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26 marzo 2010 5 26 /03 /marzo /2010 21:12

      Apenas se fue el mensajero, Balduino llamó a Anders para que lo ayudara a calzarse la armadura.

 

      -Voy a Kvissensborg-explicó-. Mientras tanto quiero que montes a Slav y recorras Freyrstrande previniendo a los aldeanos acerca de esos tipos que se fugaron. Estáte atento a sus reacciones; tal vez los fugitivos hayan buscado refugio en el hogar de alguno de ellos tomando rehenes para evitarser delatados. Presta especial atención en viviendas habitadas, hasta donde te conste, por personas especialmente vulnerables, como ancianos o mujeres solas, porque allí sería más fácil que los malhechores estuvieran escondidos. Y el hogar de Kurt déjalo para lo último: con cuatro hombres fuertes, es dudoso que sea la primera opción de un fugitivo. Di a todos que tengan cuidado; que se encierren en sus casas si ven presencias forasteras en los alrededores.  Y si notas algo extraño, vuelves a Vindsborg y alertas a Thorvald, si para entonces yo no hubiese llegado aún.

 

      -Puedo ocuparme solo-respondió Anders.

 

      -No, Anders, ni se te ocurra intentar nada por tu cuenta. No es que no sepas defenderte, creo que en eso podrías arreglártelas solo, como dices. Pero los fugitivos son Landskveisunger, gente sin honor, códigos ni escrúpulo alguno, que tratarán de hacerte soltar las armas del modo más cobarde: amenazando con matar a rehenes indefensos. Son malos enemigos para tener y, en realidad, ni yo quisiera enfrentarme a ellos. Pero si la mala suerte quiere que nos toque luchar contra ellos... Pues... Qué remedio, contra ellos habrá que luchar, supongo...

 

      Anders no dijo nada y siguió ayudando a Balduino a ponerse la armadura. El pelirrojo advirtió la tensión que se había creado entre los dos.

 

      -Entiendo tu impaciencia por probarte en un combate real. No olvides que viví esa situación antes que tú-dijo con suavidad, colocando sobre el hombro de Anders la diestra ya enfundada en el guantelete-. Ya se te presentará otra oportunidad. Pero en un Caballero es más importante el respeto por la vida humana... Entre otras cosas.

 

      Anders sonrió un tanto forzadamente. Era un buen muchahco, pero lo atraían demasiado la aventura y la acción, y Balduino sabía que esas cosas a menudo eran simple oropel y un  pobre sustituto de la verdadera gloria de la Caballería: la defensa de ideales elevados y causas justas.

 

      Salieron afuera. En el momento en que se disponía Balduino a montar sobre Svartwulk, dijo Anders:

 

      -No sé qué pretendes yendo a Kvissensborg, pero cuídate. Y desvíate un poco para prevenir a Gudrun-sonrió al tiempo que guiñaba un ojo-. Por desgracia, a ella no podré avisarle, está fuera de mi recorrido. Además, tú conoces mejor que yo esas dehesas adonde ella conduce a sus ovejas a pastar, ¿no?-preguntó con aire fingidamente cándido-. Trata esta vez de ampliar un poco más tus horizontes. No lo conseguirás en posición de cuerpo a tierra, te aviso.

 

       Era una amable burla por todas las veces que Balduino había ido a las dehesas en cuestión a espiar a Gudrun ocultándose tras las altas pasturas.

 

      -Te ves soberbio, hombre, no te preocupes. Parte de una buena vez-exclamó Anders, viendo a Balduino evaluar su aspecto, preocupado; y el pelirrojo decidió que era un sabio consejo, se despidió y se puso en marcha.

 

      En alguna oportunidad, Gudrun lo había visto ya con armadura, en una ocasión en que la misma parecía un tanto fuera de lugar. Balduino se sintió entonces ridículo en grado inenarrable, máxime por trabarse al hablar y hasta equivocar varias veces las palabras.

 

       Sin embargo, el recuerdo del incidente ya no cohibía tanto a Balduino. Tal vez porque en este caso el atuendo de guerra no estaba en absoluto fuera de lugar. Por el momento debía considerar Kvissensborg como territorio enemigo, y no excluir la posibilidad de que hubiera lucha, si bien intentaría evitarla.

 

      En este estado de ánimo se apersonó Balduino en las dehesas aledañas al Duppelnalv, un malezal de pastos duros de mediana altura. Allí encontró a Gudrun cuidando de su reducida majada.

 

       Era un día ventoso y frío, aunque soleado a medias, porque nubarrones de negrura tétrica avanzaban desde el Norte, cual huestes invasoras avasallando los últimos baluartes del verano que tocaba a su fin. Días como ésos favorecían la apariencia de Gudrun. No era una mujer a quien le sentaran los cuidados y frívolos peinados de la nobleza; por el contrario, los cabellos enmarañados y en constante alboroto por las sucesivas ráfagas realzaban su aspecto tosco y salvaje de deidad de la tierra, dura y combativa. Y las alternancias que en el firmamento tenían lugar entre luces, penumbras y sombras de alguna manera le conferían también a ella un aire misterioso y no del todo de este mundo.

 

      La sonrisa con que Balduino se acercó a Gudrun fue de deleite por lo que veía; ella, sin embargo, creyó que era de amabilidad, y sonrió a su vez.

 

      Sin bajarse de la montura, él le explicó lo de la fuga acontecida en Kvissensborg.

