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3 agosto 2010 2 03 /08 /agosto /2010 21:28

 

      Aunque hacía poco más de tres cuartos de siglo el martirio de una joven (identificada por algunas tradiciones como Santa Claudia de Quintras) había sido el punto de partida de una rápida cristianización de Andrusia Oriental, subsistían aquí y allá reminiscencias de paganismo. Balduino, durante los últimos meses del año, había tardado en comprender que cierta fiesta muy mentada en Freyrstrand y conocida bajo el nombre de Yule era lo más parecido a Navidad que encontraría allí. Ni los aldeanos parecían saber del todo qué conmemoraba tal festividad, que duraba tres o cuatro días (tampoco sobre esto estaban del todo seguros) alrededor del solsticio de Invierno. Probablemente el motivo de tal celebración, comprensible en tierras tan frías e inhóspitas, fuera que el día más corto del año quedaba atrás, y que a partir de allí empezaría a haber, de a poco, más luz y calor.

 

      -Si serán…-gruñía Fray Bartolomeo, comentando muy indignado a Balduino que en todas las mesas de Freyrstrand, en ocasión del Yule, se reservaban sitios para los espíritus de los muertos que, se suponía, venían a sumarse a la celebración-. El nacimiento del Salvador, bien, gracias. No hay forma de meterles en sus cabezotas qué ha de conmemorarse en verdad. Y si había alguna esperanza de inculcárselo, ésta se fue al traste desde que llegó cierto hereje que conozco.

 

      Balduino se encogió de hombros.

 

      -Pues explicadles que se equivocan-sugirió desconcertado. ¿Qué tenía que ver él en todo ese asunto?

 

      -¿Y qué crees que hago todo el tiempo, so tonto, sino tratar de hacérselo entender? ¿Contar copos de nieve?

 

      -Como sea, ¿por qué me increpáis a mí?… ¡Si lo último que haría sería indicarles qué festejar y en qué fecha!… ¡Eso es de incumbencia vuestra, no de la mía!

 

      -¡Pues…por las dudas!

 

      Estaba clarísimo que el cura había hecho de rezongar contra Balduino su deporte predilecto; y aun existiendo pasatiempos que a juicio de la mayoría habrían resultado más amenos y saludables, él no estaba dispuesto a renunciar a ése, ni a cambiarlo por otro; pero el pelirrojo parecía no entender todavía el juego.

 

      -Y no me mires con esa cara-añadió, señalando a Balduino con un índice.

 

      -¿Qué cara?-preguntó Balduino, cada vez más perplejo.

 

      -Esa cara-contestó Fray Bartolomeo, como si eso aclarara la cuestión.

 

      -Mirad, ya sé que no es precisamente el más bello de los rostros, pero es el único que tengo, ¡qué queréis que haga!-exclamó Balduino, abriendo los brazos.

 

       -No te hagas el inocente, que sabes bien a qué me refiero. Conozco de sobra a los herejes taimados y maliciosos de tu calaña.

 

      -¡Bien, bien!…-exclamó Balduino, resignado-. ¡Soy un hereje taimado y malicioso!…

 

      Fray Bartolomeo asintió con la cabeza, triunfante y satisfecho. Ya era hora de que lo reconocieras, parecía decir.

 

      -Pero a ver si la próxima vez lo admites en el confesionario-regañó.

 

      -¿Cuál confesionario? ¡Si la única vez que me confesasteis estábamos sentados cada uno en una silla, uno junto al otro!

 

      -Hablo en un amplio sentido de la palabra, hereje. No estamos siguiendo las formalidades de una confesión en toda regla, eso quiero decir.

 

      -¿Y acaso escucha menos vuestro Dios si uno no reconoce la falta sentado junto a vos e invocando al Pater, Filis et Spiritu Sanctum?

 

      -Patris et Fillii et Spiritus Sancti-corrigió Fray Bartolomeo-. Es que así como lo has hecho tú ahora, hereje, es como si te presentaras a reconocer tu falta con la cabeza gacha y hablando en voz baja; mientras que en una confesión hecha como debe hacerse, te presentas ante el Señor admitiendo valientemente tu culpa, mirándolo a los ojos y listo para soportar el castigo que El quiera imponerte. Que seguramente no será el tortazo que recibirías de la otra manera.

 

       -¡Tortazo!… Así como lo describís, vuestro Dios parece discípulo de Thorvald. Igual, ya me estoy acostumbrando a que me sacudan a cachetazos, en actos o sólo con miradas.

 

      Fray Bartolomeo hizo con la mano un ademán indicando que no le asombraba en absoluto que Balduino necesitara un buen soplamoco de tanto en tanto.

