confundiéndose de un modo en que sólo podría entenderlo otro licántropo. Un hombre-lobo ve a un perro y, razonando como hombre, lo identifica como traidor a la raza lobuna; y no obstante, el odio que surge de tal razonamiento es porque ve los hechos desde la perspectiva de un lobo. Si los lobos, sin razonar, sienten de todos modos que los perros los han traicionado, es difícil de comprobar, pero así debe ser, puesto que les dan trato de enemigos si los tienen a su alcance. De todas formas, me consta que son conscientes de su derrota y que han aprendido a temer al hombre. Puede que un día a los lobos no les queden más que unos pocos reductos. Tal vez terminen desapareciendo, como los leones, o tal vez no. En cualquier caso, tú estarás en el bando vencedor. Puesto que serás un Caballero y no un bárbaro, deberás tratarlos con respeto y misericordia, y recordar que cuanto hicieron fue sólo para sobrevivir. Al señor Ben Jakob le complacerá que también en este aspecto demuestres nobleza...

 

       Por esta última frase advirtió Balduino que el licántropo sabía de sobra quién enviaba el mensaje, pero no hizo comentarios.

 

      -Ahora-continuó el licántropo envuelto por las tinieblas-, te enseñaré el lenguaje secreto de los lobos, o lo que seas capaz de aprender de ese idioma. Lo cierto es que los lobos hablan entre sí también valiéndose del cuerpo, pero como careces de cola y no puedes mover tus orejas, sólo podrás reproducir el habla aullada. Cuando la sepas, tú estarás en ventaja absoluta sobre los lobos, que no se atreverán a atacarte. No podrán entender por qué dominas su idioma aunque te veas como un enemigo y, por las dudas, te dejarán en paz. No abuses de ese don, pues de eso se trata; no lo uses para arengar a los lobos contra tus propios enemigos o cosas por el estilo. ¿Podré confiar en ti? ¿Serás capaz de recordar que hubo lobas que amamantaron bebés humanos, igual que personas que criaron lobeznos? ¿Entenderás que, a su manera, ambas especies por igual aman y respetan la vida?

 

      -Lo recordaré. Tienes mi palabra-contestó Balduino en tono firme. Tal vez no creyera en Dios, pero en ese momento tenía la sensación de protagonizar un instante místico o sagrado.

 

      -Muy bien-aprobó el licántropo-. En ese caso, comenzaremos con el aullido más importante para ti, porque es el que te evitará ser presa de los lobos: la señal de auxilio...

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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • : ...LA NOVELA FANTÁSTICA QUE, SI FUERA ANIMAL, SERÍA ORNITORRINCO. SU PRIMERA PARTE, PUBLICADA POR ENTREGAS.
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