  

       -Gracias, señor Cabellos de Fuego-contestó ella, apartando con la mano un mechón rojio que el viento se obstinaba en empujar hacia sus ojos color celeste lavado, estorbándole la visión-. Me cuidaré.

 

      Balduino asintió, se despidió de ella y volvió grupas a Svartwulk, haciéndolo marchar al paso. Se había alejado un corto tramo, cuando resonó en las alturas el agudo chillar de un grifo. Miró hacia arriba: allí estaba la fiera, planeando en círculos.

 

       Volvió su cabeza hacia atrás, y vio a Gudrun sosteniendo su cayado de pastora con mano firme, la cabeza en alto y la vista fija en el grifo mientras con la mano libre se protegía los ojos del sol. En ese instante un nubarrón oscureció brevemente el día. Gudrun bajó su  mano, sin dejar de mirar al grifo y con el viento fustigando su cuerpo y tironeando de sus cabellos y su vestido. Su semblante desagraciado pero de rasgos enérgicos y temperamentales pareció cubrirse de altivez.

 

       Balduino se sintió de pronto como bajo un encantamiento, y entonces algo pareció empujarlo hacia Gudrun; Freyrstrande, tal vez, que le obsequiaba una de sus hijas más dilectas. Y regresó junto a ella, muy seguro de sí mismo, como si su armadura pudiera guarecerlo también de un eventual rechazo amoroso.

 

       Ella se asombró al verlo de regreso.

 

       -¿Olvidasteis decirme algo?-preguntó, mientras él desmontaba.

 

      -Sí-contestó él y, sin decir más, se le acercó y la tomó entre sus brazos y la besó; y en ese beso volcó toda la pasión que desde hacía tiempo venía consumiéndolo incluso cuando él no la sentía, como esos fuegos adormilados que lenta pero inexorablemente, casi reducidos a una simple brasa, corroen la madera de un árbol, hasta que una súbita ráfaga hace estallar el incendio.

 

       -¿Por qué hicisteis eso? Ha sido una tontería-reprobó ella, un tanto molesta, cuando sus labios se separaron de los de él.

 

       Se le ocurrió a Balduino que en efecto tal vez lo hubiera sido; pero lo hecho, hecho estaba. Decidió no achicarse.

 

       -Porque pudo serlo para ti, pero no para mí-contestó, mirándola a los ojos de un modo perturbador-. Yo ya no daba más; algo tenía que hacer.

 

        -Bueno, ya lo hicisteis-dijo Gudrun-. Ahora debo rogaros que os marchéis de aquí.

 

      -No seas tan dura, por favor. ¿Qué daño te he hecho? Fue sólo un beso. Y si vas a rechazarme, al menos quisiera saber la razón.

 

       -Las mujeres sufren a manos de los hombres, y en mi familia más todavía. Mejor estar sola.

 

      -Si ése es tu único motivo, te demostraré que no es mi intención hacerte sufrir.

 

      -Nunca lo es, señor Cabellos de Fuego, pero las mejores intenciones del mundo nada garantizan, y los sentimientos son muy traicioneros. A veces simulan ser una cosa cuando en realidad son otra muy distinta. Muchas personas, mujeres especialmente, se apoyan demasiado en sus sentimientos. Grave error. Es confiar todo su peso a un bastón muy quebradizo.

 

      -Puedo asegurarte, querida, que los míos son un bastón muy firme: Puedes apoyarte en ellos sin temor.

 

       -Y aunque así fuera, ¿qué? Ese bastón se iría con vos cuando os marcharais de Freyrstrande; con lo que tendría que valerme de nuevo sólo de unas piernas ya demasiado habituadas a un apoyo extra. No, señor Cabellos de Fuego: esto no puede ser. Seguramente alguien os llevó ciertas indiscreciones; haced la merced de olvidarlas. Luego de todo sueño llega el momento de despertar y entender que todo fue un sueño muy agradable, pero no más que eso.

 

       -Cuando me fuera de Freyrstrande, yo te llevaría conmigo.

 

       -Qué facil es hacer promesas... Pero, ¿por qué querría ir yo con vos? Mi mundo es éste, me sentiría incómoda en cualquier otro y eso de hacer renuncias por amor definitivamente no va conmigo.

 

       -¿No me escondes tu motivo verdadero... como por ejemplo que, quizás, hay otro hombre?

 

       -Oh, como aquí hay tantos...-sonrió Gudrun, de forma tan contagiosa, que Balduino se vio sonriendo también.

 

       -Bueno, supongo que ya nos hemos dicho cuanto teníamos para decirnos-respondió, sin que la sonrisa se desvaneciera de su semblante, pero apenado-. Supongo que la próxima vez que corteje a una mujer, tendré que pedir prestados a Anders su rostro y sus dotes de seducción.

 

      -Saldríais perdiendo en el cambio. Vuestro rostro os sienta bien, y preguntad a Thorstein el Joven qué pienso yo de sus dotes de seducción y de los seductores en general. No hay nada de malo en vos, y tal vez ése sea el problema... Entre otros, claro-y Gurdun suspiró como vencida por una súbita debilidad.

 

      Balduino se estaba moviendo por terrenos para él desconocidos, de modo que no sospechó que la debilidad de Gudrun pudiera ser él; pero igual vio en los comentarios finales de ella una puerta entreabierta. Además, sabía que ya no tartamudearía ni enrojecería cuando volviese a verla, y tan solo eso era ya un enorme alivio.

 

      -Cuídate mucho-le recomendó antes de montar sobre Svartwulk y marcharse de nuevo.

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Published by EKELEDUDU
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