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24 septiembre 2010 5 24 /09 /septiembre /2010 18:54

      Antilonia es una región geográfica delimitada por los Ríos Antilón del Norte y Antilón del Sur en sus fronteras septentrional y meridional respectivamente, y por las cumbres del Espinazo de Lotario hacia el oeste y el río Rattapahl al este. Las tribus nómadas que la poblaban fueron duramente sometidas al vasallaje romano, aunque también hubo casos de fusión pacífica entre invasores e invadidos. Cuando Roma retiró sus legiones, Antilonia, de modo un tanto arrogante, pasó a considerarse heredera cultural y política de Roma en toda la Europa Traslotárica, y se erigió en reino independiente con capital en Iforas, la actual Tartre. Se conservan pocos datos concretos de su historia anterior al año 744 en que se sometió voluntariamente a Cernia, pero según tradiciones que la arqueología tiende a confirmar, hasta ese año Antilonia habría venerado a una deidad pagana protectora de la dinastía gobernante, identificada por algunos historiadores con Marte y por otros con Mitra, y manifestado abierta hostilidad hacia los cristianos, que habrían sido cruelmente perseguidos. Por último, Marciano de Antilonia se declaró vasallo de Maximiliano de Cernia y se convirtió al cristianismo. Sus hazañas en el campo de batalla le trajeron gran renombre y no mucho después de su muerte fue canonizado.

      Todos estos datos van para la persona, no sé quién fue, que quiso buscar datos geográficos sobre Antilonia en Internet, y no los encontró. Y ahora, para quienes empiecen a temer haberse quedado dormidos o ausentado durante las clases de geografía e historia del colegio, aclaración necesaria: todo lo dicho antes es, como decimos en Argentina, una truchada, puro bla bla, un invento de cabo a rabo. Los romanos jamás invadieron Antilonia porque ésta no existe, ni, casi, ningún otro lugar mencionado en EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO, excepto unos pocos, como Suomi, que es el nombre original de Finlandia. La Danzig que se menciona en el argumento ninguna relación guarda con la que existe en la realidad, y en cuanto a Drakenstadt, me enteré, después de haberla inventado de la existencia de una ciudad del mismo nombre en no sé qué país, supongo que Alemania.

      En realidad, el topónimo Antilonia surgió del deseo de confundir un poco a los lectores, dando una impresión de realidad que por lo visto en el caso apuntado más arriba logré con cierto éxito. Uno de los recursos a los que eché mano fue inventar, para la geografía de la novela, nombres que sonaran conocidos al lector. Antilonia no existe, pero sí Babilonia, Aquilonia (al menos en las novelas de Robert Howard), Polonia y quién sabe qué otras. La primera parte del topónimo tiene su origen en Antinea, nombre de una canción que estaba escuchando al momento de inventar la palabra, y también de una reina de la Atlántida en una novela cuyo nombre no recuerdo en este momento.

      La mención de San Marciano de Antilonia que hacíamos más arriba viene muy al caso para presentar al pobre Calímaco, segundón de la casa baronial antilonia que con semejante ancestro en su álbum familiar y las presiones para no ser menos, seguramente habría preferido nacer en cuna humilde y seguir oficio de zapatero; pero la nobleza no tenía muchas opciones, entraba en el clero o en la milicia. Si entraba en el clero estaba jodido, porque se esperaba de él, ni más ni menos, que llegara a santo, o eso podemos suponer con semejante precedente en lo tocante al ámbito religioso. Si entraba en la milicia estaba rejodido, porque el precedente de marras encima había sido el terror de sus enemigos, espada en mano. Perdido por perdido, Calímaco eligió la segunda de ambas opciones. ¿Por qué? Tal vez porque su ilustre antepasado en lo religioso había sido santo, pero en lo militar no un conquistador de un imperio, con lo cual el objetivo parecía humanamente más alcanzable. Quizás porque le pareció más divertido jugar con espadas que rezar todo el día. Tal vez porque, si alguien lo criticaba, espada en mano era más fácil acallar esas críticas, de buen grado o derramamiento de sangre mediante. Bueno, esta opción, en realidad, descartémosla. Calímaco es un buen muchacho.