 

      -Y ahora, escucha…-dijo, mirando a Balduino como si fuera tratar con él un tema del que dependiese la seguridad del Reino entero-. Vendrá gente a saludarte… Ellos iban a venir el veintiuno… Los convencí de que postergaran sus salutaciones para el veinticuatro… Pero igual te desearán un feliz Yule¡SI SERÁN…!-exclamó, de nuevo indignado contra su grey semipagana-. No obstante, tú les responderás deseándoles feliz Navidad; ¿entendido?

 

      -A la orden, comandante-replicó Balduino, poniéndose en firmes e inclinando brevemente la cabeza en gesto de acatamiento y sumisión.

 

      -Y ya deja de bufonear. Y mejor me voy; mira quién viene ahí-gruñó el cura, a la vista de una carreta tirada por bueyes que se acercaba siguiendo un trayecto sumamente errático, que ponía en tela de juicio la sobriedad del conductor-. ¿Recuerdas, hereje, cuando te confesaste conmigo el primer domingo que pasaste aquí?-preguntó Fray Bartolomeo, palmeando la espalda del pelirrojo y sonriendo de manera extraña, casi dulce, mirando al vacío o, tal vez, hacia sus propios recuerdos-. Disfruta de tu primera Navidad en Freyrstande, hereje-dijo acto seguido a modo de despedida antes de subir a lomos de Arn, su burro.

 

      -Que paséis una hermosa Navidad vos también-contestó el pelirrojo, sonriendo-. Si hoy me confesara de nuevo con vos, ¿volveríais a decirme primero que no podéis darme la absolución, y a concedérmela acto seguido?

 

      -La verdad…sí.

 

      Balduino quedó a la espera de una explicación más detallada por parte de Fray Bartolomeo, pero éste nada más añadió, y partió haciendo marchar a Arn al paso. Era la hora del crepúsculo, y como si la Creación anhelara honrar la fecha ofrendando a la comarca su propio regalo navideño, el cielo aparecía encendido en vivos colores; y aunque Balduino llevara vistos muchos atardeceres en Freyrstrande, éste lo impactó de manera especial, porque hacia el poniente las cerrazones aparecían tan rojas cual si estuviesen empapadas en sangre, pero a medida que se aproximaban al espectador lucían un raro aspecto veteado, que se reflejaba en la nieve. Era un espectáculo fantástico y subyugante. Varios de los hombres de Balduino, a quienes él había permitido abandonar los trabajos unas horas antes en razón de la proximidad de la Nochebuena, se hallaban también visiblemente embelesados por el paisaje; y el pelirrojo no pudo menos que recordar algo que, mucho tiempo atrás, le había dicho Ulvgang en Eldersholme: Tuve que estar diez años privado del cielo, para darme cuenta de cuán hermoso es.

 

      Si la guerra ha terminado, Ulvgang y los demás volverán a prisión, pensó con tristeza Balduino, ignorante aún del reciente horror del Día de la Gehenna. Ya no pueden hacer daño a nadie. Han soportado diez años de prisión mientras que otros, tan culpables como ellos a su manera, no han estado un solo día en la cárcel. ¿Por qué no pueden quedar también ellos en libertad? Y decidió que algo tenía que intentar al respecto. Iría a ver a Arn (el asno que gobernaba el Condado de Thorhavok, no ese otro asno montado sobre el cual se alejaba Fray Bartolomeo) y discutiría con él la posibilidad de un indulto para sus hombres.

 

      Entre tanto el cura, tal vez con miras a obtener nuevas ocasiones de rezongo, no había ido en dirección a su iglesia, sino al encuentro de la carreta tirada por bueyes.

 

      -¡ES FUNDAMENTAL QUE ENTIENDA UN CUERNO!…-se le oyó gritar. El resto de sus protestas no fueron comprensibles, porque su lenguaje, tan poco ortodoxo para un eclesiástico, arrancó estentóreas pullas, no sólo a varios hombres y a la única mujer de Vindsborg, quienes se hallaban algo alejados del pelirrojo.

 

      Al fin enfiló Fray Bartolomeo en dirección a su iglesia, todavía rumiando furibundas protestas. La carreta arrastrada por bueyes continuó avanzando hacia Vindsborg, adonde se detuvo junto a Balduino. En esta ocasión, su conductor ostentaba una nariz más roja de lo habitual, y un aliento a alcohol capaz de derribar a una manada de uros que se hallara a varias leguas de distancia.

 

      -¡Pero si es el señor Cabellos de Fuego!…-exclamó Oivind mientras bajaba torpemente de la carreta, con alborozo y aparentando sorpresa, como si no fuera natural que Balduino se encontrara allí-. ¡Que tengáis un feliz Yule, señor!

 

      -No-corrigió Balduino-. Feliz Navidad, querrás decir… Igualmente para ti, Oivind.

