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2 junio 2010 3 02 /06 /junio /2010 00:04

      A partir de allí, Balduino, quien siempre había tenido que resistirse contra el propio y poderoso impulso de considerar a Adam un caso sin remedio, instintivamente empezó a verlo de otra manera. Ese individuo desagradable y decadente no existía: era sólo una cáscara que ocultaba a un Caballero. Tal vez yaciera en una cámara mortuoria, o tal vez estuviera moribundo o sólo malherido; pero allí había un Caballero. No pudo desprenderse de esa idea, pese a que las pruebas al respecto fueran un tanto difusas; y no le importó la posibilidad de que todo fuera un error, de que Adam no fuera más Caballero, e incluso lo fuera menos, que Thomen o Friedrik. Ahora sabía positivamente que incluso tras una grotesca piltrafa humana podía agazaparse una figura respetable, capaz de alzarse de nuevo en cualquier momento, magnífica y heroica... Y, cosa inquietante, que el más noble Caballero podía terminar convertido en una criatura irrisoria y lastimosa a la vez.

 

      Pero no tuvo tiempo de reflexionar sobre estas cosas. Halló otros múltiples motivos de preocupación. Ciertamente, enterarse de que al menos un Thröllwurm había estado merodeando cerca de las costas de Freyrstrande meses atrás lo alarmaba; pero no podía acelerar los trabajos mucho más de lo que ya estaban. Sí lamentaba no haberse enterado en su momento, más oportunamente, cuando las hembras de grifo estaban pariendo y él hubiera dispuesto de muchas crías que arrebatar y entrenar para sus fines. Es más, tal vez ya habrían crecido y alcanzado cierto nivel de entrenamiento... Pero era inútil llorar sobre la leche derramada. Como en las Gröhelnsklamer una hembra iba a parir fuera de época, Balduino aprovecharía esa circunstancia. Era de esperar que, si la guerra no había llegado a su fin, los Wurms continuaran al menos sin poner su atención sobre Freyrstrande hasta que las crías estuvieran crecidas y entrenadas para el combate.

 

      De cualquier modo, se sintió en el deber de advertir a los Príncipes Leprosos sobre el particular para que, por si acaso, estuvieran alertas.

 

      -¿Es eso lo que te tiene tan sombrío?-preguntó Evaristo de Caudix, notándolo carilargo.

 

      -No sé qué decirte. Tengo miedo, y la causa es la proximidad de una fecha-contestó Balduino; y habló del vaticinio hecho por Hendryk Jurgenson según el cual el próximo dieciocho de diciembre moriría alguien muy querido por él-. Y me pregunto si ocurrirá, y cómo; si tal vez los Wurms llegaran hasta aquí y devorarán a alguien muy ligado a mí; si un grifo se llevará a Hansi, como temí durante bastante tiempo, o un monstruo marino acabará con Tarian... Lamento visitaros trayendo sólo pesadumbre-se disculpó.

 

     -Sólo faltan dos días-observó Apolonio de Caudix.

 

      -Entendemos perfectamente tus sentimientos y no hace falta que pidas disculpas. Pero no todos los pronósticos se cumplen, y por lo tanto, haces mal en ponerle fecha a tu dolor-dijo Evaristo-. Los recién llegados a Caudix siempre están atentos a los síntomas de los más enfermos y presagian como inminentes unos fallecimientos que a menudo difieren por años de la fecha anunciada... Son cómicos.

 

      -En el fondo, no hacemos sino esperar nuestra propia muerte a lo largo de toda nuestra vida-terció Sergio de Caudix.

 

      -Aquí mismo, ¿no tenemos acaso a alguien que parece poner el corazón en acabar consigo misma, aunque con meros resultados, y sobre cuya fecha de defunción hacemos apuestas?-bromeó Evaristo, volviéndose hacia Wjoland, quien seguía rigurosamente disfrazada de leprosa, aunque unos cuantos de sus vendajes podían ser resultado de heridas generadas por su torpeza.

 

      -Siempre tan gracioso...-replicó Wjoland, parodiando una sonrisa y desatando carcajadas generales.

 

      Más tarde, aprovechando que Gabriel cabalgó junto a él durante parte del trayecto de regreso, le comentó, admirado:

 

      -Con qué filosofía y qué humor negro sobrellevan tus compañeros la idea de la muerte...