      El problema fue que le tocó ser armado Caballero en muy mal momento, cuando los Wurms hostigaban el norte del reino. Con excelente voluntad para cumplir con su deber, e imaginándose posando para una foto con el pie sobre un dragón abatido por él mismo a punta de espada, el bueno de Calímaco se unió al primer contingente de refuerzos que marchó hacia dichas latitudes. Pareció que tenía suerte, que cuando llegó a Drakenstadt, los Wurms ya se habían ido. Pero allí estaban él y otros que habían venido a prestar auxilio y, aunque ya no fueran necesarios, había que agradecerles de algún modo. No pudiendo hacerlo personalmente por estar de guardia, Maarten Sygfriedson encomendó esa tarea a otros Caballeros, entre ellos Ignacio de Aralusia y Edgardo de Rabenland, el hermano de Balduino. Ignacio es más bueno que el arroz con leche y tiene paciencia para con las tonterías de novato de Calímaco; pero Edgardo, más sarcástico y para colmo con todo el peso de un día negro sobre sus espaldas, no es tan tolerante, y se burla alevosamente de él, hasta que por último termina despertándole un flanco protector y lo coloca bajo su ala.

      Desafortunadamente, esa noche estalla el desastre cuando los Wurms regresan esa noche de pánico y locura que dará inicio al llamado Día de la Gehenna. Ante la Muralla Oeste, bombardeada por el fuego asesino de los reptiles (a los que no puede ni quiere ver), el coraje del pobre Calímaco se desvanece. Ahí nomás rompe a llorar de terror, y se hace necesario que el temible y feroz Dunnarswrad lo sacuda y lo amenace con su vozarrón de trueno para que por fin el joven antilonio deje de lado su miedo y haga algo útil.

       Creo que en esos momentos Calímaco es un personaje muy entrañable. Ya nadie recordará su tontería anterior, y Edgardo menos que nadie. ¿Quién no puede entender que lo carcoma el miedo? ¿Quién no tuvo deseos, alguna vez, de darse de entrada por vencido de antemano, de echarse a llorar superado por una situación adversa? ¿Quién no se vio forzado a seguir adelante, pese a todo, porque algo o alguien muy similar a Dunnarswrad lo obligaba a continuar? Y sin embargo, Calímaco siente vergüenza de esa flaqueza suya, imagina que todos lo miran reprobatoriamente y no se da cuenta de que lo entienden demasiado bien, porque ellos mismos quisieran hacer otro tanto. Lo que ocurre es que saben que no pueden permitírselo a sí mismos. Por supuesto, siempre hay alguien que en esto baila fuera de compás, y ese alguien en este caso es el Gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, quien se siente avergonzado por esa reacción de Calímaco, a pesar de que él personalmente no parece tener gran protagonismo activo en el frente de combate. Típico de muchas personas, eso de no hacer nada pero criticar lo que hacen otros... Por suerte, en el momento en que a Calímaco se lo está mortificando viene Edgardo, muy arrepentido de los sarcasmos que le había dedicado, y de un puñetazo pone algunas cosas en su lugar. A quienes se avergüenzan de sí mismos por no haber podido ser fuertes todo el tiempo dedicaremos entonces ese glorioso puñetazo, para cerrar el presente artículo, y repitiendo palabras de Edgardo: con sólo estar allí, intentando hacer frente a lo que sea que los amenace, aun cuando en algún momento, incluso antes de empezar, sientan que ya no dan más. Lo entenderán aquellos que valgan la pena... Y quienes no lo entiendan, quizás no valgan mucho. Entre ser un Calímaco de Antilonia y un Tancredo de Cernes Mortes, siempre será preferible lo primero; y con seguridad un Calímaco no vale menos que un Balduino o un Maarten.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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