 

      El viejo se rascó la cabeza, obviamente desorientado por efecto del alcohol.

 

      -¿Navidad?...-preguntó, quizás más para sí mismo que para Balduino. Daba la impresión de estar descifrando trabajosamente una incomprensible jerigonza.

 

      Finalmente se encogió de hombros y miró a Balduino sin decir nada, con una sonrisa de viejo ladino muy de él. Balduino se hizo el desentendido. Bien se dice que A buen entendedor, pocas palabras; pero en esta ocasión, el pelirrojo sentía curiosidad de ver qué ocurría haciendo caso omiso a los gestos de Oivind.

 

      Durante lo que pareció una eternidad, aquella escena del intercambio de sonrisas, pedigüeña la de Oivind, engañosamente cortés la de Balduino, pareció congelarse, salvo por la aparición de Ursula, con Honney y Andrusier flanqueándola como a modo de escoltas.

 

      Oivind abrió grandes como platos sus ojillos habitualmente pequeños y taimados y, sin dejar de sonreír, movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo.

 

      -¿Qué hay?…-preguntó Balduino.

 

      -Pues… Nada, señor-repuso Oivind. Pero se vio que su sonrisa desdentada empezaba a flaquear-. Bueno, sí, algo habría-admitió, vacilante.

 

      -Pues dime-respondió Balduino-, que bien sabes tú cómo recompenso yo a quienes bien me sirven; que el primer deber de un Caballero, y al que me aboco como un apóstol al cumplimiento de las enseñanzas de Jesús, es el de velar sin descanso por quienes recurren a él, y…

 

      -Señor Cabellos de Fuego…Por favor…-interrumpió bruscamente Ursula, con una expresión dolorida que había ido en aumento ante aquellas palabras del pelirrojo-. Disculpa que te lo diga, pero si es para escuchar tonterías y adulaciones, me quedo con las de este viejo embrollón. Aparte de que en eso él es insuperable, a ti te sientan muy mal.

 

      Oivind la miró con indignación.

 

      -Es fundamental que entendáis algo, princesita.

 

      El diminutivo hizo prorrumpir en carcajadas a Honney y Andrusier, pero la blonda Ursula miró a Oivind con no del todo convincente seriedad, abriendo mucho sus ojos azules.

 

      -¿Sólo yo?-preguntó al viejo-. ¿Y los piratitas que me acompañan? ¿No es fundamental que también ellos entiendan algo?

 

      Era obvio que en esta ocasión Oivind había bebido incluso más de lo habitual en él. Que permaneciera en pie hasta medianoche, era algo que admitía serias dudas. En todo caso, ahora su indignación previa pareció esfumarse como por ensalmo. No contestó, y se puso a pensar en quién sabía qué. Lo que fuera, le inspiró una sonrisa de alcohólica beatitud.

 

      -¿Y yo, Oivind?-preguntó Balduino-. ¿No es fundamental, para variar, que yo entienda algo?-Vos-contestó Oivind, apuntándole con su índice-, vos más que ninguno. Como estarían los tiempos, si no me entendiese siquiera el paladín de Freyrstrande, dechado de valor, generoso y esforzado campeón de la virtud, orgullo de…

 

      -Ya, ya, termina de una vez con la perorata, viejo ladrón, que se te está yendo la mano con las adulaciones-gruñó Andrusier, mirando a Oivind con su sempiterna carota redonda y mal afeitada.

 

      -Sí, ya no estés fastidiando a la gente de bien-aprobó Honney, y sus verdes ojos felinos refulgieron en forma temible por encima de su bigote negro.

 

      Por supuesto, ambos debían estar preguntándose cómo era posible que las autoridades no encarrilaran a bichos de verdad dañinos como Oivind y acaso forzándolo, en castigo, a ocuparse en actividades tan honestas, nobles y útiles como ir de puerto en puerto saqueando cuanto pudiera y degollando gente. Al menos, eso se desprendía oyendo sus peculiares conceptos acerca del bien y del mal. Sólo Ulvgang y Gröhelle, más sensatos que el resto, escapaban en gran medida a este molde común a los restantes Kveisunger de Vindsborg.

 

      -No les hagas caso, Oivind-dijo Balduino-. Continúa, por favor.

 

      -Como bien sabéis, estamos en Pascuas-contestó el viejo; y todavía no se había apagado la última carcajada desatada por tan asombrosa afirmación, que ya Oivind se enmendaba:-. ¡En Yule! ¡En Yule!

 

     -Ah. Eso se parece más. ¿Y?-preguntó, como con auténtica curiosidad.

 

      Entonces el viejo no pudo ya con su genio y, adoptando un aire involuntariamente infantil, fue directamente al grano:

 

      -Regalito. Regalito para el viejo y trabajador Oivind, que tantos servicios os ha prestado, ¿sí?