 

      -Comparada con otras veces, en esta ocasión estuvieron serios y solemnes al tocar el tema, en realidad-respondió Gabriel-. Es curioso, porque yo hago lo mismo, pero me molesta que ellos lo hagan. Debe ser que asusta menos la idea de la propia muerte que la de los seres queridos... No es uno quien queda de duelo en el primer caso.

 

      -Tú eres más joven y saludable y tienes, en teoría, más años por delante que ellos. Claro que en nuestra ocupación son muchos los que no llegan a viejos, y nosotros tal vez nos contemos entre los caídos antes de tiempo-dijo Balduino; y viendo que había quedado mucho camino atrás, añadió:-. Mejor emprendes el regreso.

 

      -Dime: ¿qué sabe Gudrun de lo que me has contado?

 

      -Le dije que algo amenaza Freyrstrande y que corre peligro; que conviene que se mantenga alerta, en visto y considerando que nada de lo que diga la mantendrá encerrada en su casa. Ella me preguntó por qué no era más concreto y yo... Bueno...

 

      -No digas más. Entiendo... ¿Qué concreto puedes ser, si todo esto viene a cuento por un augurio sumamente vago?

 

      -Hendryk habló de asesinato. Pero a las fieras se las llama asesinas; por lo tanto, ¿entraría el ataque de un lobo en esa categoría? A mi parecer, no... Pero los lobos rondan bastante el rebaño de Gudrun... O podría tratarse del Landskveisung fugado de Kvissensborg hace un tiempo... O podría tratarse de otra cosa que no imagino... Y por lo tanto no puedo ser más específico... Y por lo que te conté de Gudrun, ya puedes imaginar cómo reaccionó ella.

 

      -Vaya si puedo-contestó Gabriel, sonriendo tras sus vendajes.

 

      E imaginó la probable réplica de Gudrun, sin duda muy próxima a la realidad:

 

      -¿Que algo me amenaza? ¿Pero estáis borracho, señor Cabellos de Fuego? ¿Y cómo he de cuidarme más, si no sé de qué? ¡Tendré el mismo cuidado de siempre, que no será poco, os lo aseguro, pero ya no digáis tonterías de trasnochado!

 

      Balduino suspiró mientras Gabriel y él detenían sus cabalgaduras, ya a punto de despedirse. Era un día verdaderamente majestuoso y lúgubre, y muchos retazos de firmamento se veían tenebrosos como alas de cuervo, pero había también algunos parches blancos en tan tremenda oscuridad, los cuales relumbraban y por reflejo resaltaban el blanco de la nieve. El mar estaba embravecido, y el viento no daba tregua, de modo que para entenderse era preciso, casi, gritar.

 

      Días así hacían sentir muy pequeño a Balduino, y le recordaban la sensación, experimentada varias veces antes, de que Freyrstrande estaba retándolo a duelo. ¿Iba ahora a producirse el primer lance?

 

      -El mes que viene me llevaré de regreso a Wjoland; para entonces Arn no la buscará más, si aún sigue tras ella-dijo antes de que gabriel le pregunte nada sobre el tema.

 

     No estaba conforme con la fecha, habría preferido que fuera en febrero o marzo; pero creía en lo dicho, no era probable que pasado mediados de enero Arn continuara buscando a una fugitiva que por lógica tenía que haber muerto de frío.

 

      -Hago de Caballero con todos, salvo con mi novia-gruñó, volviendo a sus preocupaciones anteriores.

 

      -Bueno, te gustó porque era decidida e independiente, ¿no?

 

      -Sí, pero eso mismo me deja pocos pretextos para acercarme a ella.

 

      -¿Y los necesitas?

 

      -En cierto modo, porque tengo demasiadas obligaciones y cosas en qué pensar, y me siento un cretino si no cumplo con ellas.

 

      -¿Sabes qué, Balduino?: eres demasiado esclavo del deber. De deberes que a menudo tú mismo te impones. No exageres. Házte el favor de relajarte un poco. ve a lo de Gudrun y házle el amor como una fiera.

 

       Balduino se volvió hacia Gabriel, y no pudo evitar sonreír al ver la picardía en los ojos y labios del joven Leproso.

 

      Y esa noche y la siguiente, hizo caso del consejo: fue a casa de Gudrun, y le hizo el amor como una fiera, aunque lo que mejor le vino, como siempre, fue el mero hecho de sentirla a su lado.

 

      Y luego llegó la fecha anunciada como trágica, el dieciocho de enero.

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Published by EKELEDUDU
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  • : EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I
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