 

      Andrusier manifestó su disgusto y su reprobación a través de un furioso resoplido y un movimiento de labios que lo asemejó poderosamente a un caballo piafando.

 

      -Pero con mucho gusto-respondió Balduino, reprimiendo a duras penas la risa ante el aire infantil del viejo-. Honney, ¿qué tal si le das a nuestro buen Oivind una tira de carne seca?

 

      -¿Carne seca?-preguntó Oivind, desolado.

 

      -Viejo bribón, ¡lo que quieres es seguir bebiendo hasta que vino y aquavit te salgan por las orejas!-masculló Honney; una deducción que no se le habría escapado a nadie que de verdad conociera a Oivind.

 

      -¡Siempre me ofrecéis carne seca!-protestó quejumbrosamente el viejo.

 

      -Bueno, ¿y qué hay de malo en ello?-preguntó Balduino.

 

      -Mis dientes-contestó Oivind, abriendo la boca como para demostrar fehacientemente que su aparato masticador era una auténtica ruina en la que faltaban la mitad de las piezas y donde las que aún se mantenían en su sitio daban lástima. Al parecer quería persuadir a todos de que se hallaba condenado, trágico destino el suyo, a nutrirse exclusivamente de bebidas alcohólicas…

 

      -Oh, vaya… Tienes razón. Podrías cortarla muy pequeña y así tragarla sin dificultades; pero veo que se te apetece otra cosa. Si quieres, puedo ofrecerte pescado ahumado, o una buena cantidad de leche.

 

      -¡Pescado! ¡Leche!-gimió Oivind, como en el summum de la desdicha-. ¡Señor Cabellos de Fuego!…

 

      -Ah, ya, ya, hombre, deja de lloriquear, ¿o qué crees, que no te conozco?…-exclamó Balduino en tono de amonestación-. Ya sé qué quieres… Pero ven a buscarlo mañana, que me parece que por hoy ya has bebido demasiado.

 

      Al oir estas palabras, Oivind empezó poniendo cara larga, pero luego pareció de nuevo exultante ante esta promesa de incremento en sus reservas alcohólicas para el día siguiente. No tiene remedio, pensó Balduino.

 

      -¡Sí, sí, señor Cabellos de Fuego, claro, señor Cabellos de Fuego!-exclamó el viejo, muy entusiasta. Intentó hacer una amplia reverencia, pero se detuvo enseguida, viendo que peligraba su equilibrio y que, como persistiese en tal intento, su destino sería caer al suelo-. Excusadme, os lo ruego…

 

      Dio media vuelta y, con notable elegancia en alguien tan ebrio, trepó de nuevo a su carreta. 

 

      -¡Feliz Yule, señor Cabellos de Fuego!-gritó; y sin más pérdida de tiempo, hizo girar la carreta y partió más o menos (no era fácil la cosa) por donde había venido.

 

      -¡Navidad, Oivind!-respondió Balduino, viéndolo alejarse-. ¡Haz feliz a Fray Bartolomeo festejando Navidad, no Yule!



      Oivind, sin detener la carreta, se asomó por ella con cara de desconcierto.

 

      -¿Cómo decís, señor Cabellos de Fuego? ¡No… No os oigo!-dijo.

 

      -Pero, ¡mirad nada más como saca medio cuerpo fuera de la carreta!… No sé cómo no cae, embriagado como está-gruñó Balduino; y repitió a gritos la anterior recomendación.

 

      -¡No os oigo, lo siento!-insistió Oivind.

 

      -¡Pero ese imbécil está más sordo que Gilbert!-protestó Ursula.

 

      -¡¡¡QUE CELEBRES NAVIDAD, NO YULE, PUES ASÍ LO PREFIERE EL CURA!!!-bramó Balduino, sintiendo que garganta y pulmones se le hacían pedazos en ese grito.

 

      Oivind vaciló un instante, pensativo; luego, su rostro se iluminó.

 

      -Ah, ¿que le desee de parte vuestra un feliz Yule a Fray Bartolomeo?… ¡Sí, sí, señor Cabellos de Fuego, cómo no, así se hará!… ¡A vuestras órdenes!-contestó.

 

      -Renuncio-suspiró Balduino. Al menos Oivind había retornado a una postura lógica para conducir una carreta antes de seguir viaje, lo cual acrecentaba sus posibilidades de llegar entero a su casa. Pero a menos que la sordera fuera un nuevo e insospechado síntoma de embriaguez, y si todos los aldeanos eran así, ya entendía Balduino por qué Fray Bartolomeo fracasaba en sustituir en sus mentes el concepto de Yule por el de Navidad.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
  • EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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